14.
LA CALLE DE LOS MERCENARIOS
Venía andando a pie por la calle Barrancas cuando una sombra lo puso en alerta. El convento de Santo Domingo quedaba por ahí nomás, y esa noche la reunión se hacía en los sótanos de una casona más bien lóbrega ubicada en aquellas inmediaciones. San Martín había dejado su montura en otras zonas para despistar a posibles espías y había dado un largo rodeo, pero no se había deshecho del sable ni de su pistola. Llevaba poncho porque se había levantado frío y sus tacones y espuelas resonaban fuerte en la noche silenciosa. La sombra se agigantó en un muro y desapareció furtiva hacia la izquierda cuando el jefe de los granaderos volvió la cabeza.
El teniente coronel se detuvo a esperar una mínima reaparición. Se mantuvo allí en silencio, sin respirar, y extrajo lentamente la pistola y la amartilló. De pronto oyó un ruido apagado a sus espaldas, y dio media vuelta otra vez.
Por el rabillo del ojo alcanzó a ver un movimiento en las penumbras. Podía ser un perro o un niño, pero el oficial de caballería no quería llamarse a engaño. Uno adelante y otro atrás, siguiéndolo sigilosamente con la misión de localizar el punto de reunión. Mercenarios a sueldo del triunvirato. Había que despistarlos o hacerles frente.
Casi sin pensarlo cruzó corriendo la calle, salió de la luz del farol y se refugió detrás de un carro de anchas ruedas. Desde ese ángulo dominaba los dos escenarios, arriba y abajo de la calle miserable y mal iluminada. No se movió un centímetro. Permaneció en esa posición tres o cuatro minutos más mientras no pasaba nada, hasta que en un segundo pasó de todo. La sombra original surgió de un lodazal y avanzó agachada veinte metros, y San Martín le apuntó con cuidado y le descerrajó un tiro. No oyó un quejido pero sí un golpe seco. Y vio que la sombra se plegaba a la oscuridad y escuchó sus pasos apresurados. El teniente coronel quiso salir de detrás del carro cuando una bala astilló la rueda. San Martín se quedó de nuevo quieto esperando un segundo disparo, y como no llegaba calculó que el mercenario de su derecha carecía de una segunda pistola. No quería darle tiempo para recargarla así que guardó la suya y volvió a la luz del farol. Sacó el sable y aguantó lo que fuera. Fue un espadachín sin rostro que se hizo ver a la distancia, estoque en mano, calibrando su suerte. Tanto la calibró que de repente se dio la vuelta, echó a correr por una callejuela y se perdió en la noche. San Martín reculó sin envainar hasta los límites de la luz, se acuclilló y palpó la tierra. El primer mercenario había dejado caer un trabuco sin marcas. Lo empuñó para dispararlo al escuchar una nueva corrida, pero no hubo necesidad: eran dos negritos asustados que venían a socorrerlo. San Martín les ordenó que volvieran a sus barracas. Lo hizo con voz de mando, y los negritos corrieron por la calle como si hubieran visto a Mandinga.
Arrojó el arma al baldío, envainó y volvió sobre sus pasos en busca de su caballo. No se cruzó con casi nadie, y cuando montó lo hizo de un salto. Regresó al galope a los cuarteles y le ordenó a un asistente de extrema confianza que llevara una carta a la casa de los Alvear. La nota era escueta e incomprensible para quien no formara parte de la logia Lautaro. Estaba rubricada por los tres puntos masones.
En la tarde del día siguiente, Alvear y tres o cuatro de los principales líderes de la logia escuchaban el lacónico pero efectivo relato que el jefe de los granaderos les hacía en el Café de Marco, donde tomaban copas los patriotas. «Nos vigilan y persiguen —escupió Alvear, con rabia—. Se les escuchó decir que los viajeros de la fragata inglesa veníamos a descomponer la patria, ¡justo ellos, que son cobardes e inútiles y lo descomponen lodo!». Hubo que pedirle que bajara la voz. Los triunviros se manejaban con autoritarismo y discrecionalidad, y el descontento popular iba creciendo mes a mes. Los miembros de la logia eran sospechosos de conjurar contra un gobierno que, a pesar de los discursos, no era permeable a profundizar el plan de la independencia y que manejaba la empresa militar con negligencia absoluta. Había violencia en el ambiente y se decía que la policía del poder buscaba un chivo expiatorio.
