Capítulo X
Despedida
Los siguientes días continuaron con la misma rutina: Dernhil por la mañana y sesiones adustamente cómicas con Indik cada tarde, que terminaban con la mandíbula de Maerad a punto de amotinarse, desencajándose, si es que no estaba al borde de las lágrimas. Indik había decidido limitarse a hacer despiadados comentarios sobre la ineptitud marcial de Maerad, pese a que a partir del tercer día esta ya no dejaba caer la espada cuando intentaba esquivar sus estocadas, y en una ocasión casi consigue dejarlo sin defensa. Aquel día él simplemente había doblado su sarcasmo, y los labios de Maerad se habían transformado en una seria línea. Deseaba saber de esgrima para dejarlo en ridículo, pero él podía desarmarla con tanta facilidad como si fuese una niña de cinco años. Pese a que siempre disfrutaba de las horas montando a Imi, Maerad prefería con diferencia las mañanas que pasaba con Dernhil, que le estaban abriendo un nuevo y emocionante mundo.
Dernhil estaba encantado con su rapidez. En pocos días fue capaz de leer un breve pasaje de un poema con relativa fluidez. Era como si, decía él, simplemente le estuviese recordando algo que ella había olvidado, más que enseñándole cosas que no sabia. Era un profesor muy diferente de Mirlad: ni de lejos tan severo, y mucho más propenso a animarla con elogios.
Maerad florecía bajo su tutela. Recorría su estudio con la mirada y suspiraba. Tantos libros en tantas lenguas, ¡y ella a duras penas era capaz de leer el más pequeño de todos!
—Quizá pueda volver, después de que vayamos a Norloch, y aprender más —le sugirió ansiosa a Dernhil al día siguiente—. Hay tantas cosas que no sé…
Dernhil levantó la vista de un trabajo que estaba corrigiendo.
—Sería una feliz ocasión —dijo—. Si lo hicieses, me encantaría enseñarte —sonrió, pero había algo en su sonrisa que hizo que el corazón de Maerad se encogiese; los ojos de él tardaron en apartarse de su rostro… Bajó la cabeza y se deshizo trabajosamente de aquella sensación.
No veía nada a Cadvan. Por las noches cenaba con Silvia y Malgorn, o en el Salón con otros estudiantes, que la miraban con desconfianza o con exagerada intimidación. A veces se pasaba una hora o más mirando a los que jugaban al gis en la mesa que estaba en la esquina del Salón. Se sentía intrigada ante la compleja belleza del juego, que se jugaba con unas fichas blancas y negras sobre un tablero hexagonal con muchas casillas, pero nunca consiguió entender las normas. El gis necesitaba, según le dijeron, de toda una vida de estudio: era al mismo tiempo un juego de inteligencia táctica y juicio estético. Maerad seguía con fascinada incomprensión los extraños dibujos que formaban las fichas, cómo evolucionaban y desaparecían a medida que fluía el juego.
Siempre había música, pero Maerad no volvió a tocar ante una audiencia, solo cuando estaba sola en su habitación por la noche, cuando lo necesitaba. No se sentía sola, estaba demasiado ocupada para ello, y por las noches sencillamente estaba demasiado cansada. En dos días ya tenía la extraña sensación de que siempre habla vivido allí. La Escuela ya no le parecía grandiosa ni extraña, y a veces se maravillaba ante la facilidad con la que se había metido en aquella vida, como si se tratase de un traje ya conocido.
El segundo día se quebró el tiempo claro de primavera, y llovió casi continuamente durante tres días. Las lecciones de esgrima de Maerad se trasladaron a un impresionante ruedo cubierto que era evidente que había sido construido con tal propósito, pero la equitación continuó sin hacerle ninguna concesión al tiempo. A veces Maerad sentía, mientras se apartaba el cabello húmedo de los ojos, que odiaba a Indik pese a que bajo el resentimiento se daba cuenta de que su severidad era impersonal y, de alguna forma, una cualidad a respetar. Las lecciones reforzaron su determinación de aprender las artes de manejar la espada, aunque solo fuese para acallar la sonrisita de suficiencia que aparecía en el rostro de Indik siempre que cometía un error.
—Eso era tu garganta, señorita —decía él con satisfacción—. Ya puestos, bien podrías tirarte al suelo y ofrecerme el cuello —y Maerad, sudando bajo el yelmo, enseñaba los dientes, maldiciéndolo en silencio mientras él volvía a la posición de batalla—. ¡No pienses que no te he oído! —decía Indik sin volverse—. Te oigo, ya ves. Los juramentos no te servirán de nada si tu espada es floja. ¡Venga, otra vez!
Su relación con Dernhil era bastante diferente, y profundizó hasta convertirse en amistad. Al final de su lección de la cuarta mañana, Dernhil se apartó el cabello de los ojos y le preguntó si estaba ocupada aquella noche.
—No —respondió ella, ya que aquella noche iba a cenar en el Salón.
—¿Te gustaría cenar conmigo? —preguntó—. Podría enseñarte algunos de los libros de los que te he hablado…
—¡Me encantaría! —dijo Maerad efusivamente. Le tenía pánico a cenar en el Salón, todavía no se le daba muy bien estar entre la multitud.
Tras ver el caos de su estudio, los aposentos de Dernhil estaban sorprendentemente ordenados. Tenían en gran parte el mismo estilo que las habitaciones de la casa de Silvia y Malgorn, delicadamente amuebladas con elementos decorativos troquelados sobre las cálidas paredes amarillas.
El comedor estaba lleno de objetos curiosos que había ido coleccionando durante sus viajes: complicadas tallas de marfil procedentes de Suderain y tapices de seda hechos por los tejedores de Thorold, estatuillas de alabastro de artesanos annarienses desconocidos, una enorme esfera de cristal, lámparas metálicas extrañas y de complicados diseños… Las paredes, por supuesto, estaban cubiertas de libros.
Le sirvió una comida sencilla y deliciosa a base de trozos asados de carne especiada acompañada de verduras de primavera tiernas, con quesos, nueces y vino. Después se repantigaron sobre las sillas de cómodos cojines ante el fuego, bebiendo vino, y Dernhil fue sacando libro tras libro, señalando detalles de calígrafía e iluminación y leyéndole poemas.
Charlaron amistosamente sobre muchos temas. Maerad le preguntó lo del duelo con Cadvan, y Dernhil echó la cabeza atrás y rió.
—¡Deberías haber visto a Cadvan en aquel momento! —dijo con cariño—.
Era antes de… bueno, cuando era joven. Era guapo, tenía carisma, ya era un Mago de gran poder… Todo el mundo decía que era seguro que algún día se convertiría en Primer Bardo, quizá incluso Primer Bardo de Norloch… y tampoco era mal poeta.
—Pero no era tan bueno como tú.
—No —dijo Dernhil dirigiéndole una mirada divertida. No había vanidad en aquella declaración—. Y Cadvan no podía soportar ser el segundo en nada.
Por supuesto que yo gané. Él se puso furioso.
Maerad se había dado cuenta de que Dernhil se había corregido en lo que iba a decir.
—¿Qué le ocurrió a Cadvan? —preguntó con curiosidad—. ¿Por qué no se convirtió en Primer Bardo?
El rostro de Dernhil se oscureció de tristeza.
—Creo que debería ser el propio Cadvan quien te contase eso —dijo por fin—. Como sin duda lo hará, algún día. De hecho se ha convertido en un gran Bardo. Pocos pueden igualarlo. Pero pocas veces la vida resulta ser lo que uno esperaba cuando era joven y estaba lleno de esperanza —se produjo un breve silencio, y después se volvió hacia Maerad—. Perdóname por hacerte una pregunta tan personal, pero ¿sois tú y Cadvan… sois amantes?
