9
Arreaba al burro a sabiendas de que no iba a acelerar el paso. Quería alejarse cuanto antes del lugar en el que ahora reposaba el tullido. Rumiaba una justificación que no le servía para nada. Algo sobre justos y pecadores o sobre la aguja, el camello y el reino de Dios. No estaba seguro de haberlo condenado a una muerte inminente. Antes de abandonarlo, había volcado junto al cuerpo todo el contenido de su morral. A cambio, él se había llevado el burro cargado con las dos garrafas de agua y con la comida que había echado el tullido para su viaje en busca del alguacil. Quizá la ruta estuviera más transitada de lo que imaginaba y a la mañana siguiente ya estaría a salvo en el carromato de algún viajante, entre sacos de castañas secas y orejones.
Todavía era de noche cuando divisó el perfil roto del castillo. La media luna dibujaba la ruina con la textura de una aguada azulosa. A medida que se acercaba, distinguió el montón de cadáveres a un lado y escuchó el cencerro de alguna cabra despierta. El tintineo le alegró porque, desde que dejó el castillo la noche anterior, había sentido un peso en el fondo del estómago: la idea de que, cuando regresara, el pastor ya no estaría allí. El sonido del cencerro no era el pastor pero, al menos, no era el silencio absoluto. Espoleó al burro y le animó empujándole con movimientos de cintura. Cerca de las cabras muertas, escuchó el zumbido monótono de miles de moscas que no veía y a las que imaginó como una nube negra sobre la montaña muerta. El aire no corría hacia él pero, aun así, tuvo que cubrirse la boca para que aquella peste tóxica no le hiciera vomitar. A unos metros de la pared, descabalgó de un salto y caminó deprisa hacia el lugar donde había dejado al cabrero con su ajuar pero, antes incluso de ver cómo estaba el viejo, quería encontrar el cazo y poner agua a cocer para darle de beber. Encontró el equipaje del pastor en el mismo lugar en el que lo había dejado, pero su lecho estaba vacío. Se agachó junto al ropón y pasó una mano por encima tratando de confirmar lo que sus ojos veían. La tensión que traía se evaporó y él la sintió elevarse hasta unirse con la corriente térmica que ascendía junto al muro. Se sentó al lado del lecho del viejo y, con los codos sobre las rodillas, se tapó la cara y comenzó a llorar. La escapada infantil, el sol abrasador, el llano incapaz de inclinarse a su favor. Sintió la inmutabilidad de lo que le rodeaba, la misma calidad inerte en todo cuanto podía tocar o ver y, por primera vez desde que inició su huida, tuvo miedo de morir. Le estremecía la posibilidad de seguir su camino solo y, como un fogonazo rojizo, se le aparecieron las siluetas de su casa, al borde de la vía del tren, y del silo. Regresar por decisión propia. Abandonar su desesperante lucha contra la naturaleza y los hombres y regresar a la casa. No al hogar, sino al simple cobijo. Volver en peores condiciones de las que tenía antes de partir. No era el hijo pródigo. Era él quien había repudiado a su familia y quien debía enfrentarse a su veredicto. Pensaba así porque el llano le había erosionado de una manera que ni tan siquiera concebía cuando vivía bajo techo. Le agotaba el desamparo y, en momentos como aquel, hubiera cambiado lo más preciado de su ser por un rato de calma o por satisfacer sus necesidades más básicas de una forma tranquila y natural. Protegerse del sol, arrancarle a la tierra cada gota de agua, autolesionarse, deshacer su propio cautiverio, decidir la vida de otros. Cosas todas ellas impropias de su cerebro todavía plástico, de sus huesos por estirar, de sus músculos hipotónicos, de sus formas a las puertas de un molde mayor y más anguloso. Imaginó el cuerpo exánime del viejo siendo arrastrado por la moto del alguacil. Los ayudantes riendo en sus caballos.
En la penumbra, colocó las manos como un recipiente para su cara. Un lugar pequeño y caliente en el que recluirse. Un cubículo desde el que no asistir por obligación a la visión eterna y fútil del llano. En su recogimiento encontró una mano sucia y la otra envuelta en una servilleta polvorienta. La pelota que escondía su pulgar desgarrado y palpitante. Ni siquiera allí había descanso para él.
—Levántate, chico.
