Capítulo Doce

“Ah, Jequesa Yassin, es un placer conocerla.”

La voz que asaltó sus oídos era dura y fría, había algo amargo por debajo de todo en su adormilada consciencia. Amy se sentó lo mejor que pudo, pero siseó cuando las cuerdas mordieron su brazo, las esposas que la mantenían estirada y sujeta – al menos vestida, gracias a Dios – al hierro forjado del cabecero y los pies de la cama. Tenía la garganta seca y la visión desenfocada. No estaba de cuando había comido por última vez y eso la asustaba. Si no comía, la hiperglucemia la arrollaría. Aun peor, su bebé podría caer en coma debido a sus inapropiados niveles de azúcar en sangre.

 ¿Quién es usted?”

“Soy el general del ejército de Lebano. Su marido y sus primos están acabando con mis hombres y estamos perdiendo, puedo ver cómo va a cambiar el curso de la guerra a menos que haga una jugada fuerte.”

“Yo no… ¿qué?” parpadeó ella. “Lo último que sé es que Hakim entró con comida y cloroformo y... ¿Qué coño está pasando?”

 “Hakim ha sido el agente doble más leal. Yo no quería llegar a esto,” dijo él, acariciando una barba poblada, enredada y sucia, manchada de polvo. “Pero he tenido que hacerlo. Su marido puede elegir. Puede rendirse y tener de vuelta a su mujer y a su hijo o puede recibir su cabeza en una caja.”

“¡No puede hacer eso! Yo no importo, pero nuestro hijo sí. Por favor, tengo diabetes y si no como, el bebé morirá de todas formas.”

“Entonces,” dijo él, sus dientes amarillos brillando a la luz. “Esperemos, jequesa, que su marido responda rápidamente,” dijo, dando un portazo detrás de él. Ella pudo oír el ruido de la cerradura.

Se inclinó de nuevo sobre el cabecero e intentó escapar con tanta fuerza como pudo, casi dislocándose el hombro con sus esfuerzos. No consiguió moverse. Gruñendo, se relajó en el colchón. En esta postura, ni siquiera podía tocar a su bebé, no podía consolarle.

 “Tu padre vendrá, cariño. Ya lo verás,” dijo, y trató de ignorar lo asustada y débil que sonaba su voz. Sí, Dvar vendría, ¿pero sería demasiado tarde?

***

“¿Dónde está ella?”, exigió él, cruzando toda la anchura de la sala de guerra hacia Hakim.

Había ido una hora antes a alimentar a su amada y se había encontrado con que no estaba. También había encontrado a Phedre, golpeada en un lado del pasillo. Ella había dicho que se lo había hecho Hakim y que después había cogido a la reina pasando por encima de sus subordinados y ella no tenía ni idea de dónde estaba Amy ahora.

Ahora él tenía las solapas de las ropas de Hakim en las manos y apretaba con fuerza contra la pared, contra los muros de mármol del palacio. Algo crujió y él sonrió abiertamente, salvajemente, contento por producirle dolor. Él estaba sufriendo, así que Hakim, el traidor, también tenía que sufrir.

“¿Dónde está mi esposa?”

Hakim, alguien a quién él había creído uno de sus amigos más fieles, le gruñó. La expresión resultó tan extraña en la cara del que él llamaba viejo amigo, que apenas pudo reconocerle. “Todos estos años, los he pasado siendo el chico de los recados de un niño débil, de alguien que solo habría abochornado a su padre. Puedes hacer lo que él hizo y salvar su país, ser un héroe o bien vender Jardania, dejándola totalmente bajo el control de Lebano. ¿Quieres a esa puta americana o quieres a tu pueblo?”

“¿Qué?”

“La tiene el general Hassad y la dejará morir de hambre hasta que te rindas. Así que, elige.”

Miró al otro hombre, aquel a quien había mirado como a una figura paterna desde que el suyo falleció en estas interminables guerras. Alcanzándole de nuevo, le pegó un fuerte puñetazo, disfrutando del chasquido del hueso cuando rompió la nariz del traidor. Su puño quedó manchado de sangre. “Elijo a mi familia. Ahora, vayamos a por Hassad. Va a lamentarlo todo.”

Quizá no hubiera sido la elección de su padre, intentar salvar su familia, pero ellos eran los que le importaban y, maldita sea, no les iba a perder ahora. Tirando de su móvil, llamó a sus primos, a ambos, y ladró una rápida serie de órdenes. Iban a llevar la pelea a Lebano y a terminar con esta guerra y esta agitación de una vez y para siempre.

***

Él atravesó repentinamente y con facilidad las puertas del palacio de Hassad. Sus hombres y sus primos se enfrentaban al ejército, incluso tenían con ellos a las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Se sentía como un vaquero de las viejas películas del Oeste que eran las favoritas de su padre. Había guardas cargando contra él, pero sacar su nueve milímetros y disparar contra los lacayos era un trabajo rápido. Corriendo por las escaleras del palacio, buscó la habitación más vigilada y la encontró rápidamente. Había diez hombres rodeándola.

