Capítulo 10
Lanzo se mesó los cabellos, espantado al comprobar que temblaba. El estallido de Gina le había obligado a aceptar algunas verdades y se sentía expuesto, desnudo.
No podía negar ninguna de las acusaciones. ¿Cobarde? Desde luego que lo era. Le había dado la espalda durante casi todo el embarazo e insistido en no querer ser padre.
Lentamente se volvió hacia la incubadora y el corazón se le encogió al descubrir a su diminuta hija mirándolo con sus enormes ojos azules, idénticos a los de su madre. Sin aliento, dio un paso al frente y, temblando cada vez más, estudió los rasgos en miniatura.
—Puede tocarla —la inesperada aparición de la enfermera sobresaltó a Lanzo—. Introduzca sus manos a través de la ventana de la incubadora. ¿Lo ve?
Era tan pequeña que le cabía en una mano. La piel, tan frágil que parecía casi traslúcida, al tacto resultó caliente y suave, y su pecho se movía con cada soplo de vida que aspiraba.
Una indescriptible sensación nació en el interior de Lanzo. Suavemente, acarició la minúscula manita que, en un acto reflejo, se abrió para enroscarse alrededor del dedo de su padre, sin que la niña dejara de mirarlo.
¡Santa Madre!, estaba a punto de desmoronarse. Le ardía la garganta como si hubiera tragado ácido, y los labios tenían un sabor salado. Las lágrimas rodaron hasta su boca.
—Tome —la enfermera sonrió y le ofreció un pañuelo de papel.
Lanzo era incapaz de detener el torrente de lágrimas y se frotó los ojos con el pañuelo.
Había llorado tras el incendio, y durante el entierro de Cristina y de sus padres. Pero el dolor había sido agónico y había aprendido a enterrarlo profundamente en su interior. Durante quince años había mantenido a raya sus emociones, pero al contemplar a su frágil niñita, las compuertas se habían abierto, liberando los sentimientos tanto tiempo negados.
Gina se había referido al bebé como a su milagro, pero también era el suyo, reflexionó. No podía elegir entre amarla o no, porque cada poro de su piel exudaba amor por ella. Y supo, sin necesidad de reflexionar sobre ello, que daría la vida por su hija.
—¿Cuáles son sus probabilidades de supervivencia? —preguntó a la enfermera con voz ronca—. ¿Cree que saldrá adelante?
—Estoy segura —la mujer asintió—. Esta pequeñaja es una luchadora.
—Lo ha sacado de su madre —murmuró Lanzo mientras pronunciaba una silenciosa plegaria de agradecimiento por esa herencia.
Gina logró controlarse hasta regresar a la habitación y tomarse el analgésico que la enfermera le entregó. Pero en cuanto estuvo sola, las lágrimas afloraron acompañadas de unos fuertes sollozos que intentó sofocar contra la almohada.
Eran las hormonas, se dijo a sí misma cuando la tormenta finalmente amainó, dejándole un inmenso dolor de cabeza y un ataque de hipo. Una de las cosas que la vida le había enseñado era que llorar nunca resolvía nada, de manera que se sonó la nariz y se recostó sobre la almohada. Necesitaba dormir y recuperar fuerzas para poder cuidar de su bebé, porque estaban solas en el mundo. Sin duda, Lanzo había abandonado el hospital después de las horribles cosas que le había dicho. En el fondo, siempre había sabido que sería madre soltera, y por el bien de su bebé tenía que dejar de sentir lástima por sí misma.
Ya era prácticamente de noche cuando despertó. Sufrir una cesárea era como ser arrollada por un camión, y casi sintió alivio cuando la enfermera sentenció que era demasiado pronto para que intentara caminar y la llevó en silla de ruedas hasta la unidad de cuidados intensivos de neonatos.
Lo último que se había esperado era encontrar allí a Lanzo, sentado junto a la incubadora, con la mirada fija en el bebé. Seguía vestido con los mismos vaqueros y sudadera negra que se había puesto doce horas antes para acompañarla al hospital, y Gina tuvo la extraña sensación de que no se había movido de allí. Lanzo levantó la vista cuando la enfermera detuvo la silla de ruedas junto a la incubadora, y miró a Gina con una expresión indescriptible. Ella se mordió el labio, sin saber qué decir y él pareció compartir su incomodidad, pues desvió la mirada hacia el libro de nombres que había llevado con ella.
