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Durante ese casi medio año en que deambuló por el umbral de la muerte, Tsukuru perdió siete kilos. Era natural, dado que comía poco y mal. Desde pequeño había sido más bien de facciones redondas, pero ahora estaba demacrado. Tenía que apretarse tanto el cinturón para que los pantalones no se le cayeran que tuvo que comprarse varios de una talla más pequeña. Al desnudarse, las costillas se le marcaban tanto que parecían una jaula barata para pájaros. Su salud empeoraba a ojos vistas y caminaba con los hombros caídos. Las piernas, largas y descarnadas, parecían las patas de un ave acuática. Era el cuerpo de un anciano. Eso pensó cuando, por primera vez en mucho tiempo, se miró desnudo en el espejo. El cuerpo de un moribundo.
«Parece que estoy al borde de la muerte, pero no puedo hacer nada», se dijo mientras se contemplaba. «Porque realmente, en cierto sentido, lo estoy. Porque he vivido aferrándome trabajosamente a este mundo, y ahora, a la menor ráfaga de viento, igual que una muda de insecto que cuelga de la rama de un árbol, podría salir volando y perderme para siempre.» Y aquello, el hecho de que pareciera al borde de la muerte, le afligió profundamente. Y contempló sin descanso su cuerpo desnudo reflejado en el espejo. Como quien no puede apartar la vista de las imágenes del telediario que ilustran la tragedia que vive una región lejana afectada por un gran terremoto o una espantosa inundación.
«Quizá ya he muerto de verdad», se dijo de pronto Tsukuru, y sintió como si algo lo hubiera golpeado. El joven Tsukuru Tazaki murió cuando sus amigos negaron su existencia el verano del año anterior. Aunque lo superfluo de esa existencia logró, a duras penas, conservarse, durante casi medio año se produjo una gran transformación. Cambiaron su constitución y su rostro, como también cambiaron los ojos con los que miraba el mundo. Tenía una percepción distinta del viento al soplar, del ruido del agua al correr, de la luz que se cuela entre las nubes, de las tonalidades de las flores de temporada. Era como si todo se hubiera deshecho y se hubiera reconstruido de nuevo. «Este que está aquí, este que se refleja en el espejo, se parece a Tsukuru Tazaki, pero en realidad no es él. Es un simple recipiente cuyo contenido ha sido reemplazado y que por conveniencia seguirá llamándose Tsukuru Tazaki.» Porque, en principio, no había otra forma de llamarlo.
Esa misma noche, Tsukuru tuvo un sueño extraño. Un sueño en el que lo consumían unos celos terribles. Era la primera vez en mucho tiempo que lo que soñaba tenía rasgos tan realistas.
A decir verdad, hasta entonces Tsukuru nunca había comprendido ese sentimiento al que denominaban celos. Por supuesto, se había forjado una idea de en qué consistían. Sabía, por ejemplo, que son lo que uno experimenta al ver que otra persona posee u obtiene con suma facilidad el talento, las cualidades o la posición que uno no tiene o no ha conseguido. O lo que uno siente cuando contempla cómo la mujer a la que uno ama abraza a otra persona. Envidia, rabia, resquemor, frustración inconsolable e ira.
Pero Tsukuru jamás lo había vivido en sus propias carnes. No había ningún talento o cualidad que no poseyera y deseara, y nunca se había enamorado perdidamente. Jamás había suspirado por nadie ni había sentido envidia de otros. Eso no quería decir que nunca se hubiera sentido insatisfecho, que no tuviera carencias. Si se lo hubieran pedido, no le habría resultado difícil enumerarlas. Quizá no habría sido una lista larguísima, pero tampoco la hubiese despachado en cuatro renglones. Sin embargo, esas insatisfacciones, esas carencias, nacían y morían en su interior. Se originaban en su interior, no fuera de él. Al menos, así había sido hasta entonces.
En su sueño, sin embargo, había una mujer a la que deseaba más que nada en el mundo. No estaba claro quién era ella. No era más que un ser. Y estaba dotada de una habilidad especial que le permitía separar el cuerpo y el corazón. «Te ofrezco uno de los dos», le dijo a Tsukuru. «O mi cuerpo o mi corazón. Ambos no puedo dártelos. Así que ahora mismo tienes que elegir uno, porque el otro se lo daré a otra persona», dijo ella. Sin embargo, Tsukuru la deseaba por entero. No podía concebir que le entregase la otra mitad a otro hombre. La idea le resultaba insoportable. Y quería decirle que, si tenía que ser así, no quería nada de ella, pero no podía decírselo. Era incapaz de avanzar o de retroceder.
