OCHO
El sol surgió detrás de las sierras, iluminando primero las copas de los árboles y luego las torrecillas del Schloss.
Von Goltz había sido afeitado por su valet y ahora se estaba poniendo una cazadora de cuero, mientras recorría el amplio dormitorio. Los postigos habían sido abiertos. El aire de mayo era cortante, pero agradable. Los primeros rayos del sol penetraron en el cuarto, iluminando los tapices de las paredes y la espléndida alfombra persa del piso.
Su desayuno estaba servido sobre una mesita rodante. Las tapas de plata de las dos fuentes las mantenían calientes. Von Goltz consideraba al desayuno la comida más importante del día. En cuanto se hubo acomodado dentro del saco, se acercó a la mesita rodante y levantó una y luego la otra tapa de plata: huevos revueltos, apenas cocidos en mucha manteca, rodeaban un filete de merluza ahumada. Los riñoncitos de cordero con puré de papas de la segunda fuente también agradaron a sus ojos. Se sirvió abundantemente y empezó su desayuno. Mientras estaba saboreando los riñoncitos había acabado con el pescado, llamaron a la puerta. Frunciendo el entrecejo, dio orden de que entraran. Sandeuer atravesó el vano de la puerta haciendo reverencias.
—Excelencia... discúlpeme, por favor, pero usted debe saber que hay una cuerda colgada desde el balcón del quito piso.
Von Goltz se introdujo en la boca otro riñoncito con puré mientras miraba con ira a Sandeuer. Cuando por fin pudo hablar, dijo:
— ¿Una cuerda? ¿Qué quiere decir?
—Un cordón de cortina..., si su Excelencia quisiera mirar... vería por sí mismo.
Von Goltz se puso de pie, tomando una tostada con manteca y salió al balcón. Dio un mordisco a la tostada, a la vez quemiraba la cuerda de cortina anudada. Luego volvió a la habitación.
— ¿Le ha dicho algo al señor Silk?
—No, Excelencia.
—Entonces, dígaselo. Dígale que venga aquí inmediatamente.
Sandeuer hizo una inclinación de cabeza y se retiro.
Comprendiendo que su desayuno estaba a punto de ser interrumpido von Goltz procedió a engullir los riñoncitos restantes. Luego enmantecó más tostadas, las embadurnó abundantemente con dulce de cerezas y comenzó a comer rápidamente casi sin respirar. Todavía estaba masticando, cuando la puerta se abrió de par en par y entró Lu Silk.
Vestía una camisa negra, pantalones negros de algodón y zapatos del mismo color. Von Goltz pensó que parecía la personificación de la muerte. Silk se detuvo en el vano de la puerta y miró fijamente a von Goltz con su frío, único ojo.
— ¿Ha visto la cuerda? —preguntó von Goltz tragando el último pedazo de tostada.
— ¡Claro que sí! —Silk entró al cuarto— La vi hace media hora.
—Así que usted tenía razón. Estuvieron aquí anoche, y ahora han escapado al bosque.
—Podría ser —Silk se sentó y encendió un cigarrillo—. Hay bastante luz ahora. Será mejor que organice la búsqueda.
Von Goltz paseaba alrededor de la habitación. Su precipitado desayuno le había provocado indigestión. Lamentaba haber comido tan rápido.
—Puesto que están en el bosque, no tiene sentido perder tiempo buscando aquí.
— ¡Dé la orden! —dijo Silk, dejando escapar el humo por la nariz.
Von Goltz se dirigió a grandes pasos a la puerta, la abrió y encontró a Sandeuer esperando en el pasillo.
—Comiencen la búsqueda —dijo ásperamente—. Están en algún lugar del bosque. Tráiganlos de vuelta. ¡No necesito decirles lo que tienen que hacer! ¡Encuéntrenlos!
—Sí, Excelencia —dijo Sandeuer, pero cuando estaba por irse apareció Silk por detrás de von Goltz.
—Espere —Silk puso la mano sobre el brazo de von Goltz y lo llevó de nuevo a la habitación. Cerró la puerta—. Tengo una idea. Quiero que usted vaya con sus hombres. Quiero que todos estén fuera de aquí, en el bosque. Von Goltz lo miró fijamente.
— ¿Qué quiere decir?
Silk aplastó su cigarrillo en el cenicero de la mesita rodante.
—Creo que aún están aquí —dijo—. La forma más rápida de encontrarlos es hacerlos creer que todos están buscándolos en el bosque.
— ¿Aún aquí?
— ¿Por qué no? —Había un tono de impaciencia en la voz de Silk. ¿Ha mirado usted bien la cuerda? Un hombre podría descender por ella, pero no una mujer. Como ya hemos bloqueado los rellanos, es de suponer que estarán en el quinto piso. Me imagino que no hay otro camino para bajar desde el quinto piso, aparte de la escalera principal ¿no es así?
—Así es.
—Entonces todavía están ahí.
Von Goltz se frotó la nuca mientras pensaba.
—Entonces mandaré a mis hombres al quinto piso y los atraparemos —dijo por fin—, ¿Por qué perder tiempo registrando el bosque?
Silk sonrió: una sonrisa malvada que hizo vacilar a von Goltz.
—No estaríamos perdiendo tiempo... estaríamos tomando precauciones.
—Me temo que no entiendo. Si usted está tan seguro de que están en el quinto piso, entonces, con hombres suficientes, los atraparemos.
—Y luego, ¿qué?
Los dos hombres se miraron.
—Todavía no comprendo —dijo von Goltz después de una larga pausa.
—Tiene un personal de cuarenta hombres... ¿tal vez más?
—El personal es de treinta y ocho hombres y cinco mujeres. ¿Qué tiene eso que ver?
—Quiero que todos sus hombres estén en el bosque —dijo Silk, encendiendo otro cigarrillo—. Las mujeres también deben salir. Quiero que este lugar sea evacuado completamente. —Su cara delgada y cruel era inexpresiva—. De lo que el ojo no ve, el juez no se entera.
— ¿Qué piensa hacer?
—Librarme de Girland. Guardaremos a la chica hasta que lleguen las películas. Es posible que Rosnold estuviera mintiendo. Cuando tengamos las películas, entonces me libraré de ella.
— ¿Quiere decir que piensa quedarse aquí completamente solo? —preguntó inquieto von Goltz—. ¿Es prudente eso? Nos han advertido acerca de Girland.
Silk hizo un gesto de desden.
—Está desarmado. Yo puedo manejarlo. Todo lo que tengo que hacer una vez que se haya evacuado esto, es esperar sin ser visto. Él necesita dos cosas: comida y, posiblemente, usar el teléfono. Para cualquiera de las dos debe bajar. Yo lo estaré esperando.
— ¿Está seguro de que no tendría que tener dos o tres de mis hombres con usted?
Silk contempló a von Goltz.
— ¿Puede garantizar que ninguno de ellos hablará después?
Von Goltz comprendió.
—Ya veo…siempre hay un riesgo. Cuando se haya librado de Girland, ¿qué hará con él?
— ¿Con el cadáver? —Silk sonrió—. Estuve estudiando el interesante plano del Schloss que usted me prestó. ¿Hay agua en el pozo del patio de atrás?
—Sí... nunca se usa, pero hay bastante agua.
—Bien, entonces, ¿qué mejor lugar? La chica, una vez que tengamos las películas tendrá el mismo fin.
Von Goltz se sintió mal. Se secó las manos sudorosas con el pañuelo. La manera casual, la sangre fría con que hablaba este hombre, le impresionaba.
—Bueno... yo..., yo lo dejo en sus manos.
— ¿Cómo se sacará de encima su personal femenino?
Von Goltz titubeó mientras pensaba.
—Hay una feria en Garmisch. Las mandaré allí.
Silk asintió.
—Bueno, vamos a empezar. Primero, líbrese de las mujeres.
Von Goltz miró su reloj.
—Todavía no son las ocho y media. Esto llevará tiempo. Usted ya sabe cómo son las mujeres.
—Entonces mande sus hombres al bosque. ¡Empecemos a hacer algo! —dijo Silk con impaciencia.
Von Goltz se dirigió al corredor para dar órdenes a Sandeuer.
Cuando Sandeuer se enteró de que el personal femenino debía ir a la feria de Garmisch, se quedó boquiabierto mirando a Von Goltz.
—Pero su almuerzo, Excelencia... y todavía no han arreglado los cuartos...
