17
Volvieron a sentarse a la mesa, el uno frente a la otra, y hablaron de lo que guardaban en sus respectivos corazones. La mayoría de las cosas que se dijeron llevaban mucho tiempo escondidas en un rincón de sus almas. Levantaron las tapas de su corazón, abrieron las puertas de su memoria, expresaron sus sentimientos con la mayor honestidad posible y escucharon en silencio las palabras del otro.
—Acabé abandonando a Yuzu —contó Eri—. De algún modo, quería escapar de ella. Alejarme de lo que quiera que la poseía. Así que me metí de lleno en la cerámica, me casé con Edvard y vine a Finlandia. Por supuesto, en ese momento no lo vi así. No lo hice a propósito. Pero reconozco que, en cierta medida, sabía que era una manera de dejar de cuidar de Yuzu. Era la persona a la que yo más quería, y durante mucho tiempo incluso la consideré un alma gemela. Y quería seguir ayudándola. Pero el ocuparme constantemente de ella me había dejado exhausta. Por mucho que me esforzase, no podía evitar que ella siguiera alejándose de la realidad, y eso me resultaba muy doloroso. Si me hubiera quedado en Nagoya, quizá yo también me habría vuelto loca. Aunque tal vez no sea más que una excusa, ¿no crees?
—No, no es una excusa. Es lo que sentías, y no hay nada malo en confesarlo.
Eri se mordió el labio un instante.
—Pero eso no cambia el hecho de que la abandonara. Después, Yuzu se fue sola a Hamamatsu y la asesinaron de manera despiadada. Su cuello era muy bello y frágil, ¿recuerdas? Parecía el cuello de un ave y daba la impresión de que podría quebrarse con sólo tocarlo. Si yo hubiera estado en Japón, es probable que no hubiera ocurrido esa desgracia. Porque no la habría dejado irse a vivir sola a una ciudad desconocida.
—Es posible, aunque quizá hubiera acabado igual, en otro lugar, en otro momento. Tú no eras responsable de ella. No podías pasar las veinticuatro horas a su lado. Tú tenías tu vida. Podías hacer mucho por ella, pero había unos límites.
Eri meneó la cabeza.
—He intentado convencerme de eso. Innumerables veces. Pero no ha servido de nada. Es incuestionable que, en parte, me alejé de Yuzu para protegerme a mí misma. El problema está en mi decisión, al margen de que ella pudiera salvarse o no. Además, en el proceso también te perdí a ti. Al dar prioridad al problema de Yuzu, tuve que cortar toda relación contigo, que no tenías la culpa de nada. Acabé haciéndote mucho daño pensando sólo en mi interés. Y eso que te adoraba…
Tsukuru no replicó.
—Pero eso no es todo —dijo Eri. Al ver que Tsukuru se extrañaba, insistió—: Sí. Para serte sincera, corté todos los lazos contigo no sólo por Yuzu. En el fondo, porque fui una cobarde. No tenía confianza en mí misma. Sabía que, por mucho que me gustases, nunca saldrías conmigo. Pensaba que tú sólo tenías ojos para Yuzu. De ahí que pudiera cortar contigo así, sin compasión. Fue también un modo de cortar con mis propios sentimientos. Si hubiera tenido un poco de valor y confianza, y me hubiera librado de mi estúpido orgullo, nunca habría cortado contigo de forma tan cruel. Pero no sé qué me pasaba por la cabeza. Hice algo espantoso. Te pido disculpas, de corazón.
Durante un rato reinó el silencio.
—Debí disculparme antes —dijo Eri—. Lo sé perfectamente. Pero no fui capaz. Estaba demasiado avergonzada de lo que había hecho.
—Ahora ya no tienes que preocuparte por mí —la tranquilizó Tsukuru—. El peligro quedó atrás. Fui capaz de mantenerme a flote en la noche. Los dos nos hemos esforzado y hemos sobrevivido. Y si lo piensas, verás que, aunque creamos que tomamos decisiones equivocadas, o que adoptamos una actitud errónea, seguramente todo habría acabado como acabó. Habríamos llegado al mismo punto en que estamos.
Mordiéndose el labio, Eri reflexionó.
—Me gustaría preguntarte una cosa —dijo al cabo de un rato.
—Dime.
—Si en aquel entonces yo te hubiera dicho que me gustabas, ¿habrías querido salir conmigo?
—Dicho así, la verdad es que no me lo hubiera creído —contestó Tsukuru.