Maerad se ruborizó, pensando en los chismes que Cadvan le había mencionado.
—No —farfulló—. No, nada de eso —levantó la vista y se topó con la mirada descubierta de Dernhil. En sus ojos había una invitación no expresada con palabras, una tierna súplica, algo más que admiración, pero Maerad se enfrió. Su vida le había enseñado que el deseo masculino solo significaba violencia, y un miedo instintivo, primitivo, que aplastaba cualquier otra respuesta. Se puso en pie tambaleándose, movida por un repentino pánico, con el corazón latiéndole a toda prisa.
—Debo irme —dijo—. Mañana tengo que levantarme temprano.
—Sí —dijo Dernhil. Él también se puso en pie, suspirando. —Bueno, nos vemos por la mañana.
—Sí —dijo Maerad.
Volvió a mirar a Dernhil, pero aquella perturbadora mirada había desaparecido. Estrechó su mano extendida e inclinó la cabeza, y se marchó rápidamente.
El sexto día de sus lecciones, Dernhil le dijo que el día siguiente era festivo y que no hacía falta que viniese. Ahora ya era capaz de leer entrecortadamente el libro de poemas, y Dernhil se lo regaló.
—Ven a decirme adiós antes de irte —le dijo.
—Lo haré —dijo Maerad agarrando el libro—. Y gracias, muchas gracias — todas las cosas que quería decir, cómo un brillante nuevo mundo se había abierto ante ella bajo la amable tutoría de Dernhil, cómo la había llenado de alegría y emoción, se reunieron en su garganta e hicieron que se atragantase.
Dernhil se aclaró la garganta.
—Me ha gustado darte clase —le dijo—. Cadvan podrá hacer algo sobre lo que ya has aprendido. Tú también puedes ir avanzando sola practicando la lectura —hizo una pausa—. Hay muchas cosas que enseñarte. Todos los grandes textos de Annar y los Siete Reinos, las historias y canciones que constituyen el Saber. Y eso es solo el principio. Parece un crimen no enseñártelos —meneó la cabeza con pesar—. Te hubieras convertido en una excelente erudita, con tus aptitudes y tu aplicación. Solo sería cuestión de tiempo.
—Supongo que no es lo que tiene que ser —dijo Maerad—. Y no siempre podemos elegir nuestro camino.
Dernhil pareció ligeramente atónito.
—No, supongo que no —dijo. Se produjo un largo y ligeramente incómodo silencio—. Bueno, no olvides visitarme antes de irte —se sentó de golpe en su escritorio, y Maerad se dio cuenta de que la daba por despedida.
Indik fue más brusco.
—Por lo menos ya puedes sostener la espada —le dijo—. Que ya es algo.
No puedo decir más. Solo tienes que practicar y desear tener suerte.
Maerad le devolvió una mirada sin expresión. No le apetecía darle las gracias, pese a que sentía que debía hacerlo. Para su sorpresa, Indik rió entre dientes.
—Aun así, un corazón valiente puede prevalecer donde falten habilidades —dijo—. Venga, dame tu espada —se la tendió—. ¿Cómo la has llamado?
¿Irigan? Un buen nombre… —la atrajo hacia él y la inspeccionó de cerca—.
Una delicada arma —echó el aliento sobre la hoja y después frotó lentamente la condensación con los dedos, hablando en voz baja mientras lo hacía, para que Maerad no pudiese escuchar las palabras. Después la volvió a envainar y se la devolvió.
—Un conjuro para obtener precisión y contener roturas o daños —dijo—.
Durará lo que dure la hoja. Te podrá ser de ayuda.
Maerad se sintió sorprendida por una súbita avalancha de gratitud. Miró a Indik a los ojos y por primera vez, vio en ellos una amabilidad inesperada.
Para asombro de ambos, lanzó los brazos alrededor del cuello de Indik y lo besó en la mejilla de la cicatriz.
—Gracias por aguantarme —le dijo—. ¡Lo haré lo mejor que pueda para no deshonrarte!
—Solo llegarás hasta donde puedas, si es que puedes —dijo él ásperamente—. Y ahora vete.
Se tropezó con Cadvan en la calle de los Creadores. Parecía demacrado, pero sonrió al verla.
—¡Te saludo, joven doncella guerrera! —dijo.
Maerad había olvidado que todavía llevaba la cota de malla, y bajó la vista involuntariamente.
—Llámame simplemente «la desesperación de Indik» —dijo ella—. Pese a que me ha concedido poder sacar la espada en caso de ser atacada, en vez de salir corriendo.
—Eso quiere decir que has aprobado con nota —dijo Cadvan riendo—. Ya he hablado con Dernhil, desea desesperadamente que te quedes y acabes tus estudios. No creo que sea exclusivamente por ese motivo, me da qué pensar. Está claro que se ha quedado impresionado contigo.
—Oh, mierda —dijo Maerad—. Deja de pincharme, Cadvan. Aunque me ha dado este libro.
—Un claro signo de favoritismo —replicó Cadvan a la ligera, pero después volvió a parecer serio—. Pero tiene una parte de razón. Y Silvia también.
No es justo arrancarte de esto, que debería ser tuyo por derecho.
—¿Te están entrando dudas? —Maerad escudriñó su rostro cuando se pusieron a caminar juntos.
—No, pero me estoy preguntando si a ti sí.
—No —dijo Maerad lentamente—. No, me siento más segura. Y no sé por qué, porque realmente me encanta estar aquí, y me ha encantado estudiar con Dernhil, e incluso con Indik. Hoy ha hechizado mi espada, ¿sabes?
—¿En serio? —dijo Cadvan sorprendido—. Iba a hacerlo yo mismo, pero él puede hechizarla mejor de lo que haya podido hacerlo yo nunca. Es su habilidad especial, y la gente hace largos viajes para venir a pedirle el favor. A veces no lo hace, sin importar lo que le ofrezcan a cambio. Es un buen juez de almas, y no ayudará a ningún propósito oscuro. Aun así, me alegro de que no tengas dudas. Me presiona que tengamos tan poco tiempo.
Caminaron un rato en silencio, mientras Maerad reflexionaba acerca de las palabras de Cadvan. Durante los pasados días había olvidado las premoniciones oscuras de su conversación en el patio, y ahora la sensación de pánico volvía.
—Quiero partir mañana por la noche —dijo Cadvan—. Solo los Bardos del Círculo de aquí saben con seguridad que nos marcharemos tan pronto, y los secretos están seguros con todos ellos. El banquete de despedida será mañana por la noche, y creo que debemos asistir y partir pronto, así nadie nos seguirá. Si no lo hacemos así, nos encontraremos cabalgando con cerca de un centenar de Bardos, lo cual no resulta una buena forma de mantener mucha discreción, o nos veremos obligados a esperar una semana más, lo que no me gusta.
Maerad tenía la sensación de que, más que cualquier otra cosa, Cadvan ansiaba ser libre de las exigencias de la sociedad. Ella sentía un poco la misma necesidad. Por muy en privado que se mantuviese, siempre había grupitos de gente que murmuraban a su paso o la señalaban por la calle, y no le gustaba su fama, la desconcertaba y le molestaba. Pero al mismo tiempo sentía una punzada de arrepentimiento.
—Dernhil quería que le dijese adiós antes de marcharme —dijo.
—Tendrás tiempo mañana —dijo Cadvan—. Vendré esta noche y comprobaré tu equipaje, voy a cenar con Silvia y Malgorn —le apretó la mano a modo de despedida y se apresuró a bajar por otra calle. Maerad realizó su camino a casa pensativa.