Von Goltz lo despidió con un ademán.
— ¡No importa! Quiero que todos salgan de aquí. ¡Ocúpese de eso, y que sea pronto!
Sandeuer sabía que era inútil discutir con su amo, así que se fue apresuradamente a hacer cumplir las órdenes. Se armó un gran revuelo y hubo mucha charla acalorada con el chef y sus ayudantes, cuando les dijeron que debían ir al bosque a buscar a dos huéspedes perdidos. El chef, un francés enormemente gordo, declaró que él no iría. Estaba a punto de preparar una salsa complicada y no tenía intención de pasarse el día afuera en el bosque. Sólo cuando Sandeuer lo amenazó con llamar al conde, se convenció de que, por una vez, su habilidad culinaria debería pasar a segundo lugar. Con la cara roja y furioso se arrancó su delantal blanco para ponerse la librea verde. Media hora más tarde comenzó el éxodo del Schloss. De todas las dependencias salían hombres para dirigirse a través de la gran extensión de césped hacia los distantes acres del bosque.
Más tarde, cinco mujeres, charlando muy excitadas, partieron en auto en dirección a Garmisch.
Sandeuer, sudoroso, pero triunfante, subió al primer piso para informar que las órdenes de su amo habían sido cumplidas.
Von Goltz le indicó que esperara en el pasillo. Cerró la puerta y miró a Silk, que estaba encendiendo otro cigarrillo.
— ¿Entonces, lo dejo? —dijo.
—Sí. ¿Quedo completamente solo?
—Todo el personal se ha ido. ¿Está bien seguro de que no quiere que me quede con usted? —preguntó von Goltz desganadamente.
—Silk sonrió sin alegría.
— ¿Quiere realmente hacerlo?
—Quiero que esta operación sea un éxito.
—No le pregunté eso. —Silk bajó la voz y miró a von Goltz fijamente con su duro ojo único. — ¿Quiere ser cómplice de un asesinato?
Von Goltz perdió el color. Su mente retrocedió al pasado, y al terror que había experimentado hasta que Radnitz lo había salvado. Se volvió para salir de la habitación y se reunió con Sandeuer.
—Vamos a ver que están haciendo mis hombres —dijo ásperamente y bajó a grandes trancos la escalera hacia la terraza.
Silk se puso silenciosamente de pie. Fue rápidamente a su cuarto. De su valija sacó una Luger automática de 7.65 mm. Revisó el cargador y llevándola en la mano fue silenciosamente por el corredor, descendió la escalera y entró al living-room principal. Abrió la gran puerta doble que daba al hall y al pie de la escalera.
En silencio, corrió una silla para poder ver la escalera sin ser visto. Se figuró que tendría que esperar un largo rato, pero estaba acostumbrado a esperar.
Tarde o temprano, Girland bajaría la escalera y entonces... lo tendría en sus manos.
Girland había oído abrirse la puerta de la sala de banquetes pero había sido abierta tan suavemente que Gilly no la había oído. Girland le puso una mano sobre el brazo y su mano izquierda tocó los labios de ella en señal de silencio. Sintió que ella se ponía rígida contra él.
No podía ver nada en la oscuridad. Su mano se cerró alrededor de la culata de su pistola. Oyó que la puerta se cerraba suavemente.
Hubo una larga pausa, luego una voz murmuró en la oscuridad:
—Girland..., soy Malik.
Por un breve instante, Girland se sobresaltó en tal forma que permaneció inmóvil. ¿Malik, aquí? Había reconocido inmediatamente su voz gutural.
Apretó a Gilly detrás suyo. Con el pulgar corrió el seguro de su arma. El leve ruido sonó con fuerza en el gran silencio de la habitación.
—No se mueva —dijo Girland—. Tengo una pistola en la mano.
— ¿No reconoce mi voz, Girland?—preguntó Malik—. No precisa el arma.
Girland encendió la linterna. El pequeño y poderoso haz tocó las puertas dobles, se corrió a la derecha y se centró sobre Malik que estaba contra la pared con las manos en alto.
Gilly retuvo el aliento a la vista del gigante y retrocedió.
Girland bajó el rayo de la linterna para no encandilar a Malik.
—Usted es la última persona a quien esperaba ver, camarada —dijo—. ¿Qué está haciendo aquí?
—Me pareció que necesitaba ayuda —dijo Malik.
Girland rió.
—Está sobreentendido. —Se detuvo a contemplar pensativamente a Malik—. ¿Desde cuándo quiere usted ayudarme?
—Le debo algo.
La expresión confundida de Girland se aclaró.
—Ya comprendo... la última vez que nos separamos me prometió pagarme una copa. ¿Es ésta su idea de una copa?
—Llámelo así si quiere. Estoy aquí para ayudarlo. —Girland caminó a lo largo del vasto salón, dirigiendo la luz de su linterna hacia las piernas de Malik hasta que llegó junto a él. Guardó su arma en el bolsillo de atrás y le ofreció la mano.
—Hace bastante tiempo...; lo he extrañado.
Se estrecharon las manos.
—Creo que yo también lo he extrañado —dijo Malik—, Por lo menos cuando nos peleábamos, era divertido. Desde la última vez que nos encontramos, la vida no ha sido divertida.
Hablaban en voz tan baja que Gilly, que estaba agazapada contra la pared más alejada, no podía oír lo que decían. Este gigante de pelo plateado la asustaba, y el que Girland se dirigía hacia él y estrechaba su mano no alivió en nada su temor.
—Le presento a Gillian Sherman —dijo Girland.
Se acercaron a ella en el otro extremo de la habitación. Girland sostenía la linterna para que pudieran verse cuando hizo las presentaciones.
—Gilly quiero que conozcas un viejo enemigo mío de la Inteligencia Soviética. Su nombre es Malik: un nombre tan infame como famoso,
Gilly miró a Malik con horror. Él la contempló con sus ojos verdes y malvados, con la indiferencia de un hombre que mira un agujero en la pared.
—Malik, ésta es Gillian Sherman, hija del posible futuro presidente de los Estados Unidos —continuó Girland, gozando la situación—. Dale la mano gentilmente, seamos sociables.
Gilly retrocedió al tiempo que Malik introducía sus manos en los bolsillos.
—Yo lo sé todo sobre ella —dijo Malik en alemán—. Quiero hablar con usted. —Se detuvo y continuó—: ¿Ella sabe alemán?
—No... francés sí, pero no alemán.
—Bien. —Malik extrajo su linterna y se iluminó el camino hasta la mitad del salón. Se sentó en una de las sillas de cuero de alto respaldo y encendió un cigarrillo.
—Quiere hablar conmigo —dijo Girland a Gilly—. No tienes nada que temer. Siéntate allí y espérame. —La guió hasta una silla contra la pared más alejada.
—Tengo miedo a ese hombre...; es perverso.
—Tranquilízate. Lo conozco mucho mejor que tú. —La conversación se hacía en susurros—. Siéntate y déjalo por mi cuenta.
— ¡Eres un maldito engreído! —explotó Gilly en un susurro furioso—. ¿Te sientes tan seguro de ti mismo? ¡Te digo que es perverso!
Girland le buscó a tientas la cara, le pellizcó el mentón entre el índice y el pulgar y la besó. Por un instante ella trató de dar vuelta la cara, pero sus labios se encontraron con los de él y luego se separaron.
—En otro momento..., en otro lugar —dijo Girland, retirándose.
Otra vez encendió la linterna y se dirigió hacia una silla junto a la que ocupaba Malik. Se sentó.
— ¿Un cigarrillo? —dijo Malik, ofreciendo su atado.
Girland aceptó el cigarrillo ruso y ambos hombres los encendieron.
Hubo una pausa, luego Malik dijo hablando en alemán:
—Quiero que sepa, Girland, que estoy trabajando con usted. Por eso estoy aquí.
Esta declaración no sorprendió del todo a Girland. Había oído, a través de sus diversos contactos, que Malik había caído en desgracia y que lo habían retirado del servicio activo. Sabía que Malik le debía la vida. Este hombre se le aparecía ahora como una extraña combinación: despiadado, peligroso y astuto, ahora parecía que tenía un fondo sentimental.
—Recuerdo lo que usted dijo la última vez que nos vimos —continuó Malik en la oscuridad—, que nosotros somos los profesionales y los cochinos que mueven los hilos son los aficionados. A menudo he pensado sobre eso. Ambos tenemos que ganarnos la vida, hacer lo que nos mandan... Yo mucho más que usted, pero llega el momento en que uno les puede devolver el golpe a los cochinos... Usted dejó plantado una vez a Dorey..., yo ahora tengo oportunidad de quedar a mano con Kovski.
