Rivadavia y Rincón. Café de los Angelitos, son las 11 en punto. Es una linda mañana de otoño, fresca, soleada. Amo este clima y, debo confesarlo, adoro esta Buenos Aires caótica, desordenada y ruidosa que ejerce sobre mí una influencia casi mágica. Esos rasgos europeos junto a edificios no tan lindos construidos en los años setenta… Pasa como con algunas personas: hay que saber mirar. Y como estoy acostumbrado a mirar lo oculto, a veces puedo descubrir ese costado bello que la ciudad esconde.

Entro en el bar donde me cité con un amigo y colega que quería hablarme. El motivo del encuentro me tiene intrigado. Elijo una mesa que da a la Avenida Rivadavia, pido un café, y me quedo escuchando un tema de Mizrahi-Rabih: Eternos interiores. A los cinco minutos lo veo entrar a Fernando.

—Veo que vos también tenés puntualidad analítica.

—Obvio —me da un beso y se sienta—. ¿Cómo estás?

—Bien. Disfrutando esta mañana libre que me tomé con la excusa de tu llamado.

Pide un cortado. Le echa dos cucharaditas de azúcar y revuelve con la mirada fija en la taza. Es un psicólogo que admiro y que maneja una técnica para mí prácticamente infranqueable: Clínica psicoanalítica con adictos. Nos conocimos hace un tiempo en un grupo de estudio. Es un hombre brillante, lúcido, creativo y con mucho coraje para ir más allá de lo que la ortodoxia aconseja al enfrentar un desafío. Tuvimos varias charlas, quedé fascinado. Y con el tiempo fue surgiendo entre nosotros una profunda amistad.

—Supongo que si me citaste con tanta urgencia es porque el tema es importante. ¿Se trata de algo profesional o personal?

—Te diría que ambos.

—A ver, sea claro, licenciado.

Toma un sorbo de café y aparta el pocillo.

—Está caliente —protesta—. Mirá, Gaby, te molesté porque tengo que pedirte un favor que es a la vez personal y profesional.

—Decime.

—Yo sé que andás con unos horarios de locos y que no te sobra el tiempo. Pero nada pierdo con intentarlo.

—¿De qué se trata?

—Hay una persona que quiere retomar análisis.

—Puedo pasarte el teléfono de Marcela para que pida una entrevista de admisión al equipo.

—No.

—¿Puedo saber por qué?

—Porque quiero que lo atiendas vos.

Fernando no solo es profesionalmente brillante sino que, además, es muy respetuoso y se maneja siempre con mucho cuidado y registro del otro. No me estaría pidiendo esto si no fuera importante para él.

—Contame un poquito de qué se trata.

—Su nombre es Rodolfo. Es un amigo querido y un ser muy especial. Un hombre de emociones fuertes que está pasando por un momento difícil. Él te conoce porque te escucha por la radio y… bueno, no te voy a explicar a vos esto de la transferencia imaginaria y esas cosas.

Toma otro sorbo y continúa:

—El otro día estuvo en mi casa y charlamos un rato. No lo vi bien y le sugerí que hiciera una consulta psicológica. ¿Viste que hay gente que se ofende y te dice que no está loca? Bueno, no es este el caso. Rodolfo es un hombre con mucha experiencia analítica, un bicho de diván. Y me dijo que a él le gustaría hacer análisis con vos. Él solo pronunció tu nombre. No sabía si decirle que te conozco y somos amigos, porque no quería generarle expectativas. Pero no le vi nada de malo, así que se lo dije.

—¿Y?

—La idea lo entusiasmó. Por eso te molesto.

—No me molestás.

—Gracias, Gaby —me mira fijamente—. Te pido que aunque sea le hagas las entrevistas de admisión. Después, si no podés o si te parece que no es un paciente para vos, lo derivás. ¿Qué te parece?

Lo miro irónicamente.

—Lo que me parece es que si pensaras que no es un paciente para mí no me estarías pidiendo que lo viera. Y además se nota lo importante que este tipo es para vos. Está bien. Dale mi teléfono.

—Gracias —sonríe—. De verdad.

—Bueno, yo te debo unas cuantas de estas.

Nos quedamos conversando sobre otros temas. No quise preguntarle nada acerca de Rodolfo porque prefiero descubrir a los pacientes por mí mismo, me gusta esa «sorpresa» inaugural que casi siempre me genera sensaciones fuertes: cada paciente es un mundo a descubrir. En este caso, debo admitirlo, mi amigo había logrado intrigarme. ¿Cómo sería Rodolfo? ¿Cuáles serían sus angustias, qué dolores lo tendrían tan mal?

No dejé de pensar en él durante todo el día. Esperaba su llamado. Cuando me contactó a la mañana siguiente, convenimos un horario para nuestra primera entrevista. Su voz en el teléfono era firme y segura. No parecía un hombre desbordado. Pero, como dice el refrán, las apariencias engañan. Y en esa ocasión engañaban mucho.

Rodolfo llegó diez minutos antes de lo convenido. Yo acompañaba hasta la puerta a otra paciente y lo vi sentado en la sala de espera.

—El señor te está esperando —me dijo mi secretaria.

Lo miré y le sonreí.

—En un minuto estoy con vos.

Me devolvió la sonrisa. Despedí a mi paciente y me acerqué a saludarlo.

—Rodolfo, supongo.

Se puso de pie.

—Sí. Mucho gusto.

Me miró a los ojos y apretó mi mano. Tal cual lo había percibido a través del teléfono se lo veía un hombre seguro, aplomado. Me causó una fuerte impresión. No era muy alto; debía medir un metro setenta o un poco más. Rubio, de ojos claros y mirada profunda. Vestía de manera informal, y su aspecto, si bien era elegante, denotaba una cierta desprolijidad. Le indiqué el camino y nos dirigimos al consultorio.

—Rodolfo, es un gusto conocerte. Fernando me habló muy bien de vos y me dijo que le parecía una buena idea que tuviéramos esta entrevista —le dije a modo de bienvenida.

—Fernando me adora. Y yo a él. Pero no estamos aquí para hablar de Fernando por mucho que nos querramos, ¿no?

Fernando me había dicho que él tenía una vasta experiencia analítica y comprobé que era así. No perdió tiempo en esos comentarios que a veces se hacen para aplacar los nervios y romper el hielo. Fue al grano.

—Estoy mal. Y debo ser un tipo muy pelotudo para estar así de mal, a los cuarenta y cinco años, porque me dejó una mina.

—Por lo que veo tenemos aquí cuatro problemas: estás mal, sos un pelotudo, tenés cuarenta y cinco años y te dejó una mina. ¿Por cuál querés empezar?

Se ríe.

—Y, ya que estamos, empecemos por la mina. Después de todo, los hombres siempre que nos juntamos terminamos hablando de mujeres, ¿no?

Sonrío.

—Parece que sí. Contame de ella, entonces.

—Se llama Julieta. Estuvimos juntos casi dos años.

—¿Y qué pasó?

—Supongo que lo que suele pasar… El tiempo.

Sonrío nuevamente.

—Pero más allá del comentario filosófico supongo que en ese tiempo ocurrieron cosas.

—Muchas.

—¿Me querés contar?

—Sí, supongo que para eso vine.

Respiró profundamente y empezó a hablar de ella. La había conocido hacía dos años, los habían presentado en una reunión empresarial. Él quedó inmediatamente impactado por su belleza. Morocha, treinta y nueve años, alta y con un cuerpo atractivo. Sensual y de una gran cultura. Se encarga de remarcar esta última cualidad.

—¿Culta o inteligente? Porque no siempre esas dos condiciones van de la mano.

—Culta seguro. Inteligente —se detiene—, a veces he tenido alguna duda.

—A ver, ¿cómo es eso?

—Sí. Julieta es una mujer que ha llegado muy lejos. Proviene de una familia de mucho dinero. Su padre es escribano y se está metiendo en política. Ha podido educar a sus hijos en los mejores colegios, esos que tienen nombres que uno ni siquiera puede pronunciar. Y ella va en camino de hacerse cargo de sus asuntos privados cuando el padre se dedique directamente a la política. Julieta ha viajado mucho y conoce todo lo que hay que conocer en este mundo para considerarse culto: las pirámides, los puentes del Sena, el Coliseo romano y podría continuar con una lista interminable.

—Ajá. ¿Vos conocés alguna de esas cosas?

Me mira sonriente.

—Sí, el teatro Coliseo de la avenida Corrientes.

Sonrío.

—¿Y hay algo en esa diferencia que a vos te molestaba?

—No —se apresura a responder—. Por mí que se meta sus viajes en el culo. Lo importante está acá —se señala la cabeza—, y en eso no creo que tenga nada que envidiarle.

Silencio.

—¿Y cómo era tu relación con su familia?

—Buena, aunque en el fondo debo reconocer que no tenían mucho que ver conmigo.

—¿Por qué decís eso?

—Porque era gente macanuda, pero algo frívola para mi gusto. La verdad es que pasé muchos momentos con ellos, pero no logré engancharme del todo. Por supuesto que es hermoso escuchar hablar de las maravillas que hay en el mundo. Pero…

—¿Pero qué?

—Pero también es importante hablar de las dificultades que hay acá, en el país. Y eso no se podía —silencio—. Yo vengo de una familia muy humilde. Sé lo que es pasarlo mal. Trabajar de sol a sol para que no te alcance el mango. Y no podía evitar la sensación de molestia que me producían aquellas conversaciones.

—¿Las encontrabas huecas?

Asiente.

—Tal vez por eso dije que no sé si era tan inteligente. Éramos tan diferentes en cuanto a nuestro pensamiento sobre los temas importantes que me cuesta entender cómo pude pasar tanto tiempo con ellos.

—Bueno, era la familia de tu pareja.

—Sí, pero igual. Yo sabía que existía otro mundo. Sin embargo al principio intenté acomodarme a ellos. Creo que en algún punto me vi seducido por la situación. —Sonríe.

—¿Qué pasa, de qué te acordaste?

—De lo estúpido que me sentía gastando tanto dinero en ropa, en restaurantes. Como si inconscientemente hubiera querido transformarme en uno de ellos. Pero no funcionó.

—¿Por qué?

—Porque yo no era así —pausa—. Recuerdo que un día me miré al espejo y me di vergüenza.

—Ese es un término muy fuerte.

—Pero eso fue lo que sentí.

—¿Puedo saber por qué?

—Porque ese no era yo. Era un ideal que intenté encarnar para ser aceptado por ellos, para no desentonar. Pero, por suerte, tengo muy en claro quién soy y de dónde vengo. De modo que el jueguito del muchacho de Barrio Norte no me duró mucho.

—¿Entonces?

—Entonces quise acercarla a ella a ese otro mundo que hay a veinte cuadras de su casa de Recoleta. Yo colaboro en una villa y tengo algunos ahijados. Chicos carenciados que apadrino, les pago los estudios y los llevo a pasear de vez en cuando. Y le pedía a Julieta que me acompañara en esas salidas, que se acercara a esa gente.

—¿Y qué pasó?

—Que no solo no le gustó, sino que ni siquiera le importó demasiado. Miraba casi con desdén a esa gente que, en definitiva, era mi gente —pausa—. Fue como en las novelas berretas de la televisión, pero con un final diferente.

—¿Por qué, cuál fue el final?

—Me dijo que así no se sentía feliz conmigo. Que ella estaba dispuesta a abrirme las puertas a un mundo más bello pero que si yo no quería entrar era mi decisión. Discutimos y se fue. Sin más, como si yo no le importara nada.

Se produce un silencio prolongado que respeto.

—Pero bueno —continúa—, al menos me he rescatado a mí mismo. Mirame.

Hace un gesto con las manos recorriendo su cuerpo de arriba hacia abajo. No voy a entrar en el juego que me propone: me está pidiendo que emita un juicio acerca de su imagen.

—¿Qué es lo que, según vos, debería notar al mirarte?

—Lo que en realidad soy.

—¿Ah, sí? Hagamos el ejercicio contrario. Mirate vos y decime si ese sos vos y si te gusta lo que ves.

Agacha la cabeza.

—No, este tampoco soy yo.

—¿Ah, no?

—No. Estoy un poco descuidado, abandonado.

—Bueno —lo interrumpo—, abandonado seguro. Digo, teniendo en cuenta lo que me estabas contando.

