CAPÍTULO OCTAVO

VESTIDOS de nuevo con sus armaduras, pero llevando las escafandras bajo el brazo, los dioses descendieron hasta el templo y se encontraron allí con una pequeña fuerza de ocupación, formada por dos oficiales y una compañía de soldados armados de lanza y arco.

La cuestión de si debían llevar puesta la escafandra fue motivo de viva discusión, especialmente entre el vicealmirante Samper y Adler Ban Aldrik. El profesor Alejandro apoyaba la postura de su tío, y Tuanko era contrario y defendía la opinión de Samper, mientras el sargento permanecía neutral y se limitaba a tomar largas escenas de cuanto ocurría en el patio.

Todo venía porque Adler Ban Aldrik dijo que no quería engañar a los sumerios haciéndose pasar por un dios. Samper dijo que sería mucho mejor inspirar respeto en los indígenas, aun a costa de dejarles que continuaran engañados. El “bundo”, que a veces se excedía en su puritanismo, puso énfasis en su punto de vista y acabó enfadándose con Samper. Éste cedió, cosa mal hecha, y los dioses perdieron su condición de tales al descender al nivel del templo con la cabeza descubierta.

Por la forma que les miraban los soldados de la guardia, y por los pensamientos que cruzaban la mente de éstos, Tuanko comprendió que acababan de perder una posición de prestigio bajo un punto de vista psicológico. Hasta el mismo Adler Ban Aldrik se dio cuenta, pero ya era tarde para enmendar el error.

Hacia las diez y media de la mañana, apenas habían bajado los astronautas hasta el templo, formó la guardia a ambos lados de la escalinata, desde la segunda plataforma al patio.

Desde abajo empezaron su penosa ascensión los portadores con la pesada anda de oro, tratando, en todo momento, de mantenerla en posición horizontal. Sobre el anda, rodeado de cojines y preocupado por su integridad física, venía Rorko, rey de Ur Auka. Le seguían los nobles de la ciudad, y en último término el enjambre de servidores.

Llegados a la plataforma, los exhaustos porteadores dejaron el anda en el piso y el rey Rorko saltó ágilmente fuera. Se trataba de un hombre bastante joven, de estatura mediana y cerrada barba negro-azulada. Vestía una larga túnica y calzaba sandalias doradas.

Adler Ban Aldrik era el más alto de los astronautas y Rorko se dirigió a él.

—Mu-Ra sigue anunciando la ruina de Ur Auka, y os desprestigia e insulta asegurando que sois falsos dioses. Por desgracia veo que Mu está en lo cierto. Sólo sois simples mortales.

Rorko hablaba en su propio idioma, obligando a los astronautas a emplear sus facultades telepáticas para entenderle.

—Mortales, sí —respondió Fidel Aznar—. No cualesquiera mortales. Mu-Ra tiene razón en más de una cosa; no ha mentido al decir que Ur Auka será destruida. Un planeta va a desplomarse sobre Summer. Todo el país será arrasado.

Rorko palideció. Era realmente un hombre asustado.

—Si vosotros no sois los dioses, ¿quién envía tan duro castigo sobre Ur Auka?

—La fatalidad lo dispuso así. Desde el comienzo de los siglos la estrella de Baal tenía marcado el día y la hora en que caería sobre la Tierra. No es, como dice Mu-Ra, una consecuencia de los pecados de los hombres, sino que estaba predestinado de este modo —aseguró Adler Ban Aldrik.

—¿Qué podemos hacer para evitar ese cataclismo? —gimió el rey Rorko—. He ordenado aparejar la nave real, pero no me atrevo a salir a la mar. Ese maldito Mu porfía que todo es inútil, que el cielo va a desplomarse y no existe salvación posible.

—Temo que Mu esté en lo cierto. La única salvación consiste en abandonar la Tierra.

—¿Quieres decir abandonar el país?

—No el país, sino el planeta mismo, el mundo.

El concepto de unidad planetaria no podía ser entendido por Rorko, para quien incluso la esferidad de la Tierra resultaba incomprensible. Adler Ban Aldrik vio la confusión en la mente del rey y tuvo que usar de infinita paciencia para inculcarle la idea del espacio. Gracias a las facultades telepáticas del “bundo” le fue posible a éste dar una visión real de la Tierra con respecto al resto de los planetas y el Universo.

Más difícil resultó hacer creer a Rorko que en un punto de aquel espacio se encontraba el autoplaneta “Hermes”, el cual Adler Ban Aldrik describió como “una nave que viaja por el cielo de estrella a estrella, como de isla en isla”.

