Capítulo 2

 

A pesar de ser casi las once de la noche, aún no había oscurecido del todo. El cielo color índigo aparecía salpicado de estrellas cuando Gina salió del restaurante. El agua de la bahía estaba en completa calma y la salada brisa resultaba relajante. Le encantaban los días largos y las noches templadas de junio.

—No sabía que aún vivieras en Poole —una figura surgió de entre las sombras y el corazón de Gina falló un latido al reconocer a Lanzo—. Vengo a menudo y no te he visto nunca.

Gina lo miró sobresaltada al saberse reconocida. La expresión en los ojos verdes le aceleró el pulso. Era la mirada de la pantera acechando a la presa. «Solo es un hombre», se recordó. Pero su trémulo cuerpo le indicaba que Lanzo nunca era «solo», lo que fuera.

—A lo mejor me viste, pero no me reconociste —contestó ella secamente.

—Te recordaría perfectamente, Gina —susurró Lanzo—, aunque debo admitir que no lo hice de inmediato esta noche. Has cambiado mucho desde que nos conocimos.

Lanzo deseaba hundir los dedos en la mata de sedosos cabellos, pero había percibido una tensión en la joven, un destello de desconfianza en los ojos azules. Sabía que Gina era tan consciente como él de la tensión sexual, pero por algún motivo se empeñaba en ignorarla.

—Tus cabellos, sobre todo, están muy distintos —observó.

—No me lo recuerdes —gruñó Gina, mortificada ante el recuerdo de la permanente que había tenido como objetivo hacerle parecer más mayor y elegante que con la cola de caballo que llevaba desde los seis años, y que había transformado sus cabellos en una indomable maraña con la textura del acero. En lugar de mayor y sofisticada, lo que había parecido era un caniche obeso—. No entiendo cómo has podido reconocerme.

Lo cierto era, pensó Lanzo, que no se había fijado mucho en ella en su primera visita a Poole para la inauguración del restaurante Di Cosimo. Gina era una empleada más, una camarera a tiempo parcial que ayudaba en las noches de mucho trabajo.

La recordaba como una chiquilla tímida con la irritante costumbre de mirar al suelo cada vez que la hablaba, hasta que le había tomado la barbilla y levantado el rostro para encontrarse con unos ojos del azul más intenso que hubiera visto jamás.

La insulsa camarera había resultado ser mucho más interesante de lo que había esperado. Poseía una piel inmaculada y unos carnosos labios que invitaban a ser besados. Desde entonces había empezado a fijarse más en ella, siendo correspondido, a pesar de que se sonrojaba violentamente cada vez que sus miradas se cruzaban.

Aquel verano de hacía diez años había supuesto un respiro en su vida. Alfredo había fallecido en primavera y aún no había conseguido aceptar la muerte de la persona a quien consideraba un segundo padre, el hombre que se habría convertido en su suegro de no haber sido por el incendio que había arrasado la residencia di Cosimo cinco años antes.

El rostro de Cristina ya no era más que un lejano recuerdo, como una foto desenfocada, y el dolor ante su pérdida ya no se clavaba como un cuchillo en su corazón. Sin embargo, jamás olvidaría a la dulce chiquilla de quien se había enamorado.

Alfredo, que era viudo, y los padres de Lanzo se habían mostrado encantados cuando les había anunciado el compromiso con Cristina. Pero la tragedia se había cebado con ellos una semana antes de la boda.

La habitual punzada de culpabilidad le agarrotó el estómago y dirigió la mirada hacia el horizonte, perdido en sus lúgubres pensamientos. Jamás debería haberse marchado en ese viaje de negocios a Suecia. Cristina le había suplicado que no lo hiciera porque necesitaban hablar. Lanzo estaba conmocionado con el anuncio del embarazo. No estaba preparado para ser padre. Ambos habían decidido esperar al menos cinco años.

Su juventud, veinte años, y el empeño en hacer que su padre se sintiera orgulloso de él al verlo al frente de la empresa familiar, no era excusa. Sabía que había herido a Cristina con su falta de entusiasmo por la llegada del bebé. Lanzo se había negado a hablar de ello y había insistido en proseguir con el viaje de negocios e, ignorando las lágrimas de Cristina, había subido a ese avión rumbo a Suecia.

