12.
EL ESPÍA DE SU MAJESTAD

El coronel caminó hasta la puerta principal del convento y verificó la guardia de los diez carabineros que había parapetado allí; luego dio algunas instrucciones en baja voz a sus oficiales y se encontró con Parish Robertson, que le ofreció un cigarro. San Martín le recordó que ninguno de los dos podía fumar por el simple hecho de que nadie debía encender el mínimo fuego, y para compensarlo lo invitó a subir al mirador del campanario para ver el paisaje.

Parish estaba extasiado por la situación. Era un comerciante escocés que había trabado amistad con el coronel en las tertulias porteñas. John y su hermano William merodeaban las casas de las hermanas Kendall, dos jóvenes bellas que habían sido compañeras del viaje que Alvear y San Martín habían emprendido de Londres a Buenos Aires en la fragata británica George Canning.

Los Robertson eran también agentes del servicio secreto de su Majestad, y operadores comerciales de la Gran Bretaña en América, aunque de todo esto sólo hubo pruebas muchísimos años después, cuando se abrieron los archivos de la Foreign Office. Tenían una particularidad: siempre estaban en el lugar adecuado y en el momento justo. El caudillo oriental José Gervasio de Artigas encontró a uno de ellos en su campamento de la Purificación. Carlos María de Alvear les hacía confidencias y les encomendaba misiones. Los negocios mineros colocarían a uno de los Robertson en Guayaquil, justo cuando Bolívar y San Martín hicieron un decisivo pacto territorial y político. El presidente de las Provincias Unidas, Bernardino Rivadavia, nombró a los hermanos en el directorio del Banco Nacional y también en el Banco de Descuentos, y fueron ellos mismos los intermediarios del empréstito con la Baring Brothers, primer ensayo de la deuda externa argentina.

Ahora un Robertson estaba en el camino de San Lorenzo. Los granaderos lo habían interceptado en una posta, a pocas horas de San Carlos. Parish dormía dentro de un carruaje cuando escuchó un tropel de caballos, ruido de sables y rudas voces de mando. Vio confusamente, en la noche, que dos soldados asomaban fieramente por las ventanillas. «¿Quién está ahí?», apremió uno de ellos. «Un viajero», respondió Parish. «¡Apúrese y salga!», le ordenaron. Parish empezó a recomponerse cuando sintió una voz conocida: «No sean groseros. No es enemigo. Me dice el maestro de posta que es un caballero inglés en viaje al Paraguay». El viajero tuvo una corazonada y se dio a conocer: «Si usted es el coronel San Martín, aquí está su amigo, mister Robertson», dijo sin detenerse. San Martín salió de las tinieblas con una sonrisa y lo abrazó. Parish le confesó el miedo que le había entrado, y el coronel se echó a reír. «¿Creía que éramos los marinos españoles?», le preguntó entre carcajadas. Después se puso serio: «Nuestro gobierno tiene noticias seguras de que intentarán desembarcar esta misma mañana para saquear la costa y el convento. Vengo con ciento cincuenta granaderos, marchando principalmente de noche para no ser visto, y estoy persuadido de que no sospechan que los esperamos. Son el doble en número, Robertson, pero por eso no creo que tengan la mejor parte de la jornada».

«Estoy seguro de que no», dijo Parish, para lisonjearlo, y le pidió al sirviente con el que viajaba que buscara, a tientas, una botella de vino con que refrescar al coronel. Bebieron juntos y a oscuras una copa en el estribo del carruaje, mientras los granaderos permanecían parados junto a sus caballos ensillados y listos para avanzar.

Recuperado y lleno de preguntas, el inglés tuvo la irresistible tentación de acompañarlo hasta San Carlos y ver cómo se planteaba la batalla. El coronel tardó un rato en responder. Devolvió la copa vacía al sirviente y al fin le dijo: «Le daré un caballo, y si ve que la jornada se decide contra nosotros, aléjese lo más ligero posible». A los pocos minutos cabalgaba al lado de San Martín, al frente de aquella falange silenciosa. Y entró con él en las entrañas del convento, y ahora desde el campanario, mientras el coronel miraba hacia fuera, Parish miraba hacia adentro. «Ahí encerrados y al acecho parecen los soldados homéricos dentro del caballo de Troya», pensó en voz alta.