—Camarada Kovski... ¿Cómo está él? —preguntó Girland con ligereza.
—Mejor de lo que va estar —dijo lúgubremente Malik—. Me ha encomendado la misión de descubrir por qué Sherman vino a París, por qué Dorey le dio a usted un proyector de cine y por qué vino usted a Bavaria.
— ¿Adelanta algo en sus averiguaciones?
—Bastante. —Malik aspiró el humo de su cigarrillo y por un breve instante, la punta encendida le iluminó las facciones cuadradas y eslavas—. Esta muchacha ha hecho una película pornográfica. Con la película, está extorsionando a su padre. Es miembro de una organización antibélica dirigida por Ros-nold un fotógrafo pornográfico que ahora está muerto. Sherman acudió a Dorey en busca de ayuda. Dorey se dio cuenta de que no podía hacerlo oficialmente, de modo que recurrió a usted. Usted los siguio a los dos a Garmisch. De alguna manera, Hermán Radnitz se enteró de esto. Este es su Schloss. Usted fue invitado..., cayó en la trampa de la invitación y ahora está atrapado. Yo lo seguí hasta aquí. Vi cuando mataban a Rosnold. Vi a un hombre alejarse en el coche de Rosnold. Me trepé por la pared y aquí estoy.
Girland sonrió en la oscuridad.
—Un buen trabajo, Malik —dijo—. Has dado justo en el clavo. El hombre que se llevó el coche de Rosnold ha ido a buscar las películas. Son tres. Cuando las tenga, le darán a la chica un golpe en la cabeza y con eso se acabará la operación.
— ¿A usted le darán un golpe en la cabeza, también?
—Con toda seguridad.
— ¿Por qué esperar? Podemos irnos ahora —dijo Malik—. Podemos bajar por la cuerda. Yo subí por ella. Hay tres hombres de guardia en la cabina del portón. Allí está el interruptor de la corriente de las puertas. Usted y yo podríamos suprimirlos fácilmente y estaríamos afuera. Mi pistola tiene silenciador.
—La chica no podría bajar por la cuerda.
— ¿Qué importa ella? ¿Por qué no la dejamos?
—Yo no me voy hasta que consiga esas tres películas. La chica y yo nos quedamos aquí hasta que vuelva el mensajero. No volverá antes de las 18 hs. de mañana.
—Entiendo. Sherman le paga a usted, naturalmente.
—Si no fuera así, ¿por qué se figura que me estoy jugando la vida?
Malik dejó caer al piso la colilla de su cigarrillo y le puso el pie encima.
—Usted siempre ha tenido la obsesión del dinero.
— ¿Usted no?
—No... porque en mi país no se tiene mucho dinero ... no le dan a uno la oportunidad de darle mucho valor. De modo que usted se quedará aquí hasta que lleguen las películas... ¿Después, qué se propone hacer?
—Conseguirlas y salir caminando.
— ¿Qué se propone hacer? —repitió Malik, con una nota de impaciencia en la voz.
—Lo que dije. Le pondré una pistola en la espalda bien alimentada del conde, y le haré conducirme fuera de aqui.
Malik permaneció callado un largo rato.
— ¿Así que tengo que quedarme aquí con usted hasta las 18 hs. de mañana?
—No está obligado a hacerlo.
—Dije que lo ayudaría. No puede hacer esto solo con la chica. Necesita alguien para que le cubra la espalda, Un tiro rápido que le atraviese la cabeza desde atrás, y la operación fracasa. Hay un tirador experto aquí. ¿Vio cómo lo despachó a Rosnold? Un tiro perfecto a la cabeza. No tendría usted ninguna probabilidad.
Girland se frotó la mandíbula.
—Voy a conseguir esas películas. Para mí, valen diez mil dólares. Voy a esperar a que lleguen.
Malik encendió un instante la linterna y miró su reloj, un modelo barato.
Eran las 02.00 hs.
—Entonces tenemos dieciséis horas para esperar —dijo.
—Más o menos.
— ¿Sin comida?
—Conseguiré algo abajo más tarde.
—No menosprecie al de la pistola. Es un tirador de primera.
—Girland se puso de pie.
— ¿Así que se queda conmigo?
—Sí.
—Me será útil, gracias. Vamos a dormir un poco. Hay una cama en la habitación de al lado.
—No necesito dormir —dijo Malik secamente—. Usted váyase a la cama. Yo vigilaré.
Girland no se hizo rogar. Le gustaba mucho dormir. Se dirigió hacia el lugar donde Gilly lo esperaba.
—Vamos... volvamos a la cama. Malik hará guardia —le dijo.
Ella lo siguió en silencio hasta pasar por delante de Malik. Se detuvieron en la puerta, vieron que el guardia todavía dormía al final de la escalera y se deslizaron en silencio en el cuarto que habían ocupado previamente. Se tendieron sobre la cama.
—No comprendo —dijo Gilly al acostarse junto a Girland—. ¿Ese hombre es realmente un agente ruso?
—Es probablemente el mejor de todos sus agentes.
—Entonces, ¿qué está haciendo aquí?
—Rusia no recibiría bien a tu padre como presidente de los Estados Unidos. No te rompas la cabeza tratando de entenderlo. Yo me voy a dormir.
Gilly se incorporó a medias.
— ¿Cómo pudieron los rusos llegar a saber de mí?
—Los rusos siempre capitalizan los actos irresponsables y estúpidos —dijo Girland—. Les has servido algo en bandeja, pero no te preocupes. Ahora me voy a dormir.
Se durmió mucho antes de que Gilly cayera en un sueño intranquilo. Pasaron las horas. A las seis y media, la primera luz del alba atravesó las ranuras de las persianas de madera y Girland se despertó.
Bostezó, se desperezó y se deslizó de la cama.
Gilly empezó a incorporarse.
—Espera aquí —dijo él y fue silenciosamente hacia la puerta. La abrió con cuidado y atisbo el largo corredor. El guardia se había ido. Miró hacía la puerta doble del salón de banquetes. Malik estaba sentado a la puerta entreabierta, fumando.
—El guardia se fue hace una hora —dijo Malik suavemente—. Hay un baño justo enfrente. Estuve explorando un poco. —Se puso de pie y se acercó a Girland.
— ¿No pasó nada?
Malik meneó la cabeza.
—Quizá esa cuerda no los engañe. Podrían registrarlo todo.
—Esperaremos hasta que lo hagan.
Girland fue a lavarse un poco, luego regresó al dormitorio para guiar a Gilly al baño.
—Los guardias se han ido —dijo—, ¡pero apúrate!
Fue mientras ella estaba en el cuarto de baño que oyeron signos de actividad en la planta baja. Girland fue cautelosamente por el corredor a asomarse por la barandilla. Podía ver los finales de las escaleras del tercer y cuarto pisos. Nadie los vigilaba. Podía oír el murmullo de voces que venía de la planta baja, pero no podía entender lo que decían. Volvió a donde estaba Malik.
Gilly salió del baño. En la escasa luz que atravesaba las persianas se veía pálida y temerosa.
—Encontrarán la cuerda en seguida —dijo Girland—. Ahora que no está vigilada la escalera, subiremos un piso más. Seguramente vendrán aquí arriba.
Malik asintió con la cabeza.
Los tres caminaron por el corredor, se detuvieron al pie de la escalera que subía al sexto piso, escucharon con atención, luego Girland, extrayendo su pistola, ascendió en silencio. Bordeando la curva de la escalera, se aseguró de que no había nadie allí arriba e hizo señas a Gilly y Malik para que subieran.
—Esperaremos aquí a ver qué pasa —dijo y se sentó sobre la alfombra con la espalda contra la pared, fuera de la vista del tope de la escalera. Los otros dos se pusieron junto a él—. Me vendría bien medio litro de café con huevos y unas tajadas de panceta —continuó.
Malik lo miró de reojo, pero no dijo nada. Sentía desaprobación por tales flaquezas. Gilly hizo una mueca. La idea de comer, en su estado actual de pánico, le daba náuseas.
No fue hasta bastante después de las 8 hs. cuando oyeron una voz fuerte que hablaba en alemán, elevarse por el hueco de la escalera. El hombre decía:
— ¡Quiero que todos se vayan al bosque! ¡Lleven armas! ¡Hay que encontrar a esos dos! ¡Todos deben ir!
