Capítulo 5

—ESPERA un momento —antes de que Kane pudiera decir nada, Shannon cerró la puerta y corrió a buscar su bata.
Apareció segundos después, con la bata firmemente atada y las zapatillas puestas.
—Pasa —le dijo con desgana. Quitó la cadena y abrió la puerta. En cuanto Kane entró, volvió a hacerle la pregunta—. ¿Cómo te has enterado de mi dirección?
—Yo lo sé todo, pelirroja, ¿todavía no te has dado cuenta? —sonrió ampliamente—. En realidad, solo he tenido que mirar en tu informe. Lo creas o no, ese es el motivo para el que se necesitan los informes: contienen información útil. Y deja de apoyarte en la puerta y temblar. ¿No vas a ofrecerme una copa?
—Es tarde y estoy cansada.
—Creía que habías dicho que podías estar levantada hasta el amanecer. ¿Te importa que me quite el abrigo?
Shannon se encogió de hombros sin contestar. Él se quitó el abrigo y lo dejó en una de las dos sillas de la habitación.
—Ah, chocolate caliente —dijo Kane al ver la taza medio vacía sobre la mesa—. Hace años que no me tomo un chocolate caliente. Cuando era pequeño me encantaba. Una taza me sentaría estupendamente.
Le dirigió una sonrisa implacable. Shannon salió de la habitación con desgana y regresó a los pocos minutos con una taza de chocolate. Encontró a Kane curioseando sin ningún pudor entre las fotos de la familia con las que Shannon había decorado la habitación.
—¿Quiénes son? —preguntó, levantando una fotografía enmarcada.
—Es mi familia —respondió ella, tendiéndole la taza, pero manteniendo las distancias.
—¿Tus hermanos y tus hermanas?
—Sí.
—¿Cómo se llaman?
Shannon tuvo que acercarse para ir nombrando a cada miembro de su familia, desde la hermana mayor, Shaun, hasta el más pequeño, Brian. Cuando terminó, Kane dejó cuidadosamente la fotografía, pero continuó mirándola atentamente.
—Debes quererlos mucho.
—Sí.
—Y supongo que esa es la razón por la que te resulta tan fácil estar con Eleanor. Durante años te has acostumbrado a vivir con gente. ¿Por qué no sale tu padre en la fotografía?
—Murió hace cinco años.
—Lo siento —contestó Kane quedamente.
Retrocedió, pero en vez de sentarse, como Shannon esperaba, continuó caminando por la habitación. Incluso tuvo el valor de acercarse a la cocina antes de volverse y preguntar con el ceño fruncido:
—¿Dónde está el dormitorio?
—¿Por qué quieres saberlo? —preguntó Shannon, repentinamente asustada.
—He dicho el dormitorio, no la cama.
—En realidad este es dormitorio. El sofá es también cama. Cuando voy a dormir, le pongo las sábanas y utilizo uno de esos cojines como almohada. Es muy cómodo.
—¿Duermes en un sofá?
—Sí, duermo en un sofá.
—Pero con lo que te pago, podrías encontrar un lugar un poco... —miró a su alrededor mientras buscaba una palabra para describir aquel lugar que no resultara ofensiva—, más grande.
—Es difícil encontrar casa en Londres. En realidad, tuve suerte al encontrar este lugar —le informó Shannon.
—Sí, un poco de mala suerte — Kane dio un sorbo al chocolate—. ¿Qué tal te lo has pasado en el pub?
—No intentes distraerme con preguntas. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Estaba por esta zona...
—¿Y se te ha ocurrido venir a charlar un rato conmigo?
—No exactamente. Quería saber cuánto tienes que caminar desde la estación de metro.
Shannon suspiró exasperada.
—Y quería echarle un vistazo a la zona —añadió, aumentando la sensación de impotencia de Shannon.
—¿Hay alguna posibilidad de que dejes de comportarte como si fuera demasiado joven o estúpida para cuidar de mí misma? —le preguntó, cruzándose de brazos con gesto ofendido.
—Si es esa la impresión que te he dado, te pido perdón —dijo en un tono en el que no había ni la menor sombra de disculpa—, pero cuando me imagino a Eleanor viviendo en un lugar como este, se me pone la carne de gallina. Y si, por alguna razón, la vida la llevara a encontrarse en una situación como esta, me gustaría que alguien se preocupara por ella.
—Te refieres a alguien como tú.
Kane se encogió de hombros y arqueó las cejas.
—Kane, te agradecería que no te metieras en mi vida.
—¿Sabe tu madre las condiciones en las que vives? —le preguntó entonces Kane.
—Por supuesto que sí —mintió. De hecho, era una mentira tan descomunal que intentó suavizarla—. Bueno, sabe que no tengo una casa grande... —tenía la desagradable sensación de que su madre pensaría que estaba viviendo en una casa pequeña, pero encantadora. Una casa con al menos un par de habitaciones y un ambiente extraordinariamente hogareño. Seguramente le daría un ataque al corazón si viera aquel lugar.
—Me temo que has sido un poco parca con la verdad.
—He tenido que serlo —respondió Shannon a la defensiva—. Por su propio bien.
Kane continuó en silencio durante tanto tiempo que al final Shannon no fue capaz de contenerse:
—Mira, todavía no he cenado siquiera y me gustaría que te marcharas. Estoy cansada y hambrienta y no estoy de humor para discutir contigo. No soy tu hija, no tienes que cuidarme. Y en cuanto encuentre un lugar mejor, me mudaré, así que no tienes por qué preocuparse.
—¿Por qué no has cenado?.
«No, otra vez no», pensó Shannon. No podría soportar una nueva regañina.
—Porque estaba pasándomelo muy bien en el pub y todavía no he tenido tiempo de pensar en cenar.
—En ese caso, será mejor que rectifiquemos la situación.
—¿Que rectifiquemos la situación?
—Exacto —y, sin más, Kane comenzó a buscar en sus armarios, abrió el frigorífico y miró su interior con ojo crítico—. No tienes muchas cosas, ¿eh?
—¿Te importa?
Shannon se acercó a él y agarró a la puerta del frigorífico. La cerró y miró a Kane con silenciosa dignidad.
—Últimamente no he tenido mucho tiempo para ir de compras. Y la verdad es que no soy una de esas personas obsesionadas con la comida.
—Desde luego. ¿Por qué no te vistes y salimos a comer algo, pelirroja? Si quieres, me daré la vuelta cuando te vistas —añadió caballerosamente.
Shannon le contestó con una carcajada burlona.
—De acuerdo, entonces no me daré la vuelta —se cruzó de brazos y la miró fijamente hasta conseguir que Shannon temblara de pies a cabeza por la tensión.
—Supongo que no piensas marcharte.
—¿Por qué voy a irme cuando puedo quedarme aquí viendo cómo te cambias de ropa? —sonrió al verla sonrojarse de indignación.
Shannon abrió la puerta del armario, consciente en todo momento de la atenta mirada de Kane. Sacó lo primero que encontró y se encerró en el baño.
—No hace falta que cierres con cerrojo —le dijo Kane desde el otro lado de la puerta—. ¿Es que no confías en mí?
—Eres un hombre, ¿no? —replicó Shannon, poniéndose rápidamente unos vaqueros, un jersey y unos calcetines de lana.
—¿Y por qué tendré la impresión de que bajo esa fachada de mujer liberada y fría se esconde una romántica incurable?
Shannon abrió la puerta y, tal como esperaba, encontró a Kane detrás.
—¿Es que no me conoces?
En vez de contestar, Kane localizó el abrigo de Shannon y se lo sostuvo para que se lo pusiera. Shannon sintió el fugaz contacto de sus dedos contra su piel como una extraña invasión a su intimidad. Dio un paso adelante mientras se abrochaba los botones del abrigo. Se dio entonces cuenta de que en su precipitación, se había olvidado de ponerse el sujetador y sentía los pezones irguiéndose contra la lana del jersey. Se le ocurrió pensar que Kane podía ser consciente de que no llevaba sujetador e imaginó sus dedos acariciando sus senos desnudos, buscando sus sensibles pezones y jugueteando con ellos. Y le bastó imaginárselo para sentir que su cuerpo ardía.
—Espero ir suficientemente bien vestida para la cena —comentó.
—Me encanta verte con una ropa diferente a la que llevas en el trabajo. Es realmente encantador.
Kane abrió la puerta y retrocedió educadamente para que Shannon le antecediera.
—¿Encantador? ¿No te parece que estás llevando tu educación demasiado lejos? —le preguntó nerviosa.
—¿No te gusta que diga que eres encantadora? —cerró los ojos un instante—. ¿Y qué adjetivo preferirías que utilizara? ¿Te parecería bien «sexy»? Mmm, sí, sexy sería perfecto. Esas pecas, esa piel marfileña... y el pelo flameante. No es algo obvio, es un erotismo discreto. Como el de una mujer en vaqueros y con una camisa de hombre, que, sin darse cuenta, es capaz de despertar todo tipo de pensamientos ilícitos.
—Yo no despierto pensamientos ilícitos —graznó.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque... —comenzó a decir.
—¿Y te resultaría excitante despertarlos?
—¡No!
—Entonces... ¿debería mantener mis pensamientos ilícitos en secreto? —entrecerró los ojos de manera que Shannon no era capaz de adivinar si estaba hablando en serio o no.
No, por supuesto que no, pensó con vehemencia. No podía estar hablando en serio.
—¡Deja de jugar conmigo, Kane!
—Tienes muchos recelos sobre los hombres, ¿verdad? —preguntó él, mientras se dirigían hacia las escaleras—. En realidad no me sorprende. Los efectos de una relación difícil pueden durar mucho más de lo que parece lógico.
—Hablas por experiencia propia, ¿verdad? —preguntó Shannon con sarcasmo.
—No, la verdad es que no —admitió él mientras salían a la calle.
Ambos bajaron la cabeza instintivamente, intentando protegerse del viento y del frío.
—¿Qué te pidió Gallway exactamente? ¿Que confiaras en él?
—¿Acaso no es eso lo que todos los hombres piden cuando se quieren acostar con alguien?
—Pues la verdad es que no.
—Supongo que tú eres muy diferente, claro.
—Muy diferente — musitó—. Mira, allí hay un restaurante chino. ¿Quieres que entremos?
—De acuerdo —contestó de mal humor—. No me había fijado nunca en él. No voy mucho por esta calle.
—¿La encuentras demasiado aburrida?
—Demasiado aburrida para una juerguista como yo —contestó con desenvoltura—. No hay suficientes pubs, ni clubs.
Kane contestó con una carcajada y Shannon sintió que, a pesar suyo, asomaba una sonrisa a sus labios. Le gustara o no, estaba disfrutando de su compañía.
—Londres no son solo pubs y clubs — señaló él—. ¿Qué me dices del teatro, la ópera, las galerías de arte o los museos?
—¿Qué pasa con todas esas cosas? —preguntó Shannon alegremente.
Había decidido disfrutar de lo que quedaba de noche e intentaría seguirle el juego y dejar que continuara mostrándose tan exageradamente paternal con ella.
Pasó por delante de él mientras le abría la puerta del restaurante, que estaba prácticamente vacío.
—¿Cómo que qué pasa con todas esas cosas?
—Bueno... —respondió mientras se sentaba—, sí, hay teatros, claro. Pero si pudiera permitirme el lujo de ir a una función tendría dinero suficiente para salir de ese agujero en el que vivo, ¿no crees?
—¿Entonces admites que es un agujero?
—Sí, pero en ningún momento he dicho que no me guste vivir en un agujero. A alguna gente le gusta, ¿sabes?
—Ah, claro que lo sé —sonrió y esperó a que continuara.
—Después está la ópera. Bueno, creo que tendría que ahorrar durante tres meses por los menos para poder permitirme el lujo de ir a la ópera. Y, la verdad es que odio la ópera.
—¿Has estado alguna vez?
—No. Después están las galerías y los museos. Muy interesantes, estoy segura. Muy cultos y refinados, pero...
—No me lo digas, eres una chica con ganas de divertirse que no tiene tiempo para cosas tan cultas y refinadas.
—Me alegro de que te hayas dado cuenta. Quizá cuando sea más vieja, más madura...
—Como yo.
—No he sido yo la que lo ha dicho —sonrió con petulancia y se inclinó hacia delante—. Me refiero a que, entre tantas óperas, museos y galerías de arte, ¿no tienes nunca tiempo para el entretenido bullicio de un club?
Kane pareció pensar en ello. Se acariciaba la barbilla con el dedo al tiempo que la miraba con expresión pensativa, sin que en ningún momento desapareciera la chispa de humor que brillaba en su mirada.
—¿Son entretenidos los clubs?. Yo pensaba que en ellos solo había una música horrible y jóvenes borrachos.
—¡Lo ves! —exclamó Shannon triunfante.
—¿Qué se supone que tengo que haber visto? Ah, ya lo comprendo. Que soy un auténtico carcamal. Pero siento desilusionarte, la verdad es que todavía voy de vez en cuando a algún club —se echó para atrás para permitir que el camarero les sirviera el vino mientras Shannon intentaba digerir la imagen de Kane Lindley en la pista de baile de una discoteca londinense.
—¿De verdad vas a clubs? —le preguntó con incredulidad.
—Tengo que admitir que probablemente no sean el tipo de clubs que tienes en mente.
—Ah, te refieres entonces a esos clubs de caballeros en los que todos están sentados, bebiendo sherry y hablando de política.
—No exactamente.
—¿Entonces de qué tipo de clubs estás hablando? — el vino estaba delicioso, aunque, al no tener nada en el estómago, Shannon no tardó en sentir el efecto del alcohol.
—Principalmente a clubs de jazz.
—Ah, jazz.
—¿Otra parte de la cultura para la que no has tenido tiempo? —volvió a llenarle la copa de vino.
—No son muy divertidos, ¿verdad? Música lenta, conversaciones eternas...
—Eso depende de con quién vayas —Kane se llevó la copa a los labios y observó divertido el pálido rubor que cubría las mejillas de Shannon.
—Lo dudo —replicó ella con rotundidad.
La imagen de Kane bailando música lenta, mejilla contra mejilla con una mujer en un club de jazz, la incomodaba mucho más de lo que habría estado dispuesta a admitir en un millón de años. Hasta el momento, no había tenido ningún indicio de que hubiera alguna mujer en su vida, lo había visto llegar todos los días a casa después del trabajo. Pero eso no significaba nada, claro: podía pasar los fines de semana con cualquiera. Por lo que ella sabía, podía salir con una mujer diferente cada fin de semana.
—¿De verdad? ¿No crees que escuchar buena música y bailar con alguien pueda llegar a ser una experiencia muy erótica?
—Prefiero bailar música rápida y yo sola —respondió Shannon rápidamente, alegrándose de que en ese momento llegara la comida, marcando un conveniente final para aquel tema de conversación.
—¿Alguna vez has estado en un club de jazz? —le preguntó Kane, cuando ya habían empezado a comer.
—La verdad es que no —se llevó un trozo de pollo a la boca utilizando los palillos, con la esperanza de que la comida mitigara los efectos del vino.
—Así que ni clubs de jazz, ni ópera, ni nada que tenga que ver con la cultura.
—La cuestión es que me encantaría ir a un club de jazz, y al teatro, e incluso podrían convencerme para que fuera a la ópera. Pero esas cosas cuestan un dinero que no tengo a mi disposición — después de saborear parte de su plato, continuó hablando—. No puedo imaginarme nada más emocionante que ir a la Tate Gallery y pasar después la noche en un club tranquilo y refinado. O disfrutar de una cena exquisita en alguna parte. Sería realmente maravilloso poder... —se interrumpió un instante. Había bebido ya tres copas de vino y comenzaba a tener serios problemas para hablar.
—¿Poder? —la animó Kane con voz sedosa.
¿Por dónde iba? Ah, sí, estaba intentando evocar un estilo de vida alternativo al suyo, más acorde con alguien culto y de la alta sociedad.
—Poder ponerme algo verdaderamente elegante para salir. El vestido negro, por ejemplo. O quizá el verde oscuro, el de la espalda abierta...
—¿Te encantan, verdad? Es una pena que tengas tantos vestidos elegantes y no encuentres oportunidad para ponértelos.
Por alguna extraña razón, Shannon estaba completamente decidida a impresionarlo. Quería demostrarle que no era solo una secretaria trabajadora y amante de los niños cuya única fuente de diversión eran los pubs y los clubs que, por otra parte, hasta el momento al menos no habían cumplido ninguna de sus expectativas.
—Sí, una pena —mintió.
—Mmm. Y tienes un vestido negro...
—Exacto. Un vestido negro y corto, muy corto, en realidad.