El coronel se dio la vuelta y asintió observando el patio interior. La proximidad de ese extraño inglés, que hablaba un castellano precario, le traía reminiscencias de Londres.

Hacía un año y pico que un bergantín lo había trasladado de Lisboa a la capital del imperio británico. Los Alvear lo habían esperado en el puerto y le habían dado cobijo en su casa durante algunas semanas. Luego se alojó en un hotel y paseó por Londres tratando de comprender esa ciudad que en 1812 parecía el centro del mundo moderno. Nevaba y hacía un frío intenso, y al recién llegado le costaba despegarse de la chimenea y aceptar un great coat cubierto de pieles para darse una vuelta por los parques.

Al ex ayudante de Coupigny le gustaba la Great Russell Street, donde se encontraba la vieja entrada de la Montagu House, sede del British Museum. Ese museo creado en 1753 había sido inicialmente la librería de los reyes de Inglaterra, y ahora leía en sus sillas de cuero y frente a un escritorio con tintero de metal el joven Thomas Carlyle. Las calles ubicadas al sur del museo estaban llenas de anticuarios y librerías de viejo. San Martín se regocijaba con esos tesoros. También le gustaba visitar la iglesia de Saint Paneras, el edificio más antiguo, porque tenía una increíble torre octagonal inspirada en la Torre de los Vientos de Atenas.

El circuito de San Martín y de los conspiradores era el barrio de Bloomsbury, al nordeste. Allí tenía sede la Casa de los Venezolanos, donde los logistas de Cádiz y de Londres se reunían, y donde Simón Bolívar había meditado su guerra anticolonial. Estaba en 27 Grafton Square, y era una mansión con terraza georgiana, cuatro pisos, nueve habitaciones, varios salones y una biblioteca con seis mil volúmenes.

Las tenidas de los «hermanos» americanos tenían lugar en esa biblioteca, bajo la mirada de los bustos de Homero y de Sócrates. Los recién llegados fundaron allí una filial de la logia de Cádiz, bajo la consigna «Unión, Firmeza y Valor», y el coronel fue ascendido a quinto grado masón y se dedicó durante tres meses a estudiar y a discutir las estrategias posibles para establecer gobiernos soberanos en Hispanoamérica. Todos los miembros de las logias habían jurado, en una nueva ceremonia de iniciación, «no reconocer por gobierno legítimo de las Américas sino aquel que fuese elegido por la libre y espontánea voluntad de los pueblos y trabajar por la fundación del sistema republicano».

San Martín entró en contacto también con nobles y funcionarios británicos, y tomó conocimiento del plan que en 1800 había diseñado un general escocés, Thomas Maitland. Se trataba de apoderarse política y militarmente de Buenos Aires, tomar posiciones en Mendoza, cruzar la cordillera de los Andes, derrotar a los españoles y controlar Chile, y hacerse a la mar para liberar el Perú.

Era un plan inteligente. El coronel lo examinó con mapas, lo pensó y repensó, y en una tienda de empeños compró su sable curvo morisco de caballería. Un arma nueva para una vida nueva.

El 7 de enero, los conjurados embarcaron rumbo a Portsmouth, donde la George Canning completaría su carga con dos mil bultos de mercancías. A bordo de la fragata inglesa, San Martín y los demás trabaron relación con las bellísimas hermanas Kendall: Frances y Harriott. Eran originarias de Wingfield, Derbyshire, una zona montañosa de ovejas y minas de carbón. Su padre Peter las llevaba a Buenos Aires para desposarlas y para que desarrollaran sus vidas en un ambiente más civilizado.

