SEGUNDA PARTE:

La lección de mademoiselle de Grégo

—¡YA no se oye nada!

Las viejas manos arrugaban las hojas de pergamino, envolvían las tablas de madera negra. Los ojos, demasiado claros y demasiado viejos de Mademoiselle Henriette de Guerguézec, seguían el trabajo de sus dedos con una atención dolorosa que contorsionaba su pequeño rostro manchado.

—¿Qué dices, Marie-Louise? —preguntó, volviendo hacia su hermana sus parpadeantes ojos.

Marie-Louise pintaba con metódicas pinceladas las hojas de pergamino, destinadas a convertirse en abanicos.

—¡Te digo que no se oye nada! —gritó sin dejar de pintar.

Parecía más joven que su hermana porque su sonrosado rostro estaba tenso a causa de la grasa, y porque sus ojos, más pequeños y desprovistos de belleza, eran firmes y vivos. Conservaba ciertas pretensiones de elegancia, de las que daban fe su falda de gruesa seda, y una pañoleta adornada con auténtico encaje de Valenciennes.

—¿Cómo?

Henriette había dejado de forrar las varillas. Miraba a Marie-Louise con una ceja levantada, desesperada por no oírla.

—¡Me canso repitiéndote...! —empezó a decir la otra en tono colérico.

Se vio interrumpida por el estrépito de una taza de porcelana, que, al romperse sobre el suelo de losanges, había conseguido dominar durante unos instantes el ensordecedor rumor de las campanas.

Ambas se levantaron a un tiempo para considerar el desastre.

—¡Joséphine! —gimió Henriette, que conservaba todavía en la mano las tijeras—. ¿Cómo lo has hecho?

El estrépito había cesado repentinamente, como si la catedral de Saint-Pierre-ef-Saint-Paul, agotada por su ataque de entusiasmo sonoro, hubiera querido conceder una tregua a los pájaros, a quienes, a través de la ventana de la buhardilla, se veía surcar el cielo, espantados por un redoblar de campanas al que ya no estaban acostumbrados.

—¿Cómo lo has hecho, Joséphine? —preguntó Marie-Louise.

En la penumbra de la alcoba, provista de amplios cortinajes de cretona, se distinguía la masaoscura y lustrosa de la cabellera de Joséphine. Los ojos estaban medio encerrados, pero la mirada brillaba por entre las largas pestañas negras.

—Generalmente, cuando rompo algo y vosotras me preguntáis sin falta cómo lo he hecho, os contesto que «no ha sido a propósito» —dijo por fin Joséphine—. ¡Pues bien! Hoy creo verdaderamente que lo he hecho a propósito.

A lo lejos, más allá de los techos de pizarra, que lanzaban destellos bajo la luz del sol, a través del marco de la ventana, comenzó a sonar una banda militar. Iba subrayada por vítores, pero la distancia impedía saber a quién se aclamaba.

Henriette se había vuelto maquinalmente hacia la ventana. Grandes lágrimas se desprendieron de sus ojos, que sólo deseaban llorar.

—¡Esa música! ¡Esos horribles gritos! Marie-Louise, ¿recuerdas cuando pasaba el cortejo hacia la guillotina...? ¿Y por la noche cuando Carrier encerraba a sus víctimas en los barcos, para ahogarlas en el Loira...? ¿Y aquellos gritos que se oían de pronto, porque, desde la orilla, los jacobinos veían que los barcos comenzaban a hundirse...? Y siempre, siempre esos mismos gritos...

—¡Oh, no! ¡No son precisamente los mismos gritos!

Joséphine se había incorporado en el lecho. Su camisa de lienzo, fruncida en torno al cuello, revelaba la línea rápida de un hombro, la redondez de un seno, la curva de una cadera.

—¿Es que no comprendéis lo que está pasando?—gritó la joven. Su pálido rostro se había animado—. Me retenéis prisionera en esta cama..., me destrozáis los tímpanos con vuestro inútil parloteo... «No se oye nada.» «¿Cómo?» «Te digo que no se oye nada...»

Apartó la ropa y se sentó impetuosamente en el borde de la cama.

—Y mientras tanto, celebran el fin de la Revolución. Se aclama a Monsieur de Charette, que viene a esta ciudad de Nantes para firmar la paz con los republicanos. ¡Todo el mundo está en la calle! Tanto los monárquicos como los jacobinos gritan de alegría porque ha terminado esta guerra, y vamos a poder vivir. ¡Y vosotras dos seguís ahí, pintando vuestros eternos abanicos...! ¡Sí, la he roto a propósito, porque ya no podía más!

—En esa taza aún había café —dijo con frialdad Marie-Louise—. Ya no menciono la taza, que era la última que quedaba de un juego que le había regalado a mi tía la princesa de Lamballe...

Se santiguó.

—¡Dios proteja su alma! ¡Pero el café, que por la gracia del diablo y de la Revolución ha llegado a escasear tanto como la pimienta o el oro, en una ciudad como Nantes, en la que no hace ni diez años que lo pisoteábamos por las calles...! ¡Pues, bien! El café que has desperdiciado lo compramos con el producto de la venta de nuestros eternos abanicos, como todo lo que comes y bebes aquí, Joséphine.

—Deja eso —dijo Henriette, con los ojos todavía húmedos—. Ya ves que está nerviosa.

—Y, punto número dos —prosiguió Marie-Louise, sin hacer caso de la interrupción—, nos reprochas que te mantenemos presa en esta cama, niña, pero bien te alegraste de encontrar esta prisión, cuando cometiste la locura de volver de Inglaterra y aparecer en una ciudad donde guillotinaban mejor que en ningún otro sitio. No cabe duda de que hubieras podido encontrar otra prisión, pero habrías permanecido en ella menos tiempo. Eras la mujer de un emigrado, y habías emigrado con él. Habían matado a tu marido en Quiberon, y como si con eso no bastara para guillotinarte veinte veces, nos llegaste con una flor de lis en uno de tus anillos. ¡Nos hemos jugado la vida al esconderte!

Las temblorosas manos de Henriette se extendieron hacia los hombros de su hermana.

—¡Marie-Louise! ¡No debes decir tal cosa! ¡Es un crimen echar en cara un favor!

Marie-Louise se había arrodillado trabajosamente, y recogía con una bayeta los restos de porcelana.

—Todavía me parece oírla —gruñó en tono bajo. «¡Sí, soy yo, primas! ¿Qué hay de raro en ello? Nos hemos enterado en Londres de que el malvado Robespierre ha muerto. La Revolución ha terminado, ¿no es cierto?»

Se puso en pie y miró de arriba abajo a Joséphine.

—No había terminado. Y verás como continúa después de la pequeña ceremonia de hoy. Los republicanos reciben triunfalmente a Monsieur de Charette... ¡Bien! ¡Bien! Se firma la paz sobre trozos de papel y se proclama la amnistía... Bien, bien. Tú no sabes lo que es el fuego. En nuestra casa de Guerguézec, cuando se prendió la capilla del castillo lo apagaron. Nuestro padre, que en gloria esté, vació una barrica en agradecimiento a aquellas buenas gentes, y mientras los campesinos bebían, el fuego, que había ido reptando e incubándose, se disponía a estallar por el otro extremo, cerca de las cuadras. Si te dejas ver, si sales, hoy te abrazarán y mañana te cortarán la cabeza, Joséphine. Hoy está aquí Monsieur de Charette. Mañana, volverá a sus tierras. Hoy todavía está fresca la tinta del tratado, y las campanas repican. Cuando la tinta se haya secado, las campanas callarán y volverás a oír otra música.

Sus últimas palabras se perdieron; el sonido triunfal de las campanas se había desencadenado como una ola. Los vítores brotaban ahora de debajo de la ventana. Miles de voces gritaban:

—¡Viva Charette!

Joséphine de Grégo se había levantado de un salto y se lanzó hacia la ventana. Las súplicas de la temblorosa Henriette, que intentaba hacerla retroceder cogiéndola por los hombros, se perdían entre el inmenso clamor de júbilo que llenaba la calle, sostenido por el redoble solemne de los tambores.

—¡Es él!

El grito de Joséphine al reconocer la alta y célebre silueta del general Charette fue coreado, al mismo tiempo, por centenares de mujeres.

Iba sentado en una calesa, y la luz de aquella mañana en que el invierno pactaba con la primavera se concentraba sobre el color azul de su uniforme, entre los sedosos pliegues de su fajín blanco, recargado de hojas de lis doradas. Cuando volvía la cabeza, un ligero penacho blanco acariciaba la frente obstinada, apoyada en unas cejas espesas, gruesas y oscuras, que hacían juego con la convulsiva gravedad de los labios, con la ruda mandíbula de condotiero.

Los dos generales republicanos, sentados uno a cada lado, con sus toscos uniformes oscuros, intentaban sonreír como él, imitar su soberbia desenvoltura, su sonriente altanería, pero sin conseguirlo. Entre los «¡Viva Charette!» se alzaron algunos «¡Viva la nación!», que provocaron inmediatamente un grito que no se oía desde hacía años en ninguna ciudad importante, un:

—¡Viva el rey!

Los que lo habían lanzado se sorprendieron también. Tras la última sílaba se produjo un abismo de silencio. Aprovechando aquella calma, uno de los generales se puso en pie, agitó su sombrero y gritó:

—¡Por favor, ciudadanos! ¡Hoy sólo debemos gritar «Viva la paz»!

Se alzaron dóciles los «¡Viva la paz!», pero no por eso cesaron los «¡Viva el rey!». Aquella muchedumbre de pantalones rayados o bombachos, de faldas rectas, de gorros de puntillas, de sombreros redondos, con botas y zuecos, estaba electrizada por la extravagancia de aquel imprevisto instante, que escapaba al tiempo, que abría un paréntesis fulgurante y producía fiebre.

Joséphine no era ya la única que gritaba «¡Viva el rey!», desde la ventana. Fascinadas por el espectáculo que ofrecía el ilustre Charette en plena gloria, Henriette y Marie-Louise habían abierto sus labios temblorosos, y había brotado el grito que contenían prudentemente desde hacía demasiado tiempo. Ellas también tendían las manos, al igual que la joven. No hicieron nada por impedírselo cuando Joséphine arrancó del tiesto el manojo de narcisos de las nieves que con tanto amor habían hecho florecer, y los lanzó hacia la calesa.

Charette atrapó al vuelo algunos de los tallos floridos, con sus cascabeles blancos. Los otros cayeron frente a los dos generales, que no los recogieron, porque sabían que no eran para ellos.

Su triple silueta iba desapareciendo, con su estela de oficiales engalanados, entre los que no se distinguían los vendeanos de los republicanos, excepto los guías de Charette, agrupados en torno a sus inmensas banderas blancas.

La multitud, imantada por el triunfador del día, intentaba romper la doble barrera de los guardias nacionales. Cuando las campanas volvieron a detenerse, por el lado de la fortaleza estallaron los acordes de una marcha militar. Y Joséphine guardaba dentro de sí, como la más preciosa de las imágenes, el breve instante en que, después de haber cogido las flores, y deslizándolas entre una de las vueltas de su faja de flores de lis, Charette había alzado hacia ella una mirada rápida y oscura, acompañada de una insinuación de sonrisa...

—¡Viva el rey! —seguía gritando Henriette.

Calló porque, al alejarse el cortejo, se había restablecido un tanto el silencio y oía su propia voz. Y como si se despertaran sobresaltadas, las tres se volvieron al mismo tiempo, porque otro grito, nasal y rencoroso, se había dejado oír a pocos pasos de distancia, en la habitación:

—¡Viva la República!

Henriette soltó una tenue risita temblorosa.

—¡Qué tonta he sido al asustarme! ¡Es Jonás!

Jonás estaba en el centro de la jaula, con las plumas desarregladas, tan abigarrado como una puesta de sol. Se persiguió rabiosamente con el pico una pulga, y luego habló con fanfarronería:

—¡Viva la República!

—¡Pobre Jonás! —cloqueó Henriette—. ¿Es que no lo has entendido? ¡La Revolución ha terminado! El que acaba de pasar es Monsieur de Charette. Ha firmado la paz con los republicanos malos. ¿Qué gritabas antes, Jonás? ¡Viva el rey! Nos costó mucho trabajo hacerte perder una costumbre que tan peligrosa se había vuelto...

Se volvió hacia Marie-Louise:

—Me temo que ahora nos cueste un año o dos hacerle olvidar su «¡Viva la República!»

—Y yo temo que Jonás tenga razón —aseguró Marie-Louise, con voz sorda—. No se ha dejado engañar por esta comedia. Lo único que esos generales republicanos han pretendido ha sido desarmar a los chuanes y enviarlos a sus casas, tan contentos y orgullosos. Y, luego, dentro de un par de meses, rasgarán el tratado... Rasgarán el tratado y todo volverá a empezar.

Se volvió hacia Joséphine, como si esperase que la contradijera.

Ésta se hallaba ya en el otro extremo de la habitación. Había apartado una butaca reluciente a causa de sus dorados y del uso, y amontonaba febrilmente los trajes en su baúl.

—Joséphine...

Arrodillada frente al cofre claveteado, con el torso inclinado, la fina camisa tensa a causa del movimiento de sus largos muslos, y la cabellera rozándole a cada gesto los desnudos hombros, Joséphine se estaba convirtiendo en una desconocida.

—Perdóname, Marie-Louise —dijo por fin—. Y también tú, Henriette. Hace un momento me he mostrado odiosa... ¡Sí, odiosa! Vosotras me habéis salvado la vida, y yo sólo os lo he agradecido con gruñidos. Y, ahora, os lo agradezco marchándome. Pero, comprendedme. Soy demasiado joven... y no he tenido juventud. Se ha hecho la paz, y voy a aprovecharme de ello. Tengo prisa por ser feliz. Quiero volver a mi castillo... Quiero cazar... Quiero ser hermosa y quiero vivir.

Las dos ancianas la miraron. Luego, Marie-Louise fue a situarse de nuevo lentamente frente a los abanicos. El pincel empezó a correr otra vez por encima de las escarapelas tricolor y los fasces de lictor que los adornaban. Con tono fúnebre, como si anunciara una noticia independiente de su voluntad, Jonas repitió:

—¡Viva la República!

—Nos, François Athanase Charette de la Conterie, teniente general de los ejércitos del rey, jefe del ejército católico y real de la Vendée, considerando que conviene a Dios, a la fe y al reino, hemos tomado nuevamente las armas contra los tunantes de la Convención, culpables, entre otras fechorías, de no haber respetado las condiciones de la paz que habían firmado con nos en Nantes...

Los pesados caballos golpeaban impacientes con sus cascos, hasta hacer brotar chispas, la pequeña porción adoquinada de la calle mayor de Aigrevigne. Los guardias de Charette, que en su mayoría se habían apeado, bebían en un mismo vaso el vino que unas campesinas, espantadas y apelotonadas frente a la iglesia, les tendían, como uno da su comida a un animal peligroso. Ante el pórtico, se mantenía inmóvil la silueta negra del párroco. Unas viejas con toca le asistían respetuosamente, como un Estado Mayor, unos cuantos peldaños más abajo. Apretadas entre sí, alzaban la cabeza para seguir mejor los gestos de aquel joven general, demasiado joven, demasiado feroz, que sin bajarse de la silla arengaba a los hombres del pueblo, un largo tropel vestido con pantalones tan anchos como faldas, polainas deshilachadas, zuecos enfangados, con rostros velludos y largos cabellos trenzados, que escuchaban con el sombrero en la mano, asombrosamente parecidos a los soldados del ejército real, sus hermanos de ayer convertidos en guerreros, pero vestidos todavía como ellos, con las chaquetas de cordero renegridas por la pólvora, un sable colgando del cinto, el fusil al hombro y la imagen del Sagrado Corazón cosida sobre el pecho.

Los campesinos callaban. Los guerreros bebían, fumaban, limpiaban las armas y se agitaban en torno a un grupo que mataba a una oca..., la última oca del pueblo. Más allá, por el camino fangoso que se perdía entre manzanos, unos vendeanos tiraban de una carreta llena de heridos, y otros colocaban tablas para liberar un pequeño cañón atascado.

Llovía. Los perros, enardecidos por aquella invasión militar, se ahogaban de rabia en los corrales de las granjas. Sus belicosos ladridos iban acompañados por la lenta cadencia del toque de rebato.

—¡Basta de campanas! —rugió Charette—. No podemos hacer callar a los perros, pero sí al campanero.

El alcalde, un anciano alto y encorvado, con unos bigotes que caían hasta las solapas de su camisa, agitó las manos en dirección al cura. Éste le hizo un signo imperioso al sacristán, que desapareció bajo el arco de triple orla del portal gótico.

—Sabéis mejor que yo cuanto tengo que deciros —prosiguió diciendo Charette cuando calló la campana—. Los republicanos nos hicieron muchas promesas: un clero libre, el fin de las requisas, la amnistía y hasta el regreso del rey. Y todas sus promesas eran mentira. Su Majestad, Luis XVII, murió en el Temple, de una muerte lenta, la guillotina seca. Su Majestad, Luis XVIII...

Se detuvo como si le hubiera conmovido pronunciar aquel hombre, y se quitó el sombrero, dejando al descubierto la tela blanca que contenía sus cabellos.

—¡Viva Su Majestad! ¡Viva el rey!

Hubo un silencio. La lluvia crepitaba sobre los adoquines, bañaba los rostros, chorreaba sobre las toscas prendas de vestir. Y, luego, el alcalde, tras haber mirado a Charette, se descubrió también.

—¡Viva el rey!

Su grito fue sordamente repetido por los campesinos, unos sesenta, aproximadamente, que uno tras otro se fueron descubriendo, exponiendo sus gruesas trenzas a las ráfagas de agua. Las mujeres se santiguaron, tras ponerse de acuerdo. Los soldados cepillaban a sus caballos. En la charca verdosa que separaba la iglesia del Ayuntamiento, seguía chapoteando una familia de patos.

—¿Queréis saber lo que va a pasar? Están llegando los Azules. Volverán a ocupar el país. ¿Sabéis lo que quiere decir eso? Los rastrojos, incendiados, sablazos hasta en las alcobas, Cristos rotos y muchachas violadas..., y animales con el cuello cortado o que se llevan. ¿Y los que sobreviven? A los que sobreviven les convierten en reclutas y los envían a que los maten en otra parte, por las nieves del Este. Vosotros no queréis eso. Yo sé que no lo queréis. Pero, cuando no se quiere una cosa, hay que hacer lo que sea preciso.

Su caballo giró de pronto. Su pecho apartó las grupas y las ancas de los otros caballos. Charette no lo detuvo hasta llegar frente a la hilera de mujeres apiñadas al pie de la iglesia.

—¡Vuestro párroco! ¿Le veis bien? ¡Pues bien, si los Azules no le matan aquí mismo de un sablazo, se le llevarán a Nantes, le guillotinarán, y Dios sabrá por qué! ¡Dios sabrá que las mujeres de Aigrevigne no han defendido a su ministro, un sacerdote rebelde! ¡Un sacerdote que no ha querido jurarle a la República que era hermosa, porque sabía que era el diablo! En su lugar, os enviarán a un presidiario cualquiera, vestido de cura. ¡Sus sacramentos no valdrán nada, vuestras hijas serán todas concubinas, y cuando vosotras, las viejas muráis, su falsa absolución no os absolverá! Entonces, ¿qué esperáis para gritarle a vuestros hijos que dejen el arado y la simiente, para que tomen el fusil y la pólvora?

Hizo dar nuevamente media vuelta a su caballo y fue a pasearse frente a la hilera de alelados campesinos.

—Necesito diez voluntarios. Diez. Ni uno menos... ¡Pfeiffer! ¡Tráeme la lista!

Un jinete con el rostro enrojecido y los cabellos de un rubio casi blanco que le hacían contrastar con sus compañeros, se adelantó, llevando en la mano un trozo de papel sucio.

—Léelo.

—Petit-Machecoul, dieciocho hombres; el Bois de Céné, quince hombres; Tourvois, cincuenta y cinco hombres; Saint-Christophe, cincuenta y cinco hombres; Guernach, cuarenta hombres; Saint-Laurent, veinticinco hombres; Le Petit-Luc, treinta hombres... Aigrevigne, diez hombres.

Charette volvió a ponerse bruscamente el sombrero. Por sus labios vagó su acostumbrada mueca desdeñosa.

—¿De qué podéis quejaros? —prosiguió en voz más baja—. Sólo os taso en diez hombres. Las poblaciones cuyo nombre os ha leído Pfeiffer me han dado lo que me corresponde a tocateja. No dudo de que vosotros haréis otro tanto. Sólo hay un problema: tengo prisa. Hay que decidirse pronto. He pedido diez hombres.

