Capítulo 3

LA CASA de Lindley estaba mucho más lejos de lo que Shannon esperaba. Ella imaginaba encontrarse con un edificio moderno y austero, quizá un ático decorado con alfombras blancas que amortiguaran las carreras de una niña de ocho años, a la que se había imaginado vagando en medio de aquel lujo buscando lugares para esconderse de un padre siempre ausente.
Pero cuando el chófer atravesó las puertas de hierro forjado del jardín, se encontró frente a una casa de estilo victoriano con unos jardines perfectamente cuidados.
Mientras llamaba a la puerta, sentía tensarse los músculos de su estómago. Kane Lindley estaba demostrando ser un buen jefe, pero entonces, ¿a qué se debía el pequeño estremecimiento de alarma que se apoderaba de ella cada vez que lo veía? De hecho, incluso cuando estaba trabajando en el despacho, una parte de ella parecía estar permanentemente pendiente de que apareciera. Shannon pensaba que todo ello se debía al nerviosismo que lógicamente acompañaba a un trabajo nuevo.
A partir de su corta experiencia, no podía comprender por qué había tardado tanto Lindley en encontrar una secretaria. No era una persona excesivamente crítica o severa con las personas que trabajaban para él. Lo único que se le ocurría era que quizá su ritmo fuera demasiado fuerte para alguien con poca experiencia. Y, desde luego, el trabajo en la emisora de radio y en el restaurante de Alfredo le habían proporcionado la capacidad para pensar rápidamente y reaccionar sin ningún tipo de confusión ante cualquier imprevisto.
Una mujer de mediana edad le abrió la puerta. Se presentó a sí misma como la señora Porter y le informó, sin ninguna clase de preámbulo, de que Kane la estaba esperando en el salón.
—¿Y dónde está Eleanor? —preguntó Shannon, ansiosa por asegurarse de que el objetivo de aquella velada no tenía segundas intenciones.
Una cena íntima con Kane Lindley como acompañante mientras su hija dormía inocentemente en la cama no le parecía una perspectiva muy apetecible. Pero Eleanor, le informó la señora Porter, estaba en el salón con su padre. Y, añadió en un susurro, inclinándose hacia ella:
—Si quiere saber mi opinión, el señor Lindley debería haberse vuelto a casar hace mucho tiempo. Esa niña necesita una figura materna. Por supuesto, no tiene problemas de estabilidad, pobrecita mía. Carrie es estupenda con ella, pero necesita a alguien que esté permanentemente pendiente de ella y no esas amigas de su padre que se dejan caer un día por aquí y desaparecen al siguiente.
Shannon asintió, pero no le apetecía continuar hablando, a pesar de la curiosidad que sentía por la vida privada de Kane. ¿Amigas? ¿Tenía amigas? Por supuesto que sí, se dijo, intentando imaginarse cómo serían aquellas mujeres. Kane siempre le había parecido un hombre tan controlado que la idea de que pudiera llegar a apasionarse por una mujer le rompía todos los esquemas.
Afortunadamente, la tentación de sacarle más información murió bruscamente en el momento en el que la señora Porter abrió la puerta del salón y se apartó para que Shannon pudiera entrar.
—Me iré dentro de unos minutos, señor Lindley, si no necesita nada más. La cena está lista, solo hace falta calentarla y la mesa está puesta.
—¿Hay que calentarla?
—Yo puedo ayudar, papá —el entusiasmo de la voz de Eleanor era conmovedor.
—Eleanor, esta es Shannon, mi nueva secretaria. Cuando yo no esté por aquí, quizá tengas que pasar algún tiempo con ella.
—Hola —la niña sonrió brevemente y se volvió hacia su padre con una mirada suplicante—. De verdad, papá, puedo ayudar. Yo sé lo que hay que hacer. Te lo prometo.
—Eleanor, cariño, eres demasiado pequeña para hacer nada en la cocina. La mayor parte de los accidentes domésticos tienen lugar en la cocina, ¿no lo sabías? Hay cuchillos, agua hirviendo, fuego...