—¿Por qué?
—Porque ni se me pasaba por la cabeza que pudiera gustarle a alguien, que alguna chica quisiera ser mi novia.
—Eras amable, tranquilo y prudente, y ya por entonces eras muy especial. Además de guapo.
Tsukuru meneó la cabeza.
—Tengo una cara muy sosa. Nunca me ha gustado mi cara.
Eri sonrió.
—Quizá. A lo mejor tú tenías una cara muy sosa y yo estaba un poco tocada. Pero para mí, una chica tonta de dieciséis años, eras lo bastante guapo. Pensaba que sería maravilloso tener un novio como tú.
—Tampoco tenía personalidad.
—Todo el mundo tiene personalidad. Sólo que unas personas la manifiestan más que otras. —Eri entornó los ojos y lo miró—. ¿Y bien? ¿Qué me contestas? ¿Habrías salido conmigo?
—Claro que sí —dijo Tsukuru—. Me gustabas mucho. Me atraías mucho, de una manera muy distinta a como me atraía Yuzu. Si me hubieras confesado que te gustaba, habría empezado a salir contigo. Y probablemente nos hubiera ido muy bien.
Tsukuru se dijo que habrían formado una pareja muy compenetrada y con una rica vida sexual. Compartían muchas cosas. Aunque aparentemente fueran muy diferentes —Tsukuru era introvertido y callado, mientras que Eri era muy sociable y a menudo mordaz—, a ambos les gustaba construir, crear cosas con sus propias manos, cosas provistas de forma y significado. Pero tuvo la impresión de que la relación no habría durado demasiado. Con el tiempo habrían surgido diferencias, cada uno habría deseado cosas distintas. Al dejar atrás la adolescencia, cada uno habría tenido sus aspiraciones, sus caminos habrían acabado bifurcándose y cada uno habría tomado un rumbo que lo distanciaba del otro. Tal vez todo eso habría sucedido de forma natural y pacífica, sin conflictos y sin herirse el uno al otro. El caso era que, probablemente, Tsukuru habría acabado construyendo estaciones en Tokio y Eri se habría casado con Edvard y estaría viviendo en Finlandia.
No habría sido improbable. Y seguro que la experiencia habría sido positiva para los dos. Aunque hubiesen dejado de ser pareja, sin duda ahora seguirían siendo buenos amigos. Pero nada de eso había sucedido, en absoluto. Había ocurrido algo completamente distinto.
—Aunque sea mentira, me alegra oírtelo decir —dijo Eri.
—No es mentira —replicó Tsukuru—. Yo no suelo contestar al tuntún, y menos en cuestiones como ésta. Estoy seguro de que, juntos, habríamos vivido una época fabulosa. Es una lástima que las cosas no sucedieran así. Lo pienso de corazón.
Eri sonrió. En su sonrisa no había el menor atisbo de ironía.
Él recordó entonces los sueños eróticos en los que aparecía Yuzu, y también Eri. En sus sueños, siempre estaban juntas. Pero sólo se corría tras penetrar a Yuzu. Nunca había eyaculado dentro de Eri. Quizá significase algo. En cualquier caso, no podía confesarle eso a Eri. Por muy sincero que uno sea, hay cosas que uno debe guardarse para sí.
Al pensar en esos sueños, Tsukuru titubeó. Ya no estaba tan seguro de que la afirmación de Yuzu de que él la había violado (y por ende había concebido un hijo suyo) fuese una invención. Sólo había soñado con ella, pero no pudo evitar sentir que él también tenía cierta responsabilidad. No sólo con respecto a la violación. También con respecto a su asesinato. Se preguntó si, aquella lluviosa noche de mayo, algo, una parte de sí mismo sobre la que no tenía control, se dirigió a Hamamatsu y estranguló aquel fino y bello cuello, esbelto como el de un ave.
Se imaginó a sí mismo llamando con los nudillos a la puerta del apartamento de Yuzu y diciendo: «¿Me abres? Tengo que hablar contigo». Llevaba un chubasquero. A la escasa luz, tenía tonos oscuros; la lluvia lo había empapado y olía a humedad. «¿Tsukuru?», preguntaba Yuzu. «Tengo que hablar contigo», seguía Tsukuru, «es muy importante. He venido a Hamamatsu sólo para eso. No me llevará mucho tiempo. Ábreme. Siento haberme presentado sin avisar, pero si lo hubiera hecho quizá no habrías querido verme.» Tras un instante de vacilación, sin contestar nada, Yuzu descorría la cadena de la puerta. En su mano derecha, metida en el bolsillo, Tsukuru apretaba con fuerza un cordón.
