5.- La emoción suprema

EN un viaje a Europa que hice recientemente aproveché la ocasión de visitar el campo de exterminio nazi que estuvo emplazado en Auschwitz. Aun cuando había oído hablar y había leído mucho sobre este lugar, una vez allí me encontré totalmente desprevenido para hacer frente a la experiencia que me aguardaba. Mi reacción inicial, a la vista de los hornos crematorios donde fueron incinerados cientos de miles de seres humanos, fue de una total repugnancia. Me quedé atónito ante la mentalidad calculadora y el desapego de todo sentimiento del que todavía eran testigos espantosos los hornos crematorios. Después, en el museo que hoy forma parte del centro de visitas, vi una colección de zapatos.

Muchos estaban remendados o eran pequeños; habían pertenecido obviamente a personas pobres y a niños. Esto me entristeció de manera especial. ¿Qué mal podían haber hecho esas personas, qué daño, qué perjuicio? Me detuve a rezar, profundamente conmovido por las víctimas y por los preparativos de semejante iniquidad, para que una cosa así jamás volviera a suceder. Y a sabiendas de que, así como tenemos todos la capacidad de actuar con desprendimiento y generosidad, por pura preocupación por los demás y su bienestar, también tenemos el potencial de ser asesinos y torturadores, me juré no contribuir jamás, de ninguna de las maneras, a una calamidad semejante.

Acontecimientos como los que tuvieron lugar en Auschwitz son violentos recordatorios de lo que puede suceder cuando los individuos -y, por ende, las sociedades- pierden el contacto con el elemental sentir humano. Si bien es necesario contar con una legislación y con las convenciones internacionales oportunas para que obren como salvaguardia de futuros desastres de esta especie, todos hemos comprobado que las atrocidades se siguen produciendo a pesar de estos mecanismos legales. Mucho más eficaz, mucho más importante que tales legislaciones, es nuestro respeto por los sentimientos ajenos al más elemental nivel humanitario.

Cuando hablo del elemental sentir humano no sólo pienso en algo fugaz e incluso vago: me refiero también a la capacidad que todos tenemos de desarrollar nuestra empatía con los demás, que en tibetano llamamos shen dug ngal wa la mi so pd. Traducido literalmente, significa «la incapacidad de soportar la visión del sufrimiento ajeno». Teniendo en cuenta que esto es lo que nos permite entrar en -y, hasta cierto punto, participar de- el dolor de los demás, se trata de una de nuestras características más relevantes y significativas. Es lo que nos lleva a sobresaltarnos al oír un grito de auxilio, a encogernos a la vista del daño causado a otra persona, a sufrir cuando nos vemos frente al sufrimiento ajeno.

Es lo que nos impulsa a cerrar los ojos incluso cuando queremos no hacer caso de la aflicción que pueda padecer el otro.

Imaginemos que vamos caminando por un sendero desierto, con la única excepción de un anciano que avanza por delante de nosotros. De pronto, ese anciano tropieza y cae. ¿Qué hacemos?

No tengo la menor duda de que la inmensa mayoría de los lectores se acercarán a ver si pueden ser de alguna ayuda. Es posible que no todos obren de ese modo, desde luego, pero al reconocer que no todos acudirían en ayuda de una persona en apuros no pretendo dar a entender que en esas contadas excepciones brille del todo por su ausencia esa capacidad de empatía que, según he dicho, debe de ser universal. Incluso en el caso de los que no obrasen así, sin duda que al menos tendrán la misma sensación de preocupación, por tenue que sea, que a la mayoría nos impulsaría a ofrecer nuestra ayuda. Desde luego, es posible imaginar a personas que, luego de haber padecido una guerra de muchos años de duración, ya no se conmuevan a la vista del sufrimiento ajeno. Lo mismo podría decirse con verdad de aquellos que viven en lugares donde prima un ambiente de violencia y de indiferencia hacia los demás. Incluso es posible imaginar a unos cuantos que se sintieran exultantes a la vista del sufrimiento ajeno. Eso no demuestra, sin embargo, que la capacidad de empatía no esté presente en tales personas. El hecho de que todos apreciemos y agradezcamos que se nos muestre cierta amabilidad, salvo tal vez solamente los más perturbados, hace pensar en que por muy endurecidos que estemos persiste aún esa capacidad de empatía.

