Capítulo 7
Prolongaron unos días más la estancia en St. Tropez. De día, pasaban largas horas en la playa y, de noche, largas horas haciendo el amor hasta quedarse dormidos. Ni siquiera en los primeros días de su matrimonio se había sentido Gina tan saciada. Una mañana se despertó antes que Lanzo y se quedó tumbada, estudiando sus facciones. Cuando dormía se suavizaban notablemente y le recordaban a aquel muchacho que había conocido diez años antes. Incapaz de resistirse, depositó un dulce beso sobre sus labios. Sin embargo, la cruda realidad no tardó mucho en interrumpir sus vidas. La intención de Lanzo de dirigirse a su residencia de Positano quedó drásticamente truncada al saberse que el restaurante Di Cosimo de Nueva York había sido arrasado por un incendio.
—Organízalo todo para que el avión nos recoja en el aeropuerto Toulon-Hyres y nos lleve directamente al JFK —ordenó a Gina tras hablar por teléfono con el gerente del restaurante.
—¿Los daños han sido importantes? —preguntó ella.
—Al parecer, está destrozado —Lanzo se encogió de hombros—, pero lo importante es que nadie ha resultado herido.
Veinticuatro horas después del incendio, Gina contemplaba las paredes negras y el techo roto del restaurante y, a pesar del calor que hacía en Nueva York, sintió un escalofrío.
—Daniel Carter dijo que no podía creerse lo rápido que se había propagado —le informó a Lanzo después de haber hablado con el gerente del restaurante, todavía conmocionado.
Gina miró perpleja a Lanzo. Su expresión era inescrutable, pero, cuando se quitó las gafas de sol, se estremeció ante la desolación que reflejaba su mirada.
—El fuego es impresionantemente destructivo —observó él al fin—. Lo devora todo y no muestra clemencia alguna —dio una patada a un montón de ceniza negra.
—Es una lástima —Gina apoyó una mano en su brazo—, pero uno de los bomberos me ha confirmado que apenas hay daño estructural y que el restaurante podrá ser arreglado.
—Claro —él soltó una extraña carcajada—. Todo quedará nuevamente limpio y brillante, y nos comportaremos como si el fuego no se hubiera producido jamás.
—Pues no estaría mal ¿no? —preguntó ella con cautela—. Dentro de seis meses el incendio se habrá olvidado.
—Algunas cosas no pueden olvidarse nunca —Lanzo sacudió la cabeza y se apartó de ella—. Algunos recuerdos te atormentan para siempre.
—¿A qué te refieres?
—Da igual —Lanzo se volvió hacia ella. Parecía haberse sacudido mentalmente y sonrió, aunque a Gina le pareció que la sonrisa no había alcanzado a sus ojos—. Volvamos al hotel. Debes estar sufriendo jet lag.
Quizás fuera Lanzo el que estuviera acusando el precipitado viaje y las seis horas de diferencia, pensó Gina aquella noche, la primera, desde que se habían convertido en amantes, que no la había buscado.
Durante los días que siguieron, se mostró distante y preocupado. Y cuando volvió a hacerle el amor, fue de manera urgente, impresionante como siempre, pero sin la complicidad que había habido entre ellos en St. Tropez.
Tardó poco en volver a su ser carismático habitual, pero había un trasfondo oscuro que Gina recordaba haber percibido en él durante su visita a Poole diez años atrás. Y no por primera vez, sospechó que había sucesos de su pasado de los que no deseaba hablar.
El domingo anterior a su regreso a Italia, Gina despertó y vio a Lanzo vestido y arreglado.
—Voy a pasar el día fuera de la ciudad, en un pequeño lugar a unos noventa y ocho kilómetros de aquí, cerca de la costa. ¿Te apetece acompañarme?
—Claro —Gina lo miró perpleja. ¿Cómo podía tener ese buen aspecto después de una noche de mucho sexo y poco sueño?—. ¿Cuándo quieres que nos marchemos?
