Capítulo 1

La tormenta

Desde uno de los acantilados más elevados de la ciudad mediterránea de Azur, dos hombres observaban en silencio el rápido progreso de la tormenta, que, en pocos minutos, había congregado una amenazadora masa de nubes negras sobre el mar, un momento antes sumido en la más profunda calma y ahora, de pronto, encrespado hasta el horizonte. El bochorno inmóvil de la tarde había dado paso a una brisa húmeda y sofocante en la que danzaban las primeras gotas de lluvia, y, cuando el resplandor del primer relámpago iluminó por un instante la superficie opaca y oscura de las aguas, el más joven de los observadores estiró perezosamente los brazos y se volvió hacia su acompañante con cara de aburrimiento.

—Qué ocurre, ¿no te gustan las tormentas? —preguntó este con una sonrisa—. Son uno de los espectáculos más inquietantes de la naturaleza…

—Es cierto, pero yo no he venido aquí a contemplar el paisaje —contestó el otro en tono desabrido—. Creí que le interesaba la información que le he traído, pero empiezo a pensar que me he equivocado.

El rostro de su interlocutor se endureció repentinamente.

—Lo que no me interesa, Deimos, o comoquiera que te llames, es que me vuelvas a engañar. Ya lo hiciste una vez… ¿por qué tendría que fiarme de ti? Ni siquiera debería haberte recibido.

—Al menos, podría escucharme. Ya le he dicho que no soy Deimos, sino su hermano gemelo Aedh. El tatuaje del hombro nos distingue.

—El tatuaje, sí; ya me había fijado. El símbolo de la corporación Uriel… ¿De verdad crees que te puede servir de carta de recomendación conmigo?

Las mejillas de Aedh adquirieron una vivida tonalidad rojiza.

—Yo no tengo nada que ver con esa corporación —dijo secamente—. En el lugar de donde yo vengo, ese símbolo significa otra cosa… Escúcheme, Hiden, se lo ruego. Le aseguro que no se arrepentirá. En este momento necesito su ayuda, pero usted también se beneficiará con la mía; más, incluso, de lo que se imagina… ¿Qué puede perder?

El aludido hizo un vago gesto de resignación con los brazos. A juzgar por la expresión de su rostro, se estaba divirtiendo mucho con la impaciencia de su joven visitante.

—Está bien, entremos —dijo, echando una última mirada al mar antes de comenzar a caminar hacia la lujosa casa que dominaba el acantilado—. Cuanto antes terminemos con esto, mejor.

El joven que respondía al nombre de Aedh lo siguió en silencio por el sendero de gravilla que atravesaba el césped hasta una entrada lateral de la mansión, construida casi enteramente en un material recientemente desarrollado y conocido como vidrio orgánico. Hiden se sacudió maquinalmente el polvo de los zapatos y, sin mirar atrás ni una sola vez, se adentró en una amplia habitación cuyo elemento decorativo más destacable era un estanque cuadrado con un mosaico de motivos azules en el fondo. Las paredes de cristal de la sala y su escaso mobiliario le conferían el aspecto de un gran acuario semivacío.

Hiden se dirigió al rincón más alejado de la estancia y se arrellanó en un mullido sofá de cuero blanco instalado frente a una chimenea de ladrillo, que en aquel momento estaba apagada. Tras una ligera vacilación, Aedh se sentó en un incómodo sillón de patas doradas situado junto al sofá.

—Ten cuidado con ese sillón —le recomendó su anfitrión—; es una antigüedad veneciana del siglo XVIII, tiene muchísimo valor…

—Mire, si está tratando de impresionarme, pierde usted el tiempo —repuso Aedh con impaciencia—. Su ostentosa manera de vivir no significa nada para mí. Yo vengo de un mundo donde se valoran otras cosas, no estas ridiculeces.

Hiden arqueó las cejas en un gesto de incredulidad. A pesar de sus esfuerzos por mostrarse irónico y distante todo el tiempo, era evidente que las palabras de Aedh comenzaban a interesarle.

—¿De veras? ¿Y de dónde vienes tú, si puede saberse? —preguntó sonriendo—. ¿Dónde está ese lugar tan diferente del universo conocido? Que yo sepa, en todo el planeta se valoran las cosas caras…

—Oiga, no he venido a verlo para hablar de mí; ya habrá tiempo para eso más adelante. Creí que estaría interesado en atrapar a esos críos, los que se escaparon de su isla: Martín, y los otros…

—Ya me figuraba que iríamos a parar a eso. Pero todavía no me has dado ninguna buena razón para confiar en ti. Tú y tu hermano tenéis una deuda conmigo, una deuda muy elevada… Necesito muy buenas razones para olvidarme de ella, créeme.