Había mantenido la mirada fija en el cuello de su caballo. De pronto, alzó los ojos y los paseó lentamente por la hilera de campesinos.

—¡No habléis todos a un tiempo! —dijo.

El silencio era, en efecto, atroz. El alcalde avanzó un paso.

—Señor general —dijo—, Dios sabe que os amamos, y Dios sabe que os respetamos, y que para nosotros el nombre de Monsieur de Charette es sagrado. Pero este pueblo ha dado ya mucho. Y ha perdido mucho también. Quizá vos no lo sepáis, pero nosotros sí lo sabemos. ¿Dónde está Faraud, llamado Pelo de Vaca? Cayó en el Loira. Esa que llora ahí es su mujer. ¿Y Rogón, llamado Barba Blanca? Si os volvéis, podréis ver a sus hijas. Y el pequeño Gervais tuvo que irse a Granville para morir allí. Y Dauguet, llamado Corazón de Rey. Mirad. Vuestros hombres han atado a vuestro otro caballo a su casa. Pero la casa está vacía. Su madre quiso, encontrar su cuerpo. Su madre se fue en una carreta que iba a Nantes, y nadie ha vuelto a verla. Cuanto os digo es verdad. El pueblo ha pagado ya bastante. Haría falta ser un usurero para pedirle una gota de sangre más. Y a vos no os gustan los usureros, Monsieur de Charette.

La impaciencia del caudillo vendeano se había comunicado a su caballo, que pataleaba.

—¡Ah! ¡Aquí estáis, señor cura! —exclamó, al ver que el sacerdote abandonaba el pórtico de la iglesia y se dirigía rápidamente hacia él—. Espero que expliquéis a estas buenas gentes que sus hijos, sus hermanos o sus novios no son los únicos que han muerto en esta guerra. También podéis recordarles que todos morirán, en la batalla, o en la cama, o sobre su estercolero, de una apoplejía. Yo les ofrezco una muerte hermosa, la muerte caliente, y un lugar a la derecha de Dios, no irá a decirme lo contrario. Señor cura, ¿no es cierto que los valientes cuando mueren van a sentarse directamente a la derecha de Dios? Su cuerpo sangra todavía por el suelo, y su alma se regocija ya allá en lo alto. Mientras que a los cobardes, a los que olvidan lo que le deben a la fe y al rey, y mueren tontamente de fiebres, Dios los envía a las tinieblas exteriores, allí donde sólo hay lloros y rechinar de dientes. ¿Es verdad o no?

El cura era un hombrecillo de ojos dulces, con barbilla puntiaguda y de fino perfil, a un tiempo tranquilo y sensible.

—Mi general, os ha hablado nuestro alcalde —dijo—. Creo que nunca en su vida había dicho tanto. Y creo, también, que Dios le da la razón. Dios no puede querer que la sangre renazca de la sangre. Si se contesta al odio con odio, ¿cuándo terminará? Hay que dar a las cosechas tiempo para granar, y a los hombres, tiempo para respirar y reflexionar. Sois vos quien ha vuelto a tomar las armas contra los Azules. ¡Pues bien, yo, que les hago frente desde hace cuatro años en mi pueblo, que tomé el fusil el día de la batalla de Machecoul...! ¡Yo os digo que hace ya demasiado tiempo que reina el mal, y que las tinieblas del infierno las reserva Dios para aquellos que predican la guerra! ¡Negociad con los Azules, mi general!

El ardiente rostro de Charette se había contraído. Cerró los ojos, aquellos ojos profundamente hundidos en las órbitas, fulgurantes, célebres. Luego, espoleó al caballo, y obligó al cura a retroceder con los campesinos.

—Conque todos tenéis miedo, ¿eh? —murmuró, con una especie de dulzura.

Uno de los campesinos se destacó y avanzó directamente hacia el general vendeano, balanceando sus pesados hombros y llevando delante de sí su sombrero, como un escudo. Tenía los cabellos rojizos, los ojos grises y el rostro, curtido.

—No tenemos ningún miedo, Monsieur de Charete. Esta guerra dura demasiado y no sirve de nada. No tenemos miedo, pero queremos morir en en casa.

El murmullo de aprobación que brotó de los labios de los campesinos se cortó en seco. Charette había saltado del caballo. Sacó el sable con presteza.

—Quieres morir en tu pueblo —dijo—. ¡Pues bien, aquí morirás!

Y volviéndose hacia Pfeiffer, añadió:

—Tírale tu sable. Que no digan que le he asesinado.

Como si aquella invitación hubiera sido tan natural, Pfeiffer hizo avanzar su caballo hasta colocarse a la altura del campesino. Desenvainó y le tendió el arma por la empuñadura.

—No tengo motivos para luchar contra vos, Monsieur de Charette —dijo el campesino, que sostenía el sable más que empuñarlo—. Yo no os odio. No soy un Azul.

—Eres peor que un Azul. Acabaré creyendo que los Azules irán al paraíso, porque su sangre se ha mezclado tanto con la nuestra que san Pedro no podrá distinguir las almas. Pero los bribones como tú sólo piensan en estornudar en su lecho, en retozar con su mujer y en esquivar los golpes... ¡A ésos es a quienes odio! ¡Defiéndete!

Charette apartó con un movimiento de hombros la capa roja que le cubría, y dejó al descubierto la faja con flores de lis. El relámpago de su sable cortó las líneas de la lluvia. El campesino dio un salto hacia atrás. Para protegerse de la hoja que se aproximaba a su cabeza, alzó frente a sí, con ambas manos, su sable; pero no pudo impedir que el hierro resbalara a nivel de su oreja, y le cortara la trenza izquierda. Un nuevo salto hacia atrás no pudo salvar su trenza derecha. Charette avanzaba con pasos ágiles. Un informe gemido brotó de la multitud.

—¡Ya está hecho lo más difícil! —gritó Charette—. ¡Sólo me queda cortarte el cuello!

Se inmovilizó en pleno gesto. Dos brazos se habían anudado en torno a sus hombros. Se desembarazó de aquel abrazo con una sacudida, y, luego, se volvió y se quedó mirando al pequeño cura, que había ido rodando sobre los adoquines. El barro le manchaba la sotana. Su rostro permanecía tranquilo.

—No matarás —dijo.

Una dura sonrisa de desprecio iluminó el rostro de Charette. Dio un paso hacia el sacerdote y pareció que fuera a darle una patada. Pero, de pronto, cambió de idea. Envainó nuevamente el sable, sin dejar de sonreír, y se volvió hacia el campesino, que seguía a pocos pasos de él, petrificado, con el resplandeciente acero colgando inútilmente al extremo de su torpe brazo.

El general se lanzó hacia delante con imprevisible impulso. Evitando el corte del sable, fue a dar con la cabeza entre las dos rodillas del campesino, le agarró por las corvas, y aunque su adversario debía pesar veinte libras más que él, lo levantó del suelo, le volteó, y tras haberle derribado sobre los adoquines, le arrastró durante unos segundos, lanzando risotadas. Luego, le soltó, y se quedó mirándole. Las manos y el cuello del hombre caído aparecían festoneados de sangre. Durante la caída, se había herido él mismo con el sable. Las risas de los guardias rojos del general y de sus soldados dominaban las carcajadas de Charette y los incansables ladridos de los perros.

—Señor general —dijo el alcalde—, tendréis vuestros diez hombres.

—No lo he dudado ni un momento. Sé que el rey puede contar con este pueblo —dijo tranquilamente Charette, mientras Pfeiffer, que había saltado al suelo, le sostenía el estribo para ayudarle a subir de nuevo a su silla.

Se vio revolotear, al mismo tiempo, la capa roja y la faja con flores doradas del general.

Unas mujeres habían levantado al campesino y se lo llevaban. En pie, y a pocos pasos de Charette, el cura se limpiaba las manchas de la sotana. El alcalde conferenciaba con los ancianos. Los jóvenes guardaban silencio, sabiendo que se hablaba de ellos. La familia de patos salía por la orilla de la charca. Charette, tras hacer una escueta seña con el sombrero, se había retirado al borde del camino, para ver desfilar a su tropa, que se ponía en movimiento. Sus guardias rojos fueron los primeros seguidos por la caballería campesina, en desorden. El alcalde subía en dirección contraria, seguido por una decena de hombres. Se detuvo en silencio frente al caballo del general. Sin decir palabra, Charette sacó de las fundas del arzón una decena de trozos de tela, adornados con el Sagrado Corazón, que contó cuidadosamente y entregó a uno de los jóvenes. Pasaban ahora los soldados de infantería, que se habían puesto a cantar. La tonada era la de La Marsellesa, pero la letra era otra:

¡A las armas, vendeanos!

¡Formad vuestros batallones!

¡Avanzad, avanzad!

¡Vengad el altar,

El trono y a los Borbones!

El pequeño cañón desembocó entre chirridos, rodeado de soldados. Resonaron tras él los adoquines, al paso de caballos más vivos y fogosos. Los campesinos, a quienes hasta entonces el miedo, más que la curiosidad, había inmovilizado a lo largo de la calle, se agitaron por vez primera. Se propagó un murmullo sagrado:

—Las amazonas... Las amazonas de Monsieur de Charette.

Un dedo señaló a una de las amazonas, y una voz musitó:

—Es Madame de Monsorbier.

Una campesina señalaba, deslumbrada, a la joven que hablaba con Madame de Monsorbier:

—Ha estado en nuestra casa. Le he dado de beber y me ha regalado un pañuelo. Es Mademoiselle de Voyneau.

Cabalgaban con una despreocupada arrogancia, que delataba lo acostumbradas que estaban al caballo y a la guerra. Pero su coquetería, el corte audaz de sus largos trajes de amazona, negros o grises, ciruela o rojizos, el estudiado descuido del claro velo anudado en torno al sombrero, el destello de sus fajines, sembrados de flores de lis, como la faja de Charette, demostraban que para ellas el amor iba unido a la guerra, y sus miradas, que convergían en Charette, revelaban que el amor significaba para ellas un hombre único. Él las sonrió con aquella terrible sonrisa que hacía bajar su boca.

Su mirada se entretuvo por igual sobre cada uno de los rostros, como si pasara revista. No se olvidó de la que cabalgaba en último lugar, una joven campesina que montaba a horcajadas, con las pantorrillas al descubierto, vestida con algo que era más bien un refajo que un traje. Tenía las mejillas sonrosadas, los cabellos eran de un castaño que tiraba a rubio, la boca era aterciopelada y llevaba un pañuelo atado a la cabeza. Sonreía, como las otras, al general. Éste le hizo un gesto:

—¡Madeleine Tournant! Ven aquí, hija mía. Tú eres quien mejor maneja la aguja, y estos hombres te necesitan.

Señaló a los diez voluntarios, que las mujeres y las muchachas del lugar rodeaban entre gemidos. Madeleine saltó inmediatamente del caballo, y unos instantes después cosía sobre el pecho de un jovenzuelo, con el rostro manchado de pecas, el pequeño emblema llameante del Sagrado Corazón.

Las otras amazonas la imitaron. Mientras tanto, la tropa seguía desfilando, repitiendo La Marsellesa vendeana:

Orgullosas gentes de la Vendée

Tan temidas en los combates,

Acaso la paz que os fue concedida

Haya encadenado vuestros brazos,

Haya encadenado vuestros brazos...

Las amazonas volvieron a sus caballos. Unos soldados se llevaron a los voluntarios; éste les tiraba un fusil, aquél, un cuerno de pólvora, el otro, un sable. Los cánticos sofocaban los gritos de las madres. Los jóvenes, arrastrados por una irresistible marea, volvían hacia atrás los tristes rostros, e intentaban agitar una mano entre el bosque de fusiles y bayonetas.

—¡François! Nos preguntábamos ahora todas lo que nos preguntamos cada día, hacia finales de la tarde: ¿Dónde diablos nos hará dormir esta noche Monsieur de Charette?

Las demás mujeres se echaron a reír. Todas eran bellas, y todas iban armadas con una pistola, cuya culata sobresalía del fajín.

—Esta noche pararemos en un castillo —dijo Charette con aire mundano.

—¿Queda lejos ese castillo? —preguntó una voz clara, pero desconfiada.

—A una legua de aquí. Es el castillo de la marquesa de Grégo. El año pasado estaba deshabitado, pero el alcalde me ha dicho que la castellana había regresado. Puede decirse que emigró, de modo que nos recibirá bien. Si me lo permitís, me adelantaré para disponerlo todo.

Cuando ponía en marcha a su caballo, Mademoiselle de La Rochette le gritó:

—¡Ya sabéis que soñamos con una cena con música! ¡Con piano, o, por lo menos, con clavecín!

El general avanzó rápidamente, pasando junto a su tropa. Al llegar a las últimas casas del pueblo, su caballo rozó al cura, que bendecía desde lejos a los diez jóvenes lugareños, arrastrados por el torrente. Charette detuvo la montura con un gesto seco.

—A propósito, padre, vuestro «no matarás» ¿era del Evangelio?

—Sí, general.

—En tal caso prefiero la Biblia, donde se dice a un servidor de Dios: «Dominarás bajo tu pie a los leones, y le arrancarás los dientes al dragón.»

Al ver que el sacerdote no contestaba nada, Charette volvió a poner en marcha el caballo, pero se volvió para preguntar:

—El castillo de Grégo queda a una legua, ¿verdad?

Ni tan siquiera escuchó la respuesta. El viento de su carrera hizo revolotear el fajín en la lluviosa grisalla del crepúsculo, de modo que las flores de lis parecían volar tras su cabeza.

Cuando Charette franqueó la reja del castillo de Grégo, sonrió con satisfacción de propietario.

—El caserón es grande —murmuró—. Buenas cuadras para los caballos. Dependencias interminables. Pasaremos una buena noche.

Había dejado de llover, y el sol crepuscular hacía brillar las pizarras del tejado y teñía de rosa la fachada Luis XIII, cuyos extremos prolongaban las oscuras copas de los abetos, que susurraban al secarse.

Se reunió en el amplio patio con el pelotón de cabeza de sus guardias, que parecían inspeccionar el edificio con inquietud. Los dejó atrás. En efecto, visto desde más cerca, se advertían en las paredes rastros de bala que no habían cicatrizado todavía, a pesar de la capa de humedad y musgo. Los postigos colgaban del borde de las ventanas. Éstas sólo reflejaban parcialmente la púrpura de la puesta de sol, porque los cristales estaban rotos. Las techumbres de las dependencias habían ardido.

Ante la escalinata, se había detenido un mozo de labranza que empujaba una carretilla de estiércol.

—Quisiera presentarme a la marquesa de Grégo.

El chico dejó la carretilla en el suelo, se quitó el enorme sombrero, y luego, con una desenvoltura que contrastaba con la solemnidad de su saludo, indicó con el pulgar la escalinata. Las puertas mal cerradas, sostenidas por una tabla apenas clavada, gemían con cada ráfaga de viento.

—No podéis equivocaros. La marquesa está al fondo, en el único sitio donde todavía hay muebles.

—¿Quién ha hecho esto?

—Seguro que yo no. Es curioso, eso fue lo mismo que preguntó la marquesa el otro día, cuando volvió. Venía de Nantes.

Y canturreó:

—Toda elegante, como las mujeres de Nantes...

Charette saltó a tierra y le tiró al mozo las riendas del caballo.

—Han sido los Azules quienes lo han destrozado todo, ¿no es cierto?

—El año pasado. Una columna. Yo no estaba aquí. Pero de los que estaban no han quedado todos para contarlo. Ardió de tal manera, que se veía el humo desde el molino de Saint-Come. Sacaron los muebles al patio. El castillo empezó a quemarse. Y entonces vino su general. Les obligó a detenerse, pero ya se había quemado mucha cosa. «Y yo que quería dar fiestas», dijo la marquesa al llegar.

—¿Y se quedó?

—En lugar de venirse con nosotros, que somos sus colonos, se ha instalado al fondo del salón grande. Pero come con nosotros. No tenemos tiempo de traérselo, imaginaos. Otras cosas tenemos que hacer. ¡Pero ahí vienen siguiéndoos jinetes!

Contempló el fajín con flores de lis, el rostro de Charette, se volvió a poner el sombrero y saludó nuevamente.

—Buen día, Monsieur de Charette. Ahora, podré decir que os he visto.

Se le oscureció el rostro.

—Pero va a ser doloroso para nosotros. Por donde vos pasáis se sufre siempre, ¿verdad?

Charette no le escuchaba. Había subido la escalinata y entreabierto la chirriante puerta. Frente a él, se abría una sala sonora y oscura. Sus pasos despertaban ecos. La abertura de un alto tabique le reveló una nueva perspectiva de tinieblas, a cuyo extremo percibió unos oscilantes resplandores, ocultos tras un conjunto de biombos.

Avanzó con paso firme hacia la luz, a cuyos reflejos distinguió, sobre el parqué, los fragmentos de cristal de una araña rota, la huida de un batallón de ratones y unos palos acanalados que debían haber sido las patas de un sillón, y que el fuego había ennegrecido.

—¡Señora!

La enorme sala se adueñó de la voz de Charette, y la transformó en resonantes ecos. No hubo respuesta. Charette siguió avanzando entonces con mayor lentitud, y apartó uno de los biombos de laca china. Aquella barrera ocultaba un nido de luz y calor. En una chimenea de mármol, alta y larga, aún ardía con pequeñas llamas un montón de sarmientos. Colocado sobre un velador taraceado con rosas lucía un candelabro de plata. Sobre tres sillones de seda, de un color azul suave, dispuestos en círculo, se apilaban ropas de mujer. Un espejo centelleaba tenuemente. De un escabel pendía una media blanca. Pero la mayor parte del espacio estaba ocupado por dos colchones, echados uno sobre otro, sobre el propio suelo. Un cubrecama que debía de haber sido lujoso, pero que aparecía rasgado por las cuchilladas de las bayonetas, cubría a medias el colchón, envolviendo el cuerpo de una joven que dormía. Era morena y su piel tenía una resplandeciente blancura.

Charette se quedó inmóvil durante unos instantes, suspenso. Luego, dio unos cuantos pasos sin hacer ruido, se detuvo junto al mismo jergón y apoyó una rodilla en el suelo.

Su mirada se posó en primer lugar sobre los dedos de la durmiente. La mano caía desmadejada sobre el suelo, intentando retener un libro abierto, en un gesto que el sueño había petrificado.

La muñeca era delgada, el antebrazo, torneado, el hombro, redondo; y el cuello, doblado, se perdía en un marco de cabellos oscuros, de mechones largos y sedosos. Las espesas y aterciopeladas pestañas se apoyaban en la mejilla. La boca era muy bella y un poco triste. En la mueca de los labios, atrevidamente orlados, había una especie de infantil rencor. En el cuello latía una vena. El pecho se alzaba de modo acompasado, imprimiendo su movimiento al cubrecama, que iba resbalando imperceptiblemente. El seno que quedaba al descubierto era de una redondez perfecta.

Charette no tuvo tiempo de contemplarlo. Aquellas dos pequeñas manos habían salido disparadas hacia el cubrecama. Los ojos se habían abierto al mismo tiempo.

—Perdonadme, señora. He llamado. No suponía que al apartar el biombo...

La joven le miró fijamente con los grandes ojos brillantes y oscuros. Tenía los labios apretados y se había subido el cubrecama hasta la barbilla. Sus dedos se relajaron lentamente y entreabrió los labios.

—¡Monsieur de Charette!

—Me alegro de que me reconozcáis, señora. Eso me ahorrará tener que explicaros que no soy un malhechor, a pesar de haberme introducido en vuestro castillo... O, por lo menos, sólo soy un malhechor para los bandidos del Directorio... —añadió, sonriendo—, pero nunca con las damas de la Vendée.

—Lleváis exactamente el mismo fajín...

—Recorro tantos lugares, señora, que quizá pueda perdonárseme que no recuerde inmediatamente dónde nos hemos visto antes.

—Os tiré un ramillete de narcisos.

Él se enderezó un tanto y cerró el puño.

—Fue en Nantes.

Ella asintió con la mirada.

Se produjo un corto silencio. Joséphine de Grégo, que había bajado los párpados, los alzó por fin y le lanzó a Charette una mirada audaz y risueña.

—Aquel día llevaba puesto un camisón.

Él sonrió y la joven añadió:

—Todavía tengo uno. El mismo. ¿Queréis dármelo? Está sobre el sillón.

Charette se puso en pie. Sus manos vagaron por entre el desorden del guardarropa de Joséphine, y rozaron las suaves y crujientes telas femeninas.

