Capítulo 5
—ESPERA un momento —antes de que Kane pudiera
decir nada, Shannon cerró la puerta y corrió a buscar su
bata.
Apareció segundos después, con la bata
firmemente atada y las zapatillas puestas.
—Pasa —le dijo con desgana. Quitó la cadena y
abrió la puerta. En cuanto Kane entró, volvió a hacerle la
pregunta—. ¿Cómo te has enterado de mi dirección?
—Yo lo sé todo, pelirroja, ¿todavía no te has
dado cuenta? —sonrió ampliamente—. En realidad, solo he tenido que
mirar en tu informe. Lo creas o no, ese es el motivo para el que se
necesitan los informes: contienen información útil. Y deja de
apoyarte en la puerta y temblar. ¿No vas a ofrecerme una
copa?
—Es tarde y estoy cansada.
—Creía que habías dicho que podías estar
levantada hasta el amanecer. ¿Te importa que me quite el
abrigo?
Shannon se encogió de hombros sin contestar.
Él se quitó el abrigo y lo dejó en una de las dos sillas de la
habitación.
—Ah, chocolate caliente —dijo Kane al ver la
taza medio vacía sobre la mesa—. Hace años que no me tomo un
chocolate caliente. Cuando era pequeño me encantaba. Una taza me
sentaría estupendamente.
Le dirigió una sonrisa implacable. Shannon
salió de la habitación con desgana y regresó a los pocos minutos
con una taza de chocolate. Encontró a Kane curioseando sin ningún
pudor entre las fotos de la familia con las que Shannon había
decorado la habitación.
—¿Quiénes son? —preguntó, levantando una
fotografía enmarcada.
—Es mi familia —respondió ella, tendiéndole
la taza, pero manteniendo las distancias.
—¿Tus hermanos y tus hermanas?
—Sí.
—¿Cómo se llaman?
Shannon tuvo que acercarse para ir nombrando
a cada miembro de su familia, desde la hermana mayor, Shaun, hasta
el más pequeño, Brian. Cuando terminó, Kane dejó cuidadosamente la
fotografía, pero continuó mirándola atentamente.
—Debes quererlos mucho.
—Sí.
—Y supongo que esa es la razón por la que te
resulta tan fácil estar con Eleanor. Durante años te has
acostumbrado a vivir con gente. ¿Por qué no sale tu padre en la
fotografía?
—Murió hace cinco años.
—Lo siento —contestó Kane quedamente.
Retrocedió, pero en vez de sentarse, como
Shannon esperaba, continuó caminando por la habitación. Incluso
tuvo el valor de acercarse a la cocina antes de volverse y
preguntar con el ceño fruncido:
—¿Dónde está el dormitorio?
—¿Por qué quieres saberlo? —preguntó Shannon,
repentinamente asustada.
—He dicho el dormitorio, no la cama.
—En realidad este es dormitorio. El sofá es
también cama. Cuando voy a dormir, le pongo las sábanas y utilizo
uno de esos cojines como almohada. Es muy cómodo.
—¿Duermes en un sofá?
—Sí, duermo en un sofá.
—Pero con lo que te pago, podrías encontrar
un lugar un poco... —miró a su alrededor mientras buscaba una
palabra para describir aquel lugar que no resultara ofensiva—, más
grande.
—Es difícil encontrar casa en Londres. En
realidad, tuve suerte al encontrar este lugar —le informó
Shannon.
—Sí, un poco de mala suerte — Kane dio un
sorbo al chocolate—. ¿Qué tal te lo has pasado en el pub?
—No intentes distraerme con preguntas. ¿Qué
estás haciendo aquí?
—Estaba por esta zona...
—¿Y se te ha ocurrido venir a charlar un rato
conmigo?
—No exactamente. Quería saber cuánto tienes
que caminar desde la estación de metro.
Shannon suspiró exasperada.
—Y quería echarle un vistazo a la zona
—añadió, aumentando la sensación de impotencia de Shannon.
—¿Hay alguna posibilidad de que dejes de
comportarte como si fuera demasiado joven o estúpida para cuidar de
mí misma? —le preguntó, cruzándose de brazos con gesto
ofendido.
—Si es esa la impresión que te he dado, te
pido perdón —dijo en un tono en el que no había ni la menor sombra
de disculpa—, pero cuando me imagino a Eleanor viviendo en un lugar
como este, se me pone la carne de gallina. Y si, por alguna razón,
la vida la llevara a encontrarse en una situación como esta, me
gustaría que alguien se preocupara por ella.
—Te refieres a alguien como tú.
Kane se encogió de hombros y arqueó las
cejas.
—Kane, te agradecería que no te metieras en
mi vida.
—¿Sabe tu madre las condiciones en las que
vives? —le preguntó entonces Kane.
—Por supuesto que sí —mintió. De hecho, era
una mentira tan descomunal que intentó suavizarla—. Bueno, sabe que
no tengo una casa grande... —tenía la desagradable sensación de que
su madre pensaría que estaba viviendo en una casa pequeña, pero
encantadora. Una casa con al menos un par de habitaciones y un
ambiente extraordinariamente hogareño. Seguramente le daría un
ataque al corazón si viera aquel lugar.
—Me temo que has sido un poco parca con la
verdad.
—He tenido que serlo —respondió Shannon a la
defensiva—. Por su propio bien.
Kane continuó en silencio durante tanto
tiempo que al final Shannon no fue capaz de contenerse:
—Mira, todavía no he cenado siquiera y me
gustaría que te marcharas. Estoy cansada y hambrienta y no estoy de
humor para discutir contigo. No soy tu hija, no tienes que
cuidarme. Y en cuanto encuentre un lugar mejor, me mudaré, así que
no tienes por qué preocuparse.
—¿Por qué no has cenado?.
«No, otra vez no», pensó Shannon. No podría
soportar una nueva regañina.
—Porque estaba pasándomelo muy bien en el pub
y todavía no he tenido tiempo de pensar en cenar.
—En ese caso, será mejor que rectifiquemos la
situación.
—¿Que rectifiquemos la situación?
—Exacto —y, sin más, Kane comenzó a buscar en
sus armarios, abrió el frigorífico y miró su interior con ojo
crítico—. No tienes muchas cosas, ¿eh?
—¿Te importa?
Shannon se acercó a él y agarró a la puerta
del frigorífico. La cerró y miró a Kane con silenciosa
dignidad.
—Últimamente no he tenido mucho tiempo para
ir de compras. Y la verdad es que no soy una de esas personas
obsesionadas con la comida.
—Desde luego. ¿Por qué no te vistes y salimos
a comer algo, pelirroja? Si quieres, me daré la vuelta cuando te
vistas —añadió caballerosamente.
Shannon le contestó con una carcajada
burlona.
—De acuerdo, entonces no me daré la vuelta
—se cruzó de brazos y la miró fijamente hasta conseguir que Shannon
temblara de pies a cabeza por la tensión.
—Supongo que no piensas marcharte.
—¿Por qué voy a irme cuando puedo quedarme
aquí viendo cómo te cambias de ropa? —sonrió al verla sonrojarse de
indignación.
Shannon abrió la puerta del armario,
consciente en todo momento de la atenta mirada de Kane. Sacó lo
primero que encontró y se encerró en el baño.
—No hace falta que cierres con cerrojo —le
dijo Kane desde el otro lado de la puerta—. ¿Es que no confías en
mí?
—Eres un hombre, ¿no? —replicó Shannon,
poniéndose rápidamente unos vaqueros, un jersey y unos calcetines
de lana.
—¿Y por qué tendré la impresión de que bajo
esa fachada de mujer liberada y fría se esconde una romántica
incurable?
Shannon abrió la puerta y, tal como esperaba,
encontró a Kane detrás.
—¿Es que no me conoces?
En vez de contestar, Kane localizó el abrigo
de Shannon y se lo sostuvo para que se lo pusiera. Shannon sintió
el fugaz contacto de sus dedos contra su piel como una extraña
invasión a su intimidad. Dio un paso adelante mientras se abrochaba
los botones del abrigo. Se dio entonces cuenta de que en su
precipitación, se había olvidado de ponerse el sujetador y sentía
los pezones irguiéndose contra la lana del jersey. Se le ocurrió
pensar que Kane podía ser consciente de que no llevaba sujetador e
imaginó sus dedos acariciando sus senos desnudos, buscando sus
sensibles pezones y jugueteando con ellos. Y le bastó imaginárselo
para sentir que su cuerpo ardía.
—Espero ir suficientemente bien vestida para
la cena —comentó.
—Me encanta verte con una ropa diferente a la
que llevas en el trabajo. Es realmente encantador.
Kane abrió la puerta y retrocedió
educadamente para que Shannon le antecediera.
—¿Encantador? ¿No te parece que estás
llevando tu educación demasiado lejos? —le preguntó nerviosa.
—¿No te gusta que diga que eres encantadora?
—cerró los ojos un instante—. ¿Y qué adjetivo preferirías que
utilizara? ¿Te parecería bien «sexy»? Mmm, sí, sexy sería perfecto.
Esas pecas, esa piel marfileña... y el pelo flameante. No es algo
obvio, es un erotismo discreto. Como el de una mujer en vaqueros y
con una camisa de hombre, que, sin darse cuenta, es capaz de
despertar todo tipo de pensamientos ilícitos.
—Yo no despierto pensamientos ilícitos
—graznó.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque... —comenzó a decir.
—¿Y te resultaría excitante
despertarlos?
—¡No!
—Entonces... ¿debería mantener mis
pensamientos ilícitos en secreto? —entrecerró los ojos de manera
que Shannon no era capaz de adivinar si estaba hablando en serio o
no.
No, por supuesto que no, pensó con
vehemencia. No podía estar hablando en serio.
—¡Deja de jugar conmigo, Kane!
—Tienes muchos recelos sobre los hombres,
¿verdad? —preguntó él, mientras se dirigían hacia las escaleras—.
En realidad no me sorprende. Los efectos de una relación difícil
pueden durar mucho más de lo que parece lógico.
—Hablas por experiencia propia, ¿verdad?
—preguntó Shannon con sarcasmo.
—No, la verdad es que no —admitió él mientras
salían a la calle.
Ambos bajaron la cabeza instintivamente,
intentando protegerse del viento y del frío.
—¿Qué te pidió Gallway exactamente? ¿Que
confiaras en él?
—¿Acaso no es eso lo que todos los hombres
piden cuando se quieren acostar con alguien?
—Pues la verdad es que no.
—Supongo que tú eres muy diferente,
claro.
—Muy diferente — musitó—. Mira, allí hay un
restaurante chino. ¿Quieres que entremos?
—De acuerdo —contestó de mal humor—. No me
había fijado nunca en él. No voy mucho por esta calle.
—¿La encuentras demasiado aburrida?
—Demasiado aburrida para una juerguista como
yo —contestó con desenvoltura—. No hay suficientes pubs, ni
clubs.
Kane contestó con una carcajada y Shannon
sintió que, a pesar suyo, asomaba una sonrisa a sus labios. Le
gustara o no, estaba disfrutando de su compañía.
—Londres no son solo pubs y clubs — señaló
él—. ¿Qué me dices del teatro, la ópera, las galerías de arte o los
museos?
—¿Qué pasa con todas esas cosas? —preguntó
Shannon alegremente.
Había decidido disfrutar de lo que quedaba de
noche e intentaría seguirle el juego y dejar que continuara
mostrándose tan exageradamente paternal con ella.
Pasó por delante de él mientras le abría la
puerta del restaurante, que estaba prácticamente vacío.
—¿Cómo que qué pasa con todas esas
cosas?
—Bueno... —respondió mientras se sentaba—,
sí, hay teatros, claro. Pero si pudiera permitirme el lujo de ir a
una función tendría dinero suficiente para salir de ese agujero en
el que vivo, ¿no crees?
—¿Entonces admites que es un agujero?
—Sí, pero en ningún momento he dicho que no
me guste vivir en un agujero. A alguna gente le gusta,
¿sabes?
—Ah, claro que lo sé —sonrió y esperó a que
continuara.
—Después está la ópera. Bueno, creo que
tendría que ahorrar durante tres meses por los menos para poder
permitirme el lujo de ir a la ópera. Y, la verdad es que odio la
ópera.
—¿Has estado alguna vez?
—No. Después están las galerías y los museos.
Muy interesantes, estoy segura. Muy cultos y refinados,
pero...
—No me lo digas, eres una chica con ganas de
divertirse que no tiene tiempo para cosas tan cultas y
refinadas.
—Me alegro de que te hayas dado cuenta. Quizá
cuando sea más vieja, más madura...
—Como yo.
—No he sido yo la que lo ha dicho —sonrió con
petulancia y se inclinó hacia delante—. Me refiero a que, entre
tantas óperas, museos y galerías de arte, ¿no tienes nunca tiempo
para el entretenido bullicio de un club?
Kane pareció pensar en ello. Se acariciaba la
barbilla con el dedo al tiempo que la miraba con expresión
pensativa, sin que en ningún momento desapareciera la chispa de
humor que brillaba en su mirada.
—¿Son entretenidos los clubs?. Yo pensaba que
en ellos solo había una música horrible y jóvenes borrachos.
—¡Lo ves! —exclamó Shannon triunfante.
—¿Qué se supone que tengo que haber visto?
Ah, ya lo comprendo. Que soy un auténtico carcamal. Pero siento
desilusionarte, la verdad es que todavía voy de vez en cuando a
algún club —se echó para atrás para permitir que el camarero les
sirviera el vino mientras Shannon intentaba digerir la imagen de
Kane Lindley en la pista de baile de una discoteca
londinense.
—¿De verdad vas a clubs? —le preguntó con
incredulidad.
—Tengo que admitir que probablemente no sean
el tipo de clubs que tienes en mente.
—Ah, te refieres entonces a esos clubs de
caballeros en los que todos están sentados, bebiendo sherry y
hablando de política.
—No exactamente.
—¿Entonces de qué tipo de clubs estás
hablando? — el vino estaba delicioso, aunque, al no tener nada en
el estómago, Shannon no tardó en sentir el efecto del
alcohol.
—Principalmente a clubs de jazz.
—Ah, jazz.
—¿Otra parte de la cultura para la que no has
tenido tiempo? —volvió a llenarle la copa de vino.
—No son muy divertidos, ¿verdad? Música
lenta, conversaciones eternas...
—Eso depende de con quién vayas —Kane se
llevó la copa a los labios y observó divertido el pálido rubor que
cubría las mejillas de Shannon.
—Lo dudo —replicó ella con rotundidad.
La imagen de Kane bailando música lenta,
mejilla contra mejilla con una mujer en un club de jazz, la
incomodaba mucho más de lo que habría estado dispuesta a admitir en
un millón de años. Hasta el momento, no había tenido ningún indicio
de que hubiera alguna mujer en su vida, lo había visto llegar todos
los días a casa después del trabajo. Pero eso no significaba nada,
claro: podía pasar los fines de semana con cualquiera. Por lo que
ella sabía, podía salir con una mujer diferente cada fin de
semana.
—¿De verdad? ¿No crees que escuchar buena
música y bailar con alguien pueda llegar a ser una experiencia muy
erótica?
—Prefiero bailar música rápida y yo sola
—respondió Shannon rápidamente, alegrándose de que en ese momento
llegara la comida, marcando un conveniente final para aquel tema de
conversación.
—¿Alguna vez has estado en un club de jazz?
—le preguntó Kane, cuando ya habían empezado a comer.
—La verdad es que no —se llevó un trozo de
pollo a la boca utilizando los palillos, con la esperanza de que la
comida mitigara los efectos del vino.
—Así que ni clubs de jazz, ni ópera, ni nada
que tenga que ver con la cultura.
—La cuestión es que me encantaría ir a un
club de jazz, y al teatro, e incluso podrían convencerme para que
fuera a la ópera. Pero esas cosas cuestan un dinero que no tengo a
mi disposición — después de saborear parte de su plato, continuó
hablando—. No puedo imaginarme nada más emocionante que ir a la
Tate Gallery y pasar después la noche en un club tranquilo y
refinado. O disfrutar de una cena exquisita en alguna parte. Sería
realmente maravilloso poder... —se interrumpió un instante. Había
bebido ya tres copas de vino y comenzaba a tener serios problemas
para hablar.
—¿Poder? —la animó Kane con voz sedosa.
¿Por dónde iba? Ah, sí, estaba intentando
evocar un estilo de vida alternativo al suyo, más acorde con
alguien culto y de la alta sociedad.
—Poder ponerme algo verdaderamente elegante
para salir. El vestido negro, por ejemplo. O quizá el verde oscuro,
el de la espalda abierta...
—¿Te encantan, verdad? Es una pena que tengas
tantos vestidos elegantes y no encuentres oportunidad para
ponértelos.
Por alguna extraña razón, Shannon estaba
completamente decidida a impresionarlo. Quería demostrarle que no
era solo una secretaria trabajadora y amante de los niños cuya
única fuente de diversión eran los pubs y los clubs que, por otra
parte, hasta el momento al menos no habían cumplido ninguna de sus
expectativas.
—Sí, una pena —mintió.
—Mmm. Y tienes un vestido negro...
—Exacto. Un vestido negro y corto, muy corto,
en realidad.