De vuelta a su cuarto tras un largo baño, colocó todas sus nuevas posesiones sobre la cama. Ahora tenía un pequeño libro de poemas, un yelmo, una espada, una cota de malla, una carterita, una pluma y un paquete que le había dado Silvia y que todavía no había tenido tiempo de abrir. Estaba hecho de cuero negro, suave pero sorprendentemente duro, y tenía unas curiosas hebillas y correas, que más tarde averiguó que servían para poder transportarlo a la espalda o colgarlo de la silla de montar.
Dentro había una botella para el agua enfundada en cuero, una botella de medhyl, un frasquito azul con tapón, que contenía el elixir que Silvia había utilizado para aliviarle los dolores menstruales, dos mudas, suaves pantalones de cuero, camisas de lana y chalecos, bien hechos y prácticos, hábilmente tejidos de forma que, doblados, ocupaban muy poco espacio.
Silvia también había empaquetado unas piezas de ropa interior hechas de gruesa seda. Maerad acababa de abrir un paquete que contenía el mismo pan de aspecto duro que recordaba haber comido de camino a Innail cuando Cadvan llamó a la puerta y entró.
—Excelente —dijo cuando ella le enseñó el contenido de su equipaje—. Y hay espacio suficiente para tus propios tesoros. Yo también tengo un regalo para ti —le tendió una funda de cuero para la lira, para que estuviese protegida mientras viajaban. Estaba trabajada con un diseño de flores como las que había en la sala de música del piso de abajo, y en el centro había un lirio con forma de estilizada trompeta, destacado en dorado y plateado.
—Es el símbolo de Pellinor —dijo—. Deberías tener también un broche, pero no he tenido tiempo para que te lo hiciesen.
Maerad se sentó sobre la cama con la funda de cuero en las manos. Se sentía más abrumada por aquel regalo que por cualquier otro de los que ya había recibido, y se vio incapaz de tan solo tartamudear su agradecimiento. De repente, para su sorpresa, descubrió que las lágrimas le escocían en los ojos. Se volvió, avergonzada, pero Cadvan se sentó en la silla y esperó a que ella se recompusiese.
—Cadvan, lo siento —dijo por fin—. Es solo que, que… —meneó la cabeza—. Es solo que nadie me había dado nunca nada. Y de golpe me encuentro con que tengo todas estas cosas. ¡Es tan extraño! —se sorbió la nariz, y Cadvan le tendió un pañuelo en silencio—. Casi deseo que alguien me pegué o me insulté —continuó—. Bueno, quiero decir, por supuesto que no lo deseo en verdad, pero esto no parece muy real. Y me digo a mí misma que es real, y lo es, pero casi no puedo creerlo, y ya no me reconozco a mí misma. Me siento tan extraña… —se detuvo y levantó las manos con impotencia—. No puedo expresar lo que quiero decir. Estoy contenta de que nos vayamos. Pero al mismo tiempo lo siento y estoy contenta.
—Hace menos de dos semanas estabas sentada en un establo ordeñando a una vaca, pensando que serías esclava durante el resto de tu vida —dijo Cadvan. Ahora estaba en pie, mirando por la ventana—. No es mucho tiempo. Me sorprende que no te sientas aún más confundida. La mayoría de la gente se sentiría así —se volvió y la miró directamente—. No te prometo un viaje fácil, Maerad. Pero durante un tiempo por lo menos será pacífico.
—La gente no deja de señalarme —dijo Maerad—. No me gusta.
—La gente es complicada —dijo Cadvan—. Nunca podré vivir mucho tiempo en un pueblo. Pero quizá yo sea un caso poco habitual —de repente su expresión resultaba indescifrable, y se quedó callado. Tras un rato en silencio dijo que se verían en la cena, a la hora de la siguiente campana, y salió del cuarto bruscamente.
Aquella noche estaban presentes en la cena Oron, Dernhil e Indik. Oron había venido para despedirse de Cadvan y Maerad, ya que dijo que no asistiría al banquete de la noche siguiente. También estaba presente una Bardo bajita y de cabello oscuro llamada Kelia, a la que Maerad no conocía, pese a que la había visto a menudo en el Salón jugando al gis con gran concentración. Era, según supo Maerad, la campeona indiscutible de Innail.
Junto con Silvia y Malgorn, aquellos Bardos componían los seis del Círculo de Innail. Cuando Maerad entró en la sala, un poco tarde porque prepararse le había llevado más tiempo del que esperaba, y sintió un cosquilleo eléctrico en la piel. La sensación de poder en la sala era palpable; esta vez no era turbulento, como lo había sido en el Consejo, pero estaba claro y focalizado, como si el aire chispease con un fuego blanco.
A Maerad, que solo la había visto en acontecimientos formales vestida de Primer Bardo, Oron le había parecido distante y hostil, pero en privado tenía algo de la picardía de Silvia, y la comida resultó un acontecimiento feliz. Pese a que no se daba cuenta de ello, Maerad parecía una muchacha muy diferente a la que se había desmayado ante la puerta de la casa de Malgorn; una semana de dieta excelente y ejercicio diario habían hecho que su delgadez enfermiza se convirtiese en simple esbeltez, con un matiz de robusta energía. También había una expresión diferente en sus ojos, la cautela de alguien que podía ser golpeada por el menor descuido estaba siendo reemplazada por una nueva confianza en sí misma. Bromeaba y reía con los demás Bardos como si hubiera pasado allí toda su vida.
Mientras se servían perezosamente las carnes dulces y bebían el refresco de cereza de Malgorn, la conversación se desvió hacia la discusión del Encuentro. Las noticias, parecía ser, eran todas malas. El prestigio de las Escuelas era el más bajo que habían tenido nunca, y en algunos lugares causaban un abierto rencor. Las visiones de semi-hombres y otras criaturas de la Oscuridad eran ahora prácticamente una cosa común, incluso en lugares alejados de las regiones fronterizas de Annar, y lo que era peor, una enfermedad mortal que todos excepto los Bardos más dotados parecían incapaces de curar asolaba muchas de las reservas y pueblos del oeste. También en algunos Reinos occidentales había miedo a la hambruna, tras las insuficientes cosechas del año anterior y un mal invierno, que prometían hambre y violencia desesperada en las regiones más afligidas.
—Pero lo que más me preocupa —dijo Malgorn— son las historias sobre que el Habla no ha funcionado en la entrada de la primavera y la cosecha.
Incluso Thurl ha dicho que cuando este año pronunció las Palabras de la Creación, no cobraron vida en su interior. Hay muchos informes como este y por eso no se les puede atribuir a Bardos incompetentes o mal enseñados.
—Sí, amigo, algo pasa en el corazón de las cosas —dijo Cadvan con tristeza—. Y creo que no tiene Nombre.
Silvia bajó la vista, mordiéndose el labio.
—Siempre he rezado para no tener que vivir en tiempos así —dijo—. Para ver que mi vida acababa en paz, en la riqueza de la cosecha.
—Todos hemos hecho igual, y así han hecho también los que viven en tiempos oscuros —respondió Cadvan—. Pero no será así.
—Aun así —dijo Dernhil— se dice que el miedo no es sino una parte de la prudencia.
—Y también se dice que el miedo tiene un oído rápido —replicó Indik—.
Los Hechiceros Negros construyeron su fortaleza en Den Raven y llevan acosando al Suderain desde hace ya casi tres siglos. Ya tienen a sus propios Señores y Capitanes, me parece a mí que sería ir muy lejos decir que El Sin Nombre vuelve a levantarse.
—Quizá —dijo Cadvan—. Aun así, no desestimaría esos miedos.
Nadie respondió a aquello, y un meditativo silencio se asentó sobre el grupo.
—¿Qué es lo que esperas encontrar en Norloch, Cadvan? —preguntó Kelia.
Se echó hacia delante, con el ceño ligeramente fruncido entre las cejas oscuras—. ¿Has estado allí últimamente?
