PLAN DE VIDA
Un plan general de vida debe incluir, en primer lugar, la obtención de alguna forma de estabilidad económica. Pongo el límite necesario de lo que yo llamo estabilidad económica en alrededor de sesenta dólares, cuarenta para las cosas necesarias de la vida y veinte para las superfluas. La forma de obtener esto es añadir a los treinta y un dólares de los dos despachos (P. y F. F.) otros veintinueve dólares, cuyo origen aún está por determinar. Más rigurosamente, sólo para vivir, cincuenta dólares bastarían, tomando treinta y cinco como base necesaria y quince para cubrir lo demás.
El siguiente punto esencial sería encontrar una residencia en la que haya suficiente espacio, en cuanto a amplitud y en cuanto a distribución, para colocar todos mis papeles y libros con el orden adecuado; y esto sin demasiadas posibilidades de mudarme en un plazo breve. Parece que lo más fácil sería alquilar una casa por alrededor de ocho, o, como mucho, nueve dólares, y vivir allí cómodamente, encargando la cena (y el desayuno) cada día, o algo similar. Pero, ¿sería adecuado todo esto?
Sustituir, en lo que se refiere a mis papeles, mi gran caja por varias más pequeñas que deben contenerlos en orden de importancia. La caja grande y la que está en casa de A. S. deberían guardar solamente los periódicos y revistas que conservo.
Si alquilo una casa, ¿qué mobiliario utilizaría? ¿No sería mejor volver a arreglar estas cosas con S.[10] para conseguir lo que necesito y mudarnos sólo si es necesario para este objetivo?
De la forma en la que el Destino lo prevea, así será.
1919
Mi corrección personal de la vida a la vista de lo siguiente: a) pagar todas la deudas y asentar la vida limpiamente sobre esta base: cinco mil dólares deberían ser suficientes para todo esto; b) alquilar una casa fuera de Lisboa y llevar allí todas mis pertenencias, dejando a Emilia a cargo, y asegurándome de que su vida está suficientemente resuelta para que pueda vivir sin preocupaciones ni miedos; c) organizar mis cosas en Londres de tal modo que no sea necesario vivir allí; d) antes de irme, clasificar y ordenar todos mis papeles, de tal modo que mi obra literaria pueda ganar claridad y dirigirse a su objetivo; e) organizar en un paralelismo exacto mi vida práctica y mi vida especulativa para que la primera nunca pueda dañar a la segunda, a la que está subordinada por un deber mayor.
No soy un escéptico. En el fondo de mi inactividad soy demasiado activo para renunciar a creer. Soy un pagano de la Decadencia que confía en la interpretación de los dioses que el misterio revelado ha hecho posible. Creo en los Dioses paganos con todo el ardor místico de un alma cristiana. Los Dioses paganos son mi fuerza y el alma cristiana es mi medio. Los Dioses son armonía y paz. Cristo se disgrega, los Dioses que regresan se unen. Así estoy, en el umbral de un paganismo que recomienza. Mis gestos son salvajes, como los de aquél que busca en la noche. Pero he encontrado en el aire vano una garra más fuerte que mis brazos caídos; he llegado a la presencia de los Dioses en el límite deslumbrante de un espacio hipotético. Están fuera de mí como pensamientos de una mente más vasta; acompañando la mía con la plenitud mayor de quien otorga el ser.
Si los propios signos y límites de mi trabajo no coinciden con el límite de las eras y las naciones, tendré el deber de soportar mi trabajo en este mundo para que no sea sino un jarro inclinado y un grito sin eco en los desiertos. Mi corazón tiene un nombre que debe extenderse sobre la diversa sucesión de tendencias, la incomprendida distinción de los discursos, las corrientes unificadas de los tiempos y la vasta disparidad de las naciones. Todo lo demás es para mi espíritu el hundimiento de mis aspiraciones, y, en su interior, mi corazón, si es que así sucede, será como una escalera sin escalones, la negación del absurdo en sí mismo.
Si no soy yo mismo en mi propia epopeya, habré vivido en vano. Si no hay en cada uno de mis versos un acento de eternidad, habré malgastado el tiempo de los Dioses en mí. Si una contingencia del mundo visible —la tierra que se hiela, un cometa que nos traiciona reduciéndonos al polvo— puede aplicar su corrección sobre el manuscrito de mi vida en proyecto, no seré más que el vacío de mí mismo, el eco sin nombre de las estrellas que asisten indiferentes.
Mi orgullo tiene una calidad más pesada que la de esos fantasmas de la apariencia que llamamos hombres.
No tengo ninguna dificultad para describirme: soy un carácter femenino con una inteligencia masculina. Mi sensibilidad y los movimientos que produce, y en eso consiste el carácter, son de mujer. Mis facultades de relación —la inteligencia, y la voluntad, que es la inteligencia del impulso— son de hombre.