Esta característica por la cual apreciamos la preocupación de los demás yo creo que es un reflejo de nuestra «incapacidad de soportar la visión del sufrimiento ajeno». Lo digo porque de la mano de nuestra natural capacidad de sentir empatía por los demás tenemos también la necesidad de la amabilidad ajena, que recorre como un hilo toda nuestra vida. Salta sobre todo a la vista cuando somos muy jóvenes y cuando envejecemos, pero nos basta con caer enfermos, por ejemplo, para recordar cuan importante es que nos amen y nos cuiden incluso en nuestros años de madurez. Aunque pueda parecer una virtud el ser capaz de pasar sin afecto, en realidad una vida que carezca de tan preciado ingrediente ha de ser una vida muy desdichada. Sin duda que no es mera coincidencia que la vida de casi todos los criminales y los malhechores haya sido una vida de soledad y de carencias afectivas.

Esta apreciación de la amabilidad la vemos reflejada en nuestra respuesta ante una simple sonrisa. Yo entiendo que la capacidad de sonreír que tiene el ser humano es una de nuestras características más hermosas. Es algo que ningún animal puede hacer: ni los perros, ni las ballenas, ni los delfines, cada uno de los cuales son seres muy inteligentes y tienen una clara afinidad con el ser humano. A pesar de todo, no pueden sonreír como nosotros. En un terreno más personal, siempre me invade una cierta curiosidad cuando le sonrío a una persona que permanece seria y que no responde a mi sonrisa. Incluso en el caso de una persona con la que no tengo nada que ver, si me sonríe me conmuevo. ¿Por qué? La respuesta es seguramente que una sonrisa genuina alcanza, agita y conmueve algo fundamental en nosotros: nuestro natural aprecio por la amabilidad.

A pesar de la muy abundante opinión que sugiere que la naturaleza humana es básicamente agresiva y competitiva, yo entiendo que nuestro aprecio del afecto y el amor es tan profundo que comienza incluso antes del nacimiento. Desde luego, de acuerdo con ciertos científicos amigos míos, hay pruebas visibles de que el estado mental y emocional de la madre afecta en gran medida al bienestar de su hijo todavía nonato, y se sabe que beneficia sobremanera a su hijo o hija si mantiene un estado anímico cálido y afectuoso. Una madre feliz tendrá un hijo feliz. Por otro lado, la frustración y la ira son perjudiciales para el desarrollo sano del niño. Del mismo modo, durante las primeras semanas que siguen al parto, la calidez y el afecto continúan desempeñando un papel de importancia suprema en el desarrollo físico del recién nacido. En esa fase, el cerebro se desarrolla a grandísima velocidad, función que los médicos creen que es asistida de algún modo por el contacto constante con la madre o con el aya. Esto es algo que demuestra que, aun cuando el bebé tal vez no sepa quién es quién, y aunque tal vez no le importe, sí tiene una clara necesidad física de afecto. También es posible que así se explique por qué incluso los individuos más quisquillosos, agitados y paranoides responden de manera positiva al afecto y al cuidado que puedan darles los demás. De niños, tuvieron que ser alimentados por alguien.

Si se trata a un bebé con negligencia durante este periodo crítico, es evidente que podría no sobrevivir.

