CAPÍTULO CUARTO

AL cumplirse el mes del comienzo de la “Operación Éxodo” parecía evidente que no podrían cubrirse los plazos propuestos. El autoplaneta thorbod estaba ya sobre el planeta Veres tomando posiciones para iniciar los desembarcos, y los responsables de la “Operación Éxodo” se encontraban a diez días de distancia de cubrir su objetivo.

Los últimos grupos de la resistencia tapo se habían perdido de vista en los vericuetos de las montañas. Adler Ban Aldrik estaba ya a bordo del “Hermes”. Los renacentistas habían terminado el transporte de los rollos de “vetatom”. Las unidades de zapadores del ejército tapo casi habían terminado de colocar las cargas nucleares que harían volar por los aires las ciudades, los arsenales y las instalaciones industriales. Los renacentistas, dando muestras de una gran eficiencia, ya habían terminado también esta operación. Pero los renacentistas eran apenas 40 millones. Los tapos sumaban más de 300 millones.

Afortunadamente, los thorbod no tenían prisa. Se movían despacio, como tanteando el terreno antes de dar el siguiente paso. O como dijo el profesor Aznar, los thorbod tenían sus propios problemas que resolver.

En efecto, los thorbod eran más de cuatro mil millones, y esta ingente multitud había llegado a bordo del autoplaneta en estado de desmaterialización, de forma idéntica a como viajaban los valeranos durante los trayectos largos de una a otra galaxia.

Gracias a la información que Adler Ban Aldrik había obtenido del propio duque Khaufma, extrayéndola de la mente de éste sin que se diera cuenta, ahora se sabía con certeza que las paredes del autoplaneta thorbod tenían un espesor de 200 kilómetros. La superficie interior del “Argos” era de ochenta y un millones, setecientos doce mil, ochocientos veinticuatro kilómetros cuadrados.

Pese a la considerable extensión de este territorio, los thorbod no disponían de ciudades e instalaciones para alojar a cuatro mil millones de tripulantes. Los thorbod habrían esperado casi hasta el último momento para restituir a su enorme población, y en esta tarea habría de invertir mucho más tiempo que los tapos en desmaterializar la suya, aun en el caso de que dedicaran a esta tarea un número superior de máquinas “Karendón”, como sin duda estaban haciendo.

En los últimos días, en mitad de un ajetreo agotador, se llevaron a cabo puntualmente las previsiones establecidas en el plan. Entre éstas, figuraba la programación de la computadora principal del “Hermes”, que debería guiar al autoplaneta a la Tierra por medios totalmente automáticos. Esta tarea exigía un cuidado sumo y un conocimiento profundo de las matemáticas, y le fue confiada al doctor Fidel Aznar, que además tenía experiencia en otros vuelos anteriores en el subespacio.

A Tuanko, cuyo fuerte no eran precisamente las matemáticas, le maravillaba la serenidad de su tío-abuelo.

—Si yo tuviera que programar la ruta del “Hermes” me asustaría pensar que de mí dependerían la seguridad y, tal vez, la vida de trescientos cuarenta millones de personas —le dijo en cierta ocasión—. ¿Cómo se puede estar tan seguro de uno mismo?

El Almirante Aznar, que era a quien iba dirigida esta pregunta, se limitó a levantar los hombros.

—Mi hermano es así. Es capaz de hacer cosas y asumir actitudes que no soportaríamos las personas corrientes. A veces pienso que no es humano —respondió.

Faltando todavía una semana para cumplirse el plazo de cuarenta días que se impusieron los programadores de la “Operación Éxodo”, empezaron a llegar a la base de Negros importantes contingentes humanos tripulando sus pequeños aerobotes familiares.

Toda esta gente impaciente temía quedar abandonada si, debido a falta de capacidad de las “Karendón T”, llegaba el momento y el “Hermes” zarpaba sin más demora. Recelo pueril, puesto que nadie iba a quedar abandonado en Maquetania, pero que no podía anunciarse por la radio y la televisión, para evitar que los thorbod descubrieran el plan de fuga de los tapos.