Volvió con el camisón sobre el brazo, de un modo tan cómico, que Joséphine se echó a reír.

—Se diría que ese camisón es una mujer, y que la sostenéis por la cintura.

—Tendrá un talle y se convertirá en una mujer dentro de algunos instantes.

—Desde luego. Si antes tenéis la bondad de volveros.

—¿Es verdaderamente necesario?

—Ésa es una pregunta indigna de un caballero —dijo ella, encolerizada—. No, no me gusta. Cierto es que las mujeres con quienes vivís, y que según dicen os siguen a todas partes, no han debido enseñaros más que la galantería y el libertinaje.

—Es un placer oíros hablar como un libro...

Se inclinó y recogió el que yacía contra el colchón.

—¡La Nueva Eloísa! ¿De aquí extraéis estas hermosas frases y vuestros virtuosos principios?

—No. Apenas pude cumplir dieciocho años cuando tuve ya que huir, porque se había impuesto la moda de cortar cabezas. No he tenido juventud. Me casaron por poderes con un hombre a quien casi no había visto, y que murió sin haberme tocado, en Quiberon. Murió por vuestra causa. Cuando regresé a mi castillo, confiando en vuestra hermosa paz con la República, un hada lo había convertido en un chamizo. Y ya veis, sigo aguardando sin desesperar entre mis biombos.

La joven se quedó reflexionando, y cerró casi completamente los ojos.

—Y si aguardo sin desesperar, es porque espero algo más que las bromas subidas de tono de un señor que me da un camisón preguntando si es necesario que se vuelva mientras me lo pongo. De un señor que, sin duda, ha traído a sus amazonas a mi puerta...

Volvió a abrir los ojos y se enderezó un poco, sosteniendo la florida tela del cubrecama contra su pecho.

—Porque supongo que estarán ahí fuera. ¡Oh! ¡Qué loca y tonta he sido al creer al veros que...!

—¿Creer qué, exactamente? —preguntó Charette.

Se inclinó de nuevo y se arrodilló junto a ella.

—¿Creísteis que venía a veros? ¿Como un caballero de la Mesa Redonda? Aquellos caballeros disponían de tiempo. Yo no, porque el monstruo al que me enfrento tiene unos cuantos millones de cabezas, que vuelven a crecer cuando son cortadas. Me agradasteis cuando os vi en la ventana, con las flores en las manos. Y os gusté.

La joven se estremeció.

—Lo que sucede es que vos habéis tenido tiempo de pensar en mí, y yo no de pensar en vos. La paz de la Jaunaye que me hicieron firmar no fue más que un engaño. El honor exigía que yo volviese a matar por las cañadas. Y he vuelto a hacerlo. Y esta noche...

Charette se puso en pie, se apartó unos cuantos pasos y se volvió.

—Poneos ese camisón... Esta noche, no buscaba yo el rostro que me sonriera, sino a una marquesa de Grégo cuyo castillo, visto de lejos, me parecía conveniente para albergar a mis tropas.

—Y a vuestras amazonas.

Charette dio media vuelta. Joséphine se había puesto el camisón y estaba sentada ahora sobre el pequeño colchón, despeinada. Le miraba con aire enfurecido.

—No cabe duda de que sois más hermosa que todas. Pero ellas también son bellas y valerosas, cada cual a su modo. Combaten conmigo, condesas o lavanderas. Son mis camaradas, unas compañeras cuyas manos se han endurecido, pero que conservan el cuerpo suave, cuando al azar de una acampada o de una pausa en un bosque, una de ellas se desnuda apresuradamente para complacerme.

—¿Y aceptan ese reparto?

—Ninguna de ellas me ha hecho la escena de celos que me estáis haciendo vos ahora, sin tener derecho a ello, puesto que no sois ni mi compañera ni mi amante.

—No envidio ese derecho, creedme. Yo espero un amor total.

—Pues es una idea muy pasada de moda. El amor total es un concepto para tiempos de paz. Sois bella y me agradáis, y me gustaría hacer el amor con vos. Pero acabo de acordarme de la guerra. Mis hombres...

Sonrió:

—... y mis mujeres patalean impacientes en vuestro patio. Pero no puedo instalarme aquí.

Había adoptado un tono de mando perentorio.

—Aquí no pueden cobijarse mis caballos ni descansar mi gente. Vuestras cuadras no tienen ni techo. Sé de un sitio, un poco más lejos. Me perdonaréis que me haya invitado yo mismo tan impertinentemente y que me desconvide del mismo modo, pero, como creo haber tenido ya el honor de deciros, es la guerra.

El crujido de la puerta principal al abrirse repercutió a lo largo de los salones. El eco de las estancias sin amueblar amplificó las exclamaciones y las voces de un grupo de gente calzada con ruidosas botas, en el que se mezclaban voces femeninas y masculinas. Charette dio un paso hacia el biombo, y gritó:

—¡Aquí no hay nada que hacer! ¡A caballo!

Dio media vuelta, como hombre acostumbrado a ser obedecido y que no se preocupa por la ejecución de sus órdenes, y regresó junto al jergón de Joséphine. Y se inclinó hacia ella como hombre que no está acostumbrado a que se le resista una mujer.

La tomó con mano firme por el talle, y con la otra le cogió la nuca. Luego la atrajo hacia sí y la besó lenta y largamente en la boca.

Joséphine se dejó caer de nuevo en el colchón. Charette se volvió en el momento de desaparecer entre los dos biombos.

—Hasta la vista —dijo.

—Hasta la vista.

La noche había caído ya sobre el patio del castillo, que los jinetes de Charette, al retroceder hacia el camino, llenaban de pisadas de caballo y rechinar de ruedas. Las antorchas ponían resplandores en sus armas. Iban refunfuñando. Habían esperado dormir en el castillo de Grégo, y tenían que volver al camino real. Unos cuantos intentaron reemprender sus cánticos:

«Adelante, amigo, adelante,

Sale la luna.

Adelante, amigo, adelante,

La luna se va.»

La antorcha que un improvisado artillero, con la cabeza cubierta por un pañuelo rojo, enarbolaba por encima del pequeño cañón, al que en aquel momento hacían dar la vuelta, iluminó a Charette, que cabalgaba rodeado de sus amazonas.

—Estoy de acuerdo en que el castillo es inhabitable —decía Mademoiselle de Couëtus—, pero para que hayáis huido tan de prisa la castellana debe de ser horrible, Charette.

—Horrible es la palabra exacta. Más vieja que Job y tan bigotuda como Vercingetórix.

—Eso no es verdad.

La pequeña Madeleine Tournant había hecho adelantarse a su caballo.

Hablaba con voz tímida, pero miraba muy francamente a Charette.

—Antes, yo guardaba ocas a dos leguas de aquí. He visto con frecuencia pasar a caballo a Mademoiselle de Grégo. Era muy bella, y me extrañaría que hubiese cambiado.

—¡Procuráis no despertar nuestros celos, querido! —exclamó Madame de Monsorbier—. ¡Y todo por una breve conversación! ¡Cómo os han cambiado!

Las risas de las amazonas quedaron sofocadas por el rechinar del cañón, por el fuerte rumor de aquella cabalgada nocturna, que los colonos del castillo escuchaban desde el fondo de las dependencias, junto a sus animales, alumbrados por una vela.

El rumor fue decreciendo lentamente. Volvió a dejarse oír el grito de las aves nocturnas. Joséphine, que no se había movido desde que se fuera Charette, se incorporó, escuchó durante unos instantes el silencio, restablecido de nuevo, y apagó de un soplo el candelabro.

Pronto sólo se oyó, de un extremo a otro de las dependencias y del castillo, el coletazo esporádico de las vacas, al chocar en los establos. Por ello, Clopin, el pequeño vaquero que informara a Charette, creyó al principio soñar, cuando, medio incorporado en la paja, oyó otra vez el mismo ruido de armas y de caballos, que iba aumentando, semejante a una marea que volviese a avanzar hacia él, después de haberse retirado.

Se levantó, se puso los gruesos pantalones rayados y remendados, se metió los zuecos, se deslizó por entre los flancos de las vacas, y entreabrió con precaución la pesada puerta del establo.

El pelotón de cabeza estaba llegando frente a la escalinata. Vio brillar las pistolas y los fusiles. Había salido la luna, una luna rojiza. Allá abajo, a la altura de las rejas, se veía deslizarse a la infantería, arrastrándose silenciosamente, pero traicionada de vez en cuando por el destello de un arma.

—Los Azules —musitó.

Se santiguó, se quitó los zuecos y echó a correr. No hacía más ruido que un gato. Su silueta quedaba absorbida por la noche. Se deslizó, primero, junto a las dependencias, y en cuanto hubo llegado al flanco del castillo, saltó de un brinco hasta una de las ventanas con los postigos medio arrancados, por la que penetró. Fragmentos de vidrio cayeron con él.

En el interior del gran salón, el resplandor de la luna dibujaba grandes rectángulos de plata sobre el parqué. El muchacho los cruzó de un salto, como si fueran charcos. Luego, se metió por entre el zigzag de los biombos.

—¡No tengáis miedo! ¡Soy Clopin! ¡Soy yo...! ¡Despertaos pronto!

La chimenea proyectaba una luz rojiza que iluminaba vagamente el reducto de Joséphine de Grégo.

—¿Qué quieres? —balbuceó.

Cogió el candelabro y lo acercó a los restos de llama que temblaban sobre la leña.

—Eres tú, ¿y por qué eres tú? —murmuró, aún perdida en sus sueños.

—Los Azules están en el patio. Lo quemarán todo, como la última vez. Os matarán o se os llevarán a Nantes. Deben de saber que ha venido Monsieur de Charette.

»Deben de creer que Monsieur de Charette está aquí —añadió en tono más bajo.

—¡Bueno, pues no le encontrarán! ¡A mí qué me importa!

—Se enojarán. Os matarán, ¿sabéis? Matan e incendian en todos los sitios en que han recibido a Monsieur de Charette.

Joséphine se había levantado. Seguía sosteniendo el candelabro en la mano. El muchacho se la quedó mirando.

—Y, con perdón, antes os harán otras cosas.

Enrojeció y añadió, bajando los ojos:

—Se lo hicieron a Jeanette, la tejedora, que tenía un retrato de Luis XVI en su habitación. Y no era tan linda como vos. ¡Imaginaos!

Se sobresaltaron a un tiempo. En el patio acababan de sonar disparos; primero, dispersos y, después, una salva. Se produjo un breve silencio, y luego se oyeron gritos.

—Ahí detrás, en el prado, hay dos caballos que no se han metido en la cuadra —farfulló Clopin—. ¿Sabéis montar a pelo?

Ella se estremeció y dejó el candelabro.

—Sí.

Cogió un traje de uno de los sillones, pero se inmovilizó en pleno gesto. La puerta delantera acababa de ser derribada, y un clamor resonaba por toda la planta baja del castillo.

—Ya no tenéis tiempo —dijo Clopin.

Cogió una capa y se la echó a Joséphine sobre los hombros. Al huir, derribaron los biombos.

Cuando llegaron al otro extremo del salón, el muchacho le ofreció las manos entrelazadas para ayudarla a llegar hasta la ventana, tal como se ayuda a montar a caballo. Se reunió con ella sobre el borde de la ventana, saltó y le tendió los brazos. Joséphine aterrizó con tanta brusquedad que le arrastró en su caída y se revolcaron juntos por la hierba.

Una niebla plateada bañaba los prados. Tras la alta mole del castillo proseguían los disparos. Tuvieron que franquear una barrera. Joséphine iba dando saltitos, con los pies desnudos, intentando cubrirse el camisón con la capa.

—No os mováis. Voy a cogerle.

Una masa oscura galopaba por entre la bruma del prado, espantada por aquella doble intrusión. Clopin echó a correr, se adelantó al animal y le cortó la retirada, pero el caballo se le escapó. El pesado animal se dejó coger por fin por el ronzal, resoplando ruidosamente.

—¡Eh! ¡Eh, Pierrot! ¡Quieto, quieto!

El animal era alto y ancho. Clopin tuvo que empujar a Joséphine, que se agarraba como podía a las crines, intentando subir.

—¿Iréis a reuniros con Monsieur de Charette? —preguntó el muchacho, con el rostro alzado, sin dejar de acariciar al caballo para apaciguarle—. Está a una legua de aquí, en la Bretonté. Lo oí decir. Él os protegerá. Yo soy demasiado joven, si no iría. A mí no me querría. A vos sí os querrá.

Se volvieron los dos. Un rugido había acallado bruscamente el clamor de los soldados, y una columna de humo rojo, salpicado de chispas ascendía hacia el cielo: el castillo ardía.

El prado se volvió, de pronto, rojo. Joséphine seguía mirando, fascinada.

—Daos prisa...

Apartó la mirada de las espirales de llamas y bajó los ojos hacia Clopin. El pequeño rostro del muchacho, iluminado por el incendio, parecía consistir solamente en dos grandes ojos oscuros, confiados, tímidos y ciegos como los de los animales nocturnos. Joséphine le puso la mano en el hombro. Sus miradas se encontraron unos instantes. La joven hizo dar la vuelta al pesado caballo, que con torpe trote la llevó hasta el extremo del prado.

—¿Quién vive?

Volvió la cabeza desde lo alto del caballo.

Vio surgir a los centinelas republicanos de entre un matorral. Le temblaron las manos. El caballo prosiguió indiferente con su paso acompasado, amortiguado por el espesor de la hierba.

Joséphine se dio cuenta de que uno de los soldados, que se había arrodillado, se llevaba el arma al hombro.

—¡Clopin! —gritó.

El muchacho se lanzó entre ella y los soldados. Corría, como una delgada silueta danzarina. La descarga asustó al caballo, que a pesar de su peso saltó una acequia, y, luego, se perdió a todo correr por entre la maleza.

La última imagen de Clopin fue la de una pequeña forma que había saltado en el aire, y se había desplomado, como esos conejos cuya danza al claro de luna se interrumpe con una perdigonada.

El incendio iluminaba la fachada de una granja y el blanco curso de un caminillo. Apareció Joséphine. Su pesado caballo tomó el recodo y, luego, sus siluetas comenzaron a desdibujarse.

—¡Ahí está! ¡La he visto! ¡La castellana va hacia el bosque!

Pero el grupo de soldados quedó petrificado ante la llegada de unos cuantos jinetes empenachados, uno de los cuales sostenía una antorcha.

—Es el general Hoche —musitó un sargento.

El general avanzaba al paso lento de su cabalgadura. El resplandor del incendiado castillo enflaquecía el joven y tranquilo rostro, siluetaba el perfil regular de la nariz, iluminaba los ojos azules y ponía reflejos dorados en los cabellos, que llevaba largos y sueltos sobre las charreteras.

—¿A quién perseguís? —preguntó.

—Se llamaba Grégo, y es la castellana —explicó el suboficial—. Esta noche, ha recibido a Charette

—Eso no es motivo para perseguirla como a un animal. Ni tampoco para convertir su castillo en una hoguera. La guerra en que he luchado hasta ahora, en las fronteras, era una guerra de valientes. Aquí, os habéis acostumbrado a guerrear como asesinos. Eso tiene que cambiar. En lugar de perseguir a esa pobre muchacha, id a apagar eso.

Los soldados se fueron de mala gana hacia el castillo. Uno de ellos gritó:

—¿Quién vive?

—¡Quiero hablar con el general! —gritó un campesino.

—Ah, ¿sí? —contestó el sargento—. ¡Bueno, pues voy a hacerte hablar yo con la culata de mi fusil!

Con las charoladas botas, que le llegaban hasta medio muslo, por encima del bonito pantalón de nanquín blanco, Hoche oprimió los flancos del caballo, y le hizo avanzar hasta llegar junto al campesino.

—¿Qué quieres, ciudadano?

—Me llamo Ripoche. Vivo en esa alquería de ahí. Antes, serví a las órdenes de Charette. Pero, ahora, su guerra ya no tiene sentido. Está perdido y nos pierde a nosotros. ¿Queréis encontrarle?

El camino quedaba separado de la granja por medio de un huerto, cuyas coles se ensangrentaban con los resplandores del incendio. Apareció una silueta blanca, la de una mujer con camisón y gorro de dormir.

—¡Pierrot! ¡Te traerá malas consecuencias meterte en lo que no te importa! ¡Ven, ven!

Con el dedo el campesino señaló hacia el camino.

—Esa mujer que acaba de desaparecer por ahí es Joséphine de Grégo. ¿Adónde queréis que vaya? En busca de Monsieur de Charette. Como por aquí se la conoce, no tendrá dificultad en encontrarle. Con un buen caballo, se la puede alcanzar y seguirla desde lejos. Seguid a la gallina y encontraréis al gallo.

Esperó unas palabras de agradecimiento que no llegaron, y volvió con paso lento a su alquería.

—¡Pierrot! ¡Pierrot! —gritaba la mujer del camisón blanco.

—¡Va, va! ¡Ya voy! ¿Es que uno no tiene ya derecho ni a tomar el fresco o qué?

Hoche envió con un gesto a dos de sus jinetes por donde había desaparecido Joséphine. Luego, volviéndose hacia sus oficiales dijo:

—En todas las guerras se mata, pero en las civiles se denuncia. No me gusta que denuncien, no me llegará a gustar nunca.

La pesada cruz de plata, colgada con un cordón demasiado fino de la primera rama del roble, giraba al menor soplo del aire, y la antorcha que ardía apoyada en una carreta la hacía centellear. Unas sábanas, tendidas de la carreta al suelo, formaban una tienda. Había otras bajo el arbolado del bosque, y entre ellas, pequeñas hogueras de acampada, que humeaban, chisporroteaban y crepitaban, rodeadas de hombres; algunos de ellos dormían, envueltos en sus capotes; otros seguían fumando y jugaban a las cartas; algunos vigilaban, apoyados en los largos fusiles. A través de los árboles, se veía la campiña, inundada por una niebla que la luna tornaba blanquecina.

Frente a la improvisada tienda que distinguía la cruz de plata, un corzo se acababa de asar sobre lostizones incandescentes. Una tonada de caramillo, un tanto desgarradora, se quebró en unas frágiles notas.

—¡Y bien, señoras mías! No hemos podido dormir en el castillo de Grégo... Bueno, ¿y qué? Estaba destrozado. El pueblo de la Bretonté no resultaba seguro, porque los Palurdos estaban llegando. Pero, ¿no resulta igualmente perfecto su bosque, su viejo bosque, en el que tantas veces hemos acampado? Os había prometido un festín y una orquesta. Tenemos un corzo y un caramillo. Y, mientras tanto, los Azules corren por los caminos reales, y les da hipo de miedo cada vez que ven un matorral.

Pfeiffer, en cuclillas junto al corzo, aún tenía el caramillo en la mano.

—Ya has tocado bastante, muchacho. Danos un poco de ese animal. Y algo de beber. Lástima que esta campaña no la hagamos en Borgoña. El vino es mejor allí.

Las seis jóvenes rodeaban a Charette, acurrucadas sobre escabeles de heno, mejilla contra mejilla.

—¡Y no llueve! —dijo en tono triunfal Charette—. Afortunadamente, porque estos lienzos son ya viejos.

Con voz casi triste, murmuró:

—Todo se desgasta.

—Hasta la fe —dijo Madame de Monsorbier—. ¿Oís a las lechuzas? Antes, no hace más de un año...

—Sí —suspiró Mademoiselle de La Rochette—. No hará más de un año, bastaba con que se oyese por tres veces el grito de la lechuza para que se iluminaran las alquerías. Nos abrían las puertas de par en par.

—Y los muchachos se disputaban el honor de llevar sobre el pecho el Sagrado Corazón y la pistola al cinto.

—Ahora, ya no quieren saber nada. ¿Por qué firmasteis esa maldita paz que les ha echado a perder? Creyeron en ella, y no quieren volver a empezar con la guerra.

Charette sonrió.

—Eso quiere decir que a mí me va mejor durante la guerra que en la paz. No, es cierto que la paz no me ha dado buena suerte. Pero, a Dios gracias, la guerra ha vuelto a empezar, y cada una de las estrellas del cielo es mi estrella. Ya sé que los campesinos ya no quieren saber nada de mi guerra. También sé que los ingleses no quieren ayudarme. Los príncipes de la familia real echan tripa en el exilio. Peor para ellos. Han enviado contra mí a Hoche. Muy bien. Por primera vez, se trata de un general de mi talla. El día de mañana se llamará Hoche o se llamará Charette. Pero hoy se llama Corzo. ¡Vamos, que nos sirvan! —añadió echándose a reír.

