CAPITULO VIII

   La ansiedad, dejada por la llamada de Alicia, me obligó a bañarme y vestirme con rapidez para salir a buscarla. Después del asesinato de Talavar, Rodríguez reaccionaría de alguna manera y su amante quizá algo supiera sobre lo qué estaba pasando. 

   Al salir del cuarto encontré a García sentado en la fuente, medio dormido, pensativo y con su mirada triste perdida en las primeras luces de ese nuevo amanecer. Mi llegada lo sorprendió, pero sus ojos regresaron al cielo con indiferencia.

   — ¿Cuántas horas dormité? —pregunté después de darle los buenos días.

   —Las suficientes… ¿Por qué estas despierto tan temprano?

   —Ya sabes cómo son las mujeres, no dejan descansar a uno un minuto.

   —En la televisión dijeron que murió otro ministerial— aclaró el viejo judicial—. A cualquiera se le hace fácil meterse en problemas por dinero, pero se tiene que ser inteligente para poder sobrevivir entre tanta mierda… ¿Era amigo tuyo el muerto?

   —No, no era amigo. Talavar era un cabrón.

   — ¿Qué está pasando?

   —No lo sé. Me enteré anoche y ahora sólo hay chismes de los miedosos… Algún pendejo trató de pasarse de listos y ahora nadie parará los problemas… Estoy seguro que los del Cártel del Norte son los asesinos de Talavar. Él trabajaba para ellos.

   —Siempre es lo mismo— dijo García con cansancio—. Le he visto muchas veces.

   Siguió un momento de reflexión, no había nada que decir, todo era obvio y sabido.

   Lo dejé allí, perdido en sus recuerdos y en ese amanecer que parecía disfrutar. Cubrí los orificios de balas del auto con cinta negra, no se veía bien, pero al menos no levantaba sospechas.

—o0o—

Alicia vio salir a Rodríguez asustado después de recibir una llamada en la noche. Aunque se sorprendió, aprovechó esos momentos de soledad para revisar la maleta que él había traído. Incrédula descubrió mucho dinero y pocas manchas de sangre. Tomó algunos billetes para que la libren de ciertos acreedores y volvió a dormir.

   Rodríguez regresó después de las dos de la mañana ya actuando de forma frenética, mientras buscaba la maleta. Lo acompañaba Vargas, que estaba atento a todos los detalles del apartamento. Rodríguez se despidió de Alicia diciéndole que tenía que viajar, pero regresaría en cuanto estuviera seguro.

   —Procura cambiar de casa, es mejor que estés segura—aclaró Rodríguez, con mirada preocupada, a su amante.

   Vargas no escuchó la plática, pero su desconfianza se manifestó al insistir en revisar el dinero. Alicia se preocupó viendo como los dos hombres tomaban los paquetes de billetes buscando cualquier detalle. Al no ver nada raro se marcharon.

   A base de pequeños tragos pudo acallar su preocupación. Era parte de ser la amante de hombres casados, siempre estaba sola, pero se sentía cómoda en esa soledad. Los vicios, como el alcohol y algunas drogas débiles, le ayudaban a sobrellevar una vida sin apego a nada. Cuando llegó el alba ya se encontraba ebria y decidió llamarme.

   —He pasado toda la noche preocupada— dijo al recibirme en la puerta del apartamento.

   — ¿Qué ha pasado? —pregunté al seguirla a la sala.

   —No lo sé. Todo estaba bien pero…—, se contuvo para no hablar de su amante.

   Se sentó en el sofá confundida, apresuró su trago y trató de sonreír para cambiar la plática.

   — ¿Qué pasó con Rodríguez?

   La sorpresa apareció despacio en su mirada, se suponía que yo ignoraba lo de su amante. Cuando, en medio de la embriaguez, comprendió que estaba enterado de todo, sintió miedo.

  — ¿Cómo lo sabes? ¿Qué está pasando? — preguntó asustada.

   Su confusión se volvió cólera.

   —Soy investigador privado. Anoche mataron a un amigo de Rodríguez.

   — ¡Lárgate! —gritó furiosa—. Eres un matón, me estabas engañando para atrapar a mi amigo.

   La tomé de los hombros y la levanté para mirarla a los ojos.  

   —Investigo la muerte de González, un compañero policía, y estoy seguro que Rodríguez está involucrado — dije de forma enérgica—. Es importante que averigüe lo que está pasando para evitar más problemas.

   Empezó a gritar histérica, tuve que sacudirla con firmeza para calmarla. Reaccionó asustada, pero ya no gritó, se quedó a la expectativa, mirándome con sus grandes ojos llenos de pánico, tratando de leer en mi mente cuándo empezaría mi ataque.

