La identidad indestructible
El fútbol no es una de las bellas artes. Es una simple actividad deportiva. Atrae a muchos millones de espectadores, genera un gran negocio y provoca en los aficionados emociones muy profundas, porque en él pueden proyectarse ciertas pulsiones que ni el individuo ni la sociedad logran satisfacer nunca de forma plena. El fútbol es lo que se vuelca en él.
Se habla y escribe con frecuencia sobre la relación entre el fútbol y la estética. El asunto suele resultar estomagante. Quienes lo abordan tienden a considerar, erróneamente, que ‘estética’ y ‘belleza’ son sinónimos, y cabe sospechar que reducen lo ‘bello’ a lo ‘bonito’ o, en el mejor de los casos, a lo ‘armónico’. Soy de los que creen que lo importante en el fútbol, como en cualquier otro deporte y, me parece, en cualquier obra humana, es la efectividad. Que tampoco hay que confundir con eso que la prensa deportiva llama «resultadismo».
Solo cuando el fútbol es efectivo es posible adentrarse en el berenjenal de la cuestión estética. Porque en el fútbol la única finalidad consiste en marcar más goles que el adversario, y todos los esfuerzos deben encaminarse a eso. Si eso ocurre, si un equipo prescinde de la banalidad, de la rutina, del preciosismo, y busca obsesivamente la victoria, con casi total seguridad proporcionará algún tipo de emoción estética.
Para entendernos, imaginemos algunos de los mejores goles de Van Basten o Henry: son de belleza indiscutible, porque ofrecen armonía, es decir, el movimiento más eficaz en el menor tiempo posible. Ahora imaginemos a un jugador que cojea y en el último minuto, con empate en el marcador, se hace con el balón y corre, resbala, se levanta, desborda milagrosamente a un defensa, sufre un tropiezo que desorienta al portero, pierde el balón pero se arrastra por el césped y llega a tiempo de rozarlo con la nariz e introducirlo en la puerta. El gol es feo de narices, valga la redundancia. Pero posee, en su angustia, azar e incertidumbre, una estética poderosa. Como El grito de Munch o gran parte del expresionismo alemán.
Eso es lo que busco yo en el fútbol. La exaltación de ciertos momentos y el placer estético de la efectividad o, por usar el término de Nietzsche, el filósofo que más gusta en la edad del pavo, de la voluntad. El taconazo porque sí tiene para mí el mismo valor que un ripio de Campoamor.
Entiendo que para encontrar lo que busco no debo permanecer pasivo. Hay que moverse, ir al estadio, viajar con el equipo cuando es posible. Esa participación en el ambiente ayuda a tener los sentidos a punto por si se da un partido exquisito, o, al menos, un momento mágico. Hay otras razones para evitar la pasividad, la simple espera a distancia del resultado. En 1990 yo vivía en Madrid y el Espanyol, en Segunda, se jugaba en la última jornada el ascenso a Primera. No existía Internet y ninguna emisora madrileña retransmitía el partido. Lo que hice fue seguirlo por teléfono: llamé a mi hermana Gloria a Barcelona y ella me fue contando, durante 90 minutos y pico, lo que escuchaba por la radio. Fue una llamada bastante cara. Esas cosas sirven para aliviar la tensión, e incluso a veces para disfrutar, pero constituyen también una especie de rito sacrificial, como si uno tuviera que poner algo de su parte (en este caso, en forma de generosa contribución a los beneficios de Telefónica) para influir en el orden cósmico y obtener la benevolencia del destino.
Alguna vez he contado ya las circunstancias de mi boda, el 20 de abril de 1988. Vuelvo a ello porque viene al caso.
Empecemos por la temporada anterior, la de 1986-1987. El entrenador del Espanyol era Javier Clemente y el equipo alcanzó la tercera plaza en una Liga que utilizó el sistema del play off. El Espanyol se caracteriza, desde que lo conozco, por la escasez de recursos: los esfuerzos se pagan, tras los éxitos se desfallece, las alegrías dejan deudas. La temporada 1987-1988 estaba, por tanto, condenada a ser agónica. Y lo fue. En la Liga todo consistió en arrastrarse y en salvarse en la última jornada, gracias a un empate con el Logroñés de los que huelen a pacto de no beligerancia.
