Capítulo Cuatro
Se veían enormes pirámides por la ventana.
Se veían pirámides.
Su cerebro no lo estaba asimilando. Hacía menos de veinticuatro horas, estaba atrapada en el invierno más frío del que había registros en Boston y ahora, Amy estaba de pie en la suite real del hotel Mena House en El Cairo, Egipto, mirando por encima del campo de golf y directamente a esas fenomenales pirámides. El rey Tut, maldiciones y momias antiguas, sabes, ¿no? Sí, esas pirámides. Eran enormes, tan impresionantes que se sentía insignificante al estar cerca de ellas, como si nada de lo suyo importara al compararlo con algo que había durado eones. La habitación era asombrosa, también – un enorme cabecero de láminas de oro puro que eclipsaba incluso a la gigantesca cama, la rica alfombra oriental en tonos bronce y rojo y el antiguo mobiliario, tapizado con las más finas sedas. Le habían dicho que en el Mena House se alojaban celebridades y casas reales desde hacía generaciones.
Amy lo creyó.
Registrarse en el hotel había sido interesante.
Ella había querido huir desesperadamente desde el momento en el que la sacaron del avión. Para ser sinceros, lo había hecho, pero entonces Hakim – a quién ella había rebautizado como el jodido Flash[2] – la había atrapado y empujado con más fuerza de la necesaria al interior de la limusina. Ella esperaba que aterrizarían en Jardania, para empezar de plano con el nuevo capítulo de su extraña vida, en el que se convertiría en reina de una tierra completamente extraña. La última cosa que había pensado que vería eran las señales indicando que había llegado a Egipto. Amy se preguntaba si alguno de los primos de Dvar estaría actualmente de visita en el reino de Jardania. Quizá su nuevo jeque no quería sufrir el escrutinio de su familia. Quizá él quería seducirla con unas vacaciones en lo más antiguo del Mundo Antiguo. O, demonios, quizá él solo quería divertirse un poco por su cuenta antes de volver a sus propias responsabilidades de gobierno. Amy no podía estar segura.
En el vestíbulo del Mena House, Hakim todavía la sujetaba con una pistola con silenciador enterrada discretamente en sus costillas. Habría sido a la vez suicida y estúpido pedir ayuda, así que Amy cerró el pico. Ahora era la pobrecita Julia Roberts en Pretty Woman, contemplando una ciudad que nunca había conocido, excepto en los libros de fotografías y con el lujo de la mejor suite del hotel amontonado a su alrededor.
No tenía palabras.
Dvar tampoco parecía tenerlas. Estaba de pie, a su lado, y había pasado un brazo por su hombro. Ella se tensó un poco ante el inesperado contacto, pero olía tan bien, a cúrcuma y a su propio almizcle, y no pudo evitar sentirse atraída por eso también. “Es bonito, ¿verdad?”
Ella asintió. “No tenía ni idea. Sabía que eran grandes, pero no pensé… ¿cómo iba a ser capaz de imaginarlo?”
“No puedes. Yo tenía siete años la primera vez que padre me trajo aquí en un viaje de negocios. Fue increíble.” Se volvió y la sonrió. “Siempre es increíble.”
Amy tragó saliva. Él era bastante más alto que ella, probablemente treinta y cinco o cuarenta centímetros más que ella. No era como si estuvieran mirándose a los ojos. Diablos, ella estaba mirándole a su fuerte y amplio pecho, pero él la estaba mirando con esos encantadores ojos verdes, y ella podía sentir que estaba cayendo de nuevo.
Se sacudió a sí misma. “Tengo que ducharme o algo. Estoy cubierta de sal de roca de Boston y arena de El Cairo y es bastante absurdo.”
“Tienen duchas”, dijo, ronroneando. “Haré que te traigan algo de ropa. Eres demasiado hermosa para seguir vestida como una barista.”
“¿Conoces la palabra?” preguntó, un poco sorprendida.
“He estudiado en Estados Unidos, en Harvard, durante un tiempo. No seas tonta. Además, ¿quién coño crees que inventó el café?” bromeó, dirigiéndose a la puerta. “A propósito, en caso de que estés tramando algo, la habitación está en un tercer piso y dudo que intentar hacer una cuerda con las sábanas de la cama te lleve muy lejos. Además, Hakim y Nasir hacen guardia a ambos lados de la puerta. El teléfono no funciona. He pedido en recepción que lo desconectaran porque no quería que me molestaran.”