—En veinte minutos —él sonrió ante la expresión de Gina—. Aunque, dado que te mantuve ocupada durante casi toda la noche, puedo darte media hora.
—¿En serio has venido aquí para practicar paracaidismo? —preguntó ella dos horas después.
—Desde luego, cara —contestó él con expresión divertida—. No hay nada como lanzarse desde un avión a tres mil metros de altura. Soy un experto paracaidista, y, si te apetece, puedo llevarte conmigo.
—Creo que paso, gracias. Yo valoro mi vida —Gina se quitó las gafas de sol y lo estudió atentamente—. Fueraborda, paracaidismo, esa potente moto que dices que guardas en Positano. Tengo la impresión de que tú no valoras excesivamente la tuya, Lanzo.
—La vida es más divertida con riesgo —él se encogió de hombros—. No temo a la muerte.
—No —ella presentía que no había exagerado—. Lo que temes es permitir que alguien se acerque a ti —le frustraba saber que solo conocía al hombre que él le permitía ver, y que jamás le revelaba sus pensamientos íntimos—. No te importa arriesgar tu seguridad física, pero te niegas a poner en peligro tu seguridad emocional.
—Tú no sabes lo que siento —Lanzo encajó la mandíbula y Gina supo que había ido demasiado lejos—. Hazme un favor y guarda tu jerga de psicólogos para ti misma, Gina.
Las siguientes semanas fueron un constante ir y venir en aviones, hoteles y algún lugar emblemático del mundo en su gira por todos los restaurantes Di Cosimo y las nuevas escuelas de cocina que habían resultado ser un proyecto de gran éxito.
Los Angeles, Dubai, Hong Kong y Sídney acabaron mezclándose en la mente de Gina. Había acompañado a Lanzo a fiestas de alto postín, cenas benéficas y la inauguración del último restaurante en París. Gracias a su antiguo trabajo en Meyers, los viajes y las reuniones sociales no le eran ajenos, y se felicitó por haberse provisto de un buen ropero de diseño que le estaba resultando muy útil como secretaria personal de Lanzo.
Sin embargo, la lencería y camisones eran todos regalos de Lanzo. Delicados saltos de cama, camisones de seda, bonitos sujetadores y tangas a juego... Lanzo no tenía ningún inconveniente en ir de compras en busca de alguna prenda exótica, y erótica, que le pedía se pusiera, antes de quitársela personalmente. El deseo que sentían, lejos de amainar, no hacía más que aumentar, y hacían el amor con unas ansias que, en el fondo, asustaban a Gina, que jamás hubiera pensado que respondería así ante ningún hombre.
Se encontraban en Positano, en la impresionante costa Amalfi. El chófer de Lanzo les llevaba por estrechas carreteras llenas de curvas que ofrecían una espectacular vista del mar azul y el paisaje rocoso.
Gina agradeció que Lanzo no estuviera al volante. El borde de la carretera se asomaba a un impresionante vacío que acababa en el mar. El amor de Lanzo por el peligro no había amainado ni un ápice, pero su relación sí era diferente del breve romance vivido a los dieciocho años. Ella había cambiado, era más mayor, más sabia, o eso esperaba, y decidida a ignorar el clamor de su corazón que le instaba a enamorarse nuevamente de él.
—Qué bonito es esto —murmuró, impresionada por el pintoresco pueblo. Docenas de casas con tejado de terracota colgaban de los acantilados que se alzaban majestuosos a sus espaldas. Y, frente a la casa, el mar en calma se extendía hacia el horizonte.
—Es el lugar más hermoso del mundo —asintió Lanzo. Sus afilados rasgos se suavizaban al contemplar los lugares familiares en los que había crecido—. Después de la siguiente curva se ve mi casa, Villa di Sussurri.
—La villa del susurro —tradujo Gina—. ¿Por qué ese nombre?
Lanzo desvió la mirada, sorprendido por el impulso que había sentido de confesarle que, en ocasiones, le parecía oír el susurro de las voces de sus padres y de Cristina.