Por fortuna, rara vez se da ese caso. Prácticamente sin excepción, el primer acto de la madre es ofrecer a su hijo o hija su leche nutricia, acto que a mi juicio simboliza el amor incondicional. Su afecto es absolutamente genuino, ajeno a todo cálculo: la madre no espera nada a cambio. En cuanto al bebé, se siente atraído de manera natural hacia el pecho materno. ¿Por qué? Ciertamente, podríamos hablar del instinto de supervivencia, pero además me parece razonable, aunque sea una mera conjetura, añadir que existe cierto grado de afecto hacia la madre por parte del niño. Desde luego, si sintiese aversión por ella no succionaría para alimentarse; si la madre sintiera aversión, es dudoso que su leche fluyera con libertad. En cambio, lo que vemos ahí plasmado es una relación basada en el amor y en la ternura mutua, que es totalmente espontánea. No es algo que se aprenda de los demás; ninguna religión lo exige; ninguna ley lo impone; en ninguna escuela se enseña. Lo que trato de expresar es que surge con toda naturalidad.

El cuidado instintivo del hijo por la madre, que compartimos con muchos animales, es crucial porque sugiere que, junto con la necesidad fundamental de amor que tiene el niño para sobrevivir, existe una capacidad innata de dar amor por parte de la madre. Es tan poderoso que casi podríamos suponer que existe ahí, y funciona, cierto ingrediente biológico.

Desde luego, se podría contestar que este amor recíproco es tan sólo un mecanismo de supervivencia. En efecto, podría ser así. Pero no por eso se puede negar su existencia. Tampoco socava esta impresión mi convicción de que esa necesidad y esa capacidad de amor sugieren que, de hecho, somos seres amorosos por nuestra propia naturaleza.

Caso de que parezca improbable, consideremos nuestra diversa manera de responder ante la amabilidad y la violencia. A casi todos nosotros nos intimida la violencia. A la inversa, cuando se nos dan muestras de amabilidad respondemos con mayor confianza. Del mismo modo, consideremos la relación que existe entre la paz -que, como hemos visto antes, es fruto del amor- y la buena salud. Según entiendo, nuestra constitución está más adecuada a la paz y a la tranquilidad que a la violencia y la agresión. Todos sabemos que el estrés y la ansiedad pueden generar un exceso de tensión sanguínea y otros síntomas negativos. En el sistema médico tibetano, las perturbaciones mentales y emocionales se consideran causa de muchas enfermedades, incluido el cáncer. Asimismo, la paz, la tranquilidad y el cuidado de los demás son esenciales para que nos recuperemos de una enfermedad. Ahí también es posible identificar un básico anhelo de paz. ¿Por qué? Porque la paz nos hace pensar en la vida y el crecimiento, mientras que la violencia sólo apunta a la desdicha y a la muerte. He ahí por qué nos atrae una idea como la de una Tierra Pura, o un Cielo. Si semejante lugar fuese descrito como un espacio donde se desarrollan guerras inacabables y pugnas incesantes, preferiríamos quedarnos en este mundo.

Vale la pena notar también cómo respondemos al fenómeno de la vida misma. Cuando la primavera sucede al invierno, los días se alargan, hay más luz solar y la hierba crece de nuevo con frescura; automáticamente se nos levanta el ánimo.

Por otro lado, ante la inminencia del invierno las hojas comienzan a caer una por una, y gran parte de la vegetación que nos rodea se marchita. No es de extrañar que tendamos a estar un tanto alicaídos durante esta época del año. Esto indica con toda seguridad que nuestra naturaleza prefiere la vida a la muerte, el crecimiento al declive, la construcción a la destrucción.

Consideremos también el comportamiento de los niños. En ellos comprobamos lo que es consustancial al carácter propio del ser humano antes de que sucumba a las ideas adquiridas. Los bebés muy pequeños no diferencian, de hecho, entre una persona y otra. Atribuyen más importancia a la sonrisa de las personas que a ninguna otra cosa. Cuando empiezan a crecer, no les interesan mucho las diferencias raciales, de nacionalidad, religión o trasfondo familiar.

