CAPÍTULO V

CON un terrible dolor en la espalda y los músculos del brazo derecho, Beg Hon entró por su propio pie en la enfermería de la aeronave. Le escoltaban todavía los dos hombres enfundados en armaduras de cristal azul, y tras ellos andaba el hombre alto y rubio que tenía una cabeza grande y pelada. La enfermería era espaciosa, limpia y luminosa, y estaba agradablemente caldeada. Aunque la inmensa mayoría de los aparatos que vio le eran extraños, comprendió la función que estaban llamados a desempeñar después de ver un par de camas.

La gran preocupación que Beg Hon había sentido acababa de disiparse en parte mientras subían en el ascensor. El hombre de la armadura azul le había hablado sin palabras, se había dirigido directamente a su conciencia y le dijo que no debía temer nada, que sólo pretendían ayudarle. Beg Hon se sentía ahora más tranquilo, aunque todavía estaba bajo la impresión que le causó ver aquellos extraños seres de piel blanca y repugnante, de ojos pequeños y malévolos y nariz puntiaguda. Los extranjeros le recordaban a Beg Hon un pollo desplumado vivo.

En la enfermería uno de los hombres le tomó por el brazo bueno y le guió hasta una de las camas. Beg Hon se dejó llevar dócilmente, no quería dar a los extranjeros la impresión de que era un salvaje, o de que tenía más miedo del que realmente sentía. Al llegar a la cama se detuvo y dióse la vuelta. Sus ojos se encontraron los ojos del hombre de la cabeza grande. Éste le habló… ¡y Beg Hon le entendió todo!

—Échate en la cama, voy a sacarte el proyectil que tienes en la espalda. Mi nombre es Fidel Aznar, aunque también me llaman Adler Ban Aldrik. Soy médico, puedes estar tranquilo. ¿Cómo te llamas?

Beg Hon quedó tan sorprendido que no acertó a pronunciar palabra. El extranjero le hablaba con sonidos ininteligibles, ¡y sin embargo le entendía! ¿Cómo era esto posible?

El propio Fidel Aznar se lo explicó sencillamente:

—Te hablo telepáticamente; es decir, hago que mis ideas lleguen hasta tu mente sin pasar por tus oídos. Puedes hablarme, no conozco tu idioma, pero leeré tus pensamientos.

Beg Hon quedó aterrado. Sabía lo que era la telepatía, se hablaba mucho de ello en los medios científicos como algo que podría ser algún día. En un tiempo futuro, cuando la inteligencia de los hombres se hubiese desarrollado, la gente se entendería telepáticamente sin necesidad de palabras. ¡Los extranjeros habían alcanzado ya este estudio del desarrollo cerebral!

—Vamos, échate en la cama, te curaré —dijo el extranjero.

Beg Hon se echó de bruces en la cama. Ladeando la cabeza, con la mejilla apoyada en la blanca sábana, siguió atentamente los movimientos del doctor. Éste esterilizó una sonda y unas largas pinzas en un aparato que no era nada parecido a un autoclave.

—En efecto, esterilizamos el instrumental mediante ultrasonidos —dijo el doctor adivinando el pensamiento de Beg Hon. Regresó con los instrumentos en la mano—. Voy a sondarte para ver a qué profundidad se encuentra la bala. No te dolerá si no quieres, sólo debes convencerte de que no vas a sentir dolor. Repítelo para ti mismo, “no voy a sentir dolor”.

—No voy a sentir dolor —dijo Beg Hon en voz alta.

—¿Cómo te llamas?

—Beg Hon.

El doctor estaba detrás de él y Beg Hon no podía verle el rostro.

—¿Eres varón o hembra?

A Beg Hon la pregunta le pareció ociosa, no sólo porque las hembras no tripulaban barcos, sino porque como varón tenía sus rasgos propios e inconfundibles.

—¿En qué os diferenciáis los machos de las hembras, aparte naturalmente del sexo? —le preguntó el doctor.