—Increíble. ¿Estás segura de que no es el vino el que te está haciendo decir esas cosas?
—Completamente segura —respondió Shannon con el ceño fruncido.
—En ese caso... —hizo un gesto para que les llevaran la cuenta y miró a Shannon con expresión pensativa. Demasiado pensativa para Shannon, que empezaba a ponerse nerviosa por aquel prolongado silencio.
—¿En ese caso qué? —preguntó con impaciencia.
—En ese caso... —musitó—, creo que es una pena que no tengas ninguna oportunidad de disfrutar de esos trajes tan elegantes, ¿verdad?
—Es precisamente eso lo que estaba diciendo.
Shannon se encogió de hombros con fingido pesar, complacida con la imagen que había conseguido proyectar. Ella, la más despreocupada y casera de las hermanas, había conseguido convertirse en una mujer misteriosa y elegante con solo unas cuantas frases y unas mentirijillas.
—¿Nos vamos ya? —preguntó, sorprendida por lo bien que se lo había pasado.
Al levantarse, se sintió ligeramente mareada y Kane la agarró del brazo.
—¿Crees que podrás volver andando a casa?
—Claro que puedo —y añadió con expresión traviesa—. Pero si no pudiera, ¿me llevarías tú en brazos?
—Definitivamente, el vino te ha hecho perder la cabeza —musitó Kane mientras la guiaba por la calle desierta.
—Estás eludiendo la pregunta. ¿Me llevarías?
—Claro que te llevaría —contestó cortante y Shannon soltó una carcajada.
—¿Y te arriesgarías a quedarte sin espalda en el proceso?
—Pero si estoy seguro de que pesas menos que una pluma —contestó Kane con voz ronca. Shannon sintió que todo su cuerpo se inundaba del calor que transmitía aquella voz—. ¿Quieres que te lo demuestre?
Se colocó frente a ella, de forma que Shannon distinguía perfectamente el frío desafiante de sus ojos. No podía estar hablando en serio, ¿o sí?
—Peso más de lo que parece —contestó Shannon con el corazón en la garganta—. Está haciendo frío, ¿verdad? Como no vuelva pronto a casa, me voy a congelar.
—¿Te estás echando atrás, Shannon? —susurró suavemente, pero se apartó a un lado para que pudiera seguir caminando.
Shannon avanzó, preguntándose si habría imaginado ella aquellos desconcertantes cambios de tono de voz. Probablemente, se contestó a sí misma, teniendo en cuenta que el vino avivaba su imaginación. Pero de pronto, Kane la levantó en brazos y la llevó hasta la puerta de su casa mientras ella protestaba enérgicamente e intentaba sin éxito deshacerse de sus brazos.
—¡Déjame en el suelo! —le exigió cuando llegaron al portal.
—Todo a su tiempo. Ahora, ¿por qué no sacas las llaves del bolso para que podamos abrir la puerta?
—¡Así es imposible!
—Inténtalo.
Shannon abrió nerviosa la cremallera del bolso y sacó las llaves. Kane las tomó con una mano y abrió la puerta sin necesidad de bajarla.
—¡Ya está bien! — protestó Shannon cuando comenzó a subir las escaleras.
Al estar tan cerca de él, sentía arder su piel con un extraño e inquietante calor. Los dedos de Kane estaban a solo unos centímetros de sus senos y la cabeza de Shannon rebosaba de gráficas imágenes de aquellos dedos acariciando su piel... aunque solo fuera accidentalmente.
—Después no me culpes si te pasa algo en la espalda.
—Oh, podría culparte de un montón de cosas, pelirroja, pero jamás te culparía de lo que le pase a mi espalda —contestó entre risas cuando llegaron a la puerta.
La dejó por fin en el suelo y bajó la mirada hacia ella.
—De acuerdo —respondió furiosa—. Ya has demostrado que eres un hombre fuerte. ¿Esa era la intención de esta exhibición?
—No —contestó él, inclinándose contra el marco de la puerta mientras Shannon abría—. ¿Quieres que te diga cuál era mi intención?
Se miraron fijamente y en silencio. Shannon se había quedado sin habla al ver que había desaparecido todo el brillo de diversión de sus ojos. De hecho, el prolongado silencio de Kane estaba poniendo su sistema nervioso al borde del colapso.
—No —susurró, provocando una carcajada de Kane.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de lo que pueda decir?
—La verdad es que ya tengo ganas de acostarme —contestó desesperada.
—Y a mí, siendo el perfecto caballero que soy, no se me ocurriría entrometerme en tus bellos sueños. Al igual que, como perfecto caballero, tampoco permitiría nunca que regresaras a Irlanda por Navidad sin poder contarle nada a tu familia sobre todas las maravillosas ofertas culturales que brinda esta ciudad. De modo que he decidido llevarte a mi club de jazz favorito una de estas noches.
—¿Qué «tú» has decidido?
—Exacto, lo he decidido yo. El sábado que viene, ¿qué te parece?
—Me parece...
—Estupendo. Pasaré a buscarte a las ocho menos cuarto. Y no te preocupes, lo pasaremos muy bien —se inclinó hacia delante, de manera que su boca rozaba prácticamente la oreja de Shannon—. Confía en mí.
Capítulo 6
DURANTE los días que siguieron a aquella cena, Shannon visitó todas y cada una de las tiendas razonablemente baratas del centro de Londres. Y se quedó boquiabierta ante el precio que tenían los vestidos.
¿Qué diablos la habría impulsado a mentir? Si no lo hubiera hecho, no habría tenido que pasarse la mayor parte de su tiempo libre de aquella semana arrepintiéndose de su absurda mentira.
Por otra parte, era una suerte que Kane estuviera en el extranjero y no pudiera ser testigo de sus precipitados almuerzos. Aunque su ausencia estaba sirviendo también para intensificar su sentimiento de nerviosa aprensión. Cuando pensaba en Kane subiéndola en brazos, sentía un terror casi desconcertante, pero, al mismo tiempo, no era capaz de comprender por qué no la había tocado, por lo menos de una forma que pudiera haber sido interpretada como sugerente.
—Papá llamó ayer por la noche —comentó Eleanor mientras fregaban los platos, el viernes por la noche.
—¿Ah, sí? — Shannon se aclaró rápidamente la garganta, intentando adoptar un tono más natural—. ¿Y cómo está? ¿Se está divirtiendo mucho en Nueva York?
Ellos se comunicaban diariamente por correo electrónico, pero solo hablaban de temas relacionados con el trabajo.
—Viene mañana por la mañana —contestó Eleanor, radiante—. Dice que me ha comprado una cosa, pero no me ha querido decir lo que es.
—Mmm —Shannon terminó de fregar los platos y escurrió el estropajo. En menos de diez minutos, Carrie llegaría para quedarse con la niña—. ¿Y habéis planeado algo para mañana por la noche? Como una fiesta entre padre e hija, por ejemplo.
Eleanor le dirigió una de aquellas inteligentes miradas que parecían impropias de una niña de ocho años.
—¿Una fiesta entre padre e hija?
—Bueno, no es nada tan extraordinario, ¿no crees?
—Pero papá está demasiado... —pensó en silencio de qué forma podría describir a su padre—, demasiado distraído cuando viene de un viaje como esos.
—Podéis compartir una cena de bienvenida —insistió Shannon—. Carrie estará contigo aquí mañana por la mañana. Podéis salir las dos a comprar su comida preferida y después preparársela —se interrumpió ante la mirada irónica que le estaba dirigiendo la niña.
—Va a llevarme a tomar el té —respondió Eleanor—. Y además, ¿no se supone que va a salir contigo mañana por la noche?
—¡Ah, sí! —Shannon se obligó a sonreír—. Lo había olvidado.
—¿Cómo se te ha podido olvidar?
—No sé —se encogió de hombros, como si olvidarse de sus citas fuera prácticamente una costumbre. —¿Te pondrás el vestido negro?
—¿Y cómo sabes que pensaba ponerme un vestido negro? —preguntó Shannon con curiosidad, mirando a la niña con los brazos en jarras.
—Papá me lo contó ayer por la noche —respondió con naturalidad—. Dijo que esperaba que no te hubieras olvidado de la cita y que estaba deseando verte con ese vestido. Yo no puedo imaginarte con un vestido de esos. Y papá tampoco —añadió con franqueza—. Como siempre llevas esos trajes tan extraños y aburridos.
—¡Mis trajes no son extraños! —soltó una carcajada—. Y si lo fueran, no serían tan aburridos. Pero espera a que tengas que enfrentarte al mundo de los adultos. Entonces también a ti te parecerá que nunca tienes ropa suficiente.
—¿Cómo es ese vestido negro?
—Pues la verdad es que es muy corto y... bueno, no creo que tenga nada de especial.
De hecho, era el vestido más corto que se había comprado en su vida, pero la dependienta le había asegurado que le sentaba maravillosamente y tras cuatro días de infructuosa búsqueda, comenzaba a estar tan desesperada que se había mostrado más que dispuesta a creerla.
—¿Entonces no es una cita? ¿Es solo una reunión de trabajo? —preguntó Eleanor, sin reparar, afortunadamente, en el sonrojado rostro de Shannon.
—Exacto. Una reunión de trabajo —le confirmó.
—Así que no es una cita.
—No, en realidad no es una cita.
—Porque —se precipitó a aclarar Eleanor— no me importaría. Me refiero a que tú no eres como la última mujer que trajo mi padre a casa para que la conociera. Era horrible.
—¿Tan fea era?
—Oh, no, Claudia era muy guapa, pero... ya sabes.
—¿Era inteligente?
—No, era demasiado inteligente y creída.
Una mujer hermosa y segura de sí misma, pensó Shannon con un sentimiento sospechosamente cercano a los celos. Solo una niña de ocho años podía ver algún inconveniente en aquella descripción.
Y no era precisamente hermosa ni segura de sí misma como se sentía Shannon el sábado a las siete y media, cuando faltaban solo quince minutos para que Kane la fuera a buscar. Estaba frente al espejo, maquillándose y mirando frenéticamente el reloj, esperando estar lista y presentable para cuando Kane llamara a la puerta.
El vestido que supuestamente le quedaba tan bien, dejaba tan poco a la imaginación que todavía no podía comprender cómo habían podido convencerla de que se lo comprara. Diez minutos de locura temporal y allí estaba, embutida como una salchicha en un vestido demasiado corto para que pudiera sentirse cómoda. El escote era suficientemente discreto, pensó Shannon mientras se miraba en el espejo del armario. Y afortunadamente, al ser invierno, podría esconderse bajo el abrigo al menos durante el trayecto hasta el club.
El pelo no le causó muchos problemas. Se lo había cortado unos días antes y lo llevaba suelto, con una melena corta que enmarcaba su rostro. Movió la cabeza de lado a lado para ver cómo le quedaba y quedó complacida con el resultado.
Para cuando sonó el telefonillo, Shannon ya estaba preparada para enfrentarse a Kane. Sin prisa, se puso el abrigo y los guantes y salió a recibirlo cinco minutos después con una controlada sonrisa.
—Te has hecho algo en el pelo —fueron las primeras palabras de Kane.
Shannon las recibió con una oleada de placer. Kane estaba apoyado contra el marco de la puerta; llevaba un abrigo negro y una bufanda de color crema colgando descuidadamente alrededor del cuello.
—Me lo he cortado —contestó, echando la cabeza hacia atrás con un teatral gesto—. ¿Te gusta?
—Es un corte muy bonito, sí. Muy chic.
Shannon lo miró entonces con los ojos entrecerrados, preguntándose si habría alguna segunda intención en aquel comentario por la que debiera sentirse ofendida, pero no advirtió nada ni remotamente ofensivo en su voz mientras comenzaba a hablarle de su viaje a Nueva York.
—¿Has estado alguna vez en Nueva York? —le preguntó Kane mientras conducía por una de las transitadas calles de Londres.
Shannon pensó que habría sido glorioso poder intercambiar opiniones sobre la vida en la Gran Manzana. Desgraciadamente, algunas mentiras no eran aceptables, ni siquiera en aquellas circunstancias.
—Creo que deberías reformular la pregunta —contestó con cierta acritud — y preguntar: «¿alguna vez has ido más allá de Irlanda o de Londres?»
—¿Nunca has viajado al extranjero?
—No, sorprendente, ¿verdad? Y tampoco he montado nunca en un avión. Esa es una de las muchas cosas que no he hecho en mi vida.
—Estás hablando como una persona amargada, algo que no eres en absoluto. ¿Cómo has sido capaz de llegar a esta edad sin haber puesto los pies nunca en un avión?
Shannon se mordió el labio, preguntándose si debería satisfacer su curiosidad con alguna respuesta vaga y trivial, pero al final contestó:
—Supongo que en mi casa nunca hubo suficiente dinero para permitimos esos lujos. No olvides que éramos muchos hermanos. Las vacaciones solíamos pasarlas en el campo y en la playa. Ni siquiera cuando empecé a trabajar teníamos suficiente dinero como para poder permitírmelo.
—Pero supongo que, viviendo en casa de tu madre, ahorrabas gran parte de lo que ganabas. ¿O acaso te gastabas todo en ropa?. Me encantaría que me hablaras sobre ello para que pueda hacerme una idea de lo que me espera cuando Eleanor comience a hacerse mayor —la miró de reojo y cuando sus miradas se encontraron, esbozó una sonrisa radiante.
¿Por qué tenía que compararla con su hija?, pensó Shannon indignada. Era ridículo.
—Normalmente, empleaba mi dinero en comprarles cosas a mis hermanos pequeños —replicó con desgana.
Claro que se compraba ropa para salir con sus amigas, pero también le daba dinero a su madre y asumía parte de los gastos de sus hermanos. Siempre le había parecido algo completamente natural compartir su dinero.
—Eso es magnífico —dijo Kane con calor y Shannon hizo una mueca.
—Supongo que Eleanor no tendrá que enfrentarse a ese problema en particular —señaló—. Probablemente gastará todo el dinero que quiera en ropa y en diversiones y dejará que el pobre de su papá corra con todos los gastos.
—Quizá —Kane giró en el asiento mientras hacía una maniobra—. Pero quizá con el tiempo tenga más hermanos y aprenda a compartir el dinero con ellos. Quién sabe.
—¿Pretendes formar otra familia? —por alguna razón, la idea la sorprendía. Y también le hacía preguntarse, no sin incomodidad, si habría alguna mujer en su vida—. Por supuesto, ya sé que no es asunto mío.
—Pareces sorprendida. ¿Tú no crees acaso que el deseo de procrear es tan natural como respirar?.
Entraron en el club de jazz, un lugar pequeño, íntimo, y tan oscuro que era imposible que Kane pudiera ver el rubor que se extendía por las mejillas de Shannon.
—¿Me das tu abrigo? —le pidió Kane amablemente, alargando el brazo.
—Es posible que haga frío —contestó ella, luchando contra la tentación de aferrarse con fuerza a la prenda.
—Lo dudo. Hace bastante calor y después de un par de bailes, estarás sudando.
—¿Un par de bailes?
—Siempre que estés dispuesta a bailar con un viejo, claro.
—Me gustaría que dejaras de hablar de ti mismo todo el tiempo como si fueras un viejo —gruñó. A regañadientes, renunció a su abrigo e hizo un esfuerzo sobrehumano para no ruborizarse bajo la minuciosa inspección a la que Kane la sometió—. Desde luego, no parecías ningún viejo cuando...
—¿Cuándo te subí en brazos a tu habitación? Vaya, eres muy amable. Confío en que eso sea un cumplido — la recorrió con la mirada, muy lentamente—. Vaya, ese vestido es increíblemente corto, ¿eh? Espero que ninguno de los hombres que hay por aquí tenga problemas de tensión.
La propia tensión de Shannon era la que parecía estar alcanzando límites peligrosos mientras Kane continuaba fijando en ella su mirada.
—¿Sabes? —comentó Kane al cabo de unos segundos—. Cuando me dijiste que tenías un vestido como ese no me lo creí.
Shannon soltó una carcajada que esperaba resultara tan divertida como supuestamente debería haberle parecido aquella idea.
—¿De verdad? ¡Y tengo muchos más vestidos en Irlanda! —le tendieron sus abrigos a la chica del guardarropa. Esta les entregó una ficha que Kane se guardó en el bolsillo de la chaqueta.
—¿En serio?
—Claro que sí. Por supuesto, no se me ocurrió traérmelos a Londres por miedo a no tener dónde colgarlos.
