18

Thibault

No he podido resistirme. La he besado.

Esperaba que sus labios estuvieran fríos. Primer error.

Esperaba que estuvieran rígidos. Segundo error.

Ciertamente, Elsa no podía responder a mi beso, pero sus labios eran flexibles. Lo bastante flexibles para que mis recuerdos asocien ese contacto con cualquier otro beso dado a un cuerpo dormido. De esos que das en plena noche cuando tu pareja duerme todavía. Tal vez precisamente con la intención de despertarla también. De esos a partir de los cuales la noche toma otro cariz, ya sea puramente sentimental, puramente físico o bien una mezcla de ambas cosas. Me pregunto desde cuándo no he compartido de verdad un momento así.

No obstante, hace un rato, en esa habitación de hospital, no sé qué me ha pasado.

Algunos dirían: «Ha sido más fuerte que yo.» No me gusta esa expresión. Yo diría más bien…

Era evidente.

La he besado.

Me muerdo el índice doblado para librarme de la tensión. Hace ya un par de horas que he vuelto a casa de Julien y Gaëlle y sigo sobreexcitado. Sin duda se debe a la adrenalina liberada por la situación en sí, pero quizá también a las jodidas hormonas, que se alborotan cuando nuestros sentimientos despiertan. He estado bañado en una especie de euforia hasta hace un rato, he vuelto al piso casi a ciegas. Qué ridículo puedes llegar a ser cuando estás enamorado…

El gorjeo de Clara me devuelve momentáneamente a la tierra. Vista la hora, ya va tocando que le prepare el biberón de la noche.

Al volver a casa he puesto la tele por mero reflejo, pero el volumen está muy bajo. Tal vez lo haya hecho por tener compañía, pero sobre todo creo que era para distraerme. La pega es que no funciona. Ni siquiera Clara lo consigue.

Una vez preparado el biberón, me la coloco encima y la dejo succionar tranquilamente. Mi vista vaga por la sala y por fin encuentra un objetivo. El manual del cochecito. La verdad es que tengo un plan para mañana, y debería aprender a desplegar ese jodido chisme. No obstante, otro libro sobre la mesita baja retiene mi atención.

Es curioso que lo haya visto, porque queda oculto debajo de unas revistas. De hecho, fui yo quien lo puso ahí la última vez, escondido adrede para olvidármelo cuando me fuera. Todavía dudo un momento. Me pregunto por qué Julien me compró ese libro, cuando desde hace más de una semana no cesa de repetirme que tenga mucho cuidado con lo que me pasa por la cabeza y por el corazón. Tal vez se diga que su lectura me desmotivará para ir a ver a Elsa. O quizá solo quiera contribuir a mi educación médica. No obstante, albergo serias dudas respecto de este último supuesto.

Sumido en la indecisión, opto por quedarme quieto hasta que Clara se termine el biberón. Es como una guerra de miradas. Yo escruto el libro para hacerlo levitar hasta mi mano, y el libro me reta a agarrarlo. Por suerte para él, consigue una prórroga mientras voy a acostar a Clara. Desafortunadamente para él, le salto encima hacia las nueve de la noche, tras la cena y la ducha, como un soldado listo por fin para la batalla.

El libro empieza con un prefacio que esquivo triunfal. El índice parece bien elaborado, pero me lo salto igual de deprisa para atacar la introducción. Cinco segundos después he pasado ya sus buenas diez páginas hasta llegar al meollo del asunto.

Las explicaciones comienzan de forma bastante sencilla, mediante unas cuantas frases científicas. Ahora bien, los términos no tardan en volverse demasiado técnicos. Cuando levanto la nariz hacia el reloj de pared, son las nueve y diez. No… No es posible… Tengo la sensación de que hace más de una hora que me estrujo la sesera con este libro. Definitivamente, se quedará debajo de las revistas. Me declaro vencido.

Además, creo que una parte de mí no tiene ningunas ganas de leer hasta qué punto alguien sumido en el coma tiene pocas probabilidades de despertar.

No tengo la menor idea del estado de Elsa, nadie quiere hablarme de ello. Y a decir verdad, he observado que prefiero que nadie lo haga. Prefiero quedarme in albis y no enterarme de nada. Si no sé nada, mantendré la esperanza. Y hoy por hoy la esperanza es lo único que me hace avanzar.

Las nueve y cuarto, cojo el manual del cochecito. Vuelvo con sigilo a la habitación de Clara para recuperar el objeto de mis desvelos y empujo la mesita baja con el fin de disponer de un poco de espacio. La gestualidad subsiguiente se me antoja un ballet de pésima ejecución. Me transformo en un bailarín terrible, mediocre pareja de un cochecito que solo accede a plegarse, o más bien a desplegarse, a mis exigencias tras un dúo sin piedad.

Por fin, a las diez de la noche llego victorioso al colofón del espectáculo. Con todo, dejo el cochecito abierto en la entrada. Aunque lo haya plegado y desplegado cinco veces consecutivas para tener la certeza de haber dominado el procedimiento, temo no ser capaz de hacerlo mañana por la mañana.

Preparo todo lo que necesito para mi ahijada, que me despertará en plena noche, y me acuesto sigiloso en mi cama. La lucha contra el cochecito debe de haberme cansado más de lo previsto, porque no tardo en dormirme. Hacia las cuatro de la mañana doy el biberón a Clara con la mente nublada, antes de volver a sumirme en un sueño profundo.