—Yo sé dónde están los fugitivos; sé quién les ayuda y adonde se dirigen. Todo lo que le pido es que compruebe que digo la verdad. Me quedaré con usted hasta que eso ocurra; de esa forma, si al final se demuestra que he mentido, me tendrá a mano para pedirme cuentas. Pero, si estoy en lo cierto, tendrá que comprometerse a hacerme un favor: quiero que me lleve al mismo lugar al que van ellos. Sin su ayuda no podré conseguirlo.

—Está bien; estoy dispuesto a escucharte —dijo Hiden después de un breve silencio—. Pero yo también tengo una condición: quiero que contestes a todas mis preguntas, no solo a lo que a ti te dé la gana. Y más te vale decir la verdad. Si compruebo que me has mentido, no me andaré con contemplaciones… ¿Dónde están? ¿Dónde han estado escondidos todo este tiempo?

—Han estado en Medusa, bajo la protección de George Herbert —repuso Aedh con lentitud.

La respuesta pareció sorprender sobremanera a Hiden.

—Vaya, eso sí que no me lo esperaba —reconoció chasqueando la lengua—; el viejo Herbert… Siempre ha sido un cobarde; ¿qué le habrá hecho cambiar a estas alturas? El sabe que no puede enfrentarse a mí. Si yo quisiera, barrena su pequeña corporación de la faz de la Tierra en pocos meses. Claro que tiene algunos aliados, pero, aún así… ¿cómo ha podido atreverse a desafiarme de este modo?

—Supongo que se sentía en deuda con esos chicos —apuntó Aedh.

—¿Por no haber ayudado al padre de Martín cuando tuvo ocasión? Sí, tal vez; eso sería típico de Herbert… La culpabilidad siempre le ha perseguido desde entonces. Creo que, en el fondo, daría cualquier cosa por reescribir el pasado; si pudiera hacerlo, renunciaría a su liderazgo al frente de Prometeo y se uniría a los militantes antiglobalización, a los que en otro tiempo dio la espalda.

—Yo no me refería a eso —le interrumpió Aedh—. Creo que, más bien, se siente responsable de esos críos. Al fin y al cabo, de no ser por él, nunca habrían llegado hasta aquí.

Hiden lo miró con evidente perplejidad.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, impaciente—. Estoy harto de misterios. ¿Quieres ir al grano de una vez? ¿Por qué se siente Herbert responsable de esos chicos?

—Bueno, sin duda recordará que los cuatro nacieron en Medusa, la ciudad de la corporación presidida por Herbert. Y en el mismo día, por añadidura; fue usted mismo quien lo descubrió…

—Entonces, es lo que yo suponía: Un experimento de Prometeo, ¿verdad? Crearon varios bebés transgénicos con una capacidad inmunitaria totalmente fuera de lo corriente…

—Se equivoca, Hiden. Las cosas no ocurrieron así. Herbert no tiene ninguna responsabilidad directa en las anomalías genéticas de esos chicos. El tan solo puso los medios para traerlos aquí… ¿Ha oído hablar de la esfera de Medusa?

Hiden miró un instante al techo, como tratando de hacer memoria.

—Sí, ya me acuerdo —murmuró—. Una vieja chifladura de Herbert… Intentaba construir una máquina del tiempo, o algo así. Cuando me enteré del asunto, hace muchos años, recuerdo que consulté a mis propios expertos, y que todos, sin excepción, me confirmaron lo que yo suponía; es decir, que el proyecto no tenía la menor posibilidad de salir adelante. Él era consciente de ello, naturalmente; pero, aún así, la construyó, incluso sabiendo que no llegaría a funcionar nunca… Fue un fracaso estrepitoso para Prometeo; una inversión multimillonaria tirada a la basura. La corporación tuvo que recortar sus presupuestos en otras áreas de investigación mucho más rentables, y todo para financiar el capricho de un viejo loco. Me sorprende que no perdiese en aquel entonces el control de la compañía; hubo mucho descontento entre su gente, la mitad de sus científicos abandonaron Medusa en aquella época…

—La máquina funcionó —dijo Aedh con brusquedad—. Funcionó, y el resultado fue la llegada de esos cuatro críos a Medusa. Venían del futuro, de un futuro muy lejano para ustedes… Año 3075. De ahí todas sus rarezas, sus peculiaridades genéticas…

Hiden se había puesto intensamente pálido.