Beg Hon se sintió asustado y muy preocupado. No lo había pensado antes, pero ahora se daba cuenta de que los extranjeros podían leer TODOS sus pensamientos, aunque permaneciera callado. ¿Significaba esto que no podría ocultarles nada?

Beg Hon era un tuma, y aunque no siempre estuviera de acuerdo con la política de su país, tenía muy arraigada la idea del honor y del deber para con la patria. Cuando los extranjeros le rescataron del mar, Beg Hon se opuso enérgicamente a ser salvado. Creía entonces que silaitas le tomaban prisionero, y prefirió morir antes que ser interrogado y ceder ninguna información al enemigo.

Un objeto pesado cayó tintineando en una fuente metálica junto a la cabecera de la cama. Era un proyectil de ametralladora gruesa. ¡El extranjero acababa de extraérsela del hueso de la espalda y no había sentido el menor dolor!

—Tu técnica es muy buena, Doctor. No he sentido nada.

—Guarda silencio hasta que yo te diga, voy a cerrarte la herida.

—¿Vas a cauterizarla?

Fidel Aznar no respondió. Beg Hon esperaba verle utilizar alguna otra herramienta, como un bisturí eléctrico o cosa parecida, pero en realidad el extranjero no empleó ningún otro instrumento. Después de un pequeño rato el doctor se movió y dijo:

—La herida está cerrada. Pienso de todas formas que habría que hacerte una radiografía, posiblemente la bala haya fracturado el hueso. Ya puedes levantarte.

Beg Hon estaba seguro de no poder hacerlo sin sentir de nuevo aquel agudo dolor en la espalda y el brazo. Pero con gran sorpresa suya no experimentó ningún dolor ni molestia al incorporarse. Se sentó en el borde de la cama y miró sorprendido al lampiño rostro del doctor.

Beg Hon era un tipo al que gustaba indagar las causas de las cosas.

—¿Por qué no siento ningún dolor? ¿Estoy todavía bajo los efectos de la anestesia? —preguntó.

—No hay ninguna razón para que sientas dolor ahora, puesto que estás completamente curado.

Beg Hon no hizo más preguntas porque en este momento entraban en la enfermería Ubiao y el sargento Istan. Ubiao segundo oficial del “Maquim”, cojeaba al andar. Detrás venían todos aquellos extraños tipos que se encontraban en la bodega del barco cuando sacaron a Beg Hon del bote.

Mientras Istan adoptaba la actitud de un hombre francamente asustado, el capitán Ubiao miraba arrogantemente a todos lados, no obstante lo cual, cambió de actitud cuando vio que querían llevarle a una de las camas. Aunque llevaba las manos atadas, Ubiao trató de resistirse. Le redujeron por la fuerza y le arrojaron de un empujón en la cama contigua a la de Beg Hon.

—¿Por qué te resistes? —le dijo Beg Hon—. Estás herido y sólo quieren ayudarte.

—¿Quiénes son estos tipos? —preguntó Ubiao echando los pies fuera y sentándose en el borde de la cama, frente a Beg Hon—. ¡Qué aspecto más repugnante tienen!

—Ignoro quiénes son —dijo Beg Hon—. Por lo menos de una cosa podemos estar tranquilos; no son silaitas.

—Lo cual no quiere decir que estemos en mejor situación que si hubiéramos caído en manos de los silaitas. ¿Te has fijado en su barco? ¡Es enorme!

El doctor de la cabeza grande que había curado a Beg Hon se acercó a Ubiao y le habló. ¡Pero Beg Hon no entendió ni una sola de sus palabras! Por el contrario, Ubiao quedóse mirando al doctor atónito. Luego miró a Beg Hon y exclamó:

—¡Me habla y yo entiendo!

—Se dirige a ti hablando telepáticamente, es decir, de mente a mente. Ellos pueden leer nuestros pensamientos, lo he comprobado.

—¿Cómo pueden hacer eso?

—Lo ignoro. Supongo que tendrán algún don especial que nosotros no podemos siquiera comprender.

