La esperanza rusa (y II)

Cualquier persona que se haya acercado sin anteojeras a la literatura, la filosofía o el arte rusos habrá descubierto que, más allá de sus logros estéticos o intelectuales, lo que caracteriza sus mejores obras es su trasfondo místico. Esta vocación mística del genio ruso adquiere ribetes épicos en las coyunturas históricas más sacrificadas; y cuando esta vocación se reprime o adultera o anula puede llegar a provocar cataclismos feroces. Muchos han sido los intérpretes del alma rusa -de Soloviev a Solzhenitsyn, de Dostoievski a Berdiaev- que han augurado que la vocación de Rusia será salvar a Occidente de su decadencia. El monje Filoteo lo profetizó de modo sintético. Bizancio es la segunda Roma; la tercera será Moscú. Cuando esta caiga, no habrá más .

Durante muchos siglos, Rusia vivió de espaldas a Occidente, primero forjándose como nación, después repeliendo las invasiones de ideas o ejércitos extranjeros. Hubo, sin embargo, épocas en que Rusia se asomó curiosa a Occidente, fascinada por los primores de su progreso material, bebiendo en las fuentes de su cultura y su pensamiento, esplendoroso en apariencia aunque ya secretamente infectado de decrepitud. Pero el espíritu ruso no pudo digerir aquella influencia, sino que se revolvió trágicamente ante ella, en parte como reacción instintiva de defensa, en parte como prueba de una contaminación letal. Si en Occidente el tránsito de una sociedad religiosa a una sociedad apóstata ha sido un proceso gradual y mitigado por los sucesivos cloroformos materiales suministrados por el liberalismo, en Rusia el tránsito fue dramático y fulminante, extendiendo una niebla de nihilismo que los espíritus más clarividentes (no hay más que leer, por ejemplo, a Dostoievski) intuyeron como el anuncio de un gran cataclismo. Cuando Rusia se rindió al veneno del paganismo extendido por Occidente que había tratado de repeler durante siglos no lo hizo al modo pacífico y conformista de las naciones que integran el pudridero europeo, sino -como señala el propio Dostoievski- con un ímpetu vengador y en un vendaval de furia. Cuando los pueblos religiosos son obligados a renegar de su fe no se hacen paganos hedonistas ni modernistas fofos, sino ateos rabiosos, locos satanizados que queman iglesias y se atiborran de sangre. Así se explica que en la mística Rusia (un país industrialmente mucho menos desarrollado que Francia, Alemania o Gran Bretaña) prendiera el comunismo con un ímpetu mayor que en cualquier nación rehén del materialismo. Mientras las naciones del pudridero europeo volvían la espalda a Dios de forma desdeñosamente finolis, borrando paulatinamente todas sus tradiciones, anulando los frenos morales y exaltando los caprichos del deseo, deificando la avaricia de riquezas lograda a costa de la explotación del pobre, Rusia volvía la espalda a Dios de la forma más violenta, convirtiendo el odio religioso en eje central de su política.

Aquella reacción trágica y destructiva nada tenía que ver con la verdadera naturaleza de la mística Rusia, que a la caída del comunismo soviético parecía extenuada y presta a servir de felpudo a Occidente. Fueron los años indignos de Gorbachov y Yeltsin, aquellos años en los que parecía que se había llegado al final de la Historia augurado por Fukuyama, con una Rusia convertida en vomitorio occidental y entregada a las fuerzas tenebrosas que querían convertirla en un burdel para turistas y en una colonia más del Nuevo Orden Mundial. Pero cuando ya parecía que su suerte estaba echada ha vuelto a emerger, al principio tímidamente pero cada vez con mayor orgullo, la Rusia opuesta al pudridero occidental, la nación fiel a su historia y a sus tradiciones que tiene el cuajo de señalar la inanidad de las colonias europeas, convertidas en felpudo del mundialismo que, a la vez que repudia sus orígenes cristianos, financia la expansión del yihadismo. Si el siglo XX comporta alguna lección para con la humanidad -escribió Solzhenitsyn-, seremos nosotros quienes la habremos dado a Occidente, y no Occidente a nosotros. El exceso de bienestar y una atmósfera contaminante de sinvergonzonería le han atrofiado la voluntad y el juicio .Todavía no sabemos si Rusia logrará hacer realidad ese designio histórico, o si los hostigamientos que sufre lograrán rendirla. Pero en ella hay el ímpetu de una esperanza, que es una luminosa virtud teologal; por ello en la rusofobia rampante encontramos a la postre el sempiterno y azufroso odio teológico de quienes tiemblan –creen y tiemblan– ante la remota, pero posible, restauración del mundo que aborrecen y creían haber dejado atrás definitivamente.

