CAPITULO IX

 

Jessica tenía los ojos clavados en el rostro del hombre.

—Me parece soñar —dijo, pasados unos instantes—. Si el robo se efectuó hace cuatro años, entonces no pudo ser mi padre. Murió cuando yo era una niña, Jesse.

—En Bender Creek le dije que un día tendría que conocer toda la verdad. ¿Ha usado siempre el apellido Mudloe?

—Siempre —corroboró ella enfáticamente.

—Y su madre, entonces, le dijo que era viuda.

—Sí. Me contó que mi padre murió durante un viaje de negocios. Dejó una pequeña fortuna y ello permitió que yo pudiera estudiar interna durante bastantes años en un buen colegio.

Ferber conocía bien la historia de Orvil Odlum. Aquella «muerte» debía de haberse producido en una de las numerosas veces que estuvo encarcelado.

—¿Qué hizo después? ¿Abandonó el colegio? —preguntó.

—Sí. A los dieciocho años, me cansé. Mi madre quería que siguiese un par de años más, pero yo me negué rotundamente.

—Y aprendió a cantar, a bailar y a hacer juegos de manos.

—Estuve primero en una compañía teatral y luego en un circo. Me gustaba, Jesse.

—Comprendo. ¿Se opuso su madre?

—Un poco, pero cedió enseguida. Yo la encontraba siempre un poco rara, como ausente... No es que no me quisiera, claro; pero siempre me daba la sensación de no haber sabido sobreponerse del todo a la pérdida de su esposo. A veces se marchaba de casa y permanecía ausente largas temporadas...

—Es lógico. Iba a visitar a su marido en la cárcel o a reunirse con él, en sus períodos de libertad.

—¿Quiere decir que mi padre vivía y ella me lo ocultó?

Ferber movió la cabeza afirmativamente.

—Así tuvo que ocurrir, Jessica —dijo—. Su padre no se llamaba Mudloe; el apellido auténtico era Odlum. El mismo que usted usa en la actualidad, escrito a la inversa y con la adición de una E al final.

Jessica se sentía estupefacta.

—Es... Me parece increíble... ¿Vive mi padre todavía?

Lo siento. Murió hace unas semanas, cuando intentaba fugarse de la penitenciaría de Yuma. Estaba condenado a cadena perpetua por asesinato de seis personas y robo de medio millón de dólares.

Ella se pasó una mano por la frente.

—No sé si estoy soñando... Todo esto que oigo es...

—Absolutamente verídico, Jessica, por duro y cruel que pueda parecerle. Usted, por supuesto, no tiene la culpa de los actos de sus padres, aunque pague en parte sus consecuencias.

—Mi madre jamás me dijo nada al respecto, y mucho menos nada acerca del dinero... Espere, hace unas semanas me escribió, diciéndome que se reuniría conmigo en Bender Creek y que me daría una magnífica noticia. ¿Cree que se refería al dinero robado, Jesse?

—Es probable —admitió él.

—Incluso añadía que si yo lo deseaba, podría tener mi espectáculo propio o retirarme para vivir como una reina, pero no me daba más detalles.

—¿Seguro, Jessica...? —preguntó Ferber interesadamente.

—Por supuesto. Pero la siguiente carta no llegó jamás...

—Ya había muerto cuando usted preguntaba en la recepción del hotel —dijo el joven—. Y la buena noticia, sin duda, se refería al medio millón robado.

—Nunca hubiera aceptado un solo centavo de esa suma, Jesse —protestó ella con vehemencia.

—¿Cree que su madre le hubiera dicho cuál era su verdadera procedencia? —preguntó Ferber.

 

* * *

 

Dos días más tarde, Ferber detuvo su caballo en un punto del camino. Jessica le imitó.

—Aquí se cometió el asalto —dijo él.

—¿Cómo lo hicieron, Jesse? —preguntó la muchacha.

—Fue un plan muy ingenioso, todo hay que reconocerlo. Naturalmente, conocían al dedillo el día y la hora en que el dinero pasaría por aquí en una carreta especial, custodiada por seis hombres. Su padre y los miembros de la banda cavaron un foso del tamaño apenas superior a la carreta y lo cubrieron luego con tablas sostenidas por un par de recias vigas. Después, disimularon su obra con tierra y polvo. Los caballos, por supuesto, pasaron sobre la trampa, pero entonces, tres hombres, por lo menos, tiraron de cada cuerda. La trampa había resistido el peso de los caballos, pero no el de la carreta, que se hundió por completo en el foso.

—Oiga, me parece extraño que el conductor no percibiese ruido a hueco, cuando los caballos pasaron sobre las tablas...

—Iban a cierta velocidad y los sonidos naturales de la marcha debieron de impedírselo, aparte de que, aunque lo hubiese captado, ya era tarde para refrenar la marcha del vehículo.

—Comprendo. ¿Qué pasó después, Jesse?

—Se puede contar con pocas palabras. Los seis guardas murieron acribillados a balazos. Incluso mataron a los caballos, porque ellos ya tenían preparado otro tiro y otra carreta a cierta distancia. Luego desaparecieron, lógicamente.

—Resulta terrible enterarse de que el padre de una fue un desalmado forajido —murmuró.

—Usted se ha llamado siempre Mudloe. No tiene por qué cambiarse de apellido.