Pero algo ocurrió en la UEFA, la competición europea que entonces disputaba el tercer clasificado en la Liga. Muy temprano correspondió enfrentarse a un Borussia Moenchengladbach que ya no era aquel invento maravilloso de los 70 con Netzer, Heynckes, Vogts y Simonsen, pero espantaba. El Borussia cayó. Luego tocó el Inter, que pese a su propensión al desastre (lo sé bien, soy secundariamente interista) tenía a tipos como Altobelli, Zenga, Ferri y Bergomi. Y el Inter cayó.
En la siguiente ronda, máxima gravedad: había que echarle un pulso al Milan que estaba construyendo Sacchi en torno a Baresi, Van Basten y Gullit. Una fiera. En los dos partidos de la eliminatoria, Clemente recurrió a la gramática parda: estrechó las bandas de Sarrià hasta convertirlo en un pasillo, colgó a Gallart del cuello de Gullit... Y el Milan cayó.
El Vitkovice fue un trámite. Quedaba el Brujas para llegar a la final: un club con un escudo casi idéntico al del Espanyol, con franjas negras en lugar de blancas, y una camiseta casi idéntica a la del Inter. Era como enfrentarse al lado oscuro. No pude ir al partido de ida, por trabajo, pero pude hacer otra cosa: casarme el día del partido de vuelta. En aquellos tiempos previos a la esclavitud contemporánea, las empresas concedían al empleado unos días libres después de su boda. Con Lola, mi mujer, decidimos que pasaríamos la luna de miel en la final de la UEFA.
Nuestra fe parecía francamente excesiva, porque en la ida ganó el Brujas por 2-0 y estamos hablando del Espanyol. Pese a todo, el 20 de abril por la mañana fuimos a casarnos al Ayuntamiento de Barcelona. Llegamos tarde, porque una manifestación de profesores cortaba la Diagonal, y durante la ceremonia el funcionario leyó unos nombres que no eran los nuestros. Creo que de todas formas la cosa tuvo valor legal. Por la noche, el partido. Y el jubiloso tercer gol ratonero de Pichi Alonso que nos envió, al Espanyol, a Lola y a mí, a Alemania. Al día siguiente, mi amigo José María Sirvent, fallecido años más tarde, dedicó el primer párrafo de su crónica en El País a aquella pareja de ‘pringaos’ que habían dedicado al fútbol su jornada nupcial.
La final con el Bayer Leverkusen se jugaba a ida y vuelta. La ida, en Sarrià, se ganó 3-0, aunque Clemente prescindiera de John Lauridsen, el centrocampista más luminoso del equipo. El asunto estaba casi ganado.
Y la vuelta… Ah, la vuelta. Clemente no solo dejó en el banquillo a Lauridsen. También renunció a un extremo tan inteligente como Valverde. Ese partido constituye para mí un ejemplo eterno de lo que es antiestético en el fútbol: el miedo, el racaneo, la fealdad de once tipos encerrados con su propia angustia dentro de un rectángulo verde. En una noche, Clemente destruyó lo que había conseguido durante toda la temporada. Se llegó al descanso con empate a cero, pero los de la grada nos sentíamos como reclutas en una trinchera, mirando al cielo y contando los segundos. Cuando el delantero coreano Bum-Kun-Cha, cuyo nombre me perseguirá de por vida, marcó el tercero del Bayer e igualó la final, caí en un estado similar a la hipnosis. Recuerdo de una forma vaga, como si fuera un sueño, la prórroga, los penaltis, la derrota, los vítores alemanes, las lágrimas a mi alrededor, la salida silenciosa, el retorno gélido.
Así concluyó mi luna de miel.
Y así se abrió un agujero frío en el corazón de los pericos. Un agujero que hasta la fecha permanece abierto.
Los desastres no son inevitables. No cuesta nada concebir un universo paralelo en el que Adolf Hitler se dedica a pintar acuarelas, Josif Stalin se queda en el seminario y Javier Clemente va a Leverkussen, en los suburbios de Colonia, a jugar al fútbol. En ese universo, libre de Auschwitz y del gulag, Valverde marca un gol en Leverkusen, el Espanyol levanta su primer trofeo continental y el mundo es más feliz. Existen pruebas de que otra realidad es posible. La Vanguardia aparecía entonces con portada en huecograbado, un sistema de color que hacía falta imprimir a media tarde, y decidió apostar por la victoria. Hubo que tirar a la basura decenas de miles de portadas en las que un Espanyol campeón festejaba el éxito. Yo guardo una. A veces la miro y suspiro.