En menos de veinticuatro horas había comprendido su error. Amaba a Cristina y amaría a su hijo. Impaciente por regresar a su casa, la reunión le había resultado insufrible, y su excesiva duración le había obligado a pasar otra noche fuera. A la mañana siguiente había sido recibido en Italia por Alfredo quien le había comunicado la terrible noticia de que sus padres y Cristina habían fallecido en el incendio que había destruido la villa Di Cosimo.

Lanzo encajó la mandíbula al revivir la agonía del momento. Había optado por no informar a Alfredo sobre el embarazo de Cristina. El pobre hombre estaba destrozado ante la pérdida de su única hija y no tenía sentido agravar aún más su dolor. Además, no quería que nadie supiera cómo le había fallado a su prometida, y a su hijo nonato. Cristina había muerto creyendo que él no quería a su hijo, y Lanzo jamás había logrado perdonarse por no estar a su lado cuando más lo había necesitado.

Alfredo nunca había superado la muerte de su hija, pero sí se había convertido en un gran consejero, y en su figura paterna. Tras la muerte de su padre, y con veinte años, Lanzo se había convertido en el propietario de las empresas Di Cosimo. Cinco años después, la muerte de Alfredo había supuesto otro duro golpe, pero lo había superado igual que había superado la pérdida de Cristina y de sus padres: enterrando su dolor en el corazón.

La inauguración de un nuevo restaurante en Inglaterra le había proporcionado la excusa para alejarse un tiempo de Italia y sus recuerdos. Se había zambullido en el trabajo y en las carreras de fueraborda que le habían servido para alimentar una necesidad de empujarse hasta el límite y más allá. Le gustaba la velocidad, el peligro y la adrenalina y, sobre todo, no le importaba lo que le pudiera suceder. Inconscientemente había esperado encontrarse algún día con la muerte. Pero durante quince años había burlado a esa muerte. En ocasiones se preguntaba si no sería su castigo.

—Me fijé en ti —exclamó bruscamente. Gina había sido un bálsamo para él aquel verano. Una chica discreta con una dulce sonrisa que había calmado su atormentada alma.

Durante los dos primeros años tras la muerte de Cristina, no había mirado a ninguna otra mujer y, cuando al fin volvió a hacerlo, sus relaciones se habían limitado a encuentros puramente sexuales. Había cerrado la puerta de sus emociones y elegido amantes que aceptaran sus condiciones. Pero Gina había sido diferente. Algo en su juvenil entusiasmo le había recordado su propia juventud, una época en la que el sol brillaba todos los días. Únicamente tras descubrirse dispuesto a pedirle que regresara con él a Italia, había comprendido que corría el peligro de empezar a sentir algo por ella y de inmediato había dado por finalizada la relación. Para él, el amor siempre estaría asociado al dolor.

—Eras dulce y tímida, y solías mirarme cuando creías que no me daba cuenta.

Dulce era una descripción poco acertada, pues conjuraba la imagen de una adolescente enamoradiza, exactamente lo que había sido diez años atrás, pensó Gina con amargura. Recordó el martilleo de su corazón cada vez que sentía a Lanzo cerca de ella, algo parecido a lo que le sucedía en esos momentos, pero con la salvedad de que era una mujer adulta, profesional, aunque sin trabajo, y en perfecto control de sus emociones.

—Reconozco que estaba loca por ti —asintió ella—, pero era normal, dado que asistí a un colegio femenino y tenía muy poco contacto con chicos, sobre todo con exóticos italianos.

—¿Por qué no me recordaste esta noche que ya nos conocíamos? —preguntó Lanzo.

—Aquello fue hace mucho —Gina se encogió de hombros—, y apenas me acordaba de ti.

Por su sonrisa burlona, era evidente que Lanzo sabía que mentía. Gina agradeció la oscuridad que ocultaba el intenso rubor de sus mejillas. Habían llegado al bonito edificio de seis plantas junto al muelle, donde vivía.

—Sé que no me olvidaste del todo durante estos últimos diez años —insistió él con arrogancia y una voz aterciopelada que desató un estremecimiento en Gina—. ¿Tienes frío?