Ubiao quedó tan anonadado que no ofreció resistencia alguna cuando el doctor Fidel se inclinó sobre él y le palpó la pierna herida.

Beg Hon, que no pudo presenciar las manipulaciones del doctor cuando le curaba la espalda, pudo asistir ahora a la curación de Ubiao. Salvo comprobar que la herida tenía agujero de entrada y salida, Fidel Aznar no hizo nada. Sólo miró fijamente la herida, en silencio y como absorto en sí mismo. ¡La herida se cerró por sí sola y dejó de sangrar!

El doctor se volvió hacia el sorprendido Beg Hon.

—Convendría que tomarais un baño. Os proporcionaremos ropa nueva y seca. Tu amigo Ubiao parece muy nervioso. Adviértele que no le quitaremos las ligaduras si no promete comportarse civilizadamente.

¡Civilizadamente! La palabra hirió a Beg Hon en su dignidad. Tenían que demostrar a los extranjeros que los tumas eran tan civilizados como el que más. Habló a Ubiao y le rogó que renunciara a todo acto de violencia.

—Hay cosas a las que un prisionero no puede renunciar, tal como su derecho a intentar evadirse —dijo Ubiao.

Beg Hon se enfadó:

—No seas imbécil, Ubiao. Cuanto tú estés pensando en evadirte, ellos estarán leyendo tus intenciones en tu pensamiento.

—¿Quieres decir que jamás lograremos escapar? —preguntó Ubiao con desaliento—. ¿Qué harán de nosotros?

Beg Hon transmitió la pregunta al doctor Fidel. Éste se encogió de hombros y dijo:

—No os vamos a matar ni a torturar, ni vais a ser nuestros cautivos eternamente. Acabamos de llegar a este mundo y sólo nos guía un interés puramente científico. Hay muchas cosas que deseamos saber de vuestro planeta… Todo sería mucho más fácil si satisficierais nuestra curiosidad respondiendo a nuestras preguntas.

Beg Hon se sintió realmente preocupado. ¿Qué significaba aquella expresión, “acabamos de llegar a este mundo”? ¿Cuál era el mundo de procedencia de los extranjeros?

—Charlaremos más tarde —dijo Fidel Aznar en respuesta al pensamiento de Beg Hon.

Observados por los tripulantes del barco, que no paraban de hacer comentarios entre sí, los tres tumas esperaron hasta que regresaron los dos hombres que habían ido a despojarse de sus armaduras de cristal. Éstos, vestidos de blanco de los pies al cuello, soltaron las ligaduras de Ubiao y de Istan y los sacaron de la enfermería metiéndoles en un cuarto de duchas contiguo.

Al salir de las duchas les entregaron unas toallas grandes de baño. Todavía envueltos en estas toallas, sus guías les llevaron hasta un ascensor con el que bajaron hasta un pañol. Allí se encontraron de nuevo con algunos de los individuos que ya vieron en la bodega y en la enfermería.

Más sereno, ahora que empezaba a acostumbrarse a su nueva situación, Beg Hon se iba fijando en muchos detalles que antes le pasaron desapercibidos. Por ejemplo, mientras algunos individuos iban vestidos de blanco, todos iguales, otros llevaban ropas que variaban en el corte, el color e incluso en la calidad del tejido. Beg Hon supuso acertadamente que unos iban uniformados y pertenecían a la dotación del buque, mientras que los demás eran civiles y estaban en el barco por alguna razón especial.

También observó que los tipos eran distintos. La mayoría eran esbeltos y tenían pelos cortos en la cabeza, pero algunos otros llevaban los cabellos largos y tenían en el pecho dos protuberancias, más acusadas en unos que en otros. Estos últimos eran todavía más pequeños y tenían las ancas marcadamente más redondeadas y carnosas. Beg Hon presumió que unos eran machos y las otras hembras, simplemente porque en su propia raza las hembras también eran más pequeñas que los machos.

