Capítulo 3
LA CASA de Lindley estaba mucho más lejos de
lo que Shannon esperaba. Ella imaginaba encontrarse con un edificio
moderno y austero, quizá un ático decorado con alfombras blancas
que amortiguaran las carreras de una niña de ocho años, a la que se
había imaginado vagando en medio de aquel lujo buscando lugares
para esconderse de un padre siempre ausente.
Pero cuando el chófer atravesó las puertas de
hierro forjado del jardín, se encontró frente a una casa de estilo
victoriano con unos jardines perfectamente cuidados.
Mientras llamaba a la puerta, sentía tensarse
los músculos de su estómago. Kane Lindley estaba demostrando ser un
buen jefe, pero entonces, ¿a qué se debía el pequeño
estremecimiento de alarma que se apoderaba de ella cada vez que lo
veía? De hecho, incluso cuando estaba trabajando en el despacho,
una parte de ella parecía estar permanentemente pendiente de que
apareciera. Shannon pensaba que todo ello se debía al nerviosismo
que lógicamente acompañaba a un trabajo nuevo.
A partir de su corta experiencia, no podía
comprender por qué había tardado tanto Lindley en encontrar una
secretaria. No era una persona excesivamente crítica o severa con
las personas que trabajaban para él. Lo único que se le ocurría era
que quizá su ritmo fuera demasiado fuerte para alguien con poca
experiencia. Y, desde luego, el trabajo en la emisora de radio y en
el restaurante de Alfredo le habían proporcionado la capacidad para
pensar rápidamente y reaccionar sin ningún tipo de confusión ante
cualquier imprevisto.
Una mujer de mediana edad le abrió la puerta.
Se presentó a sí misma como la señora Porter y le informó, sin
ninguna clase de preámbulo, de que Kane la estaba esperando en el
salón.
—¿Y dónde está Eleanor? —preguntó Shannon,
ansiosa por asegurarse de que el objetivo de aquella velada no
tenía segundas intenciones.
Una cena íntima con Kane Lindley como
acompañante mientras su hija dormía inocentemente en la cama no le
parecía una perspectiva muy apetecible. Pero Eleanor, le informó la
señora Porter, estaba en el salón con su padre. Y, añadió en un
susurro, inclinándose hacia ella:
—Si quiere saber mi opinión, el señor Lindley
debería haberse vuelto a casar hace mucho tiempo. Esa niña necesita
una figura materna. Por supuesto, no tiene problemas de
estabilidad, pobrecita mía. Carrie es estupenda con ella, pero
necesita a alguien que esté permanentemente pendiente de ella y no
esas amigas de su padre que se dejan caer un día por aquí y
desaparecen al siguiente.
Shannon asintió, pero no le apetecía
continuar hablando, a pesar de la curiosidad que sentía por la vida
privada de Kane. ¿Amigas? ¿Tenía amigas? Por supuesto que sí, se
dijo, intentando imaginarse cómo serían aquellas mujeres. Kane
siempre le había parecido un hombre tan controlado que la idea de
que pudiera llegar a apasionarse por una mujer le rompía todos los
esquemas.
Afortunadamente, la tentación de sacarle más
información murió bruscamente en el momento en el que la señora
Porter abrió la puerta del salón y se apartó para que Shannon
pudiera entrar.
—Me iré dentro de unos minutos, señor
Lindley, si no necesita nada más. La cena está lista, solo hace
falta calentarla y la mesa está puesta.
—¿Hay que calentarla?
—Yo puedo ayudar, papá —el entusiasmo de la
voz de Eleanor era conmovedor.
—Eleanor, esta es Shannon, mi nueva
secretaria. Cuando yo no esté por aquí, quizá tengas que pasar
algún tiempo con ella.
—Hola —la niña sonrió brevemente y se volvió
hacia su padre con una mirada suplicante—. De verdad, papá, puedo
ayudar. Yo sé lo que hay que hacer. Te lo prometo.
—Eleanor, cariño, eres demasiado pequeña para
hacer nada en la cocina. La mayor parte de los accidentes
domésticos tienen lugar en la cocina, ¿no lo sabías? Hay cuchillos,
agua hirviendo, fuego...
—Aun así, puede ayudar un poco —lo
interrumpió Shannon, que empezaba a impacientarse con aquella lista
de peligros potenciales—. Cuando yo tenía la edad de Eleanor, ya
hacía algunas cosas en la cocina —miró hacia la niña, que la
observaba con expresión de gratitud—. Pero siempre tendrás que
asegurarte de que haya alguien a tu lado.
—Es posible que supiera cocinar a la edad de
Eleanor, pero mi hija no va a tener una niñez tan dura como la suya
—se volvió hacia su hija—. Shannon tiene siete hermanos.
—¿Siete? ¡Vaya! ¡Qué suerte! Me gustaría...
—se le quebró la voz al mirar a su padre.
—Yo me encargaré de vigilarla, señor Lindley
—se precipitó a añadir Shannon, antes de que la niña pudiera
terminar la frase—. Pero Eleanor, ¿no os enseñan ese tipo de cosas
en el colegio? Cuando yo era pequeña, hacíamos pan en la
escuela.
—La verdad es que no —admitió Eleanor,
frunciendo el ceño.
—¡Lo ve! Incluso en el colegio son
conscientes del peligro que la cocina entraña para los niños—
arqueó las cejas con la satisfacción de alguien que acababa de
demostrar que tenía razón.
Shannon se sonrojó violentamente.
—En realidad, señor Lindley...
—Kane, es ridículo que continuemos
tratándonos de usted. Y, por tu expresión indignada, imagino que
estás a punto de comenzar a darme una lección sobre la importancia
de enseñar a los niños a manejar el fuego.
—Jamás se me ocurriría darte una lección de
ese tipo. Pero lo que yo quiero decir es que en la cocina se pueden
hacer cosas como remover una mezcla en un cuenco, por ejemplo. ¿Y
cuántos niños conoces que se hayan cortado con una cuchara de
madera?
—En el colegio nos enseñan a trabajar la
madera —la interrumpió Eleanor, esperanzada—. ¿Verdad, papá? ¿Te
acuerdas de la caja de madera que hice hace unos meses?
—Sí, claro que me acuerdo —pero su expresión
le indicó a Shannon que tenía dificultades para concentrarse en el
recuerdo de aquella caja.
—Odio criticarte —musitó Shannon mientras se
dirigían hacia la cocina, precedidos por una entusiasmada Eleanor—,
¿pero tienes algún interés por lo que tu hija hace en el
colegio?
—Y yo odio tener que criticarte a ti,
pelirroja —replicó—, pero espero que no me empieces ahora a darme
una conferencia sobre los padres adictos al trabajo.
—Así que admites que eres adicto al
trabajo.
—Yo no he admitido nada por el estilo
—replicó, sin levantar la voz—. Y por si acaso se te ha pasado por
alto a la hora de leer tu contrato, tu trabajo consiste en cuidar
de Eleanor varias horas al día y no en analizarme.
—Mmm, qué bien huele — exclamó Shannon,
ignorando sus protestas.
—La señora Porter siempre cocina cuando
vienen las amigas de papá a casa —dijo Eleanor—. Yo he puesto la
mesa. No sabía dónde se ponían las cucharas para la sopa, así que
las he metido en los cuencos.
—¡Excelente! —dijo Kane con calor, evitando
todo contacto visual con Shannon.
Se acercó a la cocina y miró dudoso el
interior de la cazuela, como si no estuviera muy seguro de cuál
debería ser su siguiente movimiento.
—Creo que tienes que servir la sopa en los
cuencos —dijo Shannon y Eleanor se echó a reír—. Supongo que con
todas esas amigas con las que te diviertes, habrás llegado a
adquirir algunos conocimientos básicos sobre cómo servir una
cena.
—Oh, normalmente eso lo hace la señora Porter
—le aclaró Eleanor mientras se sentaba con Shannon a la mesa—,
¿verdad, papá? Esta noche ha tenido que irse porque su hijo está
malo. Tiene doce años y se ha roto un tobillo jugando al
fútbol.
—Un deporte peligroso. Me sorprende que
todavía lo permitan —dijo Shannon irónicamente.— De hecho, yo diría
que es incluso más peligroso que las tareas domésticas.
—O que trabajar la madera —respondió Eleanor,
hundiendo la cuchara en su cuenco de sopa.— La semana pasada Claire
Thompson se hizo daño en el dedo cuando se le cayó el cuenco de la
mano.
Shannon chasqueó la lengua en señal de
desaprobación y comenzó a comer. La sopa estaba deliciosa. No le
extrañaba que la señora Porter se encargara de cocinar cuando Kane
recibía a sus amigas. Se preguntaba si ellas sabrían, cuando
comenzaban a salir con Kane, que la suya sería una aventura
pasajera.
—Una vez me corté con el filo de una hoja de
papel en el colegio —comentó Shannon—. Creo que deberían prohibir
que se utilizara el papel en las escuelas..
Eleanor se echó a reír.
—¡Y la comida! Por si alguien se la tira
encima y se quema.
—Y las mesas, por supuesto —continuó
Shannon—, los niños pueden hacerse mucho daño si se golpean con una
esquina.
—Oh, callaos ya —exclamó Kane, sonriendo a su
hija—. Y tú ya puedes empezar a trabajar en la cocina llevando esos
platos vacíos al fregadero.
Para el final de la cena, Eleanor ya estaba
comenzando a comportarse como lo habría hecho cualquier mira de
ocho años. Su voz había dejado de ser poco más que un susurro y
reía a carcajadas cuando Shannon contaba anécdotas de su
infancia.
—¿Cuándo vas a venir a quedarte conmigo? —le
preguntó a Shannon, antes de retirarse a su habitación.
Shannon miró a Kane con expresión
interrogante y este dijo, elevando las manos a modo de
rendición:
—El lunes que viene llegaré tarde a casa.
¿Podrías venir después del trabajo? Carrie irá a buscar a Eleanor
al colegio, como siempre, y se irá cuando vengas a
sustituirla.
Una vez aclarada la respuesta, Kane subió con
Eleanor al dormitorio. Shannon los observó salir sospechando que se
había dejado manipular. Tenía también la incómoda sensación de que
estaba siendo arrastrada hacia una dinámica familiar que, de alguna
manera, minaba sus posibilidades de libertad.
Además de distanciarse de Irlanda y de los
malos recuerdos que allí había dejado, parte de los motivos por los
que Shannon había decidido instalarse en Londres tenían que ver con
la necesidad de alejarse de la presencia constante de su familia.
De modo que le parecía absurdo terminar adaptándose a la vida de
otra familia, aunque no fuera la suya.
—Le gustas —la voz de Kane la sacó de sus
pensamientos. Shannon se volvió hacia él con una sonrisa—. ¿Te
apetece tomar un café en el salón?
—La verdad es que preferiría volver a
casa.
—¿A las nueve y media? ¿Un viernes por la
noche? Pero si tenemos que hablar de la frecuencia con la que
estarías dispuesta a quedarte con Eleanor —replicó él con
rotundidad. Se apoyó contra el mostrador de la cocina y se cruzó de
brazos—. Para serte sincero, nunca he visto a Eleanor respondiendo
tan rápidamente a alguien.
Shannon imaginó a Eleanor en presencia de las
sucesivas amigas de Kane, tímida, insegura, buscando la aprobación
de su padre en su trato con ellas.
—Siempre he sabido que algún día me serviría
de algo haber tenido tantos hermanos —lo siguió al salón y se sentó
en el sillón que estaba más cerca de la chimenea.
—¿Prefieres una copa en vez de un café?
—preguntó Kane, acercándose al armario de las bebidas—. ¿Qué te
apetece? Tengo prácticamente de todo. ¿Quieres un oporto? ¿Un
brandy?
—Tomaré un oporto —respondió Shannon—. Tienes
una casa preciosa, Kane. ¿Desde cuándo vives aquí?
—Mi mujer y yo compramos esta casa nada más
casamos.
—¿Y decidiste quedarte viviendo aquí después
de...?
—¿Después de que muriera? —se acercó hasta
Shannon y le tendió una copa, rozándole los dedos al pasársela. Se
sentó en el sofá y cruzó las piernas—. Pensé en mudarme, pero solo
al principio. Me gusta esta casa y, en cualquier caso, no se puede
escapar de los recuerdos, hay que aprender a enfrentarse a ellos.
Ahora dime, ¿qué te ha parecido Eleanor? Sé que no es la situación
ideal, tener que venir a mi casa después del trabajo, y espero que
seas sincera si crees que no vas a poder hacerlo
regularmente.
Shannon dio un sorbo a su copa y sintió un
río de fuego corriendo por su garganta.
—¿«Regularmente» qué quiere decir
exactamente?
—Todos los días después del trabajo —contestó
perezosamente—. Pero, por supuesto, eso es posible
negociarlo.
—¿No piensas volver pronto ninguna tarde a la
semana? —bebió otro sorbo.
En aquella ocasión no le resultó tan fuerte,
aunque estaba comenzando a marearse. Rara vez bebía vino y el
oporto estaba demostrando ser una bebida muy fuerte.
—Intento volver pronto alguna que otra tarde.
Y siempre me aseguro de tener los fines de semana libres.
—Humm. Qué considerado —podría llegar a
acostumbrarse a esa bebida, pensó mientras apuraba su copa.
Cuando Kane le propuso volver a llenársela,
se negó tímidamente, pero al final aceptó.
Durante la cena, delante de Eleanor, Shannon
había sido un modelo de buena conducta. Aparte del breve debate
sobre la seguridad y los niños en la cocina, había estado hablando
amistosamente con Eleanor sobre sus amigas y sus aficiones, pero
después de la primera copa de oporto, comenzaba a sentir que cedía
ligeramente el barniz de la educación.
Ese siempre había sido su problema. Nunca
había sido capaz de dejar de decir lo que estaba pensando, a pesar
de las muchas ocasiones en las que había tenido que arrepentirse de
su conducta.
—Me refiero... —continuó, decidiendo
controlarse. Si la honestidad podía ser en ocasiones peligrosa, en
sobredosis era letal. De hecho, podría incluso hacerle perder un
trabajo que ya estaba empezando a gustarle—. Si quieres saber mi
opinión sobre Eleanor, la verdad es que la compadezco. Está
desesperada por llamar tu atención.
—¿Por llamar mi atención? ¡Le presto toda mi
atención cuando estoy en casa!
—¿No te has dado cuenta de que cada vez que
dice algo te mira buscando tu aprobación? Es como si... —¿como qué?
Había llegado el momento de dar un sorbo a aquel riquísimo líquido
que la ayudaba a aclarar sus ideas—. Como si no quisiera
equivocarse por miedo a desilusionarte.
—¿Cómo demonios va a desilusionarme Eleanor?
—la miró con ironía y sonrió—. ¿Estás segura de que tus
observaciones no tienen nada que ver con esas dos copas de
oporto?
—¡Por supuesto que no! —contestó Shannon
entre risas—. Me has preguntado lo que pensaba de tu hija y te lo
estoy diciendo. En mi opinión —se inclinó hacia delante y jugueteó
con el cuello de una blusa que, pese a su discreto aspecto, en ese
momento se ahuecaba dejando al descubierto la parte superior de su
sujetador de encaje—, Eleanor necesita una madre.
—¿Ah, eso es lo que piensas?
¿Por qué tenía la impresión de que Kane le
estaba siguiendo la corriente?
—Sí, la verdad es que sí. Las niñas necesitan
una madre, es tan simple como eso.
—Pues, aun a riesgo de desilusionarte, me
temo que en este momento no hay ninguna posible madre en el
horizonte.
—¿Ni siquiera entre esas muchas mujeres que
hay en tu vida?
—Ah, me pregunto qué te ha hecho pensar que
hay tantas mujeres en mi vida. Aunque, ahora que lo pienso, he
visto que cambiaba tu expresión cuando Eleanor ha mencionado que la
señora Porter era la encargada de preparar la cena cuando traía
mujeres a casa —se recostó cómodamente en el sofá mientras
continuaba mirándola con perezosa diversión—. Pero ahora, Shannon,
dime la verdad, ¿tengo el aspecto de un hombre que tiene a un
montón de mujeres esperándolo?
Shannon lo miró entonces con atención. Sin
traje, parecía un hombre menos conservador quizá, pero no mucho.
Aquella noche llevaba unos pantalones caquis y una camiseta de
color verde de manga corta, ambas prendas muy tradicionales.
—Pues, la verdad es que sí.
—¿Porque soy atractivo y sexy? —preguntó
secamente, disfrutando del rubor que encendía las mejillas de
Shannon.
—No, porque Eleanor no tiene ninguna razón
para mentir. En cualquier caso —añadió desafiante—, creo que estás
dándole demasiada importancia a mi comentario. Supongo que alguna
vez habrás sentido la necesidad de volver a casarte, quizá incluso
de tener más hijos, ¿no?
—No he encontrado a la mujer indicada. Ya te
lo he dicho, soy un hombre triste y solitario que posiblemente
termine solo sus días, sin nadie que lo cuide, salvo su fiel ama de
llaves, que continuará haciéndole unos guisos exquisitos.
Esbozó una sonrisa traviesa y Shannon se
sonrojó todavía más.
—Pero todavía continúas intentándolo.
—Tal y como tú deberías hacer — una sonrisa
bailaba en las comisuras de sus labios como si aquella
conversación, lejos de ofenderlo, le estuviera resultando
divertida—. ¿Cómo si no podré encontrar a la mujer ideal?
—¿Hay algún tipo de rutina que deba seguir
cuando venga a cuidar a Eleanor? —contestó Shannon, cambiando de
tema e intentando imprimir a su voz un ligero tono de
indignación.
Pero, después de dos copas de oporto, la
indignación no duró mucho, inclinó la cabeza hacia un lado,
intentando parecer más autoritaria, pero sintió un ligero mareo al
hacerlo.
—Creo que Carrie suele asegurarse de que
termine los deberes, cene, se bañe y lea un poco antes de
acostarse. A veces yo llego a casa y leo un rato con ella, pero,
como tú misma has podido comprobar, me resulta imposible mantener
un horario fijo de trabajo.
—¿Y preferirías poder hacerlo? —preguntó
Shannon con curiosidad.
—Por supuesto —contestó él.
Pero Shannon no lo creyó. Dudaba incluso de
que Kane Lindley mirara alguna vez el reloj para saber si había
llegado el momento de irse a casa. Bien, pues como secretaria suya,
podría intentar adecuar su horario de forma que pudiera ver con más
regularidad a su hija. De hecho, decidió, convertiría aquella
cuestión en objetivo prioritario.
—Y dime, ¿qué te ha parecido hasta ahora tu
trabajo? ¿Lo encuentras tan estimulante como el trabajo en el
restaurante?
—Digamos que me permite concentrarme mejor
—admitió—. Alfredo no tenía ningún problema para pedirme que dejara
de trabajar y me dedicara a hacer de camarera. Decía que era la
forma típica italiana de conducir un negocio —sonrió—. La verdad es
que tenía la costumbre de culpar de casi todo a su carácter
italiano. Creo que esperaba que lo aceptáramos como algo no
negociable.
—¿Y tú nunca lo cuestionaste?
—¡Estoy muy acostumbrada a las personas
volubles!
—Al lado del temperamental carácter italiano,
los londinenses debemos parecerte muy sosos.
Shannon no estaba segura de cómo enfrentarse
a aquel comentario. Fuera de la formalidad de los confines de la
oficina, Kane le parecía mucho menos predecible y mucho más
desconcertante.
—¿Has hecho ya algún amigo en la oficina? —le
preguntó entonces Kane, ahorrándole la tarea de contestar a la
pregunta anterior—. Hasta ahora te he dejado muy sola. ¿Qué has
estado haciendo durante las horas de la comida?
—Normalmente he comido en la cafetería.
Sheila se compadeció de mí y me llevó el primer día para
presentarme a algunos de los trabajadores de otros departamentos.
De hecho, ¿sabes que hay un grupo que se llama el Club de la
Lotería?
—¿El Club de la Lotería? —la miró con
expresión de incredulidad.
—Sí —se inclinó hacia delante y fijó en él la
mirada. O al menos intentó fijarla—. Al parecer, participan en él
montones de trabajadores. Juntan dinero para jugar a la lotería y
los viernes suelen ir a un pub para celebrar que no han ganado. De
hecho, yo misma habría salido hoy con ellos si, bueno, si no
hubiera estado aquí. Pero el viernes que viene van a ir todos a
Leicester Square y me han invitado a ir con ellos. Será muy
divertido.
De hecho, estaba deseando que llegara el
viernes. ¡Para eso había ido a Londres!, decidió, ¡a buscar la
diversión de la capital! En realidad, a pesar de su carácter
extrovertido, Shannon era más hogareña de lo que habría estado
dispuesta a admitir delante de nadie. De hecho, en Irlanda
normalmente renunciaba a los pubs a cambio de actividades menos
sofisticadas como reunirse con sus amigos a cenar en una pizzería o
en un restaurante chino. Había empezado a saborear lo que era un
estilo de vida un poco más glamuroso cuando había empezado a salir
con Eric Gallway e incluso entonces, disfrutaba más por el hecho de
salir con él que por los locales de moda a los que la
llevaba.
Aquella había sido una de las críticas que le
había hecho Eric cuando su relación había saltado por los aires; le
había reprochado ser una mujer aburrida y poco sofisticada. Le
había dicho que era como una adolescente, pero sin ganas de correr
riesgos.
Desgraciadamente, Kane la estaba mirando en
aquel momento con expresión de preocupación, como si acabara de
anunciarle que pretendía salir a bailar todas las noches. Quizá,
pensó Shannon, se estaba preguntando si era la candidata adecuada
para atender a su hija.
—Supongo que será divertido. Aunque la verdad
es que ni siquiera tú pareces muy convencida.
—Pues el caso es que lo estoy —replicó
Shannon, alzando desafiante la barbilla.
—Has estado alguna vez en un club,
¿verdad?
—Claro que he estado alguna vez en un club.
Dublín está lleno, por si no lo sabías. Es posible que no haya
nacido en Londres, pero no me he criado en una aldea remota.
—Te pido disculpas si eso es lo que ha
parecido que pretendía insinuar, pero, por alguna razón, tengo la
impresión de que eres una persona muy familiar.
—Lo era —lo corrigió con firmeza—, pero todos
maduramos, ¿no es cierto? —la cabeza comenzaba a darle vueltas y,
por alguna extraña razón, sentía la imperiosa y loca necesidad de
impresionarlo.
Kane siempre parecía tan
impresionable...
—¿Y has decidido que ha llegado el momento de
crecer?
—Digamos que ha llegado el momento de
comenzar a buscar aventuras —le confió, inclinándose hacia adelante
para recuperar su copa de oporto, sin molestarse en cerrarse la
blusa para impedir que pudieran vislumbrarse sus senos.
—¿Y esa actitud tiene algo que ver con tu
experiencia en Irlanda?
—¿Qué experiencia? —preguntó, bebiendo varios
tragos de oporto.
—Tu experiencia con Eric Gallway —Kane estiró
las piernas y clavó la mirada en el rostro de Shannon.
—Entre Eric y yo no ocurrió nada — musitó
débilmente.
—Y esa es la razón por la que le tiraste la
comida encima.
—Creo que ya te he dicho que eso no es asunto
tuyo.
—Pues resulta que sí que lo es, porque estoy
pensando en contratarlo.
—¿Qué? ¿Para trabajar en tu compañía?
¡Renunciaría a su trabajo inmediatamente si
la alternativa era poder encontrarse con Eric en cada
esquina!
—Pues la verdad es que sí.
—Entonces ya puedes ir aceptando mi
renuncia.
Shannon se levantó y comprobó asustada lo
mucho que le temblaban las piernas. Permaneció allí, esperando
poder reunir fuerzas para dirigirse hacia la puerta.
—¡Oh, siéntate! No trabajará en el mismo
edificio que tú. Trabajará para la emisora que acabo de comprar,
delante de las cámaras. Supongo que eso halagará su vanidad.
Shannon volvió a sentarse, sintiéndose
infinitamente mejor.
—Y la razón por la que quiero saber lo que
pasó entre vosotros es que quizá tú conozcas algún motivo por el
que no debería contratarlo.
—¿Alguna razón de qué tipo? — estaba
comenzando a sentirse acorralada por aquel sutil ataque a sus
defensas.
—Oh, no sé, quizá tu hayas descubierto algo
sobre él...
—Sí, claro que descubrí algunas cosas sobre
él —respondió con amargura—, pero ninguna por la que no deba ser
contratado.
—¿Y qué fue lo que descubriste? —preguntó
Kane con un sedoso susurro. Se inclinó hacia delante, apoyando los
codos en las piernas y la miró con intensidad.
Shannon deseó firmemente que no lo hiciera,
estaba aumentando su sensación de aturdimiento.
Durante el tenso silencio que siguió a
aquella pregunta Shannon sintió la repentina urgencia de confesarle
todo. ¿Y por qué no hacerlo?, se dijo. No se trataba de ningún
oscuro secreto. De hecho, incluso le aliviaría poder contárselo a
alguien, alguien que no estuviera relacionado de ninguna manera con
lo ocurrido. Desde que había llegado a Londres, había mantenido un
rígido silencio sobre aquel desgraciado episodio. Pero,
seguramente, sería más acorde con la imagen de mundana
despreocupación que pretendía mostrar el que fuera capaz de contar
lo ocurrido con una sonrisa.
—Tuve una aventura con él —confesó
alegremente. Se dio cuenta entonces de que su copa estaba otra vez
vacía.
—¿Cómo lo conociste?
—Vino un día a la radio para hacer una
entrevista con mi jefe.
—Y te encandiló con sus encantos, ¿no? —Kane
se levantó y la agarró del brazo para ayudarla a mantenerse en
pie—. Parece que no estás acostumbrada a beber.
¡Ni siquiera se había molestado en
escucharla!, se lamentó Shannon. Estaba demasiado ocupado mostrando
una preocupación paternal sobre su estado de embriaguez. Pero
claro, estaban en la gran ciudad, un lugar en el que los corazones
se rompían por docenas.
—Sí, me enamoré de él —continuó diciendo,
agradeciendo a su pesar el apoyo de, su brazo—. Empezamos a salir
y, al cabo de un tiempo, ¡me enteré de que estaba casado!
—Oh, lo siento —contestó Kane con compasión
mientras se dirigían lentamente hasta el vestíbulo—. Debió de ser
una fuerte impresión.
—¡Casado y con hijos! —la sorpresa era una
expresión demasiado suave para describir lo que había sentido al
enterarse—. ¡Y cuando me enfrenté a él se echó a reír. Me dijo que
tenía que madurar, que los hombres casados tenían aventuras
continuamente y que yo me habría dado cuenta de ello si no
estuviera tan ocupada comportándome como una adolescente. Me dijo
que se alegraba de deshacerse de mí porque yo no, no... ya
sabes.
—¿No qué?
—No me había acostado con él —contestó
Shannon. Sintió una lágrima de autocompasión luchando por escapar
por la comisura de su ojo y pestañeó con fuerza mientras dejaba que
Kane la ayudara a ponerse el abrigo y llamaba para pedirle un
taxi.
—Ese tipo es un canalla, pelirroja —dijo Kane
con amabilidad, tomándola de la barbilla y haciéndole alzar la
cabeza—. Olvídate de él, no te merece.
—Ya lo he hecho. Solo he sacado el tema
porque tú me has preguntado.
—Buena chica —le dio un golpecito en la nariz
con un dedo y sonrió.
Francamente, fue un gesto insultante. La
estaba tratando como si fuera una niña.
—Y además ya me he dado cuenta de cuál fue mi
error —le dijo. Toda su autocompasión desapareció de pronto,
ahogada en una oleada de enfado.
—La próxima vez, intenta ir por el hombre
adecuado — comentó suavemente.
—Oh, todo lo contrario —replicó—. A mi tierna
edad, ya he descubierto cómo utilizan los hombres a las mujeres, de
modo que, ¿por qué no utilizar con ellos la misma medicina? Y
comenzaré el próximo viernes.