—Creía que ya habías elegido varios nombres —murmuró.
—Ninguno encaja con ella —el bostezo de la pequeña enterneció a su madre—. No podemos seguir llamándola «el bebé».
—¿Qué te parece Andria? —sugirió él dudando un instante—. Significa amor y felicidad.
—Andria... —Gina lo miró detenidamente, pero los ojos verdes estaban centrados en su hija. Introdujo una mano temblorosa en la incubadora y acarició los sedosos cabellos—, es perfecto —susurró—. ¿Cómo se llamaba tu madre?
—Rosa.
—¡Vaya! Ese era el segundo nombre de nonna Ginevra —sus miradas se cruzaron.
—Bienvenida al mundo, Andria Rosa —anunció Lanzo con voz grave y, para sorpresa de Gina, introdujo una mano en la incubadora y la posó sobre la de ella.
El corazón de Gina dio un brinco. No acababa de entender qué hacía allí tras insistir en que no podía ser padre. ¿Podía atreverse a soñar que sus sentimientos habían cambiado? Le daba demasiado miedo preguntar, pero sintió una inmensa paz de espíritu y permanecieron sentados en silencio. Dos padres vigilando a su hija recién nacida.
Tal y como había vaticinado la enfermera, Andria Rosa era toda una luchadora. Día a día se iba haciendo más fuerte y su débil lloriqueo se convirtió pronto en un estridente chirrido que a Gina le llenaba de dicha y agradecimiento por el milagro.
Cada nuevo día alcanzaban un hito: el día en que Andria se liberó del respirador, la primera vez que Gina consiguió caminar hasta la unidad de cuidados intensivos de neonatos sin agonizar de dolor, la primera vez que pudo sostener a su bebé en brazos sin todos los tubos que la mantenían viva, y la primera vez que le dio el pecho.
Gina se recuperó rápidamente y recibió el alta diez días después del nacimiento. Regresar al apartamento sin el bebé fue el único motivo de llanto, pero Lanzo la llevaba al hospital cada día y se quedaba con ella y su hija en una habitación privada.
—Debes tener mucho trabajo —un día, Gina al fin abordó el tema. Aún estaba confusa ante la presencia de Lanzo en la vida de Andria—. No hace falta que sigas aquí. Dejaste bien claro que no querías ejercer de padre.
—Y lo dije en serio. Pensaba que no quería tener hijos —Lanzo encajó la mandíbula y contempló a su hija que dormía plácidamente en sus brazos—. Tuviste razón al acusarme de ser un cobarde. Elegí vivir mi vida egoístamente, pensando solo en mi propio placer porque era lo más sencillo, lo menos complicado y sin peligro de resultar herido.
Respiró hondo y continuó.
—Pero entonces concebiste a mi bebé, y para ti fue el milagro que no pensaste ocurriría. Al principio me enfadé, decidido a no formar parte de su vida, más allá de cumplir con mi responsabilidad financiera. Y entonces, nació Andria —suspiró—. Un diminuto pellejo que luchaba tanto por vivir... Temí que si la amabas, te partiría el corazón si no lo lograba.
Su voz encerraba una súplica para ser comprendido.
—Me pusiste en evidencia. Me acorralaste como una tigresa defendiendo a su cachorro, negándote a no amarla. Sabías que a lo mejor no sobreviviría, pero la seguiste amando igual. No temiste arriesgar tu corazón. Me humillaste con tu valentía, cara.
Aún le quedaban muchas más cosas por decirle, muchas cosas que empezaban a clarificarse en su mente, emociones que ya no podía negar. Pero después de tantos años enterrando sus sentimientos, no le resultaba sencillo.
—No estoy segura de entenderte —Gina se apartó los cabellos del rostro.
—Lo que intento decir es que quiero formar parte de la vida de nuestra hija. Soy su padre y tengo la intención de entregarme plenamente a ese papel, a cuidarla y protegerla —explicó él con voz ronca—. Y sobre todo, tengo la intención de amarla.
Gina se quedó muda. Lanzo esperaba una respuesta, pero no sabía qué decir. Durante todo el embarazo había rezado para que aceptara a su bebé, pero en esos momentos veía muchos problemas. Había que establecer un calendario de visitas y decidir dónde vivirían Andria y ella. Quizás Lanzo pretendía que viviesen en Italia, pero, pensando que iba a ser madre soltera, había previsto regresar a Poole donde contaría con el apoyo de su familia.