—Desde luego, pero los que me secuestraron sabían...

—Ignoro cómo lo supieron. Algún día lo averiguaré, aunque esto es secundario por el momento —dijo Ferber—. Jessica, ¿está segura de que su madre, en las cartas que le escribía, no mencionó nunca una clave relativa al escondite del tesoro? ¿Algo referente a cuatro rocas y tres robles, por ejemplo?

—No, jamás; se lo aseguro, Jesse.

Ferber hizo un gesto de resignación.

—Yo tengo la indicación del lugar donde está escondido el dinero, pero es un mensaje cifrado de un medio peculiar.

Naturalmente, sin la clave, resulta imposible descifrarlo.

—Ese mensaje cita cuatro rocas y tres árboles, ¿no?

—Y muchas cosas, entre ellas una nube gris; pero ¿hay algo más cambiante que una nube?

Ella quedó pensativa unos momentos. Luego, de pronto, dijo:

—Jesse, la fuga de mi padre fue descubierta y por ello murió. ¿Tan mal preparó el plan de evasión?

—No. Cometió un error: confiar en un supuesto amigo. Ese hombre le traicionó después.

—Y le premiarían, supongo, dejándole salir en libertad.

—Ese fue uno de los premios. El otro, dos balazos en el pecho.

Jessica lanzó una exclamación de horror.

—¿Quién lo mató? —quiso saber.

Ferber dudó en la respuesta. Antes de que pudiera tomar una decisión, divisó en lontananza un grupo de jinetes.

 

* * *

 

Las siluetas se recortaban contra el punto más alto de la pendiente que se iniciaba precisamente en aquel lugar. Jessica siguió con la vista la dirección de la mirada de Ferber y se alarmó al ver a los jinetes.

—Cuidado —dijo él—. Será mejor que nos apartemos del camino, Jessica.

—¿Teme a esos hombres?

—Veo a siete u ocho individuos y en estos parajes y después de lo que ha pasado, es para desconfiar de un grupo tan numeroso. Venga, por favor.

Ferber taloneó a su montura y se salió del camino, situándose junto a un cercano grupo de rocas que podían prestarle alguna protección en caso necesario. Aflojó su revólver en la funda y dejó el rifle apoyado en una piedra.

—Jessica, Colóquese ahí —indicó el pedrusco—. Si se lo ordeno, échese al suelo inmediatamente.

El pelotón de jinetes llegó a poco. Jessica se impresionó mucho al ver el aspecto de facinerosos que tenían casi todos ellos.

La única excepción, hasta cierto punto, era la del individuo que cabalgaba en cabeza del grupo, pero solamente quizá por su indumentaria, de mejor calidad que la del resto. Era un sujeto de unos treinta y cinco años, alto, ancho de hombros y de mirada fría y despiadada. En su labio superior campeaba un gran mostacho de guías caídas a los lados.

El hombre sonrió al ver a la pareja, pero, sobre todo, a Ferber.

—Una agradable sorpresa, Jesse —manifestó, apoyado con ambas manos en el arzón de la silla—. No esperaba verte por estos andurriales, a decir verdad.

—Soy un tipo inquieto, Brick Burroughs —contestó el joven—, Ya sabes, hoy aquí, mañana en otro sitio...

—Y siempre detrás del dinero de la Mac Pherson, ¿no es cierto? —rió Burroughs.

—Algo hay que hacer en este mundo para vivir —dijo Ferber, impertérrito.

—Sí, sobre todo, considerando que se trata de medio millón, y que te darán una buena recompensa, ¿no es así?

—Brick, ¿quién trabaja hoy día por amor al arte?

Burroughs soltó una estruendosa carcajada, a la vez que se palmeaba el muslo derecho con gestos aparatosos.

—¿Habéis oído, chicos? —dijo a los que le rodeaban—. Siempre estuve seguro de que Jesse Ferber era un tipo muy agudo. De todas formas, me extraña verle por aquí y más en compañía de esta dama tan encantadora.

—Ella se dirige a Salera y yo la acompaño, eso es todo, Brick.

—¡Hum! —rezongó Burroughs—. El dueño de Golden Horsehoe habrá lamentado mucho su ausencia, opino.

Ferber se encogió de hombros.

—Ella era la dueña de seguir allí o cambiar de aires —contestó.

—Ya veo —Burroughs se quitó el sombrero y le dirigió un versallesco saludo a la muchacha—. Señorita, quiero que sepa que la vi actuar más de una vez en Bender Creek y que me cautivaron su arte, su gracia y su simpatía.

Jessica hizo un gesto de asentimiento. Burroughs movió la mano y la tropilla se puso de nuevo en marcha.

—Adiós, sabueso. Que tengas mucha suerte —se despidió.

Ferber no dijo nada. Uno de los rostros de los forajidos había llamado especialmente su atención, a pesar de que el interesado había tratado de pasar desapercibido.

Era Zane Havard, el hombre que había tratado de raptar a Jessica en Bender Creek. También estaba en el coche saloon, formando falsamente a fin de robar el bolso de Cynthia Odlum.

—Vámonos, Jessica —dijo él, cuando los jinetes estuvieron a razonable distancia—. Este encuentro no me gusta absolutamente nada.