UN BUEN LUGAR PARA DORMIR LA ETERNIDAD (BORDEANDO EL LEMÁN DESDE GINEBRA A MONTREUX ACOMPAÑADO POR ADA)— De Ginebra a Montreux, en tren, no hay mucha distancia y el viaje a lo largo de la orilla del lago Lemán es agradable. Vagones amplios y paradas a lo largo del camino para renovar conocidos cuando los recientes ya no tienen más que contar. Montreux no debe sobrepasar los treinta mil habitantes y está situada, como las gradas de un anfiteatro, entre el lago y una colina, donde se agolpa el casco antiguo frente a los Alpes saboyanos. Por su clima suave y cálido, aunque brumoso y con no demasiadas semanas de sol, pero con una vista magnífica sobre las aguas, fue siempre, sobre todo desde el siglo XIX, un importante centro turístico. Los hoteles son elementos esenciales de su paisaje y, entre ellos, el Montreux Palace, donde vivió Vladimir Nabokov ininterrumpidamente desde el año 1961 hasta el 1977, cuando falleció. Y Vera, su esposa, continuó en él hasta el año 1990, en que tuvo que abandonarlo al iniciarse unas obras de ampliación y mejora del inmueble. Alquiló un apartamento muy cerca y aún más del cementerio de Clarence, donde reposaban las cenizas del escritor, pero pocos meses después, al año siguiente, falleció. Es decir, la familia Nabokov se alojó en el Montreux Palace durante casi treinta años, incluyendo las idas y venidas de su único hijo, Dimitri.

Desde la ladera, y a pesar de las construcciones modernas, aún hoy se tienen magníficas vistas. En la parte baja, donde se encuentran el puerto y los muelles, todavía hay lujosas mansiones, comercios grandes y caros y hoteles belle époque, uno de los cuales podría ser el aquí citado. La historia de Montreux puede seguirse en el museo de la ciudad que está instalado en dos edificios del siglo XVII de la zona antigua. Pero por lo que es conocida esta pequeña ciudad suiza, además de por la calma y el retiro tranquilo de miles de turistas, es por la música. Multitud de conciertos de todo tipo pero, en especial, el Montreux Jazz Festival, cuyos conciertos tienen lugar en el Auditorium Stravinski, también asiduo visitante, y en el Miles Davis Hall. Por eso no es de extrañar que, delante del Montreux Palace, en un jardín que en otro tiempo perteneció seguramente al hotel, me encuentre con un buen puñado de esculturas, de confección diversa, dedicadas a Carlos Santana, Quincy Jones, B. B. King, Ella Fitzgerald, Ray Charles o Aretha Franklin. También, perdido por el Montreux Palace buscando las estancias de Nabokov, me encuentro con la suite de Freddie Mercury en la habitación 721, en un altillo de la sexta planta. Y en el jardín, por supuesto, también existe un buen memorial dedicado al autor de Ada o el ardor. Vera y él están sentados en un banco, como debieron de hacerlo tantas veces, contemplando el lago, ahora tapado por otros edificios, y viendo el transcurrir de los barcos de recreo.

La estación del tren, que aún conserva ese empaque decimonónico, está en el centro de la ciudad. Se sale de ella, se bajan unas escaleras entre edificios y se accede al Montreux Palace hacia la derecha por una avenida. Penetro por lo que hoy es la entrada principal y, como nadie me detiene, lo cual dice mucho de mi prestancia, semejante a la de tantos poderosos que allí se albergan, busco el ascensor y me dirijo a la sexta planta, donde sé que estaban las habitaciones del matrimonio Nabokov. Llego y es entonces cuando me pierdo en un laberinto de pasillos solitarios y descubro habitaciones que pertenecieron a otras personas —conocidas o no—, por las placas que lo indican. Un tanto agobiado, recupero el mismo ascensor y bajo a la recepción, donde esta vez me paran y me preguntan, amablemente, qué busco. Cuando pronuncio la palabra Nabokov todo se me hace más fácil. Estoy en el edificio más moderno de los dos bloques (aunque la decoración es la clásica) y las habitaciones del escritor se encuentran en el hotel primitivo, al otro lado. Me indican amablemente el pasillo que tengo que recorrer, cosa que hago, y entonces me encuentro un gran salón semicircular cuya decoración se asemeja a la de un palacio real: grandes columnas, arañas, decoración de maderas nobles, muebles exquisitos, frescos, estucos, vitrales, altos techos de estuco, grandes espejos, arquitrabes dorados y una grada donde se encuentra un piano de cola. Al lado de una columna, entre el pasillo y el propio salón, que da sobre una terraza sobre la cual se divisa un fragmento del lago, hay una vitrina donde se exponen objetos antiguos del hotel y fotos de visitantes ilustres; entre ellos, el que más espacio ocupa es Nabokov. El escritor está sentado en alguna de estas mismas mesas, paseando con Vera o leyendo. Quizás este gran salón, también para bailes, les recordaba a Vera y Vladimir aquel otro de Berlín donde se habían conocido, el 8 de mayo de 1923, en una fiesta de disfraces. Vera también había nacido, en San Petersburgo, en el seno de una familia judía. Guapa, discreta y de una gran cultura, fue esencial en la vida de su cónyuge. Y Nabokov apreciaba en ella el mejor sentido del humor que jamás había conocido en una mujer. Una camarera me indica que la suite de Nabokov es hoy la que tiene el número 65, efectivamente, en la sexta planta. Cuando salgo del ascensor me encuentro con otro pasillo inmenso, pero desde lejos veo que al final del mismo, en una de sus dos direcciones, hay una pared repleta de pequeños cuadros. Y, cuando la alcanzo, compruebo con satisfacción que son fotos de Nabokov y que están frente a la puerta de entrada. Fotos donde se le ve en el exterior del hotel, sentado en el salón principal con pantalón corto leyendo rodeado de libros, con Vera jugando al ajedrez, paseando por el jardín donde ahora están sus esculturas o escribiendo en una terraza al aire libre. Además, hay otros varios retratos suyos. Mientras observo esta exposición permanente de fotografías, me vuelvo a encontrar con la misma camarera, a la que esta vez le pido que, por favor, me deje ver la estancia. Me la abre sin problemas y veo una habitación ya remodelada como cualquier otra. Me asomo al balcón y me puedo imaginar lo que fue la vida allí de esta pareja extraordinaria. Han pasado casi quince años desde que Vera abandonó el hotel que el actor Peter Ustinov les había recomendado. En el otoño de 1961, en el mes de octubre, se instalaron en la antigua ala, Le Cygne, que, durante la temporada baja se convertía en apartamentos amueblados. Y tuvieron dos habitaciones contiguas (35-38) por el precio de una. En los cuatro primeros meses de esa estancia que se prolongará años, él terminó Pálido fuego. Este lugar también le gustó a su único hijo, Dimitri, un ser alocado: traductor y colaborador de su padre, cantante de ópera, corredor de coches y deportista. Un todo y un nada a la vez que, sin embargo, y a su manera, cuidó de sus padres y ahora yace con ellos. Dado que Dimitri cantaba ópera en Milán, entre otros lugares cercanos, todos consideraron que Montreux estaba próximo. Y la hermana de Nabokov también vivía allí al lado. Además, las características geográficas de este lugar aportaban gran variedad de mariposas, su gran afición científica. Nabokov podía jugar al tenis, dar largos paseos y salir todos los días en busca de periódicos europeos y norteamericanos. Leía, escribía, corregía, traducía, contestaba cartas, rechazaba lecturas de libros de otros autores, revisaba pruebas de sus propios libros, se ocupaba de sus derechos de autor y preparaba conferencias. Un lugar tranquilo, silencioso, donde el tiempo pasaba lentamente, pero donde apenas quedaban momentos de ocio. Y Vera y Vladimir también viajaban con cierta frecuencia, al menos durante los primeros años, por Europa (sobre todo Italia) y los Estados Unidos.

Peter Ustinov, que vivía en el piso de arriba del hotel, había rodado su última película en Elstru, junto al plató de Lolita, de Kubrick (la adaptación de la novela que fue, realmente, lo que hizo popular a Nabokov). Y el actor le daba noticias de lo bien que estaba saliendo el film en manos de un director tan obsesivo y diligente.

Pálido fuego (título sacado del Timón de Atenas, de Shakespeare) es una novela genial, aunque, por otra parte, Nabokov lo es siempre. Novela de intrigas académicas, de críticas al editor-literario, Kinbote, transmite esa misma emoción que produce el descubrimiento del poema del mismo título de John Shade. Gran parte de la acción transcurre en la Universidad de New Wye, Appalachia (Ithaca), donde, a los sesenta años, Shade hace balance de su vida en esos 999 versos. Con escenas tremendas, como la del suicidio de su hija, la vida de Shade ha sido una dura lucha contra la muerte. Poema autobiográfico, la sorpresa no se encuentra en el poema y su autor, sino en el doctor Kinbote, un personaje un tanto extravagante que tiene muchos secretos, entre ellos su homosexualidad, su egocentrismo y otras sorpresas que el lector irá descubriendo. Como ésta: Kinbote visita a Shade, que ha finalizado el poema y lo invita a tomar una copa. Cuando van por la calle, un pistolero dispara sobre ellos y mata a Shade, quien tuvo una vida tranquila pero, a pesar de ello, sacudida por las depresiones y por la muerte: padres, familiares, hija, acontecimientos a cuya meditación está dedicada parte de su obra. Así, de una manera violenta y sin sentido, se cierra la vida de este creador cuyo destino ha sido ser infeliz. Pero el asesino iba a por Kinbote. Un ajuste de cuentas entre paisanos de Zembla, un curioso país de raras costumbres.