Andria se movió y empezó a gimotear, señal inequívoca de que tenía hambre. Gina tenía los pechos cargados de leche y alargó los brazos para que Lanzo le pasara al bebé. El instinto maternal borró todo lo demás de su mente, ocupada íntegramente por el profundo amor que sentía por su hija. Una cosa era segura, jamás consentiría que la apartasen de ella. Si Lanzo deseaba formar parte de la vida de Andria, tendría que formar parte también de la suya.
Cinco semanas después del parto, Lanzo y Gina se llevaron a su hija del hospital. Pesaba casi tres kilos y, aunque muy pequeña de tamaño, su potente llanto demostraba que sus pulmones funcionaban a la perfección y que era una niña sana. Era bonita como una muñeca, con los ojos azules y una espesa mata de cabellos negros.
En lugar de llevar al bebé al apartamento de Roma, se dirigieron al aeropuerto para volar directamente a la villa de Positano.
—Habrá que comprar una cuna y un cochecito —Gina deseó haber hablado antes de esas cosas con Lanzo.
No quería quedarse en ninguna de sus casas durante demasiado tiempo. Andria necesitaba un hogar permanente, pero, de momento ni siquiera sabía en qué país iba a vivir.
—Ya me he ocupado de todo —le aseguró Lanzo—. Daphne espera en la villa y está ansiosa por conocer al nuevo miembro de la familia.
Solo que no eran una familia, quiso puntualizar Gina. Aún no habían hablado de cómo iban a organizarse como padres de Andria. Además, había surgido otro problema, pensó mientras Lanzo se inclinaba sobre el bebé para comprobar si estaba bien sujeta en la sillita. Durante las últimas semanas, Gina había estado envuelta en una nube de hormonas y la repentina consciencia de la presencia de Lanzo le resultaba inquietante.
Ojalá el médico no hubiera mencionado durante la última revisión que ya podía reanudar las relaciones sexuales cuando se sintiera dispuesta. Aquella misma noche, al ver a Lanzo, desnudo de cintura para arriba, vestido con unos vaqueros que se abrazaban a sus caderas, y con los cabellos húmedos de la ducha, había comprendido horrorizada que no le importaría reanudar esas relaciones sexuales sobre el mismo sofá donde estaba sentada.
Tras murmurar una excusa sobre lo cansada que se sentía, había huido a su habitación, mortificada por el brillo burlón que había asomado a los ojos de Lanzo. En esos momentos, atrapada en un avión que despegaba a toda velocidad, apartó la vista. Lanzo había dejado claro que quería a su hija, pero no había mencionado nada sobre querer reanudar la relación con ella. Conociendo su intensa libido, lo más probable era que en breve tuviera una amante, quizás ya la tenía, pensó devorada por los celos.
Perdida en el laberinto de sus lúgubres pensamientos, dio un respingo cuando Lanzo le tomó una mano. Mirándolo a los ojos, vio un destello de algo que no logró descifrar, aunque sí reconoció el deseo. ¿Pretendía que volvieran a ser amantes? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Y qué sucedería cuando se cansara de ella, pero siguiera queriendo ver a su hija?
El futuro era oscuro e incierto, y Gina no pudo evitar pensar que todo podría haber sido más sencillo si Lanzo se hubiera ratificado en su intención de no ejercer como padre.
Las paredes blancas de Villa di Sussurri brillaban bajo el sol primaveral y, aunque solo estaban en abril, las rosas ya empezaban a florecer alrededor de la puerta. Daphne los saludó con una sonrisa resplandeciente.
—Jamás pensé que vería a Lanzo tan feliz —le confió a Gina más tarde, con lágrimas en los ojos—. Cristina fue el amor de su vida, y el dolor por su muerte casi lo destrozó. Pero usted y el bambino han devuelto la alegría a su corazón.
—Me dijiste que había muerto en un accidente. ¿Qué le sucedió? —preguntó Gina.
Sin embargo, Daphne no contestó y se marchó apresuradamente de la habitación. Gina salió al vestíbulo y se detuvo frente al retrato de la hermosa chica, el amor de la vida de Lanzo. Las palabras de la asistenta habían despertado un profundo dolor en su interior, un anhelo por lo que jamás podría ser. Si Cristina había sido su amor verdadero, no era probable que volviera a enamorarse.