—Sí —mintió ella de nuevo—, pero ya hemos llegado a mi casa. Bueno... —hizo un intento desesperado por alejarse de Lanzo antes de quedar como una completa idiota—, me alegra haberte visto de nuevo.

Gina dio un paso atrás, pero Lanzo sonrió y se acercó hasta acorralarla junto al portal.

—No puedes llevar mucho tiempo viviendo aquí. Estos pisos seguían en construcción cuando vine el año pasado —observó él.

—Me mudé desde Londres hace cuatro meses.

—Menudo cambio —murmuró Lanzo contemplando los barcos atracados en el muelle.

—Trabajaba en la City —Gina asintió—, y se me había olvidado esta tranquilidad.

—¿En qué trabajas? Supongo que no seguirás siendo camarera.

—Hasta hace poco era la secretaria personal del presidente de la cadena Meyers.

—¡Vaya! —Lanzo parecía impresionado—. Las tiendas Meyers están presentes en casi todas las grandes ciudades del mundo, aunque supongo que no vas desde aquí a la City a diario.

—No. Decidí dejar la empresa cuando mi jefe se jubiló. Además, había otros motivos por los que deseaba abandonar Londres —sobre todo las acosadoras llamadas telefónicas de su exmarido a altas horas de la noche—. Mi padre sufrió un infarto en Navidad. Por suerte se recuperó, pero decidí vivir más cerca de mi familia. Nadie sabe lo que nos puede suceder.

—Cierto —contestó Lanzo en un tono extrañamente neutro—. A menudo damos por sentada la presencia de nuestros seres queridos.

—Regresé a Poole para ser la secretaria personal del jefe de una empresa de construcción. Desgraciadamente, el mercado de la vivienda nueva está en recesión y Harman Homes quebró el mes pasado. He estado buscando trabajo, pero no hay gran cosa. Tal y como va todo, quizás tenga que regresar al oficio de camarera —le explicó ella mientras intentaba no dejar traslucir el pánico que le invadía al pensar en la hipoteca.

—Ven a verme al restaurante mañana por la mañana. Quizás pueda ayudarte.

—Bromeaba sobre lo de volver a trabajar de camarera —ella lo miró sobresaltada, aunque en el fondo estaría dispuesta a considerar casi cualquier trabajo para pagar la casa.

—Lo digo en serio. Necesito urgentemente una secretaria personal que sustituya a la mía que está de baja por maternidad. Luisa tenía pensado trabajar hasta el momento del parto, pero le dio una subida de tensión y el médico le ha ordenado que deje de trabajar. Su ausencia me está creando un sinfín de problemas —añadió Lanzo.

—La hipertensión puede ser muy peligrosa para una embarazada y su bebé —observó Gina—. No me extraña que el médico le haya aconsejado reposo. De todos modos, al final del embarazo no podría haber viajado contigo. Las mujeres embarazadas no pueden viajar en avión después de la semana treinta y seis.

—¿En serio? —Lanzo se encogió de hombros—. Yo no sé mucho de embarazos, no me interesan especialmente —seguía obsesionado con haber fallado a su bebé y se había jurado no tener hijos jamás—. Pero tú sí pareces muy puesta —frunció el ceño—. ¿Tienes hijos?

—No —contestó ella secamente—. Algunas de mis amigas, y mis dos hermanastras, tienen hijos, de ahí mi familiaridad con los embarazos. Espero que tu secretaria se cuide bien —murmuró con una punzada de tristeza. Todas las mujeres, salvo ella, parecían poder quedarse embarazadas sin problema.

Lo cual no era cierto, se recordó. La endometriosis era una bien conocida causa de infertilidad femenina. Durante años había ignorado que sus dolorosas reglas fueran indicativas de una enfermedad que pudiera afectar a sus posibilidades de concebir.

El ginecólogo le había explicado que existían diversos tratamientos posibles, pero que debería quedarse embarazada antes de los treinta para tener más posibilidades. Recién divorciada y con veintiocho años, se enfrentaba al hecho de que quizás jamás sería madre.

—¿Dónde estabas?