Nabokov centra la «intriga» en el deseo del crítico por apropiarse del texto, de hacerle decir lo que no dice, de cubrirlo con una erudición muy particular, de hacer ver que las equivocaciones son del autor mientras que los aciertos son del editor, de hablar de la vida privada para explicar la obra, de hacerse inmortal apropiándose de algo que no es suyo. Kinbote es un personaje complejo, alocado, delirante, y todo su pasado parece ser únicamente la fantasía demente del profesor Botkin, un ruso refugiado en la universidad que ha construido ese país imaginario de Zembla, una patria homófila de la que él es el rey en medio de una revolución. Sybil, que es la mujer de Shade, tiene poco protagonismo en el poema y el editor lucha por rebajárselo incluso mucho más.

En una entrevista, y refiriéndose a esta novela finalizada en Montreux, Nabokov, que pedía las preguntas por adelantado y las contestaba redactándolas él mismo, como hacía también Octavio Paz, afirma que «la realidad es una sucesión infinita de pasos, niveles de percepción, dobles fondos y, por consiguiente, insaciable e inalcanzable».

El poema que crea Nabokov es un desafío a Pound y a Eliot. El novelista también fue un buen poeta, pero es difícil alcanzar cumbres como los Cantos o los Cuatro cuartetos. Pero lo intenta y alcanza momentos excepcionales. «Blanco mate y sombrío contra el blanco pálido del día / y abstractos alerces en la luz neutral. / Y después el doble azul gradual / cuando la noche une al que ve con lo visto.» Un pájaro se estrella contra la ventana de la habitación de Shade y le hace pensar el poema, que comienza con recuerdos de su infancia tranquila pero inquietamente amenazada por lo desconocido. La presencia de la muerte aparece ya en el canto II, tras el suceso de la de la hija. ¿Hay algo tras la muerte? En el canto siguiente reflexiona sobre este asunto irresoluble y él mismo experimenta esa angustia al sufrir un ataque al corazón. El canto IV le sirve para explicar qué es un poema: como rezo, como meditación, y también como resurrección. Un poema para reinventar la vida libre de males. Brian Boyd, en Los años americanos, escribe que «los sucesivos niveles ficticios que giran en torno a la muerte de Shade hacen de la novela una estimulante proeza intelectual, pero el verdadero milagro reside en que, en el centro de este libro, en el que cada hecho brilla con múltiples significados, se encuentra el momento más grotescamente trágico de la vida de Nabokov. Y, de ese abyecto caos, el poeta hace surgir un orden resplandeciente».

Montreux. Pequeño, cosmopolita, bien comunicado, en el centro de Europa. Lugar por donde pasaron Byron, los Shelley, Tolstói o Andersen, y donde murió Freddie Mercury, el cantante del grupo Queen, en el año 1991. La estación de tren de Montreux. Trenes permanentemente a Ginebra o a Zúrich y, de allí, a toda Europa. El lago Lemán en todo su esplendor. Antes, las laderas pobladas de viñedos, ahora muchas sustituidas por casas lujosas. Se sale de la estación a la avenida de los Alpes. Luego, atravesándola, como ya hemos hecho, unas escaleras nos llevan hasta la Grand-Rue, casi al nivel de las aguas y luego los embarcaderos. De nuevo en los jardines del Hôtel Montreux Palace, un jardín, aún ahora, encantador e inspirador. Sus dos alas, a las que ya nos referimos, se extienden a lo largo de toda una calle del lado norte de la Grand-Rue, y las cocinas hacia atrás, hasta la Avenida de los Alpes. En el lugar que hoy ocupa el ala más pequeña, en 1837 se alzó un hotel que luego fue ampliado hasta 1865. El Hôtel du Cygne pasó, finalmente, a formar parte del Montreux Palace en 1906, año de construcción del edificio principal. Ahora, frente a este hotel de la belle époque está el Centre des Congrès con el Auditorium Stravinski, construido en 1990, ya que el músico compuso La consagración de la primavera en esta ciudad. Vivir en ese hotel les daba la sensación de vivir en un palacio, rodeado de sirvientes atentos, donde recibían visitas de todo el mundo. Además, Nabokov era muy bien considerado por sus propinas.

Durante el primer año, estuvieron en el tercer piso del ala más antigua. La habitación miraba al lago, salvo su estudio, que daba al norte, al monte Cubly. Durante el segundo año ya se instalaron en el sexto piso y último del ala antigua, donde sus habitaciones ocuparon casi toda la fachada del antiguo Hôtel du Cygne, que daba al lago. Todo permaneció tal cual hasta la remodelación de 1990. Habitaciones pequeñas, tanto la suya como la de Vera, cada una con su baño, una pequeña cocina, un salón comedor y una habitación para Dimitri, luego transformada en estudio. Y todo abarrotado de libros, carpetas y archivadores.

Nabokov se despertaba a las siete de la mañana (apenas dormía a causa de sus pertinaces insomnios), se afeitaba, desayunaba y se bañaba durante las dos primeras horas y luego se ponía a escribir al menos cinco horas. Después comía con Vera, paseaban (odiaba los escaparates de las tiendas) y por la tarde volvía a ponerse a escribir hasta las seis y media. Por lo general, escribía de pie sobre un atril, hasta que se cansaba y se sentaba en un sillón frente a un escritorio normal. A última hora del día era cuando bajaba a comprar los periódicos en la avenida de los Alpes o en la Grand-Rue, fundamentalmente ingleses y norteamericanos. Cenaban, como comían, en sus propias habitaciones y asistidos por una sirvienta. No trabajaba por la noche y jugaban al ajedrez. A las nueve se iba a la cama a leer libros, sobre todo, novelas, poesía y ensayo. Y sobre las doce emprendía su lucha contra el insomnio. Nabokov no tenía la más remota idea de la vida práctica, y todo ese mundo cotidiano que se le hacía insuperable lo tenía delegado en Vera.

En 1963 viajaron a América y pensaron en volverse a quedar a vivir allí. Vieron a Kubrick y a los actores de Lolita. Nabokov, poco aficionado al cine, quedó decepcionado por la adaptación, pero se calló y alabó el trabajo. Al principio, el film no tuvo mucho éxito de taquilla, pero luego lo fue ganando con el tiempo. Y esa adaptación sacó la obra de Nabokov del espacio lector de una inmensa minoría y lo condujo a la popularidad. Ese viaje también les hizo ver que Montreux era el mejor lugar para vivir fuera del mundanal ruido e, instalados definitivamente, desde Suiza viajaron por Europa y los Estados Unidos. Por Italia llegaron hasta Nápoles. En las excavaciones de Stabia vieron el fresco de la muchacha esparciendo flores y lo puso en el primer capítulo de Ada. Pero en esta novela también hay diversas referencias españolas, entre ellas a Zurbarán. Es en el capítulo VI, refiriéndose a las naturalezas muertas y a las frutas del pintor: «Y Ada, volviéndose a Van: —Quizás podría enseñarle la copia de una naturaleza muerta absolutamente, fantásticamente, exquisita, obra de Juan de Labrador, de Extremadura: racimos de uvas doradas y una extraña rosa sobre fondo negro. Dan se la vendió a Demon, y Demon ha prometido que me la regalará cuando cumpla los quince años. —Nosotros también tenemos algunas frutas de Zurbarán —dijo Van, con aire de superioridad—. Mandarinas, según creo, y una especie de higo, con una avispa. Deslumbraremos al buen hombre con nuestra charla de entendidos. Pero no deslumbraron al buen hombre. Alonso era un hombre pequeño y arrugado, vestido con un smoking cruzado, y sólo comprendía el español. Desdichadamente, el repertorio de palabras españolas a disposición de sus huéspedes no pasaba mucho de la media docena. Van conocía canastilla y nubarrones, que había encontrado en la edición bilingüe de un bellísimo poema español citado en uno de sus libros de estudio. Ada recordaba, por supuesto, mariposa, y dos o tres nombres de pájaros encontrados en las guías ornitológicas de Iberia, como paloma o perdiz. Marina conocía aroma, hombre y un término anatómico con una “j” en medio. En consecuencia, la conversación de la mesa consistió aquella noche en frases españolas, largas y pausadas, pronunciadas con fuerte voz por el voluble arquitecto, el cual creía que estaba tratando con personas muy sordas, más unas migajas de francés, inútil aunque deliberadamente italianizadas por sus tres víctimas. Una vez terminada la difícil cena, Alonso exploró el terreno, escoltado por dos lacayos que llevaban tres antorchas, en busca de un lugar adecuado para la costosa piscina. Encontrado éste, volvió a meter el plano en su cartera y partió a toda prisa para tomar el último tren con destino a México, no sin antes haber besado, en la oscuridad y por error, la mano de Ada».