Cuando se encuentran con otros niños, nunca se paran a comentar estos asuntos. Se entregan de inmediato a un asunto muchísimo más importante: el juego. Y todo esto no es mero sentimentalismo. He visto esta realidad con mis propios ojos cada vez que visito uno de las aldeas infantiles que hay en Europa, en las que muchos niños tibetanos refugiados se han educado desde comienzos de los años sesenta. Estas aldeas se fundaron para dar las debidas atenciones a los niños huérfanos de los países en guerra. A nadie puede extrañarle que, a pesar de sus diversos trasfondos culturales, cuando estos niños se encuentran juntos vivan en completa armonía los unos con los otros.

Tampoco cabe objetar aquí que, si bien todos compartimos una clara capacidad para el amor y la amabilidad, la naturaleza humana es de tal índole que inevitablemente tendemos a reservarla para quienes se encuentran más próximos a nosotros. No somos imparciales con nuestros familiares y amigos. Nuestros sentimientos de preocupación por aquellas personas que estén fuera de este círculo dependen mucho de las circunstancias individuales de cada caso: los que se sienten amenazados no tendrán una gran reserva de buena voluntad para aquellos que los amenazan. Desde luego, así es. Tampoco pienso negar que sea cual sea nuestra capacidad de sentir preocupación por nuestros congéneres, cuando nuestra propia supervivencia está amenazada esa capacidad rara vez puede prevalecer por encima del instinto de conservación. Con todo, esto no implica que esa capacidad haya desaparecido, que ese potencial no siga en nosotros.

Después de la batalla, incluso los soldados ayudan a sus enemigos a recoger a los heridos y a los muertos de su propio bando.

Con todo lo que he dicho acerca de nuestra naturaleza elemental no pretendo dar a entender que no existan en ella aspectos negativos. Allí donde hay conciencia, el odio, la ignorancia y la violencia brotan de manera natural. Ésa es la razón de que, aun cuando nuestra naturaleza esté básicamente dispuesta hacia la amabilidad y la compasión, todos seamos capaces de cometer crueldades y de practicar el odio. Por eso hemos de esforzarnos por mejorar nuestra conducta. También así se explica que ciertos individuos criados en un entorno estrictamente no violento se hayan convertido en los carniceros más espeluznantes. En relación con esto, recuerdo la visita que hace unos años hice al Memorial de Washington, donde se rinde homenaje a los mártires y los héroes del Holocausto que cayeron a manos de los nazis. Lo que más me impresionó de este monumento era el modo en que catalogaba simultáneamente distintas formas del comportamiento humano. A un lado figuraba la lista de las víctimas de una atrocidad indescriptible. Al otro se recordaban los heroicos actos de amabilidad que realizaron algunas familias cristianas y de otras religiones, que voluntariamente asumieron riesgos terribles para dar cobijo a sus hermanos y hermanas judíos. Me pareció una idea sumamente apropiada y, de hecho, muy necesaria: poner de manifiesto las dos facetas del potencial humano.

Sin embargo, la existencia de este potencial negativo no nos ofrece una base suficiente para suponer que la naturaleza humana sea inherentemente violenta o que incluso esté forzosamente predispuesta a la violencia. Es posible que una de las razones de que tenga tanta popularidad la creencia de que la naturaleza humana es agresiva radique en nuestra continua exposición a las malas noticias que nos llegan a través de los medios de comunicación. No obstante, la causa de que así sea habrá que buscarla en que las buenas noticias no son noticia.

Decir que la naturaleza humana elemental no sólo es no violenta, sino que también está predispuesta al amor y la compasión, la amabilidad, el afecto, la creación, etcétera, es algo que por supuesto implica un principio general que, por propia definición, debe ser aplicable a todos los seres humanos de manera individual. Así las cosas, ¿qué diremos de aquellos individuos cuyas vidas parecen entregadas por entero a la violencia y la agresión? Durante el pasado siglo, por no ir más allá, hay varios ejemplos muy obvios que hemos de tener en consideración. ¿Qué se puede decir de Hitler y de su plan para exterminar a la totalidad de la raza judía? ¿Y de Stalin y sus pogromos? ¿Y del presidente Mao, el hombre al que conocí y admiré, y que fue sin embargo responsable de la bárbara demencia de la llamada Revolución Cultural? ¿Y de Pol Pot, el arquitecto de los campos de matanza en Camboya? ¿Y de aquellos que torturan y asesinan por placer?