Empleo esta palabra —«abandonado»— para generar un desplazamiento de sentido. Apelo a su capacidad de metaforizar. No siempre hago este tipo de intervenciones en las primeras entrevistas pero, como me había dicho Fernando, estoy frente a un bicho de diván.

Me mira y se queda pensando.

—Tenés razón, y a lo mejor eso contesta tu pregunta acerca de qué paso con Julieta.

—Explicame.

—Claro, tal vez un abandono tenga que ver con el otro.

—Ajá. ¿Y cuál fue primero?

Baja la mirada.

—Para mí sería más cómodo decir que primero vino el abandono de Julieta y que después, deprimido, triste y solo, caí en este estado de abandono personal. Pero no es así. Primero fui yo el que se olvidó de quién era, de su presencia, de sus gustos; el que quiso aparentar ser quien no era y a lo mejor con ese comportamiento, esto lo estoy pensando ahora, «logré» que Julieta se hastiara de mí.

«Esto lo estoy pensando ahora». Me está diciendo que «esto» no lo pudo ver solo, que es un insight, un darse cuenta que le ha ocurrido en este encuentro conmigo. En otras palabras, me está haciendo saber que me ha ubicado ya, en nuestra primera charla, en el lugar de analista.

Espero unos segundos por si quiere continuar y le digo:

—¿Qué cosa, no?

—¿Qué?

—Esto de hablar del hastío de Julieta como si hubiera sido un logro. Porque la palabra logro está ligada a la idea de éxito, de haber conseguido algo que se buscaba.

Nuevamente juego con el doble sentido de la palabra. Pero Rodolfo —ya me he dado cuenta en estos pocos minutos— es un paciente que permite este tipo de intervenciones. Otros, a lo mejor, se resisten alegando que quisieron decir otra cosa o que yo entendí mal. Pero él, por el contrario, se hace cargo de sus dichos, y esta capacidad que tiene será un arma importante en este análisis.

Menea la cabeza, abre los brazos, suspira.

—Y sí. A lo mejor voy a tener que preguntarme ¿por qué busqué que Julieta me dejara? —breve silencio—. Pero ¿puedo estar tan enfermo? Como si no hubiera tenido ya suficientes pérdidas me busqué una más.

Esta frase es fulminante. La percibo en toda su potencia, tengo ganas de hablar de esto, y sé que un hombre como Rodolfo, acostumbrado a navegar por las aguas de su psiquis, estaría dispuesto a hacerlo ahora mismo. Pero aun así, es una primera entrevista. De modo que me guardo la frase, me muerdo la lengua y decido esperar un poco más.

De todas maneras, sus dichos parecen haber dado en el blanco aunque yo no diga nada, porque Rodolfo me sorprende con algo que no esperaba.

—Creo que voy a llorar —dice.

Su voz se entrecorta. Asoman algunas lágrimas y no intenta detenerlas. Es raro ver a un hombre semejante dejar fluir su dolor con tanta naturalidad. Y como si estuviera leyendo mis pensamientos agrega:

—No me da vergüenza.

—No tiene por qué darte vergüenza. Pero contame ¿por qué lloras?

—Por Julieta.

No lo creo. No se trata de que me esté mintiendo a mí, pero creo que él mismo se está engañando. Estoy convencido de que Julieta es la representante actual de un dolor más antiguo, más profundo.

—Y lloro también… porque estoy de nuevo solo —agrega luego de un breve silencio.

Ahora sí. Dice que está «de nuevo» solo. Es decir, que está resignificando una soledad anterior. ¿Que viene desde hace cuánto? ¿Que remite a la pérdida de quién, o de quiénes? Son muchas las preguntas que vienen a mi mente. Pero todavía no es el momento. Debo esperar la ocasión justa que, de todas maneras, no iba a hacerse esperar mucho.

En la quinta entrevista acordamos comenzar el análisis. Comprendí que Rodolfo sería un paciente gratificante pero a la vez difícil para trabajar porque tenía una personalidad demasiado compleja. Poseía gran inteligencia y una claridad mental poco común, pero a la vez tenía momentos de enorme necedad. Y en esas ocasiones le costaba entender hasta los hechos más sencillos. Solía ocurrirle al hablar de Sergio, un amigo de la infancia.

Según decía, era un hombre con un potencial increíble que desaprovechaba su capacidad en trabajos sin importancia ni futuro. Esa distancia que él creía que había entre el hombre que podía ser y el que en realidad era lo sacaba de quicio.

—No lo puedo entender ¿qué querés que te diga? Es un tipo pintón, joven, lúcido. ¿Cómo carajo malgasta su vida así? ¿Cómo no aprovecha esos dones para realizarse?

—¿Puede ser que él esté bien así?

—Que va a estar bien así. Trabajando en esa oficina de mierda en la que lo tienen de un lado para el otro por dos pesos con cincuenta. Te juro que no lo puedo entender.

—¿Sabés qué? La experiencia indica que cuando a alguien le cuesta tanto entender algo es porque el tema en algún punto lo implica.

—¿Qué querés decir?

—Simplemente me pregunto si esa actitud de Sergio que tanto te molesta no te resonará inconscientemente con algo de tu historia personal.

—No —se apresura a responder—. Para nada. Yo soy un tipo que va al frente y que no se queda nunca.

—Bueno —hago un pequeño silencio para resaltar lo que le quiero decir—, a lo mejor en algunos lugares no está tan mal quedarse. Porque esto de «no quedarse nunca» suena a tener obligación de irse todo el tiempo ¿no te parece?

Silencio.

—Bueno, más tarde o más temprano, todo se va.

Otra vez hace silencio. Otra vez sus ojos se llenan de lágrimas.

—Rodolfo, evidentemente aquí hay algo que tiene que ver con las pérdidas que a vos te hace sufrir mucho. ¿Querés hablar de eso?

Su voz se quiebra. Tarda en retomar la palabra.

—Gabriel, ¿vos sabés que soy viudo?

Me sorprende lo que dice.

—No, no lo sabía. Jamás hablamos de eso.

—Es que estuve tan entretenido con mis pérdidas actuales que no tuve tiempo de hablarte de mi otra pérdida, la más grande. Se llamaba Valeria. Esa sí era una persona luchadora.

Esa sí. ¿Y cuál no? ¿Estará hablando de Julieta que no pudo salir de su cómodo bienestar, de Sergio que desperdicia su vida en cosas sin importancia o habrá alguien más?

—Contame, por favor.

Se toma unos segundos.

—Me cuesta. Pero bueno, creo que me va a hacer bien hablar de ella —dice, y sin embargo se queda callado.

Me doy cuenta de que los recuerdos se le vienen encima. Su rostro se va transformando poco a poco y muestra el sufrimiento que siente. Llora. Primero suavemente, pero a los segundos su cuerpo se sacude a causa del llanto. Apoya los codos sobre los muslos y deja caer la cara entre las manos. Decido intervenir sosteniendo un silencio prolongado.

Es extraño tener enfrente a una persona desbordada de angustia y, a pesar de haber pasado por esa experiencia tantas veces, no me siento capaz de describir las sensaciones que despierta. Es una vivencia indescriptible, imposible de ser transmitida, que colma el consultorio de un silencio pesado y engañoso. Porque, en realidad, es un silencio lleno de sonidos.

El llanto, la respiración agitada, el roce de la mano sobre el rostro, cada movimiento genera un rumor característico, único. Y en momentos como este he llegado a percibir incluso el latido de mi propio corazón.

Elegir el camino del silencio en sesión es una de las situaciones más difíciles y, probablemente, la que menos nos gusta a los analistas, aunque la gente crea lo contrario. Por lo general es una decisión que se toma como un gesto de respeto ante la aparición de la angustia del paciente.

Rodolfo permanece diez minutos llorando, sin moverse de su posición. Cuándo su respiración empieza a normalizarse, le alcanzo una caja con pañuelos descartables.

—¿Querés?

Me mira como si lo hubiera sacado de un extenso letargo.

—Qué bárbaro. No sabés cuánto hacía que no lloraba por Valeria. Yo sé que a veces llorar es necesario. Pero la lloré tanto que me siento un enfermo.

—¿Enfermo por qué?

—Por seguir sin poder superar su pérdida. Murió hace diez años. ¿No es demasiado tiempo para seguir sufriendo tanto? ¿Qué dice la psicología de esto? ¿Cuál es el tiempo que debe durar un duelo normal?

—No lo sé. ¿Quién puede tener la soberbia de decirle a alguien hasta cuándo debe dolerle una pérdida tan importante? Yo no.

Suspira y hace un comentario impersonal. Probablemente esté intentando reponerse.

—Leí en un libro que un duelo normal dura entre seis meses y un año y medio. Que más de eso es patológico.

Sonrío.

—Los libros dicen tantas cosas, Rodolfo. Pero muchas veces la realidad los contradice, ¿no te parece?

—En mi caso, sí.

Evalúo la situación. Rodolfo ha abierto una compuerta que, según sus palabras, ha estado cerrada durante mucho tiempo e hizo una catarsis muy importante en la sesión de hoy. Difícilmente pueda abordar el tema sin volver a quebrarse. Va a ser importante que se lleve un poco de esta angustia, que vuelva a conectarse con este dolor del que ha estado huyendo. El análisis tiene sus tiempos y hay que saber respetarlos.

—Me parece conveniente que dejemos aquí —le digo—. La sesión de hoy ha sido muy fuerte. Te reencontraste con un episodio de tu pasado del que te venías escapando desde hace tiempo. Y celebro que así sea. Ahora ya está acá, instalado en este espacio. Y, seguramente, vamos a hablar mucho de él. Pero mejor sigamos la próxima.

Asiente y se pone de pie. Antes de salir del consultorio se detiene.

—Me iba sin pagarte. Perdoname. Me quedé enganchado con mi historia.

Sonrío y tomo el dinero. Tampoco yo me había dado cuenta del olvido. No solo Rodolfo había quedado con el pensamiento apresado por la imposibilidad de superar el dolor que le causaba la muerte de Valeria.

Rodolfo tenía treinta y cuatro años cuando conoció a Valeria.

—Venía de muchísimo tiempo de descontrol total —me cuenta.

—¿A qué llamás «descontrol total»?

—Me refiero a mi relación con las minas. Exclusivamente a eso. En lo que respecta a otras cosas siempre fui un hombre sanito —sonríe.

—Cuando decís muchísimo tiempo ¿de cuánto estamos hablando?

—Y… —piensa— siete u ocho años.

—¿Y qué pasó en ese tiempo?

—De todo. Anduve con rubias, morochas, altas, bajas, viejas y jóvenes. Parecía tener una especie de necesidad de salir con más y más mujeres. Y, obviamente, no me comprometía con ninguna. Compañeras de trabajo, chicas de la facultad, compañeras del conservatorio, vecinas de barrio, cosa que a mi vieja le ponía los pelos de punta. Todas me venían bien.

«Todas me venían bien». La frase queda un rato dando vueltas en mi cabeza. Pero algo más me ha llamado la atención.

—Perdóname que te interrumpa. ¿Compañeras del conservatorio, dijiste?

—Sí.

—Contame. ¿De qué conservatorio hablás? Porque hasta donde me dijiste sos ingeniero.

—Sí, ahora sí. Pero en mi niñez, y aun después, estudié piano.

—Mirá qué bien. Así que durante un tiempo tuviste el hobby de la música.

—Yo diría que fue algo más que un hobby. A los siete años empecé con una profesora del barrio y me recibí de profesor de música a los catorce. No fue nada fácil porque en casa no había piano, pero era tal mi entusiasmo que Amelia, mi profesora, me dejaba ir a estudiar todos los días a su casa. Y así lo hice durante todos esos años. —Su mirada se pierde en el tiempo—. Era tan feliz en aquellas clases. El piano era mi vida.

—¿Entonces?

—Amelia decía que yo tenía talento. Cuando di mi último examen fuimos a festejar con una merienda y ella me dijo que yo estaba para mucho más, que ella ya me quedaba chica. Me habló de un gran maestro a quien quería presentarme. Me iba a recomendar y a pedir que me aceptara como alumno. Como te imaginás, me entusiasmé mucho ante la posibilidad de que el piano pudiera ser mi carrera. Pero…

—¿Pero qué?

—Cuando se lo dije a mi mamá me sacó corriendo. Me dijo que en nuestra familia había que trabajar y ganar dinero. Que ya bastante habían gastado en darme el gusto con el piano. Pero que ni soñara con que ella iba a permitir que yo malgastara mi vida con los sueños de una vieja loca.