   — ¿Qué te dijo Rodríguez sobre los narcos?

   —No sé nada. Él nunca platicó de eso.

   — Dijiste algo sobre un cambio de casa. ¿Rodríguez la iba a pagar?

   —Sí. Dijo que recibiría mucho dinero y lo dedicaría a mí. Habló de cambiarnos de casa, de comprarme joyas, de muchas cosas… Ayer llegó con mucho dinero y pidió que lo cuidara, pero anoche se le llevó todo. Estaba asustado y dijo que no me preocupara.

   — ¿Qué hacías en la joyería?

   Me miró con coraje, se soltó y tambaleante se alejó de mí, extendiendo la mano con el vaso como escudo. Traté de sujetarla de nuevo, volvió a forcejear con violencia y se zafó para caer. Me arrojó el vaso de cristal desde el suelo y empezó a llorar. La levanté, traté de abrazarla, esperando que se calmara. Se fue relajando despacio, hasta quedar sin fuerzas. Tuve que cargarla para llevarla a la cama.

    —No le hago daño a nadie. Todos me juzgan — dijo en cuanto estuvo en la cama —. Sé que los hombres me desean y me agradan esas miradas, siento como si pudiera controlarlos. Pero están los locos y los envidiosos, me agreden, dicen groserías cuando pasó a su lado y algunos tratan de tocarme. Pero las mujeres feas son las peores, inician los chismes y me amenazan en la calle, y ni siquiera me conocen… Sí, me he acostado con muchos hombres, ¿y qué? Todos prometen mil cosas y, no es que sea tonta, pero quiero creerles, espero que llegue un hombre a mi vida que no le importe mi pasado y que quiera quedarse conmigo. Pero después de sostener relaciones se marchan tratándome con desprecio. Ellos se imaginan que soy mala y tratan de burlarse de mí… Pero los hombres que me buscan traen malas intenciones, quizá sean peores que yo… Tango que sacar cualquier ventaja que pueda quitarles, regalos, dinero o relaciones, porque después me dejarán sola.

  —No quiero quitarte nada, quiero saber qué hacían en la joyería para entender lo que pasa.

  —Me compró un regalo. Un brazalete de brillantes.

   — ¿Habló con alguien en la joyería?... ¿Qué dijeron?

  —Sí, platicamos con varios tipos bien vestidos, pero no los conocía. Ni sé sus nombres. Estaba tan atenta a las joyas que no puse atención en los demás.

  — ¿Quién más sabe de ti? ¿Quién sabe dónde vives?

  —Muchos me vieron con él, pero sólo trajo a un compañero aquí. Esta noche. No sé cómo se llama.

  Después de esas palabras comprendí el peligro que corría.

  — ¿Quién era?

   Haciendo un esfuerzo para recordar y, con lentitud, describió a Vargas.

—Tienes que salir de aquí lo antes posible. Es peligroso que te quedes aquí — dije preocupado, si los narcos la pudieran ubicar como amante de Rodríguez la dañarían.

  —Pero no hice nada.

  —A los narcos no les importará, sólo quieren venganza.

  — ¿Qué está pasando?

  — No lo sé. Pero lo que sea es peligroso, todos los involucrados pueden morir, mejor escóndete.

   Permanecimos unos momentos abrazados en la cama, esperando que Alicia pudiera dormir. Mientras, el subconsciente se esforzaba en ver los problemas lejos de nosotros.

—o0o—

Los vecinos de la calle Ámsterdam, en la colonia Ángeles, vieron sorprendidos el operativo policíaco. Unos segundos antes todo era la rutina diaria y enseguida aparecieron las patrullas a toda velocidad, bloqueando las calles haciendo un aparatoso despliegue de poder. Los hombres saltan de las unidades, se despliegan alrededor de la casa de seguridad en silencio y con rapidez. Los vecinos siguieron atónitos los movimientos hasta que aparecieron las armas largas, entonces se refugiaron dentro de sus casas.

   La noche anterior le había dado a Vallarta la dirección de donde salió la camioneta negra que arrojó el cadáver de Talavar en el terreno baldío. Sabía que el joven reaccionaría organizando un operativo para registrar la casa y eso era peligroso para todos.

   El joven no tuvo tiempo de ponerse el casco, ni el chaleco a prueba de balas, lo único que llevaba era su pistola en la mano. Saltó del auto y siguió al comandante del grupo de asalto, incorporándose al operativo.

   Cuando todo estuvo listo para iniciar el ataque Vallarta sintió temor, sabía que existía la posibilidad de que hubiera disparos y quizá muertos. Esa preocupación estaba presente en todos y ningún entrenamiento la podía eliminar.