La voz del cabrero, fofa y picuda, y su mano huesuda sobre el hombro. El niño se incorporó como un muelle y, sin mirar siquiera al pastor, abrazó su cuerpo enclenque. Se hundió entre sus jirones para fundirse con él, para penetrar en la estancia serena que sus manos acababan de negarle. Era la primera vez que se encontraba tan cerca de alguien sin estar peleando. La primera vez que enfrentaba sus poros con los de otra piel y dejaba fluir por ellos los humores y sustancias que lo conformaban. El pastor le recibió sin decir palabra, como quien acoge a un peregrino o a un exiliado. El chico se abrazó al torso hasta hacer bufar al pastor, molesto. «Las costillas», dijo, y automáticamente se deshizo el nudo y se separaron. Lo que vino a continuación no fue vergüenza. Acaso una distancia más acorde con las leyes de esa tierra y de ese tiempo. La semilla, en todo caso, estaba echada.
Después de cocer agua y de dar de beber al pastor y a las cabras, se comieron las chacinas del tullido hasta que solo quedaron las cuerdas y bebieron su vino. El viejo, a tragos largos, y el niño, en un teatro de muecas de desagrado que trataba de ocultar sin éxito. Bebía porque lo hacía el pastor y porque sentía que, después de su extraño viaje, era otro: el niño que se jugaba la vida por llevarles agua a unas bestias o que apedreaba en la cabeza a un hombre desvalido. Luego, cuando estuvieron saciados, el chico le narró al cabrero su peripecia.
—Hay que encontrar al inválido antes de que los cuervos lo maten.
El niño sintió cómo la tensión de sus músculos volvía desde el cielo y cómo se le apretaban las mandíbulas. Giró la cabeza hacia el viejo, incapaz de comprender lo que acababa de escuchar, pero el hombre no le devolvió la mirada. Sabía que lo que había hecho no estaba bien pero, antes que partir a socorrer al hombre que había querido matarlo, esperaba una palmada en el hombro o que el viejo le estrechara la mano con fuerza, en señal de aprobación o de respeto. Si el cabrero no estaba dispuesto a recibirle como a un héroe, si no iba a reconocer el sacrificio que había hecho, al menos que no le obligara a volver a meter la cabeza entre las fauces del león. Observó las manos del pastor, hinchadas por los golpes, y, aunque no podía verle bien la cara, recordó sus ojos inflamados y también los zarpazos de la fusta sobre su espalda con sus triángulos finales. Entendió que el viejo no sería quien le entregara la llave al mundo de los adultos, ese en el que la brutalidad se empleaba sin más razón que la codicia o la lujuria. Él había ejercido la violencia tal y como había visto hacer siempre a quienes le rodeaban y ahora, como ellos, reclamaba su parte de impunidad. La intemperie le había empujado mucho más allá de lo que sabía y de lo que no sabía acerca de la vida. Le había llevado hasta el mismo borde de la muerte y allí, en medio de un campo de terror, él había levantado la espada en lugar de poner el cuello. Sentía que había bebido la sangre que convierte a los niños en guerreros, y, a los hombres, en seres invulnerables. Creía que el viejo le haría pasar, coronado de laurel por un esclavo, bajo el arco de la victoria.
—Ese bastardo lisiado me encadenó y huyó para avisar al alguacil.
—También él es hijo de Dios.
—Quiere que muramos, el hijo de Dios.
Se despertaron antes del alba y tomaron el camino de sirga en dirección a la esclusa. El viejo, montado sobre el burro, con la cabeza caída, y el niño delante, con una vara en una mano y el ronzal en la otra. Como el perro ya no estaba con ellos, era él quien debía obligar a las cabras a continuar cuando se detenían a comer.
Mientras caminaban, no paraba de pensar en el tullido. La imagen del montón de carne y huesos que dejó tirado en el polvo se le aparecía una y otra vez. ¿Seguiría allí? ¿Habría podido darse la vuelta y poner las ruedas contra el suelo? Según recordaba, la plataforma tenía los ejes muy anchos. Una ventaja para no volcar en cada bache, pero un problema a la hora de ponerse de nuevo en pie en caso de accidente. No sabía lo que sentiría cuando lo viera. La última vez que se miraron a la cara todavía eran compadres. Luego vinieron el cautiverio, el robo del burro, la huida, la pedrada por la espalda, las patadas y el abandono, y ya no hubo ocasión de aclarar nada ni de explicar nada.