En este hotel redactará, entre 1964 y 1966, Ada o el ardor, para mí una de las más grandes novelas jamás escritas, no sólo del pasado, sino también del futuro. Ese amor tumultuoso y profundo entre dos hermanos, Van y Ada, situados en el planeta Antiterra. Vienen de alta cuna, son ricos, gozan de una gran energía sexual y mantienen la intensidad de su amor (con períodos de distanciamiento) incluso en la vejez: «Se regocijaron, viajaron, se separaron y se precipitaron otra vez el uno en brazos del otro». No pueden casarse, pero pasan felices los últimos cuarenta y cinco años de su vida. Mueren juntos, nonagenarios, y, pese a esa felicidad, admiten que la vida se ha convertido en una sucesión de achaques y medicinas. Infidelidades de ambos y breves separaciones no son suficientes para alejar sus sentimientos profundos de muchos años. Encuentros y desencuentros a lo largo de sus vidas, pero sin olvidarse el uno del otro. Y, ya de mayores, esa despedida del mundo a través de una vida en común. En el capítulo I de la segunda parte se integran una serie de cartas de Ada muy significativas. Elijo la que, supuestamente (ella no ponía las fechas) envió desde California en 1890: «Sólo te amo a ti, sólo soy dichosa pensando en ti. Eso es tan cierto, tan real, como mi conciencia de existir. Eres mi alegría y mi mundo. Sin embargo... ¡oh, no te acuso...!, sin embargo, Van, tú eres responsable (o, lo que es lo mismo, el Destino es responsable a través de ti) de haber hecho brotar en mí, cuando no era más que una niña, una fuente de frenesí, un furor de la carne, una irritación insaciable... El fuego que tú encendiste ha dejado su huella en el punto más vulnerable, perverso y sensible de mi cuerpo. Ahora tengo que pagar el exceso de vigor prematuro con que irritaste la herida roja, como la madera chamuscada tiene que pagar su paso por el fuego. Al encontrarme privada de tus caricias pierdo todo dominio sobre mis nervios, no existe otra cosa que el éxtasis del frotamiento, el efecto persistente de tu aguijón, de su delicioso veneno. No te acuso: te digo la razón de que el deseo me consuma y de que no pueda resistir al impacto de otra carne, la razón de que nuestro pasado común engendre olas de traiciones sin término. Eres libre de descubrir en todo esto los síntomas específicos de una erotomanía avanzada; pero hay algo más que eso, porque existe un remedio bien sencillo para mis males, para mis congojas, un extracto de arilo escarlata, la carne del tejo, tú, sólo tú. Yo constato, como decía tu querida Cenicienta de Turba (ahora señora de Trofim Fartukov), que estoy siendo al mismo tiempo tímida y obscena. Pero todo esto lleva a una importante, muy importante comunicación: Van, je suis sur la verge (otra vez Blanche) de una abominable aventura amorosa. Podría salvarme de manera instantánea. Toma la más rápida máquina voladora que puedas alquilar y ven derecho a El Paso. Tu Ada estará esperándote, agitando la mano como una loca. Y seguiremos viaje juntos en el New World Express —en un apartamento que yo, habré conseguido— hasta el último confín ardiente de Patagonia, el Promontorio del Capitán Grant, una casa de campo en Verna, mi joya, mi agonía. Envíame un aerograma, con una sola palabra, en ruso, el final de mi nombre: ¡da!».

Celos y adulterios, Ada se había casado forzada por el padre, que está enterado de la verdad. Se esposa con Andréi, un enfermo de tuberculosis que tarda diecisiete años en morir. La convivencia con ese hombre la lleva a realizar diversos adulterios. Y cuando Ada y Van vuelven a verse ya son cincuentones. Ese primer reencuentro es un fracaso, el último y definitivo (la edad se impone, ya no hay otras posibilidades de aventuras y, además, se reconocen en su amor perdido durante décadas). Y ambos comprobarán el transcurso del tiempo en el deterioro de sus propios cuerpos. ¿Han desperdiciado sus vidas? Difícil pregunta y aún más difícil respuesta. El reencuentro final y quizás una confirmación de los fracasos individuales de ambos. Son muchos los secretos de Ada y de Van: además de la relación incestuosa, las lésbicas con la prima Lucette, que acaba suicidándose en un viaje en barco. Durante la travesía, la muchacha se toma una gran cantidad de somníferos y se arroja al mar. Ella había caído en manos de dos expertos manipuladores de sentimientos, que le habían quitado la inocencia sin pensar en las consecuencias. Van es un acróbata y libertino. Y ya nonagenario, con la ayuda de su amada Ada, escribe la historia de su amor desbordante, aquella que comenzó descubriendo y recorriendo primero rincones ignotos de la casa familiar y, luego, a escondidas, juntando sus cuerpos con cierta incomodidad debido al coche en el que se encontraban: «ella se sentó de espaldas a Van, volvió a acomodarse tras la sacudida del coche al arrancar y se removió un poco más para colocar a su gusto su amplia falda con olor a pino, de modo que envolvió a Van como si de un peinador de barbero se tratase. Él la sujetaba por las caderas, sumido en un trance de incómoda beatitud. Brillantes gotas de sol se deslizaban por el jersey acebrado de la jovencita y por la parte posterior de sus brazos desnudos. Y a Van le parecía sentirse que proseguían su viaje por los subterráneos de su propio cuerpo».

La belleza de Ada era enervante y desesperante. Una muchacha descuidada y excéntrica en sus maneras, de una piel blanquísima, que despreciaba, a diferencia de Lucette, los baños de sol. Van, de buena planta e impulsivo, pero inmerso en una sociedad cerrada, opresora y absorbente. Al final, todos los disfrutes y todo el hedonismo acaban en el dolor físico humillante. La vida ha sido una gran representación cómica, dramática y, la mayor parte de las veces, trágica. La vida ha sido un gran engaño, ellos que creían que la habían engañado a ella con sus presunciones y soberbias. Sólo les queda esperar el fin, y mientras tanto están juntos en la eternidad terrenal que es temporal, con recuerdos, malas conciencias, con una memoria que los hace permanecer en el recuerdo. Ada o el ardor tuvo críticas desiguales y muchos la calificaron de pornográfica. A Mary McCarthy tampoco le gustó mucho.

Insomnios de Nabokov. Y, a pesar de ellos, se puso a trabajar en Cosas transparentes. El año 1970 le trajo el Nobel a Solzhenitsyn por Archipiélago Gulag. Nabokov lo apreciaba, aunque le gustaba menos su obra literaria. Y el premiado le escribió al autor de Ada diciéndole que él se lo merecía más. Nabokov también tuvo problemas con Brodsky (Premio Nobel pocos años después), ya que el ruso exiliado hablaba muy bien del novelista coterráneo hasta que se enteró de que él no hacía lo mismo. El núcleo de amistades de Nabokov siempre fue limitado y con el tiempo se estrechó aún más. Mantuvo otra dura polémica intelectual con George Steiner a propósito de un texto del ensayista sobre la traducción de poesía con el que Vladimir no estaba de acuerdo. Los mismos conflictos desagradables con Field, su empecinado biógrafo, en contra de la opinión del mismo biografiado, que los llevó incluso a los tribunales. Eran amigos, pero los desencuentros, los desacuerdos y los distintos criterios y opiniones los distanciaron enormemente. Nabokov siguió ayudando económicamente a algunos de sus familiares, ya que los derechos de autor, traducciones, conferencias, artículos y la jubilación universitaria le proporcionaron en los últimos años cierto respiro económico. Pero también la austeridad de su vida, a pesar del hotel y de algunos viajes, cada vez menos. Y durante esa época se incrementó su correspondencia con Edmund Wilson, que es muy interesante.

Después de la gigantesca Ada, Nabokov comenzó desde Montreux la labor de redactar una novela más breve (infinitamente más corta y comprimida) y terrenal o real (no realista); es decir, con unos pocos personajes más vinculados a la monotonía de la vida cotidiana. Estos personajes pertenecían al mundo, no como Vera y Van, que parece que el mundo les pertenece a ellos. De la Antiterra de Ada a la Tierra más cruel. Del mundo norteamericano de las universidades, o de los moteles de carretera, ahora pasaba al espacio suizo de los hoteles de las montañas, que había frecuentado durante los últimos años de vida en ese país.

Hugh Person, el joven editor norteamericano que viaja con frecuencia a Europa y sobre todo a Suiza, nace de las relaciones que el mismo Nabokov tenía con su propio mundo editorial. El mismo novelista también hacía de manera habitual tareas editoriales para sí mismo, como corregir las pruebas de sus propias obras o vigilar concienzudamente las traducciones propias (en varios idiomas) o las que él mismo llevaba a cabo como traductor. Aunque muy levemente, algo de biográfico hay en Cosas transparentes. Person no disfruta, como Nabokov, de esa labor de corrector, tan dura pero esencial. El personaje piensa que «preparar los libros de otras personas para su publicación era un trabajo degradante; que por muy penosa que fuese aquella tarea o su insatisfacción temporal, no importaba ante el amor cada vez más intenso y más tierno que sentía por su esposa...». Person visita Suiza para conocer al novelista R, un exiliado nacionalizado norteamericano de origen alemán que habla inglés mejor que lo escribe. Person, un personaje un tanto complejo, distanciado de su padre, es un joven torpe y con problemas sexuales y de relación con las mujeres. Quizás por eso frecuenta prostitutas, que no sólo no le reprochan su impericia sino que se la agradecen. Person se casa con Armande, la ama desesperadamente sin exteriorizarlo y la mata accidentalmente tras una breve convivencia. «Buscó a tientas la lámpara caída y la encendió diestramente en su posición inusual. Por un momento se preguntó qué hacía allí su esposa, postrada en el suelo, el rubio cabello extendido como si volara. Entonces se miró sus tímidas garras.» Intenta darle un nuevo rumbo a su vida, pero el hotel donde se aloja arde con él. Armande, con quien había trabado conocimiento en un vagón de ferrocarril suizo entre Thur y Versex, era lectora, sobre todo de novelas realistas que reflejaban la sociedad de su tiempo. Y Person lleva un diario a través del cual conocemos sus verdaderos sentimientos, apenas exteriorizados. Armande toma siempre la iniciativa, también la sexual, a la que Person responde de manera decepcionante, lo que lo hace pensar que detesta la vida y se detesta a sí mismo. Armande es dura e insensible y eso no mejorará en su vida conyugal, pues su sexualidad es meramente utilitaria y poco afectiva: «Mujer de alma seca, esencialmente infeliz». Si la vida exterior de Person es dura, la interior es un tormento. Tenía sus propios sueños eróticos, pero las rarezas sexuales de ella llenaban a Hugh de «perplejidad y congoja». Entre el sueño y la realidad, un día, tras un sueño en el que él cree salvar a Armande de un incendio, al despertarse se la encuentra en el suelo estrangulada por sus propias manos. A partir de entonces, la cárcel y los sanatorios psiquiátricos. ¿Se puede culpar a alguien por querer matar a otra persona inconscientemente y hacerlo también sin conciencia de su acto criminal? Ya muy cerca del final de la novela, Nabokov escribe que no debemos explicar lo inexplicable, que los hombres han aprendido a vivir con una negra carga: «Una enorme y dolorosa joroba: la suposición de que la realidad puede ser sólo un sueño. ¡Cuánto más terrible sería si el mismo conocimiento de tu conciencia de la naturaleza soñadora de la realidad fuese también un sueño, una alucinación interior!...». Los médicos están convencidos de que el sueño de Hugh Person es la muestra de su deseo inconsciente de asesinar a su esposa, pero Nabokov no está muy seguro. Nadie lo está, de que el sueño matara a Armande, por lo que el veredicto final concluye que actuó en un trance y, así, el misterio del alma queda intacto. Y Person, en esa vida solitaria y privada de libertad en sus diferentes confinamientos, es casi «feliz» en un espacio acotado y carente ya de responsabilidades, «la felicidad de un lavabo inmaculado, la libertad de pensamiento en la cárcel ideal...».