Girland y Malik entrecruzaron rápidas miradas, luego el primero se puso de pie.
—Vigile la escalera —dijo y deslizándose a lo largo del corredor, abrió una puerta a su derecha y entró en una pequeña habitación sin muebles, con una corta escalera de caracol, que llevaba a una de las torrecillas. Trepó la escalera y entró a un pequeño mirador. Las estrechas ventanas le permitían una visión directa del parque y el bosque.
Esperó. Unos cinco minutos después, vio al primero de los hombres de von Goltz que venía atravesando el césped, en dirección al bosque. Empezó acontarlos: quince... veintitrés... treinta. Formaron una larga fila recta, cada diez hombres a diez metros del otro. Entraron al bosque. Girland continuó esperando. Otros cinco hombres atravesaron el césped, seguidos lentamente por uno de ellos enormemente grueso, que Girland adivinó debía ser el chef. Caminaba pesadamente, seguido por otro hombre que agitaba los brazos mientras hablaba con el gordo.
Diez minutos más tarde, Girland vio un auto de la propiedad, lleno de mujeres, alejarse hacia los portones. Vio cómo éstos se abrían y el coche se alejaba por el camino principal hacia Garmisch. Esperó un poco más. Entonces vio a von Goltz llevando un rifle y al mayordomo a sus talones, atravesar también el césped y penetrar en el bosque. Después de esperar otros diez minutos, Girland decidió que no quedaba nadie por venir y regresó al corredor, donde Gilly lo miró ansiosamente. Malik estaba asomado a la barandilla, escuchando y vigilando. Se irguió cuando Girland salió de la habitación.
— ¿Y bien?
—Treinta y ocho hombres y unas cuantas mmjeres se han marchado —dijo Girland—. El conde y su mayordomo también han ido al bosque. ¿Oyó usted algo?
—Mandaron tres hombres al cuarto de abajo. Quitaron la cuerda al balcón y bajaron otra vez.
Ambos se miraron.
—Esto podría ser una trampa —dijo Girland—. Una celada..., como lo de la cuerda. El hombre del arma puede haber quedado atrás para esperar que apareciéramos nosotros.
Malik asintió.
—-Sí. ¿Bajamos a buscarlo?
Gilly escuchaba, y sus ojos se iban agrandando cada vez más.
—Puede que no esté allí. No nos arriesgaremos, por las dudas. Tenemos mucho tiempo: le daremos una hora más o menos, él no sabe con seguridad que estamos aquí arriba. Vamos a ponerlo un poco nervioso.
Malik asintió otra vez.
—Yo me quedaré aquí..., usted vigila desde el mirador. Será mejor estar seguros de que no abandonan la búsqueda en el bosque para regresar aquí.
—Sí. —Girland se volvió hacia Gilly—. Ven conmigo —La condujo hasta el cuartito de la torre—. Yo voy a subir al mirador. Siéntate en el piso. Quizá tengas una larga espera, pero trata de entretenerte. Piensa en todas las cosas lindas que has hecho en tu vida, si es que puedes recordarlas..., eso te dará qué hacer.
Gilly se ruborizó.
— ¡Hay momentos en que podría matarte!—dijo con fiereza—. ¡Me tratas como a una niña!
—No, Gilly...; no como a una niña.
Girland la contempló un largo rato, luego subió la escalera de la torre.
Gilly ahogó un sollozo. Esa mirada fría e indiferente que él le había dirigido, le había demostrado su opinión sobre ella como ninguna palabra podía haberlo hecho. Lo que verdaderamente le dolía era saber que la opinión de Girland era la misma que ella tenía de sí misma.
Lu Silk estaba sentado inmóvil en su sillón, con el arma en el regazo. El silencio en el enorme Schloss era deprimente, pero Silk estaba acostumbrado al silencio. También a esperar. Estaba seguro de que, tarde o temprano, Girland bajaría las escaleras y entonces él lo atraparía.
Mientras estaba allí, Silk recordó otra larga espera que había tenido una vez... ¿Cuándo? ¿Hacía tres años? Asintió para sí. En efecto, hacía tres años.
Había un agitador, Jack Adams, que estaba creando problemas entre los hombres que trabajaban en uno de los grandes proyectos de construcción de Radnitz. El trabajo estaba escaseando, y Radnitz veía que iba a caer en la cláusula de compensación: era mucho dinero, de modo que había dado orden a Silk de despachar a Adams.
Adams vivía en Brooklyn, en un departamento de dos piezas sin ascensor. Sabía que estaba en peligro, pero tenía mucha confianza en sí mismo, lo cual era un error cuando había que tratar con un tipo como Silk.
Éste había alquilado un cuarto frente a la casa de departamentos de Adams. Había llegado temprano una mañana, y se había instalado en la dura silla de la cocina, con las cortinas de la ventana a medio correr. Había traído su arma favorita, un rifle calibre 22 con mira telescópica. Esperó a que Adams apareciera. No podía saber que Adams estaba en cama con gripe. Había una importante asamblea esa noche a las 21 hs. y Radnitz le había ordenado a Silk impedir que Adams asistiera a ella. Silk pensó que seguramente Adams saldría en algún momento durante el día, así que esperó. Esperó trece horas. No había traído comida, y hacia las 17 hs. tenía hambre, sed y estaba completamente enfurecido.
No se atrevía a abandonar su puesto en la ventana ni por un segundo. Sabía que cuando Adams se movía, lo hacía rápido, y su destartalado coche estaba estacionado a pocos metros de la entrada a los departamentos.
Sentado en su silla, esperando a Girland ahora, Silk se dijo que el asunto de Adams había sido la larga prueba de resistencia que había tenido que soportar, pero le había enseñado que si uno esperaba lo suficiente y era lo bastante paciente, uno conseguía el objetivo que le habían encomendado.
Adams había aparecido por fin a las 20.30 hs. La luz era mala y él se desplazaba rápidamente, corriendo escaleras abajo hacia donde estaba su auto.
Como Silk no se había relajado ni un minuto durante esas largas trece horas, estaba preparado para el momento propicio. Al detenerse brevemente Adams para abrir la portezuela del coche, Silk centró su cabeza en el centro de la mira telescópica y apretó el gatillo. Ahí habían terminado los problemas creados por Adams.
Como consecuencia de esta experiencia, Silk estaba dispuesto a esperar a Girland todo el día. El conde retendría a sus hombres en el bosque hasta el anochecer. Tarde o temprano, Girland haría la tentativa. El éxito o el fracaso de la celada dependían de si Girland creía que el Schloss había sido evacuado o no. Si sospechaba una trampa, quizá permaneciera oculto a pesar del hambre y la sed. Aunque estaba desarmado, había muchas armas al alcance de su mano: espadas, cuchillos o hachas de batalla que adornaban casi todas las paredes, pero esta clase de armas no preocupaba a Silk. Sabía que no había nacido el hombre que pudiera competir con él con un arma de mano contra su arma de fuego.
Le hubiera gustado fumar, pero eso lo delataría. Cruzó una pierna sobre la otra y se relajó, los oídos atentos y su único ojo clavado en la puerta entreabierta.
En el gran hall había un espléndido reloj de pie. Con el balanceo uniforme del péndulo, la pesa de plomo rozaba apenas la caja del reloj, produciendo un sonido claro y regular. Después de escucharlo durante media hora, Silk descubrió que le estaba atacando los nervios. Quería salir al hall para detener el reloj, pero hubiera sido demasiado peligroso. Si Girland estaba arriba, él también oiría el roce repetido del reloj y se alertaría de inmediato si cesara.
De pronto el reloj dio las nueve: sus campanadas suaves y límpidas sobresaltaron a Silk. Más tarde lo sorprendieron de nuevo al dar las diez. Aunque él creía que tenía nervios de acero, descubrió que la espera de dos horas lo había puesto tenso. Dos veces durante este tiempo, había imaginado oír un leve sonido, además del roce del péndulo y se había incorporado a medias. Luego, convencido de que no era Girland que se estaba deslizando escaleras abajo, volvió a apoyarse contra el respaldo de la silla. Su mano se cerró sobre el atado de cigarrillos, luego al recordar, maldijo silenciosamente. Ahora deseaba desesperadamente un cigarrillo. Durante las trece horas que había esperado a Adams, al menos, había fumado sin cesar.