—No en este último año —replicó Cadvan—. Estoy ligado allí: debo informar al Primer Círculo. Enkir me envió al norte para recoger noticias de la Oscuridad, así que estoy comprometido a llevarle una buena cosecha —hablaba en un tono ligeramente irónico—. Pero sobre todo, o más cercano a mi corazón, mi deseo es ver a Nelac de Lirigon.
—Debe de ser ya viejo —dijo Kelia—. Nunca le he conocido en persona, pese a que he leído algunos de sus trabajos, por supuesto: me gustó Las extrañas flores del Gis, una pequeña obra maestra —algunos Bardos sonrieron ante la mención de la obsesión de Kelia—. Pero debería explicarme mejor, ¿qué es lo que esperas para Maerad?
Maerad aguzó el oído.
—Maerad todavía tiene que adquirir el Habla —respondió Cadvan—. Y como ya sabéis, es tarde para un Bardo, aunque no insólito: se dice que Callihal de Desor no adquirió el Habla hasta la edad de diecinueve años.
Pero por supuesto no se puede proclamar, ni tampoco su Nombre se revelará por sí mismo hasta que lo haga. Creo que Nelac podrá aconsejarnos, mejor que ningún otro en Annar, sobre cuál será el mejor procedimiento para Maerad.
—¿Mejor que cualquiera de aquí? —Kelia alzó las cejas, sin molestarse en ocultar su escepticismo.
—Él es un gran erudito en algunos asuntos de la tradición que me gustaría consultarle —dijo Cadvan.
—¿Por qué necesitas tradición? —insistió ella—. Está claro que esto es un asunto de llegar a ser Bardo tardíamente.
—No, no es solo eso —dijo Cadvan, y se negó, pese a que Kelia siguió insistiendo, a dar más detalles. Maerad estaba decepcionada. Kelia no era la única que quería saber por qué Cadvan la consideraba tan importante.
—Por fin he perdonado a Cadvan por llevarse a Maerad —dijo Silvia suavemente, ya que Kelia y Cadvan parecían estar a punto de comenzar una disputa—. Pese a que deseaba mantenerla conmigo más que ninguno de vosotros —se volvió hacia Maerad, sonriendo con tristeza—, en realidad solo estaba siendo egoísta, pues era casi como volver a tener una hija.
Malgorn le dirigió una mirada a su esposa con una súbita preocupación, y Maerad levantó la vista con curiosidad.
—Clavila, nuestra hija, murió en un accidente hace casi treinta años — explicó Malgorn. Maerad creyó percibir un matiz de resquemor en su voz, como si le disgustase recordar un viejo dolor.
—Oh —dijo Maerad torpemente, incapaz de pensar en una respuesta agraciada—. Lo siento —miró a Silvia con renovada comprensión, pero esta tenía el rostro vuelto hacia el fuego.
Poco después todos se retiraron a la sala de música, y los Bardos tomaron sus instrumentos. Maerad había dejado el suyo en la alcoba, y a petición de Oron subió corriendo a buscarlo. Oron lo examinó con inmensa curiosidad.
—Es un objeto Dhyllico, no tengo ninguna duda —dijo—. Estás en lo correcto, Cadvan, al evitar que esto se sepa públicamente. Nunca había visto uno —acarició la madera gastada y pasó los dedos sobre las cuerdas con suavidad—. ¡Y qué tonalidad tiene! ¿Cómo pudo Milana ocultar una cosa así?
—Pellinor era una vieja Escuela y contenía muchos tesoros —dijo Cadvan—. No dudo de que este fuese el mayor de ellos, pero parece un objeto muy humilde, quizá fuese más fácil mantenerlo en secreto de lo que puede parecer. La mayoría del pueblo, incluidos la mayor parte de los Bardos, pensarían que es un arpa de campesino, nada más.
—Eso era lo que pensaban en El Castro de Gilman —dijo Maerad—. Si hubiera parecido algo más, no se me hubiera permitido quedarme con ella —todavía estaba íntimamente estupefacta porque su humilde lira fuese un tesoro tal—. La amaba por otras razones. Es lo único que me queda de mi madre —la volvió a coger de las manos de Oron y tocó un suave acorde—.
Ella me canta.
—Has sido listo al darte cuenta, Cadvan —dijo Oron.
—Si no fuese listo, estaría muerto —respondió secamente—. Venga, ¿qué tocamos? Una pieza instrumental, me parece.
Maerad nunca se había divertido tanto, arropada por la intimidad de la música en aquella encantadora sala. Tocar con unos músicos tan consumados —para su sorpresa, incluso Indik era un diestro flautista, con un asombrosamente delicado tacto en comparación a su severo rostro— fue un placer que nunca había conocido. La luz de la lámpara resplandecía cálidamente sobre los pulidos instrumentos y los vasos de vino, y una camaradería bromista burbujeaba sobre la seriedad subyacente de una pasión mutua por la música y la canción. Era tarde cuando Silvia hizo que la fiesta cesase y se despidieron.
Cuando se marchaba, Oron se quedó en pie y tomó las dos manos de Maerad entre las suyas.
—Solo siento que nuestro encuentro haya sido tan apresurado. ¡Que la Luz guíe siempre tu camino!
—Y el tuyo —respondió Maerad, conocedora ahora de la respuesta educada. Oron la miró directamente a la cara, y Maerad sintió una mente que ponía a prueba la suya, afilada e implacable, como si fuese un rayo de luz lanzado repentinamente al interior de una habitación oscura. Se estremeció, y Oron rio suavemente y la soltó.
—Creo que no volveremos a vernos —dijo Oron—. La Luz te bendice con crueldad, y tu camino será duro y oscuro. Pero un corazón valiente puede prevalecer en donde falten habilidades.
Maerad recordó que Indik le había dicho lo mismo, pero la declaración de Oron tenía un peso diferente, como si estuviese hablando de algo mucho más portentoso y profundo que la destreza con una espada. Un cierto reparo la asaltó ante las palabras de Oron, el presentimiento de una sombra, y se estremeció.
—Deseo que así sea —dijo sobriamente—. Tengo mucho que aprender.
—Así es para todos —respondió Oron. Después le entregó a Maerad un broche de plata con el diseño del lirio, símbolo de Pellinor, y se lo puso en el pecho—. ¡Llévalo con orgullo! —dijo—. Perteneció a Icarim de Pellinor, mi viejo amigo y gran Bardo. Creo que se alegraría de saber quién lo lleva ahora —volviéndose hacia Cadvan, Oron dijo—. Cadvan, no tengo que decirte que protejas a esta joven. Es más que merecedora de que entregues la vida por ella. Tu camino es oscuro e incierto, pero siempre ha sido así.
Todo lo que puedo decirte, viejo amigo, ¡es que andes con cuidado!
—Estoy acostumbrado a andarme con cuidado —dijo Cadvan—. Pero mi corazón recela. Creo que la próxima vez que nos veamos será al otro lado de las Puertas del No Retorno, Oron de Innail.
Oron le sostuvo la mirada y luego inclinó la cabeza.
—Si ha de ser así, habré tenido una larga y alegre vida —dijo—. Ya no temo por mí. Mis esperanzas y miedos van contigo, y con tu tarea.
Le colocó las manos sobre los hombros y lo besó en la frente, y durante un momento se quedaron quietos, como dos figuras altas y serias. A Maerad le pareció que se habían quedado fuera del tiempo, como los personajes de una historia contada durante muchos siglos: dos nobles Bardos del Saber, considerados grandiosos en los anales de la tierra. Pero aquel momento pasó y, tras un parpadeo, Maerad ya solo vio a un hombre y una mujer de pie en una pequeña sala en la que el fuego yacía sobre sus brasas. Oron hizo un gesto con la cabeza a los demás Bardos y salió rápidamente.
Silvia estaba blanca.