R, el escritor a quien iba a visitar Person, muere de sus problemas hepáticos, pero no sin antes tratar de ayudar al joven editor. Quizás R lo siente como un personaje propio y trata de prevenirle y ayudarle sin fortuna. Incluso le aconseja no alojarse en el hotel donde encontrará la muerte. Un consejo que le da ya en espíritu desde el otro mundo. Mundo triste, lúgubre, egoísta, desalentador, solitario, este de Person marcado por el destino, y también por su propia apatía. Un personaje que me recuerda, desde la distancia, al Matías Pascal de Luigi Pirandello o El extranjero de Camus. Aunque en estos últimos se da una experiencia metafísica o ametafísica de la que Person carece, un materialista sin fe en nada, ni siquiera en sí mismo.

Nabokov terminó Cosas transparentes en 1972, mientras iba corrigiendo paralelamente sus conferencias y sus clases de Cornell y Harvard. Y en 1973 se le agudizan las enfermedades y recibe la Medalla Nacional de Literatura de los EE. UU. A pesar de todos los inconvenientes, durante 1972 y 1973 escribió Mira los arlequines, su última novela, aunque quedó en notas la posterior, El original de Laura. ¿Vadim Vadymich, un novelista neurótico, tiene algo de Nabokov? Quizás del Nabokov que se imagina alguna gente que no lo ha leído, pero que ha oído hablar de él y de los tópicos sobre sus novelas. Tentado por una niña de once años, se la reencuentra a los veinticuatro. Su segunda esposa se entera de esta relación y se marcha con su hija. Su mujer muere y él se hace cargo de Bel, la hija de ambos, que desprecia a su madrastra, Louise Adamson, y hay conflictos con ellos. De nuevo, la historia de una relación incestuosa.

Iris, la primera mujer, escritora e infiel, muere a manos de su examante. Anna Blagov es la segunda esposa, una mecanógrafa rusa, frágil, fría e insensible a la obra de él. Como ya comenté, Anna muere y él se queda con la custodia de Bel y se casa con Louise Adamson, una mujer de mundo un poco vulgar. El amor romántico se hunde una y otra vez y las mujeres de su vida, lejos de ser las musas juguetonas de sus empeños creativos, son sordas y ciegas a su arte. No acaba de entusiasmarme esta novela, algo reiterativa, que no tuvo críticas demasiado buenas y apenas se vendió de salida. Evidentemente, la altura estilística se mantiene, pero le falta la fuerza de las anteriores. Amor prohibido, comprensión, amistad intelectual. Vadim representa la soledad casi total y la insatisfacción. Un mundo sin amor en que todos son culpables o no lo es nadie. es la única salvación, pues llega a comprender, aunque sea levemente, esa relación fundamental para Vadim entre el amor y el arte.

En los últimos años de su vida, Nabokov fue entrando y saliendo de los hospitales. En 1977 ingresó en uno de Lausana, al lado de Montreux, y allí murió en el mes de junio de un paro cardíaco, después de múltiples complicaciones. Y el 7 de julio fue incinerado en Vevey. Sólo asistieron una docena de familiares y amigos, entre ellos, por supuesto, Vera y Dimitri. Y al día siguiente únicamente ellos dos estuvieron presentes en la inhumación de las cenizas en el cementerio de Clarens, que está a las espaldas del hotel, ni siquiera a un kilómetro de distancia. En 1990, como ya comenté, Vera tuvo que dejar el hotel y se instaló en un apartamento cercano al cementerio. Murió el 7 de abril de 1991 y sus cenizas fueron mezcladas con las de su marido. Lo sobrevivió catorce años. Y la URSS lo rehabilitó en 1986.

El cementerio de Clarens es pequeño y bellísimo, un jardín con esculturas. En el mármol de los Nabokov, donde debajo del nombre del escritor figura su fecha de nacimiento y de muerte, como debajo del de Vera, ahora también está Dimitri, que murió en 2012. Escritor, sólo avisa de la profesión de Vladimir. Finalmente, todos juntos.

Llego caminando a través de la avenida Eugène Rambert y me paseo por el camposanto, que brilla con la luz del mediodía. Es un día de diario y estoy solo, no hay absolutamente nadie. Y me voy encontrando con ilustres vecinos de Nabokov, por ejemplo Amiel, autor de ese diario íntimo que tuvo tanta influencia en un género, por aquel entonces, tan raro. Henri-Frédéric Amiel, que lleva aquí desde 1881, nació en 1821 en el 13 de la rue Verdaine, muy cerca del hotel donde me alojo, en la línea que separa la ciudad antigua de la nueva. Tiene un pequeño monolito, donde figuran sus fechas de nacimiento y de muerte. Y debajo de las mismas está inscrito este epitafio, cuyas letras ya resisten difícilmente el paso del tiempo: «Celui qui sème pour l’Esprit / Moissonnera de l’Esprit / La vie éternelle» (Gálatas VI, 8). Amiel podría estar enterrado en el cementerio de Plainspalais de Ginebra, pero él tenía una especial predilección por este lugar. Y así lo escribió en su diario: «Passé la matinée dans “l’oasis”. Innombrables sensations, douces et graves, solennelles et pacifiantes. (...) Splendeurs du paysage enveloppant. Mystères des feuillages. Roses épanouies, papillons, murmures d’oiseaux. Reconnu que l’Oasis de Clarens est bien l´endroit où je voudrais dormir». Papini escribe en Juicio universal: «Aquel diario fue mi enfermedad, mi tumor, mi devorador. En vez de vivir me observé vivir. Consigné en aquellos secretos cuadernos, día por día, las iridiscencias de mi pensamiento inoperante, las babas de mis vanos sentimientos, mis renuncias, mis repulsas y mis fracasos cotidianos. Dijeron que era por naturaleza y esencia un tímido. En verdad, tuve miedo y casi terror a la vida. A la vida, entiendo, que es defensa y victoria, afirmación y creación. Todo lo que comprometía al hombre —familia, Estado, obra— me espantaba. De todo lo que era práctico y corpóreo tenía desconfianza, más bien repugnancia, a veces horror. Jamás supe atreverme y no quise escoger. Todo mi largo rumiar espiritual, que no pudo llamarse vida, estuvo dominado por la imposibilidad de escoger, de decidir, de construir, de querer. Vacilación perpetua que me condenó a la soledad de la esterilidad. No fui capaz de crear ni de procrear. Amé a muchas mujeres, pero no quise unirme a ninguna; fui filósofo, pero no supe edificar un sistema; fui crítico y no dejé un verdadero libro; fui profesor y no tuve discípulos; soñé con ser poeta y no pude componer un solo poema. Todo me atraía, nada me poseía. Toda idea tenía para mí su encanto, toda belleza su atracción, toda teoría su porción de verdad o, al menos, de verosimilitud, todo sistema su fundamento. Pero no sabía escoger, ni detenerme, ni conquistar, ni restituir. Era como una abeja que vaga por los campos, pero que no sabe fabricar su cera ni su miel. De todos mis vagabundeos intelectuales de Don Juan de la verdad volvía siempre como el hebreo José. Ninguno de mis gérmenes dio fruto, ninguno de mis anhelos se encarnó en actos de amor o en obras visibles. Me acerqué a todas las puertas, pero no entré en casa alguna, en ninguna iglesia; intenté acechar toda la luz y toda estrella, pero permanecí en el limbo gris de la media luz».

También está la tumba de uno de los hermanos de Chaplin, Sydney (1885-1965), que durante un tiempo acompañó a su hermano en proyectos cinematográficos, tuvo una compañía aérea y se retiró en sus últimos años de vida a Niza y a Montreux, donde también fue habitante del hotel. El gran pintor Oskar Kokoschka (1886-1980) también yace aquí, al igual que un buen puñado de músicos: Carlo Boller, Horatiu Radulescu, Joseph Szigeti o Nikita Magalov. Radulescu tiene un epitafio que proviene de un verso de Lao Tzu: «... use your own light / and return to the source of light. / This is called practicing eternity». Otra tumba es la del fotógrafo Horst Tappe. Tumbas magníficas, neorromanas, neoegipcias, modernistas, de familias poderosas y profesionales destacados. Incluso está la de una «amante» de Napoleón, Augustine Pauline Plé (1836-1926), o la de la condesa Eugènie Potocka (1867-1925). ¿Paseó Nabokov por aquí como ahora lo hago yo? Probablemente alguna vez, aunque por sus obras no tengo indicios de que le gustaran mucho estos lugares, que apenas cita.

Nabokov, quizás uno de los más grandes narradores de todos los siglos y, por supuesto, del siglo XX, quizás el último siglo de la novela como gran género literario.