Para el teniente coronel aquella logia no era otra cosa que la evolución americana de la logia de Cádiz. Una sede, la misma idea con distinto nombre. Habían elegido en España, mucho antes de emigrar, aquel nombre en clave. San Martín había estudiado en la academia militar las geniales estrategias del cacique mapuche que había librado batallas heroicas y sanguinarias durante la primera fase de la conquista española. Los profesores de la guerra del Viejo Continente comparaban a Lautaro con Gengis Khan y Alejandro Magno. El nombre, sin embargo, no significaba en código masón «guerra contra España», como se difundía entre murmullos, sino algo más secreto y específico: «Expedición a Chile». Al llegar al Río de la Plata, los caballeros racionales de Cádiz constataron que las logias locales no contaban con figuras de peso, por lo que anexaron a muchos logistas y salieron a cooptar a las personas determinantes de la sociedad porteña y de la revolución. La idea era crear un gobierno secreto, y a la vez un partido político, y también un servicio de inteligencia. Alvear y San Martín integraron el triángulo básico, y en menos de sesenta días lograron que militaran con ellos algunos de los personajes más relevantes de las Provincias Unidas. Internamente, dividieron la organización en dos cámaras: la azul, donde se ubicaban los miembros de los tres primeros grados masónicos, y la roja, donde estaban los integrantes del grado cuarto y los rosacruces. Los viajeros de la George Canning formaban parte de la sección más alta y secreta. Ellos redactaron el acta de constitución, que empezaba diciendo: «Gemía la América bajo la vergonzosa y humillante servidumbre dominada por el cetro de hierro de España y por sus reyes, como es notorio en el mundo entero y lo han observado por tres siglos con justa indignación todas las naciones. Llegó por fin el momento favorable en que, disuelto el gobierno español por la presión de su monarca; por la ocupación de España y por otras innumerables causas, la justicia, la razón y la necesidad, demandaba imperiosamente el sacudimiento de este yugo. Las provincias del Río de la Plata dieron la señal de libertad: se revolucionaron, han sostenido su empresa con heroica constancia. Pero desgraciadamente, sin sistema, sin combinación y casi sin otro designio que el que indicaban las circunstancias, los sucesos y los accidentes». Luego de ese prefacio decretaron que ningún español ni extranjero, ni pariente cercano de los logistas podían formar parte de esta sociedad secreta. Y que la logia se reuniría semanalmente, y que nadie podía aceptar un empleo con influjo en el Estado, la justicia, el ejército y los negocios sin previo acuerdo de la logia. San Martín y Alvear establecieron, a su vez, que la obligación de los «hermanos» era auxiliarse y protegerse entre sí. Que todo «hermano deberá sostener, a riesgo de vida, las determinaciones de la logia». Y que cuando el gobierno estuviese a cargo de algún logista éste no podría disponer de la fortuna, honra, vida ni empleo de ningún «hermano» sin la autorización de la logia Lautaro. Y esto servía para un funcionario, para un juez o hasta para un jefe militar: los Venerables debían juzgar si efectivamente cabía el castigo. La desobediencia se pagaba con la persecución sistemática y el desprecio perpetuo hacia el desobediente. Y la indiscreción se pagaba con la muerte.
Los objetivos estaban muy claros: había que ganar el gobierno, alinear a los revolucionarios y conducir la guerra. Pero aunque al principio San Martín y Alvear tenían la misma opinión política, en pocos meses comenzaron a discrepar. El primero quería declarar la independencia de inmediato. El segundo, a pesar de sus feroces diferencias con miembros del triunvirato, también resistía ese paso arguyendo que no estaban dadas las condiciones internacionales: Inglaterra no apoyaría una declaración mientras mantuviera su alianza con España, los portugueses mostraban hostilidad y se sucedían fracasos patriotas en muchas zonas de América.
El gobierno, en medio del malestar general, aún creía en Fernando VII, y era repudiado en las esquinas de Buenos Aires por hacer concesiones a España. Para dar un golpe de efecto y mostrar fortaleza, inició una especie de caza de brujas. Persiguió por las noches a los logistas y el 1 de julio de 1812 denunció una conspiración de españoles residentes. Basándose en una delación y en un testigo de dudosa veracidad, expropió a treinta militares, cormenciantes y frailes, y los mandó fusilar.
Camino a Retiro, el teniente coronel detuvo su marcha en la plaza de la Victoria y vio los cuerpos acribillados y descompuestos de los supuestos complotados, que se exhibían hacía ya tres días al público, pendiendo de la horca a modo de escarmiento. Parecía una señal contra el enemigo, pero el teniente coronel presentía que era una señal contra los patriotas: «Quienes conspiran serán pasados por las armas. Porque quienes conspiran son nuestros enemigos». San Martín pasó a bridas flojas y tomó hacia el norte con el sol en la sien derecha. «Todos estamos en peligro», pensó, y cabalgó con el entrecejo fruncido hasta el cuartel de los granaderos.