Capítulo 2

—¿QUIERE que trabaje para usted? ¡Pero si no me conoce! Sólo me ha visto servir mesas durante unos cuantos meses. ¿Me está ofreciendo que sea su secretaria porque se siente obligado? —no sabía muy bien por qué, pero la idea de trabajar para aquel hombre la aterraba—. Además, ¿está usted en condiciones de ofrecerme ese trabajo? ¿Qué podría decir su jefe?
—Yo soy el jefe, además del propietario de la empresa. Creo que ya se lo he dicho antes, pelirroja.
—Y yo le he dicho que deje de llamarme pelirroja —contestó Shannon, con aire ausente—. En cualquier caso, ¿no hay otras candidatas más capacitadas que yo para el puesto? ¿Y no es demasiada casualidad que de pronto tenga un puesto libre para mí? —se mordió el labio, intentando averiguar las intenciones ocultas de Kane Lindley. Porque estaba segura de que las había.
Las ofertas de trabajo normalmente iban acompañadas de entrevistas, petición de informes y referencias.
—Lo que quiero decir es que todos los ejecutivos tienen siempre una secretaria. Alguien que se ocupa de tareas como encontrar a la persona adecuada para un puesto vacante.
—En ese caso, quizá esté mintiendo. Quizá no sea el propietario de publicaciones Lindley —soltó una carcajada y le dirigió una larga mirada—. No se preocupe, pelirroja, está haciendo las preguntas adecuadas. Ese puesto de trabajo existe porque mi antigua secretaria decidió jubilarse e irse a Dorset a vivir con su hermana hace dos meses. Desde entonces, he estado intentando encontrar una sustituta, pero ninguna me ha parecido la persona adecuada. En este momento, lo único que podría hacer es quitarle una de sus ayudantes al director, pero no me parece una buena idea porque en ese caso, él tendría que enfrentarse al mismo problema. Además de ese problema obvio, hay una o dos consideraciones más que deberían ser contempladas y le aseguro que la ayudante en cuestión no estaría dispuesta a ellas.
En lo que a Shannon concernía, la situación era cada vez más extraña.
—¿Cuáles son esas consideraciones? —preguntó lentamente. Mordisqueó uno de los pasteles, sosteniéndole la mirada mientras lo hacía.
—Antes de abordar ese asunto, me gustaría saber si está, o no, interesada en el trabajo.
—Naturalmente que estoy interesada en conseguir trabajo. Acaban de obligarme a renunciar a uno.
—Bueno, en ese caso dejaremos esas cuestiones hasta que averigüe la clase de experiencia que posee. Evidentemente, si no tiene suficiente experiencia, podré colocarla en otro puesto, aunque para trabajar para mí, hace falta algo más que experiencia como secretaria. Busco una actitud que creo que usted posee.
—Supongo que eso lo dice por el éxito que he tenido como camarera. Excepto hoy, claro, cuando he tirado un plato encima de uno de los clientes.
—En realidad, lo que me ha gustado particularmente ha sido su forma de señalar que tenía un guisante en el zapato —le dirigió una sonrisa, pero antes de que Shannon pudiera responder, se inclinó hacia delante y le rozó la comisura de los labios con el dedo—. Tenía una miga —le advirtió—. Bueno, hábleme un poco más de su pasado.
—De acuerdo. ¿Qué quiere saber? — entrelazó con fuerza las manos en el regazo para evitar llevárselas hacia el lugar en el que la había acariciado.
—Hágame un resumen de su vida laboral y de los trabajos que ha tenido hasta ahora.
—Al terminar los estudios, trabajé de secretaria en la universidad y durante los últimos tres años, estuve trabajando en una emisora de radio, a las afueras de Dublín. Era una emisora local dedicada a la música. Además de las labores propias de una secretaria, me encargaba de actualizar los programas de ordenador y de ayudar a planificar el trabajo. Cuando llegué, administrativamente eran un desastre, así que fue todo un desafío reorganizarlo todo. Fue un trabajo fantástico —añadió con nostalgia—. No había un solo momento de aburrimiento.
—Así que, aburrida de tanta satisfacción, decidió dejarlo todo.
—No fue así.
—¿Entonces por qué se fue? —le sostuvo la mirada—. No lo pregunto por curiosidad morbosa, pero como posible jefe, su brusca marcha podría influir en mi decisión.
