8

PAPI, que no sabía a ciencia cierta quién había sido invitado a su fiesta particular y quién no, se pasó casi todo el resto de la tarde saludando a cuantos le parecían conocidos, dándoles grandes palmadas en la espalda y diciéndoles:

—Le veré a usted a las ocho. No falte a nuestra cocktail-party.

El resultado de esta labor fue que hacia las ocho y media la sala de billar estaba llena de una clamorosa y tumultuosa masa de cincuenta a sesenta personas, la mitad de las cuales no habían sido invitadas formalmente.

—No creía que habíamos invitado a tanta gente —dijo Mami—. No habrá bastante para tantos.

—Que vengan todos, mujer; es igual —dijo Papi.

Pensaba que la sala de billar era el sitio perfecto para celebrar una fiesta de sociedad. La mesa de billar, aumentada de tamaño por unas tablas cubiertas por un mantel blanco, era lo más a propósito para poner los platitos, el champán y los vasos. Una de las puertas permitía pasar al interior de la casa por si a la gente le gustaba curiosear, y otra daba al jardín para que pudiesen tomar el aire los que no podían soportar la atmósfera cargada.

A través de la más espesa niebla de humo de tabaco que Papi había visto en su vida, Mami y él, ayudados por Mariette, Charlton y Montgomery, servían los aperitivos, llenaban de champán las copas y las hacían circular. De vez en cuando se producía algún choque en aquella niebla y alguna copa se estrellaba contra el suelo. A nadie parecía importarle esto mucho y Mami se alegraba de que las copas fueran alquiladas. Esto había sido otra brillante idea de Charlton.

De vez en cuando alguien —casi siempre alguna persona apenas conocida— se acercaba a Papi, le apretaba el codo y le decía:

—Vaya fiesta, Larkin. Lo estamos pasando estupendamente.

De manera que Papi estaba encantado. Mami se movía por todas partes con su cordialidad exuberante. Entre la multitud, parecía más grande que nunca. Y cuando avanzaba con su enorme cuerpo, se formaba entre la gente un vacío que tardaba en rellenarse.

Aprovechando uno de esos huecos a la zaga de Mami, Papi encontró a las dos señoritas Barnwell, Effie y Edna, las cuales —cosa que sorprendió y apenó infinitamente a Papi— no tenían nada que comer ni que beber. Las señoritas Barnwell, que se proponían solicitar la asistencia nacional por lo mal que estaban los tiempos, eran dos amables y viejas solteronas hijas de un funcionario en la India y habían nacido en Delhi. Entre otras cosas criaban abejas y sus caritas amarillentas y pecosas daban la impresión de que las abejas las estaban picando siempre.

—¿No tienen nada que comer ni que beber?

A Papi le costaba mucho trabajo creerlo. Le había impresionado aquella sobriedad forzosa.

—Estábamos mirando.

—¡Qué mirar ni mirar! —dijo Papi—. Ahora mismo les traeré una copa de champán a cada una.

—No, no, por Dios —dijeron—. No podemos beber.

—Es terrible —dijo Papi—. Ustedes aquí y nadie les hace caso. Les traeré un sandwich a cada una.

Unos momentos después volvió con una bandeja de los deliciosos sandwiches de jamón y mantequilla preparados por Mami y reanudó el penoso tema de que las simpáticas señoritas Barnwell se vieran sin nada que beber.

—¿Cerveza?, ¿sidra?, ¿oporto?

—No, no. No, gracias. Estamos muy bien así. Lo estamos pasando muy bien.

—Por lo menos tomen un Ma Chérie.

El aire pareció iluminarse con infinitos guiños de pecas.

—¿Qué es un Ma Chérie?

Entonces les explicó Papi que Ma Chérie no podía considerarse como una bebida. Era tan sólo una mezcla de jerez, soda y un chorreón de algo más, nunca se acordaba exactamente de qué. No podía compararse, por su suavidad, con el Toro Rojo, el Rolls-Royce o el Chauffeur, que ésos sí que eran buenos.

—Total, viene a ser como soda con un poco de color —añadió.