—No puede ser —musitó, mirando a su interlocutor con fijeza—. ¿La máquina funcionó? Pero eso es imposible, se habría sabido…

—Ni el propio Herbert se enteró, en su día. Fueron los hombres del futuro los que la hicieron funcionar… Encontraron la esfera, la repararon y enviaron a esos niños. Sabían, por los archivos de la ciudad, que ese día en concreto se había producido una avería en las incubadoras de Medusa, y aprovecharon la circunstancia para sustituir a cuatro de los niños fallecidos por sus propios enviados. Al menos, así es como creemos que sucedió…

—«¿Creéis?». ¿Quiénes lo creéis? ¿Y cómo sabes tú todo eso, Aedh? No podías estar allí cuando ocurrió… Es imposible, eres demasiado joven. En aquella época, tú debías de ser un niño…

—Yo también procedo del futuro —afirmó Aedh sonriendo—. Llegué en otra expedición posterior, del mismo modo que los chicos; es decir, utilizando la esfera. Llegamos juntos, mi hermano y yo.

Hiden clavó la vista en el suelo. Parecía tan aturdido como si acabase de recibir una pedrada.

—Eso es una locura —murmuró—. No puede ser. Mis expertos me lo repitieron miles de veces: Los viajes en el tiempo no son posibles…

—Bueno, sus expertos tenían razón, hasta cierto punto. Con la tecnología existente en la actualidad, la máquina del tiempo no podía funcionar. Pero dentro de mil años, la tecnología habrá avanzado lo suficiente como para superar los pequeños problemas que se encontró George Herbert al intentar que su esfera funcionase.

Hiden sacudió la cabeza varias veces sin dejar de mirar al suelo.

—No. No es posible —repitió mecánicamente, como si estuviese distraído—. Hacen falta cantidades ingentes de energía gravitatoria negativa… Un verdadero disparate.

Aedh se encogió de hombros e hizo una mueca de desdén.

—No creí que fuese usted de esa clase de personas que se niegan a aceptar los avances del conocimiento humano —dijo—. Me decepciona, Hiden…

Por primera vez en varios minutos, Hiden alzó los ojos hacia él.

—Pero es que no lo entiendo, Aedh. Me parece absurdo —dijo lentamente—. Si es cierto lo que dices, ¿qué sentido tendría?

—No sé qué quiere decir —repuso Aedh con una sonrisa burlona—. ¿Le parece que no tiene sentido viajar en el tiempo, cuando se sabe cómo hacerlo?

—No es eso. Pero quiero saber por qué habéis elegido nuestra época… ¿Para qué, Aedh? ¿Para qué habéis venido? —preguntó Hiden mirando al joven con fijeza.

Aedh tardó unos segundos en responder.

—Bueno, mi hermano y yo hemos venido para vigilarlos a ellos, a Martín y los demás —dijo finalmente—. El pueblo de los ictios, que fue el que los envió, está empeñado en desvelar los misterios que envuelven ciertos acontecimientos cruciales en nuestra Historia y que, según los fragmentarios archivos que han llegado hasta nosotros, estarían a punto de producirse. Ellos quieren estar presentes en esos acontecimientos, y nosotros queremos… bueno, queremos saber qué es lo que averiguan.

—Grandes acontecimientos históricos… ¿Y dices que están a punto de producirse? —preguntó Hiden, presa de una viva agitación—. Tienes que explicarme todo eso más despacio, chico; es fascinante lo que me dices… ¿De modo que está a punto de suceder algo trascendental, algo que cambiará el destino del género humano? Es maravilloso… Y tú vas a decirme de qué se trata, por supuesto. Quiero estar en primera fila cuando eso ocurra, sea lo que sea. Aún más; quiero participar, quiero ser el protagonista de ese cambio…

Hiden se detuvo al percibir la expresión de alarma que poco a poco había ido intensificándose en el rostro de Aedh.

—Está yendo usted demasiado lejos —dijo el muchacho sombríamente—. Veo que me he precipitado al contarle todo esto… Pero ya no tiene remedio. En todo caso, no logrará sacarme una palabra más sobre este asunto. Si quiere localizar a los chicos de Herbert, puedo ayudarle a hacerlo; pero no espere ninguna otra cosa de mí.