Respecto a la radio y la televisión, era curioso comprobar a qué grado de astucia habían llegado los tapos y renacentistas para disimular su marcha. A cualquier hora uno podía encender la televisión o sintonizar cualquier emisora de radio, y de este modo, se enteraba de las cosas que estaban ocurriendo en Renacimiento y Maquetania.

No eran cosas importantes, por lo general. Tapos y renacentistas seguían desarrollando sus actividades con la acostumbrada normalidad. Si uno ponía la televisión veía las calles de Hiperburgo con la gente moviéndose. Podía presenciar toda clase de competiciones deportivas, con estadios a rebosar de multitudes ruidosas, o ver un telefilme, o escuchar un concierto o una conferencia. Ocurrían accidentes, se abrían nuevas exposiciones de pintura o escultura, se debatían asuntos domésticos en el Parlamento…

Se trataba de programas conservados en video y de filmes que en algunos casos tenían años de antigüedad. Otros programas se habían grabado expresamente después de decidida la evacuación, y entre éstos se intercalaban noticias recientes del movimiento del autoplaneta thorbod y comentarios de los estrategas de Renacimiento y Maquetania.

Si los thorbod seguían espiando a los renacentistas y tapos a través de las emisiones de radio y televisión, debían suponer que éstos continuaban en sus ciudades desarrollando su vida normal. En estos momentos las ciudades estaban totalmente desiertas, a excepción de unos cuantos millares de personas impacientes que esperaban turno para entrar en las cámaras de las “Karendón” en las llamadas Estaciones de Emigración.

Los impacientes que venían a la base de Negros, volando en ocasiones millones de kilómetros para asegurarse un sitio en el “Hermes”, desembarcaban en el gran pontón flotante y se alojaban, temporalmente, en los abandonados cuarteles. Sus aerobotes eran arrojados inmediatamente al mar, y las aerofalúas y aerobotes de la Armada los traían, luego, directamente al muelle del “Hermes”, al cual entraban por los montacargas. El autoplaneta albergaba en su interior una ciudad capaz para tres millones de habitantes.

El torrente de aerobotes fue menguando en los últimos días hasta cesar completamente el día treinta y nueve avo. La gente, que todavía quedaba en las desiertas ciudades, se daba cuenta de que iba a sobrar plazas en las Estaciones de Emigración. En efecto, con ocho horas de anticipación al plan propuesto, terminaba la “Operación Éxodo”. Ahora sólo quedaban en las ciudades de Maquetania y Renacimiento el personal encargado de hacer funcionar las emisoras de radio y televisión, y algunas unidades de zapadores esperando la orden de conectar las espoletas de tiempo que harían detonar los ingenios nucleares dispuestos para volarlo todo.

Unas cinco mil personas quedaban en el Centro de Operaciones Alfa para dirigir el ataque relámpago contra la flota de desembarco thorbod. Diez mil doscientos comandantes se encontraban todavía a bordo de sus esferonaves, esperando en la soledad de sus navíos la orden de zarpar. El ataque sería dirigido totalmente desde el Centro de Operaciones Alfa por control remoto. A su vez, cada una de las 10.200 esferonaves disponía de elementos de control robot para dirigir su propio ataque. Un centenar de patrulleros vigilaban todavía los movimientos de los thorbod y servirían de estaciones de enlace para transmitir las órdenes impartidas desde el Centro de Operaciones.

Veres se encontraba a 395 millones de kilómetros de Maquetania, en el extremo opuesto del cinturón de planetas. Las órdenes emanadas del centro emisor de Alfa tardarían veintidós minutos en alcanzar Veres. La presencia de los comandantes a bordo de las esferonaves era indispensable para corregir los errores consecuentes de esta diferencia de tiempo. Una vez dirigidas las esferonaves contra el enemigo, los comandantes abandonarían sus buques a través de las “Traslator” para ser recuperados a bordo del “Hermes”.