—Me marché... por motivos personales —contestó sonrojándose.
—¿Que fueron?
—No creo que eso tenga importancia.
—Claro que la tiene — terminó su café—. ¿Qué ocurriría si los motivos personales fueran, por ejemplo, un robo?
—¡Un robo!
—O... muestras constantes de insubordinación. O conducta inmoral...
Shannon comenzó a reír a carcajadas.
—¿Conducta inmoral? ¿Qué tipo de conducta inmoral?
—¿Desnudarse en una de las fiestas de la oficina? ¿Tener relaciones sexuales en el despacho del jefe?
Era evidente que estaba bromeando, pero entonces, ¿a qué se debía el cosquilleo que sentía Shannon en la piel? De pronto, se había imaginado a sí misma tumbada en la mesa de su despacho, siendo acariciada por esos dedos largos y fuertes. Inmediatamente, borró horrorizada aquella imagen.
—Tengo mis referencias en mi pensión.
—¿En su pensión? ¿Vive en una pensión?
—Sí, es lo único que puedo permitirme. En cualquier caso... —se interrumpió y le dirigió una sonrisa cargada de ironía —, disponer de una habitación para mí sola es todo un lujo después de haber crecido en una casa con siete hermanos.
—Tiene... —se puso verde al pensarlo.
No le gustaban los niños, pensó Shannon encantada de haber conseguido quebrar su formidable capacidad de autocontrol. Probablemente él era hijo único y había sido un niño mimado.
—Lo sé, así es como reaccionan la mayor parte de los ingleses cuando se lo cuento. Mi madre dice que todos y cada uno de nosotros somos hijos muy deseados, pero yo me temo que después de casarse se dejaron llevar por la emoción. Supongo que usted es hijo único.
—Yo, bueno, digamos que no estamos aquí, para hablar sobre mi pasado, señorita McKee.
—Oh, solo era una pregunta, ¿es usted hijo único?
—Sí, la verdad, es que sí.
—Me lo imaginaba. Pobrecito. Mi madre siempre dice que la infancia de los hijos únicos es muy solitaria. ¿Es cierto?
—Esto es una digresión absurda — musitó Kane sombrío—. Estábamos hablando de sus relaciones laborales. ¿Por qué decidió dejar Irlanda y venir a Londres?
—Creía que ya habíamos hablado de eso. Ya le he dicho que le entregaré mis referencias. La última empresa para la que trabajé estaba muy contenta con mi labor.
—¿Se fue entonces a causa de Eric Gallway?
—Eso no es asunto suyo, señor Lindley —respondió ella, sosteniéndole la mirada.
—No, no lo es, ¿verdad? —su mirada indicaba todo lo contrario—. Ahora, hay otras dos consideraciones que me gustaría hacerle sobre su trabajo —dijo lentamente.
Apoyó los codos en la mesa y se inclinó hacia ella.
—Hay algunas obligaciones relacionadas con esté trabajo que podrían obligarla a hacer horas extra.
Shannon suspiró aliviada. Trabajar nunca había sido un problema para ella.
—No me importa trabajar más de lo que marca mi horario, señor Lindley —respondió rápidamente—. El propio Alfredo podría decírselo.
—Estupendo, estupendo —se interrumpió y dejó que sus ojos oscuros vagaran por su rostro.— Sin embargo, esas obligaciones posiblemente no tengan mucho que ver con lo que está imaginándose.
—¿Entonces, qué implicarían esas obligaciones? —preguntó Shannon, perdida en la miríada de posibilidades que su imaginación le ofrecía. Esperaba que no le sugiriera nada ilegal...
—Tengo una hija, señorita McKee.
—¿Tiene una hija?
—Es algo que ocurre a menudo cuando hay un encuentro sexual y no se toman las precauciones adecuadas —aclaró Kane, con exagerada paciencia—, como, supongo, usted comprende perfectamente.
Shannon no se sintió ofendida por su tono.
—No me había imaginado que pudiera tener una hija —farfulló, dándose cuenta cuando ya era demasiado tarde de que aquel comentario podía indicarle que había estado especulando sobre su vida.
—¿Y puedo preguntar por qué?
—Usted no es... bueno, no tiene un aspecto muy paternal.. —se encogió de hombros con impotencia—. Me refiero a que... —se precipitó a añadir—, venía tan pronto al restaurante que no parecía un hombre muy familiar.. ¿Cuántos años tiene su hija?