—Increíble. ¿Estás segura de que no es el
vino el que te está haciendo decir esas cosas?
—Completamente segura —respondió Shannon con
el ceño fruncido.
—En ese caso... —hizo un gesto para que les
llevaran la cuenta y miró a Shannon con expresión pensativa.
Demasiado pensativa para Shannon, que empezaba a ponerse nerviosa
por aquel prolongado silencio.
—¿En ese caso qué? —preguntó con
impaciencia.
—En ese caso... —musitó—, creo que es una
pena que no tengas ninguna oportunidad de disfrutar de esos trajes
tan elegantes, ¿verdad?
—Es precisamente eso lo que estaba
diciendo.
Shannon se encogió de hombros con fingido
pesar, complacida con la imagen que había conseguido proyectar.
Ella, la más despreocupada y casera de las hermanas, había
conseguido convertirse en una mujer misteriosa y elegante con solo
unas cuantas frases y unas mentirijillas.
—¿Nos vamos ya? —preguntó, sorprendida por lo
bien que se lo había pasado.
Al levantarse, se sintió ligeramente mareada
y Kane la agarró del brazo.
—¿Crees que podrás volver andando a
casa?
—Claro que puedo —y añadió con expresión
traviesa—. Pero si no pudiera, ¿me llevarías tú en brazos?
—Definitivamente, el vino te ha hecho perder
la cabeza —musitó Kane mientras la guiaba por la calle
desierta.
—Estás eludiendo la pregunta. ¿Me
llevarías?
—Claro que te llevaría —contestó cortante y
Shannon soltó una carcajada.
—¿Y te arriesgarías a quedarte sin espalda en
el proceso?
—Pero si estoy seguro de que pesas menos que
una pluma —contestó Kane con voz ronca. Shannon sintió que todo su
cuerpo se inundaba del calor que transmitía aquella voz—. ¿Quieres
que te lo demuestre?
Se colocó frente a ella, de forma que Shannon
distinguía perfectamente el frío desafiante de sus ojos. No podía
estar hablando en serio, ¿o sí?
—Peso más de lo que parece —contestó Shannon
con el corazón en la garganta—. Está haciendo frío, ¿verdad? Como
no vuelva pronto a casa, me voy a congelar.
—¿Te estás echando atrás, Shannon? —susurró
suavemente, pero se apartó a un lado para que pudiera seguir
caminando.
Shannon avanzó, preguntándose si habría
imaginado ella aquellos desconcertantes cambios de tono de voz.
Probablemente, se contestó a sí misma, teniendo en cuenta que el
vino avivaba su imaginación. Pero de pronto, Kane la levantó en
brazos y la llevó hasta la puerta de su casa mientras ella
protestaba enérgicamente e intentaba sin éxito deshacerse de sus
brazos.
—¡Déjame en el suelo! —le exigió cuando
llegaron al portal.
—Todo a su tiempo. Ahora, ¿por qué no sacas
las llaves del bolso para que podamos abrir la puerta?
—¡Así es imposible!
—Inténtalo.
Shannon abrió nerviosa la cremallera del
bolso y sacó las llaves. Kane las tomó con una mano y abrió la
puerta sin necesidad de bajarla.
—¡Ya está bien! — protestó Shannon cuando
comenzó a subir las escaleras.
Al estar tan cerca de él, sentía arder su
piel con un extraño e inquietante calor. Los dedos de Kane estaban
a solo unos centímetros de sus senos y la cabeza de Shannon
rebosaba de gráficas imágenes de aquellos dedos acariciando su
piel... aunque solo fuera accidentalmente.
—Después no me culpes si te pasa algo en la
espalda.
—Oh, podría culparte de un montón de cosas,
pelirroja, pero jamás te culparía de lo que le pase a mi espalda
—contestó entre risas cuando llegaron a la puerta.
La dejó por fin en el suelo y bajó la mirada
hacia ella.
—De acuerdo —respondió furiosa—. Ya has
demostrado que eres un hombre fuerte. ¿Esa era la intención de esta
exhibición?
—No —contestó él, inclinándose contra el
marco de la puerta mientras Shannon abría—. ¿Quieres que te diga
cuál era mi intención?
Se miraron fijamente y en silencio. Shannon
se había quedado sin habla al ver que había desaparecido todo el
brillo de diversión de sus ojos. De hecho, el prolongado silencio
de Kane estaba poniendo su sistema nervioso al borde del
colapso.
—No —susurró, provocando una carcajada de
Kane.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de lo que pueda
decir?
—La verdad es que ya tengo ganas de acostarme
—contestó desesperada.
—Y a mí, siendo el perfecto caballero que
soy, no se me ocurriría entrometerme en tus bellos sueños. Al igual
que, como perfecto caballero, tampoco permitiría nunca que
regresaras a Irlanda por Navidad sin poder contarle nada a tu
familia sobre todas las maravillosas ofertas culturales que brinda
esta ciudad. De modo que he decidido llevarte a mi club de jazz
favorito una de estas noches.
—¿Qué «tú» has decidido?
—Exacto, lo he decidido yo. El sábado que
viene, ¿qué te parece?
—Me parece...
—Estupendo. Pasaré a buscarte a las ocho
menos cuarto. Y no te preocupes, lo pasaremos muy bien —se inclinó
hacia delante, de manera que su boca rozaba prácticamente la oreja
de Shannon—. Confía en mí.
Capítulo 6
DURANTE los días que siguieron a aquella
cena, Shannon visitó todas y cada una de las tiendas razonablemente
baratas del centro de Londres. Y se quedó boquiabierta ante el
precio que tenían los vestidos.
¿Qué diablos la habría impulsado a mentir? Si
no lo hubiera hecho, no habría tenido que pasarse la mayor parte de
su tiempo libre de aquella semana arrepintiéndose de su absurda
mentira.
Por otra parte, era una suerte que Kane
estuviera en el extranjero y no pudiera ser testigo de sus
precipitados almuerzos. Aunque su ausencia estaba sirviendo también
para intensificar su sentimiento de nerviosa aprensión. Cuando
pensaba en Kane subiéndola en brazos, sentía un terror casi
desconcertante, pero, al mismo tiempo, no era capaz de comprender
por qué no la había tocado, por lo menos de una forma que pudiera
haber sido interpretada como sugerente.
—Papá llamó ayer por la noche —comentó
Eleanor mientras fregaban los platos, el viernes por la
noche.
—¿Ah, sí? — Shannon se aclaró rápidamente la
garganta, intentando adoptar un tono más natural—. ¿Y cómo está?
¿Se está divirtiendo mucho en Nueva York?
Ellos se comunicaban diariamente por correo
electrónico, pero solo hablaban de temas relacionados con el
trabajo.
—Viene mañana por la mañana —contestó
Eleanor, radiante—. Dice que me ha comprado una cosa, pero no me ha
querido decir lo que es.
—Mmm —Shannon terminó de fregar los platos y
escurrió el estropajo. En menos de diez minutos, Carrie llegaría
para quedarse con la niña—. ¿Y habéis planeado algo para mañana por
la noche? Como una fiesta entre padre e hija, por ejemplo.
Eleanor le dirigió una de aquellas
inteligentes miradas que parecían impropias de una niña de ocho
años.
—¿Una fiesta entre padre e hija?
—Bueno, no es nada tan extraordinario, ¿no
crees?
—Pero papá está demasiado... —pensó en
silencio de qué forma podría describir a su padre—, demasiado
distraído cuando viene de un viaje como esos.
—Podéis compartir una cena de bienvenida
—insistió Shannon—. Carrie estará contigo aquí mañana por la
mañana. Podéis salir las dos a comprar su comida preferida y
después preparársela —se interrumpió ante la mirada irónica que le
estaba dirigiendo la niña.
—Va a llevarme a tomar el té —respondió
Eleanor—. Y además, ¿no se supone que va a salir contigo mañana por
la noche?
—¡Ah, sí! —Shannon se obligó a sonreír—. Lo
había olvidado.
—¿Cómo se te ha podido olvidar?
—No sé —se encogió de hombros, como si
olvidarse de sus citas fuera prácticamente una costumbre. —¿Te
pondrás el vestido negro?
—¿Y cómo sabes que pensaba ponerme un vestido
negro? —preguntó Shannon con curiosidad, mirando a la niña con los
brazos en jarras.
—Papá me lo contó ayer por la noche
—respondió con naturalidad—. Dijo que esperaba que no te hubieras
olvidado de la cita y que estaba deseando verte con ese vestido. Yo
no puedo imaginarte con un vestido de esos. Y papá tampoco —añadió
con franqueza—. Como siempre llevas esos trajes tan extraños y
aburridos.
—¡Mis trajes no son extraños! —soltó una
carcajada—. Y si lo fueran, no serían tan aburridos. Pero espera a
que tengas que enfrentarte al mundo de los adultos. Entonces
también a ti te parecerá que nunca tienes ropa suficiente.
—¿Cómo es ese vestido negro?
—Pues la verdad es que es muy corto y...
bueno, no creo que tenga nada de especial.
De hecho, era el vestido más corto que se
había comprado en su vida, pero la dependienta le había asegurado
que le sentaba maravillosamente y tras cuatro días de infructuosa
búsqueda, comenzaba a estar tan desesperada que se había mostrado
más que dispuesta a creerla.
—¿Entonces no es una cita? ¿Es solo una
reunión de trabajo? —preguntó Eleanor, sin reparar,
afortunadamente, en el sonrojado rostro de Shannon.
—Exacto. Una reunión de trabajo —le
confirmó.
—Así que no es una cita.
—No, en realidad no es una cita.
—Porque —se precipitó a aclarar Eleanor— no
me importaría. Me refiero a que tú no eres como la última mujer que
trajo mi padre a casa para que la conociera. Era horrible.
—¿Tan fea era?
—Oh, no, Claudia era muy guapa, pero... ya
sabes.
—¿Era inteligente?
—No, era demasiado inteligente y
creída.
Una mujer hermosa y segura de sí misma, pensó
Shannon con un sentimiento sospechosamente cercano a los celos.
Solo una niña de ocho años podía ver algún inconveniente en aquella
descripción.
Y no era precisamente hermosa ni segura de sí
misma como se sentía Shannon el sábado a las siete y media, cuando
faltaban solo quince minutos para que Kane la fuera a buscar.
Estaba frente al espejo, maquillándose y mirando frenéticamente el
reloj, esperando estar lista y presentable para cuando Kane llamara
a la puerta.
El vestido que supuestamente le quedaba tan
bien, dejaba tan poco a la imaginación que todavía no podía
comprender cómo habían podido convencerla de que se lo comprara.
Diez minutos de locura temporal y allí estaba, embutida como una
salchicha en un vestido demasiado corto para que pudiera sentirse
cómoda. El escote era suficientemente discreto, pensó Shannon
mientras se miraba en el espejo del armario. Y afortunadamente, al
ser invierno, podría esconderse bajo el abrigo al menos durante el
trayecto hasta el club.
El pelo no le causó muchos problemas. Se lo
había cortado unos días antes y lo llevaba suelto, con una melena
corta que enmarcaba su rostro. Movió la cabeza de lado a lado para
ver cómo le quedaba y quedó complacida con el resultado.
Para cuando sonó el telefonillo, Shannon ya
estaba preparada para enfrentarse a Kane. Sin prisa, se puso el
abrigo y los guantes y salió a recibirlo cinco minutos después con
una controlada sonrisa.
—Te has hecho algo en el pelo —fueron las
primeras palabras de Kane.
Shannon las recibió con una oleada de placer.
Kane estaba apoyado contra el marco de la puerta; llevaba un abrigo
negro y una bufanda de color crema colgando descuidadamente
alrededor del cuello.
—Me lo he cortado —contestó, echando la
cabeza hacia atrás con un teatral gesto—. ¿Te gusta?
—Es un corte muy bonito, sí. Muy chic.
Shannon lo miró entonces con los ojos
entrecerrados, preguntándose si habría alguna segunda intención en
aquel comentario por la que debiera sentirse ofendida, pero no
advirtió nada ni remotamente ofensivo en su voz mientras comenzaba
a hablarle de su viaje a Nueva York.
—¿Has estado alguna vez en Nueva York? —le
preguntó Kane mientras conducía por una de las transitadas calles
de Londres.
Shannon pensó que habría sido glorioso poder
intercambiar opiniones sobre la vida en la Gran Manzana.
Desgraciadamente, algunas mentiras no eran aceptables, ni siquiera
en aquellas circunstancias.
—Creo que deberías reformular la pregunta
—contestó con cierta acritud — y preguntar: «¿alguna vez has ido
más allá de Irlanda o de Londres?»
—¿Nunca has viajado al extranjero?
—No, sorprendente, ¿verdad? Y tampoco he
montado nunca en un avión. Esa es una de las muchas cosas que no he
hecho en mi vida.
—Estás hablando como una persona amargada,
algo que no eres en absoluto. ¿Cómo has sido capaz de llegar a esta
edad sin haber puesto los pies nunca en un avión?
Shannon se mordió el labio, preguntándose si
debería satisfacer su curiosidad con alguna respuesta vaga y
trivial, pero al final contestó:
—Supongo que en mi casa nunca hubo suficiente
dinero para permitimos esos lujos. No olvides que éramos muchos
hermanos. Las vacaciones solíamos pasarlas en el campo y en la
playa. Ni siquiera cuando empecé a trabajar teníamos suficiente
dinero como para poder permitírmelo.
—Pero supongo que, viviendo en casa de tu
madre, ahorrabas gran parte de lo que ganabas. ¿O acaso te gastabas
todo en ropa?. Me encantaría que me hablaras sobre ello para que
pueda hacerme una idea de lo que me espera cuando Eleanor comience
a hacerse mayor —la miró de reojo y cuando sus miradas se
encontraron, esbozó una sonrisa radiante.
¿Por qué tenía que compararla con su hija?,
pensó Shannon indignada. Era ridículo.
—Normalmente, empleaba mi dinero en
comprarles cosas a mis hermanos pequeños —replicó con
desgana.
Claro que se compraba ropa para salir con sus
amigas, pero también le daba dinero a su madre y asumía parte de
los gastos de sus hermanos. Siempre le había parecido algo
completamente natural compartir su dinero.
—Eso es magnífico —dijo Kane con calor y
Shannon hizo una mueca.
—Supongo que Eleanor no tendrá que
enfrentarse a ese problema en particular —señaló—. Probablemente
gastará todo el dinero que quiera en ropa y en diversiones y dejará
que el pobre de su papá corra con todos los gastos.
—Quizá —Kane giró en el asiento mientras
hacía una maniobra—. Pero quizá con el tiempo tenga más hermanos y
aprenda a compartir el dinero con ellos. Quién sabe.
—¿Pretendes formar otra familia? —por alguna
razón, la idea la sorprendía. Y también le hacía preguntarse, no
sin incomodidad, si habría alguna mujer en su vida—. Por supuesto,
ya sé que no es asunto mío.
—Pareces sorprendida. ¿Tú no crees acaso que
el deseo de procrear es tan natural como respirar?.
Entraron en el club de jazz, un lugar
pequeño, íntimo, y tan oscuro que era imposible que Kane pudiera
ver el rubor que se extendía por las mejillas de Shannon.
—¿Me das tu abrigo? —le pidió Kane
amablemente, alargando el brazo.
—Es posible que haga frío —contestó ella,
luchando contra la tentación de aferrarse con fuerza a la
prenda.
—Lo dudo. Hace bastante calor y después de un
par de bailes, estarás sudando.
—¿Un par de bailes?
—Siempre que estés dispuesta a bailar con un
viejo, claro.
—Me gustaría que dejaras de hablar de ti
mismo todo el tiempo como si fueras un viejo —gruñó. A
regañadientes, renunció a su abrigo e hizo un esfuerzo sobrehumano
para no ruborizarse bajo la minuciosa inspección a la que Kane la
sometió—. Desde luego, no parecías ningún viejo cuando...
—¿Cuándo te subí en brazos a tu habitación?
Vaya, eres muy amable. Confío en que eso sea un cumplido — la
recorrió con la mirada, muy lentamente—. Vaya, ese vestido es
increíblemente corto, ¿eh? Espero que ninguno de los hombres que
hay por aquí tenga problemas de tensión.
La propia tensión de Shannon era la que
parecía estar alcanzando límites peligrosos mientras Kane
continuaba fijando en ella su mirada.
—¿Sabes? —comentó Kane al cabo de unos
segundos—. Cuando me dijiste que tenías un vestido como ese no me
lo creí.
Shannon soltó una carcajada que esperaba
resultara tan divertida como supuestamente debería haberle parecido
aquella idea.
—¿De verdad? ¡Y tengo muchos más vestidos en
Irlanda! —le tendieron sus abrigos a la chica del guardarropa. Esta
les entregó una ficha que Kane se guardó en el bolsillo de la
chaqueta.
—¿En serio?
—Claro que sí. Por supuesto, no se me ocurrió
traérmelos a Londres por miedo a no tener dónde colgarlos.
—Eres una criatura realmente compleja,
pelirroja —comentó Kane mientras los conducían hacia una mesa
situada en un rincón—. No sé cómo conciliar a esa chica que se
gasta el dinero que tanto le cuesta ganar en regalos para sus
hermanos con esa mujer con un guardarropa lleno de modelos
sorprendentes —llamó a una camarera y pidió un botella de champán—.