Comprendiendo que había dejado traslucir con demasiada claridad el interés que habían despertado en él las palabras de Aedh, Hiden prefirió no insistir. Lo principal, por el momento, era no perder la confianza del joven y mantenerlo a su lado. Ya surgirían otras oportunidades para seguir sacándole información.

—Perdona, chico, me he dejado llevar por el entusiasmo —dijo, sonriendo a modo de disculpa—. Pero tienes razón, supongo; es mejor no interferir en el curso de la Historia utilizando información privilegiada. Ni siquiera estoy seguro de que pueda hacerse, además. Y, si es posible, debe de resultar muy peligroso… A decir verdad, nunca había reflexionado a fondo sobre las consecuencias de los viajes en el tiempo. Pero vosotros debéis de saber lo que estáis haciendo, ¿no? Me figuro que vuestros viajes no provocarán ningún cataclismo…

—Nosotros no podemos cambiar la Historia —afirmó Aedh en tono cansado—. Ningún viajero del tiempo puede hacerlo… Los momentos temporales no se repiten; este día, por ejemplo, no ha transcurrido dos veces, una conmigo aquí y otra sin mí… No; este día solo transcurrirá una vez, y se da la circunstancia de que yo estoy presente en él; pero nada más.

—Entonces, es imposible cambiar el pasado…

—Eso es, al menos, lo que creen la mayoría de los especialistas, en mi época y en la suya. Hay algunos, sin embargo, que piensan que, cada vez que se produce una alternativa en el curso de los acontecimientos, el Universo se bifurca; se crearían dos universos paralelos, dos espaciotiempos distintos… Pero sería imposible pasar de uno a otro, de modo que, en la práctica, esa posibilidad no tiene, para nosotros, ninguna consecuencia.

—Sí, creo haber leído algo sobre eso, hace tiempo. La verdad es que las dos posibilidades resultan un tanto… ¿cómo diría yo? Turbadoras… Pero tienes razón, Aedh. Aunque todo esto es muy interesante, no debemos apartarnos de nuestro objetivo principal. Tú has venido a decirme cómo capturar a los chicos. ¿Qué es lo que sabes? ¿Siguen en Medusa?

—Se fueron hace algunos días, y ahora mismo ignoro dónde están; pero sí sé, en cambio, adonde piensan dirigirse en los próximos meses… ¿Recuerda usted las cápsulas que les extrajeron a Martín y a los demás durante su estancia en el Jardín del Edén?

—Desde luego que me acuerdo —repuso Hiden apretando los puños—. Fue una gran decepción para nosotros… Nunca conseguimos abrirlas. Después, ellos nos las robaron…

—Las cuatro cápsulas unidas forman un artilugio que nosotros denominamos la «llave del tiempo». Es un instrumento capaz de hacer funcionar la esfera construida por Herbert. Pero, además, contiene información muy valiosa, ya que está diseñado para indicarles a esos cuatro en qué lugares y momentos deben estar presentes con el fin de presenciar lo que los ictios creen que pueden ser grandes acontecimientos de la Historia. El caso es que el lugar señalado por la llave para la próxima cita se encuentra en Marte, en el gran edificio de la Doble Hélice. Tienen que estar allí dentro de cuatro meses y medio, aproximadamente. De modo que ya sabe dónde puede capturarlos.

Hiden permaneció en silencio unos instantes, escuchando, al parecer, el ruido de la lluvia y los truenos que, de cuando en cuando, desplomaban su estruendo sobre la costa.

—Pero no será necesario esperar tanto tiempo —dijo finalmente volviéndose hacia Aedh—. Si están con Herbert, podremos atraparlos mucho antes… ¿Tienes idea de cómo piensan llegar hasta Marte? Saben que yo les busco, y que en el Planeta Rojo mis comandos operan con mayor libertad aún que en la Tierra…

—Lo único que sé es que no piensan utilizar las naves de Prometeo para el viaje. Por lo visto, no quieren seguir comprometiendo a Herbert… De todas formas, hay otras maneras de llegar a Marte, y, en mi opinión, sería absurdo tratar de impedirles el viaje. Lo importante es tenerlos vigilados, averiguar lo que están haciendo… Y luego, en el momento apropiado, cogerlos.