En este punto debo reconocer que no se me ocurre una sola explicación que dé cuenta de los actos monstruosos de estas personas y de tantas otras. Sin embargo, es preciso que admitamos dos cosas. En primer lugar, tales personas no provienen de la nada, sino que han surgido de una sociedad concreta, de una época y un lugar determinados; hay que considerar sus actos en relación con tales circunstancias. En segundo lugar, debemos reconocer el papel que tiene en sus actos la facultad de la imaginación. Sus planes fueron y son llevados a término de acuerdo con una visión de las cosas, por perversa que sea. No obstante la realidad de que nada podrá justificar nunca el sufrimiento que instigaron, sea cual fuere la explicación que pudieran aportar, sean cuales fueren las intenciones positivas a las que tal vez apuntaban, Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot tenían en mente una serie de metas por cuya consecución trabajaron con denuedo. Si examinamos esos actos que son única y exclusivamente humanos, actos que los animales no pueden desarrollar, hallaremos que la facultad de la imaginación desempeña un papel de vital importancia. Esta facultad es sin duda de un valor incalculable; sin embargo, el empleo que le demos determina que las acciones concebidas por ella sean positivas o negativas, éticas o contrarias a la ética. La motivación del individuo (kun long) es por tanto el factor que rige el comportamiento. Y así como una visión debidamente motivada -que reconoce el deseo de felicidad que tienen los demás y su idéntico derecho a alcanzarla y a rehuir el sufrimiento- puede dar lugar a maravillas, cuando esa visión se divorcia del elemental sentir humano, el potencial destructivo que alberga no ha de ser subestimado.

En cuanto a quienes matan por placer o, peor todavía, por ninguna razón palpable, sólo podemos conjeturar que en ellos se ha producido una profunda inmersión del impulso básico que nos lleva a profesar afecto y procurar cuidado a los demás. Con todo, esto no implica que se halle completamente extinguido. Tal como señalé con anterioridad, salvo quizás en los casos más extremos, es posible imaginar que incluso estas personas aprecien toda muestra de afecto que puedan recibir. La disposición sigue presente en ellas.

De hecho, el lector no tiene por qué aceptar mi propuesta de que la naturaleza humana esté básicamente predispuesta hacia el amor y la compasión siquiera para comprender que la capacidad de empatía que subyace a la naturaleza humana es de capital importancia cuando se trata de la ética. Vimos con anterioridad que un acto ético es un acto no perjudicial. Ahora bien, ¿cómo hemos de precisar si un acto es genuinamente no perjudicial? En la práctica, descubrimos que si no somos capaces de conectar con los demás al menos hasta cierto punto, si ni siquiera logramos imaginar la repercusión potencial que nuestros actos tienen sobre los demás, entonces no hay modo de discriminar entre el bien y el mal, entre lo que es apropiado y lo que no lo es, entre lo beneficioso y lo perjudicial. De ahí se sigue, por lo tanto, que si logramos resaltar la capacidad de empatía -es decir, nuestra sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno-, tanto menor será nuestra capacidad de soportar el dolor ajeno, y tanto más podremos preocuparnos por garantizar que ninguno de nuestros actos cause ningún daño a nadie.