Tres días después de terminada la “Operación Éxodo” seguía la espera. Las emisoras de radio y televisión seguían en sus falsos programas, mostrando ciudades llenas de animación y estadios repletos de público vociferante, todo lo cual contrastaba con la triste realidad de unas ciudades desiertas y silenciosas, sin más habitantes que unos cuantos hombres en las emisoras, y un equipo que les esperaba en la Estación de Emigración para evacuarlos.

Al final de este tercer día el teletipo se puso en marcha en la Sala de Control del “Hermes” tecleando rápidamente un lacónico mensaje:

“El enemigo hace despegar sus transportes siderales.”

Los thorbod iniciaban las operaciones de desembarco, y era de esperar que ahora se movieran con rapidez. En este mismo momento, la flota tapo se ponía en movimiento, abandonando sus bases y sus posiciones en el espacio para reunirse en un lugar previamente determinado.

Los thorbod habían escogido Veres para establecer su cabeza de puente, porque Veres quedaba en el extremo opuesto del lugar que ocupaba Maquetania en el cinturón de planetas. Todo el diámetro del circumplaneta, 390 millones de kilómetros, separaba a los tapos de los thorbod, y en medio de ambos estaba el Sol.

La flota de esferonaves aceleró poniendo rumbo al Sol. El astro se interponía entre los tapos y los thorbod y éstos no podían detectar los movimientos de los atacantes, debido a la pantalla que formaba el astro. Sin embargo, al alcanzar determinada distancia, la flota tapo se vio obligada a desviarse de su rumbo para rodear el Sol y continuar en dirección a Veres. La sorpresa ya no era posible a partir de este momento.

En diez horas, aplicando una aceleración de 200 metros/segundo, la flota tapo había recorrido 130 millones de kilómetros, y seguía acelerando. A las quince horas había recorrido 291 millones de kilómetros, y fue entonces descubierta por los thorbod.

Los thorbod habían sido engañados. Su proverbial mala fe les aconsejó desembarcar lo más lejos posible de los tapos, cuando lo prudente y conveniente hubiera sido hacerlo a una distancia desde la cual pudieran vigilar todos los movimientos de sus potenciales enemigos. La armada imperial fue sorprendida en plena operación de desembarco, cuando sus gigantescos discos volantes ya se encontraban sobre la atmósfera de Veres. Las operaciones tuvieron que ser suspendidas mientras la flota de cruceros daba media vuelta y salía al encuentro de las esferonaves tapo.

En la base de Negros, el autoplaneta “Hermes” arriaba la bandera. Un solo hombre subió al casquete que afloraba de la superficie del agua para recoger la enseña. Era el capitán Tuanko Aznar. Después de él ningún otro ser vivo utilizó los montacargas para entrar en el autoplaneta.

Cuando Tuanko Aznar entró en la Sala de Control, su abuelo el Almirante estaba de pie sobre la plataforma del puente. Tuanko se dirigió a su tío-abuelo, el doctor Fidel Aznar, y puso la bandera plegada en sus manos.

—Que esta bandera no vuelva a ser desplegada por otros vientos que no sean los de Atolón —dijo Tuanko.

—Así sea, en el nombre de Dios —respondió el “bundo” aceptando la bandera.

A su alrededor los controladores presenciaban, en silencio, la sencilla y emotiva ceremonia. Una voz gritó:

—¡Viva Atolón! ¡Viva la nación tapo!

Contestaron doscientas voces estentóreas. Luego, otra voz anunció:

—Clausuradas las compuertas.

—¡Listos para despegar! —gritó el Almirante Aznar.