—Por ninguna razón en particular. Me gustaba ese nombre —se encogió de hombros.
—No me lo esperaba así —admitió Gina unos minutos más tarde, cuando el coche avanzó por un camino de grava y se paró frente a la villa.
—¿No te gusta?
—Al contrario. Es impresionante —se apresuró a asegurarle a Lanzo—. Es que había pensado que sería una casa vieja, construida con la piedra local, como las de Positano.
La Villa di Sussurri era un edificio cuadrado y ultramoderno, construido a varios niveles. Sus brillantes muros blancos contrastaban con el vívido cielo azul y el mar color zafiro.
Lanzo la guio a través de un fresco vestíbulo con suelos de mármol y Gina se quedó sin aliento cuando la hizo entrar en un enorme salón en el que tres de las cuatro paredes eran de cristal y ofrecían una espectacular vista de la bahía.
—¡Madre mía! Esto es impresionante —murmuró ella.
Elegante y sofisticada, la villa conseguía aunar estilo y confort, y resultaba mucho más hogareña que el apartamento de Roma.
—Este es mi hogar —le explicó él cuando ella verbalizó sus pensamientos—. Te enseñaré el resto.
Una amplia escalera de caracol conducía a las plantas superiores. Numerosas ventanas proporcionaban una impresionante luz y desde casi cualquier parte, se veía el mar.
—Esto es enorme. He contado cinco dormitorios y aún queda otra planta —observó Gina—. ¿No es un poco grande para una sola persona?
—No suelo estar solo —contestó él en tono casual.
—No, supongo que no —atacada por los celos que ardían en la boca del estómago, Gina pensó en todas las mujeres a las que Lanzo habría llevado allí, y en las que llegarían, cuando ella hubiera sido relegada al metafórico cementerio de las examantes.
Lanzo se preguntó si Gina tendría la menor idea de lo expresivo que era su rostro. Seguramente no. Se notaba que hacía grandes esfuerzos por conducirse con frialdad ante él, salvo en la cama. Recorrió el bonito cuerpo con la mirada y, de inmediato, sintió el tirón de la anticipación sexual en la entrepierna.
—Daphne suele estar aquí la mayor parte del tiempo —le explicó—. Luisa se alojó durante un par de fines de semana antes de casarse, en momentos en que había mucho trabajo atrasado, pero, aparte de ellas, tú eres la única mujer a la que he invitado a la villa, y la única en compartir mi cama —admitió.
Abrió una puerta y se hizo a un lado para permitirle la entrada a lo que, a todas luces, era el dormitorio principal. Decorado en los mismos tonos neutros que el resto de la casa, la habitación era espaciosa y llena de una luz que entraba a raudales por las ventanas. Pero, lo que llamó la atención de Gina fue la enorme cama en el centro de la habitación, y sintió un escalofrío cuando Lanzo cerró la puerta y la tomó en sus brazos.
—Cara —su voz era cálida y sensual.
Y cuando tomó sus labios, ella se fundió en el beso. No había lugar a dudas, allí era donde quería estar, en sus brazos y, pronto, pensó con un estremecimiento, en su cama.
—¿Cómo te encuentras después del mareo de esta mañana? —murmuró Lanzo al percibir unas oscuras sombras bajo los ojos azules.
Desde hacía un par de días, Gina parecía cansada, incluso un poco decaída. Sin embargo, en esos momentos sonreía y se humedecía los labios en un gesto deliberadamente provocativo que prendió la llama del deseo dentro de él.
—Estoy bien. Esta mañana... —se encogió de hombros—. No ha sido nada —desabrochó la camisa de Lanzo y apoyó las manos sobre el brillante torso—. Aunque quizás debería tumbarme... —sugirió mientras le bajaba la cremallera del pantalón.
—Bruja —Lanzo soltó una carcajada y le desabrochó a Gina los botones de la chaqueta—. Llevo todo el día preguntándome si llevabas sujetador bajo la chaqueta. Y ahora... —entornó los ojos, el urgente deseo un torrente en sus venas—. Veo que no.
