Capítulo 1
—¡ADIVINA quién ha venido, Shannon!
Shannon se interrumpió un instante para alzar
la mirada hacia su amiga, que contribuía al caos general de la
cocina sosteniendo precariamente una bandeja con la mano a la
altura del hombro.
—¿Quién?
Shannon flexionó los dedos y sonrió,
invitando a Sandy a dejar la bandeja sobre el escritorio. Sandy se
inclinó hacia delante con expresión conspiradora. La joven formaba
parte de un grupo de teatro aficionado y no desaprovechaba ni un
solo momento para explotar alguno de sus trabajados gestos.
—¡Adivínalo!
—Lo haría si pensara que Alfredo nos deja
entretenemos jugando a las adivinanzas con el desastre que tenemos
aquí —como si acabara de darle la entrada, Alfredo gritó algo
amenazador desde el otro extremo de la cocina, que fue
despreocupadamente ignorado—. ¿La reina? —aventuró Shannon—.
¿Alguna estrella de Hollywood, quizá?
—¡Ha venido «él»! —Sandy se enderezó con una
petulante sonrisa de satisfacción.
—¿Y qué demonios está haciendo aquí a esta
hora del día? —Shannon sintió una repentina oleada de
emoción.
—Cuidado, Shannon, te estás poniendo
roja.
—¿Con quién está?
—Con nadie, de momento... —Sandy dejó su
tambaleante bandeja sobre el escritorio—. ¡Pero ha pedido dos
cartas!
—Qué vida tan triste la nuestra, Sandy
—Shannon se levantó y se estiró la falda—. Perder el tiempo
especulando sobre alguien a quien no conocemos...
Pero eso no era del todo cierto. De alguna
manera, ambas lo conocían. Aquel hombre había estado acudiendo
regularmente a aquel establecimiento durante meses, nunca más tarde
de las siete de la mañana. De hecho, Shannon prácticamente lo
conocía desde que se había trasladado a Londres.
Y, por supuesto, ambas habían desarrollado
las más locas fantasías sobre él.
Era un hombre demasiado atractivo para poder
ignorarlo. Su pelo corto y oscuro, el armónico conjunto de sus
facciones y la impresión de fuerza y poder que de él emanaba,
habían convertido el deporte de mirarlo en algo virtualmente
irresistible.
—¿A dónde vas, mi pequeña irlandesa?
—preguntó Sandy con aspereza—. ¿Pero no tenías que mecanografiar un
anuncio muy importante?
—Solo quiero echar un vistazo. Quiero ver si
tiene el mismo aspecto al mediodía que a primera hora de la
mañana.
—¿Quieres comprobar si todavía le dura el
maquillaje?
Shannon ignoró a su amiga y agarró
rápidamente el delantal de color crema y azul que había dejado en
una esquina del escritorio. En principio, Shannon había sido
contratada como secretaria de Alfredo, para llevarle la
contabilidad, mecanografiar escritos y poner al día todo el papeleo
del restaurante. Pero su perfil laboral había cambiado a los tres
días de trabajo, cuando una de las camareras había faltado y su
jefe le había pedido que ayudara a servir mesas. Desde entonces,
Shannon combinaba sus habilidades de secretaria con su recién
descubierto talento de camarera, poniéndose el delantal cada vez
que la situación lo requería. Acababa de atarse el delantal cuando
Alfredo apareció con toda la gloria de su corpulencia
italiana.
—Voy a servir yo las mesas, Alfredo —Shannon
le dirigió una significativa mirada a su amiga—. A Sandy le duelen
los pies.
—¡No le vengas a Alfredo con tonterías sobre
el dolor de pies! Sandy tenía los pies perfectamente cuando ha
venido corriendo como una loca hasta aquí y yo no le pago para que
esté cotilleando contigo cuando tiene que servir mesas. ¿Es que no
os dais cuenta de que Alfredo, tiene ojos detrás de la cabeza? ¡Lo
ve absolutamente todo!