En cuanto a la sensibilidad, si digo que siempre me ha gustado ser amado, y nunca amar, lo digo todo. Me dolía siempre la obligación, por un vulgar deber de reciprocidad —una lealtad del espíritu— de corresponder. Me agradaba la pasividad. De la actividad sólo me atraía el mínimo necesario para estimular, para no dejar que se olvide la actividad amorosa de quien me amaba.
Reconozco sin interés la naturaleza del fenómeno. Es una inversión sexual frustrada. Detenida en el espíritu. Sin embargo, siempre que he meditado sobre mí me ha inquietado, me ha faltado la certeza que todavía hoy no tengo, de que esa disposición del temperamento no pudiera un día descender al cuerpo. No digo que practicase entonces la sexualidad correspondiente, pero sólo el deseo era suficiente para humillarme. Somos muchos los que hemos recorrido la historia con esta condición, la historia artística, sobre todo. Shakespeare y Rousseau son dos ejemplos, los más representativos, los más ilustres. Y mi temor a que esa inversión del espíritu llegue al cuerpo radica en la observación de su llegada en estos dos ejemplos, completamente en el primero, y en forma de pederastía, e inciertamente en el segundo, en un difuso masoquismo.
NOTA
Sucede que tengo precisamente aquellas cualidades negativas para el objetivo de influir, del modo que sea, en el ambiente social en general.
Soy, en primer lugar, un razonador, y lo que es peor, un razonador minucioso y analítico. Pero el público no es capaz de seguir a un razonador, ni es capaz de prestar atención a un análisis.
Soy, en segundo lugar, una analista que busca, en la medida de lo posible, descubrir la verdad. Pero el público no quiere la verdad, sino la mentira que más le guste. A esto hay que añadir que la verdad —en todos los aspectos, pero especialmente en cuestiones sociales— es siempre compleja. Pero el público no comprende ideas complejas. Hay que limitarse a darle ideas simples, generalidades vagas, es decir, mentiras, aunque tengan su origen en verdades; y es que ofrecer como simple lo que es complejo, dar sin distinciones lo que es necesario distinguir, ser general donde importa especificar para definir, y ser vago en materias en las que lo fundamental es la precisión; todo esto, es lo mismo que mentir.
Soy, en tercer lugar, y por esto es por lo que busco la verdad, tan imparcial como me es posible. Pero el público, movido en lo más íntimo por sentimientos y no por ideas, es orgánicamente parcial. Por esto, no sólo le desagrada y le deja indiferente, por ajeno a su propia índole, hasta el propio tono de la imparcialidad, sino que todo esto, además, se agrava por las concesiones, distinciones y restricciones que se hacen necesarias para ser imparcial. Entre nosotros, por ejemplo, y en la mayoría de los pueblos del sur de Europa, o se es católico, o anticatólico, o indiferente al catolicismo como a todo lo demás. Si yo hiciera, por ejemplo, un estudio del catolicismo, en el que tendría que decir forzosamente cosas buenas y malas, indicar ventajas y desventajas, apuntar defectos que se compensan por virtudes, ¿qué sucedería? No me escucharían los católicos, que no aceptarían que hablara mal del catolicismo. No me escucharían los anticatólicos, que no aceptarían que hablara bien. No me escucharían los indiferentes, para quienes todo el asunto no sería más que un rollo ilegible. Así resultaría absolutamente inútil ese estudio, por muy cuidado y escrupuloso que fuera —y aun más— sería más inútil, porque sería menos aceptable para el público, cuanto más cuidado y escrupuloso. Sería, en el mejor de los casos, apreciado por algún que otro individuo de índole semejante a la mía, razonador sin tradiciones ni ideales, analista sin prejuicios, liberal, porque liberto, no por siervo de la idea simplificada de libertad. Y a ese, sin embargo, ¿qué podría enseñarle? Como mucho, algunas cuestiones particulares del catolicismo, en el caso que hemos tomado como ejemplo, si es que el tema le es ajeno. Y si a él, buscador intelectual como yo, le es extraño el asunto, entonces es que nunca le ha interesado, y si nunca le ha interesado, ¿por qué iba a leer lo que escribí sobre el tema?
De todo esto parece que hay que concluir que un estudio razonado, imparcial, científicamente dirigido, sobre un tema, es un trabajo socialmente inútil. Y así es, de hecho. Es, como mucho, una obra de arte, nada más. Vos praeterea nihil.
Las sociedades están dirigidas por agitadores de sentimientos, no por agitadores de ideas. Ningún filósofo se ha hecho camino sin ponerse al servicio, total o parcialmente, de una religión, una política o cualquier otro modo social del pensamiento.
Si el trabajo de investigación, en materia social, es, por lo tanto, socialmente inútil, salvo artísticamente y en la medida en la que es arte, más vale emplear nuestro esfuerzo en hacer arte, y no medio-arte.