—Pues no parece que esté mal. Quizá pudiéramos beber un vasito cada una.

Y ya Papi se abría camino entre la nebulosa multitud hasta la sala donde preparó dos Ma Chéries de doble fuerza añadiéndoles un extra de coñac para que los elementos débiles adquiriesen más cohesión.

—Aquí tienen ustedes. Bébanlo de un tirón.

Las señoritas Barnwell, que los sábados no almorzaban apenas, tomaron los vasos y le dieron las gracias. Le dijeron que había sido infinitamente amable.

Poco después, una mano firme y a la vez suave le cogió por el brazo y le apartó.

—¿Es usted el señor Larkin, verdad?

Una señora muy alta con un sombrerito gris adornado con una pluma de pavo real le sonrió por encima de una tostada con queso y una copa de champán.

—Lady Bluff-Gore. ¿Me recuerda usted?

Papi la recordaba. Se habían visto alguna vez en las fiestas benéficas de Navidad en el pueblo.

—Ah, sí —dijo Papi—. Lady Rose.

—Es una lástima que no hayamos tenido más ocasiones de tratarnos.

Volvió a sonreírle; sus marfileños dientes eran notablemente largos y anchos.

—Creo que ha hecho usted una interesante proposición a mi marido esta tarde.

—Ah, sobre la casa. Sí, es cierto. Ya es hora de que la echen abajo.

—Sí, eso dicen.

Toda la tarde había estado pensando que era una idea muy interesante la de derribar la casa. A ella misma hacía mucho tiempo que le hubiera gustado hacerlo.

—Hoy día nadie quiere esas antiguallas. ¿Para qué sirven unas casas tan grandes que no pueden habitarse? —dijo Papi.

Eso mismo pensaba ella. Si la derribaran quizá pondrían guardar un poco de dinero en el Banco en vez de vivir como ahora pasando tantos apuros. Quizá Rosemary volviera a casa. Quizá podrían por fin permitirse algunas comodidades.

—¿Sería mucho preguntarle cuánto cree usted que vale?

—Mañana podría echarle un vistazo, y en seguida se lo diría a usted.

Lo mejor era hacerlo en caliente, pensaba Papi. Así era como le gustaba hacer las cosas: sobre la marcha. En un par de horas podía hacer un cálculo bastante exacto de los ladrillos, tejas, puertas, suelos de madera y demás cosas de valor que sacaría de la casa. Y no tardaría apenas en llegar a un acuerdo con Freddy Fox para la venta del material de derribo.

—Sí, le echaré un vistazo.

—¿No le parece que sería mejor que hablásemos en otro sitio? —dijo Lady Bluff-Gore con voz tranquila—. Aquí hay demasiada gente.

Y ese otro sitio, por indicación de Papi, fue bajo el nogal. El cielo se había cargado de nubes y se presentía en la humedad del aire que no tardaría en llover. Los cuclillos seguían llamándose unos a otros por los campos y algunos de los invitados paseaban por entre los arriates de flores de Mami tomando el aire.

—Ya comprenderá usted que no será fácil, ni mucho menos, convencer a mi marido.

—¿No?

—Es de un carácter muy especial.

Papi no lo dudaba.

—De todos modos, creo que podré persuadirlo.

Si él había podido convencer a la señorita Pilchester para que montase en el burro, pensaba Papi, a Lady Bluff-Gore tenía que serle posible persuadir a su marido en un asunto tan insignificante como derribar una vieja mansión. ¿Y no emplearía para ello el mismo procedimiento? Lady Bluff-Gore estaba aún de muy buen ver.

—Es sólo un decir, pero suponga usted que lo convenzo, ¿qué pasaría entonces?

—No le comprendo, señora —dijo Papi.

—¿No sería una buena idea llegar a un pequeño acuerdo? Quiero decir usted y yo.

Papi pensó que las mujeres son listas. Aquello lo demostraba. En el fondo todas son iguales cuando se habla de intereses. Y se prometió llamarla a partir de entonces Lady Cinco-Por-Ciento.

—Ahora la comprendo.