Pero lo del dolor de pies había sido una
buena idea. Dio rienda suelta a la apenas contenida afición de
Sandy por el drama. Inmediatamente, comenzó a masajearse el tobillo
con movimientos delicados, como si pensara que pudiera explotarle
de un minuto a otro si aplicaba demasiado presión.
Shannon aprovechó aquel momento para agarrar
una de las bandejas que Alfredo había dejado preparadas en el
mostrador y corrió hacia el restaurante, dispuesta a seguir
alimentando su ávida imaginación. ¿Acaso no se lo merecía después
de todo lo que había pasado? Sabía que era un juego estúpido, pero
los juegos estúpidos eran precisamente lo que necesitaba su
imaginación.
Caminó enérgicamente hacia la mesa del
atractivo cliente y fingió sorprenderse al verlo allí.
Si hubiera sido Sandy su puesta en escena
habría sido mucho más teatral. Pero ella se limitó a sonreír con
consumada educación y dijo:
—¡Oh! Qué agradable sorpresa verlo por aquí a
la hora del almuerzo. ¿Quiere que le tome nota o está esperando a
alguien?
—Y qué agradable sorpresa verla a esta hora.
Y sí, estoy esperando a alguien, pero voy a pedirle algo de
beber.
Tenía una voz grave y profunda con una
inquietante tendencia a afectar al sistema nervioso de Shannon, que
era exactamente lo que estaba haciendo en aquel momento. Se inclinó
en la silla y la miró con expresión divertida.
—Pensaba que estaba atendiéndome su
amiga.
—Sandy se ha hecho daño en un tobillo. Tiene
que descansar un rato.
—En ese caso, tráigame una botella de
Sancerre. Y un cubo de hielo, por favor.
—Por supuesto, señor. ¿Le apetece algo
más?
—Bueno, esa es una pregunta a considerar
—susurró.
Shannon se puso roja como la grana. ¿Estaba
coqueteando con ella? No, era imposible. Aquel hombre podía ser muy
atractivo, pero también parecía absolutamente convencional. Vestía
unos trajes impecables y leía el Financial Times todas las
mañanas.
Shannon se aclaró la garganta y lo miró a los
ojos con firmeza.
—Quizá podría traerle un aperitivo mientras
espera. Nuestro cocinero ha preparado unos hojaldres de gambas y
cangrejo deliciosos.
—Muy tentador.
—Aunque quizá prefiera esperar a que llegue
su pareja.
—¿Mi pareja? —preguntó, arrastrando las
palabras con perezosa diversión—. ¿En qué contexto utilizarías la
palabra «pareja»?
Shannon lo miró confundida. Ella había dado
por sentado que se había citado con una mujer.
—Se sonroja con mucha facilidad, ¿no se lo
han dicho nunca? Y cuando le pasa, parece una auténtica colegiala,
sobre todo cuando lleva esa trenza a un lado. ¿A quién cree que
estoy esperando? ¿A una mujer quizá?
—Lo siento, señor. Yo pensé que... quizá su
esposa, o una amiga...
—No estoy casado, y me temo que en este
momento tampoco hay ninguna «amiga» en escena.
La sorpresa de Shannon debió reflejarse en
sus facciones porque el cliente rió suavemente y arqueó las
cejas.
—Sí, yo soy uno de esos pobres hombres que
todavía está esperando encontrar a la mujer que lo convierta en un
hombre honrado.
Con el tono amable y divertido de su voz,
parecía estar intentando animarla a responder, pero Shannon no
sabía qué decir. Entre otras cosas porque tenía la inconfundible
impresión de que aquel hombre se estaba burlando de ella.
—Estoy segura de que no es así —respondió
cortante.
Se metió la nota en el bolsillo del delantal
y se entretuvo ordenando los cubiertos en la mesa porque le gustaba
sentirse observada por aquellos increíbles ojos.
—¿Por qué dice eso?
—Si ya no quiere nada más, iré a buscar el
vino.
—¿Quiere decir que se va a marchar sin
contestar a mi pregunta?
—En este momento tengo mucho trabajo, señor
—se irguió todo lo alta que era y bajó la mirada hacia su rostro—.
Ahora mismo le traeré el vino.
