CRECER ES INEVITABLE
Natacha y Carlos se casaron a fines de junio. Después de la boda los novios se fueron por su lado, Alberto y Quique se metieron en el cine de barrio, pues daban una del Oeste, y nosotros volvimos a casa.
Hacía un calor bárbaro y a la Buela le dolían mucho los pies porque se había comprado, para la boda, zapatos nuevos con tacón bastante alto. Se los quitó y también se cambió el vestido. A mí me desnudó y me puso el pijama. Eran casi las nueve de la noche y no pensábamos cenar porque la merienda había sido abundante.
Todo parecía igual y sin embargo percibí una suerte de vacío. Pensé en los papas y dije a la Buela:
—Tal vez podría consolar a papá y mamá, hablándoles como lo hago contigo. Si supieran de mí lo que tú sabes...
Buela movió negativamente la cabeza.
—De ningún modo, Veva. Ahora has de tener más cuidado que nunca. Te faltan tres meses para cumplir el año y has de comportarte como lo que eres: una niña muy pequeña. Ellos no quieren que crezcas.
—No lo puedo evitar, Buela. Cada día soy un poco más vieja.
—Disimula unos años todavía. Por favor, Veva, no seas insensata. ¿No ves que de ti depende su seguridad?
—¿Y Alberto? ¿Y Quique? Papá y mamá están contentos de que se hagan hombres.
—Es distinto. Tú, ahora, eres la única chica de la casa, como Natacha lo fue durante muchos años. Ellos se irán y tú te quedarás. Deja que disfruten de ti. Anda, ve con ellos.
Los encontré, ensimismados, en el vano de la puerta del dormitorio que había sido de Natacha. Sí, todo parecía igual. Natacha había dejado allí un rastro de perfume y el esplendor de sus años de adolescente. Allí, invisibles, permanecían sus horas de estudio, pensamientos, alegrías, temores, sus últimas horas de ilusión. Papá y mamá se agarraban a los restos del paso de Natacha: la cama, el armario, la mesa, la silla, el balancín, un bloc de apuntes, dos bolígrafos usados...
—¿Es posible —preguntó papá— que una sola persona haga tanto bulto? ¿Deje un hueco tan enorme en una casa tan pequeña?
—Estas cosas siempre son así —dijo mamá, que había llorado mucho durante la ceremonia—. Siempre son así —repitió.
No supe a qué cosas se referían. Deben de ser cosas de mayores, cosas de dentro más difíciles que las de fuera. Los papas permanecían allí, clavados, buscando, tratando de recuperar lo que ya no era más que un recuerdo.
—¡Mamá! ¡Papá!
En aquel momento despertaron. Mamá me tomó en brazos.
—¡Dámela! —dijo papá.
—No. Déjamela un momento. ¡Cómo ha crecido! Papá quería tomarme en brazos. Mamá me retenía en los suyos.
—Dámela, te digo. No hay que perder ni un minuto.
Mamá me estrechaba contra su pecho. Allí me acurrucaba yo, siempre que podía, para escuchar el ruido aterciopelado de su corazón. Papá me tiraba por un lado, mamá por otro y yo me eché a reír.
—Vamos a destrozarla —dijo mamá riendo también.
—¡Qué demonios, dámela! ¡Es mi hija! Entonces me eché al cuello de papá.
Él me necesitaba más que nadie en aquel momento.
Mamá cedió al fin y papá me envolvió en sus brazos.
—Es mi hija —repitió papá—. Mi hijita, Veva. Mi pequeña. Mi chiquitita por muchos, muchos años.