Rorko, sencillamente, no le creyó.

—Supongamos que nuestra nave está anclada en el océano. Se trata de un barco insumergible, tan grande que ni el viento ni las olas lo pueden tumbar —dijo Adler Ban Aldrik por buscar un símil de fácil comprensión para el ignorante Rorko—. ¿Vendrías a él si te dijera que puedes salvarte de la destrucción de Summer?

—¿Podré llevar conmigo a mi familia, mis criados y mis esclavos? —preguntó Rorko.

En este momento, abriéndose paso entre los personajes que estaban detrás de Rorko, apareció Mu-Ra. El Gran Sacerdote empezó a increpar al joven rey.

—¡Rorko, perjuro, clamas en vano por tu vida, porque los dioses han decidido castigar tu sevicia! Los falsos dioses carecen de poderes para impedir la ruina de tu reino. El cielo se desplomará sobre tu cabeza, lloverán rocas como montañas y Ur Auka será destruida. Todo el oro acumulado en tus arcas, ni tus palacios ni tus millares de esclavos bastarán para comprar tu vida. ¡Rorko, asesino de tu padre y tus hermanos, prepárate a morir!

Furioso el joven rey se precipitó sobre el Gran Sacerdote y le tiró de un empujón al suelo.

—¡Matadle! —ordenó a los soldados de su guardia.

Antes que los sorprendidos astronautas pudieran impedirlo, un oficial de la guardia se arrojó sobre Mu y le atravesó el pecho con su espada de bronce. Al extraer la ancha hoja, un chorro de sangre brotó de la herida tintando de rojo las ropas del desdichado Mu.

Los tapos quedaron paralizados por el horror.

—Echadle a los perros —ordenó Rorko.

Entre tres hombres levantaron el cuerpo de Mu.

—¿Por qué has hecho eso? —preguntó Adler Ban Aldrik dando un paso en dirección al rey.

La punta de una espada surgió ante la garganta del “bundo”. El oficial dijo unas palabras, que Adler Ban Aldrik interpretó como de amenaza. A espaldas de su tío, Tuanko puso el dedo en el disparador del subfusil, preparándose para lo peor. El vicealmirante Samper y el sargento Ribo apercibieron también sus armas.

Mientras tanto, los soldados levantaron el delgado cuerpo de Mu-Ra y lo arrojaban al patio desde lo alto del muro.

—¿Por qué lo has hecho? —repitió Adler Ban Aldrik. Y en sus azules ojos, de ordinario serenos, brilló un relámpago amenazador.

—Era un charlatán —dijo Rorko—. No sólo me insultó a mí, sino que se mofó de vuestros poderes hablándole mal al pueblo. ¡Derio, aparta tu espada de la garganta de mi amigo!

—No soy tu amigo, Rorko —dijo el “bundo”—. No tengo amigos asesinos.

—¿Te atreves a insultarme? Mide bien tus palabras, extranjero, o haré que te devoren los perros como a Mu —dijo Rorko frunciendo el ceño.

—¡Pobre Mu! —se lamentó Adler Ban Aldrik—. Él tenía razón en todo cuanto dijo. Esta ciudad está llena de corrupción y podredumbre. No eres bueno, Rorko. Ni tú ni tu reino merecéis ser salvados.

—Tú prometiste salvarnos. ¿Vas a desdecirte ahora de tus promesas?

—No lo haremos por ti, pero tus súbditos no deben pagar por tus pecados. Ahí llega nuestra nave —dijo el “bundo”.

En efecto, llamada por radio poco antes, la cápsula portadora acudía pilotada por el teniente Artadi. Utilizando la radio de su escafandra, el vicealmirante Samper instruyó al piloto para que aterrizara en el patio del zigurat.

Pintada de brillante color amarillo, la cápsula portadora de la “Traslator” se inmovilizó sobre el zigurat y fue visto por la muchedumbre. Cientos de brazos señalaron a la aeronave, escuchándose voces de admiración. La cápsula empezó a descender y entonces se hizo el silencio. En la cápsula no había elementos mecánicos en movimiento, por lo que su vuelo estaba caracterizado por la suavidad.

La cápsula seguía descendiendo verticalmente, brillando al sol con su pintura recién estrenada. De pronto, se produjo un movimiento de pánico entre la muchedumbre, una auténtica estampida en dirección a la puerta de la muralla, que aun siendo ancha resultaba insuficiente para dar cabida a todos los que querían pasar por ella.