—Y uno de esos deliciosos hojaldres de gambas
y cangrejo.
—¿Qué? Ah, sí, claro.
Aquella había sido la conversación más
extraña que había mantenido con él durante aquellos meses. Cuando
llegó a la cocina, estaba temblando. ¡Acababa de recibir toda una
lección para no dejarse llevar nunca más por la curiosidad! Sería
mejor que volviera a dedicarse a las labores de secretaria.
—Tienes el pie mucho mejor —le indicó a Sandy
cuando llegó hasta ella—. Y en la mesa cuatro quieren una botella
de Sancerre con hielo.
—Vaya, ¿ya has satisfecho tu
curiosidad?
—Ese hombre —contestó Shannon con altivez —,
no es ningún modelo de educación, tal como yo pensaba.
Sandy adoptó al instante una expresión de
alerta.
—¿Ah, no? Cuéntame, ¿ha sido grosero
contigo?
—No.
Shannon se sentó, movió con impaciencia los
papeles que tenía sobre el escritorio y presionó el interruptor de
su ordenador. ¿Cómo se suponía que iba a poder trabajar cuando su
escritorio estaba al final de la cocina, sin tan siquiera un biombo
que la separara de ella? Era imposible concentrarse en un lugar
así.
—¿Ha intentado ligar contigo?
Shannon miró a su amiga horrorizada.
—¡Desde luego que no! —negó con
vehemencia.
—¿Entonces qué ha hecho?
—Él... bueno, en realidad nada, supongo. Pero
es mejor que le sirvas tú. Y ya puedes ir dándote prisa con el vino
antes de que se acerque a la cocina intentando averiguar a qué se
debe este retraso. Ah, y también quiere un hojaldre de
cangrejo.
Ya no volvería a mostrar ningún interés en
él. Y tampoco en su futura acompañante.
De modo que, cuando diez minutos después
Alfredo le pidió que ayudara a servir mesas, se negó en redondo,
alegando con voz suplicante que tenía muchos papeles que poner al
día.
—¿Pretendes desobedecerme, señorita? —Alfredo
se cruzó expresivamente de brazos.
Tenía todo un repertorio de gestos
amenazadores que fracasaban inevitablemente porque su bondad y su
alegría de vivir afloraban siempre a la superficie. Siempre estaba
dispuesto a entregar algo de comida a los vagabundos que se dejaban
caer cada noche por el restaurante y a veces los forzaba incluso a
hacer algún comentario sobre su comida. ¿Cómo iba a resistirse
nadie a Alfredo?
Y esa fue la razón por la que Shannon terminó
poniéndose otra vez el delantal, con un pequeño suspiro de
frustración. Desgraciadamente, tenía que servir la mesa cuatro.
Shannon decidió que sería un buen ejercicio acercarse sonriendo
abiertamente y actuando como una sofisticada londinense que podía
hacer frente a aquel tipo de situaciones sin mover una pestaña. No
estaba dispuesta a permitir que aquel hombre pensara que había
conseguido ponerla nerviosa con sus juegos de palabras.
Se acercó a la mesa con los platos, evitando
cuidadosamente todo contacto visual con su cliente, y dejó
delicadamente uno frente a él. Después decidió ponerse a prueba
preguntándole por el vino.
—¿Tiene suficiente hielo, señor?
—Sí, más que suficiente —contestó él—. Y el
hojaldre estaba exquisito. Felicite de mi parte al cocinero.
—Le transmitiré el mensaje —dijo Shannon,
orgullosa de su capacidad de reacción.
—Le estaré muy agradecido —fijó la mirada en
su plato y Shannon tuvo la sospecha de que había algo parecido a
una sonrisa intentando asomar por las comisuras de sus
labios.
Se volvió hacia el acompañante de su cliente
y la sonrisa se le heló en el rostro. Sintió que palidecía.
—¡Tú! —susurró, aferrándose a la bandeja—.
¿Qué estás haciendo aquí?