—Pero ese no era el sueño de Amelia. Era tu sueño. —Asiente—. ¿Se lo dijiste?

—¿Para qué? A mi mamá no había forma de convencerla cuando se le metía algo en la cabeza. Incluso Amelia fue a hablar con ella para intentar cambiar su decisión.

Su gesto se ensombrece.

—¿Y qué pasó, Rodolfo?

—Por Dios, qué vergüenza. Mi mamá la trató tan mal. La acusó incluso de vieja puta —agacha la cabeza—, de estar caliente conmigo. Justo a ella que era una santa. No sabía dónde esconderme. Todo el barrio estaba en la calle observando cómo mi vieja le gritaba. Quise intervenir, pero no me animé.

—¿Le tenías miedo a tu mamá?

—Terror. Quise pasar después para disculparme. Pero no lo hice, y jamás volví a verla… al menos con vida. —Lo miro interrogante—. Sí, porque cuando tenía treinta años me enteré de su muerte. Y fui al velorio. Obviamente nadie me recordaba y no entendían por qué un desconocido lloraba de un modo tan desconsolado. Solo yo sabía que con ella se iba la persona con la que compartí uno de los sueños más grandes de mi vida. —Sonríe.

—¿Puedo saber en qué pensaste?

—Ella tenía dos hijos y a ninguno le importaba nada la música. ¿Sabés qué hice?

—No.

—Tiempo después me tenté y les compré el piano. Me anoté en el conservatorio y cursé un par de años, pero abandoné. Y ahí está: mi viejo compañero de la niñez. El piano en el que estudié tantas horas de mi vida. El que acompañó aquellas tardes con Amelia, su risa, su cariño… y mi felicidad.

—Decís que abandonaste. ¿Nunca más pensaste en hacer algo con la música?

Me mira.

—Gabriel, sé que vos también soñaste con ser músico. —Asiento—. Sabés que alguien que quisiera retomar un instrumento a mi edad no tiene ninguna chance, ¿no?

Es duro lo que dice, pero es cierto. La música es un mundo fascinante y único. Pero cruel. Y Rodolfo sabe que aquellos años perdidos no pueden recuperarse. El posible pianista que quiso ser es hoy un sueño inalcanzable. No sé bien qué decir. Rodolfo, por su parte, prefiere seguir con el tema del cual veníamos hablando y retoma su relato acerca de sus amoríos. Pasa por alto la música y su relación con esas otras dos mujeres, la profesora amada y la madre temida. Pero ya lo escuché y sé que su vocación, su madre y Amelia, no son detalles menores de su vida. Por el contrario: me parecen de gran importancia y me hubiera gustado hablar un poco sobre el tema. Pero así son las cosas. Si bien el analista dirige la cura, el paciente guía la sesión. De manera que dejo que siga con su libre asociación de ideas y me guardo este tema para otra ocasión.

—Volviendo a mi pasado de donjuán, no te voy a decir que estuvo mal, porque te estaría mintiendo. Por el contrario, lo pasé bárbaro. ¿A quién no le gusta salir todas las semanas con una mujer diferente? Pero, después de un tiempo, me empecé a cansar.

—Bueno, siete años es un tiempo considerable, ¿no?

—Sí, pero yo me cansé mucho antes. Te diría que en los últimos cuatro años salir con minas era una rutina que me hinchaba un poco las bolas. Pero como ya te dije, era una necesidad.

—Claro, y entonces dejaste de ser un hombre para convertirte en una especie de animalito.

Me mira extrañado.

—Disculpame, pero no te entiendo. ¿Qué me querés decir?

—Rodolfo, excepto dos o tres necesidades básicas que son inevitables para sostener la vida orgánica, como respirar por ejemplo, el hombre no es, como los animales, un ser con necesidades sino un sujeto con deseos. Pero incluso hasta en los actos que están más íntimamente ligados a esas necesidades básicas, como comer, si no se está al borde de la inanición y con riesgo de vida, uno no tiene necesidad de proteínas o hidratos, sino deseo de comer un asado o una pizza. Esto es tan así que si alguien entra en un restaurante y no hay exactamente lo que quiere, se levanta y se va a otro. Porque lo que está en juego no es la necesidad sino el deseo de algo. ¿Me entendés?

—Sí.

—Bueno, pensá que si esto pasa con algo tan sencillo como la alimentación, con algo tan complejo como la sexualidad pasa lo mismo pero potenciado. Porque de última, una hamburguesa puede reemplazar a un bife, pero hay personas tan importantes en la vida que no pueden ser suplantadas tan fácilmente por otras. Y vos de esto sabés bastante.

—Sí, es cierto. Pero estás hablando de amor, y yo hablaba de sexo.

—Bueno. Dejemos de lado el amor, si te parece, y hablemos de sexo. Tampoco se tiene necesidad de acostarse con cualquiera, sino deseo de estar con tal o cual persona. Cuando vos me decís que salías con rubias, morochas, altas y bajas, estás sugiriendo que cualquier mujer te daba lo mismo, y yo tengo mis dudas al respecto. Es más, al introducir la palabra «necesidad» lo que en realidad estás diciendo es que era una actitud que se te imponía, que ese comportamiento tenía carácter compulsivo. De lo cual deduzco que algo te incitaba a ir en busca de determinadas personas sin que pudieras hacer nada para contener ese impulso. Sé que a vos te parece que podía ser cualquiera, pero me pregunto si en esa variedad de mujeres aparentemente diferentes no habría algún rasgo en común. Y si esto fuera así ¿se te ocurre cuál podría ser?

Se queda pensando.

—La verdad es que no —me dice desilusionado.

—No importa. No hay apuro.

Digo esto para que se relaje. Porque suele ocurrir que los pacientes muy ansiosos o demasiado exigentes consigo mismos se obligan a tener la solución inmediata de los enigmas que el análisis les plantea. Y Rodolfo reúne ambas condiciones.

—Lo importante ahora —continúo— es que hayamos al menos instalado esta idea. Tengámosla a mano. Tal vez hoy no le encontremos sentido, pero es muy probable que más adelante sí lo hagamos.

No siempre este es el destino de las cosas que se generan en sesión. A veces se diluyen, pasa el tiempo y hasta llegamos a olvidarlas sin que vuelvan a aparecer o sin que nos aporten el sentido oculto que parecían tener. Por suerte, este no fue el caso.

Rodolfo se esforzó, durante muchas sesiones, en recordar a todas y cada una de las mujeres con las que había salido en esa época, cosa que no era fácil porque realmente habían sido muchas. La posibilidad de que hubiera entre ellas algo en común lo obsesionaba. No le encontraba la punta al ovillo y se angustiaba.

Es algo frecuente en pacientes obsesivos. Su mente toma alguna idea y dirige hacia ella toda su atención, toda la energía de la que dispone hasta que la vuelve omnipresente. Casi no pueden pensar en otra cosa y esto se vuelve sintomático, algo que no solo no ayuda al progreso del análisis sino que lo entorpece. Para evitarlo me pareció necesario volver a ponerlo en contacto con sus emociones y ver si podía lograr que tomara distancia, por un rato al menos, de aquello en lo que no podía dejar de pensar. Y había un tema que me iba a ser de mucha utilidad para lograrlo.

—Al final, nunca hablamos de Valeria.

—Es que aún no pude descifrar lo que sucedió en la etapa anterior a conocerla.

—¿Y quién te dijo que el análisis debe seguir un orden cronológico? Te propongo algo.

—¿Qué?

—Dejemos por un tiempo esto en lo que estábamos trabajando.

—Pero no pudimos cerrarlo.

—Que quede abierto entonces. ¿Cuál es el problema? Sigamos. Si realmente algo importante nos quedó en el tintero, ya va a volver. No te preocupes por eso.

—¿Te parece?

—Sí, me parece. —Asumo la responsabilidad. Este momento analítico lo requiere—. Hablame de Valeria.

Se produce un silencio prolongado. Intuyo que está conectándose con sus recuerdos, trayéndola a su memoria. Finalmente me cuenta que la conoció en un cine-debate donde se discutía la película Casanova, de Fellini.

—Un personaje ideal para esa etapa de tu vida —me sonrío.

—Justamente. Pero mirá vos qué loco. Ese fue el último día de mi donjuanismo.

—A ver…

—La cuestión es que se armó un intercambio muy interesante entre los asistentes. El tipo que coordinaba la actividad era muy bueno y logró engancharnos con la problemática del personaje. La perversión, el fetichismo, cierta cuestión andrógina de su imagen. Fue realmente un encuentro atractivo. A la gente la película le había generado cosas muy diversas. ¿La viste?

Asiento.

—¿Te gustó?

—Me pareció genial. Pero no sé si me gustó —respondo sinceramente.

—A mí me pasó lo mismo. Porque por momentos me encantó, en otros me aburrió y hubo algunos pasajes en los cuales directamente me angustió.

No puedo dejar de recordar las sensaciones que tuve al verla, sinceramente, no muy diferentes de las que refiere Rodolfo. Pero este no es un encuentro de cine-debate sino una sesión de análisis, así que no hago comentarios al respecto. Al menos hoy no.

—¿Y Valeria?

—Valeria se veía divertida. Era una mina muy abierta de cabeza. Le causaba gracia cierto enojo feminista que había en la sala. Pero ella se detuvo en las cuestiones más visuales, ese mar hecho con telas que flameaban al viento, lo cual no era raro, pues después de todo era arquitecta. Durante la reunión habíamos cruzado algunas miradas. Cuando terminó nos quedamos todos un rato en la vereda. Era invierno. Se puso un gorrito de lana rojo que sacó de su cartera y se subió el cuello del abrigo. Metió las manos en el bolsillo y me sonrió con la nariz roja a causa del frío. Estaba hermosa.

Queda capturado por ese recuerdo. Se abstrae del mundo unos segundos, y yo lo dejo.

—¿Qué pasó después?

—Algo raro.

—¿Raro?

—Sí. Yo, que era un ganador que venía llevándome todas las minas por delante no supe qué decir. La gente se fue retirando y nos quedamos solos en la vereda. Era evidente que ninguno de los dos tenía ganas de despedirse. Entonces me miró y me dijo: «Hace frío, ¿me invitás con un café?».

Queda callado. Se ha transportado en el tiempo, algo que suele ocurrir en análisis. Hay situaciones que no se recuerdan, sino que se reviven. El paciente vuelve a ubicarse en el mismo estado psíquico y emocional que tenía en el momento del suceso. Esto puede observarse con gran claridad cuando se conectan con un hecho traumático. He visto a pacientes que tuvieron verdaderas regresiones en sesión, temblar y asustarse como si el hecho del pasado les estuviera ocurriendo en el momento presente.

Pero, como en este caso, no siempre el fenómeno se asocia a hechos desagradables.

—¿Y vos la invitaste?

—Obvio. Habremos entrado en el café a las nueve de la noche. Nos pusimos a hablar con una naturalidad sorprendente. Me gustaba mirarla, me cautivaba el sonido de su voz, su risa. Era muy fuerte lo que nos estaba pasando y perdimos totalmente la noción del tiempo. Cuando miramos la hora eran las tres de la mañana y no nos habíamos dado cuenta. Todo se dio de una manera tan espontánea. Estábamos en el centro y ella vivía en Belgrano, a tres cuadras de Cabildo y Juramento. ¿Ubicás?

—Sí.

—«¿Vamos?» —me preguntó—. Y yo asentí. Nos fuimos caminando y conversando. Yo estaba en las nubes, no lo podía creer. Si te digo algo ¿no te vas a reír? Creo que me enamoré de ella en ese mismo instante.

Me mira.

—La acompañaste hasta su casa.

—Por supuesto.

—Y al llegar, ¿qué pasó?

—Nos despedimos y nos intercambiamos los números de teléfono.

—¿No te invitó a pasar?

—No. Valeria era muy perceptiva. Creo que se dio cuenta de que yo no quería entrar.

—¿Ah, no? ¿Y por qué?

—Porque, como te conté, estaba cansado de salir con mujeres con las que indefectiblemente terminaba en la cama casi por obligación. Esta vez quería que fuera diferente.

—¿Y no creés que, de todos modos, con ella hubiera sido diferente?

Piensa.

—Seguramente.

—Pero bueno, vos a veces tenés ese mecanismo, ¿no?

—¿Cuál?

—El de no permitirte hacer por placer cosas que sí hacés por obligación.