   Dada la orden por radio todos los policías se precipitaron a bloquear la casa. Los momentos que siguieron fueron tensos para los que esperaban. Cuando por fin se corrió la noticia por radio de que la casa estaba vacía, el ambiente se relajó y Vallarta siguió al jefe de grupo dentro de la casa.

   — ¿Estás seguro de que ésta es la casa? — preguntó el ministerial encargado del operativo una vez más.

   —Es la dirección que dio Arena. Dijo que en la casa estaban los asesinos de Talavar.

   Cuando por fin entraron a la casa descubrimos a los hombres ya en plena rapiña. Movían con violencia los muebles, la basura, los cuadros de las paredes, buscando algún objeto de valor. Vallarta notó con disgusto como los policías se guardaban pequeños objetos en sus bolsas de su ropa, pero no dijo nada porque era lo común. Decidió concentrase en buscar evidencias de la muerte del ministerial.

   —Ven, en el segundo piso encontraron evidencias— dijo el Jefe de grupo.

   Los muebles de la oficina improvisada seguían ahí. Las cenizas de papel se desbordaban del bote de la basura y el olor a humo estaba presente. Vallarta vio a los policías revisando con rapidez los cajones del escritorio, examinando el pequeño bar, sin que él estuviera seguro de los que buscaban: evidencia o botín.

   —Aquí hay algo, Jefe— dijo uno de los policías dirigiéndose al baño.

   El Comandante entró al baño seguido de cerca por Vallarta.

   —Parece que tenías razón. Tenemos que hablar con el forense.

   Vallarta encontró lo que deseaba. El baño tenía gran cantidad de sangre embarrada por los azulejos verde pastel, escurriéndose hasta la coladera. El gesto de asco apareció en su rostro al comprender que podría ser la sangre de un conocido.

—o0o—

Conducía tranquilo cerca del medio día rumbo al hospedaje. Caí en cuenta de que Celina no había llamado durante la mañana, pero no me comunicaría con ella, eran tantos los temores y las dudas, que el simple deseo no podía motivarme para buscarla.

  Al cruzar por una calle reconocí una casa que me recordó mi pasado. Hacía años me encontré como observador en la redada de una casa. Se suponía que allí dentro se encontraba un asesino. Las fuerzas policíacas rodearon la mansión y esperaron la orden de registro de propiedad. Según pasaban las horas el ambiente entre los policías se relajó, ya no estaba la preocupación palpable del enfrentamiento. Cansados de esperar ambos abordamos una patrulla para hacer tiempo de manera cómoda, y la plática fue tomando distintos temas. No recuerdo los primeros minutos de la conversación con Gustavo, pero estoy seguro que no tenía importancia. En algún momento, y sin motivo, reconoció amar a Celina, la conoció en una fiesta y le daba gracias a Dios por tenerla. En ese momento pensé que tal vez tenía problemas con ella.

   —Celina estaba impresionada al saber que era judicial. En la primera cita se vio preocupada, lo consideraba una profesión peligrosa. Con el trato diario nos enamoramos y lo demás pasó por si solo. Ya cuando nos casamos sus preocupaciones fueron disminuyendo, aunque cuando pasaba las noches en vela, esperando que llegara, sentía que envejecía un poco con cada minuto en soledad— comentó en esa ocasión Gustavo con la mirada perdida en la nada—. Con los años se acostumbró, pero creo que algunas canas y arrugas le salieron por causa de mi trabajo… Parece que en muchas ocasiones intercambiamos pensamientos por telepatía, sólo tenía que desear algo para que ella lo trajera sin especular mucho en el asunto.

   “En una ocasión pensé que me abandonaría. Una de esas miles de noches de trabajo mi hijo se enfermó y Celina tuvo que llevarlo al hospital. Permaneció toda la noche cuidándolo, durmiendo con los dos hijos sanos en el hospital. Pero no llamó. En cuanto llegué a casa y no la encontré, la sensación de que me había abandonado fue grande. Tenía los motivos, las largas noches en vela esperando, el miedo cotidiano.

   “Pasé esa noche en vela, pensando, analizando nuestra vida. No había un motivo grande para dejarme, pero si cientos de pequeños detalles que la hacían infeliz. Yo tampoco era feliz pero tenía a mi familia y eso me bastaba.

   “A las seis de la mañana Celina llegó tranquila, como si nada hubiera pasado, arreando a los niños al baño para llevarlos a la escuela. Explicó, en medio de sus ocupaciones matutinas y sin darle importancia a mi disgusto, lo ocurrido y dijo que pasó la noche en el hospital. Pero sólo bastó un intercambio de miradas para saber que volvió porque no tenía a donde ir.

