10.- La necesidad de discernimiento
EN NUESTRO REPASO de la ética y del desarrollo espiritual hemos hablado largo y tendido sobre la necesidad de disciplina. Esto es algo que puede parecer un tanto anticuado e incluso implausible en una época y en una cultura en la que se hace tanto hinca pié en la meta de la realización personal. No obstante, la razón de que se tenga una visión tan negativa de la disciplina, entiendo yo, se debe sobre todo a lo que por lo general se entiende por disciplina. Se tiende a relacionar la disciplina con algo impuesto en contra de la propia voluntad. Por consiguiente, vale la pena repetir que, al hablar de disciplina ética, nos referimos a algo qu adoptamos voluntariamente como base del pleno reconocimiento de los beneficios que ha de darnos. Éste no es un concepto de todo ajeno: así, no vacilamos al adoptar una determinada disciplina cuando se trata de la salud física. Por consejo de los médicos, rehuimos los alimentos perjudiciales incluso cuando más podrían apetecernos, y nos alimentamos, al contrario, de aquello que más nos benefician. Y así como es cierto que en una etapa inicial esa autodisciplina, incluso si es adoptada de forma voluntaria, puede traer consigo no pocas penalidades y cierto grado de lucha interior, esto es algo que con el tiempo disminuye gracias al hábito y a la aplicación diligente de nuestras facultades. Es algo en cierto modo similar al hecho de desviar el curso de un arroyo.
Primero hemos de excavar un nuevo canal y reforzar sus orillas; luego, una vez conducida el agua a este nuevo cauce, tal vez debamos hacer algunos ajustes, pero cuando el nuevo curso del agua queda establecido, el caudal fluye en la dirección deseada.
La disciplina ética es indispensable, porque es el medio por el cual salvamos el abismo que separa dos tipos de exigencias contendientes, esto es, las de mi derecho a la felicidad y las del idéntico deseo que tienen los demás.
Naturalmente, siempre habrá personas que supongan que su propia felicidad tiene tal importancia que la de los demás apenas resulta digna de ser tenida en cuenta. Esto es mera cortedad de miras. Si tiene a bien aceptar el lector mi definición de la felicidad, de ella se desprende que nadie se beneficia realmente de causar un daño a los demás. Al margen de cuáles sean las ventajas inmediatas que se puedan obtener a expensas de alguien, esas ventajas sólo pueden ser provisionales. A la larga, causar perjuicios a los demás y perturbar la paz y la felicidad en que viven solamente nos produce ansiedad. Como nuestros actos tienen una clara repercusión en nosotros mismos y en los demás, cuando nos falta la disciplina surge en nuestro ánimo la ansiedad, y en el fondo de nuestro corazón sentimos la inquietud. A la inversa, al margen de las penalidades que entrañe, disciplinar nuestra respuesta ante los pensamientos y emociones negativos nos causará a la larga menos problemas que si nos dejamos llevar por los actos de egoísmo.
No obstante, vale la pena insistir en que la disciplina ética entraña algo más que la mera contención: también trae consigo el cultivo de la virtud. El amor y la compasión, la paciencia, la tolerancia, el perdón, etcétera, son cualidades esenciales. Cuando están presentes en nuestras vidas, todo lo que hacemos pasa a ser un instrumento que beneficia a la totalidad de la familia humana. Incluso en lo referente a nuestras ocupaciones cotidianas, ya sea el cuidar de los hijos en el hogar, trabajar en una fábrica o estar al servicio de la comunidad en calidad de médicos, abogados, hombres o mujeres de negocios, o maestros de escuela, nuestros actos redundan en el bienestar de todos. Y como la disciplina ética es lo que facilita las cualidades mismas que dan sentido y valor a nuestra' existencia, es obviamente algo que conviene emprender con entusiasmo y con un esfuerzo consciente.
Antes de considerar cómo aplicamos esta disciplina interior a nuestras interacciones con los demás, tal vez sea útil repasar los fundamentos de la definición de conducta ética en el sentido de conducta no perjudicial. Tal como hemos visto, dada la compleja naturaleza de la realidad, es muy difícil decir que un acto o tipo de acto en particular sea acertado o erróneo por sí mismo. La conducta ética, por tanto, no es algo a lo que nos dediquemos porque de un modo u otro sea acertado en sí mismo. Si lo hacemos, es porque hemos reconocido que tal como yo deseo ser feliz y evitar el sufrimiento, eso mismo desean todos los demás. Por esta razón, un sistema ético cargado de sentido, pero divorciado de la cuestión de nuestra experiencia del sufrimiento, es algo que cuesta trabajo imaginar.