—Muy bien, ¿quiere usted que le comunique cuándo podamos sostener otra pequeña charla?

De regreso en la sala de billar, tan humeante y clamorosa como antes, descubrió a las señoritas Barnwell sumidas en la contemplación de sus vacíos vasos. ¿Les había gustado el Ma Chérie? Delicioso, una pura delicia, opinaron las hermanas, y entonces Papi se apresuró a llenarles de nuevo los vasos.

En la relativa tranquilidad de la sala —por contraste con el estruendo de la otra habitación— tuvo la impresión de que la sala de billar iba a estallar de un momento a otro. Era como una dinamo que estuviera poniéndose al rojo vivo.

—¿Y a mí no se me hace caso?

Era la señorita Pilchester, que se había escabullido y se encontraba ahora junto al galeón español. Qué se le iba a hacer, pensó Papi. Allí tenía otra que iba a recoger sus intereses.

—¿Lo estás pasando bien?

—Lo pasaré mejor cuando cumplas tu promesa, malo.

Papi pensó que lo mejor era acabar cuanto antes.

—Ha resultado todo muy bien. Hemos tenido muy buena suerte con el tiempo. Es la mejor gymkhana que hemos tenido.

Papi dejó sobre el mueble-bar los dos Ma Chéries y se dio valor a sí mismo. La señorita Pilchester carecía del suficiente entrenamiento para disponerse al acto de ser besada y Papi tuvo que abrazarla como a una gavilla de espigas. Se oyó un fugaz movimiento de ballenas de corsé y la señorita Pilchester lanzó un breve y palpitante suspiró. Estaba decidida a echar esta vez toda la carne en el asador.

A pesar de la aterciopelada calidad que puso en la operación, Papi no pudo lograr el efecto que él hubiera deseado en unos labios tan bien fortificados con los dientes que le parecía como si de un momento a otro fuesen a crujir y quebrarse como nueces bajo la presión.

—Gracias. Eso era lo que más me recetó el médico. ¿Hay tiempo para otro?

—El último —dijo Papi—. Tengo que volver con los invitados.

En un silencio emocionante, la señorita Pilchester puso por segunda vez toda la carne en el asador. A Papi casi le resultó insoportable el esfuerzo tan sostenido y durante todo el beso estuvo pensando si, después de todo, podría permitirse la broma del cohete. Por fin la señorita Pilchester se apartó y se quedó mirándolo alocadamente.

—Y en el caso de que no pueda tener otra oportunidad de verte solo, gracias por todo. Ha sido un día maravilloso. Y todo gracias a ti. Sin ti todo habría resultado muy soso. Es la mejor gymkhana que hemos tenido. Y esta reunión ha sido magnífica. Me siento muy feliz.

La longitud de su discurso pareció agotar en ella toda su capacidad de calma. Emitió algo que se parecía a un sollozo, le acarició a Papi la mejilla y salió corriendo escaleras arriba casi atropellando a dos señoras que subían también. Desde hacía algún tiempo, se le estaba olvidando decir lo terriblemente espantoso que era todo.

—Tienes que ver el cuarto de baño —decía una de las mujeres—. Mosaicos púrpura y amarillos con grandes flores azules. Y en el espejo del baño, unas ninfas rosadas...

—¡Oh, Dios mío! —dijo la señorita Pilchester.

Al llegar junto a las hermanas Barnwell con los dos Ma Chéries, Papi se las encontró riendo divertidísimas, masticando su séptimo emparedado de jamón.

—Voy a raptarle a usted si me lo permite.

La mano más larga, fina y fría que Papi había tocado en su vida, se posó sobre la suya y le arrastró sinuosamente alejándolo de las masticadoras señoritas Barnwell, que empezaban a beber anhelantes sus segundos Ma Chéries.

—Me han dicho que es usted quien ha organizado en realidad esta formidable juerga.

Una muchacha alta y aristocrática, muy rubia, tan rubia que su cabello casi parecía blanquecino como la cebada, con una figura de junco y enormes ojos oliváceos y traslúcidos, tenía tan fascinado a Papi que por un momento llegó a perder la serenidad. Nunca había visto a ninguna mujer como ella.