BUSCANDO A GRADIVA EN POMPEYA (NÁPOLES)— Después de cambiar de avión en el aeropuerto de Malpensa, en Milán, pues ya no hay vuelos directos a Nápoles, aterrizamos dos horas más tarde en esta ciudad. Para mí, es como si regresara a casa. Todo se nos hace familiar. Hasta el taxista nos confunde con naturales. Hace un día espléndido y la gente recorre las calles con sus caras alegres y optimistas, las mismas que nosotros traemos. Llegamos pronto al Hotel Mediterráneo, junto a la iglesia de Santiago, donde está el magnífico panteón de Pedro de Toledo, vacío, pues el virrey de Nápoles murió luchando en el norte de Italia. Hace unos años quisieron sustituir su nombre de la calle principal, vía Toledo, por el de vía Roma. Y así lo hicieron durante unos meses, pero se montó tal escándalo que finalmente se restituyó la antigua denominación hispano-napolitana. Galasso, el gran historiador, a quien tanto le debe España por conservar allí nuestra memoria compartida, intervino con éxito a favor de dejar las cosas tal cual habían estado durante siglos. A él y a Croce se les deben ensayos memorables sobre los vínculos históricos entre Nápoles, el Reino de las dos Sicilias y España. El Hotel Mediterráneo, en la vía Nuova Ponte di Tappia 25, también es vecino del Ayuntamiento. Y al bajarme del taxi veo el esbelto molino de viento, ya únicamente como una instalación artística de Jannis Kounellis. Está un poco encajonado entre el cruce de varias calles con edificios altos y voluminosos pero, aun así, es elevado y, de vez en cuando, al soplar el viento del mar, esquivando las fachadas para llegar hasta él, se mueve parsimoniosamente. Ya no da cuenta a nadie de su gratuidad y generosidad en los giros, pues, como decía Thiers, la ingratitud es un sentimiento torcido y un mal cálculo. Es la primera vez que me alojo en este moderno hotel de muchos pisos. Nos instalan en uno de los últimos y desde mi habitación se ve la plaza del Ayuntamiento, el castillo y el puerto, con la bellísima bahía en plenitud. Las obras del metro ocupan una gran extensión a cielo abierto y solamente se encuentra a cubierto el espacio donde se están llevando a cabo las excavaciones arqueológicas. Apenas dejo la maleta, bajo a la entrada principal para salir a pasear. Nos perdemos por unas y otras calles consabidas hasta que les sugiero a mis compañeros alcanzar las dos iglesias que dejó don Gaspar de Bracamonte. La primera, la de Santa Maria Egiziaca, se encuentra en el cuartiere de los españoles. La alcanzamos pronto y, a diferencia de tantas otras veces, está abierta. En la cuesta, vía Egiziaca a Pizzofalcone, hay varias madres charlando, reteniendo a duras penas a sus hijos, recién salidos de una escuela o guardería que hay dentro. Los pequeños dan gritos de alegría y arman un gran escándalo. ¿Serían iguales los niños de Pompeya o Herculano al abandonar a diario la escuela pública? Quienes no podían pagar a preceptores privados, fundamentalmente griegos, los llevaban a los pórticos del foro o de la gran palestra, donde se les enseñaba a leer, escribir y las matemáticas más incipientes. Incluso los padres menos poderosos económicamente tenían que ofrecer algunas monedas para soportar el mantenimiento de estas enseñanzas comunes en espacios abiertos. Hoy no veo ninguna bulla colgando de sus cuellos, aquel adorno, aquella marca que contenía en su interior un amuleto. Yo también llevé de niño un escapulario y una medalla de oro con la efigie de san Antonio. No me duraron mucho, a pesar de que alguna vez comprobé su eficacia en los exámenes. ¿Dónde estarán? En las carteras de estos infantes ya no reposan las tablillas enceradas (tabulae ceratae), ni los punzones (stylus), ni las plumas (calamus), ni la tinta (atramentum) para escribir directamente sobre la madera; ni cargan ya con los rollos de papiro (volumina). Ahora sus utensilios son otros muy distintos. Pronto, cuando abandonen definitivamente este lugar, el ordenador les robará todo el tiempo. Sabemos que Iulius Helenus daba clase a los hijos de un noble. A los niños y también a las niñas. Así contemplamos habitualmente a tantas mujeres, en pinturas o mosaicos, ataviadas con stilum y tablilla. Albucius Celsus, propietario de la Casa de las Bodas de Plata, fue quien contrató a Helenus. Su nombre lo conocemos no por sus bondades como maestro, sino por los insultos, justos o injustos, que sus propios alumnos dejaron grabados contra él en las paredes. ¡Vaya eternidad! Seguramente era un buen profesor, pero exigente. ¡Qué ingratitud! Así fuimos todos como alumnos, así lo son ahora nuestros pupilos con nosotros.

Atravesando la puerta, entramos en un pequeño patio donde muchos infantes aún están jugando a la pelota. Observándolos, un grupo de niñas se ríen a carcajadas de sus inútiles esfuerzos. Frente a nosotros se alza una escalinata y la subimos. En el pequeño atrio, a la izquierda, hay una gran placa en que se deja constancia de quién fue el constructor y benefactor de aquella capilla, que en su origen perteneció a un gran convento. Efectivamente, allí está perfectamente inscrito el nombre y los títulos del virrey de Nápoles, don Gaspar de Peñaranda de Bracamonte. La capilla es semicircular y, quizás debido a su altura, da una gran sensación de amplitud. Está descargada de decoración y no sé si en otro tiempo pudo tenerla. Todo lo contrario a la otra iglesia, la de Santa Teresa a Chiaia, en la vía Vittoria Colonna, que cuando se construyó, tenía delante la vista panorámica de toda la bahía. Una gran escalinata doble nos conduce también hasta otro atrio, un gran balcón enfrentado ahora a los edificios levantados en el siglo XIX. Sin embargo, este pórtico continúa ostentando una gran belleza. Dentro de la iglesia de Santa Teresa estalla el barroco. En el altar, presidiéndolo todo, encima de un gran arco triunfal, la estatua en pie de la santa de Ávila, que parece una diosa pagana. Me siento a contemplar toda esta grandiosa escenografía y descubro, a la izquierda, una capilla dedicada a otro santo compatriota, san Juan de la Cruz. Me levanto y voy hacia él. Es más discreto y en un cartel se anuncia que atiende a los atribulados. Como me considero uno de ellos, pongo unas monedas en su cepillo y enciendo el número de luces correspondientes a las que tengo derecho por mi limosna. Siempre echo de menos las auténticas velas de cera blanca. El olor, el brillo de la llama, las lágrimas. Pasamos un buen rato sentados en los bancos, cada amigo perdido en sus pensamientos. ¡Amigos! ¿Cuántos ya ausentes? ¡Aprovechemos nuestra compañía!

Bajando por la estrecha calle de San Pascual Bailón, llegamos a la librería anticuaria Grimaldi, en la vía Riviera di Chiaia 215, donde he estado tantas otras veces. Nos recibe, como siempre, el dueño, y apenas saludados se precipita a mostrarnos las últimas novedades bibliográficas que ha encontrado. Esta vez lo más destacado son los varios tomos de las Antigüedades etruscas, griegas y romanas de Hamilton. Magníficos dibujos de objetos arqueológicos que, posteriormente, embarcados para viajar a Inglaterra, se hundieron con el buque y se perdieron en el mar. Como único testimonio de su existencia, sólo quedan estas copias realizadas por el artista, cuyos colores de impresión todavía manchan las yemas de los dedos. La fecha que figura, en números romanos, es la de MDCCCVI (1806). El librero nos habla de la edición facsímil que está preparando y también nos enseña una publicación con reproducciones eróticas romanas, de ese mismo siglo, que editará igualmente. El librero y aún más arriesgado editor no ha perdido su entusiasmo a pesar de la crisis, especialmente cruel con las librerías de nuevo. Grimaldi hace una pausa y pasa a enumerar las diversas librerías de Nápoles que han desaparecido en los últimos meses. Él, por ahora, sigue su mismo ritmo y nos regala una de sus últimas publicaciones, un facsímil de la obra de Lucio Fino, Vedutisti e viaggiatori a Pozzuoli Baia Cuma e dintorni (dal XVI al XIX secolo), repleto de grabados y dibujos. En un instante, a traición, le pregunto qué piensa sobre el libro electrónico. Se encoge de hombros. Hace un gesto displicente y continúa recreándose parsimoniosamente, pasando lentamente las páginas de estas joyas bibliográficas.

De nuevo en la calle. Puesto que estamos muy cerca de la casa donde habitó Ramón Gómez de la Serna, nos acercamos hasta ella caminando por la misma avenida. Cuando, no hace muchos años, se inauguró la placa que le pusieron para rememorar su estancia en Nápoles, al descorrer la tela que la cubría descubrieron, estupefactos, que los operarios municipales la habían colocado justo encima del aviso prohibitorio de fijar carteles. Sin lugar a dudas, este suceso fue inspirado desde el más allá por el mismo Ramón. El autor de La mujer de ámbar estaría feliz, no por la placa en sí, sino por el lugar de honor en que fue situada. Cuando alcanzamos finalmente el inmueble, comprobamos que, afortunadamente, todo sigue tal cual: la prohibición y lo prohibido juntos.