Civilización

En una alocución ante el parlamento francés tras los viles atentados yihadistas de París, el presidente François Hollande afirmó. Francia no está participando en una guerra de civilizaciones, pues estos asesinos no representan a ninguna civilización . La frase fue reproducida en titulares de prensa, glosada enfáticamente en las tertulias de encefalograma plano y suministrada como alfalfa a las masas; pero nadie se atrevió a señalar que se trataba de una falacia lógica de libro, pues emplea una premisa cierta para desembocar en una explicación falsa con la secreta intención de ocultar que la certeza de la premisa se funda en razones muy distintas a las que se enuncian.

Francia, en efecto, no está participando en una guerra de civilizaciones, porque para que se produzca una guerra de este tipo tiene que haber dos civilizaciones en liza; pero la dura verdad es que los asesinos que atentaron en París sí representan una civilización, extremo que no puede afirmarse de Francia. La falacia lógica de Hollande jugaba con la credulidad del oyente, tomando la palabra ‘civilización’ en el sentido que se ha extendido en Occidente, como sinónimo de ‘progreso’ democrático. Pero una ‘civilización’ nada tiene que ver con este concepto de fantasía, inventado con el propósito de engañar a las masas, que de este modo piensan que existe una ‘civilización occidental’, como existió una ‘civilización cristiana’. Pero una civilización es un conjunto de creencias y valores compartidos que conforman una comunidad . de ahí que todas las civilizaciones que en el mundo han sido, son y serán hayan sido fundadas por religiones; de ahí que todas las civilizaciones, cuando las religiones que las fundaron se debilitan y oscurecen, se desintegren paulatinamente, hasta claudicar. No es posible conformar una comunidad sin una religión compartida, por la sencilla razón de que cuando no se reconoce una paternidad común, toda unión humana se torna imposible. En la mal llamada ‘civilización occidental’, que no está fundada sobre una religión sino sobre una apostasía y una posterior idolatría (la del progreso democrático), las uniones son en el mejor de los casos quebradizas, pues se basan en lo que Unamuno llamaba la liga aparente de los intereses ; y, como los intereses suelen ser egoístas y cambiantes, la demogresca campea por doquier.

Sólo puede haber civilización allá donde hay una religión compartida; y cuando se esfuma el fundente religioso, o cuando tal fundente se hace añicos, la civilización desaparece lentamente, hasta ser sustituida por otra. Así ocurrió, por ejemplo, con Roma, que al perder la fe en sus dioses dejó de cultivar las virtudes que la habían hecho fuerte, para luego entregarse en su decrepitud a un hormiguero de sectas asiáticas devoradoras, del que la salvó el cristianismo. Pero que no haya posibilidad de civilización sin religión no quiere decir que toda forma de civilización sea buena o digna de consideración. Ahí tenemos en la Antigüedad a los cartagineses, que fundaron una civilización aberrante e infanticida, venturosamente aniquilada por los romanos; y tenemos, como un turbio río de sombra recorriendo la Historia, la civilización islámica, que desde sus mismos orígenes, se expandió a través de la violencia, lanzando una formidable ofensiva contra una Cristiandad pululante de herejías que detuvo Carlos Martel en Poitiers, para que luego Pelayo iniciara una difícil reconquista de la Hispania visigótica. Y esta civilización islámica siguió dando muestras de su carácter expansivo y violentísimo con los turcos, que tomaron con masacres Constantinopla para ser luego frenados primero en Lepanto y después a las puertas de Viena. Esta civilización islámica es la que ahora vuelve a atacar (después de que la avaricia democrática haya jugado insensatamente a deponer dictadores que la contenían); sólo que enfrente ya no tiene una civilización cristiana dispuesta a hacerle frente, unida en torno a una fe común que actúa a modo de antídoto y reconstituyente, sino que sólo tiene a una multitud apóstata, feble y amorfa de gentes incapacitadas para el sacrificio que piensan ilusamente que defecando cuatro bombitas por control remoto van a conjurar el peligro.