Trozos humeantes de corzo circularon de mano en mano, servidos en escudillas o sobre pedazos de madera. Los oficiales de Charette, que permanecían a la entrada de la tienda, con el rubio Pfeiffer, y los caballeros de L'Espinay, de la Trésorière y de la Barre, cortaron trozos del propio animal, y los comieron con los dedos.

El grito de la lechuza volvió a oírse, repetido por tres veces. Las bocas dejaron de masticar.

—Ahora no son lechuzas —dijo Madeleine Tournant.

—Creo que podría muy bien ser señal de que llega mi hermano —dijo Charette—. Le encargué que reclutara doscientos hombres. Espero que lo haya conseguido.

La señal, al repetirse, había causado cierta conmoción en todo el campamento. Una patrulla se deslizó por entre los árboles y avanzó arrastrándose por la pendiente de los prados, de donde seguían alzándose lentamente los bancos de niebla.

—Ve a ver, Pfeiffer.

El alsaciano dio algunos pasos, sin dejar de roer un hueso de corzo, y luego se volvió.

—Son nuestros amigos del pueblo. Traen a alguien. Por lo que veo, es un jinete.

—¡La Robrie! —exclamó Charette—. ¡Apuesto a que es él! Dicen que no quiere seguir haciendo la guerra, y veréis cómo viene a unirse a mí con una compañía.

Pfeiffer seguía a algunos pasos de distancia de la tienda. Escupió el hueso y, luego, dijo:

—Es sólo una mujer.

Una cantimplora de vino iba pasando de boca en boca. Charette, que acababa de beber, la dejó a un lado.

—Vaya, una mujer...

Alzó los ojos. El reducido pelotón se detuvo frente a la entrada de la tienda, entre el ruido del entrechocar de fusiles y de sables. Un brazo se alzó para ayudar a Joséphine de Grégo a saltar al suelo. Su caballo estornudó. Los duros rostros de los campesinos soldados que la rodeaban estaban vueltos hacia ella.

—Os buscaba, general. Dice que os conoce. Si es una espía, será un placer colgarla, ¿verdad?

El campesino señaló hacia la cruz que colgaba del roble.

—Quedan otras ramas libres, ¿no es cierto? La colgaremos pero de cara a Nuestro Señor Jesucristo. Y todo estará bien.

—No pienso colgarla por esta noche —dijo Charette—. Por hoy la invitaré a cenar.

Los hombres se retiraron después de haberse echado mano a los grandes y redondos sombreros. Se llevaron el caballo.

Joséphine, que temblaba, permanecía inmóvil a la entrada de la improvisada tienda. El humo que brotaba de la hoguera y el corzo le ocultaba, a veces, el extravagante espectáculo que ofrecía aquel general, con las mejillas azuladas a causa de la naciente barba, que volvía a beber a gollete, rodeado de mujeres jóvenes con aire imperceptiblemente burlón.

—Supongo que me habré olvidado algo en vuestra casa —dijo por fin Charette—. Habéis sido muy amable al traérmelo. ¿De qué se trata?

—Se os ha olvidado ocultar a los Azules las huellas de vuestro paso. Mi castillo arde.

—Todo arde. Antes de esta guerra, no sabía que en esta tierra hubiesen tantas cosas que fueran combustibles.

—Yo volví a mi castillo porque creí en vuestra paz. Mi castillo se quema y los Azules me acosan porque me habéis visitado.

—¡Más reproches! Quien no nos conociese creería que llevamos diez años casados.

—No son reproches, pero, como ya no me queda nada, vengo a instalarme aquí con vos.

Charette sonrió. Examinó los rostros de sus mujeres; todos eran hostiles.

—¿Qué esperáis para dejar sitio a esta nueva víctima de nuestra causa? —preguntó.

Se había levantado y mantenía la cabeza un tanto inclinada, a causa de su altura y de que el techo de tela resultaba muy bajo.

—Venid a sentaros cerca de mí. Aquí, hace mucho calor.

Para llegar hasta allí, Joséphine tuvo que pasar entre Pfeiffer y el corzo y, luego, saltar por encima de las faldas de las amazonas. Charette le pasó un brazo por los hombros y la hizo sentarse contra él, sobre un haz de heno. Ella rechazó, con un movimiento de cabeza, un trozo de corzo.

—¿Y bebida? ¿Tampoco queréis beber?

—Los Azules han matado a Clopin, el chico de las vacas. Ha muerto por mí..., por vos.

—Se muere a causa de algo. Quizá sea la primera vez que un muchacho muere por vos, pero yo estoy acostumbrado a ello. Bebed.

Joséphine no se tomó la molestia de rechazarlo. Su menudo rostro estaba petrificado y mantenía los labios apretados.

—Señoras, es tarde ya. Nos pondremos en marcha al amanecer. Vuestra carreta os espera para que durmáis en ella. Mi invitada, a quien intimidáis un tanto, va a darme algunos detalles que preciso sobre la columna de Azules.

La tienda se vació lentamente. Antes de dejar caer el trozo de lienzo que cubría la entrada, Mademoiselle de Voyneau dijo:

—Va a pediros muchos detalles, señorita. Pero tened un poco de consideración con él, porque hoy ha trotado mucho.

La tela cayó y Charette, que había ido juntando heno hasta formar una cama, se tendió en ella junto a Joséphine.

—Tomad ejemplo de ellas. Sus celos no van más allá de soltar una pequeña broma de mal gusto.

Al ver que ella no contestaba, le preguntó si se sentía bien, si tenía calor.

—Se está bien aquí, ¿verdad? Pero si apenas vais vestida...

Abrió la parte de arriba de la capa y reconoció los tirantes del camisón.

—¿No os han dejado tiempo de vestiros, los Azules? Les daré las gracias mañana, cuando me enfrente a ellos.

Había pasado un brazo por debajo de los hombros de Joséphine, y atraía hacia sí el cuerpo de la joven. Con la otra mano seguía abriendo la larga capa.

—Nuestra novela es ya muy larga, querida —dijo—. Capítulo primero: Joséphine le lanza narcisos al general de Charette. Capítulo segundo: el general de Charette ayuda a Joséphine a ponerse el camisón. Creo que en el capítulo tercero el general va ayudarla a quitárselo... Todo resulta encantador y rápido, como a mí me gusta.

Joséphine abrió nuevamente los ojos.

—Pero a mí no me gusta lo rápido, ni tampoco lo pasajero.

—En las guerras más rápidas hay largos combates... y besos que se prolongan.

Ella echó la cabeza hacia atrás. Los largos mechones de su cabello se mezclaron con los tallos del heno. Pero sus labios no evitaron los de Charette. Y el beso se prolongó, largo como él le había prometido.

Mientras besaba a la joven, había terminado de quitarle la capa y la atraía contra su pecho.

—Me habéis besado —dijo Joséphine, con los ojos húmedos y recobrando el aliento—. Pero eso no demuestra nada.

—Demuestra que nos gustamos. El tiempo es agradable. Es de noche. Durante algunas horas haremos el amor, en lugar de hacer la guerra.

—Los Azules me han despojado de todo y os admiro —dijo con calma Joséphine—. Y estoy dispuesta a hacer la guerra con vos.

—Pero ¿no a hacer el amor?

—No como vos lo concebís.

—Que yo sepa, no hay más que dos modos de hacer el amor, bien o mal, y veréis como lo hago bien.

—Mi marido no me tocó nunca. Nadie me ha tocado. Sólo me entregaré a un hombre a quien ame.

—¿Y no me amáis?

—Un hombre a quien ame y que me ame. Sois vos quien no cumple estas condiciones.

Los dedos de Charette, tras vagar por debajo de los pesados mechoríes de cabello, subieron hacia la oreja, volvieron a bajar siguiendo la línea del cuello, con voluptosos remordimientos que les hacían, de pronto, volver a ascender hasta la ceja, para caer, luego, por el escote del camisón y desaparecer bajo la tela, para acariciar con acompasada suavidad desde el hombro hasta el nacimiento del cuello. Joséphine respiraba con la boca entreabierta y los ojos extraviados. Acogió con éxtasis los labios de Charette. Le rodeó con los brazos y le atrajo a su vez hacia sí. Sus labios permanecieron unidos, mientras él hacía resbalar hacia abajo la parte alta del camisón. Cuando se separaron, la joven se echó hacia atrás, sin intentar liberar sus menudos senos de las grandes manos que los acariciaban. Jadeaba.

—¡Oh! ¡No! ¡No!

Lanzó aquel grito cuando Charette levantó con la rodilla su camisón, dejando al descubierto unos esbeltos y blancos muslos que se apretaban vanamente entre sí.

La respiración del caudillo vendeano se había acelerado.

—Claro, jovencita. Hay que decir siempre: «¡No! ¡No!» —murmuró entre dientes—. Eso forma parte del placer de un primer encuentro.

Ella se debatió entonces con energía, golpeando y rechazando a Charette con sus pequeñas manos, crispadas sobre su cuello. En el forcejeo se desató el fajín del general y sembró de flores de lis los desnudos muslos.

Junto a ellos, y encima de una bayoneta hincada en tierra el reducido cabo de vela acababa de consumirse entre agónicos estertores.

—Ya entiendo lo que quieres. ¿Deseas que lo apague?

Se enderezó hacia la vela. Joséphine aprovechó para soltarse y retroceder hasta el tabique de tela. Tenía los senos y los muslos desnudos. Se había llevado con ella el fajín, y ahora les separaba un reguero de flores de lis.

—Quiero que me dejéis —dijo con sorda energía—. No me amáis.

Él se la quedó mirando, jadeante.

—¿Y qué sabéis vos?

—En tal caso, demostrádmelo.

—No pido más que eso, querida mía.

—Demostrádmelo..., haciendo que esas mujeres regresen a su casa.

Por los ojos de Charette pasó un relámpago de cólera. Luego, sonrió.

—No —dijo.

Después añadió:

—No se despide a los compañeros de armas. Sois muy tonta al pedirme algo semejante.

—No me amáis. ¡No os acerquéis a mí! ¡Gritaré hasta quedarme sin voz!

—Por este bosque no hay muchos gendarmes.

—Pero están vuestras mujeres. Os cubriré de ridículo. Alguien se habrá resistido al irresistible Charette.

El irresistible Charette volvió bruscamente la cabeza, y escuchó. La lechuza gritó por segunda vez. Tras un intervalo regular de tiempo, se la oyó ulular por tercera vez.

—Algo va a pasar —dijo Charette—, pero no será entre nosotros. Todo el mundo os creerá mi amante, y no lo seréis hasta la próxima noche. Vuestra resistencia nos proporcionará un recuerdo más.

Se deslizó hacia la entrada de la tienda y sacó la cabeza. Joséphine oyó hablar en voz baja. Charette dijo:

—Me lo temía. ¡Todo el mundo a caballo!

Y, luego, volviéndose hacia ella, añadió:

—Los Azules.

En los bosques había brotado todo un pueblo de sombras. Los caballos relinchaban. Desde las carretas, saltaban al suelo soldados medio dormidos. Se oía una sucesión de órdenes concisas. Guerreros calzados con zuecos pisoteaban las rojas cenizas de las hogueras.

—Objetivo, el bosque de Tourvois —le explicaba Charette a sus oficiales, cubiertos con una capa roja.

Después se dirigió a las amazonas, que acababan de enjaezar a los caballos.

—Amigas mías, voy a exigir un tributo de vuestra coquetería. Mi última conquista sólo tiene un camisón. Mademoiselle de Voyneau, os impongo la contribución de un par de botas, puesto que tenéis varios. A Madame de Monsorbier le resultará un placer sacrificar su viejo traje de amazona, el de color violeta. Mademoiselle de Couëtus, medias y una enagua. Mademoiselle de La Rochette, un sombrero. Y tú, Madeleine, tú tienes dos pistolas. ¡Pues bien, te vas a quedar sin una de ellas!

El reducido ejército de Charette fue abandonando lentamente el cobijo de los árboles, y se estiró a través de los campos, por entre los jirones de niebla.

Al cabo de una hora, cantó el primer gallo por entre las pálidas tinieblas de la campiña.

Charette cabalgaba con el pelotón de retaguardia. Había conservado a las amazonas a su alrededor. Joséphine avanzaba entre ellas, vestida como las demás, con el emblema del Sagrado Corazón sobre el pecho.

—¿Veis ese cercado de manzanos? —le preguntó Pfeiffer a Charette.

—Lo veo, pero las manzanas no han crecido todavía. Antes de que su dueño coja una y pueda morderla habrá corrido mucha sangre por la Vendée.

—Se me antoja que la que habría que hacer correr primero es la sangre del dueño, mi general. Le conozco. Se llama Ripoche.

—El nombre es tonto, pero eso no es motivo suficiente.

Los cascos de los caballos resonaban secamente sobre el estrecho sendero, endurecido por el frío de la noche.

—Se llama Ripoche, y hace unos días le dijo a un muchacho de Léger: «Antes estaba a favor de Charette, pero ahora me asquea. Ya no pelea por nosotros, sino por su honor. Y su honor nos cuesta muchos males. Si pudiera entregarle, lo haría, y tendríamos paz.»

Charette detuvo el caballo. El amanecer comenzaba a colorear el paisaje. Varios gallos se contestaban entre sí.

—Sí, mi general —repitió Pfeiffer—. Eso dijo.

—Se equivocaba. Pero, a pesar de lo que se diga, no me gusta matar al azar. Puesto que les llevamos ventaja a los Azules, vamos a aprovecharla. Ve a buscarme a la carreta los capotes y los sombreros de los republicanos que matamos ayer por la cañada.

Las amazonas se habían detenido.

—François —dijo Mademoiselle de la Rochette—, adivino por vuestro rostro que vamos a divertirnos.

—Podría ser.

Charette indicó con un gesto a Pfeiffer, L'Espinay y la Trésorière, que se pusieran la vestimenta republicana. Él mismo se puso uno de los capotes, y le abrochó el cuello de forma que ocultara la parte inferior del rostro.

—Y vos, señoras, no os aproximéis hasta que él grite. Antes, podríais ponerle sobre aviso.

Atravesaron a pie un pequeño huerto en el que refulgían las coles a causa de la blanca helada. Un perro empezó a ladrar. Charette apresuró el paso.

—Se ve una luz —gruñó Pfeiffer—. Ese hombre nos espiaba.

Fue él quien llamó a la puerta de la casa, pequeña y baja, con un pesado techo de paja.

—¡Media Brigada número noventa y dos del ejército republicano! ¡Abran! —gritó.

Al roce de la barra de madera que aseguraba la puerta por el interior, siguió el tintineo del picaporte, y la puerta se abrió. Apareció la cabeza de un campesino, de bigotes amarillentos, ojos brillantes y cabellos largos, bien iluminados por una lámpara de aceite que el hombre llevaba en la mano.

—No tengas miedo —dijo L'Espinay—. No te haremos ningún daño, si contestas como es debido.

—No he hecho nada ciudadano. ¿Qué me queréis? —balbuceó Ripoche.

Charette se había quedado unos cuantos pasos más atrás, y, enronqueciendo la voz, preguntó ahora:

—¿Sabes si Charette ha pasado esta noche por aquí? Andamos persiguiéndole.

El hombre vaciló. Sus ojos se estrecharon. Desde el fondo de la casa, una asustada voz de mujer chilló:

—¡Por el amor de Dios! ¡Cállate! ¡Acabarás de meterte en donde no te llaman!

El hombre se santiguó.

—Por el amor de Dios y la paz de los hombres, sería necesario que ese Charette desapareciera..., o seremos nosotros quienes iremos desapareciendo, unos tras otros.

—Una buena idea, amigo mío —se mofó Charette—. Pero lo que te pedimos es información, no ideas.

El hombre se volvió hacia la parte de la oscuridad de donde brotaban sin cesar los ladridos del perro.

—¡Cierra la boca, Loupiot!

Y, luego, en voz más baja, y sin mirar a quienes tomaba por oficiales republicanos, dijo:

—Vais tras sus talones. Acaba de pasar con su banda. Como máximo, estarán a media legua. Pero van de prisa y conocen la región.

—¿Conoces tú también la región? Debes de suponer hacia qué escondrijo va ahora, ¿verdad?

—Tengo alguna idea.

La voz chillona se dejó oír nuevamente.

—¡Cállate, Pierrot! ¡Cállate! ¡Nunca se saca nada bueno de hablar de los asuntos importantes!

El hombre cuchicheó:

—Su madriguera es el bosque de Tourvois. No toméis por el camino general, porque es siempre lo mismo: los vendeanos se quedan en los bosques, y los Azules siguen por los caminos. No hay modo de que termine la guerra. Avanzad hasta la cruz que tiene un brazo roto. Seguid por el caminillo de la izquierda. Pasad el declive de las Hermanas. Tendréis delante, el bosque.

—¿Y tú conoces bien ese bosque?

—Estuve allí por la Epifanía.

—¡Pues bien, no volverás, ni por Cuaresma ni jamás!

Charette dio un salto, y agarró al campesino por el camisón. Le atrajo hacia sí y le tiró contra la pared de la casa. Le arrancó de la mano la lámpara y la aproximó a su propio rostro, tras haber entreabierto el capote republicano.

Los ojos del campesino se habían dilatado de terror. Contempló el rostro feroz del general, el fajín de flores de lis, la cruz bordada en oro que brillaba sobre el chaleco. Tuvo tiempo de descifrar el lema que la rodeaba: «Vosotros que os quejáis, considerad mis sufrimientos.»

—Amigo mío, te declaro muerto, en nombre de Dios y del rey —dijo Charette.

Dio un paso hacia atrás y el hombre empezó a aullar.

Entonces, entre un tumulto de telas, las amazonas penetraron en la vaga zona iluminada.

—¿Ha cometido traición? —preguntó una voz clara.

—No hablemos más de él —dijo Charette, volviéndose hacia Pfeiffer—. Adelante.

Pero, cuando Pfeiffer sacó del cinto una pistola, L'Espinay le detuvo con un juramento.

—¿Estás loco? ¡No podemos derrochar pólvora!

Y sacó el sable. El desgraciado Ripoche se apretaba, crispado, contra la pared, como si la sostuviera él solo. Los otros vendeanos, a excepción de Charette, imitaron a L'Espinay. Brillaron tres sables.

Se oyó un grito de Joséphine:

—¡Dios mío!

Los tres hombres estorbándose mutuamente, alcanzaron a Ripoche con tan poca fortuna, que el pobre hombre, que daba vueltas entre los golpes, sólo quedó ensangrentado.

—Daos prisa —dijo fríamente Charette, que seguía alumbrándose con la pequeña lámpara—. Se está haciendo de día y nuestros hombres están lejos. Y mientras nosotros nos divertimos, los Azules se aproximan.

Acuchillado por todas partes, chorreando sangre, con una máscara roja en lugar de rostro y una mano cortada por el nacimiento de los dedos, el hombre, que había caído de rodillas, seguía retorciéndose, pero de su boca no salía más que un estertor, en lugar de los gritos que su jadeante pecho intentaba enviar hacia su garganta.

—¡Pierrot! ¡Pierrot! —gritaba la voz de la mujer.

El cuerpo convertido en un montón de muñones, quedó tendido, encogido, sobre la tierra batida.

La mujer se recortó durante unos instantes en la abertura de la puerta y, luego, se lanzó sobre él. Ahora era ya casi de día. El amplio camisón blanco de la mujer se iba tiñendo de rojo. Abrazaba el cadáver y le tapaba casi completamente.

—Basta de tonterías —dijo Charette—. ¡En marcha! Ya es tiempo de partir.

Y el pequeño pelotón atravesó el huerto. Los caballos esperaban en el camino. Montaron. Persistían los gemidos del perro, que le aullaba a la muerte, atenuados, poco a poco, por el ruido de la cabalgata y la distancia.

—¿Y bien? —le preguntó Charette a Joséphine.

—Por favor, no me digáis nada. Dejad pasar un rato.

Dejó que su caballo fuera aminorando el paso.

Poco a poco, las amazonas y los últimos jinetes la dejaron atrás. Un pálido rayo de sol filtró por entre la niebla. Una detonación la sobresaltó. Joséphine miró a su alrededor. Sonaron nuevos disparos. Lanzó su caballo al galope.

Apenas lanzó un leve grito cuando su caballo, asustado, se encabritó y la derribó.

El general republicano había lanzado sobre un escabel su bicornio adornado con un penacho. Se paseaba con pasos largos y tranquilos, el sable colgando del costado. De vez en cuando, se paraba frente a la ventana y contemplaba el patio de la alquería donde se alineaba una perspectiva de haces. Pasaban los soldados llevando forraje. Al fondo, unos jinetes limpiaban sus caballos.

—Bien, ¿habéis pasado ya en limpio esa carta?