Con sus poderosos reactores nucleares en marcha, el “Hermes” empezó a emerger del seno del océano. Parecía una boya a la que se le hubiera insuflado aire. Su enorme mole gris salía del agua, creciendo como una montaña, hasta que toda la esfera se separó del mar y flotó en el aire, subiendo y subiendo…

A 380 millones de kilómetros de Negros, la flota tapo lanzaba al espacio “paquetes” de caza-interceptores “Delta” y torpedos robot de cabeza nuclear. Tanto los “Delta” como los torpedos, reducidos por el sistema de eliminación de los espacios vacíos existentes entre la materia, recobraban su tamaño natural al salir del “paquete” y operaban por cuenta propia dirigiéndose a los blancos.

Precedida por una densa nube de torpedos y caza-interceptores, la flota tapo cargó con fuerza imparable desbaratando la formación defensiva thorbod. Las enormes esferas de un kilómetro de diámetro se llevaban por delante cuanto encontraban a su paso. Su objetivo eran los 300 transportes siderales de 12 kilómetros de diámetro, costosas aeronaves de “dedona”, cuya construcción invertía años.

En este momento, los comandantes de las esferonaves abandonaban los buques desmaterializándose en las “Karendón Traslator”, para ser recuperados veinte minutos más tarde en las “Karendón” del autoplaneta “Hermes”. Mientras tanto, en el Centro de Operaciones Alfa, el personal se dirigía ordenadamente a las baterías de máquinas “Karendón” para ser transferidos igualmente al “Hermes”.

En las ciudades de Renacimiento y Maquetania, los grupos de demolición activaban los dispositivos detonadores automáticos y se dirigían a las Estaciones de Emigración para ser desmaterializados y transferidos al “Hermes”.

El “Hermes” se encontraba ya a tres millones de kilómetros de Maquetania, acelerando a razón de diez metros/segundo, cuando la alcanzaron las imágenes de televisión que llegaban de Veres pasando por algunos repetidores intermedios. Entonces, en las grandes pantallas murales de televisión de la Sala de Control, se vieron las animadas escenas de la batalla sideral. Los caza-interceptores “Delta” atacaban como un enjambre de avispas furiosas a los buques thorbod, mientras las pesadas esferonaves se dirigían contra los discos-volantes.

La colisión entre las esferonaves y los transportes thorbod fue de una violencia apocalíptica. Algunos de los discos-volantes, alcanzados de plano, fueron atravesados de parte a parte por las esferonaves. Éstas, a su vez, se desbarataban, haciendo explosión sus reactores nucleares. Los reactores de los discos volantes y las municiones que llevaban a bordo estallaban a su vez haciendo añicos los costosos transportes. Ni uno solo se salvó del desastre. Si los thorbod insistían en desembarcar en Veres tendrían que hacerlo utilizando otros sistemas más lentos y costosos.

Los almirantes de la Armada tapo y los miembros del Gobierno que procedían de Alfa todavía llegaron al “Hermes” a tiempo de presenciar el final de la flota de transportes de los hombres grises. Además de la totalidad de sus discos volantes, los thorbod perdieron alrededor del medio millón de buques de su armada.

Contra lo que pudiera esperarse no hubieron vítores ni felicitaciones en la Cámara de Control del “Hermes”. El presidente Da Hera, cuyos familiares ya se encontraban a bordo, desmaterializados desde hacía semanas, se dirigió al almirante Jul Luva y dijo sencillamente:

—Ha sido un buen trabajo. Los planes de los thorbod sufrirán un considerable retraso, aunque lógicamente, esto no les detendrá.

—Era todo cuanto podíamos hacer. Hemos dado un honroso fin a nuestra flota —contestó el Almirante.