Ella frunció el ceño. “¿Lo dices en serio?”
“Completamente, señorita Monroe. Eres mía ahora, y nunca te vas a escapar de mi – jamás,” dijo, cerrando la puerta de golpe tras él al salir al vestíbulo principal.
Amy suspiró y probó el teléfono, solo por si acaso. Hacía tiempo que le habían confiscado su teléfono móvil. Fiel a su palabra, el teléfono ni siquiera sonó, estaba completamente muerto, ni siquiera daba tono al descolgar. Yendo hacia el balcón, echó un vistazo. Incluso aunque hubiera sabido cómo anudar las sábanas de la cama para hacer una cuerda, seguiría estando demasiado alto. Además, tenía la política de no basar sus planes vitales en cosas que hubiera visto en los dibujos animados puesto que rara vez funcionaban, incluso para el querido y viejo Bugs Bunny.
Genial, hasta el momento sus brillantes planes o intentos de huida habían sido completamente limitados o habían supuesto un fracaso absoluto. Aún peor, ella no era MacGyver. Diablos, debería conformarse con ser su versión paródica, McGruber. Por el amor de Dios, si solo era una estudiante que había dejado los estudios de postgrado, trabajaba como barista y estaba permanentemente endeudada. No tenía ninguna esperanza de imaginar cómo escapar. No es que fuera una chica Bond, precisamente.
Encogiéndose de hombros para sí misma, cogió las esponjosas toallas blancas que habían preparado para ella y fue al baño. Era tan bonito como el resto de la habitación, con paredes de mármol y una doble ducha con chorros de vapor. Todo resplandecía, rematado por lo que parecían ser también hojas de oro, y asumió que estaba hecho solo para parecerlo porque otra cosa sería demasiado cara y excesiva, incluso para comenzar a plantearlo. Entrando en la ducha, abrió el agua casi hasta escaldarse y se quitó los mugrientos pantalones y la camiseta.
Cuando las primeras volutas de vapor empezaron a llenar la ducha, se metió en ella. Después de tanto tiempo atada, estar bajo el agua parecía el paraíso, las gotas calientes cayendo sobre sus entumecidos brazos, que aun hormigueaban. Tenía marcas, surcos y líneas rojas donde las improvisadas esposas habían mordido su piel. No habían llegado a cortarla y en unas horas más, tenía la esperanza de que nadie pudiera darse cuenta. Supuso que las cosas podían haber ido aun peor. Joder, todavía estaba aterrorizada de que las cosas hubieran ido mucho peor. ¿Cómo era eso de los sótanos del infierno?
Se imaginaba que ahí era donde ella estaba actualmente.
Pero en el infierno había bonitos accesorios, el hombre más sexy que hubiera visto jamás y duchas lujosas. Era mejor que las viejas ideas que tenía ella sobre tridentes y pies de cabra. Aquí no había lago de fuego, solo el ritmo constante de la ducha cuando el agua caía sobre ella, llevándose lejos el dolor y el miedo acumulados durante el día.
Amy suspiró y apoyó la cabeza en el mármol. Estaba frío, en contraste con el calor de su piel o el que se estaba acumulando en su interior. Dios, ¿qué se suponía que tenía que hacer? Se volvió para coger el dispensador de champú, entonces brincó hacia atrás. Dvar ya estaba allí.
En toda su gloriosa desnudez.
Debía haber entrado cuando ella había estado dejando que el agua se llevara toda la mugre de su cuerpo.
Ella se lamió los labios ante la vista. Incluso aunque su corazón latía salvajemente, incluso aunque alcanzó a cubrirse los pechos con los brazos y esconderle su desnudez, no podía quitarle los ojos de encima. Era mucho más grande de lo que ella nunca podía haber imaginado y se preguntaba cómo de ancho era. El traje escondía mucho de lo que había debajo. Tenía hombros anchos, una constitución que parecía hecha para el fútbol americano o como quiera que se llamara su equivalente en el extranjero. Se llamaba rugby, ¿no? Tenía una constitución muy poderosa, como si hubiera sido capaz de construir las condenadas pirámides que se veían por su ventana simplemente con sus manos. Su pecho estaba perfectamente cincelado, como el del David a partir del mármol. Ella tragó saliva con fuerza mientras el agua se deslizaba hacia abajo por su torso y corría en riachuelos por las líneas de sus abdominales, una perfecta tableta de chocolate, y se preguntó si el hombre vivía en el gimnasio.