   “No puedo asegurar nada, pero parece que ella está conmigo por los hijos, y yo con ella porque la necesito”.

   Por fortuna llegó la orden de registro y no se volvió a hablar más del asunto.

—o0o—

En esos momentos era imposible comprender lo dicho por Bernardo Díaz a Celina en una llamada telefónica. Claro, ignoraba lo que él sabía. 

   —Fue necesario lo que hizo— dijo Bernardo a una Celina confundida, la cual no se atrevió a hacer preguntas—. Cree lo que te digo, González hizo lo necesario para dejarlos bien y seguros.

   Esa misma tarde Celina llamó para explicar, lo mejor que pudo, esa conversación.

   —Bernardo dijo que sabía que el panorama se ve confuso ahora, pero según pase el tiempo lo comprenderé. Explicó que quedará claro que en realidad no lo mataron, al menos no como lo entendemos. Dijo que se suicidó por nosotros, para dejarlos bien… Que él realmente no quiso involucrarse con narcos, lo hizo por necesidad— dijo ella en el teléfono haciendo un esfuerzo por citar las palabras correctamente.

  — ¿Eso te dijo Bernardo? —pregunté extrañado.

  —Si, pero no sé qué quería decir en realidad.

   —Tendré que hablar con él para que se explique mejor.

   En ese momento lo consideré como una excentricidad del viejo.

—o0o—

Trataba de dormir cuando llamó Vargas por el celular. Me sorprendió, esperaba que estuviera huyendo de los narcos y no haciendo llamadas para decir tonterías. 

   — ¿Qué has podido averiguar sobre la muerte de Talavar?

   Estaba tranquilo, no parecía estar preocupado por la muerte de su amigo.

   —Nada hasta ahora.

   —Parece que el finadito y Rodríguez robaron dinero a los del Norte… ¿Cómo localizaste la casa dónde mataron a Talavar?

   —Preguntando por ahí. Nada más… ¿Cómo va la investigación sobre la muerte de González? 

   Aclaró que le dieron el caso a otros compañeros y preguntó:

   — ¿Tienes alguna idea sobre el lugar dónde se encuentra Rodrigo Félix?

   La pregunta me asombró. Félix era el capo local del Cártel del Norte, era imposible saber dónde se encontraba. Aunque consideré la llamada como una advertencia velada. 

   —No, todavía no— contesté.

   Ya no dijo nada importante y cortó la llamada.

—o0o—

—Te tengo un trabajo. ¿Qué dices, le entras? — pregunté a García en cuanto lo encontré en la mañana.

   — ¿Qué, te debo algún dinero, o qué?

   —No lo tomes a la ligera. Es sólo vigilar una joyería del centro.

   — ¿Broncas de narcos?… No quiero problemas.

   —No pasa nada es sólo vigilar y nada más.

   García se quedó pensativo, tal vez analizando los posibles riesgos de vigilar a los narcos, quizá recordando a los compañeros caídos al ser descubiertos por los sicarios, o simplemente negándose a dejar la tranquilidad que en esos momentos tenía. Le di tiempo para pensar mientras me senté frente a él en una silla de la mesa. Después de algunos momentos, dio un trago a su cerveza con gesto fastidiado y dijo:

   —Vigilar es aburrido, se van semanas enteras en nada. Y lo peor es que la información que consigues no sirve para nada.

   —Pero se tiene que vigilar, por si acaso.

   — ¿Cuánto pagas?

—o0o—

Esa tarde Vallarta recibió una llamada anónima. La voz distorsionada no dio muchos detalles, sólo una hora del día siguiente y la dirección de una casa de seguridad del Cártel del Norte, en una colonia cerca del centro.

  — ¿Qué importa quién soy o para quién trabajo? La información es buena y puedes darle el tiro de gracia al Cártel del Norte.

  Él sabía que era manipulado por los narcos. Pero Vallarta, como todos los jóvenes, era idealista, consideró que al acabar con un cártel estaría haciendo bien a la sociedad. Aunque no pensó que existía un equilibrio en el mundo de las drogas, manteniendo el tráfico en medio de una paz relativa. Cuando se debilitara un cártel el otro trataría de acabarlo, de ganar su territorio y sus adictos, originando una guerra.  

   El joven me llamó entusiasmado y su voz se sentía segura:

   —El soplón tiene informes de otro cargamento de drogas que estará mañana en una casa de seguridad de la colonia Reforma. Dice que llegará mucha droga.

   —Es muy arriesgado. No sabemos quién está involucrado con los cárteles, ni quiénes son los chivatos. Mejor no intervengas por ahora.

   —De cualquier modo es droga y daña mucho a la gente.