Torció el gesto. «¿Cómo puedo imaginarme semejante estupidez? ¿Por qué iba yo a estrangular a Yuzu?»
No tenía motivos para hacerlo. Jamás se le había pasado por la cabeza matar a nadie. No obstante, no podía descartar la posibilidad de que hubiera intentado asesinarla de esa extraña manera, simbólica. Tsukuru desconocía qué densas sombras ocultaba en su interior. Sólo sabía que también en el corazón de Yuzu anidaban densas sombras. Quizá las tinieblas de Yuzu estuviesen comunicadas de algún modo, por un profundo túnel que corría bajo la tierra, con las de Tsukuru. Quizá la había estrangulado porque ella lo deseaba. Quizá él había escuchado ese deseo a través de aquellas sombras conectadas entre sí.
—Estás pensando en Yuzu, ¿verdad? —preguntó Eri.
—Todo este tiempo me he considerado una víctima —contestó Tsukuru—. Pensaba que había vivido una crueldad absurda. Que por culpa de eso mi corazón cargaba con una profunda herida y que esa herida había torcido mi vida. La verdad es que durante mucho tiempo os guardé rencor a los cuatro. Me preguntaba por qué yo, y sólo yo, tuve que sufrir tanto. Pero quizá no sea así. Era una víctima, sí, pero al mismo tiempo tal vez haya hecho daño a la gente que me rodea. Y que de rebote me haya hecho daño a mí mismo.
Eri lo miraba fijamente.
—Y puede que yo matara a Yuzu —se sinceró Tsukuru—. Quizá fui yo el que llamó a su puerta aquella noche.
—En cierto sentido —dijo Eri.
Tsukuru asintió.
—En cierto sentido, yo también maté a Yuzu —dijo Eri. Y volvió la cara hacia un lado—. Quizá fui yo la que llamó a su puerta aquella noche.
Tsukuru contempló su perfil, su tez morena. Siempre le había gustado la forma de su nariz, un poco respingona.
—Los dos llevamos esa carga a cuestas —dijo Eri.
La brisa había cesado y las cortinas blancas ya no se movían. También el bote había dejado de golpetear contra el embarcadero. Tsukuru sólo oía los trinos de los pájaros, y tuvo la impresión de que cantaban una extraña melodía que jamás había escuchado.
También Eri escuchó durante un rato el canto de los pájaros. Después tomó el pasador, volvió a recogerse el pelo y se presionó suavemente la frente con las yemas de los dedos.
—¿Qué te parece el trabajo de Aka? —le preguntó ella. El tiempo fluyó un poco más ligero, como si se hubiera desprendido de un peso.
—No sé qué decirte —contestó Tsukuru—. Su mundo no tiene nada que ver con el mío. Así, sin más, no podría juzgar si hace lo correcto o no.
—Pues a mí no me gusta demasiado lo que hace. Pero eso no quiere decir que vaya a romper mi relación con él. Fue uno de mis mejores amigos, y aún sigue siendo un buen amigo. A pesar de que hace siete u ocho años que no nos vemos. —Volvió a llevarse la mano a la frente y añadió—: ¿Sabías que Aka dona todos los años una suma de dinero nada despreciable al centro católico? Para que sigan manteniendo la escuela de verano. Seguro que el personal está muy agradecido, ya que atraviesan dificultades económicas. Pero nadie sabe lo de la donación. Él desea permanecer en el anonimato. Probablemente yo sea la única que lo sabe, aparte del responsable, claro. Me enteré por casualidad. Aka no es mala persona, en absoluto. Sólo que «va de malo». No sé por qué lo hace. Quizá porque no tiene otra opción.
Tsukuru asintió.
—Lo mismo ocurre con Ao —dijo Eri—. Sigue teniendo un corazón muy puro, lo sé. Pero no es fácil salir adelante en este mundo. Los dos, cada uno a su manera, están cosechando mucho éxito. Lo han conseguido a costa de un gran esfuerzo, y eso merece respeto. ¿Sabes, Tsukuru?, creo que todo aquello no fue en vano. Me refiero a nuestra pandilla. Estoy convencida. Aunque sólo durase unos años. —Volvió a cubrirse la cara con las manos y permaneció callada unos segundos. Luego alzó el rostro y siguió hablando—. Hemos sobrevivido. Tú y yo. Y los que sobreviven tienen un deber que cumplir, que es seguir viviendo hasta el final. Aunque muchas de las cosas que hagamos sean imperfectas.