Recibe el golpe. Hace silencio y se queda pensando.

—Creo que sí.

Error. No era el momento para esa observación. Después de muchas sesiones Rodolfo había vuelto a tener un discurso fluido, a conectarse con sus vivencias y yo acabo de empujarlo nuevamente al mundo del pensamiento obsesivo. Tengo que salir rápidamente de aquí.

—¿Y cuál era la sensación que tuviste al quedarte solo luego de este encuentro tan fuerte?

Silencio.

—Disculpame, me quedé enganchado con lo que me dijiste. Es cierto que muchas veces actúo de esa manera. Tenés razón.

—Rodolfo, me parece que es importante entonces que tomemos nota de este modo de actuar. Seguramente lo vamos a ir identificando en diferentes situaciones de tu vida, pero hagámoslo con calma. No se trata de que ahora te pongas a hacer una lista de las veces en las que creés que utilizaste este mecanismo. No tenés que hacer los deberes para la clase que viene. ¿Dale?

—Sí.

—Bueno, mejor. Pero aún no respondiste a mi pregunta.

—¿Cuál?

—¿Qué te pasó después de despedirte de Valeria?

Silencio.

—Me fui sintiéndome muy extraño, y muy vivo. Estaba conmocionado.

Se ríe.

—¿Qué pasa? —le pregunto.

—Que yo vivía en La Boca. Desde chico viví allí, y me fui hasta casa caminando sin darme cuenta. Pensando en ella y en lo mágico del encuentro. ¿Te das cuenta? Creo que fue una de las noches más lindas de mi vida.

Silencio.

—¿Cómo siguió la historia?

—Al otro día, cerca de las tres de la tarde, me llamó.

Vuelve a sonreír. Es evidente que esos momentos de su vida fueron muy felices y quedaron grabados fuertemente en su memoria y en su corazón.

—¿Sabés qué me dijo?

—No.

—Me preguntó dónde cenábamos esa noche.

Yo también me sonrío. Imagino la situación y no puedo evitarlo.

—¿Y vos qué le respondiste?

—Le di un lugar y una hora. «Ahí estaré», me respondió.

Silencio prolongado.

—Y así fue como empezamos a vernos. Y no dejamos de hacerlo nunca más. Hasta que… —otra vez su angustia— se murió.

Estira la mano y toma la caja de pañuelos.

—Es increíble —continúa.

—¿Qué cosa?

—Que hayan pasado doce años de esto que te estoy contando. Que haga ya diez años que Valeria está muerta.

Silencio.

—¿De qué murió Valeria, Rodolfo?

—De un linfoma de mediastino.

Sé de qué se trata.

—¿Querés hablar de eso?

Me mira.

—Hoy no, por favor.

—Está bien. No hay problema.

—Es más. ¿Te puedo pedir algo?

—Sí, claro.

Suspira.

—¿Me puedo ir?

—¿Pasa algo malo?

—No. Simplemente que me gustaría quedarme con esto que estuvimos hablando. Lo que ocurrió después fue tan fuerte que casi nunca puedo detenerme en los primeros momentos, los lindos, los de esa ilusión que duró tan poco.

Su pedido es auténtico. Tiene derecho a estar un rato a solas con sus recuerdos, a pensar en esa ilusión que duró tan poco… tan poco. ¿Cuánto le duró a Rodolfo ese sueño? Aún no lo sé, pero intuyo que ahí hay algo importante.

A la siguiente sesión entró en el consultorio muy serio y se sentó frente a mí. Casi ni me saludó.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

—Supongo que hoy tengo que hablar de la enfermedad de Valeria.

Niego con la cabeza.

—No tenés la obligación de hacerlo. Solamente si querés.

—Te lo agradezco, pero siento que no voy a poder seguir adelante hasta que no te cuente cómo fueron las cosas. Así que prefiero hacerlo de una vez.

—Como quieras.

Se toma unos segundos.

—¿Te acordás que te comenté que al otro día de conocernos fuimos a cenar?

—Sí.

—Bueno, yo había elegido un lugar íntimo y muy cálido. Entramos, encargamos la comida, pedimos un vino y nos miramos un rato largo, con la copa en la mano. Yo iba a decir algo pero ella me detuvo. «¿Qué pasa?» —le pregunté. Me pidió que no dijera nada, que simplemente la mirara. Sus ojos se llenaron de lágrimas y me dijo que se había enamorado de mí y que lo decía muy en serio. Yo iba a responderle, pero me hizo señas con la mano para que me callara. «Dejame a mí», me ordenó. Me miraba de una manera tan especial que me sentí recorrido por una profunda emoción, pero al mismo tiempo comprendí que algo le estaba pasando, aunque no supiera qué. Unos segundos después ella apretó los ojos y agachó la cabeza. Yo quería preguntarle qué ocurría, pero no me animaba a interrumpir ese momento. Al cabo de unos segundos me miró y me dijo: «Brindemos por habernos conocido. Y porque después, cuando salgamos de aquí, mientras hagamos el amor, te voy a contar un secreto».

Hace una pausa en su relato. Sostengo el silencio unos minutos.

—¿Y fueron?

—Sí, fuimos. ¿Cómo hago para explicarte lo que sucedió? ¿Creés en los milagros? No importa. Yo tampoco creía, hasta ese momento.

—Contame cómo fue.

—Fuimos a su departamento. Era como ella, pequeño y hermoso. Cuando entramos se descalzó y de la mano me llevó hasta el cuarto. Yo había salido con muchas mujeres, vos lo sabés, pero me sentía un debutante. Casi temblaba cuando se recostó en la cama. Nos besamos durante mucho tiempo. Yo no me animaba ni siquiera a tocarla, como si temiera romper alguna clase de hechizo. Como siempre, ella tomó las decisiones. Se soltó el pelo, se quitó el suéter y me miró. «Dale, seguí vos», me dijo y se acostó con los ojos cerrados. La desvestí con toda la delicadeza de que era capaz y la besé durante mucho, mucho tiempo. En un momento ella me miró y me dijo: «Por favor, haceme el amor». Y yo entré en ella despacito, como si temiera lastimarla. Y así estuvimos largo rato. Entregados a una dulzura apasionada.

Se detiene. Está llorando. Con ese llanto calmo que produce el recuerdo de los momentos bellos.

—Es la primera vez que hablo de esto.

No hago ningún gesto, no digo nada. No quiero aportar ni el más mínimo estímulo que pueda condicionar su relato. Me está mostrando un espacio sagrado de su vida. Y se lo agradezco de la mejor manera que puedo, cuidando este momento de su análisis con todas las herramientas que tengo.

Pasan los minutos.

—En un momento me tomó la cara entre las manos —continúa—. «Mirame», me dijo, «te voy a contar un secreto». Yo asentí. Sus labios empezaron a temblar y se puso triste, muy triste. «¿Qué pasa?», le pregunté. Ella me acarició y me dijo: «Me voy a morir», y… y me apretó contra su cuerpo.

Ahora sí su llanto es angustiado. Siento admiración por él. Hay que ser muy íntegro para mostrar el dolor de esa manera. La sociedad nos ha enseñado que los hombres no lloran, que esas son cosas de mujeres. Y aquí tengo, delante de mí, a un hombre capaz de abrir su corazón sin sentir la menor vergüenza.

Cuánto dolor guarda en su interior. Cuánta pérdida, cuánto duelo.

Miro el reloj y me doy cuenta de que en cinco minutos tengo otro paciente. Le pido disculpas y salgo un segundo del consultorio.

—Por favor —le digo a mi secretaria—, llamá a Hernán y avísale que no voy a poder atenderlo. Pedile disculpas de mi parte y arreglá otro horario. Después le explico.

—¿Qué, te vas?

—Al contrario. No pienso salir del consultorio.

Voy a la cocina a buscar un vaso de agua. Rodolfo seguramente lo necesita, pues la sesión de hoy va a ser muy larga.

Ese mismo día, abrazados en la cama, Valeria le había contado todo acerca de su enfermedad. Le dijo que no podía darse el lujo de perder tiempo para decir lo que sentía, que se daba cuenta de que este no había sido un encuentro más para ninguno de los dos, y que no quería mentirle en nada para que él pudiera decidir qué quería hacer.

Rodolfo había vuelto a su casa con una mezcla de emociones que no podía ni siquiera identificar. Miedo, felicidad, angustia, incredulidad, bronca, dicha. Su cabeza era un torbellino de ideas e imágenes que se le presentaban sin orden alguno.

Valeria le había pedido que no la llamara por dos días. Ese era el tiempo que le iba a dar para pensar si quería o no compartir con ella lo que le restaba de vida. ¿Años, meses? No lo sabía.

—Si querés —le había dicho—, podés no llamarme más. De todas maneras te voy a guardar en mi alma para siempre. Pero si me llamás, tené en cuenta que no quiero estar con alguien que me duele en vida. Si te quedás conmigo, mi muerte no va a ser tema de conversación cotidiana. Vos elegí.

—¿Y vos qué hiciste? —le pregunté.

—Le dije que yo no necesitaba pensarlo. Pero no me dio bola. Me dijo que no lo hacía por mí sino por ella. Obviamente, a los dos días la llamé.

Rodolfo sonríe. Tiene la mirada perdida. De a poco se relaja. Se siente feliz.

—Dale —le digo—, date el gusto.

Me había dicho que nunca tuvo oportunidad de hablar de aquellos momentos, los que aún conservaban esa ilusión que le había durado tan poco. Yo ahora sabía que realmente había sido demasiado poco: solamente un día. Porque a partir de ahí, aunque él intentara negarlo, la idea de la muerte de Valeria seguramente estuvo presente en cada instante de la relación. No puede alguien, aunque ponga todo su esfuerzo, olvidarse de algo tan terrible y comportarse como si esa espada de Damocles no estuviera acechando sobre su cabeza.

Sin embargo, habla de esos momentos iniciales de su relación con mucha alegría. Sus recuerdos están llenos de noches largas de conversaciones, risas y una conexión sexual maravillosa.

—Hacer el amor con ella era algo supremo, milagroso. Nos quedábamos mirándonos emocionados. No lo podíamos creer. Además, hubo otro tema que para mí fue muy importante.

—¿Cuál?

—Hasta el día en que la conocí yo era un tipo de amistades superficiales. Salía siempre con amigos a los que solo les interesaba la joda y con los que no se podía conversar de nada serio. —Lo mismo que con la familia de Julieta, pensé, pero opté por no decirlo—. Valeria me ayudó a correrme de ese lugar, me presentó a su familia y me integró inmediatamente a sus afectos. Así conocí un grupo de personas increíbles, nobles e inteligentes que son hoy mis verdaderos amigos, los que más quiero en la vida. Ese fue otro de los regalos que me dejó. Sabés que soy hijo único, pero a partir del día en que la conocí ya no volví a estar solo nunca más.

Se hace un gran silencio. Espero para ver si continúa, pero no lo hace. Yo tampoco digo nada. Me quedo pensando en esa última frase. Rodolfo acaba de decir que «no volvió a estar solo nunca más».

Y de eso estoy seguro, porque Valeria no lo debe haber abandonado ni un solo día. Qué difícil debe ser vivir desde hace tanto tiempo, aunque sea por un rato, sin fantasmas que lo habiten.

Veo el horizonte de nuestro trabajo y lo imagino como una especie de exorcismo. Pero él ¿querrá que yo lo ayude a arrancarla de su vida?

A las pocas semanas de haberse conocido se fueron a vivir juntos y se dedicaron a disfrutar el uno del otro todo el tiempo que pudieron.

Dos años.

Eso fue lo que duró ese amor, el tiempo que la enfermedad le dio a Valeria.

Tres sesiones después de haber abordado el tema, fuimos llegando al desenlace de la historia.

Valeria no respondía a los tratamientos médicos y el final se hacía inminente. Incluso él, que tanto lo había intentado, no lo pudo seguir negando.

Ella se comportaba con mucha valentía, pero las internaciones se habían hecho cada vez menos espaciadas y, debido a su estado general, los médicos suspendieron la quimioterapia.

Recuerda con claridad aquel último día.

Valeria había estado muy caída, sin energía y le costaba respirar. Hacía una semana que él no se movía de su lado.

—Aquella noche le ofrecí algo de comer y se rió. «¿Quién piensa en comer en este momento? Vení, acostate conmigo».

