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SONÓ EL TELÉFONO en el apartamento de Fraser. Ella corrió a responder. Y lo primero que él le dijo fue un sentido gracias, gracias por todo.
—¿Te encuentras mejor? —preguntó ella.
—Vuelvo a tenerlo.
—Lo sabía. Lo he sabido inmediatamente, en cuanto he oído tu voz.
—Quería llamarte antes…
—Por supuesto…
—Pero no he tenido ocasión. He estado con él desde que ha vuelto a casa esta mañana.
—Pareces muy excitado.
—Es normal. Ha ocurrido algo. Algo grande. Vuelve a estar en casa y yo puedo respirar. Acabo de hablar con el cuartel general. Me han dicho que llamó a Denver. Localizaron la llamada y sumaron dos y dos. Yo sabía que estaba celebrando una conferencia interurbana, pero no pude encargarme del rastreo. Había demasiadas cabinas. Era un drugstore muy grande en la avenida Madison. Llamó a Denver y fingió ser periodista. Les contó lo que ya sabían. Denver no logra entender qué pretendía. Y tampoco lo entienden en el cuartel. Pero creo que yo sí lo entiendo.
—¿Quieres decir que está pensando en entregarse?
—Todavía no. Imagino que su propósito era averiguar cuánto sabían.
—¿No es eso lo que haría un criminal inteligente?
—No —rechazó Fraser—. Un criminal inteligente sabría que localizarían la llamada. Todo lo que ha hecho hoy confirma mis ideas acerca de este caso. Cuando salió del drugstore se metió en un taxi. Le seguí. De alguna forma, advirtió que era seguido y se las arregló para despistarme.
—¿Cómo has vuelto a encontrarle?
—Regresó a su apartamento. Está ahí ahora, al otro lado de la calle. Yo vigilo la puerta principal.
—¿Se te escapó y volvió a casa?
—Exacto.
—Debe de ser estúpido.
—No es estúpido —objetó Fraser—. Es solo que no actúa como un culpable. La llamada a Denver. Darse cuenta de que era seguido. Y, en lugar de irse de la ciudad, regresa a su apartamento. Un culpable no haría cosas como esas.
Ella suspiró ante el teléfono.
—Supongo que soy algo torpe, pero no lo comprendo. Dices que es un asesino, pero que no es culpable.
—Ya lo sé. Es un tanto confuso.
—¿Por qué crees que sigue en la ciudad?
—Tengo la impresión de que quiere encontrar a los otros.
—¿Por qué?
—No lo sé —respondió Fraser—. Estoy tratando de dar con una respuesta.
—¿Qué te han dicho en el cuartel general?
—Querían que lo detuviera. Les he pedido algo más de tiempo.
—¿Cuánto más?
—No mucho. Cuarenta y ocho horas.
—¿Tienes algún plan?
—Vagamente.
—¿Algo sobre lo que trabajar?
—Solo Vanning. Será mejor que cuelgue ya. Estoy empezando a preocuparme de nuevo. Vanning no es suficiente. Necesito algo más. Es como esperar la lluvia en el desierto.
—Tal vez puedas volver a hablar con él.
—Si puedo encontrar una buena excusa.
—Pero solo quedan cuarenta y ocho horas.
—No me lo recuerdes —le rogó—. Cada vez que miro el reloj me pongo malo.
—¿Hablar conmigo te hace sentir mejor?
—Mucho mejor.
—Quédate ahí y háblame.
—Muy bien, cariño.
—Dime cosas.
—¿Cosas que aún no sepas?
—Lo que tú quieras.
—¿Aunque no sea importante?
—Aunque sean tonterías.
—En el cuartel me han dicho algo curioso —comenzó—. Ni siquiera debería mencionarlo. No tengo ningún derecho a pensar en ello. No en este momento, de todas formas. Todo depende de si te encuentras en un estado de ánimo mercenario.
—Estoy en el estado de ánimo que tú estés.
—Yo no sé cómo estoy, cariño. En estos momentos, lo único que sé es que el dinero es una cuestión secundaria. Ahora desearía no haber dicho nada.
Ella se rio.
—Ya has abierto tu enorme bocaza.
—¿Cuánto tenemos en el banco?
—Mil setecientos.
—En el cuartel han recibido un cable de Seattle —explicó, sintiendo que se rebajaba al hacerlo. Pero pensaba en su esposa y en sus hijos, y en las cosas que quería ofrecerles, y por debajo de todo le impulsaba el deseo de hablar, hablar de cualquier cosa excepto de la gran preocupación que le acuciaba, y lo mismo daba hablar de eso. Por lo menos era algo práctico, una base sólida para una conversación. Y prosiguió—: Si consigo que Vanning nos diga dónde está el dinero, recibiré una recompensa de quince mil.
—¿Quince mil?
—Es un montón de dinero, ¿verdad?
—Quince mil.
—Será mejor que nos olvidemos los dos.
—Creo que sí. Aunque lo detengas, nunca lo dirá.
—Lamento haberlo mencionado.
—No lo lamentes —le animó ella.
—Nos olvidaremos los dos.
—Claro.
—¿Cómo están los niños?
—Perfectamente.
—¿Y cómo estás tú?
—Oh, yo…
—Tengo que colgar —la interrumpió Fraser—. Está ahí, saliendo de la casa. Te llamaré luego.
El auricular emitió un chasquido. Ella colgó el teléfono. Comenzó a encender un cigarrillo, pero, de pronto, se produjo una conmoción en la habitación contigua, como si los chicos estuvieran enzarzados en una pelea. Ella dejó el cigarrillo y apretó los labios mientras se dirigía a imponer la calma. Cuando entró en el cuarto, el motín terminó inmediatamente y los tres la miraron con cara de inocencia. Trató de mostrarse severa, pero no era muy hábil y en seguida se echó a reír ligeramente. Los niños también se echaron a reír, y ella corrió a su lado, los atrajo junto a sí, los abrazó, los besó y los regañó:
—Pequeños salvajes…