Quizá el problema sea que estoy acostumbrado a clasificar de forma
muy rígida a las mujeres y me cuesta creer que una persona tan
buena con los niños pueda ser también una mujer que disfrute
exhibiendo sus encantos por las noches.
¿Exhibiendo sus encantos? Vaya, por una parte
era halagador que insinuara que tenía encantos que exhibir. Pero,
por otra, la mujer que Kane estaba describiendo no tenía ninguna
relación con ella.
—Eso es típico de los hombres —respondió con
voz sedosa.
Era curioso, en presencia de aquel hombre en
particular estaba descubriendo otra faceta de sí misma que jamás
habría sospechado que existiera. Se sentía sensual y receptiva. De
hecho, mucho más receptiva y sensual de lo que se había sentido con
Eric Gallway. Disfrutaba con sus atenciones, pero, sobre todo,
disfrutaba de poder volver a sentirse enamorada. Bueno en realidad
no estaba enamorada de Kane pero desde luego, éste tenía la
capacidad dé hacerle sentirse toda una mujer.
Quizá, después de tanto tiempo, por fin
estuviera rompiendo la crisálida en la que durante tantos años
había vivido encerrada y estuviera comenzando a desplegar sus alas,
convirtiéndose en una nueva mujer, alejada para siempre de la
jovencita alegre y sencilla que había sido hasta entonces.
—O quizá —comentó con expresión pensativa—,
siempre hayas salido con mujeres que encajaban en un solo papel.
Mujeres atractivas, profesionales importantes, inteligentes y
seguras de sí mismas, pero incapaces de llevar una rutinaria vida
familiar, por ejemplo.
—Quizá —bebió un sorbo de champán y continuó
mirándola por encima del borde de su copa—. ¿Entonces crees que he
estado buscando en un terreno equivocado?
—¡Desde luego! —contestó Shannon alegremente.
Era extraño. A pesar del champán, se sentía como si no hubiera
bebido nada en absoluto.
—¿Y crees que debería intentar corregir mis
percepciones?
—Tienes que aprender a mirar más allá de la
superficie.
—A partir de ahora lo intentaré —contestó
Kane muy serio.
Se produjo entonces una repentina oleada de
actividad sobre la pequeña tarima circular que había en uno de los
extremos de la sala. Aparecieron sobre ella ocho hombres vestidos
de negro que rápidamente se dispusieron a tocar una pieza de jazz
que todo el mundo aplaudió con calor. Siguieron después con una
melodía más tranquila, creando un ambiente que pronto invitó a
bailar a un par de parejas.
Shannon estaba intentando demostrarle a Kane
lo mucho que estaba disfrutando de la música cuando una belleza
alta y morena se materializó al lado de su jefe y le dio unos
golpecitos en el hombro.
Se inclinó sobre él, de forma que su melena
azabache rozaba su camisa, exponiendo en el proceso, advirtió
Shannon, parte de su escote. Shannon sentía que el corazón le latía
de forma salvaje y tragó tan rápidamente el champán que acababa de
llevarse a los labios que terminó tosiendo de forma muy poco
elegante. No podía oír lo que aquella mujer estaba diciendo, pero
no hacía falta saber leer los labios para descifrar lo que
significaba el brazo que la morena dejaba descansar sobre el hombro
de Kane.
—¿Te importaría —preguntó la mujer,
dirigiéndose a Shannon—, que sacara a este hombre maravilloso a
bailar?
—Por supuesto que no —respondió Shannon con
los dientes apretados, diciéndose que, por ella, podría arrastrarlo
hasta el mismísimo fondo del infierno.
Pero Kane se volvió hacia la recién llegada y
se disculpó con una sonrisa de pesar. La morena se despidió,
dejando un «quizá más tarde» flotando entre ellos.
—Perdóname por no haberte presentado —le dijo
Kane, tendiéndole la mano a Shannon, de modo que a esta no le quedó
más remedio que aceptar un baile—, pero la música está muy alta y
no quería que Carole tuviera que dejar esperando a su compañero de
cena.
Estaban tocando otra lenta y sentida pieza de
jazz. Kane estrechó a Shannon contra él, posó la mano en su espalda
y comenzó a moverse.
—Ella no parecía tener ningún inconveniente
en hacerle esperar —señaló Shannon fríamente. Su mejilla descansaba
sobre el pecho de Kane, permitiéndole escuchar los firmes latidos
de su corazón.
—Bueno, quizá haya sido a mí al que no le ha
parecido bien hacerte esperar —repuso él contra su pelo.
Shannon se separó ligeramente de Kane para
mirarlo.
—No me hubiera importado.
—¿De verdad?
Shannon fue incapaz de sostenerle la mirada.
Era imposible no sentirse vulnerable y en desventaja, pensó, cuando
tenía que doblar prácticamente el cuello para mirarlo, como si
fuera una mujer esperando el beso de un amante.
—De verdad —respondió Shannon resueltamente—.
No me habría importado nada quedarme sentada disfrutando de la
música.
—Jamás se me ocurriría hacerte una cosa
así.
—¿Porque eres todo un caballero?
—Posiblemente.
La ambigüedad de su respuesta encendió un
destello de peligrosa excitación en Shannon. Destello que
rápidamente sofocó con el recuerdo de aquella morena.
—¿Y quién era? —le preguntó, al cabo de un
corto silencio, durante el cual el calor de sus cuerpos parecía
haberse incrementado considerablemente—. Si no quieres, no me
contestes, claro —añadió, en un tono de suprema indiferencia, como
si más que la curiosidad, hubiera sido el intento de iniciar una
conversación el que había motivado la pregunta.
Kane la estrechó ligeramente contra él, de
modo que sus cuerpos parecían fundirse. Shannon se
estremeció.
—Era una conocida del mundo de los
negocios... y una amiga.
—¿Una amiga? —preguntó Shannon con expresión
de inocencia—. Oh, la amistad es un bien tan precioso... ¿Os
peleasteis?
En aquella ocasión fue Kane el que se separó
para poder mirarla.
—Hace tiempo que dimos por terminada nuestra
relación —le contestó—. Y si lo que querías era averiguar qué tipo
de relación teníamos, ¿por qué no lo has preguntado?
Shannon se sonrojó violentamente y clavó la
mirada en los bolsillos de su camisa. Cuando estuvo segura de haber
recuperado una expresión aceptable, alzó la mirada y sonrió con
dulzura.
—Entiendo que tuvisteis una relación íntima,
y te aseguro que no estoy interesada en conocer más detalles.
—De todas formas, quizá no te importe conocer
algunos, ¿verdad? Como que conocí a Carole en el trabajo. Es
abogada y estuvimos saliendo durante unos meses a principios de
año, pero el tiempo demostró que no encajábamos en absoluto y
estuvimos de acuerdo en dar por terminada nuestra relación.
—Pues ella parecía estar más que dispuesta a
reiniciarla —dijo Shannon, sintiéndose fatal por haber hecho un
comentario tan malicioso.
Pero Kane no pareció ofenderse en
absoluto.
—Posiblemente, pero... —le colocó un mechón
de pelo detrás de la oreja y susurró:— cuando decido algo, nunca
cambio de opinión.
Afortunadamente, antes de que Shannon se
viera impulsada a hacer más preguntas, la pieza terminó y la joven
aprovechó aquel breve intervalo para mencionar la comida.
Durante la siguiente hora, estuvieron
hablando de temas poco comprometidos, como la música, Irlanda, o
las experiencias de Kane en otros países. La morena no volvió a
aparecer aunque Shannon la vio en brazos de un hombre alto y
atractivo, bailando en la pista de baile.
—¿Te estás divirtiendo? —le preguntó Kane,
inclinándose hacia ella.
Shannon contestó con una feliz
carcajada.
—Una comida fabulosa, buena música... ¡Claro
que me lo estoy pasando bien!
—En ese caso, ¿te importaría concederme otro
baile?
—Me temo que lo necesito, aunque solo sea
para quemar parte de las calorías que acabamos de meternos en el
cuerpo.
—Tonterías. No necesitas perder ni un solo
gramo de grasa.
—Eso lo dices porque no me has visto sin...
—se interrumpió bruscamente, sumiéndose en un embarazoso
silencio.
—No, pero te he sentido —respondió
Kane.
—¿Que tú qué?
—He sentido la forma de tu cuerpo a través
del vestido, y te aseguro que no tienes por qué vigilar lo que
comes.
Shannon observó con los ojos entrecerrados su
expresión de aparente inocencia.
—Me temo que coma lo que coma, nunca
alcanzaré las proporciones de la llamativa Carole —replicó, al
tiempo que llegaban a la pista de baile y sus cuerpos comenzaban a
moverse en perfecta sintonía.
—Es bastante alta y está muy bien dotada,
¿verdad? —preguntó Kane, riendo suavemente.
—Y además inteligente —añadió Shannon,
incapaz de resistirse.
—Sí, y también inteligente. Justo el tipo de
mujer con el que debería llevarme bien, de hecho. Una mujer de una
sola dimensión —rió de nuevo, haciéndole preguntarse a Shannon si
lo estaría haciendo a expensas de ella, pero cuando lo miró, volvió
a encontrarse con aquella expresión inocente—. De todas formas a
Eleanor no le gustaba. Y yo soy un hombre suficientemente anticuado
como para querer contar con la aprobación de mi hija antes de
iniciar una relación con una mujer.
—Eso no es ser anticuado. Eso es ser
considerado y compasivo. Yo sé que mi madre nunca habría
considerado la posibilidad de volver a casarse con un hombre sin
contar con nuestra aprobación.
—Una prueba imposible para cualquiera —gimió
Kane y Shannon se echó a reír.
—Lo sé. No es que nosotros no quisiéramos que
mi madre volviera a ser feliz...
—¡Pero gustarle a los siete! Seguro que tu
madre no volvió a casarse.
—No. Ha salido con algunos hombres. Continúa
siendo una mujer atractiva, pero siempre dice que está demasiado
ocupada como para añadir un nombre más a la lista de personas de
las que tiene que cuidar.
—Se preocupa por todos vosotros, ¿verdad? —
posó la mano en su nuca y la deslizó suavemente por su
cuello.
Shannon sentía cada uno de sus dedos como si
fuera una barra de hierro al rojo vivo contra su piel.
Afortunadamente, Kane no parecía consciente
de su reacción.
—Por supuesto que sí —contestó con voz
firme—. ¿Acaso no lo hacen todas las madres? Bueno, quizá esté
siendo demasiado ingenua, por supuesto que no todas lo hacen.
Nosotros hemos tenido una gran suerte con mi madre. Pero tú también
te preocupas de Eleanor, ¿verdad?
—Excesivamente, incluso —y continuaron
bailando en silencio.
Shannon ya había olvidado prácticamente
aquella conversación cuando, de camino hacia su casa, Kane volvió a
abordar nuevamente el tema de su familia. Parecía repentinamente
fascinado por su pasado. Shannon no lo advirtió. El champán ya
había hecho su efecto y estaba a punto de quedarse dormida a pesar
del esfuerzo que estaba haciendo por mantener los ojos
abiertos.
Apenas podía contestar las preguntas de Kane
sin bostezar, de modo que cuando Kane le hizo una pregunta vital,
apenas fue consciente de sus implicaciones. Asumió que era otra
pregunta más, como las que le había hecho sobre su familia, hasta
que su cerebro descifró el mensaje, haciéndole incorporarse
bruscamente y pedirle que le repitiera lo que acababa de
decir.
—He dicho —repitió Kane, con la mirada fija
en la carretera—, que deberías dejar de vivir en ese agujero que
tanto angustiaría a tu madre y venirte a vivir conmigo.
—¿Irme a vivir contigo? —era tan ridículo que
a Shannon le entraron ganas de echarse a reír—. ¿Es que te has
vuelto loco?
—Por supuesto que no. Me parece una
sugerencia perfectamente razonable— redujo la velocidad cuando se
aceraron a su edificio.
—¿Razonable? — prácticamente gritó
Shannon.
—Escúchame un momento. Esa pensión en la que
te alojas no es un lugar para vivir. Y tú misma estuviste de
acuerdo en que a tu madre le daría un ataque si viera las
condiciones en las que estás viviendo.
—Pero no las va a ver.
—De modo que la mejor solución sería que te
vinieras a vivir conmigo. Mi casa es suficientemente grande como
para alojar a una persona más. De hecho, podrías tener toda la
intimidad que necesitaras. Naturalmente, seguirías trabajando con
Eleanor las mismas horas que hasta este momento y cuando quisieras
salir una noche, Carrie se haría cargo de la niña.
—No, espera, un momento...
—Por supuesto, la situación solo se
mantendría, hasta que encontraras un sitio mejor y como yo no te
cobraría alquiler, podrías ahorrar muy rápidamente.
—No, eso está fuera de toda...
—Piensa en ello esta noche — Kane aparcó el
coche frente al edificio, salió y le abrió a Shannon la puerta—.
Hablaremos de ello el lunes a primera hora.
Y antes de que Shannon hubiera podido decir
una sola palabra más, estaba otra vez en su coche, esperando a que
Shannon entrara sana y segura en el edificio.
Capítulo 7
SHANNON no había oído una sugerencia tan
ridícula en toda su vida, pero sabía perfectamente los motivos por
los que se la había hecho Kane. Para él, la vida sería
infinitamente más fácil teniendo en su casa a una niñera que
pudiera satisfacer sus instintos sobreprotectores de padre.
¿Pero de verdad imaginaba que estaría
dispuesta a renunciar a su libertad y le agradecería aquella
oportunidad?
Su casa podía ser el lugar más indeseable de
la tierra, pero era suya y no tenía que mirar por encima del hombro
cada vez que estornudaba.
Shannon intentó imaginarse lo que sería vivir
bajo el mismo techo que Kane Lindley y no tardó en sentirse
sobrecogida por la sensación de que nunca iba a poder escapar a
aquel hombre. Como si no fuera ya suficientemente difícil intentar
no ser consciente de su presencia cuando estaba cuidando a Eleanor,
o tener que pasar de ser su secretaria a convertirse en su niñera
en el mismo día.
Y le importaba un comino la lógica de sus
razonamientos sobre la posibilidad de ahorrar algún dinero. La
lógica, se dijo con acritud, podía regir su vida. ¡Pero no iba a
regir la suya!
—Es una oferta muy sensata —le comentó Sandy
al día siguiente durante el almuerzo del que estaban disfrutando en
su casa—. De esa forma no tendrías que preocuparse por llegar tan
tarde a casa. Estarías más segura.
—Se supone que tú tienes que estar de mi
lado, Sandy —se quejó Shannon.
—Siempre puedes compartir casa, como hago yo.
De esa forma podrías vivir en un barrio mucho mejor. Y...
—¡Y tener a gente a mi lado, a todas horas!
Lo siento, necesito intimidad.
—Bueno, al fin y al cabo, él te ha dicho que
podrías disfrutar de toda la intimidad que necesitaras...
—Y las vacas vuelan. ¿Qué es esto? —sacó un
extraño objeto de su plato de pasta y lo levantó para
examinarlo.
—Oh, a Alfredo le sobraban un par de vieiras
así que he decidido añadirlas a la pasta.
—Un extraño aditivo, ¿no crees?
—No para alguien de gustos refinados. En
cualquier caso, estás cambiando de tema. Si esa casa es tan grande,
ni siquiera tendrás que verlo —la cocina fue de pronto invadida por
los compañeros de piso de Sandy. Era prácticamente imposible
mantener una conversación.
—Y, como él mismo te dijo —continuó Sandy,
completamente ajena a aquel caos—, podrás ahorrar muchísimo dinero.
De hecho, quizá no tengas que quedarte allí más de un par de meses.
Venga, y termina de comer. Estás adelgazando demasiado.
Después de disertar durante un buen rato
sobre las amigas que siempre deberían apoyarse la una a la otra en
vez de intentar llevarse la contraria, Shannon se permitió a sí
misma disfrutar de los recurrentes cotilleos que cada semana
compartía con su amiga.
Cuando el lunes regresó al trabajo, Kane
llamó para decirle que había sido convocado urgentemente a una
reunión, de modo que seguramente no lo vería hasta esa tarde, o
quizá hasta el día siguiente. No le había dejado ninguna nota
relativa a su conversación del sábado por la noche y Shannon se
preguntó si ya la habría olvidado. Quizá en aquel momento estaba
tan bebido que ni siquiera era consciente de lo que decía. Quizá
Kane fuera una de esas personas a las que aparentemente no afectaba
el alcohol, pero que después sufrían lagunas inexplicables en la
memoria.
Aquella idea la animó. Para las cinco de la
tarde, tras haber mantenido dos conversaciones telefónicas con Kane
durante las que este no había mencionado en ningún momento nada al
respecto, estaba ya segura de que se había olvidado por completo de
la cuestión. O quizá se hubiera dado cuenta de las implicaciones de
su oferta.
A juzgar por la belleza con la que se habían
encontrado en el club de jazz, Kane tenía su propia vida y quizá
hubiera llegado a la conclusión de que una joven irlandesa con una
marcada tendencia a decir lo que pensaba, podría llegar a ser un
estorbo.