—Ocho. Se llama Eleanor.
—Ah, estupendo —Shannon se interrumpió, intentando digerir aquella pieza de información.— Y, si no le molesta que se lo pregunte, ¿qué tiene que ver eso conmigo?
—En este momento, tengo una niñera a mi servicio que...
—¿Tiene una niñera a su servicio...? —rió burlona.
—¿Le importa hacerme el favor de no interrumpirme?
—Lo siento. Pero ha utilizado una expresión...
—Tengo una niñera a mi servicio que lleva a Eleanor al colegio y la trae a casa por las tardes. En circunstancias normales, me habría gustado que viviera en casa, pero Carrie siempre ha insistido en tener las tardes y las noches libres y no quiero sustituirla porque ha estado con nosotros desde que Eleanor era un bebé.
—¿Y su esposa? —preguntó Shannon, sin poder disimular su curiosidad.
—Mi esposa está muerta —bajó la mirada y Shannon no pudo menos que compadecerlo a él y a su hija.
Intentó imaginarse una vida sin hermanos, sin madre, con un padre ausente y una niñera. Y no lo consiguió.
—Lo siento —se interrumpió y preguntó con curiosidad:— ¿Cuándo murió?
—Cuando nació Eleanor —había un dejo de abatimiento en su tono que Shannon reconoció inmediatamente. Lo había detectado también en la voz de su madre cada vez que alguien le preguntaba por su marido. Normalmente evitaba contestar—. Tres horas después de que Eleanor naciera, mi mujer murió de una hemorragia.
—Lo siento mucho, señor Lindley.
—De modo que, ocasionalmente, podría necesitar que cuidara a mi hija. Mi antigua secretaria no tenía ningún problema al respecto, pero como le he dicho, ahora vive en Dorset. Naturalmente, le pagaría generosamente por las molestias.
—Cuidar a un niño nunca es una molestia —repuso ella.
—Entonces —pidió la cuenta con un gesto y volvió a centrarse en la conversación sobre el trabajo—. ¿Cuándo podría empezar a trabajar?
—Cuando usted quiera.
—¿Qué tal el próximo lunes por la mañana? A las ocho y media en punto. Y, naturalmente, supongo que no necesito decirle que durante el primer mes estará a prueba.
—Lo mismo digo, señor Lindley —contestó Shannon, para dejarle claro que no iba a sentirse obligada a trabajar para él en el casó de que no soportara el puesto.
—Por supuesto —respondió él ofreciéndole una sonrisa tan poderosa que el corazón de Shannon dejó de latir durante unas décimas de segundo.
Kane se levantó y se ofreció educadamente a llevarla a donde quiera que tuviera que ir. Cuando Shannon declinó su ofrecimiento, asintió brevemente antes de instarla a salir del café.
El aire frío golpeó el rostro de Shannon y, durante unos segundos, tuvo la sensación de que todo había sido un sueño. Siempre había sido aficionada a soñar despierta con situaciones improbables. Quizá aquel fuera otro de sus sueños. Acababa de perder un trabajo y el destino le sonreía decretando que le surgiera otro a las pocas horas de haber perdido el primero. Pero así era siempre la vida. Ella siempre había pensado que el panorama nunca era tan siniestro como pudiera parecer. Shannon siempre había dejado un hueco en su vida para el optimismo.
Aquel saludable optimismo acompañó a Shannon durante el resto de la semana, y continuó hasta el fin de semana que pasó con Sandy, que estaba emocionadísima con el curso que estaban tomando los acontecimientos. No dejaba de referirse a la «suerte endiablada» de su amiga y a la labia que tenían los irlandeses para conseguir lo que querían. Llegó un momento en el que Shannon se vio obligada a señalar que Kane simplemente había valorado sus capacidades como secretaria.
—¡Ja! A lo mejor está pensando en otras capacidades también —susurró Sandy, por encima de la pizza con la que estaban celebrando el nuevo trabajo de Shannon.
Pero ni siquiera así consiguió mermar su optimismo.
El lunes por la mañana, Shannon se vistió con esmero, sin permitirse ninguno de los toques de originalidad con los que completaba su atuendo cuando trabajaba en la radio o en el restaurante de Alfredo: falda azul, chaqueta del mismo color, una camisa blanca y, por supuesto, su abrigo, uno de los caprichos más caros que había podido permitirse cuando trabajaba en la emisora.