El secretario del Estado Mayor, inclinado sobre una mesa demasiado pequeña para él, y provisto de una enorme pluma de oca, colocaba con aire ávido los últimos signos de puntuación.

—Ya está lista, mi general. Sólo falta que la firméis.

—Leédmela.

El secretario se aclaró la voz, y dijo:

«Ejército de Vendée, II de Ventoso, año IV de la República Una e Indivisible, Cuartel General en la alquería de la Renaudière. El general en jefe de los ejércitos republicanos al general Charette.

«Ciudadano general:

»Al recibo de la presente, os hallaréis sin duda recorriendo los bosques con vuestro acostumbrado valor, pero con menos soldados que de costumbre. Habéis roto la paz de Nantes. Los campesinos de la Vendée no os han seguido en esta nueva guerra. Las tropas que habéis reunido, por valerosas que sean son numéricamente escasas y carecen de municiones y suministros. Vuestra derrota es segura, a pesar de sus cualidades y las vuestras. Ya ha corrido demasiada sangre. Deponiendo las armas salvaríais a los últimos supervivientes. No podéis esperar ya la victoria, y yo puedo ofreceros una paz honrosa. Vuestros soldados podrán regresar a sus hogares. No se les persiguirá en modo alguno, ni ahora ni en el futuro. Los prisioneros que retengo serán puestos inmediatamente en libertad. En cuanto a vos, ciudadano general, tan pronto me hayáis notificado el licenciamiento de vuestras tropas, podréis elegir entre los siguientes destinos: o marcharos a Suiza, escoltado por un destacamento de caballería, y residir en el cantón que consideréis conveniente, o embarcar hacia Jersey con el séquito y el equipaje que deseéis. Vuestros bienes no serán confiscados, sino administrados en provecho vuestro, y lo que produzcan os será enviado al extranjero por vía diplomática.

«Espero una respuesta rápida. Esta semana debe ser decisiva. Es importante que me notifiquéis inmediatamente vuestra conformidad. De lo contrario, proseguiré hasta el fin con la extinción de la insurrección vendeana, y no podré evitar que los rigores de las justicia republicana caigan sobre vuestros prisioneros.

»¡Viva la República!»

El secretario le tendió la pluma, y el general firmó, con su letra grande: Hoche.

Luego, se volvió hacia una forma que la penumbra de la sala no permitía distinguir bien. La forma se puso en pie. Se recortó contra las enormes cacerolas de rutilante cobre escalonadas junto al hogar, y al aproximarse a la ventana se vio que se trataba del abate Guesdon.

—¿Lo habéis oído, ciudadano cura? Sólo tenéis ya que encontrar a Charette y entregarle esta carta, puesto que la aprobáis.

—Le encontraré.

—El general Charette es muy pasional —siguió diciendo Hoche, con lentitud—. No sé cómo tomará esta proposición, ni cómo tratará al mensajero. Os recuerdo que fuisteis vos quien se ofreció.

—Sí, mi general. Me ofrecí yo y me sigo ofreciendo. En otros tiempos, serví a la causa del rey, pero la causa de Charette es hoy solamente la de un fanático que lucha solo. Ayer, se llevó de mi pueblo a diez jóvenes. Hirió a uno de mis mejores campesinos. Al impedir a vuestras tropas que incendiaran nuestro pueblo, habéis dado ejemplo de apaciguamiento, mi general. Quiero unir mis esfuerzos a los vuestros. No sé cómo me recibirá Charette, pero sé que sirvo a Dios y a mi provincia.

Hoche había escuchado con calma el prolongado parlamento. Sus largos cabellos rubios destacaban contra la corbata negra y apretada que le hacía alzar la barbilla. La mirada azul y enérgica estaba clavada en el sacerdote. Con la punta de la bota daba golpecitos sobre las baldosas.

—Eso está bien, ciudadano Guesdon —dijo brevemente—. Os pondréis en marcha a primera hora de la tarde. Hasta entoces, quedáis en libertad.

—No estoy libre, mi general. Vuestros hombres me detuvieron en mi aldea bajo el pretexto de colaboración con el contrarrevolucionario Charette. Quiero permanecer con los otros prisioneros hasta mi partida.

—¡Eh! —gritó Hoche.

Apareció el centinela que montaba guardia en la puerta.

—Vuelve a llevar al ciudadano al desván.

—Sí, mi general. Pero ahí vienen otros prisioneros. Les llevaré juntos.

Entró un grupo de vendeanos, empujados por soldados. De entre ellos, algunos se ofrecían por sí mismos a la venganza de los Azules, a causa de los pañuelos rojos que llevaban anudados a la solapa de la chaqueta, al cuello, a la cintura, en torno al sombrero. Llevar una tela roja significaba pronunciarse en favor de Charette, o, por lo menos, contra la República.

Agotados de cansancio, los hombres se apoyaron en los grandes cubos alineados cerca de la puerta, e intentaron, maquinalmente, llegar hasta la alta chimenea, donde crepitaba un buen fuego de leña menuda, que ponía reflejos en las medidas de estaño colgadas sobre el hogar.

—Os gusta el fuego, ¿eh? —gruñó uno de los republicanos—. Si pudierais, nos asaríais los pies, ¿verdad, carroñas? ¡Vamos! ¡Subid, piltrafas!

El abate Guesdon abrió los brazos, asombrado.

—¡Oh! ¡Señora!

En efecto, entre los vendeanos caminaba Joséphine de Grégo. Uno de los soldados republicanos se volvió hacia Hoche.

—¡Hemos cogido a una de las amazonas de Monsieur de Charette! ¡Se cayó del caballo y no consiguió volver a montar!

—Ya basta —dijo Hoche—. Que la traten bien.

No había podido evitar aproximarse a la prisionera, y la miraba con atención. Joséphine sostuvo aquella mirada. Su traje de amazona estaba manchado de barro y los mechones de su cabello, revueltos; pero se irguió, sintiéndose hermosa bajo semejante mirada.

El desván era una habitación larga con el maderaje visible cubierto de telas de araña. En un rincón se secaban nueces y manzanas. Habían echado paja sobre el suelo. Los vendeanos se habían tendido sobre ella. Algunos iban con los pies desnudos. Muchos dormían, con los grandes sombreros redondos sobre el rostro.

—Señora —dijo el abate Guesdon, ayudando a Joséphine a acurrucarse en la paja—, ¿cómo explicáis esta vestimenta! ¡La de las amazonas de Chare-tte! ¡Pero, si ayer por la mañana...!

—Ayer por la mañana, vinisteis a visitarme al castillo. Es cierto, padre. Y os prometí que bordaría una sabanilla para el altar, además. Pero los Azules quemaron anoche mi castillo. Yo huí. Monsieur de Charette me recogió, y, nada más unirme a sus tropas, me he dejado coger.

—Vuestro castillo no se quemó del todo, señora. Sólo una parte de ala izquierda. El general Hoche llegó inmediatamente y obligó a sus soldados a apagar el fuego.

—No os entiendo. ¿Queréis que bendiga a los republicanos? Creía que estabais tan preso como yo.

—Y lo estoy, pero...

Y añadió:

—¿De modo que también a vos os fascina Charette?

Ella no contestó y mantuvo la cabeza hundida en la paja.

—Quien esgrime la espada resulta más seductor para las mujeres que quien pide la paz —siguió diciendo el cura.

—Sé que la guerra es horrible —musitó Joséphine—. ¡Ese cuerpo atravesado por las espadas, al amanecer, frente a la granja! ¡Y la mujer desmoronada, encima! ¡Y el perro!

—No os entiendo muy bien, pero la imagen que evocáis es bien conocida por estos desdichados campos. ¿Y por qué? Porque no ha habido nadie que le diga a Monsieur de Charette: vuestra guerra está perdida ya, detenedla.

—No es él quien quiere la guerra, sino esos horribles hombres a quienes vos defendéis.

—Acabo de hablar con uno de esos hombres horribles, el general Hoche. Quiere la paz, y me envía a que se la proponga a Charette.

—¡Vais a reuniros con Charette!

—Dentro de unas horas.

—Os envidio.

—¿Me envidiáis porque le llevo una proposición de paz?

—Os envidio porque vais a verle. A mí me matará esta gente, y ya no le veré jamás.

No gemía ni sorbía por la nariz, pero por sus mejillas habían comenzado a correr las lágrimas.

—Vais a verle, y yo no le veré ya nunca. Decidle... que le quiero.

—Los mensajes de amor cuadran bien con los de paz, señora. Quizá pueda encargarme de transmitir éste sin pecar. Pero...

Joséphine no pudo reprimir los sollozos que agitaban ahora su pecho.

—Temo que no me haya comprendido. Yo le quería. Le quiero. ¡Oh, Dios mío! ¡Cómo amo a ese hombre...! Por eso me negué. Un amor como el mío, súbito, total, no podía conformarse con el reparto que me ofrecía. Le amo y me ama..., ni más ni menos que a las otras.

Alzó la cabeza e intentó sonreír.

—Antes, mientras los soldados me maltrataban por el camino, he recordado los versos de Racine que buscaba desde ayer, «Encantador joven, llevándose tras de sí todos los corazones...» ¡Oh, demasiados corazones! ¡Charette!

Se cubrió el rostro con las manos.

—Señora —dijo el cura—, sois viuda. Y viuda de un marido a quien no llegasteis a conocer. Vuestra desesperación me conmueve, y vuestro amor no es culpable. Si he entendido bien, sufrís a causa del interés que Monsieur de Charette siente hacia ese grupo de mujeres que...

—Sí, sufro...

—Vuestro sufrimiento es muy leve comparado con los que aquejan a la desgraciada Vendée. Pero, al igual que éstos, el vuestro terminaría también con la guerra. Hoche le ofrece a Charette un salvoconducto para Inglaterra o para Suiza. Sus damas, que son ante todo vendeanas, no le seguirán. Vos podríais ser su última amazona, la de la paz..., si me ayudarais.

Reflexionó y siguió diciendo:

—Creo que Charette se mostraría sensible al buen comportamiento de Hoche, si éste le devolviera a su capturada amazona... Vos apoyaríais mi causa, la del sentido común y la caridad.

Joséphine se había enderezado.

—¿Os permitiría Hoche llevarme?

El sacerdote hizo un gesto con la cabeza.

—¡Y convenceríamos a Charette! ¡Y nos marcharíamos él y yo! ¡Oh! ¡Qué hermosas deben ser Suiza e Inglaterra con él, sola con él!

—Pronto florecerán los manzanos —musitó Joséphine.

El pequeño carricoche avanzaba por entre los setos bañados por un sol primaveral. Joséphine llevaba las riendas. El abate Guesdon leía el breviario. Lo cerró.

—Los vendeanos, al igual que los republicanos, saben cortar las ramas de los árboles frutales. Esas flores sólo darán fruto si conseguimos convencer a Charette... Mirad, es ahí donde hay que dejar el coche.

La pendiente era abrupta, por entre el bosque de pinos. Joséphine resbalaba sobre la alfombra de agudas agujas. El cura se detenía de vez en cuando.

—Quisiera ser puro, que mi vida hubiera sido la de un santo. Así, convencería a Charette. Pero la revolución ha enturbiado nuestra existencia. He tolerado la sangre, he pecado. Dios puede borrarlo todo. Puede darme un poder del que no soy digno. ¿Creéis en la Gracia?

Joséphine se encogió de hombros y siguió caminando, recogiéndose su larga falda violeta de amazona.

—Jansenio fue condenado por creer que hay criaturas que poseen la Gracia, y otras que no —prosiguió diciendo el cura—. Cuando me enfrente a Charette, sólo podré rezar: Dios mío, haced que yo tenga la Gracia.

Se detuvieron en pleno bosque ante una hornacina baja, de piedra, que contenía una pequeña estatua de la Virgen, de madera pintarrajeada.

—Quizá debierais recoger algunas prímulas. Mientras tanto, yo dirigiré una última oración a la Virgen. Y vuestro ramo de flores perfumará mi torpe plegaria.

—Ya no es tiempo de rezar —dijo secamente Joséphine—, y mis manos no son lo bastante piadosas como para hacer ese ramo. Vos queréis la paz, padre. Yo quiero el amor.

—¡No disparéis! —gritó el abate Guesdon.

Dejó de oírse entre la maleza el roce que le había sobresaltado. A continuación, apareció una anciana. Iba cubierta con una especie de manta parda y llevaba medias de lana roja: el rojo de la rebelión vendeana.

—Es posible que me conozcáis —siguió diciendo el cura—. Soy el párroco de la parroquia de Grégo, y vengo a ver al general de Charette. La señora y yo estamos solos.

La vieja se los quedó mirando; vio, sobre el pecho de Joséphine, el corazón llameante. Desvió la mirada, y como si ésta hubiera sido una varita mágica, hizo brotar de detrás de un matorral a un niño igualmente andrajoso. La vieja le mostró el camino con el dedo.

El niño echó a correr delante de Joséphine. De vez en cuando, se detenía y cantaba con voz clara, desafinando:

Adelante, amigo, adelante

Sale la luna...

—Hemos tardado tan poco en perderos, como en volveros a encontrar —dijo Charette.

Examinó a Joséphine con aquellos ojos profundamente hundidos en las órbitas. Estaba sentado en un tronco, bajo un rayo de sol. Se había quitado la casaca, y el chaleco rojo contrastaba con la tela blanca de la camisa. Con una baqueta, limpiaba metódicamente el cañón de la pistola.

Con un gesto, le indicó a Joséphine que se aproximara. Cuando estuvo a un paso de distancia, tocó con la punta del dedo el emblema del Sagrado Corazón.

—¡Intentasteis descoserlo cuando los Azules os capturaron!

—No —dijo Joséphine—. Fueron los Azules quienes probaron a arrancármelo. Y resistió.

—¿Habéis huido?

—Me han soltado.

—¿Os han...?

—Hoche.

—Habéis sabido gustarle.

—Le he prometido gustaros a vos.

—Es muy bueno.

—Es mejor de lo que uno cree. Os ofrece la paz.

Joséphine se volvió hacia el sacerdote, que no se había movido.

Sólo se agitaban imperceptiblemente sus labios, como si recitara una plegaria.

—¡Señoras! —gritó Charette, llamando a las amazonas—. ¡No os inquietéis! Si os capturan, no os fusilarán. Os enviarán de nuevo a mí, por miedo a que os eche de menos.

Las amazonas lavaban ropa interior, en cuclillas junto a la orilla de un pequeño arroyo que corría por detrás del tronco. Tenían las faldas levantadas y dejaban ver las rodillas.

Madame de Monsorbier se levantó y se aproximó a Charette, sin dejar de retorcer una camisa. Las tres cruces bordadas en rojo que tenía sobre el pecho indicaban que la camisa pertenecía a su amante, además de a su general. Tras ella avanzaron las demás amazonas, secándose maquinalmente las manos sobre las caderas, con el gesto propio de las lavanderas.

—Mi general —dijo el sacerdote con voz temblorosa—, he aquí una carta que el general Hoche nos ha encargado que os entreguemos.

Charette la abrió con el canto de la mano y la recorrió con la mirada.

—¡Vosotros! ¡Acercaos! —gritó.

Los caballeros de su Estado Mayor, que limpiaban las armas o los caballos, dieron algunos pasos hacia su general. La mayoría iba en mangas de camisa; algunos, que se estaban afeitando, aún tenían en la mano la navaja, y llevaban el chaleco desabrochado.

—Me proponen que os abandone. Me tratarán a cuerpo de rey en Suiza o en Inglaterra, donde prefiera. Tendré derecho a una escolta y a una renta, y vosotros, al perdón. Supongo que no tenéis más ganas de que os perdonen que yo de que me mantengan.

Se echó a reír.

—Ese general Hoche es muy cortés, y merece igual cortesía. Voy a proponerle que deponga las armas, y un puesto de palafrenero en mis tierras. Su padre era palafrenero, ¿no es cierto? Y yo creo es la tradición. Enjaezará vuestros caballos, señoras.

Las amazonas rieron.

—Hoche tiene miedo —dijo Pfeiffer—. Sí, mi general. Es preciso que tenga mucho miedo para que nos proponga esto. Esa gente sólo sabe pelear a golpes de guillotina, y la guillotina no sirve de nada a campo traviesa.

El menudo sacerdote dio algunos pasos más hacia Charette. Éste, al recobrar de nuevo conciencia de su presencia, le tiró al rostro la carta de Hoche.

—Id a decir a vuestro amo que Monsieur de Charette sólo viaja con sus tropas, y que la menguada flota de la República no cuenta con suficientes navios para transportarle a Inglaterra, junto con sus soldados.

—Por desgracia para vos, bastaría con el más pequeño de sus barcos —dijo fríamente el abate Guesdon—. Mirad a vuestro alrededor.

El rostro de Charette se descompuso durante un segundo, a causa de la cólera.

—Por el momento, miro frente a mí. Y sólo veo a un cobarde, a un traidor.

—En efecto, soy un cobarde, porque no puedo evitar temblar ante vos. Pero mi causa es justa. Hace un año, hubierais podido hablar de vuestro ejército, mi general. Vuestros hombres se contaban por decenas de miles. Todo el país era vuestros hombres. No había ni una sola alquería en la que no se esperase vuestra señal. Hoy, no hay ni una alquería en la que no se tapen los oídos para no escucharla. Para reclutar a un muchacho, os veis obligado a amenazar de muerte a sus padres. En nombre del rey, decís. Y el rey hace caso omiso de vos. Esta mañana, han venido tres de vuestros tenientes al acuartelamiento del general Hoche, para rendirse voluntariamente. Estaban hartos, y también sus tropas.

—¡No es cierto!

—Lecouvreur, jefe de la división de Légé; Guérin, jefe de la división de Vieillevigne; y Monsieur de la Robrie.

Entre los oficiales se oyó un sordo rumor.

—¡Les condeno a muerte! —gritó Charette.

—Es lo único que os queda ya —acabó diciendo con voz ahogada el sacerdote— Muerte es la última palabra que podéis pronunciar. Ya no hay esperanza para vos. Sólo buscáis arrastrar la mayor cantidad posible de vidas al abismo al que os enorgullecéis de lanzaros. Si queréis perecer por honor, tened, por lo menos, el honor de morir solo. Y lo que yo me atrevo a decir es lo que piensan los hombres que os rodean.

Charette se decidió a mirar a su alrededor.

—¡No es verdad! —gritó la pequeña Madeleine Tournant.

—He dicho los hombres —dijo el cura.

Los oficiales tenían un aire grave, y sus rostros resultaban impenetrables.

—¿Hay alguien que piense como pretende este cura? —preguntó Charette con suavidad.

Sopesó el silencio y se volvió hacia el abate Guesdon.

—He dicho que lo pensaban —dijo éste, con temblorosa calma—, no que fueran a admitirlo.

—Cuando os he visto llegar, he creído que Mademoiselle de Grégo pretendía casarse conmigo, y que me traía a su capellán —dijo Charette, controlándose e intentando sonreír—. Después, al darme esta carta, pensé que al haceros prisionero los Azules les habíais hecho la corte, y que os contentabais con haber salido bien librado representando el papel de correo. Pero, ahora, ya sé a qué atenerme. Habéis traicionado a vuestro rey y a vuestro Dios. Esperabais poder asustar a mi Estado Mayor. ¿Cuánto os ha pagado Hoche, mi pequeño Judas?

—Me ha dado mucha esperanza, mi general.

—No me gusta atravesar a los clérigos de un sablazo. ¿Estáis de acuerdo conmigo en que es preferible colgarle, caballeros? Por benévolo que sea mi carácter, no veo qué otra cosa pueda hacerse con su menuda osamenta. ¡Qué pálido estáis, padre!

—Estoy pálido, y temo no poder reprimir mis gemidos —tartamudeó Guesdon.

Charette se volvió hacia Pfeiffer, que tenía el rostro muy colorado bajo los cabellos excesivamente claros y golpeaba el suelo con el pie.

—¿Eliges la rama? —preguntó en tono impaciente.

Entre los hombres se produjo una imperceptible vacilación.

—Hubiera querido que me escuchara un sacerdote, antes de morir —dijo Guesdon.

—Nuestro último capellán ha muerto. Tú hubieras podido sustituirle.

—¡Has preferido la traición, padre! —gritó Madame de Monsorbier—. ¡Tanto peor para ti!

Las miradas se volvieron hacia un árbol cercano. Pfeiffer se había encaramado a una de las ramas y había colgado una cuerda. El cuello de Guesdon se torció, y una mueca de terror le contorsionó el rostro. Tropezó cuando le agarraron los dos soldados a quienes Charette había hecho una señal.