—Eres una criatura realmente compleja, pelirroja —comentó Kane mientras los conducían hacia una mesa situada en un rincón—. No sé cómo conciliar a esa chica que se gasta el dinero que tanto le cuesta ganar en regalos para sus hermanos con esa mujer con un guardarropa lleno de modelos sorprendentes —llamó a una camarera y pidió un botella de champán—. Quizá el problema sea que estoy acostumbrado a clasificar de forma muy rígida a las mujeres y me cuesta creer que una persona tan buena con los niños pueda ser también una mujer que disfrute exhibiendo sus encantos por las noches.
¿Exhibiendo sus encantos? Vaya, por una parte era halagador que insinuara que tenía encantos que exhibir. Pero, por otra, la mujer que Kane estaba describiendo no tenía ninguna relación con ella.
—Eso es típico de los hombres —respondió con voz sedosa.
Era curioso, en presencia de aquel hombre en particular estaba descubriendo otra faceta de sí misma que jamás habría sospechado que existiera. Se sentía sensual y receptiva. De hecho, mucho más receptiva y sensual de lo que se había sentido con Eric Gallway. Disfrutaba con sus atenciones, pero, sobre todo, disfrutaba de poder volver a sentirse enamorada. Bueno en realidad no estaba enamorada de Kane pero desde luego, éste tenía la capacidad dé hacerle sentirse toda una mujer.
Quizá, después de tanto tiempo, por fin estuviera rompiendo la crisálida en la que durante tantos años había vivido encerrada y estuviera comenzando a desplegar sus alas, convirtiéndose en una nueva mujer, alejada para siempre de la jovencita alegre y sencilla que había sido hasta entonces.
—O quizá —comentó con expresión pensativa—, siempre hayas salido con mujeres que encajaban en un solo papel. Mujeres atractivas, profesionales importantes, inteligentes y seguras de sí mismas, pero incapaces de llevar una rutinaria vida familiar, por ejemplo.
—Quizá —bebió un sorbo de champán y continuó mirándola por encima del borde de su copa—. ¿Entonces crees que he estado buscando en un terreno equivocado?
—¡Desde luego! —contestó Shannon alegremente. Era extraño. A pesar del champán, se sentía como si no hubiera bebido nada en absoluto.
—¿Y crees que debería intentar corregir mis percepciones?
—Tienes que aprender a mirar más allá de la superficie.
—A partir de ahora lo intentaré —contestó Kane muy serio.
Se produjo entonces una repentina oleada de actividad sobre la pequeña tarima circular que había en uno de los extremos de la sala. Aparecieron sobre ella ocho hombres vestidos de negro que rápidamente se dispusieron a tocar una pieza de jazz que todo el mundo aplaudió con calor. Siguieron después con una melodía más tranquila, creando un ambiente que pronto invitó a bailar a un par de parejas.
Shannon estaba intentando demostrarle a Kane lo mucho que estaba disfrutando de la música cuando una belleza alta y morena se materializó al lado de su jefe y le dio unos golpecitos en el hombro.
Se inclinó sobre él, de forma que su melena azabache rozaba su camisa, exponiendo en el proceso, advirtió Shannon, parte de su escote. Shannon sentía que el corazón le latía de forma salvaje y tragó tan rápidamente el champán que acababa de llevarse a los labios que terminó tosiendo de forma muy poco elegante. No podía oír lo que aquella mujer estaba diciendo, pero no hacía falta saber leer los labios para descifrar lo que significaba el brazo que la morena dejaba descansar sobre el hombro de Kane.
—¿Te importaría —preguntó la mujer, dirigiéndose a Shannon—, que sacara a este hombre maravilloso a bailar?
—Por supuesto que no —respondió Shannon con los dientes apretados, diciéndose que, por ella, podría arrastrarlo hasta el mismísimo fondo del infierno.
Pero Kane se volvió hacia la recién llegada y se disculpó con una sonrisa de pesar. La morena se despidió, dejando un «quizá más tarde» flotando entre ellos.
—Perdóname por no haberte presentado —le dijo Kane, tendiéndole la mano a Shannon, de modo que a esta no le quedó más remedio que aceptar un baile—, pero la música está muy alta y no quería que Carole tuviera que dejar esperando a su compañero de cena.
Estaban tocando otra lenta y sentida pieza de jazz. Kane estrechó a Shannon contra él, posó la mano en su espalda y comenzó a moverse.
—Ella no parecía tener ningún inconveniente en hacerle esperar —señaló Shannon fríamente. Su mejilla descansaba sobre el pecho de Kane, permitiéndole escuchar los firmes latidos de su corazón.
—Bueno, quizá haya sido a mí al que no le ha parecido bien hacerte esperar —repuso él contra su pelo.
Shannon se separó ligeramente de Kane para mirarlo.
—No me hubiera importado.
—¿De verdad?
Shannon fue incapaz de sostenerle la mirada. Era imposible no sentirse vulnerable y en desventaja, pensó, cuando tenía que doblar prácticamente el cuello para mirarlo, como si fuera una mujer esperando el beso de un amante.
—De verdad —respondió Shannon resueltamente—. No me habría importado nada quedarme sentada disfrutando de la música.
—Jamás se me ocurriría hacerte una cosa así.
—¿Porque eres todo un caballero?
—Posiblemente.
La ambigüedad de su respuesta encendió un destello de peligrosa excitación en Shannon. Destello que rápidamente sofocó con el recuerdo de aquella morena.
—¿Y quién era? —le preguntó, al cabo de un corto silencio, durante el cual el calor de sus cuerpos parecía haberse incrementado considerablemente—. Si no quieres, no me contestes, claro —añadió, en un tono de suprema indiferencia, como si más que la curiosidad, hubiera sido el intento de iniciar una conversación el que había motivado la pregunta.
Kane la estrechó ligeramente contra él, de modo que sus cuerpos parecían fundirse. Shannon se estremeció.
—Era una conocida del mundo de los negocios... y una amiga.
—¿Una amiga? —preguntó Shannon con expresión de inocencia—. Oh, la amistad es un bien tan precioso... ¿Os peleasteis?
En aquella ocasión fue Kane el que se separó para poder mirarla.
—Hace tiempo que dimos por terminada nuestra relación —le contestó—. Y si lo que querías era averiguar qué tipo de relación teníamos, ¿por qué no lo has preguntado?
Shannon se sonrojó violentamente y clavó la mirada en los bolsillos de su camisa. Cuando estuvo segura de haber recuperado una expresión aceptable, alzó la mirada y sonrió con dulzura.
—Entiendo que tuvisteis una relación íntima, y te aseguro que no estoy interesada en conocer más detalles.
—De todas formas, quizá no te importe conocer algunos, ¿verdad? Como que conocí a Carole en el trabajo. Es abogada y estuvimos saliendo durante unos meses a principios de año, pero el tiempo demostró que no encajábamos en absoluto y estuvimos de acuerdo en dar por terminada nuestra relación.
—Pues ella parecía estar más que dispuesta a reiniciarla —dijo Shannon, sintiéndose fatal por haber hecho un comentario tan malicioso.
Pero Kane no pareció ofenderse en absoluto.
—Posiblemente, pero... —le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y susurró:— cuando decido algo, nunca cambio de opinión.
Afortunadamente, antes de que Shannon se viera impulsada a hacer más preguntas, la pieza terminó y la joven aprovechó aquel breve intervalo para mencionar la comida.
Durante la siguiente hora, estuvieron hablando de temas poco comprometidos, como la música, Irlanda, o las experiencias de Kane en otros países. La morena no volvió a aparecer aunque Shannon la vio en brazos de un hombre alto y atractivo, bailando en la pista de baile.
—¿Te estás divirtiendo? —le preguntó Kane, inclinándose hacia ella.
Shannon contestó con una feliz carcajada.
—Una comida fabulosa, buena música... ¡Claro que me lo estoy pasando bien!
—En ese caso, ¿te importaría concederme otro baile?
—Me temo que lo necesito, aunque solo sea para quemar parte de las calorías que acabamos de meternos en el cuerpo.
—Tonterías. No necesitas perder ni un solo gramo de grasa.
—Eso lo dices porque no me has visto sin... —se interrumpió bruscamente, sumiéndose en un embarazoso silencio.
—No, pero te he sentido —respondió Kane.
—¿Que tú qué?
—He sentido la forma de tu cuerpo a través del vestido, y te aseguro que no tienes por qué vigilar lo que comes.
Shannon observó con los ojos entrecerrados su expresión de aparente inocencia.
—Me temo que coma lo que coma, nunca alcanzaré las proporciones de la llamativa Carole —replicó, al tiempo que llegaban a la pista de baile y sus cuerpos comenzaban a moverse en perfecta sintonía.
—Es bastante alta y está muy bien dotada, ¿verdad? —preguntó Kane, riendo suavemente.
—Y además inteligente —añadió Shannon, incapaz de resistirse.
—Sí, y también inteligente. Justo el tipo de mujer con el que debería llevarme bien, de hecho. Una mujer de una sola dimensión —rió de nuevo, haciéndole preguntarse a Shannon si lo estaría haciendo a expensas de ella, pero cuando lo miró, volvió a encontrarse con aquella expresión inocente—. De todas formas a Eleanor no le gustaba. Y yo soy un hombre suficientemente anticuado como para querer contar con la aprobación de mi hija antes de iniciar una relación con una mujer.
—Eso no es ser anticuado. Eso es ser considerado y compasivo. Yo sé que mi madre nunca habría considerado la posibilidad de volver a casarse con un hombre sin contar con nuestra aprobación.
—Una prueba imposible para cualquiera —gimió Kane y Shannon se echó a reír.
—Lo sé. No es que nosotros no quisiéramos que mi madre volviera a ser feliz...
—¡Pero gustarle a los siete! Seguro que tu madre no volvió a casarse.
—No. Ha salido con algunos hombres. Continúa siendo una mujer atractiva, pero siempre dice que está demasiado ocupada como para añadir un nombre más a la lista de personas de las que tiene que cuidar.
—Se preocupa por todos vosotros, ¿verdad? — posó la mano en su nuca y la deslizó suavemente por su cuello.
Shannon sentía cada uno de sus dedos como si fuera una barra de hierro al rojo vivo contra su piel.
Afortunadamente, Kane no parecía consciente de su reacción.
—Por supuesto que sí —contestó con voz firme—. ¿Acaso no lo hacen todas las madres? Bueno, quizá esté siendo demasiado ingenua, por supuesto que no todas lo hacen. Nosotros hemos tenido una gran suerte con mi madre. Pero tú también te preocupas de Eleanor, ¿verdad?
—Excesivamente, incluso —y continuaron bailando en silencio.
Shannon ya había olvidado prácticamente aquella conversación cuando, de camino hacia su casa, Kane volvió a abordar nuevamente el tema de su familia. Parecía repentinamente fascinado por su pasado. Shannon no lo advirtió. El champán ya había hecho su efecto y estaba a punto de quedarse dormida a pesar del esfuerzo que estaba haciendo por mantener los ojos abiertos.
Apenas podía contestar las preguntas de Kane sin bostezar, de modo que cuando Kane le hizo una pregunta vital, apenas fue consciente de sus implicaciones. Asumió que era otra pregunta más, como las que le había hecho sobre su familia, hasta que su cerebro descifró el mensaje, haciéndole incorporarse bruscamente y pedirle que le repitiera lo que acababa de decir.
—He dicho —repitió Kane, con la mirada fija en la carretera—, que deberías dejar de vivir en ese agujero que tanto angustiaría a tu madre y venirte a vivir conmigo.
—¿Irme a vivir contigo? —era tan ridículo que a Shannon le entraron ganas de echarse a reír—. ¿Es que te has vuelto loco?
—Por supuesto que no. Me parece una sugerencia perfectamente razonable— redujo la velocidad cuando se aceraron a su edificio.
—¿Razonable? — prácticamente gritó Shannon.
—Escúchame un momento. Esa pensión en la que te alojas no es un lugar para vivir. Y tú misma estuviste de acuerdo en que a tu madre le daría un ataque si viera las condiciones en las que estás viviendo.
—Pero no las va a ver.
—De modo que la mejor solución sería que te vinieras a vivir conmigo. Mi casa es suficientemente grande como para alojar a una persona más. De hecho, podrías tener toda la intimidad que necesitaras. Naturalmente, seguirías trabajando con Eleanor las mismas horas que hasta este momento y cuando quisieras salir una noche, Carrie se haría cargo de la niña.
—No, espera, un momento...
—Por supuesto, la situación solo se mantendría, hasta que encontraras un sitio mejor y como yo no te cobraría alquiler, podrías ahorrar muy rápidamente.
—No, eso está fuera de toda...
—Piensa en ello esta noche — Kane aparcó el coche frente al edificio, salió y le abrió a Shannon la puerta—. Hablaremos de ello el lunes a primera hora.
Y antes de que Shannon hubiera podido decir una sola palabra más, estaba otra vez en su coche, esperando a que Shannon entrara sana y segura en el edificio.
Capítulo 7
SHANNON no había oído una sugerencia tan ridícula en toda su vida, pero sabía perfectamente los motivos por los que se la había hecho Kane. Para él, la vida sería infinitamente más fácil teniendo en su casa a una niñera que pudiera satisfacer sus instintos sobreprotectores de padre.
¿Pero de verdad imaginaba que estaría dispuesta a renunciar a su libertad y le agradecería aquella oportunidad?
Su casa podía ser el lugar más indeseable de la tierra, pero era suya y no tenía que mirar por encima del hombro cada vez que estornudaba.
Shannon intentó imaginarse lo que sería vivir bajo el mismo techo que Kane Lindley y no tardó en sentirse sobrecogida por la sensación de que nunca iba a poder escapar a aquel hombre. Como si no fuera ya suficientemente difícil intentar no ser consciente de su presencia cuando estaba cuidando a Eleanor, o tener que pasar de ser su secretaria a convertirse en su niñera en el mismo día.
Y le importaba un comino la lógica de sus razonamientos sobre la posibilidad de ahorrar algún dinero. La lógica, se dijo con acritud, podía regir su vida. ¡Pero no iba a regir la suya!
—Es una oferta muy sensata —le comentó Sandy al día siguiente durante el almuerzo del que estaban disfrutando en su casa—. De esa forma no tendrías que preocuparse por llegar tan tarde a casa. Estarías más segura.
—Se supone que tú tienes que estar de mi lado, Sandy —se quejó Shannon.
—Siempre puedes compartir casa, como hago yo. De esa forma podrías vivir en un barrio mucho mejor. Y...
—¡Y tener a gente a mi lado, a todas horas! Lo siento, necesito intimidad.
—Bueno, al fin y al cabo, él te ha dicho que podrías disfrutar de toda la intimidad que necesitaras...
—Y las vacas vuelan. ¿Qué es esto? —sacó un extraño objeto de su plato de pasta y lo levantó para examinarlo.
—Oh, a Alfredo le sobraban un par de vieiras así que he decidido añadirlas a la pasta.
—Un extraño aditivo, ¿no crees?
—No para alguien de gustos refinados. En cualquier caso, estás cambiando de tema. Si esa casa es tan grande, ni siquiera tendrás que verlo —la cocina fue de pronto invadida por los compañeros de piso de Sandy. Era prácticamente imposible mantener una conversación.
—Y, como él mismo te dijo —continuó Sandy, completamente ajena a aquel caos—, podrás ahorrar muchísimo dinero. De hecho, quizá no tengas que quedarte allí más de un par de meses. Venga, y termina de comer. Estás adelgazando demasiado.
Después de disertar durante un buen rato sobre las amigas que siempre deberían apoyarse la una a la otra en vez de intentar llevarse la contraria, Shannon se permitió a sí misma disfrutar de los recurrentes cotilleos que cada semana compartía con su amiga.
Cuando el lunes regresó al trabajo, Kane llamó para decirle que había sido convocado urgentemente a una reunión, de modo que seguramente no lo vería hasta esa tarde, o quizá hasta el día siguiente. No le había dejado ninguna nota relativa a su conversación del sábado por la noche y Shannon se preguntó si ya la habría olvidado. Quizá en aquel momento estaba tan bebido que ni siquiera era consciente de lo que decía. Quizá Kane fuera una de esas personas a las que aparentemente no afectaba el alcohol, pero que después sufrían lagunas inexplicables en la memoria.
Aquella idea la animó. Para las cinco de la tarde, tras haber mantenido dos conversaciones telefónicas con Kane durante las que este no había mencionado en ningún momento nada al respecto, estaba ya segura de que se había olvidado por completo de la cuestión. O quizá se hubiera dado cuenta de las implicaciones de su oferta.
A juzgar por la belleza con la que se habían encontrado en el club de jazz, Kane tenía su propia vida y quizá hubiera llegado a la conclusión de que una joven irlandesa con una marcada tendencia a decir lo que pensaba, podría llegar a ser un estorbo.