Narra todo esto con voz pausada, los ojos brillosos y una extraña sensación de paz. Continúa:

—Me acosté y le empecé a acariciar la cara. «¿Estoy fea?», me preguntó. Y yo le dije que no, que estaba tan linda como siempre. Me miró y me dijo… —se interrumpe.

—¿Qué te dijo?

—Me dijo: «Haceme el amor, entonces». Yo la besé, la abracé y me puse a llorar. Me di cuenta de que se moría y que era la última oportunidad que tenía de hablar con ella. ¿Vos sabés lo que se siente al mirar a alguien sabiendo que es la última vez que lo ves? ¿Querer guardarse el sonido de esa voz que no vas a escuchar nunca más? ¿La impotencia de ver que le cuesta respirar cada vez más y vos no podés hacer nada? No sabés lo que duele ver morir a una persona que se ama tanto.

Claro que lo sé. Imágenes muy fuertes y dolorosas me asaltan desde la memoria. Me impactan, me duelen. De un modo tan potente que casi no me dejan pensar. Pero este no es el espacio para mi dolor. Respiro profundamente e intento expulsar esos rostros queridos y ausentes que, de golpe, se han hecho presentes. Me tomo unos segundos y vuelvo a centrarme en lo que realmente importa en ese momento: Rodolfo.

—¿Entonces?

—Le dije que la amaba, que no me quería quedar solo. «¿Qué voy a hacer sin vos? ¿No ves que no voy a poder seguir viviendo?». Me miró y me estrechó entre sus brazos. Yo me dejé abrazar y en un momento me di cuenta de que ella me estaba consolando a mí.

—¿Te dijo algo?

Asiente con la cabeza.

—Me dijo: «Rubio hermoso, valió la pena vivir para amarte a vos». Se quebró y continuó diciendo: «Pero podrías haber llegado un poco antes ¿no?».

La fuerza de su relato me está abofeteando. Siempre trato de escuchar palabras, no imágenes. Pero esta vez no puedo, y las cosas que me cuenta pasan por mi cabeza como escenas de una película. Casi puedo imaginarlos abrazados, despidiéndose, intentando evitar lo inevitable. Ella pálida y delgada, pero aún hermosa. Él, sano y fuerte pero temblando como un chico.

La voz de Rodolfo me trae nuevamente a la realidad.

—«Abrazame», me dijo. «Tengo miedo».

—¿Y vos qué hiciste?

—Le dije que iba a llamar a la ambulancia. Pero cuando intenté levantarme de la cama me rogó que no lo hiciera. «No me quiero morir sola, rodeada de desconocidos vestidos de blanco. Me quiero morir aquí, con vos… en tus brazos, sintiendo tu olor, escuchando tu voz. Por favor, es solo un poco más. No me dejes ahora, acompañame hasta el final». Y así fue. La abracé y le acaricié la espalda. A ella le gustaba eso, siempre se dormía así.

—¿Después qué pasó?

—Me sobresalté al darme cuenta de que yo también me había dormido. Le acaricié la cara y la miré: ya no estaba, se había muerto.

Silencio.

—Y vos ¿qué hiciste?

Tarda en responder.

—Me puse a llorar. La abracé fuerte, muy fuerte. Y me volví a dormir hasta la mañana siguiente.

Respiro profundo.

Quien crea que a los psicólogos no nos pasa nada cuando escuchamos a un paciente, se equivoca. A veces las emociones nos asaltan con una fuerza increíble. Pero debemos, eso sí, tener la lucidez necesaria como para evitar que nublen nuestro hacer. Por momentos es muy difícil. Y este era uno de esos momentos.

Rodolfo se quedó en silencio el resto de la sesión. Yo también.

A partir de entonces, el análisis de Rodolfo empezó a discurrir entre dos frentes: el de su pasado y el de su presente. Por un lado estaban los años de donjuanismo, como los llamaba, que habían terminado con la llegada de Valeria. Por el otro, los años de abstinencia casi rigurosa que habían seguido hasta la llegada de Julieta. En mi mente veía estas dos situaciones claramente: siete años de desenfreno y la llegada de Valeria poniendo fin a esto. Siete años de abstinencia y la llegada de Julieta reintegrando a Rodolfo a la vida erótica. El esquema era obsesivamente simétrico y, seguramente, tenía un sentido. Pero ¿cuál? No podía encontrarlo.

Y esto me ha pasado muchas veces: el caso se empantana. Tengo elementos a la vista, pero no puedo saber qué significan. El paciente habla, viene, cumple y aun así el sentido oculto no aparece. Y como analista, suele ser un momento bastante difícil. Vuelvo una y otra vez sobre las sesiones pasadas intentando encontrar la llave que abra el significado que se enmascara en las palabras y los actos de mis pacientes. Incluso me enojo conmigo mismo. «No puede ser. Tiene que estar por acá», me digo. Y nada.

—Gabriel —me había dicho cierta vez mi analista—, debe moderar su ansiedad. El sentido de las cosas se comporta a veces como la cola de los perros. Si usted lo persigue enloquecido, siempre se le escapa. En cambio si se relaja y camina tranquilo, lo sigue por detrás. O como decía otro gran maestro: no se desespere buscando, simplemente relájese y encuentre.

Debo reconocer que, a pesar de los años de experiencia que tengo, manejar esa ansiedad sigue siendo una de las cosas que más me cuesta. Sobretodo cuando percibo que estoy cerca. Es una sensación que se siente con mucha fuerza, que invade con la omnipotencia de lo inevitable. Pero falta un poco más. El velo aún no se corre. Y hay que saber esperar, porque uno mismo puede ser el obstáculo para que ese sentido salga a luz.

Necesitaba estar tranquilo porque Rodolfo era, efectivamente, un hombre acostumbrado al análisis. Y eso no siempre es bueno ya que, así como esa experiencia puede allanar el camino, también ocurre que el paciente tiene una gran percepción de los vaivenes del analista y unos mecanismos de defensa que han aprendido a sobrevivir a los señalamientos y las interpretaciones. Son, como decía un amigo, lechuzas cascoteadas.

Recuerdo que un sábado a la mañana, mientras buscaba un marco para reflexionar fríamente sobre el caso, tomé su historia clínica y me fui a un bar.

Es un ámbito que me ayuda a pensar, que me distiende, que me permite sostener una atención flotante ya que voy del caso a la gente que pasa, del contenido de la sesión al bocinazo, del recuerdo angustioso al sabor del café amargo.

A ver: pensemos.

Los neuróticos repiten —me dije—. Y aquí hay claramente una repetición de dos ciclos de siete años seguidos por la aparición de una mujer que… Me quedé sorprendido, porque había otra coincidencia que no había percibido: seguidos por la aparición de una mujer que le duró dos años. Porque también Julieta se había quedado en la vida de Rodolfo dos años. Una lo dejó porque se murió y la otra porque lo abandonó. Pero Rodolfo reconoció que él mismo había provocado ese abandono. Es decir que él se había encargado de que la duración fuera de dos años, igual que con Valeria, cerrando así un círculo perfecto.

¿Y ahora qué vendría? ¿Otros siete años de qué?

Algo debía hacer yo para torcer esta repetición calcada e involuntaria que se le imponía a Rodolfo. ¿Pero qué? ¿Dónde estaba el secreto? En ese instante recordé. Cursaba el profesorado de matemática y estaba trabajando infructuosamente hacía casi una semana con un ejercicio de álgebra. Un día, en una de sus clases, el profesor Foncuberta, titular de la cátedra, se acercó a mi mesa.

—Lo veo muy preocupado —me abordó.

Asentí.

—Es que hace días que vengo lidiando con este ejercicio y no le encuentro la vuelta.

—¿Me lo deja ver?

Tomó la hoja y se quedó mirándola. A los pocos segundos me la devolvió con una sonrisa.

—Mire, así no lo va a resolver nunca.

Lo miré extrañado.

—¿Por qué?

Porque le falta un dato. En matemática es necesaria una cantidad mínima de elementos para encarar la resolución de un problema. Y usted está trabajando con uno de menos. Mire bien, haga una lista de los datos que tiene y va a ver cómo aparece el que le falta. Una vez que lo identifique, vaya y trabaje para averiguarlo y cuando lo tenga, ahí sí, encare la resolución del problema. Si no, va a trabajar inútilmente.

Aunque parezcan dos mundos totalmente diferentes, el pensamiento matemático está muy cerca del pensamiento psicoanalítico. Y aquel recuerdo me dio una pista. ¿Podría estar cometiendo el error de intentar la solución del enigma antes de tener todos los datos necesarios? Estaba seguro de que así era. Era casi un hecho que me faltaba al menos un elemento para descifrar el jeroglífico que me proponía Rodolfo. ¿Pero cuál?

Me tomé toda esa mañana para pensarlo. Cuando vino a la siguiente sesión tenía una pregunta para hacerle.

—¿A qué edad ingresaste a la facultad?

Me mira sorprendido. Se sonríe.

—Veo que vamos a cambiar un poco el ángulo de la información —dice en broma.

—¿Te molesta?

—No. Lo que pasa es que no me lo esperaba.

Su respuesta es gratificante. Nada peor puede pasarle a un analista que obtener como respuesta del paciente la siguiente frase: «Sabía que me ibas a decir eso».

No solo provoca una herida narcisista sino que nos indica que no estamos bien orientados, que no le estamos sirviendo. Debe haber algo de sorpresivo, de novedoso en el señalamiento del analista. Y en un caso como este, con un paciente que se desplaza con tanta comodidad en análisis, más aún. Por eso recibo con agrado su contestación.

—Me gustaría que habláramos de esa etapa de tu vida, si no te molesta.

—Para nada. Fue hace tanto tiempo. Yo era poco más que un nene. Terminé la secundaria e ingresé a la Facultad. Mi familia era de condición humilde, así que tuve que trabajar y estudiar al mismo tiempo. Pero la verdad es que, más allá del sacrificio, la entrada a la Universidad significó para mí la apertura a un mundo nuevo.

—¿En qué sentido?

—Mirá, yo soy un hombre que está orgulloso de la familia que tuvo.

—¿Pero?

—Pero la gente que conocí en ingeniería era distinta. Tenía otros intereses, otros temas de conversación, otra manera de pensar.

—¿Te integraste fácilmente?

—No. Ya te lo dije, nunca tuve demasiados amigos y siempre fui un poco cerrado. Pero al menos espiaba de cerca un mundo diferente del que yo conocía.

Hablemos un poco de eso.

—Yo inicié mis estudios universitarios en una época difícil. Pensá que ingresé en el setenta y ocho. La mano estaba pesada para los estudiantes. Algunos compañeros, incluso lo pasaron bastante mal. Y a eso sumale que yo aún tenía ganas de estudiar música.

—¿No se te ocurrió hacerlo a pesar de la oposición de tu madre?

Abre más los ojos y se ríe.

—Mi vieja nunca te daba una opinión: te daba una orden.

—Y vos obedecías.

—Siempre.

Se entristece un poco.

—¿En qué te quedaste pensando?

—En que era un poco agresiva y…

—¿Y vos le tenías miedo?

Asiente con la cabeza. Me doy cuenta de que se debate entre la tristeza, la bronca y la culpa que le genera tener estos sentimientos encontrados con respecto a la figura de su madre.

Al preguntarle por su ingreso a la Facultad lo había llevado a sus dieciocho años, al final de sus estudios secundarios, a esa etapa en la cual un adolescente enfrenta al mundo y lo contrasta con su familia. Es un período que suele ser conflictivo y él no había escapado a esto. Aunque en este caso, el conflicto parecía exacerbado.

La figura de su madre, enorme, idealizada y prepotente al mismo tiempo, había resultado algo demasiado difícil de resolver para Rodolfo. Sus actitudes límites lo desconcertaban todo el tiempo. Por un lado, instaba a su padre a que lo ayudaran económicamente para que pudiera estudiar, y por otro, jamás lo estimulaba con el reconocimiento.

Su carácter fuerte la hacía aparecer por momentos como agresiva, y Rodolfo recuerda haber tenido mucho miedo de sus actitudes. Cualquier discusión le hacía temer que todo terminara en un escándalo, ya sea con los vecinos, como en el caso de Amelia, con desconocidos o con los propios miembros de su familia.

Y así Rodolfo pasó esa etapa en la cual se termina de reafirmar la personalidad, en su caso también la virilidad, entre el ejemplo valiente y noble de una familia humilde que con esfuerzo se sobrepone a sus limitaciones y el temor y la desautorización permanentes.

