Amanda Morgan
De piedra son mis paredes, mi techo es de madera;
Pero las manos de mi constructor son mucho más fuertes.
El techo podrá ser quemado y mis piedras dispersas,
Pero nunca su luz será derrotada en la guerra...
Canción de la casa llamada Fal Morgan
Amanda Morgan se despertó súbitamente en la oscuridad, y su dedo se posó de forma automática en el disparador de su pesada arma de energía. Había oído —o soñó que había oído— el llanto de un niño. Despertándose por completo, recordó a Betta en la otra habitación y se enfrentó a la imposibilidad de que su bisnieta hubiera dado a luz sin llamarla. Pero seguro que aquello también formaba parte de su sueño.
Sin embargo, y durante unos pocos segundos más, yació sintiendo la presencia fantasmal de viejos enemigos todavía cerca de ella y de la durmiente casa. El llanto se le había mezclado con un sueño: en él revivió el antiguo y vertiginoso descenso en deslizador, empuñando la pistola, sobre el primero de los campamentos de forajidos. Ocurrió cuando Dorsai aún era reciente; y los campamentos, allá en las montañas, servían como bases para los mercenarios sin trabajo. Finalmente ella condujo a las mujeres del distrito de Foralie contra esos hombres que habían asolado sus hogares durante tanto tiempo, aprovechando los intervalos en los cuales los soldados profesionales de sus propias casas se hallaban lejos luchando en otros mundos.
Lo último que hubieran esperado los forajidos de un grupo de mujeres era un asalto frontal a pleno día. Por lo tanto, eso fue lo que planeó. En su sueño rememoró los llameantes rayos de la pistola atravesando las paredes improvisadas y los cuerpos que se protegían detrás, y el fuego haciendo presa en la madera reseca y los sucios harapos.
Para cuando ella consiguió entrar en algunas de las chozas, un puñado de forajidos ya se había armado y ocupaba posiciones fuera de las estructuras de madera; pero pronto la lucha se desintegró en una mezcla borrosa de armas y cuerpos. Los forajidos eran todos veteranos..., pero, a su manera, lo eran también las mujeres de las casas. Hubo intensos intercambios de disparos por ambas partes; pero, entonces, con su fuerza juvenil aún intacta, ella resultaba un duro rival para cualquier mercenario carente de forma. Además, estaba poseída por una furia que ellos no podían igualar...
Parpadeó, alejando las imágenes de su sueño. Los forajidos ya no existían..., al igual que los Eversill, que habían intentado robarle su tierra, y otros enemigos. Todos habían desaparecido, aunque en su lugar surgieran nuevos adversarios. Escuchó durante un momento más, pero a su alrededor la casa de Fal Morgan permanecía en absoluta calma.
De todas formas, después de un rato se incorporó, quedando durante un segundo bañada por el frío del aire nocturno mientras alargaba el brazo para coger una bata de la silla cercana a la cama. Una fuerte luz lunar, que se filtraba a través de las leves cortinas, le devolvió su fantasma en la forma de una difusa imagen desde el alto espejo del armario. Un fantasma de sesenta años. Un instante antes de que la bata la envolviera, la delgada pero todavía erguida figura del espejo creó la ilusión de un cuerpo joven, aún en plenitud. Salió de la habitación.
Apenas había dado veinte pasos por el corredor adornado de paneles, con los familiares y silenciosos rifles de aguja y otras armas de combate dispuestas como centinelas en los estantes de ambas paredes, cuando se dio cuenta de que la costumbre aún le hacía llevar la pistola de energía empuñada. La colocó en un anaquel y prosiguió hasta la puerta de su bisnieta. La abrió y entró.
En este lado de la casa la luna brillaba con más intensidad a través de las cortinas. Betta todavía dormía, su respiración era pesada, su hinchado vientre se alzaba como una promesa bajo las protectoras mantas. La preocupación por su futuro niño, que había mantenido ocupada a Amanda durante los últimos meses, retornó a ella con urgencia renovada. Tocó la áspera y pesada manta por encima de la vida nonata, breve y levemente, con la punta de los dedos. Luego dio media vuelta y se marchó. Bajó por el corredor y dobló en una esquina; el reloj que había en la sala, de fabricación terrestre, sonó con el primer cuarto de una hora después de las cuatro de la madrugada.
Se encontraba totalmente despierta ahora, y su mente funcionó con determinación. El parto tendría lugar en cualquier momento; y Betta insistía en querer usar el nombre de Amanda para el caso de que fuera una niña. ¿Acaso se equivocaba al no desear que fuera así otra vez? No podía postergar demasiado tiempo más su decisión. En la cocina se preparó una taza de té. Se sentó a la mesa que había al lado de la ventana y bebió, mientras contemplaba los pinos y las píceas en la pendiente que descendía desde un lado de la casa, para luego alzarse de nuevo ante el cercano horizonte de las colinas, y las cimas de las montañas de más allá, que daban a la Villa de Foralie y a Fal Morgan, junto con otra docena de casas similares.
No podía dilatar durante más tiempo esa decisión. Tan pronto como naciera la criatura, Betta querría ponerle un nombre. Aparentemente, no parecía un asunto demasiado importante. ¿Por qué el nombre de una habría de ser particularmente sagrado? Salvo que Betta no se daba cuenta —nadie en la familia parecía darse cuenta— de cómo el nombre de Amanda había cobrado cualidades de talismán para todos.
La cuestión era que el tiempo la había acorralado. No tenía ninguna seguridad de que ella pudiera aguardar al nacimiento de más niños. Con el problema que seguro surgiría, las probabilidades de que ella fuera lo suficientemente afortunada como para estar aún aquí cuando tuviera lugar el bautizo oficial del niño de Betta disminuían. Pero existía una razón poderosa para apoyar su negativa de todos estos años a autorizar que le dieran su nombre a alguien de las generaciones más jóvenes. Cierto que no era un motivo que se pudiera defender o explicar con facilidad. Sus raíces se asentaban sobre algo tan profundo como la superstición..., la sensación que tenía de que Fal Morgan sólo perviviría mientras ese nombre fuera en la familia como un pilar al cual todos pudieran aferrarse. Pero, ¿cómo descubrir antes de tiempo la naturaleza de un niño?
Una vez más había trazado un nuevo surco completo alrededor del problema. Durante unos momentos, mientras bebía su té, dejó que sus pensamientos se deslizaran hacia las coníferas del jardín, que ella misma había comprado, con gran sacrificio económico, cuando por fin las semillas de la Tierra fueron importadas a este mundo al que llamaban Dorsai. Habían crecido hasta bloquear la visión del campo de tiro desde la casa. Durante los Años Sin Ley, nunca habría permitido que crecieran tan altas.
Con los problemas que seguro surgirían con la Tierra, probablemente tendrían que cortarlas por completo..., aunque ese pensamiento iba en contra de algo profundamente arraigado en su interior. Esta casa, esta tierra, todo, constituía la obra que había levantado para ella, sus hijos y los hijos de sus hijos. Se trataba del mayor de sus sueños hecho realidad; y no existía ninguna parte en él, una vez conquistado, del que pudiera desprenderse con facilidad.
Se lo repitió una vez más mientras permanecía sentada en una casa que ya sólo cobijaba dos vidas entre sus paredes. No..., tres, contando al niño que aguardaba su nacimiento y que pronto tendría sus sueños propios. ¿Cuántos años tenía ella cuando soñó por primera vez con cabalgar en el viento?
Aquel había sido un sueño muy antiguo, que le asaltaba incluso despierta..., y que también invocaba cuando estaba a punto de dormirse. Muchas veces se había imaginado capaz de correr a gran velocidad junto al viento, por encima de la ciudad y del campo. En su imaginación corría descalza, y hasta podía sentir la textura del aire en movimiento debajo de sus pies, tan parecido a una alfombra suave y viva. Era muy joven entonces. Pero aquella carrera significaba algo poderoso.
En su imaginación había corrido desde Caernarvon y Cardiff hasta Francia ida y vuelta; no sobre los grandes bancos solares o los densos grupos de las factorías, sino sobre los campos abiertos y las montañas y el ganado, y por encima de praderas repletas de flores donde crecía lo verde y la gente era feliz. En su imaginación, ella corría más veloz y más lejos que nadie.
Nadie era tan ligera como ella. Corrió hasta España y Noruega. Atravesó Europa y llegó hasta Rusia; corrió hacia el sur, hasta el fin de África y, después, a la Antártida y vio a las grandes ballenas todavía con vida. Vio a los vaqueros y a los gauchos tal como una vez habían sido, y conoció a la extraña gente del extremo más oriental de Sudamérica, donde hacía mucho frío.
Corrió hacia el oeste por encima del Pacífico, atravesando el océano de norte a sur. Corrió hasta los volcanes de las islas Hawai, hasta Japón, China e Indochina. Giró hacia el sur, a Australia, y vio desiertos, y grandes rebaños de ovejas y a los canguros salvajes en sus saltos.
Entonces retornó de nuevo al oeste y conoció las estepas y Ucrania y el Mar Negro y la antigua Constantinopla, y Turquía, y todas las llanuras por las que Alejandro hizo marchar a su ejército hacia el este; y luego regresó a África. Vio extraños barcos con velas infladas en el mar, al este de África, y atravesó el Mediterráneo, hasta llegar a Italia. Posó sus ojos en Roma, con toda su historia, y en los Alpes suizos, donde la gente, cuando no trabajaba duro, cantaba canciones tirolesas y practicaba el alpinismo; y vio muchas cosas, hasta que por fin volvió a casa y cayó dormida en el pecho del viento y en su propia cama. Ahora, con noventa y dos años —una cifra que para ella no significaba nada—, permanecía sentada, a años luz de todo aquello, en el planeta Dorsai, bebiendo té y rememorándolo bajo la última luz de luna que iluminaba sus coníferas.
Se movió, apartó la taza de té vacía y se incorporó. Era hora de comenzar el día..., su brazalete de control sonó con la nota de una llamada.
Apretó el botón de comunicaciones del brazalete. La tapa que cubría la pantalla telefónica de la pared de la cocina se hizo a un lado y ésta se iluminó con el sólido rostro de Piers van der Lin. Esa cara la miró: las arrugas que el tiempo había impregnado en ella se marcaban de forma más profunda de lo que jamás había visto. Un sonido de voz tomada se escuchó como fondo de su trabajoso hablar.
—Lo siento, Amanda —la voz era áspera y lenta debido a la edad y a la enfermedad—. ¿Te desperté?
—¿Despertarme? —sintió cierta tensión en él y eso la alarmó—. Piers, casi ha amanecido. Me conoces lo suficiente. ¿Qué ocurre?
—Me temo que malas noticias... —su respiración, como la música distante de flautas de guerra, se escuchó entre palabra y palabra—. La invasión de la Tierra ya está en marcha. Acabo de enterarme. Tropas de primera línea de la Coalición..., llegarán al planeta en treinta y dos horas.
—Bueno, Cletus nos comentó que ocurriría. ¿Quieres que baje a la ciudad?
—No —dijo él.
La voz de ella se tornó más aguda a pesar de sus intenciones.
—No seas tonto, Piers —expuso—. Si nos arrebatan la libertad que poseemos aquí, los Dorsais dejarán de existir..., salvo por el nombre. Todos somos prescindibles.
—Sí —aceptó resollando—, pero tú estás al final de la lista. No seas tonta tú, Amanda. Sabes lo que vales para nosotros.
—Piers, ¿qué deseas que haga?
La miró con un rostro marcado por los mismos años que tan ligeramente la habían tocado a ella.
—Cletus acaba de enviarle un mensaje a Eachan Khan en el que le comunica que evite cualquier acto de resistencia. Eso nos deja donde estábamos, es decir: ante la necesidad de elegir al Comandante del distrito. Ya sé que Betta...
—No es eso —interrumpió ella—. Tú sabes lo que es. Por lo menos, deberías. Yo ya no soy tan joven. ¿Quiere el distrito a alguien que pueda plegarse ante ellos?
—Te quieren a ti, a cualquier precio. También lo sabes —comentó Piers con pesadez—. Incluso Hachan aceptó sólo porque tú dijiste que fuera otro el que lo hiciera. No existe persona alguna en el distrito, no importa su edad o nombre, que no salte cuando tú lo pidas. Nadie puede decir lo mismo. ¿Crees que les importa algo el hecho de que ya no eres la misma físicamente? Te quieren a ti.
Amanda respiró profundo. Tenía el presentimiento de que iba a suceder esto. Él continuó:
—Ya se lo he dicho a Arvid Johnson y a Bill Athyer..., los dos que Cletus dejó atrás para organizar la defensa del planeta. En el estado en el que se halla Betta, no te habríamos llamado si hubiéramos tenido otra elección..., pero ahora no queda ninguna...
—De acuerdo —aceptó Amanda. No tenía ningún sentido tratar de evitar lo inevitable. Fal Morgan habría de quedar vacía y desprotegida frente a los invasores. Simplemente, así eran las cosas. Tampoco tenía ningún sentido atacar a Piers. Su cansancio bajo el prolongado ataque de asma era evidente—. Si de verdad me necesitáis, me encantará, ya lo sabes. ¿Les has confirmado a Johnson y a Athyer que lo haría?
—Les dije que te lo preguntaría.
—No hace falta. Deberías saber que puedes contar conmigo. ¿Los llamo y les comento que está todo arreglado?
—Creo que... ellos se pondrán en contacto contigo.
Amanda miró su brazalete. La diminuta luz roja del teléfono parpadeaba..., indicando que había otra llamada a la espera. Tal vez ese parpadeo comenzó en el último minuto, pero ella lo tendría que haber notado antes.
—Creo que están en línea —señaló ella—. Corto. Me encargaré de todo, Piers. Trata de descansar un poco.
—Dormiré..., pronto —repuso él—. Gracias, Amanda.
—Tonterías —cortó la comunicación y tocó el brazalete para dar entrada a la segunda llamada.
El contraste era característico de este planeta Dorsai repleto de ellos: un equipo de comunicación sofisticado en una casa construida a mano, con madera y piedras nativas. La pantalla se volvió gris y luego recuperó el color, para mostrar una oficina casi oculta tras el rostro de grandes huesos de un hombre rubio, de poco más de veinte años. La solitaria estrella de vicemariscal brillaba en el cuello de su uniforme de campaña. Encima se veía la cara que una vez pudo ser infantil, pero que ahora poseía un cierto hieratismo, una tranquilidad y paciencia que la envejecían de forma prematura.
—¿Amanda ap Morgan?
—Sí —aseveró Amanda—. ¿Es usted Arvid Johnson?
—Correcto —respondió—. Piers nos sugirió que le pidiéramos que asumiera el cargo de Comandante del distrito de Foralie.
—Sí, acaba de llamarme.
—Tenemos entendido —los ojos de Arvid en la pantalla estaban fijos en ella— que su bisnieta está embarazada...
—Ya le he confirmado a Piers que lo aceptaría —Amanda examinó a Arvid detenidamente. Era una de las dos personas de la que todos ellos deberían depender..., ahora que Cletus se había marchado—. Si usted conoce este distrito, sabe que no hay nadie más que pueda asumir tal trabajo. Eachan Khan podría hacerlo, pero, en apariencia, su yerno le pidió que estuviera disponible para otras cosas.
—Sabemos que Cletus le pidió que se quedara al margen —dijo Arvid—. Lamento que deba ser usted...
—No lo sienta —replicó Amanda—. No lo hago por usted. Todos lo hacemos por nosotros mismos.
—Bueno, gracias de todos modos —sonrió con un poco de cansancio.
—Como le he dicho, no es una cuestión de agradecimiento.
—Como quiera.
Amanda siguió examinándole con profundidad, a través del océano de años que les separaban. Lo que veía, decidió, era esa nueva seguridad que se captaba en los Dorsais que rodeaban a Cletus. Había algo en Arvid que parecía tan inamovible como una montaña.
—¿Qué quiere que haga primero?
—Habrá una reunión de todos los comandantes de distrito de esta isla en el Punto Sur, a las horas de esta mañana. Nos gustaría que asistiera. Y como Foralie es el lugar al que retornará Cletus —si regresa— puede que reciba una atención especial; a Bill y a mí nos agradaría hablar con usted al respecto. Podemos arreglar que la recojan en la zona de despegue de la Ciudad de Foralie si se presenta allí en una hora.
Amanda pensó con rapidez.
—Que sean ¿os horas. Tengo cosas que hacer.
—De acuerdo. Entonces, en dos horas. En el punto de despegue de la Ciudad de Foralie.
—No se preocupe —aseguró Amanda—. Lo recordaré.
Cortó la comunicación. Permaneció sentada durante un breve momento, analizando las cosas. Luego llamó a la casa Foralie, hogar de Cletus y Melissa Grábame.
Se produjo una breve espera, y luego la delgada cara de Melissa —la hija de Hachan Khan, ahora esposa de Cletus— cobró forma en la pantalla bajo un pelo revuelto. Los párpados de Melissa aparecían pesados por el sueño.
—¿Quién...? Oh, Amanda —dijo.
—Piers me acaba de pedir que me haga cargo del mando del distrito —le informó Amanda—. La invasión está en marcha y en una hora tengo que abandonar Fal Morgan para una reunión que se celebrará en el Punto Sur. No sé cuándo, si es que puedo hacerlo, volveré. ¿Puedes llevarte a Betta contigo?
—Por supuesto —la voz y el rostro de Melissa despertaban a medida que hablaba—. ¿Cuánto le queda?
—Dará a luz en cualquier momento.
—¿Puede moverse?
—Casi en cualquier cosa menos a caballo.
Melissa asintió.
—Iré a buscarla con el deslizador en unos cuarenta minutos —Miró a Amanda desde la pantalla—. Sé que... tú preferirías que me quedara con ella allí. Pero no puedo dejar Foralie ahora. Se lo prometí a Cletus.
—Lo entiendo —comentó Amanda—. ¿Sabes cuándo volverá Cletus?
—No. En cualquier momento..., como Betta —su voz bajó de volumen—. Nunca estoy segura.
—No. Supongo que él tampoco —Amanda contempló durante un segundo a la mujer más joven—. Haré que Betta esté preparada para cuando llegues. Adiós.
—Adiós.
Amanda cortó la comunicación y se dispuso a despertar a Betta y a prepararle las cosas. Una vez hecho esto, había que organizar la casa para un período de unos días en los que estaría deshabitada. Betta esperaba hundida en una silla de la cocina, mientras Amanda finalizaba la programación de los controles automáticos de la casa para ese intervalo.
—Puedes llamarme de cuando en cuando a Foralie —le dijo Betta.
—Cuando me resulte posible —repuso Amanda.
Alzó la vista y vio el rostro normalmente abierto y amistoso de su bisnieta, ahora hinchado y pálido por encima del cardigan que la envolvía. Betta se mostraba muy eficiente en tiempos normales; sólo en emergencias como ésta era cuando tendía a hundirse. Amanda contuvo su propio umbral mental crítico. La situación no resultaba fácil para Betta, a punto de dar a luz mientras su marido, su padre y su hermano se hallaban fuera del planeta, en alguna batalla, y —tal como era la naturaleza de la guerra— con la posibilidad de que ninguno de ellos volviera. Ahora sólo quedaban tres hombres en la casa de los ap Morgan, y únicamente dos mujeres; y una de esas dos, la propia Amanda, se encargaría de un trabajo que podría acabar al final de una cuerda o ante un pelotón de fusilamiento. Ya que no se engañaba sobre el hecho de que los terrestres de la Alianza y de la Coalición lucharían contra los civiles del mismo modo que los soldados de los mundos más jóvenes.
No servía de nada pensar en el carácter de Betta ahora. No les ayudaría a ninguna de las dos..., escuchó una vibración que se aproximaba desde el exterior hacia la casa y que creció en intensidad justo fuera de la puerta de la cocina, hasta que se detuvo.
—Melissa —comentó Betta.
—Vamos —le dijo Amanda.
Abrió el camino hasta el exterior. Betta la siguió, con cierta torpeza, y Melissa, con Amanda, la ayudó a entrar por la escotilla abierta del deslizador.
—Te llamaré cuando tenga tiempo —repuso Amanda besando fugazmente el rostro de su bisnieta.
Los brazos de Betta se apretaron con fuerza en derredor suyo.
—¡Mandy!
El diminutivo de su nombre, que habitualmente usaban sólo los niños pequeños y el repentino ruego desesperado en la voz de Betta, hizo que surgiera una oleada de empatía entre ellas. Por encima del hombro de Betta, Amanda vio la cara de Melissa, tranquila y a la espera. A diferencia de Betta, Melissa despertaba a toda su plenitud en épocas de crisis..., era en los tiempos normales cuando la hija de Eachan Khan perdía su camino.
—No te preocupes por mí —comentó Amanda—. Estaré bien. Cuida de tus propios deberes.
Empleando un poco de fuerza, se liberó y las despidió con un gesto de la mano. Permaneció allí durante un segundo más, observando cómo el deslizador bajaba la pendiente. La despedida de Betta había despertado algo sombrío en ella, que aún seguía en su interior. Melissa y Betta. Cualquiera..., ser una mujer sólo útil la mitad del tiempo no servía. La vida requería que se fuera operativa en todo momento y en cualquier estación.
Ese era el problema con un nombre-talismán como el suyo. Ella, su propietaria, debía ser operativa de esa manera, en todo momento. Cuando alguien con semejante capacidad naciera en la familia, podría liberar el nombre de Amanda, que hasta ahora había negado a todas sus descendientes. Como se lo había negado a Betta para su niña. Sin embargo..., sin embargo, no era correcto impedir el uso del nombre para siempre. A medida que cada generación se alejaba de su propio tiempo, ésta y los acontecimientos relacionados con ella se volverían cada vez más legendarios, más y más irreales...
Por milésima vez apartó el tema de su mente y se volvió para cerrar Fal Morgan. Atravesando el largo pasillo, deslizó sus dedos durante un instante por el negro friso. Casi pudo sentir una calidez viva en la madera, como si el corazón de la casa latiera. Pero ya no había nada que pudiera hacer para protegerla. En los días venideros, también la casa habría de correr sus riesgos.
Quince minutos más tarde, se hallaba a bordo de su propio deslizador, pendiente abajo en dirección a la Ciudad de Foralie. A su espalda llevaba una mochila pequeña, mucho más que la que habían preparado para Betta. Bajo su cinturón acomodó una pistola pesada de energía con carga llena y en perfecto funcionamiento. En el largo anaquel de armas del deslizador había una vieja escopeta de perdigones, con su limpio y buen cañón reemplazado poco antes por uno oxidado y antiguo pero que aún funcionaba. Cuando llegó al pie de la pendiente y comenzó a subir por la colina, sus ojos se fijaron en las montañas y Fal Morgan, de momento, quedó aparcada en su mente.
El deslizador zumbó pendiente arriba, a sólo unos centímetros del suelo. Por entre las píceas y los pinos, resplandecía el sol de las tierras altas. La tierra fina, rota por afloramientos de cemento y cuarzo, era de color marrón, cubierta aquí y allí por manchas verdes. El aire resultaba frío y ligero, pues todavía no había sido calentado por el sol. Respiró llenando sus pulmones. Hacía casi un siglo que su propia madre había bautizado a este aire con el nombre de el vino de la mañana.