—Esto ha sido como una bomba.

La mano larga y fría seguía apretando la suya. Los grandes ojos diáfanos y lánguidos emitían hacia él una interminable corriente de miradas cada vez más blandas.

—Y hay que ver cómo ha resultado esta cocktail-party de champán. ¡Qué buen golpe!

Su vestido era de un amarillo claro purísimo con un largo escote en V. Llevaba unos grandes pendientes transparentes que se balanceaban sobre su cuello de cisne como preciosos péndulos luminosos.

—La semana que viene daré yo una reunión. Prométame que vendrá.

Papi, que hasta entonces no había hablado una palabra, murmuró confusamente algo de que le encantaría mientras pensaba dónde y cuándo había podido ver él esta inesperada aparición. Por último decidió que nunca la había visto.

—¡Vaya una reunión divertida! ¿Baila usted?

—En mis tiempos me echaba algún bailongo.

—¡Qué cosas dice!

Y se rió con la risa más cristalina que había oído Papi.

—¡Querido, es usted formidable!

Atontado, Papi se quedó otra vez mudo. En ese momento Mami iba dejando entre la gente uno de aquellos vacíos y Papi se sintió como desnudo hasta que el vacío volvió a llenarse.

—¡Me han dicho que la carrera de burros fue idea de usted! ¡Un éxito sensacional!

Papi, con cierto orgullo, reconoció la paternidad de la idea.

—¡Las siete vírgenes locas! ¡Cómo me he reído! Y es que, ¿sabe usted? Necesitaba un cambio.

Otra vez la deliciosa campanilla de su risa y el centelleante temblor de sus pendientes.

—A esas carreras había que darles alguna novedad como ha hecho usted. Está una harta de ver siempre lo mismo.

Papi seguía fascinado por aquellos ojos húmedos y espléndidos.

—El gran golpe de usted ha sido lo de las vírgenes. ¡Genial! ¡Una idea bomba!

Y a Papi —que no la entendía— le pareció que le estaba guiñando un ojo.

—¡Y es que hay tan pocas! ¿Verdad?

A Papi empezaba a parecerle que había encontrado bajo el amarillo purísimo del vestido, los pendientes danzantes, la voz aristocrática y la brillante y lánguida mirada, un carácter como el suyo, una manera de ser que se parecía muchísimo a la suya.

—Ahora, en serio, querido amigo: lo que he venido a decirle es esto. Me llamo Angela Snow. Vivo en Emhurst Valley. En agosto tenemos que organizar allí una de estas carreras de ponies. ¿Querría usted armar allí un tinglado como éste de los burros y animar la cosa como lo ha hecho usted aquí? Necesitamos que todo salga como una bomba. Como aquí: ¡bang!

El estallido —¡bang!— le recordó algo a Papi. Era lo único que necesitaba para que el día fuese perfecto.

—Por ejemplo, ¿fuegos artificiales?

—Me encantan. Los adoro.

—Quédese un momento aquí, por favor —dijo Papi—, mientras le traigo un poco de champán. —Empezó a abrirse paso a codazo limpio entre la masa envuelta en humo y de pronto recordó algo y volvió hasta la joven con el mismo trabajo.

—¿O prefiere usted un cocktail? ¿Mejor, verdad?

—Me entusiasman. Es lo que estoy necesitando.

—Entonces, vamos por aquí.

Se dirigió con ella hacia la sala y a la mitad de camino lo detuvieron Charlton y Mariette. Ésta le dijo:

—Papi, Charley quiere decirte algo.

—Ahora no puede ser. Estoy ocupado.

—Es algo de la mayor importancia. Algo que tiene que preguntarte.

Charlton tenía un gesto tenso, extraño. “Seguramente se habrá enterado de lo del niño”, pensó Papi. ¡Qué lástima!

—Estaré de vuelta dentro de cinco minutos —dijo. Y siguió a la juncal figura hasta la sala.

Allí, junto al mueble-bar, preguntó a la lánguida muchacha qué prefería: Rolls Royce, Toro Rojo o Chauffeur. Y le advirtió que el verdadero explosivo era Toro Rojo.