También estuve, casi 20 años después, en la final de Glasgow contra el Sevilla. Fue lo mismo, empate, prórroga, penaltis y derrota, pero qué quieren que les diga: aunque se te queda la misma cara de tonto, ya sabes de qué va el asunto y no es igual que la primera vez. No digo que no duela, puede doler incluso más. La segunda vez, sin embargo, sabes que se sobrevive. Dicho esto, no estoy seguro de poder resistir un tercer golpe de este tipo.
Manuel Vázquez Montalbán, con su estupendo sentido de la exageración, tituló uno de sus libros de artículos futbolísticos con la frase «Una religión en busca de un dios». En principio, al fútbol le falta la dimensión metafísica y trascendental para ser una auténtica religión. Ni los que quieren ser enterrados en el columbario de su estadio llegan a relacionar el fútbol con la vida eterna. Sin embargo, hay un aspecto en el que la fe en unos colores resulta idéntica al fenómeno religioso: solo funciona correctamente cuando se conjuga con un fracaso monumental, inapelable.
Los judíos y los cristianos llevan un montón de siglos esperando al Mesías. Los primeros cristianos, concretamente, estaban convencidos de que el retorno de Jesús se produciría al poco tiempo de su resurrección y ascenso a los cielos. Lo había prometido él mismo, según San Mateo: «En verdad os digo, hay algunos de los que están aquí que no gustarán la muerte hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su Reino». Más claro, imposible. El hombre llamado Juan que escribió el Apocalipsis, unos 100 años después de la crucifixión, estaba muy mosqueado (y se le notaba) por dos razones: porque había seguidores de Jesús que renunciaban a los ritos del judaísmo y, sobre todo, porque había pasado un siglo y Jesús seguía sin volver.
¿Cuál fue la reacción de los creyentes al comprobar que los plazos del retorno mesiánico se alargaban y que Dios no daba noticias? Reforzarse en su fe. La religión surge cuando el mensaje divino se incumple, porque ello obliga al creyente a reformular el mensaje en términos puramente humanos. ¿Se imaginan que Jesús vuelve en el plazo más o menos esperado, pongamos 50 años, organiza el Juicio Final y proclama el Fin de los Tiempos? Habría sido imposible organizar una religión en condiciones. No habría dado tiempo. Ni habría hecho falta.
En mi opinión, a los madridistas, barcelonistas y otros seguidores habituados a los éxitos les pasa un poco eso. No han tenido tiempo de forjarse una fe a prueba de cualquier fiasco. ¿Pierden una final? No pasa nada, ya han ganado finales antes y dan por supuesto que las ganarán después, más pronto o más tarde. Pueden sentirse tristes, pero jamás han experimentado el auténtico vacío existencial de quienes sospechan, con bastante fundamento, que su dios se ha largado para siempre. Que legarán a sus descendientes una fe hecha de esperanzas incumplidas. Que todo este sufrimiento solo puede tener una explicación metafísica y que no obtendrán la recompensa en este mundo. Solo quienes padecen ese vacío se acercan al fútbol de una manera realmente religiosa.
En cierto modo, la fe sacrificada y gratuita procura un extraño sentimiento de superioridad frente a los que ganan siempre, o casi siempre, o alguna vez. Uno acaba convencido, aunque no sea elegante confesarlo, de que sus sentimientos poseen mayor pureza que los de la competencia.
El 27 de mayo de 2000 estuve en Mestalla y, por primera vez en mi vida, con 41 años, vi al Espanyol ganando un trofeo. La Copa. Al salir del estadio, camino de la estación, no sabía cómo comportarme. Unos tipos del Atlético de Madrid, los derrotados, se dirigieron a nosotros, un grupito de vencedores, que caminábamos silenciosos: «¡Pero celebradlo, coño!». He pensado muchas veces en eso. Tenían razón, al menos en mi caso. Me sobra práctica a la hora de sobrellevar adversidades, y me falta en materia de festejos.