A la mañana siguiente, muy temprano, partimos para Herculano. A la entrada de las excavaciones nos esperan el arqueólogo jefe y otras autoridades locales. La ciudad había sido fundada mitológicamente por Hércules y griegos y samnitas la habitaron antes que los romanos. En el 89 a. C. fue derrotada en los levantamientos contra la capital del imperio y convertida en municipium. A diferencia de la cercana Pompeya, Herculano era una ciudad de veraneo, señorial, con grandes casas patricias y poca actividad laboral. Pero, como su vecina, sufrió el terremoto del año 63 d. C. y la erupción del Vesubio del mes de agosto del año 79 d. C. Pasada la puerta principal, y tras recorrer el centro de interpretación, nos asomamos a la ciudad, que yace en una hondonada a su verdadera altura sobre el antiguo nivel del mar. Ahora nosotros estamos pisando lo que, en su época, era el mismo mar, la orilla desplazada muchos cientos de metros. La densa capa de fango llegó a medir hasta diez metros de altura, pero ese fango volcánico que acabó con su vida fue, sin embargo, el que conservó la urbe casi intacta hasta nuestros días. Secada y consolidada la lava, ésta se transformó en una especie de capa gruesa y compacta que, adhiriéndose a cada una de las estructuras y objetos, protegió todo lo que se había salvado de la avalancha de lodo. Así pues, a diferencia de Pompeya, pudieron conservarse muchos de los pisos superiores. Y la capa de fango, en algunos casos, también conservó incluso la madera. A nuestras espaldas, a muy pocos metros, se extiende el golfo de Nápoles. Enfrente, a nuestros pies, Herculano. En el resto de los puntos cardinales, los edificios modernos y feos de la nueva ciudad le ponen cerco. Debajo de los mismos aún yacen casas, caminos, edificios públicos y templos que, probablemente, aún tardarán mucho tiempo en salir a la luz. El arqueólogo, que nos conduce con paso firme, no es partidario de continuar excavando, sino de conservar lo ya sacado a la luz. No hay dinero, se carece de medios y la vigilancia es cada vez más escasa. Lo dice con convicción, pero con cierta pena. «¿Aún quedarán inmuebles, pinturas, esculturas, mosaicos de gran importancia por descubrir?», le pregunto yo con cierta ingenuidad. Él me contesta que quizás, pero que nosotros ya no los veremos. «Hay que dejarles algo a las futuras generaciones. Además, en las circunstancias y condiciones de hoy en día, es mejor que lo que aún está bajo tierra continúe así. Al menos, eso, sabemos que está conservado perfectamente.» ¿Un arqueólogo que renuncia a seguir excavando? Mi interlocutor es discreto y no quiere ser crítico con las autoridades. Comprendo su silencio y lo que ello conlleva. No insisto, sería de mala educación, y me entrego, como mis compañeros, a disfrutar de lo que se ha venido descubriendo desde el año 1709. Que, por otra parte, no es poco. La ciudad está dividida en cinco cardos y tres decuman0s, y separada en insulae, algo semejante a las manzanas. El decumano, la vía principal orientada de este a oeste, se cruzaba con el cardo, orientado de norte a sur, pues las ciudades romanas estaban trazadas a semejanza de los campamentos militares.

Caminando por estas calles tan bien trazadas, vamos contemplando casas, por ejemplo, la casa de Argos, la casa del esqueleto, la casa del tabique de madera o la casa del atrio de mosaicos geométricos con cruces gamadas. Me llama la atención la casa samnita, que se remonta al siglo II a. C. La planta baja tiene una entrada adornada con placas policromas en relieve figurando mármol, un atrio con un gran impluvium marmóreo embellecido con un pórtico compuesto por pequeñas columnas jónicas en el primer piso, una habitación con un fresco que representa el Rapto de Europa, una gran sala y un tablinium. Nada más entrar en la casa samnita, había una habitación que —según nos relata un joven arqueólogo— podría ser la cocina, junto a la cual hay un agujero discreto para las necesidades de los sirvientes. Calles y más calles con fuentes públicas, con tabernas y hospedajes, al igual que templos y edificios públicos. Muy cerca de la casa samnita está la casa de la bottega, donde se vendían vino y alimentos. Allí aún reposan las ánforas, tal cual, así como el mostrador y el cartel de mármol anunciando la especialidad de la tienda. Y encima vivían los propietarios o los alquilados. La casa de los ciervos, construida durante la cuarta y sexta década del primer siglo d. C., debió de ser un lugar extraordinario por las dimensiones, los materiales utilizados y las esculturas rescatadas. Por ejemplo, la del ciervo atacado por los perros, de la cual toma el nombre.

Muchos de los espacios que visitamos están cerrados al público, pues aún se hallan en plenas excavaciones. Uno de éstos es la casa del relieve de Télefo, un personaje muy querido para mí, proveniente del ámbito de la guerra de Troya. Cuando los griegos desembarcaron en Misia, durante la primera expedición contra Troya, y la destruyeron por haberse aliado con los troyanos, Télefo salió con su ejército al campo de batalla y mató a Tersandro (un héroe contra Tebas a quien Virgilio nombra como uno de los ocupantes del caballo de Troya). Pero, a su vez, Télefo fue herido en un muslo por la lanza de Aquiles. Y, como que la herida no sanaba, el enfermo acudió al oráculo, quien le dijo: «Quien causó la herida, la sanará». Así pues, Télefo se dispuso a visitar a su contrincante, que había regresado a casa y preparaba, en Argos, una segunda expedición contra Troya. Aquiles restregó su lanza sobre la herida del enfermo y la curó. Y Télefo, en agradecimiento, le mostró el rumbo hasta la ciudad de Príamo. En tiempos de Pausanias, la lanza sanadora de Aquiles se mostraba como una reliquia en el templo de Atenea, en la ciudad licia de Faselis. Puesto que la ciudad de Herculano había sido fundada por Hércules o Heracles, la urbe conmemoró el hallazgo de Télefo por el hijo de Zeus y Alcmena. La pintura mural se conserva en el Museo Nacional de Nápoles. Y la casa del relieve de Télefo lleva este nombre por la obra escultórica que representa el pasaje mitológico. Es un inmueble muy amplio y elegante levantado a dos niveles. Sobre las columnas del atrio se apoyan las estancias del piso superior y desde el atrio un pasillo conduce al peristilo, cuyo jardín contiene un estanque central. Sobre la terraza adyacente se abren algunas habitaciones cuya decoración pictórica contemplamos. El suelo contiene un lujo de diversas clases de mármoles de colores, de todos los estilos y procedencias. Desde este lugar se divisaba el mar a muy pocos metros. Casas y más casas. En una de ellas, vemos las muelas de una panadería donde se encontró el esqueleto de un asno que les estaba dando vueltas. Casas y más casas. Y termas. En el Colegio de los Augustales, muy bien conservado, repleto de pinturas, luce intacta la placa conmemorativa en mármol de Augusto. Pero la sorpresa más emocionante se encuentra saliendo por la Puerta Marina, también cerrada al público. Bajando por ella, accedemos al antiguo barrio marítimo. Por aquel entonces se alzaba sobre el mar, mientras que ahora está liberado de la masa de lava que, sin embargo, forma un muro de contención. Donde el fin de la ciudad se enfrentaba al mar, ahora lo hace a una pequeña zona pantanosa, una tierra de nadie entre los antiguos acantilados, islas y playas, y la capa de lava que ganó tierra a las aguas. Aquí se extienden los restos de la plaza abierta al mar y presidida por la base marmórea de una estatua (su copia está allí) y el ara funeraria del procónsul Marco Nonio Balbo. La estatua apenas sufrió daños, lo mismo que el resto del monumento fúnebre, cuya placa puede leerse en su integridad. Yo la copié. Para los ilustrados que puedan traducirla, dice así:

QVOD·M·OFILLIVS·CELERII·VIR·ITER·V·F·PERTINERE·ATMVNICILL

DICNITATEM·MERITIS·M·NON·BALBI·RESPONDERE·D·E·R·I·C

QVMMNONIVS·BALBVS·QVOHACVIXERITPARENTIS·ANIMVM·CVMPLVRIMA·LIBERALITAE

SINGVLIS·UNIVERSISQVE·PRAISTITERIT·PLACERE·DECVRIONIB VS·STATVAM·EQVESTREM·EI·PONI·DVAM

CELEBERRIMO·LOCO·EX·PEVNIA·PVBLICAINSCRIE·QVEM·NONIO·MF MEN·BALBO·PR·PRO· COSPATRONO·VNIVERSVS

MARMOREAM·FIERI·ET·CONSTIVIINSCRIBIQVE PVBLICE·M·NONIO·MFBALBO·EXQVE·EOLOCOPARENTALIBV

POMTAM·DVCILVDISQUVE·CVMNICIS·QVI SOLITIERANFIERIDIEM·A DICI·VNVM IN HONOREM·EIVSET·CVMIN·THEATRO

LVDIEIENT·SELLAMEIVS·PONL·C

El arqueólogo me comenta que cuando se abrió el ara todavía se encontraron restos y objetos pertenecientes al benefactor de la ciudad. Construido alrededor de la segunda década del primer siglo d. C., el monumento era lo primero que vislumbraban los navegantes cuando se acercaban a esta pequeña ciudad de cuatro o cinco mil habitantes. Junto a la plaza marina se situaban las termas suburbanas, y ahora nos informan que es el edificio termal mejor conservado de la antigüedad (segunda mitad del siglo I d. C.). Evito la descripción, pero es impresionante. Un poco más abajo, sobre lo que fue el nivel del mar, dentro de una especie de pequeñas cuevas, están repartidos los más de trescientos esqueletos. Son copias de los originales, dispuestos exactamente tal cual se descubrieron, personas que estaban esperando la llegada de las barcas para socorrerlos. El río de lava, la emanación gaseosa, o quizás un maremoto, impidió su embarque y contribuyó a su muerte. Hombres, niños, mujeres, algunas de ellas embarazadas: un paisaje patético de la desesperación. Todo este espacio, junto con el de las termas, fue excavado a finales de los años setenta y principios de los ochenta del pasado siglo XX. Estamos en lo que fue la playa, en lo que fueron las rocas, en lo que fue el frente marino de la ciudad. En agosto de 1982 se descubrió, en esta misma área, junto a una dársena para atracar, junto a la terma suburbana, una barca en un extraordinario estado de conservación. Junto a ella, el esqueleto del que fuera quizás su timonel. Por otras zonas cercanas, aparecieron troncos sobre los cuales debieron de intentar flotar algunas personas, sobre todo niños. Espadas, un brazalete de oro, anillos, collares, monedas, algún animal —un caballo— y otros objetos de uso en la vida cotidiana. Ahora estamos en lo que fue la playa. A nuestras espaldas, la ciudad, y, enfrente, este muro que se formó con la capa de fango. Para acceder de nuevo al lugar desde el cual se veía la panorámica de la ciudad hay que atravesar un puente de madera sobre esta especie de pequeño lago que se ha ido formando a causa de las filtraciones de agua del mar y de las lluvias. Cruzo el puente y, una vez abandonado, cuando estoy a punto de entrar en la gran cueva que han abierto, miro hacia atrás y veo los esqueletos en sus cubículos, protegidos por las puertas trenzadas de madera, las termas y la plaza con el monumento a Balbo, todo quieto frente a este alto malecón que repele al mar. El estrecho túnel es largo y empinado, lo cual dice mucho de a qué altura quedó tapada la ciudad. Un poco cansados, alcanzamos el punto de inicio de la expedición. De nuevo, la antigua ciudad a nuestros pies. Vecina al mirador, se levanta la parte del museo en que se guarda la barca, que fue rehabilitada e instalada aquí con sumo cuidado, pues no existen originales como ésta. La restauración llevó varios años. Y en el recinto expositivo, además de esta pieza de valor incalculable, podemos contemplar otros objetos originales de la época relacionados con las actividades marinas: cuerdas, anclas, ánforas españolas, cretenses, africanas y palestinas, anzuelos para la pesca, etcétera. También hay reproducciones de pinturas y mosaicos relacionados con el mar. Durante los años ochenta del siglo XX, gracias a una intuición de Giuseppe Maggi, por aquellas fechas director de las excavaciones, se inició el desescombro alrededor de este perímetro de las termas suburbanas, saliendo a la luz toda la zona costera. Y así se demostraba que, a diferencia de Pompeya, el mar lamía la ciudad. La barca, bastante larga, tiene unos nueve metros de eslora por casi dos y medio de manga y uno de calado. Era una barca de pesca tradicional del mar Tirreno, con tres pares de remos y un timón. En el mismo lugar fue recuperada otra pequeña embarcación, que se encuentra todavía en período de restauración, y hay también diversos fragmentos de otras varias. El museo no está abierto al público permanentemente y así se cuida de que la afluencia masiva de visitantes no produzca un cambio repentino de temperatura que afecte gravemente las cubiertas de la nave. Desde una pequeña plataforma de madera observamos el interior combado. Me imagino el vaivén alocado de aquellas horas en que, de repente, todo desapareció, incluso la misma nave. El futuro la ha hecho nuevamente presente y, al fin, ha vuelto a navegar bajo otras atentas y no menos angustiosas miradas náufragas como las nuestras.

Por problemas de seguridad, debidos a condiciones meteorológicas adversas, no nos acercamos al teatro, que aún permanece cubierto por la capa de fango. Se puede llegar a él a través de una galería subterránea, como la de una mina. La Villa de los Papiros se encuentra muy cercana, pero también está cerrada a causa de los mismos problemas. Hace pocos años, en el Museo Arqueológico de Nápoles contemplé una exposición sobre lo que allí se había encontrado hasta entonces, pues queda todavía mucho por excavar. Era una villa sobre el mar de una grandeza y una belleza impresionantes y mientras escribo estas líneas tengo delante de mí su reconstrucción, llevada a cabo por el Museo Arqueológico Virtual del propio Herculano, que visitaremos por la tarde. Entre los tesoros rescatados se encuentran los cerca de dos mil papiros que están custodiados en la Biblioteca Nacional de Nápoles. Las excavaciones de la Villa de los Papiros se iniciaron a mediados del siglo XVIII y, poco después, aparecieron estos rollos en estado de carbonización generado por un proceso físico-químico natural. A la villa se accedía a través de una entrada espectacular con un pórtico de columnas que daba al mar y, desde aquí, se pasaba al atrio, decorado con un impluvium embellecido con once estatuillas y, luego, a la sala de estar y a otras estancias, que daban a un primer peristilo en el que se encontraba la biblioteca. Un segundo y amplio peristilo se abría en torno al jardín, que disponía de un gran estanque en el centro. En la galería y en la zona del jardín se encontraron las impresionantes esculturas de mármol y bronce que nos encontramos en el vestíbulo principal del Museo Arqueológico de Nápoles. Desde el jardín, a través de un paseo, se alcanzaba una amplia terraza desde la cual se contemplaba el mar y la costa. Decía Estacio de las ricas villas romanas de la costa de Nápoles, y ésta lo era, y mucho, que mezclaban la dignidad romana con la indulgencia griega. Los papiros, al menos los que han dejado franco su contenido, tratan sobre la filosofía epicúrea. Lucio Calpurnio Pisón, suegro de Julio César, protegió a Filodemo de Gádara, un filósofo epicúreo que se cuidó de engrandecer la biblioteca del político romano. Filodemo, poeta y filósofo del siglo I a. C., había nacido en Siria, pero se formó en Atenas. Y desde allí viajó a Herculano, donde se quedó a vivir, definitivamente, bajo la protección de su mecenas. Como poeta, sus epigramas estaban recogidos en la Antología palatina. Como filósofo, fue un buen conocedor y estudioso de la obra de Epicuro y, él mismo, autor de libros que seguían los dictados de esta escuela, por ejemplo, Sobre Epicuro, Contra los sofistas o Sobre la piedad. Filodemo fue un magnífico bibliotecario y reunió allí papiros griegos y latinos. La Villa de los Papiros, frecuentada por Virgilio y Horacio, fue reconstruida por la norteamericana Fundación Getty siguiendo los planos trazados por los Borbones. Y durante las excavaciones se encontraron infinidad de objetos que sirvieron para recomponer la vida cotidiana.

La nueva Herculano es una ciudad agradable, con una calle repleta de palacios borbónicos del siglo XVIII, mansiones de verano de la aristocracia que regentaba el poder en el Reino de las dos Sicilias. En el restaurante donde comemos, nuestros invitados se desviven por felicitar al dueño del establecimiento. El motivo, haber sido uno de los muchos comerciantes sublevados contra la camorra. En los últimos meses, la mayor parte de los pueblos de este litoral se han unido para rechazar a estos delincuentes y, por ahora, lo han conseguido. Le pregunto al restaurador si tiene miedo y él me responde que «en absoluto». Pero no le da más importancia a este hecho, que los demás consideran heroico. Comemos muy bien, pasta y pescado de este mar, así como dulces, también de la zona. Luego, dando un pequeño paseo, llegamos al MAV, el Museo Arqueológico Virtual, domiciliado en la vía IV Novembre n.º 44. Es un antiguo edificio que antes fue un instituto de enseñanza y, ahora, totalmente rehabilitado, cumple esta nueva función. Pertenece a una fundación pública que se denomina Cives y su lema es «il passato visto con gli occhi del futuro». Se trata de un museo en el cual se reconstruyen virtualmente las ciudades de Herculano y Pompeya, así como las villas de Capri, la Villa de los Papiros o la Villa de los Misterios. Y también se explica la vida cotidiana de estos lugares durante los años previos a la erupción del Vesubio, en el 79 del primer siglo de nuestra era. El resultado es impresionante. Si antes paseábamos en medio de las ruinas, ahora lo hacemos por la propia ciudad en su plenitud y grandeza. Entramos en los templos y en los edificios oficiales, accedemos al interior de las casas, pisamos sus mosaicos, contemplamos sus pinturas, recorremos las calles, asistimos a los rituales de las termas, vamos a los teatros, al anfiteatro, etcétera. Además, se proyecta la erupción volcánica con todos los efectos especiales, así como lo que sucedió a partir de aquel momento. La experiencia es impresionante. El MAV dispone también de un gran salón de actos y de una mediateca.

Al día siguiente recorremos Pompeya. Entramos por la Porta Marina y el arqueólogo que nos acompaña nos muestra las termas que estaban fuera de la muralla, las pinturas eróticas y la de los barcos. Dado que se conserva el primer piso, ascendemos hasta él y allí me cuelo por entre las pequeñas habitaciones del lupanar, cuyos lechos eran de obra y se conservan tal cual. Este lugar, como gran parte de la ciudad, está cerrado al público por la falta de vigilancia. La crisis ha reducido el personal al mínimo y esto va desde los investigadores hasta quienes se encargan de custodiar este patrimonio único y extraordinario.

Siempre que vuelvo a Pompeya, la recorro como si fuera mi propia ciudad. He venido tantas veces que puedo moverme con cierta seguridad por entre los intrincados laberintos de sus cardos y sus decumanos. Se construyó sobre un promontorio marino próximo a la desembocadura del río Sarno, por aquel entonces navegable. El río hoy no se ve, aunque aún podemos vislumbrar su lecho. El mar está ahora más lejos que cuando bullía la ciudad, en línea recta quizás a un par de kilómetros. Griega, etrusca, samnita y, finalmente, romana. Y llegaron a hablarse todas estas lenguas, pero fundamentalmente el griego y el latín. Durante el siglo II a. C., Pompeya conoció un gran desarrollo económico y comercial y surgieron casas lujosas y edificios públicos. A diferencia de Herculano, Pompeya estaba habitada todo el año. En el 89 a. C. se alzó contra Roma para obtener la ciudadanía y fue conquistada por el general Lucio Cornelio Sila. A la población ya establecida, se le unieron nuevos colonos procedentes de Roma, que a partir de aquel entonces dirigió la ciudad. La paz y la prosperidad se vieron en peligro en el 62 d. C. debido al terremoto, el aviso de su destrucción total debida a la erupción del Vesubio en el 73 d. C. Hasta entonces, las laderas del volcán estaban llenas de vides, cuyo vino se exportaba a todo el Mediterráneo. Plinio el Viejo, comandante de la flota romana en Miseno, murió «echado sobre una sábana extendida en el suelo» después de haber pedido dos veces agua fría para beber. Se había acercado demasiado a la costa con la intención de observar el fenómeno de la naturaleza y de rescatar a la gente que pudiera, pero no fue posible. Plinio el Joven, su sobrino, escribió el relato de aquellas funestas horas, de las cuales él también fue partícipe, en dos cartas que le hizo llegar al historiador Tácito. Sobre Pompeya no cayó lava, como sobre Herculano, sino una lluvia de cenizas, piedra pómez y lapilli, materiales ligeros y fáciles de retirar. El emperador Tito evaluó los daños y algunos ciudadanos que se salvaron pudieron regresar a sus casas y recuperar parte de sus enseres. Pero, desde aquel momento, también comenzó el saqueo. Finalmente, la ciudad fue abandonada hasta que Carlos III comenzó las excavaciones en el siglo XVIII. El príncipe d’Elboeuf descubrió casualmente un pozo sobre el antiguo teatro de Herculano. Y en 1738 Carlos III organizó la excavación de la ciudad, que estaba cubierta por un compacto manto de lava. Antes de partir hacia España, el mismo monarca promovió la recopilación de toda la información arqueológica, que publicó en los volúmenes Antichità di Ercolano esposte. Gracias a las reproducciones y a los textos, se proporcionó un amplio repertorio de modelos artísticos, decorativos, pictóricos y cerámicos que darían lugar al neoclasicismo. Otros gobernantes, como José Bonaparte o Murat, continuaron las excavaciones.