Por supuesto que, si deseamos formular toda suerte de complicadas preguntas basadas en la metafísica, el discurso ético puede volverse tremendamente complicado. Así como es cierto que la praxis de la ética no puede reducirse a un mero ejercicio de lógica, a una simple obediencia a una serie de normas, y da lo mismo de qué manera queramos considerarlo, al final nos vemos de nuevo ante las cuestiones fundamentales de la felicidad y el sufrimiento. ¿Por qué es buena la felicidad y malo el sufrimiento? Tal vez no exista una respuesta concluyente, pero sí podemos observar que es propio de nuestra naturaleza preferir la una al otro, tal como lo es preferir lo mejor antes de quedarnos con lo que tan sólo es bueno. Lisa y llanamente, aspiramos a la felicidad y a evitar el sufrimiento. Si diéramos un paso más allá y nos preguntásemos por qué es así, no cabe duda de que la respuesta tendría que ser algo del estilo de «Así son las cosas», o bien, en el caso de los teístas, «Dios nos ha hecho así».
En la medida en que nos referimos al carácter ético de un acto determinado, ya hemos visto que depende de un sinfín de factores. El tiempo y las circunstancias tienen una incidencia importante sobre cada asunto, pero también la tiene la libertad del individuo, o bien su carencia de libertad. Un acto negativo puede considerarse mucho más grave cuando quien lo perpetra obra con plena libertad, por oposición a una persona que obra de una manera determinada por la fuerza, incluso en contra de su voluntad. Del mismo modo, habida cuenta de la falta de remordimiento que se refleja, los actos negativos en los que uno cae repetidas veces pueden tenerse por algo mucho más grave que un acto semejante, pero aislado. Sin embargo, también hemos de tener en cuenta las intenciones que subyacen a los actos, así como el contenido de los mismos. La cuestión de mayor relevancia, sin embargo, es la que se refiere al estado espiritual del individuo, su estado anímico global, o kun long, en el momento de la comisión del acto. En términos generales, ésta es la zona sobre la que tenemos un mayor control; éste es el elemento más significante cuando se trata de precisar el carácter ético de nuestros actos. Tal como hemos visto, cuando nuestras intenciones están contaminadas por el egoísmo, el odio, el deseo de engañar, por más que nuestros actos tengan la apariencia de ser algo constructivo, es inevitable que su impacto sea negativo tanto para uno mismo como para los demás.
Ahora bien, ¿de qué manera podríamos aplicar este principio de lo no perjudicial cuando nos enfrentamos a un dilema ético? Aquí entran en juego nuestros poderes críticos e imaginativos. Ya los he descrito antes y ya he señalado que se trata de nuestros recursos más preciados, y he dado a entender que su mera posesión es una de las cosas que nos diferencia de los animales. Ya hemos visto que las emociones que causan aflicción tienden a destruirlos, y ya hemos visto la importancia que tienen en el aprendizaje necesario para afrontar el sufrimiento. En la medida en que nos referimos a la praxis de la ética, estas cualidades son las que nos permiten discriminar entre los beneficios provisionales y los beneficios a largo plazo, determinar el grado de adecuación ética de las diversas posibilidades de acción que se nos ofrecen y valorar el resultado más probable de nuestros actos, dejando a un lado los objetivos de menor valía para alcanzar los que tengan una valía mayor. En el caso de vernos ante un dilema, en primer lugar necesitamos considerar la particularidad de la situación a la luz de lo que en la tradición budista se llama «la unión de los medios más capaces y del conocimiento». Por «medios más capaces» se entienden los esfuerzos que hacemos para asegurarnos de que nuestros actos estén motivados por la compasión. «Conocimiento» aquí hace referencia a nuestras facultades críticas y al modo en que, para responder ante los diversos factores implicados, adaptamos la idea de lo no perjudicial al contexto de la situación dada. Podríamos calificarlo como la facultad del discernimiento basado en la sabiduría.