Lo que se había iniciado con una inocente pregunta sobre su pasado universitario derivó en un tema angustiante y conflictivo: su relación con su madre, el amor y el odio, la admiración y la vergüenza que al mismo tiempo le había provocado y, como no podía ser de otra manera, la importancia que esto tuvo en la formación de su personalidad.

Muchas sesiones las dedicamos a hablar de esta etapa de su vida. Mientras tanto, a pesar de la ruptura, Rodolfo se acostaba cada tanto con Julieta, salía con alguna mujer desconocida o hablaba conmovido de su historia con Valeria. Todo parecía muy mezclado en su cabeza. Sin embargo, a pesar de las diversas temáticas que surgían, yo no quería dejar escapar su problemática edípica.

—¿Tu papá qué hacía ante estas actitudes de tu madre?

—Mi viejo era un cagón —dice y baja la cabeza—, incapaz de contradecirla y mucho menos de enfrentarla. Incluso cuando mi vieja se la agarraba conmigo, él se quedaba calladito a un costado. No se metía nunca. A lo mejor después, cuando ella se iba, se acercaba a consolarme.

—¿Y qué te decía?

—«Ya sabés cómo es tu madre». Y yo nunca supe si eso era una crítica o un halago. Parece mentira.

Lo miro.

—¿Qué parece mentira?

—Que una mujer como ella terminara como terminó.

Le doy unos segundos y hago la pregunta.

—¿Cómo terminó tu mamá?

Hace un breve silencio. Está recordando y, por su gesto, ese recuerdo le duele.

—Hecha mierda, dando lástima.

—Contame.

—Mi vieja nunca se había cuidado demasiado. Vino de Polonia siendo muy chica y empezó a trabajar desde entonces haciendo lo que podía. Fue de todo. Costurera, cocinera, limpió casas por hora. Lo que hubiera… Claro, mi papá era albañil y a veces no había trabajo. Entonces ella, desde siempre, fue la que paró la olla. Incluso tengo imágenes de chico acompañándola a alguna casa o a buscar los pantalones que cosía. Pero es todo muy borroso en mi memoria —pausa—. Hubo una época en la que ella comía y bebía demasiado, fumaba mucho, descansaba poco y siempre estaba nerviosa. Es decir, que siempre estaba al límite de su tolerancia psíquica.

—Y física.

Asiento.

—Un día —continúa— llegué a casa y encontré a mi papá llorando. Me dijo que mi vieja se había descompuesto y la habían internado. Nadie sabía muy bien qué le había pasado. Me estaba esperando para que me hiciera cargo. Claro, mi viejo era un inútil que no podía manejar la situación.

—¿Qué hiciste, entonces?

—Fui hasta el hospital. El médico me informó que había tenido un ataque de presión. No te voy a torturar con términos técnicos, pero la verdad es que era grave. No se sabía si iba a salir o no de ese trance.

Silencio.

—¿Salió?

Me mira.

—Ojalá no lo hubiera hecho.

—¿Por qué?

Niega con la cabeza.

—Porque las secuelas fueron gravísimas.

—Contame.

—Ya no volvió a trabajar nunca más. Apenas si podía trasladarse y siempre con ayuda de alguno de nosotros. Se babeaba todo el tiempo y se le caía la comida de la boca, le costaba hacerse entender al hablar. Hasta se cagaba encima —su voz tiembla al decirlo—. Y lo peor era que se daba cuenta.

—¿Protestaba?

—No, jamás. Pero a veces me miraba mientras la limpiaba o le daba de comer y se le caían las lágrimas. Pobre vieja. Para una mujer como ella, con su energía, con su carácter, verse reducida a eso debe haber sido terrible.

—Supongo que para vos también.

—Sí. Me costaba reconocer a mi madre en ese ser indefenso que no podía hacer nada sola. Mi vieja —se conmueve al decirlo— había perdido la dignidad. —Esa palabra, dignidad, lo persigue. Está presente todo el tiempo en su discurso—. Y aunque suene cruel, debo decir que por suerte no duró mucho.

Mi corazón se acelera. Casi sin querer demoro la pregunta unos segundos. Pero no me queda otra que hacerla.

—¿Cuánto tiempo más vivió?

Me mira sin advertir la tensión que estoy sintiendo. Se toma unos segundos como si estirara el momento de intriga. Por fin responde.

—Casi dos años.

No digo nada, pero secretamente esperaba esa respuesta.

Esos años que había durado la agonía de su madre habían sido muy difíciles para Rodolfo. Ante la falta de carácter de su padre, rápidamente tomó el mando y pasó a ocupar el lugar del «hombre de la familia». Todas las decisiones le eran consultadas y nadie daba un paso sin tener su aprobación.

—¿Vos cómo te sentías con todo esto?

—Mal, pero no me quedaba otra que aceptar las cosas. Casi te diría que lo viví como algo injusto, pero natural.

—¿Por qué injusto?

—Porque nadie me consultó si yo quería ocupar ese lugar y cargarme la familia al hombro. Yo tenía otros planes para mí. Pero acepté sin protestar y, sin preguntarme demasiado, renuncié a mis anhelos personales para cumplir las expectativas de la familia.

—¿Qué anhelos?

—Pensaba hacer un máster luego de recibirme. Viajar, perfeccionarme y conocer el mundo. Cosas que nunca pude hacer.

Lo escucho en silencio. Un nuevo sueño incumplido. Tal vez esa haya sido una de las cosas que le atrajo de Julieta. Ella sí había podido hacer todo eso.

—Papá no podía hacerse cargo de la situación y mamá ya no podía trabajar. Había que cuidarla, pagar sus remedios y mantener la casa. Todo no íbamos a poder sostenerlo…

—¿Y renunciaste vos?

—Sí. Pero bueno, no fue tan terrible. Por suerte me recibí y me llevé el teléfono de algunas compañeras que más tarde utilicé —sonríe—. Me fui acomodando en el trabajo, fui progresando de a poco y desarrollé una profesión que me permitió vivir bien y ser un hombre exitoso.

No digo nada, pero si pudiera escucharse se daría cuenta de que su modo de decirlo no es el de un hombre que se siente exitoso. Pero no busco con preguntas. Sigo encontrando. Ya tengo un dato más, pero me falta al menos uno.

Estábamos trabajando sobre toda esta temática cuando algo desvió la atención de Rodolfo hacia un hecho del presente. Había aparecido en su vida una mujer: Analía. La había conocido en casa de Lorena, la mejor amiga de Valeria con la cual se visitaban cada tanto. Tenía veinticinco años y era la hermana menor de Lorena. Lo cierto es que Rodolfo se había sentido fuertemente atraído por ella.

—Yo te conozco —le había dicho Analía no bien lo vio.

—¿Ah, sí?

—Claro. Vos eras el esposo de la tía Valeria. Algunas veces estuviste en casa cuando yo era chica.

La tía Valeria. Esa frase lo impactó.

—¿Te das cuenta? —me dijo.

—¿De qué debería darme cuenta?

—De que yo conocí a esta criatura hace como quince años.

—De todas maneras ya no es ninguna criatura. El tiempo no solo pasa para vos, Rodolfo. Hablame de ella.

La describe como una «chica» muy agradable, educada, linda y de gran inteligencia, cosa que él valora mucho. En cuanto la conoció se sintió tan impactado que hasta casi sin darse cuenta dejó de salir con otras chicas. Incluso interrumpió aquellos encuentros fugaces con Julieta.

Después de algunas semanas de mails y mensajes de texto, se decidió a llamarla. No necesitaron demasiado tiempo para comprender que algo les estaba pasando, pero él no quería concretar la relación y mantenían sus encuentros en secreto.

—No es fácil cojer con una mujer que en realidad es casi una chica.

Él se sentía muy culpable. Por un lado por la diferencia de edad y por otro, porque era «la sobrina» de Valeria y, a pesar de todo lo bueno que contaba de Analía, no dejaba de agredirla.

—En el fondo no es más que una pendeja.

—¿Por qué decís eso?

—Porque sí. Porque es una nena de mamá. Los viejos le pagan los estudios porque ni siquiera trabaja. Te juro que a veces me dan ganas de mandarla al carajo.

—Supongo que por algo no lo harás.

—Seguro, pero no me preguntes por qué, porque no lo sé. A veces pienso si no me quedaré con ella de masoquista que soy.

Yo no lo creía.

Pero lo cierto es que Analía empezó a ser la destinataria de todas las broncas de Rodolfo. La comparaba con sus relaciones anteriores y siempre salía perdiendo.

—Fijate que hasta Julieta, que tuvo la vida en bandeja y se podría haber tirado sobre la cama a contar plata, se encargó de viajar y crecer como persona. En cambio Analía…

—¿En cambio Analía qué? —Lo interrumpo. Me mira—. A ver si entendí bien. Hasta donde yo sé es una mujer hermosa y dedicada. Como vos, no nació en cuna de oro y, también como vos, está a punto de recibirse con excelentes notas. ¿Verdad?

—Sí.

—Entonces no entiendo por qué te enojás tanto con ella.

—Porque es una boluda —responde, y continúa criticándola sin darle importancia a mi comentario anterior.

Pero hay algo más que me llamaba la atención: su carga de agresión era desmedida. No reconocía sus logros y se ponía muy agresivo con ella y yo creía ver allí una identificación con ese rasgo que tanto odiaba de su madre.

—Pero no entiendo —dije—. Si realmente pensás todo eso de Analía, ¿por qué no terminás tu relación con ella?

Suspira.

—Porque estoy enamorado.

Sonrío.

—Me parece bien. Pero con el amor no basta.

Me mira.

—¿Qué querés decir?

—Que el amor tiene demasiada buena prensa ¿no te parece? —me escucha atentamente y me interroga con la mirada—. Quiero decir que el amor, como diría un matemático, es condición necesaria pero no suficiente para que una pareja funcione; si no hay amor difícilmente pueda sostenerse una pareja sana, pero que el amor esté presente no garantiza que se pueda llevar adelante una relación placentera y feliz.

—¿Hacen falta otras cosas?

—Por supuesto.

—¿Cuáles?

—El respeto, la lealtad y el buen trato, por ejemplo. Pero sobre todo, la posibilidad de convivir en un clima que resulte placentero, que dé ganas de vivirlo. Te digo que muchas más veces he visto salir adelante a parejas que, amándose un poco menos, convivían en armonía que a las que amándose locamente no podían llevarse bien por cuestiones de carácter.

—¿Qué me estás queriendo decir?

—Que por mucho que la ames, si no lográs construir una relación que pueda ser vivida sin angustia, el pronóstico de esta pareja es muy oscuro.

—Ella también dice que me ama y que no podría vivir sin mí.

—¡Qué romántico! ¡Me vas a hacer llorar!

Se ríe.

—¿Me estás cargando?

—Sí, Rodolfo, porque estar con alguien no implica no poder vivir sin él. Hace un tiempo hablamos de la diferencia entre el deseo y la necesidad. ¿Te acordás?

—Sí.

—Bueno, aquello que trabajamos referido al sexo, también se aplica al amor. El amor sano no implica que alguien no «pueda» vivir sin el otro, porque eso sería patológico. Implica que no «quiere» vivir sin el otro aunque pueda, que «desea» estar a su lado porque con esa persona su vida es más plena que sin ella. De modo que es muy lindo que se amen tanto, pero si vos seguís tan enojado y te cuesta tanto aceptarla, con ese amor no hacemos nada.

Me mira y se queda en silencio. No sé si está de acuerdo o no con lo que le he dicho. No deja traslucir ninguna emoción. Simplemente se queda pensando.

La relación de Rodolfo y Analía avanzaba rápidamente. El nivel de compromiso afectivo crecía día a día y era evidente el amor que había entre ambos. Sin embargo él seguía muy enojado con ella. ¿Por qué? Era la pregunta. Yo no encontraba la respuesta.

Unas semanas después trae un sueño a sesión.

—Yo vengo caminando por una calle oscura. Percibo ruidos, gritos y movimientos extraños. Me acerco y veo dos policías discutiendo con un hombre. A uno de los policías no le veo el rostro. El hombre llora y les pide por favor que le devuelvan una mascota que el agente sin rostro tiene en sus brazos. El policía le dice que no porque él no está en condiciones de hacerse cargo de ella. El hombre llora y le pide otra oportunidad, pero el policía le responde que ya es tarde. En eso el policía me ve y me dice: «Usted, venga. Necesito que sea testigo de esto». Yo no quiero, pero él me dice que debo hacerlo porque nadie puede negarse a hacer lo que la ley obliga. Me angustio mucho.