—¡Es repugnante! —dijo Mademoiselle de Voyneau—. ¡Habrá que arrastrarle!

El terror no había desaparecido del pálido rostro de Guesdon, pero, mientras avanzaba penosamente entre sus dos guardianes, comenzó a entonar la plegaria de la Buena Muerte con voz tranquila y casi profesional.

—«María, sin pecado concebida, rogad por nosotros, que acudimos a vos...»

Se interrumpió. Las amazonas habían cesado de mofarse. Algunos oficiales se quitaron el sombrero. El sordo murmullo de los campesinos soldados contestó al sacerdote:

—«Oh, Refugio de Pecadores, Madre de los Agonizantes, dignaos no abandonarnos en la hora de la muerte.»

En el silencio que siguió, se oyó nuevamente la voz de Guesdon, ahora más firme:

—«Alcanzadnos un dolor perfecto, una contrición sincera, el perdón de nuestros pecados...»

Había llegado bajo la cuerda. Charette le había seguido. Los soldados se apretujaban en torno a ellos, con rosarios en las manos y santiguándose. Cuando los dos hombres alzaron al sacerdote del suelo para pasarle la cabeza por el nudo, Charette gritó:

—¡Glandlande!

Un hombre muy joven se destacó de entre los presentes. Llevaba en la cabeza un pañuelo de tela roja, que le hacía parecer un adolescente que se hubiera disfrazado de bandido. Pero, a pesar de todo, llevaba las insignias de teniente.

—Quítale el sombrero al señor cura, que molesta —dijo brevemente Charette.

El joven ejecutó la orden, con los ojos agrandados ante el horror de su sacrilegio.

Charette prosiguió con el responso:

—«Para que podamos presentarnos ante el trono de Dios, Nuestro Redentor, Juez justo, pero misericordioso.»

La sotana emitió un susurro cuando el cuerpo, abandonado al nudo corredizo, colgó en el aire y empezó a balancearse.

—¡No! —aulló Joséphine, agarrándose a Charette.

Éste la rechazó con tanta violencia, que Joséphine cayó al suelo; Charette se santiguó.

—Así sea.

Y las otras voces repitieron.

—Así sea.

Al regresar lentamente hacia el arroyo, Charette se encontró frente a Joséphine, que se había levantado ya. Pequeñas ramitas seguían pegadas a su falda. Le miraba fijamente.

—Habéis cometido un error al mezclaros en este asunto —dijo Charette—. Sólo pido a mis mujeres que hagan bien el amor y la guerra. Como castigo, os retiro durante ocho días el derecho a llevar el emblema del Sagrado Corazón.

—Es como retirármelo a perpetuidad —dijo Joséphine en voz baja—, porque, dentro de una semana, aquellos de vuestros hombres que no hayan desertado estarán muertos, o habrán sido hechos prisioneros. Y vos lo sabéis. Igual que sabéis que también vos estaréis muerto o preso.

No lloraba, pero sus ojos se habían agrandado y parecían húmedos.

Charette la observó con interés. Sus compañeros no se atrevían a aproximarse a ellos.

—De tanto hacer la guerra habéis olvidado las dulzuras de la paz —siguió diciendo Joséphine—. Nos habríamos marchado los dos.

Las lágrimas corrieron por fin.

En el rostro brutal de Charette había cierta dulzura. Se mordió los labios, y, maquinalmente, se llevó la mano a la solapa del traje, acariciando con la punta de los dedos el lema: Vosotros, que os quejáis, considerad mis sufrimientos.

La descarga de fusilería estalló en el extremo del bosque y, al mismo tiempo, se oyeron los gritos de: «¡A caballo! ¡A caballo, muchachos! ¡A las armas!»

—Es la primera vez que los Azules nos encuentran en el bosque de Tourvois —gruñó Charette, recogiendo la pistola que había dejado sobre el tronco—. Pongamos pies en polvorosa; este sitio es bueno para esconderse, pero malo para pelear.

Pfeiffer apareció, jadeante.

—¡Hemos sido traicionados! —gritó.

Los oficiales, que habían montado ya a caballo, se volvieron hacia él.

—Latrique estaba en el lindero. Ha oído a los Azules. El capitán les gritó: el carricoche de la mujer y el cura está ahí. Los chuanes están detrás.

—¡Es ella! ¡Es esa sucia perdida! —aulló Mademoiselle de Couëtus; y sus finas facciones se habían convertido en las de una ménade.

Las acusaciones se sucedían.

—Ayer, apenas acababa de llegar ella, atacaron los Azules.

—¡Esta mañana, se ha dejado apresar a propósito!

—¡Está de acuerdo con Hoche!

Todas las bocas lanzaron un solo grito:

—¡A muerte!

Joséphine retrocedió. Había llegado al borde del arroyo, sin verle. Tropezó en la orilla. Se le enredó la falda con los matorrales que bordeaban el arroyo, y tuvo que luchar para no caer al agua.

—¡Yo me encargo de ella! —gritó Mademoiselle de La Rochette, saltando del caballo.

Había desenvainado el sable y se dirigía lentamente hacia Joséphine.

Charette las contemplaba, impasible, como indiferente. Fue Pfeiffer quien contuvo a la amazona.

—Dejádnosla, señorita. Yo me quedo aquí con mis muchachos, formando la retaguardia. Nos distraerá durante un rato. Los hombres lo necesitan. Y os prometo que la mataremos cuando huyamos.

Mademoiselle de La Rochette se echó a reír y volvió a envainar el sable.

—Buena idea. Así habrá servido para algo. Pero el Sagrado Corazón no se ha hecho para las prostitutas.

Había agarrado a Joséphine y la había arrancado del matorral de retama al que se sujetaba. La cogió por los cabellos y la hizo caer de rodillas Luego, con la otra mano, empezó a tirar del sagrado trozo de tela. El hilo resistía. Mientras tiraba, comenzó a propinar bofetadas a Joséphine. Dos amazonas más se unieron a ella, y empezaron también a pegarle. La joven se convirtió en un pelele que se pasaban salvajemente de mano en mano.

Charette, inmóvil sobre el caballo, se ataba la faja, aquella gran faja con flores de lis.

Lo que cedió fue el traje. Las mujeres se cebaron en él y arrancaron toda la parte alta del cuerpo y, después, la camisa, y la dejaron sobre la hierba, jadeante, ensangrentada y despeinada, con un seno al descubierto.

—¡Ya veis que somos amables, muchachos! —gritó Mademoiselle de Voyneau, saltando a la silla de su caballo—. ¡Os hemos ahorrado trabajo!

—¡Podéis estar seguras de que lo acabaremos! —gritó Pfeiffer.

Saltó sobre Joséphine, la levantó por los cabellos, y la arrastró hacia la hondonada, donde se había ocultado ya el pelotón de retaguardia.

Por su alrededor pasaban rápidamente jinetes y soldados de a pie, que huían hacia los pantanos, entre el ruido de cascos y zuecos.

Cuando un oficial se detenía, Pfeiffer le gritaba:

—¡Dirección, el bosque de la Muse!

Joséphine permanecía inmóvil. La habían dejado tirada contra un declive cubierto de hierba. Su rostro carecía de expresión, trágicamente encuadrado por los desordenados cabellos. Por sus mejillas corría la sangre. Escuchaba los disparos, que iban menudeando en la linde del bosque.

—No os canséis, muchachos —dijo Pfeiffer—. ¿Está cada cual en su puesto de tiro? Entonces, todo marcha bien. Los Azules nos dejarán respirar. Se hacen los fanfarrones en la linde del bosque, pero van más despacio bajo la enramada.

Uno de los soldados dejó el fusil en posición, con el cañón apoyado en la horquilla de un arbusto, y se deslizó, arrastrándose, hacia Joséphine.

—Puesto que hay oportunidad, que haya un poco de placer —gruñó.

—Pues si va a haber placer, yo también quiero —gritó otra voz.

Joséphine no tuvo fuerzas para levantarse. Contemplaba aquellos cuerpos que iban arrastrándose hacia ella. Los pañuelos rojos, atados sobre la frente, hacían parecer aún más feroces las mejillas curtidas, las barbillas azuladas por la barba y los ojos febriles.

Una boca sofocó el grito que iba a lanzar. Escapó a aquel primer abrazo sólo porque otro vendeando había empujado a su camarada, y oprimía con los suyos los labios de Joséphine.

El joven Glandlande intentó intervenir. Con mirada feroz, pero con barbilla temblorosa, dijo:

—¡Nos ha traicionado! ¡A una mujer así es hacerle demasiado honor encontrarla apetecible!

—¡No os metáis en esto, caballero! ¡No tenéis edad suficiente!

Joséphine había conseguido soltarse.

—¡Matadme!

—¡Ten un poco de paciencia, hermosa!

—No te preocupes, ya nos ocuparemos de eso luego.

—Cada cosa a su tiempo.

Uno de ellos la agarró por el desgarrón del traje, y con un tirón de sus fuertes manos lo rasgó todavía más, desnudándola hasta las caderas.

El crujido de la tela se prolongó en una explosión. Una haya, segada, se desplomó con un crujido metálico. Ya no era un pecho masculino lo que aplastaba a Joséphine, sino un palmo de tierra. Oyó alaridos mientras se debatía contra aquella opresión.

Junto a ella se revolcaba uno de sus agresores, con el rostro destrozado. La tierra absorbía rápidamente su sangre.

—¡No tengáis miedo, muchachos! ¡Dos bombas no caen nunca en el mismo agujero! ¡Quedaos donde estáis y cerrad el pico! Los apuntadores del mortero no deben saber que han dado en el blanco.

Fue Pfeiffer quien lanzó aquella orden. Rodaba de matorral en matorral, obligando a los hombres a recoger las armas de los muertos, y a vaciar en el suyo la pólvora de sus cuernos.

La segunda explosión fue hacia el este del bosque. Joséphine, ensordecida, hizo un último esfuerzo. De pronto, la tierra se desprendió y se sintió libre. Su cuerpo sólo estaba magullado. Los hombres yacían muertos a su alrededor.

Los supervivientes se agruparon tras una pequeña cresta cubierta de árboles. Desde allí, no veían a Joséphine, que se dejó resbalar por entre los árboles jóvenes que cubrían la otra vertiente del bosque. El traje acabó de desgarrarse con los espinos.

Corrió. El suelo se desplomaba a veces con ella. Recuperaba el equilibrio agarrándose a una rama. Descubrió, por entre las hojas, una extensión de verde hierba, un claro donde recuperar el aliento.

Se lanzó hacia allí como si fuera un refugio y se desplomó sobre la hierba, como una nadadora agotada que hubiese llegado, por fin, a la playa.

Volvió a encontrarse en pie antes de haber tenido tiempo de lanzar un grito.

Diez manos la habían levantado. De detrás de cada árbol brotaba un grupo de Azules. En la linde del bosque, al borde de un camino, había un mortero en batería; su boca negra y amplia aún humeaba. Fue lo último que vio Joséphine, antes de desvanecerse.

—¡Lleváosla! —gritó un sargento.

El diminuto pie enfundado en seda se probó unos escarpines rosa; luego, unos blancos; y, luego todavía, otros que también eran rosa y que le encajaban perfectamente. Cuando los pies estuvieron calzados, volvió a caer la enagua, seguida de la falda de satén a rayas rosas y grises.

Joséphine dio entonces unos pasos hacia los cristales de la ventana, a los que los postigos servían de azogue, lo que la permitió contemplarse en ellos. Sus cabellos estaban nuevamente peinados. De su frente partía un corte que se perdía por entre los espesos mechones. Anudó con más gracia, en torno a sus hombros, un pañuelo de puntilla. Su rostro permanecía inexpresivo durante todos aquellos preparativos llenos de coquetería.

No se estremeció cuando llamaron a la puerta de la habitación.

—Adelante.

Se volvió levemente hacia Hoche. El resplandor de la lámpara de aceite hacía brillar los cabellos rubios del general.

Éste dio algunos pasos, y sus grandes botas crujieron sobre el suelo de madera de pino, mal cepillada. Se detuvo frente a la chimenea y expuso los pies al calor. El cuero húmedo comenzó a desprender vapor.

Examinó con una mirada circular la pequeña estancia, con la amplia alcoba cerrada por cortinas de percal de flores negras y rojas, el reclinatorio, el crucifijo colgado de la pared encalada, y, cerca de la ventana, la tina, rodeada de jarros, donde Joséphine acababa de tomar un baño. Al lado, sobre el suelo, yacía el traje de amazona de color violeta... hecho jirones.

—Ciudadana —dijo Hoche—, me alegro de veros tan hermosa.

El rostro de Joséphine no se alteró.

—No se trata de un cumplido banal. Me apenó sinceramente el estado en que os trajeron mis hombres. La muerte del abate Guesdon me ha entristecido. Ha sido un malentendido. Al enviaros con él, como emisarios de paz, mi deber de soldado era hacer que no os siguieran. Ha sido cosa del azar. Lamento que la imprudencia de uno de mis capitanes, que ha atacado sin recibir órdenes mías, haya sido la causa de vuestras desventuras. ¿Me he equivocado al suponer que, por trastornada que se sienta una mujer, un traje nuevo puede consolarla?

En los labios de Joséphine se dibujó la insinuación de una sonrisa. Hoche se contentó con ello.

—Pero, por esta vez, no habrá sido culpa del pillaje de mis hombres... —dijo—. A pesar de todo, hay que desterrar esas costumbres. Quiero que esta guerra sea llevada adelante como una verdadera guerra, y no como una riña entre estranguladores y degolladores. Se ha contestado a los crímenes con crímenes, por ambos bandos... Es una lástima que Monsieur de Charette no haya aceptado mi propuesta de paz. Es muy triste que corra la sangre sin motivo.

Se produjo un largo silencio que no pareció incomodar a Hoche, quien contemplaba pensativo cómo danzaban las llamas. Del otro lado del tabique, sonaban intermitentemente las carcajadas y los gritos de los oficiales, que comían en la estancia común.

—Resultan aún más ruidosos que de costumbre —observó Hoche, con su voz monótona—. Preferiría cenar con vos.

Se quedaron mirándose.

—Pero quizá no os agrade mi presencia.

Ella indicó con un gesto de cabeza que aceptaba.

Unos minutos más tarde, el ordenanza había retirado la tina y los jarros, y dispuesto, entre la chimenea y la alcoba, una mesa de madera, sin mantel, con una bola de pan, un cántaro de vino y una olla humeante.

Ambos se sentaron.

—Os agradezco que hayáis aceptado mi invitación —dijo Hoche con una sonrisa que dejó al descubierto el blanco resplandor de sus dientes, y también la pureza de sus ojos azules.

Joséphine vació su vaso y sonrió también, pero con cansancio.

—No estaba en mi mano rechazarla. ¿No soy acaso vuestra prisionera?

—Tan poco... Una prisionera que goza de la mejor estancia de la alquería, y a quien cuento con poner en libertad en breve. Os enviaré a Nantes, puesto que, desde que creen que habéis traicionado a Charette, vuestra vida corre peligro por estos campos.

—Mi vida...

Joséphine movió la cabeza y se llevó de nuevo el vaso a los labios.

—Bebéis demasiado —dijo Hoche en tono apacible.

—¿Y qué importa eso?

—¿Os sentís muy desgraciada?

—Admitamos que me siento muy desgraciada.

—¿Le amabais? —preguntó Hoche, con la mirada fija en el fuego.

Ella no contestó.

—Debe de ser bastante horrible, en efecto, amar a un hombre, y que él os trate como a una espía, y os entregue a sus soldados, con encargo de mataros, después de haberse divertido con vos —siguió diciendo Hoche.

—No es eso lo que resulta horrible.

Joséphine se había puesto en pie. Hoche volvió dulcemente sus ojos claros hacia ella.

—Lo horrible —dijo Joséphine— es pensar que, en este momento, recorre los bosques con sus mujeres, que le acarician, y que él las abraza, y se tienden sobre camas de heno.

Dios unos pasos y fue a desplomarse bajo el dosel de la cama.

Hoche permaneció, primero, inmóvil; luego, se levantó y fue hasta el lecho. Los duros picos de su cuello abierto encuadraban un rostro regular. Se había desatado el fajín, y la casaca azul y oro se abría blandamente sobre la camisa. Era la viva imagen del soldado desarmado.

Puso una rodilla sobre el borde de la cama, se inclinó bajo el dosel, y cogiendo con suavidad las manos de Joséphine las apartó de su rostro, contra el que ella las mantenía apretadas.

Distinguió en la penumbra los grandes ojos tristes de la joven.

—¿Qué creíais? —dijo ella, con coraje—. ¿Que lloraba? ¡Pues, no! ¡Ya veis que no lloro!

Y añadió:

—Eso le gustaría demasiado a Monsieur de Charette.

—Sólo pensáis en él.

Sus rostros estaban muy cercanos. Los cabellos dorados de Hoche se mezclaron con los oscuros mechones de Joséphine.

—Sí —murmuró ella, en tono casi imperceptible—. Yo sólo pienso en él, y él, en este momento, no piensa en mí. O quizá se mofe de mí con sus encantadoras amigas.

Todo su cuerpo se estremeció. En sus ojos brilló una llamarada de rabia.

—¡Pero puedo pensar en otra cosa, si quiero!

Sus movimientos habían acercado aún más su rostro al de Hoche.

—¡Yo también puedo burlarme de él! —gritó Joséphine.

Sus manos se cerraron tras la nuca de Hoche; apretó su boca contra la de él, y le arrastró consigo, dejándole caer hacia atrás.

Sólo se quedó rígida cuando la mano de Hoche, ascendiendo por entre la marea de enaguas y falda, comenzó a apretar suavemente el muslo desnudo, por encima de las ligas. Joséphine hizo un movimiento brusco, como si quisiera soltarse, pero se volvió a dejar caer bajo el cuerpo de Hoche.

—¡No os amo! —gritó.

Y le apretó contra sí, ofreciéndole todo su cuerpo.

En la alquería habían cesado los clamores. Del otro lado del tabique, sólo se oían los murmullos de algunos oficiales, que se entretenían en torno a unos naipes, o jugando a las tabas. La lluvia caía de nuevo y repiqueteaba sobre el amplio patio encenegado. Los caballos se agitaban en los establos, mezclados con los hombres a los que el agotamiento había hecho caer sobre la paja, semejantes a estatuas yacentes. Un centinela aguardaba bajo un tejadillo, apoyado en su fusil.

—¿Cómo he podido? —preguntó Joséphine en voz baja.

Sus cabezas descansaban juntas sobre la almohada. Un hombro desnudo de Joséphine sobresalía de las sábanas. Hoche la miraba, tierno e intranquilo. Ella cerró los ojos.

—He querido hacer algo irreparable. ¡Pues bien! ¡Lo he conseguido!

Volvió a abrir los ojos.

—He sido vuestra. Ya no podré ser nunca de Charette.

Se enderezó y miró a su alrededor con ojos de loca.

—Calmaos —balbuceó Hoche—. Le olvidaréis.

—¡Él está allí, con sus mujeres! Y yo, aquí... Y vos, en mi cama. Y me he entregado a vos, cuando ayer me negué a él. Y no tengo más que una vida, y todo esto es irreparable.

Añadió, con una calma que infundía pavor:

—Todo ha empezado a derrumbarse, es preciso que se derrumbe del todo. El abate Guesdon tenía razón: hay seres que abren frente a sí mismos un precipicio. El abismo ya está abierto, sólo hay que saber lanzarse a él.

Se volvió hacia Hoche.

—¿Quieres saber dónde está Charette en este momento? ¿Quieres saber en el fondo de qué bosque se cree a salvo en este instante? ¿Dónde ríe entre sus hermosas damas? ¿Y de qué se ríen? ¿De los detalles que inventan sobre mi violación a manos de los soldados?

Hoche retrocedió hacia el fondo de la alcoba.

—No os he preguntado nada, Joséphine. No os he hecho ninguna pregunta.

—¿Quieres saberlo?

—Os suplico que os calléis.

—En el bosque de la Muse.

Lo dijo en tono muy bajo, y repitió más alto:

—En el bosque de la Muse.

Fue repitiendo aquellas palabras cada vez en tono más alto, hasta que no fueron más que un aullido incomprensible que le quebró la voz. Entonces, se desplomó con los brazos cruzados sobre el rostro.

El postigo de la habitación tenía tallado un corazón. Los rayos del sol matutino reflejaron con blancura cegadora ese corazón sobre el oscuro percal de la alcoba.

Por tanto, cuando Joséphine abrió los ojos, lo primero que vio fue un corazón.