—Ven a ver el cuarto del bebé —la invitó Lanzo tras concluir una llamada de negocios.
Tomó a Andria en brazos y se dirigió al piso superior, deteniéndose en una habitación situada junto al dormitorio principal.
La última vez que se había alojado en la villa, esa habitación se había utilizado como vestidor, pero había sufrido una profunda transformación hasta ser convertida en un universo de color rosa llena de peluches.
—¿No te gusta? —preguntó Lanzo, perplejo ante la expresión de Gina.
—Es preciosa, justo como la habría decorado yo —admitió Gina—. Es que me parece una pena derrochar tanto esfuerzo cuando Andria y yo no nos quedaremos aquí mucho tiempo.
Lanzo acostó con ternura a su hija en la cuna y la contempló durante unos segundos, el corazón henchido de amor. Al pensar que había estado dispuesto a apartarse de su vida, sintió un estremecimiento. Había estado a punto de perder a su niñita por miedo a amarla. Pero gracias a Gina había recuperado el sentido común.
—Claro que os quedaréis aquí, cara —Lanzo frunció el ceño—. He decidido que será mejor que viva en Positano. Este es un lugar hermoso y aquí gozará de una libertad que no tendrá en Roma.
—¿Qué quieres decir con que «he decidido»? —preguntó Gina furiosa ante tanta arrogancia—. El lugar de residencia de Andria debemos decidirlo ambos. Lo primero es organizarnos para ver cómo podremos ejercer ambos de padres —continuó—. Si prefieres que yo viva con ella en Italia mejor que en Inglaterra, estoy dispuesta. Querrás verla a menudo y...
—No tengo ninguna intención de «verla» —interrumpió Lanzo—. Ya te lo he dicho, quiero ser el padre de Andria, y eso significa estar siempre a su lado, desayunar con ella cada mañana y arroparla por las noches en la cama —hizo una pausa antes de dejar caer la bomba—. Por eso opino que lo más sensato es que nos casemos.
Gina abrió la boca, pero fue incapaz de producir sonido alguno. La propuesta de matrimonio era totalmente inesperada y, aunque había soñado con algo así desde hacía mucho tiempo, no le provocó ningún sentimiento de felicidad. Lanzo lo había dicho de manera fría, calificándolo como lo más sensato.
—Los dos queremos ejercer de padres a jornada completa —insistió él al percibir su tensión.
—No hace falta estar casados para eso.
—Pero para Andria sería mucho mejor crecer con unos padres entregados el uno al otro.
Eso no podía negarse. Gina siempre había opinado que, lo mejor para un niño era crecer en el seno de una familia estable. El matrimonio y los hijos habían sido su santo grial. Pero así no, pensó. No si solo era lo más sensato.
—No creo que sea buena idea casarnos solo por el bien de Andria —contestó con voz ronca.
—No sería solo por eso, cara —Lanzo se acercó a ella mirándola con tórrido deseo.
Gina había recuperado la figura con sorprendente facilidad y, vestida con unos ajustados vaqueros y una camiseta blanca, estaba muy sexy. No era la primera vez que despertaba en él la llamarada del deseo y ya no se sentía capaz de contenerse por más tiempo.
—La química sigue viva entre nosotros —insistió con dulzura—. ¿Creías que serías capaz de ocultarme tu deseo cuando conozco cada milímetro de tu cuerpo y reconozco cada una de tus reacciones ante mí? No puedes engañarme, cara, no más de lo que yo puedo fingir que no ardo en deseos por ti.
Las palabras, y el tono de voz, de Lanzo sonaban de lo más persuasivas. Lo más fácil sería ceder al instinto de su corazón e ignorar a su cerebro que no paraba de advertirle que ese hombre le rompería el corazón, tal y como había hecho a los dieciocho años.
—Eso no sería más que sexo —Gina sacudió la cabeza.
—Siempre ha sido más que satisfacer una necesidad física, y ambos lo sabemos.
Lanzo había sido consciente desde el comienzo de su relación de que Gina era la única mujer capaz de hacerle romper la promesa hecha a Cristina.
¿De verdad había alguna posibilidad de que su relación sexual significara algo para él?, se preguntó Gina estupefacta.