Llegó a la cima de la colina y las montañas la rodearon por todos lados, hombro con hombro como amistosos gigantes, comenzó el descenso rumbo a Foralie que ahora era visible a lo lejos, distante y pequeña en el recodo del río. El cielo aparecía brillante y claro con el nuevo día. Únicamente unas nubes diminutas, perdidas aquí y allá, anulaban su perfección. Las montañas resultaban inaccesibles. Había gente que quedaba desconcertada por la roca desnuda, por sus remotas y heladas cimas, pero ella las encontraba honestas..., seguras, fuertes y resistentes, hermanas de su alma.
Aun después de tantos años, un sentimiento profundo vibró en ella. Ya no se trataba simplemente del hogar que había levantado, sino que en sí misma había desarrollado un amor enorme por este mundo. Lo amaba como amaba a sus hijos, a los hijos de sus hijos, a sus tres maridos..., cada uno diferente, inigualable a su manera.
Lo amaba tanto como amara a su primogénito, Jimmy, durante todos los días de su vida. Pero, ¿por qué tendría que amar tanto a Dorsai? Recordó las montañas de Gales..., hermosas montañas. Pero cuando vino aquí por primera vez, después de la muerte de su segundo marido, algo de esta tierra, de este planeta, le habló y la reclamó con una voz distinta de cualquiera que hubiera escuchado jamás. Los dos, de forma extraña, se unieron, para siempre, sin posible separación. Un afecto peculiar, fuerte, casi doloroso la selló a él. ¿Por qué un simple planeta, un lugar de agua, tierra, aire y cielo normales podía conmoverla en esa medida?
Ahora descendía velozmente por la curva más suave de la pendiente que conducía a la Ciudad de Foralie. Podía distinguir el sendero marrón del camino del río avanzando en paralelo a la serpiente de agua azul que se torcía hacia el este y penetraba por un pliegue de las montañas; y en dirección opuesta a la ciudad, subiendo hacia el oeste hasta que desaparecía entre las rocas más altas, donde se encontraba su fuente en los estratos permanentes de agua helada a seis mil metros de altura. Pequeñas arboledas de la nativa variedad de madera flexible se interpusieron y pasaron como obturadores entre ella y la visión de la ciudad a medida que descendía. Aunque a esa hora no observó ningún tráfico. Veinte minutos más tarde, llegó hasta el camino que, paralelo al río, circundaba a todo el pueblo, giró a la izquierda, corriente arriba, hacia los edificios que ya estaban próximos.
Pasó por detrás de un grupo de árboles de madera blanda y cerca de la fábrica de la ciudad y del vertedero, que ahora la separaban del muelle fluvial que permitía que el tráfico del río descargara directamente a la fábrica. A esa hora tan temprana, se hallaba en silencio e inactiva. El sol parpadeó en el pequeño hueco de la válvula de deshecho de la unidad energética de la fábrica sobre el montón de desperdicios, restos metálicos y material reciclado de toda clase.
Dorsai era un mundo pobre en tierras fértiles y en la mayoría de los recursos naturales; aunque obtenía productos derivados del petróleo de las orillas hundidas de las muchas islas que ocupaban el lugar que hubiera debido corresponder a los continentes en el acuoso planeta. De modo que el petróleo había sido el combustible elegido para alimentar el generador energético de la fábrica. Lo que hacía funcionar al generador era tan sofisticado como cualquier herramienta que se pudiera encontrar en la Tierra, pero el vertedero resultaba tan primitivo como el que pudieron haber diseñado los primeros pueblos pioneros. Como su Fal Morgan y el equipo de comunicaciones de la casa.
Detuvo el deslizador y salió al exterior, recorriendo una docena de pasos hacia la maleza que crecía más allá del camino desde el vertedero. Extrajo la pistola de energía de su cinturón y la colgó de una rama baja de un arbolillo, donde las hojas verdes que la rodeaban la ocultarían a cualquiera que no se hallara a una distancia de medio metro. No quiso esconderla más. La ancha flecha de su culata, marca de los ap Morgan, haría que cualquier habitante de este mundo que pudiera tropezar con ella la reconociera.
Regresó al vehículo en el momento en que una puerta metálica lateral de la fábrica se deslizaba sobre un costado ruidosamente. Jhanis Bins salió; empujaba una carretilla con desperdicios en la que destelleaban reflejos plateados de polvo metálico.
Amanda se le acercó mientras él conducía la carretilla hasta el vertedero y volcaba su contenido en la válvula de deshechos. Con un empujón la llevó de nuevo al sendero y le hizo un guiño a Amanda. La edad y la enfermedad lo habían agostado casi hasta dejarle en los huesos, pero aún había fuerza en su cuerpo, aunque poca resistencia. Por encima de la vieja cicatriz de cuchillo que llegaba hasta sus ojos, éstos irradiaban un humor sardónico.
—¿Polvo de níquel? —inquirió Amanda indicando con la cabeza lo que Jhanis acababa de tirar.
—Correcto —repuso. Al igual que sus ojos, su voz tenía una nota de humor sombrío—. Te has levantado pronto.
—Tú también —replicó ella.
—Hay mucho que hacer —le ofreció una mano—. Amanda.
Ella la tomó.
—Jhanis.
La soltó y sonrió de nuevo.
—Bueno, vuelvo al trabajo. Suerte, Comandante... señora.
Giró la carretilla de regreso a la fábrica.
—Las noticias viajan deprisa —dijo ella.
—¿De qué otro modo podría ser? —comentó él por encima del hombro, y entró en el edificio.
La puerta de metal rodó sobre su raíl y se cerró detrás suyo.
Amanda montó otra vez en el deslizador y lo dirigió a la ciudad. Cuando llegó a una calle justo al lado de la avenida principal, vio a Bhaktabahadur Rais, que limpiaba el sendero flanqueado por un jardín de flores que constituía la entrada a su casa; sostenía la escoba un tanto extrañamente, aunque con firmeza, entre los rígidos dedos artríticos de la mano que le quedaba. La manga vacía del otro brazo estaba prolijamente sujeta justo por debajo de la articulación del hombro. El pequeño hombre cetrino sonrió con calidez cuando el deslizador se posó en el suelo, momentos antes de que Amanda parara su motor enfrente de él. No era más grande que un niño de doce años, y a pesar de tener casi la misma edad que ella, se movía con tanta ligereza como un muchacho.
Llevó la escoba consigo hasta el deslizador, la apoyó contra su hombro y saludó. Un aire cierto travieso emanaba de él.
—De acuerdo, Bhak —anticipó Amanda—. Hago lo que me piden. ¿Los jóvenes y sus Mayores abandonaron ya la ciudad?
Él se puso serio.
—Piers les mandó fuera hace dos días, —replicó—. ¿No lo sabías?
Amanda negó con un movimiento de cabeza.
—He estado ocupada con Betta. ¿Por qué hace dos días?
—Se marcharon antes de que confirmáramos que las tropas de la Tierra se dirigían hacia aquí —tomó la escoba de nuevo con su mano—. Si nada hubiera ocurrido, habría sido fácil hacerlos regresar después de unos días. Si me necesitas para algo, Amanda...
—Te lo pediré, no te preocupes —aseguró ella. Sería más fácil para Bhak en cualquier momento luchar que soportar la espera. El kukri aún estaba en su funda curva sobre la repisa de la chimenea—. He de ir al Ayuntamiento.
Elevó el deslizador con la fuerza de las hélices. Su zumbido atronó en la quietud de la calle.
—¿Dónde está Betta? —Bhak alzó la voz.
—En Forahe.
Él sonrió de nuevo.
—Bien. ¿Alguna noticia de Cletus?
Sacudió la cabeza y dirigió el deslizador calle abajo. Giró en la avenida principal, después de la última casa de la esquina, pero, de repente, se detuvo y dio marcha atrás. Una niña regordeta, de largo cabello color castaño y una cara de facciones apretadas, se hallaba sentada en el escalón del porche de su casa. Amanda detuvo el deslizador, salió de él y se encaminó a los escalones. La niña alzó los ojos hacia ella.
—Marte —dijo Amanda—, ¿qué haces aquí? ¿Por qué no te marchaste con los demás niños?
El rostro de Marte cobró una expresión levemente malhumorada.
—Me quedo con mi abuela.
—Pero tú querías ir con uno de los grupos —comentó con suavidad Amanda—. Me lo dijiste tú misma la semana pasada.
Marte no respondió. Se dedicó a mirar con fijeza el cemento del sendero que discurría debajo de sus piernas. Amanda subió los escalones y entró en la casa.
—¿Berthe? —llamó mientras la puerta se cerraba detrás de ella.
—¿Amanda? Estoy en la biblioteca.
La voz que le replicó era lo suficientemente profunda como para parecer la de un nombre, pero cuando Amanda la siguió hacia una habitación a su derecha, la vieja amiga que halló frente las repletas estanterías, sentada ame un escritorio y escribiendo en una hoja de papel, era una mujer incluso con más años que ella.
—Hola, Amanda —saludó Berthe Haugsrud—. Estoy escribiendo algunas instrucciones.
—Marte aún se encuentra aquí.
Berthe se reclinó contra su silla y suspiró.
—Es su elección. Quiere quedarse. No tengo el valor para obligarla a marcharse si ella desea permanecer aquí.
—¿Qué le dijiste? —Amanda fue consciente del tono de su voz, más agudo de lo que deseaba.
—Nada —Berthe la miró—. No puedes ocultarle las cosas, Amanda. Es tan sensible como... cualquiera. Lo captó..., del aire, de los otros niños. Aunque no comprenda los detalles, sabe lo que con toda probabilidad sucederá.
—Es joven —dijo Amanda—. ¿Cuántos años tiene..., menos de diecisiete?
—Pero no tiene a nadie salvo a mí —repuso Berthe. Sus ojos eran negros y directos debajo de los arrugados párpados—. Sin mí, se quedaría sin nadie. Oh, ya sé que todos en la ciudad cuidarían de ella, mientras pudieran. Pero no sería lo mismo. Aquí, en esta casa, solas nosotras dos, puede olvidar que es diferente. Puede imaginar que es tan brillante como cualquiera. Si le quitas eso... Se miraron mutuamente durante un momento. —Bueno, es tu decisión —repuso Amanda dando media vuelta. —Y de ella, Amanda. Y de ella.
—Sí. De acuerdo. Adiós, Berthe.
—Adiós, Amanda. Buena suerte.
—Para ti también —replicó Amanda con seriedad—. Para ti también.
Salió y tocó levemente la cabeza inclinada de Marte al pasar a su lado. Marte no se movió ni respondió. Amanda montó otra vez en el deslizador y giró en la esquina, bajando por la avenida principal en dirección a la caja cuadrada de cemento que era el Ayuntamiento.
—Hola, Jenna —saludó cuando entró en el despacho exterior—. Vengo para jurar el cargo.
Jenna Chalk alzó la cabeza de su escritorio situado detrás de la barra que dividía la oficina exterior en dos. Era una mujer agradable, con cabello rubio, pequeña y que aún no había cumplido setenta años; ofrecía el aspecto de cualquier cosa menos de la ex-mercenaria que había sido.
—Bien —repuso—. Piers te está esperando. Traeré los papeles e iremos a su despacho...
—¿Todavía se encuentra aquí? —inquirió Amanda—. ¿Qué hace esperando?
—Quería verte.
Jenna deslizó las manos por los dos soportes de las muletas que había reclinadas contra su escritorio y se puso de pie. Apoyándose en una muleta, cogió la carpeta de su mesa de trabajo y se volvió para bajar por el pasillo que había detrás de la barra y que conducía a la parte posterior del edificio y a las oficinas de aquella sección. Amanda atravesó la puerta giratoria y la alcanzó.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó.
—Agotado..., aunque un poco mejor desde que salió el sol —repuso Jenna mientras avanzaba cojeando. Sus huesos, a lo largo de los años, se habían vuelto tan frágiles que se rompían ante el más pequeño golpe, y sus piernas se habían roto tantas veces ya, que era un milagro que pudiera incluso caminar—. Creo que, cuando vea que tú te haces cargo, se permitirá tomar alguna medicina.
—No le hacía falta esperarme —expuso Amanda—. Fue una tontería.
—Es así —comentó Jenna—. Los hábitos de setenta años no cambian.
Se detuvo y abrió la puerta a la que habían llegado. Entraron juntas y encontraron a la enorme y vieja figura de Piers sentada en un sillón de respaldo alto detrás del amplio escritorio de su despacho.
—Piers —comentó Amanda—. No tenías que esperar. Vete a casa.
—Quiero ser testigo de tu firma —repuso Piers. Aún le resultaba trabajoso hablar, pero Amanda notó que su respiración se había aliviado algo con la salida del sol, como es habitual en los asmáticos—. Para el caso de que las tropas que envíen aquí decidan comprobar los archivos.
—De acuerdo —aceptó Amanda.
Jenna ya estaba activando la cámara de grabación situada en la pared. Siguieron el ritual de firmar documentos y realizar el juramento de Amanda, que le otorgaba el título oficial de Alcaldesa de la Ciudad de Foralie, y que a su vez serviría como cobertura para su rango secreto de Comandante de distrito.
—¡Ahora, por el amor de Dios, vete a casa! —le dijo Amanda a Piers cuando acabaron—. Tómate esa medicina tuya y duerme.
—Lo haré —señaló Piers—. Gracias por todo, Amanda. Y buena suerte. Mi deslizador se encuentra ahí detrás. ¿Me ayudas a llegar a él?
Amanda colocó una mano bajo el codo derecho del pesado hombre y le ayudó a incorporarse. Los años le habían arrebatado la mayor parte de su fuerza física; sin embargo, aún sabía cómo concentrar la que tenía en el punto preciso. Llevó a Piers por la salida posterior y le acomodó en el asiento de su deslizador.
—¿Podrás salir solo y cuidarte por ti mismo cuando llegues a casa? —le preguntó.
—Sin problemas —le gruñó Piers.
Activó la energía del deslizador y se elevó un poco. La miró una vez más.
—Amanda.
—Piers.
Ella depositó durante un segundo la mano en el hombro de él.
—Este es un buen mundo, Amanda.
—Lo sé. Yo también lo creo.
—Adiós.
—Adiós —dijo Amanda; y contempló cómo el deslizador se lo llevaba.
Dio la vuelta y entró en el Ayuntamiento. —Marte todavía está aquí —le comentó a Jenna—. Creo que tendremos que permitir que se quede, si eso es lo que desea. —Lo es —corroboró Jenna. —¿Hay alguien más por aquí que yo no sepa?
—No, los jóvenes se han marchado todos..., y sus Mayores.
—¿Puedes proporcionarme un mapa?
Jenna metió la mano en su carpeta y extrajo un mapa con el campo que rodeaba la Ciudad de Foralie y que abarcaba hasta las montañas que la circundaban. Había un montón de iniciales de color rojo.
—Cada grupo se encuentra bajo las iniciales de un Mayor —explicó Jenna.
Amanda lo estudió.
—¿Entonces todos se encuentran en posición ahora?
Jenna asintió.
—¿Y están todos armados?
—Con lo mejor que teníamos —dijo Jenna. Sacudió la cabeza—. No puedo evitarlo, Amanda. Ya resulta bastante malo para nosotros a nuestra edad, pero suministrarles a nuestros jóvenes armas de mano y pedirles que detengan...
—¿Conoces alguna alternativa? —inquirió Amanda.
Jenna sacudió de nuevo la cabeza en silencio.
—Un vehículo aéreo me recogerá aquí en tres cuartos de hora —explicó Amanda—. Mientras tanto, comprobaré la situación por la ciudad. En caso de que no vuelva antes de que nos ataquen, ¿crees que tendrás algún problema para convencer a los invasores de que sólo soy una Alcaldesa?
Jenna bufó.
—Llevo como administrativa en este ayuntamiento desde hace nueve años...
—De acuerdo —interrumpió Amanda—. Quiero decirte otra cosa: si las tropas que envíen no se alojan en la ciudad, intenta que acampen cerca de la parte alta del río...
—Por supuesto —repuso Amanda—. Lo sé. No tienes que decírmelo, Amanda. De cualquier modo, no habrá muchos problemas para hacer que vayan allí. Es una zona natural de acampada.
—Sí. De acuerdo, entonces —comentó Amanda—. Tú también cuídate, Jenna.
—Será mejor que las dos nos cuidemos —contestó Jenna—. Suerte, Amanda.
Amanda se marchó.
Acababa de llegar a la zona de despegue cuando un ligero vehículo gravitatorio de cuatro plazas aterrizó de repente desde el azul del cielo, posándose en la plataforma con suavidad. Se abrió una puerta. Ella avanzó y entró en el vehículo; en la mano portaba su único equipaje. La nave despegó. Amanda se encontró sentada al lado de Geoff Harbor, Comandante de distrito del Punto Norte.
—Se conocen, ¿verdad? —preguntó el piloto mirando por encima del hombro.
—Desde hace dieciséis años —replicó Geoff—. Hola, Amanda. —Geoff —saludó ella—. ¿También te llevan a esta reunión? ¿Estáis preparados ya en el Punto Norte?
—Sí. Todo está listo —contestó a las dos preguntas y la miró con curiosidad por encima de su estrecha nariz y su mentón con forma de cuña. Rondaba los cuarenta, sin embargo, haber vivido veinte años con los efectos de heridas serias de guerra le habían dado a su piel un tono céreo—. Esperaba a Eachan.
—Cletus Grahame le pidió a Eachan que estuviera preparado para otra misión —explicó Amanda—. Piers tomó el mando y yo le acabo de suplir esta mañana. —¿Otra vez el asma?
—Creo que la presión de la situación hizo que sufriera un ataque —comentó Amanda—. ¿Conoces a ese Arvid Johnson..., o al Otro, Bill Athyer?
—A Arvid —repuso Geoff—. Es lo que Cletus Grahame ahora llama un «Operador de Batalla»..., un experto en tácticas de campo. Athyer es un estratega y actúan en equipo..., pero tú ya habrás oído todo esto.
—Sí —confirmó Amanda—. Sin embargo, lo que deseo conocer son opiniones de primera mano acerca de cómo son.
—Arvid me pareció una persona tremendamente capaz —contestó Geoff—. Si trabajan bien juntos, ese Bill Athyer no debe quedarle a la zaga. Y si Cletus los puso al mando de la defensa del planeta..., ya conoces a Cletus, ¿verdad?
—Somos vecinos —dijo Amanda—. Le he visto varias veces. —¿Y también sobre él tienes dudas?
—No —afirmó Amanda—. Sin embargo, estamos intentando hacer ladrillos sin paja. Un puñado de adultos con una fuerza de jóvenes que apenas llegan a adolescentes, preparándose para derrotar a una fuerza de asalto de tropas de primera línea. Los milagros tendrán que ser pura rutina, y nada será lo suficientemente bueno como para que no nos preocupemos de verdad. Geoff asintió.
Un rato después se posaron en la zona de aterrizaje que había en las afueras de la isla donde el gobierno tenía su sede el gobierno del Punto Sur. Un soldado delgado, de piel cetrina, que llevaba las barras que le identificaban como Jefe de Grupo —un representante de la docena de personal cualificado en el combate que se les permitió retener para la defensa del planeta a Arvid Johnson y a Bill Athyer— les esperaba cuando salieron del vehículo aéreo. Les condujo a una sala de reuniones ocupada a medias por los comandantes de distrito provenientes de toda la isla. Una vez en ella, se dirigió a toda la sala:
—Si son tan amables de sentarse... —anunció.
Los comandantes de distrito se dirigieron a sus respectivas sillas, situadas de cara a una plataforma que se alzaba en un extremo de la habitación. Un minuto después, entraron dos hombres que subieron a la plataforma. Uno era Arvid Johnson. Visto en su totalidad, resultaba una torre de hombre, con un cabello rubio que bajo la luz artificial aparecía tan pálido que casi era invisible. Irradió a todos los presentes su aire de inconquistabilidad. El hombre que estaba a su lado tenía aproximadamente la misma edad, pero era pequeño, con una nariz prominente en forma de pico..., lo que Amanda había aprendido a llamar una «nariz normanda» desde pequeña. Sus ojos recorrieron la sala como cañones de pistolas.
El hombre pequeño, pensó Amanda, debía ser Bill Athyer, el estratega. A primera vista, Bill podía aparentar ser poco impresionante, y más bien un amargado..., pero las rápidas y experimentadas percepciones de Amanda captaron algo vibrante y brillante en él. De forma literal, sin haber perdido ninguna de sus dolorosas dudas ni la propia auto-consciencia con las que hubiera nacido, durante el camino debió encontrar ese fuego interno que ahora ardía a través de su exterior vulgar. Era todo llama en su interior..., y esa llama producía un extraño contraste con la fría, casi remota, competencia de Arvid.
—Lamento haberles impuesto esto —comenzó Arvid cuando los dos hombres estuvieron en la plataforma de cara a los presentes—. Parece que, después de todo, no podremos aguardar la llegada de los comandantes de distrito aún ausentes. Acabamos de recibir la información de que el oficial que conduce a las naves invasoras es una persona de mucha suerte o muy bueno. Las ha sacado de su último cambio de fase justo encima del planeta. Ahora mismo se encuentran en órbita, lanzando tropas a nuestros centros de población.
Se detuvo e inspeccionó la sala.
—Ya se les ha notificado a todos los Dorsais, por supuesto —dijo—. Bill Athyer y yo mismo, con los pocos soldados regulares de que disponemos, nos tendremos que poner pronto en movimiento..., y continuar con ese movimiento. No intenten localizarnos..., nosotros les localizaremos a ustedes. Las comunicaciones se realizarán de persona conocida a persona conocida. Para resumir, si las noticias que reciban de nosotros no son suministradas por gente en la que confíen implícitamente, descártenlas.
—Este es uno de nuestros puntos fuertes —intervino Bill Athyer con tanta rapidez que pareció como si le interrumpiera. Su voz era aguda, con un tono cercano a la excitación—. Así como conocemos el terreno, nos conocemos mutuamente. Esos dos factores nos evitarán gran parte de los problemas que padecerá el invasor. Pero tengan presente que nuestras ventajas sólo tendrán su máxima utilidad durante los primeros días. A medida que nos vayan conociendo, adivinarán lo que somos capaces de hacer. Ahora bien, todos ustedes han entregado planes operacionales para la defensa de su distrito particular, dentro de las pautas generales que trazamos Arvid y yo. Hemos recibido estos planes, y ustedes ya habrán visto nuestras recomendaciones para realizar algunos cambios, así como ciertas medidas adicionales. Si en cualquier caso hiciera falta hablar de algo más, nos pondríamos en contacto con ustedes a medida que surjan las necesidades. De modo que será mejor que todos ustedes regresen a sus distritos tan pronto como puedan. Disponemos de los suficientes vehículos aéreos que ya aguardan para transportarles de vuelta..., con la esperanza de que sea antes de que las fuerzas invasoras caigan sobre sus distritos. En marcha..., ¿se encuentra Amanda Morgan presente?
—¡Aquí! —indicó Amanda.
Con las últimas palabras de Bill Athyer, todos los comandantes se habían puesto de pie y ella quedó escondida en la maraña de gente. Se abrió camino hacia la plataforma y alzó la vista a los rostros de la inusual pareja.
—Soy Amanda Morgan —expuso.
—Queremos tener unas palabras con usted antes de que se marche —le dijo Bill—. Si es tan amable.