Cuando aquella tarde cerca de las seis, llegó
a casa de Kane para hacerse cargo de Eleanor, encontró el coche de
su jefe en el camino de entrada a la casa. Antes de que hubiera
llamado a la puerta, esta se abrió y se encontró frente a Kane. Iba
vestido con unos pantalones de pana y una sudadera que, por lo
menos a los ojos de Shannon, le hacía peligrosamente
atractivo.
—Pensaba que habías dicho que tenías una
reunión —fue lo primero que le dijo cuando Kane se apartó para
dejarla pasar.
—Una de las cosas que más admiro de ti es tu
talento para pasar por encima de los convencionalismos sociales —le
respondió Kane.
—Bueno, no esperaba encontrarte aquí —replicó
Shannon, a modo de disculpa—. Has dicho que no nos veríamos hasta
mañana por la mañana.
—He dicho que quizá no nos veríamos hasta
mañana por la mañana.
—¿Dónde está Eleanor?
—Ha ido a pasar la noche a casa de una
amiga.
Shannon lo miró fríamente.
—En ese caso, ¿por qué no me lo has
dicho?
Kane le dirigió una irritante sonrisa.
—Me resultas encantadora cuando pretendes ser
cortante. Quizá sea por lo impropio que es de ti.
—En ese caso, no hago ninguna falta en esta
casa —respondió Shannon, haciendo caso omiso de su
comentario.
—¿Y de dónde sacas esa idea?
Shannon le dirigió la más fría de las miradas
y Kane respondió con un gesto burlón de rendición.
—De acuerdo. Todavía necesito que te quedes
aquí porque... porque tengo una visita que quiere verte. De hecho,
está esperándote en la cocina —comenzó a dirigirse a grandes
zancadas hacia la cocina, dejando a Shannon quitándose el abrigo a
toda velocidad mientras intentaba imaginarse de quién podría
tratarse.
—¿Qué visita? —consiguió sisear antes de que
hubieran llegado a la cocina.
Kane se detuvo tan bruscamente que Shannon
estuvo a punto de chocar contra su pecho.
—No creo que hagan falta las presentaciones.
Eso es todo lo que pienso decir. No quiero estropear la
sorpresa.
Se echó rápidamente a un lado para que
Shannon lo precediera y esperó tras ella mientras entraba en la
cocina y la visitante de Kane se levantaba con los brazos
abiertos.
—¡Mamá! ¿Qué estás haciendo aquí? —era
consciente de que Kane estaba tras ella y no le hizo falta mirar
hacia él para saber que había sido el responsable de que apareciera
su madre en escena.
Aquel repugnante manipulador solo tenía un
propósito en mente. Un propósito que no tenía nada que ver con una
tierna reunión entre una madre y su hija.
En respuesta, su madre la envolvió en un
enorme abrazo y la recorrió de los pies a la cabeza con la
mirada.
—Shannon, cuánto has adelgazado. Y no
intentes decirme que me equivoco —le advirtió su madre, dando por
zanjada de antemano cualquier posible discusión al respecto—. Estás
mucho más delgada y este amigo tuyo tan encantador tenía razón al
mostrarse preocupado —le dirigió al encantador caballero en
cuestión una mirada de complicidad.
Shannon tuvo que hacer un serio esfuerzo para
controlar las ganas de volverse para dar al amigo encantador en
cuestión un buen puñetazo.
—No es un amigo mío, mamá. Es mi jefe y no
tiene ningún motivo en absoluto para estar preocupado por mí. Y yo
misma se lo dije, así que espero que no haya cometido el error de
hacerte venir desde Irlanda por nada.
—No creo que el bienestar de mi hija no sea
nada —replicó su madre en tono recriminatorio—. Durante todo este
tiempo me has hecho creer que tu vida en Londres estaba siendo un
camino de rosas, Shannon. Y le agradezco a Dios que este joven haya
tenido la sensatez de llamarme para hacerme saber cómo estás.
El joven al que se refería su madre acababa
de acercarse y estaba tendiéndole a Shannon una taza de café.
—O quizá prefieras algo más fuerte, aunque es
un poco pronto para tomar un vino.
—Oh, a mi Shannon no le gusta beber. Con un
té las dos tendremos más que suficiente. Y después tendremos una
pequeña conversación sobre algunas cuestiones.
—Muy sensato —se mostró de acuerdo Kane,
ignorando la mirada asesina de Shannon.
—¿Sobre qué cuestiones, mamá? —preguntó
Shannon con un hilo de voz.
—¿Por qué no vais al salón mientras yo os
preparo el té? —sugirió Kane con una odiosa sonrisa—. Os lo serviré
con las deliciosas pastas con mantequilla que ha traído Rose.
¿Rose? ¿Qué familiaridades eran esas?
—Qué casa tan adorable, ¿no te parece? —le
comentó Rose a la cada vez más estupefacta Shannon mientras se
dirigían hacia el salón—. Kane me ha enseñado toda la casa y tengo
que decir que es preciosa. Es increíble encontrar un lugar tan
tranquilo en medio de tanto ruido y tanta polución.
—¿Te ha dado una vuelta por toda la casa?
¿Pero cuánto tiempo llevas aquí, mamá?
—Oh, he llegado a las once y media de la
mañana, cariño. Y, de verdad, estás muy demacrada. No has estado
comiendo bien, ¿verdad? Y yo que pensaba que eras suficientemente
adulta como para cuidar de ti misma. ¿No te dije yo que era un
error que vinieras sola a Londres, que no deberías alejarte de la
familia?
—Pero mamá...
—Nada de peros, Shannon —se sentó con las
manos educadamente cruzadas en el regazo.
—Kane no tenía ningún derecho a ponerse en
contacto contigo.
—Tenía todo el derecho del mundo, hija mía. Y
es una suerte que hayas encontrado a alguien en esta ciudad que se
preocupe por tu bienestar. Me ha explicado lo preocupado que está
por el estado de tu vivienda.
—Mi vivienda está perfectamente, mamá —
protestó Shannon con un hilo de voz.
—Eso tendré que juzgarlo yo misma, Shannon.
Kane me ha sugerido que lo mejor que podría hacer es ir a ver tu
casa.
Las últimas intenciones de resistirse de
Shannon sucumbieron bajo la mirada implacable de su madre. Se hizo
un minuto de silencio mientras Shannon contemplaba las
consecuencias de la visita de su madre a su casa.
No tuvo oportunidad de dar rienda suelta a su
furia ante el instigador de todo aquello hasta mucho más tarde,
cuando su madre estaba ya cómodamente instalada en una de las
habitaciones para invitados de casa de Kane.
—Eres... eres ¡eres una auténtica rata!
—estalló Shannon, irrumpiendo en la cocina para encontrarse con un
tranquilo y frío Kane.
—¿Te apetece un café, una copa?
—¡No quiero ni un café ni una copa! —lo
fulminó con la mirada—. ¿Cómo te atreves a traer a mi pobre madre
hasta aquí para salirte con la tuya?
—Siéntate, parece que estás a punto de
explotar —le dijo con un tono irritantemente comprensivo. Señaló
una de las sillas de la cocina.
Shannon se dejó caer en ella con un sonido
atragantado.
—¿Y ahora crees que podremos hablar de esto
como dos personas adultas? —él estaba tomando una copa de oporto y
parecía completamente sereno—. ¿Estás seguro de que no quieres
tomar un oporto, mi pequeña abstemia? —chasqueó la lengua con un
sonido de desaprobación—, mira que dejar que tu madre pensara que
odiabas el alcohol...
—Tomaré una copa de oporto —replicó Shannon
entre dientes—, si me dejas tirártela por la cabeza.
Kane sacudió la cabeza y sirvió una
copa.
—Estás siendo muy infantil, Shannon. Tienes
que admitir que tu madre comparte completamente mi punto de vista,
¿y no te alegras de que esté conforme con dejarte vivir en mi casa
hasta que encuentres un lugar más respetable? Ya se lo he contado
todo a Eleanor y está encantada con la idea de que te sumes a la
familia, en vez de irte a vivir sola.
—¡Mi vida no es asunto tuyo! No tienes ningún
derecho a...
—Sé que no te gusta aceptar ayuda de nadie,
pero a veces, dejarse ayudar demuestra una gran fuerza de carácter.
Si te pone nerviosa la idea de vivir en mi casa...
—¿Nerviosa? ¿Por qué demonios va a ponerme
nerviosa?
—No lo sé. Quizá creas que puedan cambiar las
cosas entre nosotros. Que nuestra relación deje de ser la habitual
entre una secretaria y un jefe...
—No creo nada parecido —replicó Shannon
fríamente.
—¿Entonces por qué te cuesta tanto dejar que
te ayude durante un mes o dos, hasta que encuentres algo mejor? Tu
libertad no sufrirá ninguna merma. Y no pienso aprovecharme de tu
buen talante... —se interrumpió y se frotó la barbilla don gesto
pensativo—. Podrás salir y entrar cuando quieras.
—¿Cómo convenciste a mi madre para que
viniera a Londres? ¿Y cómo te enteraste de dónde vive?
—Nuevamente, tu informe es la respuesta a la
segunda pregunta. Y, para contestara la primera, solo puedo decirte
que simplemente le pedí que viniera a ver como estabas.
—Eres sencillamente repugnante.
—A tu madre no se lo he parecido.
Shannon lo miró con los ojos
entrecerrados.
—Sí, posiblemente esté sufriendo los primeros
síntomas de la demencia senil.
—Pues el caso es que a tu madre le he
parecido una persona muy sensata y amable, como ella misma ha dicho
en varias ocasiones si mal no recuerdo...
Shannon se preguntó cómo iba a poder vivir
más de una semana en compañía de una persona que tenía la dudosa
virtud de crisparle los nervios. Porque lo más terrible de todo era
que no le iba a quedar más remedio que mudarse a su casa.
Su madre había reaccionado tal como era
previsible cuando había visto el lugar en el que vivía; se había
comportado como si el mero hecho de que su adorada hija viviera en
un lugar como aquel fuera poco menos que un pecado mortal.
—Bueno, en el caso de que venga a vivir
aquí...
—Querrás decir, cuando vengas a vivir
aquí.
—Pretendo dejar claras unas cuantas cosas
—continuó Shannon, ignorando su interrupción—. En primer lugar, no
puedo trabajar horas extra como secretaria. En segundo lugar, no
quiero que nadie esté pendiente de lo que haga o deje de
hacer.
—¿Es que tienes intención de hacer algo que
pueda tentarme a estar pendiente de ti?
—Y, en tercer lugar, me gustaría poder salir
y entrar sin tener que pedirle permiso a nadie. Ah, y cuarto, te
pagaré algo de alquiler.
—No me vas a pagar absolutamente nada.
—No me gusta aceptar favores de nadie —le
informó Shannon fríamente.
—¿Por qué no? A veces hay que saber valorar
las oportunidades que se nos brindan. Uno de los consejos más
importantes que puedo darte es que intentes mirar las cosas a largo
plazo.
—No creo haberte pedido ningún consejo.
—Si yo no hubiera aceptado algunos consejos,
ahora mismo no estaría donde estoy.
Shannon lo miró con recelo.
—No puedo imaginarte aceptando consejos de
nadie —musitó.
—Humm. Para no gustarte el alcohol, yo diría
que te has tomado esa copa en un tiempo récord. ¿Quieres otra?
—Kane le dirigió una sonrisa traviesa—. ¿Cuando estabas en Irlanda
no bebías?
—Claro que bebía. Pero nunca en casa.
—¿Y qué otros secretos le has estado
ocultando a esa madre tan encantadora que tienes? ¿Está informada
acaso de la vida salvaje e irresponsable que llevas en
Londres?
—¡Yo no llevo una vida salvaje e
irresponsable! Y además, deja de meterte en mi vida.
—Tienes razón —se levantó y flexionó el
brazo—. Me estoy comportando como un viejo entrometido —añadió con
una devastadora sonrisa de disculpa.
¿Esperaba acaso que se lo tragara?, se
preguntó Shannon. Sus palabras insinuaban que era un pobre e
indefenso entrometido al que debería seguir la corriente. ¡Ja!
Aquella descripción de sí mismo no podía estar más lejos de la
verdad y ambos lo sabían.
—Es cierto —mintió Shannon con dulzura—. Y,
personalmente, no se me ocurre nada peor que un viejo
entrometido.
A Kane no le importó en absoluto que se lo
dijera.
—Supongo que —continuó diciendo Shannon—,
cuando una persona llega a cierta edad solo puede divertirse
metiéndose en las vidas de los demás, aunque a veces no se dé
cuenta de lo irritante que eso puede llegar a ser.
—En eso tienes razón —admitió Kane, pero
antes de que Shannon hubiera podido disfrutar de aquella pequeña
victoria, añadió en voz más baja:— la próxima vez que vea a Rose,
me acordaré de preguntarle si cree que soy un viejo entrometido sin
nada que hacer — rió para si, como si se estuviera acordando de
algo particularmente agradable—. Quizá ella pueda intentar ayudarme
a aliviar mi pobre ego.
Mientras Shannon intentaba encontrar una
respuesta suficientemente cortante, Kane se dirigió hacia la puerta
de la cocina y antes de salir, le dijo por encima del hombro:
—Ah, por cierto, se me había olvidado
comentarte que le he dicho a tu madre que te he dado un par de días
libres para que puedas hacer la mudanza y salir con ella a
enseñarle la ciudad. Y no hace falta que me lo agradezcas —y antes
de que Shannon tuviera oportunidad de arremeter contra él, salió de
la cocina.
—No sé cómo has podido creerte todo lo que te
ha dicho Kane Lindley —le comentaba Shannon malhumorada a su madre
dos días después.
Estaban en el aeropuerto, esperando a que
anunciaran la próxima salida del vuelo de su madre.
—No seas tonta, Shannon. No me he dejado
engañar por nadie. Kane ha decidido protegerte y creo que es una
persona de absoluta confianza.
—¿Por qué, mamá? ¿Por qué tienes que confiar
tanto en él?
—Porque es un auténtico caballero,
hija.
—Cuando le conviene.
—Y Eleanor es una niña encantadora. Y ya he
visto el cariño que te tiene — Rose sonrió a su hija con calor—.
Siempre te han gustado mucho los niños. Estoy segura de que te
sentará bien vivir en esa casa durante una temporada. Podrás comer
adecuadamente y ahorrar algún dinero que te permita vivir un poco
mejor.
—Siempre y cuando no te pongas al borde de la
histeria cuando te diga que me voy a ir de casa de Kane —le
advirtió Shannon—. Y supongo que eres consciente de que no voy a
poder alquilar una casa como la de él, ¿no? Tendré que alquilar
algo mucho más pequeño.
—Que sea más pequeña no quiere decir que
tenga que estar en un barrio peligroso y lúgubre.
Kane parecía haberle lavado el celebro a su
madre, pensó Shannon desolada. Sin embargo, a medida que fueron
pasando los días, Shannon tuvo que reconocer que Kane estaba siendo
fiel a su palabra. Carrie continuaba yendo a buscar a Eleanor al
colegio y desde el primer día le pidió a Shannon que le comunicara
sus posibles salidas nocturnas para que pudiera quedarse cuidando a
la niña.
Tampoco se sintió obligada a ir con Kane por
las mañanas al trabajo, como este educadamente le ofreció. Kane
salía de casa antes de las siete y Shannon solía hacerlo una hora
después. En la oficina su conducta era estrictamente profesional. Y
al menos durante el tiempo que allí llevaba, tampoco habla habido
ninguna intromisión en su vida personal.
Entre tantas novedades, Shannon no volvió a
acordarse de la representación de Navidad hasta que Eleanor se lo
recordó una mañana antes de irse al colegio.
—Espero que no te hayas olvidado de lo de
esta tarde —fue lo primero que dijo Shannon cuando, llegó aquella
mañana a la oficina y encontró a Kane sentado a su mesa.
—¿Qué tenemos esta tarde?
—La obra de Eleanor.
—Maldita sea.
—Me temo que se va a llevar una gran
desilusión si no vas a verla —le dijo Shannon quedamente—. Yo había
organizado toda tu agenda para que no tuvieras ninguna reunión esta
tarde. Y la verdad, tengo que decirte que a mí también me
decepcionas. No sé cómo has podido olvidarte de una cosa así, por
el amor de Dios.
No había terminado de decirlo cuando ella
misma fue consciente del tono doméstico que estaba tomando esa
conversación. Parecían una pareja hablando de asuntos familiares en
vez de una empleada y su jefe.
Intentando ocultar el rubor que cubría sus
mejillas, Shannon se quitó el abrigo y se entretuvo algunos
segundos colgándolo. Cuando se volvió de nuevo hacia él, estaba ya
más tranquila.
—Era una broma —le dijo entonces Kane,
levantándose.
—¿Qué?
—Que era una broma. Claro que me acuerdo de
que hoy es la representación. Hace unos meses quizá lo hubiera
olvidado, pero hace ya tiempo que he dejado de ser un padre ausente
—esperó a que Shannon se sentara para girar entonces su silla y
posar los brazos a ambos lados de la silla—. De hecho, he comenzado
a encontrar bastante apetecible a nuestras rutinas
domésticas.
La proximidad de Kane comenzaba a debilitar
todas las defensas de Shannon.