Cuando aquella tarde cerca de las seis, llegó a casa de Kane para hacerse cargo de Eleanor, encontró el coche de su jefe en el camino de entrada a la casa. Antes de que hubiera llamado a la puerta, esta se abrió y se encontró frente a Kane. Iba vestido con unos pantalones de pana y una sudadera que, por lo menos a los ojos de Shannon, le hacía peligrosamente atractivo.
—Pensaba que habías dicho que tenías una reunión —fue lo primero que le dijo cuando Kane se apartó para dejarla pasar.
—Una de las cosas que más admiro de ti es tu talento para pasar por encima de los convencionalismos sociales —le respondió Kane.
—Bueno, no esperaba encontrarte aquí —replicó Shannon, a modo de disculpa—. Has dicho que no nos veríamos hasta mañana por la mañana.
—He dicho que quizá no nos veríamos hasta mañana por la mañana.
—¿Dónde está Eleanor?
—Ha ido a pasar la noche a casa de una amiga.
Shannon lo miró fríamente.
—En ese caso, ¿por qué no me lo has dicho?
Kane le dirigió una irritante sonrisa.
—Me resultas encantadora cuando pretendes ser cortante. Quizá sea por lo impropio que es de ti.
—En ese caso, no hago ninguna falta en esta casa —respondió Shannon, haciendo caso omiso de su comentario.
—¿Y de dónde sacas esa idea?
Shannon le dirigió la más fría de las miradas y Kane respondió con un gesto burlón de rendición.
—De acuerdo. Todavía necesito que te quedes aquí porque... porque tengo una visita que quiere verte. De hecho, está esperándote en la cocina —comenzó a dirigirse a grandes zancadas hacia la cocina, dejando a Shannon quitándose el abrigo a toda velocidad mientras intentaba imaginarse de quién podría tratarse.
—¿Qué visita? —consiguió sisear antes de que hubieran llegado a la cocina.
Kane se detuvo tan bruscamente que Shannon estuvo a punto de chocar contra su pecho.
—No creo que hagan falta las presentaciones. Eso es todo lo que pienso decir. No quiero estropear la sorpresa.
Se echó rápidamente a un lado para que Shannon lo precediera y esperó tras ella mientras entraba en la cocina y la visitante de Kane se levantaba con los brazos abiertos.
—¡Mamá! ¿Qué estás haciendo aquí? —era consciente de que Kane estaba tras ella y no le hizo falta mirar hacia él para saber que había sido el responsable de que apareciera su madre en escena.
Aquel repugnante manipulador solo tenía un propósito en mente. Un propósito que no tenía nada que ver con una tierna reunión entre una madre y su hija.
En respuesta, su madre la envolvió en un enorme abrazo y la recorrió de los pies a la cabeza con la mirada.
—Shannon, cuánto has adelgazado. Y no intentes decirme que me equivoco —le advirtió su madre, dando por zanjada de antemano cualquier posible discusión al respecto—. Estás mucho más delgada y este amigo tuyo tan encantador tenía razón al mostrarse preocupado —le dirigió al encantador caballero en cuestión una mirada de complicidad.
Shannon tuvo que hacer un serio esfuerzo para controlar las ganas de volverse para dar al amigo encantador en cuestión un buen puñetazo.
—No es un amigo mío, mamá. Es mi jefe y no tiene ningún motivo en absoluto para estar preocupado por mí. Y yo misma se lo dije, así que espero que no haya cometido el error de hacerte venir desde Irlanda por nada.
—No creo que el bienestar de mi hija no sea nada —replicó su madre en tono recriminatorio—. Durante todo este tiempo me has hecho creer que tu vida en Londres estaba siendo un camino de rosas, Shannon. Y le agradezco a Dios que este joven haya tenido la sensatez de llamarme para hacerme saber cómo estás.
El joven al que se refería su madre acababa de acercarse y estaba tendiéndole a Shannon una taza de café.
—O quizá prefieras algo más fuerte, aunque es un poco pronto para tomar un vino.
—Oh, a mi Shannon no le gusta beber. Con un té las dos tendremos más que suficiente. Y después tendremos una pequeña conversación sobre algunas cuestiones.
—Muy sensato —se mostró de acuerdo Kane, ignorando la mirada asesina de Shannon.
—¿Sobre qué cuestiones, mamá? —preguntó Shannon con un hilo de voz.
—¿Por qué no vais al salón mientras yo os preparo el té? —sugirió Kane con una odiosa sonrisa—. Os lo serviré con las deliciosas pastas con mantequilla que ha traído Rose.
¿Rose? ¿Qué familiaridades eran esas?
—Qué casa tan adorable, ¿no te parece? —le comentó Rose a la cada vez más estupefacta Shannon mientras se dirigían hacia el salón—. Kane me ha enseñado toda la casa y tengo que decir que es preciosa. Es increíble encontrar un lugar tan tranquilo en medio de tanto ruido y tanta polución.
—¿Te ha dado una vuelta por toda la casa? ¿Pero cuánto tiempo llevas aquí, mamá?
—Oh, he llegado a las once y media de la mañana, cariño. Y, de verdad, estás muy demacrada. No has estado comiendo bien, ¿verdad? Y yo que pensaba que eras suficientemente adulta como para cuidar de ti misma. ¿No te dije yo que era un error que vinieras sola a Londres, que no deberías alejarte de la familia?
—Pero mamá...
—Nada de peros, Shannon —se sentó con las manos educadamente cruzadas en el regazo.
—Kane no tenía ningún derecho a ponerse en contacto contigo.
—Tenía todo el derecho del mundo, hija mía. Y es una suerte que hayas encontrado a alguien en esta ciudad que se preocupe por tu bienestar. Me ha explicado lo preocupado que está por el estado de tu vivienda.
—Mi vivienda está perfectamente, mamá — protestó Shannon con un hilo de voz.
—Eso tendré que juzgarlo yo misma, Shannon. Kane me ha sugerido que lo mejor que podría hacer es ir a ver tu casa.
Las últimas intenciones de resistirse de Shannon sucumbieron bajo la mirada implacable de su madre. Se hizo un minuto de silencio mientras Shannon contemplaba las consecuencias de la visita de su madre a su casa.
No tuvo oportunidad de dar rienda suelta a su furia ante el instigador de todo aquello hasta mucho más tarde, cuando su madre estaba ya cómodamente instalada en una de las habitaciones para invitados de casa de Kane.
—Eres... eres ¡eres una auténtica rata! —estalló Shannon, irrumpiendo en la cocina para encontrarse con un tranquilo y frío Kane.
—¿Te apetece un café, una copa?
—¡No quiero ni un café ni una copa! —lo fulminó con la mirada—. ¿Cómo te atreves a traer a mi pobre madre hasta aquí para salirte con la tuya?
—Siéntate, parece que estás a punto de explotar —le dijo con un tono irritantemente comprensivo. Señaló una de las sillas de la cocina.
Shannon se dejó caer en ella con un sonido atragantado.
—¿Y ahora crees que podremos hablar de esto como dos personas adultas? —él estaba tomando una copa de oporto y parecía completamente sereno—. ¿Estás seguro de que no quieres tomar un oporto, mi pequeña abstemia? —chasqueó la lengua con un sonido de desaprobación—, mira que dejar que tu madre pensara que odiabas el alcohol...
—Tomaré una copa de oporto —replicó Shannon entre dientes—, si me dejas tirártela por la cabeza.
Kane sacudió la cabeza y sirvió una copa.
—Estás siendo muy infantil, Shannon. Tienes que admitir que tu madre comparte completamente mi punto de vista, ¿y no te alegras de que esté conforme con dejarte vivir en mi casa hasta que encuentres un lugar más respetable? Ya se lo he contado todo a Eleanor y está encantada con la idea de que te sumes a la familia, en vez de irte a vivir sola.
—¡Mi vida no es asunto tuyo! No tienes ningún derecho a...
—Sé que no te gusta aceptar ayuda de nadie, pero a veces, dejarse ayudar demuestra una gran fuerza de carácter. Si te pone nerviosa la idea de vivir en mi casa...
—¿Nerviosa? ¿Por qué demonios va a ponerme nerviosa?
—No lo sé. Quizá creas que puedan cambiar las cosas entre nosotros. Que nuestra relación deje de ser la habitual entre una secretaria y un jefe...
—No creo nada parecido —replicó Shannon fríamente.
—¿Entonces por qué te cuesta tanto dejar que te ayude durante un mes o dos, hasta que encuentres algo mejor? Tu libertad no sufrirá ninguna merma. Y no pienso aprovecharme de tu buen talante... —se interrumpió y se frotó la barbilla don gesto pensativo—. Podrás salir y entrar cuando quieras.
—¿Cómo convenciste a mi madre para que viniera a Londres? ¿Y cómo te enteraste de dónde vive?
—Nuevamente, tu informe es la respuesta a la segunda pregunta. Y, para contestara la primera, solo puedo decirte que simplemente le pedí que viniera a ver como estabas.
—Eres sencillamente repugnante.
—A tu madre no se lo he parecido.
Shannon lo miró con los ojos entrecerrados.
—Sí, posiblemente esté sufriendo los primeros síntomas de la demencia senil.
—Pues el caso es que a tu madre le he parecido una persona muy sensata y amable, como ella misma ha dicho en varias ocasiones si mal no recuerdo...
Shannon se preguntó cómo iba a poder vivir más de una semana en compañía de una persona que tenía la dudosa virtud de crisparle los nervios. Porque lo más terrible de todo era que no le iba a quedar más remedio que mudarse a su casa.
Su madre había reaccionado tal como era previsible cuando había visto el lugar en el que vivía; se había comportado como si el mero hecho de que su adorada hija viviera en un lugar como aquel fuera poco menos que un pecado mortal.
—Bueno, en el caso de que venga a vivir aquí...
—Querrás decir, cuando vengas a vivir aquí.
—Pretendo dejar claras unas cuantas cosas —continuó Shannon, ignorando su interrupción—. En primer lugar, no puedo trabajar horas extra como secretaria. En segundo lugar, no quiero que nadie esté pendiente de lo que haga o deje de hacer.
—¿Es que tienes intención de hacer algo que pueda tentarme a estar pendiente de ti?
—Y, en tercer lugar, me gustaría poder salir y entrar sin tener que pedirle permiso a nadie. Ah, y cuarto, te pagaré algo de alquiler.
—No me vas a pagar absolutamente nada.
—No me gusta aceptar favores de nadie —le informó Shannon fríamente.
—¿Por qué no? A veces hay que saber valorar las oportunidades que se nos brindan. Uno de los consejos más importantes que puedo darte es que intentes mirar las cosas a largo plazo.
—No creo haberte pedido ningún consejo.
—Si yo no hubiera aceptado algunos consejos, ahora mismo no estaría donde estoy.
Shannon lo miró con recelo.
—No puedo imaginarte aceptando consejos de nadie —musitó.
—Humm. Para no gustarte el alcohol, yo diría que te has tomado esa copa en un tiempo récord. ¿Quieres otra? —Kane le dirigió una sonrisa traviesa—. ¿Cuando estabas en Irlanda no bebías?
—Claro que bebía. Pero nunca en casa.
—¿Y qué otros secretos le has estado ocultando a esa madre tan encantadora que tienes? ¿Está informada acaso de la vida salvaje e irresponsable que llevas en Londres?
—¡Yo no llevo una vida salvaje e irresponsable! Y además, deja de meterte en mi vida.
—Tienes razón —se levantó y flexionó el brazo—. Me estoy comportando como un viejo entrometido —añadió con una devastadora sonrisa de disculpa.
¿Esperaba acaso que se lo tragara?, se preguntó Shannon. Sus palabras insinuaban que era un pobre e indefenso entrometido al que debería seguir la corriente. ¡Ja! Aquella descripción de sí mismo no podía estar más lejos de la verdad y ambos lo sabían.
—Es cierto —mintió Shannon con dulzura—. Y, personalmente, no se me ocurre nada peor que un viejo entrometido.
A Kane no le importó en absoluto que se lo dijera.
—Supongo que —continuó diciendo Shannon—, cuando una persona llega a cierta edad solo puede divertirse metiéndose en las vidas de los demás, aunque a veces no se dé cuenta de lo irritante que eso puede llegar a ser.
—En eso tienes razón —admitió Kane, pero antes de que Shannon hubiera podido disfrutar de aquella pequeña victoria, añadió en voz más baja:— la próxima vez que vea a Rose, me acordaré de preguntarle si cree que soy un viejo entrometido sin nada que hacer — rió para si, como si se estuviera acordando de algo particularmente agradable—. Quizá ella pueda intentar ayudarme a aliviar mi pobre ego.
Mientras Shannon intentaba encontrar una respuesta suficientemente cortante, Kane se dirigió hacia la puerta de la cocina y antes de salir, le dijo por encima del hombro:
—Ah, por cierto, se me había olvidado comentarte que le he dicho a tu madre que te he dado un par de días libres para que puedas hacer la mudanza y salir con ella a enseñarle la ciudad. Y no hace falta que me lo agradezcas —y antes de que Shannon tuviera oportunidad de arremeter contra él, salió de la cocina.
—No sé cómo has podido creerte todo lo que te ha dicho Kane Lindley —le comentaba Shannon malhumorada a su madre dos días después.
Estaban en el aeropuerto, esperando a que anunciaran la próxima salida del vuelo de su madre.
—No seas tonta, Shannon. No me he dejado engañar por nadie. Kane ha decidido protegerte y creo que es una persona de absoluta confianza.
—¿Por qué, mamá? ¿Por qué tienes que confiar tanto en él?
—Porque es un auténtico caballero, hija.
—Cuando le conviene.
—Y Eleanor es una niña encantadora. Y ya he visto el cariño que te tiene — Rose sonrió a su hija con calor—. Siempre te han gustado mucho los niños. Estoy segura de que te sentará bien vivir en esa casa durante una temporada. Podrás comer adecuadamente y ahorrar algún dinero que te permita vivir un poco mejor.
—Siempre y cuando no te pongas al borde de la histeria cuando te diga que me voy a ir de casa de Kane —le advirtió Shannon—. Y supongo que eres consciente de que no voy a poder alquilar una casa como la de él, ¿no? Tendré que alquilar algo mucho más pequeño.
—Que sea más pequeña no quiere decir que tenga que estar en un barrio peligroso y lúgubre.
Kane parecía haberle lavado el celebro a su madre, pensó Shannon desolada. Sin embargo, a medida que fueron pasando los días, Shannon tuvo que reconocer que Kane estaba siendo fiel a su palabra. Carrie continuaba yendo a buscar a Eleanor al colegio y desde el primer día le pidió a Shannon que le comunicara sus posibles salidas nocturnas para que pudiera quedarse cuidando a la niña.
Tampoco se sintió obligada a ir con Kane por las mañanas al trabajo, como este educadamente le ofreció. Kane salía de casa antes de las siete y Shannon solía hacerlo una hora después. En la oficina su conducta era estrictamente profesional. Y al menos durante el tiempo que allí llevaba, tampoco habla habido ninguna intromisión en su vida personal.
Entre tantas novedades, Shannon no volvió a acordarse de la representación de Navidad hasta que Eleanor se lo recordó una mañana antes de irse al colegio.
—Espero que no te hayas olvidado de lo de esta tarde —fue lo primero que dijo Shannon cuando, llegó aquella mañana a la oficina y encontró a Kane sentado a su mesa.
—¿Qué tenemos esta tarde?
—La obra de Eleanor.
—Maldita sea.
—Me temo que se va a llevar una gran desilusión si no vas a verla —le dijo Shannon quedamente—. Yo había organizado toda tu agenda para que no tuvieras ninguna reunión esta tarde. Y la verdad, tengo que decirte que a mí también me decepcionas. No sé cómo has podido olvidarte de una cosa así, por el amor de Dios.
No había terminado de decirlo cuando ella misma fue consciente del tono doméstico que estaba tomando esa conversación. Parecían una pareja hablando de asuntos familiares en vez de una empleada y su jefe.
Intentando ocultar el rubor que cubría sus mejillas, Shannon se quitó el abrigo y se entretuvo algunos segundos colgándolo. Cuando se volvió de nuevo hacia él, estaba ya más tranquila.
—Era una broma —le dijo entonces Kane, levantándose.
—¿Qué?
—Que era una broma. Claro que me acuerdo de que hoy es la representación. Hace unos meses quizá lo hubiera olvidado, pero hace ya tiempo que he dejado de ser un padre ausente —esperó a que Shannon se sentara para girar entonces su silla y posar los brazos a ambos lados de la silla—. De hecho, he comenzado a encontrar bastante apetecible a nuestras rutinas domésticas.
La proximidad de Kane comenzaba a debilitar todas las defensas de Shannon.