Abrió la marcha fuera de la sala de reuniones. Arvid y Amanda le siguieron. Entraron en un pequeño despacho y Arvid cerró la puerta al ruido de la sala, mientras los otros comandantes se dirigían hacia las naves.
—Usted se hizo cargo del distrito de Foralie esta mañana —indicó Bill—. ¿Ha tenido alguna oportunidad de echarle un vistazo a los planes que le entregamos al hombre que usted reemplazó?
—Piers van der Lin se puso en contacto con varios de nosotros en el momento de recibirlos —repuso Amanda—. De todos modos, cualquiera en el distrito de Foralie mayor de nueve años sabe cómo enfrentaremos la situación ante lo que puedan enviarnos. —De acuerdo —aceptó Bill.
Arvid asintió.
—Comprenderá —prosiguió Bill— que en Foralie se hallará en el punto crucial de cualquier cosa que ocurra. Con toda probabilidad puede esperar, si nuestra información es correcta, ver al propio Dow deCastries, al mismo tiempo que a mayor número de soldados y personal enemigo de mayor rango que en los demás distritos. Se irán concentrando progresivamente en dirección a Foralie.
El pensamiento de Betta y la niña nonata hospedados allí produjo una repentina contracción en el pecho de Amanda.
—En este momento, en Foralie sólo se encuentran Melissa Grahame y Eachan Khan —dijo—. Nadie importante.
—Lo habrá. Cletus regresará tan pronto como la noticia de que nos han invadido llegue a los Exóticos..., y creo que usted está al tanto de que los Exóticos reciben la información más rápido que nadie. Puede que esté de camino ahora mismo. Y Dow deCastries aguarda su llegada. De modo que usted también puede esperar que su distrito sea uno de los primeros, si no el primero, en ser golpeado. Las probabilidades de que por lo menos usted no llegue a casa antes de que los primeros soldados se posen en su distrito, son muy altas. Haremos todo lo que podamos para ayudarla. Ahí fuera se encuentra a su disposición nuestra nave más veloz. ¿Alguna última pregunta, o petición?
Amanda los miró. Los dos eran jóvenes.
—Ahora no —repuso—. En todo caso, sabemos lo que hemos de hacer.
—Bien —fue Arvid el que habló—. Será mejor que se marche.
El vehículo que la aguardaba resultó ser una nave pequeña gravitatoria de altitud, biplaza, que se elevó a los diez kilómetros de altura, para descender hacia Foralie en un curso de vuelo similar a la trayectoria una bomba. Permanecieron menos de media hora en el aire. Sin embargo, cuando bajaban hacia la zona de aterrizaje de la Ciudad de Foralie, sonó el sistema de comunicaciones de la nave.
«Identifíquese. Identifíquese. Este es el puesto de guardia cuatro-nueve-tres de la Fuerza Expedicionaria de la Alianza-Coalición con destino Dorsai. Nuestras armas le tienen encañonado. Identifíquese.
El piloto miró a Amanda y tocó el botón de transmisión del control de la nave.
—¿Qué ha dicho? —preguntó—. Les habla Mike Armery, en un vuelo contratado desde el Punto Sur para transportar a la Alcaldesa de la Ciudad de Foralie a casa. ¿Quién dijo que era?
—Puesto de guardia cuatro-nueve-tres, de la Fuerza Expedicionario. de la, Alianza-Coalición con destino Dorsal Identifique a la persona a la que llama Alcaldesa de la Ciudad de Foralie.
—Amanda Morgan —repuso Amanda con claridad al equipo de comunicaciones—, de la casa ap Morgan, distrito de Foralie.
—Un momento. No intente aterrizar hasta que comprobemos su identificación. Repito, un momento. No intente aterrizar hasta recibir la autorización.
El altavoz quedó súbitamente en silencio. El piloto comprobó el programa de aterrizaje de la nave. Esperaron. Pasados varios minutos, recibieron la orden de descender.
Dos pálidos soldados de transporte, obviamente nativos de la Tierra, vestidos con uniformes de la Coalición, cubrían la compuerta de salida con rifles de aguja, cuando Amanda precedió al piloto fuera de la plataforma. Un delgado y serio joven teniente de la Coalición les indicó con un gesto un vehículo militar.
—¿A dónde cree que nos lleva? —exigió Amanda—. ¿Quién es usted? De todos modos, ¿qué hace aquí?
—Se le explicará todo en el Ayuntamiento, señora —repuso el teniente—. Lo siento, pero no estoy autorizado a responder preguntas.
Subió al coche con ellos y le dio un toque en el hombro al conductor. Se deslizaron hasta la ciudad a través de calles vacías salvo por las figuras con uniformes militares. En esas mismas calles, también reinaba una total inmovilidad. En la parte norte de la ciudad, en la elevada pradera que Amanda le había mencionado a Jenna, pudo vislumbrar una forma de colmena compuesta por las tiendas de campaña cuyas burbujas de plástico estaban siendo infladas ahora en filas ordenadas..., y sólo desde esa zona llegaban sonidos distantes, pero reales, de voces y actividad. Amanda sintió el continuo viento del sur en la parte posterior de su cuello, y olió los ligeros aromas del agua fresca del río y del vertedero traídos por el viento, aunque la fábrica estaba en silencio.
El coche llegó hasta el Ayuntamiento. Al piloto lo dejaron en la oficina exterior, pero Amanda fue conducida más allá de los guardias de vigilancia al interior del despacho que había sido de Piers y que ahora le pertenecía. Dentro, se había proyectado un gran mapa del distrito sobre una pared y varios oficiales, cuya graduación variaba de mayor a brigadier general, estaban de pie discutiendo con voces que más bien parecían enfadadas. Sólo una persona en la habitación vestía ropas de civil, y se trataba de un hombre alto y espigado, sentado en el escritorio de Amanda y reclinado contra el sillón, en apariencia absorto en el estudio del mapa proyectado.
Parecía extrañamente distante de los demás, aislado por la posición o la autoridad, y deseoso de concentrarse en el mapa, dejando que los oficiales discutieran. La expresión de su rostro era pensativa, abstracta. Pocos hombres había conocido Amanda en su larga vida que pudieran ser considerados atractivos, pero éste lo era. Sus facciones resultaban tan regulares que parecían antinaturales. Su oscuro cabello estaba plateado únicamente en las sienes, y la alta frente parecía oscurecer sus profundos ojos, tan oscuros que daban la sensación de ser indescifrables por naturaleza. Si no hubiera sido por esos ojos y un aire de poder que le envolvía como una luz de fuente invisible, podría parecer demasiado guapo para ser alguien con quien se pudiera contar. No obstante, al observarle, a Amanda no le cupo ninguna duda de su capacidad o de su identidad.
—Señor... —comenzó el teniente que había introducido a Amanda, pero el brigadier a quien se dirigía, alzó los ojos y le interrumpió, encarándose directamente con Amanda.
—¿Usted es la Alcaldesa de este lugar? ¿Qué hacía lejos de la ciudad? ¿Dónde se encuentran todos sus habitantes...?
—General —Amanda replicó con lentitud. No le hacía falta simular la ira que sentía detrás de sus palabras—. No me interrogue. Al contrario. ¿Quién es usted? ¿Qué le hizo creer que podía entrar en esta oficina sin mi permiso? ¿De dónde viene? ¿Y qué es lo que está haciendo aquí, armado, sin autorización, primero, de las autoridades de la isla de Punto Sur, y, luego, de nosotros?
—Creo que entiende perfectamente... —empezó el general.
—Creo que no —cortó Amanda—. Se encuentra aquí de manera ilegal y todavía aguardo una respuesta..., y una disculpa por entrar en mi despacho sin permiso.
La boca del brigadier se tensó, las arrugas se acentuaron y sobresalieron alrededor de sus ojos.
—El distrito de Foralie ha sido ocupado por las autoridades de la Coalición-Alianza —respondió—. Eso es lo único que necesita saber. Ahora, quisiera algunas respuestas...
—Necesito una explicación mucho mejor que esa —interrumpió Amanda—. Ni la Alianza ni la Coalición, ni tropas de la Coalición-Alianza, tienen el más mínimo derecho que yo conozca de encontrarse en órbita de estacionamiento. Quiero ver la autorización para que estén aquí. Deseo hablar con su superior... ¡y quiero las dos cosas en este momento!
—¿Qué clase de farsa piensa que está interpretando? —las palabras explotaron de la boca del brigadier—. Se halla bajo régimen de ocupación...
—General —intervino una voz desde el escritorio, y todas las cabezas de la habitación se volvieron hacia el hombre que allí estaba sentado—. Tal vez yo debería hablar con la Alcaldesa.
—Sí, señor —musitó el brigadier. Tenía la piel alrededor de los ojos todavía hinchada y su rostro se había oscurecido por la alteración de los vasos capilares—. Amanda Morgan, este es Dow deCastries, Comandante Supremo de las fuerzas de la Coalición-Alianza.
—No creí en ningún momento que pudiera ser otra persona —comentó Amanda.
Dio un paso para situarse delante del escritorio y miró por encima de él a Dow.
—Se encuentra sentado en mi sillón —indicó.
Dow se incorporó con ágilmente y retrocedió, haciendo un gesto al sillón ahora vacío.
—Por favor... —señaló.
—Sólo quédese de pie. De momento eso será suficiente —dijo Amanda. No hizo ningún movimiento para sentarse—. ¿Es usted el responsable de la situación?
—Sí, puede decirse que lo soy. —Dow la miró pensativo—. General Amorine... —habló sin apartar los ojos de Amanda—... probablemente sea mejor que la Alcaldesa y yo hablemos en privado.
—Sí, señor, si eso es lo que desea.
—Lo es. De verdad que lo es —y ahora Dow miró al brigadier, que retrocedió.
—Por supuesto, señor —Amorine se volvió al teniente que había escoltado a Amanda—. Supongo que la cacheó en busca de armas, ¿verdad?
—Señor... Yo —el teniente estaba aturdido.
Su rígido azoramiento indicaba que no se esperaba que una mujer de la edad de Amanda estuviera armada.
—Creo que no debemos preocuparnos por ello, general —la voz de Dow aún sonaba relajada; sin embargo, sus ojos seguían posados en el brigadier.
—Por supuesto, señor.
Amorine escoltó a sus oficiales fuera. La puerta se cerró detrás de ellos, dejando a Amanda y a Dow de pie, cara a cara.
—¿Está segura de que no quiere sentarse? —inquirió Dow.
—No se trata de una reunión social —repuso Amanda.
—No —acordó Dow—. Desafortunadamente, no lo es. Estamos ante una situación muy seria, en la que todo su planeta ha sido puesto bajo el control de la Coalición-Alianza. En realidad, lo que usted llama Dorsai ya no existe.
—Eso es improbable —dijo Amanda.
—¿Le cuesta creerlo? —preguntó Dow—, Le aseguro...
—No tengo intención de creerlo ahora, ni después —repuso Amanda—. Dorsai no es una ciudad. Ni siquiera un conjunto de ciudades. Tampoco las islas y el mar..., es la gente.
—Exacto —corroboró Dow—, y la gente ahora se halla bajo el control de la Coalición-Alianza. Ustedes mismos se lo han buscado. Han desperdigado sus fuerzas defensivas por una docena de mundos, y sólo les queda aquí un puñado de no combatientes. Para ser breve, están indefensos. Eso no me preocupa. No me interesa su planeta, o su gente como tal. Únicamente es necesario que nos aseguremos de que no sean mal conducidos por otro loco como Cletus Gráname.
—¿Loco? —repitió Amanda secamente.
Dow alzó las cejas.
—¿No cree que estaba loco cuando pensó que tendría éxito contra las dos facciones más ricas y el mundo humano más poderoso de la actualidad? —Sacudió la cabeza—. No tiene mucho sentido que discutamos de política, ¿verdad? Sólo busco su cooperación.
—De lo contrario, ¿qué?
—No la amenazaba —comentó Dow con suavidad.
—Por supuesto que sí —replicó Amanda. Sostuvo su mirada durante un largo segundo—. ¿Recuerda a Shakespeare?
—Antes sí.
—Casi al final de Macbeth, cuando el mismo Macbeth oye un grito en la noche que señala la muerte de Lady Macbeth —dijo Amanda—, comenta: *hubo una, época, en la que mis sentidos se habrían aplacado oyendo un grito en la noche...», ¿lo recuerda? Bueno, esa época, con los años, nos llega a todos. Quizá a usted todavía le falten algunos hasta que lo descubra por sí mismo; pero cuando lo haga, si eso ocurre, descubrirá que con el tiempo se vence al miedo, así como se vence a muchas otras cosas. No puede intimidarme, tampoco asustarme..., ni a nadie más en el distrito Foralie con la suficiente edad para ocupar mi puesto.
Fue el turno de él para observarla durante un largo rato antes de hablar.
—Muy bien —dijo—, la creo. Mi único interés, como ya he expuesto, es arrestar a Cletus Grahame y llevarle de regreso a la Tierra conmigo.
—¿Ocupa todo un mundo sólo para arrestar a un hombre? —preguntó Amanda.
—Por favor —alzó una larga mano—. Pensé que hablaríamos sin rodeos. Quiero a Cletus. ¿Se encuentra en Dorsai?
—Por lo que yo sé, no.
—Entonces me dirigiré a su hogar y esperaré que venga a mí —comentó Dow. Miró el mapa—. Eso debe ser Foralie..., ¿la casa marcada al lado de su propia Fal Morgan?
—Así es.
—Bien, iré allí ahora mismo. Mientras tanto, quiero que comprenda con claridad cuál es la situación actual. Todos los hombres que podrían luchar se hallan fuera del planeta. Muy bien. Sin embargo, no hay nadie en esta ciudad que no esté lisiado, tenga más de sesenta años o se encuentre enfermo. ¿Dónde están todas las mujeres jóvenes y saludables, sus adolescentes por debajo de la edad militar, y cualquier otra persona que pueda resultar efectiva?
—Se han marchado fuera de la ciudad —contestó Amanda.
Los ojos negros de Dow parecieron hacerse más profundos.
—Eso no parece muy normal. Sospecho que recibieron alguna advertencia acerca de nuestros movimientos, por lo menos desde que nos situamos en órbita alrededor de su planeta. Me sorprendería que no fueran esas noticias las que la trajeron de regreso en esa nave hace un rato. No habrá enviado un mensaje diciéndoles a sus niños y a sus adultos sanos que se desperdigaran y se escondieran, ¿verdad?
—No —comentó Amanda—. No lo hice; y nadie de aquí dio tal orden.
—Entonces, ¿tal vez podría explicarme por qué se han ido todos?
—¿Desea un par de cientos de razones? —indicó Amanda—. Es el final del verano. Los hombres no están. Esta ciudad sólo es una abastecedora industrial y un centro gubernamental. ¿Quién, que sea joven, desearía estar todo el día aquí? Las mujeres jóvenes que viven en la ciudad se hallan en sus respectivas casas familiares de visita, donde tienen amigos y existe alguna vida social. Los pequeños y los niños fueron con sus madres. Los niños mayores se encuentran con grupos de acampada.
—¿Grupos de acampada?
—Grupos de ejercicios militares —contestó Amanda directamente y con sombrío humor, observándole—. Conocidos por el seudónimo de «deslizarse y arrastrarse». Este es un mundo donde la profesión habitual, una vez que se es adulto, es la de ser un soldado mercenario. De modo que esa es nuestra versión de las excursiones al campo. Resulta un buen ejercicio, los jóvenes obtienen puntos académicos para cuando regresan al colegio unas semanas después, y es una oportunidad para que se alejen de la supervisión adulta y estén solos, al aire libre.
Dow frunció el ceño.
—¿No hay supervisión de adultos?
—Poca —respondió Amanda—. Les acompaña un adulto por grupo..., al que llaman «Mayor», y sólo por si surge una emergencia; pero, en la mayoría de los casos, el grupo toma sus propias decisiones sobre los juegos a realizar junto a otros grupos de la misma zona, dónde acamparán y así sucesivamente.
—Estos niños —Dow todavía mantenía el ceño fruncido—, ¿van armados?
—¿Con armas de verdad? No nunca.
—¿Se les podría pasar por la cabeza alguna acción extraña sobre nuestras fuerzas de ocupación...?
—Comandante —dijo Amanda—, los niños Dorsai no tienen nociones extrañas acerca de las operaciones militares. No si su propósito es seguir siendo Dorsai de adultos.
—Ya veo —repuso Dow. Le sonrió despacio—. No obstante, creo que lo mejor será que les hagamos regresar junto con los adultos, de modo que podamos explicarles cuál es la situación y las cosas que les están permitidas. También hay un determinado número de su gente que resulta conspicua por su ausencia. Por ejemplo, ¿dónde se encuentran sus médicos?
—Aquí en el distrito Foralie sólo tenemos a un cirujano y a tres médicos —explicó Amanda—. La mayor parte del tiempo se encuentran de visita. En este momento les encontrará dispersos en vanas casas.
—Ya veo —repitió Dow—. Bien, creo que lo mejor será que también les llame, junto con cualquier otro adulto de la población que esté en condiciones físicas buenas.
—No —dijo Amanda.
Él la miró. Sus cejas se enarcaron.
—El valor, Amanda Morgan —recitó— es una cosa. La estupidez, otra bien distinta.
—Pero la tontería es la tontería, la encuentre en el lugar que sea —replicó Amanda—. Ya le dije que no podía intimidarme..., ni a nadie de la ciudad. Y usted necesitará a alguien de aquí para que trate con la gente del distrito en su lugar. Puedo hacer volver a los jóvenes si es necesario, y junto a ellos a todos los adultos de las casas cuyas presencias no sean necesarias. Si los médicos no están ocupados y pueden volver, también se lo puedo pedir. A cambio, quiero algunas cosas de usted.
—No creo que esté en posición de hacer tratos.
—Por supuesto que sí —confirmó Amanda—. Dejemos los juegos. Será mucho más fácil para usted si logra la cooperación de los civiles..., será mucho más rápido. Cualquier problema con la población significa gastos, en una situación en la que ya tiene que responder a la carga económica de unas tropas que han de ocupar todo un planeta..., incluso un mundo tan poco poblado como este. Y usted mismo comentó que una vez que atrapara a Cletus se marcharía sin dedicarnos ningún otro pensamiento.
—Eso no es exactamente lo que yo dije —corrigió Dow.
Amanda lanzó un bufido.
—De acuerdo —preguntó él—, ¿qué tenía en mente?
—Primero, ordene que sus tropas salgan de nuestra ciudad, a no ser que tenga pensado alojarlos en nuestras casas.
—Creo que usted ya vio el campamento que se está levantando más allá de las casas, a unas dos calles de distancia.
—De acuerdo —comentó Amanda—. Entonces, quiero que se mantengan fuera de la ciudad, a menos que algún asunto les requiera aquí. Cuando vengan, lo harán como visitantes, cuidando sus modales. No deseo que ninguno de sus oficiales, como ese brigadier suyo, intente imponer su autoridad. Nuestra gente no se verá sometida a ninguna autoridad ajena, de forma que podamos trabajar de nuevo como siempre..., y eso incluye que la factoría entre en funcionamiento de inmediato. Me di cuenta de que cortó su suministro de energía. ¿No comprende que tenemos contratos que cumplir..., contratos de artículos manufacturados con los que podemos comerciar con el resto del pueblo Dorsai a cambio de peces, grano y otros productos necesarios para nuestra subsistencia?
—Muy bien —aceptó Dow—. Supongo que podemos aceptar esos términos.
—No he acabado —siguió con rapidez Amanda—. Usted y el resto de sus tropas han de quedar confinados en su campamento. No quiero que distraigan y alarmen al distrito mientras yo voy en busca de los grupos y la gente de las casas. Me llevará, más o menos, una semana...
—No —repuso Dow—. Estableceremos patrullas en el acto; y yo mismo ocuparé la casa Foralie, junto con una escolta, en unas pocas horas.
—En ese caso... —empezó Amanda, pero esta vez fue Dow quien la interrumpió.
—En ese caso... —su voz sonó igual—, me obligará a que adopte el sistema más largo y difícil con su gente. No he hecho ningún trato con usted en las demás cosas que pidió. Tampoco lo hago ahora. Vaya y recupere su ciudad, abra la fábrica, y reúna sólo a aquellos que usted crea que pueden retornar sin peligro. Pero nuestras patrullas saldrán tan pronto como podamos prepararlas; y yo me marcharé hoy, tal como le he dicho. Ahora bien, ¿llegamos a un acuerdo?
Amanda asintió despacio.
—Sí —confirmó—. De acuerdo, será mejor que llame a sus oficiales. Yo también tendré que marcharme para recorrer personalmente el distrito, y me tomará aproximadamente una semana. Partiré en seguida, pero quiero presenciar el funcionamiento de la fábrica antes de alejarme de la ciudad. Supongo que tiene encerrado en su casa, como a todos los demás, a Jhanis Bins.
—Quienquiera que sea —repuso Dow—, se hallará en cuarentena domiciliaria, sí.
—Muy bien, yo le llamaré —dijo Amanda—. No obstante, deseo que su general Armorine le envíe a un oficial para que le lleve a salvo a la fábrica, por si acaso alguno de sus hombres no conoce nuestro acuerdo.
—Me parece correcto —aceptó Dow. Se acercó al escritorio y apretó la tecla del sistema de comunicaciones—. General, ¿podría usted y su personal regresar a estas oficinas?
—Sí, señor deCastries —contestó con rapidez la voz desde el altavoz de la pared.
Veinte minutos más tarde, Amanda llegó a la zona de aterrizaje en el mismo vehículo que la había recogido allí. Bajo la mirada de los dos hombres que había de guardia, la esperaba su deslizador.
—Gracias —le dijo al joven teniente que la acompañaba.
Descendió del coche, atravesó la plataforma y se subió al deslizador.
—Aguarde un momento —pidió el teniente.
Ella volvió la cabeza y lo vio de pie al lado del vehículo. La frente le brillaba por la transpiración.
—Usted tiene un arma ahí, señora —repuso—. Un minuto. Soldado..., ¡usted! —señaló a uno de los hombres que vigilaba la plataforma—. Recoja eso y tráigamelo.
—Teniente —interpuso Amanda—, este todavía es un planeta joven en el cual, y hasta hace una semana, se movían forajidos por las montañas. Todos llevamos armas.
—Lo siento, señora. He de examinarla. Soldado.
El hombre se acercó al deslizador, sacó la escopeta de su funda y le hizo un guiño.
—Tiene que vigilar a los peligrosos visitantes de otros mundos —comentó en voz baja.
Miró la escopeta, la volvió para inspeccionar el tambor y se rió entre dientes.
Llevó el arma al teniente, y pronunció algo que Amanda no pudo oír. El teniente también alzó la escopeta para mirar el tambor y después se la devolvió al soldado.
—Llévesela —le ordenó. Alzó la cabeza y le gritó a Amanda—. Tenga cuidado con eso, señora.
—Lo tendré —contestó Amanda.
Recibió el rifle, encendió el motor del deslizador y pasó por entre una hilera de árboles que rodeaba la plataforma.
Se encaminó río abajo por la ciudad. Mientras avanzaba, el repentino palpitar de los motores de la fábrica explotó en sus oídos. Sonrió, pero de súbito fue consciente del viento que le daba en la cara. Sudando, se preguntó, ¿a tu edad? Volcó la burla hacia adentro. ¿Qué era toda esa charla que le lanzaste a deCastries acerca de que habías superado el miedo?