—El único problema, Aedh, es que tú y yo probablemente no coincidamos a la hora de decidir cuál es el momento apropiado. Por mi parte, no voy a engañarte; el momento apropiado será la primera ocasión en que los tenga a mano. No voy a montar un dispositivo para impedir el viaje, porque será mucho más fácil cogerlos en Marte, donde el ejército de Dédalo no tiene que dar cuenta de sus actividades a ninguna federación transnacional… Pero en cuanto me sea posible, Aedh, los cogeré; de eso no te quepa la menor duda.

Aedh rio brevemente.

—Es usted optimista por naturaleza, Hiden. Parece haber olvidado que esos críos ya han conseguido escapar de Dédalo en varias ocasiones…

—La última no cuenta —le interrumpió Hiden mirándolo con hostilidad—. No lo habrían logrado sin vosotros.

El rostro de Aedh, de pronto, adquirió una gravedad casi solemne.

—Menosprecia usted a esos chicos, y se equivoca al hacerlo —dijo en tono de advertencia—. Creí que, a estas alturas, ya se habría dado cuenta de que sus poderes están muy por encima de los de cualquier humano normal. Acuérdese de Jacob, del modo en que logró introducirse en su mente para provocarle la visión del laberinto. Y de Selene y su forma de manipular el ordenador central del Jardín del Edén…

Hiden hizo un gesto de impaciencia con las manos.

—Todo eso es cierto, pero no dejan de ser humanos —dijo—. Un ser humano siempre es vulnerable; siempre tiene un punto débil… ¡Y, además, son solo unos adolescentes! Carecen de experiencia, no conocen el mundo… Todo eso juega a nuestro favor.

—Está bien —dijo Aedh mirándole con un destello de ironía—. Si quiere arriesgarlo todo por un exceso de confianza, es su problema. Pero debería ser más cauto. Sus hombres no conseguirán atrapar a esos chicos. Es cierto que ellos carecen de experiencia, pero tienen unas capacidades innatas increíbles. Y, además, cuentan con la ayuda de mi hermano Deimos. Él sí conoce el mundo: el nuestro y el de ustedes. No olvide que Deimos y yo hemos vivido del contrabando en Calcuta-Madras. Esa es una buena escuela para un fugitivo, no me lo negará…

Por primera vez, Hiden parecía dubitativo.

—Pero no es solo eso —continuó Aedh—. Deimos sabe mucho más de las capacidades de esos cuatro que ellos mismos. Les enseñará cómo sacar el máximo partido de ellas, y entonces resultará mucho más difícil vencerlos.

La máscara virtual de Hiden adoptó una expresión interrogante.

—Un momento: ¿Cómo es que Deimos está con ellos? —preguntó con desconfianza.

Aedh se quedó largo rato mirando la superficie plomiza del mar sin responder. Era evidente que no deseaba ahondar en el tema. Sin embargo, en esta ocasión Hiden estaba dispuesto a insistir cuanto fuera necesario para averiguar lo que había detrás de aquella sorprendente información.

—Supongo que os habéis dividido el trabajo, ¿no es así? Él los vigila de cerca mientras tú recurres a mí para asegurarte de que serán atrapados cuando llegue el momento…

—Se equivoca —le interrumpió Aedh, sonriendo con amargura—. Deimos está de su parte… No era ese el plan inicial, pero algo le ha hecho cambiar de opinión, y ahora está con ellos, decidido a ayudarles hasta las últimas consecuencias, aunque para ello tenga que enfrentarse a su hermano. Pero esa no es la cuestión, Hiden —continuó secamente—. La cuestión es que yo también puedo influir en esos chicos. Conozco sus capacidades tan bien como Deimos, si no mejor… Tanto Deimos como yo tenemos prótesis neurales que nos permiten acceder directamente a sus mentes. Yo lo he hecho ya, con Jacob… Y puedo volver a hacerlo cuando quiera.

Al ver la expresión confusa de la máscara de Hiden, Aedh añadió con impaciencia:

—Lo que le estoy diciendo es que puedo ayudarle. Sin mí, no conseguirá cogerlos. Con mi ayuda, todo le resultará bastante fácil. Lo único que le pido a cambio es que me lleve a Marte. Yo también quiero presenciar ese supuesto acontecimiento histórico, si es que se produce.

—¿Ese es tu precio, entonces?

—Ese es mi precio. Y algo más: no quiero que le hagan daño a mi hermano. Puede que estemos distanciados ahora mismo, pero eso es algo que tenemos que solucionar entre nosotros.