Se escondió detrás de una columna y lanzó una granada, contando hasta diez hasta que estalló, esparciendo a la guardia por todas partes. Dvar pasó por encima de los trozos de cuerpos y atravesó la puerta. Le dieron ganas de vomitar al ver a Amy, pálida y demacrada, desmayada en la cama. Respiraba, pero de forma ligera e irregular. Rondándola estaba Hassad, con su barba enredada y un puro apretado entre los dientes.

“Bien, bien, Dvar, eres un tonto. Creí que nos reuniríamos por la vía diplomática y cederías a mis demandas. A tu alrededor, tus hombres están muriendo y tus primos están arriesgándose. ¿Crees que puedes llevarte a tu reina de vuelta? Lleva aquí dos días y no la he dado nada de comer, ni siquiera agua. ¿Crees que tu mocoso todavía está vivo?”

 “Déjala ir, Hassad. Desátala y te llevaré a juicio.”

“No lo creo,” dijo Hassad, su mano derecha acercándose lentamente a la pistola que llevaba en la cadera.”

Dvar desenfundó primero, dejando que su nueve milímetros se oyera con un disparo resonante que hizo eco en el dormitorio. El agujero fue extrañamente limpio, atravesando el torso del general, un lío sanguinolento que ya manchaba su blanca túnica y su pecho. Empezó a manar sangre a borbotones y cayó de rodillas.

Dvar corrió hacia la cama y se detuvo el tiempo suficiente solo para golpear al general rápidamente en las costillas, para acelerar su viaje al infierno. Fue más que satisfactorio verle caer al suelo y no moverse nunca más. Llegando hasta ella, acarició su amado rostro.

 “Amy, por favor, estoy aquí.”

Ella parpadeó mirando hacia él y habló jadeando puesto que respiraba con mucha dificultad. “El bebé, no lo siento moverse… estoy tan asustada.”

Él asintió y la besó. No te preocupes, amor, ahora estáis a salvo. Te lo prometo.”

Y eso fue todo lo que tuvo tiempo de decirle antes de que ella se volviera a desmayar y él se pusiera a buscar la llave.

***

Cuando se despertó, estaba gritando.

El dolor de los últimos días había sido demasiado. Amy se sentó rígidamente, feliz de que la visión de su marido rescatándola no hubiera sido solo una alucinación. Miró hacia abajo y su mirada se detuvo en su vientre plano.

¿Qué demonios?

Aterrorizada, tocó su abdomen y se estremeció. No sintió nada. Estaba liso y mucho más pequeño de lo que recordaba. No podía sentir a su bebé dando patadas o moviéndose dentro de ella. ¿Habían muerto? ¿Qué estaba pasando, por el amor de Dios?

Se puso de pie, sintiéndose mareada, pero insistió, a pesar de que el vértigo la asaltó. En cuanto llegó a la entrada de su dormitorio, tanto Dvar como Phedre corrieron hacia ella. Ambos la sujetaron por debajo de los brazos y la sostuvieron erguida.

“¿Dónde está el bebé? ¿Ha muerto?”

Phedre se rio, “No, está bien. Estaba tan enferma que una vez que volvió al palacio, el doctor Rashid la anestesió y le hizo una cesárea de emergencia. Hs estado desmayada unos días desde entonces, pero el bebé está en una sala especial en la incubadora. Sus pulmones están bien, pero necesita descanso y alimento.”

“¿Hubo…? ¿El coma le produjo daños?” preguntó ella.

Phedre la dejó completamente en manos de Dvar y ella se relajó en el abrazo de su marido. “Creo que necesitas ver este milagro por ti misma, mi jequesa.”

Ella miró a Dvar, a esos ojos de jade que parecían gobernar el mundo entero y su corazón. “¿Está bien el bebé?

 “Nuestro hijo, Hamza, está bien. Nuestro pequeño león es fuerte. No cayó en coma, y solo necesita unos pocos días más como cualquier bebé prematuro, pero está bien, fuerte como su madre.”

Las lágrimas llenaron sus ojos y besó a Dvar, disfrutando su sabor y el almizcle que era en parte suyo y en parte de su exclusiva colonia. Se le había hecho eterno estar prisionera del general, aunque habían sido solo unos pocos y aterrorizantes días. Ahora estaba a salvo y estaban juntos.

Todo lo demás era pequeño e insignificante.

Se tenían el uno al otro.

Hablando del bebé, cuando entraron en el nido, ella rompió a llorar libremente, contenta de ver a su pequeño y precioso hijo, de su oscuro pelo grueso. Llegando hasta él, le acarició a través de las ventanas de la incubadora mientras se apoyaba en su marido. “Es perfecto.”

 “Lo es.”

“Y le quiero.”

Dvar suspiró y la besó. Era un beso que prometía mucho más para esa noche, muchas más cosas que la harían arquear los dedos y la dejarían sin aliento. “Y yo os amo a ambos, mi jequesa. Bienvenida a casa.”