Pero los pueblos que han renegado de su civilización siempre pierden a la larga las guerras contra los pueblos que conservan la suya. Y acaban siendo sus esclavos, porque sus gobernantes sin fe siempre los traicionan, primero dejando que el enemigo se cuele en sus tierras cual caballo multicultural de Troya, después haciendo lo mismo que el cobarde obispo Oppas, cuando el emir Muza entró en Toledo. Entregando una lista con las cabezas que hay que cortar.

Seiscientos

Entre los fetiches que llenaron mis días infantiles, junto al baby de cuadros lleno de churretones, junto a la peonza de madera lastimada y los cromos manoseados de futbolistas y los tebeos del Capitán Trueno, figura el Seiscientos familiar, aquel Seiscientos de carrocería azul que mi padre compró a plazos. El Seiscientos familiar fue la guardería ambulante en la que crecí, incubado por el calor anciano de mis abuelos y por el calor núbil de mis padres, que cultivaban ciertas querencias rurales o pueblerinas y aprovechaban los fines de semana para escaparse de la ciudad. El Seiscientos familiar era rechoncho y lentísimo, como un escarabajo del asfalto aquejado de reuma, pero a mí se me antojaba un bólido de proporciones mastodónticas. Recuerdo que sus asientos, de skay descascarillado y apenas mullido, me transmitían, sin embargo, una sensación de voluptuosa comodidad. El Seiscientos familiar, a poco que estuviese expuesto al sol, se recalentaba como un horno, y su carrocería desprendía unos efluvios achicharrantes, como de fragua que trabajase a destajo; pero a mí no me importaba, porque aquel calor aturdidor e insalubre me hacía albergar la fantasiosa idea de que mi familia disponía de una sauna nómada. En invierno, por el contrario, cuando las heladas descendían sobre su motor con su caricia de carámbano, el Seiscientos se negaba a arrancar, y su respiración se hacía bronquítica, hasta que por fin mi padre, después de varias tentativas fallidas, lograba ponerlo en marcha. Al final del trayecto, me gustaba colocar las manos encima del capó del Seiscientos, para sentir su latido todavía febril, su temperatura tibia y casi animal, como de potro que aún no se hubiese repuesto del galope.

Solíamos emplear el Seiscientos en trayectos poco ambiciosos, salvo durante el verano, que nos acompañaba en nuestras vacaciones a los balnearios de Verín, cuyas aguas eran el elixir que mis abuelos ingerían para mantenerse ternes. Llegamos a viajar hasta seis personas en aquel Seiscientos intrépido (mi hermana Transi no tardaría en incorporarse al elenco familiar), además de un equipaje de maletas reventonas y sillas plegables de lona que había que amarrar en la baca, porque en su interior apenas cabía un alfiler. Viajábamos como sardinas en banasta, procurando encajar nuestros culos en el espacio exiguo, pero éramos dichosos como cíngaros que han crecido recorriendo los infinitos caminos del atlas; y madrugábamos mucho para aprovechar esas horas que flanquean el amanecer, cuando el tráfico se hace más fluido y el paisaje circundante tiembla aterido, como si Dios lo acabase de inaugurar. Mi abuela Ceferina, que era una devota insomne, rezaba unos cuantos padrenuestros y avemarías, para santificar el viaje y convocar a los ángeles tutelares de la familia, y mi madre empezaba a canturrear con un fervor ingenuo aquella melodía machacona que hizo época entre los conductores españoles. ¡Adelante el hombre del Seiscientos! / ¡La carretera nacional es tuya! , etcétera, etcétera.