El empleo de esta facultad, que resulta de especial importancia cuando no hay un llamamiento a las creencias religiosas, implica una constante comprobación de nuestra actitud, así como un constante interrogarnos sobre si actuamos con amplitud o con estrechez de miras. ¿Hemos tenido en consideración la situación global, o tan sólo consideramos algunos aspectos específicos? ¿Estamos pensando a largo plazo o a corto plazo? ¿Caemos en una manifiesta cortedad de miras u obramos con clarividencia? ¿Son nuestros motivos genuinamente compasivos en relación con la totalidad de los seres implicados en ellos? ¿O se limita nuestra compasión a nuestros familiares, a nuestros amigos, a las personas con las que más nos identificamos? Igual que en la práctica de descubrir la auténtica naturaleza de nuestros pensamientos y emociones, lo que necesitamos es pensar, pensar y pensar.
Claro está que no siempre será posible dedicar todo el tiempo necesario a un discernimiento cuidadoso. A veces nos vemos en la tesitura de actuar sobre la marcha. De ahí que nuestro desarrollo espiritual tenga tanta y tan crucial importancia a la hora de asegurar que nuestros actos estén dotados de la debida solidez ética. Cuanto más espontáneos sean nuestros actos, más tenderán a reflejar nuestros hábitos y disposiciones en el momento en cuestión. Si no son actos íntegros, tienden a resultar destructivos. Al mismo tiempo, creo que es muy útil disponer de un conjunto de preceptos éticos elementales que nos guíen en nuestra vida cotidiana. Estos preceptos pueden ayudarnos a formarnos unos hábitos beneficiosos, aunque también debo añadir en este punto mi opinión de que, al adoptar tales preceptos, quizás sea mejor considerarlos no tanto una legislación moral cuanto un recordatorio para tener siempre presente el interés de los demás, tanto en el corazón como en el primer plano de nuestro ánimo.
En la medida en que atañe al contenido de dichos preceptos, es dudoso que podamos hacer algo mejor que recurrir a las directrices éticas elementales que se articulan no sólo en cada una de las grandes religiones del mundo, sino también en la mayor parte de la tradición filosófica del humanismo. A mi juicio, el consenso que se percibe en este respecto entre todas ellas, a pesar de cierta disparidad de opiniones relativa a la fundamentación metafísica de las mismas, es asombroso. Todas están de acuerdo en la negatividad del homicidio, del robo, de la mentira y de la conducta desencaminada en el terreno sexual. Asimismo, desde el punto de vista de los factores motivantes, todas ellas están de acuerdo en la necesidad de rehuir el odio, el orgullo, la intención maliciosa, la codicia, la envidia, la gula, la lujuria, las ideologías perjudiciales (como el racismo), etcétera.
Algunas personas podrían preguntarse si las condenas contra la conducta errónea en el terreno sexual son de veras necesarias en estos tiempos en que tan simples y tan eficaces son los métodos anticonceptivos. Sin embargo, y en tanto seres humanos, es natural que nos atraigan los objetos externos, sea a través de los ojos, cuando nos atraen las formas, o a través de los oídos, cuando la atracción está en relación con el sonido, o a través de cualquier otro de los sentidos.
Todos ellos están dotados del potencial de ser una fuente de complicaciones para todos nosotros. Y la atracción sexual implica los cinco sentidos. A resultas de ello, cuando un deseo extremo concurre con la atracción sexual, es susceptible de causarnos enormes problemas. Creo que es esta realidad la que se reconoce en las directrices que contra la conducta errónea en el terreno sexual han articulado todas las grandes religiones. Al menos en la tradición budista se nos recuerda que la tendencia al deseo sexual puede convertirse en algo obsesivo; puede alcanzar con gran rapidez ese punto en el que una persona apenas dispone de sitio libre para realizar una actividad constructiva. En relación con esto, considérese por ejemplo un caso de infidelidad. Habida cuenta de que la conducta éticamente íntegra entraña la consideración de la repercusión que tendrán nuestros actos no sólo sobre nosotros, sino también sobre los demás, es preciso tener presentes los sentimientos de los terceros. Además de que nuestros actos entrañen una cierta violencia contra nuestra pareja, habida cuenta de la confianza que la relación de pareja implica, hay que tener presente la cuestión de la duradera mella que esta clase de trastorno familiar puede hacer en nuestros hijos. Hoy se acepta de modo más o menos universal que los hijos son las víctimas principales tanto de las rupturas familiares como de las relaciones malsanas que se puedan mantener dentro del hogar. Desde nuestra perspectiva en cuanto personas que han cometido el acto en cuestión, debemos reconocer también que es probable que dicho acto tenga una repercusión negativa, ya que puede corroer gradualmente nuestra propia autoestima. Por último, está el hecho de que al ser infiel se pueden desencadenar otros graves actos negativos de forma directa; quizá los menos graves sean las mentiras y los engaños. Un embarazo no deseado puede ser con gran facilidad la causa de que uno de los progenitores, presa de la desesperación, pretenda abortar.