Una hora después, los miembros del gabinete del presidente, los jefes de la Armada y los oficiales de la tripulación del “Hermes” se reunían para celebrar juntos la última comida. Se imponía que alguien pronunciara unas palabras de despedida, y el presidente Da Hera se puso en pie para decir:

—Amigos míos, mientras despachaba estas excelentes ostras se me ocurrió pensar que ésta será la más larga digestión de una comida que haya realizado jamás. Empezada ahora, no terminará hasta dentro de un siglo, en otro lugar lejano situado a seis mil años luz de distancia, cuando de un trozo “vetatom”, recomponiendo átomo por átomo todas mis células, una “Karendón” reconstruya enteramente mi cuerpo y acuda mi alma a reunirse con él. Esto, que parece obra de brujería, jamás se me hubiera ocurrido que pudiera sucederme a mí cuando, hace cincuenta años, era yo un chiquillo que vivía en una cueva de trogloditas en el planeta Cuarto. Por aquella época apareció repentinamente un hombre joven, de mirada centelleante y cálida voz, que encaramado al techo de un aerobote nos habló a la tribu con un castellano casi ininteligible. A pesar de todo le entendimos. Aquel hombre nos descubrió parte de nuestro remoto pasado, nos habló de nuestros orígenes, y nos llamó a la unión de todos los tapos para formar una sola entidad nacional, para formar una gran nación donde los tapos se verían libres de persecuciones, donde habría comida para todos, y libertad y justicia para todos. Ese hombre extraordinario, fundador de la nacionalidad tapo, era el Almirante Miguel Ángel Aznar.

Hubieron unos discretos aplausos para el Almirante Aznar, el cual se puso colorado como un colegial. Luego el presidente terminó diciendo:

—Todos conocemos de sobra la labor del Almirante Aznar y el resultado del extraordinario impulso que él dio a nuestra joven nación. Para los que nacimos en las grutas de las montañas y conocimos la amargura de una existencia marcada por las penalidades y la persecución de las mantis, todo lo ocurrido en este último medio siglo es como un sueño. Un sueño maravilloso del que casi temíamos despertar, y que ha concluido de manera súbita y trágica con la aparición en nuestra galaxia de esa raza enemiga, de esa maldita raza thorbod. Lo hemos perdido todo. Nuestra labor de tantos años, nuestras ilusiones y nuestras esperanzas en un futuro que veíamos prometedor. Si consideramos lo poco que teníamos hace sólo cincuenta años, casi podemos considerarnos afortunados. Pero las experiencias de los hombres son irreversibles, y hoy conocemos otro modo de vivir, otra manera de pensar, otra forma de concebir los planes para el futuro. Los tapos no vamos a regresar a las cuevas de donde nos sacó el Almirante Aznar. Gracias a nuestra técnica, a la que tanto contribuyeron los exilados de “Valera”, hoy tripulamos una poderosa aeronave dispuesta a abrirse camino en las misteriosas rutas del hiperespacio. Vamos a la Tierra, pero no para pedir asilo en ella. Los tapos tienen su propia patria en Atolón, y lo que vamos a pedir a los terrícolas es ayuda para reconquistar nuestro propio planeta. Curiosamente, el destino de los tapos vuelve a estar hoy en manos del hombre que nos dio el ser. El Almirante Aznar es el comandante de esta nave, en la cual viajan trescientos millones de tapos, cuyas almas esperan regresar de la dimensión temporal. Confiemos en el Almirante Aznar, en la seguridad de que él nos conducirá sanos y salvos a la Tierra, y algún día no muy lejano, de regreso a Atolón para continuar nuestro interrumpido camino. ¡Viva el Almirante Aznar!

Entre una salva de aplausos el presidente hizo ponerse en pie al Almirante Aznar y le abrazó. Parecía que el Almirante, deseaba decir algo. Se hizo el silencio.

—Amigos míos, sólo diré una cosa. Os agradezco la confianza que depositáis en mí. Espero conducir esta Arca de Noé salva hasta la Tierra, y confío en la Providencia para que algún día podamos regresar a este lugar donde nos encontramos ahora y rescatar nuestra patria. ¡Viva la nación tapo!

Los comensales se pusieron en pie para aplaudir y ya no volvieron a sentarse. Allí mismo comenzaron las despedidas, dirigiéndose unos a sus puestos y la mayoría a las máquinas “Karendón” para ser desmaterializados.