Pausa.

—No recuerdo más.

Silencio.

—Rodolfo, vos ya sabés cómo es esto de analizar los sueños. Así que empecemos.

Piensa un instante.

—Bueno, la calle no puedo ubicarla bien, pero tengo la sensación de que la vi en alguna película o documental.

—¿Recordás cuál?

—No. Pero creo que era una película italiana. Tal vez transcurría en Venecia, porque recuerdo el rumor del agua.

—Bien. ¿Qué más?

—Esos gritos, esos movimientos me remiten a una discusión. Muy acalorada.

—¿Por qué están discutiendo?

—Por la mascota.

—¿Qué clase de mascota es?

—No sé, pero…

—¿Sí?

—Me parece que un gato. Sí, es un gato.

—Decime algo de ese gato.

Piensa.

—Es un gato cualquiera, no es de raza. Es chiquito y en realidad no es un gato sino una gata.

Noto en su voz que algún pensamiento lo ha impactado. Se interrumpe la asociación y queda mudo. Conozco la sensación. Algo lo angustió, algún recuerdo que intenta reprimir está forcejeando por hacerse consciente. Percibo cómo la resistencia se alza con toda su fuerza. Eso indica claramente una cosa: del otro lado hay algo importante. Debo ayudarlo a franquear esa muralla.

—Decime qué te sugiere esa gata.

—No lo sé. Yo nunca tuve una gata.

Escucho. «Yo nunca tuve una gata». Reflexiono un segundo y le pregunto.

—Me decís que vos nunca tuviste una gata. ¿Y quién sí tuvo una?

Piensa. Resiste. Intenta. Se hace un silencio prolongado, después del cual me mira.

—No lo puedo creer.

—¿Qué?

—Lucía tenía una gata.

No apuro mi pregunta.

—¿Quién es Lucía?

—Lucía es —se interrumpe y corrige—. Lucía fue mi primera novia.

—Hablame de ella.

Suspira. Seguramente ha pasado mucho tiempo. Necesita unos minutos para conectarse con esa parte de su historia.

—Vivíamos en el mismo barrio. Incluso nuestras familias eran amigas. Empezamos a salir cuando yo estaba en cuarto año. Así que yo tendría dieciséis y ella un año menos. ¡Era tan hermosa!

El sueño trajo a Lucía al presente. Veamos qué más tiene para decirnos.

—Rodolfo, decime: una calle oscura, rumores de voz, movimientos extraños, el rumor del agua y Lucía. Todos estos detalles, ¿te sugieren algo?

Se hace un silencio pesado, enorme. Cinco, seis minutos. No hace un solo movimiento. Ni siquiera me mira. Noto, eso sí, que su respiración se hace más agitada. Por fin levanta la vista y me mira. Está desencajado.

—Gabriel, yo nunca hablé de esto con nadie.

No es la primera vez que usa esa frase en sesión. Pero esta vez está impactado por lo que va a contarme.

—Te escucho.

Se toma su tiempo.

—Yo amaba mucho a Lucía. Claro, con la inocencia de un chico, pero nunca más volví a sentir por nadie lo que sentí por ella. Era tan hermosa que la miraba y no podía creer que estuviera a mi lado. Nos veíamos todos los días. Solíamos caminar por las tardes, después del colegio. Lo pasábamos tan bien, nos reíamos tanto… soñábamos un futuro juntos. La vida era un lugar tan hermoso en aquellos días.

—¿Qué pasó?

Se toma un respiro.

—Nosotros acostumbrábamos a ir por un camino que llevaba a la ribera. (Yo vengo caminando por una calle oscura. Recuerdo el rumor del agua). Cuando llegábamos a la orilla nos quedábamos sentados, conversando y, con el tiempo, ese fue también el lugar al que íbamos por las tardes a estar un rato a solas. Te imaginarás ¿no? Era el sitio donde nos besábamos y nos quedábamos abrazados. Pero jamás hicimos el amor. En esa época no era fácil acostarse con una chica (lo mismo había dicho con referencia a Analía). Había que tener paciencia. Y yo la tenía. Hacía casi dos años que estábamos de novios cuando sucedió aquello.

Reparo en el tiempo que duró la relación, pero no hago ningún gesto.

—¿Qué sucedió?

—Era un día de primavera. Se había hecho de noche y casi no se veía nada. Estábamos besándonos, tocándonos y entonces le dije… —se detiene un instante— que quería verla desnuda. Que no iba a hacerle nada, pero que necesitaba que nos abrazáramos desnudos.

Se pone tenso. Se lo nota contrariado, aprieta los puños y una gota de sudor se desliza por su sien. Aclara la voz y sigue.

—Ella era una nena, y me amaba tanto.

Está tratando de justificarla, como si hubiera hecho algo malo.

—¿Qué pasó entonces?

—Después de un rato logré convencerla. Le saqué la blusa y me quedé mirando su corpiño blanco. Yo estaba en una nube, te lo juro. Torpemente se lo desabroché y se lo quité. Ella bajó la mirada y yo me quedé mirando sus pechos tan pequeños, tan hermosos. La abracé fuerte. «Tengo miedo», me dijo (lo mismo le diría Valeria muchos años después, la noche de su muerte). Le pedí que se relajara y le desabroché el pantalón. Me costó bajárselo al principio, pero una vez que llegué a las rodillas, se deslizó suavemente hasta el piso. Recuerdo que metí mi mano por debajo de su bombacha y la acaricié. Ella se sobresaltó.

Pequeña pausa.

—Gabriel, fue el momento más feliz de mi vida.

Ahora la pausa es mayor.

—Y como todos mis momentos felices, me duró tan poco.

Respiro profundamente al escuchar esa frase final que ha marcado su vida. Pero no puedo detenerme ahora.

—¿Qué pasó, Rodolfo?

—Estábamos tan excitados, tan unidos, cuando de repente se escucharon unas voces y unos pasos que se acercaban. (Percibo ruidos, gritos y movimientos extraños). Nos quedamos congelados, no sabíamos qué hacer. De repente la luz de una linterna nos iluminó. Eran dos personas. Una, mi madre, pero la luz no me permitía ver a la otra persona, la que llevaba la linterna. Después supe que era el padre de Lucía. (Me acerco y veo dos policías discutiendo con un hombre. A uno de los policías no le veo el rostro).

Silencio.

—Yo no sabía qué hacer. Me quería morir. La abracé para cubrir su desnudez, pero ya todo se había ido de nuestras manos. Ella empezó a temblar. «Vestite», le dijo su padre. Ella obedeció. Yo me quise interponer, pero mi vieja me ordenó que no me metiera.

Hace una pausa. Está recordando y respeto sus tiempos.

—Pobrecita, estaba tan shockeada que no podía ni siquiera llorar. El padre la tomó del brazo sin decirle nada, sin violencia, parecía más avergonzado que enojado, y empezó a desandar el camino. Yo me acerqué y le juré que no había pasado nada, que la amaba y estaba dispuesto a casarme con ella si hiciera falta, pero que por favor no nos separaran. (El hombre llora y le pide por favor que le devuelvan una mascota que el agente sin rostro tiene en sus brazos). Pero su padre me miró y me dijo que no quería que volviera a verla. Ni siquiera me lo dijo con enojo, sino con una profunda tristeza. Yo quise responderle pero me interrumpió la voz de mi madre diciéndole que se quedara tranquilo, que así sería. Le rogué a mi mamá que me ayudara, pero ella…

—¿Qué?

—Me dijo que era muy mocoso para opinar en una situación tan delicada y me hizo callar de un cachetazo. (El policía le dice que no porque él no está en condiciones de hacerse cargo de ella. El hombre llora y le pide otra oportunidad, pero el policía le responde que ya es tarde).

Rodolfo hace un silencio interminable. Su rostro está empapado por el llanto. Un llanto lleno de bronca, con sabor a injusticia.

—¿Qué pasó cuando te quedaste solo con tu madre?

—No me habló en todo el camino. Pero al llegar a casa se encerró en el cuarto conmigo y me dijo que de lo ocurrido no íbamos a hablar con nadie, ni siquiera con mi papá. Que esto iba a quedar entre nosotros, que iba a ser nuestro secreto y que de ahora en más tenía prohibido acercarme a Lucía. Le dije que no podía obligarme a hacer eso, y me dijo que yo iba a hacer —escucho «A ser»— lo que ella me ordenara porque para eso era mi madre. Y que no se me ocurriera desobedecerla porque las consecuencias iban a ser muy graves. (Yo no quiero, pero él me dice que debo hacerlo porque nadie puede negarse a hacer lo que la ley obliga). Yo me puse como loco. Imaginaba lo mal que debía estar pasándola Lucía y tenía necesidad de estar a su lado. Se lo dije a mi mamá.

—¿Y ella qué te dijo?

Me responde en medio de un llanto acongojado.

—Que la dejara en paz, que ya le había hecho mucho daño y que le había arruinado la vida. Que de ahí en más, ante los ojos de su propia familia, Lucía iba a ser siempre una puta, y que eso era culpa mía. «Vos vas a arruinar siempre todo lo que toques porque no tenés dignidad», dijo y me dejó solo.

Silencio prolongado.

—¿Qué pasó con Lucía?

—Nos juntamos a hablar una semana después en casa de una amiga de ella. Nos abrazamos y lloramos desesperadamente. Yo le pedí que nos escapáramos —sonríe—. Ya sé que suena novelesco, pero pensá que teníamos diecisiete y dieciocho años.

—¿Y ella qué te respondió? —le pregunto, sin dar por válido su comentario.

—Que no. Que no se animaba y que no estaba dispuesta a exponerse todavía más. «Este fue un golpe muy duro para mí. Mi papá no me dijo nada. Ni una palabra. Pobrecito, estaba tan abatido, tan decepcionado. Yo no puedo hacerle más daño». Me miró a los ojos y me dijo: «Yo nunca voy a amar a nadie como te amo a vos. Y te juro que no te voy a olvidar jamás. Pero quiero que no nos veamos más». Yo estaba desbordado de angustia, pero en algún punto sentí que ella tenía razón. La abracé con todas mis fuerzas y le dije que ella iba a ser siempre mi mujer y que no iba a haber otra en mi vida… Qué estupidez, ¿no?

Lo miro seriamente. Esa promesa no es ninguna estupidez. Por el contrario, Rodolfo no ha hecho otra cosa que cumplirla a lo largo de todos estos años.

Muchas veces ocurre que después de sesiones tan complejas, tan reveladoras, los pacientes necesiten un respiro, dejar reposar todo lo que ha salido a la luz antes de ponerse a reconstruir el espejo con los pedacitos de vidrios sueltos que hemos logrado juntar. Con Rodolfo no nos dimos ese tiempo. En la siguiente sesión nos abocamos a trabajar de lleno todo lo que habíamos visto.

—Supongo que todo esto que hemos estado trabajando tiene que ver con mi presente. Ayudame a ver de qué manera esto es así.

Es muy difícil transmitir a un paciente su propia historia de manera abstracta, analítica y fría. Pero hay algo de la lógica de su funcionamiento que tiene el derecho a entender. Esto no se da siempre, pero Rodolfo tiene esta posibilidad y no se la voy a negar.

—Empecemos de la siguiente manera, a ver qué te parece. Podríamos dividir tu vida desde el comienzo de tu relación con Lucía hasta ahora en períodos de nueve años, subdivididos en una etapa de dos y una de siete.

Me mira atentamente. Sé que estoy apelando a toda su concentración e intento ser lo más claro que puedo.

—Es decir que el primer período sería desde los dieciséis hasta los veinticinco. ¿Qué ocurrió en él?

—Conocí a Lucía.

—Correcto. Y fuiste su novio durante dos años. Hasta que ocurrió un hecho traumático.

—El día que nos descubrieron y nos obligaron a separarnos.

—Sí y no.

Me mira.

—Explicate.

—Es cierto que los descubrieron y que quisieron obligarlos a separarse. Pero no lo lograron, porque vos fuiste a verla, le hablaste y le propusiste que se fugaran o que siguieran juntos aunque fuera a escondidas. Entonces, no fueron sus padres los que los separaron, sino Lucía la que no quiso seguir adelante.