—De no haber tenido a tu bebé, jamás habrías considerado casarte conmigo —espetó ella.
No tenía sentido intentar negarlo, pero Lanzo sentía que había cambiado. Gina lo había cambiado, le había hecho ver las cosas de manera diferente.
—Hay muchos motivos para pensar que nuestro matrimonio podría tener éxito. Y a eso habría que añadir nuestro deseo común de hacer lo mejor para nuestra hija —se encogió de hombros—. Y, desde luego, está el sexo. ¿Qué más se podría pedir?
—Bueno, si no se te ocurre nada más, no tiene mucho sentido que te ilustre al respecto —Gina contuvo las lágrimas que habían formado un nudo en su garganta—. Pero hay una cosa que falta en tu lista y que, seguramente, fue la principal razón por la que le pediste a Cristina que se convirtiera en tu esposa. Daphne me ha contado que fue el amor de tu vida —le aclaró ante la mirada perpleja de Lanzo—. El amor, Lanzo, ese es el ingrediente que falta en nuestra relación, y también el motivo por el que no me casaré contigo.
—¿Gina? —Lanzo la miró perplejo y, poco a poco, fue comprendiendo—. Gina... —insistió.
Ella lo vio dar un paso al frente y, con un sollozo, salió corriendo de la habitación del bebé. Respiraba con dificultad y se detuvo frente al retrato de la hermosa prometida muerta. Su único amor. Oyó las pisadas de Lanzo y salió corriendo de la casa.
La encontró en el jardín, sentada junto al estanque, observando los peces de colores. Mientras huía de Lanzo, dejando a su niña atrás, había comprendido que jamás podría abandonarlo, porque jamás se separaría de su hija.
Gina no era capaz de mirarlo y, tras unos tensos momentos, lo sintió a su lado.
—Este lugar es precioso —los macizos del jardín estallaban de flores amarillas y, a través de los árboles, se veía el azul del mar. Gina se sintió curiosamente en paz.
—El jardín está sobre los restos de la casa familiar —explicó Lanzo con voz ronca—. La casa ardió en un incendio —hizo una pausa—. Mis padres y mi prometida no pudieron escapar.
—¡Dios mío! —Gina estaba conmocionada.
Cuando Daphne había mencionado un accidente, ella había pensado en un accidente de coche. No es que fuera mejor manera de morir, pero quedar atrapados en un incendio...
—¿Qué pasó?
Lanzo se volvió hacia ella. Los ojos verdes destilaban un profundo dolor y Gina supo que ese hombre sí era capaz de sentir.
—Una noche hubo una tormenta y la casa fue alcanzada por un rayo. Era una casa vieja, construida en el siglo XVII, y las vigas de madera del techo prendieron enseguida. En pocos minutos las llamas habían engullido el piso de arriba, donde dormían mis padres —el rostro se contrajo—. Yo les había insistido en que trasladaran el dormitorio a la planta inferior, pero a mi madre le encantaban las vistas desde el último piso. No tuvieron la menor posibilidad —continuó emocionado.
—¿Y tú no quedaste atrapado por el fuego? —murmuró Gina.
—No —la voz de Lanzo se quebró—. Y jamás me he perdonado por ello. Cristina me había suplicado que no acudiera a esa reunión en Suecia —cerró los ojos. Los recuerdos seguían doliendo a pesar de los años transcurridos—. Acababa de saber que estaba embarazada.
Gina no pudo reprimir un grito de espanto.
—Me avergüenza reconocer que no estuve a la altura. Éramos muy jóvenes, y habíamos acordado esperar unos años antes de formar una familia para que yo pudiera centrarme en hacerme cargo de la empresa familiar cuando mi padre se retirara. No estaba preparado para ser padre —admitió—. Me largué como un niño con rabieta, pero en Suecia recapacité y supe que nos las arreglaríamos, supe que amaría a nuestro hijo. Estaba impaciente por regresar a Positano y decirle a Cristina que estaba encantado con el bebé —Lanzo apretó la mandíbula—. Pero la reunión se alargó, perdí el avión y tuve que quedarme una noche más. Tomé el primer avión a la mañana siguiente, pero ya fue demasiado tarde.
—No podías haber sabido lo que ocurriría —observó Gina con dulzura—. No puedes culparte.