—No sé lo que has visto ahí, Cadvan —dijo—. Oron sería una dura pérdida para todos nosotros.
—Habrá muchas pérdidas antes del fin —dijo Cadvan pesadamente—. Y ninguna podrá ver cuál será la última.
A nadie le apetecía quedarse después de aquello, y poco después Maerad y Cadvan daban las buenas noches al resto de sus acompañantes y se marchaban.
—Es interesante que Silvia haya mencionado a su hija —dijo Cadvan mientras caminaba junto a Maerad por el pasillo—. Nunca habla de ella.
Has despertado viejas penas, Maerad.
—No era mi intención —dijo Maerad con tristeza. Pensó en su propia madre. Si se quedase en Innail, podría quizá restituir una parte de aquella dolorosa pérdida. Comenzaba a comprender un poco las complejas añoranzas de Silvia.
—No se te puede culpar —dijo Cadvan—. A veces una nueva vida es dolorosa: el despertar de los miembros quema. Pienso, también, que será algo bueno, quizá para las dos.
Maerad se sintió extrañamente reconfortada por sus palabras. Se dieron las buenas noches mutuamente en la puerta de su cuarto. Dentro de la habitación, se acurrucó en la cama con el libro que le había dado Dernhil.
Le llevó un buen rato deletrear el nombre del poema que intentaba leer, se titulaba «Para Clavila».
Súbitamente se sintió demasiado triste para vérselas con las letras y dejó el libro con cuidado sobre su estantería. Lo leería mañana por la noche.
Antes del almuerzo del día siguiente, Cadvan se encontró a Maerad sentada sobre la cama y muy abatida. Había estado escuchando los sonidos de la Escuela, tales como el distante afinamiento de los instrumentos, las llamadas a los estudiantes y Bardos desde algún lugar de la casa y el golpeteo de la lluvia. Aquel día la idea de dejar Innail a cambio de un viaje incierto e incómodo emprendido por razones que no acababa de entender por completo le parecía menos emocionante de lo que le resultaba antes.
—¡Lluvia! —dijo Cadvan cruzando el cuarto hacia la ventana—. Deseemos que no amaine. Aunque he de decir —añadió mientras entornaba la vista para mirar entre los vidrios— que parece que ha escampado.
—No es precisamente el tiempo ideal para cabalgar —dijo Maerad, un poco malhumorada.
—Así habrá menos posibilidades de que alguien piense que nos marcharemos esta noche, o que se cruce en nuestro camino —dijo Cadvan.
Parecía más alegre de lo que había estado en varios días—. Con un poco de suerte, nadie sabrá si estamos aquí o no durante por lo menos un par de días.
—Supongo que no —dijo Maerad—. Pero no sé qué cambia eso.
—Quizá nada. Quizá todo —recorrió el cuarto arriba y abajo, sin descanso—. Deberíamos comprobar nuestros caballos. Y ¿no querías ver a Dernhil hoy? Podemos hacerlo a la vez.
Se pusieron unas pesadas capas y realizaron el camino hasta los establos.
Imi los saludó con un resoplido al verlos, y Maerad se alegró un poco porque ya le había tomado cariño a su yegua. La montura de Cadvan era un enorme semental negro llamado Darsor. Maerad nunca había visto una bestia tan orgullosa y poderosa.
—Llegó ayer desde el sur de Annar, yo lo llamé —dijo Cadvan—. Es de la raza de Lanorgrim. Ha consentido ser mi montura, yo no le ordeno. Es mi amigo.
—Parece como si estuviera deseoso de hacer ejercicio, más que recién llegado de un largo viaje —dijo Maerad asombrada—. ¿Qué quieres decir con que lo llamaste?
—Un amigo siempre escucha —dijo Cadvan, inescrutable—. ¿Y esta es Imi? Indik ha elegido bien, parece perfecta para ti —le dijo unas cuantas palabras a la yegua en el Habla y ella resopló y piafó el suelo con los cascos. Él rió.
—Una yegua orgullosa y terca, como su amazona, sin duda alguna —dijo mientras se volvía hacia Maerad—. Se niega a ser intimidada incluso por Darsor, que es un señor entre los caballos. Le he preguntado si podría mantener nuestro ritmo, y se ha ofendido tan solo porque se lo he preguntado —le palmeó el cuello a Imi.
Tras salir de los establos, quedaron en encontrarse para el banquete en la sala de música de la casa de Malgorn y Silvia, y Cadvan se fue a la Casa de la Música para arreglar asuntos suyos. Maerad dirigió sus pasos por última vez hacia la biblioteca para ver a Dernhil.
Dernhil estaba, como siempre, en su estancia. Maerad sospechaba que a veces dormía allí, se lo imaginaba cabeceando sobre sus libros, mientras el fuego ardía en el hogar y la pluma se le caía de la mano dormida. Levantó la vista cuando la vio entrar:
—¡Maerad! Me alegro de que hayas venido. Siéntate.
Maerad acercó su silla habitual, tras dejar en el suelo los libros con los que ya estaba cargada, y se sentó a su lado. Él buscaba algo por su escritorio.
—Tengo algo que he pensado que debería darte —dijo—. Está aquí, en algún lado… Sí, aquí está —sacó un pergamino de entre una pila de libros y lo estiró sobre el escritorio. Parecía muy antiguo: era muy fino de tan gastado como estaba, y la tinta que había sobre él se veía tan clara que en algunos lugares era casi indescifrable. Maerad reconocía algunas de las letras, pero estaba escrito con una extraña caligrafía y no era capaz de leer ninguna palabra.
—Lo encontré el otro día, mientras buscaba otra cosa —explicó Dernhil—.
Estaba metido entre un fajo de papeles y recortes sin ningún interés especial para nadie excepto quizá para mí: viejas baladas, listas y cosas así. Creo que no deberíamos pasarlo por alto, y quizá sea más útil para ti.
Además, será mejor que lo saquemos de la Biblioteca, donde podrían verlo los ojos equivocados.
—¿Qué es lo que dice? —preguntó Maerad.
—Lo siento, había olvidado que todavía apenas puedes leerlo —dijo Dernhil—. Es un documento curioso, escrito en el Habla de los Años Medios, unos trescientos años después de que Maninae restaurase el Reino de Annar. Parece que no tenga mucho sentido, pero no estoy tan seguro…
—¿Me lo podrías leer? —pidió Maerad. Dernhil la miró divertido. Así, sentada en el extremo de la silla, moviéndose inquieta por la impaciencia, parecía una niña de diez años.
—De acuerdo. Dice algo más o menos así: «Yo, Lanorgil de Pellinor, dejo aquí constancia de mi sueño, para que los que estén por venir sepan de él cuando yo haya pasado por las Puertas del Espacio No Rodeado.» Lanorgil era un renombrado clarividente de la época, y eso fue lo que me llamó la atención. Resulta extraño haberme encontrado con esto, pese a que la Biblioteca de Innail tiene una merecida fama, y que nadie vivo haya interpretado nada en él.
Maerad se removió impaciente en la silla.
—De todas formas, continúa así: «Una neblina oscurece el río brillante, una neblina que ningún ojo puede penetrar con su mirada, una neblina que confunde a los valientes y se extiende sobre los…» me parece… «pequeños asustados y temblorosos» —Maerad pensó con un repentino pinchazo en el pánico de su propio sueño—. «Todo está sumido en la oscuridad y la desesperación: la corrupción asalta las Altas Sedes de Annar, y aquellos que siguen sinceramente a la Luz se ven envueltos en sombras. Buscad entonces a quien de las Montañas vendrá sin Habla: un Bardo sin Escuela pero al mismo tiempo de esta Escuela. Buscadlo y apreciad al Lirio de Fuego, a Quien el Destino ha elegido, que con más belleza florece en sombríos lugares y ha dormido durante largo tiempo en las tinieblas; de una raíz así florecerá de nuevo la Llama Blanca, cuando parezca que su semilla está envenenada desde el mismo centro. ¡Percibid la Señal, no estéis Ciegos! En el nombre de la Luz y ansioso de Habla, cuyas raíces yacen en el Canto del Árbol que nos nutre a todos. Así le hablaron las Voces del Sueño a Lanorgil, en el día de Dhor, el séptimo del mes de Luminil, en el año 316 del calendario de Annar.»