—Entonces, Toro Rojo, querido —dijo ella—. Vaya nombres que les ponen ahora.

Papi preparó dos Toros Rojos dobles y en la penumbra de la habitación la elegante Angela Snow se tragó el suyo con increíble rapidez, como un hombre muy hombre. “Ésta es de las mías”, pensó Papi.

—Con otro más, chico, estaré a punto.

Papi también estaba listo. Diez minutos después, el primer cohete estalló como una bomba debajo de Mami que apenas dio la menor señal de sorpresa ni de molestia. Las dos señoras que habían ido a investigar en el frívolo cuarto de baño de Mami, encontraron una rueda pirotécnica en la escalera. Encendida, por supuesto. Y la alta joven desconocida colocó dos petardos, uno bajo la hermana del brigadier y el otro bajo Sir George Bluff-Gore. Mami se reía alocadamente y temblaba como gelatina y Papi puso una “atómica” debajo de la mesa de billar. Todos los vasos temblaron y produjeron una música de xilófono. Las dos señoritas Barnwell empezaron a reírse sin poderse contener y dijeron que aquello les recordaba un pujah en Delhi. Y la señorita Pilchester, que se escondió debajo de las escaleras, dijo que estaba segura de que aquello iba a suceder y que era absolutamente espantoso. La gente corría huyendo de la humeante casa y salía al jardín, donde la esbelta y lánguida joven había encendido una gran rueda debajo del castaño y preparaba unos petardos lo más cerca que pudo —para no matarlo— de un individuo llamado Jack Farley, que era un pesado insoportable y que ya por tres veces había tratado de pellizcarla aquella tarde. Unos cuantos cohetes salieron disparados de las vacías botellas de champán y se elevaron en el oscuro cielo completamente cubierto de nubes. Así que Papi hizo lo que más había deseado hacer y logró por fin colocar una de sus más detonantes piezas pirotécnicas debajo de la señorita Pilchester, la cual corrió dando grandes alaridos y diciendo que la habían quemado. Arriba, Primrose, Victoria y las gemelas, se asomaron a las ventanas del dormitorio y gritaban, reían y se comían el último helado del día, patatas fritas y tarta de manzana. En medio del estruendo, Mariette y Charlton intentaron una vez más, aunque sin lograrlo, hablar con Papi, que corría feliz como un chiquillo por entre los arriates lanzando petardos. Por último, cuando Papi encendió una lluvia de oro pudo por fin hablarle Charlton:

—Papi, necesito hablarle. Dice Mami que me puedo casar con Mariette si usted lo permite...

—Perfecto —dijo Papi—. ¿Permitírselo? ¿Por qué no se lo voy a permitir?

La joven alta y juncal corría de un lado a otro, eligiendo sus víctimas por todas partes. El cielo estaba iluminado, lleno de fugaces cometas y lluvias de plata y oro. Un cohete de colores partió con tremendo estrépito por detrás del nogal. Charlton le pidió a Papi:

—Dice Mami que si está usted conforme, podría usted anunciarlo. Mami opina que éste es el momento perfecto.

—Claro que es perfecto —dijo Papi—. No se me había ocurrido.

Un cuarto de hora después Papi, subido en una silla a la entrada de la sala del billar, anunciaba a los espantados invitados —reunidos en el jardín lleno de humo y de olor a pólvora— con un tonillo de orgullo imperial en su voz, y a la vez con cierta tristeza, que el señor Charlton se iba a casar con su hija Mariette y que si todos tenían las copas llenas.

—Yo diré el brindis —gritó en el anticipado aire estival impregnado de pólvora—. ¡Por Charley y Mariette!

Al levantar la copa, una formidable explosión hendió el aire y lanzó a Papi varios metros atrás.

—¡Buena puntería! —gritó Charlton.

—¡Vaya juerga! —gritó Mami riéndose de un modo incontenible.

Había sido la última y devastadora hazaña pirotécnica de la joven alta, fría y primaveral, la cual dijo:

—Ahora sí que todo está perfecto.