   —Olvídate de principios morales, esos los tenía González. Lo que tú haces es sólo tu trabajo, desagradable, peligroso y mal pagado; pero sólo un trabajo, por el cual no vale la pena tomar tantos riesgos. Lo que debes hacer es tu trabajo lo mejor posible sin problemas. Crees que los adictos te agradecerán por alejarlos de la droga, ellos sólo verán que la droga aumentó de precio porque un honesto policía decomisó varios cargamentos. Déjate de principios y piensa más en ti.

   Sentía las dudas del joven como estática en el sonido del teléfono celular. Pero sólo quería hacer una pregunta:

   — ¿Me ayudarás a hacer el registro de la casa de seguridad?

  De cualquier forma no lo dejaría solo.

—o0o—

No lo esperaba, aunque sabía que ocurriría. Había decidido cenar fuera de la pensión, García estaba vigilando y yo no tenía intención de cocinar. Busqué un buen restaurante en el centro para comer bien. Con ingenuidad circulé mucho tiempo en mi auto con señales de disparos por las principales calles de la ciudad. Tuvo que llamar la atención de algún cómplice de los narcos y se organizaron rápidamente para atraparme.

   Alcancé a entrar a un restaurante y cené tranquilo, pero al salir ya me esperaban. Sabía que llegarían, pero en ese preciso momento, cuando estaba distraído, pudieron sorprenderme.

   Caminaba por la acera buscando el auto. Un pendejo me sujetó con fuerza. Llegaron otros dos y me golpearon en el abdomen y en la ingle. Caí de rodillas, doblado por el dolor y aturdido, sin darme perfecta cuenta de lo que ocurría. Inconscientemente busqué el arma que tenía en el bolsillo interior del saco, nunca se imaginaron que podía estar armado. Me levantaron para darme más golpes y dejarme caer de nuevo, esperaban que dejara de poner resistencia.

   Cuando me consideraron vencido, me arrastraron hasta una camioneta de doble cabina cercana. Pero nadie, ni siquiera yo, esperábamos ese primer disparo. El sujeto que se encontraba frente a mí cayó de golpe. Los otros se apartaron de inmediato tratando de sacar sus propias armas con desesperación. No recuerdo el sonido del segundo disparo, en mi memoria subsiste únicamente el grito, un poco apagado pero de desesperación del tipo a mi derecha, paralizado de terror. Cayó despacio, como si la vida se negara a dejar su cuerpo. El tercero ya se encontraba huyendo, disparó hacia mí en dos ocasiones sin apuntar, yo ya no pude disparar por los transeúntes. La camioneta avanzó por la calle rechinando sus llantas. Sólo entonces pude ver mi arma y comprendía que en realidad yo disparé, que había matado otra vez.

   Cuando se impuso la calma, la gente que circulaba por allí empezó a levantarse, a salir de su refugio, para ver los dos cuerpos, y sorprendidos al comprender que uno tenía convulsiones. Yo me alejaba lo más rápido posible sin mirar a nadie.

   Después del intento de secuestro me encontré muy alterado. Subí a mi auto aún con algunas miradas de testigos siguiéndome como principal sospechoso. Sentía temor y no quería pasar la noche solo. En cuanto me alejé un poco del lugar de los hechos, marqué el número de Celina y esperé que su sola voz me calmara.

   Ella pidió reunirnos y casi sin pensarlo nos encontramos en el hospedaje haciendo el amor con ansiedad. En ese momento la pasión no arrastraba mis culpas, sólo significaba que deseaba olvidar todos los problemas, fingiendo que el sexo era lo único importante.

   —Quiero dejar la ciudad, llevar a mi familia a otro lugar— dijo Celina en la reducida cama de mi cuarto.

   — ¿Te han amenazado?

   —No. Quiero iniciar una nueva vida en otra localidad, donde no existan tantos problemas. Donde pueda vivir tranquila.

   —Pero aquí estará bien.

   —No podría vivir con la duda de si mis hijos, en uno de tantos días, no regresaran de la escuela… Con Gustavo casi no dormía en las noches, pero si mis hijos corrieran ese riesgo no podría vivir.

   Celina empezó a hablar, pero ya con resignación. El cansancio del alma se reflejaba en su plática; lo grande de la ciudad, las drogas, la corrupción, y finalizó diciendo que estaba fastidiada de vivir con temor. Tal vez yo le trasmití el temor cuando vio los moretones en el rostro y la preocupación en mis gestos, pero no dijo nada. Aunque ella quiso preguntar qué me había pasado, se controló, y yo, atrapado por las dudas, dejé imponerse un silencio, cómodo al principio, pero cortante al final. Eso no importaba ya, en su rostro se veía que no tenía alternativa, su tono era de resignación, ya no quedaba nada por decir.