Descendiendo un arco, dejó la ciudad y llegó al sendero del río cercano al vertedero. La fábrica funcionaba ruidosamente. No se veía ningún uniforme de la Coalición fuera del edificio, y la fachada que daba hacia ella carecía de ventanas. Detuvo el tiempo suficiente el deslizador como para regresar a los arbustos y recoger la pistola de energía que había colgado del árbol. Luego abordó otra vez el deslizador y se encaminó pendiente arriba, fuera de la ciudad.
Su mente mantenía un ritmo de pensamiento veloz. Dow había dado a entender que se encaminaría a la casa Foralie aquella misma tarde. Lo que significaba que Amanda tendría que ir allí de inmediato para llegar antes que él. Había esperado la oportunidad de arribar al anochecer, y tal vez dormir allí y ver cómo se encontraba Betta. Ahora se trataba de llegar y marcharse en el plazo de una hora como mucho. Y, lo que casi era más importante, ya fuera antes o después de ese viaje, debía alcanzar al grupo que se ocupaba del territorio por el que pasaría deCastries y su escolta.
¿Quién era el Mayor de ese grupo? Tantas cosas habían ocurrido ese día que tuvo que rebuscar en su memoria durante un rato antes de hallar el nombre de Ramón Dye. Bien. Ramón era uno de los mejores Mayores; y, aparte del hecho de que no tenía piernas, era fuerte como un toro.
Pensando intensamente, le dio la máxima velocidad al deslizador. Gastaría la ración normal de un mes en unos pocos días con el uso actual que hacía del vehículo; pero había una época de ahorro y otra de gasto. De sus dos elecciones, lo mejor sería que se pusiera en contacto con el grupo de Ramón primero, antes de ir a Foralie. El grupo de Ramón tendría que enviar mensajeros a los demás grupos, ya que incluso las señales visuales resultarían demasiado arriesgadas, porque con toda probabilidad las tropas de la Coalición en Foralie estarían equipadas con los últimos adelantos en equipo de vigilancia. Cuanto más tiempo les pudiera proporcionar a los mensajeros, mejor.
La determinación de Dow de establecer patrullas y de viajar de inmediato a Foralie en persona constituyó un golpe de mala suerte. Mala en dos aspectos. Las patrullas significaban que en todo momento habría tropas fuera de la zona limítrofe a la ciudad. Y hubiera sido mucho mejor tenerlos a todos concentrados en ella. Además, las patrullas significaban que, más tarde o más temprano, alguno de los soldados tendría que ser liquidado por los grupos..., pero eso, aunque había que asumirlo cuando surgiera, era mejor que lo dejara hasta entonces. Los jóvenes tendrían que cargar con un peso grande, y habían de hacerlo con la misma frialdad y capacidad de cálculo que un adulto, pues sin ellas no podrían tener éxito y sus vidas se perderían por nada.
Se recordó a sí misma que hasta el Medioevo los chicos de doce y catorce años eran alistados con regularidad en los ejércitos. Se daba por garantizada la presencia de marineros jóvenes en las armadas de los siglos dieciocho y diecinueve. No obstante, estos hechos históricos no la confortaban. Los niños que se enfrentarían a las armas de la Tierra serían niños que ella conocía desde el día de su nacimiento.
No podía permitir que se dieran cuenta de cómo se sentía. La fe que tenían en sus mayores, justificada o no, era algo a lo que necesitarían aferrarse con todas sus fuerzas por su propio bien.
Por fin llegó a una llanura en la montaña donde la hierba alcanzaba casi un metro de alto. La pradera apenas estaba separada de Foralie por una colina. Amanda giró su deslizador hacia la sombra de un grupo de árboles nativos cercanos al borde en que comenzaba la pendiente de la colina. En el terreno relativamente abierto debajo de esos árboles, escondió el vehículo y aguardó.
Transcurrieron veinte minutos hasta que su oído captó algo..., no se trataba de un sonido que perteneciera al mundo animal integrado en el paisaje, sino de sonido ajeno al ritmo natural de los ruidos que la rodeaban. Alzó la voz.
—¡Está bien! —llamó—. Tengo prisa. ¡Venid!
Emergieron cabezas por encima de la hierba; las más cercanas se hallaban a medio metro de ella, y las más lejanas hacia la mitad de la llanura. Se irguieron figuras; bronceadas, delgadas y con zapatos flexibles, pantalones bombachos sujetos alrededor de los tobillos y camisas de manga larga, ajustadas a la cintura, todo de un color neutro. Uno de los más altos, una muchacha de unos quince años, colocó dos dedos en su boca y silbó.
Un deslizador surgió por encima de la colina y bajó zumbando en dirección a Amanda, deteniéndose en el suelo delante de ella. Los miembros del grupo, cuyas edades oscilaban desde los ocho hasta los dieciséis años, ya se agrupaban a su alrededor.
Amanda aguardó hasta que se encontraron todos presentes, luego le hizo un gesto con la cabeza al piloto del otro deslizador y recorrió con la mirada el arco que formaban los rostros bronceados, de cabellos claros por el sol.
—Los invasores están aquí, en la ciudad de Foralie —les anunció—. Se trata de tropas de primera línea de la Coalición-Alianza, bajo el mando de un brigadier y su personal, y dirigidas por Dow deCastries.
Las caras le devolvieron la mirada en silencio. Los adultos habrían reaccionado emitiendo voces o gesticulando. Éstos simplemente la miraban con la misma expresión que habían mostrado antes; pero Amanda, que los conocía a todos, sentía el impacto que las noticias les producían.
—¿Se ha conseguido evacuar a todos? —preguntó el hombre del otro deslizador.
Amanda se volvió de nuevo hacia el Mayor. Acomodado en su deslizador, Ramón Dye habría obligado a que cualquier extraño mirara dos veces antes de darse cuenta de que debajo de sus caderas no había piernas. Sujetas visiblemente a la cabina de su vehículo, detrás suyo destacaban las dos piernas ortopédicas que normalmente utilizaba en la ciudad; pero fuera de ella, al igual que los miembros del grupo, sólo llevaba lo esencial. Su cuadrado rostro, bajo la mata de lacio cabello color castaño, la observó con preocupación.
—Todo el mundo ha sido evacuado excepto el que se supone que tiene que permanecer en la ciudad —contestó Amanda—. Menos Marte Haugsrud, que decidió quedarse con su abuela.
Todavía persistía el completo silencio en el círculo de rostros, aunque más de la mitad de ellos había crecido a tan sólo unos metros de la casa de Berthe. No es que no se preocuparan, se recordó Amanda: es que por instinto, como los animales pequeños, se mostraban insensibles al látigo del destino.
—Pero tenemos otras cosas de las que hablar —dijo..., y sintió cómo la emoción que había despertado en ellos con sus noticias se relajaba de inmediato ante la necesidad de atención que les exigía—. DeCastries ocupará Foralie con una escolta armada para esperar a Cletus; y también organizará patrullas de reconocimiento.
Los miró a todos.
—Quiero que designéis mensajeros que vayan hasta donde se encuentren los grupos más próximos —sólo corredores, ya que esas tropas estarán al acecho de cualquier señal que pueda grabarse— y que les digáis que, a su vez, envíen a más para extender la noticia. Hasta que recibáis más información mía, se dejará a todas las patrullas tranquilas: completamente, no importa lo que hagan. Vigilad las, descubrid todo lo que podáis de ellas, pero manteneos fuera de su vista. Transmitidlo a todas las casas igual que al resto de los grupos.
Se detuvo, mirando en derredor suyo, a la espera de preguntas. No se produjo ninguna.
—Cerré un acuerdo con deCastries en el que me comprometía a concentrar a todos los grupos y a los adultos de las casas en la Ciudad de Foralie, para que se les expusieran las reglas de la ocupación. Le comuniqué que me llevaría aproximadamente una semana reunidos. Ese es el tiempo del que disponemos.
—¿Y si Cletus no vuelve en una semana? —inquinó la muchacha que le había silbado a Ramón.
—Cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él —contestó Amanda—. Pero yo creo que si vendrá. Sin embargo, lo haga o no, aún nos queda un distrito por defender. Los mensajes de Arvid Johnson y Bill Athyer únicamente han de ser tomados en cuenta si provienen de alguien en quien vosotros confiéis personalmente..., transmitid también eso a todos los grupos y casas. Ahora me dirigiré a Foralie para informarles de la llegada de Dow. ¿Algún comentario?
—Betta todavía no ha tenido a la niña —le comunicó una voz joven.
—Gracias por decírmelo —comentó Amanda. Buscó en el círculo con la mirada, pero no fue capaz de identificar a quien había hablado—. Será mejor que nos centremos en los problemas actuales. Tengo un trabajo especial para vuestro mejor infiltrador..., a menos que alguno de los equipos más cercanos disponga de uno mejor que el vuestro. ¿Lo tienen?
Varias voces le expusieron de inmediato que no era así.
—¿A quién tenéis, entonces?
—A Lexy... —respondieron las voces.
Una niña de doce años y de pelo casi blanco, fue empujada hacia adelante y quedó destacada del grupo con el ceño un poco fruncido. Amanda la miró..., Alexandra Andrea, de la casa Tormai. Lexy, como los demás la llamaban, era ágil y delgada por derecho de juventud; no obstante, el porte de sus hombros cuadrados y su forma robusta se hacían ya evidentes. Por ninguna razón en particular, Amanda recordó de repente cómo su propio cabello, cuando sólo era una niña, había sido tan rubio que también parecía casi blanco.
Sus propios recuerdos le trajeron otra preocupación a la mente. Miró inquisitivamente a Lexy. Lo que sabía sobre ella incluía indicaciones acerca de sus deseos de independencia y de su gusto por los riesgos. Incluso ahora, claramente incómoda porque se la hubiera empujado hacia adelante, Lexy irradiaba una cierta impresión de truculencia y el reconocimiento propio de su capacidad. Vetas del carácter, pensó Amanda, recordando de nuevo su infancia, que también tendió a la ignorancia de las órdenes y a la asunción de riesgos.
—Necesito a alguien que se acerque a los acantonamientos que las tropas invasoras han erigido en la Ciudad de Foralie —comunicó en voz alta—. Alguien que pueda escuchar, que recoja información y que regrese a salvo. Prestad atención: he dicho a salvo.
Miró a Lexy a los ojos.
—¿Te gusta correr riesgos, Lexy? —le preguntó—. ¿Puedo confiar en ti para que entres y salgas sin aceptar riesgos innecesarios?
Se produjo un repentino coro de abucheos y risas desde el grupo.
—¡Envía a Tim con ella!
Lexy se ruborizó. Un muchacho espigado, de la edad de Lexy o, posiblemente, uno o dos años más joven que ella, fue impelido a la primera fila. Cerca de ella, parecía como una pluma al lado de una roca.
—Timothy Royce —reconoció Amanda, mirándole—. ¿Eres, Tim? ¿Estás preparado técnicamente?
—Es bueno —contestó Lexy—. Quiero decir, es mejor que el resto de estos elefantes.
—Lexy no se arriesgará si Tim está con ella —expuso la muchacha que había silbado.
Amanda buscó en vano su nombre en la memoria. A veces, cuando crecían de golpe, perdía la pista de quiénes eran; y la chica alta, a todos los efectos, ya era una adulta.
—¿Qué me respondes, Tim? —le preguntó Amanda al muchacho.
Tim dudó.
—Se asusta —explicó una voz joven.
—¡No es verdad! —Lexy se volvió a la multitud—. ¡Es precavido, eso es todo!
—No —dijo inesperadamente Tim—. Sí me asusto. Pero al lado de Lexy puedo hacer lo que desees.
Miró abiertamente a Amanda.
Amanda miró a Ramón.
—No puedo añadir nada más —repuso sacudiendo la cabeza—. Lexy es buena, y Tim es muy bueno..., y trabajan bien juntos. —Sus ojos súbitamente buscaron los de Amanda—. ¿Tiene que ser alguien de los grupos?
—¿Quién más hay?
—Entonces elige a uno de los mayores... —su voz se perdió.
Amanda miró de nuevo los rostros que la rodeaban.
—¿Qué opináis, grupo? —inquirió.
Se produjo un momento de extraño silencio y luego, la muchacha que había silbado —Reah Abo, el nombre saltó de repente en la mente de Amanda—, habló:
—Iría cualquiera de nosotros —señaló—. Pero Lexy es la mejor.
—Eso es todo, entonces —concluyó Amanda. Encendió el motor de su deslizador y lo elevó ligeramente del suelo—: Lexy, Tim..., me reuniré con vosotros esta noche, en la colina que se alza en la llanura norte de la ciudad. Todos vosotros..., tened cuidado. No dejéis que os vean las patrullas. Y mandad a esos corredores tan pronto como podáis.
Los dejó allí, y el círculo se abrió mientras ella ascendía ruidosamente por encima de la colina. La casa Foralie se extendía en un pequeño espacio llano a un par de cientos de metros al frente, sobre una elevación del terreno desde la que se ofrecía una excelente vista de la región que alcanzaba incluso hasta la misma ciudad.
Detrás de la larga y baja casa de madera, podía verse el enorme e intrincado gimnasio rodeado de una falsa jungla que Cletus había hecho construir en Casa-Grahame y que luego, cuando se casó con Melissa, trasladó hasta aquí. Este complicado montaje le ayudó a recuperarse físicamente una vez realizada la operación en su rodilla, pero no había ningún motivo para que evocara en ella algún sentimiento en particular. Sin embargo ahora, viendo su compleja estructura al proyectar su sombra sobre el techo de la larga casa de madera, sintió de súbito —casi como si palpara su frío metal con las manos— las sinuosas y complicadas realidades que harían que Dow y Cletus tuvieran su enfrentamiento final bajo aquella sombra.
Hizo bajar el deslizador hasta la casa. Melissa, junto a la alta figura con mostacho de Hachan Khan a su lado, salió a la puerta principal; estaban de pie, esperándola, cuando detuvo el deslizador delante de ellos y lo posó en el suelo.
—Betta se encuentra bien, Amanda —le dijo Melissa—. A la espera. ¿Qué ocurre?
—Las fuerzas de ocupación se encuentran en la Ciudad de Foralie.
—Lo sabemos —repuso Hachan Khan con su tono de voz británico y contenido—. Con el telescopio que tenemos instalado en el techo les vimos aterrizar.
—Dow deCastries se halla con ellos —les comunicó Amanda mientras salía del deslizador—. Va detrás de Cletus, por supuesto. Planea venir de inmediato aquí, a Foralie. Tal vez esté pisándome los talones...
El suelo bajo sus pies pareció moverse de forma súbita. Descubrió que Hachan Khan la sostenía.
—¡Amanda! —exclamó Melissa, sujetándola por el otro lado—. ¿Cuándo comiste por última vez?
—No recuer... —notó que las palabras le salían con dificultad.
Le temblaron las rodillas y sintió que estaba a punto de desmayarse. Una furia lejana la invadió. Esta era la característica de la vejez que más le irritaba. Descansada y bien alimentada, podía enfrentarse con deCastries. Pero si dejaba transcurrir un período de tiempo relativamente largo sin haber comido ni reposado, se convertía en otra anciana frágil más.
Su siguiente momento de consciencia fue cuando la acomodaron en un sofá del salón de Foralie con una almohada bajo su espalda. Melissa la ayudaba a beber un té caliente y dulce mezclado con el ardiente sabor del whisky Dorsai. Su cabeza comenzó a aclararse. Cuando vació la taza, vio un plato con sándwiches delicadamente preparados por Eachan Khan sobre la mesa de café dispuesta al lado del sillón. Había olvidado lo deliciosos que podían ser.
—Cuéntanos el resto de las noticias —le pidió Eachan cuando acabó de comer—. ¿Qué te ocurrió hoy?
Se lo contó.
—... He de admitir, Eachan —concluyó mirando al general de espalda erguida—, que no me agradó demasiado que Cletus te pidiera que permanecieras aquí sin hacer nada..., y aún menos que tú aceptaras. Sin embargo, creo que lo entiendo mejor desde que vi a deCastries en persona. Si alguno de ellos ha de sospechar el modo en que nos defenderemos, será él, no sus oficiales. Y lo que más puede ayudar a no despertar su duda, es tenerte aquí cruzado de brazos, cuidando de tu casa en sus mismas narices mientras él aguarda la llegada de Cletus. Conoce tu reputación militar.
—Yo no diría cruzado de brazos —repuso Eachan—. Pero estás en lo cierto. Cletus tiene la costumbre de analizar todas las variantes.
—Además del hecho... —Amanda sostuvo su mirada— de que si me ocurriera algo a mí, tú todavía estarías aquí para hacerte cargo de la situación.
—Depende de las circunstancias. —A pesar de ellas —afirmó Amanda.
—Por supuesto —repuso Hachan—. Es evidente que, si me encontrara desocupado, y se me necesitara, yo estaría disponible.
—Sí... —Amanda se detuvo de repente—. ¡He de marcharme de aquí! —Se sentó súbitamente en el sofá y deslizó las piernas al suelo.— DeCastries y su escolta están a punto de llegar. Sólo quería pasar por aquí a informaros...
Se incorporó, pero el mareo se adueñó de ella con el movimiento repentino, por lo que, inesperadamente, se sentó otra vez.
—Amanda, sé razonable. No puedes marcharte a ninguna parte hasta que hayas descansado unas horas —explicó Melissa. —Os lo repito, deCastries...
—¿Dijo que vendría hoy? No lo creo —intervino Eachan. Se volvió para mirarle, sus ojos mostraban una mirada casi furiosa.
—¿Qué te hace estar tan seguro?
—Pues que no es un soldado. Es brillante, claro..., por Dios que sí, es muy brillante. Pero no es un soldado. Eso significa que se encuentra en las manos de sus oficiales. Son el típico ejemplo terrestre, que aún piensa en términos de movimiento de unidades grandes. Quizá envíen patrullas, bien entrado el día, pero no soltarán a Dow. —¿Y si él simplemente les ordena que lo dejen en paz? —exigió Amanda.
—Lo harían, sin duda; no obstante, no todo el mundo podría estar presente, los vehículos no estarían preparados, cuando todo se hallara dispuesto para ser cargado, antes del anochecer; e incluso Dow reconocería el peligro de adentrarse en territorio desconocido de noche.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —le preguntó Melissa a su padre.
—Ese brigadier pensará en su futuro. Preferirá que Dow se enfade por no haber salido a tiempo que enviar a alguien como Dow al peligro y ser el oficial responsable de tal acción. Ya ha transcurrido más de la mitad del día. Si Dow y su escolta se ven hostigados, aunque no sea más que durante unas pocas horas, por algunos nativos de cerebro de pollito —así es como pensará el brigadier—, pueden acabar atrapados, incapaces de moverse, a la intemperie en la oscuridad. En una tierra extraña, de noche, y con un peligroso perímetro abierto en el cual pernocta una presa política tan importante como Dow. No, no..., no vendrá, como mínimo, hasta mañana por la mañana.
Eachan miró a Amanda con la cabeza inclinada.
—Aunque si quieres —prosiguió—, Melissa y yo nos turnaremos para vigilar con el telescopio. Si algo sale de Foralie, lo veremos; y para cuando nos aseguremos de que avanza en esta dirección, aún nos quedarán dos horas antes de que arribe a la velocidad media de cualquier columna. Duerme un poco, Amanda. Te llamaremos si surge la necesidad de que te marches.
Amanda cedió. Tumbada sobre una de las grandes camas de uno de los amplios y aireados dormitorios de Foralie, con las cortinas cerradas a la luz, cayó en un profundo sueño del que despertó, así se lo pareció, a los pocos minutos. Pero, parpadeando para quitarse la modorra del sueño, observó que detrás de las cortinas echadas ahora había oscuridad, y en derredor suyo toda la habitación se hallaba sumergida en una sombra más profunda que la que había cuando se durmió.
—¿Qué hora es? —gritó mientras se quitaba la única manta que la cubría.
No obtuvo respuesta. Se sentó en el borde de la cama y se obligó a despertarse por completo, luego se puso de pie y salió al pasillo, donde las luces artificiales ya estaban encendidas.
—¿Qué hora es? —repitió al llegar a la cocina.
Tanto Eachan Khan como Melissa alzaron la vista de la mesa al tiempo que Melissa se incorporaba.
—Dos horas después de la puesta del sol —respondió. Pero Amanda ya había posado los ojos en el reloj de pared del otro extremo del cuarto, que mostraba las 21:10—. Siéntate, Amanda. Querrás algo de té.
—No —dijo Amanda—. Debía encontrarme con dos de los jóvenes del grupo local justo encima de la Ciudad de Foralie antes del anochecer...
—Lo sabemos —comentó Eachan—. Enviaron a un corredor del grupo cuando vieron que no aparecías. Los dos muchachos a los que te refieres fueron a investigar acompañados de Ramón. Tiene la información que deseas.
—He de ir a reunirme con ellos.
—Amanda... ¡siéntate! —exclamó Melissa desde la cocina—. El té estará listo en un minuto.
—No quiero té —replicó Amanda.
—Claro que sí —insistió Melissa.
Por supuesto que lo deseaba. Era otra de las debilidades propias de su edad. Casi podía saborear el té anticipadamente, y su cuerpo aún pesado por el sueño lo anhelaba porque la ayudaría a despertarse. Se sentó a la mesa enfrente de Eachan.
—Bonita vigilancia habéis mantenido —comentó.
—No ha salido nadie de la Ciudad de Foralie en esta dirección antes del anochecer —repuso Eachan—. Como ya he dicho, no emprenderán el viaje con Dow de noche. De modo que entré de nuevo en la casa. Puedes quedarte toda la noche aquí si lo deseas.
—No, he de ir al punto de encuentro; y me queda mucho territorio por cubrir... —se calló cuando Melissa colocó una humeante taza delante de ella—. Gracias, Melissa.
—¿Por qué no te quedas toda la noche? —le pidió Melissa, sentándose de nuevo en su sitio—. Betta ya se ha dormido, aunque podrías verla por la mañana...
—No. Tengo que marcharme.
Melissa miró a su padre.
—¿Papá?
—No —coincidió Eachan—. Creo que quizá tiene razón. ¿Volverás para la noche siguiente, Amanda?
—No. No sé dónde estaré.
—Si cambias de parecer —indicó Melissa—, lo único que has de hacer es llegar hasta la puerta y tocar el timbre. No tengo ni que decírtelo.
Amanda dejó la casa Foralie media hora más tarde. La luna, que la noche anterior había sido llena, comenzaba a menguar, pero ciertas nubes dispersas amortiguaban la brillante iluminación con la que había despertado poco antes. Avanzó con el deslizador a toda velocidad rumbo al punto de encuentro que había estipulado con Lexy y Tim. Unos cien metros antes de llegar, halló el deslizador de Ramón vacío; dejó el suyo al lado. No se veía a nadie. Ramón no podía andar sin sus piernas ortopédicas, aunque sí arrastrarse por la tierra con las mismas dificultades que cualquier adulto. Amanda iba a emprender el ascenso hacia la colina, agachada, de modo que ningún instrumento del acantonamiento de abajo la detectara, cuando un ruido en las sombras le indicó que se acercaba gente. Unos instantes después, Ramón, Lexy y Tim se erguían del suelo a poca distancia de ella.
—Lo siento —se disculpó Amanda—. Tenía que haber llegado mucho antes.
—No era necesario —adujo Ramón.