El pañol era muy grande y estaba bien provisto de toda clase de repuestos y herramientas, incluso aquellas curiosas armaduras de vidrio azul, y un armario donde se veían ordenadamente dispuestos una hilera de fusiles de un modelo jamás visto.

Estaba Beg Hon preguntándose si los extranjeros tendrían también ropas confeccionadas para su talla, cuando uno de los marinos uniformados le invitó a entrar en una especie de jaula cilíndrica que se alzaba sobre una tarima. Aunque los barrotes “parecían” demasiado endebles para impedirle salir, Beg Hon miró desconfiado aquello.

—¿Es una jaula? —preguntó al marino.

—Es un palpador. Como verás se trata de confeccionarte un traje, y para eso necesitarnos conocer tus medidas. En todo el interior de los aros y los barrotes de la jaula hay unos sensores que miden la distancia que queda entre ellos y tu cuerpo. Según esas medidas, la Karendón confecciona un patrón y a continuación integra de una sola vez tu ropa interior, tu traje y tus zapatos. Por cierto, ¿de qué tejido lo quieres? ¿Liviano, de mediano abrigo, rojo, azul, gris o de qué color? ¿Lo prefieres metálico, de oro, de plata, de titanio?…

Beg Hon pensó que el marino se estaba burlando de él. Más para que nadie pensara que un tuma no tenía sentido del humor ni sabía soportar una chanza, dijo muy seriamente:

—Si es posible lo quiero tejido de oro, pero que no sea muy pesado.

—El oro es un mental muy pesado, ya lo sabes —dijo el marino haciendo muecas con su rostro lampiño.

—No importa, insisto en que sea de oro —dijo Beg Hon, sospechando que el otro buscaba evitar el compromiso.

—Muy bien, a tu gusto. Dame la toalla y sube a la tarima.

Descalzo y totalmente desnudo, Beg Hon subió a la tarima y el marino cerró la jaula. En este momento algunos de los extranjeros que le estaban observando manejaron sus cámaras fotográficas. Una de las hembras se acercó tanto para retratarle el miembro viril, que Beg Hon se sintió lleno de vergüenza. Experimentó entonces la sensación de ser objeto de una curiosidad estúpida, como un mono que se ofrece a la diversión del público expuesto en una jaula. ¿Por quién le habían tomado?

Lleno de furia levantó la pierna por entre los barrotes y asestó un puntapié a la cámara de la hembra, que voló por el aire y fue a caer a distancia. La hembra se asustó tanto que cayó al suelo sobre sus posaderas. Pero la ira de Beg Hon no se había extinguido todavía. Se asió con ambas manos a los barrotes y tiró de ellos doblándolos. Ya suponía que la endeble jaula no resistiría a la fuerza de sus músculos. De un empujón la desbarató, la levantó en el aire y la arrojó sobre el grupo de monos lampiños que le estaban mirando con la boca abierta.

En este momento llegaba el individuo más alto y más rubio que le había rescatado del mar y parecía ejercer cierta autoridad sobre los marinos que le acompañaron en aquella ocasión. Beg Hon le había visto con armadura, pero ahora vestía de blanco y traía una gorra blanca con visera negra adornada de entorchados de oro. Apenas el oficial le miró, Beg Hon sintió el impacto de una personalidad poderosa, algo parecido a lo que le había ocurrido con el doctor Fidel.

El oficial no movió siquiera los labios, pero Beg Hon escuchó su voz en el interior de su cerebro.

—Beg Hon, ¿qué haces? ¿Es esa tu manera de comportarte, como un animal?

Beg Hon no quería parecer un animal. Era un oficial de la Armada Imperial, descendía de una familia noble y había cursado estudios en la Universidad de Comma, graduándose en la Escuela Naval.

—¡No soy un animal! —gritó blandiendo sus puños—. ¡Y por lo mismo que no lo soy no consiento que me metáis en una jaula!

—No es una jaula.

—¡Es una jaula! —vociferó Beg Hon—. En mi país a los monos como vosotros los exhiben en jaulas como esas.