—Nosotros no compartimos ninguna rutina
doméstica —negó temblorosa, como si estuviera sintiéndose culpable
al negar una evidencia.
—Claro que sí. Cuando llego a casa, siempre
estás con Eleanor, preparando la cena, y me encanta disfrutar de
ese rato de conversación familiar.
—¡Conversación familiar! ¡No seas
ridículo!
Kane arqueó una ceja con un gesto muy
elocuente.
—Saldremos a las tres, ¿crees que tendrás
tiempo de cambiarte antes de ir al colegio?
Tras haber hecho verdaderos estragos en el
sistema nervioso de Shannon, volvía a asumir el papel de jefe
hablando con su empleada. La miraba con la cabeza inclinada,
esperando una pronta respuesta.
Shannon apenas pudo farfullar una afirmación
y ni siquiera el trabajo, que normalmente la ayudaba a olvidarse de
todo, salvo de lo que tenía literalmente frente a ella, consiguió
tranquilizarla. Su mente se negaba a concentrarse e insistía en
escapar de sus riendas y galopar felizmente por el territorio de la
salvaje imaginación de Shannon.
A las tres de la tarde, cuando ambos deberían
haber continuado en el trabajo, regresaron a casa.
—Me siento como si estuviera haciendo
novillos —comentó Kane.
—Yo también —admitió Shannon.
—¿Crees que el jefe nos descubrirá?
Shannon soltó una carcajada al oírlo. Aquello
era lo que más la desconcertaba de Kane. Su sorprendente capacidad
para hacerle reír cuando normalmente era él el responsable de que
estuviera de mal humor.
—Es posible —contestó, siguiéndole el juego—.
¿Qué crees que deberíamos hacer si nos descubriera?
—No sé, ¿arrojamos a sus pies y pedirle
perdón? O quizá fingir que llevarnos mal los relojes y que creíamos
que eran las cinco y media.
—Sí, puede estar bien — la miró de reojo—. Al
fin y al cabo, nuestro jefe es considerado como el hombre más justo
y generoso del mundo. Un verdadero parangón entre los ejemplares
del sexo masculino.
—Es curioso, sabía de antemano que ibas a
llegar a una conclusión parecida — Shannon volvió a reír.
El resto del trayecto lo hicieron en un
agradable silencio, roto únicamente por algún que otro comentario
sin importancia que no derivó nunca a terrenos más
peligrosos.
Shannon encontró gratificante arreglarse para
ir a la función del colegio. Teniendo tantos hermanos, había ido a
muchas representaciones parecidas, pero nunca lo había hecho en
calidad de adulta. Se puso una falda verde y negra, un jersey de
color verde botella y unas botas altas, todas ellas prendas que
había comprado después de haber empezado a trabajar para Kane. Se
cepilló el pelo hasta hacerlo y brillar y se lo echó hacia atrás,
sujetándolo con dos pasadores de carey. Cuando Kane le dijo que
estaba perfecta, se sintió extraordinariamente complacida.
La función también fue perfecta. Eleanor no
olvidó ni una sola frase de su papel, que por cierto, no tenía
muchas. Y, durante la merienda, Shannon estuvo contando algunas
experiencias sobre funciones escolares y los desastres de algunos
miembros de su familia. Cuando hablaba, se sentía revivir;
experimentaba la misma emoción que cuando era niña y se preparaba
el disfraz para participar en una de aquellas representaciones. Sus
ojos resplandecían cuando miraba a Kane y lo descubría mirándola
fijamente, totalmente cautivado por aquellos relatos. Incluso él se
animó a contar algunas anécdotas de su infancia.
Eleanor miraba a su padre asombrada, como si
la sorprendiera que alguna vez hubiera sido un niño. Probablemente,
para ella su padre desde siempre había sido un hombre adulto y
maduro.
Después de una tarde como aquella, no fue
extraño que, tras llegar a casa y acostar a Eleanor, continuara
aquel viaje por el mundo de los recuerdos. Y también pareció
natural mencionar a la esposa de Kane mientras disfrutaban de una
taza de café. Shannon pensaba que se iba a negar a hablar de ella,
pero no, Kane habló de su mujer y de cómo se habían enamorado nada
más verse.
—Pero en realidad —comentó Kane con aire
pensativo—, cuando miro al pasado, me pregunto a veces si nuestra
relación habría podido prosperar. Normalmente no me gusta aburrir a
la gente con detalles sobre mi vida privada, pero... — sus miradas
se entrelazaron y a Shannon se le aceleró el pulso—, ¿qué puedo
decirte? Nos conocimos y en menos de un año Annette estaba
embarazada. A veces pienso que ni siquiera nos conocíamos de
verdad.
—¿Por qué dices eso?
—Annette se quedó destrozada cuando se enteró
de que estaba embarazada —contestó Kane sombrío—. No había sido un
embarazo planificado y yo creo que temía que sus días de diversión
hubieran terminado. Creo que también le daba mucho miedo que su
cuerpo se transformara. Yo siempre había dado por sentado que para
una mujer el embarazo era un motivo de felicidad —miró a Shannon
fijamente, como si estuviera esperando una respuesta.
—Supongo que no para todas. Pero para mí sí
—sonrió suavemente—. Tiene que ser maravilloso tener un bebé
creciendo en tu interior, sentirlo, estar esperando a que
aparezca...
—Imaginaba que tú lo verías así —y tras unos
segundos de silencio añadió:— En ti hay algo de niña y al mismo
tiempo eres una mujer extraordinariamente femenina.
—¿Qué quiere decir eso? —preguntó riendo,
intentando aliviar la cargada atmósfera que comenzaba a creerse
entre ellos.
Pero no era capaz de apartar los ojos de los
de Kane y al final la risa murió en su garganta.
—Supongo que es otra forma de decir que eres
sexy.
Sexy, sexy.
Sexo.
Con el hombre que estaba sentada frente a
ella.
Shannon se humedeció los labios y Kane
observó aquel gesto inconsciente de nerviosismo, lo que la puso
todavía más nerviosa. Nerviosa, pero excitada.
Entonces Kane se inclinó hacia adelante para
acortar los pocos centímetros que los separaban y Shannon cerró los
ojos mientras sus labios se rozaban.
Capítulo 8
AQUELLO era lo que Shannon había estado
esperando. Y lo supo en el instante en el que Kane la besó. Fue un
beso lento, prolongado. Kane la saboreaba, exploraba su boca con la
lengua al tiempo que le sostenía suavemente la cabeza, acercándola
a él. Shannon apenas era consciente de la mesa de madera que los
separaba mientras se inclinaba hacia él y se hundía en las
profundidades de su boca. Cuando al final se separaron, descubrió
que estaba temblando.
Abrió los ojos y descubrió que Kane la estaba
mirando.
—¿Qué? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué has parado?
—se inclinó hacia adelante y volvió a cerrar los ojos, pero Kane
posó un dedo sobre sus labios.
—Tenemos que hablar.
¿Hablar? ¿Cómo se le ocurría pensar en hablar
en un momento como aquel?
—¿Por qué? ¿Por qué tenemos que hablar?
Kane se reclinó en la silla y cruzó los
brazos por detrás de la cabeza.
—Mira, si no quieres, si tú... Si yo no te
gusto...
Shannon se sentía al borde de las lágrimas,
pero no iba a ceder a ellas. Era evidente: si Kane realmente la
deseara como ella lo deseaba a él, no habría retrocedido y no
estaría mirándola en ese momento y diciéndole que tenían que
hablar.
Shannon se levantó y Kane le dijo con voz
queda:
—Siéntate, Shannon.
—¿Y si no me siento? ¿Qué piensas hacer?
¿Arrastrarme hasta la mesa de la cocina?
—Exactamente.
En respuesta, Shannon se apartó de la mesa de
la cocina y comenzó a caminar a grandes zancadas hacia la puerta.
Los ojos le dolían del esfuerzo que estaba haciendo para contener
las lágrimas. Qué ironía, se decía, Eric Gallway, el hombre al que
en otro tiempo había considerado el amor de su vida, nunca había
sido capaz de despertar en ella una respuesta parecida. Su
seducción había sido intensa, breve y pulida y su técnica para
intentar que se acostara con él estaba al mismo nivel.
Pero cuanto más intentaba avivar las llamas
de la pasión, más retrocedía Shannon, convencida de que eran sus
principios los que la impedían dar ese paso. Creía realmente que no
sería capaz de acostarse con nadie antes del matrimonio.
¡Pero en aquel momento había perdido de vista
todos sus principios morales! Todos y cada uno de sus principios se
habían desvanecido y sabía, sin ninguna sombra de duda, que la
razón era que lo que sentía por Kane Lindley no se parecía en nada
a lo que había sentido por Eric Gallway. Que lo que sentía por Kane
era algo fuerte, intenso y verdadero... porque estaba enamorada de
él.
Sintió la mano de Kane en su muñeca sin haber
sido consciente siquiera de que se había levantado.
Shannon se quedó petrificada donde estaba;
sabía que sería absurdo intentar resistirse.
—¡Muy bien, habla si quieres! —estalló—. ¡Di
lo que tengas que decir!
—Pero no aquí.
—¿Por qué? ¿Qué importancia puede tener el
lugar en el que hablemos?
—Vamos al salón —replicó, y sin darle tiempo
a contestar, la condujo hasta allí y no la soltó hasta que ambos
estuvieron sentados en el sofá.
Estaban tan cerca que Shannon desterró
inmediatamente cualquier posibilidad de salir huyendo. La corta
distancia que separaba la cocina del salón le había bastado para
considerar sus opciones. Se limitaban básicamente a dos: intentar
huir, con lo cual saldría de la situación con la dignidad más
herida de lo que hasta ese momento la tenía, o enfrentarse a su
rechazo con toda la frialdad y la serenidad que fuera capaz de
reunir.
—¿Por qué no nos olvidamos de lo que ha
pasado? —sugirió, con la mirada fija en la chimenea.
Le resultaría mucho más fácil mantener sus
defensas si conseguía ignorar al hombre que estaba sentado a su
lado. Desgraciadamente, sentía la intensidad de la mirada de Kane
sobre ella. Y era, también, desgraciadamente consciente de que
estaba viendo a una mujer sonrojada y temblorosa. Una imagen muy
alejada de la serenidad y el dominio de sí misma que quería
proyectar.
—¿Por qué?
—Porque los dos somos adultos y deberíamos
ser capaces de asumir nuestros errores.
—¿Estás insinuando que considero un error lo
que ha pasado?
—¿Y no es cierto? —Shannon se volvió para
mirarlo—. ¿Entonces por qué has parado?
—Porque necesitaba asegurarme de que lo que
estaba ocurriendo no iba a terminar siendo un error para ti.
—Muy amable por su parte, señor Lindley —le
espetó cortante—. ¿Pero qué me dices de ti? ¿Qué ocurriría si
fueras tú el que te equivocaras?
—Yo soy capaz de enfrentarme a mis
errores.
—¿Y yo?
—No si tu experiencia con Eric Gallway es
representativa de algo.
Allí estaba otra vez, pensó Shannon
desesperada. Incluso al borde de la pasión tenía que mostrarse tan
considerado. ¿Lo haría con todas las mujeres o solo con ella porque
la creía incapaz de cuidar de sí misma?
Shannon rió con amargura:
—Desde luego, sabes cómo apagar la
pasión.
—¿Ah, sí? ¿Eso es lo que he hecho? Porque mi
pasión sigue todavía viva.
—¿De verdad? —preguntó Shannon con
sarcasmo.
—¿Por qué no lo averiguas por ti misma?
Shannon dejó escapar un estrangulado gemido,
viéndose de pronto atrapada en toda la extensión de su
inexperiencia. Se aclaró la garganta mientras todo su cuerpo se
resistía a cualquier intento de sofisticación y continuaba ardiendo
ante la posibilidad de tocarlo.
Kane le tomó delicadamente la mano y la posó
en su regazo, de forma que no quedara ningún error sobre su grado
de excitación.
—¿Has conseguido averiguarlo? —le preguntó
con voz ronca. Shannon asintió.
—Qui ... quizá deberíamos hablar —consiguió
farfullar, aunque sus cuerdas vocales apenas eran capaces de
pronunciar una sola palabra.
—Quieres hacer el amor conmigo, ¿verdad? Lo
sé. Puedo sentirlo. Lo huelo. Y yo también quiero hacer el amor
contigo. Pero sé que cuando lo hagamos, una sola vez no va a ser
suficiente.
Las palabras de Kane se filtraban en la mente
de Shannon, amortiguando sus pensamientos.
—¿Lo que estás diciendo es que quieres tener
una aventura conmigo? —susurró.
—Más que eso.
Durante una décima de segundo, Shannon se
sintió sobrecogida por una desbordante sensación de júbilo,
mientras se dibujaba en el horizonte la posibilidad del matrimonio.
Casarse con Kane Lindley, compartir con él semanas, meses, años
interminables de amor, tener hijos...
—Quiero que sepas que podríamos llegar a ser
amantes —añadió Kane, poniendo fin a sus sueños.
—¿Amantes? ¿Durante cuánto tiempo?
—Esa es una pregunta para la que no tengo
respuesta, Shannon —dijo con voz delicada—. Pero no puedo hacerte
promesas de amor, ni asegurarte una feliz boda que, además,
posiblemente te resultaría imposible aceptar.
Las palabras de Kane fueron como un jarro de
agua helada para Shannon, que tardó algunos segundos en recobrar la
compostura.
—Sí —dijo , cerrando los ojos—. Sí, sí,
sí.
—¿Sí qué? ¿Quieres decir que te resultaría
imposible aceptar?
Shannon abrió los ojos para mirarlo y sintió
que le faltaba la respiración al pensar en todas las cosas que
jamás podrían compartir. Pero Kane tenía razón, la vida era dura,
no había en ella lugar para finales felices. Lo único que podía
esperar era atrapar los retazos de felicidad que le ofrecieran y
dejar que sus sueños se las arreglaran solos.
—Sí, seré tu amante —«porque te amo», añadió
en silencio. Y porque la alternativa era dar la espalda a todo
aquello que su corazón necesitaba y anhelaba.
Kane sonrió y le apartó un mechón de pelo de
la frente. Shannon le tomó la mano y la sostuvo contra su
mejilla.
—¿Estás segura, cariño?
—Completamente segura.
Se inclinó hacia delante y abrió la boca
contra sus labios, tomando la iniciativa para acallar cualquier
otra posible pregunta sobre el tema. Sabía lo que estaba haciendo y
estaba dispuesta a asumir las consecuencias.
Aquel fue un beso dulce y salvaje y cuando
Shannon presionó la mano contra Kane para comprobar su efecto, lo
sintió agitarse contra ella, con una pasión idéntica a la suya.
Cuando la boca de Kane abandonó sus labios, Shannon se arqueó
contra él y gimió de placer mientras Kane trazaba con la lengua un
húmedo camino por su cuello, deteniéndose para saborear el lóbulo
de su oreja.
—¿Qué quieres que haga, Shannon? —preguntó
con voz ronca y temblorosa—. ¿Qué es lo que te gusta?
—No sé —susurró en respuesta—. Pero esto está
bien.
—¿Solo bien? — Kane rió suavemente en su
oído, haciéndole estremecerse.
—Bueno, ¿maravilloso te parece mejor?
—De momento sí.
Kane deslizó la mano bajo el jersey de
Shannon y dibujó delicadamente el perfil de su sujetador para
descender después por su estómago y detenerse en la cintura de la
falda. Reanudó a continuación la exploración alzando la mano por
sus piernas hasta llegar a la barrera de sus muslos, que intentó
separar suavemente con los dedos.
—Y ahora, quiero que te desnudes —susurró—.
Muy despacio. Quiero saborear con la mirada cada centímetro de tu
piel.
Shannon se levantó y lo observó mientras él
la miraba a su vez. ¿Quería que hiciera un striptease? Pero en vez
de ponerse nerviosa ante aquella posibilidad, se sentía
desenfrenadamente erótica. Fue levantándose lentamente el jersey
hasta sacárselo por encima de la cabeza y lo dejó caer al suelo.
Después, se bajó la cremallera de la falda y cuando ésta cayó al
suelo, la apartó con un rápido movimiento del pie. Se inclinó
después para desatarse los cordones de las botas y deshacerse de
ellas. Hasta entonces, nadie la había visto desnuda.
La excitación palpitaba en su interior; era
como una ola de lava ardiente que la sacudía mientras entrelazaba
su mirada con la de Kane.
Ya solo llevaba encima la ropa
interior.
Abrió el broche del sujetador y dejó que se
reuniera con el resto de su ropa. Instintivamente, deseaba cubrirse
los senos en un gesto de pudor, pero el deseo que reflejaba el
rostro de Kane era inmensamente excitante. De modo que caminó hacia
él y se sentó en su regazo de forma que los pezones quedaran a la
altura de sus labios.
Con un suave gemido, Shannon hundió los dedos
en su pelo y bajó la mirada mientras él succionaba alternativamente
los pezones y los acariciaba con la lengua. Las explosiones que se
desataban en su interior comenzaban a adquirir tal fuerza que, por
un instante, creyó que no iba a poder soportarlo ni un segundo
más.
—No te preocupes —susurró Kane—. Iré muy
despacio.