Empezó a pensar en Girland. Este hombre era un experto agente de la C.I.A. La boca de Silk dibujó una mueca amarga. Su primera víctima por contrato había sido un agente de la C.I.A., un hombre que había reunido suficientes evidencias para meter a Radnitz entre rejas y que tuvo que ser eliminado inmediatamente. 7
En aquella época, Silk había estado muy seguro de sí mismo: excesivamente seguro. El agente había resultado casi demasiado rápido para él y le había disparado en la cara. A pesar de que finalmente había conseguido matar al agente, Silk había pasado seis meses en el hospital y había salido con un solo ojo. La experiencia le había dejado un miedo sub- conciente de toparse con otro hombre de la C.I.A. Pero durante sus años de trabajo con Radnitz, sus víctimas habían sido fáciles: palomas indefensas, que carecían de medios, entrenamiento y coraje para protegerse.
Radnitz le había advertido sobre Girland. Mientras estaba allí sentado, recordaba la inquietud de von Goltz: "¿Está seguro de que no tendría que tener dos o tres de mis hombres con usted?"
Silk se tocó la frente con el dorso de la mano. Lo enfureció descubrir que estaba sudando.
El reloj de pie del hall empezó a dar las once.
Girland bajó la escalera del mirador. Durante tres peligrosas y aburridas horas había estado vigilando el bosque sin ver ninguno de los hombres de von Goltz.
—Gilly... sirve para algo. Sube a la torre y vigila el bosque. Si ves a alguien regresar, me avisas. Yo quiero hablar con Malik.
La dejó y se reunió con Malik en el corredor.
—Creo que es hora de hacer algo —dijo manteniendo la voz baja—. ¿No ha oído nada?
No.
—Quizá estemos perdiendo el tiempo. Tal vez hayan evacuado del todo el lugar, pero no quiero arriesgarme. El hombre del arma puede estar allí todavía, esperando. Si es que está en algún lado, será en el living principal. Sólo desde la puerta de esa habitación hay una buena vista de la escalera. Quiero asegurarme de que está allí. Voy a bajar por la cuerda.
Malik sacudió la cabeza.
—Es demasiado arriesgado. No puede bajar sin hacer ruido. Si él lo oye, saldrá a la terraza y usted sería hombre muerto. —Se detuvo un momento y continuó—. ¿Hasta dónde puede bajar por la escalera sin ser visto?
—Hasta el tercer piso.
—Entonces bajemos. Es hora de poner sus nervios bajo presión —dijo Malik—. Yo voy a salir a uno de los balcones y empezaré a golpear la barandilla. Es un truco que he usado antes y ha dado resultado. —Esto le pareció sensato a Girland. Asintió.
— ¿Qué debo hacer yo?
—Quédese al final de la escalera. Si veo al hombre salir a la terraza, daré dos golpecitos rápidos. Si se apura, puede bajar hasta el segundo piso antes de que él regrese.
—Muy bien.
Ambos hombres extrajeron sus pistolas y descendieron por la escalera. Los dos estaban acostumbrados a moverse como fantasmas y llegaron al descanso del segundo piso sin hacer el menor ruido. Mientras Girland permanecía al final de la escalera, Malik se alejó por el corredor. Pasó algunos momentos abriendo una de las puertas centímetro a centímetro hasta que tuvo espacio suficiente como para deslizarse dentro de la habitación. Las persianas de la ventana le significaban un problema. ¿Chirriarían cuando las abriese? Con paciencia infinita levantó el pestillo y las abrió. La operación le llevó casi cinco minutos, pero consiguió abrirlas sin hacer ruido. Salió al balcón y vio que los grandes ventanales del living principal estaban abajo, a su derecha. Se recostó en el balcón, desde donde podía atisbar entre las rejas y luego arrastrarse instantáneamente fuera de la vista.
Con el caño de su pistola empezó a golpear suavemente el peldaño inferior de la reja del balcón. El silencio que pendía sobre el Schloss acentuaba el sonido.
Golpeaba a intervalos irregulares. Tap-tap-tap. Una larga pausa. Luego tap-taptap-tap.
Silk oyó el ruido y se puso rígido para prestar atención. Miró rápidamente detrás suyo, puesto que el sonido provenía de ese lado.
Saltó de la silla como un gato, rifle en mano. De pie, inmóvil, escuchando, parecía realmente lo que era: un vicioso asesino profesional. El sonido ceso y se hizo silencio, roto únicamente por el roce del reloj de pie.
¿Un pájaro?, se pregunto Silk, ¿agua que goteaba?
Esperó, escuchando, luego decidió que el ruidito no tenía importancia. Se enjugó salvajemente la cara sudorosa con el dorso de la mano, y otra vez deseó un cigarrillo. Los minutos se arrastraban. El péndulo del reloj continuaba con su sonido suave, irritante.
Luego comenzaron nuevamente los golpecitos.
Silk miró para afuera, hacia la soleada terraza. ¿La rama de un árbol? No. El sonido era demasiado metálico para eso. Venía de afuera. Silk se acercó a la puerta abierta. Los golpecitos continuaron. Ahora él estaba seguro de que provenían de la terraza. ¿Alguien afuera? ¿Una trampa? Se acercó más a la ventana, se detuvo para mirar hacia atrás a través de la puerta entreabierta, desde donde podía ver la escalera: nada se movía allí.
El ruido cesó y otra vez el silencio rodeó a Silk. Se adelantó más aún. No pasó nada. Sintió que una oleada de ira lo recorría, conciente de que estaba tenso, con los nervios destrozados. Estaba a punto de volver a su silla, cuando el sonido comenzó de nuevo.
Recordó que von Goltz le había dicho que Girland estaba desarmado. Decidió que debía investigar el ruidito. Moviéndose como una sombra, salió a la terraza, con el arma preparada.
Malik lo vio y dio dos golpecitos seguidos, luego se arrastró hacia atrás para ocultarse a la vista.
Girland oyó los dos golpecitos rápidos y bajó velozmente la escalera hasta el segundo piso. Ahora podía ver la puerta entreabierta que daba al living y cerca de ella, alcanzó a divisar la silla vacía. Volvió al corredor.
Silk miró hacia arriba a las hileras de balcones. No vio nada sospechoso. Sus nervios estaban ya tan tensos que se volvió temerario de ira. Salió de lleno al balcón, desde donde tenía una amplia visión de los otros balcones.
Malik sonrió y levantó la pistola. Era difícil disparar puesto que los barrotes del balcón obstruían su vista. Silk no vio la pistola, pero sí el movimiento. Disparó al instante. La bala pegó contra el concreto justo bajo la cabeza de Malik, desparramando esquirlas, una de las cuales dio a Malik en el puente de la nariz. Éste se volvió y Silk, sabiendo ahora dónde estaba su contrario, se precipitó nuevamente al living.
Estaba harto de este jueguito de gato y ratón. Sabía que Girland no tenía armas y que estaba en el tercer piso. No vaciló. Atravesando a la carrera el hall, subió la escalera de dos en dos, sin importarle el ruido que podía hacer.
En el corredor del segundo piso, Girland lo oyó venir y rápidamente, se ocultó en un cuarto cercano.
Silk subió pisando fuerte las escaleras. Al comenzar a ascender el tramo siguiente, Girland fue tras él. A mitad de la escalera, Silk lo oyó. Se detuvo en seco y giró como un trompo, pero Girland ya estaba sobre él, aferrándolo por los tobillos. Lo levantó en vilo y Silk pasó sobre su cabeza estrellándose escaleras abajo, el arma volando por el aire.
Girland giró nuevamente y se abalanzó sobre Silk al tiempo que éste pugnaba por ponerse de pie. Silk no pudo esquivar el cuerpo que se proyectaba hacia él y cayó debajo de su adversario con un golpe que hizo vibrar las armas en las paredes.
Con fuerza sorprendente, Silk arrojó a Girland lejos de sí y los dos se separaron rodando. Girland entró en acción primero. Estaba erguido a medias, y se arrojó sobre Silk antes de que éste pudiera levantarse. Girland lo golpeó con el costado de la mano, dando en el lado del cuello de Silk. Este se desplomó como una vela que se apaga.
Malik bajó a grandes trancos la escalera mientras Girland se inclinaba sobre Silk. Viendo la sangre en el rostro de Malik, Girland preguntó:
— ¿Está herido?