Tuanko Aznar, que no asistió a aquella comida, veía a través de las pantallas murales de televisión cómo saltaban las ciudades de Maquetania bajo el impulso brutal de las deflagraciones termonucleares. No sólo las ciudades; arsenales militares, bases de la Armada, complejos industriales, canales, puentes y presas, toda la obra realizada por los tapos en el último medio siglo, y todo cuanto los renacentistas habían llevado a cabo en Renacimiento, saltaba en añicos. Poco de lo que allí quedara serviría a los thorbod.

Cuando dos horas más tarde Tuanko se fue a dormir, todavía conservaba grabado en las retinas el brillo fulgurante de las explosiones termonucleares y la visión de las enormes columnas de humo que, en forma de seta, se levantaban del suelo del circumplaneta.

Veinticuatro horas más tarde le correspondía a Tuanko el turno de entrar en la “Karendón”.

Después de acelerar constantemente, el “Hermes” estaba a pocas horas de alcanzar la velocidad de la luz. Pero nadie asistiría al momento en que el autoplaneta, impulsado por ondas gravitacionales, cruzaría la barrera de la luz y se sumergiría en el subespacio, una dimensión distinta del espacio vulgar donde la vida humana quedaba interrumpida y sólo podían seguir operando las máquinas.

Para el personal de servicio de la Sala de Control se disponía de una “Karendón” conectada a la computadora principal de la nave. Una vez el último tripulante hubiese entrado en la máquina “Karendón”, la computadora, y sólo ésta, determinaría el momento en que los tripulantes deberían regresar. En el intervalo, el autoplaneta sería como un gran ataúd repleto de muertos, cruzando el subespacio convertido en algo parecido a una tenue nube de gas que cubría millones de kilómetros. Una nube casi invisible que atravesarían los planetas y los astros sin más daño que un ligero revoloteo de las distanciadas partículas, que luego volverían a ocupar su lugar.

En la gran Sala de Control sólo quedaban dos docenas de hombres aparte del Almirante Aznar, el doctor Fidel Aznar y el padre de Tuanko. El profesor Alejandro y Tuanko fueron acompañados por el Almirante y Adler Ban Aldrik hasta la cámara contigua donde estaba instalada la “Karendón”. Todos poseían experiencia anterior en el fenómeno de la desmaterialización, aunque en esta ocasión las cosas eran algo distintas. Si el autoplaneta sufría algún percance durante su vuelo, si la complicada computadora se equivocaba, ni uno solo de los trescientos cuarenta millones de seres que viajaban en el “Hermes” regresaría a la vida.

En el subespacio, a diferencia del espacio convencional, un móvil estaba siendo continuamente frenado. El “Hermes”, después de fisionar el último kilo de “dedona” en sus reactores nucleares, perdería impulso y emergería del subespacio realizando entonces el fenómeno de contracción de su masa. En el espacio convencional, el “Hermes” continuaría volando a la velocidad de la luz, porque en esta dimensión bastaba la energía cinética para seguir moviéndose. Y así continuaría hasta Dios sabía cuando, probablemente hasta que un astro, o un planeta se interpusieran en su camino, o fuera a caer en uno de los llamados “agujeros negros”, encontrando de cualquiera de estos modos un dramático final.

¿Qué ocurriría entonces con los trescientos cuarenta millones de tripulantes? Pues, sencillamente, permanecerían hasta la eternidad en la dimensión temporal, sin posibilidad de transmigrar, condenados a una especie de estado fantasmal, como castigo a su audacia.

—¿Volveremos a vernos? —preguntó Tuanko al estrechar la mano del “bundo”.

Contestó el padre de Tuanko:

—¡No seas ave de mal agüero! Esas cosas ni se dicen. ¡Naturalmente que volveremos a vernos! Anda, entra ya.