El hecho de que, en efecto, podamos resaltar todo lo posible nuestra capacidad de empatía pasa a ser obvio si consideramos su propia naturaleza. Es algo que experimentamos sobre todo como un sentimiento; tal como todos sabemos, en mayor o menor medida no sólo podemos contener nuestros sentimientos por medio de la razón, sino que también los podemos resaltar o potenciar por ese mismo medio. Nuestro deseo por los objetos -por ejemplo, un automóvil nuevo- se resalta por el sencillo procedimiento de darle vueltas y más vueltas en nuestra imaginación. Lo mismo sucede cuando, por así decir, concentramos nuestras facultades mentales sobre nuestros sentimientos de empatía: así descubrimos no sólo que en efecto podemos resaltarlos, sino que también podemos transformarlos en amor y compasión.

Así pues, nuestra innata capacidad de empatía es la fuente de la más preciada de las cualidades humanas, que en tibetano llamamos nying je. Si bien suele traducirse generalmente como 'compasión', el término nying je tiene una riqueza de significados que resulta difícil de transmitir de manera sucinta, aunque las ideas que designa sean fáciles de entender de modo universal. Connota el amor, el afecto, la amabilidad, la generosidad de espíritu, la cordialidad; también se emplea como término de simpatía y de encarecimiento. Por otro lado, no implica piedad en el sentido en que la puede implicar la palabra «compasión». No existe el sentido de condescendencia o de lástima; por el contrario, el nying je denota un sentimiento de conexión con los demás reflejo de la empatía que lo origina. Así pues, aun cuando podemos decir: «Me encanta mi casa», o «Tengo un fuerte sentimiento de afecto por este lugar», no podemos decir:

«Siento compasión» por tales cosas. Al carecer los objetos de sentimientos, no podemos sentir empatía por ellos. Por lo tanto, no es posible hablar de que exista compasión por los objetos.

Aunque a tenor de esta descripción está claro que el nying je -o el amor y la compasión si preferimos- es considerado una emoción, en realidad pertenece a esa categoría de las emociones que tienen un componente cognitivo más desarrollado. Algunas emociones, como la revulsión que tendemos a sentir al ver la sangre, son básicamente instintivas. Otras, como el miedo a la pobreza, comparten ese componente cognitivo más desarrollado. Por consiguiente, podemos comprender el nying je como si se tratase de una combinación de empatía y razón. Podemos considerar la empatía como la característica de una persona de suma honestidad, mientras la razón sería propia de una persona muy pragmática. Cuando las dos se ensamblan, se obtiene una combinación sumamente efectiva. Siendo así el nying je, resulta muy diferente de esos otros sentimientos azarosos, como la lujuria y la ira, que lejos de aportarnos la felicidad sólo nos perturban y destruyen nuestra paz anímica.

Para mí, esto nos hace pensar que mediante una reflexión continuada sobre la compasión, mediante una familiarización constante con la misma, mediante el ensayo y la práctica, podemos desarrollar nuestra capacidad innata de conectar con los demás, hecho de suprema importancia habida cuenta del modo de abordar la ética que he venido describiendo. Cuanto más desarrollemos la compasión, más genuinamente ética será nuestra conducta.

Tal como hemos visto, cuando actuamos por la preocupación que nos inspiran los demás, nuestro comportamiento hacia ellos es automáticamente positivo. Ello se debe a que no dejamos el menor resquicio a la suspicacia si nuestros corazones rebosan amor. Es como si se abriese una puerta interior que nos permitiese llegar a los demás. Tener preocupación por los demás es algo que rompe la barrera misma que inhibe una sana interacción con los demás, pero no sólo eso: cuando nuestras intenciones para con los demás son buenas, descubrimos que cualquier sentimiento de timidez o de inseguridad que pudiéramos tener se reducen de manera muy considerable. En la medida en que seamos capaces de abrir esa puerta interior experimentamos una sensación de nuestra habitual preocupación por nosotros mismos.