A medida que amanecía se empezaron a distinguir los montes al fondo. La llanura como un mar que se detenía al pie de las elevaciones del norte. En aquel momento, solo un trampantojo acuoso. Una empalizada, un hito o el recuerdo de que podría existir un lugar en el que respirar mejor. La visión brumosa de aquellas montañas le producía una atracción magnética. Se imaginó a sí mismo al final de la llanura, justo al pie de las primeras estribaciones. Le acompañaban el cabrero y los animales. Junto a ellos se internaba en los montes por un pliegue del terreno y ascendían a un altiplano, avanzando por una vereda que serpenteaba entre árboles que no conocía. El camino se apoyaba en laderas boscosas y entraba y salía siguiendo el discurrir de torrenteras umbrías. A cada rato, paraban a descansar y él se entretenía haciendo barquichuelos con la corteza caída de grandes pinos. Arriba, en la pradera, se instalaban en una majada de piedra con el tejado de brezo. En su ensoñación, el rebaño había crecido y se esparcía a lo largo y ancho de una meseta verde y fragante. Hacia el norte, las montañas seguían ganando altura. Se alzaban por encima de la cota de los bosques y los arbustos como pezones de piedra lavada. Luego las cumbres, blancas. Neveros empotrados en las arrugas del terreno como arañazos gigantes. Hacia el sur del prado, un desplome desmesurado formaba un balcón desde el que poder dominar el llano. El mismo que ahora transitaban con los ojos tumefactos bajo el martillo de aquella fragua solar. Por las tardes, después de terminar el trabajo con las cabras y de acomodar al viejo en su jergón, se sentaría en el borde de aquel balcón y contemplaría la llanura, y la vería brumosa y lejana. Desde su atalaya de abundancia, convocaría a los ángeles y los arcángeles para que llevaran a su pueblo la lluvia que devolviera a los trigales la fertilidad perdida. Regresarían los hombres y sus familias, ocuparían sus antiguas casas y el silo se llenaría de nuevo. Todos nadarían ahítos en sus riquezas, el alguacil recibiría sus tributos y nadie más volvería a acordarse del niño desaparecido.
Alcanzaron la esclusa a una hora en la que el sol ya lo aplastaba todo. Ayudó al viejo a bajar del burro y lo acomodó contra un fresno hueco. Bebieron agua caliente de la que habían cocido la noche anterior. El muchacho se dirigió al viejo.
—No tenemos comida.
—Tendrás que buscar algo por los alrededores.
—¿Por qué hemos dejado las tiras en el castillo?
—No estaban curadas todavía.
—Quizá se hubieran curado durante el viaje.
El pastor miró al muchacho con fastidio porque no estaba acostumbrado a tener que dar explicaciones.
—No contaba con que tendríamos que marcharnos tan pronto del castillo.
—Podríamos habernos quedado más tiempo si usted hubiera querido.
El viejo irguió el cuello y su cabeza se alzó como una flor brotando en medio de la podredumbre. Una mirada caliza se formó en sus ojos y con ella empujó al muchacho hasta que este empezó a buscarse el pecho con la barbilla sucia.
El pastor mandó entonces al chaval a por raíces de palo dulce, indicándole con el dedo las zonas donde le sería más fácil hallarlas. El niño, sin levantar la mirada, sacó el cuchillo del zurrón del viejo y caminó hasta un pequeño talud al pie de la acequia. Pensó que en esa época del año tendría que cavar mucho para encontrar algún resto fresco que poder mordisquear.
Volvió con las mangas manchadas de tierra y tres o cuatro raíces retorcidas. Junto al viejo, las dividió en palos del tamaño de lápices y peló las puntas de dos de ellos. El hombre comenzó a morder su raíz pero al momento tuvo que parar porque hasta la mandíbula le molestaba.
—¿Le duele mucho?
—Sí.
—¿Conoce alguna cura?
—Tendrás que limpiarme las heridas.
El muchacho tiró del cuerpo del viejo para separarle la espalda del tronco del árbol. Le quitó la chaqueta con cuidado y la dejó a un lado. Luego le desabotonó la camisa y dejó su pecho al descubierto. Por suerte no había ninguna herida que estuviera abierta o supurara, pero el estado del pastor era muy débil. Siguiendo las instrucciones del hombre, mojó un trozo de trapo en agua y, con sumo cuidado, lo fue arrastrando a lo largo de los latigazos. El pastor no se quejaba de nada y tan solo apretaba los dientes y cerraba los ojos cuando el niño aplicaba demasiada fuerza. El muchacho pensó que quizá el viejo tuviera algo roto o, simplemente, que era demasiado mayor para soportar una paliza como la que había recibido. Recordó la primera vez que vio al viejo enrollado en su manta en medio de la noche y también el tiempo que había necesitado tan solo para poder sentarse en el suelo. Entendió entonces que la vida del pastor, antes de su encuentro, seguramente se limitaba a llevar a las cabras de un barbecho a otro, sin recorrer largas distancias. ¿Por qué se había volcado en su ayuda? ¿Por qué ese vagar por encima de las posibilidades de su cuerpo? ¿Por qué no le había entregado al alguacil en el castillo? Su silencio le había hecho perder la mayor parte de su rebaño y, además, lo había colocado en la puerta misma de la muerte.