El pelo le había supuesto un pequeño problema. Las trenzas no le parecían un peinado apropiado para una secretaria, pero llevarlo suelto tampoco era una opción porque tenía un pelo demasiado llamativo. De modo que se lo recogió en una cola de caballo que sujetó con un pasador de carey.
Mientras se dirigía en el metro hacia la dirección que Kane le había dado, decidió que su madre estaría encantada si la viera, pero que sus hermanas se morirían de risa. Aunque no era la más pequeña de la familia, Shannon era la última de las chicas y, de alguna manera, sus hermanas mayores habían hecho también de madres para ella. Pero merecía la pena aquel cambio de imagen. Estaba a punto de embarcarse en un trabajo serio, decidió, iba a trabajar para un hombre que estaba segura, no toleraba las frivolidades en su oficina.
Lo primero que le indicó lo diferente que iba a ser aquel trabajo comparado con los dos últimos que había tenido fue el edificio de cristal y cemento en el que se albergaban las oficinas. El señor Lindley, le indicó la recepcionista que estaba separada del público por una mesa circular, la estaba esperando; si subía en ascensor hasta la cuarta planta, añadió, llegaría directamente a su despacho.
Para cuando Shannon se encontró frente a su puerta, había perdido ya la confianza en sus habilidades como secretaria. Dudaba de que su trabajo en la emisora y en el restaurante la hubieran capacitado para trabajar en un lugar como aquel, de espesas alfombras, despachos cerrados y personas corriendo continuamente desde los ordenadores hasta los faxes y las fotocopiadoras.
Llamó tentativamente a la puerta. Una mujer de mediana edad, pelo gris y mirada afilada le abrió.
—Lo siento — farfulló Shannon—. En realidad estoy buscando al señor Lindley. La señorita de recepción...
—Debería haberme llamado para que bajara a acompañarla —respondió la mujer, interrumpiendo su nerviosa explicación—. Tendré que hablar con ella. Pase, señorita McKee. Y antes de nada, permítame presentarme. Soy Sheila Goddard. Normalmente no trabajo para el señor Lindley, pero como todavía no ha encontrado a la persona conveniente para sustituir a su secretaria llevo ya varios meses ocupándome de ese trabajo. Un verdadero inconveniente —miró a Shannon como si ella fuera la responsable de ese problema.
—Este será su despacho —continuó diciendo—. Como puede ver, el del señor Lindley está justo detrás. Ahora, querida, debo confesarle que me sorprendí cuando el señor Lindley nos informó de que había encontrado personalmente a su futura secretaria.
Seguramente no tanto como ella cuando le ofrecieron aquel puesto, se dijo Shannon.
—Estaré a prueba durante un mes —le aclaró rápidamente.
—Naturalmente —contestó Sheila—. Y es posible que termine sumándose a la lista de candidatas no aceptables para el puesto. Esa es la razón por la que le sugerí al señor Lindley que quizá hubiera sido un poco precipitado haberle hecho un contrato indefinido, en vez de haberle ofrecido de momento un contrato temporal.
—Si no le importa que se lo pregunte, ¿por qué ha habido tantas candidatas que no han resultado recomendables para el puesto?
—El señor Lindley es un jefe muy exigente. Sólo se conforma con lo mejor.
Llamó respetuosamente a la puerta que separaba los dos despachos, dándole a Shannon tiempo suficiente para ir haciéndose a la idea de que iba a trabajar para un monstruo dispuesto a atacarla al primer error. El monstruo que se encontraba hablando por teléfono cuando entró. Continuó hablando mientras Shannon miraba alrededor de su despacho, tomando nota de la absoluta frialdad de la decoración. No había un solo objeto personal, ni siquiera una fotografía de su hija. Cuando ya no encontró nada que mirar, fijó sus ojos verdes en él. Mientras hablaba, Kane se recostaba en la silla y asentía en silencio.
—Muy bien —dijo en cuanto dejó el auricular en su lugar—. Ya está usted aquí.
—He traído mis informes —le dijo Shannon—. Pero tengo que serle sincera, señor Lindley. Ha sido muy amable al ofrecerme este trabajo, pero no sé si voy a estar a la altura.
—¿Por qué no?
—Porque este no es el tipo de trabajo al que estoy acostumbrada. Me temo que no voy a ser adecuada para el puesto.