Dio, cómo lo excitaba esa mujer. Dejó caer la chaqueta al suelo para luego sopesar los rotundos pechos con las manos ahuecadas, acariciándolos antes de agachar la cabeza y tomar un rosado pezón con la boca. El gemido de placer de Gina acabó con lo que le quedaba de autocontrol y ambos cayeron sobre la cama. Lanzo hundió la mano en el interior de las braguitas hasta encontrar la delatadora humedad entre sus piernas.
No conseguía saciarse de ella, pensó mientras la desnudaba y luego se arrancaba su propia ropa, haciendo solo una breve pausa para colocarse la protección. Incluso empezaba a pensar que no sería tan malo si Luisa decidiera regresar al trabajo solo a tiempo parcial, tras su baja por maternidad. Estaba seguro de que no haría falta mucha persuasión para que Gina aceptara el puesto de secretaria a tiempo parcial y amante. Era un acuerdo que no le importaría mantener indefinidamente, pensó sonriente mientras se hundía dentro de ella de una única embestida, ahogando el grito de placer con la presión de su boca.
Cuando al fin se hizo a un lado, la atrajo hacia sí y le acarició los cabellos. Sentía una felicidad que no había conocido desde... Espantado ante sus propios pensamientos, comprendió que no se había sentido así desde que le hiciera el amor a Cristina.
Gina estaba profundamente dormida. Las largas pestañas rozaban las sonrojadas mejillas y los labios estaban ligeramente entreabiertos. Su aspecto era juvenil y, curiosamente, vulnerable. Lanzo se juró que los sentimientos no eran los mismos, pero ya no se sentía relajado y, saltando de la cama con cuidado de no despertarla, se dirigió a la ducha.
—Buongiorno —Daphne sonrió cálidamente a Gina—. ¿Le apetece desayunar en la terraza?
La mera idea de comer hizo que a Gina se le revolviera el estómago.
—Ahora no, gracias —sacudió la cabeza e intentó despejar su mente—. No me puedo creer que haya dormido quince horas seguidas.
—Lanzo dijo que había estado trabajando mucho y que lo mejor sería dejarla dormir todo lo que necesitara —explicó Daphne—. Por eso no la despertó para cenar anoche. ¿Está segura de que no le apetece nada? Debe tener hambre.
—Dentro de un rato —Gina sentía de todo menos hambre—. ¿Dónde está Lanzo?
—En el jardín —la sonrisa de la asistenta palideció—. Pasa muchas horas allí, y no le gusta que le molesten —miró fijamente a Gina—. Aunque quizás no le importe que vaya en su busca. Salga por la puerta del muro junto a la casa.
—Gracias —Gina siguió a Daphne por el pasillo, parándose ante dos retratos que colgaban de la pared—. ¿Son los padres de Lanzo? —se trataba de una pareja de mediana edad y le impresionó el gran parecido entre el hombre y Lanzo.
—Si —asintió Daphne sin ofrecer más información.
—Y esa joven del otro retrato de ahí ¿quién es? —insistió ella.
—Era la fidanzato de Lanzo —contestó Daphne al fin, el rostro desprovisto de emoción.
¡La prometida de Lanzo! Durante un segundo a Gina le pareció que las paredes y el suelo de la casa se bamboleaban peligrosamente. Afortunadamente duró poco, pero lo que sí permaneció fue un agudo dolor al conocer la noticia. Lanzo, alérgico a cualquier clase de compromiso emocional, había estado prometido en una ocasión.
Contempló el retrato de la joven, apreciando la enorme hermosura de los exquisitos rasgos, unos enormes ojos almendrados, una tímida sonrisa, brillantes rizos negros que caían sobre unos finos hombros. Una cría, apenas una adulta. Y sintió una aguda punzada mientras se preguntaba si Lanzo alguna vez la habría amado.