El pánico se contagió a los soldados de la guardia, a los esclavos y el cortejo del rey. Cuando los soldados echaron a correr, los criados se apresuraron a adelantárseles y detrás echaron los cortesanos.

Se produjeron caídas en la escalinata, que provocaron a su vez caídas en los que bajaban detrás. En medio del tumulto, abandonada el anda, ésta basculó en el mismo borde de la plataforma y se deslizó escalinata abajo arrollando a los hombres, derribándoles y pasando sobre éstos como una apisonadora.

Solamente el rey Rorko, haciendo un llamamiento a toda su dignidad y su valor, se mantuvo donde estaba, si bien su mirada recelosa no se apartaba del objeto volador que venía sobre el patio. No podía negársele a Rorko el mérito de ser valiente. De no ser así no estaría ocupando el trono de Ur Auka, donde las intrigas y los crímenes se sucedían con regularidad.

Visto el pánico desatado por la presencia de la cápsula, el vicealmirante Samper ordenó a Artadi que se elevara de nuevo. La cápsula detuvo su descenso y se remontó a las alturas, pero nadie pareció advertirlo. En la puerta, la caída de los fugitivos provocó otras caídas, formándose un montón de carne humana.

Cuando los miles de personas que llenaban el patio acabaron de salir, quedaban sobre las losas armas, escudos, gorros, jirones de ropa y toda clase de calzado. En la puerta de la muralla había un montón de gente herida o muerta por aplastamiento y asfixia.

El teniente Artadi encontró espacio sobrado donde posar la cápsula portadora “K-T”.

* * *

El incidente que provocó tantas víctimas resultó mucho más lamentable cuanto que, al elegir el patio del zigurat como lugar de aterrizaje de la cápsula, la intención de Samper era precisamente evitar los tumultos de los sumerios en su afán por alcanzar la salvación. Rodeado de murallas, con sólo dos puertas, de las cuales una estaba cerrada, el patio era fácilmente controlable. Bastaría colocar una guardia en la puerta para que, dejando pasar sólo el número adecuado de personas, el tumulto no se produjera ante las “Karendón”.

Posada en el patio, la cápsula tenía la proa apuntando a la puerta de la muralla interior. Rorko descendió la escalinata del zigurat en compañía de los astronautas y fue a echar un vistazo al interior de la “Karendón”, cuyas puertas acababan de ser abiertas por el teniente Artadi desde la cabina de mando. El taimado Rorko inspeccionó la cámara de la “Traslator K” con desconfianza.

Creía Rorko que la cápsula era una aeronave para conducirle al “gran barco celeste que navegaba de estrella a estrella”, y los astronautas no intentaron sacarle de su error. ¿Cómo hacer comprender al ignorante reyezuelo todo el complicado y maravilloso proceso de la desmaterialización y restitución? Rorko no sólo no lo creería, sino que tomaría miedo, y todo sería peor.

Una vez en el interior de la cámara y desmaterializado, poco importaba lo que pensara Rorko después.

—La barca es muy pequeña —observó Rorko—. Necesitaré por lo menos cien como ésta para llevar mis joyas, mis divanes de oro, mis baúles, mis esposas, mis criados y mi guardia, mi carro de guerra y mis caballos y perros.

—Hay más barcas en camino —dijo Adler Ban Aldrik—. Pero no serán utilizadas en cosas tan superfluas. Lo siento, Rorko. Tendrás que renunciar a tus muebles, tus baúles, tu carro, tus caballos y tus perros. Las barcas sólo llevarán personas. Aun así no vamos a tener espacio suficiente para toda la ciudad.

—¡Imposible! —exclamó Rorko indignado—. No me embarcaré sin mi fortuna.

—Entonces no embarcarás de ningún modo —intervino Tuanko exasperado—. Puedes quedarte en tu palacio con tu tesoro y esperar a que el cielo se desplome sobre tu cabeza. Veremos de qué te sirven entonces tus riquezas.

—Me arriesgaré. Después de todo, ¿cómo puedo saber si no es todo una invención para que me desprenda de mi fortuna y mi trono? Mu estuvo profetizando catástrofes todos los años de su vida y nunca ocurrió nada —respondió el taimado Rorko.