—¿Por qué no deja que sea yo el que lo decida? ¿Le apetece un café? ¿Un té? —contestó mientras estudiaba sus referencias.
—No, gracias.
—Está nerviosa —se reclinó en el asiento y entrelazó las manos en el regazo—. Jamás me lo habría imaginado de usted, pelirroja.
—No estoy nerviosa — era absurdo intentar decirle que utilizara su nombre completo, pensó—. Es solo que... todo esto es demasiado formal para mí. Y no me gustaría hacerle perder el tiempo.
—Muy considerado por su parte —contestó secamente—. Los informes son excelentes. Tiene grandes conocimientos de informática, es capaz de asumir responsabilidades, ¿qué le hace pensar que va a hacerme perder el tiempo?
—Al parecer, ha rechazado a un gran número de secretarias. Lo que quiere decir que, o bien todas las agencias de empleo han fracasado al hacer su trabajo, o bien es difícil trabajar para usted.
—Soy una persona exigente, si es a eso a lo que se refiere. Y ahora, será mejor que dejemos de hablar sobre si va o no a ser adecuada para el puesto y empecemos a trabajar. Cuando termine de atender a uno de mis clientes, le explicaré en qué consistirá su trabajo. Después tendrá que ir al departamento de personal a firmar el contrato —se levantó y miró el reloj—. Esta tarde tengo una reunión, pero le indicaré algunas cosas que ya puede ir haciendo. Algunas cartas, faxes, emails. Si tiene alguna dificultad, Sheila está al final del pasillo.
Vio la duda reflejada en los enormes ojos verdes de Shannon y se preguntó si sería consciente del atractivo que añadía a su rostro aquella expresión.
—Mire, si de verdad no quiere trabajar para esta empresa, no puedo obligarla a quedarse. Es obvio que este ambiente le parece demasiado acartonado y serio, pero le pagaré más del doble de lo que ganaba en el restaurante. Y eso sin contar lo que podrá ganar cuando tenga que hacerse cargo de mi hija.
Shannon le dirigió una mirada tan irónica como la de él.
—De momento me quedo. Me temo que soy tan sobornable como cualquiera.
Sus miradas se encontraron en un instante de divertida y mutua comprensión, antes de que Shannon la desviara.
Entró en el que a partir de entonces iba a ser su despacho seguida de su nuevo jefe y se sentó tras el escritorio.
Kane observó entonces la ligera elevación de su falda, que dejaba el descubierto parte de sus muslos. Shannon se quitó el abrigo y la chaqueta, quedándose únicamente con una blusa que marcaba suavemente sus pequeños senos.
—Clientes —Kane se aclaró la garganta y frunció el ceño, intentando concentrarse, mientras Shannon encendía el ordenador y esperaba a que terminara la frase—. Sí, bueno, tendrá que poner al día los informes sobre los clientes y ordenarlos por orden alfabético —se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en el escritorio.
—Muchos de los negocios los hacemos con clientes del otro lado del Atlántico, de modo que le vendría bien estar al tanto del mercado de divisas... —alargó el brazo para mostrarle el menú principal del ordenador, rozando involuntariamente el seno de la joven.
Shannon se apartó, estremecida por aquel contacto.
—Normalmente no tendrá que venir conmigo a reuniones de trabajo —se apartó del escritorio y se sentó en una silla—. Sin embargo, tendrá que comprobar y leer cada uno de los emails que reciba, cuando no esté en la oficina. Con el tiempo, debería ser capaz de contestar a una gran parte de ellos.
Shannon se volvió para mirarlo y se quedó un poco desconcertada al encontrarlo tan cerca de ella. Estaba suficientemente cerca como para que pudiera distinguir los diferentes tonos castaños de sus ojos y para percibir la almizcleña esencia que emanaba de su cuerpo.
—Y ahora —dijo Kane por fin—, ¿tiene alguna pregunta que hacer?
—¿Sobre el trabajo?
Kane la miró con ironía.
—No, estaba pensando en tener una conversación sobre el estado del mundo.
—¿No se siente un poco solo trabajando encerrado en este despacho?
—¿Solo? ¿Que si me siento un poco solo?
—Sí. Ya sabe... seguramente no se pasará todo el día concentrado en el trabajo. Supongo que de vez en cuando le apetecerá charlar con alguien.
—¿Charlar?
—Con gente. Aunque supongo que descansará de vez en cuando para tomar un café.