—¿Dónde está ella? —frunció el ceño y se volvió hacia Daphne—. ¿Por qué no se casaron?
—Está muerta —contestó al fin la otra mujer—. Todos están muertos. A Lanzo no le gusta hablar de eso —añadió con amargura.
Al atravesar la puerta en el muro junto a la villa, Gina se encontró en un jardín de una belleza tal que quedó completamente maravillada. Diversas porciones de césped verde estaban delimitadas por una profusión de flores de todos los colores. Junto a los largos paseos se alzaban rosales trepadores y en los diversos estanques nadaban peces de colores.
De existir el paraíso, sin duda tendría ese aspecto, pensó ella sobrecogida por el dulce aroma de la lavanda sobre la que se afanaban las abejas. El único ruido que se escuchaba era el de las fuentes, y Gina se descubrió respirando con mucho cuidado para no alterar la paz y serenidad que parecía envolverlo todo.
Tardó diez minutos en encontrar a Lanzo. Estaba sentado en una piedra que rodeaba un estanque y observaba nadar a los peces entre los lirios acuáticos.
—Daphne me dijo que estarías aquí —lo saludó ella junto a un arco de jazmines y naranjos—. También me dijo que quizás no te gustaría ser molestado. Si quieres que me vaya...
Imposible adivinar sus pensamientos pues, como de costumbre, ocultaba los ojos tras las gafas de sol. Sin embargo, se notaba que su mente estaba muy lejos de allí. ¿Estaría pensando en su hermosa prometida? El corazón de Gina volvió a encogerse de celos.
—Claro que no quiero que te marches —Lanzo sonrió mientras parecía regresar de un lugar muy lejano—. ¿Qué te parece mi jardín?
—No tengo palabras —susurró Gina—. Es como un pedacito de Cielo en la Tierra —se sonrojó, segura de que él se burlaría.
—Esa era la intención —asintió él lentamente—. Un hermoso paraíso apartado del caótico mundo. Un lugar en el que poder reflexionar y, quizás, hallar la paz.
Gina contuvo inconscientemente la respiración mientras se preguntaba si iría a hablarle de la chica del retrato, y quizás revelarle cómo ella y sus padres habían muerto. Pero Lanzo no añadió nada más.
—¿Este jardín lo has hecho tú? —preguntó ella, incapaz de ocultar su sorpresa.
—Imposible —Lanzo soltó una carcajada—. Abarca casi una hectárea y requiere de un equipo de jardineros para su mantenimiento. Pero, al principio, sí que trabajé mucho aquí —cavar con sus propias manos el suelo que había pisado su familia había resultado extrañamente catártico. Día tras día había regresado a aquel lugar y trabajado hasta agotarse físicamente, pero nada había logrado borrar las pesadillas.
—¿Por qué me miras como si me hubiera crecido otra cabeza?
—No te entiendo —admitió ella con franqueza—. No consigo asociar al playboy amante de los deportes de riesgo con el hombre aficionado a la jardinería.
—Yo no necesito que me entiendas, cara —él se encogió de hombros.
Gina sabía que Lanzo no había pretendido hacerle daño deliberadamente, y eso lo empeoraba todo, porque el descuidado comentario resultaba profundamente hiriente. Desde el principio había tenido claro que él solo buscaba una aventura. Únicamente porque, en ocasiones, en las postrimerías del sexo se sintiera más unida a él de lo que se había sentido con nadie no significaba nada.
Lanzo jamás revelaba sus emociones, pero, supuso, debía haberse enamorado alguna vez y por eso el retrato de su prometida colgaba del pasillo de su casa, para que su rostro fuera lo primero que viera al entrar.
Gina se puso de pie, deseando tener el valor de preguntarle por su pasado. Pero ¿por qué iba a confiar en ella si solo la consideraba una más de sus amantes temporales? ¿Y por qué le importaba tanto? Él tampoco significaba nada para ella. En unos pocos meses, Luisa regresaría al trabajo y Gina saldría de su vida.