»Está datado hace unos seiscientos años —miró a Maerad—. Parece no tener sentido. «A quien de las Montañas vendrá sin Habla… sin Escuela pero al mismo tiempo de esta Escuela» —sus ojos se posaron sobre el broche de Maerad—. También es una extraña locución decir «el Lirio de Fuego»: es evidentemente una referencia a Pellinor, aunque normalmente se conoce a Pellinor como el lirio de agua… —se detuvo en seco, parecía haberse perdido en sus pensamientos, y Maerad esperó pacientemente—.
Tú pareces encajar bastante bien en este enigma —dijo levantando la vista—. Y esto podría explicar los actos de Cadvan… Él está versado en los más profundos saberes ancestrales, y sabe mucho de lo que ya se ha olvidado.
—Yo… yo no lo sé —dijo Maerad—. No me ha contado mucho.
Dernhil pareció ligeramente decepcionado.
—Bueno, quizá puedas darle este fragmento —dijo—. Sin duda no ha sido casualidad que lo haya encontrado justo ahora, se dice que la Luz se despierta ante la necesidad. Me hace pensar en todas esas canciones sobre Quien el Destino ha elegido. Ya no se cantan, pero no todo el mundo las ha olvidado.
—¿Quien el Destino ha elegido? —el pequeño pinchazo de pánico se estaba expandiendo por el pecho de Maerad. Pensó que ojalá Dernhil nunca hubiera encontrado el pergamino, y sintió el súbito impulso de rasgarlo—.
¿Qué significa eso? Y aun así, ¿qué puede tener que ver conmigo?
—Es difícil de decir —dijo Dernhil, mirándola con una intensidad incómoda—. En cualquier caso, no le hables de ello a nadie excepto a Cadvan. Creo que comienzo a comprender un poco —tenía el rostro atribulado—. No me gusta pensar en que viajes, tan joven e iletrada, por tierras vastas y peligrosas —continuó—. Pero podría ser que no estuvieses segura en ningún lugar, y en ningún lugar menos segura que aquí, donde alguien podría adivinar que eres algo más que una oportunidad para cotillear. ¡Que la Luz te proteja!
Se produjo una breve y ligeramente incómoda pausa. Maerad no sabía qué decir, le parecía que, por razones que no era capaz de entender, Dernhil estaba afligido. Se acercó y le tocó la mano.
—Estaré más segura con Cadvan que con ninguna otra persona, creo —le dijo en voz baja.
Dernhil tomó su mano entre las suyas, apretándola.
—Yo también lo creo —dijo—. Pero aun así, desearía que las cosas fuesen de otra forma, y que pudieses quedarte aquí, y ser amada como te corresponde —le besó la mano y después, en un abrir y cerrar de ojos, la tomó entre sus brazos y la besó en la boca.
En el interior de su cabeza, una voz gritó «¡No!», pero Maerad era incapaz de emitir ningún sonido. Durante una décima de segundo se vio consumida por el terror: la asaltó el recuerdo de un aliento caliente contra su piel, unas manos crueles que le mazaban el cuerpo, los gemidos brutales de un hombre excitado… Se retorció como una serpiente para salir de entre sus brazos, atacándolo violentamente con los puños, y se quedó en pie, jadeando, ante él, con las manos levantadas para maldecir y los ojos brillantes. Vio que la boca del hombre sangraba. Y fue entonces cuando lo recordó: aquel era Dernhil, no Burk, el matón que había intentado violarla en el castro, y Dernhil solo la había besado. Bajó los brazos, sin saber que decir por la vergüenza y la confusión, y se volvió.
Dernhil se cubrió los ojos con la mano.
—Lo siento —susurró ella. Se dio cuenta de que estaba temblando. Dernhil se movió y levantó la vista.
—No eres tú la que debe sentirlo, Maerad —dijo. Para desasosiego de ella, los ojos le brillaban llenos de lágrimas—. Me siento avergonzado, me temo que me he dejado llevar. A veces es difícil recordar que eres tan joven y lo cruel que ha sido tu vida. Quizá volvamos a encontrarnos, y puede que entonces ya comprendas los caminos del corazón. Ahora es mejor que te vayas. ¡No olvides el pergamino! ¡Que la Luz siempre ilumine tu camino!
—Y el tuyo —murmuró Maerad apresuradamente mientras cogía el pergamino de la mesa, en la que Dernhil continuaba sentado inmóvil, con los ojos tapados con la mano. Abandonó la sala rápidamente, con el corazón latiéndole a toda prisa, y no volvió la vista atrás.
Maerad se fue directamente a su cuarto, caminando rápido bajo la lluvia, que ahora se había convertido en un aguacero constante. Apenas se dio cuenta de ello. Pese a que Cadvan la había pinchado con la preferencia que sentía Dernhil por ella, no lo había creído. ¿Habría hecho ella algo mal? ¿O habría dicho algo que le hubiese hecho pensar otra cosa?
Una vez en su cuarto se tiró sobre la cama. Un pánico irracional la henchía. En El Castro del Gilman se había pasado mucho tiempo esquivando la atención de los matones de Gilman y de otros esclavos, y las violaciones no eran algo fuera de lo corriente. Ella había conseguido evitarlo con astucia y precaución extremas, y a causa de la virulencia de sus maldiciones. Una vez había ocurrido algo aterrador con Burk —se estremecía ante el recuerdo—, pero después de aquello nadie lo había vuelto a intentar. Él se había quedado ciego durante tres días y le habían salido furúnculos durante semanas, y nadie se había atrevido a castigarla… El único hombre en el que confiaba era Mirlad, y se había andado con cautela incluso con él; aparte de eso, la atención de cualquier hombre, por pequeña que fuese, era temida y evitada.
Sabía que Dernhil no tenía nada que ver con aquellos hombres, pero aun así no conseguía calmarse. Sacó el pergamino que le había dado y lo examinó de cerca. No conseguía entender nada, la caligrafía era enmarañada y extraña, y estaba lleno de palabras que ella no reconocía.
Metió el pergamino bajo su almohada y se tumbó de espaldas, mirado el techo. Sus sentimientos hacia Dernhil se veían mezclados con el extraño pavor al pergamino.
Silvia llamó a su puerta más o menos una hora más tarde para preguntarle si quería que la ayudara a vestirse para el banquete de aquella noche.
—¿Estás bien, Maerad? —preguntó, con cierta preocupación.
—Estoy bien —dijo Maerad, mirándola acongojada.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Es que alguien te ha dicho algo? ¿O estás preocupada porque te marchas?
A Silvia no le llevó mucho tiempo sonsacarle lo de su encuentro con Dernhil. Maerad se lo contó con la voz entrecortada, casi paralizada por la vergüenza. No menciono el pergamino, ya que Dernhil le había dicho que lo mantuviese en secreto para todo el mundo excepto Cadvan. Se produjo una larga pausa mientras Silvia elegía las palabras en su cabeza.
—Escucha, Maerad, entre los Bardos las cosas no son exactamente como entre la mayoría de la gente —dijo—. En parte es porque vivimos mucho tiempo —hizo otra pausa—. Una cosa que aprenden los Bardos, y que veneran sobre todas las demás cosas, es a ser sabios en los caminos del corazón, a comprender qué es lo que aman. Dernhil no es un hombre de pasiones superficiales… Creo que no ha sido tan sabio como debería haber sido. No le gustaría pensar que te ha entristecido así —se quedó callada un rato—. ¿Por qué te ha molestado tanto?