Ya he dicho que el héroe futbolístico de mi infancia fue Marcial Pina. Cada balón que desplazaba era un beso, y si el balón se dirigía a José María Lavilla, un extremo veloz y elegante, se trataba de un beso con lengua. (Espero que me disculpen, con nueve o diez años ya pensaba en esas cosas). Marcial, José María y el resto de los delfines se ajustaban al concepto de ‘fútbol estético’, o sea, rápido y armónico, más fácilmente comprensible.
La imagen suprema en mi memoria, sin embargo, pertenece a otro tipo de estética y a otro tipo de futbolista. El contexto está borroso. Era un partido de Copa, entre semana, diría que frente al Atlético de Madrid, a principios de los 70.
Esa noche estaba, como siempre, en el gol norte de Sarrià, pero más cerca de la portería que habitualmente. Quizá porque faltaba público me coloqué en los peldaños bajos de la general, detrás del murete de mi infancia.
De pronto surgió un balón cruzado desde la esquina y Roberto Martínez saltó para cabecearlo.
Juan Roberto Martínez Martínez (Mendoza, 1945) llegó de Argentina en 1971 como un perfecto desconocido. Era considerado ‘oriundo’, un término que solo resultará familiar al lector de cierta edad. Los ‘oriundos’ eran hijos o nietos de españoles que podían reclamar la nacionalidad y jugar en una Liga que en ese momento estaba cerrada a los extranjeros. Se hicieron trampas portentosas con la oriundez. Leí en alguna parte que un futbolista argentino argumentó que su abuela había nacido en Celta de Vigo. En fin, el tal Martínez Martínez era un tipo alto y flaco, desgarbado, mal peinado, con las medias caídas, con un sentido del equilibrio apenas superior al de una escoba y una relación problemática con el balón.
Era también un futbolista admirable. Si caía se levantaba, si se le escapaba el balón lo perseguía, si fallaba el primer remate iba a por el segundo. Después del Espanyol jugó en el Real Madrid y fue cinco veces internacional.
Mientras yo explicaba todo esto, Roberto Martínez ha seguido ahí, en el aire. El centro no llega, vuela muy lento. La gravedad tira de Roberto hacia el suelo pero él se niega a obedecer. Veo que su rostro se crispa y adquiere una mueca de sufrimiento y horror. Se parece a la Medusa de Caravaggio. Le tiemblan los músculos del cuello, se le desorbitan los ojos. El tipo se aguanta en el aire por pura voluntad, como si bajar fuera la muerte. Y el balón no llega. Los que saltaron con él han vuelto al césped y miran, como yo, con asombro y un poco de lástima. Duele ver a un tipo que sufre tanto para conseguir algo imposible. Dan ganas de pedirle que lo deje, que no hay para tanto, que no pasa nada.
Entonces llega el balón. Roberto cabecea y marca. El estadio ruge el gol y Roberto, que ha seguido flotando y temblando, cae desmadejado a una velocidad insólita.
Cuatro décadas después, ese es todavía el momento de fútbol más conmovedor que he visto.
Momentos de ese tipo son los que quiero para el futuro del Espanyol.
El desastre económico, la demolición de Sarriá y el destierro en Montjuïc fueron acompañados de una profunda crisis de identidad. Algunas voces propusieron incluso cambiar el nombre por el de Athletic de Sarrià o cosas así. No me interesó ese debate y sigue sin interesarme. La identidad existe y es sólida, aunque se haya forjado de forma casual y sin esfuerzos intelectuales por reescribir la historia. La identidad del Espanyol se ha construido desde la minoría, con derrotas muy dolorosas, una época de exilio y una constante necesidad de resistir. La identidad del Espanyol es la fe. Eso es lo que intenta reflejar un lema un tanto melifluo: «La força d´un sentiment». La fuerza de un sentimiento.
Ahora, asentado en el exquisito estadio de Cornellà-El Prat, con un equipo joven y con una considerable capacidad de producción de futbolistas, el Espanyol parece haber tomado un rumbo sensato y esperanzador. Seguirán los agobios económicos, llegarán nuevos problemas y difícilmente se accederá a la exclusiva élite continental que en el futuro disputará la Liga europea. Da igual. La fe se mantendrá. Es indestructible.