—Yo sólo puedo seguir construyendo estaciones.
—Con eso basta. Sigue construyéndolas. Imagino estaciones bien proporcionadas, seguras, agradables para los que las utilizan.
—Intento que sean así —dijo Tsukuru—. No sé si está bien que lo haga, pero siempre dejo mi nombre en algún rincón de las estaciones en las que trabajo. Lo grabo en el cemento medio seco con un punzón. «Tsukuru Tazaki.» En un lugar que no se vea.
Eri se rió.
—Cuando tú ya no estés, quedarán tus magníficas estaciones. Es como cuando yo trazo mis iniciales en el reverso de los platos.
Tsukuru alzó la cara y miró a Eri.
—¿Te molestaría que te hablase de la chica con la que estoy saliendo?
—Claro que no —dijo Eri. Y esbozó una encantadora sonrisa—. Al contrario, me haría mucha ilusión que me contaras cosas de esa chica tan lista y mayor que tú.
Y Tsukuru le habló de Sara. Desde el momento en que se conocieron, se sintieron extrañamente atraídos y se acostaron a la tercera cita. Ella quiso saber todo lo relativo a la pandilla de los cinco de Nagoya. Y la última vez que estuvo con ella, por algún motivo las cosas no salieron bien. No logró penetrarla. Le habló de ello con total sinceridad, sin ocultarle los pormenores. También de la insistencia con que Sara le había recomendado que fuese a Nagoya y a Finlandia. Le había dicho que, de otro modo, nunca resolvería el problema que llevaba en su corazón desde hacía tanto tiempo. Tsukuru creía que la amaba. No le importaría casarse con ella. Era la primera vez que albergaba sentimientos tan intensos hacia alguien. Pero, al parecer, ella tenía otro amante, un hombre mayor que ella. La había visto pasear complacida de la mano de ese hombre. Tsukuru dudaba que él fuese capaz de hacerla tan feliz.
Cuando acabó de hablar, Eri, que le había escuchado con atención, le dijo:
—No debes dejarla escapar, Tsukuru. Ve a por ella, ocurra lo que ocurra. Si empiezas a poner distancia entre los dos, quizá jamás vuelvas a conseguir a nadie.
—Pero es que no tengo suficiente confianza en mí mismo.
—¿Por qué?
—Porque tengo la impresión de que dentro de mí no hay nada. No tengo personalidad, soy de un color indefinido. No tengo nada que ofrecer a los demás. Ése siempre ha sido mi problema. Me siento como un recipiente vacío. Dentro no hay ni una mísera cosa a lo que se le pueda llamar contenido. Además, no creo ser la persona más apropiada para ella. Pienso que a medida que pase el tiempo y me conozca mejor, Sara irá sintiéndose cada vez más decepcionada. Y acabará alejándose de mí.
—Tsukuru, debes ser más valiente, confiar más en ti mismo. A mí me gustabas, recuérdalo. Hubo una época en la que lo habría dado todo por ti. Cualquier cosa que me hubieses pedido. Y eso lo pensaba una chica por cuyas venas corrían ríos de sangre caliente. No sabes lo que vales. No estás en absoluto vacío.
—Me anima mucho que me digas eso —dijo Tsukuru—, de veras. Pero, en todo lo que respecta a Sara, la inseguridad me paraliza. Tengo treinta y seis años, pero cuando empiezo a pensar seriamente en mí mismo, acabo tan perdido como antes, si no más. No soy capaz de decidirme, no sé qué hacer. Es la primera vez que siento algo tan intenso por alguien.
—De acuerdo, te ves como un recipiente vacío. ¿Y qué? ¿Qué importa eso? —dijo Eri—. Si es así, entonces eres un recipiente maravilloso y muy atractivo. Nadie se comprende de verdad a sí mismo, ¿no crees? Basta con que sigas siendo un bonito recipiente. Un recipiente que cause buena impresión y en el que a alguien, de pronto, le apetezca meter algo.
Tsukuru reflexionó sobre ello. Entendía lo que le quería decir, independientemente de que pudiera aplicarse o no a su caso.