El despertador suena a las siete. O más bien mi móvil vibra a las siete. Me precipito sobre él para no turbar el sueño de la pequeña maravilla que comparte mi habitación.

Es increíble ver hasta qué punto uno puede recuperar comportamientos similares en situaciones sin embargo tan diferentes. Recuerdo haberme despertado de ese modo a lo largo de tres años a fin de no molestar a Cindy, que se levantaba un cuarto de hora más tarde que yo. Le preparaba el desayuno, al principio con amor, después por costumbre. Si me paro a pensarlo, creo que solo me dio las gracias durante las primeras semanas. Me daba igual, estaba enamorado, y más tarde lo hice por inercia. Hoy, sencillamente estoy entregado a la causa. Y también sé que Clara no me dejará plantado.

Hago todos los preparativos necesarios con el fin de estar totalmente disponible para Clara cuando despierte, cosa que no tarda en ocurrir. La cubro con un montón de prendas para mantenerla bien abrigada respetando las directrices de Gaëlle. Ni siquiera paso por alto buscar activamente el gorrito rosa que le regalé cuando nació. Lo encuentro en su sitio, guardado junto con el resto de la ropa «para salir», como dice Julien. Me viene bien, precisamente preveo una «salida».

Eso sí, un poco especial. Será toda una novedad para mi ahijada. Y también para mí, dado que nunca he practicado el footing-cochecito. Sencillamente, me consta que el modelo adquirido por Julien se presta a ello. No dejo de sentir cierta aprensión, pero es más bien excitación que nerviosismo. Al menos, por primera vez desde principios de diciembre, no parezco tanto un astronauta. La cazadora sigue colgada en el perchero cuando cierro la puerta a mi espalda.

Coger el ascensor con el cochecito no se revela tan difícil como había imaginado, al revés que el simple hecho de salir del edificio. Un domingo a las nueve de la mañana no es que haya demasiada gente para sujetarme la puerta, a decir verdad no hay nadie. Ordeno a Clara que se tape los oídos mientras me despacho a gusto soltando tacos hasta cruzar el umbral del inmueble. Una vez en el exterior, de pronto tengo la impresión de revivir.

Realmente no comprendo todas las sensaciones que me embargan, pero me deleito ante el mero hecho de ver filtrarse los rayos de sol a través de las nubes. Técnicamente, se supone que no va a llover, pero pese a todo bajo la especie de campana de plástico que cubre el cochecito. No querría que Clara cogiese frío.

Empiezo por dirigirme hacia el parque a buen paso. En cuestión de pocos cientos de metros quedo conquistado por las zapatillas que he tomado prestadas a Julien. Si el cochecito se adapta igual de bien al footing, obtendré mayor placer de lo previsto. Una vez llegado a las avenidas asfaltadas que surcan el amplio espacio verde, voy acelerando progresivamente. Al poco empiezo a trotar, al principio con torpeza y luego con mayor seguridad, por todo el perímetro del parque.

En el cochecito, Clara parece más despierta que nunca. La nueva experiencia debe de tenerla fascinada. Hace unos días me sentía un tanto escéptico, pero ahora que me he puesto a ello, estoy convencido. Incluso empiezo a planificar mentalmente sesiones más regulares. Tendré que hablar de ello a Julien. De vez en cuando podríamos salir a correr juntos, así sin más. Hasta me pregunto si Gaëlle no se apuntaría.

Hacia las diez el parque ya se ha llenado un poco, pero mucho menos de lo que imaginaba. Por la sencilla razón de que el sol comienza a ocultarse definitivamente detrás de las nubes. Emprendo entonces el camino de vuelta al piso y al final incluso echo a correr, pues está empezando a llover.

Entre el sudor y el agua de lluvia llego empapado, pero antes que nada me ocupo de mi angelito, que se ha quedado traspuesta en el cochecito. Le quito las prendas de abrigo y la cambio, tras lo cual Clara se niega categóricamente a abandonar mis brazos. Deambulo por la sala haciéndole carantoñas, pero mi moral se va hundiendo a medida que mengua la luz. Aún no es mediodía y se podría creer que es de noche. Curiosamente, se parece al panorama que mi hermano observaba ayer por la tarde.

Cuando de pronto un rayo de sol se abre camino a través de las nubes, me acerco a la ventana con el fin de intentar recuperar las sensaciones que me embargaban al salir de casa esta mañana. Mas en vano, nada vuelve a mí. Es como si mi ser lo hubiera olvidado todo.

A lo lejos cae la lluvia. Solo un pequeño rincón tiene derecho todavía a un rayo de luz, que juega al escondite con un arco iris muy tenue. Se diría un piloto luminoso, que por desgracia me recuerda demasiado bien un determinado trazo en una determinada pantalla de cierta habitación de hospital. Señalo a Clara los colores, aunque sé fehacientemente que jamás recordará ese domingo en que su padrino le enseñó cómo tener la certeza de asistir a semejante fenómeno.

Suspiro mirando fijamente el arco iris. Vuelvo a sentirme apático, se diría que imito la nueva personalidad de mi hermano. Clara debe de percibirlo, pues pugna por abandonar mis brazos. La deposito en la cuna y vuelvo a la ventana cual atraído por un imán.

La lluvia intensa del fondo semeja el estado de mi corazón. De pronto me entran ganas de aullar mi pena, pero al mismo tiempo empiezo a estar harto de ese tipo de actitudes. Ya he llorado bastante. He tomado decisiones. Odio las tormentas, pero ese arco iris parece pese a todo devolverme la esperanza.

Para algo han de servir las tormentas.