Hiden pareció meditar durante un momento la oferta de Aedh. Estaba claro que no se fiaba demasiado del joven, después de la forma en que él y su hermano le habían engañado en el aeropuerto de Nara. No quería caer por segunda vez en una trampa… Pero, por otro lado, ¿qué podía perder intentando lo que Aedh le proponía? Llevarle a Marte no suponía ningún problema para Dédalo, y además le permitiría tenerlo controlado. Y en cuanto a la historia de la pelea con su hermano… El tono dolido de Aedh le había sonado sincero.

Mientras Hiden meditaba, Aedh espiaba con ansiedad la expresión de su rostro. Había exagerado a propósito su capacidad de influencia sobre los cuatro fugitivos de Dédalo; después de su pelea con Jacob en Medusa, había quedado bastante claro que las capacidades de los chicos eran muy superiores a las de los dos gemelos. Pero algo tenía que decir para convencer a Hiden de que lo llevase con él, y aquel era el mejor argumento que podía ofrecerle. Después de todo, Hiden nunca conocería la verdad acerca de lo ocurrido en Medusa…

Un leve carraspeo de Hiden lo sacó de su ensimismamiento.

—La tormenta empeora —dijo el director de Dédalo con una sonrisa inexpresiva—. Allá, en la playa, está granizando… ¿Lo ves?

—¿Qué ha decidido, entonces? —preguntó Aedh sin poder disimular su nerviosismo—. ¿Acepta el trato?

—Es arriesgado, pero acepto —dijo Hiden después de una última vacilación que a su interlocutor le pareció fingida—. No te preocupes, se hará como tú dices. Te llevaremos a Marte. Allí, tú nos ayudarás a capturar a esos cuatro. Yo, a cambio, te garantizo que tu hermano no sufrirá ningún daño. Por cierto, ¿hace mucho que os separasteis?

—Sí, hace bastante tiempo —admitió Aedh con desgana—. Jacob descubrió mi juego y me vi obligado a atacarle… Ya le he dicho que logré introducirme en su mente. Lo paralicé momentáneamente para que me diese tiempo a escapar. No podía arriesgarme a quedarme con ellos, después de lo que había pasado… Estuve escondido unos días en Medusa, rehuyendo a mi hermano y a los demás. Temía que detectasen mi presencia con sus implantes neurales. Pero hace unos días, cuando supe que por fin habían abandonado la ciudad, me atreví a visitar a Laura, una colaboradora de Herbert que nos acogió en su casa cuando llegamos a Medusa. Me cubrí el tatuaje del brazo y me hice pasar por mi hermano… El caso es que la buena mujer se tragó el anzuelo. Estuve mucho rato charlando con ella, y, en el curso de la conversación, ella me contó lo de Marte. Fue entonces cuando decidí venir a verlo.

—Has hecho bien. Y, si todo lo que me has dicho resulta ser cierto, tendrás motivos para alegrarte de tu decisión. Son muchas las cosas que Dédalo puede ofrecerte a cambio de tu lealtad: dinero, un puesto de relevancia en la corporación…

—Lo único que quiero es que me facilite el modo de llegar a Marte —le interrumpió Aedh con brusquedad—. Estoy solo, y, sin su ayuda, puedo tardar meses en conseguir un transporte… Quiero estar presente en la torre de la Doble Hélice cuando se produzca ese supuesto gran acontecimiento que los ictios quieren investigar. Con eso me conformo.

Hiden se mostró muy complacido con aquella respuesta.

—Por supuesto, muchacho, te llevaremos allí. Será un placer para mí, te lo aseguro… Además, pienso acompañarte. Como sabes, el viaje es largo, así que tendremos la oportunidad de llegar a conocernos más profundamente… ¿Acordado, entonces? Pero espera… Un pacto tan importante debería sellarse con un brindis.

Con gesto resuelto, el director de Dédalo se dirigió a un pequeño mueble-bar situado en la pared opuesta a la de la chimenea y, descorchando una botella de champán, vertió el dorado y burbujeante líquido en dos copas del más delicado cristal de Bohemia.

—¿Por qué brindamos? —preguntó, tendiéndole una de las copas a Aedh, que también se había puesto en pie—. ¿Por el éxito de nuestros proyectos?

—No. Por el fracaso de nuestros enemigos.

—Está bien… Por el fracaso de nuestros enemigos.

Y los dos hombres hicieron entrechocar sus copas en el preciso momento en que un violento trueno, más profundo y amenazador que ninguno de los que le habían precedido, descargaba su furia sobre el acantilado, ahogando en su fragor el breve tintineo del cristal.