   Cuando la llevé en su casa, casi a las tres de la mañana, sentí alivio.

—o0o—

Al despertar tuve un mal presentimiento. No pude explicar por qué, pero de inmediato marqué el número de teléfono de Alicia. Nadie contestó. Pude justificar de mil maneras el silencio del teléfono, pero sólo pensé lo peor.

   El recorrido para buscarla estuvo acompañado de desesperación. Las luces rojas en los semáforos, los conductores sin prisa, los peatones distraídos y la velocidad que podía tomar me parecía aletargada, todo era desesperante. 

   Cuando por fin llegué a su puerta estaba entreabierta y mi desesperada carrera tuvo una justificación. Temeroso de encontrar una desgracia me contuve, no podía entrar, sólo espié a través del resquicio para descubrir el departamento destrozado.

   La puerta cedió con un ligero empujón y avancé despacio entre los restos de muebles y adornos. La encontré muerta, atada a una silla con cinta gris y cubierta de sangre. Las huellas de tortura me parecieron escalofriantes, se notaba en los dedos, en su rostro. La mataron buscando arrancarle un secreto que tal vez ella no sabía.

   Sobresaliendo del sostén destrozado se veía parte del collar, tal vez Alicia trató de defenderlo hasta con su vida. Esa pequeña joya que resplandecía con la luz, a pesar de la sangre, era su única posesión verdaderamente valiosa, y pensó que los asesinos se la querían quitar. Pero no era así, y casi puedo escuchar la pregunta que hacían los matones cada vez que le daban un golpe: ¿Dónde está Rodríguez? Ella no la sabía, pero no le creyeron y continuaron torturándola hasta la muerte.

   No la consideraba una mala persona, no como los narcos; sólo era una cualquiera y eso es únicamente un pecado. Dios la juzgará. Pero sabía quién la había matado y conocía a la persona que la entregó.

   Saqué la joya de la ropa del cadáver. No tenía caso que algún policía o enfermero se quedara con ella. La entregaría a algún familiar cuando lo encontrara.

—o0o—

Sentí los minutos largos, demasiado vacíos, como si fueran una calma que mi mente convulsionada no podía entender. La muerte estaba llegando a todos los involucrados, ya nadie podía estar seguro.

   En el hospedaje esperaba García, mirándome con recelo y cansancio.

   —Ya tenemos muchos problemas— dijo invitándome a entrar a la oficina con señas.

   Escudriñó mi cara con mirada firme.

   — ¿Quién te golpeó?

   —Tres tipos trataron de secuestrarme anoche. Pude defenderme.

   —Aparecieron dos ministeriales del estado baleados en las calle del centro. Según testigos trataron de detener a un tipo que se parecía mucho a ti. ¡¿Qué casualidad?¡

   Me senté en el viejo sofá y dejé escapar un leve suspiro de cansancio. Comprendí que los secuestradores eran los policías muertos.

   —Pues ahora la policía te busca por homicidio y no tratarán de atraparte con vida.

   —Sólo me defendía.

   —No me lo digas a mí, díselo a los policías que te deben estar buscando muy enojados.

   Ya era, sin darme cuenta, un prófugo, y la policía, que consideraba corrupta, estaba buscándome para vengarse. No me consideré responsable por la muerte de los policías, eran ellos o yo.

   — ¿Qué pasó en la joyería? — pregunté para distraerme.

   —Lo único raro fue que a las tres de la mañana llegaron varias camionetas a la joyería, una de ellas blanca. Metieron paquetes medio raros, diría que estaban llenos de dinero.

   —Bueno, tenemos que avisar a la policía para iniciar la petición de registro para la joyería.

   Tomé el celular y García aprovechó los momentos de espera para convencerme, con frases rápidas y cortas, de dejar la ciudad e iniciar una nueva vida en otro país.

   — ¿Para ser un fugitivo el resto de mi vida?

   —Vamos, estás frito. Si te atrapan los narcos o los policías te matarán de inmediato. No tienes salvación, estás perdido si te quedas aquí— concluyó García esforzándose por no enojarse.

   Lo ignoré porque tenía razón, pero no huiría.

   Llamé de inmediato a Vallarta, y mientras escuchaba el tono sentí miedo por mi situación.

   — ¿Ulises, dónde estás? — preguntó preocupado el joven ministerial.

   —Tengo informes buenos sobre una joyería donde se está lavando dinero. Debe haber mucho dinero sucio…

  —Tengo una orden de captura para ti. Mataste a dos cabrones. ¿Dónde estás?