—Nosotros no compartimos ninguna rutina doméstica —negó temblorosa, como si estuviera sintiéndose culpable al negar una evidencia.
—Claro que sí. Cuando llego a casa, siempre estás con Eleanor, preparando la cena, y me encanta disfrutar de ese rato de conversación familiar.
—¡Conversación familiar! ¡No seas ridículo!
Kane arqueó una ceja con un gesto muy elocuente.
—Saldremos a las tres, ¿crees que tendrás tiempo de cambiarte antes de ir al colegio?
Tras haber hecho verdaderos estragos en el sistema nervioso de Shannon, volvía a asumir el papel de jefe hablando con su empleada. La miraba con la cabeza inclinada, esperando una pronta respuesta.
Shannon apenas pudo farfullar una afirmación y ni siquiera el trabajo, que normalmente la ayudaba a olvidarse de todo, salvo de lo que tenía literalmente frente a ella, consiguió tranquilizarla. Su mente se negaba a concentrarse e insistía en escapar de sus riendas y galopar felizmente por el territorio de la salvaje imaginación de Shannon.
A las tres de la tarde, cuando ambos deberían haber continuado en el trabajo, regresaron a casa.
—Me siento como si estuviera haciendo novillos —comentó Kane.
—Yo también —admitió Shannon.
—¿Crees que el jefe nos descubrirá?
Shannon soltó una carcajada al oírlo. Aquello era lo que más la desconcertaba de Kane. Su sorprendente capacidad para hacerle reír cuando normalmente era él el responsable de que estuviera de mal humor.
—Es posible —contestó, siguiéndole el juego—. ¿Qué crees que deberíamos hacer si nos descubriera?
—No sé, ¿arrojamos a sus pies y pedirle perdón? O quizá fingir que llevarnos mal los relojes y que creíamos que eran las cinco y media.
—Sí, puede estar bien — la miró de reojo—. Al fin y al cabo, nuestro jefe es considerado como el hombre más justo y generoso del mundo. Un verdadero parangón entre los ejemplares del sexo masculino.
—Es curioso, sabía de antemano que ibas a llegar a una conclusión parecida — Shannon volvió a reír.
El resto del trayecto lo hicieron en un agradable silencio, roto únicamente por algún que otro comentario sin importancia que no derivó nunca a terrenos más peligrosos.
Shannon encontró gratificante arreglarse para ir a la función del colegio. Teniendo tantos hermanos, había ido a muchas representaciones parecidas, pero nunca lo había hecho en calidad de adulta. Se puso una falda verde y negra, un jersey de color verde botella y unas botas altas, todas ellas prendas que había comprado después de haber empezado a trabajar para Kane. Se cepilló el pelo hasta hacerlo y brillar y se lo echó hacia atrás, sujetándolo con dos pasadores de carey. Cuando Kane le dijo que estaba perfecta, se sintió extraordinariamente complacida.
La función también fue perfecta. Eleanor no olvidó ni una sola frase de su papel, que por cierto, no tenía muchas. Y, durante la merienda, Shannon estuvo contando algunas experiencias sobre funciones escolares y los desastres de algunos miembros de su familia. Cuando hablaba, se sentía revivir; experimentaba la misma emoción que cuando era niña y se preparaba el disfraz para participar en una de aquellas representaciones. Sus ojos resplandecían cuando miraba a Kane y lo descubría mirándola fijamente, totalmente cautivado por aquellos relatos. Incluso él se animó a contar algunas anécdotas de su infancia.
Eleanor miraba a su padre asombrada, como si la sorprendiera que alguna vez hubiera sido un niño. Probablemente, para ella su padre desde siempre había sido un hombre adulto y maduro.
Después de una tarde como aquella, no fue extraño que, tras llegar a casa y acostar a Eleanor, continuara aquel viaje por el mundo de los recuerdos. Y también pareció natural mencionar a la esposa de Kane mientras disfrutaban de una taza de café. Shannon pensaba que se iba a negar a hablar de ella, pero no, Kane habló de su mujer y de cómo se habían enamorado nada más verse.
—Pero en realidad —comentó Kane con aire pensativo—, cuando miro al pasado, me pregunto a veces si nuestra relación habría podido prosperar. Normalmente no me gusta aburrir a la gente con detalles sobre mi vida privada, pero... — sus miradas se entrelazaron y a Shannon se le aceleró el pulso—, ¿qué puedo decirte? Nos conocimos y en menos de un año Annette estaba embarazada. A veces pienso que ni siquiera nos conocíamos de verdad.
—¿Por qué dices eso?
—Annette se quedó destrozada cuando se enteró de que estaba embarazada —contestó Kane sombrío—. No había sido un embarazo planificado y yo creo que temía que sus días de diversión hubieran terminado. Creo que también le daba mucho miedo que su cuerpo se transformara. Yo siempre había dado por sentado que para una mujer el embarazo era un motivo de felicidad —miró a Shannon fijamente, como si estuviera esperando una respuesta.
—Supongo que no para todas. Pero para mí sí —sonrió suavemente—. Tiene que ser maravilloso tener un bebé creciendo en tu interior, sentirlo, estar esperando a que aparezca...
—Imaginaba que tú lo verías así —y tras unos segundos de silencio añadió:— En ti hay algo de niña y al mismo tiempo eres una mujer extraordinariamente femenina.
—¿Qué quiere decir eso? —preguntó riendo, intentando aliviar la cargada atmósfera que comenzaba a creerse entre ellos.
Pero no era capaz de apartar los ojos de los de Kane y al final la risa murió en su garganta.
—Supongo que es otra forma de decir que eres sexy.
Sexy, sexy.
Sexo.
Con el hombre que estaba sentada frente a ella.
Shannon se humedeció los labios y Kane observó aquel gesto inconsciente de nerviosismo, lo que la puso todavía más nerviosa. Nerviosa, pero excitada.
Entonces Kane se inclinó hacia adelante para acortar los pocos centímetros que los separaban y Shannon cerró los ojos mientras sus labios se rozaban.
Capítulo 8
AQUELLO era lo que Shannon había estado esperando. Y lo supo en el instante en el que Kane la besó. Fue un beso lento, prolongado. Kane la saboreaba, exploraba su boca con la lengua al tiempo que le sostenía suavemente la cabeza, acercándola a él. Shannon apenas era consciente de la mesa de madera que los separaba mientras se inclinaba hacia él y se hundía en las profundidades de su boca. Cuando al final se separaron, descubrió que estaba temblando.
Abrió los ojos y descubrió que Kane la estaba mirando.
—¿Qué? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué has parado? —se inclinó hacia adelante y volvió a cerrar los ojos, pero Kane posó un dedo sobre sus labios.
—Tenemos que hablar.
¿Hablar? ¿Cómo se le ocurría pensar en hablar en un momento como aquel?
—¿Por qué? ¿Por qué tenemos que hablar?
Kane se reclinó en la silla y cruzó los brazos por detrás de la cabeza.
—Mira, si no quieres, si tú... Si yo no te gusto...
Shannon se sentía al borde de las lágrimas, pero no iba a ceder a ellas. Era evidente: si Kane realmente la deseara como ella lo deseaba a él, no habría retrocedido y no estaría mirándola en ese momento y diciéndole que tenían que hablar.
Shannon se levantó y Kane le dijo con voz queda:
—Siéntate, Shannon.
—¿Y si no me siento? ¿Qué piensas hacer? ¿Arrastrarme hasta la mesa de la cocina?
—Exactamente.
En respuesta, Shannon se apartó de la mesa de la cocina y comenzó a caminar a grandes zancadas hacia la puerta. Los ojos le dolían del esfuerzo que estaba haciendo para contener las lágrimas. Qué ironía, se decía, Eric Gallway, el hombre al que en otro tiempo había considerado el amor de su vida, nunca había sido capaz de despertar en ella una respuesta parecida. Su seducción había sido intensa, breve y pulida y su técnica para intentar que se acostara con él estaba al mismo nivel.
Pero cuanto más intentaba avivar las llamas de la pasión, más retrocedía Shannon, convencida de que eran sus principios los que la impedían dar ese paso. Creía realmente que no sería capaz de acostarse con nadie antes del matrimonio.
¡Pero en aquel momento había perdido de vista todos sus principios morales! Todos y cada uno de sus principios se habían desvanecido y sabía, sin ninguna sombra de duda, que la razón era que lo que sentía por Kane Lindley no se parecía en nada a lo que había sentido por Eric Gallway. Que lo que sentía por Kane era algo fuerte, intenso y verdadero... porque estaba enamorada de él.
Sintió la mano de Kane en su muñeca sin haber sido consciente siquiera de que se había levantado.
Shannon se quedó petrificada donde estaba; sabía que sería absurdo intentar resistirse.
—¡Muy bien, habla si quieres! —estalló—. ¡Di lo que tengas que decir!
—Pero no aquí.
—¿Por qué? ¿Qué importancia puede tener el lugar en el que hablemos?
—Vamos al salón —replicó, y sin darle tiempo a contestar, la condujo hasta allí y no la soltó hasta que ambos estuvieron sentados en el sofá.
Estaban tan cerca que Shannon desterró inmediatamente cualquier posibilidad de salir huyendo. La corta distancia que separaba la cocina del salón le había bastado para considerar sus opciones. Se limitaban básicamente a dos: intentar huir, con lo cual saldría de la situación con la dignidad más herida de lo que hasta ese momento la tenía, o enfrentarse a su rechazo con toda la frialdad y la serenidad que fuera capaz de reunir.
—¿Por qué no nos olvidamos de lo que ha pasado? —sugirió, con la mirada fija en la chimenea.
Le resultaría mucho más fácil mantener sus defensas si conseguía ignorar al hombre que estaba sentado a su lado. Desgraciadamente, sentía la intensidad de la mirada de Kane sobre ella. Y era, también, desgraciadamente consciente de que estaba viendo a una mujer sonrojada y temblorosa. Una imagen muy alejada de la serenidad y el dominio de sí misma que quería proyectar.
—¿Por qué?
—Porque los dos somos adultos y deberíamos ser capaces de asumir nuestros errores.
—¿Estás insinuando que considero un error lo que ha pasado?
—¿Y no es cierto? —Shannon se volvió para mirarlo—. ¿Entonces por qué has parado?
—Porque necesitaba asegurarme de que lo que estaba ocurriendo no iba a terminar siendo un error para ti.
—Muy amable por su parte, señor Lindley —le espetó cortante—. ¿Pero qué me dices de ti? ¿Qué ocurriría si fueras tú el que te equivocaras?
—Yo soy capaz de enfrentarme a mis errores.
—¿Y yo?
—No si tu experiencia con Eric Gallway es representativa de algo.
Allí estaba otra vez, pensó Shannon desesperada. Incluso al borde de la pasión tenía que mostrarse tan considerado. ¿Lo haría con todas las mujeres o solo con ella porque la creía incapaz de cuidar de sí misma?
Shannon rió con amargura:
—Desde luego, sabes cómo apagar la pasión.
—¿Ah, sí? ¿Eso es lo que he hecho? Porque mi pasión sigue todavía viva.
—¿De verdad? —preguntó Shannon con sarcasmo.
—¿Por qué no lo averiguas por ti misma?
Shannon dejó escapar un estrangulado gemido, viéndose de pronto atrapada en toda la extensión de su inexperiencia. Se aclaró la garganta mientras todo su cuerpo se resistía a cualquier intento de sofisticación y continuaba ardiendo ante la posibilidad de tocarlo.
Kane le tomó delicadamente la mano y la posó en su regazo, de forma que no quedara ningún error sobre su grado de excitación.
—¿Has conseguido averiguarlo? —le preguntó con voz ronca. Shannon asintió.
—Qui ... quizá deberíamos hablar —consiguió farfullar, aunque sus cuerdas vocales apenas eran capaces de pronunciar una sola palabra.
—Quieres hacer el amor conmigo, ¿verdad? Lo sé. Puedo sentirlo. Lo huelo. Y yo también quiero hacer el amor contigo. Pero sé que cuando lo hagamos, una sola vez no va a ser suficiente.
Las palabras de Kane se filtraban en la mente de Shannon, amortiguando sus pensamientos.
—¿Lo que estás diciendo es que quieres tener una aventura conmigo? —susurró.
—Más que eso.
Durante una décima de segundo, Shannon se sintió sobrecogida por una desbordante sensación de júbilo, mientras se dibujaba en el horizonte la posibilidad del matrimonio. Casarse con Kane Lindley, compartir con él semanas, meses, años interminables de amor, tener hijos...
—Quiero que sepas que podríamos llegar a ser amantes —añadió Kane, poniendo fin a sus sueños.
—¿Amantes? ¿Durante cuánto tiempo?
—Esa es una pregunta para la que no tengo respuesta, Shannon —dijo con voz delicada—. Pero no puedo hacerte promesas de amor, ni asegurarte una feliz boda que, además, posiblemente te resultaría imposible aceptar.
Las palabras de Kane fueron como un jarro de agua helada para Shannon, que tardó algunos segundos en recobrar la compostura.
—Sí —dijo , cerrando los ojos—. Sí, sí, sí.
—¿Sí qué? ¿Quieres decir que te resultaría imposible aceptar?
Shannon abrió los ojos para mirarlo y sintió que le faltaba la respiración al pensar en todas las cosas que jamás podrían compartir. Pero Kane tenía razón, la vida era dura, no había en ella lugar para finales felices. Lo único que podía esperar era atrapar los retazos de felicidad que le ofrecieran y dejar que sus sueños se las arreglaran solos.
—Sí, seré tu amante —«porque te amo», añadió en silencio. Y porque la alternativa era dar la espalda a todo aquello que su corazón necesitaba y anhelaba.
Kane sonrió y le apartó un mechón de pelo de la frente. Shannon le tomó la mano y la sostuvo contra su mejilla.
—¿Estás segura, cariño?
—Completamente segura.
Se inclinó hacia delante y abrió la boca contra sus labios, tomando la iniciativa para acallar cualquier otra posible pregunta sobre el tema. Sabía lo que estaba haciendo y estaba dispuesta a asumir las consecuencias.
Aquel fue un beso dulce y salvaje y cuando Shannon presionó la mano contra Kane para comprobar su efecto, lo sintió agitarse contra ella, con una pasión idéntica a la suya. Cuando la boca de Kane abandonó sus labios, Shannon se arqueó contra él y gimió de placer mientras Kane trazaba con la lengua un húmedo camino por su cuello, deteniéndose para saborear el lóbulo de su oreja.
—¿Qué quieres que haga, Shannon? —preguntó con voz ronca y temblorosa—. ¿Qué es lo que te gusta?
—No sé —susurró en respuesta—. Pero esto está bien.
—¿Solo bien? — Kane rió suavemente en su oído, haciéndole estremecerse.
—Bueno, ¿maravilloso te parece mejor?
—De momento sí.
Kane deslizó la mano bajo el jersey de Shannon y dibujó delicadamente el perfil de su sujetador para descender después por su estómago y detenerse en la cintura de la falda. Reanudó a continuación la exploración alzando la mano por sus piernas hasta llegar a la barrera de sus muslos, que intentó separar suavemente con los dedos.
—Y ahora, quiero que te desnudes —susurró—. Muy despacio. Quiero saborear con la mirada cada centímetro de tu piel.
Shannon se levantó y lo observó mientras él la miraba a su vez. ¿Quería que hiciera un striptease? Pero en vez de ponerse nerviosa ante aquella posibilidad, se sentía desenfrenadamente erótica. Fue levantándose lentamente el jersey hasta sacárselo por encima de la cabeza y lo dejó caer al suelo. Después, se bajó la cremallera de la falda y cuando ésta cayó al suelo, la apartó con un rápido movimiento del pie. Se inclinó después para desatarse los cordones de las botas y deshacerse de ellas. Hasta entonces, nadie la había visto desnuda.
La excitación palpitaba en su interior; era como una ola de lava ardiente que la sacudía mientras entrelazaba su mirada con la de Kane.
Ya solo llevaba encima la ropa interior.
Abrió el broche del sujetador y dejó que se reuniera con el resto de su ropa. Instintivamente, deseaba cubrirse los senos en un gesto de pudor, pero el deseo que reflejaba el rostro de Kane era inmensamente excitante. De modo que caminó hacia él y se sentó en su regazo de forma que los pezones quedaran a la altura de sus labios.
Con un suave gemido, Shannon hundió los dedos en su pelo y bajó la mirada mientras él succionaba alternativamente los pezones y los acariciaba con la lengua. Las explosiones que se desataban en su interior comenzaban a adquirir tal fuerza que, por un instante, creyó que no iba a poder soportarlo ni un segundo más.
—No te preocupes —susurró Kane—. Iré muy despacio.