A veces mi hermana Transi se zurraba los pañales y llenaba el Seiscientos con el olor cálido y pacificador de la mierda; entonces, había que bajar las ventanillas a golpe de manivela y asomar la cabeza al aire estremecido de la mañana. El Seiscientos dejaba a su paso una estela de viento que alborotaba mis cabellos y me hacía sentir un héroe mitológico cabalgando en el corcel de las nubes. Por la zona de Sanabria, la carretera se hacía sinuosa y ascendente, y al llegar a los puertos del Padornelo y la Canda, el Seiscientos empezaba a gruñir, como una bestia herida de muerte. Mi abuelo Juan Manuel, que había sido taxista allá en los años del estraperlo, no paraba de darle consejos de perro viejo a mi padre, hasta lograr exasperarlo. A cada curva, el Seiscientos nos zarandeaba de un lado a otro, como una atracción de barraca, y todos reíamos con esa alegría primitiva y satisfecha de los pobres que nada temen porque nada tienen, sino a Dios. Verín se hallaba en un valle, enterrado en el silencio de la mañana; y, apenas lo avistaban, mis padres gritaban con exultación. ¡Verín a la vista! , y todos prorrumpíamos en muestras de algarabía, salvo mi abuela, que se santiguaba agradeciendo el auxilio divino. También el Seiscientos respiraba con alivio, como si se le hubiese desvanecido de repente su perpetua bronquitis.

Llegó un día en que tuvimos que deshacernos del Seiscientos, exhausto de kilometraje y de madrugones. Una tristeza del tamaño del universo descendió sobre mí, como si de repente mi niñez quedase abolida. Otro coche menos diminuto y maltrecho vino a sustituirlo, pero no era lo mismo. La vida nunca volvería a ser la misma.

De ayer y hoy

En las entrevistas que mantuve durante la promoción de mi novela El castillo de diamante, como en las presentaciones de la misma, me hacían machaconamente la misma pregunta. ¿Quiénes serían hoy los equivalentes de Santa Teresa de Jesús y Ana de Mendoza, princesa de Éboli? . La insistencia en la misma pregunta terminó por resultarme jocosa, pues revelaba la impotencia emberrinchada de una época que, por un lado, pretende que todas las mujeres notables del pasado fueron ‘adelantadas a su tiempo’ pero a la postre descubre consternada que en este tiempo nuestro tan adelantado mujeres así no habrían tenido cabida. Como yo respondía que aquellas habían sido mujeres que hoy no habrían podido desempeñar su vocación, mis entrevistadores siempre se quedaban mohínos. Y entonces yo, para consolarlos, les lanzaba el nombre de alguna mujer famosa de nuestra época, para que ellos mismos comprobaran que el intento de hallar equivalentes resultaba ridículo. Y es que la época en que aquellas mujeres nacieron favorecía el florecimiento de personalidades originales y brillantes, fuertes y diversas; mientras que de una época como la nuestra, que a la vez que predica el individualismo fomenta la masificación, sólo brotan personalidades flojas y mostrencas, muy obsesionadas por la independencia y la libertad, pero a la postre gregarias.

Una mujer como Ana de Mendoza, en efecto, para triunfar no habría podido hacerlo por su cuenta, sino que habría tenido que afiliarse a uno de esos viveros de gregarismo llamados partidos políticos, que en realidad no son sino los negociados de izquierdas y derechas que el sistema ha dispuesto para alimentar la demogresca. Habría tenido que resignarse a repetir como un lorito las paparruchas contenidas en sus programas electorales; y habría tenido, por supuesto, que adular y mostrar una adhesión ciega al líder de turno que, a cambio de sus adulaciones, la habría ido encumbrando hacia puestos de mando, tal vez incluso hasta el liderazgo máximo, donde tendría que conformarse con ser un títere del Dinero, que es el destino final de todo líder político en nuestra época; porque es natural que las comunidades humanas que han sido reducidas a masa gregaria sean representadas por gobernantes al servicio del Dinero.