—En cuanto llegues a Tokio, tienes que decirle todo lo que sientes por ella. Eso es lo que debes hacer. Abrir el corazón siempre es bueno. Pero no le digas que la viste con ese hombre. Eso guárdalo para ti. En determinados momentos, las mujeres no queremos que nos vean. Pero, por lo demás, confíale tus sentimientos, con total sinceridad.
—Me da miedo meter la pata, decir algo desafortunado. Tengo la sensación de que entonces lo perderé todo y me desvaneceré en el aire.
Eri movió lentamente la cabeza hacia los lados.
—Mira, esto es como construir una estación. Es algo sólido, y no se echará a perder ni se desvanecerá en el aire por un pequeño error. Tú tienes que construir la estación, aunque no sea perfecta. Porque si no hay estación, los trenes no pueden parar. Y la gente no podrá subir a ellos. Eso es lo importante. Si se detecta algún defecto, podrás arreglarlo más tarde, cuando sea necesario. Pero primero edifica la estación. Una estación especial para ella. Una estación en la que los trenes quieran parar, aunque no tengan nada en particular que hacer allí. Imagina esa estación, píntala con un bonito color, concrétala. Luego graba tu nombre en los cimientos, insúflale vida. Eres lo suficientemente fuerte para hacerlo. ¿Acaso no conseguiste mantenerte a flote en el frío mar de la noche?
Eri lo invitó a quedarse a cenar.
—Por esta zona se pescan unas truchas enormes. Fritas en la sartén con hierbas aromáticas están deliciosas. ¿No te apetecería cenar con nosotros?
—Claro que sí, y te lo agradezco, pero creo que ya es hora de que me vaya. Me gustaría volver a Helsinki antes de que oscurezca.
Eri se rió.
—¿Antes de que oscurezca? Estamos en Finlandia. Aquí, en verano, hay claridad casi hasta medianoche.
—Aun así —dijo Tsukuru.
Eri lo entendió.
—Gracias por haber venido a verme desde tan lejos. Me alegro de haber podido hablar contigo, de veras. Es como si me hubiera liberado de algo que me ha oprimido el pecho durante mucho tiempo. No es que todo se haya arreglado, pero a mí me ha sido muy útil.
—Igual que a mí —dijo Tsukuru—. Me has ayudado mucho. Además, he podido conocer a tu marido y a tus hijas y he visto qué clase de vida llevas. Sólo por eso ya hubiera merecido la pena venir a Finlandia.
Salieron de la cabaña y se dirigieron hacia el Volkswagen Golf. Caminaron lentamente, conscientes de cada paso que daban. Se dieron un último abrazo. Esta vez, Eri no lloró. Él sintió en su cuello la apacible sonrisa que esbozaban los labios de ella. Notó de nuevo su busto exuberante, vigoroso, y supo que albergaba la energía necesaria para seguir viviendo. Los dedos que rodeaban la espalda de Tsukuru eran muy reales.
Entonces Tsukuru se acordó de los regalos que les había traído de Japón. Los sacó de la bolsa, que había dejado en el coche, y se los dio. Para Eri, un pasador de boj, y para las niñas, los libros ilustrados.
—Gracias, Tsukuru —dijo Eri—. Nunca cambiarás. Sigues siendo tan amable como siempre.
—Sólo es un detalle —se excusó él. Y recordó que la tarde en que compró los regalos había visto a Sara caminando con otro hombre por Omotesandō. Si no se le hubiera ocurrido comprarlos, nunca habría presenciado aquella escena. Muy curioso.
—Adiós, Tsukuru. Cuídate y que tengas buen viaje —dijo Eri—. ¡Que no te atrapen los enanos malvados!
—¿Los enanos malvados?
Eri entornó los ojos. Sus labios se fruncieron ligeramente, como antaño, en un gesto travieso.
—Solemos decirlo por aquí. «¡Que no te atrapen los enanos malvados!» En estos bosques habitan desde tiempos milenarios las más variopintas criaturas.
—No te preocupes —dijo Tsukuru riéndose—. No dejaré que me atrapen los enanos malvados.
—Si tienes ocasión —dijo Eri—, diles a Aka y a Ao que estoy bien.
—Se lo diré.
—Tal vez sea bueno que te veas con ellos de vez en cuando. Los tres juntos… Seguro que os vendrá bien a los tres.
—Tienes razón. Estaría bien —dijo Tsukuru.
—Y quizá también me venga bien a mí —dijo Eri—. Aunque yo no pueda reunirme con vosotros.
Tsukuru asintió.
—En cuanto las cosas vuelvan a su cauce, te prometo que lo haré. También por ti.