Piensa.

—Nunca lo había visto así.

Breve silencio.

—Hace mucho tiempo, al hablar de Valeria, dijiste una frase que me quedó resonando.

—¿Cuál?

—Dijiste: «Esa sí era una persona luchadora». Y yo pensé: «¿Cuál no?». Pensé que podía ser Julieta, o Sergio, pero me parece que no.

—Era Lucía.

Asiento.

—Pero sigamos. ¿Qué ocurre luego de tu ruptura con ella? —Me mira sin saber qué responderme—. Vienen siete años en los que casi no te relacionaste con ninguna mujer, sino que te dedicaste de lleno a estudiar. Es tu etapa de Facultad y toda tu energía estuvo puesta en eso. ¿Sabés cómo llamamos los psicólogos a ese mecanismo?

—No.

—Sublimación. Consiste en derivar la energía sexual a otra cosa, a algo constructivo y relacionado con la cultura. En tu caso, tu carrera. ¿Me seguís?

—Perfectamente.

—Así llegamos a los 25 años. ¿Qué pasa allí?

Me mira.

—Se enfermó mi mamá.

—Correcto. Tu madre tuvo un pico de presión que la dejó prácticamente incapaz de hacerse cargo de sí misma. Y esa figura fuerte, altiva, esa ley que te había prohibido amar allá en tus dieciocho años, desaparece. Queda un ser débil, impotente y dependiente de vos. Y además tu padre, asustado, te nombra heredero real y te da la corona de hombre de la casa. ¿Y vos qué hacés?

—La acepto.

—Sí, y volvés a renunciar a un sueño, como antes lo habías hecho con Lucía. Esta vez tuviste que renunciar a viajar, hacer un máster y conocer el mundo. Hasta que tu mamá murió dos años después.

—En realidad no fueron dos años exactos.

Me sonrío.

—Es el problema que tiene la psicología. No es una ciencia exacta y a veces se permite alguna diferencia entre el tiempo psíquico y el tiempo real. Pero concedeme que los períodos encajan casi con precisión milimétrica.

También sonríe.

—Lo sé. Estaba bromeando para distenderme un poco.

—Te comprendo. —Lo miro. Está expectante. Quiere seguir—. ¿Después de la muerte de tu mamá qué vino?

—Mi período de reviente. Esa etapa en la que salí con todas las mujeres que pude.

—Y vos sabés que salir con todas es no salir con ninguna. Es decir que siempre has tratado de estar solo. De cumplir aquella promesa que le hiciste a Lucía: no tener jamás otra mujer.

—Pero justamente esta etapa termina cuando llega Valeria.

—Así es.

—¿Entonces? ¿Por qué con ella sí pude tener una historia de amor?

Lo miro.

—Rodolfo, ¿te acordás que hace tiempo manejamos la idea de que entre esas mujeres con las que salías, que parecían todas diferentes, era probable que hubiera algún rasgo en común?

—Claro que lo recuerdo. Estuve meses pensando en eso.

—Bueno, creo que lo hemos descubierto —me mira asombrado—. El rasgo en común es que con ninguna de esas mujeres vos hubieras podido proyectar un futuro en común. Porque no te gustaban lo suficiente, o tenían una familia hueca y altiva, o no las respetabas intelectualmente. Por el motivo que fuera, pero ninguna tenía la posibilidad de convertirse en tu mujer.

—Pero Valeria sí —parece defenderla.

—Rodolfo, Valeria era la menos posible de todas las mujeres, la que mejor encajaba en tu plan de no tener jamás una familia. Por eso te relajaste y te permitiste sentir y amarla como a ninguna otra. No corrías el riesgo de romper con ella ninguna promesa, porque Valeria se estaba muriendo.

Lo conmueve lo que le digo. Parece incluso enojado.

—¿Vos querés decir que yo me enamoré de ella precisamente porque se estaba muriendo?

La pregunta es difícil porque me está cuestionando acerca de la veracidad o no de su amor, y yo no soy quién para responder eso.

—No. Lo que quiero decir es que te permitiste enamorarte porque la relación no tenía futuro. Si de verdad la amaste o no, es algo que solo vos podés responderte. Pero hay algo que es cierto. Valeria te permitió estar a su lado, cuidarla, ser su hombre y que la protegieras, cosa que Lucía no se animó a hacer. Y creo que vos necesitabas poder cuidar, no solo a tu familia, sino a una mujer que no sea tu madre.

Se queda pensando.

—Gabriel, realmente creo que la amé.

Lo miro.

—Yo también lo creo —respondo sinceramente—. Es más, ese amor te devolvió algo que tu mamá te había quitado en aquella charla de tu adolescencia.

Me mira asombrado.

—¿Qué?

—La dignidad.

Se conmueve. Le doy tiempo para que asimile lo que acabo de decirle.

—Es cierto —me dice llorando—, porque yo con ella me convertí en un hombre digno. Y a lo mejor por eso, a pesar del final que tuvo la historia, me sentí feliz.

Ratifico sus palabras con un gesto.

—Pero casi a los dos años se repite un nuevo hecho traumático. La muerte de Valeria.

—Sí. Y nuevamente me aislé de las mujeres. ¿Otra vez sublimé?

—Creo que sí. Te dedicaste a dos cosas, una afectiva y otra material. La amistad con aquellos amigos que Valeria te dejó, esos que son «las personas más importantes de tu vida», según tus propias palabras, y el trabajo. Porque en ese lapso vos te volviste un ingeniero exitoso. Pusiste todas tus energías en eso, y lo lograste.

—Hasta que a los siete años aparece Julieta con la cual estoy dos años y me peleo. Es tan obsesivo, tan mecánico, que me siento un pelotudo.

Sonrío.

—Muchas personas tienen sus tiempos psíquicos que de alguna manera los condicionan. Solo que no todos se dan, como vos, el lugar para conocerlos y a partir de eso modificarlos.

Piensa unos segundos.

—Y con Julieta «logré» que me abandonara para seguir cumpliendo mi mandato.

—Eso creo, pero no sin antes enojarte con ella.

—Es cierto, aunque aún no sé por qué.

—Me parece que por dos cosas.

Me mira.

—La primera, porque era una insensible que vivía encandilada con valores superfluos.

—Eso es cierto.

—Sí, pero ¿no te parece que lo que realmente te enojó es que Julieta fue el espejo de tu deseo incumplido?

—¿Qué querés decir?

—¿Te acordás que, al empezar el tratamiento, te dije que cuando alguien se enoja tanto con algo es porque en algún punto esto lo implica?

—Sí.

—Bueno, creo que lo que Julieta logró, a pesar de su supuesta superficialidad, probablemente te remita a lo que vos no pudiste lograr a pesar de tu capacidad e inteligencia. ¿No te parece? Vos tenías todo para hacerlo y no lo hiciste. Como Sergio. En cambio ella sí lo hizo.

No dice nada. Me mira. Está procesando lo que dije. Seguramente ahora todo le parece tan obvio, tan fácil. Pero suele ocurrir de esta manera. Cuando uno comienza a acomodar las piezas del rompecabezas hay un momento en que parece sencillo. Pero no lo es. Por el contrario, es el fruto de un enorme esfuerzo.

—Y la segunda cosa por la que creo que te enojaste tanto con ella es porque sentiste que esta historia te volvió a quitar la dignidad.

Nuevamente hace silencio. Sus ojos se enrojecen de rabia y tristeza.

—Es cierto. Yo me había degradado al querer disfrazarme de lo que no era.

Recuerdo que cuando lo vi entrar en el consultorio por primera vez me llamó la atención su desprolijidad. Ese intento de diferenciarse de la familia acomodada de Julieta que, en realidad lo alejó de quien él era en verdad. Recién ahora percibo que esto ha cambiado hace ya un tiempo. A veces los analistas también tardamos en darnos cuenta de lo obvio.

Me mira con una mezcla de emociones.

—Me siento raro —dice después de unos segundos de silencio.

—Contame.

—Sí, porque al mismo tiempo estoy contento, enojado, angustiado, ansioso e ilusionado —bromea—. ¿Se habrá desencadenado mi psicosis?

—No —me río—. Loco no se vuelve el que quiere sino el que puede. Y vos, por estructura, no podés.

—¿Entonces?

—Entonces tenés que pensar en todo esto y saber que cada una de esas emociones tiene su sentido y su justificación. Tenés por qué estar triste y por qué estar alegre. Tenés motivos para la angustia y también para la ilusión. Esto es todo un avance.

—La verdad que sí.

Hace un silencio prolongado. Estoy por dar por terminada la sesión cuando me detiene.

—Solo una pregunta más.

—Te escucho.

—Esa serie parece haberse interrumpido ahora. Ya que ni me volqué a la abstinencia, ni al reviente, ni esperé siete años para salir con otra mujer.

—Así es.

—¿Qué hice de diferente?

—Pediste ayuda.

Piensa.

—Es cierto. Porque yo hice unos cuantos análisis antes de este, lo sabés. Pero ahora que lo pienso siempre los empezaba y los terminaba en medio de esos períodos, nunca en alguno de sus puntos de quiebre. A lo mejor eso tuvo que ver.

—Puede ser.

—¿Y Analía?

—¿Qué pasa con ella?

—Quiero saber cómo encaja en esta historia.

Pienso un segundo. No sé si hablar o no. Al fin me decido.

—Creo que es probable que remita a los dos amores importantes de tu vida. Porque por un lado es una chica hermosa y pequeña a la que conociste siendo una niña como a Lucía, y por otro, la cercanía con «la tía Valeria» es más que obvia. ¿No te parece?

Breve silencio.

—¿Eso quiere decir que es una elección enferma? ¿Que no puedo amarla de verdad?

—No. Eso quiere decir que tenés la opción de no repetir con ella o sin ella la historia de siempre. Rodolfo, lo que hagas de aquí en más está en tus manos. Vos elegís.

Ha pasado un año desde aquella sesión. Rodolfo estuvo trabajando sobre todas sus pérdidas: la inocencia, la libertad para amar, Valeria, la dignidad, el máster, entre otras. También nos dedicamos a elaborar su ambivalencia de amor y odio con respecto a su madre. Necesitaba reconciliarse con ella y lo ha logrado.

Esto reinstaló el tema de sus viajes de estudio, ya que llegó a la conclusión de que para él, hacer un doctorado era lograr un nombre propio, y eso era equivalente a dejar de ser hijo para abrir la posibilidad de ser padre.

Terminó su relación con Analía sin que jamás hubieran tenido relaciones. Trabajó duro para ver qué era lo que tanto lo enojaba de ella, y pudo descubrirlo: Analía representaba para él una mujer posible. La única que no podía prohibirle su madre, que no estaba a punto de morir y que le permitía estar en pareja sin perder la dignidad. La única relación con un futuro probable, no condenada de antemano al tiempo o al fracaso. La que le permitía desafiar la promesa hecha a Lucía hacía tantos años. Pero estaba demasiado unida al recuerdo de Valeria. Por eso prefirió no avanzar en la relación.

Está solo y tranquilo, aunque sueña con la posibilidad de una familia.

Hace un mes me manifestó su deseo de interrumpir el análisis, y así lo hemos hecho. Él se sentía bien con su vida y consigo mismo, y no tenía el deseo de continuar.

A mí me quedaron algunas preguntas sin responder. Datos que fueron encajando en mi cabeza y que no llegamos a trabajar. Porque, de esto estoy convencido, el ciclo había empezado antes. Porque siete años estudió de la mano de Amelia y dos años cursó el conservatorio. Dos años pasaron también entre la pelea de su madre con su profesora y el comienzo de su noviazgo con Lucía. Y me pregunto: ¿No habría ocurrido algo importante allá en su infancia, a los dos años, o tal vez a los siete, que hubiera dado origen a esa cadena temporal de dolorosas repeticiones? ¿Tendría que ver con su padre, al cual se encargó de mantener lejos de su discurso durante casi todo el análisis?

Me hubiera gustado, además, que Rodolfo se permitiera de alguna manera recuperar al músico que vive en él. Que hubiera podido desarrollar ese deseo, tal vez el más grande de su vida, aun con las limitaciones que la realidad impone. Pero no fue así. Su piano sigue silencioso y arrumbado en un rincón del comedor. Tal vez esperando. Como su sueño de familia y su paternidad. Pero bueno, tal vez esas eran mis expectativas. Y Rodolfo tenía derecho a elegir su propia vida.