Mucho más cruel todavía habría sido el destino de Santa Teresa de Jesús. En primer lugar, sus visiones y arrobos místicos serían considerados, en una época tan avanzada como la nuestra, alucinaciones y trastornos psíquicos; por lo que, en lugar de llevarla ante los inquisidores (gracias a los cuales, por cierto, Santa Teresa pudo triunfar sobre sus perseguidores), la llevarían al psiquiatra, que de inmediato le recetaría una ensalada de pastillas que matarían su carácter chispeante y la dejarían amuermada, convertida en un despojo o en un vegetal (y si aún acertase a tener algún arrobo o visión, la internarían en un manicomio). Por supuesto, en una época como la nuestra Santa Teresa no podría haber fundado conventos masculinos, como hizo en una época tan supuestamente retrógrada como el reinado de Felipe II, porque el puritanismo perverso de nuestros días pensaría que lo hacía para mantener trato carnal con los frailes; y de inmediato habría sido denunciada calumniosamente en cualquier programa televisivo casposo (denuncia que, por supuesto, el obispo de su diócesis se apresuraría a secundar, para no ser ‘misericordiado’ desde Roma). Aunque la realidad es que Santa Teresa, en nuestra época, no habría podido fundar ningún convento, ni de monjas ni de frailes, pues para hacerlo primeramente tendría que conseguir licencia municipal; y, antes de conseguirla, tendría que vencer la resistencia del concejal de urbanismo de cada lugar, que impepinablemente sería un corrupto de tomo y lomo y la obligaría a pagar comisión. Para ser del todo sinceros, Santa Teresa en nuestra época no habría podido ni siquiera ser reformadora religiosa, pues las únicas reformas que en nuestra época se admiten son aquellas que postulan una mayor asimilación y acomodación al mundo, una mayor aceptación de sus usos y un mayor abandono de los rigores primitivos; mientras que Santa Teresa postulaba una recuperación de tales rigores y un mayor apartamiento del mundo. Sospecho que nuestra época, que suele calificar a Santa Teresa de mujer ‘adelantada’, la habría considerado una mujer insoportablemente retrógrada y la habría condenado al ostracismo.

Y nada habría sido más lógico. Porque es propio de épocas gregarias destruir a las personalidades que se resisten a comulgar con sus ruedas de molino.

La vida de los animales

He estado releyendo El fin de la historia y el último hombre (1992), de Francis Fukuyama, uno de los libros más influyentes y perversos de las últimas décadas, recibido en su día como una suerte de evangelio negro por las élites del mundialismo. La tesis central del libro es sobradamente conocida. Derrotadas las ideologías que en otro tiempo se atrevieron a disputarle la supremacía, la democracia liberal está llamada irreversiblemente a convertirse en la única forma de gobierno posible. A juicio de Fukuyama, el capitalismo liberal ha demostrado ser más eficiente y dinámico que cualquier otro sistema político y económico; y, sobre todo, ha demostrado que la actividad económica puede convertirse en la actividad primordial del hombre, en volandas del desarrollo técnico y científico, que para Fukuyama es una base moral capaz de sustituir a la religión. La ausencia de conflictos bélicos o ideológicos nos conducirá, en fin, a una globalización inevitable que convertirá a los Estados en reminiscencias de otra época, tal vez subsistentes en un plano nominal, pero amalgamados en cualquier caso en un Nuevo Orden Mundial.