  No podía entregarme, tuve que ignorar la pregunta y se dio una penosa discusión. En cierto momento le pregunté:

   — ¿Quién garantizará mi seguridad si me entrego? ¿Los mismos policías? Sabes que tratarán de matarme en cuanto puedan.

   —Yo estaré contigo todo el tiempo.

   Estaba decidido a seguir investigando y se lo dije a Vallarta. Insistí en conseguir una orden de registro y el joven prometió que hablaría con su jefe de grupo para pedir una investigación sobre la joyería.

—o0o—

   Recostado en mi cama trataba de alejar los temores, dejar que el cansancio se impusiera y así poder dormir.

  Pensé mucho en lo que debería hacer, y a pesar de que analice muchas posibilidades la única respuesta lógica que encontraba era llegar hasta el fin, cualquiera que fuera éste.

   Cuando desperté ya era cerca del medio día y salí a comer. Era imposible estar tranquilo, mi mirada se clavaba en cualquier supuesta amenaza, mi mano derecha, escondida en un bolsillo del saco, no se apartaba del arma. Esperando el ataque, deseando que aparecieran los asesinos de nuevo.

   La llamada de Vallarta sirvió para apartar un poco las preocupaciones.

   —Ulises. Ya mandamos la orden de registro para la joyería a los ministeriales.

   —Espero que funcione.

   —Ten cuidado, muchos policías están enojados. Mejor entrégate ahora y te protegeré.

   —Todavía no. Debo seguir investigando.

   —Algunos estamos dispuestos a entrarle al pleito para que la muerte de González se aclare, pero necesitamos que te entregues.

—o0o—

Se catalogó como un accidente. Uno de miles que se presentan por toda la ciudad, de esos que sólo sorprende y alarman a la ciudadanía un día, al paso del tiempo todo se olvida. Los periódicos muestran el aspecto sangriento para vender más, pero al día siguiente ya no se menciona en sus páginas. Los gobiernos locales hablan de ellos en sus estadísticas, los dividen por número de muertos, por sexo, por edad, estado civil y ocupación. Pero al final son sólo muertos comunes, de esos que la Ministerial califica como fatalidades en accidentes viales, no son asesinatos.

   Según quedó asentado en la prensa, una falla mecánica impidió frenar a un chofer de un camión urbano y atropelló a una madre y dos niños pequeños. Ocasionando la muerte de la mujer y de un niño de cuatro años, dejando gravemente herida a una niña de seis.

   Todos nos indignamos con esas noticias porque son muertes que se pueden evitar y porque lo culpables no son castigados con prisión. Lo que la gran mayoría no sabe es que un porcentaje pequeño de esas muertes son asesinatos, son ajustes de cuentas entre narcos. Se utilizan accidentes viales cuando no se quiere llamar la atención de la opinión pública. O cuando se quiere castigar a algún idiota sin molestar a las autoridades.

  Al enterarme sentí lástima por los niños y asco por el padre que decidió huir. Rodríguez debió quedarse a afrontar su muerte y no dejar que su familia pagara por sus errores.

—o0o—

Era una posibilidad tan remota que no la consideré, que los propios miembros del cártel de los Delta llamaran para tratar de convencerme de trabajar para ellos. Dijeron que era necesaria una reunión y querían hablar conmigo.

   —Podemos protegerte de la policía— dijo una voz seca y grave por el teléfono.

   La sorpresa borró de mi mente cualquier posible respuesta y dejé que el tiempo pasara en silencio.

   — ¿Qué pasa, Arena?

   — ¿Esperan que trabaje para ustedes? —pregunté por fin.

   —Sí. Pero considera que ahora estás casi muerto. El Cártel del Norte y la policía te buscan, tarde o temprano alguno te encontrará. Nosotros podemos protegerte… Tú sabes si quieres aceptar.

   —Vete a la chingada— dije al comprender que era el enemigo.

   —No te encabrones. Recuerda que es sólo política. Nada es del todo personal y lo único que nos debe preocupar es hacer negocios… Hablemos. Puede ser tu única oportunidad de salir vivo del problema. Qué te parece si nos reunimos a las cuatro de la tarde en el depósito El Mirador por la carretera nacional.

   Acepté consciente de que estaría a salvo con los Delta, al menos por el momento.

   Hay algo hechizante en afrontar esos retos. Eran tanto los riesgos de ser asesinado que parecía una estupidez acudir a esa cita, pero esa emoción poderosa estaba ahí, llamando, diciendo que afrontara el desafío, dando placer al retar a la suerte frente al enemigo, dando sentido a mi vida.