Mientras continuaba lamiendo sus pezones,
erguidos y endurecidos por la humedad de su boca, fue descendiendo
con la mano por su vientre hasta llegar al borde de la braga. Una
vez allí, presionó delicadamente el montículo que la joven escondía
entre sus muslos. Shannon jadeó y comenzó a moverse contra su mano,
echando la cabeza hacia atrás y entreabriendo los labios mientras
gemía de placer.
—¿Te gusta que te toque ahí? —gimió Kane su
oído—. Te conozco, Shannon. Y sé que ya estás preparada para mí —
la dejó suavemente en el sofá y se levantó para empezar a
desnudarse.
Era tan atractivo como Shannon había
imaginado. Cuando se quitó la camisa, Shannon pudo darse cuenta, en
febril excitación, de la perfecta definición de sus músculos. La
anchura de sus hombros realzaba la estrechez de su cintura y sus
caderas y cuando se irguió, en orgullosa desnudez, los ojos de
Shannon volaron hacia su miembro, erguido en una impetuosa
erección.
Shannon deseaba tocarlo tan terriblemente que
alargó el brazo hacia él. Mientas lo acariciaba, lo sintió
estremecerse de placer.
Kane hundió los dedos en su pelo y Shannon se
sentó, obedeciendo su silenciosa súplica, para tomar su sexo con
los labios.
—Sí, querida, sí — Kane controlaba el ritmo
de sus movimientos con la mano que posaba en su cabeza—. ¿Dónde has
aprendido todo eso? —le preguntó con una risa suave.
Shannon se estiró entonces en el sofá,
alzando provocativamente los brazos por encima de su cabeza.
Kane le quitó la braga, pero en vez de
reunirse con ella en el sofá, observó su cuerpo desnudo. Shannon
abrió las piernas ligeramente, lo suficiente para permitirle
vislumbrar el rincón secreto de su feminidad.
Se devoraron el uno al otro con la mirada
durante lo que a Shannon le pareció una eternidad. Empezaba a
pensar que ya no iba a ser capaz de seguir soportando aquella dulce
tortura cuando Kane se arrodilló, se inclinó hacia ella y le hizo
abrir los muslos para hundir entre ellos su boca.
—Tú me has saboreado a mí —le dijo, mirándola
a los ojos y riéndose al verla sonrojarse—. Ahora me toca a
mí.
Kane fue separando delicadamente los pliegues
henchidos que protegían su feminidad hasta dejar al descubierto una
pequeña protuberancia sobre la que posó la lengua, aplicando una
delicada presión que hizo gritar y retorcerse a Shannon contra su
boca.
Hundió los dedos en su pelo y la delicada
presión fue dando paso a las caricias.
Kane se hundió en ella con tanta fluidez que
Shannon no sintió ni el más ligero síntoma de incomodidad. Su
cuerpo estaba abierto y listo para él. Las lentas embestidas de
Kane, que poco a poco fueron haciéndose más rápidas e intensas, la
arrastraron hasta un repentino clímax que pareció dudar una
eternidad.
El cuerpo de Shannon parecía tener vida
propia; Kane le acariciaba delicadamente los muslos, como si
estuviera intentando tranquilizar a un caballo desbocado. Después,
fue dibujando en círculos la línea de sus senos, hasta llegar a los
rosados pezones.
—Creo que me he hecho adicto a ti —musitó con
voz ronca.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Quizá debería intentar averiguarlo.
Rió suavemente y la levantó para que
comprendiera lo que quería y Shannon terminó colocada en una
aventajada posición desde la que podía ver la lengua de Kane
acariciando el rincón más sensible de su feminidad.
Bastaron unas caricias para hacerle tensarse
mientras Kane hundía un dedo en su interior al tiempo que su lengua
continuaba frotando y acariciándola hasta provocarle un orgasmo tan
poderoso y estremecedor como el primero.
En aquella ocasión, cuando por fin terminó
tumbada a su lado, Shannon estaba agotada. Maravillosamente
agotada. No podía pensar en nada y se habría quedado dormida si
Kane no le hubiera dicho con infinita delicadeza:
—Creo que ya es hora de irse a la cama.
—¿Ya? — suspiró con languidez.
—A mi cama —contestó él.
—¿Y qué va a decir Eleanor?
—Eleanor está completamente dormida. Y,
puesto que yo soy el jefe, tienes que cumplir mis órdenes — acunó
su seno con la mano mientras acariciaba su pezón erguido con el
pulgar.
—¿Estás insinuando que no tengo otra opción?
—bromeó.
—Exacto.
Shannon obedeció entre risas. No se había
sentido más viva en toda su vida. Y el saber que aquello solo era
el principio de una aventura, que no habría compromisos ni
promesas, no era suficiente para sofocar el júbilo que la
inundaba.
—¿Estás tomando algo? —le preguntó Kane
cuando llegaron al dormitorio.
Shannon lo miró con extrañeza.
—¿Algo como qué?
—Me refería a algún anticonceptivo.
La verdad era que Shannon ni siquiera había
pensado en ello. Pero sabía lo suficiente sobre el funcionamiento
de su cuerpo como para saber que había muy pocas posibilidades de
que se quedara embarazada.
—No estoy en un período fértil —dijo
rápidamente—. ¿Por qué? ¿Crees que debería tomar la píldora? No sé
si me gusta la idea...
—Chss —Kane la abrazó y la acunó contra él—.
Yo soy tan responsable como tú de todo esto. Si no quieres tomar la
píldora, me aseguraré de utilizar alguna protección la próxima
vez.
Shannon cerró los ojos y sonrió. ¿Cómo no iba
a enamorarse de aquel hombre?
—No te importa que sea tan...
—¿Tan qué? — la condujo hasta la cama.
—Tan... desastrosa —dijo Shannon—. Me refiero
a que..., bueno, estoy segura de que todas las mujeres con las que
te has acostado tomaban la píldora y no tuviste que preocuparse de
lo que pudiera ocurrir..
—Querrás decir todas menos mi esposa,
claro.
—Sí, claro.
Kane le acarició el muslo con aire
ausente.
—Siempre he tenido mucho cuidado —contestó—.
Es mejor controlar la situación que dejar que la situación te
controle a ti —le mordisqueó suavemente la barbilla—. Y en cuanto a
lo de que seas un desastre... quizá hasta me guste. Creo que
despierta mis instintos protectores.
—Sí, ya me he dado cuenta —contestó Shannon
con ironía—. La visita de mi madre fue prueba suficiente.
—Y seguro que le encantaría saber que estoy
dispuesto a continuar protegiéndote.
—Seguro que sí —contestó Shannon entre
risas.
Aun así, no iba a dejar que su madre se
enterara bajo ningún concepto de lo que había ocurrido.
Más difícil iba a ser ocultárselo a los
amigos que había hecho en el trabajo, pensó mientras entraba en su
despacho tres semanas después. Nadie había dicho nada, pero Shannon
estaba segura de que habían notado cómo había cambiado su relación
con su jefe. Para empezar, Kane bajaba a comer con ella a la
cafetería cada vez que tenía oportunidad y procuraba sentarse
siempre a su lado, sin darse por enterado de los repentinos
silencios con los que se recibía su llegada.
—La gente sospechará que está pasando algo
—le había advertido Shannon la semana anterior.
—¿Por qué?
—¿Porque antes nunca bajabas a la cafetería?
¿O porque siempre te sientas a mi lado, quizá?
—Simplemente soy un buen jefe —había
contestado él—, y me interesa lo que pasa en mi empresa —y aquel
había sido el fin de la conversación.
—Navidad —fue lo primero que dijo Kane
aquella mañana cuando Shannon entró en su despacho.
—Sí, solo faltan dos semanas —contestó
Shannon, acostumbrada ya a la falta de preliminares.
—Me gustaría que te quedaras conmigo, con
nosotros.
—No puedo —contestó ella con un suspiro—. Mi
madre pondría el grito en el cielo.
—Podríamos hacer un viaje. Pasar dos semanas
en las Maldivas, por ejemplo. ¿No te gustaría? Podríamos hacer el
amor en la playa todas las noches.
—¿Todas las noches? —preguntó Shannon
sonrojada. Kane palmeó entonces su regazo, invitándola a sentarse
allí.
—Estoy seguro de que nunca has hecho el amor
en la arena.
—Sabes perfectamente que no.
—Ven a sentarte aquí y dime por qué no vas a
considerar mi oferta.
—No puedo. Aquí no, Kane. En el despacho no.
¿Qué pasaría si ... ?
—Te preocupas demasiado, cariño — la
interrumpió él—. La puerta está cerrada, ¿no?
—Sí, pero... —miró nerviosa por encima del
hombro y se levantó obediente para terminar sentada en su
regazo.
—Pero nada. ¿Es que no te das cuenta de lo
mucho que me excitas? Me basta verte para desearte. De hecho, me
sorprende ser capaz de trabajar normalmente cuando sé que te tengo
a solo unos metros de distancia —le desabrochó la blusa y gimió al
ver que no llevaba sujetador—. ¿Esto es para mí? —preguntó,
acariciando sus senos.
—Ya no me vale ninguno de mis sujetadores
—contestó Shannon entre jadeos.
—Estupendo. Mmm. Y tus pezones también
parecen más grandes. Quizá estén empezando a responder al uso que
hago de ellos —continuó acariciándole los senos hasta hacerle
retorcerse en su regazo—. Para ser una dama tan preocupada por ser
descubierta en una situación comprometida, has olvidado muy pronto
tus inhibiciones.
Se interrumpió para buscar en un cajón y
Shannon frunció el ceño con gesto reprobador e indulgente al mismo
tiempo al verlo sacar un preservativo. La levantó para poder
bajarse la cremallera y deslizó el preservativo sobre su miembro
erecto. Pero antes de deslizarse en el interior de Shannon, le
levantó la falda, apartó la ropa interior y hundió la lengua entre
sus muslos, haciéndola enloquecer de deseo.
Después, la sentó sobre él y juntos se
perdieron en aquel urgente negocio de salvaje gratificación.
—¿Esto es todo, señor Lindley? —le susurró
Shannon al oído, con los ojos semicerrados de pura felicidad.
—Vaya, creo que mi secretaria perfecta está
empezando a enviciarme con todas estas cosas. Me parece muy poco
conveniente, querida.
—Eres tú el único culpable. Lo he aprendido
todo de las manos de un maestro.
—Si insistes en abandonarme en Navidad —dijo
Kane suavemente—, entonces espero que al menos sea durante el menor
tiempo posible.
—Tengo a derecho a dos semanas de vacaciones,
señor.
—¿De verdad? — Kane la miró con expresión
incrédula—. En realidad yo creo que no te hace falta más de una
semana.
—Eh... pensaré en ello — Shannon abandonó el
regazo de Kane.
—¿Y me llamarás todos los días?
—¿Y si no? —preguntó Shannon sentándose en su
silla e inclinando la cabeza hacia él.
—Te arriesgarás a encontrarte a un visitante
hambriento de sexo en casa de tu madre — y con una divertida
sonrisa puso fin a la conversación y comenzó a hablar del trabajo
del día.
Tres días después de aquella conversación, y
después de haber montado con Eleanor el árbol de Navidad, Shannon
comenzó a pensar que le ocurría algo fuera de lo normal.
Llevaba mucho tiempo sin tener el período. No
eran extraños en ella los retrasos, pero estaba segura de que
debería haberlo tenido ya.
A la mañana siguiente, durante la hora del
almuerzo, se acercó a la farmacia más cercana, compró una aparato
para hacerse la prueba del embarazo y volvió a su despacho,
alegrándose de que Kane tuviera reuniones durante todo el día.
Esperó con ansiedad a que llegaran las cinco de la tarde para poder
abandonar la oficina. Y, una vez en casa, en el silencio del baño y
mientras Eleanor hacía sus deberes, se sentó a esperar lo que le
deparaba el destino.
No tardó ni un minuto en descubrirlo.
Estaba embarazada. El color de la tira era
inequívoco.
Shannon no se lo esperaba. Había comprado la
prueba pensando que quizá hubiera alguna posibilidad remota de que
estuviera embarazada, pero al ver el resultado, comprendió que no
lo esperaba en absoluto.
Una oleada de náuseas siguió a la primera
impresión. ¿Qué diría Kane de lo que había pasado cuándo se suponía
que aquello solo tenía que ser una aventura sin ninguna clase de
ataduras?
Estaba segura de que, siendo el tipo de
hombre que era, intentaría asumir la responsabilidad por lo
ocurrido. Incluso le pediría que se casara con él. Pero la
perspectiva de casarse en aquellas circunstancias le parecía
aterradora.
Y, mientras continuara viviendo en aquella
casa, no sería capaz de pensar con claridad. Necesitaba idear algún
plan antes de darle la noticia.
Todavía no eran las seis y sabía que Kane no
volvería hasta una hora después, quizá más tarde.
Se acercó el teléfono, llamó a Carrie para
pedirle que se quedara con la niña y bajó a explicarle a Eleanor
que su madre se había tropezado con la aspiradora y se había roto
un tobillo, por lo que tenía que irse urgentemente a
atenderla.
—¿Y que le digo a mi padre? —le preguntó la
niña, preocupada.
—Yo lo llamaré. Dile solamente que me pondré
en contacto con él.
Capítulo 9
SHANNON estaba tumbada en la cama, con la
mirada fija en el techo; algo que había estado haciendo desde hacía
tres días. Su madre ya había renunciado a preguntarlo lo que le
pasaba. Y también, afortunadamente, a interesarse por «aquel joven
tan amable».
Pero Shannon sabía que su madre estaba
preocupada. Y pensaba además que tendría muchos más motivos de
preocupación si estuviera al corriente de la situación. Una hija
embarazada, un «amable joven» que se había transformado en una
especie de monstruo para Shannon desde que se había enterado de que
estaba embarazada y un trabajo en Londres al que no podría
volver.
Suspiró y sintió que se le llenaban los ojos
de lágrimas. Si no fuera porque tenía que mantener una imagen
despreocupada delante de su familia, se pasaría llorando todo el
día. Y lo peor de todo era que todavía no había decidido lo que iba
a hacer.
Volver a Londres no era una opción.
Naturalmente, debería haberle informado a Kane de su situación,
pero cuando pensaba en ello, se acobardaba y se decía que no había
porqué precipitarse a hacerle aquellas revelaciones. Antes tendría
que encontrar un trabajo y un lugar para vivir.
Oyó que su madre la llamaba desde el piso de
abajo. Shannon se levantó de la cama, se acercó a la puerta y
gritó:
—¡Ahora mismo bajo, mamá! Estoy...
—¿qué estaba haciendo? ¿meditar?
—ordenando el dormitorio.
—Muy bien, ¡pero baja ahora mismo!
La voz sonaba cada vez más cerca. Shannon
bajó a regañadientes y se dirigió hacia la cocina, pasando por el
pequeño cuarto de estar en el que sus hermanos pasaban la mayor
parte del tiempo con sus amigos, jugando con el ordenador
—¡Tienes visita! — su madre apareció frente a
ella con un rodillo de cocina en una mano y un cuenco en la
otra.
—¿Quién es?
—Has estado durmiendo otra vez, ¿verdad? —le
preguntó su madre con expresión escéptica y Shannon se sonrojó
violentamente.
—¿Cómo voy a estar durmiendo a esta hora,
mamá? Ya te lo he dicho, estaba ordenando el dormitorio. Tendré que
decirle a Brian que se lleve su ropa, no soy capaz de encontrar
nada.
—No tiene mucho sentido que le pidas algo así
cuando todavía no te has dignado a decirnos cuánto tiempo piensas
quedarte en casa —la miró como si fuera a decir algo más, pero no
lo dijo.
—Bueno, ¿y quién ha venido a verme? ¿No
puedes decirle que no me encuentro bien?
—No, no puedo. Tendrás que hacerlo tú misma,
Shannon —y sin más, se alejó, seguida por su hija—. Y déjame
decirte que empiezo a estar harta de verte todo el día deprimida.
¡Sonríe un poco por Dios!
Shannon hizo una mueca que intentaba parecer
una sonrisa.
—Así está mejor.
Shannon continuaba intentando mantener
aquella mueca en el rostro cuando abrió la puerta de la cocina,
pero al ver a la persona que la estaba esperando, se quedó
petrificada. Las piernas se negaban a continuar caminando y el
corazón parecía estar haciéndole cosas entrañas.
—Este es tu visitante —le anunció su madre
triunfante, esperando sin duda que se emocionara al ver a aquel
«amable joven» que había decidido seguirla hasta Irlanda.
Kane estaba sentado al final de la enorme
mesa de la cocina, con una taza de té entre las manos mientras su
madre se acercaba a la masa del pastel que había estado preparando.
Una escena de lo más familiar. Shannon sintió que el corazón
comenzaba a latirle a una velocidad de vértigo.
—Bueno, ¿no vas a saludar? —preguntó Rose,
dirigiéndole a su hija una mirada asesina.
—Eh, hola —consiguió decir Shannon desde la
puerta—. ¿Cómo estás?
—Muy bien —contestó Kane. Si ya había sido
suficientemente malo verlo, oír su voz fue realmente
aterrador.
—¿Quieres una taza de té, cariño? —le
preguntó su madre.
Shannon entró en la cocina y se dirigió
directamente hacia la tetera.