La voz de Lanzo la arrancó de sus pensamientos. Encontrarse con él le había hecho regresar en el tiempo. A los dieciocho años, el futuro le había parecido optimista y lleno de posibilidades, pero los últimos años habían estado plagados de desilusiones.

El verano que había compartido con Lanzo ya no era más que un bonito recuerdo que atesoraba, e incluso la tristeza sentida cuando él había regresado a Italia había servido para un fin. Desesperada por apartarle de sus pensamientos, había decidido marcharse de Poole, donde cada rincón le recordaba a las semanas compartidas y, en lugar de matricularse en la Universidad de Bournemouth, había hecho un curso de secretaria y se había mudado a Londres, forjándose una exitosa carrera.

Sin embargo, Lanzo tenía razón cuando sugería que ella no lo había olvidado jamás. Cierto que lo había superado, tras un tiempo. Había madurado y pasado página, y él había quedado relegado a un segundo plano en su nueva y ajetreada vida. No obstante, la noche anterior a su boda, había soñado con Lanzo, no con Simon.

—Tengo que irme —murmuró con un hilo de voz.

—¿Por qué? —la dulce sonrisa dejó a Gina sin aliento.

—Bueno... —buscó en su mente una buena respuesta—. Es tarde y debería irme a la cama.

¿Cómo se le había ocurrido decir algo así? la palabra «cama», dibujó en la mente de Gina un sinfín de imágenes de un cuerpo bronceado y desnudo, de las manos de Lanzo acariciándola, separándole los muslos para poder hundirse en ella. Sintió una punzada de deseo en el vientre y cerró los ojos en un intento de liberarse de su hechizo.

—Quédate un rato más y háblame —susurró Lanzo—. Me he alegrado de volver a verte, Gina.

Las palabras de Lanzo resultaban seductoras, y Gina abrió los ojos desmesuradamente. Ella también se alegraba de volver a verlo. Durante los últimos amargos meses de su matrimonio, y el posterior divorcio, se había sentido atrapada en un oscuro túnel, pero ver de nuevo a Lanzo había sido como la aparición del sol tras una tormenta.

Las miradas de ambos se fundieron. A Gina no le apetecía hablar. Tenía la piel de gallina y los pezones tan duros que presionaban contra el tejido del sujetador. Lanzo la miraba con los ojos entornados y, para su mayor espanto, agachó la cabeza.

—¿Lanzo? —el corazón de Gina galopaba tan fuerte que estaba segura de que él lo oiría.

Cara —murmuró él con voz aterciopelada. Deseaba besarla durante toda la noche.

A pesar de que ella lo había evitado cuidadosamente durante la fiesta, Lanzo no le había quitado la vista de encima mientras recordaba la sensación de los dulces labios contra su piel diez años atrás. La tensión sexual entre ellos era tan intensa que el aire parecía a punto de quebrarse. El ardiente deseo lo quemaba, y el instinto le decía que ella sentía lo mismo. La anticipación guio su mano hacia el bonito rostro.

Gina se puso tensa ante el contacto e, instintivamente, echó la cabeza hacia atrás. Había ocultado la cicatriz con maquillaje, pero le horrorizaba pensar que él pudiera notarla.

—No lo hagas —la súplica escapó de sus labios y se sonrojó ante la perplejidad de Lanzo.

Segundos antes, se había inclinado hacia él, esperando sentir los labios de Lanzo sobre los suyos, pero en cuanto la había tocado, había regresado bruscamente a la realidad.

No soportaría ver la expresión de deseo en los ojos verdes convertirse en repulsión, y eso sucedería si viera la cicatriz. Peor aún sería si le preguntaba cómo había resultado herida. Por nada en el mundo se sometería a la humillación de admitir que su exmarido era el responsable de esa cicatriz.

Le ponía enferma recordar que, una vez, había estado convencida de amar a Simon, y de que él la amaba a ella. Únicamente tras la boda se había dado cuenta de que no conocía a ese hombre que ocultaba su impredecible temperamento bajo una encantadora fachada. Le avergonzaba haberse dejado engañar, y se había jurado que jamás volvería a ser tan confiada. ¿Y qué sabía realmente de Lanzo? Su relación no había durado más que unas pocas semanas. Ese hombre era prácticamente un extraño.

