XI
Al día siguiente, no vio por allí ni a Lulu ni a Wendell. La señora Griffin dijo haberlos visto antes del desayuno y que luego desaparecieron. Harvey, por tanto, estaba libre y podía actuar por su cuenta en lo que quisiera. Trató de no pensar en lo que había ocurrido la noche anterior, pero no podía evitarlo.
Fragmentos de conversación acudieron a su memoria y se interrogaba constantemente. ¿Qué había querido decir Jive, por ejemplo, cuando le dijo a Harvey que convertirlo en un vampiro no era tanto un juego como una educación? ¿Qué clase de lección había aprendido al saltar de un tejado para asustar a Wendell?
¿Y toda aquella historia acerca de ladrones de almas y de cómo había que servirlos? ¿Era el señor Hood, de quien hablaba Jive, el gran poder al cual todos ellos tenían que servir? Si Hood estaba en la casa, ¿por qué nadie —Lulu, Wendell o él mismo— lo había visto? Harvey había tratado de obtener detalles de Hood, y obtuvo de sus dos amigos la misma respuesta: no habían oído ni pasos, ni susurros ni risas. Si el señor Hood estaba aquí realmente, ¿dónde se escondía y por qué?
Tantas preguntas y tan pocas respuestas…
Y luego, como si estos misterios no fueran ya bastante, se había presentado otro para inquietarle. Por la tarde, cuando se hallaba descansando a la sombra de la casa del árbol, oyó un grito de desesperación; miró a través de las hojas y vio a Wendell cruzar el césped corriendo. Iba vestido con anorak y botas, a pesar de que hacía un calor sofocante, y daba patadas al suelo como un loco.
Harvey le llamó; pero o bien no le oyó o decidió no hacerle caso. Por ello descendió y persiguió a Wendell por el lado de la casa. Cuando dio la vuelta hacia la parte de detrás lo encontró en el huerto, sudado y con la cara enrojecida.
—¿Qué te pasa? —preguntó Harvey.
—¡No puedo salir! —respondió Wendell, aplastando con el pie una manzana medio podrida bajo sus pies—. ¡Quiero marcharme, Harvey, pero no hay salida!
—¡Seguro que la hay!
—Lo he estado intentando horas y horas, y puedo asegurarte que la niebla me devuelve al lugar por donde he venido.
—¡Eh, cálmate!
—Quiero irme a casa, Harvey —dijo Wendell, ahora llorando—. La pasada noche fue demasiado para mí. Aquella cosa quería mi sangre. Sé que no me crees…
—Te creo —dijo Harvey—. De verdad, te creo.
—¿Seguro?
—Claro que sí.
—Bien, pues tú también deberías marcharte, porque si yo me voy vendrá a por ti.
—No lo creo —aseguró Harvey.
—Me he hartado ya de este lugar —dijo Wendell—. Es peligroso. Oh, sí, sé que parece que todo es perfecto, pero…
Harvey le interrumpió:
—Creo que deberíamos bajar la voz. Y hablar de esto reposadamente y en privado.
—¿Como dónde? —preguntó Wendell con terror en sus ojos—. Todo el lugar nos está vigilando y escuchando. ¿No lo sientes?
—¿Por qué tendría que ser así?
—¡No lo sé! —exclamó Wendell—. Pero anoche pensé que si no dejo este lugar ahora, voy a morir aquí. Voy a desaparecer cualquier noche; o volverme loco como Lulu. —Bajó la voz para hablar susurrando—. Ya sabes que no somos los primeros. ¿De dónde ha salido toda la ropa que hay arriba? Todas las chaquetas, zapatos y sombreros. Pertenecieron a chicos como nosotros.
Harvey se estremeció. ¿Había jugado a trucos y bromas con los zapatos de un muchacho muerto?
—Quiero salir de aquí —dijo Wendell, con lágrimas resbalando por sus mejillas—. Pero no hay salida.
—Si hay una entrada ha de haber una salida —razonó Harvey—. Iremos al muro.
Dicho esto, empezó a andar. Wendell le siguió, doblando la esquina de la casa y bajando luego por la pendiente del césped. El muro de niebla parecía completamente inofensivo mientras se aproximaban a él.
—Ten cuidado —advirtió Wendell—. Tiene trucos guardados en la manga.
Harvey acortó el paso, esperando que el muro se abriera, o incluso que le acogiera como cuando entró. Pero no hizo nada. Más intrépido ahora, avanzó, adentrándose en la niebla, seguro de salir al otro lado. Pero por alguna clase de magia, se encontró con la casa enfrente, sin notar siquiera que le habían dado la vuelta y regresado a la parte de dentro.
—¿Qué ha pasado? —se preguntó.
Asombrado, volvió a pasar entre la niebla. Ocurrió exactamente lo mismo. Entró en línea recta y salió, pero en dirección opuesta. Lo repitió una y otra vez. Siempre lo mismo; el truco operó de la misma manera, hasta que Harvey se sintió tan frustrado como Wendell media hora antes.