¡Demonios! ¿Por qué tenía que doler tanto? ¿Y por qué la cabeza le daba vueltas de nuevo? ¿O era el suelo el que se movía?
—¡Gina!
La voz de Lanzo fue lo último que oyó.
—No necesito un médico. No me puedo creer que le hayas hecho venir cuando es evidente que me he desmayado porque llevo muchas horas sin comer —Gina miró furiosa a Lanzo—. Me sorprende que no te rompieras la espalda al llevarme en brazos de regreso a la casa —murmuró—. No soy ningún peso pluma.
—Deja de hablar y túmbate —le aconsejó él—. Hace una semana que no te encuentras bien, y lo mejor es que te echen un vistazo. El médico ya ha llegado —continuó.
Para mayor irritación de Gina, Lanzo no abandonó el dormitorio mientras el médico la examinaba.
—Todo parece estar bien —concluyó el hombre mayor—. ¿Y dice que nunca se había desmayado antes?
—Jamás —le aseguró Gina con firmeza.
—Pero la signorina Bailey se ha sentido mareada en varias ocasiones desde hace una semana o así —la interrumpió Lanzo.
—Podría obedecer a distintas causas —musitó el doctor—, una es el embarazo. ¿Existe la posibilidad de que...?
—No —lo interrumpió ella—. Ninguna —las palabras del ginecólogo que la había atendido cuando aún seguía casada con Simon, resonaron en su cabeza:
—«Me temo que las lesiones provocadas por la endometriosis hacen imposible un embarazo sin una fertilización in vitro».
—No hay ninguna posibilidad —insistió ella ante la mirada inquisitiva del doctor.
—Bueno, hay otros motivos de desmayo, por ejemplo la anemia. Le sugiero que acuda a mi consulta para poder hacerle un análisis de sangre.
Gina asintió, escuchando solo a medias al doctor, mientras hacía unos rápidos cálculos mentales. Llevaba una semana de retraso con la regla y ni siquiera se había dado cuenta. En la época en la que había intentado quedarse embarazada de Simon, sabía exactamente qué día debería bajarle la regla y si se retrasaba siquiera un día, corría a la farmacia en busca de un test de embarazo.
Lanzo se excusó para atender una llamada. Gina sonrió al médico, pero la sonrisa se convirtió en un gesto de perplejidad cuando el hombre le entregó un pequeño paquete.
—No necesito un test de embarazo —insistió ella—. Sufro un problema médico que prácticamente me imposibilita para concebir.
—Y aun así lo imposible a veces se hace posible —contestó el doctor con delicadeza—. Hágase la prueba, signorina, y así podremos descartar el embarazo.
Era una total pérdida de tiempo. Media hora más tarde, Gina esperaba los dos minutos de rigor, con el test de embarazo en la mano. Por suerte, Lanzo estaba celebrando una videoconferencia con su oficina en Japón y no tenía conocimiento de la prueba.
Era ridículo sentirse tan nerviosa. Supuso que era por la costumbre. En el pasado se había realizado docenas de pruebas como esa, paseando por el cuarto de baño entre emocionada y esperanzada por si sus plegarias habían tenido respuesta. En esa ocasión, por supuesto, lo que esperaba era que la prueba diera negativa. Más que esperarlo, lo daba por hecho. Consultó el reloj, echó una ojeada a la ventanita, y el corazón se le paró.
Embarazada 5+, leyó. Aunque no lo estaba. La prueba estaba mal.
Afortunadamente, el paquete incluía un segundo test. Con manos temblorosas volvió a esperar el tiempo de rigor. Iba a dar negativo, y sería lo mejor. No era el momento de tener un bebé y, en cuanto a Lanzo ni siquiera se atrevía a imaginarse su reacción. Tanta preocupación era ridícula. No estaba embarazada. El ginecólogo había empleado mucho tacto en explicarle que tenía las dos trompas de Falopio obstruidas.
Los dos minutos habían pasado. Gina respiró hondo y comprobó el resultado.