Lanzo entornó los ojos mientras Gina se apartaba de él, física y mentalmente y, durante unos segundos sintió una oleada de ira y frustración. Estaba seguro de que ella había deseado que la besara. No se lo había imaginado. ¿Por qué se había echado atrás?

La Gina que recordaba se había mostrado abierta y sincera, respondiendo con un entusiasmo que le había resultado extrañamente conmovedor. Pero, al parecer, la más madura y sofisticada Gina había aprendido a jugar el juego de las mujeres. En el pasado había tenido amantes que habían dejado bien claro que sus favores sexuales tenían un precio en forma de joyas, ropa de diseño, quizás un piso de lujo. Gina era igual que ellas, pero descubrirlo le había defraudado.

—Me preguntaba si te apetecería cenar conmigo en mi casa de Sandbanks.

El éxito estaba asegurado. Ese lugar era el cuarto más caro del mundo para vivir y jamás había conocido a una mujer que no supiera del valor de sus propiedades. Sin duda Gina estaría más dispuesta a besarlo tras comprender lo rico que era.

La invitación había sido formulada en un tono muy correcto, pero algo en su voz hizo que Gina se alegrara de no haberse dejado besar. La calidez había desaparecido de la mirada y sintió un escalofrío. No era más que un extraño, se recordó, y no debía confiar en él.

—Eres muy amable —ella sonrió—, pero me temo que la semana que viene estaré ocupada todos los días, y dado que tu visita será corta, dudo que podamos encajar una cena en nuestras respectivas agendas.

Lanzo la miró perplejo, apenas capaz de creerse que lo hubiera rechazado. Jamás le había sucedido algo así. Estaba acostumbrado a que su físico y su fortuna se aliaran en una poderosa e infalible combinación que le garantizaba la atención femenina. No necesitaba más que chasquear los dedos para conseguir a la elegida. Diez años atrás, Gina se había enamorado de él, lanzándose a su cama sin que tuviera que esforzarse apenas por conseguirlo y, en cierto modo, había dado por hecho que seguiría siendo así.

Sin embargo, su apariencia física no era lo único que había cambiado. A los dieciocho se había mostrado tímida al principio, pero tras intimar con ella había descubierto su pasión por la vida y su carácter alegre. En un momento muy oscuro de su vida, había supuesto un soplo de aire fresco y una celebrada distracción de los amargos recuerdos del pasado.

¿Qué había sucedido en los diez años transcurridos? ¿Qué le había robado su juvenil exuberancia? La mujer que tenía ante él, sofisticada y segura de sí misma durante la fiesta, se mostraba tensa, desconfiada, como si temiera que él... ¿qué? Dio, esa mujer le tenía miedo. No se había apartado de él por coqueteo, sino porque no se fiaba de él.

De repente se le ocurrió que había sido algo, o alguien, del pasado el responsable de la transformación de una chica amante de la diversión en una mujer que intentaba desesperadamente disimular el hecho de que él le ponía nerviosa. Quiso preguntarle quién había sido, qué le había sucedido.

Contempló el hermoso rostro cargado de tensión y se sorprendió ante el impulso protector que despertaba en él.

—Debes tener una vida muy ocupada para no disponer siquiera de una noche libre —murmuró él—. ¿Dejamos lo de la cena para mi siguiente visita a Poole? Dame la llave.

—¿Para qué? —Gina era incapaz de ocultar la desconfianza que sentía. ¿Qué quería de ella? ¿Esperaba que lo invitara a tomar un café y quizás algo más? Desde su divorcio había salido a cenar un par de veces, pero nunca a solas con un hombre. Simon había causado un tremendo daño en su autoestima. Deseaba pasar página, cultivar otras relaciones y, quizás, enamorarse, pero temía que jamás podría volver a confiar en un hombre.

—Solo quería abrirte la puerta —explicó Lanzo con calma, arrancando la llave que Gina sujetaba con fuerza.