—Y ahora, ¿me crees? —dijo Wendell.
—Sí.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer?
—Bueno, ante todo bajar la voz —susurró Harvey—. Tenemos todo el día. Vamos a hacer como si hubiéramos abandonado la idea de huir. Voy a inspeccionar el terreno.
Empezó sus investigaciones tan pronto como volvieron a la casa, yendo en busca de Lulu. La habitación estaba cerrada. Primero llamó a la puerta, luego la llamó por su nombre. Al no obtener respuesta, empujó y vio que la puerta no estaba cerrada con llave.
—¿Lulu…? —dijo, abriendo la puerta—. Soy Harvey.
No estaba allí, pero le tranquilizó ver que había dormido en la cama y que aparentemente había estado jugando con sus animalitos no mucho antes. Las puertas de la casa de muñecas estaban abiertas y había lagartos por todas partes.
Percibió, sin embargo, una cosa extraña. El ruido de un chorro de agua lo atrajo hasta el cuarto de baño, donde encontró la bañera llena casi hasta el borde, y las prendas de Lulu esparcidas sobre los ladrillos encharcados.
Cuando bajó a la planta preguntó a la señora Griffin:
—¿Ha visto usted a Lulu?
—No, en las últimas horas —respondió—. Pero ha estado muy reservada. —La señora Griffin puso la cara seria y miró a Harvey—. Yo, de ti, no me ocuparía demasiado de esto, hijo. Al señor Hood no le gustan los huéspedes curiosos.
—Sólo trataba de saber dónde estaba —le respondió Harvey.
La señora Griffin frunció las cejas y trabó la lengua contra su pálida mejilla, como si quisiera hablar pero no se atreviera.
—De todas maneras —prosiguió Harvey, pinchando deliberadamente a la señora Griffin—, no creo que el señor Hood exista.
—Ten cuidado —respondió ella con la voz más grave y frunciendo más profundamente la frente—. No te conviene hablar del señor Hood de esa forma.
—He estado aquí… días y días —dijo Harvey, dándose cuenta, al hablar, de que había perdido la cuenta del tiempo que llevaba en la casa—, y no le he visto ni una sola vez. ¿Dónde está?
Ahora, la señora Griffin se acercó a Harvey con las manos levantadas y, por un momento, pensó que iba a pegarle. Pero, en su lugar, le cogió por los hombros sacudiéndole.
—¡Por favor, hijo! Conténtate con lo que sabes. Estás aquí para pasártelo bien durante un tiempo. Y mira, muchacho, es muy poco tiempo. El tiempo vuela. ¡Oh, Dios mío, cómo vuela!
—Se trata sólo de unas pocas semanas —dijo Harvey—. No voy a estar aquí siempre. —Ahora era él quien la miraba fijamente—. ¿O sí? —preguntó.
—¡Basta! —exclamó ella.
—Usted cree que voy a estar aquí para siempre, ¿no es verdad? —dijo, librándose de sus manos—. ¿Qué es este lugar, señora Griffin? ¿Es una especie de prisión?
Ella movió la cabeza, negativamente.
—No me mienta —continuó él—. Sería absurdo. Estamos encerrados aquí, ¿no es cierto?
Ahora, aunque el cuerpo de la señora Griffin temblaba de la cabeza a los pies, osó insinuar un ligero asentimiento.
—¿Todos nosotros? —dijo, y ella nuevamente asintió—. ¿Usted también?
—Sí —susurró—. Yo también. Y no hay forma de escapar, créeme. Si tratas nuevamente de escapar, Carna irá a por ti.
—Carna… —recordó de pronto el nombre por la conversación entre Jive y Marr.
—Está arriba —dijo la señora Griffin—. En el tejado. Allí viven los cuatro. Rictus, Marr, Carna…
—… y Jive.
—¿Lo conoces?
—Los he conocido a todos, excepto a Carna.
—Rezo para que nunca lo conozcas —dijo la señora Griffin—. Ahora escúchame, Harvey. He conocido a muchos niños que han pasado por esta casa. Los ha habido de todos tipos —alocados, egoístas, simpáticos, valientes…—, pero tú…, tú eres una de las almas más brillantes que mis ojos han visto. Quiero que disfrutes tanto como puedas de tu estancia aquí. Utiliza bien las horas, porque habrá menos de las que tú piensas.
Harvey escuchaba pacientemente. Luego, cuando ella hubo terminado, dijo:
—De todas formas, aún quiero conocer al señor Hood.
—El señor Hood está muerto —dijo la señora Griffin, exasperada por su persistencia.
—¿Muerto? ¿Lo jura?
—Lo juro —respondió—. Sobre la tumba de mi pobre gato Clue, lo juro: el señor Hood está muerto. Por tanto, no me preguntes más acerca de él.
Ésta era la primera vez que la señora Griffin había llegado al punto de dar una orden a Harvey, y aunque quería presionarla aún más, decidió no hacerlo. En su lugar, dijo que sentía haber tenido que sacar el tema y que no lo haría más. Luego la dejó con sus secretos pesares.