   Permanecí recostado en la cama contando los minutos para llegar a la cita. Soñando con otro mundo, tal vez una ciudad pequeña. Un lugar donde no tuviera tantas responsabilidades, donde los días fueran iguales y el tiempo fuera un aliado ayudándome a disfrutar de la tranquilidad. Sin enemigos presentes en cada esquina. Un lugar donde la muerte fuera un amigo esperando para llevarme a descansar, y no este lugar donde los asesinatos son de odio y venganza, acercando a todos un poco más al infierno.

   Pensé que sería bueno disfrutar de la vida de otra forma. Casado, tener una familia y de la cotidianidad, de no esperar cambios bruscos en la vida. Celina podía ser la mujer ideal para afrontar la rutina como algo placentero.

   Salí a la reunión sin mirar la hora. El recorrido fue largo y la soledad que me rodeaba me hacía dudar. Dejé que el temor se impusiera.

   A pesar de llegar temprano, los del Cártel Delta ya esperaban con gestos de enfado. Mi mente divagaba buscando la manera más amable de decirles que conmigo no contaran para nada. Aunque estaba seguro de que no les agradaría esa respuesta, no importa cómo se los dijera.

   Eran seis narcos bien vestidos, reunidos cerca de costosas camionetas y en medio de una plática informal que provocaba sólo sonrisas y algún gesto de indiferencia. Con mi caminar vago se impuso el silencio y voltearon a verme.

   Tal vez mi mirada no se quiso concentrar en los rostros, porque no los recuerdo con precisión. Aunque sabía que no tenían rasgos finos, su aspecto era de gente común. Si no fuera por su ropa cara, las joyas y ese aire de prepotencia violenta, bien podrían pasar por campesinos o albañiles.

   —Bueno, Arena. ¿Qué has pensado? — preguntó uno de ellos.

   —Prefiero afrontar los problemas solo.

   Después de los saludos sonrientes comprendí que ellos daban por hecho que aceptaría unirme a su cártel. 

   —No será un trabajo complicado y recibirás buena dinero —intervino otro, al que consideré como el jefe—. ¿Qué más puedes esperar?

   —No me dedico a investigador privado por dinero.

   —No, estás investigando por pendejo— dijo uno de los más agresivos.

   Los demás trataron de calmar a su compañero llamándole la atención con sonrisas.

   —Sólo protegerás algunos cargamentos, estarás presente en los traslados tratando de que la policía, cualquiera de ellas, no nos ocasione problemas— aclaró el Jefe.

   —No creo en las drogas, hacen mucho daño a la gente. Mueren muchas personas por ellas.

   —Es la gente la que tiene problemas por dentro, se drogan para sacar lo peor de ellos. Harían lo mismo si tomaran cerveza, es sólo un pretexto— dijo un tercero—. Los problemas y muertos siempre existen, con drogas o sin ellas.

   —No creo en las drogas. No creo en el dinero fácil.

   —La justicia es cosa de Dios, la ley es otro asunto, y éstas pueden cambiar. Nosotros nos enfrentamos a la política por una serie de leyes pendejas que de nada sirven. Hay muchas leyes, pero los jueces terminan aplicando la que a ellos les conviene. No te dejes manipular por pendejadas políticas— aclaró el jefe.

     — ¡¿Por qué chingados le rogamos a este pendejo?¡ — gritó el mal encarado—. Mejor matémoslo ahora y se acabó el problema.

   Con discreción toqué mi arma dentro del saco.

   —Mira, es tu bronca. Tú sabes que decides y tendrás tus razones por pendejas que sean—dijo el Jefe—. Si quieres unirte con nosotros búscanos y te daremos protección. Si no, pues que Dios te bendiga.

Sonreía tranquilo al conducir de regreso a la ciudad. Había sobrevivido a una entrevista con los Delta y me sentía seguro de mí mismo. La noche se impuso tranquila y pensé que descansaría unas horas, pero el celular timbró de nuevo. 

    —No valen madre esos cabrones—protestó García—. Vinieron, revisaron todo y se largaron como si nada.

   — ¡Estás seguro que no encontraron nada en la joyería!

   —Nada, y si lo encontraron, hicieron la vista gorda. Se veían muy contentos contando algunos billetes. Les dieron dinero. No valen madre.

   —Bueno, pues ni modo. No podemos hacer nada. Regrésate a la casa y mañana hablaremos.

—o0o—

De nuevo esa fascinación por enfrentar el peligro se impuso. Deseaba otro reto del destino y hacerlo en ese momento parecía lo mejor.

   Decidí llamar a Vallarta, pero en esta ocasión había una paz espiritual extraña. Como si Dios dijera que nada malo me pasaría.

   — ¿Arena? ¿Qué ha pasado?

   — Quiero entregarme. Dejemos que un juez decida qué tan culpable soy del asesinato y qué tanto actué en defensa propia.