Beg Hon abandonó de un salto la tarima. A sus espaldas fulguró un relámpago azulado. Se volvió. Un gran armario, tan alto como él, abrió silenciosamente su gruesa puerta cubierta de porcelana. En el interior del armario, colgando de una percha, brillaba como un ascua un traje de una sola pieza tejido de oro. Debajo del traje, en el piso del armario, vio un par de espléndidas botas de un material gris plateado.

Beg Hon quedó anonadado. Dudó entre si el marinero le había ofrecido un traje confeccionado, o si realmente la máquina acababa de fabricarlo para él.

—¿Pediste un taje de oro, Beg Hon? —le preguntó el oficial irónicamente.

Beg Hon se sintió avergonzado de su conducta. Seguramente los extranjeros estaban pensando de él que era un perfecto ignorante. ¿Pero por qué tuvieron que humillarle fotografiándole en cueros? ¡Si al menos no hubiese habido hembras delante!

Utilizando sus dotes telepáticas, el oficial conoció el problema de Beg Hon. Habló al grupo y las hembras abandonaron el pañol con sus cámaras fotográficas.

—¿Te sientes mejor ahora, Beg Hon? —preguntó el oficial.

—Te quedo agradecido, oficial.

—Llámame Marek. Ese es mi nombre.

—¿Eres el comandante de este buque?

—No. Soy el segundo. ¿Por qué no vas a probarte tu traje?

Beg Hon le miró compungido.

—Siento haber estropeado el palpador.

—No te preocupes, tenemos repuestos aquí mismo. Sólo que tus compañeros tendrán que esperar para conseguir sus trajes.

Beg Hon se dirigió al armario. Descolgó el traje de oro, que no encontró tan pesado como había esperado. El traje se abría con una cremallera y en el interior encontró otras piezas; un calzoncillo corto y una camiseta de algodón. Mientras se vestía, pensaba que tal vez no hubiera escogido la prenda más cómoda, aunque indudablemente fuera la más valiosa. ¿Siempre prodigaban los extranjeros el oro con tanta magnanimidad?

Marek leyó sus pensamientos. Sus labios se estiraron en una mueca que Beg Hon empezaba a comprender era síntoma de risa o algo parecido.

—El oro no tiene para nosotros más valor que el plomo o cualquier otro metal. Lo producimos por integración molecular y cuesta igual lo uno que lo otro, es decir, nada.

—¿Nada? —exclamó Beg Hon—. ¿Producís igualmente oro y plomo sin que os cueste nada?

—Sólo el gasto de la energía eléctrica. Es verdad que se gasta más energía fabricando oro que madera, pero no contabilizamos el costo, no tiene importancia —aseguró Marek.

Beg Hon acabó de vestirse, se calzó las botas y abrochó la cremallera.

—Tienes un aspecto formidable —aseguró Marek—. Tu traje va a arrancar gritos de admiración cuando regreses a casa.

—¿Vais a permitirnos regresar a nuestro país? —preguntó Beg Hon.

—Apenas llevas aquí una hora, ¿y ya sientes añoranza de tu país? ¿Es que no hay nada a bordo de este barco que excite tu interés?

—Mucho. Aunque me sentiría mejor si estuviera aquí por mi propio gusto.

—Considérate huésped en lugar de prisionero, si eso te hace sentir mejor. Ven conmigo, supongo que tendrás hambre.

—¿Y mis compañeros?

—Vendrán a reunirse con nosotros cuando estén vestidos.

Beg Hon siguió a Marek fuera del pañol. Tras ellos echaron los hombres que tanta curiosidad habían demostrado, incluso utilizando sus cámaras fotográficas sobre Beg Hon. Estos hombres eran cuatro. De nuevo en el ascensor Beg Hon iba preguntándose quiénes serían aquellos tipos cuando Marek le habló y dijo:

—Estos hombres son científicos, todos ellos eminencias en sus respectivas especialidades. La misión que vinimos a realizar en este planeta es puramente de investigación. No abrigamos ningún sentimiento de hostilidad ni nos proponemos interferir en sus asuntos domésticos. Éste es el profesor Mario Valera, astrofísico. Este otro es el profesor Gerardo Castillo, arqueólogo y antropólogo, y por último el profesor José Ferrer, que es ingeniero y físico nuclear.