¿No se suponía que los gobernantes tenían que estar ocupados?
Seguro que el cuerpo del presidente de los Estados Unidos no se parecía en nada a esto.
Hombre, podría ser que fuera una estrategia pensada para mantener a Jardania feliz. Puede que las mujeres ganaran una lotería de vez en cuando para degustar las delicias del jeque. Podría tener mucho más sentido que cualquier otra cosa que él hubiera hecho en las últimas veinticuatro horas. Decir que había caído a través del condenado agujero del conejo de Alicia en el País de las Maravillas era un eufemismo que no sería divertido nunca más.
Aún corría más abajo el agua, hacia el camino de vello que llevaba a los oscuros rizos sobre sus testículos. Su miembro surgía duro y apetecible de aquella mata de pelo delante de ella. Amy había tenido algunos amantes en la Universidad, pero nunca había visto un pene tan grande. El tamaño no era cómico ni pornográfico, pero el jeque no tenía nada de lo que avergonzarse, realmente. Eso podía explicar parte de su …eeeemm… actitud prepotente.
“Yo…esto era privado,” dijo ella, encontrando finalmente su voz, aunque le sonó baja y metálica incluso en sus propios oídos.
“¿Lo era?” preguntó él, acercándose, lo bastante cerca como para que su miembro se moviera arriba y abajo y tocara el abdomen de ella. Ella se estremeció ante ese grado de intimidad, aunque no necesariamente la odió. “Necesitas aprender, fierecilla, que nada es privado para mí – nunca más.” Se acercó aún más a ella, su miembro duro y caliente entre ellos incluso cuando él acarició su mejilla. “Eres mía.”
***
Dvar no estaba seguro de lo que estaba haciendo allí.
Su plan original había sido encontrar un atuendo adecuado para su nueva jequesa y darle algo de espacio para que pudiera digerir los acontecimientos del día. Después, recuperó rápidamente el sentido común. Él no necesitaba que Amy Monroe estuviera “de acuerdo” con nada. Aquí no había regateo, ni negociaciones. Él no era ni tonto ni sensiblero como sus primos. Él era el Rey y el Jefe de las Fuerzas Armadas de Jardania y tendría a Amy en cualquier momento que quisiera y, ahora mismo, la quería húmeda y arrodillada.
Asi que envió a Hakim a por la ropa y volvió a la ducha. Amy estaba tan ajena a todo, inclinada sobre la pared de mármol y apretando la frente contra las frías baldosas. Adoraba mirar, era un placer infravalorado. Por supuesto, tomar lo que quería era una prioridad, pero puedes aprender mucho, especialmente sobre un amante, observando cuando las personas son realmente ellas mismas. Estaba retirándose los irregulares mechones de la frente. Ya le había ordenado que dejara crecer ese condenado desorden. No era lo bastante regia todavía, no tenía la apariencia de una jequesa. Él había visto la larga melena de su hermana, y sí, Amy estaría perfecta con una melena de cabello negro, oscuro, rizándose naturalmente bajo sus hombros. Sin embargo, el resto de ella era increíble – su diminuto cuerpo, sus pequeños pero atrevidos pechos con pezones rosa oscuro y sus largas y flexibles piernas.
El momento de mirar había pasado.
Entró a hurtadillas y se entretuvo al verla mirándole. Se preguntaba si estaría mojada por algo más que solo la ducha, si se sentía tan excitada sólo por verle como él se sentía por verla a ella. Respiraba trabajosamente y él estaba hipnotizado por los suaves montículos de sus pechos, por la forma en que subían y bajaban al jadear con cada respiración.
Ella era suya y, ya era hora de enseñárselo realmente.
Después de ese titubeante preámbulo, cruzó la distancia que los separaba y presionó su dureza contra ella.
Oh, sí, era momento de empezar de verdad.
“Así que, fierecilla, ¿qué crees que voy a hacer contigo? preguntó, presionando su vara contra la suave y tentadora carne de su abdomen. “¿Cómo piensas que voy a tomarte?”
Amy tragó saliva y sus ojos miraron a toda velocidad por la habitación, y él se preguntó si estaba sopesando las probabilidades de poder escapar.
Él la alcanzó y sujetó sus manos detrás de ella, contra el frío mármol de la ducha. “No puedes alejarte, no esta vez. Lo controlo todo, y solo te he preguntado qué creías que iba a pasar. ¿Follaremos como animales? ¿Te tomaré como decís en América “a estilo perrito”? ¿Alguna vez has tenido sexo anal? ¿Debería hacerte pasar por una experiencia completamente nueva de esa forma?”