—No es nada. —Malik se limpió la cara con el pañuelo. Miró a Girland—. ¿Quién es?
—No sabría decírselo... qué ejemplar de aspecto dulce, ¿no? Vigílelo. Voy a buscar una cuerda de cortina.
Girland entró a uno de los cuartos y cortó un tramo de cuerda. Volvió y ató las manos de Silk detrás de su espalda, y sus tobillos uno contra el otro.
—Arrojémoslo donde no moleste.
Llevaron el cuerpo inconciente de Silk a la habitación y lo pusieron sobre una cama.
—Estará inconciente por una hora, más o menos. —Girland arrancó un trozo de funda que cubría la cama y amordazó a Silk—. Vamos a buscar comida... estoy famélico. Pero espere un momento. Voy a buscar a Gilly.
Diez minutos más tarde los tres estaban sentados en la cocina, comiendo con gran apetito pollo frío y gruesas tajadas de jamón.
—Tengo una idea —dijo Malik atacando otra tajada de jamón—. No necesitamos quedarnos aquí hasta que llegue el mensajero. Podemos esperarlo en el aeropuerto de Munich. Entre los dos lo podemos persuadir de que nos entregue las películas. Podríamos estar de vuelta en París a medianoche.
—Demasiado arriesgado. Podríamos no reconocer al mensajero.
—Yo lo he visto bien, yo lo reconoceré.
— ¿Y la cerca electrificada?
Malik se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Nos llevaremos un auto... hay cuatro en el garaje. Vamos a la cabaña, cortamos la corriente y nos ponemos en camino.
Girland meditó la idea. Miró su reloj. El próximo avión de París no llegaría hasta dentro de unas cinco horas. Tenían mucho tiempo.
—Muy bien... lo haremos. —Se volvió hacia Gilly—. ¿Sabes manejar, nena?
—Claro que sí... ¡y no me llames nena!
Girland rio.
—Vamos arriba a hacer las valijas. —Se dirigió a Malik—. ¿Buscará usted el coche?
Diez minutos después Girland, llevando la valija de Gilly y la suya propia, seguido por la muchacha, bajó corriendo los escalones hacia el Mercedes 200 blanco que esperaba.
—Maneja tú —dijo Girland a Gilly, arrojando las valijas en el baúl del coche.
Él y Malik se ubicaron atrás. Gilly puso el auto en marcha y lo condujo por el largo camino serpenteante, hasta que Girland le ordenó que se detuviera.
—Seguiremos a pie. Cuando yo silbe, sigue hasta el portón.
— ¡Tengan cuidado, por favor! —dijo Gilly. Estaba sintiendo miedo otra vez.
—Oh, seguro... tranquilízate y espera mi silbido.
Se acercó a Malik y juntos se dirigieron rápidamente hacia el camino. Al divisar la cabaña, se detuvieron.
—Yo iré por detrás —dijo Malik extrayendo su arma—. Deme un par de minutos.
Pero no hubieran necesitado tomar precauciones, pues los tres guardias de la cabaña estaban almorzando. Estaban concentrados en una abundante comida de salchichas con salsa de mostaza y chucrut.
Girland abrió la puerta de un puntapié, y los tres guardias se quedaron atónitos mirando con ojos estúpidos el arma que los amenazaba. Malik se acercó a Girland.
— ¡Corten la corriente! —estalló Malik y la amenaza de sus ojos verdes asustó de tal manera al jefe de la guardia que se puso de pie con dificultad y bajó una palanca en la pared.
Tardaron unos minutos en atar firmemente a cada uno a su silla. Luego Malik y Girland abandonaron la cabaña. Cuando Malik corrió a abrir los grandes portones, Girland se dirigió al camino y silbó agudamente.
Más tarde, mientras Girland estaba guiando el Mercedes al estacionamiento del aeropuerto de Munich, Gilly dijo:
—Ahí está el T.R.4. —Señaló hacia donde el T.R.4 de color rojo escarlata, estaba estacionado entre otros.
Malik, que iba sentado atrás en el Mercedes, se inclinó hacia adelante.
—Yo me encargo de esto —dijo—. El mensajero puede haberte visto. A mí no me ha visto. Haremos lo siguiente...
Al detenerse en la pista el avión procedente de París, Fritz Kirst se desprendió desganadamente el cinturón de seguridad. No se alegraba de estar de vuelta, pero por cierto había sido una suerte maravillosa que lo enviaran a París en tan fácil misión. Cuando había llegado al banco estaba cerrado, de manera que había tenido toda la velada y la mitad de la noche libres para explorar esta ciudad a la cual nunca había tenido la suerte de visitar anteriormente.
Hacía sólo dos años que Kirst trabajaba para von Goltz. Tenía un puesto mal pagado de asistente del gerente, que abusaba continuamente de él. Estaba lejos de sentirse satisfecho con su empleo, y estaba planeando cambiarlo tan pronto se le apareciese algo mejor. Sin embargo, el viaje a París le había recompensado muchos de sus pasados malos ratos, y aunque había gastado más dinero del que podía disponer, se dijo a sí mismo, mientras pasaba la aduana, que había valido la pena.
Un gigante de polo blanco se le acercó.
— ¿Su nombre?
El tono áspero de la voz y los fríos ojos verdes le llamaron poderosamente la atención. Estaba tan acostumbrado a que sus superiores le hablaran con rudeza que reaccionó automáticamente.
—Fritz Kirst, señor —dijo.
Malik asintió con la cabeza.
—Bien. Su patrón me dijo que lo viniera a buscar. Sígame —y sin mirar a Kirst, Malik, que conocía la debilidad de los alemanes de obedecer órdenes, giró sobre sus talones y caminó ágilmente hacia donde estaba estacionado el Mercedes.
Kirst, algo confundido, tuvo que trotar para mantenerse a la par de él. ¿Quién era ese hombre?, se estaba preguntando. ¿Por qué lo habría enviado el conde? Pero cuando vio el auto del conde su inquietud se disipó. Malik ya estaba al volante y Kirst tuvo que introducirse como pudo en el coche mientras Malik maniobraba para sacarlo de la playa de estacionamiento.
Al salir a la carretera principal, Kirst dijo tímidamente:
—Disculpe, señor, pero...
— ¡No me gusta que me hablen cuando estoy manejando! —espetó Malik.
Kirst apoyó su portafolio sobre las rodillas y se echó hacia atrás, humillado y silencioso.
Por cierto que el gigante sabía manejar un auto, pensó al tiempo que Malik guiaba velozmente con experta habilidad. Pronto Munich quedó atrás. Al llegar a la carretera de Garmisch, Kirst miró por casualidad en el espejo retrovisor. Fijó la mirada una y otra vez, y se puso rígido.
Justo detrás del Mercedes había un auto pequeño color rojo escarlata. Kirst reconoció inmediatamente al conductor y a la chica que iba a su lado.
¡Eran los dos que el conde mantenía prisioneros en el Schloss! ¡Y el auto! Era el mismo que él había dejado en el aeropuerto, cumpliendo órdenes.
El sudor brotó en su cara. Miró salvajemente a Malik, quien le dirigió una mirada tan perversa que Kirst se estremeció.
— ¡Quédese quieto y callado! —gruñó Malik.
A cierta distancia de la carretera, había una salida hacia la izquierda: un angosto camino que llevaba a una granja lejana. Malik disminuyó la velocidad, dobló por el camino, y siguió hasta llegar a una curva donde el coche no podría verse desde la carretera y allí se detuvo.
—Usted tiene un paquete de un banco de París que yo quiero —dijo Malik—. ¡Démelo!
El T.R.4 se detuvo detrás del Mercedes, y Girland descendió de él. Se acercó a la ventanilla del acompañante del Mercedes y miró a Kirst a través de ella.
— ¿Se lo ha dado?
—Todavía no..., pero ya lo hará.
Kirst vaciló sólo un segundo, luego con manos temblorosas abrió el portafolio y extrajo un paquete lacrado de forma cuadrada. Malik se lo quitó para examinarlo.
Silenciosamente, Girland deslizó su pistola fuera del bolsillo de atrás del pantalón. No confiaba en Malik. Tenía el arma preparada, pero el movimiento no había escapado a Malik quien levantó la vista y la clavó en Girland, sonriendo.
—Usted se parece a mí..., no confia en nadie —dijo, y pasando por delante de Kirst, arrojó el paquete a Girland, quien lo tomó con la mano izquierda.