Mientras continuaba lamiendo sus pezones, erguidos y endurecidos por la humedad de su boca, fue descendiendo con la mano por su vientre hasta llegar al borde de la braga. Una vez allí, presionó delicadamente el montículo que la joven escondía entre sus muslos. Shannon jadeó y comenzó a moverse contra su mano, echando la cabeza hacia atrás y entreabriendo los labios mientras gemía de placer.
—¿Te gusta que te toque ahí? —gimió Kane su oído—. Te conozco, Shannon. Y sé que ya estás preparada para mí — la dejó suavemente en el sofá y se levantó para empezar a desnudarse.
Era tan atractivo como Shannon había imaginado. Cuando se quitó la camisa, Shannon pudo darse cuenta, en febril excitación, de la perfecta definición de sus músculos. La anchura de sus hombros realzaba la estrechez de su cintura y sus caderas y cuando se irguió, en orgullosa desnudez, los ojos de Shannon volaron hacia su miembro, erguido en una impetuosa erección.
Shannon deseaba tocarlo tan terriblemente que alargó el brazo hacia él. Mientas lo acariciaba, lo sintió estremecerse de placer.
Kane hundió los dedos en su pelo y Shannon se sentó, obedeciendo su silenciosa súplica, para tomar su sexo con los labios.
—Sí, querida, sí — Kane controlaba el ritmo de sus movimientos con la mano que posaba en su cabeza—. ¿Dónde has aprendido todo eso? —le preguntó con una risa suave.
Shannon se estiró entonces en el sofá, alzando provocativamente los brazos por encima de su cabeza.
Kane le quitó la braga, pero en vez de reunirse con ella en el sofá, observó su cuerpo desnudo. Shannon abrió las piernas ligeramente, lo suficiente para permitirle vislumbrar el rincón secreto de su feminidad.
Se devoraron el uno al otro con la mirada durante lo que a Shannon le pareció una eternidad. Empezaba a pensar que ya no iba a ser capaz de seguir soportando aquella dulce tortura cuando Kane se arrodilló, se inclinó hacia ella y le hizo abrir los muslos para hundir entre ellos su boca.
—Tú me has saboreado a mí —le dijo, mirándola a los ojos y riéndose al verla sonrojarse—. Ahora me toca a mí.
Kane fue separando delicadamente los pliegues henchidos que protegían su feminidad hasta dejar al descubierto una pequeña protuberancia sobre la que posó la lengua, aplicando una delicada presión que hizo gritar y retorcerse a Shannon contra su boca.
Hundió los dedos en su pelo y la delicada presión fue dando paso a las caricias.
Kane se hundió en ella con tanta fluidez que Shannon no sintió ni el más ligero síntoma de incomodidad. Su cuerpo estaba abierto y listo para él. Las lentas embestidas de Kane, que poco a poco fueron haciéndose más rápidas e intensas, la arrastraron hasta un repentino clímax que pareció dudar una eternidad.
El cuerpo de Shannon parecía tener vida propia; Kane le acariciaba delicadamente los muslos, como si estuviera intentando tranquilizar a un caballo desbocado. Después, fue dibujando en círculos la línea de sus senos, hasta llegar a los rosados pezones.
—Creo que me he hecho adicto a ti —musitó con voz ronca.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Quizá debería intentar averiguarlo.
Rió suavemente y la levantó para que comprendiera lo que quería y Shannon terminó colocada en una aventajada posición desde la que podía ver la lengua de Kane acariciando el rincón más sensible de su feminidad.
Bastaron unas caricias para hacerle tensarse mientras Kane hundía un dedo en su interior al tiempo que su lengua continuaba frotando y acariciándola hasta provocarle un orgasmo tan poderoso y estremecedor como el primero.
En aquella ocasión, cuando por fin terminó tumbada a su lado, Shannon estaba agotada. Maravillosamente agotada. No podía pensar en nada y se habría quedado dormida si Kane no le hubiera dicho con infinita delicadeza:
—Creo que ya es hora de irse a la cama.
—¿Ya? — suspiró con languidez.
—A mi cama —contestó él.
—¿Y qué va a decir Eleanor?
—Eleanor está completamente dormida. Y, puesto que yo soy el jefe, tienes que cumplir mis órdenes — acunó su seno con la mano mientras acariciaba su pezón erguido con el pulgar.
—¿Estás insinuando que no tengo otra opción? —bromeó.
—Exacto.
Shannon obedeció entre risas. No se había sentido más viva en toda su vida. Y el saber que aquello solo era el principio de una aventura, que no habría compromisos ni promesas, no era suficiente para sofocar el júbilo que la inundaba.
—¿Estás tomando algo? —le preguntó Kane cuando llegaron al dormitorio.
Shannon lo miró con extrañeza.
—¿Algo como qué?
—Me refería a algún anticonceptivo.
La verdad era que Shannon ni siquiera había pensado en ello. Pero sabía lo suficiente sobre el funcionamiento de su cuerpo como para saber que había muy pocas posibilidades de que se quedara embarazada.
—No estoy en un período fértil —dijo rápidamente—. ¿Por qué? ¿Crees que debería tomar la píldora? No sé si me gusta la idea...
—Chss —Kane la abrazó y la acunó contra él—. Yo soy tan responsable como tú de todo esto. Si no quieres tomar la píldora, me aseguraré de utilizar alguna protección la próxima vez.
Shannon cerró los ojos y sonrió. ¿Cómo no iba a enamorarse de aquel hombre?
—No te importa que sea tan...
—¿Tan qué? — la condujo hasta la cama.
—Tan... desastrosa —dijo Shannon—. Me refiero a que..., bueno, estoy segura de que todas las mujeres con las que te has acostado tomaban la píldora y no tuviste que preocuparse de lo que pudiera ocurrir..
—Querrás decir todas menos mi esposa, claro.
—Sí, claro.
Kane le acarició el muslo con aire ausente.
—Siempre he tenido mucho cuidado —contestó—. Es mejor controlar la situación que dejar que la situación te controle a ti —le mordisqueó suavemente la barbilla—. Y en cuanto a lo de que seas un desastre... quizá hasta me guste. Creo que despierta mis instintos protectores.
—Sí, ya me he dado cuenta —contestó Shannon con ironía—. La visita de mi madre fue prueba suficiente.
—Y seguro que le encantaría saber que estoy dispuesto a continuar protegiéndote.
—Seguro que sí —contestó Shannon entre risas.
Aun así, no iba a dejar que su madre se enterara bajo ningún concepto de lo que había ocurrido.
Más difícil iba a ser ocultárselo a los amigos que había hecho en el trabajo, pensó mientras entraba en su despacho tres semanas después. Nadie había dicho nada, pero Shannon estaba segura de que habían notado cómo había cambiado su relación con su jefe. Para empezar, Kane bajaba a comer con ella a la cafetería cada vez que tenía oportunidad y procuraba sentarse siempre a su lado, sin darse por enterado de los repentinos silencios con los que se recibía su llegada.
—La gente sospechará que está pasando algo —le había advertido Shannon la semana anterior.
—¿Por qué?
—¿Porque antes nunca bajabas a la cafetería? ¿O porque siempre te sientas a mi lado, quizá?
—Simplemente soy un buen jefe —había contestado él—, y me interesa lo que pasa en mi empresa —y aquel había sido el fin de la conversación.
—Navidad —fue lo primero que dijo Kane aquella mañana cuando Shannon entró en su despacho.
—Sí, solo faltan dos semanas —contestó Shannon, acostumbrada ya a la falta de preliminares.
—Me gustaría que te quedaras conmigo, con nosotros.
—No puedo —contestó ella con un suspiro—. Mi madre pondría el grito en el cielo.
—Podríamos hacer un viaje. Pasar dos semanas en las Maldivas, por ejemplo. ¿No te gustaría? Podríamos hacer el amor en la playa todas las noches.
—¿Todas las noches? —preguntó Shannon sonrojada. Kane palmeó entonces su regazo, invitándola a sentarse allí.
—Estoy seguro de que nunca has hecho el amor en la arena.
—Sabes perfectamente que no.
—Ven a sentarte aquí y dime por qué no vas a considerar mi oferta.
—No puedo. Aquí no, Kane. En el despacho no. ¿Qué pasaría si ... ?
—Te preocupas demasiado, cariño — la interrumpió él—. La puerta está cerrada, ¿no?
—Sí, pero... —miró nerviosa por encima del hombro y se levantó obediente para terminar sentada en su regazo.
—Pero nada. ¿Es que no te das cuenta de lo mucho que me excitas? Me basta verte para desearte. De hecho, me sorprende ser capaz de trabajar normalmente cuando sé que te tengo a solo unos metros de distancia —le desabrochó la blusa y gimió al ver que no llevaba sujetador—. ¿Esto es para mí? —preguntó, acariciando sus senos.
—Ya no me vale ninguno de mis sujetadores —contestó Shannon entre jadeos.
—Estupendo. Mmm. Y tus pezones también parecen más grandes. Quizá estén empezando a responder al uso que hago de ellos —continuó acariciándole los senos hasta hacerle retorcerse en su regazo—. Para ser una dama tan preocupada por ser descubierta en una situación comprometida, has olvidado muy pronto tus inhibiciones.
Se interrumpió para buscar en un cajón y Shannon frunció el ceño con gesto reprobador e indulgente al mismo tiempo al verlo sacar un preservativo. La levantó para poder bajarse la cremallera y deslizó el preservativo sobre su miembro erecto. Pero antes de deslizarse en el interior de Shannon, le levantó la falda, apartó la ropa interior y hundió la lengua entre sus muslos, haciéndola enloquecer de deseo.
Después, la sentó sobre él y juntos se perdieron en aquel urgente negocio de salvaje gratificación.
—¿Esto es todo, señor Lindley? —le susurró Shannon al oído, con los ojos semicerrados de pura felicidad.
—Vaya, creo que mi secretaria perfecta está empezando a enviciarme con todas estas cosas. Me parece muy poco conveniente, querida.
—Eres tú el único culpable. Lo he aprendido todo de las manos de un maestro.
—Si insistes en abandonarme en Navidad —dijo Kane suavemente—, entonces espero que al menos sea durante el menor tiempo posible.
—Tengo a derecho a dos semanas de vacaciones, señor.
—¿De verdad? — Kane la miró con expresión incrédula—. En realidad yo creo que no te hace falta más de una semana.
—Eh... pensaré en ello — Shannon abandonó el regazo de Kane.
—¿Y me llamarás todos los días?
—¿Y si no? —preguntó Shannon sentándose en su silla e inclinando la cabeza hacia él.
—Te arriesgarás a encontrarte a un visitante hambriento de sexo en casa de tu madre — y con una divertida sonrisa puso fin a la conversación y comenzó a hablar del trabajo del día.
Tres días después de aquella conversación, y después de haber montado con Eleanor el árbol de Navidad, Shannon comenzó a pensar que le ocurría algo fuera de lo normal.
Llevaba mucho tiempo sin tener el período. No eran extraños en ella los retrasos, pero estaba segura de que debería haberlo tenido ya.
A la mañana siguiente, durante la hora del almuerzo, se acercó a la farmacia más cercana, compró una aparato para hacerse la prueba del embarazo y volvió a su despacho, alegrándose de que Kane tuviera reuniones durante todo el día. Esperó con ansiedad a que llegaran las cinco de la tarde para poder abandonar la oficina. Y, una vez en casa, en el silencio del baño y mientras Eleanor hacía sus deberes, se sentó a esperar lo que le deparaba el destino.
No tardó ni un minuto en descubrirlo.
Estaba embarazada. El color de la tira era inequívoco.
Shannon no se lo esperaba. Había comprado la prueba pensando que quizá hubiera alguna posibilidad remota de que estuviera embarazada, pero al ver el resultado, comprendió que no lo esperaba en absoluto.
Una oleada de náuseas siguió a la primera impresión. ¿Qué diría Kane de lo que había pasado cuándo se suponía que aquello solo tenía que ser una aventura sin ninguna clase de ataduras?
Estaba segura de que, siendo el tipo de hombre que era, intentaría asumir la responsabilidad por lo ocurrido. Incluso le pediría que se casara con él. Pero la perspectiva de casarse en aquellas circunstancias le parecía aterradora.
Y, mientras continuara viviendo en aquella casa, no sería capaz de pensar con claridad. Necesitaba idear algún plan antes de darle la noticia.
Todavía no eran las seis y sabía que Kane no volvería hasta una hora después, quizá más tarde.
Se acercó el teléfono, llamó a Carrie para pedirle que se quedara con la niña y bajó a explicarle a Eleanor que su madre se había tropezado con la aspiradora y se había roto un tobillo, por lo que tenía que irse urgentemente a atenderla.
—¿Y que le digo a mi padre? —le preguntó la niña, preocupada.
—Yo lo llamaré. Dile solamente que me pondré en contacto con él.
Capítulo 9
SHANNON estaba tumbada en la cama, con la mirada fija en el techo; algo que había estado haciendo desde hacía tres días. Su madre ya había renunciado a preguntarlo lo que le pasaba. Y también, afortunadamente, a interesarse por «aquel joven tan amable».
Pero Shannon sabía que su madre estaba preocupada. Y pensaba además que tendría muchos más motivos de preocupación si estuviera al corriente de la situación. Una hija embarazada, un «amable joven» que se había transformado en una especie de monstruo para Shannon desde que se había enterado de que estaba embarazada y un trabajo en Londres al que no podría volver.
Suspiró y sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Si no fuera porque tenía que mantener una imagen despreocupada delante de su familia, se pasaría llorando todo el día. Y lo peor de todo era que todavía no había decidido lo que iba a hacer.
Volver a Londres no era una opción. Naturalmente, debería haberle informado a Kane de su situación, pero cuando pensaba en ello, se acobardaba y se decía que no había porqué precipitarse a hacerle aquellas revelaciones. Antes tendría que encontrar un trabajo y un lugar para vivir.
Oyó que su madre la llamaba desde el piso de abajo. Shannon se levantó de la cama, se acercó a la puerta y gritó:
—¡Ahora mismo bajo, mamá! Estoy...
—¿qué estaba haciendo? ¿meditar?
—ordenando el dormitorio.
—Muy bien, ¡pero baja ahora mismo!
La voz sonaba cada vez más cerca. Shannon bajó a regañadientes y se dirigió hacia la cocina, pasando por el pequeño cuarto de estar en el que sus hermanos pasaban la mayor parte del tiempo con sus amigos, jugando con el ordenador
—¡Tienes visita! — su madre apareció frente a ella con un rodillo de cocina en una mano y un cuenco en la otra.
—¿Quién es?
—Has estado durmiendo otra vez, ¿verdad? —le preguntó su madre con expresión escéptica y Shannon se sonrojó violentamente.
—¿Cómo voy a estar durmiendo a esta hora, mamá? Ya te lo he dicho, estaba ordenando el dormitorio. Tendré que decirle a Brian que se lleve su ropa, no soy capaz de encontrar nada.
—No tiene mucho sentido que le pidas algo así cuando todavía no te has dignado a decirnos cuánto tiempo piensas quedarte en casa —la miró como si fuera a decir algo más, pero no lo dijo.
—Bueno, ¿y quién ha venido a verme? ¿No puedes decirle que no me encuentro bien?
—No, no puedo. Tendrás que hacerlo tú misma, Shannon —y sin más, se alejó, seguida por su hija—. Y déjame decirte que empiezo a estar harta de verte todo el día deprimida. ¡Sonríe un poco por Dios!
Shannon hizo una mueca que intentaba parecer una sonrisa.
—Así está mejor.
Shannon continuaba intentando mantener aquella mueca en el rostro cuando abrió la puerta de la cocina, pero al ver a la persona que la estaba esperando, se quedó petrificada. Las piernas se negaban a continuar caminando y el corazón parecía estar haciéndole cosas entrañas.
—Este es tu visitante —le anunció su madre triunfante, esperando sin duda que se emocionara al ver a aquel «amable joven» que había decidido seguirla hasta Irlanda.
Kane estaba sentado al final de la enorme mesa de la cocina, con una taza de té entre las manos mientras su madre se acercaba a la masa del pastel que había estado preparando. Una escena de lo más familiar. Shannon sintió que el corazón comenzaba a latirle a una velocidad de vértigo.
—Bueno, ¿no vas a saludar? —preguntó Rose, dirigiéndole a su hija una mirada asesina.
—Eh, hola —consiguió decir Shannon desde la puerta—. ¿Cómo estás?
—Muy bien —contestó Kane. Si ya había sido suficientemente malo verlo, oír su voz fue realmente aterrador.
—¿Quieres una taza de té, cariño? —le preguntó su madre.
Shannon entró en la cocina y se dirigió directamente hacia la tetera.
—¿Y qué estás haciendo aquí?