Su frágil dominio sobre sus sentimientos se
derrumbó cuando fijó la mirada en Eric Gallway, que permanecía
sentado frente a ella, mirándola con una sonrisa tan educada como
inexpresivo. Continuaba siendo el hombre rubio y de ojos azules que
ella recordaba; conservaba aquella belleza artificial propia de una
persona que había pasado la vida cultivando su imagen en detrimento
de cualquier otro aspecto de su personalidad. Eric había conseguido
enamorarla con su atractivo y después había utilizado todos sus
encantos para intentar que se acostara con él. Y el cielo sabía que
podría haber tenido éxito si al final Shannon no hubiera
descubierto que estaba casado y tenía un hijo y toda una vida que
había ocultado convenientemente mientras intentaba seducirla con
promesas de matrimonio. Solo entonces se había dado cuenta de que
era un hombre despreciable y cruel.
—Perdone, ¿la conozco?
Aquello fue lo peor que podía haber dicho.
Tiempo después, a Shannon le gustaba pensar que no habría hecho lo
que hizo si la hubiera reconocido. Pero al fingir que no la
conocía, despertó en ella toda su rabia.
—Quizá no. Qué desilusión.
Shannon oyó la voz de su madre diciéndole que
contara siempre hasta diez porque su genio iba a causarle problemas
algún día. Y contó hasta veinte antes de levantar el plato de la
bandeja y dejar caer el bistec en salsa acompañado de patatas y
verduras sobre la prístina chaqueta de Eric y sus inmaculados
pantalones.
Fue intensamente satisfactorio oír el grito
de Eric Gallway al sentir la comida caliente sobre su traje.
Reverberó por todo el restaurante.
Eric se levantó y comenzó a sacudirse
frenéticamente la comida con la servilleta, mientras todo el mundo
dejaba de comer y giraba la cabeza para poder ver lo que estaba
pasando.
—¿Cómo se atreve? —rugió—. ¿Cómo se atreve a
tirarme encima un plato lleno de comida? No sé quién demonios es
usted, pero voy a asegurarme de que la despidan. ¡Tráigame a su
jefe! ¡Inmediatamente!
Shannon tuvo que taparse la boca con la mano
para no soltar una carcajada. No tuvo que llamar a su jefe. Alfredo
ya estaba corriendo hacia allí, al tiempo que intentaba animar al
resto de los comensales para que continuaran comiendo.
—¿Qué está pasando aquí?
Alfredo ignoró a Eric y fijó la mirada en
Shannon, que bajó humildemente la cabeza. Esperaba que Alfredo
interpretara su gesto como expresión de vergüenza, y no como el
intento de disimular su absoluta alegría que realmente era.
—¿Qué cree que pasa? Que esta... supuesta
camarera me ha tirado el plato encima. ¡Y quiero que sepa que, a no
ser que la despida inmediatamente, lo denunciaré y me aseguraré de
que le cierren el restaurante!
—Se me ha caído —dijo Shannon, abriendo sus
enormes ojos de par en par.
Si él podía fingir que no sabía quién era,
ella tenía todo el derecho del mundo a fingir que aquello había
sido un desgraciado accidente.
—Lo siento —agarró una servilleta y comenzó a
limpiarlo, pero el la rechazó con brusquedad—. Creo que tiene una
zanahoria en el bolsillo, señor... Y un guisante en el zapato
izquierdo.
Eric parecía incapaz de responder a sus
observaciones. Le dirigió una mirada asesina mientras Alfredo se
deshacía en disculpas y le aseguraba que le pagaría la
tintorería.
—Oh, y los zapatos de cuero están destrozados
—observó Shannon muy seria.
—Por favor, permítame pagarle un traje y unos
zapatos nuevos.
Todos los ojos estaban fijos en los
pantalones y los zapatos que estaban siendo objeto de conversación.
En algunas de las mesas, comenzaban a oírse risas.
—Despida a esta mujer inmediatamente, señor,
o no podrá volver a trabajar. Y déjeme decirle algo, ¡conozco a
personas muy influyentes!
—Creo que ya va siendo hora de que vayas al
baño e intentes limpiarte —oyó Shannon decir a una voz familiar—.
Estás montando una escena ridícula.