—Lo siento..., la fuerza de la costumbre —dijo Girland, guardando nuevamente el arma en el bolsillo. Se acercó a Gilly que esperaba en el T.R.4—. ¿Es éste? —le preguntó, mostrándole el paquete.
—Sí —dijo Gilly dando un manotazo, pero Girland fue más rápido que ella. Lo miró implorante—. Por favor, dámelo... ¡es mío!
Girland meneó la cabeza.
—No empecemos de nuevo, Gilly. Me diste tu palabra. Esto va a tu padre.
Se puso blanca.
— ¡No! ¡Por favor! ¡Yo no podría vivir sabiendo que él tiene esas películas! Si se las das, me mataré. ¡Juro que lo haré!
Girland la observó.
—Pero Gilly, ¿no tendrías que haber pensado en esto antes de filmarlas? Después de todo, se las ibas a enviar a sus opositores, ¿no?
— ¡Es claro que no! ¡Por favor, créeme! Estaba fingiendo. Por supuesto que no las iba a enviar. ¡No puedo soportar el pensar que alguien pueda verlas!
—Oh, vamos, Gilly, si ya le has mandado un rollo a tu padre.
—Yo no fui. ¡Fue Pierre! Él lo envió y me lo dijo después. ¡Lo hubiera matado! Además, éstas... —Tomó aliento con un sollozo—. Éstas... son mucho peores. Y no puedo soportar que las vean. ¿No entiendes? Yo no sabía lo que estaba haciendo, como tú o cualquiera que hubiera tomado tanto LSD como yo, tampoco lo podría saber. —Las lágrimas empezaron a deslizarse por su rostro—. ¡No puedes hacerme esto!
Girland contempló el envoltorio que tenía en la mano, luego la miró a ella.
—Este montoncito vale diez mil dólares para mí. ¿Por qué habría de importarme lo que te afecte a ti?
Ella ocultó la cara entre las manos y rompió a llorar violentamente, balanceándose de adelante hacia atrás: un cuadro de miseria. Girland se apercibió de que Malik había descendido del Mercedes y lo observaba curiosamente.
Con el paquete en la mano, Girland dijo:
— ¿Qué vamos a hacer con nuestro amigo?
—Átelo y tírelo por aquí —dijo Malik—. Alguien lo encontrará. Nos dará tiempo de volver al aeropuerto y tomar el avión a París, si nos apuramos.
Girland miró a Gilly, que seguía sollozando y movió la cabeza.
—Gilly... ¡déjate de teatro! Lo haces bastante bien, pero no me convence. Eres como tanta gente..., cuando están en la buena, son excelentes. Cuando las cartas se le dan vuelta, lloriquean. No creo que Rosnold estuviera detrás de esto. Creo que eras tú y que ahora sin él, has perdido el coraje. Aquí tienes... tómalas. —Puso el paquete sobre la capota del T.R.4. Volviéndose, se dirigió al Mercedes y sacó del baúl la valija de Gilly. La dejó caer detrás del asiento del conductor del T.R.4.
Gilly seguía sollozando, con la cara oculta entre las manos.
Girland la contempló, hizo una mueca y se encogió de hombros. Se volvió hacia el Mercedes.
—Vamos un poco más lejos hasta la próxima curva —dijo, subiendo al coche.
—Se olvida el paquete —dijo Malik, sentándose bajo el volante.
—No sea tan obvio, camarada —dijo Girland—. Vamos.
Malik guió hasta la curva siguiente y allí se detuvo. Ordenó a Kirst que se bajara. Mientras le ataba las manos temblorosas detrás de la espalda, Girland encendió un cigarrillo. Oyó que el motor del T.R.4 arrancaba.
Malik lo miró.
—Se va.
—Si.
—Se lleva el paquete.
—Si.
Malik amarró los tobillos de Kirst, luego levantando el cuerpo del hombre, lo dejó caer del otro lado del cerco.
—Creí que le interesaba el dinero, Girland —dijo—. ¿No le iba a pagar Dorey por esas películas?
—Así dijo. —Girland se ubicó en el asiento del acompañante—. Vamos..., andando.
Con expresión intrigada, Malik puso en marcha el coche, dio la vuelta y lo condujo hacia la carretera. Aunque Malik manejaba velozmente, Girland no vio ni rastros del T.R.4 rojo escarlata. Gilly conducía a mayor velocidad aún.
Había sólo otros seis pasajeros en el último vuelo a París y Girland y Malik se sentaron juntos, lejos de los demás.
Ambos estaban callados:
—No me lo diga si no quiere, Malik, pero no pierdo nada con preguntar, ¿por qué dejó usted escapar esas películas? Yo estaba previendo problemas. Con ellas, usted podría haber obtenido un triunfo ante su gente. No hubieran vacilado en usarlas y Sherman se hubiera hundido. ¿Acaso ha perdido interés por su trabajo?
Malik se miró pensativamente sus grandes manos. Por algunos minutos, Girland pensó que no iba a contestar, pero finalmente dijo:
—Por fin estoy siguiendo su ejemplo. Desde que empecé a trabajar para Seguridad, nunca he tenido en cuenta mis propios intereses, mientras que usted siempre se ha puesto en el primer lugar y su trabajo en el segundo. Ahora he resuelto hacer justamente eso. Mientras Kovski esté en el poder, nunca me permitirán volver al servicio activo al cual pertenezco. Sentado en un escritorio manejando papeles, eso es la muerte para mí. Esta es mi oportunidad de destruir a Kovski y la voy a aprovechar. Una vez que él esté terminado, yo volveré al servicio activo. —Volvió la cabeza y sus chatos ojos verdes escrutaron la cara de Girland—, Entonces usted y yo seremos enemigos otra vez.
—Quizá no nos encontremos de nuevo —dijo Girland, encogiéndose de hombros—. Es sólo porque Dorey me tienta con dinero, que acepto sus torcidos encargos. ¿Cómo va a arreglarlo al camarada Kovski?
De nuevo Malik se tomó su tiempo antes de contestar. Por fin dijo:
—Cuando pase el informe mañana, diré que usted destruyó las películas antes de que yo pudiera conseguirlas. Le recordaré que si él me hubiera hecho caso, y hubiera telegrafiado a la policía americana del aeropuerto diciendo que Sherman estaba viajando de regreso con pasaporte falso, éste ya estaría arruinado. Las películas no significaban nada. Podíamos haber evitado que Sherman llegara a presidente solamente mandando ese cable. Kovski se negó estúpidamente a hacerlo. Le diré entonces que una cinta grabada de nuestra conversación está en camino a Moscú—. Malik bajó la vista a sus manos y sonrió perversamente. —Ese será el momento... cuando Kovski comprenda lo que he hecho..., que yo voy a disfrutar.
Girland asintió con la cabeza.
—Me lo figuro. Dorey estará satisfecho.
Malik alzó sus pesados hombros.
—Mucha gente estará satisfecha. —Miró su reloj—. Vamos a aterrizar dentro de pocos minutos. No debemos ser vistos juntos. Drina estará de guardia en el aeropuerto. ¿Le importaría bajar usted primero? Yo seguiré detrás, cuando Drina esté avisando por teléfono que usted ha regresado.
—Está bien.
Al tiempo que el avión comenzaba a descender, Malik miró directamente a Girland.
—Le diré adiós ahora. Espero que no nos volvamos a encontrar. Dentro de un par de meses estaré de nuevo en el servicio activo. Estamos a mano ahora..., ¿entiende?
Girland rió.
—Puedo entender una indirecta. Espero que no nos encontremos de nuevo, y gracias por su ayuda. Sí... estamos a mano.
Le tendió lu mano y Malik la estrechó. Cuando el avión tocó tierra y empezó a rodar hacia la pista de llegada, ambos se desprendieron los cinturones de seguridad.
Girland se desilusisonó cuando, al entrar a la oficina exterior de Dorey, no encontró a Mavis Paul ante su escritorio.
Bajó la llave del intercomunicador que daba a la oficina de Dorey.
— ¿Sí? —preguntó la voz de éste.
—Éste es su ex-agente favorito, que informa —dijo Girland—. ¿Lo desperté?
—Oh, es usted. Entre.
Girland entró en la gran habitación, la atravesó a grandes trancos y se hundió en la silla para visitas. Vestía un traje liviano de "tweed" gris, una corbata rojo sangre y mocasines de color marrón oscuro. Dorey se sorprendió de verlo tan elegante.