Sintió un intenso dolor, como si unas manos enormes atenazaran y oprimieran todo su cuerpo. Sus músculos se desgarraron, sus huesos crujieron y rechinaron. Entonces notó una terrible sequedad, como si todas sus células se hubieran deshidratado. La ira estremeció su cuerpo. Ira por tener que ceder la mitad de aquella mujer a otro. Y esa ira se transformó en un líquido espeso que rezumaba lentamente de su médula exprimida. Sus pulmones se convirtieron en dos fuelles enloquecidos; su corazón se aceleró igual que un motor al que aumentan de revoluciones. Y envió la oscura sangre efervescente a todos los terminales de su cuerpo.
Se despertó presa de una gran agitación. Tardó un rato en comprender que había sido un sueño. Se quitó casi a tirones el pijama empapado en sudor y se secó el cuerpo con una toalla. Pero por más que se frotase, esa sensación pringosa no desaparecía. Entonces lo entendió. O lo intuyó: Esto es lo que se suele llamar celos. Alguien intentaba arrebatarle de las manos el corazón o el cuerpo, en ocasiones ambos, de la mujer a la que amaba.
Los celos —por lo que Tsukuru coligió de su sueño— son la prisión más desesperanzadora del mundo. Porque es una prisión en la que el preso se confina a sí mismo. Nadie lo mete a la fuerza. Uno entra por voluntad propia, cierra con llave desde dentro y lanza la llave por entre los barrotes. Y nadie en el mundo sabe que está ahí recluido. Naturalmente, si se decidiera a salir, podría hacerlo. Porque la prisión está en su interior. Pero no se decide. Su corazón se ha vuelto duro como un muro de piedra. Ésa es la esencia de los celos.
Tsukuru sacó el zumo de naranja de la nevera, se sirvió un vaso y se lo bebió. Estaba sediento. Luego se sentó a la mesa y, mientras observaba por la ventana el exterior, que poco a poco iba clareando, recompuso su mente y su cuerpo, sacudidos por el embate de aquella marejada de sentimientos. «¿Qué significará ese sueño?», se preguntó. «¿Será una premonición? ¿Quizá un mensaje lleno de símbolos? ¿Estaré intentando revelarme algo a mí mismo? ¿O será que mi yo, un yo que desconozco, trata de romper el cascarón y salir por la fuerza? Tal vez esté incubando una criatura deforme que busca desesperadamente el aire exterior.»
Aunque no caería en la cuenta hasta más tarde, en ese preciso momento Tsukuru Tazaki dejó de ansiar la muerte. La víspera se había contemplado desnudo ante el espejo y había comprobado que éste reflejaba la figura de ese yo que no era él mismo. Aquella noche había soñado por primera vez en su vida que sentía celos, o algo que tenía todos los visos de ser celos. Y, al amanecer, había dejado atrás los más de cinco tenebrosos meses durante los cuales había vivido al filo de ese vacío que era la muerte.
Quizá, ese día, el sentimiento que le embargó en sus sueños actuó como un contrapeso y anuló el tenaz anhelo de morir que se había apoderado de él. Del mismo modo que los fuertes vientos del oeste despejan gruesas nubes arrastrándolas por el cielo. Sí, supuso que había ocurrido eso.
Únicamente quedó un poso sereno, como el que queda después de una iluminación. Era una sensación carente de color, neutra como una calma chicha. Y se sentó solo en una gran casa vieja y abandonada, y prestó oídos al ruido hueco de un enorme y vetusto reloj de pared que marcaba las horas. Se limitaba a observar con la boca cerrada, sin apartar la vista, el avance de las manecillas. Y con sus sentimientos guardados en el vacío de su corazón, envueltos con una especie de fina membrana, fue envejeciendo constante e inexorablemente a cada hora que pasaba.