—Aun así, puede ayudar un poco —lo interrumpió Shannon, que empezaba a impacientarse con aquella lista de peligros potenciales—. Cuando yo tenía la edad de Eleanor, ya hacía algunas cosas en la cocina —miró hacia la niña, que la observaba con expresión de gratitud—. Pero siempre tendrás que asegurarte de que haya alguien a tu lado.
—Es posible que supiera cocinar a la edad de Eleanor, pero mi hija no va a tener una niñez tan dura como la suya —se volvió hacia su hija—. Shannon tiene siete hermanos.
—¿Siete? ¡Vaya! ¡Qué suerte! Me gustaría... —se le quebró la voz al mirar a su padre.
—Yo me encargaré de vigilarla, señor Lindley —se precipitó a añadir Shannon, antes de que la niña pudiera terminar la frase—. Pero Eleanor, ¿no os enseñan ese tipo de cosas en el colegio? Cuando yo era pequeña, hacíamos pan en la escuela.
—La verdad es que no —admitió Eleanor, frunciendo el ceño.
—¡Lo ve! Incluso en el colegio son conscientes del peligro que la cocina entraña para los niños— arqueó las cejas con la satisfacción de alguien que acababa de demostrar que tenía razón.
Shannon se sonrojó violentamente.
—En realidad, señor Lindley...
—Kane, es ridículo que continuemos tratándonos de usted. Y, por tu expresión indignada, imagino que estás a punto de comenzar a darme una lección sobre la importancia de enseñar a los niños a manejar el fuego.
—Jamás se me ocurriría darte una lección de ese tipo. Pero lo que yo quiero decir es que en la cocina se pueden hacer cosas como remover una mezcla en un cuenco, por ejemplo. ¿Y cuántos niños conoces que se hayan cortado con una cuchara de madera?
—En el colegio nos enseñan a trabajar la madera —la interrumpió Eleanor, esperanzada—. ¿Verdad, papá? ¿Te acuerdas de la caja de madera que hice hace unos meses?
—Sí, claro que me acuerdo —pero su expresión le indicó a Shannon que tenía dificultades para concentrarse en el recuerdo de aquella caja.
—Odio criticarte —musitó Shannon mientras se dirigían hacia la cocina, precedidos por una entusiasmada Eleanor—, ¿pero tienes algún interés por lo que tu hija hace en el colegio?
—Y yo odio tener que criticarte a ti, pelirroja —replicó—, pero espero que no me empieces ahora a darme una conferencia sobre los padres adictos al trabajo.
—Así que admites que eres adicto al trabajo.
—Yo no he admitido nada por el estilo —replicó, sin levantar la voz—. Y por si acaso se te ha pasado por alto a la hora de leer tu contrato, tu trabajo consiste en cuidar de Eleanor varias horas al día y no en analizarme.
—Mmm, qué bien huele — exclamó Shannon, ignorando sus protestas.
—La señora Porter siempre cocina cuando vienen las amigas de papá a casa —dijo Eleanor—. Yo he puesto la mesa. No sabía dónde se ponían las cucharas para la sopa, así que las he metido en los cuencos.
—¡Excelente! —dijo Kane con calor, evitando todo contacto visual con Shannon.
Se acercó a la cocina y miró dudoso el interior de la cazuela, como si no estuviera muy seguro de cuál debería ser su siguiente movimiento.
—Creo que tienes que servir la sopa en los cuencos —dijo Shannon y Eleanor se echó a reír—. Supongo que con todas esas amigas con las que te diviertes, habrás llegado a adquirir algunos conocimientos básicos sobre cómo servir una cena.
—Oh, normalmente eso lo hace la señora Porter —le aclaró Eleanor mientras se sentaba con Shannon a la mesa—, ¿verdad, papá? Esta noche ha tenido que irse porque su hijo está malo. Tiene doce años y se ha roto un tobillo jugando al fútbol.
—Un deporte peligroso. Me sorprende que todavía lo permitan —dijo Shannon irónicamente.— De hecho, yo diría que es incluso más peligroso que las tareas domésticas.
—O que trabajar la madera —respondió Eleanor, hundiendo la cuchara en su cuenco de sopa.— La semana pasada Claire Thompson se hizo daño en el dedo cuando se le cayó el cuenco de la mano.
Shannon chasqueó la lengua en señal de desaprobación y comenzó a comer. La sopa estaba deliciosa. No le extrañaba que la señora Porter se encargara de cocinar cuando Kane recibía a sus amigas. Se preguntaba si ellas sabrían, cuando comenzaban a salir con Kane, que la suya sería una aventura pasajera.
—Una vez me corté con el filo de una hoja de papel en el colegio —comentó Shannon—. Creo que deberían prohibir que se utilizara el papel en las escuelas..
Eleanor se echó a reír.
—¡Y la comida! Por si alguien se la tira encima y se quema.
—Y las mesas, por supuesto —continuó Shannon—, los niños pueden hacerse mucho daño si se golpean con una esquina.
—Oh, callaos ya —exclamó Kane, sonriendo a su hija—. Y tú ya puedes empezar a trabajar en la cocina llevando esos platos vacíos al fregadero.
Para el final de la cena, Eleanor ya estaba comenzando a comportarse como lo habría hecho cualquier mira de ocho años. Su voz había dejado de ser poco más que un susurro y reía a carcajadas cuando Shannon contaba anécdotas de su infancia.
—¿Cuándo vas a venir a quedarte conmigo? —le preguntó a Shannon, antes de retirarse a su habitación.
Shannon miró a Kane con expresión interrogante y este dijo, elevando las manos a modo de rendición:
—El lunes que viene llegaré tarde a casa. ¿Podrías venir después del trabajo? Carrie irá a buscar a Eleanor al colegio, como siempre, y se irá cuando vengas a sustituirla.
Una vez aclarada la respuesta, Kane subió con Eleanor al dormitorio. Shannon los observó salir sospechando que se había dejado manipular. Tenía también la incómoda sensación de que estaba siendo arrastrada hacia una dinámica familiar que, de alguna manera, minaba sus posibilidades de libertad.
Además de distanciarse de Irlanda y de los malos recuerdos que allí había dejado, parte de los motivos por los que Shannon había decidido instalarse en Londres tenían que ver con la necesidad de alejarse de la presencia constante de su familia. De modo que le parecía absurdo terminar adaptándose a la vida de otra familia, aunque no fuera la suya.
—Le gustas —la voz de Kane la sacó de sus pensamientos. Shannon se volvió hacia él con una sonrisa—. ¿Te apetece tomar un café en el salón?
—La verdad es que preferiría volver a casa.
—¿A las nueve y media? ¿Un viernes por la noche? Pero si tenemos que hablar de la frecuencia con la que estarías dispuesta a quedarte con Eleanor —replicó él con rotundidad. Se apoyó contra el mostrador de la cocina y se cruzó de brazos—. Para serte sincero, nunca he visto a Eleanor respondiendo tan rápidamente a alguien.
Shannon imaginó a Eleanor en presencia de las sucesivas amigas de Kane, tímida, insegura, buscando la aprobación de su padre en su trato con ellas.
—Siempre he sabido que algún día me serviría de algo haber tenido tantos hermanos —lo siguió al salón y se sentó en el sillón que estaba más cerca de la chimenea.
—¿Prefieres una copa en vez de un café? —preguntó Kane, acercándose al armario de las bebidas—. ¿Qué te apetece? Tengo prácticamente de todo. ¿Quieres un oporto? ¿Un brandy?
—Tomaré un oporto —respondió Shannon—. Tienes una casa preciosa, Kane. ¿Desde cuándo vives aquí?
—Mi mujer y yo compramos esta casa nada más casamos.
—¿Y decidiste quedarte viviendo aquí después de...?
—¿Después de que muriera? —se acercó hasta Shannon y le tendió una copa, rozándole los dedos al pasársela. Se sentó en el sofá y cruzó las piernas—. Pensé en mudarme, pero solo al principio. Me gusta esta casa y, en cualquier caso, no se puede escapar de los recuerdos, hay que aprender a enfrentarse a ellos. Ahora dime, ¿qué te ha parecido Eleanor? Sé que no es la situación ideal, tener que venir a mi casa después del trabajo, y espero que seas sincera si crees que no vas a poder hacerlo regularmente.
Shannon dio un sorbo a su copa y sintió un río de fuego corriendo por su garganta.
—¿«Regularmente» qué quiere decir exactamente?
—Todos los días después del trabajo —contestó perezosamente—. Pero, por supuesto, eso es posible negociarlo.
—¿No piensas volver pronto ninguna tarde a la semana? —bebió otro sorbo.
En aquella ocasión no le resultó tan fuerte, aunque estaba comenzando a marearse. Rara vez bebía vino y el oporto estaba demostrando ser una bebida muy fuerte.
—Intento volver pronto alguna que otra tarde. Y siempre me aseguro de tener los fines de semana libres.
—Humm. Qué considerado —podría llegar a acostumbrarse a esa bebida, pensó mientras apuraba su copa.
Cuando Kane le propuso volver a llenársela, se negó tímidamente, pero al final aceptó.
Durante la cena, delante de Eleanor, Shannon había sido un modelo de buena conducta. Aparte del breve debate sobre la seguridad y los niños en la cocina, había estado hablando amistosamente con Eleanor sobre sus amigas y sus aficiones, pero después de la primera copa de oporto, comenzaba a sentir que cedía ligeramente el barniz de la educación.
Ese siempre había sido su problema. Nunca había sido capaz de dejar de decir lo que estaba pensando, a pesar de las muchas ocasiones en las que había tenido que arrepentirse de su conducta.
—Me refiero... —continuó, decidiendo controlarse. Si la honestidad podía ser en ocasiones peligrosa, en sobredosis era letal. De hecho, podría incluso hacerle perder un trabajo que ya estaba empezando a gustarle—. Si quieres saber mi opinión sobre Eleanor, la verdad es que la compadezco. Está desesperada por llamar tu atención.
—¿Por llamar mi atención? ¡Le presto toda mi atención cuando estoy en casa!
—¿No te has dado cuenta de que cada vez que dice algo te mira buscando tu aprobación? Es como si... —¿como qué? Había llegado el momento de dar un sorbo a aquel riquísimo líquido que la ayudaba a aclarar sus ideas—. Como si no quisiera equivocarse por miedo a desilusionarte.
—¿Cómo demonios va a desilusionarme Eleanor? —la miró con ironía y sonrió—. ¿Estás segura de que tus observaciones no tienen nada que ver con esas dos copas de oporto?
—¡Por supuesto que no! —contestó Shannon entre risas—. Me has preguntado lo que pensaba de tu hija y te lo estoy diciendo. En mi opinión —se inclinó hacia delante y jugueteó con el cuello de una blusa que, pese a su discreto aspecto, en ese momento se ahuecaba dejando al descubierto la parte superior de su sujetador de encaje—, Eleanor necesita una madre.
—¿Ah, eso es lo que piensas?
¿Por qué tenía la impresión de que Kane le estaba siguiendo la corriente?
—Sí, la verdad es que sí. Las niñas necesitan una madre, es tan simple como eso.
—Pues, aun a riesgo de desilusionarte, me temo que en este momento no hay ninguna posible madre en el horizonte.
—¿Ni siquiera entre esas muchas mujeres que hay en tu vida?
—Ah, me pregunto qué te ha hecho pensar que hay tantas mujeres en mi vida. Aunque, ahora que lo pienso, he visto que cambiaba tu expresión cuando Eleanor ha mencionado que la señora Porter era la encargada de preparar la cena cuando traía mujeres a casa —se recostó cómodamente en el sofá mientras continuaba mirándola con perezosa diversión—. Pero ahora, Shannon, dime la verdad, ¿tengo el aspecto de un hombre que tiene a un montón de mujeres esperándolo?
Shannon lo miró entonces con atención. Sin traje, parecía un hombre menos conservador quizá, pero no mucho. Aquella noche llevaba unos pantalones caquis y una camiseta de color verde de manga corta, ambas prendas muy tradicionales.
—Pues, la verdad es que sí.
—¿Porque soy atractivo y sexy? —preguntó secamente, disfrutando del rubor que encendía las mejillas de Shannon.
—No, porque Eleanor no tiene ninguna razón para mentir. En cualquier caso —añadió desafiante—, creo que estás dándole demasiada importancia a mi comentario. Supongo que alguna vez habrás sentido la necesidad de volver a casarte, quizá incluso de tener más hijos, ¿no?
—No he encontrado a la mujer indicada. Ya te lo he dicho, soy un hombre triste y solitario que posiblemente termine solo sus días, sin nadie que lo cuide, salvo su fiel ama de llaves, que continuará haciéndole unos guisos exquisitos.
Esbozó una sonrisa traviesa y Shannon se sonrojó todavía más.
—Pero todavía continúas intentándolo.
—Tal y como tú deberías hacer — una sonrisa bailaba en las comisuras de sus labios como si aquella conversación, lejos de ofenderlo, le estuviera resultando divertida—. ¿Cómo si no podré encontrar a la mujer ideal?
—¿Hay algún tipo de rutina que deba seguir cuando venga a cuidar a Eleanor? —contestó Shannon, cambiando de tema e intentando imprimir a su voz un ligero tono de indignación.
Pero, después de dos copas de oporto, la indignación no duró mucho, inclinó la cabeza hacia un lado, intentando parecer más autoritaria, pero sintió un ligero mareo al hacerlo.
—Creo que Carrie suele asegurarse de que termine los deberes, cene, se bañe y lea un poco antes de acostarse. A veces yo llego a casa y leo un rato con ella, pero, como tú misma has podido comprobar, me resulta imposible mantener un horario fijo de trabajo.
—¿Y preferirías poder hacerlo? —preguntó Shannon con curiosidad.
—Por supuesto —contestó él.
Pero Shannon no lo creyó. Dudaba incluso de que Kane Lindley mirara alguna vez el reloj para saber si había llegado el momento de irse a casa. Bien, pues como secretaria suya, podría intentar adecuar su horario de forma que pudiera ver con más regularidad a su hija. De hecho, decidió, convertiría aquella cuestión en objetivo prioritario.
—Y dime, ¿qué te ha parecido hasta ahora tu trabajo? ¿Lo encuentras tan estimulante como el trabajo en el restaurante?
—Digamos que me permite concentrarme mejor —admitió—. Alfredo no tenía ningún problema para pedirme que dejara de trabajar y me dedicara a hacer de camarera. Decía que era la forma típica italiana de conducir un negocio —sonrió—. La verdad es que tenía la costumbre de culpar de casi todo a su carácter italiano. Creo que esperaba que lo aceptáramos como algo no negociable.
—¿Y tú nunca lo cuestionaste?
—¡Estoy muy acostumbrada a las personas volubles!
—Al lado del temperamental carácter italiano, los londinenses debemos parecerte muy sosos.
Shannon no estaba segura de cómo enfrentarse a aquel comentario. Fuera de la formalidad de los confines de la oficina, Kane le parecía mucho menos predecible y mucho más desconcertante.
—¿Has hecho ya algún amigo en la oficina? —le preguntó entonces Kane, ahorrándole la tarea de contestar a la pregunta anterior—. Hasta ahora te he dejado muy sola. ¿Qué has estado haciendo durante las horas de la comida?
—Normalmente he comido en la cafetería. Sheila se compadeció de mí y me llevó el primer día para presentarme a algunos de los trabajadores de otros departamentos. De hecho, ¿sabes que hay un grupo que se llama el Club de la Lotería?
—¿El Club de la Lotería? —la miró con expresión de incredulidad.
—Sí —se inclinó hacia delante y fijó en él la mirada. O al menos intentó fijarla—. Al parecer, participan en él montones de trabajadores. Juntan dinero para jugar a la lotería y los viernes suelen ir a un pub para celebrar que no han ganado. De hecho, yo misma habría salido hoy con ellos si, bueno, si no hubiera estado aquí. Pero el viernes que viene van a ir todos a Leicester Square y me han invitado a ir con ellos. Será muy divertido.
De hecho, estaba deseando que llegara el viernes. ¡Para eso había ido a Londres!, decidió, ¡a buscar la diversión de la capital! En realidad, a pesar de su carácter extrovertido, Shannon era más hogareña de lo que habría estado dispuesta a admitir delante de nadie. De hecho, en Irlanda normalmente renunciaba a los pubs a cambio de actividades menos sofisticadas como reunirse con sus amigos a cenar en una pizzería o en un restaurante chino. Había empezado a saborear lo que era un estilo de vida un poco más glamuroso cuando había empezado a salir con Eric Gallway e incluso entonces, disfrutaba más por el hecho de salir con él que por los locales de moda a los que la llevaba.
Aquella había sido una de las críticas que le había hecho Eric cuando su relación había saltado por los aires; le había reprochado ser una mujer aburrida y poco sofisticada. Le había dicho que era como una adolescente, pero sin ganas de correr riesgos.
Desgraciadamente, Kane la estaba mirando en aquel momento con expresión de preocupación, como si acabara de anunciarle que pretendía salir a bailar todas las noches. Quizá, pensó Shannon, se estaba preguntando si era la candidata adecuada para atender a su hija.
—Supongo que será divertido. Aunque la verdad es que ni siquiera tú pareces muy convencida.
—Pues el caso es que lo estoy —replicó Shannon, alzando desafiante la barbilla.
—Has estado alguna vez en un club, ¿verdad?
—Claro que he estado alguna vez en un club. Dublín está lleno, por si no lo sabías. Es posible que no haya nacido en Londres, pero no me he criado en una aldea remota.
—Te pido disculpas si eso es lo que ha parecido que pretendía insinuar, pero, por alguna razón, tengo la impresión de que eres una persona muy familiar.
—Lo era —lo corrigió con firmeza—, pero todos maduramos, ¿no es cierto? —la cabeza comenzaba a darle vueltas y, por alguna extraña razón, sentía la imperiosa y loca necesidad de impresionarlo.
Kane siempre parecía tan impresionable...
—¿Y has decidido que ha llegado el momento de crecer?
—Digamos que ha llegado el momento de comenzar a buscar aventuras —le confió, inclinándose hacia adelante para recuperar su copa de oporto, sin molestarse en cerrarse la blusa para impedir que pudieran vislumbrarse sus senos.
—¿Y esa actitud tiene algo que ver con tu experiencia en Irlanda?
—¿Qué experiencia? —preguntó, bebiendo varios tragos de oporto.
—Tu experiencia con Eric Gallway —Kane estiró las piernas y clavó la mirada en el rostro de Shannon.
—Entre Eric y yo no ocurrió nada — musitó débilmente.
—Y esa es la razón por la que le tiraste la comida encima.
—Creo que ya te he dicho que eso no es asunto tuyo.
—Pues resulta que sí que lo es, porque estoy pensando en contratarlo.
—¿Qué? ¿Para trabajar en tu compañía?
¡Renunciaría a su trabajo inmediatamente si la alternativa era poder encontrarse con Eric en cada esquina!
—Pues la verdad es que sí.
—Entonces ya puedes ir aceptando mi renuncia.
Shannon se levantó y comprobó asustada lo mucho que le temblaban las piernas. Permaneció allí, esperando poder reunir fuerzas para dirigirse hacia la puerta.
—¡Oh, siéntate! No trabajará en el mismo edificio que tú. Trabajará para la emisora que acabo de comprar, delante de las cámaras. Supongo que eso halagará su vanidad.
Shannon volvió a sentarse, sintiéndose infinitamente mejor.
—Y la razón por la que quiero saber lo que pasó entre vosotros es que quizá tú conozcas algún motivo por el que no debería contratarlo.
—¿Alguna razón de qué tipo? — estaba comenzando a sentirse acorralada por aquel sutil ataque a sus defensas.
—Oh, no sé, quizá tu hayas descubierto algo sobre él...
—Sí, claro que descubrí algunas cosas sobre él —respondió con amargura—, pero ninguna por la que no deba ser contratado.
—¿Y qué fue lo que descubriste? —preguntó Kane con un sedoso susurro. Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las piernas y la miró con intensidad.
Shannon deseó firmemente que no lo hiciera, estaba aumentando su sensación de aturdimiento.
Durante el tenso silencio que siguió a aquella pregunta Shannon sintió la repentina urgencia de confesarle todo. ¿Y por qué no hacerlo?, se dijo. No se trataba de ningún oscuro secreto. De hecho, incluso le aliviaría poder contárselo a alguien, alguien que no estuviera relacionado de ninguna manera con lo ocurrido. Desde que había llegado a Londres, había mantenido un rígido silencio sobre aquel desgraciado episodio. Pero, seguramente, sería más acorde con la imagen de mundana despreocupación que pretendía mostrar el que fuera capaz de contar lo ocurrido con una sonrisa.
—Tuve una aventura con él —confesó alegremente. Se dio cuenta entonces de que su copa estaba otra vez vacía.
—¿Cómo lo conociste?
—Vino un día a la radio para hacer una entrevista con mi jefe.
—Y te encandiló con sus encantos, ¿no? —Kane se levantó y la agarró del brazo para ayudarla a mantenerse en pie—. Parece que no estás acostumbrada a beber.
¡Ni siquiera se había molestado en escucharla!, se lamentó Shannon. Estaba demasiado ocupado mostrando una preocupación paternal sobre su estado de embriaguez. Pero claro, estaban en la gran ciudad, un lugar en el que los corazones se rompían por docenas.
—Sí, me enamoré de él —continuó diciendo, agradeciendo a su pesar el apoyo de, su brazo—. Empezamos a salir y, al cabo de un tiempo, ¡me enteré de que estaba casado!
—Oh, lo siento —contestó Kane con compasión mientras se dirigían lentamente hasta el vestíbulo—. Debió de ser una fuerte impresión.
—¡Casado y con hijos! —la sorpresa era una expresión demasiado suave para describir lo que había sentido al enterarse—. ¡Y cuando me enfrenté a él se echó a reír. Me dijo que tenía que madurar, que los hombres casados tenían aventuras continuamente y que yo me habría dado cuenta de ello si no estuviera tan ocupada comportándome como una adolescente. Me dijo que se alegraba de deshacerse de mí porque yo no, no... ya sabes.
—¿No qué?
—No me había acostado con él —contestó Shannon. Sintió una lágrima de autocompasión luchando por escapar por la comisura de su ojo y pestañeó con fuerza mientras dejaba que Kane la ayudara a ponerse el abrigo y llamaba para pedirle un taxi.
—Ese tipo es un canalla, pelirroja —dijo Kane con amabilidad, tomándola de la barbilla y haciéndole alzar la cabeza—. Olvídate de él, no te merece.
—Ya lo he hecho. Solo he sacado el tema porque tú me has preguntado.
—Buena chica —le dio un golpecito en la nariz con un dedo y sonrió.
Francamente, fue un gesto insultante. La estaba tratando como si fuera una niña.
—Y además ya me he dado cuenta de cuál fue mi error —le dijo. Toda su autocompasión desapareció de pronto, ahogada en una oleada de enfado.
—La próxima vez, intenta ir por el hombre adecuado — comentó suavemente.
—Oh, todo lo contrario —replicó—. A mi tierna edad, ya he descubierto cómo utilizan los hombres a las mujeres, de modo que, ¿por qué no utilizar con ellos la misma medicina? Y comenzaré el próximo viernes.