— ¿Se alegra de volver a verme? —preguntó Girland con una sonrisita burlona.
Dorey lo miró por encima de sus anteojos.
— ¿Consiguió las películas?
Girland alzó los hombros. Se tomó su tiempo antes de decir:
—Sí y no. Las tuve, pero la pobrecita lloró tanto cuando le dije que se las daría a su viejo, que se las devolví a ella.
Dorey se puso rígido.
— ¿Está tratando de hacerme perder tiempo?
—Ni en sueños haría eso. Si no me cree, llame a la embajada soviética y pregúntele a Malik. Si no hubiera sido por él, dudo mucho de que hubiera conseguido las películas. Él fue testigo ocular de la conmovedora escena cuando resolví, no sin dolor de mi parte, que preferiría que las tuviera la chica y no el desgraciado de su padre.
—En otras palabras, no tiene las películas... ha fracasado —exclamó Dorey, sonrojándose de ira.
—No fracasé. Yo nunca fracaso. Las conseguí y usted puede asegurarle a su compinche que puede seguir adelante con su candidatura. Las películas han sido destruidas. Gillian prometió portarse bien en adelante. No puede llamarse fracaso a eso, ¿no?
— ¿Espera que yo crea algo de todo esto? —dijo Dorey, furioso—. ¡Su trabajo era traerme a mí esas películas! ¡Ahora basta de tonterías! ¿Las tiene, sí o no?
—Sé que se está poniendo viejo, pero no pensé que se estaba poniendo sordo también, Dorey —dijo Girland, tristemente—, la chica las ha destruido. Me ha prometido dejar a su padre completamente tranquilo en adelante.
— ¿Cómo puedo saber que las ha destruido? ¿Qué puede valer la promesa de una perdida como ésa? —preguntó Dorey, dando un puñetazo al escritorio.
— ¿Sabía usted que Sherman dio a Radnitz carta blanca para hacer matar a Gillian? —preguntó Girland tranquilamente. Dorey se puso rígido y miró duramente a Girland, que había perdido su expresión desdeñosa. Había un reflejo acerado en sus ojos, que le dijo a Dorey que hablaba absolutamente en serio.
—Creo que debe contarme exactamente lo que ha ocurrido —dijo.
—Se lo diré... para eso estoy aquí. Dicho sea de paso, ¿cómo le ha ido a su amigo Sherman desde que yo me fui?
— ¿Qué le parece? A causa de su hija se ha tenido que quedar en casa. Ha perdido terreno. No se puede pelear una candidatura desde la casa.
Girland se alegró.
—Esas son buenas noticias. Tal vez Gilly haya dado un golpe mortal, después de todo.
—No digo eso, pero ahora él se ha atrasado. Diez días son vitales a esta altura de las elecciones.
— ¿Así que quizá el desgraciado no llegue a presidente, después de todo?
—No se preocupe por él. ¿Qué ha pasado?
Girland tomó uno de los cigarrillos de Dorey, lo encendió y se puso cómodo. Luego procedió a proporcionar a Dorey un lúcido informe de los sucesos pasados.
Dorey escuchaba sentado en su silla, con el mentón apoyado en la punta de los dedos y los ojos semicerrados. Cuando Girland describió el asesinato de Rosnold, los labios de Dorey se contrajeron, pero no lo interrumpió.
—Así que cuando la chica rompió a llorar desconsoladamente —concluyó Girland—, yo pensé que sería un gesto caballeresco entregarle las películas... de modo que se las di. ¿Usted no lo hubiera hecho?
Dorey meditó unos minutos.
— ¿No tiene ninguna prueba real de que Sherman esté complicado en el rapto y asesinato? —preguntó por fin.
—No necesito pruebas. Sherman y Radnitz son íntimos amigos. Gilly era un estorbo; eso queda demostrado. ¿Qué pasa ahora? Ella no lo acusará a ese sinvergüenza de asesinato.
Dorey vaciló.
—Lo encuentro difícil de creer —dijo lentamente, pero sus ojos asombrados le dijeron a Girland que sí lo creía.
—No es necesario... todo terminó ahora... ¿A quien le puede importar?
— ¿Qué pasó con la chica?
Girland se encogió de hombros.
—Puede cuidarse sola. Cumplirá su promesa, de eso estoy seguro.
Dorey empezaba a tranquilizarse.
— ¿Se da cuenta, Girland, de que a no ser que yo entregue las tres películas a Sherman, no largará más dinero?
Girland sonrió amargamente.
—Me gané los primeros diez mil dólares, de modo que me los voy a guardar, pero pienso gastarlos lo más rápido posible. No aceptaría más dinero de Sherman aunque me lo ofreciera...; algún dinero huele, pero el suyo apesta.
Dorey levantó las manos con gesto de impotencia.
—Algunas veces no lo comprendo —dijo—. Tenía la impresión de que cualquier dinero olía bien para usted.
—Bueno, todos vivimos aprendiendo —Girland rió— Tengo otra primicia para usted. —Y continuó relatándole a Dorey que Kovski estaba por caer en desgracia. Dorey lo meditó, luego meneó la cabeza.
—No es una buena noticia, Girland. Preferiría temer a un fanfarrón idiota como Kovski a cargo de Seguridad, antes que ver a un demonio como Malik de nuevo en el servicio activo. Usted no se ha dado cuenta de ello. —Girland reconoció que esto era cierto, asintiendo con la cabeza.
—Sí..., debo admitir que el hecho se me escapó. No hubiera podido hacer nada para evitarlo. Es la vendetta particular de Malik. De todas maneras, no me importa. Soy definitivamente ex, ahora. Supongo que no volveré a toparme con Malik. Sería mejor que usted alertara a sus muchachos. Han estado demasiado tranquilos en estos últimos tiempos.
Dorey se frotó el mentón mientras contemplaba a Girland.
—No creo que realmente quiera dejarnos, Girland. Hay un trabajito muy interesante en Tánger, que le vendría como anillo al dedo. —Tomó un expediente y se lo acercó cariñosamente.
—Bastante acción: dos mujeres..., dos preciosas mujeres complicadas. Sí, le vendría muy bien y usted podría resolverlo.
Girland enarcó las cejas.
—La vieja sirena sonando otra vez. ¿Qué hay de la paga?
—Este es un trabajo oficial, así que se le pagaría la tarifa oficial —dijo Dorey, con una nota insidiosa en la voz.
Girland se levantó de la silla.
—No, gracias. Tengo diez mil dólares para despilfarrar. Ya he dejado de trabajar por monedas. —Levantó las manos y agitó los dedos en dirección de Dorey—. Bueno, hasta pronto. Si surge algo de alrededor de los diez mil dólares, podría pensarlo. Mi lema es pensar a lo grande. Debería ser el suyo también.
Salió despreocupadamente, cerrando la puerta con suavidad tras de sí. Su cara se iluminó con una sonrisa encantadora cuando vio a Mavis Paul ante su máquina de escribir.
Ella levantó la vista, se ruborizó y continuó escribiendo.
— ¿Ni una palabra de bienvenida? —dijo Girland, acercándose al escritorio y sonriéndole—. ¿Ni un pequeño gritito de placer?
Mavis titubeó y dejó de escribir. Levantó la vista hacia él.
— ¿Nadie te dijo que tienes ojos como estrellas y labios hechos para besar?—preguntó Girland—. Eso lo saqué de un frasco de perfume.
—La salida está detrás tuyo, a la derecha —dijo Mavis, al parecer sin mucha convicción.
— ¿Qué tal si cenaras conmigo en el Laserre? Música suave, comida espléndida, vinos aterciopelados. Tengo mucho dinero que quiero sacarme de encima. ¿Digamos... a las nueve?
Mavis lo observó. Le parecía que estaba muy buen mozo. Una velada con él no podría dejar de ser excitante. De pronto comprendió que su vida hasta ese momento había consistido en mucho trabajo y poca distracción.
—Gracias..., sí.
—Mi madre me dijo que si la primera vez no tenía éxito... —Girland rio feliz—. Esta va a ser la velada más locamente excitante de mi vida... y de la tuya. A las nueve en el Laserre, entonces.
Ella asintió y comenzó a escribir a máquina de nuevo. Girland se dirigió a la puerta. Cuando estaba por salir notó que ella dejó de escribir. Él se volvió y la miró inquisitivamente.
Los ojos de ella chispearon cuando preguntó: