Capítulo 2
—¿QUIERE que trabaje para usted? ¡Pero si no
me conoce! Sólo me ha visto servir mesas durante unos cuantos
meses. ¿Me está ofreciendo que sea su secretaria porque se siente
obligado? —no sabía muy bien por qué, pero la idea de trabajar para
aquel hombre la aterraba—. Además, ¿está usted en condiciones de
ofrecerme ese trabajo? ¿Qué podría decir su jefe?
—Yo soy el jefe, además del propietario de la
empresa. Creo que ya se lo he dicho antes, pelirroja.
—Y yo le he dicho que deje de llamarme
pelirroja —contestó Shannon, con aire ausente—. En cualquier caso,
¿no hay otras candidatas más capacitadas que yo para el puesto? ¿Y
no es demasiada casualidad que de pronto tenga un puesto libre para
mí? —se mordió el labio, intentando averiguar las intenciones
ocultas de Kane Lindley. Porque estaba segura de que las
había.
Las ofertas de trabajo normalmente iban
acompañadas de entrevistas, petición de informes y
referencias.
—Lo que quiero decir es que todos los
ejecutivos tienen siempre una secretaria. Alguien que se ocupa de
tareas como encontrar a la persona adecuada para un puesto
vacante.
—En ese caso, quizá esté mintiendo. Quizá no
sea el propietario de publicaciones Lindley —soltó una carcajada y
le dirigió una larga mirada—. No se preocupe, pelirroja, está
haciendo las preguntas adecuadas. Ese puesto de trabajo existe
porque mi antigua secretaria decidió jubilarse e irse a Dorset a
vivir con su hermana hace dos meses. Desde entonces, he estado
intentando encontrar una sustituta, pero ninguna me ha parecido la
persona adecuada. En este momento, lo único que podría hacer es
quitarle una de sus ayudantes al director, pero no me parece una
buena idea porque en ese caso, él tendría que enfrentarse al mismo
problema. Además de ese problema obvio, hay una o dos
consideraciones más que deberían ser contempladas y le aseguro que
la ayudante en cuestión no estaría dispuesta a ellas.
En lo que a Shannon concernía, la situación
era cada vez más extraña.
—¿Cuáles son esas consideraciones? —preguntó
lentamente. Mordisqueó uno de los pasteles, sosteniéndole la mirada
mientras lo hacía.
—Antes de abordar ese asunto, me gustaría
saber si está, o no, interesada en el trabajo.
—Naturalmente que estoy interesada en
conseguir trabajo. Acaban de obligarme a renunciar a uno.
—Bueno, en ese caso dejaremos esas cuestiones
hasta que averigüe la clase de experiencia que posee.
Evidentemente, si no tiene suficiente experiencia, podré colocarla
en otro puesto, aunque para trabajar para mí, hace falta algo más
que experiencia como secretaria. Busco una actitud que creo que
usted posee.
—Supongo que eso lo dice por el éxito que he
tenido como camarera. Excepto hoy, claro, cuando he tirado un plato
encima de uno de los clientes.
—En realidad, lo que me ha gustado
particularmente ha sido su forma de señalar que tenía un guisante
en el zapato —le dirigió una sonrisa, pero antes de que Shannon
pudiera responder, se inclinó hacia delante y le rozó la comisura
de los labios con el dedo—. Tenía una miga —le advirtió—. Bueno,
hábleme un poco más de su pasado.
—De acuerdo. ¿Qué quiere saber? — entrelazó
con fuerza las manos en el regazo para evitar llevárselas hacia el
lugar en el que la había acariciado.
—Hágame un resumen de su vida laboral y de
los trabajos que ha tenido hasta ahora.
—Al terminar los estudios, trabajé de
secretaria en la universidad y durante los últimos tres años,
estuve trabajando en una emisora de radio, a las afueras de Dublín.
Era una emisora local dedicada a la música. Además de las labores
propias de una secretaria, me encargaba de actualizar los programas
de ordenador y de ayudar a planificar el trabajo. Cuando llegué,
administrativamente eran un desastre, así que fue todo un desafío
reorganizarlo todo. Fue un trabajo fantástico —añadió con
nostalgia—. No había un solo momento de aburrimiento.
—Así que, aburrida de tanta satisfacción,
decidió dejarlo todo.
—No fue así.
—¿Entonces por qué se fue? —le sostuvo la
mirada—. No lo pregunto por curiosidad morbosa, pero como posible
jefe, su brusca marcha podría influir en mi decisión.
—Me marché... por motivos personales
—contestó sonrojándose.
—¿Que fueron?
—No creo que eso tenga importancia.
—Claro que la tiene — terminó su café—. ¿Qué
ocurriría si los motivos personales fueran, por ejemplo, un
robo?
—¡Un robo!
—O... muestras constantes de insubordinación.
O conducta inmoral...
Shannon comenzó a reír a carcajadas.
—¿Conducta inmoral? ¿Qué tipo de conducta
inmoral?
—¿Desnudarse en una de las fiestas de la
oficina? ¿Tener relaciones sexuales en el despacho del jefe?
Era evidente que estaba bromeando, pero
entonces, ¿a qué se debía el cosquilleo que sentía Shannon en la
piel? De pronto, se había imaginado a sí misma tumbada en la mesa
de su despacho, siendo acariciada por esos dedos largos y fuertes.
Inmediatamente, borró horrorizada aquella imagen.
—Tengo mis referencias en mi pensión.
—¿En su pensión? ¿Vive en una pensión?
—Sí, es lo único que puedo permitirme. En
cualquier caso... —se interrumpió y le dirigió una sonrisa cargada
de ironía —, disponer de una habitación para mí sola es todo un
lujo después de haber crecido en una casa con siete hermanos.
—Tiene... —se puso verde al pensarlo.
No le gustaban los niños, pensó Shannon
encantada de haber conseguido quebrar su formidable capacidad de
autocontrol. Probablemente él era hijo único y había sido un niño
mimado.
—Lo sé, así es como reaccionan la mayor parte
de los ingleses cuando se lo cuento. Mi madre dice que todos y cada
uno de nosotros somos hijos muy deseados, pero yo me temo que
después de casarse se dejaron llevar por la emoción. Supongo que
usted es hijo único.
—Yo, bueno, digamos que no estamos aquí, para
hablar sobre mi pasado, señorita McKee.
—Oh, solo era una pregunta, ¿es usted hijo
único?
—Sí, la verdad, es que sí.
—Me lo imaginaba. Pobrecito. Mi madre siempre
dice que la infancia de los hijos únicos es muy solitaria. ¿Es
cierto?
—Esto es una digresión absurda — musitó Kane
sombrío—. Estábamos hablando de sus relaciones laborales. ¿Por qué
decidió dejar Irlanda y venir a Londres?
—Creía que ya habíamos hablado de eso. Ya le
he dicho que le entregaré mis referencias. La última empresa para
la que trabajé estaba muy contenta con mi labor.
—¿Se fue entonces a causa de Eric
Gallway?
—Eso no es asunto suyo, señor Lindley
—respondió ella, sosteniéndole la mirada.
—No, no lo es, ¿verdad? —su mirada indicaba
todo lo contrario—. Ahora, hay otras dos consideraciones que me
gustaría hacerle sobre su trabajo —dijo lentamente.
Apoyó los codos en la mesa y se inclinó hacia
ella.
—Hay algunas obligaciones relacionadas con
esté trabajo que podrían obligarla a hacer horas extra.
Shannon suspiró aliviada. Trabajar nunca
había sido un problema para ella.
—No me importa trabajar más de lo que marca
mi horario, señor Lindley —respondió rápidamente—. El propio
Alfredo podría decírselo.
—Estupendo, estupendo —se interrumpió y dejó
que sus ojos oscuros vagaran por su rostro.— Sin embargo, esas
obligaciones posiblemente no tengan mucho que ver con lo que está
imaginándose.
—¿Entonces, qué implicarían esas
obligaciones? —preguntó Shannon, perdida en la miríada de
posibilidades que su imaginación le ofrecía. Esperaba que no le
sugiriera nada ilegal...
—Tengo una hija, señorita McKee.
—¿Tiene una hija?
—Es algo que ocurre a menudo cuando hay un
encuentro sexual y no se toman las precauciones adecuadas —aclaró
Kane, con exagerada paciencia—, como, supongo, usted comprende
perfectamente.
Shannon no se sintió ofendida por su
tono.
—No me había imaginado que pudiera tener una
hija —farfulló, dándose cuenta cuando ya era demasiado tarde de que
aquel comentario podía indicarle que había estado especulando sobre
su vida.
—¿Y puedo preguntar por qué?
—Usted no es... bueno, no tiene un aspecto
muy paternal.. —se encogió de hombros con impotencia—. Me refiero a
que... —se precipitó a añadir—, venía tan pronto al restaurante que
no parecía un hombre muy familiar.. ¿Cuántos años tiene su
hija?
—Ocho. Se llama Eleanor.
—Ah, estupendo —Shannon se interrumpió,
intentando digerir aquella pieza de información.— Y, si no le
molesta que se lo pregunte, ¿qué tiene que ver eso conmigo?
—En este momento, tengo una niñera a mi
servicio que...
—¿Tiene una niñera a su servicio...? —rió
burlona.
—¿Le importa hacerme el favor de no
interrumpirme?
—Lo siento. Pero ha utilizado una
expresión...
—Tengo una niñera a mi servicio que lleva a
Eleanor al colegio y la trae a casa por las tardes. En
circunstancias normales, me habría gustado que viviera en casa,
pero Carrie siempre ha insistido en tener las tardes y las noches
libres y no quiero sustituirla porque ha estado con nosotros desde
que Eleanor era un bebé.
—¿Y su esposa? —preguntó Shannon, sin poder
disimular su curiosidad.
—Mi esposa está muerta —bajó la mirada y
Shannon no pudo menos que compadecerlo a él y a su hija.
Intentó imaginarse una vida sin hermanos, sin
madre, con un padre ausente y una niñera. Y no lo consiguió.
—Lo siento —se interrumpió y preguntó con
curiosidad:— ¿Cuándo murió?
—Cuando nació Eleanor —había un dejo de
abatimiento en su tono que Shannon reconoció inmediatamente. Lo
había detectado también en la voz de su madre cada vez que alguien
le preguntaba por su marido. Normalmente evitaba contestar—. Tres
horas después de que Eleanor naciera, mi mujer murió de una
hemorragia.
—Lo siento mucho, señor Lindley.
—De modo que, ocasionalmente, podría
necesitar que cuidara a mi hija. Mi antigua secretaria no tenía
ningún problema al respecto, pero como le he dicho, ahora vive en
Dorset. Naturalmente, le pagaría generosamente por las
molestias.
—Cuidar a un niño nunca es una molestia
—repuso ella.
—Entonces —pidió la cuenta con un gesto y
volvió a centrarse en la conversación sobre el trabajo—. ¿Cuándo
podría empezar a trabajar?
—Cuando usted quiera.
—¿Qué tal el próximo lunes por la mañana? A
las ocho y media en punto. Y, naturalmente, supongo que no necesito
decirle que durante el primer mes estará a prueba.
—Lo mismo digo, señor Lindley —contestó
Shannon, para dejarle claro que no iba a sentirse obligada a
trabajar para él en el casó de que no soportara el puesto.
—Por supuesto —respondió él ofreciéndole una
sonrisa tan poderosa que el corazón de Shannon dejó de latir
durante unas décimas de segundo.
Kane se levantó y se ofreció educadamente a
llevarla a donde quiera que tuviera que ir. Cuando Shannon declinó
su ofrecimiento, asintió brevemente antes de instarla a salir del
café.
El aire frío golpeó el rostro de Shannon y,
durante unos segundos, tuvo la sensación de que todo había sido un
sueño. Siempre había sido aficionada a soñar despierta con
situaciones improbables. Quizá aquel fuera otro de sus sueños.
Acababa de perder un trabajo y el destino le sonreía decretando que
le surgiera otro a las pocas horas de haber perdido el primero.
Pero así era siempre la vida. Ella siempre había pensado que el
panorama nunca era tan siniestro como pudiera parecer. Shannon
siempre había dejado un hueco en su vida para el optimismo.
Aquel saludable optimismo acompañó a Shannon
durante el resto de la semana, y continuó hasta el fin de semana
que pasó con Sandy, que estaba emocionadísima con el curso que
estaban tomando los acontecimientos. No dejaba de referirse a la
«suerte endiablada» de su amiga y a la labia que tenían los
irlandeses para conseguir lo que querían. Llegó un momento en el
que Shannon se vio obligada a señalar que Kane simplemente había
valorado sus capacidades como secretaria.
—¡Ja! A lo mejor está pensando en otras
capacidades también —susurró Sandy, por encima de la pizza con la
que estaban celebrando el nuevo trabajo de Shannon.
Pero ni siquiera así consiguió mermar su
optimismo.
El lunes por la mañana, Shannon se vistió con
esmero, sin permitirse ninguno de los toques de originalidad con
los que completaba su atuendo cuando trabajaba en la radio o en el
restaurante de Alfredo: falda azul, chaqueta del mismo color, una
camisa blanca y, por supuesto, su abrigo, uno de los caprichos más
caros que había podido permitirse cuando trabajaba en la
emisora.
El pelo le había supuesto un pequeño
problema. Las trenzas no le parecían un peinado apropiado para una
secretaria, pero llevarlo suelto tampoco era una opción porque
tenía un pelo demasiado llamativo. De modo que se lo recogió en una
cola de caballo que sujetó con un pasador de carey.
Mientras se dirigía en el metro hacia la
dirección que Kane le había dado, decidió que su madre estaría
encantada si la viera, pero que sus hermanas se morirían de risa.
Aunque no era la más pequeña de la familia, Shannon era la última
de las chicas y, de alguna manera, sus hermanas mayores habían
hecho también de madres para ella. Pero merecía la pena aquel
cambio de imagen. Estaba a punto de embarcarse en un trabajo serio,
decidió, iba a trabajar para un hombre que estaba segura, no
toleraba las frivolidades en su oficina.
Lo primero que le indicó lo diferente que iba
a ser aquel trabajo comparado con los dos últimos que había tenido
fue el edificio de cristal y cemento en el que se albergaban las
oficinas. El señor Lindley, le indicó la recepcionista que estaba
separada del público por una mesa circular, la estaba esperando; si
subía en ascensor hasta la cuarta planta, añadió, llegaría
directamente a su despacho.
Para cuando Shannon se encontró frente a su
puerta, había perdido ya la confianza en sus habilidades como
secretaria. Dudaba de que su trabajo en la emisora y en el
restaurante la hubieran capacitado para trabajar en un lugar como
aquel, de espesas alfombras, despachos cerrados y personas
corriendo continuamente desde los ordenadores hasta los faxes y las
fotocopiadoras.
Llamó tentativamente a la puerta. Una mujer
de mediana edad, pelo gris y mirada afilada le abrió.
—Lo siento — farfulló Shannon—. En realidad
estoy buscando al señor Lindley. La señorita de recepción...
—Debería haberme llamado para que bajara a
acompañarla —respondió la mujer, interrumpiendo su nerviosa
explicación—. Tendré que hablar con ella. Pase, señorita McKee. Y
antes de nada, permítame presentarme. Soy Sheila Goddard.
Normalmente no trabajo para el señor Lindley, pero como todavía no
ha encontrado a la persona conveniente para sustituir a su
secretaria llevo ya varios meses ocupándome de ese trabajo. Un
verdadero inconveniente —miró a Shannon como si ella fuera la
responsable de ese problema.
—Este será su despacho —continuó diciendo—.
Como puede ver, el del señor Lindley está justo detrás. Ahora,
querida, debo confesarle que me sorprendí cuando el señor Lindley
nos informó de que había encontrado personalmente a su futura
secretaria.
Seguramente no tanto como ella cuando le
ofrecieron aquel puesto, se dijo Shannon.
—Estaré a prueba durante un mes —le aclaró
rápidamente.
—Naturalmente —contestó Sheila—. Y es posible
que termine sumándose a la lista de candidatas no aceptables para
el puesto. Esa es la razón por la que le sugerí al señor Lindley
que quizá hubiera sido un poco precipitado haberle hecho un
contrato indefinido, en vez de haberle ofrecido de momento un
contrato temporal.
—Si no le importa que se lo pregunte, ¿por
qué ha habido tantas candidatas que no han resultado recomendables
para el puesto?
—El señor Lindley es un jefe muy exigente.
Sólo se conforma con lo mejor.
Llamó respetuosamente a la puerta que
separaba los dos despachos, dándole a Shannon tiempo suficiente
para ir haciéndose a la idea de que iba a trabajar para un monstruo
dispuesto a atacarla al primer error. El monstruo que se encontraba
hablando por teléfono cuando entró. Continuó hablando mientras
Shannon miraba alrededor de su despacho, tomando nota de la
absoluta frialdad de la decoración. No había un solo objeto
personal, ni siquiera una fotografía de su hija. Cuando ya no
encontró nada que mirar, fijó sus ojos verdes en él. Mientras
hablaba, Kane se recostaba en la silla y asentía en silencio.
—Muy bien —dijo en cuanto dejó el auricular
en su lugar—. Ya está usted aquí.
—He traído mis informes —le dijo Shannon—.
Pero tengo que serle sincera, señor Lindley. Ha sido muy amable al
ofrecerme este trabajo, pero no sé si voy a estar a la
altura.
—¿Por qué no?
—Porque este no es el tipo de trabajo al que
estoy acostumbrada. Me temo que no voy a ser adecuada para el
puesto.
—¿Por qué no deja que sea yo el que lo
decida? ¿Le apetece un café? ¿Un té? —contestó mientras estudiaba
sus referencias.
—No, gracias.
—Está nerviosa —se reclinó en el asiento y
entrelazó las manos en el regazo—. Jamás me lo habría imaginado de
usted, pelirroja.
—No estoy nerviosa — era absurdo intentar
decirle que utilizara su nombre completo, pensó—. Es solo que...
todo esto es demasiado formal para mí. Y no me gustaría hacerle
perder el tiempo.
—Muy considerado por su parte —contestó
secamente—. Los informes son excelentes. Tiene grandes
conocimientos de informática, es capaz de asumir responsabilidades,
¿qué le hace pensar que va a hacerme perder el tiempo?
—Al parecer, ha rechazado a un gran número de
secretarias. Lo que quiere decir que, o bien todas las agencias de
empleo han fracasado al hacer su trabajo, o bien es difícil
trabajar para usted.
—Soy una persona exigente, si es a eso a lo
que se refiere. Y ahora, será mejor que dejemos de hablar sobre si
va o no a ser adecuada para el puesto y empecemos a trabajar.
Cuando termine de atender a uno de mis clientes, le explicaré en
qué consistirá su trabajo. Después tendrá que ir al departamento de
personal a firmar el contrato —se levantó y miró el reloj—. Esta
tarde tengo una reunión, pero le indicaré algunas cosas que ya
puede ir haciendo. Algunas cartas, faxes, emails. Si tiene alguna
dificultad, Sheila está al final del pasillo.
Vio la duda reflejada en los enormes ojos
verdes de Shannon y se preguntó si sería consciente del atractivo
que añadía a su rostro aquella expresión.
—Mire, si de verdad no quiere trabajar para
esta empresa, no puedo obligarla a quedarse. Es obvio que este
ambiente le parece demasiado acartonado y serio, pero le pagaré más
del doble de lo que ganaba en el restaurante. Y eso sin contar lo
que podrá ganar cuando tenga que hacerse cargo de mi hija.
Shannon le dirigió una mirada tan irónica
como la de él.
—De momento me quedo. Me temo que soy tan
sobornable como cualquiera.
Sus miradas se encontraron en un instante de
divertida y mutua comprensión, antes de que Shannon la
desviara.
Entró en el que a partir de entonces iba a
ser su despacho seguida de su nuevo jefe y se sentó tras el
escritorio.
Kane observó entonces la ligera elevación de
su falda, que dejaba el descubierto parte de sus muslos. Shannon se
quitó el abrigo y la chaqueta, quedándose únicamente con una blusa
que marcaba suavemente sus pequeños senos.
—Clientes —Kane se aclaró la garganta y
frunció el ceño, intentando concentrarse, mientras Shannon encendía
el ordenador y esperaba a que terminara la frase—. Sí, bueno,
tendrá que poner al día los informes sobre los clientes y
ordenarlos por orden alfabético —se inclinó hacia delante, apoyando
los antebrazos en el escritorio.
—Muchos de los negocios los hacemos con
clientes del otro lado del Atlántico, de modo que le vendría bien
estar al tanto del mercado de divisas... —alargó el brazo para
mostrarle el menú principal del ordenador, rozando
involuntariamente el seno de la joven.
Shannon se apartó, estremecida por aquel
contacto.
—Normalmente no tendrá que venir conmigo a
reuniones de trabajo —se apartó del escritorio y se sentó en una
silla—. Sin embargo, tendrá que comprobar y leer cada uno de los
emails que reciba, cuando no esté en la oficina. Con el tiempo,
debería ser capaz de contestar a una gran parte de ellos.
Shannon se volvió para mirarlo y se quedó un
poco desconcertada al encontrarlo tan cerca de ella. Estaba
suficientemente cerca como para que pudiera distinguir los
diferentes tonos castaños de sus ojos y para percibir la almizcleña
esencia que emanaba de su cuerpo.
—Y ahora —dijo Kane por fin—, ¿tiene alguna
pregunta que hacer?
—¿Sobre el trabajo?
Kane la miró con ironía.
—No, estaba pensando en tener una
conversación sobre el estado del mundo.
—¿No se siente un poco solo trabajando
encerrado en este despacho?
—¿Solo? ¿Que si me siento un poco solo?
—Sí. Ya sabe... seguramente no se pasará todo
el día concentrado en el trabajo. Supongo que de vez en cuando le
apetecerá charlar con alguien.
—¿Charlar?
—Con gente. Aunque supongo que descansará de
vez en cuando para tomar un café.
—Cuando me tomó un café, suelo quedarme en mi
despacho y, normalmente, me dedico a ordenar papeles mientras, lo
hago —contestó con vehemencia y Shannon asintió.
—¿Entonces cómo está al corriente de lo que
ocurre en su empresa? Ya sabe, si no sale de aquí, no se enterará
de los cotilleos que corren por la oficina.
—¿De los cotilleos?
—Usted me ha dicho que si quería hacer una
pregunta... —Shannon se interrumpió al darse cuenta de que la
estaba mirando como si pensara que estaba completamente loca—.
Bueno, en cuanto al trabajo que me ha propuesto hasta ahora, creo
que estoy en condiciones de hacerlo. Aunque supongo que al
principio seré un poco lenta, hasta que me acostumbre.
—Creo que no tardará mucho en acostumbrarse.
He hablado con Linda, del departamento de personal, para que se
reúna con usted antes del almuerzo —se levantó con un rápido y
grácil movimiento—. Y ahora tengo que asistir a un par de
reuniones, de modo que seguramente no la veré hasta mañana por la
mañana. Linda le enseñará todo esto, pero por si le interesa, hay
una cafetería en la primera planta. Sospecho que allí podrá
encontrar todas las conversaciones y cotilleos que le
apetezcan.
—En ese caso, quizá debería comer allí más a
menudo —le recomendó Shannon con una sonrisa.
—La verdad es que lo hago cada vez que tengo
oportunidad.
Caminó hacia la puerta y se detuvo antes de
salir para mirarla.
—Creo que sería una buena idea que conociera
a Eleanor. Carrie ha estado saliendo tarde de trabajar durante
estos dos últimos meses para adaptarse a mi horario, pero ahora
quizá pueda recuperar su vida social.
—Yo pensaba que lo de cuidar a Eleanor sería
algo excepcional —repuso Shannon—. Además, yo también tengo una
vida social de la que ocuparme.
—Oh —Kane caminó lentamente hacia ella,
frotándose la barbilla con la mano, como si estuviera considerando
aquella idea—. Yo pensaba que había venido a Londres para curar un
corazón roto. ¿No pasa todo su tiempo libre suspirando?
Shannon se sonrojó violentamente ante aquella
falta de consideración.
—Si hubiera leído algún libro de autoayuda,
sabría que las mujeres con los corazones rotos inmediatamente
corren a cultivar una nueva y excitante vida social —contestó
cortante, mientras se preguntaba si las cenas que compartía con
Sandy podrían ser consideradas como una vida social
excitante.
—Bueno —admitió Kane—. Normalmente llego a
casa alrededor de las ocho, de modo que no creo que su excitante
vida social vaya a resentirse demasiado.
—¿Alas ocho? ¿Entonces cuándo ve a su
hija?
—Procuro tener los fines de semana libres
—musitó, sonrojándose ligeramente—. ¿Conoce las afueras de Londres?
—le garabateó una dirección en un papel—. No, olvídelo, le diré a
mi chófer que venga a recogerla. ¿Le parece bien el viernes a las
siete y media? Los viernes Eleanor suele quedarse despierta hasta
tarde y el sábado no tiene colegio.
—Estoy segura de que podré encontrar yo sola
su casa, señor Lindley —miró la dirección que le había dado y se
preguntó si estaría muy lejos de la estación de metro.
—Ni se le ocurra —contestó él rápidamente—.
Al fin y al cabo, es usted la que va a hacerme un favor.
—¿Cómo es Eleanor? —preguntó Shannon con
curiosidad, doblando él trozo de papel y metiéndolo en su
bolso.
—Pequeña, rubia y de ojos azules.
—Me refería a su personalidad.
—Oh, Eleanor es... muy tranquila — frunció el
ceño mientras pensaba en la forma más adecuada de describirla—. Y
muy poco problemática.
A Shannon le pareció una extraña forma de
describir a una niña de ocho años. Si no se podían causar problemas
a esa edad, ¿entonces cuándo se podía? Ella había pasado la mayor
parte de sus años de infancia metiéndose en líos.
—Y no olvide —continuó diciendo Kane,
cambiando de tema—, que si tiene algún problema, Sheila la ayudará.
Ella sabe del negocio tanto como yo —se acercó a la puerta y se
detuvo para decir con un tono de seriedad que desmentía su
expresión:— Y no se olvide de la cafetería. Es el caldo de cultivo
de los cotilleos y las intrigas. Infórmeme de todo lo que oiga por
allí.