Bajo la sombra del fresno, obligó al viejo a tumbarse de lado. Hasta el momento, sus cuidados se habían limitado a abrirle los botones de la camisa y a limpiarle el pecho y los costados. Cinco gruesos regueros marrones le cruzaban la espalda de punta a punta. En ellos, la tela sucia se hundía bajo la sangre seca. Informó al viejo de lo que veía y este le fue dando órdenes para que procediera. Primero le empapó la espalda entera, vertiendo agua con la escudilla para ablandar la sangre seca y poder separar la tela sin abrir las llagas. Repitieron la operación varias veces hasta que, con extremo cuidado, el muchacho empezó a tirar de la tela. Cuando le quitó la camisa por completo, la extendió lo mejor que pudo en el suelo para que el viejo pudiera ver en ella el negativo de su espalda. La imagen le turbó más que el dolor de las mismas heridas y permaneció un rato mirando aquella representación de su martirio. Luego, perdió repentinamente el interés por la prenda y volvió a recostarse para que el chico pudiera seguir trabajando. La mayor parte de las marcas presentaban abultamientos y pústulas blanquecinas, los signos de la infección. El chico le describió al viejo el estado de las heridas y en ese momento el viejo supo que, sin alcohol ni descanso, sería aquello, y no la artrosis, lo que terminaría con él.
—Cuando muera, entiérrame lo mejor que puedas y ponme una cruz, aunque sea de piedras.
El chico dejó de limpiar.
—No se va a morir.
—Claro que me voy a morir. ¿Me pondrás la cruz?
La visión que el muchacho tenía de la llanura desde aquella sombra miserable se volvió acuosa. Las leves ondulaciones del terreno, los restos de la acequia y las montañas a las que se dirigían se deformaron en sus ojos.
—¿Me pondrás la cruz?
—Sí.
Esperaron amodorrados a que el sol perdiera fuerza y entonces reemprendieron la marcha. El chico le había puesto al viejo su chaqueta por encima de los hombros. Un par de horas después divisaron la alberca. Ninguna señal del tullido en la distancia. El chico pensó que quizá había conseguido arrastrarse hasta algún pilar de acequia para protegerse del sol. Avanzaron hasta que pudieron abarcar todo el espacio alrededor del punto en el que debía estar el hombre y no hallaron restos de él. El niño soltó el ronzal y salió corriendo hacia la alberca. El tullido no estaba dentro ni tampoco apoyado en ninguno de los pilares derruidos del canal. Inspeccionó el borde del camino en busca del lugar exacto en el que lo había abatido y no tardó en encontrar pequeñas manchas de sangre sobre algunas lajas y, un poco más allá, la piedra angulosa con la que le había dado al burro. También encontró las huellas de, al menos, dos caballos, y vio cómo la tierra del talud lateral estaba levantada en varios puntos. Siguiendo las señales de las herraduras descubrió que los caballos se habían separado y que uno había partido hacia el norte y el otro hacia el sur. A un lado del camino, restos frescos de estiércol. Llegaron el pastor y las cabras.
—Ya no está aquí —dijo, y señaló con la barbilla al montón de mierda.
Pasaron la noche dentro de la alberca. El círculo tenía una brecha que llegaba hasta el suelo y por ella, el niño ayudó al viejo a entrar. El fondo ardiente les devolvía el calor del sol absorbido durante el día, pero lo prefirieron al suelo pedregoso de los alrededores. Cenaron leche de cabra y se durmieron masticando las raíces que el chico había desenterrado por la mañana. Durante el día, el viejo apenas había hablado y, salvo el rato que el niño había estado limpiándole las heridas, no se había quejado en ningún momento. La noche, sin embargo, fue diferente. Al poco de dormirse, el hombre empezó a gemir y ya no paró hasta casi el amanecer. El chico asistió al delirio con una mezcla de pena y sopor. Escuchó los primeros lamentos mientras todavía estaba con la mirada clavada en la luz blanquecina de la noche, esperando a que le llegara el sueño. Se incorporó y se acercó al viejo, que se revolvía sobre su manta. A cada movimiento, sus huesos pivotaban sobre el fondo duro como un dado sobre mármol, provocándole nuevos dolores. La luna creciente bañaba la alberca con tonos azulados y en un momento vio los párpados húmedos del viejo y cómo algunas lágrimas corrían por sus pómulos de calavera. Poco antes del amanecer, el delirio cesó y solo entonces el niño se quedó dormido. Unos minutos después, con las primeras luces, notó la mano del viejo zarandeándole el hombro.