Se frotó los párpados con las palmas, sorprendida al encontrarlos pegados por las lágrimas. Vio, frente a la chimenea, la mesa, con los dos vasos y los dos platos. Advirtió sobre la almohada el hoyo dejado por la cabeza de Hoche. Su camisa estaba extendida, torcida, atravesada sobre la cama. Se la puso con aire pensativo, saltó al suelo, se puso el traje y comenzó a abrochárselo.

—¡No es cierto! ¡Yo no he hecho eso! —gritó de pronto, llevándose las manos a las sienes.

No acabó de abrocharse el traje, y, con los pies desnudos, se lanzó hacia la puerta y la abrió.

Distinguió en la penumbra de la gran sala a Hoche, a quien, al oír el ruido de la puerta, dejó de dictarle a su secretario, se volvió bruscamente y avanzó hacia ella.

La empujó suavemente de nuevo hacia la habitación. Joséphine, con la mirada fija, le preguntó:

—Os dije dónde se escondía, ¿no es cierto?

El general asintió, con aire grave.

Joséphine echó la cabeza hacia atrás, tenía los ojos cerrados.

—¡Os lo dije! —musitó.

—Escuchadme —dijo Hoche, con voz tranquila—, yo os supliqué que callarais. Intenté no escucharos. Pero gritasteis demasiado para que eso fuera posible.

Joséphine volvió a abrir los ojos.

—¿Y qué habéis hecho?

—Cumplir con mi deber. En cuanto lo hube sabido, aún a mi pesar, tuve que actuar, también a pesar mío. Soy general en jefe de los ejércitos de la República. Las tropas han partido al amanecer. Antes del mediodía, Charette estará rodeado. Con Charette preso, la Vendée recobrará la paz, y eso es lo que quiero.

La barba rubia había crecido desde el día anterior, lo que le daba un aire más rústico. Los rubios cabellos aparecían desordenados. Tenía, al mismo tiempo, un aspecto deshecho y digno.

Joséphine se agarró a él.

—¡Haced volver a vuestros soldados!

—No puedo. Cuando brilla el relámpago, ya no se puede detener el trueno.

Ella retrocedió hasta la pared, como fascinada.

—Sentaos —dijo Hoche—. Vais a desvaneceros. Esperad, voy a buscaros algo de beber.

El capote del general había quedado tirado sobre el respaldo de una de las sillas. Joséphine dio un salto, lo cogió y se envolvió en él. Deslizó sus desnudos pies en los escarpines de satén rosa, abrió el postigo y saltó al patio, que quedaba al mismo nivel.

El patio de la alquería estaba casi desierto. El centinela la miró con sorpresa, al pasar.

En la parte de atrás de la alquería había una decena de caballos de oficiales, atados a estacas. Joséphine se movía como una sonámbula. Desató a uno de los caballos, y saltó a la silla a horcajadas.

—¡Alto ahí, ciudadana!

Era el ordenanza que les había servido el día anterior.

—Servicio del general —dijo ella.

Los setos comenzaron a desfilar por su lado.

La alta silueta del molino se destacaba contra el cielo plomizo de la mañana lluviosa. Las aspas permanecían inmóviles. Un sendero cortaba la colina, y Guichardin, el molinero, veía aproximarse por él a un jinete. Dio unos cuantos pasos hacia delante, sorprendido. No cabía duda de que se trataba de una mujer.

Guichardin siguió adelante, cojeando. El caballo dio un bote, sobresaltado.

—¿Adónde vais por aquí? —preguntó el molinero—. Ciudadana, no tenéis pinta de venir a comprarme harina.

Retrocedió al mirarle Joséphine.

—¡Pero si es la castellana de Grégo, con vuestro perdón!

A pesar de que estaban solos, bajó la voz.

—Me habían dicho que os habíais convertido en amazona de Monsieur de Charette. ¿Vais a reuniros con él en los bosques? ¡Oh, podéis hablar! Mirad lo que me hicieron en la pierna. ¡Pues fueron los Azules! Hace tres años, yo aún estaba con Monsieur de Charette. Os daré de beber y grano para vuestro caballo. Ni vos ni él podéis ya más.

Joséphine se dejó caer al suelo. Se recogió las faldas para entrar en el molino. El molinero llenó dos vasos sobre la reluciente mesa. Por el suelo había regueros de harina, y por encima de sus cabezas, en la penumbra, se alzaba el gigantesco mecanismo.

—¿Ese capote se lo habéis quitado a los Azules?

—Sí —dijo ella—. A Hoche.

—¿A Hoche? No os ponéis por poco... A vuestra salud.

Bebieron.

—¿Tenéis mucha prisa por reuniros con Monsieur de Charette? Pues yo ya no tengo prisa por nada. Todos los años se queman las cosechas. Pero vos..., vos sí que tenéis prisa.

—Los Azules van a rodearle. Es preciso que le avise.

—En otros tiempos, os hubiera dado mi caballo, pero ahora ya no tengo ninguno. Los Azules lo requisaron y parece ser que, al final, se lo comieron los Blancos. Porque yo creo que vuestro caballo no va a llegar ya muy lejos.

—¡Tengo que llegar! ¡Tengo que avisarle!

—Apuesto a que está en el bosque de la Muse.

Guichardin guardó silencio durante unos instantes, y, luego, dijo en tono reflexivo:

—Está el bosque de la Muse y el pantano. Y, luego, la colina que se ve allá abajo, con otro molino encima. No hace mucho hablaban las aspas de los molinos. Venía una vieja: «Los Azules suben por la Muse.» Entonces, yo hacía dar una vuelta a las aspas de mi molino, tres veces seguidas. Y el molino de la Muse lo repetía. Y los Azules encontraban los bosques vacíos.

—¿Podríais volver a hacerlo? —preguntó ella, jadeante.

—Claro que podría.

—¿Y queréis hacerlo?

—Es necesario.

El molinero desapareció por la escalera. El maderaje empezó a gemir y la osamenta del molino se estremeció. Los enormes tornillos de madera comenzaron a girar, con un rugido de torrente.

Joséphine había alzado la cabeza, y observaba, angustiada, aquel movimiento.

Volvió a reinar un pesado silencio, que se prolongó. Un gato fue a restregarse contra la falda de la joven. Luego, sonaron en la escalera los renqueantes pasos de Guichardin.

—Ha sido en vano.

Se dejó caer sobre el escabel.

—Rochard no lo ha repetido.

—¿Quién es Rochard?

—El otro molinero. Antes, estaba a favor de Monsieur de Charette. Pero, ahora, dice lo que los demás, que esta guerra ya no tiene sentido. Cuando una causa está perdida, se dice que ya no tiene sentido.

Joséphine se había aproximado a la puerta.

—¿Os vais? —preguntó el molinero—. Tenéis suerte. Yo también quisiera marcharme. Pero tened cuidado con la ciénaga, antes de llegar al bosque... El pantano de la Muse... Una ciénaga que gasta malas bromas.

—¡En fila...! ¡Cinco pies de intervalo entre cada jinete!

—¡Los de infantería, de dos en dos!

—¡En silencio!

Charette lanzaba aquellas órdenes en voz baja. Tenía el rostro demacrado, no se había afeitado y sus ojos brillaban de fiebre. Llevaba la ropa manchada de tierra y sangre. De su mano izquierda colgaba un vendaje.

—Conocemos mejor que ellos el bosque de la Muse —siguió diciendo en voz un poco más alta, para ser oído por lo que le quedaba de tropas.

Matar al emisario de paz de Hoche no había significado borrar una proposición razonable. Los ánimos habían vacilado. Charette había perdido a aquellos de sus adictos que estaban menos locos. Sólo quedaban junto a él tres amazonas, Madeleine Tournant, Madame de Monsorbier y Mademoiselle de Voyneau; y unos treinta soldados andrajosos y ensangrentados, de los cuales sólo cinco o seis, todos guardias rojos, seguían a caballo.

Madeleine Tournant pasó por delante de Charette con el rostro rasgado por un sablazo, desde la oreja a la barbilla. Charette le sonrió. La señorita de Voyneau intentaba vendar su propia mano con un pañuelo. La sangre corría por sus dedos. Sonrió a Charette.

—Dirección, el bosque de la Chaboterie. Ya conocéis el camino —siguió diciendo Charette—. Se trata de correr hacia la hilera de álamos, para quedar al amparo de los setos.

El cielo estaba mate. Un violento viento hacía maniobrar por él gruesos nubarrones negros, de recortado perfil. Pasó, volando pesadamente, una bandada de cuervos. La tropa de Charette iba saliendo con lentitud del bosque, abandonando el amparo de los árboles. Los rostros se volvieron hacia la lejana línea de los álamos.

Inmóvil, como si pasara revista, Charette contemplaba desfilar los restos del gran ejército vendeano.

—¡Bossard! ¡Laroche-Davo!

Los dos soldados transportaban, sobre una camilla hecha con sus dos fusiles entrecruzados, el cuerpo de uno de sus camaradas.

—¡No está muerto, mi general!

Charette repitió el gesto. Los hombres depositaron al herido sobre la hierba y se alejaron, sin volverse.

—¿Me abandonáis? —preguntó éste, abriendo los ojos.

Charette saltó a tierra y se arrodilló junto a él.

—Tenéis razón... Soy un peso inútil.

Charette se inclinó y le abrazó.

Se alzó con un movimiento rápido y ágil, saltó a la silla y se reunió con sus compañeros, que se extendían ahora en fila por encima de los brezos y la retama.

La descarga estalló con tanta violencia que los vendeanos, sorprendidos, no pudieron hacer más que torcer a través de la landa, en un desorden en el que se mezclaban los aullidos y los disparos.

Los Azules, que habían brotado de detrás de las rocas, lanzaban gritos de júbilo. Debían de ser varios centenares, a juzgar por el espesor de la cortina de humo que la descarga de fusilería extendía sobre las landas.

—¡El molino! —aulló Charette.

El molino sólo era una masa oscura que se destacaba contra el cielo, sobre la colina.

La orden pasó de boca en boca.

—El molino... —gimió maquinalmente un moribundo, retorciéndose sobre el suelo ondulado de la landa.

—¡Tienen que habernos traicionado! —le gritó Madame de Monsorbier a Charette, cuando éste pasó galopando junto a ella.

—¡Los Azules sabían que estábamos en el bosque, y lo han rodeado por todos lados! —gimió Pfeiffer.

Un tajo dibujaba una extraña raya roja sobre el rubio blanquecino de sus cabellos.

La pequeña Madeleine se agarró por un instante al caballo de Charette.

—También Jesús fue traicionado.

Con la mano, Charette le acarició brevemente los ojos, y, luego, volvió a lanzar el caballo al galope.

Sus tres guardias rojos se hallaban ya frente a la puerta del molino.

—¡Entremos todos en el molino! —aulló Charette—. Los Azules no podrán tomarlo al asalto. Cuando caiga la noche, no se atreverán a quedarse aquí, y escaparemos.

—La puerta está cerrada, mi general —observó con calma el caballero de L'Espinay.

Pfeiffer, que llegaba jadeante, se abalanzó contra la puerta y chocó con toda la fuerza de sus hombros contra el batiente de roble, que ni tan siquiera se movió.

—¡Abrid! —gritó Charette—. ¡En nombre del rey, abrid!

Intentando recuperar el aliento, el caballero de La Barre dijo:

—Este molinero es de los nuestros. Es Rochard. Quizá crea que somos Azules.

—No, ya no soy de los vuestros.

Alzaron la cabeza.

El rostro del molinero aparecía encajado en una tronera, al final de la inmensa torre.

—¡Fui de los vuestros! —gritó la voz—. ¡Y os odio! ¡Anda y revienta, Monsieur de Charette! ¡Ve a reunirte con todos los que todavía vivirían si tú no hubieras nacido!

Pfeiffer se llevó el fusil a la cara, sin decir nada. Charette le detuvo con un gesto.

—Reserva tu pólvora para quienes valen la pena, y deja a los cobardes con su cobardía.

La reducida tropa se había reunido frente al molino, formando grupos. Una decena de vendeanos, tendidos entre los brezos, tiroteaban contra los Azules, para retrasar su ataque.

—¡Vas a morir, Charette! —seguía gritando el hombre desde lo alto del desván.

Charette se apoya contra el tablero de roble. Tiene los ojos fijos en los estallidos blancos que señalan la línea de tiro de los republicanos. Y murmura lo que fuera su grito de guerra.

—La carreta rodará mientras quede una rueda2.

—¡Charette! ¡Charette...!

El caballo de Joséphine, agotado, tropezaba a cada paso.

La descarga de fusilería resonó del otro lado del cerro dominado por un molino.

Joséphine abandonó el camino y lanzó a su caballo a través de los juncos. A cada salva, se estremecía como si los disparos la hubiesen alcanzado. Volvió a murmurar:

—¡Charette!

Pero ahora balbuceó con voz desfallecida, y no con todas sus fuerzas, como había hecho hasta entonces, aquel nombre, que el estallido de los disparos ahogaba ya hasta en sus propios oídos.

Cuando su caballo quedó hundido en el barro hasta las ancas, Joséphine salió de su delirio y miró a su alrededor. Comenzó a luchar. Apretaba los flancos del animal con cuantas fuerzas la quedaban, e incluso tiraba de su cuello con ambos puños, para obligarle a avanzar, mientras le suplicaba en voz baja.

La ciénaga se extendía, sembrada de manojos de juncos, limitada por una orilla cubierta de matorrales, cuya pendiente conducía al molino. Era de un tono gris verdoso, y la corteza estaba resquebrajada como una pintura vieja.

Los esfuerzos convulsivos del caballo le hundían aún más profundamente en el fango, y su grupa desapareció bajo el lodo. Alzaba frenéticamente la cabeza, con movimientos desordenados, y Joséphine podía ver sus alocados ojos. Ya no cabalgaba a lomos de un caballo, sino de una bestia a la que el terror había vuelto monstruosa.

El animal alzó el pecho con un movimiento tan desesperado que Joséphine resbaló hacia atrás; una ola de aquel lago sólido la envolvió. El caballo se hundía más de prisa que ella. Joséphine intentó arrastrarse, nadar hacia un manojo de cañas que parecían crecer en un terreno más sólido.

La cabeza le caía, a veces, hacia atrás, y sólo percibía la inmensidad del cielo, por el que se movían las nubes. El capote azul de Hoche se extendía tras ella, como una cola. La tenaza de fango le oprimía el talle. Sus manos se alzaban inútilmente en el aire.

—¡Pero si es un capote de los nuestros! ¡Eh! ¡Venid a ver! ¡Alguien se hunde!

Joséphine volvió la cabeza hacia la orilla, por donde desfilaban unos soldados. Distinguió, como un relámpago, las vestimentas azules, las solapas blancas, las charreteras rojas, las escarapelas tricolor sobre los negros bicornios, el destello de las bayonetas en el extremo de los fusiles.

—¡Aguanta! ¡Ya vamos!

Sintió el frío del metal y se agarró a la vaina que le tendía un soldado. Su otra mano se cerró sobre el cañón de un fusil.

—¡Pero, si es una mujer!

—La conozco. Es la chica de Hoche... ¡Ya está! ¡Ahora se desmaya!

Uno de los soldados la tomó en brazos. Chorreaba de ella un fango que prolongaba los largos mechones negros de los cabellos, empapaba la seda del traje y la cubría de un cadavérico color gris verdoso.

—¡Al ataque! ¡Al ataque! —gritó un sargento—. ¡Dejad a la muchacha con los artilleros!

Un cañón estaba dispuesto en batería. Depositaron a la inerte Joséphine contra la cureña.

Los Azules iban pasando a paso de carga por delante del molino. Un oficial, engalanado con un penacho, les señalaba con la mano la pendiente cubierta de matorrales y brezos.

—¡De prisa! ¡Adelante! ¡Está rodeado! ¡Vamos, en posición!

El fuego de fusil era ininterrumpido.

El oficial se colocó en cabeza del primer grupo.

—¡De un salto! ¡Adelante!

Los hombres se lanzaron hacia el humo. Tras un macizo de espinos se vieron brillar sables.

—¡Son mujeres! —aulló un soldado.

Vaciló en disparar y Mademoiselle de Voyneau le derribó a tierra de un sablazo, chorreando sangre. Los Azules se lanzaron hacia delante. En su feroz carrera, pisotearon el cuerpo de la bella amazona.

Por entre los jirones de niebla, distinguieron una decena de fusiles que les apuntaban. La salva estalló. Cayeron cinco o seis Azules. Los que prosiguieron con la carga distinguieron, tras aquella muralla de fuego, a Charette, reconocible por su gran penacho blanco, con el rostro y las manos ensangrentados. Una joven cubierta de harapos, a quien el combate había casi desnudado, le daba de beber con las palmas de las manos del arroyo que corría a través de los prados.

—Gracias, Madeleine —dijo Charette.

Y arremetió de nuevo. Los tiradores vendeanos se agacharon para dejarle lanzarse a la carga, seguido de Pfeiffer, de Bossard, de Laroche-Davo, que tenía el rostro completamente negro, a causa del humo, del caballero de L'Espinay, que mantenía un aire desenvuelto de hombre de mundo que está de visita, de los caballeros de La Barre y de La Trésorière, horriblemente heridos y que daban traspiés al correr.

—¡En nombre del rey! —aullaba Charette, a cada sablazo que asestaba.

El avance de los Azules se había roto. Retrocedieron por entre el humo.

—¡Mi general! —gritó Pfeiffer—. ¡Huid por la hondonada!

Dio un salto hacia su general, le arrancó el sombrero con el penacho, se lo puso y se precipitó hacia el bosquecillo, como un blanco triunfal.

—¡Pfeiffer! —aulló Charette.

Se lanzó tras él, pero Madeleine le retuvo abrazándole.

—¡Te está salvando! ¡Huye!

El penacho que llevaba Pfeiffer había reanimado la descarga de fusilería. Para dirigir mejor las balas contra sí mismo, Pfeiffer se había quitado el sombrero, y ahora lo agitaba en el aire. Charette se precipitó hacia él, pero una bala le alcanzó y cayó con una rodilla en tierra. Pfeiffer se había desplomado en aquel mismo instante.

Bossard y Laroche-Davo se lanzaron hacia Charette, lo levantaron y le llevaron hacia la desembocadura de la hondonada.

Los Azules brotaban de entre el humo como una jauría. Para dar tiempo a los otros dos a meter a Charette en el bosquecillo, L'Espinay, La Barre y La Trésoriére, los únicos compañeros que quedaban en pie junto a él, se lanzaron hacia delante, enarbolando el sable.

Entre el chocar de las armas, el estruendo de las detonaciones, los azulados torbellinos que olían a pólvora, derribando a los tres hombres, la refriega fue abriendo una especie de trinchera entre los matorrales, hasta llegar a Charette, que escapó de las manos de quienes le llevaban, se enderezó, y, despojando de su sable a un azul que acababa de caer a su lado, abatido por Brossard de un disparo de trabuco, avanzó lentamente contra la furiosa carga, y con una voz tranquila y un poco triste, una voz teatral, dijo:

—¡En nombre del rey, por última vez!

No tuvo tiempo de emplear el sable. Una bala le hizo caer sobre los espinos, con los brazos en cruz. Los Azules se precipitaron sobre él. Una voz dominó el tumulto:

—¡Orden del general Hoche! ¡No le toquéis!

Las voces se entremezclaban.

—¿Está muerto?

—¿Quién ha muerto?

—Charette.

—¿Estás seguro de que es Charette?

—¿Acaso no ves las cruces de oro de las vueltas de la casaca?

Un silencioso grupo se había reunido en torno al jefe vendeano caído, que había comenzado a respirar profundamente e intentaba levantarse.

—¡Y pensar que ése es Charette!

Las filas se separaron para abrir paso a un oficial, que se detuvo ante el cuerpo medio enderezado de Charette.

—Os saludo, general —dijo—. Tengo órdenes del general Hoche de llevaros a Nantes. ¿Podéis caminar?

Charette se puso en pie penosamente, con ayuda de un azul.

—A decir verdad, me duelen demasiado los pies para ir al baile, pero todavía puedo caminar hacia la muerte. Porque, sin duda, es allí adonde me lleváis.

—Por desgracia, seréis juzgado en Nantes.

El oficial azul parecía conmovido.

—Un prisionero es sagrado para un soldado —siguió diciendo—. Pero, en Nantes, ya no os hallaréis frente a soldados.

La pequeña caravana tomó por un camino que discurría junto al pantano de la Muse.

—Mis compañeros han muerto —dijo Charette—, y yo voy a morir. Algo bien limpio, como a mí me gusta.

Los soldados se alineaban espontáneamente para ver de cerca a quien mantenía en jaque, desde hacía cuatro años, a los ejércitos de la República. Charette caminaba con lentitud, pero con firmeza. Regueros de sangre le corrían por las manos y a lo largo del cuello. Sólo se detuvo al ver a Joséphine.