Sus poderosos brazos le alzaron hasta su propio deslizador y allí se sentó.
—Sí que lo era —negó Amanda—. Estos dos no pudieron comenzar su misión hasta que no se tranquilizó el ambiente...
—No bajaron hasta que no fue noche cerrada —explicó Ramón—, hasta que no salieron todas las patrullas y se cerró la fábrica. La gente de la ciudad estaba en sus casas y las tropas en su campamento. Tim permaneció más allá del perímetro y Lexy se acercó justo a la primera línea de barracas, lo suficientemente cerca como para poder escuchar lo que hablaban, pero con el espacio necesario para el caso de que tuviera que huir.
Amanda trasladó su atención a Lexy.
—¿De qué hablaban?
—De cosas corrientes —explicó Lexy—. De los oficiales, del equipo, y de cuánto tiempo permanecerían aquí hasta regresar a casa. La típica conversación de los soldados fuera de servicio.
—¿Comentaron algo sobre el momento en que deCastries se dirigirá a Foralie?
—Sí, eso ocurrirá a primera hora de la mañana. Tardaron en preparar la marcha, por lo que no pudieron salir hoy —comentó Lexy—. No tienen muy buena opinión militar de nuestra gente, aunque ninguno tenía ganas de emprender el viaje una vez oscureció.
—¿Qué opinan de sus oficiales?
—No sé mucho. Hay un mayor que le cae bien a todos, pero no pertenece al personal del general. Marcan bien la diferencia entre los soldados y los oficiales.
—Ahora podéis ver por vosotros mismos cómo son las cosas con las tropas del Viejo Mundo —les comentó Ramón a los dos jóvenes.
—De todas formas, es un modo bastante estúpido de comportarse en territorio hostil —señaló Lexy—. Poseen un buen parque de vehículos ligeros. Aunque no son blindados. Los han equipado con armas livianas y pistolas. Te podría haber traído uno de sus rifles de aguja...
—Oh, ¿de verdad?
Hubo un breve silencio en la oscuridad que traicionó el reconocimiento del desliz Lexy.
—Todas las barracas estaban vacías. Lo único que hice fue espiar en la última de la fila —explicó Lexy—. Estos soldados terrestres..., son peores que los elefantes. Podría haber entrado, robarles las pertenencias y ellos ni se habrían enterado.
La luna surgió tras una nube que la ocultaba, y bajo la pálida luz Amanda pudo ver el rostro de Lexy..., tenía la boca firmemente cerrada.
—Ramón —inquirió Amanda—, ¿no les diste la orden específica de que no se adentraran en la zona acantonada?
—Lo siento, Amanda —repuso Ramón—. No insistí en ello.
—Lexy, en ningún momento, presente o futuro, te meterás tú, o cualquier otro, más allá de la línea exterior de las barracas—, la exasperación se apoderó de ella—. ¡Y no te encrespes! Si te molesta alguna orden, intenta guardarlo en tu interior.
Otra nube ocultó la luna. La voz de Lexy surgió de forma inesperada de la oscuridad.
—¿Por qué?
—Primero, porque probablemente una hora después desearías haberlo hecho. Segundo, porque debes aprender a no desafiar por costumbre. Nadie es tan bueno. Controla tus impulsos hasta que sepas lo que puede suceder cuando actúes.
Silencio en la oscuridad. Amanda se preguntó si Lexy estaba archivando la información que acababa de recibir para ser eliminada, o —quizá— para guardarla como referencia futura.
—Bueno —habló Amanda—. ¿Algo más? ¿Tenéis alguna información sobre sus planes? ¿Se sabe si Cletus se halla camino de Dorsai?
—No —contestó Lexy—. Comentaron la posibilidad de un traslado masivo de todos nosotros una vez que Cletus fuera juzgado en la Tierra. Incluso mencionaron algo de cambiar el nombre de nuestro planeta. Eso no tiene sentido.
Amanda respiró profundamente.
—Me temo que sí —repuso.
—¿Amanda? —era Ramón el que preguntaba—. Creo que no te comprendo.
—DeCastries trató de darme la impresión de que toda esta invasión fue planeada sólo para arrestar a Cletus y conducirle de regreso a la Tierra para ser juzgado. Le hice creer que lo aceptaba. No obstante, sus planes tienen mayor alcance si miramos todos los gastos que han asumido con esta campaña. Lo que en realidad desean es enterrar a los Dorsai..., y a todo aquel con uniforme que lleve ese nombre. Está claro que lo que han planeado es utilizar el juicio de Cletus como una forma de despertar el sentimiento de la población terrestre. Luego, con todo el apoyo del público, podrán conseguir los fondos que necesiten para desperdigar a nuestra gente por los mundos, darle a este planeta un nombre nuevo y cedérselo a colonizadores elegidos a tal efecto.
Amanda pensó durante un momento, mientras la luna seguía jugando al escondite con las nubes.
—Después de todo, será mejor que vuelva a Foralie esta noche —prosiguió—. Eachan tiene que saber esto, para el caso de que tenga que hacerse cargo de la situación. Lexy..., ¿alguna otra cosa?
—Nada, Amanda, de verdad. Sólo escuché conversaciones entre soldados fuera de servicio.
—De acuerdo. Quiero que continuéis vuestra escucha..., pero únicamente por la noche, una vez que el acantonamiento se haya dormido. Ramón, ¿te encargarás tú de ello? Y asegúrate de que ni Lexy ni nadie más penetra en el campamento. Sólo pueden hacerlo hasta un poco más allá de las líneas de vigilancia, si van con cautela. Pero nunca, repito, nunca, dentro de las calles del acantonamiento; y jamás en las barracas. Es preciso tener en cuenta algo más que tu propio riesgo personal, Lexy. Lo que está en juego es todo nuestro mundo y nosotros mismos.
Silencio.
—Muy bien, Amanda, nos ocuparemos de ellos —replicó Ramón—. Si descubrimos algo más, te lo comunicaremos.
—Lo importante —comentó Amanda—, es que me hagáis saber si se tiene alguna noticia del regreso de Cletus. Bien. Os veré mañana por la noche.
Elevó su deslizador con la mínima energía para que el sonido de sus motores no fuera detectado y se dirigió en dirección a Foralie. ¿Había sido injustamente dura con Lexy? El pensamiento dominó su mente de forma libre. Ya resultaba familiar en aquellos días; Betta, Melissa, Lexy..., aparecieron en su interior. ¿Hasta dónde estaba justificado esperar que ellas reaccionaran a su manera? ¿Hasta qué punto era correcto desear que una futura Amanda actuara como lo haría ella?
No obtuvo ninguna respuesta fácil. En apariencia era injusto. Ella era injusta. Por otro lado, sin embargo, se acumulaban los hechos ineludibles. Existía la necesidad de que alguien, por lo menos, reaccionara como ella; y en realidad lo que les pedía no era sino lo que la experiencia le había enseñado que la vida requería de ellas.
Se obligó a descartar una vez más, de momento, el problema no resuelto; y se concentró en las obligaciones actuales.
A media mañana del siguiente día, se encontraba oculta entre la alta hierba de una loma y observaba la marcha de la escolta de Dow deCastries, avanzando a través de los pliegues de las colinas hacia Foralie. A su alrededor, estaban los miembros del grupo de Ramón. La columna militar consistía en lo que parecían dos pelotones de soldados al mando de cuatro oficiales y del mismo Dow; se deslizaban sobre el terreno en vehículos de colchones de aire que llevaban montados en su carrocería, menos el de Dow, rifles pesados de energía. Los coches marchaban con la lentitud de la prudencia, acompañados, en los flancos y en la vanguardia, por deslizadores.
—Arribarán a Foralie en unos veinte minutos —susurró Ramón al oído de Amanda— ¿Cómo haremos para que los corredores lleguen antes y puedan avisar a Eachan y a Melissa?
—No enviaremos a nadie —repuso Amanda—. Eachan vendrá a ti si necesita entrar en contacto con nosotros. O tal vez lo haga Melissa. De cualquier modo, deja que ellos lo arreglen. Si lo hacen, diles que yo he ido a echarle una ojeada a la situación general del distrito. Tengo que saber qué están haciendo las demás patrullas de vigilancia.
Esperó hasta que el convoy desapareció por detrás de la colina hacia la que se dirigía, y luego bajó por la pequeña pendiente que tenía a su espalda, donde había escondido su deslizador.
—¿Dispones de energía máxima? —inquirió Ramón, mirando al aparato.
—La suficiente para que me dure una semana —replicó Amanda—. Te veré esta noche en las afueras del acantonamiento.
No dejó de moverse de un lado a otro durante el resto del día. Tal como le comentara a Dow, parecía verdad que le llevaría casi una semana abarcar todas las casas del distrito de Foralie. Sin embargo, para lo que tenía en mente, no le hacía falta llamar a cada finca, ya que poseía una red de comunicaciones que la mantenía en contacto con la gente de los grupos y las casas. Sólo debía llamar a las pocas casas con las que era preciso mantener un contacto personal, como las del personal médico o la de Tosca Aras, inválido en su hogar e inmovilizado por la edad y por una pierna rota. Tosca, al igual que Eachan, poseía una experimentada mente táctica a la que los demás podían recurrir en caso de que a ella le ocurriera algo.
De cualquier forma, su principal interés radicaba en las patrullas que Dow había dispersado por toda la zona. Eachan, que vigilaba con su telescopio instalado en el techo de Foralie, informó que dos habían salido la noche pasada, y que otras cuatro habían partido a recorrer el distrito, en diferentes direcciones, esa misma mañana. En cada caso, parecían seguir una trayectoria que les llevaría a ciertas casas, en un recorrido en el que habrían de invertir veinticuatro horas y que, al final, les traería de vuelta a la Ciudad de Foralie y a su campamento.
—No parece que busquen problemas —le comentó Myron Lee, Mayor de uno de los grupos, a Amanda, mientras se agazapaban detrás de un arbusto y espiaban a una de estas patrullas. Myron, delgado hasta el extremo de parecer demacrado, que debería rondar los cincuenta años, apenas era más fuerte que Amanda. No obstante, irradiaba la imagen de una energía inconquistable—. Por otro lado, tampoco han salido pertrechados como si no fueran a encontrarlos.
La patrulla a la que vigilaban, como todas las que había observado Amanda, consistía en un único pelotón al mando de un solo oficial. Sin embargo, los soldados iban en vehículos de transporte personal y en deslizadores, igual que la escolta de Dow; pero, en este caso, cada coche tenía emplazado un rifle de alta energía, mientras que los soldados que los flanqueaban, y aquellos que iban en los deslizadores, portaban rifles de agujas y pistolas.
—¿Qué hacen al llegar a las casas? —preguntó Amanda. —Graban los nombres y la imagen de la gente que las habita; también filman la casa. Una especie de censo —contestó Myron.
Amanda asintió. Había obtenido la misma respuesta cada vez que preguntaba sobre las actividades de las otras patrullas. No era un procedimiento militar inusual recopilar datos sobre la gente y los edificios de la zona en la que estuviera acampada una fuerza de ocupación...; sin embargo, el método particular de la investigación parecía implicar que la gente y las casas que inspeccionaban, pudieran ser tomadas, en algún futuro próximo, a la fuerza.
Al anochecer, se hallaba de nuevo detrás de la colina que daba a la llanura en la que estaba emplazado el acantonamiento. Cuando llegó, la esperaban Lexy, Tim y Ramón. Juntos, aguardaron un poco más mientras oscurecía del todo. Esta noche, las nubes eran todavía más densas; y cuando desapareció el último destello de luz, no pudieron verse ni siquiera a la distancia en la que se hallaban unos de otros.
—Adelante —indicó Amanda a los dos jóvenes—. Recordad: lo que más me interesa es conocer alguna noticia sobre Cletus o sobre lo que está ocurriendo en la ciudad.
Escuchó un leve oscilar de la hierba y quedó a solas con Ramón.
Pasado un poco más de una hora, regresaron los dos miembros del grupo.
—No sucede gran cosa —informó Lexy—. No se sabe nada sobre la llegada de Cletus. A ellos también les gustaría saber cuánto tiempo van a permanecer aquí y qué van a hacer. Lo único que comentan de la ciudad es lo aburrida que resulta...; se preguntan cómo será si tienen que entrar en ella. Saben que no existe ningún lugar donde se pueda beber algo o divertirse un poco. Mencionaron también que una anciana estaba enferma, pero no dijeron quién era.
—Berthe Haugsrud es la mayor —comentó la voz de Ramón en la oscuridad.
Amanda dio un bufido.
—A su edad —repuso—, cualquiera que sobrepase los treinta años es viejo. De acuerdo, mañana por la noche nos volveremos a reunir aquí y lo intentaremos de nuevo.
Los dejó y se dirigió describiendo un arco hacia el este, a la casa de Aras, para verificar si el único médico del distrito, el Dr. Ekram Bayar, al que habían visto allí, tenía noticias de que alguien estuviera enfermo.
—Se marchó a Foralie —le comunicó la pequeña hija de Tosca Aras—. Llamó Melissa para decir que Betta iba a tener al niño. Ekram comentó que no esperaba que hubiera problemas, pero, al estar más cerca que el resto del personal médico, quería ir en persona. No obstante, luego regresará aquí. ¿Quieres telefonearle?
Amanda dudó.
—No —repuso—. Me he mantenido incomunicada para que los aparatos de detección que instalaron en la zona acordonada no pudieran detectarme. Esperaré un rato contigo. Si no vuelve pronto, podrías llamar tú en mi lugar y averiguar cómo van las cosas. —Deberías dormir un poco —sugirió Mene. —No, tengo mucho que hacer —contestó Amanda. No obstante, acabó por dar una cabezada. Mene la despertó por el intercomunicador una hora y media después; se dirigió al salón de los Aras, donde encontró a Tosca levantado, con la pierna rota apoyada sobre un almohadón, y a Mene y Akram que le acompañaban tomando una copa antes de la cena.
—¡Amanda! —exclamó Mene—. Lo de Betta fue una falsa alarma.
—¡Vaya! —Amanda buscó una silla y se dejó caer pesadamente—. ¿Han remitido los dolores?
—Incluso antes de que llegara Ekram.
Amanda miró al médico, un hombre vigoroso, de piel cetrina y unos treinta años, con una gran mata negra de cabello lacio y un poblado bigote.
—Posiblemente no me necesite —le explicó a Amanda—. Creo que va a tener uno de los partos más fáciles de la historia del distrito.
—Pero no puedes estar seguro —comentó Amanda.
—Claro que no —dijo él—. Sólo te doy mi opinión.
De repente, se dio cuenta de que Ekram, al igual que ella y el resto de la población, había estado sometida a una gran presión psíquica desde que la invasión se convirtió en realidad. Vio que Tosca alargaba un brazo hacia ella.
—Toma —dijo. Le ofrecía una copa.
—¿Qué es? ¿Whisky? Tosca, yo no puedo...
—No irás a ninguna parte esta noche —repuso—. Bébetelo. —Observó que todos tenían una copa en la mano. Tosca añadió—: Luego cenaremos.
—De acuerdo.
Cogió la copa y bebió con cautela. Tosca había diluido el licor puro con la suficiente agua como para que ella lo pudiera beber con comodidad. Miró por encima del vaso al médico.
—Ekram —dijo—, algunos de los chicos han realizado misiones de espionaje en el campamento. Me informaron que los soldados hablaban de alguien, se refirieron a una mujer mayor, que estaba enferma en la ciudad...
—Berthe —depositó la copa sobre la mesita que había delante del sillón, con el rostro repentinamente grave—. Debería ir a verla.
—No —comentó Tosca.
—Si vas allí, quizá no te dejen salir de nuevo —explicó Amanda—. Seguro que disponen de médicos militares.
—Sí. Tienen a un cirujano, un teniente coronel..., creo que más para el beneficio de este Dow deCastries que para las tropas —indicó Ekram—. He hablado con él por radio. Es una especie de delegado militar. Parece buena persona; me dijo que, cuando yo no estuviera en la ciudad, él se encargaría de atender a la gente. Claro está que espera que yo me encuentre disponible la mayor parte del tiempo.
—¿Le dijiste que estabas ocupado aquí?
—Oh, sí —Ekram mordisqueó un extremo de su bigote, algo que casi nunca hacía—. Le expliqué que como la mayoría de las madres de los jóvenes se encontraban ahora en el campo...
—¿Lo aceptó sin más? —cortó Amanda.
—¿Si lo aceptó? Claro que sí. Espero que te des cuenta, Amanda... —la miró con dureza—, de que mi trabajo no es ignorar a la gente.
—¿Y a quién estás dejando de lado? ¿A Betta? Le dijiste la verdad. Aquí tienes pacientes que necesitan tus cuidados.
—Sí —acordó él.
Sin embargo, su mirada era dura. Se apartó de ella y fue hacia la chimenea apagada que había en el otro extremo del salón; en silencio, bebió un pequeño sorbo de su copa.
—Tendré la cena preparada en unos minutos —comentó Mene, abandonando la habitación.
Durante la cena, el estado de ánimo de Ekram mejoró. No obstante, a la mañana siguiente el teléfono empezó a sonar con llamadas de otras casas, que pasaban la noticia de que otra gente que aún vivía en la ciudad, íes había comunicado la noticia de dos o tres casos más de personas mayores que se hallaban enfermas.
—Ninguna de las personas que, supuestamente, están enfermas, ha llamado —señaló Mene mientras desayunaban.
—Claro que no, jamás lo harían. Son nobles..., ¡sí, malditamente nobles! Todos vosotros. Lo siento, Amanda...—se volvió con rigidez hacia ella—. Iré a la ciudad.
—De acuerdo —aceptó.
La intención de Amanda era marcharse inmediatamente; sin embargo, se quedó más tiempo, por el temor de que Ekram tomara esa decisión. Tendrían, en efecto, que darles algo. Pero no tenían por qué darles todo.
—De acuerdo —repitió—. No obstante, no te irás hasta que anochezca. Hasta que las actividades del día hayan cesado.
—No —repuso Ekram—. Me voy ahora.
—Ekram —indicó Amanda—, tu deber debe proyectarse hacia todos. No sólo hacia los que están en la ciudad. Quizá todavía no se haya presentado la verdadera emergencia en la que te necesitemos. Eres nuestro único médico; y, antes de que esta situación termine, tal vez necesitemos el equivalente de un hospital de campo.
—Tiene razón —confirmó Tosca.
—¡Maldita sea! —exclamó Ekram. Se puso de pie, colocó la silla de nuevo en su lugar de un golpe y abandonó la cocina—. ¡Maldito sea todo este asunto!
—Por supuesto, es difícil para él —comentó Tosca—. Pero no tienes que preocuparte, Amanda.
—Muy bien —aceptó Amanda—. Será mejor que me vaya. Pasó el día rastreando patrullas. En uno o dos casos, cuando ya recorrían por tercera vez una misma zona, descubrieron que la mayoría de los soldados que componían cierta patrulla, eran los mismos que habían realizado el primer recorrido...; no sólo lo confirmó con sus ojos, sino con los más agudos de los miembros del equipo, que habían estado espiando a los diferentes destacamentos. Los escudriñó de cerca a través de un telescopio, con el propósito de descubrir alguna señal de distracción o rutina en la realización de sus tareas; pero fue incapaz de distinguir ninguna.
Tuvo mucho más éxito, con la ayuda de los miembros del grupo, en identificar los patrones de comportamiento que comenzaban a desarrollar en las rutas que tenían encomendadas. Su aproximación a cualquier casa, empezaba, por ejemplo, a ser rutinaria. Era la mejor pista que ofrecida por los soldados acerca de la opinión que tenían sobre la peligrosidad de los que aún vivían en el distrito de Foralie. Durante un instante, se preguntó cómo estarían funcionando los planes defensivos contra sus invasores particulares en los demás distritos de los cantones de Dorsai. Algunos tendrían mayor éxito con las tropas de la Tierra, otros, menos...; pero aquello era inherente a la situación y a la naturaleza de las cosas.
Envió a las casas el mensaje de que, siempre que fuera posible, hicieran y dijeran lo mismo cada vez que les visitaran las patrullas, para aumentar la tendencia de estos contactos a la costumbre y, as!, anticiparlos.
Ya era media tarde cuando un corredor llegó con un mensaje para ella que se había pasado de casa en casa, encubierto como una simple charla de vecinos.
—Ekram se ha marchado a la ciudad —le comunicó. El corredor, un joven de catorce años, la miró con los mismos ojos azules de la familia D'Aurois.
—¿Por qué? —preguntó Amanda—. ¿Te explicó las razones quien te pasó el mensaje?
—Al parecer se encontraba en la casa de los Kiempii cuando recibió una llamada del médico militar —repuso el muchacho—. El otro doctor estaba preocupado y quería identificar la causa de que la gente enfermara.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo lo que transmitió Reiko Kiempii, Amanda.
—Gracias —dijo ella.
—... A excepción de lo último, que se refería a que Betta aún no había dado a luz.
—Gracias —repitió Amanda.
Se hallaba a una hora de deslizador de la casa de los Kiempii; que, a su vez, no estaba muy lejos de la colina en la que había quedado otra vez para reunirse con Lexy, Tim y Ramón con el fin de observar la llanura en la que se encontraban emplazadas las barracas del campamento.
Cuando llegó, Reiko, que había recibido la notificación de que Amanda iba a verla, la esperaba fuera. Amanda detuvo el deslizador y habló sin salir del vehículo cara a cara con la alta, apacible y bronceada mujer joven.
—La llamada primero la dirigieron a Foralie —explicó Reiko—, pero él ya había salido. Por fin, le localizaron aquí, hará unas dos horas.
—Entonces, no sabes lo que le dijo el médico militar, ¿verdad?.
—Lo único que comentó Ekram era que tenía que bajar a la ciudad, que ya no podía dejárselo todo al otro médico.
Amanda miró lúgubremente a la hija de Maru Kiempii.
—Faltan tres horas para que anochezca —comentó— y para que yo pueda enviar a Lexy a espiar las conversaciones del campamento.
—Come algo. Descansa —sugirió Reiko.
—Supongo que será lo mejor.
Amanda nunca había tenido menos apetito ni menos deseo de descansar que en aquel momento. Sentía que los acontecimientos estaban precipitándose hasta el punto de la explosión, del mismo modo que había sentido cómo las olas del Atlántico, en las duras playas de su infancia, iban formando una sola ola, gigantesca, que, al romper, salpicaba hasta las altas rocas en la que ella solía situarse No obstante, era necesario que comiera y descansara; había tenido un día largo y, posiblemente, le esperara una noche también larga.
Poco antes del anochecer, dejó la casa de los Kiempii, y llegó al punto de encuentro con Lexy, Tim y Ramón antes de que cayera la oscuridad total. Las nubes eran densas y el aire que les rodeaba estaba impregnado de la humedad de la tormenta inminente.
—¿Se encuentra Ekram todavía en la ciudad? —preguntó.
—Sí —repuso Ramón—. Hemos establecido un cordón que rodea toda la zona, justo más allá del límite establecido por las tropas situadas alrededor de la ciudad. En todo el día no ha salido nadie, salvo las patrullas. Si Ekram se marchara, nos enteraríamos tan pronto como lo hiciera.
—Bien —dijo Amanda—. Lexy, Tim, tened mucho cuidado. En una noche como esta, tal vez sus centinelas disparen primero y pregunten después. Y lo mismo puede ocurrir con los soldados de la zona interior del acantonamiento.