El ascensor se detuvo y todos salieron de él dirigiéndose en grupo por un pasillo alfombrado hasta una habitación de regulares dimensiones, con una larga mesa rodeada de sillas, un gran aparador-librería, y en éste un receptor de televisión en color que estaba funcionando. Este comedor tenía moqueta en el piso, una especie de armario metálico en un ángulo, sillas tapizadas y cuadros de gran calidad en las paredes.

Lo que más sorprendía a Beg Hon, aparte las enormes proporciones del buque, era el equipamiento interior de éste. Los extranjeros parecían disfrutar de un alto nivel de vida. Por todas partes se apreciaba que no se había reparado en gastos al hacer las cosas, y hasta en el más pequeño detalle trascendía el acierto en el diseño, la calidad de los materiales y una cuidadosa terminación en cada cosa. ¡Claro, que si podían fabricar oro por transmutación atómica, no iban a poner reparos por dinero!

Los extranjeros debían estar atentos a cada uno de los pensamientos de Beg Hon. Acababan de sentarse a la mesa, donde Beg Hon destacaba por su mayor corpulencia, cuando el profesor Alejandro Aznar hizo una mueca y dijo:

—No, Beg Hon, las cosas en nuestro mundo no son como te figuras. Nuestra economía no se rige por los anticuados patrones capitalistas que seguramente conoces, eso terminó hace muchísimo tiempo. En Valera el oro se utiliza para fabricar grifos, para conducciones de agua y otros usos en los que se aprecian las cualidades de este metal resistente a la oxidación y la corrosión. El dinero no existe.

—Pero utilizaréis billetes, vales o alguna otra forma para facilitar las transacciones, ¿o no?

—En nuestro mundo sólo se conoce un modo de transacción. El ciudadano entrega a la nación su trabajo, y a cambio recibe de la nación todo lo necesario para llevar una vida digna. Así es de sencillo.

—Eso es lo que aquí llamamos socialismo.

—Así lo llamamos nosotros también.

—Pero aquí el socialismo no funciona, no puede funcionar. El socialismo parte del falso supuesto de que todos los hombres son iguales. Eso no es verdad. Los hombres no nacen iguales; unos nacen fuertes y otros débiles, unos inteligentes y otros torpes, unos trabajadores y otros holgazanes. La pretensión de medir a todos con el mismo rasero es impracticable. Si se suprime el premio a la inteligencia y la laboriosidad se mata todo estímulo, se retrasa el desarrollo, se sume a la nación en el desinterés y el desánimo, baja la productividad y sobreviene la miseria…

Mientras repetía de carrerilla una lección bien aprendida, Beg Hon pensaba en la experiencia socialista de los silaitas. Este pensamiento fue interceptado por Alejandro Aznar.

—Háblame de los silaitas.

Beg Hon se resistía a hablar de Silaos… Finalmente dijo con desgana:

—Los silaitas iniciaron hace años la experiencia socialista. Todo empezó con la sublevación de los esclavos, que barrieron y dieron muerte a la clase noble adinerada. Silaos era entonces un país eminentemente agrícola. Se repartieron las tierras de cultivo, con lo cual se inició una caída en vertical de la productividad. En mi opinión el ser humano es por naturaleza egoísta, perezoso e insolidario. Aun hoy día la diferencia entre Silaos y Tumma es apreciable. Mientras a igual extensión una granja silaita alimenta a tres familias, una granja tuma alimenta a treinta y dos familias. La razón está en que el gobierno socialista de Silaos decomisa para el Estado la mitad de las cosechas y el agricultor silaita piensa que no vale la pena esforzarse en trabajar para su gobierno. Entonces trabaja a un mínimo de rendimiento, por una cosecha vital para su propia supervivencia. Las duras sanciones impuestas por el gobierno no parece que lleven camino de enmendar esa situación. El país entero adolece de una falta de interés, consecuencia clara de una falta de estímulo.