—Y sin embargo lo hago. No supe lo del fuego hasta que el avión aterrizó en el aeropuerto de Nápoles, donde me esperaba el padre de Cristina. Cuando me dio la noticia, supe que había sido culpa mía. Yo podría haberlos salvado —insistió cuando Gina sacudió la cabeza—. Si no me hubiese marchado, les habría sacado de la casa.
—¿Cristina también se encontraba en la planta superior? —Gina se estremeció al imaginarse la escena. Entendía que los padres de Lanzo, ya mayores, hubieran quedado atrapados, pero ¿una mujer joven y fuerte como Cristina?
—Ella estaba durmiendo en mi dormitorio, justo debajo del de mis padres. Daphne se encontraba en los aposentos del servicio en la planta baja y despertó al oír la alarma de incendios. Intentó desesperadamente alcanzar la habitación, pero las escaleras ya estaban en llamas y el humo era demasiado denso —Lanzo suspiró—. Daphne jamás se ha perdonado por escapar y dejarles ahí dentro. Aún no puede hablar de los sucesos de aquella noche.
—Pero ¿por qué no oyó Cristina la alarma? ¿Por qué no intentó escapar?
—Era sorda —él suspiró ruidosamente—. De pequeña sufrió meningitis y perdió el oído.
—¡Oh, Lanzo! —Gina se acercó a él—. Lo siento muchísimo —la disculpa sonaba banal.
Movida por un instinto de consolarlo, abrazó el rígido cuerpo. Durante unos segundos, Lanzo no se movió, y luego levantó una mano y la hundió en los sedosos cabellos.
—Cristina era mi amiga de la infancia —explicó con calma—. Crecimos juntos y yo siempre cuidé de ella. Esperaba poder hacerlo durante el resto de mi vida. A veces se disgustaba y temía que jamás podría convivir con alguien que sí oyese, pero yo le prometía que nunca amaría a otra mujer. De no haberme marchado, ella no habría muerto —insistió—. No cuidé de ella, ni del hijo que esperaba, pero de pie junto a su tumba, le juré que jamás la reemplazaría en mi corazón.
Gina lo comprendió todo al fin. Sabía por qué Lanzo no podría amarla nunca, pero eso no hizo que el dolor fuera menor. Supuso que él no habría vivido el duelo por sus seres queridos y que se había limitado a enterrar el dolor. Y comprendió por qué se negaba a arriesgarse a sentir. Debía haberle costado mucho abrirse a su pequeña hija, pero amaba sinceramente a Andria y deseaba ser su padre.
Después de todo lo que había sufrido, no podía privarle de su hija, pero ¿cómo iba a casarse con él cuando sabía que su corazón pertenecería siempre a la chica cuyo retrato lo saludaba cada vez que entraba en la casa? sintiéndose repentinamente incómoda, soltó a Lanzo y dio un paso atrás.
—No le fallaste a Cristina. El destino se mostró cruel aquella noche, pero tú no podrías haberlo cambiado. Y no creo que ella hubiera deseado que vivieras el resto de tu vida consumido por la culpa —Gina reprimió las lágrimas que ardían en sus ojos—. Creo que hubiera querido que encontraras nuevamente la felicidad.
Esperaba que Lanzo volviera a negar su capacidad para ser feliz y se sorprendió cuando la atrajo hacia sí para abrazarla contra su pecho.
—Eres una mujer sabia, cara mia —susurró él—. Mientras que yo soy un estúpido por haber tardado tanto en aceptar lo que alberga mi corazón. Sé que Cristina no hubiera consentido que la llorara eternamente, pero utilicé la promesa que le hice a modo de escudo protector. No quería volver a sufrir el dolor que sentí tras el incendio, de modo que me aferré a esa promesa y la empleé como excusa para mi incapacidad para enamorarme.
Lanzo se apartó ligeramente y miró a Gina a los ojos, dejándola sin aliento.
—Ya no puedo seguir escondiéndome de la verdad —continuó con voz temblorosa por la emoción—. Te amo, Gina, con toda el alma, con todo el corazón, con todo lo que soy.
Gina no se atrevía a creer que fuera cierto. Lo había visto mirar a Andria con tierna adoración, y había deseado que pudiera mirarla a ella del mismo modo. Y al parecer su deseo había sido concedido, pero temía aceptar que fuera verdad.
—No puedes ser feliz amándome si te sientes culpable por haber traicionado a Cristina.