Hasta aquí la tesis política propuesta por Fukuyama. Pero detrás de toda tesis política subyace una concepción antropológica; y la de Fukuyama es, en verdad, aberrante. Imagina a un hombre amputado de necesidades espirituales, un hombre sin metafísica, satisfecho con los logros técnicos y científicos y sólo preocupado por saciar sus deseos; un hombre que, habiendo abandonado las grandes causas que en otras épocas provocaron guerras y revoluciones, ya no tendrá motivo alguno por el que arriesgar su vida. Un hombre, en fin, muy semejante al que avizorase Tocqueville en su magna obra La democracia en América, obsesionado con procurarse placeres ruines y vulgares y sobre el cual se yergue un poder tutelar que lo pastorea paternalmente, como miembro de un rebaño de animales . Fukuyama no tiene la altura de pensamiento de Tocqueville y mucho menos su sana concepción antropológica; pero no se recata de describir, en un alarde de sinceridad, a los hombres del final de la historia. En otras palabras, volverán a ser animales, como lo eran antes del combate sangriento con que comenzó la historia. Un perro se siente satisfecho con dormir todo el día al sol con tal de que lo alimenten, porque no está insatisfecho con lo que es. No le preocupa que otros perros lo pasen mejor que él o que su carrera como perro se haya estancado, o de que en distintos lugares del mundo se oprima a los perros. Si el hombre alcanza una sociedad en la cual se haya conseguido abolir la injusticia, su vida llegará a parecerse a la del perro .

Esta vida animal que Fukuyama avizora como destino final del hombre está expuesta, sin embargo, a peligros. Cabe sospechar -continúa- que algunos [hombres] no se sentirán satisfechos hasta que se pongan a prueba a sí mismos con el mismo acto que afirmó su humanidad al principio de la historia. Desearán arriesgar la vida en un combate violento y con ello demostrar que son libres. Buscarán deliberadamente la incomodidad y el sacrificio, porque el dolor será el único modo que tendrán para demostrar definitivamente que pueden pensar bien de sí mismos, que siguen siendo seres humanos . Fukuyama no entiende que detrás de esa búsqueda deliberada de la incomodidad y el sacrificio puede haber necesidades espirituales mucho más necesarias para vivir que las satisfacciones materiales que su divinizada democracia liberal ofrece para animalizar a los hombres; pero de algún brumoso y enmarañado modo intuye que la vida de perros satisfechos y despreocupados que nos augura no acabe de gustarnos del todo.

Cabe preguntarse, sin embargo, si esa vida animalesca que Fukuyama avizora no es ya nuestra propia vida. ¿No somos acaso nosotros mismos animales satisfechos en los que la propaganda ha inculcado una serie de reflejos condicionados? ¿No somos acaso nosotros mismos un rebaño plenamente sumiso a todo tipo de manipulaciones, incapaz de reflexiones profundas que nos permitan taladrar el velo de los pensamientos condicionados? ¿No somos acaso nosotros mismos loritos que, creyendo expresar su opinión, no hacen sino repetir las opiniones prefabricadas por los medios de adoctrinamiento de masas? ¿No somos nosotros mismos perros satisfechos que ya no se plantean preguntas metafísicas, que ya ni siquiera las conciben, que miran con escándalo y aversión al que se atreve a concebirlas y plantearlas? ¿No somos nosotros mismos, en fin, la humanidad animalizada y dúctil soñada por el mundialismo?

Feliz Navidad

Decía Chesterton que en Navidad celebramos un trastorno del universo. Adorar a Dios significaba hasta la Navidad alzar la mirada a un cielo inabarcable que nos estremecía con su vastedad; a partir de la Navidad, adorar a Dios significa dirigir la mirada hacia el interior de una cueva lóbrega, para reparar en la fragilidad de un niño que llora en un pesebre. Las manos inmensas que habían modelado el universo se convierten, de súbito, en unas manos diminutas que tiemblan en el frío de la noche y buscan el calor del pecho de su Madre. Divinidad y fragilidad habían sido hasta ese momento conceptos antitéticos; pero la Navidad los obliga a juntarse, en un pasmoso oxímoron que hace tambalear nuestras certezas y subvierte por completo nuestras categorías mentales. Los hombres, que desde la noche de los tiempos se habían arrodillado ante la furia apabullante de los elementos, deciden arrodillarse de repente ante un recién nacido, mucho más pequeño y desvalido que ellos mismos, pues ni siquiera ha podido ser alumbrado en una posada. Ante una tempestad o una lluvia de estrellas uno puede arrodillarse con miedo; ante un niño que ha nacido en una cueva, como un proscrito, uno sólo puede arrodillarse con amorosa y emocionada piedad.