Él sonrió burlonamente. “Eres tan pequeña que quizá simplemente te levantaré y dejaré que me montes, tus piernas alrededor de mi cintura mientras me zambullo en tu interior. ¿Qué quieres, Amy? ¿Qué necesitas?”
Ella forcejeó ante su agarre, pero él simplemente apretó los dedos alrededor de sus muñecas. Probablemente apretaba lo bastante fuerte como para dejarle moretones, pero no le importó. Necesitaba hacer esto, necesitaba que ella entendiera y aceptara el papel de jequesa y la primera regla es que ella siempre debía estar disponible para su jeque. Ella viviría para atender en el momento sus necesidades y las de nadie más.
No ahora.
Nunca más.
“Quiero que me dejes ir”.
“No, fierecilla,” dijo él, su erección frotándose contra ella. “No quieres.”
Él maniobró un poco, de forma que la sujetó ambas muñecas con una sola mano. Pasó los dedos de su mano derecha despacio por encima de su pecho, por la hondonada de su estómago y por la suave mata de rizos oscuros en el vértice de sus muslos. Eran tan delicados, casi como plumón. Él se preguntó que otras sorprendentes suavidades le esperaban al explorar a su fierecilla.
Movió con cuidado los dedos entre sus muslos, probando. Ella apretó los muslos en un primer momento y le fulminó con la mirada, sus ojos azules, tan parecidos a glaciares, mirándole fijamente y rebelándose fieramente. Simplemente, se apretó más contra ella, dejando que su dureza hablara por él.
“Déjame entrar, fierecilla. Es mucho más fácil de esa forma.”
“Yo…”
Él separó sus muslos y sintió humedad allí abajo, sintió su humedad empapando sus dedos y supo que no había maldita forma de que toda la humedad se debiera al agua de la ducha. Oh sí, ella estaba tan excitada como él. ¡Joder!, teniendo en cuenta como jadeaba al intentar respirar, Amy estaba más que dispuesta para lo que iba a ocurrir. Pasó los dedos sobre ella con habilidad y después también por encima de los suaves pliegues de su núcleo. Parecía terciopelo bajo sus manos, tan increíblemente suave y tierno.
Amy se estremeció y por un momento, dio la impresión de que sus piernas dejaban de sostenerla. Sólo las enormes manos de Dvar sujetándola la mantenían en pie para que no cayera delante de él. Eso vendría después. Tenía mucho tiempo para tenerla de rodillas, su lengua pícara y juguetona lamiendo la cabeza de su miembro. ¿Ahora? Ahora solo quería sentirla y después hacerla gritar de placer, haciéndola olvidarse totalmente de América.
“Estás tan húmeda y preparada, fierecilla. ¿Para qué estás lista? ”
Ella seguía fulminándole con la mirada, pero parte de ella parecía estar lo suficientemente espabilada para entender lo que él quería. “Para ti, te quiero a ti.”
El asintió. “Tienes toda la razón. ¿Vas luchar también por esto?” preguntó, moviendo su mano a través de sus pliegues hasta el sensible punto nerviosos que protegían. Presionó su pulgar contra él, moviéndolo bruscamente en círculos en el sentido de las agujas del reloj y ella dejó escapar un gemido que viajó directo a la parte más primitiva del cerebro de él. Su miembro dio una sacudida por su propia voluntad, y se desesperó de tal manera que tenía que estar dentro de ella.
Dvar no dijo nada, pero se movió de nuevo, envolviendo la cintura de ella con los brazos y se sintió aliviado cuando ella no le golpeó ni le araño con las manos recién liberadas. El la levantó como si no pesara nada y, francamente, su peso era prácticamente insignificante. Sus piernas de ella se enroscaron alrededor de su cintura y él dejó que su erección se deslizara en su interior. Su entrada era muy ajustada y estaba claro que, aunque probablemente no era virgen – quién lo era en esos días – sí que había pasado un tiempo desde la última vez. La cabeza estaba justo en su interior cuando ella siseó.
“¿Estás bien?”
Ella asintió y frunció el ceño. “Solo es que es más grande de lo habitual.”