Reconociendo que todas las doctrinas son defendibles, y que valen no por lo que valen sino por la valía de quien las defiende, nos concentraremos más en la literatura de la defensa que en el asunto de la misma. Haremos cuentos intelectuales donde, siguiendo un impulso inmediato e imprudente, haríamos estudios científicos. La verdad de la idea misma ha de ser indiferente; no es más que la materia de un hermoso argumento, de la elegancia y las astucias de la sutileza.
Nos detendremos, adoptando un movimiento idéntico en inverso sentido, a demostrar el sinsentido de las ideas vigentes, la vileza de los ideales más nobles, la ilusión de todo cuanto la humanidad acepta o puede aceptar, de todo cuanto el pueblo cree o puede creer. Salvaremos así el principio aristocrático, que fue fundado sobre el orden social, dejando tras de sí el vacío de una universal y monótona esclavitud.
¿Seremos corrosivos? ¿Y cómo, si no tenemos forma de actuar sobre el público, si no leen más que aquellos que leen el arte por el arte, el arte intelectual, el arte hecho con ideas en vez de ritmos, y esos, escasísimo número entre los hombres, están ya desencantados o son fuertes, por la inteligencia y la cultura, frente a cualquier desencanto?
Ser corrosivo, socialmente, es la doctrina social de todo lo que no está. Fue corrosivo y antisocial, en el sentido de perjudicar el orden y la armonía de los pueblos, el cristianismo, cuando el paganismo era la civilización. Fue corrosiva y antisocial la Reforma, cuando los pueblos de Europa eran católicos. Fue corrosiva y antisocial la Revolución Francesa, cuando la civilización de Europa era el Antiguo Régimen. Son hoy corrosivas todas las doctrinas sociales que reaccionan contra las ideas de esa misma Revolución. El que hoy predica la sindicación, el estado corporativo, la tiranía social, sea fascismo o comunismo, está corroyendo la civilización europea; quien defiende la democracia y el liberalismo la está defendiendo.
¿Quiere esto decir que no hay doctrinas corrosivas sino por su posición accidental? Quiere decir exactamente eso. La más radical de las doctrinas, en el momento en el que esté socialmente aceptada, es una doctrina conservadora, la más conservadora, si en ese momento se opone, será radical.
¿Quiere esto decir que no hay principios fundamentales en la vida de las sociedades? No quiere decir eso; quiere decir, sin embargo, que, si los hay, no los conocemos. No hay ciencia social, no sabemos como nacen, como se mantienen o desaparecen, como crecen o disminuyen, como se marchitan y mueren, las sociedades. La existencia de la humanidad, si por ella se entiende cualquier cosa más allá de la especie animal llamada hombre, es tan hipotética y racionalmente indemostrable como la existencia de Dios. Sin embargo, si por humanidad se entiende la especie animal llamada hombre, entonces existe para los biólogos, para los médicos, para todos los que, de un modo u otro, estudian el cuerpo humano; existe como existen los peces y las aves, nada más.
¿Qué principio social se puede erigir como fundamental? Todos y ninguno, depende de la habilidad del argumentador. Hay periodos de orden que lo son de estancamiento, como la larga vida muerta de Bizancio. Los hay que son de actividad intelectual, como el de la Antigua Monarquía Francesa. Hay periodos de desorden que son la ruina intelectual de los países en los que se producen, como el declive del Imperio Romano, o la época de Revolución Francesa propiamente dicha. Hay periodos de desorden fecundos en creación intelectual, como el Renacimiento en las Repúblicas Italianas, o como el que abarca la época de Isabel y Cromwell en Inglaterra.
Me refiero a la producción intelectual, dando por hecho que es una ventaja, y, al menos, parte de la civilización. No insisto en esto, sin embargo, y estoy dispuesto a aceptar la doctrina de que la cultura y el arte son un mal, de que es la paz y no los sonetos lo que más le importa a la humanidad. Pero, ¿cuáles son las circunstancias que producen la paz, y cuáles las que no la producen? Encontraremos estas mismas causas con distintos efectos, o, mejor dicho, encontraremos las circunstancias con distintos resultados: lo que quiere decir que no son causas sino coincidencias, que cualquier cosa que se considere una ventaja social, sea una sinfonía o una cena asegurada, puede aparecer en circunstancias sociales diferentes, sin que sepamos nunca de dónde ha salido la sinfonía, por qué se consiguió que no faltara la cena.
A esto hay que añadir que, así como no hay ciencia social, tampoco hay arte social, finalidad cierta de la existencia de las sociedades. En este punto, el problema, que era semejante al de la metafísica, se convierte en metafísica propiamente dicha. ¿Con qué finalidad existen las sociedades? ¿Para la felicidad de quienes las componen? No lo sabemos, y lo cierto es que la felicidad varía de un tipo de hombre a otro, y hay muchos que perderían gustosamente a su mujer con tal de conservar su colección de sellos.