Cuando pensamos de este modo, es más que obvio que los placeres momentáneos que nos pueda procurar una relación adúltera tienen un peso muy inferior al probable impacto negativo de nuestros actos sobre nosotros mismos y sobre otras personas. Por eso, en vez de considerar que toda constricción contraria a la conducta sexual errónea es una limitación de nuestra libertad, más nos valdría considerarlas como meros recordatorios del sentido común, ya que tales actos afectan directamente al bienestar tanto de uno mismo como de los demás. ¿Significa esto que el cumplimiento de los preceptos ha de primar sobre el discernimiento realizado con sabiduría? No.
Una conducta éticamente sólida depende de que apliquemos el principio de lo no perjudicial. Sin embargo, por fuerza se producirán situaciones en las que cualquier acto parezca implicar el incumplimiento de un precepto. En tales circunstancias, hemos de emplear nuestra inteligencia para juzgar qué acto será el menos perjudicial a la larga.
Imaginemos, por ejemplo, una situación en la que vemos que alguien huye de un grupo de personas armadas con navajas y claramente decididas a hacerle daño. Somos testigos de que el fugitivo desaparece por una puerta. Momentos más tarde, uno de los perseguidores se acerca a nosotros y nos pregunta por dónde se ha ido. Por una parte, está claro que no deseamos mentir y lastimar así la confianza del otro; por otra, si decimos la verdad sabemos que podemos contribuir al perjuicio e incluso a la muerte de un ser humano semejante a nosotros. Decidamos lo que decidamos, da la impresión de que cualquiera de los actos posibles parece entrañar un acto negativo. En semejantes circunstancias, como tenemos la seguridad de que así estaremos al servicio de un propósito más enaltecido, como es impedir que alguien sea herido, tal vez sea apropiado decir: «Ah, pues no lo he visto», o responder con una vaguedad como: «Creo que se fue por allá». Hemos de tener en consideración la situación global y sopesar los beneficios de la mentira y la verdad, y hacer a continuación lo que nos parezca menos perjudicial. Dicho de otro modo, el valor moral de un acto determinado se juzga en relación con el tiempo, el lugar, las circunstancias y los intereses de la totalidad de los implicados tanto en el presente como en el futuro. Sin embargo, así como es concebible que un acto determinado sea éticamente sólido en unas circunstancias precisas, ese mismo acto, sólo que realizado en otro tiempo y en otro lugar y en circunstancias diferentes, puede no serlo.
Así las cosas, ¿qué hemos de hacer cuando se trata de los demás? ¿Qué hemos de hacer cuando parecen implicarse a las claras en actos que nosotros consideramos erróneos? Lo primero, recordar que a menos que conozcamos con todo detalle la totalidad de las circunstancias externas e internas, en lo tocante a las situaciones personales nunca podremos tener la seguridad suficiente que nos permita juzgar con total certeza el contenido moral de los actos ajenos. Por supuesto que habrá situaciones extremas en las que el carácter negativo de los actos ajenos sea evidente por sí mismo, pero no suele ser así la mayoría de las veces. De ahí que sea muchísimo más útil ser conscientes de un solo defecto por nuestra parte antes que serlo de un millar de defectos ajenos, ya que cuando el error es de nuestra responsabilidad, al menos estaremos en situación de corregirlo.