Poco a poco, Tsukuru Tazaki comenzó a alimentarse como es debido. Compraba productos frescos, los preparaba de manera sencilla y se los comía. Con todo, le costaba recuperar el peso que había perdido. Por lo visto, su estómago se había achicado durante ese medio año. Si sobrepasaba cierta cantidad de comida, no podía evitar vomitar. También empezó a ir a nadar a la piscina universitaria a primera hora de la mañana. Dado que había perdido masa muscular, subir las escaleras lo dejaba sin aliento: necesitaba mejorar, siquiera mínimamente, su forma física. Se compró un bañador y otras gafas y todos los días nadaba a crol entre un kilómetro y un kilómetro y medio. Luego se acercaba al gimnasio y se ejercitaba en silencio con las máquinas.
Al cabo de un mes, la vida de Tsukuru había recobrado el sano ritmo de antaño gracias a la buena alimentación y a la práctica regular de deporte. Ganó la masa muscular que necesitaba (aunque dispuesta de una forma muy diferente a la de antes), su espalda se enderezó y su rostro recuperó el color. Por las mañanas, al despertar, volvió a experimentar las mismas duras erecciones de siempre.
Justo entonces, su madre decidió viajar a Tokio, algo inusitado en ella. Probablemente la movían su preocupación por el comportamiento un tanto extraño de Tsukuru y el hecho de que su hijo no hubiera vuelto a casa durante las vacaciones de fin de año. Al ver cómo había cambiado Tsukuru en tan pocos meses, se quedó helada. Pero cuando él le dijo: «Son los cambios propios de la edad. Lo único que necesito es algo de ropa que le siente bien a este cuerpo nuevo», la mujer se tranquilizó: tal vez fuera, efectivamente, un paso más en el proceso de desarrollo de un chico. Ella se había criado entre hermanas y, después de casada, se había acostumbrado a ver crecer a sus hijas. No sabía nada sobre cómo se desarrollan los chicos. Por eso lo acompañó de buena gana a unos grandes almacenes y le compró ropa. A ella le gustaban las marcas Brooks Brothers y Polo. Tiró o donó las prendas viejas de su hijo.
También el semblante de Tsukuru había cambiado. Al mirarse en el espejo, ya no veía aquella cara rolliza de chaval, proporcionada a su manera, pero del montón. La que le devolvía el espejo era la cara de un joven de pómulos rectos y afilados, como si alguien se la hubiera cincelado. De sus ojos emergía una luz nueva, para él desconocida. Una luz que únicamente alumbra en soledad, en un espacio reducido, sin desplazarse jamás. La barba le crecía muy rápidamente y en adelante tuvo que rasurarse a diario. Decidió dejarse el pelo más largo que antes.
Su nuevo aspecto no le entusiasmaba. Tampoco lo detestaba. Era, en fin, una simple máscara. En cualquier caso, se alegraba de que su cara hubiese cambiado y no se pareciese a la que había tenido hasta entonces.
Al final de todo ese proceso, aquel joven llamado Tsukuru Tazaki había muerto. Impetuosas tinieblas se lo habían tragado y lo habían enterrado en el pequeño claro de un bosque. Había ocurrido a escondidas, antes del amanecer, cuando todo el mundo dormía profundamente. No hubo lápida. El que respiraba ahora allí era el nuevo Tsukuru Tazaki, cuyo interior había sido reemplazado. Pero eso no lo sabía nadie más que él. Y no tenía intención de contárselo a nadie.
Tsukuru Tazaki siguió recorriendo estaciones de tren, haciendo bocetos y asistiendo a todas las clases de la universidad. Por las mañanas se duchaba, se lavaba el pelo y, después de desayunar, se cepillaba los dientes. Todas las mañanas se hacía la cama y se planchaba la camisa. Procuraba no tener demasiado tiempo libre. De noche leía unas dos horas, la mayoría de las veces libros sobre historia y biografías. Eran hábitos adquiridos hacía mucho tiempo. Y su vida avanzaba por la fuerza de la costumbre. Pero ahora ya no creía en grupos perfectos y armónicos, ni sentía en su cuerpo el calor de ninguna química.
Cada día, de pie frente al espejo, observaba un rato su rostro e intentaba familiarizarse poco a poco con la presencia de ese nuevo yo, un yo modificado. Igual que si memorizase la gramática de un nuevo idioma.
Al poco tiempo, Tsukuru hizo una nueva amistad. Era junio y había pasado casi un año desde que sus cuatro amigos de Nagoya lo hubieran abandonado. Su nuevo amigo estudiaba en la misma universidad que él y era dos años menor que Tsukuru. Se conocieron en la piscina universitaria.