—¿He hecho algo malo? —no era capaz de decirle a Silvia lo asustada que la había hecho sentirse aquella mirada en la cara de Dernhil, no lo hubiera entendido.
—No, cariño, ¿cómo ibas a hacer tú algo malo? —palmeó la mano de Maerad—. Dudo que sea el último. Pero, ¿qué sientes tú?
Sorprendida, Maerad valoró la pregunta.
—¿Hacia Dernhil? No lo sé —dijo—. Quiero decir, me cae muy bien Dernhil, ha sido muy amable conmigo, pero pienso en él, bueno, ya sabes, como un amigo.
—Y eso es lo que es, y eso continuará siendo —dijo Silvia con firmeza.
Rodeó a Maerad con el brazo y la acercó para abrazarla—. No deberías preocuparte. Dernhil es un hombre adulto y no te culpará por sus sentimientos. Amar no es ninguna vergüenza: es señal de un corazón generoso, y el dolor es el precio de tener un alma abierta. Él lo sabe. En cualquier caso —dijo, cambiando de tema—, Dernhil me ha pedido que te dé esto —le tendió un pergamino enrollado sellado con cera—. Parecía bastante afligido, ahora veo el porqué. ¿Te importa si le cuento que hemos hablado?
Maerad negó con la cabeza.
—Cuéntaselo, ya estoy bien —dijo.
—Entonces volveré más tarde —Silvia abandonó el cuarto.
Maerad miró el nuevo pergamino dubitativamente. Después de un rato, con una extraña desgana, rompió el sello y lo desenrolló. Allí escrito, de la mano clara y firme de Dernhil, había un poema, un breve enryu, que fue leyendo lentamente.
Ebrio de gracia rasgué
Lo que florecía.
¡Qué afligido está el cielo!
Debajo Dernhil había escrito: «Maerad, mis más sinceras disculpas por mi estupidez. Tu firme amigo, Dernhil.» Estudió el pergamino durante unos minutos, y un cálido sentimiento, nuevo para ella, la inundó. Se preguntó si debería responderle. «Por supuesto», pensó. «Quizá algún día la historia de cómo le hice sangrar el labio será una anécdota graciosa, como la del duelo de Cadvan.» Se acercó a la mesa y, utilizando uno de los papeles que le había dado Dernhil, escribió laboriosamente: «Gracias, Dernhil. De tu amiga, Maerad.» Se lo daría a Silvia más tarde para que se lo entregase.
Después, al recordar con un respingo la hora que era, fue por última vez al cuarto de baño, el que quizá fuese su cuarto favorito de toda la casa. Se había dado un baño cada día, deleitándose en el agua caliente y los aceites, y la lujosa sensación de bienestar que le proporcionaba. Se pasó allí algo más de tiempo de lo habitual, y cuando volvió Silvia ya estaba en su habitación, vestida y esperándola a ella.
Parecía casi un ritual, pese a que solo lo habían hecho una vez antes, y aquella vez resultaba bastante diferente. Maerad no se sentía azorada ante las delicadas ropas y se puso el vestido sola, pese a que Silvia la ayudó con algunos de los botones de la espalda. Se sentó ante el espejo mientras Silvia la peinaba y le arreglaba el cabello, y se dio cuenta de que el corte que tenía en la frente, resultado de la pelea con los semi-hombres, estaba ya completamente curado, la única señal que quedaba de él eran una fina línea blanca cerca del comienzo del cabello. Se recostó sobre Silvia y suspiró.
—Te echaré de menos, Maerad —dijo Silvia mientras se levantaba—. El riesgo que se corre en toda amistad es, por desgracia, el de sufrir un pequeño dolor. Tú me has hecho recordar muchas cosas que he amado, que ahora han desaparecido. Es motivo de alegría, y también de dolor, y te doy las gracias por ello —se sacó un paquetito del pecho y se lo dio a Maerad—. Quería darte algo que te haga recordarme. Perteneció a mi hija, Clavila, y me gustaría que lo tuvieses tú.
Maerad desenvolvió el paquete sin habla. Dentro había una piedra blanca como la de Silvia llevaba en la mano. Estaba suspendida en una fina cadena de oro.
—Es una piedra que se llama Estrella de Agua, dhillian, es apreciada por la Luz y tiene ciertas virtudes —dijo Silvia—. Quizá en un lugar oscuro te traiga curación —la colocó alrededor del cuello de Maerad, y esta se miró al espejo—. Y en un lugar iluminado, por supuesto, te adorna —la besó en la mejilla.
Maerad se volvió y abrazó a Silvia casi con desesperación, como si fuese una niña pequeña. La abrazó con fuerza, respirando su aroma, una fragante mezcla de leche, almendras y lavanda. Al final Silvia la besó en la parte alta de la cabeza y dijo:
—Deberíamos bajar.
—Gracias, Silvia —murmuró Maerad—. Muchas gracias, por todo, por todo lo que me has dado. Desearía poder darte algo a cambio.
—Ya lo has hecho —respondió—. Venga, vamos.
Malgorn y Cadvan las estaban esperando en la sala de música, e hicieron juntos el camino hacía el Gran Salón para el banquete. Silvia y Malgorn se separaron de ellos en la puerta, ya que Malgorn era Primer Bardo en ausencia de Oron. Maerad echó un rápido vistazo a su alrededor en busca de Dernhil, pero descubrió con una mezcla de alivio y desilusión que no estaba allí. El Salón estaba decorado como antes, pero Maerad percibió un cambio en la atmósfera del banquete. Pensó que quizá fuesen sus propios espíritus pesados, pero cuando se lo comentó a Cadvan este estuvo de acuerdo.
—Sí, una sombra se extiende sobre los Bardos —dijo—. Después de una semana hablando, lo único que ha salido a la luz han sido nuestras diferencias. Todos estuvimos de acuerdo en que algo está ocurriendo. Hay demasiadas pruebas para negarlo, o como para hacerlo a un lado como si formase parte de un ciclo natural, pese a que incluso ahora queda quien busque hacer eso. Pero incluso aquellos de buena voluntad no son capaces de ponerse de acuerdo sobre qué hacer, ni tan siquiera donde está el mal.
—Nunca había asistido a un Encuentro en el que se hayan llegado a tan pocas conclusiones —dijo Saliman, que de nuevo estaba sentado con ellos—. Creo que eso ya es un síntoma por sí mismo. ¡Y yo que pensaba que venía al norte en busca de ayuda! —negó con la cabeza—. Sabes, Cadvan pienso que en el sur estamos más cerca de las maneras y necesidades de la Luz. Mi gente es sincera y directa: no retuercen el Habla al pie de la letra y olvidan así su espíritu, como hacen algunos aquí.
Algunos norteños han olvidado lo que significa ser Bardo. No en Innail, por supuesto —continuó—. Oron es un gran Bardo, y la luz está viva y fuerte en esta Escuela. Pero me desagrada lo que dicen de los de Ettinor y Desor, y otros. Vienen con quejas y se van aireados —miró por encima de su hombro, hacia donde estaban sentados Helgar y Usted, en otra mesa, muy inmersos en una conversación.
—Tienes razón, Saliman —dijo Cadvan—. Eso nos indica que en estos tiempos están ocurriendo muchas cosas.
—¿Por qué no vienes hacia el sur conmigo, Cadvan? —preguntó Saliman—. Necesitamos gente como tú. Las fuerzas se están construyendo en Den Raven, y mi gente se está armando contra los Hechiceros Negros. Por lo menos allí estamos preparados para la lucha.