Por un instante, Eric pareció estar más que
dispuesto a continuar con sus amenazas. Pero tras unos segundos de
silencio, asintió y se dirigió hacia el baño, seguido por todas las
miradas del restaurante. Alguien gritó pidiendo un bis y Shannon
pudo sentir el cariño y el apoyo de toda la clientela que
frecuentaba el restaurante.
—Espero que su amigo se tranquilice —comenzó,
a decir Alfredo, preocupado—. Por supuesto, ha sido un desgraciado
accidente, pero esas amenazas de cerrarme el restaurante... vaya,
¡tengo que mantener a una familia! En fin, será mejor que vaya a
ver lo que está pasando en el baño. Espero que entre en razón —sacó
un pañuelo del bolsillo para secarse la frente y corrió hacia el
baño.
—Siéntese.
Shannon se volvió para mirar a la única
persona en el restaurante que parecía no estar afectada por lo
ocurrido. Se dejó caer en una silla y apoyó la cabeza en las
manos.
—¿Se encuentra mejor?
Shannon lo miró en silencio durante unos
segundos.
—No, pero gracias por preguntarlo.
—¿A qué ha venido todo esto?
—Siento muchísimo haberle arruinado la comida
—fijó la mirada en la comida helada que minutos antes le había
servido.
En realidad, no había nada divertido en lo
que acababa de suceder, comprendió. Alfredo estaba sufriendo las
consecuencias de algo que solo era culpa suya.
—Olvídese de la comida —respondió él
secamente.
—Pobre Alfredo. No debería haber dejado caer
el plato encima de su amigo. Todo esto es culpa mía.
—No es mi amigo. Y, desde luego, sabe cómo
montar una escena.
—¿Ha sido una situación muy embarazoso para
usted? Lo siento, de verdad, lo siento muchísimo.
—¿Quiere dejar de disculparse? Y no, no ha
sido una situación embarazoso. Hace falta algo más que un pequeño
incidente para ponerme en una situación embarazosa. Dígame,
¿después de esto qué piensa hacer?
—Renunciar a mi trabajo, por supuesto —se
levantó. Su interlocutor la miraba con expresión pensativa—. ¿Qué
otra cosa puedo hacer? Alfredo nunca volverá confiar en mí y no
puedo culparlo. Nadie necesita a una camarera que se dedique a
volcar la comida sobre sus clientes.
Además, ella conocía a Eric Gallway y sabía
que era perfectamente capaz de hacer todo lo que estuviera en su
mano para vengarse de aquella humillación.
—¿Renunciar a su trabajo, pelirroja? ¿Y quién
me va a servir a mí el desayuno todas las mañanas?
Estaba intentando ser amable. En medio de su
tristeza, a Shannon le resultó casi tan turbadora la inesperada
intimidad de su pregunta como la perspectiva de un futuro sin
trabajo.
—Tengo que a recoger mis cosas —dijo con
desánimo—. Gracias por ser tan comprensivo.
Le tendió la mano para estrechársela a modo
de despedida, pero él entrelazó los dedos en los suyos y se la
apretó delicadamente. Después, sin soltarle la mano, tomó la copa
de vino y bebió al tiempo que le acariciaba la mano con el
pulgar.
—Supongo que no querrá que le sirva otro
plato —bromeó Shannon.
Él arqueó las cejas, apreciando su intento de
humor.
Era extraño. A pesar de todas las
especulaciones sobre él, Shannon nunca se había fijado en la
capacidad de sus labios para expresar humor o compasión.
—Es curioso, parece que he perdido el apetito
—le contestó sonriente.
—Bueno —dejó escapar un pesado suspiro—. El
lenguado estaba muy bueno. Confíe en mí. Mucho mejor que la
carne.
Regresó a la cocina y tras firmar la renuncia
y despedirse de todo el mundo, volvió a recuperar su habitual
optimismo.
Encontraría otro trabajo. Ella no era muy
exigente. Al fin y al cabo, ¿no había terminado disfrutando de su
trabajo con Alfredo a pesar de lo aburrido que al principio le
resultaba y de que el horario se prolongaba mucho más tiempo del
que figuraba en su contrato? Encontraría otro trabajo y terminaría
disfrutando de él. Y, en caso contrario, siempre podía regresar a
Dublín.