Empujado cariñosamente por su padre, Tuanko Aznar se deslizó por entre el borde de la cabina y la pantalla de extraordinario grosor que cubría toda la parte abierta. El interior de la cámara y de la pantalla estaban enteramente recubiertos de vidrio. El espacio útil de la cámara no era mayor que el de una cabina de teléfonos.

Tuanko esperó oyendo el intenso zumbido de la máquina mientras ésta hacía acopio de energía. Había un punto en que este sonido cambiada de intensidad, y era la señal de que se iba a disparar la “Karendón”. Tuanko escuchó este cambio de sonido y casi en el mismo instante brilló un relámpago verde azulado. La luz verde azulada pasó a convertirse luego en una especie de resplandor rosado. Todo el espacio a su alrededor estaba lleno de esta luz extraterrena, que le penetraba y le hacía sentir ligero, como sumido en un estado de ingravidez. Se sentía elevar, elevar…, pero no era una sensación física, sino de naturaleza distinta.

De pronto brilló un relámpago y Tuanko se vio parpadeando, todavía rodeado de las vítreas paredes y el techo de la cámara de la “Karendón”. ¿Había fallado la máquina? Una voz pastosa y de timbre agradable, una voz femenina anunció:

—Ya puede usted abandonar la cámara.

Siempre ocurría igual. Cuando uno era desmaterializado en una “Karendón” y era restituido de nuevo, nunca podía saber si se encontraba en el mismo sitio o en un lugar diferente. Salió de la cabina y miró a su alrededor. Nadie había acudido a esperarle. La puerta de la cámara estaba abierta y por la abertura se divisaba parte de la Sala de Control.

Tuanko entró en la Sala de Control. Los mismos controladores ocupaban las mismas consolas. Su padre, el doctor Fidel y el Almirante Aznar permanecían de pie contemplando la imagen de una de las pantallas murales de televisión. En la pantalla se veía un globo terráqueo, a su derecha estaba la Luna. Tuanko, que jamás había visto la Tierra, la reconoció en seguida.

—¡Lo hemos conseguido! —exclamó Tuanko jubiloso—. ¡Esa es la Tierra!

El profesor Alejandro se volvió a mirarle.

—Hola, hijo —sonrió—. ¿No es cierto que se ve bonita desde aquí?

Tuanko reparó entonces en el bello color azul del planeta.

—Sí, es muy hermosa. ¿Hemos establecido ya contacto con los terrícolas? —preguntó.

El Almirante Aznar se volvió a mirarle.

—Ninguna clase de contacto —gruñó malhumorado—. No hay señales de radio ni televisión, allí todos parecen muertos. Además, si te fijas observarás que no se ve, por parte alguna, rastro del autoplaneta.

—¡Es cierto, “Valera” no está ahí! ¿Se habrá marchado, o tal vez no ha llegado todavía?

—Tal vez no haya llegado —dijo Adler Ban Aldrik sin dejar de contemplar el planeta.

—¿Pero, cómo es posible eso? ¡Si salió de Atolón cincuenta y dos años antes que nosotros!

—Tal vez equivocara el camino… o tal vez lo equivocáramos nosotros.

—¿Equivocarnos? ¡Eso es la Tierra, no cabe duda!

—Sí, ¿pero cuál de ellas? —dijo el “bundo” clavando sus ojos azules en la cara de Tuanko.

—¿Cuántas Tierras hay? —preguntó Tuanko, pero adivinando el pensamiento de su tío se estremeció—. Vamos, ya entiendo lo que quieres decir. No hay una sola Tierra, sino muchas, cada una de ellas en una dimensión del tiempo. ¿Te refieres a eso?

—Tu tío cree que hemos venido a dar con la Tierra del pasado —dijo el Almirante Aznar pensativamente.

—¿Cuál pasado? —preguntó Tuanko.

—Eso tendremos que averiguarlo por nosotros mismos.

Tuanko Aznar se quedó mirando maravillado el hermoso planeta azul.