—¿Y qué estás haciendo aquí?
—He venido a ver cómo estaba tu madre.
—¿Cómo estaba yo? —preguntó Rose
asombrada.
—Al parecer —contestó Kane, sin apartar la
mirada del rostro sonrojado de Shannon—, te habías roto un tobillo
al tropezar con la aspiradora.
Aquella mentira rebotó en las paredes de la
cocina que terminó sumida en un silencio mortal.
—Ah Shannon se aclaró la garganta—. Como
puedes ver, mi madre está estupendamente.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Rose—.
¿Qué es toda esta tontería sobre que me he roto un tobillo con la
aspiradora?
—Oh, vaya —dijo Kane en un tono de falsa
inocencia—, ¿he metido la pata?
—Shannon, mírame —le ordenó Rose—, ¿has
estado diciendo mentiras?
—Más o menos —el agua de la tetera comenzó a
hervir y Shannon se concentró en prepararse un té mientras sentía
dos pares de ojos clavados en su espalda.
—Pareces tener la fea costumbre de decir
mentiras, ¿verdad, pelirroja?
—No deberías haber venido —susurró Shannon
sin volverse.
—¿Por qué? En el fondo te hecho un favor,
pelirroja. Tienes el sentimiento de culpa estampado en el rostro.
Si yo no hubiera aparecido no habrías podido deshacerte de ese
complejo de culpa.
—¡Yo no tengo nada por lo que sentirme
culpable!
—¿Es esa otra especie de mentira?
Shannon se libró temporalmente de darle una
respuesta por la llegada de un bullicioso grupo de jóvenes.
—Oh, hola —saludó Brian, mirando a Kane sin
disimular su curiosidad—. Mamá, ¿cuándo estará preparado el té?
Tenemos hambre —sus tres amigos miraron alrededor de la cocina,
buscando algo comestible—. Y el ordenador se ha estropeado. ¿Quién
eres? —le preguntó a Kane.
—Kane Lindley —Kane miraba divertido a aquel
adolescente de catorce años—, el jefe de tu hermana.
—¿Y cuándo va a volver a Londres? Está en mi
habitación.
—No Brian, estoy en mi habitación.
—Pero ya no es tuya.
Los amigos de Brian comenzaron a protestar y
solo el cielo sabía cómo podía haber terminado aquello si Kane no
se hubiera levantado anunciando que iba a echar un vistazo al
ordenador.
Los cuatro salieron de la cocina en
estampida, seguidos por Kane, que solo se detuvo para decirle a
Shannon:
—Te dejaré hablando con tu madre, ¿de
acuerdo? Creo que hay un par de cosas que tienes que
explicarle.
—¿Qué está haciendo Kane aquí? —preguntó
Shannon en cuanto se cerró la puerta de la cocina tras ellos.
—Kane ha dicho que desapareciste sin decir
nada y ha venido para averiguar lo que te había pasado.
—Sabes perfectamente lo que he querido decir
—gritó Shannon, aferrándose a su taza—. ¿No te dije yo que sería
esto lo que pasaría en cuanto aceptara la oferta de ir a vivir a su
casa? ¿No te lo dije?
Pensó en Eleanor, en lo mucho que había
disfrutado de su compañía y el placer que había compartido con Kane
antes de que su situación hubiera cambiado y no pudo menos que
sentirse culpable.
—Cariño, desapareciste sin dar ninguna
explicación. Aparte de estas tonterías sobre mi tobillo roto, ¿ha
sucedido algo que debería saber? Siéntate Shannon y deja de
revolotear alrededor del mostrador —se limpió las manos en el
delantal y se sentó, dispuesta a hablar con su hija—. La última vez
que hablé contigo por teléfono estabas muy contenta. ¿Qué te pasó
en la última semana?
—Nada, solo necesitaba un poco de...
espacio.
—Así que decidiste venir a esta casa, en la
que es imposible encontrar un poco de paz y tranquilidad. Invéntate
otra cosa, Shannon.
—Estaba nostálgica.
Aquel era el momento perfecto para explicarle
todo a su madre. Sabía que sufriría un fuerte impacto al principio,
pero que después la apoyaría. No tenía miedo de hablar con su
madre. Pero no podía. Las condiciones no eran las más indicadas.
Necesitaba tener a su madre solo para ella.
—Me sentía muy sola en Londres. Estamos cerca
de la Navidad, mamá y sentía nostalgia.
—¿Y por qué no se lo dijiste a Kane, en vez
de hacerlo venir hasta aquí, pensando que estabas enferma?
—¿Pensaba que estaba enferma? —preguntó
Shannon con ansiedad—, ¿eso es lo que te ha dicho? ¿Que estaba
enferma?
No, era imposible, no podía sospechar lo que
le ocurría.
—No con esas palabras, pero es evidente que
está preocupado.
—Me puse en contacto con él después de
marcharme —le aseguró Shannon.
En realidad, le había dejado un mensaje en el
contestador de su casa diciéndole que estaba muy ocupada, pero que
se pondría en contacto con él después de Navidad.
—¿Y te ha dicho cuándo piensa
marcharse?
—No, y tampoco he querido preguntárselo. No
quería que pensara que no era bienvenido en esta casa después de
todo lo que ha hecho por ti.
—Bueno, no creo que se quede a pasar la
noche, tiene que volver con Eleanor.
—¿Por qué no se lo preguntas?
—¿Por qué no me pregunta qué?
Kane, típico de él, no había hecho nada por
advertir que había vuelto a la cocina. ¡Ni siquiera había llamado a
la puerta! Él, al que su madre consideraba un hombre exquisito y
bien educado. Shannon miró a su madre, esperando que a ella también
la hubiera molestado aquella intromisión, pero su madre sonreía
encantada.
—Shannon estaba preguntándome cuánto tiempo
piensas quedarte aquí —contestó Rose con absoluta inocencia—,
porque quiere invitarte a cenar en un restaurante italiano que
acaban de abrir a las afueras de Dublín. De hecho, está muy cerca
de aquí. Así podréis hablar tranquilamente, algo que aquí os
resultará imposible.
—¿De verdad? —musitó Kane. Le dirigió a
Shannon una elocuente mirada y sonrió—. Pues tienes suerte,
Shannon, porque he reservado una habitación en un hotel para esta
noche y me encantaría salir a cenar.
—Bueno, yo... —farfulló Shannon.
—Lo sé —dijo su madre, palmeándole la mano—.
Estás preocupada por el transporte. Pero no te preocupes, cariño,
puedes usar mi coche. Es muy viejo —le explicó a Kane—, pero al
menos funciona y está disponible. En esta época del año es
prácticamente imposible encontrar un taxi. Por supuesto, tendrás
que cambiarte de ropa, Shannon. Fíjate en cómo vas. No sé cómo se
te ocurre pasearte por casa con esos vaqueros viejos y ese jersey —
chasqueó la lengua con expresión de desaprobación.
—¿Reservo una mesa para las ocho? —sugirió
Kane.
—Ahora mismo te digo el número de teléfono
—Rose inspeccionó varias tarjetas que tenía pegadas con imanes en
la puerta de la nevera—. Es una suerte que se me ocurriera
guardarla, ¿verdad, Shannon? Hilary estuvo allí la semana pasada y
le gustó tanto que me dejó la tarjeta. Y no es que a una mujer como
yo le apetezca demasiado ir a sitios de moda.
Shannon se sentía como un conejo
acorralado.
—En cualquier caso, estoy segura de que a
Kane no le importaría nada que vinieras con nosotros —sugirió,
repentinamente inspirada.
—Ni lo sueñes —respondió su madre con
firmeza—. No voy a dejar a estos chicos solos en casa ¡No sé en que
estado podría encontrarla cuando volviera! Y ahora, sube a
arreglarte a tu habitación.
De modo que a Shannon no le quedó más remedio
que subir a su habitación. Al pasar por el cuarto de estar, se
detuvo un momento a ver a Brian, que le hizo un gesto de victoria.
Evidentemente, Kane les había arreglado el ordenador.
—Es un tipo genial —le dijo Ronan, guiñándole
el ojo con gesto de complicidad—. Mucho mejor que el último cretino
con el que salías.
—Gracias, Ronan —contestó Shannon con el ceño
fruncido—, pero cuando quiera que me des tu consejo, te lo
pediré.
Cuando bajó media hora después, encontró a
Kane y a su madre cómodamente sentados en el salón, viendo un álbum
de fotos.
—Ha sido culpa mía —dijo Kane al verla
entrar—, le he pedido a tu madre que me enseñara las fotos de la
familia.
—Y reconozco que no le ha costado mucho
convencerme.
—Qué forma tan maravillosa de pasar el tiempo
—respondió Shannon, con el ceño fruncido.
Se había puesto un vestido de lana de color
negro de manga larga, uno de los pocos vestidos de su armario que
no necesitaba planchar, gracias al caballeroso tratamiento que
Brian estaba dispensando a su ropa.
—Y muy instructiva —añadió Kane, acercándose
a ella para ayudarla a ponerse en abrigo.
—Especialmente para personas metomentodo como
tú — murmuró Shannon.
—Vaya, vaya —le susurró Kane al oído—. Estás
intentando deshacerte de mí siendo desagradable. Pero yo soy un
hombre muy insistente. Y creo que a estas alturas ya deberías
saberlo.
Pero la verdad era, pensaba Shannon sombría
mientras se dirigían al restaurante, que su insistencia era uno de
los factores con los que no había contado. Ella imaginaba que Kane
esperaría a que se pusiera en contacto con él, pero debería haberse
imaginado que Kane Lindley no esperaba a que los demás dieran el
primer paso.
Hicieron el trayecto en completo silencio.
Shannon le había pedido a Kane que no le hablara porque, con un
tiempo como aquel y llevando un coche ajeno, necesitaba
concentrarse totalmente en la conducción. Kane, obediente, no había
dicho una sola palabra, pero la fértil imaginación de Shannon
fabulaba su propia conversación, planteándose posibles preguntas de
Kane y cuáles podrían ser sus respuestas.
Llegaron al restaurante veinte minutos
después, y los acomodaron en una mesa situada en la parte de atrás.
Aunque el local no tenía la elegancia de los restaurantes
londinenses, poseía una agradable informalidad que a Shannon le
recordó al restaurante de Alfredo.
—Y dime, pelirroja —preguntó Kane después de
pedir una botella de vino y otra de agua mineral—, ¿me has echado
de menos? Estás un poco pálida, ¿lo has pasado muy mal?
Shannon no estaba preparada para aquella
estrategia. De hecho, pensaba que Kane iniciaría sus acusaciones en
cuanto su madre desapareciera de escena y había preparado una lista
de respuestas para contestar a todas sus posibles
acusaciones.
—Me encuentro bien —respondió Shannon,
fingiendo prestarle a la carta toda su atención.
—No es eso lo que te he preguntado.
—No me digas que has venido a Irlanda para
saber si te echo de menos.
—¿Por qué no? ¿Tan inconcebible te
resulta?
—Pues la verdad es que sí —apartó la carta y
unió las manos en el regazo—. Voy a cenar sopa y canelones, ¿y
tú?
Kane ignoró aquel burdo intento de desviar la
conversación.
—¿Por qué? ¿No puedes creerte que tu
repentina ausencia haya podido dejar una huella en mi vida?
—Lo que creo es que seguramente la habrá
dejado en tu ego. Mira, quizá no debería haberme ido de esa forma.
Sé que todo ha sido muy brusco, pero de repente sentí miedo y
decidí marcharme. De todas formas, te dejé un mensaje en el
contestador, ¿no lo oíste?
—Sí, claro que lo oí. Pero digamos que no me
sirvió de mucho.
—¿Por qué no? Te decía que volvería a ponerme
en contacto contigo —como Kane no dijo nada, continuó—. Quizá
debería habértelo dicho en persona, pero en ese momento pensé que
así era mejor. Me sentía como si tuviera que alejarme de
ti...
—En ese caso, ¿por qué le dijiste a Eleanor
que tu madre se había roto un tobillo?
—Bueno, no podía decirle que su padre y yo
éramos amantes, ¿verdad? —se sonrojó al pronunciar aquellas
palabras y observó agradecida que en aquel momento se acercaba un
camarero hacia ellos.
Pidieron la comida y Kane esperó en silencio
hasta que les sirvieron el agua y el vino.
—Te has sonrojado —comentó Kane—. ¿Todavía te
sonrojas cuando piensas en hacer el amor conmigo? ¿Continúa
cosquilleándote la piel cuando piensas en acariciarme?
—¿Por qué me preguntas eso? —sentía que su
rostro estaba adquiriendo todas las tonalidades del rojo—. ¿Por qué
no vas directamente al grano? Sé que estás enfadado conmigo.
—¿Tengo aspecto de estar enfadado
contigo?
Shannon levantó la mirada hacia él. No, no
parecía enfadado, pero debería estarlo. De hecho, esperaba
desesperadamente que lo estuviera, porque eso le facilitaría
muchísimo las cosas.
—¿Cómo crees que me sentí cuando volví a casa
y descubrí que habías desaparecido? Eleanor estaba muy afectada. No
lo comprendía, y no te creyó cuando le dijiste que tenías que
volver precipitadamente a Irlanda para cuidar a tu madre. Es
posible que solo tenga ocho años, pero es una niña muy
inteligente.
—Sí, lo sé y lo siento —el sentimiento de
culpabilidad de Shannon estaba creciendo hasta alcanzar unas
dimensiones abrumadoras—. Pero no se me ocurría qué otra cosa
decir. En aquel momento prácticamente no era capaz de pensar.
—¿Por qué no? —preguntó Kane rápidamente,
mirándola con los ojos entrecerrados—. Eso es lo que no comprendo.
¿Por qué de pronto sentiste la necesidad de marcharte? Si querías
decirme que no eras feliz con nosotros, ¿por qué no esperaste hasta
el día siguiente en vez de salir tan precipitadamente de
casa?
—Porque, porque... —Shannon buscaba
desesperadamente una respuesta, preguntándose cómo podría
justificar una conducta tan irracional.
—Tómate todo el tiempo que quieras, no tengo
prisa.
—¿Por qué no puedes comprender que hay
personas que actúan por impulso? —gritó desesperada.
No se atrevía a mirarlo a los ojos. Apenas se
atrevía a mirarlo, de hecho, porque no había uno solo de sus rasgos
que no le evocara miles de recuerdos.
—No todo el mundo reflexiona y después actúa
de forma racional. Hay personas, como yo, que reaccionan al calor
del momento. Esa es otra de las razones por las que tú y yo no
encajarnos. No tenemos nada en común, Kane, ¡nada!
—A mí se me ocurren muchas cosas que tenemos
en común.
—¡No estoy hablando de sexo! — atacó Shannon
al instante.
—Yo tampoco —se inclinó hacia adelante y la
obligó a mirarlo a los ojos—. No entiendo cómo Eleanor puede
significar tan poco para ti, ni cómo, conociéndola, has podido
abandonar nuestra casa como si fueras un ladrón.
—¿Qué sentido tiene intentar defenderme
cuando ni siquiera estás intentando comprenderme?
—Lo que entiendo es que eres una
cobarde.
Y en el momento en el que Shannon estaba
intentando inventar alguna forma de responder a aquella acusación,
llegó el camarero con los primeros platos y Shannon se entregó al
suyo con el entusiasmo de alguien que acabara de salvarse de
milagro.
—Entonces, pelirroja, ¿prefieres que finja
que no ha pasado nada? Muy bien. Nos comportaremos como dos adultos
civilizados y fingiremos que no ha pasado nada —rió sin humor—. Y
dime, ¿qué tal te ha sentado volver a Irlanda? —suspiró, como si no
pudiera evitarlo, y se pasó la mano por los ojos.
Shannon se aferró con prontitud a aquel
salvavidas.
—Ha sido un poco extraño —contestó.
Sentía su voz como si no fuera suya. Kane
parecía temblar. ¿Estaría dolido? Quería alargar el brazo y
acariciarle la mano, hacerle creer que realmente no ocurría nada.
Pero tomó aire y se concentró en sus gambas al ajillo.
—Brian estaba ocupando mi dormitorio y desde
que yo he vuelto está un poco molesto porque ahora tiene que volver
a compartir el dormitorio con Ronan.
—A veces se hace duro volver al nido después
de haber volado, ¿verdad, pelirroja?
Shannon se relajó y se dijo a sí misma que
quizá lo peor ya había pasado. Pero cuando intentaba pensar en lo
que todavía les quedaba por pasar, se preguntaba cómo reaccionaría
Kane cuando le comunicara su embarazo. Si la había seguido hasta
Irlanda solo porque quería que contestara a dos preguntas, ¿qué
sería capaz de hacer cuando se enterara de que iba a ser padre? De
modo que, por el propio bien de Kane, intentaría retrasar todo lo
posible aquella revelación.
—¿Y qué has estado haciendo desde que has
vuelto? ¿Has salido mucho?
—De vez en cuando —contestó Shannon
vagamente—. La verdad es que últimamente estaba... un poco cansada,
así que he aprovechado para descansar.
—¿Cansada?
—Sí, debe ser el tiempo —contestó Shannon
precipitadamente—. En invierno siempre me pasa, me entran ganas de
hibernar. ¿Carrie se ha quedado con Eleanor?