—No puedo —respondió—. O por lo menos todavía no. Tengo otras responsabilidades, y mi camino se dirige hacia el oeste.
—No todas serán tan pesadas, tampoco —dijo Saliman sonriéndole a Maerad—. ¿Cómo van tus lecciones?
La conversación derivo a temas más generales, y Saliman entretuvo a Maerad con historias de Turbansk, la gran ciudad del sur que era su hogar.
—Allí el sol lo calienta todo, no tenemos esta llovizna helada —dijo—.
¡Ojala pudieses verlo! Las torres son lirios de piedra, y dentro de ellas los patios están cubiertos de frescas parras, bajo las que te puedes sentar y escuchar las fuentes mientras come uvas. Y las calles… las sedas de los tenderetes, el mercado de flores… —su voz se llenó de melancolía—.
Sentarse sobre lo muros de la Torre Roja, que se yerguen escarpados desde las aguas de plata del Mar de Lamarsan, y mirar la puesta de sol mientras escuchas los gritos de los vendedores de frutas, a los pájaros y los monos que se preparan para dormir… no hay nada más hermoso en el mundo entero.
—Quizá vaya allí algún día —dijo Maerad.
—¡Eso es una promesa! —exclamó Saliman—. Te llevaré a los Oratorios, las grandes cuevas en las que durante miles de años mi pueblo ha adorado la Luz. Las aguas del río Lamar se funden ahí con el estanque sagrado, chapoteando bajo la luz de la luna como un velo de diamantes. Entonces te quedaras sin palabras. ¿Verdad que sí, Cadvan?
—Ninguna persona que tuviese ojos podría evitarlo —dijo Cadvan, sonriendo—. Nunca he visto nada que pueda rivalizar con ello.
—Siento nostalgia de mi hogar —dijo Saliman, aunque no resultaba necesario que lo mencionase—. Incluso he sido incapaz de descansar, y para mi esa es una sensación desconocida. Creo que no he pasado suficiente tiempo allí. Quizá cuando se avecinen las sombras nuestros corazones vuelvan al hogar y a aquellos a los que amamos.
—¿Vuelves ahora a casa? —preguntó Maerad.
—Por desgracia no. Primero debo ir a Norloch. Tal vez encuentre allí lo que busco, pero en mi corazón creo que no será así. Un largo viaje, que no me proporciona ninguna alegría, pese a que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vi a Nelac, y le he echado de menos. Nelac fue mi maestro y el de Cadvan —le explicó a Maerad—. ¿Te ha hablado de él, tal vez? Un gran Bardo, sin duda. Pero incluso un gran Bardo envejece, y necesitamos más como él. Me disgusta todo lo que escucho acerca de lo que está ocurriendo en esta tierra. Todo lo bueno y sano se marchita.
—No es propio de ti estar tan alicaído —dijo Cadvan—. ¿Cuándo partirás?
—En una semana o así, creo —dijo Saliman—. Me siento reacio a apresurarme a abandonar este refugio. Y sería mucho más dulce si quienes me desairan por el color de mi piel se hubiesen ido ya —Maerad sabía que se refería a Helgar y a Usted, y a algunos más—. Tampoco he tenido tiempo para tener un consejo adecuando con Oron, lo que deseo hacer antes de marcharme.
Aquella noche Cadvan no subió al estrado, y Maerad escuchó cómo los demás Bardos tocaban las canciones de la despedida. Su sensación premonitoria no hacía disminuir su deleite por la música, y estaba tan absorta que pegó un salto cuando Cadvan le dijo que era hora de partir.
Juntos se despidieron de Saliman y después caminaron hasta la gran mesa a la que estaban sentados Malgorn y Silvia.
—Saldremos con vosotros —dijo Silvia—. Comienzo a cansarme — caminaron en silencio hasta la casa de Silvia y Malgorn, en donde Cadvan y Maerad se pusieron sus ropas de viaje. Maerad se quitó su elegante atuendo y se puso el chaleco y los pantalones de cuero que Silvia le había apartado, y por encima se echó una pesada capa color azul oscuro.
Mantuvo la joya que le había dado Silvia alrededor del cuello, oculta bajo sus ropas. Llevaba la cota de malla y el yelmo guardados en el equipaje.
Dobló apenada el vestido carmesí y lo dejó en la cajonera. Supuso que pasaría mucho tiempo antes de que volviese a llevar unas ropas tan delicadas. Después, tras echar un rápido vistazo por su habitación, recogió el equipaje y se dirigió escaleras abajo.
—Ahora ya somos auténticos viajeros —dijo Cadvan. Volvía a llevar las ropas que ella recordaba de su primer encuentro, gastadas y sucias por el viaje, pero ahora estaban limpias y remendadas—. Pero no acamparemos hasta haber abandonado el Valle de Innail. ¡Aquí hay muy buenas posadas ante las que sería un crimen pasar de largo!
Maerad sonrió con alivio, ya que estaba aterrorizada ante la idea de dormir al aire libre con aquel tiempo. Cadvan le ofreció un vasito de vino dulce.
—Debemos beber la copa de separación —alzó el vaso hacia Malgorn y Silvia—. Que la paz sea sobre vuestra casa y sobre en los que en ella habitan —dijo.
—Y que la Luz lleve vuestro viaje a un final seguro —dijo Malgorn.
Bebieron el vino, y después Cadvan y Maerad abrazaron a Silvia para despedirse. Malgorn iría con ellos para enseñarles un camino privado para salir de la Escuela.
—Asegúrate de que no se lo come todo él —le dijo Silvia a Maerad, con una sonrisa triste—. Todavía tienes que ganar algo de peso.
—Bueno, seamos justos —dijo Cadvan—. ¡No creo que pueda meterle nada en la garganta a la fuerza!
—¡Adiós! —dijo Silvia, y se quedó de pie sola ante la puerta, mirándolos hasta que se desvanecieron por completo en la oscuridad.
Caminaron con rapidez por las calles nocturnas de Innail hacia los establos, bien envueltos en las capas para mantenerse alejados del frío.
Comenzaba a llover, una ligera ducha de agua que poco a poco se iba haciendo más fuerte. Sus pasos resonaban en los muros blancos de las casas, y las gotas de lluvia rebotaban sobre los adoquines mojados como motas de luz fría. Cuando vieron a un grupito de Bardos rezagados que volvían a casa del banquete se escondieron en un soportal, cubriéndose los rostros con las capuchas. A excepción de eso, no vieron a nadie y pasaron desapercibidos entre las sombras.
Maerad ya se sentía exiliada de la vida de Innail. Hasta hacía diez minutos había sido parte de ella, un hilo brillante de su complejo tapiz. Ahora la tristeza arrastraba sus pasos. ¿Volvería alguna vez? Allí se sentía segura y a gusto. Ante ella se erguían las penurias y la huida, la seguridad del peligro e inseguridad ente su destino. Pero una voluntad poderosa respondía al oscuro miedo que se removía en su interior; no podía expresar con palabras por qué debía dejar Innail pero, en algún recóndito lugar de su mente, estaba segura de que no podía hacer otra cosa.
Cadvan ayudó a Maerad a amarrar el hatillo a la silla, y después, tirando de sus caballos, siguieron a Malgorn por unos callejones estrechos y oscuros que Maerad no había visto antes, hasta llegar a las murallas de la Escuela. Él los llevó hasta una puertecilla de hierro atrancada con pesados cerrojos, del tamaño justo para que pasasen los caballos. Malgorn sacó una llave de hierro y abrió la puerta sin emitir ningún sonido. Tras un último y precipitado abrazo la cruzaron. La puerta se cerró tras ellos con un sonido sordo.
Maerad escuchó cómo la llave giraba en el cerrojo y los pestillos volvían a su lugar, y después únicamente quedó el pesado golpeteo de la lluvia.