—De acuerdo —repuso Lexy.
Se marcharon. Amanda no ofreció conversación, y Ramón no la molestó con preguntas. Ahora que se hallaba en la escena de la acción real, comenzó a sentir la fatiga del día, a pesar del descanso en la casa de los Kiempii; sentada en su deslizador, durmió ligeramente.
Se despertó cuando le tocaron el brazo.
—Vuelven —comentó la voz de Ramón en su oído.
Se irguió, entumecida, y trató de quitarse la pesada oscuridad de los ojos. Casi la rodeaba con su solidez. Lo único visible era el contorno de la colina a unos treinta metros, que se perfilaba contra el cielo nublado. Las nubes se hallaban lo suficientemente bajas como para reflejar el leve resplandor proveniente de las luces de la ciudad y del campamento.
—Amanda, oímos algo sobre Cletus... —era la voz de Lexy, pegada a sus pies. No podía distinguir a ninguno de los jóvenes.
—¿Qué escuchasteis?
—Bueno, no se trata exactamente del mismo Cletus... —intervino Tim.
—Se puede decir que sí —interrumpió Lexy—. Han recibido un mensaje de una de las naves de transporte que tienen en órbita. Captó la señal de una nave que cambiaba de fase justo en las afueras de nuestro sistema. Creen que se trata de Cletus. Si ese fuera el caso, han calculado que en unos pocos cambios de fase más, entrará en órbita alrededor de nuestro planeta; y, como mucho, piensan que descenderá a los terrenos de Foralie a primera hora de la tarde de mañana.
—¿Comentaron algo acerca de intentar arrestarlo en órbita?
—No —contestó Lexy.
—¿Esperas que lo hagan, Amanda? —inquirió Ramón.
—No —replicó ella—. Él viene por decisión propia, de modo que lo que más les conviene es dejar que entre por sí mismo en la trampa antes de cerrarla. De todos modos, una vez que se encuentre en órbita, su nave no podrá escapar sin que las suyas puedan destruirla. Pero, seguro que desean cogerlo vivo para montar el juicio en la Tierra; así podrán conseguir que nos deporten a todos y separarnos. De modo que no espero que hagan nada hasta que haya aterrizado. Sin embargo, siempre hay órdenes que se interpretan mal y comandantes que saltan de inmediato.
—Mañana por la tarde —musitó Ramón—. Se acerca el momento decisivo.
—Sí —corroboró Amanda lúgubremente—. Lexy, ¿qué más?
—Un montón de gente en la ciudad está enferma... —la voz de Lexy sonó más apagada de lo normal, como si ya se hubiera dado cuenta de hacia dónde iba a desembocar esta situación, con personas involucradas que ella había conocido durante toda su vida—. Los dos doctores están a tope de trabajo.
—¿Y los soldados? ¿Hay alguno enfermo?
—Sí, muchos —contestó Lexy—. Solo esta noche, había una larga fila que esperaba ver al médico.
Amanda se volvió hacia la dirección en la que había escuchado la voz de Ramón y le habló al .invisible Mayor.
—Ramón —dijo—, ¿durante cuántas horas permaneció Ekram en la ciudad esta tarde?
—No más de dos.
—Tenemos que sacarlo de ahí... —su tono de voz delató el hecho de que hablaba para sí misma, y no a los otros tres; nadie le respondió. —Quiero conocer el momento exacto en que se marche —prosiguió Amanda—. Si no ha salido para la mañana... Será mejor que pase la noche aquí.
—Si quieres trasladarte hasta la siguiente colina, te podemos construir un refugio —ofreció Ramón—. Lo alzaremos encima de ti y el deslizador, de modo que puedas extraer calor de su sistema. De esa forma, puede que te encuentres cómoda y logres dormir algo.
Amanda asintió, luego recordó que no podían verla.
—Perfecto —comentó.
Una vez en el refugio, con el respaldo del asiento del conductor echado hacia atrás y los almohadones de los demás asientos alineados para formar una cama, Amanda se tumbó a pensar. Habían cortado unas ramas, que se clavaron en la tierra alrededor del deslizador, para formar la estructura. Se hundían ligeramente bajo el peso de las hojas que la cubrían; por ello lo habían impermeabilizado con el plástico que cubría el suelo del deslizador. A pesar del agradable calor que llenaba el refugio, proveniente de la fuente de energía del vehículo a potencia mínima, el leve peso de su vieja chaqueta extendida sobre sus hombros le brindó confort.
Sentía una extraña tristeza y soledad. Las preocupaciones del momento se vieron relegadas y se perdieron entre sus recuerdos personales. Pensó una vez más en Jimtny, su primer hijo —el abuelo de Betta—, a quien ella había amado más que a sus otros hijos, aunque ninguno lo llegó a saber jamás. Jimmy, por quien ella había velado en su infancia y edad adulta, a través de su larga vida y sus tres matrimonios, y a quien trajo aquí con ella para fundar una casa. Él era el Morgan del que todos los ap Morgan habían recibido el nombre. Vivió sesenta y cuatro años, a lo largo de los cuales fue un buen hombre y un buen padre...; sin embargo, durante todos esos años ella le había mantenido las riendas firmes.
No fue por culpa de él. Siendo un bebé de seis meses, le fue arrebatado..., robado legalmente por la familia de su padre una vez que éste murió, después de haber estado casados menos de un año y medio. Luchó durante cuatro años, de manera literal y legal, hasta que pudo vencer a sus suegros y éstos se vieron obligados a concederle sus derechos de visita; entonces, ella lo raptó igualmente y se marchó hacia el nuevo mundo, orientado a la tecnología, de Newton. Allí, se casó otra vez, y le dio al muchacho un hogar y un padre.
No obstante, cuando por fin pudo recuperarlo, ya había sido dañado. Tumbada aquí, en el refugio alzado en las colmas Dorsai, se enfrentó una vez más al hecho de que quizá aquello no fuera únicamente culpa de sus suegros. Quizá se tratara de algo genético en su propia ascendencia o en la de su primer marido. Fuera lo que fuere, había perdido a un niño feliz y sano, y recuperado un muchacho con repentinos y casi psicóticos arranques de cólera y constantes errores de juicio.
Pero ella lo había guiado, lo había protegido y controlado..., manteniéndole siempre a su lado y haciendo que, a lo largo de los años, llevara una vida feliz y llegara a una muerte apacible. Sólo que... a un precio muy elevado. Ya que nunca, durante todo ese tiempo, pudo permitirse la libertad de decirle cuánto le quería. El rigor que tuvo que mantener, su férrea autoridad, habían constituido el control emocional que a él le hacía falta y del que carecía. En su lecho de muerte, en el amplio dormitorio de Fal Morgan, ella se sintió desgarrada por el deseo de hacerle saber lo que siempre había sentido. Sin embargo, el conocimiento del egoísmo que representaba ese deseo, la ayudó a mantener el silencio. Si le explicaba con palabras el papel que ella había interpretado para él a lo largo de todos esos años, le habría arrebatado el orgullo que él sentía por la vida que había tenido, pues habría resaltado el hecho de que sin ella, él jamás se hubiera mantenido de pie.
Así que, presenció cómo que él se marchaba cumpliendo su papel hasta el final. Poco antes de morir, él intentó decirle algo. Casi podía interpretarse como un mensaje; y un pequeño rincón de su mente se aferró a la idea de que ahí, en el postrer instante, él había estado a punto de comunicarle que lo comprendía, que siempre lo había hecho, que sabía cuánto le quería.
Ahora, en la oscuridad del refugio, Amanda, como nunca antes, estuvo a punto de rebelarse contra lo que fuera que gobernara el universo. ¿Por qué la vida siempre le había impuesto que fuera la encargada de establecer la disciplina, su ejecutora, como estaba haciendo ahora una vez más? Con la mejilla apoyada contra el áspero cuero del almohadón del asiento, escuchó la respuesta en su propia mente..., se debía al hecho de que ella haría el trabajo; mientras que otros, no.
Era demasiado vieja para las lágrimas, así que se fue quedando dormida sin percibir la ola que se la llevó, con los ojos secos.
Un crujido, el sonido al ser apartadas las ramas que la envolvían por completo, la despertó en el acto. Una luz grisácea se filtraba por el plástico del refugio y se escuchaba el ruido de la lluvia rebotando en la cubierta.
—Amanda... —dijo Ramón, arrastrándose al interior del refugio.
Apenas había sitio suficiente para que él se acuclillara al lado del deslizador. Su rostro, bajo un poncho impermeable, se hallaba a la misma altura que el de ella.
Ella se sentó.
—¿Qué hora es?
—Las nueve. Ha amanecido hace casi tres horas. Ekram todavía está en la ciudad. Pensé que querrías que te despertáramos.
—Gracias.
—El general Amorine, el brigadier al mando de las tropas, ha estado llamando a todas las Casas. Desea que vayas a hablar con él.
—Eso puede esperar. Doce horas —comentó Amanda—. ¿Cómo he podido dormir doce horas? ¿Han salido las patrullas? ¿Qué aspecto tenían los soldados que las componían?
—Un poco torpes. Todo el mundo marcha encorvado..., con uniformes de lluvia, claro. No ofrecían un aspecto muy feliz. Me han dicho los miembros del grupo que algunos tosían.
—¿Alguna noticia de las Casas..., alguna noticia que hayan recibido de la ciudad?
—Ekram y el médico militar permanecieron despiertos toda la noche.
—Tenemos que sacarlo de ahí... —Amanda se interrumpió, corrigiéndose—. Tengo que sacarle de ahí. ¿Qué tiempo se espera para el resto del día?
—Debería despejarse hacia la tarde. Luego, se espera que sea frío, ventoso y claro.
—¿Dispondremos de buena visibilidad para cuando arribe Cletus?
—En principio, sí.
—Bien. Transmite que quiero que se vigile a las patrullas todo el tiempo. Si puedes, comunícame cuántos soldados se ponen enfermos o son relevados del servicio. También mantén la vigilancia sobre la escolta de Dow, en Foralie. Con toda probabilidad, estarán en buena condición física; pero, no nos hará ningún daño comprobarlo. En el momento que llegue Cletus, ordena que los cuatro grupos más próximos a Foralie se dirijan hacia allí y se unan al tuyo. Rodea por completo la zona..., ¿qué es eso?
Ramón acababa de depositar un termo y una pequeña caja metálica sobre la superficie del deslizador.
—Té y un poco de comida —replicó—. La envió Mene.
—No soy una inválida.
—No, Amanda —repuso Ramón, retirándose por la abertura del refugio sobre manos y rodillas.
Una vez fuera, colocó las ramas en su sitio para sellar la entrada que había abierto. A solas, con la mente ocupada, Amanda bebió el té caliente y saboreó el también caliente guiso y las galletas que halló en la caja de metal. Cuando acabó, se incorporó y se puso su impermeable, desmanteló el refugio y dejó una vez más al deslizador en su estado original. El viento soplaba a ráfagas, llevando alguna que otra llovizna ocasional. Elevó el deslizador y lo condujo hasta la ladera de la pequeña colina, donde la figura de Ramón vigilaba con un telescopio el acantonamiento y la ciudad.
—He cambiado de idea sobre el oficial al mando —le expuso Amanda—. Iré a hablar con él...
Una ráfaga de viento y lluvia hizo que inclinara la cabeza.
—¿Amanda? —Ramón la miraba con el ceño fruncido—. ¿Y si no te deja volver a salir?
—Me dejará —dijo Amanda—. Pero, consiga conectar o no con vosotros, los grupos han de estar preparados para caer sobre la escolta de deCastries y todas las tropas que envíen contra Cletus, una vez que éste llegue a Foralie. Así como ellos lo quieren para juzgarlo, nosotros lo queremos a salvo, y también queremos a deCastries, vivo..., no muerto. Si los demás distritos no consigue liberarse, tendremos algo con lo que poder hacer un trato. Cletus sabrá cómo utilizar a deCastries.
—Si no pudiéramos contar contigo y ya fuera la hora de atacar, ¿aguardamos a Eachan para que tome el mando?
—Sólo si crees que disponéis de tiempo..., tú y los otros Mayores. Pero si la hora se os echara encima, no lo dudéis. Actuad según vuestro criterio.
Ramón asintió.
—Te buscaré por aquí cuando regrese —dijo Amanda y elevó el deslizador, conduciéndolo en un arco por detrás de la protección de la colina, para aproximarse a la ciudad desde el extremo opuesto, por el lado que quedaba río abajo.
Se detuvo detrás de una colina para ocultar su pistola y, luego, se dirigió hacia el camino del río, donde encontró a un centinela con uniforme de lluvia de la Coalición-Alianza, a unos quinientos metros más allá de la fábrica. Encaró el deslizador directamente hacia él y lo detuvo a unos doce metros de su puesto. Mientras se aproximaba, le apuntó con su rifle de agujas.
—Saque esa arma de su funda, señora —ordenó, señalando con un gesto a la vieja escopeta—, y démela... con la culata hacia mí.
Ella obedeció.
Acomodó el rifle de agujas en un brazo para coger la pesada escopeta con las dos manos. La contempló, la alzó para inspeccionar el cañón y, luego, se la devolvió.
—Como arma no tiene mucha utilidad, señora.
—¿No? —Amanda, que había recuperado la escopeta, la hizo girar de forma horizontal hasta que el cañón se apoyó en el casco del vehículo, entre ella y el portaequipajes, sobre la unidad de energía—. ¿Y si decido apretar el gatillo ahora?
Vio que el rostro de él empalidecía, en una mezcla de incredulidad y sobresalto.
—No pensó en ello, ¿verdad? —prosiguió Amanda—. Los perdigones podrían añadir la suficiente energía cinética al núcleo de energía como para hacer que explotara, y nosotros con él. Luego, en su aparcamiento de vehículos se produciría tal reacción en cadena que destrozaría todo el parque motorizado de su ejército. ¿Pensó en ello? —Él la miró un momento más y su rostro se recuperó—. Tal vez ahora decida que es mejor requisarla, ¿no es cierto?
—No —contestó él—. No creo que vaya a suicidarse, aunque le permitiéramos acercarse lo suficiente a nuestro aparcamiento..., lo que no sucederá. —Tosió—. ¿Qué la trae a la ciudad, señora?
—Soy Amanda Morgan, alcaldesa de la Ciudad de Foralie —replicó ella—. Eso es lo que me trae aquí. Y, además, su comandante ha pedido verme. ¿Acaso no le dieron una descripción mía?
—Sí —repuso él. Tosió de nuevo, bajó el rifle y se secó con el dorso de la mano sobre la mejilla parte de la humedad que había goteado de la capucha de su impermeable. Su rostro era ¡oven y delgado—. Tiene que dirigirse directamente a su despacho.
—Entonces, ¿a qué viene toda esta tontería?
El suspiró.
—Órdenes, señora.
—¡Órdenes! —le escudriñó—. No tiene buen aspecto.
Sacudió la cabeza. —No es nada grave, señora.
Ella elevó el deslizador y pasó delante de él. El ruido de la fábrica se hizo más sonoro. Detuvo el vehículo justo enfrente de sus puertas deslizantes, tentada de mirar en su interior para comprobar si Jhanis Bins seguía ante los mandos de control. El vertedero de la ciudad aun parecía más desagradable que de costumbre. Los restos de níquel, que Jhanis vaciara hacía unos días, formaban unos hoyos que, ahora, aparecían llenos en parte por la lluvia y que, bajo este día gris, tenían un tinte amarillento. Cambió de parecer acerca de comprobar si Jhanis se encontraba en su puesto de trabajo. Quedaba poco tiempo. Tocó la barra de control del deslizador y se dirigió a la ciudad, sintiendo el viento húmedo en su cuello.
Las calles se hallaban vacías. En un callejón, detrás de la casa de Marie Dureaux, vio un deslizador aparcado que reconoció como el de Ekram. Lo dejó atrás, y se encaminó más allá del ayuntamiento, hasta la entrada de la zona de acantonamiento, donde de nuevo la detuvieron; esta vez dos centinelas.
—Su general quería verme —dijo después de identificarse. —Si espera un momento mientras le llamamos, señora... Un instante después, le permitieron el acceso al edificio de la comandancia, que era cuatro veces mayor que las barracas, aunque del mismo material plástico. Una vez más la detuvieron unos centinelas, y luego la escoltaron a un despacho en el que por todo mobiliario había un escritorio y dos sillas: la que se encontraba enfrente tenía todo el aspecto de ser menos cómoda.
—Si tiene la amabilidad de sentarse —le dijo el sargento que la había escoltado al despacho.
Se sentó y esperó durante unos diez minutos. Entonces entró un mayor, portando una carpeta con películas de archivo, que introdujo en su visor de mesa; activó el primero.
—¿Amanda Morgan? —inquirió, alzando los ojos del visor, que estaba en su dirección y que ella no podía ver.
—Así es —repuso Amanda—. Y usted es el mayor...
Él vaciló.
—El mayor Suel —contestó, pasados unos segundos—. Ahora bien, con respecto a la situación en la ciudad y en el distrito...
—Un momento, mayor —interrumpió Amanda—. He venido aquí para hablar con su general.
—Está ocupado. Puede hablar conmigo. Volviendo a la situación...
Se detuvo. Amanda ya estaba de pie.
—Puede decirle a su general de mi parte, que no tengo tiempo que perder. La próxima vez, que me busque él a mí —Amanda se volvió hacia la puerta.
—Aguarde un minuto... —escuchó el ruido producido por la silla del mayor al echarla hacia atrás—. ¡Sólo un minuto!
—Ningún minuto —sentenció Amanda—. Se me pidió que viniera a hablar con el general Amorine. Si no se encuentra disponible, yo estoy muy ocupada para esperarle.
Extendió la mano hacia la puerta.
No se abrió.
—Mayor —dijo, girando la cabeza para mirarle por encima del hombro—, abra la puerta.
—Regrese y siéntese —dijo él de pie detrás del escritorio—. Podrá marcharse después de que hayamos hablado. Estamos en una base militar...
De nuevo se detuvo. Amanda había retornado al escritorio, y lo rodeó para mirar por el visor. Presionó la tecla del interfono y el documento que había en él se desvaneció para mostrar la cara del sargento que la había escoltado.
—Señor... —el sargento, confundido, se interrumpió cuando vio a Amanda.
—Sargento —dijo Amanda—, comuníqueme de inmediato con Dow deCastries en la Casa Foralie.
—¡Cancele eso! —exclamó el mayor—. Sargento..., cancele esa llamada.
Desconectó el interfono y se dirigió a la puerta.
—¡Espere! —le espetó a Amanda y atravesó la puerta.
Amanda le siguió, pero, una vez más, descubrió que estaba cerrada. Volvió hasta su silla y se sentó. Menos de cinco minutos más tarde, el mayor regresó; tenía la piel del rostro tensa. Evitó mirarla directamente a la cara.
—Si es tan amable, sígame —invitó, manteniendo la puerta abierta.
—Gracias, mayor.
La guió hasta un despacho más grande y cómodo, que tenía un ventanal que la lluvia estaba azotando. Había un escritorio en una esquina; sin embargo, el resto del mobiliario consistía en sillones mullidos, con la única excepción de una silla de respaldo recto situada delante de la mesa. Amanda fue conducida hasta ella.
El general Amorine, que se hallaba de pie ante la ventana, se dirigió al sillón que había detrás del escritorio.
—He tratado de ponerme en contacto con usted durante dos días —comentó.
—Y yo he estado ocupada realizando lo que le prometí a Dow deCastries —repuso ella—. Sigo ocupada en ello; este viaje para verle a usted me está retrasando.
Él la miró con el rostro rígido. Un arranque súbito de tos se apoderó de su garganta.
—Alcaldesa —dijo cuando dejó de toser—, no se encuentra en posición de presionar.
—General, no le estoy presionando. Es usted quien lo hace. —Yo soy el oficial al mando de las fuerzas de ocupación —explicó—. Es mi deber presionar cuando las cosas no funcionan. —Se detuvo, como si fuera a toser de nuevo, pero no lo hizo. Una ráfaga de lluvia chocó con violencia contra la ventana justo en el momento en que se produjo ese breve silencio entre los dos. Amanda esperó—. He dicho —repitió—, que misión mía presionar cuando las cosas no funcionan.
—Le he oído —comentó Amanda.
—Y no están funcionando ahora —repuso Amorine—. No están funcionando como yo querría. Deseamos un censo de este distrito y toda la información pertinente..., y sin demoras.
—No ha habido ninguna demora.
—Yo pienso que sí.
Amanda se le quedó mirando.
—Sé que así ha sido —dijo Amorine.
—¿Por ejemplo?
La miró durante vanos segundos sin pronunciar palabra.
—¿Cuánto tiempo —preguntó— ha transcurrido desde que abandonó la Tierra?
—Unos setenta años —replicó Amanda.
—Eso pensé —dijo—. Después de tanto tiempo de permanencia aquí, en los mundos nuevos, ustedes olvidan cómo es la Tierra. En los planetas inhóspitos, rodeados de grandes extensiones de terreno y muy poca gente, incluso en sus centros de población más grandes, ustedes tienden a olvidar.
—¿El caos y la sobrepoblación?
—¡La gente y el poder! —exclamó duramente..., y un nuevo ataque de tos le interrumpió. Se limpió la boca—. Cuando aquí ustedes piensan en términos de gente, piensan en miles..., millones, como mucho, y abarcando el planeta entero. Sin embargo, en la Tierra, esos mismos números se cuentan por miles de millones. Ustedes hablan de industria y piensan en unos pocos cientos de miles de metros cuadrados dedicados a la manufactura en todo el planeta. En la Tierra, ese espacio se mide en trillones de metros cuadrados. Ustedes hablan de usar unos pocos millones de kilovatios hora de energía. ¿Sabe cómo se cuentan los kilovatios hora empleados en producir energía para la Tierra?
—¿Y con eso, qué? —preguntó Amanda.
—Con eso... —tosió—. Con eso, quiero demostrarles cómo ustedes olvidan la diferencia. Aquí, en setenta años, han olvidado cómo es de verdad la Tierra, en términos de riqueza y fuerza; y empiezan a creer que pueden enfrentarse a ella. El poder más grande que jamás conoció la especie humana se cierne sobre ustedes como un gigante, y se permiten soñar con que pueden luchar contra ese poder.
—Entren en nuestro patio, y podremos luchar contra ustedes —comentó Amanda—. General, ahora se encuentran muy lejos de sus millones y trillones.
—No —repuso Amorine, y lo dijo sin toser y sin acalorarse—, En eso consiste, precisamente, su autoengaño. La Tierra, siempre que lo desee, dispone del poder para suficiente para barrer cualquier planeta colonizado por el hombre. Cuando la Tierra se mueva, cuando decida moverse, ustedes desaparecerán. Y su gente, desaparecerá para siempre. Se ahorrará a sí misma y a todas las personas a las que ama muchos problemas si puede despertar de su ilusión y enfrentarse a los hechos tal como son. —La miró. Ella le devolvió la mirada—. Usted, todos ustedes, en la práctica es como si ya no estuvieran —prosiguió—. De momento, aún les queda su ciudad, sus hogares, y su propio nombre; no obstante, todas esas cosas desaparecerán. Usted misma, en su vejez, va a ser trasladada a otro lugar, a un sitio que no conoce, para morir entre extraños..., y todo porque ha sido lo suficientemente estúpida como para olvidar lo que es la Tierra.