Kane asintió y retrocedió para dejar que
llevaran el plato principal.
—Entonces, ¿mañana por la mañana volverás a
Londres?
—En realidad a la hora de la comida.
—Oh.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Cuándo piensas volver a Londres? ¿O es que
no piensas volver?
—Yo... no sé si... —contestó Shannon con un
hilo de voz.
—Espero que no estés intentando postergar tu
vuelta porque crees que esa es la mejor forma de poner fin a
nuestra aventura.
—Yo no quiero ponerle fin a nada —estalló
Shannon.
—No —respondió Kane, suavemente—. No quieres,
¿verdad?
Shannon sacudió la cabeza y exhaló un largo y
resignado suspiro.
—Entonces, dime por qué te has inventado esa
historia sobre que estabas asustada. No tienes que tener secretos
para mí. Puedes compartir conmigo todo lo que piensas. No voy a
castigarte, así que es absurdo que pienses que tienes que huir. Los
problemas no desaparecen porque uno intente alejarse de ellos. De
hecho, creo que, cuanto más rápido intentas huir de un problema,
más probable es que vuelva a aparecer en el horizonte.
—Estaba asustada, Kane. No quería terminar,
pero... —dejó el cuchillo y el tenedor sobre el plato, apoyó los
codos en la mesa y bajó la mirada hacia la comida que quedaba en su
plato.— Me di cuenta de que no soy una persona dispuesta a tener
aventuras. Pensé que sabría manejarlo, pero no pude. Cuando me fui
a Londres, estaba decidida a crecer, quería dejar de ser una
adolescente. Supongo que cuando se crece en una familia como la
mía, estás siempre tan protegida que no puedes madurar tan
rápidamente como otras personas de tu edad.
—O quizá sea más fácil dejarse llevar. No
tienes que tomar decisiones porque hay otras personas que lo hacen
por ti. La experiencia de Londres debe haber sido muy impactante
para ti.
Shannon se encogió de hombros.
—Creía que iba a poder convertirme en la
mujer sofisticada que nunca había sido, pero al final salí
huyendo.
—Y si no quieres tener una aventura,
¿entonces qué es lo que quieres?
—¿Un café? — sugirió Shannon, riendo
nerviosa.
Kane pasó por alto aquella broma y pidió dos
cafés que les sirvieron acompañados de un plato de pastas y
chocolatinas.
—Todavía no has contestado a mi pregunta —le
dijo entonces.
—Sí, claro que la he contestado. Te he dicho
por qué me marché. Quería ser un tipo de persona que no soy.
—Pero todo eso ya lo sé —respondió Kane con
delicadeza.
Su amabilidad era enervante. Debería estar
regañándola, no allí sentado, intentando hacerle creer que la
comprendía.
—¿Qué quieres decir con que todo eso ya lo
sabes? ¡Tú no me conoces en absoluto!
—Oh, claro que te conozco. Te conozco mejor
que tú misma.
—Sabía que ibas a decir algo así.
—¿Estás insinuando que soy muy predecible?
—rió suavemente—. En fin, tendremos que hacer algo al respecto, ¿no
crees?
A Shannon le dio un vuelco el corazón. Kane
alargó la mano para acariciarle suavemente la suya.
—¿Sí? —se descubrió preguntando con voz
débil.
—Oh, claro que sí. ¿Por qué crees si no que
he viajado hasta aquí?
—Porque estabas enfadado porque me había ido
sin darte ninguna explicación.
—Volvemos a la cuestión del ego, ¿eh? Pero no
he venido aquí porque estuviera furioso y con el orgullo herido. He
venido para llevarte al lugar en el que deberías estar.
—¡No has oído una sola palabra de lo que he
dicho!
—Lo he oído todo, pelirroja, todas y cada una
de tus palabras. Pero todavía estoy esperando las otras tres que no
has dicho. Esas tres palabras que te hicieron huir como lo
hiciste.
—Yo... — Shannon lo miró enfurruñada—, te
quiero, Kane.
—¿Ves como no era tan difícil?
—Aun así, no estoy dispuesta a volver a
Londres para seguir siendo tu amante.
—Y yo tampoco te pediría nunca que lo
hicieras. He venido a buscarte para pedirte que te cases
conmigo.
Capítulo 10
—¿TU ESPOSA? —Shannon miró a Kane con
expresión de incredulidad.
—Exacto —hizo un gesto para pedir la cuenta y
le dirigió a Shannon una sonrisa que hizo volar su corazón.
—¿Y esa propuesta no debería ir acompañada de
dos pequeñas palabras?
—Y de algunas más también —dejó de hablar
para sacar la tarjeta de crédito—. Pero empezaré diciéndote que te
amo.
—Pero no puedes, ¿verdad? ¿Estás seguro? —lo
miró nerviosa—. Tú mismo dijiste que no habría promesas, ni anillos
de boda. Me dijiste que sería una relación sin ningún tipo de
compromiso.
—Y en ese momento lo pensaba, te lo aseguro
—sacudió la cabeza, como si a él mismo lo maravillara cómo se había
alterado el curso de los acontecimientos—. Pero —continuó, mientras
caminaban hacia el coche—, estaba equivocado. Siempre he sido un
hombre considerado. Eso ya lo sabes, ¿verdad? Estoy acostumbrado a
utilizar la cabeza más que el corazón.
Encendió el motor, pero en vez de arrancar,
se volvió hacia ella, con el brazo apoyado en el respaldo del
asiento. Había empezado a nevar y los copos de nieve caían con
fuerza contra el parabrisas.
—Estaba convencido de que podría controlar
cualquier cosa. Y pensaba que el matrimonio era un paso que no
volvería a dar hasta que no estuviera totalmente seguro. Pero fallé
al no darme cuenta de que en realidad estaba completamente seguro
de que quería casarme contigo mucho antes de haber sido capaz de
admitirlo. ¿Sabes el motivo por el que desayunaba en Alfredo's
todos los días?
—¿Yo?
Kane rió suavemente ante la incredulidad que
reflejaba su voz.
—Tú. A lo mejor iba a reunirme con un cliente
y pasaba por allí para tomar un café. Y allí estabas, con ese pelo
rojo, con tu acento irlandés. Poco a poco, me encontré yendo a
verte cada mañana, incluso cuando me resultaba difícil adaptar
aquellas visitas a mi horario. Empecé a anhelar el verte por las
mañanas, rebosante de vitalidad, siempre lista para hacer algún
comentario sobre el periódico que estaba leyendo o sobre cualquier
noticia que te hubiera llamado la atención. A veces me descubría
pensando en lo que harías durante el resto del día, a dónde irías,
qué tipo de vida llevabas...
—Nunca dijiste nada.
—En realidad, ni siquiera creo que fuera del
todo consciente de lo que me pasaba en aquella época. Pero sé que,
cuando le tiraste ese plato de comida encima a Gallway, me entraron
ganas de reír como no había reído en mucho tiempo.
—Pero no lo hiciste.
—No, en cambio, te ofrecí un trabajo —le
apartó delicadamente el pelo de la cara y le hizo inclinarse hacia
él.
Cuando sus labios se fundieron, Shannon fue
intensamente consciente de que era allí donde quería estar; siendo
abrazaba por aquel hombre capaz de admitir sentimientos que otros
muchos hombres habrían intentado esconder.
—Y creo que es lo mejor que he hecho en toda
mi vida —musitó contra su boca, antes de reiniciar su beso—.
Debería haberle dado las gracias a aquel tipo tan arrogante por
haberme dado la oportunidad de tenerte cerca de mí. Aunque si en
aquel momento hubiera sabido qué tipo de relación tenías con él, me
habrían entrado ganas de matarlo.
Deslizó la mano sobre la tela del abrigo y
gimió al encontrar el montículo de su seno.
—¿Hay alguna ley en Irlanda que prohíba hacer
el amor en el asiento trasero de un coche? —preguntó, al tiempo que
le mordisqueaba el lóbulo de la oreja.
—Kane...
Había una sombra en el horizonte que había
permanecido oculta durante aquella intensa declaración de amor y
que volvía a cernirse sobre ellos. Una duda horrible, aterradora,
emergió de pronto en la mente de Shannon: ¿qué ocurriría cuando
descubriera que estaba embarazada? ¿Cómo reaccionaría al enterarse
de que se lo había ocultado?
¿Podría el destino ser tan cruel como para
ofrecerle todo lo que su corazón deseaba con una mano y
arrebatárselo con la otra?
—Shannon... —susurró Kane contra su oreja
mientras continuaba acariciando su seno.
Los pezones se erguían, demandando sus
caricias y Shannon era consciente de que Kane podía sentirlos a
través de la lana del vestido.
Shannon tomó aire antes de hablar.
—Mira, hay algo más que debo decirte —dijo
con torpeza.
—¿Algo más? ¿Aparte de tu declaración de amor
eterno?
—No puedo pensar cuando... —jadeó cuando Kane
metió la mano por debajo del vestido para presionarla entre sus
muslos. Shannon cerró los ojos y se movió contra aquella firme
presión.
—¿Cuando te excitas?
—Sí —contestó con voz temblorosa—. Y no
podemos hacer esto aquí...
—¿Entonces vamos a mi hotel?
—¿Y qué diría mi madre si se enterara?
—¿Por qué va a enterarse? Me aseguraré de que
vuelvas a casa antes de que cante el gallo —soltó una carcajada—. Y
ahora dime lo que tienes que decirme.
—Estoy ..
—¿Sí?
—Estoy...
Intentaba, desesperadamente, reconocer la
importancia de lo que tenía que decir, pero su cuerpo estaba
demasiado ocupado respondiendo a la mano que Kane presionaba
rítmicamente contra sus muslos, empapados ya por aquel erótico
contacto.
—No estarás embarazada, ¿verdad? —se separó
de ella e inclinó la cabeza para mirarla—. ¿Eso era lo que tenías
que decirme? ¿Llevas un hijo mío en tu vientre?
Shannon asintió en silencio.
—Y ahora supongo que te irás, ¿verdad? —le
preguntó—. Estás enfadado conmigo porque no te lo he dicho antes. Y
la verdad es que no puedo culparte. ¿Pero qué se supone que podía
hacer? Cuando me enteré, lo único que se me ocurrió fue salir
corriendo a toda velocidad. ¡Y no me digas que huir no soluciona
nada!
—No te lo voy a decir, Shannon. Creo que eso
ya lo has descubierto por ti misma. En cuanto a lo de estar
enfadado contigo, en fin, simplemente me preguntaba cuándo ibas a
decírmelo.
Shannon lo miró con expresión de
incredulidad.
—¿Lo sabías?
—Lo sospechaba. No soy ningún tonto, querida,
y era consciente de que hacía tiempo que no tenías el
período.
—¿Y por qué no me dijiste nada?
—Porque te quería —dijo sencillamente—.
Cuando te fuiste, la primera tentación fue la de venir hasta aquí y
enfrentarme contigo. Pero sabía lo que ocurriría. Si te decía que
quería casarme contigo, llegarías a la conclusión de que lo hacía
porque quería asumir mis responsabilidades. De modo que decidí
pasar tres noches sin dormir, diciéndome a mí mismo que era lo
mejor que podía hacer porque así te daba tiempo para pensar. Y si
hace un momento te he dicho que te amaba, cariño, es porque no
puedo soportar la idea de vivir sin ti. Y el hecho de que vayas a
tener un hijo es lo mejor que me podía pasar.
—¿De verdad? ¿No estoy soñando?
—Si tú estás soñando, entonces yo también.
Así que, ¿por qué no continuamos este agradable sueño en un
hotel?
A las cuatro de la madrugada, Shannon entraba
sigilosamente en su casa, sintiéndose como una adolescente aterrada
ante la posibilidad de ser descubierta desobedeciendo las órdenes
de su madre.
Kane iría unas horas después y Shannon le
había hecho prometerle que dejaría que fuera ella la que hablara
con su madre. Seis horas después, a las diez y media de la mañana,
corría a abrir la puerta de su casa y le dirigía a Kane una mirada
de advertencia:
—No lo olvides, deja todo esto en mis
manos.
Kane hizo un elegante ademán, propio de un
mago, y sacó un ramo de azucenas de detrás de la espalda.
—¿Son para mí? —preguntó Shannon
radiante.
—En realidad son para tu madre. Mmm, tienes
los labios ligeramente hinchados. ¿Es por el embarazo o por una
sobredosis de amor?
—¡Chss! —Shannon rió y lo llevó hasta el
salón.
Allí estaba esperándolos Rose.
—¡Mamá!
—Caramba, Kane, creía que estarías ya en
Inglaterra. Siéntate un momento — palmeó una silla que estaba al
lado de la suya y se sonrojó cuando Kane le tendió las flores—.
¿Qué? ¿Os divertisteis mucho anoche, niños? —le dirigió una mirada
sagaz a su hija—. Supongo que sí, porque no volviste hasta después
de las cuatro.
—¿Cómo lo sabes?
—Teniendo tantos hijos, tengo un sueño muy
ligero. ¿Es que el restaurante está abierto toda la noche?
—Bueno... —Shannon miró a Kane con gesto de
impotencia—. Mamá, tenemos que decirte algo.
—Estoy segura. ¿Para cuándo va a ser?
—En realidad todavía no hemos puesto una
fecha —contestó, mirando a su madre con incredulidad.
—Vaya, no sabía que podía elegirse la fecha
del nacimiento. Realmente, la ciencia ha avanzado una barbaridad
—reparó entonces en la expresión de su hija y soltó una
carcajada.
—Lo supe desde el momento que llegaste,
cariño. De la misma forma que, en cuanto os vi juntos, supe que
estabais enamorados. Comprendí que habías encontrado al hombre de
tu vida y supongo que ahora vais a casaros, ¿verdad? Así que ya no
tiene ningún sentido ponerme a regañaros cuando está ya todo hecho.
Lo único que tenéis que hacer es decirme cuándo tengo que empezar a
hacerle jerseicitos a mi nieto y cuánto tiempo tengo para comprarme
un sombrero decente.
Epílogo
—ERES la criatura más exquisita del
mundo.
Shannon miró a Kane y sonrió. Después bajó la
mirada hacia el tierno bebé que se acurrucaba en el hueco de su
brazo y observó a aquella diminuta criatura retorcerse mientras
abría y cerraba los puños.
Parecía tan frágil como una porcelana, pensó
Kane mientras tomaba en brazos a su hija y comenzaba a caminar por
la habitación del hospital. Eleanor, Sophie, Shannon y él. Nada más
importaba.
Durante años, el trabajo había sido el motor
de su vida, pero había delegado gran parte de sus funciones en
algunos directores de la empresa y había reducido su frenético
horario. No faltaba mucho para que tuviera que ir a buscar a
Eleanor al colegio para llevarla al hospital. Y en cuanto Shannon
se hubiera recuperado del parto, se irían a vivir al campo.
Miró a su esposa y sintió una oleada de amor
y gratitud.
—¿Has llamado a todo el mundo? —le preguntó
Shannon.
—Olvidas que estás hablando con el hombre más
organizado del mundo.
—¿Ah, sí? ¿Y es esa la razón por la que te
dejaste el neceser en casa cuando me puse de parto?.
—Pero tienes que admitir que me aseguré, de
que estuviera preparado hace semanas.
—¿Cómo está mi madre?
—Echa un manojo de nervios, como podrás
imaginarte. Mañana vendrá toda la familia a conocer a la niña.
Supongo que tu madre estará en su elemento, teniendo en cuenta que
la privaste de una boda por todo lo alto.
—Mi madre tendrá oportunidad de disfrutar de
todas las bodas que quiera con mis hermanas. En cualquier caso,
ella misma dijo que no podía haberse imaginado nada mejor. Solo la
familia reunida para la celebración de la boda y después una
maravillosa fiesta en el hotel más grande de Dublín.
Shannon cerró los ojos y supo que, aunque no
hubiera habido fotógrafos, guardaría para siempre todos aquellos
recuerdos en su memoria y en su corazón. La alegría con la que se
había vuelto hacia Kane y lo había besado como esposa, su madre
secándose las lágrimas, Eleanor emocionada, y una fiesta a la que
habían asistido todos sus familiares y amigos.
Cuando miró a Kane, este le sonrió como si
supiera perfectamente en lo que estaba pensando. Dejó a Sophie al
lado de su madre y observó fascinado los gestos de la
pequeña.
—Ahora, pelirroja, creo que deberías
descansar un poco antes de que llegue Eleanor —se inclinó hacia
delante y le dio un beso en la nariz—. Está emocionada ante la idea
de verte a ti y a su hermanita. Y, por supuesto, encantada de
volver a ver a su familia.
—Prácticamente la han adoptado,
¿verdad?
—Desde luego, señora Lindley.
—Señora Lindley —saboreó aquellas palabras y
sonrió, preguntándose si tardaría toda una vida en acostumbrarse al
hecho de que sus sueños se hubieran hecho realidad.
—Mi señora Lindley —Kane le alzó la mano, se
la llevó a los labios y la besó—. No sería nadie sin ti.
—Estupendo. Porque siempre vas a tenerme a tu
lado —besó la cabecita de su bebé, con la certeza de que el amor
que compartían se haría mucho más fuerte y profundo con el paso de
los años.