—Sí puedo —Lanzo sonrió y le secó las lágrimas con una mano—. Amarte me hace el hombre más feliz del mundo, tesoro mio.
Miró a su alrededor, al jardín que había construido en memoria de su primer amor. Siempre tendría un recuerdo especial para Cristina, pero Gina le había enseñado a amar de nuevo. Le había dado una preciosa hija y un futuro que esperaba compartir con ella.
—Eres mi vida, Gina —murmuró—. Tú y Andria sois mi razón para vivir, y jamás volveré a jugarme la vida en ningún deporte de riesgo.
—¿Vas a dejar de practicar el paracaidismo y carreras fueraborda? —Gina consiguió sonreír tímidamente—. ¿Y cómo vas a satisfacer tu gusto por las emociones fuertes?
—Tú eres la única fuente de adrenalina que necesito, cara —murmuró mientras la atraía nuevamente hacia sí para que sintiera la dureza de su erección.
—Lanzo... —Gina abrió los ojos desmesuradamente, fijos en esa deliciosa boca que le había sido negada durante demasiado tiempo.
Lanzo se inclinó sobre ella y la besó. Pero Gina quería más, necesitaba sentir la feroz pasión propia de su relación, y sus labios temblaron cuando él interrumpió el beso.
—Quiero que hagas algo por mí. Cásate conmigo, por favor, amore. Pero no por Andria —se apresuró a aclarar—, sino porque eres el amor de mi vida y quiero pasar el resto de mis días consagrado a tu felicidad —le acarició suavemente la cicatriz del rostro—. Te mereces ser feliz, Gina, y te prometo que nunca te haré daño.
—Ya me lo hiciste una vez —admitió ella—. A los dieciocho años me enamoré de ti y me rompiste el corazón. Y para empeorarlo todo, te marchaste y me olvidaste.
—No te olvidé —él sacudió la cabeza. Durante años regresé a Poole, aunque no quise reconocer que buscaba a la chica de la sonrisa tímida. Y cuando al fin volvimos a vernos, al principio no caí en que la hermosa y elegante Ginevra Bailey era mi Gina.
—¿Tu Gina? —ella se sobresaltó ante la emoción en la voz de Lanzo.
—Hace diez años empecé a enamorarme de ti —él sonrió—, pero cuando comprendí que amenazabas mi corazón, emprendí la huida. Tenía miedo de amarte —admitió—, pero ya no.
Le acarició los cabellos mientras la miraba con sorprendente inquietud.
—No me importaría saber qué siente ahora por mí esa chiquilla de hace diez años.
—Pues sigue enamorada de ti —Gina sonrió. Quizás los sueños sí pudieran hacerse realidad—. En el fondo nunca ha dejado de estarlo.
—¿Te convertirás en mi esposa, amore mio, y te quedarás conmigo para siempre? —Lanzo disfrutó de la emoción que lo embargaba, ya no había motivo para luchar contra ella.
—Sí.
La besó con una exquisita ternura que rápidamente se convirtió en una desenfrenada pasión. Sus manos acariciaron el delicado cuerpo mientras la lengua se introducía en la húmeda caverna de su boca hasta que ella ¿o era él?, empezó a temblar.
Gina sonrió ante el evidente placer de Lanzo al quitarle la camiseta y contemplar los rotundos pechos que fueron liberados tras soltar el cierre del sujetador. Después deslizó los vaqueros y las braguitas hasta el suelo y hundió una mano entre los muslos para acariciarla con sumo cuidado hasta que ella gimió y le suplicó que le hiciera el amor.
—En cuerpo y alma —le aseguró él mientras procedía a desnudarse y se tumbaban sobre el césped tapizado de camomilas.
La penetró lentamente por miedo a hacerle daño, pero ella lo recibió entusiasmada y alzó las caderas para absorber mejor cada embestida, hasta que Lanzo ya no pudo más y los llevó a ambos hasta el pináculo del placer.
—Ti amo, Gina, siempre y para siempre —susurró él jadeante mientras llegaban juntos y caían rendidos sobre el suelo, abrazados.
Gina se incorporó y le besó los húmedos ojos. Habían recorrido un largo camino, pero al fin se habían encontrado, y también habían encontrado un amor que sería eterno.
—Siempre y para siempre, mi amor —repitió ella.