Se detuvo. Ella permaneció inmóvil, en silencio.
—No existe el indulto ni hay posibilidades de elección —continuó él—. Lo que le digo es sólo para su información. Nuestros políticos todavía no lo han anunciado... pero, Dorsai ya es un planeta olvidado; y todos sus habitantes serán pronto dispersados entre los demás planetas habitados. Para usted, y únicamente para usted, tengo una oferta, que, repito, sólo para usted, hará que todo resulte más fácil.
Esperó; sin embargo, ella no hizo siquiera ademán de replicarle.
—No están cooperando con nuestras fuerzas de ocupación —comentó—. No me importa la opinión que tenga de usted el señor deCastries. Yo lo sé. Reconozco la falta de cooperación cuando me la encuentro. Sería un inepto en mi puesto si no fuera así. Tenga en cuenta que no nos hace falta contar con ella, aunque admito que ayudaría. Ahorraría papeleos, esfuerzos y explicaciones. De modo que, lo que voy a ofrecerle, es esto: coopere y le prometo a usted que los pocos años que le queden de vida, podrá vivirlos aquí, en su mundo. Tendrá que presenciar cómo se traslada a toda la población; no obstante, usted no se verá obligada a acabar sus días entre extraños. —Se detuvo—. Sin embargo, ha de contestarme ahora —añadió—, o perderá, definitivamente, la oportunidad. Conteste que sí ahora, y todo seguirá su marcha normal o, de lo contrario, perderá la posibilidad. ¿Bien?
—General —replicó Amanda—. Le he escuchado. Escúcheme a mí ahora. Usted es el que sueña. No somos nosotros los que ya estamos muertos..., es usted y sus hombres. Ya han sido derrotados.
Sólo que no lo saben aún.
—Señora Morgan —intervino Amorine con vehemencia—, es usted una tonta. No hay manera de que puedan derrotar a la Tierra.
—Sí —comentó Amanda lúgubremente. Otra ráfaga de lluvia azotó la ventana, que vibró, como si en ella repiquetearan los dedos de los niños muertos—. Créame, la hay.
El general se incorporó.
—Muy bien —dijo—. Lo he intentado. A partir de este momento, lo haremos a nuestra manera. Puede marcharse.
Amanda también se puso de pie.
—Una última cosa —comentó—. Quiero ver a Cletus cuando aterrice.
—¿Cletus? ¿Se refiere a Cletus Grahame? —Amorine la contempló—. ¿Qué le hace creer que piensa aterrizar aquí?
—No diga tonterías, general —repuso Amanda—. Usted sabe, al igual que yo, que lo hará a primera hora de la tarde.
—¿Quién se lo ha dicho?
—Todo el mundo está al corriente de eso.
La observó con ojos furiosos.
—¡Maldición! —exclamó en voz baja—. No, no puede ver a Grahame..., ni ahora ni en el futuro.
—Debo informar a la gente de que se encuentra bien y de si está de acuerdo en permanecer bajo su custodia —explicó Amanda—. ¿O prefiere que el distrito se levante en armas de forma espontánea?
La miró con odio. Comenzó a toser otra vez. Cuando remitió el ataque, asintió.
—Aterrizará, aproximadamente, en una hora. ¿Le asigno un sitio donde pueda esperar?
—Si es dentro de una hora, me dirigiré a la ciudad a hacer algunas cosas. ¿Puede notificarlo en el espaciopuerto para que sus soldados me dejen pasar?
De nuevo asintió.
—Pregunte por el teniente Estrange —dijo.
Ella se marchó.
Ya en la ciudad, vio que el deslizador de Ekram se hallaba todavía aparcado detrás de la casa de Marie Dureaux. Estacionó el suyo al lado y entró en la cocina por la puerta trasera. Ekram se hallaba ahí; estaba lavándose las manos en la pila. Cuando escuchó el ruido de alguien que entraba, miró por encima del hombro.
—¿Y Marie? —preguntó Amanda.
—Marie ha muerto. —Volvió a concentrarse en la pila.
—Y tú todavía estás en la ciudad.
Terminó de lavarse y se giró hacia ella, secándose las manos con un trapo de la cocina.
—Berthe Haugsrud ha muerto —dijo—. Bhaktabahadur Rais también. Quince más se encuentran moribundos. La joven Marte Haugsrud se halla enferma. En el acantonamiento han muerto cinco soldados, treinta más están muriendo y la mayoría de los que se encuentran enfermos.
—De modo que tiene que marcharse —repuso ella.
—¿Marcharme? ¿Cómo puedo marcharme? Su oficial médico sabe que algo está ocurriendo. Y no puede hacer nada al respecto. Sería un idiota absolutamente incompetente si no lo supiera, en especial desde que han comenzado a recibir informes de las restantes unidades de ocupación —no de muchas, aunque con unas pocas basta—, donde está sucediendo lo mismo. Lo único que les ha mantenido los ojos vendados es el hecho de que primero atacara a nuestra gente. Si me marcho ahora... —Se interrumpió. Tenía el rostro demacrado por el cansancio; necesitaba un afeitado.
—Se marcha —insistió Amanda—. Es una orden.
—¡Al infierno con las órdenes!
—Cletus va a aterrizar en una hora. Usted ya ha dispuesto de tres horas de luz diurna en la ciudad. Y en tres horas más, tendremos una guerra abierta. Lárguese de aquí, retírese a las colinas, y prepárese para atender a los heridos.
—Los jóvenes... —se tambaleó ligeramente—. Jóvenes, jóvenes con pistolas...
—¿Se marchará? —Sí —su voz sonó apagada.
Salió, sumamente rígido al pasar a su lado, por la puerta de la cocina. Amanda le siguió, vio cómo se subía a su deslizador, con los movimientos lentos propios del cansancio, lo ponía en marcha y se dirigía fuera de la ciudad.
Luego, entró de nuevo en la casa para ver si había algo que pudiera hacer por los restos de Marie. Pero, no había nada que hacer. Se marchó, encaminándose a la casa de los Haugsrud para comprobar si podía llevarse a Marte con ella fuera de la ciudad, ahora que Berthe estaba muerta. Sin embargo, las puertas se encontraban cerradas y Marte se negó a contestar, a pesar de que Amanda pudo verla a través de una ventana, sentada en un sillón del salón. Amanda intentó diversas formas de entrar por la fuerza, pero el tiempo comenzaba a escasear. Por fin, dio media vuelta y se dirigió hacia la pista de aterrizaje.
Casi llega con retraso. Cuando logró ponerse en contacto con el teniente Estrange y se le permitió el paso a la pista, un transbordador, con el emblema solar de los Exóticos grabado en el fuselaje, ya había aterrizado; Cletus estaba bajando a la plataforma. Una fila de vehículos y una escolta armada ya le esperaban.
Portaba una pistola, que se le requisó; luego, fue conducido hacia el segundo de los vehículos aparcados.
—¡He de hablar con él! —exclamó Amanda con fiereza, dirigiéndose a Estrange—. ¿No le dieron órdenes de que podía hablar con él?
—Sí. Por favor..., aguarde un minuto. Espere aquí.
El teniente se adelantó y habló con el coronel a cargo de la operación. Después de una breve discusión, Estrange regresó a buscar a Amanda.
—Si es tan amable de venir conmigo —la condujo hasta Cletus que ya se hallaba sentado en el interior del coche.
—¡Amanda! —Cletus miró por la ventanilla abierta—. ¿Se encuentra todo el mundo bien?
—Perfectamente —repuso Amanda—. He asumido el puesto de Alcalde que me cedió Piers.
—Bien —comentó Cletus con un deje de urgencia. Su abierto y delgado rostro parecía un poco más flaco que cuando ella lo viera por última vez, y surcado por unas arrugas más acentuadas sin duda debidas a la tensión—. Me alegro de que seas tú. ¿Le dirás a todo el mundo que permanezca tranquilo? No quiero que nadie se excite y haga algo raro. Los soldados de ocupación se han comportado correctamente, ¿verdad?
—Oh, sí —contestó Amanda.
—Bien. Pensé que así lo harían. Entonces, dejaré todo en tus manos. Me llevan a Casa Grahame..., quiero decir, a Foralie. Parece ser que Dow deCastries ya se encuentra allí; estoy seguro de que una vez que hable con él, arreglaremos toda esta situación. De modo que lo único que tiene que hacer todo el mundo es permanecer tranquilo durante uno o dos días, y las cosas se solucionarán. ¿Te encargarás de que el distrito lo comprenda?
Por el rabillo del ojo, Amanda pudo ver las expresiones de desprecio creciente en las caras de los oficiales de la Coalición que oían la conversación.
—Me ocuparé de ello, Cletus. —Sé que lo harás. Oh..., ¿cómo se encuentra Betta? —La verás cuando llegues a Foralie —replicó Amanda—. En cualquier momento dará a luz.
—Bien. Bien. Dile que vi a su hermano David hace unos días, y que está perfectamente. No..., aguarda. Se lo comunicaré yo mismo, ya que la veré antes que tú. Pronto hablaremos, Amanda.
—Sí, Cletus —corroboró Amanda, apartándose del coche. El convoy se puso en marcha.
—¿Y ese es el genio militar que tienen? —oyó que uno de los soldados le murmuraba a otro mientras ella regresaba con Estrange.
Cinco minutos más tarde, se alejaba del cordón de centinelas que rodeaba la ciudad; y veinte minutos después, habiendo realizado una sola parada para recoger su pistola, estaba al lado de Ramón, que se hallaba en el interior de su propio deslizador y contemplaba, oculto, el avance más lento del convoy que se dirigía hacia Foralie.
—Que todos los grupos disponibles ocupen su posición alrededor de Foralie antes de que ellos arriben —dijo—. Pero, cuando aparezcan, que los dejen pasar. Hemos de permitirles que se reúnan primero con Dow. Luego atacaremos.
—La mayoría de los hombres que componen el convoy están enfermos —le informó Ramón.
—Sí —repuso Amanda, a medias para sí misma—. Sin embargo, los que han permanecido todo el tiempo con Dow se encuentran en perfectas condiciones. Se trata de tropas experimentadas; si no los reducimos en los primeros minutos, nos va a costar... —Tal vez no —comentó Ramón. Ella le observó. —¿Qué quieres decir?
—Que quizá no todos los que están en Foralie se encuentren bien. No he tenido ocasión de decírtelo, pero, una patrulla llegó hoy temprano y permaneció en la casa unas dos horas. Quizá hicieran un relevo de tropas.
—No es muy factible —Amanda frunció el ceño—. Dow es su personaje más importante. ¿Por qué habrían de relevar a las tropas sanas que le protegen, y reemplazarlas por los enfermos, sólo para tener más soldados aptos en la ciudad?
—Tal vez tengan una razón que nosotros desconocemos. Amanda sacudió la cabeza.
—No lo creo —señaló—. De hecho, hasta que no me confirmen que se produjo ese intercambio en Foralie, no lo creeré. Proseguiremos nuestro plan bajo la presunción de que las tropas emplazadas allí se encuentran en perfecto estado, y que la única ventaja de la que disponemos, es la sorpresa. Cletus, bendito sea, nos ha ayudado en todo lo que ha estado a su alcance. Hizo todo lo posible para acallar sus suspicacias en la ciudad.
—¿Sí? —Ramón la miró—. ¿Qué hizo?
Amanda le narró lo que había dicho Cletus desde el coche militar para que pudieran oírlo los soldados allí presentes. El rostro de Ramón se tornó pensativo.
—Sin embargo, quizá hablaba en serio cuando dijo que no hiciéramos nada... —La voz se le cortó ante la expresión que apareció en la cara de Amanda.
—¿Si un gallo se te acercara y graznara como un pato —preguntó Amanda de modo cortante—, ignorarías todo lo que sabes de su naturaleza y decidirías que se había convertido en una anátida? Aunque Cletus hubiera perdido el sentido, ello no alteraría la situación para todos nosotros —continuó—. Todavía tenemos que entrar allí, rescatarle, y capturar a deCastries cuando llegue a Foralie. Es la única oportunidad de que disponemos. Pero no te preocupes. Cletus entiende bien la situación.
Con la cabeza le indicó su deslizador.
—Haz que los grupos ocupen sus posiciones. Me reuniré contigo en Foralie antes de que lleguen.
—¿Dónde estarás? —la cara de Ramón se hallaba algo pálida.
—Voy a reunir a todos los adultos de las Casas más próximas que puedan empuñar un arma, salvo a las mujeres que tengan niños pequeños. Necesitaremos a todos aquellos con los que podamos contar.
—¿Y qué pasará con las demás patrullas?
—Una vez que nos apoderemos del propio deCastries, no tendremos demasiada oposición por parte de nadie que haya estado en la Ciudad de Foralie. La mitad de ellos morirán en una semana, y el resto no podrá luchar.
—Puede que luchen aunque se encuentren enfermos.
—¿Cómo van a poder...? —se detuvo, observando fijamente, de repente, los ojos de Ramón—. ¿Qué te ocurre? Deberías saberlo.
—No quise saberlo —repuso—. No escuché cuando nos lo explicaron.
—¿No lo hiciste? —comentó Amanda—. Bien, entonces será mejor que escuches ahora. El monóxido de carbono, cuando se mezcla con el níquel finamente dividido, se convierte en un líquido, el níquel carbonil; se trata de un líquido volátil a veinticinco grados centígrados, que hierve a cuarenta y tres y se evapora a temperaturas normales en el exterior. Una millonésima parte puede bastar para producir una dermatitis alérgica y edema en los pulmones..., irreversibles.
El rostro de él era sombrío. Tenía la boca abierta, como si buscara aire.
—No me preocupa la lucha —comentó con voz espesa—. Pero sí el pensamiento de las bajas que se producirán entre los soldados. Si esta guerra pudiera pararse ahora, antes de que comenzara...
—¿Bajas? ¿Antes de que empiece? —Amanda le miró fijamente—. ¿Qué crees que representan Berthe Haugsrud y Bhak y los otros de la ciudad?
Él no contestó.
—Son nuestras bajas —prosiguió ella—, ya censadas. La guerra que deseas detener antes de que dé comienzo, se ha estado desarrollando durante dos días. ¿Pensaste que se llevaría a cabo sin ningún coste?
—No, yo... —se tambaleó un poco en su deslizador; la repentina oleada de cólera que había despertado en ella, súbitamente, se desvaneció.
—Lo sé —afirmó—. Hay cosas en las que no te resulta fácil pensar. Tampoco son fáciles para Ekram. Ni para mí, ni para nadie.
Tampoco fue fácil para gente como Berthe, que permaneció en la ciudad sabiendo lo que le iba a ocurrir. Sin embargo, ¿tienes tú razones más elevadas para vivir que las que tuvieron ellos, o la que tendrán los muchachos y las muchachas de los grupos?
—No —contestó él—. Bueno no puedo evitar sentirme así. —No —acordó ella—. No, claro que no puedes. Bueno, de todos modos, haz todo lo posible.
Asintió, atontado, y alargó la mano hacia la barra de su deslizador. Amanda contempló como lo elevaba, tras alejarse de él un poco, y se quedó mirando durante un largo momento sus poderosos hombros, ahora abatidos y cansados. Luego, abordó a su propio deslizador y se encaminó en una dirección que formaba un ángulo recto con la que había seguido él.
Mientras pilotaba el vehículo, se reprochó la furia con la que le había hablado. Aún era joven, y no había visto lo que la gente podía hacerle a otra gente. Carecía de base experimental con la que poder imaginar lo que les ocurriría a los Dorsais desposeídos, una vez que se los dispersara, separándolos, entre las poblaciones de los otros mundos, educadas para mirarlos con odio y desprecio. Él todavía podía aferrarse a la esperanza de que cualquier enemigo era susceptible de ser derrotado con la inteligencia, de forma que, ni los amigos ni los enemigos, tuvieran que padecer sufrimientos.
Se dirigió hacia la Casa de los Aras para recoger a Mene, que constituiría su primer alistamiento entre los reclutas adultos que atacarían Foralie.
Incluso ahora, mientras viajaba observando el paisaje, notó cómo las montañas calmaban su espíritu. La lluvia había cesado, tal como vaticinaron los informes meteorológicos que le suministrara Ramón, y un veloz viento convertía el manto de nubes en jirones. El cielo cuando se reveló en su totalidad, era de color azul intenso; y el aire, en alas de una brisa continua, soplaba con una frialdad estimulante. Se sintió tranquila, concentrada y con la mente despejada.
Para bien o para mal, iban a entrar en combate. Ya no quedaba tiempo para analizar si los individuos estarían a la altura de las circunstancias. No quedaba tiempo para que ella siguiera catalogando las carencias que había observado en gente como Betta, Melissa, Lexy y, ahora, en Ramón. El tiempo también se había agotado para la decisión que tenía que tomar respecto al nombre del bebé de Betta. Antes de que se llevara a cabo el ataque a Foralie, debía comunicarle a alguien la decisión que fuera a tomar, de modo que, en caso de ser necesario, otros se la pudieran transmitir a Betta. Haría eso. En el último instante lo decidiría, de una u otra forma, y terminaría con el asunto.
Cuarenta y cinco minutos más tarde, metió el deslizador en un hueco entre las colinas; Mene la acompañaba. Mientras subía por la cresta de la colina y bajaba hasta la oculta oquedad, distinguió a los Mayores responsables de cinco grupos; les acompañaban, aproximadamente, una docena de jefes de grupo y corredores, además de Jer Walker, que se apoyaba en sus muletas, con un rifle colgando del hombro de su frágil cuerpo de noventa años. Nueve de las mujeres reclutadas, la mayoría jóvenes, y también armadas, ya estaban presentes. Pero, lo que más le alegró, fue la contemplación de la inusual pareja que formaban Arvid Johnson y Bill Athyer, junto con seis de los Dorsais que habían podido mantener con ellos como ayudantes personales.
Amanda detuvo el deslizador, salió de él y caminó hasta Arvid y Bill.
—Deliberadamente, no contaba con vosotros —repuso—; aunque tenía la esperanza de que os presentaríais.
—Nos necesitaréis —dijo Arvid—. ¿Sabía que Swahili es ahora el oficial al mando de la escolta de Dow? Llegó esta mañana con fuerzas de relevo.
—¿Swahili? —Amanda frunció el ceño, ya que el nombre le sonaba, aunque no podía identificarlo.
—En las fuerzas de la Coalición ostenta el rango de Mayor. No obstante, era uno de los oficiales de Eachan Khan —explicó Bill—. Un Dorsai..., lo fue, aunque, con toda seguridad, usted no le ha visto nunca. No le gustaban los lugares donde no se librara una batalla. Se unió a Eachan hace unos años, en uno de los contratos que éste cumplió en algún planeta, y creo que sólo vino a este distrito, siempre con estancias muy breves, una o dos veces. Lo único que de vez en cuando le traía a Dorsai de visita era el nuevo centro de entrenamiento que Cletus había instalado en el otro extremo del planeta. —Sin embargo, lo importante es que, literalmente, es un Dorsai..., o lo fue. De hecho, uno de los mejores que tuvimos jamás, —expuso Arvid—. Si existe alguien que pueda descubrir nuestro plan antes de que nosotros lo deseemos, será él.
La voz de Arvid adquirió un tono extraño, casi triste.
—Sí, es así de eficaz. Algunos... —Bill miró durante un segundo a su alto compañero— llegamos a creer incluso que era el mejor de todos nosotros..., en algunos aspectos. De cualquier forma, ese es el motivo por el que Arvid y yo entraremos en acción los primeros, para asegurar la casa.
—Entonces, ¿toman el mando? —preguntó Amanda. —No lo habíamos pensado —acotó rápidamente Arvid—. Por supuesto, se trata de su distrito...
—No diga tonterías —cortó Amanda—. Haremos cualquier cosa que funcione. ¿De verdad creyeron que mostraría alguna susceptibilidad en relación con mi autoridad?
—No —replicó Arvid—. No. No obstante, creo que lo mejor es que usted mantenga el mando general. Esta gente la conoce, y a nosotros no. Sólo denos una ventaja de cuatro minutos, luego avancen. Nosotros nos apoderaremos de la casa. Eso le dejará a usted todas las edificaciones circundantes que se alzaron para las tropas de escolta, además de la casa. ¿Cómo piensan llevarlo a cabo?
—Del único modo posible —contestó Amanda—. Yo avanzaré primero, con otros adultos detrás de mí..., sin escondernos, abiertamente, como vecinos que vienen de visita...; intentaré desarmar al centinela. Luego nos apoderaremos de las barracas —me refiero a nosotros, los adultos— una a una. Mientras tanto, los grupos, acordonarán la zona y tratarán de que, ocurra lo que ocurra, no escape ningún soldado. Arvid asintió.
—De acuerdo —dijo—. Nuestra información es que todos los hombres del convoy que escoltó a Cletus se encuentran bastante enfermos y en malas condiciones. Supongo que usted también conocerá la información de que la mayoría de las tropas sanas, las que vinieron aquí con Dow al principio, fueron trasladadas a la ciudad y reemplazadas por los soldados de la patrulla que comandaba Swahili..., una patrulla de soldados también enfermos que fueron enviados esta misma mañana. Eso le facilitará las cosas. Amanda lanzó un bufido.
—Me comentó lo mismo Ramón..., uno de los Mayores de los grupos —dijo—. Pero no me lo creo. ¿Por qué cambiar a buenos soldados por otros enfermos, en especial cuando está involucrado alguien tan importante como Dow?
—No obstante, se ha comprobado —repuso Arvid—. Hemos sabido que Dow recibió una llamada de su médico militar ayer a última hora de la noche. Él fue el que ordenó el cambio. —¿Controlasteis vosotros esa llamada? —No. Sólo recibimos un informe a través de la ciudad de Foralie.
Amanda sacudió la cabeza, terca.
—Una evidencia más —comentó Arvid—. Basándonos en el informe, hice que dos hombres de mi personal observaran a la patrulla que salía y a la que regresaba. Aquellos que volvieron, eran caras totalmente nuevas.
Amanda suspiró.
—De acuerdo. Si eso es correcto... —se apartó de él—. Marchad cuando estéis preparados.
—Ya lo estamos —repuso Arvid—. Cuatro minutos.
—Buena suerte —les deseó, y se acercó a su propio grupo, compuesto por las mujeres que pudo reunir, Jer, los cinco Mayores y los jóvenes miembros de los grupos, que portaban sus rifles de agujas y de energía en el hueco de los brazos, con el cañón apuntando al suelo, como si fueran armas de caza.
—Muy bien —les dijo a todos—. Ya sabéis cuáles son vuestras misiones y acabáis de oírme hablar con Arvid y Bill...
Vaciló, y, extraña e inusualmente, no encontró palabras. Había algo que necesitaba comunicar; algo que había surgido en ella a lo largo de mucho tiempo, y que deseaba decirles antes de comenzar a realizar su misión. No obstante, fuera lo que fuere, no quería definirse en su interior. Un deslizador surgió por la cresta de la colina opuesta a Foralie y se encaminó hacia ellos a toda velocidad; transportaba a Reiko Kiempii, que venía armada. Amanda vio que los ojos de la mujer alta y joven se dirigían durante un segundo hacia Arvid. Reiko llegó hasta ellos y bajó del vehículo.
—Me lo comunicaron por teléfono justo antes de marcharme —le comentó a Amanda—. Betta está dando a luz..., y ahora va en serio.