Al coronel ese concepto le hacía gracia. En la fragata viajaban siete logistas que después de cenar se reunían para planificar al detalle cómo dominarían al triunvirato y cómo encauzarían la revolución. Es decir, cómo incendiarían esa zona del mundo. Las pobres muchachas Kendall saltaban de la sartén al fuego.

Aunque San Martín era galante, y las muchachas inglesas resultaban muy seductoras, prefería la compañía de Carmen Sáenz de la Quintanilla, que era mujer de conversación abierta y buen juicio. Enredarse con aquellas hermanas hubiera sido un desatino: despatriado congénito, toda la energía de aquel soldado estaba puesta en conseguirse una patria. De hecho, Carmen le caía mejor que Carlos, que se las arreglaba todo el tiempo para hablar de sí mismo y para dar directivas que no le correspondían. También para jactarse de la familia, los amigos y los importantes contactos que tenía en el Río de la Plata. San Martín no tenía nada de eso: nadie lo conocía y nadie lo esperaba.

Los primeros días de la travesía, en pleno invierno, fueron ásperos: vientos helados, bruscos cambios de dirección y un oleaje terrorífico mantenían a todos en estado de alerta. Salieron del mar del Norte y se fueron adentrando en el océano Atlántico, y después de pasar la línea de las islas Canarias, el buque ganó estabilidad y el clima se volvió más benigno.

El alojamiento, la comida y el agua eran de mala calidad, y los Kendall estaban indignados. Los oficiales, en cambio, venían de sucesivas campañas y esos pequeños sinsabores cotidianos no les quitaban el sueño. Todos hablaban de política, pero San Martín trataba de mantenerse callado. Era un hombre introspectivo y misterioso, que leía libros y miraba el horizonte. Cumplió durante el viaje treinta y cuatro años, pero no se lo dijo a nadie y la fecha pasó inadvertida para sus compañeros de ruta.

Hubo que hacer algunas maniobras para evitar el bloqueo de la flotilla realista sobre Montevideo y para no encallar cerca de la costa. Ya poco de arribar al puerto de Santa María del Buen Aire, el capitán del buque les narró en el comedor sus impresiones sobre la ciudad, que era populosa pero anticuada. El puerto resultó un grupo de carros tirados por caballos enterrados en el barro y algunos botes que hacían el recorrido desde las carretas hasta el barco. Efectivamente, el perfil de la ciudad visto desde la George Canning era un caserío chato de casas bajas y blancas, donde sólo sobresalían las torres de las iglesias, que estaban haciendo repicar sus campanas a modo de bienvenida.

Era el lunes 8 de marzo de 1812 y La Gaceta de Buenos Aires saludó en seguida la llegada de los militares, nombrándolos uno por uno, y señalando que «estos individuos han venido a ofrecer sus servicios al gobierno, y han sido recibidos con la consideración que merecen por los sentimientos que profesan en obsequio de los intereses de la patria».

La noticia reverberó en Montevideo y llegó a la regencia. Y el Ministerio de Guerra español tuvo que aclarar cómo habían dejado salir de la Península a aquellos oficiales americanos que habían mentido y traicionado la confianza de su país, y que viajaban para combatir a la Corona. «España está boqueando», decía Alvear, a quien nada de todo eso le importaba.

Los Alvear fueron alojados en una casa amplia y acogedora que pertenecía a una de las familias más antiguas del Virreinato y donde vivía la abuela de Carlos María. San Martín ocupó una habitación durante los primeros días y luego eligió la fonda de los Tres Reyes, en el cruce de las calles del Santo Cristo y La Piedad. Era una fonda que daba habitaciones y hospitalidad a los viajeros.

De inmediato Alvear se hizo adicto a las tertulias, y arrastró a San Martín a todas ellas. Una noche conoció a los Parish Robertson y bailó minué con las Kendall.

Ahora el inglés y el coronel de caballería estaban asomados a la espadaña de un campanario desde el que se intuían, en sombras, la planicie, la barranca de San Lorenzo, el río terso y hasta el sueño ligero de los marinos realistas que desembarcarían a las 5.30 horas armados de espadas, pistolas, fusiles, bayonetas y cañones.