Pero este oxímoron que celebramos en Navidad enseguida golpea nuestra credulidad. ¿En qué cabeza cabe que un Dios que hasta entonces había sido invisible e incorpóreo, omnipotente y glorioso, tome la apariencia (y no sólo la apariencia, sino también el cuerpo y el alma) de un niño? Semejante cosa sólo podría ocurrírsele a un Dios que estuviese loco de remate; pues no hay locura más rematada que la locura de amor. Al asumir Dios la fragilidad de la naturaleza humana, se inauguró una nueva era de la Humanidad, que desde entonces pudo entender mejor el sentido sagrado de la compasión; pues, desde el momento en que Dios se había hecho frágil como nosotros mismos, resultaba más fácil abrazar la fragilidad del prójimo, volviéndonos nosotros también locos de remate (y, en efecto, la caridad siempre ha parecido una forma insufrible de locura a quienes no la sienten). Por eso la Navidad puede considerarse una fiesta de locos rematados; y por eso, cuando falta el manantial originario de esa locura, se convierte en una fiesta indecente, puro sentimentalismo vacuo que revuelve las tripas y estraga el alma, por mucho que finjamos alegría y regocijo (o, sobre todo, cuando fingimos alegría y regocijo). Pues deja de ser verdadera fiesta, para convertirse en un aspaviento disfrazado de algarabía, atracón de turrones y vomitera nocturna; una sórdida orgía consumista, aderezada con unas dosis de humanitarismo de pacotilla.

Muchas personas sienten, en medio de los regocijos navideños, una suerte de dolor sordo o sentimiento de amputación, que a veces se identifica con una nostalgia de la inocencia perdida; pero que en realidad es conciencia dolorida de que el sentido originario de la fiesta les ha sido arrebatado, y con él la posibilidad de una genuina felicidad. El hombre contemporáneo persigue la felicidad como si de una fórmula química se tratase; pero esta búsqueda suele saldarse con un fracaso, pues en el mejor de los casos obtiene una sensación efímera de bienestar, o bien un placebo euforizante, apenas un analgésico que le distrae por unos pocos días el dolor en sordina que lo martiriza. Y este dolor (que a veces se presenta como hastío o tedio de vivir, a veces como indolencia y acedia, a veces como desesperación y angustia) es la consecuencia directa de una amputación. No hay felicidad sin una aceptación íntegra de nuestra naturaleza, que incluye una vocación religiosa; y tal vocación no se puede extirpar sin un grave menoscabo de nuestra propia naturaleza. El hombre contemporáneo, al negar su vocación religiosa, se ha convertido en un ser amputado y, por lo tanto, infeliz; y, como el manco que en los días que anuncian tormenta siente un dolor fantasmagórico en el brazo que le ha sido arrancado, el hombre contemporáneo siente más que nunca esa amputación en las fechas navideñas.

Quitad lo sobrenatural y no encontraréis lo natural, sino lo antinatural , nos enseña Chesterton. Quitadle a la Navidad su cataclismo sacro, ese trastorno del universo del que hablábamos más arriba, y no encontraréis la verdadera fiesta, sino su parodia grotesca y antinatural. Consumismo bulímico, humanitarismo de pacotilla, torpe satisfacción de placeres primarios; correteos, en fin, de un gallo al que han arrancado la cabeza y que bate las alas desesperadamente, mientras se desangra y agoniza.