Estaba apoyada contra la cureña del cañón, y un soldado la ayudaba a beber un vaso de vino. Al ver a Charette, echó la cabeza hacia atrás. Todavía iba chorreando barro.

—El fango os conviene, señora —dijo Charette.

Y siguió adelante.

—Me haces sombra, Henriette. Eres delgada, pero no transparente...

La habitación de las dos viejas señoritas de Guerguézec no había cambiado. Henriette, con las tijeras en la mano, recortaba un abanico. Marie-Louise pintaba otro.

—En un día como el de hoy, deberías, por lo menos, procurar no enojarme —siguió diciendo Marie-Louise—. ¿Les oyes?

Por la ventana, penetraba el clamor popular, que iba aumentando.

—¿Qué dices? —preguntó Henriette.

Su hermana empezó a gritar, y el esfuerzo añadió color a sus sonrosadas mejillas de buena persona.

—¡Pregunto si los oyes!

—Claro que los oigo, gritas mucho.

—¡Hacerme gritar en un día como hoy! ¡Pensar que van a hacerle atravesar Nantes a pie! Ahora, debe de pasar por los muelles. Dentro de cinco minutos, llegará bajo nuestra ventana.

—No, Marie-Louise. No debemos salir a la ventana. No debemos ver eso.

—¿Y quién habla de asomarse? Precisamente voy a cerrarla.

Soltó el pincel y fue a cerrar los dos batientes, sofocando, al hacerlo, el rumor exterior.

—Ya te había dicho yo que esta paz no duraría —gruñó Marie-Louise—. Pero, como eres muy tozuda, has vuelto a enseñar a Jonás a gritar «¡Viva el rey!». ¿Cómo quieres que un loro no se desoriente?

Se quedaron las dos mirando al animal, que soñaba despierto, dentro de la jaula, contemplándose una pata.

—Habrá que terminar atándole el pico, si no le harán lo mismo que a Charette: le matarán —suspiró Marie-Louise.

—¿Crees que se atreverán a matarle?

—¡Claro que sí! Y este animal es demasiado viejo ya para volver a aprender ahora a gritar «¡Viva la República!».

—No, yo hablaba de Monsieur de Charette.

Marie-Louise se santiguó.

—Hoy se le muestran al pueblo, y mañana le ejecutan.

—¿No podríamos rezar?

—Hay momentos en los que me pregunto si Dios no se ha vuelto republicano. Monsieur de Charette debe de preguntárselo también. Ha combatido por el honor y le deshonran. Ha combatido por Dios, y Dios...

—Los designios de Dios son impenetrables —dijo Marie-Louise.

—Por lo menos, son enrevesados.

A pesar de las cerradas ventanas, el clamor fue tan potente que las dos ancianas cerraron los ojos. Henriette dio un paso hacia su hermana y le tomó la mano. Los aullidos de la muchedumbre «¡Muerte a Charette! ¡Muerte!», hacían temblar los cristales.

—Ha cometido mucho errores, siguió adelante con una guerra que estaba perdida, pero la honra de la Vendée...

—¡Y era tan lindo de pequeñito! —balbuceó Henriette.

Las lágrimas habían comenzado a correr por su rostro, inundándolo completamente, porque las arrugas que surcaban la piel las diluyeron a lo largo de las hundidas mejillas. Marie-Louise tomó a su hermana entre sus brazos y la estrechó contra sí.

Se sobresaltaron con un mismo gesto cuando se abrió la puerta. Apareció Joséphine, extraviada, con los ojos muy abiertos, cubierta de barro y despeinada. Dio algunos pasos y se apoyó contra la pared. Luego, se cubrió el rostro con las manos.

—¡Verle! —balbuceó—. ¡Verle una vez más!

Saltó hacia la ventana y la abrió.

En el mismo sitio en que Joséphine de Grégo había visto por primera vez al triunfador Charette, distinguió, entre la inmensa muchedumbre, a Charette vencido.

Marie-Louise y Henriette habían permanecido en el centro de la habitación.

—¿Qué le hacen?

—Hay gente que no quiere creer que sea él —salmodió Joséphine—. Por eso se lo entregan a la muchedumbre, para que le reconozcan. Las gentes le tocan, le palpan. Y cuando están seguros de que es él, le escupen al rostro.

Charette no podía seguir avanzando, por lo que le oprimía la multitud. Sobre su uniforme gris destacaban tan sólo el hilo de oro de su cuello y la sangre que teñía de rojo su hombro. El pañuelo blanco que llevaba anudado a la criolla en la cabeza, teñido también con su sangre, le daba un aire insolente. Miraba directamente frente a sí.

—¡Uno se ha quitado el zapato y le pega con él! —gritó Joséphine.

Henriette había abierto los Evangelios con dedos temblorosos.

—«Y le golpeaban en la cabeza con una caña y le escupían...»

Desde una ventana, cerca, una voz gritó con toda claridad:

—¡Eh, Charette! ¡Muéstranos tu ejército!

La voz tenue de Henriette prosiguió:

—«Los que pasaban le insultaban y sacudían la cabeza, diciendo: “¡Eh! ¡Tú que destruyes el templo y vuelves a construirlo en tres días! ¡Sálvate a ti mismo y baja de la cruz!”»Pero se vio interrumpida por un estridente grito de Joséphine, que se derrumbó de rodillas.

—¡Es culpa mía! ¡Culpa mía! ¡Culpa mía!

Las dos ancianas se inclinaron sobre ella para intentar levantarla. En el exterior, proseguían los alaridos. Pero Joséphine avanzaba ya hacia la puerta.

—¿Adónde vas?

—A ver a Hoche. A salvarle.

La sala del Consejo del Ayuntamiento de Nantes estaba engalanada en toda su longitud con gallardetes tricolores. Apoyada contra una mesa, había una colosal corona de laurel, con una cinta, también tricolor, en la que con letras de oro decía: A Hoche. Vencedor del Monstruo Charette, los agradecidos nanteses.

El general Hoche se paseaba de un lado para otro. Al otro lado de la larga mesa de deliberaciones, cubierta con un inmenso tapete verde, Joséphine permanecía inmóvil, apoyándose con una mano en la pared. Cerca de ella, sobre un sillón, se hallaba el sable del general Hoche.

—Nada —decía Hoche—. No puedo hacer nada. Es ya demasiado tarde. Charette está en manos de lo que se llama la justicia. El Ejército ya no tiene ningún poder sobre él. Su ejecución me indigna tanto como a vos, Joséphine. Era un valiente y creía combatir por una causa justa. Era un soldado.

—Salvadle —dijo ella en tono muy bajo.

—Es la décima vez que me decís «salvadle»...

Hoche se irguió con un movimiento súbito y colérico, que hizo brillar su rubia cabellera.

—¡Desgraciada! ¿Por qué me lo entregasteis?

Se miraron en silencio.

—Sufro tanto como vos, Joséphine. Vos amáis a Charette, que va a morir. Pero yo os amo a vos, ahora. Y yo no voy a morir..., y soy yo quien deberá arrastrar este amor desesperado.

Rodeó la mesa y avanzó hacia ella.

—Escuchad... ¿Estáis segura, totalmente segura, de que es a Charette a quien...?

Prosiguió en tono muy bajo:

—Os entregasteis a mí... y me pareció que..., ¿acaso me engañé? Fuisteis feliz...

—Feliz con los ojos cerrados. Sólo pensaba en él.

Miró intensamente a Hoche, y, de pronto, le cogió una mano.

—No os amo, y os pido que salvéis al hombre a quien amo. Podéis hacerlo. Quienes le custodian son soldados.

Se agarró a las solapas del general y se arañó el rostro con las palmas de oro de su cuello.

—A vuestros oficiales les desagrada tanto como a vos la ejecución de tan valeroso adversario. ¡Ah! ¡Os lo suplico!

—No comprendo —musitó Hoche.

—¡Comprendéis que podéis dejarle huir!

Hoche se soltó.

Dio unos pasos hacia atrás, y Joséphine no vio ya al hombre que se inclinara sobre ella en la pequeña estancia de la alquería, tierno y vencido, sino al general republicano, embutido en su oscuro uniforme, resplandeciente de oro y con un fajín azul, blanco y rojo.

—Charette es un enemigo de la República.

—¿Y si da su palabra de honor de renunciar a la lucha, de irse a vivir a Inglaterra?

—Aunque Charette diera esa palabra, yo me haría culpable de transgresión de la ley.

—Vos me escuchasteis cuando, en mi locura, os dije dónde se escondía. Me debéis la captura de Charette. Pagádmela con su fuga.

—Yo no soy el jefe de una banda. Soy un general de la mayor potencia militar del mundo. Esa clase de tratos se lleva a cabo con aventureros, no con oficiales.

—En una época como ésta, los aventureros valen más que los oficiales. Y, a propósito, ¿con quién estuve yo la otra noche?

—Con un hombre que sentía amor por vos.

Joséphine se volvió y dio algunos pasos.

—Deseáis la muerte de Charette porque yo os agrado —dijo en tono entre alto y bajo—. Su huida a Inglaterra no perjudica a la República. Lo que sufre con ello son vuestros celos.

—Os equivocáis —dijo Hoche con esfuerzo—. Bien al contrario, quisiera salvar a Charette porque es mi rival.

Joséphine se volvió vivamente hacia él. Hoche siguió diciendo lentamente, con cierto énfasis:

—Si estuviera seguro de que iba a cumplir su palabra, me haría cómplice de su fuga, sólo para demostraros que Lazare Hoche, el hijo de un palafrenero de las cuadras de Versalles, no se vale de su fajín de general para defender sus amores.

Joséphine se aproximó entonces a él, jadeante:

—¿Lo único que os hace, pues, vacilar, es el valor que pueda tener la palabra de honor de Monsieur de Charette?

Hoche intentó zafarse y rodeó la mesa. Joséphine le siguió.

—Es cierto que habéis sido el primero en vencer a Charette —dijo—, pero, ¿os da eso derecho a ser el primero en dudar de su palabra?

—No, no dudo de su palabra.

Joséphine se precipitó hacia él. Sus manos se crisparon sobre los hombros del general. Hoche vio temblar los bellos labios púrpura, y pudo contemplar desde muy cerca la blancura de las mejillas, realzada por el cuello alto del traje rojizo, que se abría ampliamente sobre una muselina. Uno de los oscuros mechones del cabello de Joséphine se enredaba con la cadenita de oro que llevaba al cuello. Sus párpados cayeron pesadamente sobre sus ojos. Temblaba de pies a cabeza.

—¡En vuestros brazos traicioné a Charette, y en vuestros brazos le salvaré! —gimió Joséphine—. Mañana le ajustician. Permitid que huya esta noche. Lo habréis tenido todo de mí, los placeres de una noche y el agradecimiento de toda una vida.

Hoche había empezado a abrazarla y su boca se deslizó, ligera, a lo largo de su cuello. Pero se controló.

—No cuento con la palabra de honor de Charette —dijo con frialdad.

—Dadme un permiso para entrar en su celda y os traeré esa palabra.

—Está incomunicado. Sería necesario que uno de mis oficiales...

Las tablas que caían sobre la carreta levantaban un polvo blanco. El patio de la ciudadela era grande, pero la altura de los muros que lo circundaban, y el hecho de que el paso de los siglos los hubiera ennegrecido totalmente, lo limitaban y oscurecían.

—Plantadme bien firme esa empalizada —ordenaba un suboficial—. Mañana, habrá mucha gente en la plaza para ver fusilar a Charette.

Uno de los soldados se encogió de hombros, tras tirar un último tablón al carricoche.

—Hubiera habido igual de gente, y la misma, si hubiese acabado con nosotros, y entrara victorioso en la ciudad. Le llaman el Bandido, y le habrían llamado el Libertador.

Y, saltando al pescante, puso en marcha a los animales de un latigazo.

El sargento y los soldados que marchaban tras el vehículo volvieron la cabeza.

—¡Mira! ¡Una mujer! ¡Una mujer en una ciudadela! ¡Ya lo habremos visto todo!

Pasó junto a ellos un hombre gordo y cojo, con un tricornio adornado con una escarapela tricolor, que precedía a la joven con el rostro cubierto por un velo que había excitado el interés de la soldadesca.

—¡Oye, portero! —gritó uno de los soldados—. ¿Es que das un baile?

—¿Y si os callarais un poco? —preguntó el portero—. Es la cuñada de uno de vuestros oficiales, tiene que entregarle un mensaje urgente. Por lo que he entendido, había esperanzas de un heredero, y parece que su mujer ha muerto en el parto.

Los soldados se volvieron con aire burlón, para seguir con la mirada a la elegante joven, que penetraba tras el portero por debajo de la estrecha bóveda de una de las puertas. En cuanto la mujer hubo desaparecido, el sargento alzó la voz:

—¡Vamos a ver! ¿Se puede saber qué esperáis? ¿Acaso creéis que la República os paga por papar moscas?

La reducida tropa se puso en marcha. Se oyó un toque militar de trompeta.

Una estancia baja y abovedada. Tras una mesa, un joven oficial.

—Señor, se supone que soy vuestra cuñada, y...

—El general Hoche me ha puesto al corriente, señora.

Sus juveniles ojos se iluminaron con una alegre sonrisa.

—¿De modo que resulta que mi mujer ha muerto de parto?

Se puso en pie.

—La excusa está muy bien ideada. Sobre todo, teniendo en cuenta que no estoy casado.

Joséphine se había alzado levemente el velo. El oficial la contempló: el pequeño tricornio, unos cabellos de ébano, un talle de una esbeltez extrema, subrayada por las franjas del corpiño.

—Estáis impaciente por hacer esta última visita al general Charette —dijo, con voz más grave—. Os comprendo, pero es preciso que la patrulla haya bajado.

—Escuchad.

Joséphine oyó, del otro lado de una baja puerta ojival, los pasos de una docena de hombres. El rumor pareció eternizarse y, luego, se desvaneció.

—Vamos.

En la escalera de caracol no acababan de sucederse vueltas y más vueltas, más y más escalones, hundiéndose hasta el vértigo en el pozo sin fondo que se abría entre las volutas de los pilares.

—Quedaos aquí. Es preciso que aleje al carcelero. La celda de Charette es la primera. Aquí está la llave.

Joséphine, emboscada en el ángulo del corredor, vio que el oficial se llevaba al carcelero, hasta que sus siluetas desaparecieron en la infinita perspectiva de las bóvedas.

De un salto, Joséphine llegó junto a la puerta. Para hacer girar la enorme llave en la cerradura, tuvo que hacer un esfuerzo muscular que contrajo su rostro. Pero, por fin, la puerta retrocedió frente a ella.

La larga estancia de piedra aparecía desnuda y oscura. Por el tragaluz bajaba solamente un chorro de luz, que caía sobre las losas. Era el sol crepuscular. Aquel charco rojizo sobre las losas hizo que Joséphine se estremeciera, como si fuese un presagio.

Charette estaba tendido sobre un catre de campaña; dormía. Su desgarrada camisa estaba entreabierta. El rostro herido aparecía en calma. Sólo le daban un aire de gravedad las cejas fruncidas. La respiración era regular.

Joséphine se arrodilló junto a él. No dijo nada. Charette abrió los ojos.

—Os lo suplico —dijo Joséphine—. No me hagáis reproches.

—Sois vos...

Joséphine aproximó una mano tímida al rostro de Charette, y acarició una de las heridas que surcaban la frente del prisionero.

—He tenido a tantas mujeres... —dijo en tono suave Charette—. Vos seréis la única que me ha traicionado, y la última que me acaricie.

—¡Yo no os había traicionado! Cuando me entregasteis a vuestros soldados para que me ultrajaran y me matasen, no os había traicionado.

—Lo sabía.

Charette se quedó contemplando el techo.

—No me traicionasteis hasta la noche siguiente.

—Os traicioné porque os amaba.

—Al parecer, me amabais en brazos de Hoche.

—Estuve en los brazos de Hoche porque vos estabais en los de vuestras amazonas, para vengarme. Y os traicioné porque, después, mi venganza no había quedado satisfecha, y comprendía aún mejor que era a vos a quien amaba.

—Señora, os dejé condenar por mis soldados porque me habíais tentado. Por un instante, estuve a punto de aceptar las proposiciones de vuestro abate. Me imaginé muy lejos, con vos, y ese muy lejos me agradó. Pero no tenía derecho a ello.

—Siempre se tiene derecho a ser feliz.

—Ésa es una idea de mujer. Una idea de tiempos de paz. Mis soldados habían hecho ya su elección, y también mis amazonas: Charette y la muerte. Y habían muerto ya demasiados para que yo pudiera irme a vivir al campo. Y vos me agradabais demasiado para que estuviese seguro de poder resistir. Quise vuestra muerte, como vos quisisteis la mía... Contra nuestra felicidad.

Los grandes ojos de Joséphine se habían humedecido.

—¿Es cierto que me amas?

Su rostro se hundió en el pecho de Charette y sus labios recorrieron el desgarrón de la camisa.

—Apártate —dijo Charette—. He recibido menos heridas que mis amazonas. Sufro menos que aquellos de mis soldados a los que he abandonado moribundos en los hoyos de las cañadas. Ni tan siquiera debo permitirme este instante de felicidad.

Joséphine se enderezó, desconcertada.

—No es un instante lo que te traigo, sino toda una vida. Si renuncias a la guerra, Hoche te dejará huir. Nos iremos. Olvidaremos y seremos felices.

La cólera crispó el rostro de Charette.

—¡No voy a acceder, desde luego! —dijo—. Pero, ¿por qué vienes a tentarme? Cae la noche. La he visto caer tantas veces sobre los bosques, sabiendo que al llegar el alba combatiría para morir quizá. Para mí, comienza sólo una noche más. Tengo que dormir, para estar mañana bien fresco para el ataque. ¡Vete, con tu felicidad y mi amor!

Se incorporó penosamente sobre un codo. Joséphine guardó silencio. Sus lágrimas fluían sin parar, como si fueran lluvia.

—No me ha vencido Hoche... —dijo Charette—. Lo que ocurre es que yo he dudado de la guerra. ¿Y sabes cuándo? La noche en que te encontré en tu castillo, entre tus biombos, desnuda y con la mano sobre La Nueva Eloísa. Me dije, «hay otras cosas, además de la guerra». Pero ya no podía hacer nada. Todo está bien así. Hay personas que se acarician para demostrarse que se aman. Nosotros nos hemos condenado a muerte.

La puerta rechinó. Apareció el intimidado rostro del oficial.

—Ya es hora, señora.

—Ya es hora —dijo Charette.

Joséphine se inclinó y le besó la mano. Luego se levantó, como si estuviera ebria, y retrocedió unos cuantos pasos.

—Mañana estaré en la ventana desde la que te tiré los narcisos... ¿Recuerdas? Llevaré en la mano el Sagrado Corazón que llevábamos sobre el pecho. Los que te vean mirarme creerán que soy tu última amazona. No sabrán que te he traicionado...

—Ni que nos amamos.

El oficial sostenía un candelabro. Con la otra mano, tuvo que sostener a Joséphine. Sus pasos se perdieron por la escalera sin fin.

La muchedumbre no gritaba. El murmullo que se alzaba de aquella doble hilera de personas procedía más de su respiración y emoción que del odio.

El grave redoble de los tambores fue llenando lentamente la calle.

Los soldados desfilaban en apretadas filas. Luego, se produjo un claro.

La gente reconoció a Charette, vestido con uniforme gris y calzón rojo, y con el brazo vendado. Sobre los vendajes que ceñían su frente llevaba atado un pañuelo, que su sangre había teñido de rojo: el mismo rojo de los seguidores de Monsieur Charette. Éste avanzaba con aire grave y distraído.

Sólo se detuvo una vez.

—«¡Oh, refugio de los pecados! ¡Madre de los agonizantes! No nos abandonéis en la hora de núes-tra muerte...», —murmuraba el sacerdote.

Al advertir que Charette se había detenido, alzó los ojos para seguir la mirada del condenado.

Éste había emprendido ya nuevamente la marcha. Los tambores resonaban. Entre la muchedumbre, una anciana se santiguó.

—¡El emblema del Sagrado Corazón...!

Joséphine lo sostenía en su ventana.

La mirada de Charette permaneció fija en la ventana, tanto tiempo como le fue posible, sin desfallecer, interminablemente. A su lado, el sacerdote leía la plegaria de la buena muerte.

La calle no es más que un redoble de tambores. El flujo de soldados ha ocultado ya a Charette. Ya no se ve a Joséphine en su ventana.