Gina percibió un extraño brillo en los ojos verdes y se quedó sin respiración. Se preguntó si él ignoraría su súplica y la besaría, y comprendió que parte de ella deseaba arrojarse en sus brazos y fundir los labios con los suyos. Quería olvidar la crueldad de Simon y perderse en el fuerte magnetismo de ese hombre. Inconscientemente, se humedeció el labio inferior y oyó la respiración entrecortada de Lanzo.

Buona notte, Gina —se despidió él y, para espanto de Gina, se dio media vuelta y se marchó por el muelle sin mirar atrás. Su imponente figura fue engullida por la oscuridad, y el sonido de sus pisadas se fue apagando, dejándola extrañamente sola.

Durante unos segundos mantuvo la vista fija en el vacío, y luego entró en su apartamento y cerró la puerta tras de sí. Y solo entonces se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. ¿Por qué sentía esa incontrolable necesidad de llorar? ¿Era por el temor de no volver a ver a Lanzo nunca más tras rechazar su invitación a cenar? Un playboy multimillonario que podía conseguir a cualquier mujer no era probable que se molestara por ella de nuevo.

Demasiado nerviosa para irse a la cama, y tras repasar los canales de la televisión sin encontrar nada de su agrado, decidió darse un baño. Con un suspiro, se hundió entre las olorosas burbujas y permitió que su mente regresara diez años atrás.

 

 

Le había llenado de júbilo recibir una oferta de trabajo como camarera en el nuevo restaurante italiano de moda del muelle. Acababa de terminar los estudios y estaba desesperada por ganar algo de dinero para comprarse ropa durante el verano. Mientras estudiaba había recibido una pequeña asignación de su padre, pero la granja familiar apenas conseguía beneficios y el dinero siempre escaseaba.

Lanzo había llegado a Poole para asistir a la inauguración del restaurante Di Cosimo y se había quedado todo el verano. Exótico, de piel dorada e imposiblemente sexy, estaba tan lejos de los chicos con los que Gina había salido que se había quedado prendada de su atractivo y encanto personal.

Tenía una merecida fama de playboy y siempre llevaba a alguna mujer colgada del brazo. Gina recordó cómo había envidiado a esas mujeres, cómo había soñado con ser igual de rubia, delgada y hermosa que ellas. Para Lanzo parecía no existir, hasta ese día en que le había hablado y ella se había bloqueado, mirando fijamente el suelo para que él no descubriera su rostro teñido de púrpura.

—No te encorves —le había reprendido él—. Deberías mantener la cabeza alta y mostrar un aire de confianza, no escabullirte como un ratoncillo. Cuando miras al suelo, nadie puede ver tus ojos, lo cual es una pena porque son preciosos —había añadido lentamente antes de sujetarle la barbilla y obligarla a alzar el rostro.

Gina apenas había podido respirar, y cuando Lanzo le había sonreído, casi se había derretido a sus pies, devolviéndole tímidamente la sonrisa. Y ahí había empezado todo. A partir de ese día, Lanzo le saludaba a diario, y se despedía de ella por las noches al final de su turno. Al saber que salía corriendo del restaurante en cuanto cerraban para poder alcanzar el último autobús que la llevara a su casa, había insistido en llevarla en coche. Aquellos paseos hasta la granja en el coche deportivo habían sido la luz de su vida.

Lanzo conducía a una velocidad de vértigo y, la primera noche, Gina se había aferrado al asiento mientras circulaban por pequeñas carreteras y caminos.

—Relájate, soy un buen conductor —le había asegurado él en tono divertido—. Háblame de ti.

Aquello había conseguido distraerla del miedo a estrellarse en la siguiente curva. ¿Qué demonios podía contarle? Estaba segura de que los mundanos detalles de su vida no serían de ningún interés para un playboy multimillonario, pero, obedientemente, le contó cómo había crecido en la granja con su padre, su madrastra y dos hermanastras.

—Mis padres se divorciaron cuando yo tenía ocho años, y cuando papá se casó con Linda unos años después, ella trajo a sus dos hijas, Hazel y Sara, a vivir a la granja.

—¿Y qué hay de tu madre? —preguntó Lanzo—. ¿Por qué no te fuiste a vivir con ella?