Él se rio entre dientes y comenzó a besarle la garganta, dejando que se acostumbrara al tamaño. Depositó besos por encima de su hombro y hacia abajo, en el pequeño hueco entre la clavícula y la garganta. Demoró la lengua en el hueco de su cuello y después subió para mordisquear sus labios, mordiéndolos ocasionalmente, disfrutando de la sensación de la carne atrapada delicadamente entre sus dientes. Ella gimió y su miembro se agitó de nuevo, deslizándose más fácilmente en su interior al crecer la humedad. Centímetro ardiente tras centímetro ardiente, se deslizó en ella sintiendo su calor y su presión, la estrechez de su canal, casi como si le estuviera masajeando mientras él empujaba su erección más profundamente en su núcleo.
Por fin, ella estaba en la posición adecuada y él podía sentir como había entrado totalmente en ella. Dvar sonrió con satisfacción a los brillantes ojos azules. “Parece como si encajáramos perfectamente, fierecilla.” Movió las caderas tentativamente, y ella clavó las uñas en su espalda, penetrando en su piel con la perfecta mezcla de placer y dolor. “Y ahora, ¿cuáles son las palabras mágicas?”
Ella frunció el ceño mirándole. “¿Abracadabra?”
Él movió sus caderas justo un milímetro, provocándola a ella tanto como a sí mismo. Le llevó más auto-control del que él pensaba que tenía. Estaba desesperado por tomarlo todo de ella, sentirse entrar profundamente en ella con necesidad y urgencia animal. Sin embargo, había un juego en marcha. Él quería que ella suplicara, quería que se lo pidiera. Iba a terminar con su sarcasmo y su oposición incluso si se moría de deseo allí mismo.
“¡Maldita sea! ¿No será “Ábrete Sésamo”?”
Él empujó hacia de nuevo hacia ella y se rio mientras ella gemía y se estremecía con sus mínimos esfuerzos. “Definitivamente, creo que ya está abierto, fierecilla.”
“Uff, entonces… ¡por favor!”
“Por favor, ¿qué?” la provocó, hacienda que su voz sonara baja y gutural, como un ronroneo.
“Por favor, Dvar, sólo fóllame.”
“No, ese no es mi título y tú lo sabes.”
Ella corcoveó contra él, pero él sabía que ese patético intento por conseguir fricción no iba a saciarla durante mucho tiempo. “¡Por favor, mi jeque, por favor!”
El asintió, sin necesidad de continuar enseñando y provocando. Comenzó a moverse en serio, sus caderas encontraron su propio ritmo frenético contra el de ella. Empujó en su interior, su miembro encerrado en ella, sintiendo que sus músculos comenzaban a ondularse y moverse alrededor de él. Sus jugos fluían ahora libremente, haciendo que sus movimientos fueran más sencillos. Sus uñas se clavaban en su piel, sus pechos suaves y elásticos se apretaban contra su pecho. Amy acercó los labios al hombro de él y empezó a saborearle, besándole, pasando su lengua por encima, rozando la sensible piel con los dientes. Su pene se movió con excitación y eso le hizo bombear más firmemente, con un ritmo aún más frenético. Ella gemía sobre él, sujetándose a él como si temiera por su vida, como si él fuera un condenado toro en uno de esos rodeos americanos o un potro salvaje.
Demonios, quizá lo era.
Entonces lo sintió, el espasmo en sus pelotas, la sensación de tirón en la boca del estómago. Él se corrió, disparando su semilla en el interior de ella, sintiendo que su esperma se mezclaba con el flujo de ella y el agua, ahora fría, de la ducha. Pero mantuvo el ritmo lo mejor que pudo incluso aunque él continuaba estremeciéndose – ella no había sentido el mismo alivio todavía.
Él era el jefe y podía mostrarse despiadado, pero todavía era un jeque que deseaba complacer.
Puso una mano entre sus cuerpos y toqueteó su clítoris incluso cuando ella enroscó sus piernas con más fuerza en torno a su cintura. Sus diestros y callosos dedos dibujaron patrones semicirculares mientras sus caderas subían a encontrar las de ella. Era hábil, desordenado e incluso violento, pero la pasión entre ellos volaba feroz y libremente.
A él le encantaba.
Ella se corrió, por fin, gritando su nombre y una colección de maldiciones que le impresionaron. No la había oído gritar de esa forma ni a sus guardias, y él pensaba que les había llamado de todo excepto “hijos de Dios” el día anterior.
Amy terminó y finalmente cayó sobre su hombro y, aunque él estaba cansado, sabía que tendría que bajarla más pronto que tarde.
Él besó sus parpados cerrados. “Bienvenida al Medio Oriente, mi jequesa. Bienvenida a casa.”