Beg Hon guardó silencio, como si lo hubiese dicho todo, pero Alejandro Aznar esperaba algo más y dijo:

—Me hablas solamente de la parte negativa de la aplicación a rajatabla del socialismo, pero algo positivo debe haber también, ¿o no es así?

—Desde la implantación del socialismo Silaos inició una desesperada carrera hacia la transformación industrial, y en ese aspecto algo han conseguido. En lo industrial Silaos era un país totalmente dependiente de Tumma. Copiaron nuestras patentes, y aunque el principio fue desastroso, a costa de enormes sacrificios y del hambre del pueblo, de fracasos y desastres, adquirieron su propia experiencia en un terreno que desconocían totalmente. Hoy su producción de acero, de electricidad y de cemento iguala casi a la de Tumma. Esto no supone que los silaitas hayan mejorado de condición. La mayor parte de la producción industrial del país se dedica a la creación de una potencia militar de primer orden. Su Ejército, su Marina de Guerra y sus Fuerzas Aéreas crecen constantemente, hasta el punto que nos hemos visto obligados a declararles la guerra, antes que se rompa el actual equilibrio de fuerzas y nos aplasten con la superioridad del número.

—¿Era necesaria esa guerra? ¿Lo era de verdad? —interrogó Alejandro Aznar advirtiendo cierta vacilación en Beg Hon.

—El gigantismo de Silaos nos crea un grave problema a todos los demás países del mundo civilizado. Silaos exporta su propaganda, incita a las masas a la rebelión, ayuda en armas y dinero al movimiento revolucionario de todos los países. Si no destruimos el socialismo, él acabará aplastándonos a nosotros. Puede hacerlo de dos formas distintas; bien atacando nuestra economía disputándonos el mercado con precios más bajos, bien por la lucha armada directa.

—Sinceramente, Beg Hon —preguntó Alejandro Aznar—. Si Silaos no estuviera respaldado por su formidable Ejército, ¿qué posibilidades tendría de arrebataros la hegemonía del mercado de vuestros productos?

—Ninguna —admitió Beg Hon, sorprendiéndose a sí mismo con esta espontánea declaración—. Nosotros no se lo permitiríamos.

—Luego reconoces que Silaos ha tenido que armarse hasta los dientes antes de poder lanzar sus productos industriales a competir con los vuestros, ¿no es así?

—Supongo que es como tú dices.

—¿No lo sabes? —insistió Alejandro Aznar.

Beg Hon lo sabía, pero se negó a contestar. Medió entonces Marek y dijo:

—Vosotros atacasteis a Silaos con missiles nucleares. ¿Es así como se acostumbra a declarar la guerra en este planeta, enviando por delante las bombas como aviso?

—Tal como estaban de deterioradas nuestras relaciones, era simple cuestión de ver quién se anticipaba al otro asestando el primer golpe.

—Pero tú no apruebas ese modo de actuar —apuntó Marek.

—Es cierto, me disgusta. Pertenezco a una antigua familia de nobles guerreros. En otro tiempo solamente los guerreros profesionales, los “damuras”, hacíamos la guerra. Eso era en la época feudal. Luego vino la revolución industrial y los “damuras” perdieron parte de su imagen. Hoy, con los tecnicismos del maquinismo y la masificación de los ejércitos, hubo que dar entrada a la plebe. De todos modos todavía se reserva a la nobleza los grados superiores.

—¿Qué grado desempeñabas a bordo de tu barco?

—Era el segundo comandante.

—¿Sabes qué ocurrió con vuestras bombas?