—Papá pensó que sería mejor para mí que me quedara con él. Mi madre había mantenido una relación a sus espaldas y un día, al regresar de la escuela, encontré una nota en la que nos decía que nos dejaba por uno de los trabajadores de la granja. Mamá nunca se quedaba demasiado tiempo en un mismo sitio, ni con el mismo hombre —admitió Gina—. De vez en cuando la visitaba, pero era más feliz viviendo con papá y con Linda.

Testigo directo de la caótica vida de su madre, Gina había decidido que su futuro sería muy diferente. Un matrimonio, un hogar feliz y unos hijos no parecían un objetivo muy excitante, pero para ella era más importante que una carrera.

Lanzo la acompañó a su casa varias veces cada semana, y ella se fue relajando cada vez más en su presencia. Siempre se mostraba encantador con ella, pero en ocasiones creía percibir cierta oscuridad tras sus sonrisas. Siempre había cierta tensión en torno suyo, y cierto aire de tristeza que la inquietaba. Sin embargo, nunca hablaba de su vida y ella era demasiado tímida para interrogarle.

—Me gusta tu compañía, Gina —le anunció en una ocasión—. Me resulta relajante.

—¿Es esa una manera educada de decir que me encuentras aburrida? —balbuceó ella, lamentando no ser hermosa y sexy. «Relajante», le sonaba a monja.

—Por supuesto que no. No te encuentro aburrida en absoluto —le había asegurado él, mirándola con ese brillo en sus ojos verdes que hacía que Gina se derritiera—. Eres encantadora —murmuró antes de rozar sus labios en un dulce y breve beso—. He comprobado tu cuadrante. Mañana libras. ¿Te gustaría salir a navegar en mi barco?

Gina apenas durmió aquella noche y, a la mañana siguiente, al oír el coche de Lanzo pararse frente a la puerta, corrió a su encuentro con una excitación que, a los dieciocho años, era demasiado joven e ingenua para disimular.

Habían pasado un día maravilloso, recordó Gina mientras se hundía en la bañera. El cielo había brillado en un cielo sin nubes y Lanzo había pilotado la lujosa nave alquilada en el puerto. La sombra de tristeza había desaparecido, y se había mostrado encantador y muy sexy. Gina lo había contemplado con avaricia y el corazón se le había desbocado cuando la había tomado en sus brazos para besarla.

Bordearon la costa, comieron en una apartada cala y después le había hecho el amor en el camarote. El sonido de las olas contra el barco, y el grito de las gaviotas se había mezclado con los murmullos de placer de Lanzo mientras acariciaba el tembloroso cuerpo.

—¿Es tu primera vez? —había preguntado, preocupado ante la reticencia de Gina.

—No —había mentido ella, temerosa de que fuera a detenerse si admitiera la verdad.

Lanzo no se había detenido. La había besado con pasión, y acariciado con dulzura hasta que ella estuvo tan excitada que cuando la penetró, no sintió ninguna molestia, solo una maravillosa sensación, como si llevara toda la vida esperando ese momento, a ese hombre.

El agua de la bañera se había enfriado y Gina se estremeció mientras se cubría con una toalla. No solo le había entregado a Lanzo su virginidad aquel día, también le había regalado su corazón, ingenuamente ignorando que, para él, el sexo no era más que una experiencia placentera. Con los años había comprendido que el deseo y el amor no iban necesariamente de la mano.

Jamás volvería a mostrarse tan descuidada con su corazón, decidió mientras contemplaba su reflejo en el espejo empañado. Después del craso error que había supuesto su matrimonio con Simon, había perdido toda confianza en su capacidad de juicio y se preguntaba si alguna vez volvería a enamorarse.

Ya no era aquella adolescente con la cabeza llena de sueños imposibles. Era consciente de que Lanzo la había deseado y no podía negar la atracción que ejercía sobre ella. No podía permitir que las desastrosas experiencias vividas con Simon arruinaran el resto de su vida, y quizás un apasionado revolcón con un playboy endemoniadamente sexy era justo lo que necesitaba para recuperar la autoconfianza que el matrimonio le había arrebatado.

Sin embargo, más tarde, cuando seguía sin conseguir dormir, admitió que solo un estúpido jugaba con fuego y esperaba de no quemarse.