No obstante, y sin olvidar que existe una distinción fundamental que es preciso hacer entre una persona y sus actos particulares, podemos hallarnos a veces en circunstancias en las que sea apropiado pasar a la acción. En la vida cotidiana, no sólo es normal, sino también adecuado, adaptarnos en cierto modo a nuestras amistades y conocidos y respetar sus deseos. De hecho, la capacidad de hacerlo está considerada como una buena cualidad. Sin embargo, cuando nos mezclamos con personas que claramente se permiten incurrir en un comportamiento negativo, que sólo buscan su propio beneficio y excluyen el de los demás, nos arriesgamos a perder nuestras propias pautas de comportamiento. A resultas de ello, nuestra capacidad de ayudar a los demás corre un grave peligro. Hay un dicho tibetano según el cual si nos tendemos sobre una montaña de oro, algo se nos pega; lo mismo sucede si nos tendemos sobre una montaña de desperdicios. Haremos bien en evitar a esa clase de personas, aunque hemos de obrar con cuidado para no desvincularnos de ellas por completo. Desde luego, habrá ocasiones en las que resulte apropiado tratar de impedirles que actúen de ese modo, siempre y cuando, claro está, nuestros motivos para hacer tal cosa sean puros y nuestros métodos no sean perjudiciales. Una vez más, los principios clave son la compasión y el conocimiento.
Lo mismo cabe decir respecto de aquellos dilemas éticos que hemos de afrontar a un nivel puramente social, especialmente los muy difíciles desafíos que nos plantean la moderna ciencia y la tecnología. En el campo de la medicina, por ejemplo, hoy en día es posible prolongar la vida de un enfermo en situaciones que hace tan sólo unos años no habrían tenido solución posible. Esto es algo que puede ser fuente de una gran alegría. Sin embargo, muy a menudo surgen complicadas y delicadas cuestiones en lo tocante a los límites de la atención médica. Creo que a este respecto es imposible establecer una regla general. Es más probable que exista un abanico muy amplio de consideraciones en conflicto, que hemos de evaluar a la luz de la razón y la compasión. Cuando surge la necesidad de tomar una decisión difícil en nombre de un paciente, hemos de tener en consideración todos los elementos que intervienen y que evidentemente serán distintos en cada caso. Por ejemplo, si prolongamos la vida de una persona que está en una fase crítica de su enfermedad, pero que tiene la mente todavía lúcida, daremos a esa persona la oportunidad de pensar y sentir de un modo que sólo puede pensar y sentir un ser humano. Por otro lado, hemos de considerar si, al hacer tal cosa, dicha persona experimentará un sufrimiento físico y mental mucho mayor, a resultas de las medidas extremas que es preciso tomar para mantenerla con vida. No obstante, éste no es un factor determinante. En calidad de ser humano que cree en la continuidad de la conciencia después de la muerte del cuerpo, yo diría que es mucho mejor soportar el dolor en ese cuerpo humano. Al menos podremos beneficiarnos de los cuidados que nos den los demás, mientras que si decidimos morir tal vez descubramos que hemos de soportar el sufrimiento de otra forma.
Si el enfermo no está consciente, y si es por tanto incapaz de participar en el proceso de toma de decisiones, ahí surge otro problema. Por encima de todo, tal vez haya que tener muy en cuenta los deseos de los familiares junto a los inmensos problemas que una atención médica prolongada puede presuponer para los familiares y para otras personas.
Por ejemplo, puede darse el caso de que, a fin de prolongar la vida del paciente, haya que emplear un dinero muy valioso, que podría destinarse a otros proyectos que sirvieran de gran ayuda a otras personas. Si existe un principio general, creo que se trata lisa y llanamente de que hemos de reconocer que la vida es un bien supremo, y de que, cuando llegue el momento, el moribundo se vaya de esta vida con toda la serenidad y la paz que le sea posible.
En el caso de otros campos tales como la genética y la biotecnología, el principio de lo no perjudicial adquiere una especial importancia, ya que puede haber muchas vidas en juego. Si la motivación que subyace a tales investigaciones no pasa de ser más que la busca del provecho o de la fama, o incluso cuando la investigación se lleva adelante porque sí, queda completamente abierta a la duda de dónde habrá de llevarnos. Pienso en concreto en el desarrollo de las técnicas destinadas a la manipulación de los atributos físicos, como es el sexo o el color del pelo y de los ojos, que pueden explotarse comercialmente a costa de los prejuicios de los padres. Desde luego, permítaseme decir que así como es difícil estar categóricamente en contra de todas las formas de experimentación genética, ésta es una zona tan delicada que resulta esencial para todos los implicados en ella que obren con cautela y con una gran humildad. Han de tener una especial sensibilidad hacia los abusos potenciales que se puedan cometer. Es vital que no pierdan de vista las implicaciones de lo que están haciendo, incluso las más remotas; sobre todo, han de asegurarse de obrar por motivos genuinamente compasivos. Y es que si el principio general que subyace a tales investigaciones es la simple utilidad, en razón del cual todo lo que se considere inútil puede ser legítimamente empleado en beneficio de lo que se considere útil, no habrá nada que nos impida subordinar los derechos de quienes pertenecen a la primera categoría y de ponerlos al servicio de quienes pertenecen a la segunda. El atributo de la utilidad nunca podrá justificar por sí solo la privación de los derechos de un individuo. Éste es un terreno sumamente peligroso y muy resbaladizo.