—He venido a ver cómo estaba tu madre.
—¿Cómo estaba yo? —preguntó Rose asombrada.
—Al parecer —contestó Kane, sin apartar la mirada del rostro sonrojado de Shannon—, te habías roto un tobillo al tropezar con la aspiradora.
Aquella mentira rebotó en las paredes de la cocina que terminó sumida en un silencio mortal.
—Ah Shannon se aclaró la garganta—. Como puedes ver, mi madre está estupendamente.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Rose—. ¿Qué es toda esta tontería sobre que me he roto un tobillo con la aspiradora?
—Oh, vaya —dijo Kane en un tono de falsa inocencia—, ¿he metido la pata?
—Shannon, mírame —le ordenó Rose—, ¿has estado diciendo mentiras?
—Más o menos —el agua de la tetera comenzó a hervir y Shannon se concentró en prepararse un té mientras sentía dos pares de ojos clavados en su espalda.
—Pareces tener la fea costumbre de decir mentiras, ¿verdad, pelirroja?
—No deberías haber venido —susurró Shannon sin volverse.
—¿Por qué? En el fondo te hecho un favor, pelirroja. Tienes el sentimiento de culpa estampado en el rostro. Si yo no hubiera aparecido no habrías podido deshacerte de ese complejo de culpa.
—¡Yo no tengo nada por lo que sentirme culpable!
—¿Es esa otra especie de mentira?
Shannon se libró temporalmente de darle una respuesta por la llegada de un bullicioso grupo de jóvenes.
—Oh, hola —saludó Brian, mirando a Kane sin disimular su curiosidad—. Mamá, ¿cuándo estará preparado el té? Tenemos hambre —sus tres amigos miraron alrededor de la cocina, buscando algo comestible—. Y el ordenador se ha estropeado. ¿Quién eres? —le preguntó a Kane.
—Kane Lindley —Kane miraba divertido a aquel adolescente de catorce años—, el jefe de tu hermana.
—¿Y cuándo va a volver a Londres? Está en mi habitación.
—No Brian, estoy en mi habitación.
—Pero ya no es tuya.
Los amigos de Brian comenzaron a protestar y solo el cielo sabía cómo podía haber terminado aquello si Kane no se hubiera levantado anunciando que iba a echar un vistazo al ordenador.
Los cuatro salieron de la cocina en estampida, seguidos por Kane, que solo se detuvo para decirle a Shannon:
—Te dejaré hablando con tu madre, ¿de acuerdo? Creo que hay un par de cosas que tienes que explicarle.
—¿Qué está haciendo Kane aquí? —preguntó Shannon en cuanto se cerró la puerta de la cocina tras ellos.
—Kane ha dicho que desapareciste sin decir nada y ha venido para averiguar lo que te había pasado.
—Sabes perfectamente lo que he querido decir —gritó Shannon, aferrándose a su taza—. ¿No te dije yo que sería esto lo que pasaría en cuanto aceptara la oferta de ir a vivir a su casa? ¿No te lo dije?
Pensó en Eleanor, en lo mucho que había disfrutado de su compañía y el placer que había compartido con Kane antes de que su situación hubiera cambiado y no pudo menos que sentirse culpable.
—Cariño, desapareciste sin dar ninguna explicación. Aparte de estas tonterías sobre mi tobillo roto, ¿ha sucedido algo que debería saber? Siéntate Shannon y deja de revolotear alrededor del mostrador —se limpió las manos en el delantal y se sentó, dispuesta a hablar con su hija—. La última vez que hablé contigo por teléfono estabas muy contenta. ¿Qué te pasó en la última semana?
—Nada, solo necesitaba un poco de... espacio.
—Así que decidiste venir a esta casa, en la que es imposible encontrar un poco de paz y tranquilidad. Invéntate otra cosa, Shannon.
—Estaba nostálgica.
Aquel era el momento perfecto para explicarle todo a su madre. Sabía que sufriría un fuerte impacto al principio, pero que después la apoyaría. No tenía miedo de hablar con su madre. Pero no podía. Las condiciones no eran las más indicadas. Necesitaba tener a su madre solo para ella.
—Me sentía muy sola en Londres. Estamos cerca de la Navidad, mamá y sentía nostalgia.
—¿Y por qué no se lo dijiste a Kane, en vez de hacerlo venir hasta aquí, pensando que estabas enferma?
—¿Pensaba que estaba enferma? —preguntó Shannon con ansiedad—, ¿eso es lo que te ha dicho? ¿Que estaba enferma?
No, era imposible, no podía sospechar lo que le ocurría.
—No con esas palabras, pero es evidente que está preocupado.
—Me puse en contacto con él después de marcharme —le aseguró Shannon.
En realidad, le había dejado un mensaje en el contestador de su casa diciéndole que estaba muy ocupada, pero que se pondría en contacto con él después de Navidad.
—¿Y te ha dicho cuándo piensa marcharse?
—No, y tampoco he querido preguntárselo. No quería que pensara que no era bienvenido en esta casa después de todo lo que ha hecho por ti.
—Bueno, no creo que se quede a pasar la noche, tiene que volver con Eleanor.
—¿Por qué no se lo preguntas?
—¿Por qué no me pregunta qué?
Kane, típico de él, no había hecho nada por advertir que había vuelto a la cocina. ¡Ni siquiera había llamado a la puerta! Él, al que su madre consideraba un hombre exquisito y bien educado. Shannon miró a su madre, esperando que a ella también la hubiera molestado aquella intromisión, pero su madre sonreía encantada.
—Shannon estaba preguntándome cuánto tiempo piensas quedarte aquí —contestó Rose con absoluta inocencia—, porque quiere invitarte a cenar en un restaurante italiano que acaban de abrir a las afueras de Dublín. De hecho, está muy cerca de aquí. Así podréis hablar tranquilamente, algo que aquí os resultará imposible.
—¿De verdad? —musitó Kane. Le dirigió a Shannon una elocuente mirada y sonrió—. Pues tienes suerte, Shannon, porque he reservado una habitación en un hotel para esta noche y me encantaría salir a cenar.
—Bueno, yo... —farfulló Shannon.
—Lo sé —dijo su madre, palmeándole la mano—. Estás preocupada por el transporte. Pero no te preocupes, cariño, puedes usar mi coche. Es muy viejo —le explicó a Kane—, pero al menos funciona y está disponible. En esta época del año es prácticamente imposible encontrar un taxi. Por supuesto, tendrás que cambiarte de ropa, Shannon. Fíjate en cómo vas. No sé cómo se te ocurre pasearte por casa con esos vaqueros viejos y ese jersey — chasqueó la lengua con expresión de desaprobación.
—¿Reservo una mesa para las ocho? —sugirió Kane.
—Ahora mismo te digo el número de teléfono —Rose inspeccionó varias tarjetas que tenía pegadas con imanes en la puerta de la nevera—. Es una suerte que se me ocurriera guardarla, ¿verdad, Shannon? Hilary estuvo allí la semana pasada y le gustó tanto que me dejó la tarjeta. Y no es que a una mujer como yo le apetezca demasiado ir a sitios de moda.
Shannon se sentía como un conejo acorralado.
—En cualquier caso, estoy segura de que a Kane no le importaría nada que vinieras con nosotros —sugirió, repentinamente inspirada.
—Ni lo sueñes —respondió su madre con firmeza—. No voy a dejar a estos chicos solos en casa ¡No sé en que estado podría encontrarla cuando volviera! Y ahora, sube a arreglarte a tu habitación.
De modo que a Shannon no le quedó más remedio que subir a su habitación. Al pasar por el cuarto de estar, se detuvo un momento a ver a Brian, que le hizo un gesto de victoria. Evidentemente, Kane les había arreglado el ordenador.
—Es un tipo genial —le dijo Ronan, guiñándole el ojo con gesto de complicidad—. Mucho mejor que el último cretino con el que salías.
—Gracias, Ronan —contestó Shannon con el ceño fruncido—, pero cuando quiera que me des tu consejo, te lo pediré.
Cuando bajó media hora después, encontró a Kane y a su madre cómodamente sentados en el salón, viendo un álbum de fotos.
—Ha sido culpa mía —dijo Kane al verla entrar—, le he pedido a tu madre que me enseñara las fotos de la familia.
—Y reconozco que no le ha costado mucho convencerme.
—Qué forma tan maravillosa de pasar el tiempo —respondió Shannon, con el ceño fruncido.
Se había puesto un vestido de lana de color negro de manga larga, uno de los pocos vestidos de su armario que no necesitaba planchar, gracias al caballeroso tratamiento que Brian estaba dispensando a su ropa.
—Y muy instructiva —añadió Kane, acercándose a ella para ayudarla a ponerse en abrigo.
—Especialmente para personas metomentodo como tú — murmuró Shannon.
—Vaya, vaya —le susurró Kane al oído—. Estás intentando deshacerte de mí siendo desagradable. Pero yo soy un hombre muy insistente. Y creo que a estas alturas ya deberías saberlo.
Pero la verdad era, pensaba Shannon sombría mientras se dirigían al restaurante, que su insistencia era uno de los factores con los que no había contado. Ella imaginaba que Kane esperaría a que se pusiera en contacto con él, pero debería haberse imaginado que Kane Lindley no esperaba a que los demás dieran el primer paso.
Hicieron el trayecto en completo silencio. Shannon le había pedido a Kane que no le hablara porque, con un tiempo como aquel y llevando un coche ajeno, necesitaba concentrarse totalmente en la conducción. Kane, obediente, no había dicho una sola palabra, pero la fértil imaginación de Shannon fabulaba su propia conversación, planteándose posibles preguntas de Kane y cuáles podrían ser sus respuestas.
Llegaron al restaurante veinte minutos después, y los acomodaron en una mesa situada en la parte de atrás. Aunque el local no tenía la elegancia de los restaurantes londinenses, poseía una agradable informalidad que a Shannon le recordó al restaurante de Alfredo.
—Y dime, pelirroja —preguntó Kane después de pedir una botella de vino y otra de agua mineral—, ¿me has echado de menos? Estás un poco pálida, ¿lo has pasado muy mal?
Shannon no estaba preparada para aquella estrategia. De hecho, pensaba que Kane iniciaría sus acusaciones en cuanto su madre desapareciera de escena y había preparado una lista de respuestas para contestar a todas sus posibles acusaciones.
—Me encuentro bien —respondió Shannon, fingiendo prestarle a la carta toda su atención.
—No es eso lo que te he preguntado.
—No me digas que has venido a Irlanda para saber si te echo de menos.
—¿Por qué no? ¿Tan inconcebible te resulta?
—Pues la verdad es que sí —apartó la carta y unió las manos en el regazo—. Voy a cenar sopa y canelones, ¿y tú?
Kane ignoró aquel burdo intento de desviar la conversación.
—¿Por qué? ¿No puedes creerte que tu repentina ausencia haya podido dejar una huella en mi vida?
—Lo que creo es que seguramente la habrá dejado en tu ego. Mira, quizá no debería haberme ido de esa forma. Sé que todo ha sido muy brusco, pero de repente sentí miedo y decidí marcharme. De todas formas, te dejé un mensaje en el contestador, ¿no lo oíste?
—Sí, claro que lo oí. Pero digamos que no me sirvió de mucho.
—¿Por qué no? Te decía que volvería a ponerme en contacto contigo —como Kane no dijo nada, continuó—. Quizá debería habértelo dicho en persona, pero en ese momento pensé que así era mejor. Me sentía como si tuviera que alejarme de ti...
—En ese caso, ¿por qué le dijiste a Eleanor que tu madre se había roto un tobillo?
—Bueno, no podía decirle que su padre y yo éramos amantes, ¿verdad? —se sonrojó al pronunciar aquellas palabras y observó agradecida que en aquel momento se acercaba un camarero hacia ellos.
Pidieron la comida y Kane esperó en silencio hasta que les sirvieron el agua y el vino.
—Te has sonrojado —comentó Kane—. ¿Todavía te sonrojas cuando piensas en hacer el amor conmigo? ¿Continúa cosquilleándote la piel cuando piensas en acariciarme?
—¿Por qué me preguntas eso? —sentía que su rostro estaba adquiriendo todas las tonalidades del rojo—. ¿Por qué no vas directamente al grano? Sé que estás enfadado conmigo.
—¿Tengo aspecto de estar enfadado contigo?
Shannon levantó la mirada hacia él. No, no parecía enfadado, pero debería estarlo. De hecho, esperaba desesperadamente que lo estuviera, porque eso le facilitaría muchísimo las cosas.
—¿Cómo crees que me sentí cuando volví a casa y descubrí que habías desaparecido? Eleanor estaba muy afectada. No lo comprendía, y no te creyó cuando le dijiste que tenías que volver precipitadamente a Irlanda para cuidar a tu madre. Es posible que solo tenga ocho años, pero es una niña muy inteligente.
—Sí, lo sé y lo siento —el sentimiento de culpabilidad de Shannon estaba creciendo hasta alcanzar unas dimensiones abrumadoras—. Pero no se me ocurría qué otra cosa decir. En aquel momento prácticamente no era capaz de pensar.
—¿Por qué no? —preguntó Kane rápidamente, mirándola con los ojos entrecerrados—. Eso es lo que no comprendo. ¿Por qué de pronto sentiste la necesidad de marcharte? Si querías decirme que no eras feliz con nosotros, ¿por qué no esperaste hasta el día siguiente en vez de salir tan precipitadamente de casa?
—Porque, porque... —Shannon buscaba desesperadamente una respuesta, preguntándose cómo podría justificar una conducta tan irracional.
—Tómate todo el tiempo que quieras, no tengo prisa.
—¿Por qué no puedes comprender que hay personas que actúan por impulso? —gritó desesperada.
No se atrevía a mirarlo a los ojos. Apenas se atrevía a mirarlo, de hecho, porque no había uno solo de sus rasgos que no le evocara miles de recuerdos.
—No todo el mundo reflexiona y después actúa de forma racional. Hay personas, como yo, que reaccionan al calor del momento. Esa es otra de las razones por las que tú y yo no encajarnos. No tenemos nada en común, Kane, ¡nada!
—A mí se me ocurren muchas cosas que tenemos en común.
—¡No estoy hablando de sexo! — atacó Shannon al instante.
—Yo tampoco —se inclinó hacia adelante y la obligó a mirarlo a los ojos—. No entiendo cómo Eleanor puede significar tan poco para ti, ni cómo, conociéndola, has podido abandonar nuestra casa como si fueras un ladrón.
—¿Qué sentido tiene intentar defenderme cuando ni siquiera estás intentando comprenderme?
—Lo que entiendo es que eres una cobarde.
Y en el momento en el que Shannon estaba intentando inventar alguna forma de responder a aquella acusación, llegó el camarero con los primeros platos y Shannon se entregó al suyo con el entusiasmo de alguien que acabara de salvarse de milagro.
—Entonces, pelirroja, ¿prefieres que finja que no ha pasado nada? Muy bien. Nos comportaremos como dos adultos civilizados y fingiremos que no ha pasado nada —rió sin humor—. Y dime, ¿qué tal te ha sentado volver a Irlanda? —suspiró, como si no pudiera evitarlo, y se pasó la mano por los ojos.
Shannon se aferró con prontitud a aquel salvavidas.
—Ha sido un poco extraño —contestó.
Sentía su voz como si no fuera suya. Kane parecía temblar. ¿Estaría dolido? Quería alargar el brazo y acariciarle la mano, hacerle creer que realmente no ocurría nada. Pero tomó aire y se concentró en sus gambas al ajillo.
—Brian estaba ocupando mi dormitorio y desde que yo he vuelto está un poco molesto porque ahora tiene que volver a compartir el dormitorio con Ronan.
—A veces se hace duro volver al nido después de haber volado, ¿verdad, pelirroja?
Shannon se relajó y se dijo a sí misma que quizá lo peor ya había pasado. Pero cuando intentaba pensar en lo que todavía les quedaba por pasar, se preguntaba cómo reaccionaría Kane cuando le comunicara su embarazo. Si la había seguido hasta Irlanda solo porque quería que contestara a dos preguntas, ¿qué sería capaz de hacer cuando se enterara de que iba a ser padre? De modo que, por el propio bien de Kane, intentaría retrasar todo lo posible aquella revelación.
—¿Y qué has estado haciendo desde que has vuelto? ¿Has salido mucho?
—De vez en cuando —contestó Shannon vagamente—. La verdad es que últimamente estaba... un poco cansada, así que he aprovechado para descansar.
—¿Cansada?
—Sí, debe ser el tiempo —contestó Shannon precipitadamente—. En invierno siempre me pasa, me entran ganas de hibernar. ¿Carrie se ha quedado con Eleanor?