—Las tres estallaron en el aire antes de alcanzar sus objetivos. La última hizo explosión sobre nuestras cabezas. Abrió una vía de agua en el casco que nos impidió sumergirnos. Pensamos que los missiles adolecían de algún defecto, pero luego vimos en nuestro radar una aeronave que volaba a gran altura y temimos que los silaitas hubiesen puesto en el aire un nuevo tipo de arma.

—¿Pensasteis que nuestra aeronave era una nueva arma de vuestros enemigos?

—En efecto. Y ahora que me consta que no sois silaitas todavía me pregunto quiénes sois. Me habéis hablado de un planeta, vuestro planeta al que llamáis Valera. Conocemos todos los pequeños planetas que giran alrededor del sol, durante siglos han sido estudiados por nuestros astrónomos. Incluso recientemente hemos enviado a uno de esos planetas una sonda espacial que ha analizado su atmósfera y nos ha enviado imágenes de televisión. Por lo que sabemos hasta ahora ninguno de esos planetas reúne condiciones para la vida, tal como nosotros la conocemos.

—Nuestro planeta no es de este mundo, está fuera de ésta gigantesca esfera, en el espacio exterior —dijo Alejandro.

Beg Hon quedó atónito. ¡El espacio exterior!

Desde los tiempos más antiguos se creía que todo el orbe era Hebón, es decir, la masa de océanos y continentes en cuyo centro gravitaba el Sol. Éste era todo el universo y fuera de él no existía nada. Sólo en tiempos relativamente modernos se puso a discusión la realidad de esta aseveración, y más recientemente, con la investigación de la estructura molecular, algunos científicos muy avanzados, como Thant y Bosha, y ya en la actualidad Azi Val, dieron por seguro la existencia de un espacio exterior, en cuyo contexto Hebón sólo sería una gigantesca esfera hueca, un planeta más entre muchos gravitando en un Universo infinito.

Oficialmente, en Tumma se ignoraba la teoría de estos sabios eminentes, que conocieron la prisión y la tortura, la deportación y la muerte, por defender unas ideas que atentaban contra la base de la religión Auzal, la única tolerada en el Imperio, cuyo representante mortal era la propia figura del Emperador.

Los silaitas, que al tiempo que ahorcaban a la clase noble hacían saltar en pedazos la religión, se tomaban muy en serio su revolución cultural y creaban nuevos centros de investigación. El emporio de la cultura pasaba de Tumma a Silaos. El socialismo atacaba directamente los tres puntos de apoyo vitales del Imperio; el social, el económico y el cultural. Si uno solo de estos apoyos cedía, toda la estructura del Imperio Tumma se tambalearía y acabaría por derrumbarse.

Aunque no era un militante activo y veía con cierto temor los avances del socialismo, Beg Hon admitía la realidad de un hecho incuestionable. Las viejas estructuras se caían a pedazos; un nuevo orden, que quizás no fuera el socialismo, sino algo distinto, se gestaba en el seno de un mundo en efervescencia. Un mundo mejor comunicado, más sincero y más ilustrado, un mundo acuciado por nuevas necesidades, que exigía nuevas respuestas a viejas preguntas jamás contestadas.

El sistema capitalista crujía por todos sus lados, pero todavía no estaba muerto. La respuesta de las fuerzas reaccionarias iba a ser la de siempre, porque el capitalismo, entre otros defectos, adolecía de falta de imaginación. El capitalismo no defendía ideales, sino intereses. No podía hacer cesión de sus posiciones, porque si lo hiciera dejaría de ser el capitalismo y sería otra cosa. Y para defender sus posiciones apelaba al recurso de la fuerza, como siempre había hecho.

La guerra era la respuesta del imperialismo a los ataques ideológicos del socialismo. Una guerra total, como jamás antes había conocido el mundo; una guerra planeada, ejecutada con nuevas y sofisticadas armas de inmenso poder. La Humanidad sufriría tanto, iba a quedar tan diezmada, que después de esta terrible lección, por mucho tiempo en el futuro, no tendría fuerzas para rebelarse.