—¿No te parece extraño? —dijo entonces Eri.
—¿El qué?
—Que esa época tan asombrosa haya quedado atrás y ya nunca vaya a regresar. Que tantas posibilidades fabulosas hayan desaparecido, como si el tiempo se las hubiera tragado.
Tsukuru asintió en silencio. Pensó que tenía que decir algo, pero no encontraba las palabras.
—En estas tierras, el invierno es muy largo —dijo Eri mirando hacia el lago. Parecía dirigirse a otra Eri que se hallara en un lugar remoto—. Las noches son tan largas que crees que nunca terminan. Todo está helado y rígido. Crees que la primavera jamás llegará. Y, sin darte cuenta, tus pensamientos se vuelven sombríos. Aunque intentes evitarlo, piensas en cosas tristes.
Tsukuru seguía buscando qué podía decirle. En silencio, miró hacia el lago, en la misma dirección que ella. Sólo días después, cuando ya había subido al avión que lo llevaba a Narita y se había abrochado el cinturón, le vinieron a la mente las palabras que debió haber dicho. Por algún motivo, las palabras adecuadas siempre llegan demasiado tarde.
Giró la llave de encendido. El motor de cuatro cilindros del Volkswagen despertó de su letargo y con un murmullo se puso en marcha.
—¡Adiós! —dijo Eri—. Que te vaya bien. Y no dejes escapar a Sara, la necesitas. O eso creo yo.
—Lo intentaré.
—Escucha, Tsukuru, grábate bien esto: no es verdad que no tengas un color. Lo único que no tiene color es tu nombre. Solíamos meternos contigo por ello, pero era sólo una broma sin mala intención. Tú eres Tsukuru Tazaki, un tipo espléndido que construye magníficas estaciones. Eres un ciudadano de treinta y seis años perfectamente sano, con derecho a voto, que paga sus impuestos y puede coger él solito un vuelo y venirse a Finlandia a verme. A ti no te falta nada. Ten valor y confianza. Es lo único que necesitas. No pierdas a nadie importante por culpa de miedos y orgullos estúpidos.
Tsukuru metió la marcha y pisó el acelerador. Sacó la mano por la ventanilla y la agitó. Eri hizo lo mismo. Y siguió agitando la mano hasta que Tsukuru se alejó.
Enseguida dejó de ver a Eri, oculta por la arboleda. En el espejo retrovisor sólo se reflejaba el denso verdor del verano finlandés. Parecía que el viento había vuelto a soplar, ya que unas pequeñas olas blancas rizaban aquí y allá la superficie del lago. Un kayak, en el que remaba un joven corpulento, pasó despacio ante sus ojos, sin hacer ruido, como un gran girino.
Probablemente jamás volvería a aquel lugar. Quizá tampoco volvería a ver a Eri. Cada uno seguiría su vida, en sus respectivos lugares. Como había dicho Ao, no se puede dar marcha atrás. Al pensar en ello, la tristeza surgió de alguna parte y lo inundó sin hacer ruido, como si fuera agua. Era una tristeza transparente, sin forma concreta. Era su propia tristeza y, al mismo tiempo, una tristeza inalcanzable, en un lugar distante. Lo ahogaba y le dolía como si le horadase el pecho.
Al llegar a la carretera asfaltada, detuvo el coche en el arcén, apagó el motor, cerró los ojos y se reclinó sobre el volante. Necesitaba tomarse un tiempo, inspirar profunda y lentamente, sosegarse, poner orden en su mente. De pronto se dio cuenta de que dentro de sí, en el centro, había algo duro y frío; era como un terrón de tierra, y estaba tan helado que no se derretía por más que transcurrieran los años. Eso era lo que le provocaba el ahogo y el dolor en el pecho. Hasta entonces no sabía que hubiera algo así en su interior.
Pero era el dolor correcto, el ahogo correcto. Debía sentirlos. En adelante tendría que esforzarse por derretir poco a poco ese núcleo helado. Le llevaría tiempo. Pero era lo que tenía que hacer. Y para derretir ese terrón congelado necesitaba el calor de otra persona. No bastaba con el calor de su cuerpo.
Primero regresaría a Tokio. Ése era el primer paso. Giró la llave y volvió a poner en marcha el motor.
Durante el camino de vuelta a Helsinki, Tsukuru rogó con toda su alma que los enanos malvados del bosque no atrapasen a Eri. Rogar era todo lo que podía hacer en ese momento.