Paradójicamente, descubrimos que esto incrementa nuestra sensación de confianza en nosotros mismos. Por eso, si se me permite aportar un ejemplo extraído de mi propia experiencia, descubro que cada vez que conozco a personas nuevas y tengo esta disposición anímica positiva no existe ninguna barrera entre nosotros. Poco importa quiénes sean o a qué se dediquen, que sean rubios o morenos, o incluso que tengan el pelo teñido de verde: siento que lisa y llanamente me he encontrado con un ser humano que es mi congénere y que tiene el mismo deseo de ser feliz y de evitar el sufrimiento que tengo yo. Y a la vez descubro que puedo hablar con esas personas como si fuesen viejos amigos de toda la vida, incluso nada más conocernos. Al tener en cuenta que en definitiva somos todos hermanos y hermanas, que no existe ninguna diferencia sustancial entre nosotros, que exactamente igual que yo los demás tienen el mismo deseo de ser felices y de evitar el sufrimiento, puedo expresar mis sentimientos exactamente igual que ante una persona a la que me une una amistad íntima desde hace años. Y eso no sólo es posible por medio de unas cuantas palabras o gestos amables, sino a corazón abierto, sin que importe tampoco la barrera lingüística.

También descubrimos, cuando actuamos motivados por nuestra preocupación por los demás, que la paz que esto genera en nuestro propio corazón aporta paz a todas las personas con las que nos relacionamos. Aportamos paz a la familia, paz a nuestros amigos y compañeros de trabajo, a la comunidad, al mundo entero. ¿Por qué razón, si es que existe, no querría desarrollar alguien esta cualidad tan provechosa? ¿Habrá algo más sublime que aquello que aporta paz y felicidad a todos? Por mi parte, la mera capacidad que tenemos como seres humanos de cantar las alabanzas del amor y la compasión es sin duda nuestro don más preciado.

A la inversa, ni siquiera el más escéptico de mis lectores podría suponer que la paz puede llegarle a resultas de un comportamiento agresivo y desconsiderado, esto es, contrario a la ética. Por supuesto que no. Recuerdo cómo aprendí esta lección en concreto cuando era un niño chico en el Tíbet. Uno de mis ayudantes, Kenrab Tenzin, tenía un loro pequeño al que daba de comer nueces. Aunque era un hombre bastante severo, de ojos saltones y aspecto impresionante e incluso amedrentador, bastaba con que oyera sus pasos o su tos para que el loro empezase a dar muestras de excitación. Mientras el ave comía de su mano, Kenrab Tenzin le acariciaba la cabeza, y ese gesto parecía poner al ave en un estado de éxtasis. Yo envidiaba mucho esa relación que tenían los dos, y deseaba que el loro me diera alguna muestra de amistad. Sin embargo, cuando en alguna que otra ocasión intenté darle de comer de mi mano, nunca obtuve esa respuesta favorable. E intenté punzarle con un palo, con la esperanza de provocar una reacción más favorable. No será preciso decir que el resultado fue absolutamente negativo. Lejos de obligarlo a comportarse mejor conmigo, el loro se asustó. La mínima posibilidad que todavía pudiera existir de establecer una amistad quedó completamente destruida.

Así aprendí que las amistades no son resultado del abuso, sino de la compasión.

Las principales tradiciones religiosas del mundo otorgan al desarrollo de la compasión un papel clave en sus sistemas. Como es a un tiempo fuente y resultado de la paciencia, la tolerancia, el perdón y todas las demás cualidades positivas, se considera que su importancia abarca desde el principio hasta el fin de la práctica espiritual. Pero es que incluso sin una perspectiva religiosa, el amor y la compasión son claramente de fundamental importancia para todos nosotros. Habida cuenta de nuestra premisa elemental -esto es, que la conducta ética consiste en no perjudicar a los demás-, de ello se deriva que necesitamos tener en consideración los sentimientos ajenos; el fundamento de esta práctica es nuestra capacidad de empatía innata. Y a medida que transformamos esta capacidad en amor y en compasión, guardándonos de aquellos factores que obstruyen el desarrollo de la compasión y cultivando los que sean conducentes a ella, nuestra práctica de la ética tiende a mejorar de forma natural. Esto es algo que nos acerca a la felicidad, tanto propia como ajena.