Los soldados estaban regresando. Primero atisbaban tímidamente, miraban recelosos la cápsula portadora, y luego daban un par de pasos para ver qué ocurría. Como nada ocurrió acabaron por confiarse y entrar. Rorko les llenó de insultos por haberle abandonado, montó en su dorado carro de guerra y abandonó el patio al galope de la cuadriga. Los soldados cargaron con las andas de oro y se marcharon también.

Era cerca del mediodía y la “Traslator” no había funcionado. Los sumerios no se atrevían a entrar. Adler Ban Aldrik se puso la escafandra, acciono su “back” y se encaramó a la muralla en salto prodigioso que dejó admirados a los guardias que andaban por los torreones vigilando el patio. Desde la muralla Adler Ban Aldrik miró a la calle. Entonces comprendió por qué los habitantes de la ciudad no acudían a ponerse a salvo en la “Karendón”.

Tuanko llegó volando por encima de las almenas y vino a aterrizar junto a Adler Ban Aldrik.

—Mira —señaló el “bundo”—. La gente está abandonando la ciudad.

En efecto, Tuanko vio hombres, mujeres y niños que salían de las casas de adobe cargados con fardos y echaban a andar. Cerca de la puerta del zigurat, una carreta cargaba divanes dorados, baúles y tapices que los esclavos sacaban de un palacio con gran prisa, mientras los bueyes se sacudían sosegadamente las moscas con el rabo.

—¿Qué hacen esos locos? —exclamó Tuanko indignado—. ¿Creen poder salvarse sólo con alejarse unos kilómetros de la ciudad?

—Ponte en su lugar. Esta gente sólo sabe de la catástrofe lo que Mu-Ra profetizó. Pero ni siquiera están seguros de que Mu supiera lo que decía. Durante años había anatemizado contra los pecados de los sumerios, contra la corrupción y la violencia, llamando a la cólera de los dioses sin que éstos le escucharan. Los dioses llegaron a Ur Auka esta madrugada, y en principio todo parecía indicar que venían a juzgar y castigar la conducta de este pueblo incrédulo. Mu era un paragnóstico, como seguramente todos los sacerdotes del culto de Marduk, descendientes de los bartpuranos; es decir, los dioses. Y Mu nos desenmascaró. Se opuso a nuestro propósito de salvar a este pueblo y nos desacreditó aireando nuestra condición de falsos dioses. A pesar de todo, si aquella muchacha no hubiera visto tu rostro, dada la semejanza de nuestro aspecto con el de los auténticos dioses, esta gente nos habría tomado por enviados de Marduk. Tal vez entonces nos habrían obedecido y permitido que les salváramos de la catástrofe.

—Yo he echado a perder todo. ¡Soy un estúpido!; —se lamentó Tuanko.

—No te culpes de lo ocurrido, estaba escrito que tenía que suceder así —dijo Adler Ban Aldrik—. Sabemos, porque venimos del futuro, que este continente desapareció sin que quedara recuerdo de él en la Historia. Pero también sabemos, y esto debe servirnos de consuelo, que los sumerios lograron sobrevivir a la catástrofe, al menos en número suficiente para continuar su civilización en Mesopotamia. No necesitaron de nosotros, ni de nuestras “Karendón”, ni nuestra astronave, a pesar de que estábamos aquí.

—¿Pero, estuvimos aquí en aquella Era, tío? ¿Estás seguro?

—Aquella Era es ésta, la que estamos viviendo en este instante. No somos fantasmas intangibles, ni son fantasmas las gentes que nos rodean. Hemos tomado sus alimentos, hemos sentido el frío y el calor. Hemos visto correr la sangre de Mu-Ra, y por nuestra causa han muerto víctimas de aplastamiento todas esas personas allí abajo…

—¡Pero, nosotros no habíamos nacido HOY!