Recientemente vi un documental televisivo de la BBC sobre la clonación. La película empleaba imágenes generadas por ordenador y mostraba un ser en el que estaba trabajando un equipo de científicos, una especie de criatura semihumana de ojos muy grandes y otros rasgos humanos también reconocibles, que estaba tumbada en una jaula.
Obvio es decir que, en la actualidad, esto aún no pasa de ser una fantasía; sin embargo, según explicaban, es posible idear ya un tiempo no muy lejano en el que sea posible crear seres semejantes. Llegado ese día, será posible criarlos y emplear sus órganos y otras partes de su anatomía como «piezas de recambio» en la cirugía destinada a beneficiar a los propios seres humanos. Me sentí totalmente trastornado por esta idea. Es terrible. ¿No será que estamos llevando la ambición de la ciencia hasta su extremo? La idea de que un día con tal finalidad podamos realmente crear a seres que sientan es algo que me espeluzna. Sentí ante esa perspectiva lo mismo que siento ante la idea de cualquier experimento en el que hayan de tomar parte fetos humanos.
Al mismo tiempo, es difícil idear el modo de impedir esta clase de situaciones si existe una acusada ausencia de disciplina en los actos de los propios individuos. Desde luego que podemos promulgar una serie de leyes. Desde luego que podemos estipular códigos de conducta de validez internacional. Y es cierto que deberíamos contar con ambos instrumentos. Aun así, si los científicos no tienen la idea de que aquello que están haciendo es lisa y llanamente grotesco, destructivo y negativo en grado máximo, entonces no queda ninguna forma viable de poner fin a tan perturbadoras ambiciones. ¿Y las cuestiones como la vivisección, práctica a raíz de la cual los animales padecen terribles sufrimientos antes de ser sencillamente asesinados, y todo ello en nombre de la tarea que pretende ampliar nuestros conocimientos científicos? Aquí tan sólo pretendo señalar que, para un budista, semejantes prácticas no son menos horripilantes. Tan sólo puedo albergar la esperanza de que los rápidos avances que se están haciendo en el terreno de la informática y otras tecnologías afines supongan que tarde o temprano haya de llegar el día en que exista una necesidad mínima de experimentar con animales en las investigaciones científicas. Uno de los desarrollos más positivos de la sociedad moderna es el modo en que, junto a una apreciación cada vez mayor de la importancia que tienen los derechos humanos, crece la preocupación de la gente por los animales. Por ejemplo, existe un reconocimiento cada vez más amplio de la inhumanidad que representan las factorías de cría de animales para la producción de alimentos. También parece que cada vez son más las personas interesadas por el vegetarianismo y por la reducción del consumo de carne, novedad que acojo con los brazos abiertos. Tengo la esperanza de que en un futuro esta preocupación se extienda a la consideración que también merecen incluso los seres más pequeños que habitan en el mar.
En este punto, no obstante, tal vez debiera dar voz a una palabra de advertencia. Las campañas destinadas a la protección de la vida humana y de la vida animal son causas nobles que vale la pena respaldar, pero también es esencial que no nos dejemos llevar por nuestra idea de la injusticia hasta el extremo de ignorar los derechos de los demás.
Necesitamos asegurarnos de que discernimos con sabiduría cuando se trata de defender nuestros ideales.
Ejercer nuestras facultades críticas en el terreno de la ética supone que hemos de asumir la responsabilidad tanto de nuestros actos como de sus motivos subyacentes. Si no asumimos la responsabilidad de nuestros propios motivos, sean positivos o negativos, el potencial de causar graves perjuicios será mucho mayor. Tal como hemos visto, las emociones negativas son la fuente del comportamiento contrario a la ética. Cada uno de nuestros actos afecta no sólo a las personas más cercanas a nosotros, sino también a nuestros colegas y amigos, a nuestra comunidad y, en definitiva, al mundo entero.