—Nos hemos quedado dormidos. Tenemos que irnos.
Había pasado un cuarto de hora inconsciente, pero mientras se incorporaba, sintió como si llevara toda la noche descansando sobre un colchón de buena lana. Pensó en el viejo, en sus gañidos y en sus lágrimas, y durante un buen rato no supo si aquello había sucedido de verdad o si lo había soñado. Formó una cuchara con la palma de una mano e, inclinando la garrafa con la otra, la llenó de agua. Se humedeció la cara y se puso de pie para mirar por encima de la pared de la alberca. La brisa de la mañana multiplicó su frescura en la humedad de su rostro y por un instante sintió que estaba cruzando un collado y que el viento de un nuevo valle salía a su encuentro sobre aquel muro. Un valle que no existía, salvo que aquella planicie infinita pudiera considerarse el fondo de algo limitado por las montañas del norte y por alguna sierra en la otra dirección cuya existencia desconocía.
—Date prisa, chico.
El niño recogió las cuatro cosas que llevaban, enrolló la manta del viejo y le ayudó a subirse al burro. Reunió a las cabras y volvieron al camino. Una vez allí, miraron al unísono hacia los dos lados, como si no haber encontrado al tullido les hubiera dejado sin nada que hacer. El viejo se rascó la barba, hizo un gesto con la cabeza en dirección norte y se pusieron en marcha. Cuatro horas después llegaron al encinar que había junto a la aldea abandonada y, sin decir palabra, se internaron en él.
Cuando el viejo estuvo acomodado junto a un tronco, mandó al chico construir un redil entre varias coscojas. Tapó los huecos que quedaban entre los troncos leñosos uniéndolos con ramas secas y, cuando hubo guardado las cabras, descargó al burro y volvió adonde se encontraba el pastor y se sentó a su lado, a la espera de nuevas instrucciones.
—Tenemos que irnos de aquí.
—Pero acabamos de llegar.
—Me refiero al llano.
—Usted puede quedarse. Es a mí a quien busca el alguacil.
—Mírame.
El pastor se agarró las solapas de la chaqueta y la abrió para mostrar su cuerpo.
—Yo también tengo mis cuentas pendientes con ese hombre.
Con aquel eccehomo a la vista, la ofensa recibida era evidente. Si con «cuentas pendientes» el viejo se refería a la paliza o a algún otro asunto anterior, fue algo que el niño nunca preguntó. Pensó que, en una comarca tan despoblada como aquella, no sería extraño que pastor y alguacil hubieran cruzado sus caminos en el pasado.
El viejo le dijo que huirían a los montes del norte, porque allí podrían esconderse con más facilidad y que, seguramente, el alguacil no emprendería un viaje tan largo para buscarlos en un lugar tan alejado de su jurisdicción. También le explicó que aquella era una tierra donde no faltaba el agua en ninguna época del año y que, con suerte, podrían sacar adelante el rebaño. El chico escuchó en silencio, asintiendo a todo lo que el viejo decía.
El viaje era largo y peligroso y el pastor remarcó que era importante hacerlo lo más rápido que pudieran. También le dijo que tendrían que viajar de noche para intentar que les viera la menor cantidad de gente posible. Necesitarían todo el alimento que pudieran conseguir.
Acordaron que el chico iría hasta la posada para inspeccionar. Si el tullido no estaba allí, regresaría al encinar y juntos entrarían en la fonda, cogerían los víveres y continuarían su camino hacia el norte.
—¿Y si el tullido está dentro?
—Entonces volverás aquí y pensaremos en otro plan.
El niño abandonó el encinar por el mismo lugar por el que lo había hecho dos noches atrás para evitar el camino. El viejo lo vio alejarse desde su tronco y escuchó cómo la suela descolgada de la bota del chico lamía el suelo, dejando tras de sí un pasillo limpio de hojas. Antes de dejar la sombra de los árboles, el niño se dio la vuelta y cruzó su mirada con la del pastor, y ninguno de los dos presintió la brutalidad de lo que había de suceder poco después.