—¿Quién lo dice? Todo se confunde en el tiempo; el pasado el presente y el futuro. Tal vez el tiempo existe, como el universo mismo, en una dimensión curva. Sería entonces como un círculo, donde no se sabe dónde está el comienzo ni el final. No sólo permanece lo que fue, sino que ya ha ocurrido lo que está por ocurrir. Solamente el presente no existe, porque, ¿qué es el presente? Reduce el hoy a horas, las horas a minutos, los minutos a segundos, y los segundos a cien mil millonésimas de segundo. Sólo esa fracción de tiempo inconcebiblemente pequeña separa el pasado del futuro. Y si la divides en partes todavía más pequeñas, acabará por perderse en la nada. La barrera del tiempo es tan sutil, que mitad de nosotros vive todavía en el pasado, cuando nuestra otra mitad ya está en el futuro. Existimos sobre esa divisoria infinitesimal, moviéndonos del pasado al futuro. No es el tiempo quien viene hacia nosotros, sino nosotros quienes recorremos el tiempo. El tiempo está ahí, extendido como un mapa, y en él figuran todos los acontecimientos. Es decir, esos acontecimientos “son” en el plano del tiempo, en una dimensión que no distingue entre pasado y futuro. Están ahí sencillamente. Por lo tanto, no existe contradicción en el hecho de que vivamos una época en la que no habíamos nacido. Estamos aquí, siempre estuvimos aquí “en este momento”. Intervinimos en la vida de Mu-Ra y fuimos, en cierto modo, culpables de su muerte, ya que él estaría vivo si nosotros no hubiéramos venido. Pero así fue como ocurrió, era preciso que estuviéramos aquí para que Mu muriera asesinado. No se está repitiendo un acontecimiento, ES EL MISMO ACONTECIMIENTO EN SÍ. ¿Puedes entenderlo?

—Pues, no muy bien, la verdad sea dicha —suspiró Tuanko Aznar hecho un lío—. ¡Pero, ya que tú lo dices!… Lo que me intriga es saber si finalmente intervinimos para salvar a los sumerios, o si nuestra incursión en esta dimensión fue una simple aventura sin consecuencias. ¿Debemos intentar salvarles, o basta con adoptar la actitud fatalista de “lo que tenga que ser será”?

—Esa pregunta no tiene sentido. Lo que ha de ser será. Si fatalistas, porque teníamos que ser fatalistas para que los acontecimientos ocurran; si rebeldes, porque teníamos que adoptar esta actitud para que los hechos ocurran como ocurrieron. No escogemos los acontecimientos, son éstos quienes nos imponen nuestra conducta.

—Muy bien. Y ahora dime, ¿qué vamos a hacer?

—Supongo que no podemos obligar a esa gente a entrar en nuestras cápsulas, y ellos tampoco lo harán voluntariamente.

—Pero disponemos de medios para obligarles. Podríamos arrojar gas paralizante, amontonarlos en las “Traslator” y despacharles —propuso Tuanko.

—Tendríamos que hacer venir mucha gente para acarrear cientos de ellos hasta las cápsulas. El número de salvamentos que podríamos realizar quedaría muy disminuido.

—Bueno, siempre será preferible que salvemos a cien que a ninguno. ¿O no lo crees así?

—En efecto, tienes razón. Se lo propondremos a tu abuelo, se va a poner furioso —dijo Adler Ban Aldrik.

El Almirante no acogió muy bien la idea. Maldijo lo suyo y finalmente accedió ante el carácter humanitario de la empresa. Una hora más tarde llegaban veinticinco astronautas del “Hermes” equipados con traje de vacío y “back”. El segundo envío consistió en un cargamento de botellas conteniendo gas paralizante. Luego se recibieron en sucesivas operaciones seis camionetas eléctricas de las que se utilizaban a bordo del autoplaneta para transportar cargas ligeras de un lado a otro.

Mientras llegaban más hombres y más vehículos, el primer contingente voló sobre las murallas hasta los caminos que arrancaban de la ciudad en dirección a las montañas. Estas montañas se encontraban demasiado lejos para que los sumerios pudieran alcanzarlas en una sola jornada antes del cataclismo, pero los fugitivos iban a intentarlo de todos modos.

Bajando sobre las compactas columnas de fugitivos que salían de la ciudad, los astronautas abrieron las bombonas de gas y efectuaron varias pasadas sobre la atemorizada muchedumbre. Más pesado que el aire, el gas descendió al suelo y penetró en los pulmones de hombres y mujeres sin que éstos pudieran evitarlo. La gente caía desvanecida, y los que todavía estaban por salir de la ciudad retrocedían a la vista de aquello y corrían por las calles dando lugar a espeluznantes escenas de terror.

—En verdad, no sé si estamos haciendo lo correcto —murmuró el profesor Alejandro desde la muralla—. Esa pobre gente está pasando por un trance peor que la misma muerte.

Pero la operación continuó, simplemente porque “había que hacer algo”, y las camionetas empezaron a moverse transportando hasta el pie del zigurat los primeros cargamentos humanos.

Cuando otras tres cápsulas portadoras llegaron poco después, fueron a aterrizar junto a cada uno de los caminos, de forma que quedó reducida la distancia de acarreo.