—Gracias —le expresó Amanda, casi sin darse cuenta de que había hablado.
De repente, como si hubieran accionado un interruptor, las palabras que había estado buscando, aparecieron en su boca. Con ellas, todo, bruscamente, encajaba..., su silencioso amor por Jimmy y por Fal Morgan, los años de lucha y de supervivencia contra los mercenarios proscritos que asolaban a los recién instalados Dorsais, el constante envío de hombres jóvenes de cada generación para que murieran en otros mundos, con el fin de que pudieran ganar los suficientes créditos interplanetarios que les permitieran crecer como comunidad..., tal como ellos eran y deseaban ser.
Tal como eran.
Esas eran las palabras mágicas. Tenían el derecho a ser como eran; y se trataba de un derecho por el que valía la pena pagar cualquier precio. Este duro planeta no había sido reclamado por nadie, nadie lo quiso. Sin embargo, ellos lo aceptaron, ella y los otros como ella. Lo habían levantado con sus propias manos y sangre. Era de ellos. Amas, pensó de repente, aquello a lo que te entregas..., en la misma proporción en la, que das.
Eso era lo único que había querido decir. Ahora, mirando los rostros adolescentes de los miembros de los grupos que la rodeaban, a las otras mujeres adultas, al viejo Jer Walker, se dio cuenta de que nunca existió la necesidad de pronunciarlas. Desde el más joven al más anciano, ellos ya lo sabían. Lo llevaban en la sangre y en los huesos, de la misma forma que lo llevaba ella. Quizá no todos, en el fondo de sus mentes, lo habían expresado aún con palabras, tal como ella acababa de hacer...; pero lo sabían.
Los miró. Entremezclados con sus figuras vivientes, le pareció que contemplaba la presencia de fantasmas..., el de Berthe Haugsrud, el de Bhaktabahadur Raisel, del mismo Jimmy, y el de todos aquellos de las restantes Casas que habían muerto por los Dorsais, tanto aquí como en otros mundos. Como las montañas, los rodeaban, esperando con paciencia.
Como una revelación, pensó que nada de ello importaba: sus debilidades individuales, las cosas de las que parecían carecer y que ella, de forma innata, poseía, o había aprendido con el tiempo. Ella había sido culpable de Amandamorfismo..., creyendo que sólo alguien igual que ella podía ganarse la cualificación para desempeñar el papel que, durante tanto tiempo, había realizado. El hecho de que no hubiera dos personas que fueran exactamente iguales podía resultar mentalmente útil.
Llegaba un momento en que todo el mundo debía enfrentarse con el hecho de que las decisiones últimas debían adoptarlas otros, incluido el tiempo. Un momento en que se demostraba que la fe, correcta o incorrectamente, había sido depositada, y que ya era demasiado tarde para hacer algo al respecto. No dependía de ella dejarle a Betta su última decisión en lo referente a la utilización del nombre de Amanda con su bebé. La propia Betta era quien tenía que decidirlo, del mismo modo que Amanda había tomado las decisiones necesarias en su época, y al igual que lo deberían hacer todas las generaciones futuras.
—¿Por qué sonríes, Amanda? —preguntó Reiko, mirándola desde su altura.
—Por nada —repuso Amanda—. Absolutamente por nada.
Se volvió hacia los demás.
—Yo iré primero —comunicó—, tan pronto como Arvid y Bill, junto con sus hombres, hayan dispuesto de la ventaja de cuatro minutos. Vosotros, seguidme, con dos personas por deslizador, desde diferentes direcciones. Hasta donde nos sea conveniente, usaremos a Betta como una excusa para reunimos en Foralie. En realidad, la excusa tendrá poca importancia... —Se detuvo y contempló sus rostros. Continuó—: Yo, primero. Luego, Mene y Reiko. Los demás, agrupaos como deseéis. Miembros de los grupos, permaneced próximos los unos a los otros y disparad si es necesario; pero, no entréis en la zona de las barracas a menos, o hasta, que uno de nosotros os llame. Y eso incluye a los Mayores. Mayores, quedaos junto a vuestros grupos. Si todo saliera mal, será responsabilidad vuestra alejar a los grupos e internaros en las montañas para sobrevivir. ¿Lo habéis comprendido todos?
Asintieron con algunos murmullos de afirmación.
—De acuerdo... —Un destello rojo la interrumpió; se trataba de un paño que ondeaba justo detrás de la cresta de la colma que daba a Foralie—. De acuerdo. El convoy está a la vista. Le llevará, aproximadamente, otros cinco minutos llegar hasta la casa. Que todo el mundo vaya a la cima y se prepare para entrar en acción.
Tumbada junto a los demás en la cima, espió al convoy, oculta entre la hierba. Incluso para sus ojos, el vehículo que avanzaba en vanguardia de la columna parecía moverse de forma irregular. Evidentemente, esa parte de la información de Arvid —la que se refería a la enfermedad de todas las tropas del convoy—, era correcta. Cruzó los dedos mentalmente, con la esperanza de que también fuera cierto el resto...; aunque ella tenía algunos reparos. Si contaba a los miembros de los grupos, los Dorsais superaban a las tropas del convoy en una proporción de cinco a uno...; sin embargo, saber que esos números los componían niños contra soldados experimentados, parecía motivo de risa. Ya era suficientemente malo pensar en soldados veteranos enfrentándose a civiles.
El convoy casi había llegado a la casa. Se echó hacia atrás y se incorporó al otro lado de la cima de la colina. Echando un vistazo, vio que el último de los soldados Dorsais del personal de Arvid y Bill desaparecía..., ahora se estarían arrastrando por entre la hierba alta, para acercarse todo lo que pudieran, antes de atacar la casa. Comprobó su reloj, contando los minutos. Cuando transcurrieron cuatro, les hizo una señal a los demás civiles, se subió a su deslizador, y lo dirigió por encima de la cresta, en línea recta hacia el único centinela que había delante de las estructuras de plástico en el extremo más alejado de la casa. El convoy se perdió de vista entre las barracas unos momentos antes de que ella llegara hasta la posición del centinela; aún tenía la cabeza vuelta, mirándolo. Ella posó el deslizador en tierra adelantándose a que él, tardíamente, se volviera ante el ruido causado por la unidad de energía del vehículo.
Alzó de inmediato su rifle de agujas en dirección a ella.
—Quédese donde está... —empezó, cuando ella le interrumpió. —¡Oh, déjese de tonterías! Mi bisnieta va a tener un niño. ¿Dónde se encuentra?
—¿Dónde? Ella..., oh, la casa; claro, señora. —Bien, vaya a decirle que llegaré de inmediato. Primero he de hablar con la persona al mando de ese convoy...
—No puedo abandonar mi puesto. Lo siento, pero... —¿Qué quiere decir con eso de que no puede abandonar su puesto? ¿Acaso no me reconoce? Soy la alcaldesa de la Ciudad de Foralie. Seguro que le mostraron una fotografía mía cuando le dieron las instrucciones. Así que ahora, vaya a... —Lo siento. De verdad que no puedo... —No me diga que no puede...
Discutieron, el centinela se olvidó del arma hasta el punto que su cañón se apartó a un lado. Una nueva vibración les anunció la llegada de otro deslizador, que se posó a su lado; en su interior, iban Reiko y Mene Tosca.
—Alto... —ordenó el soldado, apuntando con su rifle a las recién llegadas.
—Pero, ¿qué está haciendo? —inquirió Amanda exasperada. Con el rabillo del ojo vio cómo Cletus estaba siendo escoltado al interior de la casa. La mayoría de los soldados que componían el convoy ya deberían haber salido de sus vehículos y estarían dirigiéndose a una u otra de las barracas del acantonamiento. Aún no había ninguna señal de Arvid, de Bill o de sus hombres. —¿Acaso no comprende que los vecinos, cuando hay un nacimiento, reciben inmediatamente el aviso y acuden a visitar a la madre? —dijo con enfado, interrumpiendo la discusión que mantenían el centinela y Reiko—. Conozco a estas vecinas muy bien. Yo respondo por ellas...
—Un momento, señora... —le dijo el centinela por encima del hombro y, de nuevo, se encaró con Reiko.
—De un momento, nada —expuso Amanda.
El distinto tono de voz hizo que el soldado se volviera hacia ella. Quedó inmóvil cuando vio la pesada arma de Amanda que le apuntaba. En largas distancias, las armas de energía eran totalmente ineficaces; pero, a corto alcance, resultaban devastadoras. Aunque la puntería de Amanda fuera mala —y sostenía el arma con demasiada firmeza como para sugerir algo parecido—, cualquier presión que se ejerciera sobre el gatillo haría que él quedara partido casi en dos.
—Siga hablando —le indicó Amanda con suavidad. Mantenía la pistola baja, de forma que el cuerpo del centinela la ocultara para los ocupantes de la casa—. Usted y yo vamos a continuar con nuestra conversación. Hágales una seña a estas mujeres para que vayan hacia la casa, como si las estuviera enviando para que vieran a alguien allí. Vendrán más deslizadores...
—Sí..., dos más. Ya están de camino —casi siseó la voz de Mene, pegada a su oído.
—...y, después de que esos dos se detengan aquí durante un momento, también los mandará hacia las barracas. ¿Lo ha comprendido? —preguntó Amanda.
—Sí... —los ojos de él estaban fijos en el cañón de su pistola.
—Bien. Mene, Reiko, adelante. Sin embargo, esperad hasta que se reúna más gente con vosotras antes de moveros.
—Déjanoslo a nosotras —contestó Reiko.
El deslizador en el que habían llegado se alzó del suelo y se dirigió hacia los terrenos de la casa.
—Relájese —le dijo Amanda al centinela—. No mueva el rifle.
Ella se sentó. El rostro del centinela mostraba lo que, quizá, fuera la palidez de la enfermedad, mezclada ahora con una callada desesperación. No se movió. No era tan joven como la mayoría de los soldados, aunque desde el punto de vista relativo de los años de Amanda, todos resultaban jóvenes. Llegaron otros deslizadores que prosiguieron su camino hacia la casa, hasta que se concentraron todos los adultos.
—Siga inmóvil —le avisó Amanda al centinela.
Un movimiento a uno de los lados, captó la atención del ojo de Amanda. Era una figura que se introducía por una de las puertas de la esquina de la casa. Luego vio a otra. Arvid y Bill, con sus hombres... por fin.
Giró ligeramente la cabeza para mirar mejor. Cinco..., seis siluetas pasaron como una mancha borrosa, entrando en la casa. Entonces percibió un movimiento más próximo a ella. Girando la cabeza, vio que el centinela alzaba su rifle para quitarle la pistola de energía de la mano. Veinte años atrás, incluso diez, habría sido capaz de apartar el arma lejos de la trayectoria del rifle; sin embargo, la edad la había vuelto muy lenta.
Su muñeca sintió el impacto cuando el metal chocó contra el metal y la pistola de energía salió despedida. No obstante, ella ya se arrodillaba en busca de la funda de la escopeta mientras el rifle de agujas del centinela la buscaba en la oscuridad. La ráfaga de agujas silbó por encima de su cabeza antes de caer. Sintió un fuerte y único impacto en su hombro izquierdo; sin embargo, su pistola había doblado la estructura más ligera del rifle de agujas y ahora el centinela se enfrentaba al ancho cañón del arma más pesada.
—Tírelo —ordenó Amanda.
Sus propias palabras le sonaron lejanas en sus oídos. La invadió una extraña sensación. El impacto había sido lo suficientemente alto como para garantizar que la aguja que la había golpeado no produjera una herida fatal; sin embargo, el shock se producía rápidamente con esos misiles.
El rifle de agujas cayó al suelo.
—Ahora túmbese, de cara a la tierra... —repuso Amanda. Seguía oyendo su voz como desde una larga distancia, y el mundo que la rodeaba tenía una cualidad de irrealidad—. No, lejos del alcance del rifle...
El centinela obedeció. Tocó la barra de conducción del deslizador, lo alzó y lo volvió a depositar con sumo cuidado sobre la parte inferior del cuerpo de él. Entonces, desconectó la energía y salió del vehículo. Inmovilizado por el peso que tenía encima, el centinela se hallaba inutilizado.
—Si emite algún sonido, recibirá un disparo —le dijo.
—No lo haré —replicó el centinela.
Desde la dirección del acantonamiento, se oyó el siseo del fuego de rifles de agujas. Se encaminó hacia allí; sin embargo, no se veía a nadie en el exterior de las barracas que observaba. Pero, el aparcamiento de vehículos militares se encontraba detrás, fuera de su vista.
Se agachó para recoger la pistola, luego lo pensó mejor. La escopeta todavía funcionaba, a pesar del óxido de su cañón, y, débil como se hallaba ahora, estaría mejor con un arma de amplio alcance. Comenzó a andar con pasos inciertos hacia las barracas. Cada paso que daba, le exigía un esfuerzo increíble y su equilibrio no era bueno, de manera que se tambaleaba mientras caminaba. Llegó a la primera barraca y abrió la puerta. Un cuarto de suministros..., vacío. Se dirigió a la siguiente y, simplemente, penetró en ella, demasiado débil para tomar precauciones. El aire denso de una habitación llena de enfermos invadió su nariz cuando entró. Tina Alchenso, una de las mujeres reclutadas, se hallaba de pie con un rifle de energía en las manos, cubriendo el interior de la barraca en la que los soldados presentes parecían enfermos o moribundos. El aire también parecía bañado por una atmósfera de resignación y derrota. Estaba claro que aquellos que aún podían luchar habían sido sacados de sus camas. Yacían boca abajo en el suelo del pasillo central, con las manos apoyadas en sus cabezas.
—¿Dónde se encuentra todo el mundo?
—En los otros edificios —repuso Tina.
Amanda salió de nuevo y prosiguió su camino, probando todas las puertas que hallaba a su paso. Encontró dos edificios más donde uno de los adultos vigilaba a los soldados. Casi había vuelto a la zona de aparcamiento, cuando vio a una figura acuclillada al lado de la pared exterior de una barraca.
—¡Reiko! —exclamó y se arrodilló con torpeza al lado de la otra mujer.
—Detén a Mene —pudo musitar Reiko. Sangraba profusamente por encima del cinturón de su mono—. Ha perdido el juicio.
—De acuerdo —repuso Amanda—. Tú quédate quieta.
Con gran esfuerzo, se incorporó y se puso a andar. Enfrente de ella se alzaba la estructura siguiente. Abrió la puerta y vio a Mene que sostenía el rifle de energía, encañonando otra habitación de soldados enfermos y moribundos. La cara de Mene estaba pálida e inexpresiva. Sus ojos sostenían una mirada obsesiva y su dedo temblaba sobre el disparador del arma. Las miradas de todos los hombres estaban centradas en su rostro; ni siquiera se oía el ruido de la respiración.
—Mene —susurró Amanda con suavidad.
El rostro de Mene se volvió bruscamente para concentrarse en Amanda durante un breve instante, luego miró otra vez a los soldados.
—Mene... —repitió Amanda en el mismo tono—. Ya casi ha terminado. No hieras a nadie ahora. Casi ha terminado. Sólo mantenlos quietos un poco más. Eso es todo, mantenlos quietos.
Mene no dijo nada.
—¿Me has oído?
Asintió con un movimiento enérgico de la cabeza, sin apartar los ojos de los hombres ante ella.
—Regresaré pronto —le comunicó Amanda.
Salió. El mundo parecía aun más irreal a su alrededor; sentía como si caminara sobre dos piernas dormidas. No importaba. Lo importante era que algo fundamental no encajaba en la situación.
Algo andaba muy mal. Únicamente quedaban dos barracas hasta la zona de aparcamiento, donde se había detenido el convoy. Estaba claro que las dos barracas no podían ocultar al resto de la escolta original, más las tropas del convoy. Como tampoco podían mantener ocupados a dos o tres de sus adultos. No importaba lo que Arvid le dijera. Algo había salido mal..., lo sentía como una carga pesada sobre su pecho, por entre de la debilidad y la irrealidad que le producía la herida.
Trató de pensar con su mente embotada. Apostaba que el grupo de Arvid y Bill ya se había apoderado de la casa; si se dirigía ahora hacia allí, sin comprobar el aparcamiento, para pedir ayuda..., su mente se despejó un poco. Una acción semejante sería el colmo de la estupidez. Aunque Arvid y Bill tuvieran los suficientes hombres como para enviar a alguno con ella, si iba en busca de apoyo desperdiciaría un tiempo del que ya no disponía.
Aferró con decisión la escopeta, que a cada momento que pasaba se volvía insoportablemente más pesada en sus manos, y rodeó la esquina de una barraca.
Posiblemente, esa sensación de irrealidad que la poseía fue la culpable...; mas lo cierto es que no pudo percibir ninguna advertencia de peligro. De súbito, se vio en mitad de una compacta falange de vehículos; los primeros ya estaban cargados de soldados en estado de alerta y bien armados, mientras que aún subían hombres a los de retaguardia. No obstante, si su aparición a ella le había parecido repentina, en apariencia, a ellos les sucedió lo mismo.
Bruscamente, fue consciente de que todo el movimiento a su alrededor había cesado. Los soldados se habían inmovilizado, mientras muchos todavía ascendían a los vehículos. Tenían los ojos fijos sobre ella.
Era claro que el miedo que durante todo el día la atenazara estaba justificado. El supuesto reemplazo de los soldados sanos por los enfermos, había sido una trampa; y éstos se preparaban para un contraataque. Sintió que las últimas energías y su fuerza de voluntad se le escurrían; dio un paso adelante y golpeó con el cañón de su escopeta en la unidad de energía del coche más cercano.
—Al suelo —les ordenó a los oficiales y soldados que la miraban. —Ellos la contemplaron como si se tratara de un fantasma que hubiera surgido de la tierra repentinamente—. Os haré volar a todos si me veo obligada a ello..., y sentiré un gran placer —repuso—. Salid fuera de los coches y tumbaos boca abajo, ¡todos!
Durante un instante más permanecieron congelados en sus sitios, observándola. Luego, la comprensión se filtró en sus mentes como si fuera una ola invisible. Comenzaron a salir de los vehículos.
—Rápido... —urgió Amanda, ya que sentía que perdía sus fuerzas a una velocidad creciente—. Al suelo...
Obedecieron. De forma remota, como en sueños, los vio bajar de los coches y tenderse en el suelo.
¿Y ahora qué hacía?, pensó Amanda. Sólo le quedaba uno o dos minutos de energía.
La respuesta le llegó desde un rincón de su mente..., la única respuesta posible. Aprieta el gatillo de la escopeta y asegúrate de que nadie escapa...
Inesperadamente, detrás de ella oyó el ruido de pies que corrían. Comenzó a volverse para mirar quién era... y notó que la sujetaban y la sostenían. Estaba rodeada por los uniformes de batalla de cuatro de los Dorsais que habían actuado con Arvid y Bill.
—Tranquila... —susurró el que la sostenía...; de hecho, casi cargaba con ella—. Hemos ganado. Todo ha acabado.
Notó una especie de mancha borrosa y luego un gran vacío. Por fin, las cosas se aclararon un poco —sólo un poco— y vio que se encontraba entre las sábanas de una cama de un dormitorio de Foralie. Como alguien dominado por una fiebre alta, percibía que había gente moviéndose a su alrededor a una velocidad que le pareció inusitada. Hablaban con palabras que ella no entendía. Le dolía el hombro. De vez en cuando, captaba breves frases de los diálogos.
—¡... shai Dorsai!
¿Qué era eso? ¿Esa ridícula frase que los niños habían inventado hacía unos años, y que ahora los adultos empleaban como un gran cumplido? Se suponía que significaba «Dorsai verdadero, real». Tonterías.
Se le ocurrió, como si se tratara del resultado obvio de una pequeña estadística, que se estaba muriendo; se sintió vagamente enfadada consigo misma por no haberse dado cuenta antes. Si ese era el caso, había cosas en las que debería pensar. Si Betta empezó a dar a luz antes de que comenzara el ataque, quizá ya tuviera al niño.
De ser cierto, era importante que le notificara a Betta lo que había decidido poco antes de lanzarse sobre las tropas; que el uso del nombre Amanda ahora era responsabilidad de ella, y de las generaciones venideras...
—Bien —dijo una voz justo encima de ella; alzó los ojos para mirar el rostro de Ekram. Apestaba a sudor y a anestesia—. Te vas recuperando, ¿verdad?
—¿Cuánto tiempo...? —era terriblemente dificultoso hablar.
—Oh, unos dos días —respondió él con una alegría abominable.
Pensó en la necesidad que tenía de comunicarle a Betta la decisión que había tomado.
—Betta... —empezó. Le resultaba un poco más fácil hablar; no obstante, el esfuerzo aún era tremendo. Su intención había sido preguntar acerca de Betta y el bebé.
—Betta se encuentra bien. Ha tenido un niño, y está en perfectas condiciones. Al nacer pesó tres kilos setenta y tres gramos. ¡Un niño! Su cuerpo fue recorrido por una sacudida. Claro. ¿Por qué el bebé no iba a ser un niño? No había ninguna razón..., salvo que, engañada por sus propios deseos de anciana, había aceptado el cómodo pensamiento de que se trataría de una niña. Sin embargo, durante un momento, permaneció al borde de la autocompasión. Después de todo lo que había pasado, después de todos estos años, ¿por qué no pudo ser una niña...? Una niña que ella, bajo unas circunstancias más felices, podría llegar a conocer, y quizá a descubrir que se trataba de una joven que podía adoptar su nombre con seguridad...
Se obligó a recuperar al sentido común. De todas formas, ¿qué eran estas tonterías acerca de los nombres? Los Dorsais habían ganado, se habían mantenido independientes. Ese era su premio, al igual que el premio de todos los demás..., no el asumo sentimental de pasarle su nombre a un descendiente. Pero, aún podía comentarle a Betta la decisión que había tomado, si Ekram permitía que la trajeran hasta su lecho. Dependería del médico dictaminar si, con ese esfuerzo, se aceleraría su muerte, y no autorizar, por tanto, la visita de Betta. Tendría que asegurarse de que comprendiera que no era una decisión que le correspondía a él. El último deseo era sagrado, y él debía entender que se trataba de eso...
—Ekram —logró articular en voz baja—, me estoy muriendo... —No, a menos que lo desees —dijo Ekram. Le miró horrorizada. Era indignante. Demasiado. Después de todo lo que le había ocurrido...; entonces, el significado de sus palabras se filtró a través de la sensación de irrealidad que la envolvía.
—¡Trae a Betta aquí! ¡De inmediato! —exclamó; su voz casi sonó con fuerza.
—Más tarde —repuso Ekram.
—Entonces, me veré obligada a ir a buscarla yo misma —acotó, lúgubre.
Sólo pudo sacar un brazo y apoyarlo sobre las mantas, como un indicio de que pensaba levantarse de la cama. Eso bastó.
—¡De acuerdo, de acuerdo! —concedió Ekram—. Enseguida voy.
Se relajó, y, de forma extraña, se sintió exuberante. Todo estaba bien. El nombre del juego era supervivencia, y no otro. ¡Un niño! Casi rió. Bueno, de vez en cuando, solía ocurrir. En unos pocos años más, quizá aconteciera que este niño llegara a tener una hermana. Valía la pena esperar para verlo. No obstante, estaba claro que algún día tendría que morir... pero, lo haría cuando llegara su momento.