Kane asintió y retrocedió para dejar que llevaran el plato principal.
—Entonces, ¿mañana por la mañana volverás a Londres?
—En realidad a la hora de la comida.
—Oh.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Cuándo piensas volver a Londres? ¿O es que no piensas volver?
—Yo... no sé si... —contestó Shannon con un hilo de voz.
—Espero que no estés intentando postergar tu vuelta porque crees que esa es la mejor forma de poner fin a nuestra aventura.
—Yo no quiero ponerle fin a nada —estalló Shannon.
—No —respondió Kane, suavemente—. No quieres, ¿verdad?
Shannon sacudió la cabeza y exhaló un largo y resignado suspiro.
—Entonces, dime por qué te has inventado esa historia sobre que estabas asustada. No tienes que tener secretos para mí. Puedes compartir conmigo todo lo que piensas. No voy a castigarte, así que es absurdo que pienses que tienes que huir. Los problemas no desaparecen porque uno intente alejarse de ellos. De hecho, creo que, cuanto más rápido intentas huir de un problema, más probable es que vuelva a aparecer en el horizonte.
—Estaba asustada, Kane. No quería terminar, pero... —dejó el cuchillo y el tenedor sobre el plato, apoyó los codos en la mesa y bajó la mirada hacia la comida que quedaba en su plato.— Me di cuenta de que no soy una persona dispuesta a tener aventuras. Pensé que sabría manejarlo, pero no pude. Cuando me fui a Londres, estaba decidida a crecer, quería dejar de ser una adolescente. Supongo que cuando se crece en una familia como la mía, estás siempre tan protegida que no puedes madurar tan rápidamente como otras personas de tu edad.
—O quizá sea más fácil dejarse llevar. No tienes que tomar decisiones porque hay otras personas que lo hacen por ti. La experiencia de Londres debe haber sido muy impactante para ti.
Shannon se encogió de hombros.
—Creía que iba a poder convertirme en la mujer sofisticada que nunca había sido, pero al final salí huyendo.
—Y si no quieres tener una aventura, ¿entonces qué es lo que quieres?
—¿Un café? — sugirió Shannon, riendo nerviosa.
Kane pasó por alto aquella broma y pidió dos cafés que les sirvieron acompañados de un plato de pastas y chocolatinas.
—Todavía no has contestado a mi pregunta —le dijo entonces.
—Sí, claro que la he contestado. Te he dicho por qué me marché. Quería ser un tipo de persona que no soy.
—Pero todo eso ya lo sé —respondió Kane con delicadeza.
Su amabilidad era enervante. Debería estar regañándola, no allí sentado, intentando hacerle creer que la comprendía.
—¿Qué quieres decir con que todo eso ya lo sabes? ¡Tú no me conoces en absoluto!
—Oh, claro que te conozco. Te conozco mejor que tú misma.
—Sabía que ibas a decir algo así.
—¿Estás insinuando que soy muy predecible? —rió suavemente—. En fin, tendremos que hacer algo al respecto, ¿no crees?
A Shannon le dio un vuelco el corazón. Kane alargó la mano para acariciarle suavemente la suya.
—¿Sí? —se descubrió preguntando con voz débil.
—Oh, claro que sí. ¿Por qué crees si no que he viajado hasta aquí?
—Porque estabas enfadado porque me había ido sin darte ninguna explicación.
—Volvemos a la cuestión del ego, ¿eh? Pero no he venido aquí porque estuviera furioso y con el orgullo herido. He venido para llevarte al lugar en el que deberías estar.
—¡No has oído una sola palabra de lo que he dicho!
—Lo he oído todo, pelirroja, todas y cada una de tus palabras. Pero todavía estoy esperando las otras tres que no has dicho. Esas tres palabras que te hicieron huir como lo hiciste.
—Yo... — Shannon lo miró enfurruñada—, te quiero, Kane.
—¿Ves como no era tan difícil?
—Aun así, no estoy dispuesta a volver a Londres para seguir siendo tu amante.
—Y yo tampoco te pediría nunca que lo hicieras. He venido a buscarte para pedirte que te cases conmigo.
Capítulo 10
—¿TU ESPOSA? —Shannon miró a Kane con expresión de incredulidad.
—Exacto —hizo un gesto para pedir la cuenta y le dirigió a Shannon una sonrisa que hizo volar su corazón.
—¿Y esa propuesta no debería ir acompañada de dos pequeñas palabras?
—Y de algunas más también —dejó de hablar para sacar la tarjeta de crédito—. Pero empezaré diciéndote que te amo.
—Pero no puedes, ¿verdad? ¿Estás seguro? —lo miró nerviosa—. Tú mismo dijiste que no habría promesas, ni anillos de boda. Me dijiste que sería una relación sin ningún tipo de compromiso.
—Y en ese momento lo pensaba, te lo aseguro —sacudió la cabeza, como si a él mismo lo maravillara cómo se había alterado el curso de los acontecimientos—. Pero —continuó, mientras caminaban hacia el coche—, estaba equivocado. Siempre he sido un hombre considerado. Eso ya lo sabes, ¿verdad? Estoy acostumbrado a utilizar la cabeza más que el corazón.
Encendió el motor, pero en vez de arrancar, se volvió hacia ella, con el brazo apoyado en el respaldo del asiento. Había empezado a nevar y los copos de nieve caían con fuerza contra el parabrisas.
—Estaba convencido de que podría controlar cualquier cosa. Y pensaba que el matrimonio era un paso que no volvería a dar hasta que no estuviera totalmente seguro. Pero fallé al no darme cuenta de que en realidad estaba completamente seguro de que quería casarme contigo mucho antes de haber sido capaz de admitirlo. ¿Sabes el motivo por el que desayunaba en Alfredo's todos los días?
—¿Yo?
Kane rió suavemente ante la incredulidad que reflejaba su voz.
—Tú. A lo mejor iba a reunirme con un cliente y pasaba por allí para tomar un café. Y allí estabas, con ese pelo rojo, con tu acento irlandés. Poco a poco, me encontré yendo a verte cada mañana, incluso cuando me resultaba difícil adaptar aquellas visitas a mi horario. Empecé a anhelar el verte por las mañanas, rebosante de vitalidad, siempre lista para hacer algún comentario sobre el periódico que estaba leyendo o sobre cualquier noticia que te hubiera llamado la atención. A veces me descubría pensando en lo que harías durante el resto del día, a dónde irías, qué tipo de vida llevabas...
—Nunca dijiste nada.
—En realidad, ni siquiera creo que fuera del todo consciente de lo que me pasaba en aquella época. Pero sé que, cuando le tiraste ese plato de comida encima a Gallway, me entraron ganas de reír como no había reído en mucho tiempo.
—Pero no lo hiciste.
—No, en cambio, te ofrecí un trabajo —le apartó delicadamente el pelo de la cara y le hizo inclinarse hacia él.
Cuando sus labios se fundieron, Shannon fue intensamente consciente de que era allí donde quería estar; siendo abrazaba por aquel hombre capaz de admitir sentimientos que otros muchos hombres habrían intentado esconder.
—Y creo que es lo mejor que he hecho en toda mi vida —musitó contra su boca, antes de reiniciar su beso—. Debería haberle dado las gracias a aquel tipo tan arrogante por haberme dado la oportunidad de tenerte cerca de mí. Aunque si en aquel momento hubiera sabido qué tipo de relación tenías con él, me habrían entrado ganas de matarlo.
Deslizó la mano sobre la tela del abrigo y gimió al encontrar el montículo de su seno.
—¿Hay alguna ley en Irlanda que prohíba hacer el amor en el asiento trasero de un coche? —preguntó, al tiempo que le mordisqueaba el lóbulo de la oreja.
—Kane...
Había una sombra en el horizonte que había permanecido oculta durante aquella intensa declaración de amor y que volvía a cernirse sobre ellos. Una duda horrible, aterradora, emergió de pronto en la mente de Shannon: ¿qué ocurriría cuando descubriera que estaba embarazada? ¿Cómo reaccionaría al enterarse de que se lo había ocultado?
¿Podría el destino ser tan cruel como para ofrecerle todo lo que su corazón deseaba con una mano y arrebatárselo con la otra?
—Shannon... —susurró Kane contra su oreja mientras continuaba acariciando su seno.
Los pezones se erguían, demandando sus caricias y Shannon era consciente de que Kane podía sentirlos a través de la lana del vestido.
Shannon tomó aire antes de hablar.
—Mira, hay algo más que debo decirte —dijo con torpeza.
—¿Algo más? ¿Aparte de tu declaración de amor eterno?
—No puedo pensar cuando... —jadeó cuando Kane metió la mano por debajo del vestido para presionarla entre sus muslos. Shannon cerró los ojos y se movió contra aquella firme presión.
—¿Cuando te excitas?
—Sí —contestó con voz temblorosa—. Y no podemos hacer esto aquí...
—¿Entonces vamos a mi hotel?
—¿Y qué diría mi madre si se enterara?
—¿Por qué va a enterarse? Me aseguraré de que vuelvas a casa antes de que cante el gallo —soltó una carcajada—. Y ahora dime lo que tienes que decirme.
—Estoy ..
—¿Sí?
—Estoy...
Intentaba, desesperadamente, reconocer la importancia de lo que tenía que decir, pero su cuerpo estaba demasiado ocupado respondiendo a la mano que Kane presionaba rítmicamente contra sus muslos, empapados ya por aquel erótico contacto.
—No estarás embarazada, ¿verdad? —se separó de ella e inclinó la cabeza para mirarla—. ¿Eso era lo que tenías que decirme? ¿Llevas un hijo mío en tu vientre?
Shannon asintió en silencio.
—Y ahora supongo que te irás, ¿verdad? —le preguntó—. Estás enfadado conmigo porque no te lo he dicho antes. Y la verdad es que no puedo culparte. ¿Pero qué se supone que podía hacer? Cuando me enteré, lo único que se me ocurrió fue salir corriendo a toda velocidad. ¡Y no me digas que huir no soluciona nada!
—No te lo voy a decir, Shannon. Creo que eso ya lo has descubierto por ti misma. En cuanto a lo de estar enfadado contigo, en fin, simplemente me preguntaba cuándo ibas a decírmelo.
Shannon lo miró con expresión de incredulidad.
—¿Lo sabías?
—Lo sospechaba. No soy ningún tonto, querida, y era consciente de que hacía tiempo que no tenías el período.
—¿Y por qué no me dijiste nada?
—Porque te quería —dijo sencillamente—. Cuando te fuiste, la primera tentación fue la de venir hasta aquí y enfrentarme contigo. Pero sabía lo que ocurriría. Si te decía que quería casarme contigo, llegarías a la conclusión de que lo hacía porque quería asumir mis responsabilidades. De modo que decidí pasar tres noches sin dormir, diciéndome a mí mismo que era lo mejor que podía hacer porque así te daba tiempo para pensar. Y si hace un momento te he dicho que te amaba, cariño, es porque no puedo soportar la idea de vivir sin ti. Y el hecho de que vayas a tener un hijo es lo mejor que me podía pasar.
—¿De verdad? ¿No estoy soñando?
—Si tú estás soñando, entonces yo también. Así que, ¿por qué no continuamos este agradable sueño en un hotel?
A las cuatro de la madrugada, Shannon entraba sigilosamente en su casa, sintiéndose como una adolescente aterrada ante la posibilidad de ser descubierta desobedeciendo las órdenes de su madre.
Kane iría unas horas después y Shannon le había hecho prometerle que dejaría que fuera ella la que hablara con su madre. Seis horas después, a las diez y media de la mañana, corría a abrir la puerta de su casa y le dirigía a Kane una mirada de advertencia:
—No lo olvides, deja todo esto en mis manos.
Kane hizo un elegante ademán, propio de un mago, y sacó un ramo de azucenas de detrás de la espalda.
—¿Son para mí? —preguntó Shannon radiante.
—En realidad son para tu madre. Mmm, tienes los labios ligeramente hinchados. ¿Es por el embarazo o por una sobredosis de amor?
—¡Chss! —Shannon rió y lo llevó hasta el salón.
Allí estaba esperándolos Rose.
—¡Mamá!
—Caramba, Kane, creía que estarías ya en Inglaterra. Siéntate un momento — palmeó una silla que estaba al lado de la suya y se sonrojó cuando Kane le tendió las flores—. ¿Qué? ¿Os divertisteis mucho anoche, niños? —le dirigió una mirada sagaz a su hija—. Supongo que sí, porque no volviste hasta después de las cuatro.
—¿Cómo lo sabes?
—Teniendo tantos hijos, tengo un sueño muy ligero. ¿Es que el restaurante está abierto toda la noche?
—Bueno... —Shannon miró a Kane con gesto de impotencia—. Mamá, tenemos que decirte algo.
—Estoy segura. ¿Para cuándo va a ser?
—En realidad todavía no hemos puesto una fecha —contestó, mirando a su madre con incredulidad.
—Vaya, no sabía que podía elegirse la fecha del nacimiento. Realmente, la ciencia ha avanzado una barbaridad —reparó entonces en la expresión de su hija y soltó una carcajada.
—Lo supe desde el momento que llegaste, cariño. De la misma forma que, en cuanto os vi juntos, supe que estabais enamorados. Comprendí que habías encontrado al hombre de tu vida y supongo que ahora vais a casaros, ¿verdad? Así que ya no tiene ningún sentido ponerme a regañaros cuando está ya todo hecho. Lo único que tenéis que hacer es decirme cuándo tengo que empezar a hacerle jerseicitos a mi nieto y cuánto tiempo tengo para comprarme un sombrero decente.
Epílogo
—ERES la criatura más exquisita del mundo.
Shannon miró a Kane y sonrió. Después bajó la mirada hacia el tierno bebé que se acurrucaba en el hueco de su brazo y observó a aquella diminuta criatura retorcerse mientras abría y cerraba los puños.
Parecía tan frágil como una porcelana, pensó Kane mientras tomaba en brazos a su hija y comenzaba a caminar por la habitación del hospital. Eleanor, Sophie, Shannon y él. Nada más importaba.
Durante años, el trabajo había sido el motor de su vida, pero había delegado gran parte de sus funciones en algunos directores de la empresa y había reducido su frenético horario. No faltaba mucho para que tuviera que ir a buscar a Eleanor al colegio para llevarla al hospital. Y en cuanto Shannon se hubiera recuperado del parto, se irían a vivir al campo.
Miró a su esposa y sintió una oleada de amor y gratitud.
—¿Has llamado a todo el mundo? —le preguntó Shannon.
—Olvidas que estás hablando con el hombre más organizado del mundo.
—¿Ah, sí? ¿Y es esa la razón por la que te dejaste el neceser en casa cuando me puse de parto?.
—Pero tienes que admitir que me aseguré, de que estuviera preparado hace semanas.
—¿Cómo está mi madre?
—Echa un manojo de nervios, como podrás imaginarte. Mañana vendrá toda la familia a conocer a la niña. Supongo que tu madre estará en su elemento, teniendo en cuenta que la privaste de una boda por todo lo alto.
—Mi madre tendrá oportunidad de disfrutar de todas las bodas que quiera con mis hermanas. En cualquier caso, ella misma dijo que no podía haberse imaginado nada mejor. Solo la familia reunida para la celebración de la boda y después una maravillosa fiesta en el hotel más grande de Dublín.
Shannon cerró los ojos y supo que, aunque no hubiera habido fotógrafos, guardaría para siempre todos aquellos recuerdos en su memoria y en su corazón. La alegría con la que se había vuelto hacia Kane y lo había besado como esposa, su madre secándose las lágrimas, Eleanor emocionada, y una fiesta a la que habían asistido todos sus familiares y amigos.
Cuando miró a Kane, este le sonrió como si supiera perfectamente en lo que estaba pensando. Dejó a Sophie al lado de su madre y observó fascinado los gestos de la pequeña.
—Ahora, pelirroja, creo que deberías descansar un poco antes de que llegue Eleanor —se inclinó hacia delante y le dio un beso en la nariz—. Está emocionada ante la idea de verte a ti y a su hermanita. Y, por supuesto, encantada de volver a ver a su familia.
—Prácticamente la han adoptado, ¿verdad?
—Desde luego, señora Lindley.
—Señora Lindley —saboreó aquellas palabras y sonrió, preguntándose si tardaría toda una vida en acostumbrarse al hecho de que sus sueños se hubieran hecho realidad.
—Mi señora Lindley —Kane le alzó la mano, se la llevó a los labios y la besó—. No sería nadie sin ti.
—Estupendo. Porque siempre vas a tenerme a tu lado —besó la cabecita de su bebé, con la certeza de que el amor que compartían se haría mucho más fuerte y profundo con el paso de los años.