Lanzo había salido a dar un paseo en la moto, le informó Daphne a Gina cuando al fin logró reunir el valor suficiente para enfrentarse a él. La sensación de alivio al saber que contaba con unos minutos más antes de tener que darle la noticia se convirtió en pánico al imaginarse cómo conduciría esa moto por las estrechas carreteras llenas de curvas.
Con firmeza se obligó a abandonar los lúgubres pensamientos. Lanzo sabía lo que hacía. Pero también le había asegurado que no temía a la muerte.
Contempló el brillante mar azul al otro lado de la ventana y sintió un escalofrío al imaginarse a Lanzo herido, o peor. Tendría que criar sola a su bebé. Aunque, quizás, iba a tener que hacerlo de todos modos. Ella estaba encantada con la idea del bebé, pero había bastantes posibilidades de que él no sintiera lo mismo.
Casi una hora más tarde oyó, por fin, el rugido de la moto. Se secó las manos, húmedas por los nervios, sobre los vaqueros y corrió a la puerta. A pesar de la tensión, no dejó de ver el retrato de la prometida muerta, ni pudo dejar de apreciar lo endemoniadamente sexy que estaba Lanzo con su traje de cuero negro.
—¿Te sientes otra vez mareada? —Lanzo estudió preocupado el pálido rostro de Gina. La notaba extrañamente nerviosa y evitando mirarlo a los ojos—. ¿Qué sucede, cara?
—Necesito hablar contigo —Gina miró de nuevo el retrato—. Pero aquí no.
—Ven a mi despacho.
Hubiera preferido el salón. El estudio resultaba demasiado formal para hablar de algo tan personal como el hecho de que fuera a tener un hijo suyo.
Lanzo se sentó tras el escritorio y la invitó con un gesto de la mano a que se sentara también. Sin embargo, Gina permaneció de pie, de repente viéndolo como un hombre prohibido, un hombre que la miraba fijamente con sus fríos ojos verdes.
—¿Qué sucede, Gina? —preguntó él de nuevo.
El corazón de Gina galopaba con fuerza. Aquello no debía ser bueno para el bebé. ¡Dios santo!, pensó, iba a tener un bebé. Aún no podía creérselo.
—Estoy... embarazada —respiró hondo y lo miró a los ojos—. El médico me dejó un test de embarazo. Dijo que sería buena idea descartar esa posibilidad —hizo una pausa, pero Lanzo no hizo ningún gesto y, rápidamente continuó—. La prueba dio positivo.
Durante unos segundos el cerebro de Lanzo se negó a aceptar que pudiera ser cierto. Sin embargo, el sentido común le recordó que no había motivo alguno para que Gina se lo hubiera inventado. La siguiente reflexión fue la confirmación de que no deseaba que fuera cierto. Pero, al parecer, al destino le importaba un bledo lo que él deseara.
Gina lo miraba, seguramente esperando a que le dijera algo. ¿Qué se suponía que debía decirle? ¿Felicidades? ¿Qué noticia tan maravillosa? Dio, tenía la sensación de que su vida había acabado. Y en cierto modo así era. Porque, pasara lo que pasara, jamás volvería a ser la misma. Si Gina esperaba un hijo suyo, él sería responsable de la madre y del bebé.
Se sentía atrapado, a medio camino entre el temor y el pánico. Quince años atrás no había cuidado de su prometida y el bebé. Era consciente de que no habría podido evitar el incendio, pero, si se hubiera quedado con Cristina, tal y como ella le había suplicado, podría haberles salvado a todos. Se habría casado con su amada, sus padres habrían conocido a su nieto, y su hijo sería ya un adolescente.
La familiar sensación de culpa por haberle fallado a Cristina, volvió a surgir. El dolor por su pérdida casi lo había destrozado, y se había jurado que jamás sentiría nada por alguien otra vez. No se permitía a sí mismo sentir emociones, y estaba seguro de que no sentiría nada por el hijo que Gina afirmaba albergar en su seno.