Era cierto que se alegraba de haber escapado
de la claustrofóbica sensación de tener siempre una familia a su
alrededor, pero si decidía volver a Irlanda, sabía que podría
adaptarse de nuevo a ello sin ninguna dificultad. Y, después de
todo aquel tiempo, por lo menos habrían dejado de compadecerla por
su desgraciada vida amorosa y de hacer innumerables observaciones
acerca de hombres adúlteros y chicas impresionables.
Todo se arreglaría, claro que sí. La asaltó
de pronto el recuerdo de aquel hombre entrelazando los dedos con
los suyos y experimentó un ligero arrepentimiento. Al pensar que
dejaría de verlo para siempre, se entristeció. Y estaba tan
concentrada intentando analizar aquella absurda reacción, que no se
fijó en él hasta que lo vio en frente de ella.
Shannon se detuvo justo antes de chocar con
aquella fuerza inamovible que estaba esperándola fuera del
restaurante. Cuando alzó los ojos y lo reconoció, gimió
sorprendida. Sobre todo porque parecía haberlo conjurado con sus
pensamientos.
—¿Cómo ha ido todo?
—¿Qué está haciendo aquí?
—Esperándola.
—¿Esperándome? ¿Y por qué está
esperándome?
Todavía no eran las cuatro y media, pero
empezaba a oscurecer y el viento del otoño era helado.
—Para asegurarme de que está bien.
—Claro que estoy bien —hundió las manos en
los bolsillos y clavó la mirada en los zapatos de su interlocutor—.
¿Por qué no iba a estarlo? —añadió, mirándolo fugazmente a los
ojos.
—Porque en el restaurante parecía bastante
abatida, pelirroja.
Shannon estuvo pensando en si debería decirle
que dejara de llamarla «pelirroja» y decidió que en realidad le
gustaba aquel apodo.
—¿De verdad? —dijo sin darle importancia—.
Pues creo que lo estoy llevando bastante bien. Al fin y al cabo,
perder el trabajo no es el fin del mundo. Tendré problemas para
pagar el alquiler, la comida, las cuentas. No, no es el fin del
mundo, pero se le parece.
—Mire, hace demasiado frío para continuar
hablando en la calle. ¿Por qué no viene a mi coche? Quiero hablar
con usted.
—¿Que me monte en su coche? Lo siento, pero
no puedo.
—¿Por qué no?
—Porque no lo conozco. Usted podría ser
cualquiera. No me malinterprete, no estoy sugiriendo que sea un
maníaco ni nada parecido, pero...
—¿Un maníaco? —preguntó divertido.
—O un fugitivo. En cualquier caso, mi madre
siempre me ha dicho que no debo montar en el coche de un
desconocido.
—¡Yo no soy un desconocido! ¡Lleva meses
sirviéndome el desayuno todas las mañanas! Si fuera un fugitivo,
intentaría esconderme en algún lugar más discreto que un famoso y
concurrido restaurante italiano situado en medio de Notting Hill.
Evidentemente, tiene una imaginación tan viva como su carácter,
pelirroja.
—Deje de llamarme pelirroja —en aquel
momento, decidió que no le gustaba aquel apodo. De hecho, le
parecía insultante.
—Entonces, acompáñame, por favor. Tengo el
coche en esa misma esquina y quiero hablar con usted.
—¿Hablar sobre qué?
—Oh, Dios mío —gimió—. Déjeme decirlo así, le
merecerá la pena dedicarme este rato —giró sobre sus talones y
comenzó a alejarse esperando que lo siguiera.
Shannon se cerró con fuerza el abrigo y
corrió para alcanzarlo.
—¡Ni siquiera sé cómo se llama! ¿Y a dónde
piensa llevarme para mantener esa conversación que supone me
merecerá la pena?
Su interlocutor se detuvo bruscamente y
Shannon chocó contra él. Instintivamente, él alargó el brazo para
sujetarla.