—Cuando me tomó un café, suelo quedarme en mi despacho y, normalmente, me dedico a ordenar papeles mientras, lo hago —contestó con vehemencia y Shannon asintió.
—¿Entonces cómo está al corriente de lo que ocurre en su empresa? Ya sabe, si no sale de aquí, no se enterará de los cotilleos que corren por la oficina.
—¿De los cotilleos?
—Usted me ha dicho que si quería hacer una pregunta... —Shannon se interrumpió al darse cuenta de que la estaba mirando como si pensara que estaba completamente loca—. Bueno, en cuanto al trabajo que me ha propuesto hasta ahora, creo que estoy en condiciones de hacerlo. Aunque supongo que al principio seré un poco lenta, hasta que me acostumbre.
—Creo que no tardará mucho en acostumbrarse. He hablado con Linda, del departamento de personal, para que se reúna con usted antes del almuerzo —se levantó con un rápido y grácil movimiento—. Y ahora tengo que asistir a un par de reuniones, de modo que seguramente no la veré hasta mañana por la mañana. Linda le enseñará todo esto, pero por si le interesa, hay una cafetería en la primera planta. Sospecho que allí podrá encontrar todas las conversaciones y cotilleos que le apetezcan.
—En ese caso, quizá debería comer allí más a menudo —le recomendó Shannon con una sonrisa.
—La verdad es que lo hago cada vez que tengo oportunidad.
Caminó hacia la puerta y se detuvo antes de salir para mirarla.
—Creo que sería una buena idea que conociera a Eleanor. Carrie ha estado saliendo tarde de trabajar durante estos dos últimos meses para adaptarse a mi horario, pero ahora quizá pueda recuperar su vida social.
—Yo pensaba que lo de cuidar a Eleanor sería algo excepcional —repuso Shannon—. Además, yo también tengo una vida social de la que ocuparme.
—Oh —Kane caminó lentamente hacia ella, frotándose la barbilla con la mano, como si estuviera considerando aquella idea—. Yo pensaba que había venido a Londres para curar un corazón roto. ¿No pasa todo su tiempo libre suspirando?
Shannon se sonrojó violentamente ante aquella falta de consideración.
—Si hubiera leído algún libro de autoayuda, sabría que las mujeres con los corazones rotos inmediatamente corren a cultivar una nueva y excitante vida social —contestó cortante, mientras se preguntaba si las cenas que compartía con Sandy podrían ser consideradas como una vida social excitante.
—Bueno —admitió Kane—. Normalmente llego a casa alrededor de las ocho, de modo que no creo que su excitante vida social vaya a resentirse demasiado.
—¿Alas ocho? ¿Entonces cuándo ve a su hija?
—Procuro tener los fines de semana libres —musitó, sonrojándose ligeramente—. ¿Conoce las afueras de Londres? —le garabateó una dirección en un papel—. No, olvídelo, le diré a mi chófer que venga a recogerla. ¿Le parece bien el viernes a las siete y media? Los viernes Eleanor suele quedarse despierta hasta tarde y el sábado no tiene colegio.
—Estoy segura de que podré encontrar yo sola su casa, señor Lindley —miró la dirección que le había dado y se preguntó si estaría muy lejos de la estación de metro.
—Ni se le ocurra —contestó él rápidamente—. Al fin y al cabo, es usted la que va a hacerme un favor.
—¿Cómo es Eleanor? —preguntó Shannon con curiosidad, doblando él trozo de papel y metiéndolo en su bolso.
—Pequeña, rubia y de ojos azules.
—Me refería a su personalidad.
—Oh, Eleanor es... muy tranquila — frunció el ceño mientras pensaba en la forma más adecuada de describirla—. Y muy poco problemática.
A Shannon le pareció una extraña forma de describir a una niña de ocho años. Si no se podían causar problemas a esa edad, ¿entonces cuándo se podía? Ella había pasado la mayor parte de sus años de infancia metiéndose en líos.
—Y no olvide —continuó diciendo Kane, cambiando de tema—, que si tiene algún problema, Sheila la ayudará. Ella sabe del negocio tanto como yo —se acercó a la puerta y se detuvo para decir con un tono de seriedad que desmentía su expresión:— Y no se olvide de la cafetería. Es el caldo de cultivo de los cotilleos y las intrigas. Infórmeme de todo lo que oiga por allí.