—¿Cómo puede haber sucedido? —preguntó secamente. La única noche que habían hecho el amor sin protección había sido la primera—. Me dijiste que tomabas la píldora.
—Yo... —Gina frunció el ceño—. Yo no dije tal cosa.
—Dijiste que no había ningún riesgo —insistió él.
Gina había esperado que se enfadara. Tenía un carácter típicamente latino y se había preparado para su estallido de furia. Pero nada le había preparado para la ira fría y contenida.
—No quise decir que estuviera tomando la píldora —Gina se mordió el labio—. Al decirte que no había ningún riesgo de que me pudiera quedar embarazada, lo dije en serio. Creía que era estéril. Intenté tener un hijo con Simon durante más de un año y, al no lograrlo, me hice varias pruebas que revelaron que sufro endometriosis. Es una de las causas más habituales de la esterilidad y posteriores análisis revelaron que mis trompas de Falopio estaban tan dañadas que mi única esperanza para concebir un hijo era a través de una fertilización in vitro.
Con una mano temblorosa, se apartó los cabellos del rostro y contempló a Lanzo.
—Este bebé... —contuvo unas lágrimas que le obstruían la garganta—. El hecho de estar embarazada es lo más parecido a un milagro y, aunque reconozco que las circunstancias no son las ideales, debo ser sincera contigo y admitir que estoy encantada con ser madre.
—Pues yo no lo estoy —Lanzo la miró con expresión acusadora—. No quiero tener un hijo y siempre me he asegurado de no engendrar ninguno. Y el hecho de que te hayas quedado embarazada por accidente, no altera mi manera de pensar.
Un hijo necesitaba amor, pero él no tenía amor que dar. Todas sus emociones habían muerto la noche del incendio, y para el bebé de Gina sería mejor criarse sin él en lugar de sentir la falta del amor de un padre que no se lo podía dar.
Gina se estremeció mientras asimilaba el hecho de que esperaba un hijo de Lanzo, quien insistía en no desear ese hijo. Era normal que la noticia le hubiera impactado, pero había supuesto que, una vez hecho a la idea, hablarían de cómo educarían a la criatura, juntos.
Una feroz ola maternal surgió del interior de Gina. Ella ya adoraba a esa frágil vida que anidaba en su interior, y amaría y cuidaría a ese hijo ella sola. Lanzo no tenía por qué intervenir. Sin embargo, lo justo era dejarle bien claro que, si el destino le concedía tener ese hijo, lo iba a tener.
—Siento mucho que pienses así —habló ella con calma—, pero el hecho es que, por culpa de la endometriosis, seguramente esta va a ser mi única posibilidad de ser madre, y nada logrará convencerme para que interrumpa este embarazo.
—Dio —Lanzo la miró como si le hubiera abofeteado—, jamás esperaría tal cosa.
La idea le repugnaba. Pero ¿significaba eso entonces que quería que tuviera ese hijo? Era incapaz de pensar con coherencia. Estaba hecho un lío.
—Admito que soy parcialmente responsable —asintió secamente—. Cuando vuelva, hablaremos del acuerdo económico para el niño.
—¿Cuando vuelvas de dónde? —preguntó ella con voz temblorosa.
—De dar una vuelta en moto —contestó Lanzo mientras salía del despacho, casco en mano.
—Eso es, pon tu vida en peligro —exclamó ella con amargura, temerosa de que fuera a tener un accidente—. Así eres tú, Lanzo. Harías cualquier cosa por evitar una discusión que pudiera implicar a tus emociones.
Lanzo se paró en seco y volvió la cabeza hacia ella. Su rostro reflejaba tal ira que Gina, instintivamente, dio un paso atrás. Sin embargo, poco a poco, la expresión se volvió casi atormentada. Y sin decir una palabra más, salió de la casa, dando un portazo tan fuerte que seguía retumbando en la cabeza de Gina mucho después de que se hubiera marchado.