—Kane Lindley —le dijo—. Esa es la respuesta
a su primera pregunta. Y quiero llevarla a un café que está a dos
manzanas de aquí. Podríamos ir andando, pero voy muy mal de tiempo
así que es más fácil para los dos que vayamos en coche.
Shannon advirtió entonces que todavía no la
había soltado. Él también debió darse cuenta porque dejó caer
lentamente las manos y esperó su respuesta.
—Kane Lindley...
—Exacto. ¿Ha oído hablar de mí?
—¿Por qué debería haber oído hablar de usted?
—preguntó Shannon asombrada.
—Por ninguna razón en absoluto —respondió él
rápidamente—. No soy ninguna celebridad, pero soy el propietario de
Publicaciones Lindley y ahora estoy a cargo de una cadena de
televisión —abrió el coche con el control remoto.
Shannon corrió rápidamente a su interior y
cerró la puerta, deseando protegerse del frío.
—No he oído hablar de Publicaciones Lindley
—le explicó en cuanto Kane estuvo sentado a su lado.
—No importa —parecía irritado—. No estoy
intentando impresionarla. Solo estoy intentando tranquilizarla, por
si todavía no me considera digno de confianza.
—Oh, bueno... —miró por el parabrisas—. Yo
soy Shannon McKee. De todas formas, ¿cuánto tiempo ha estado
merodeando por aquí, esperando a que saliera?
—No he estado merodeando por ninguna parte,
pelirroja —gruñó—. De hecho, he ido a comprar unas corbatas a una
tienda que está en esa esquina y cuando he vuelto hemos coincidido,
eso es todo.
El café estaba a solo un par de calles de
allí y no tuvieron ninguna dificultad en encontrar sitio para
aparcar. A Shannon le resultó muy agradable estar sentada en una de
las mesas esperando a ser servida, para variar. Habían sido pocas
las veces que había salido a cenar fuera desde que se había mudado
a Londres, allí el nivel de vida era mucho más alto que en Dublín y
disfrutar de una taza de café en una cafetería de moda era todo un
lujo.
Kane pidió café para dos y unos pasteles y
después la miró con expresión especulativa.
—Ahora hábleme un poco de usted. Sé que no le
gusta el fútbol, que le gusta el teatro, que aborrece toda clase de
ejercicio salvo la natación y que le preocupa mucho su pelo, pero
me gustaría saber qué está haciendo en Londres.
Shannon se sonrojó violentamente. Jamás
habría podido imaginar que las pequeñas piezas de información que
durante aquellos meses había ido proporcionándole, hubieran sido
almacenadas.
—No me preocupa mi pelo —replicó, un poco
desconcertada.
—¿Entonces por qué lo lleva siempre tan
recogido?
—Porque es más cómodo. Y estoy en Londres
porque... porque quería irme de Irlanda. Vivo en un pueblo muy
pequeño, a unos treinta kilómetros de Dublín, y supongo que quería
cambiar de ambiente.
No conseguía olvidarse del comentario que
había hecho sobre su pelo. Jugueteó nerviosa con el final de su
trenza e inmediatamente se obligó a mantener las manos en el
regazo.
—Me gustaría que dejara de mirarme —dijo al
cabo de un rato.
—¿Por qué? ¿Le hace sentirte incómoda?
Afortunadamente, no insistió en ello y en
cuanto les sirvieron el café y los pasteles empezó a preguntarle
por su experiencia laboral. Shannon le habló de sus estudios y de
su primer trabajo como secretaria.
—Entonces ha estado trabajando de secretaria,
pero en realidad es capaz de hacer otras muchas cosas. En fin,
siento mucho lo que ha pasado hoy. Llevo muchos meses yendo a ese
restaurante y sé que es una buena camarera. Sospecho que le gustaba
trabajar allí y la cuestión es que si yo no hubiera decidido llevar
a ese restaurante a esa persona en particular, no habría perdido su
empleo.
—No ha sido culpa suya..
Kane se recostó en el asiento y se cruzó de
brazos.
—Quizá, pero el caso es que aun así, me
gustaría pedirle... que trabajara para mí.