En medio del foro nos imaginamos cómo debieron ser la Basílica, el Templo de Apolo, el Capitolio o los edificios municipales. En el MAV se ofrece una reconstrucción veraz de este espacio y donde antes estaba situado el granero, un mercado de cereales, verduras y legumbres secas que daba al foro, ahora se encuentra un depósito de material arqueológico: ánforas, pesas de piedra, columnas, capiteles, braseros de hierro, fuentes, mesas, lápidas, esculturas, anclas, cajas fuertes e incluso moldes de yeso de algunos habitantes muertos durante la erupción. Un almacén de objetos perdidos que me recuerda a los que vi en Cinecittà, en Roma. Son el atrezo de la vida. Les pido que nos lleven a los talleres de mantenimiento de la ciudad, donde se rehabilitan las pinturas y se restauran otras piezas. Camino de este lugar, seguimos la vía del Foro, pasando el arco de Druso, y, antes de desviarnos por la vía delle Terme, lo hacemos por la de la Fortuna para encontrarnos con la casa del laberinto. Entramos en ella y, al fondo de la misma, vemos en el suelo el mosaico cubierto de hojas muertas. Regresamos a la vía delle Terme, donde están las termas del foro y, frente a ellas, la casa del poeta trágico, que inspiró la novela de Bulwer Lytton, Los últimos días de Pompeya. El mosaico de la entrada es el del perro furioso ladrando y amenazando con sus dientes salientes, encadenado y con un collar rojo. La inscripción o aviso reza Cave canem. En el Satiricón de Petronio hay un pasaje en el cual uno de los personajes se queda aterrorizado ante la intervención de un animal semejante. Esta casa lleva este nombre por el mosaico en que se ve la preparación de un drama satírico. También se descubrieron pinturas con el sacrificio de Ifigenia y ambos pueden contemplarse en el Museo Arqueológico de Nápoles. ¿Viviría aquí realmente un poeta? Las dimensiones de la casa, su ornamentación y su situación lo desmienten. Aunque Virgilio u Horacio no vivieron mal, nadie en Roma, ni en sus otras comunidades, se hacía rico con la literatura. Pero esta casa era probablemente de un rico gobernante o comerciante.

Los talleres de conservación están situados en la misma línea frontal, siguiendo las antiguas murallas, que las termas suburbanas de la Puerta Marina. Por lo tanto, están frente al campo abierto desde donde antiguamente se divisaba el mar, muy cercano. Los talleres están alojados en una de las villas urbanas más suntuosas, la casa de Fabio Rufo, que tiene hasta cuatro niveles, desde el nivel de la ciudad, donde nos encontramos, hasta el del campo, escaleras abajo. Probablemente, esta villa se formó poco a poco, con el reagrupamiento de varias casas precedentes y aprovechando las paredes de la muralla que ya no eran necesarias como elemento defensivo. Por lo tanto, es diferente a todas las demás. Las terrazas y los jardines están en el primer piso, mientras que el resto de las habitaciones, cocina e incluso baños particulares, se encuentran en los pisos inferiores. Por unas escaleras se bajaba desde el último piso inferior hasta el campo, donde ahora se está excavando un gran jardín extramuros que pertenece también a la casa. Cuando entramos, nos encontramos con grandes cajas de embalaje que contienen pinturas o mosaicos que van a viajar a alguna exposición en el extranjero. Los nombres que figuran en ellas están en alemán. Luego pasamos a una gran terraza con vistas al campo. Al fondo, la nueva ciudad de Pompeya y, un poco más allá, el golfo de Nápoles. Si antes el mar se hallaba a un kilómetro de distancia de los muros, ahora debe de estar a tres o cuatro, pero desde esta altura se divisa perfectamente. La oficina del responsable de este establecimiento está instalada en una habitación repleta de pinturas en las paredes, parte de las cuales se han protegido con cristales. Sobre su mesa de trabajo, un ordenador, un teléfono fijo y otro móvil, así como los varios elementos de escritorio fundamentales para su labor. Es curiosa esta mezcla entre la decoración de hace dos mil años y estos artilugios técnicos de nueva generación. Y hay otras salas, también pintadas, que ahora se utilizan para otros fines. Finalmente llegamos al taller, donde varias personas están trabajando en la rehabilitación de pinturas y mosaicos. «Intervenimos cuando no hay más remedio, cuando algo valioso está a punto de perderse.» El lienzo de pintura que están restaurando contiene un montón de grafitis, hechos seguramente por los niños de la casa, pues están situados en la parte inferior de la misma y reproducen animales tales como ciervos o caballos. Estos artesanos o artistas se quejan del abandono en que se encuentran por parte de la administración. El personal se ha reducido casi en su totalidad y el trabajo continúa siendo ingente. Además, un oficio artesano sólo se puede llevar a cabo transmitiéndoselo a las nuevas generaciones a través de la práctica. Y ya no hay jóvenes que acudan aquí a trabajar. Y no porque ellos no quieran, sino porque no se convocan plazas, ni siquiera ya las de becarios. Paseamos por el almacén y seguimos charlando sobre cómo se rescatan las pinturas, cómo se reparan los mosaicos, cuál es el estado de conservación en general y lo mucho e infinito que aún queda por hacer. «Estamos solos resistiendo. No nos falta entusiasmo, pero a veces cuesta mucho seguir trabajando. Disponemos de menos medios que hace años, cuando yo comencé aquí a trabajar. Tenemos una gran responsabilidad y a ella nos entregamos.» Sólo del dinero de las visitas, se ingresan veinte millones de euros al año, pero no es suficiente, no sólo para seguir excavando, sino para mantener lo ya sacado a la luz. Al menos hoy es un día más alegre, pues acaban de recibir la noticia de la aprobación, por parte de la Unión Europea, de una cantidad de 105 millones de euros. Con ese dinero tratarán de consolidar edificios que podrían derrumbarse definitivamente, como pasó hace poco con la casa de los gladiadores, en cuya fachada había inscripciones muy importantes. Me cuentan, por ejemplo, que la casa de Menandro, con preciosas pinturas y mosaicos, muestra desde hace tiempo un grave proceso de degradación, e igualmente la casa de Julio Polibio o la de Cecilio Giocondo, así como otras muchas. Durante los últimos años del gobierno Berlusconi, la gestión de esta ciudad estuvo fuera de control debido a la ineficiencia y a la irresponsabilidad de los comisarios que mandaron desde Roma. «La intención de muchos de ellos era transformar este recinto en un parque temático, en una Disneylandia. Invirtieron el dinero en estupideces, no se fiaban de los equipos de arqueólogos y pensaban que había que atraer a muchos más miles de visitantes haciendo campañas publicitarias en medios afines», me dice uno de los arqueólogos que nos acompaña. «¿Publicitar Pompeya? ¿Acaso hay alguien en el mundo que no la conozca?», me insiste. «Luego les enseñaré los horrores que se hicieron en la casa de Julio Polibio, en la vía de la Abundancia», finaliza indignado. Charlamos animadamente y, como nos entendemos tan bien entre todos, nos invitan a hacer una visita a la que los turistas no tienen acceso, recorrer los pisos inferiores y las casas anexas a la de Fabio Rufo. Bajamos por una escalera empinada y nos encontramos con varias estancias, todas llenas de pinturas perfectamente conservadas. Seguimos bajando y nos encontramos con uno de los muertos, tendido en las escaleras, y otro en una urna en una sala vecina. Como estos pisos están levantados contra la muralla, hay zonas en que la luz entra con mayor dificultad y otras en que abrieron ventanales sobre el campo. En una de esas habitaciones que parecen recién pintadas, le pregunto ingenuamente a uno de los artesanos si todo esto se salvará. Él se encoge de hombros y me dice que todos luchan por hacerlo, pero que el signo de la vida es la destrucción y la desaparición. «Estos objetos son tan mortales como nosotros y su destino, como el nuestro, es ser también mortal.» Somos personas con suerte al poder llegar a ver tanta belleza, pero no sabemos si las generaciones que nos sucedan podrán contemplarlas ya tal cual las vimos nosotros. De la casa de Fabio Rufo pasamos a la casa del brazalete de oro, que se llama así porque una de las mujeres muertas llevaba esa joya en una de sus muñecas. En las escaleras de esta estancia se encontraron, nos encontramos, a un grupo de sirvientes muertos. Tenía baño privado, algo muy raro, excepto en las casas muy ricas, pero incluso en éstas tampoco lo había siempre. En un redondel abierto en una pared aún quedan restos de lo que se asemejaba a un espejo de baño. Siguiendo por estos pisos, bajo el nivel de la ciudad, volvemos a pasar a las estancias de otra casa, la del Macastricio, donde nos encontramos de nuevo con el vaciado en yeso de otros tres muertos in situ. A pesar de su vulnerabilidad y del paso del tiempo, impresiona verlos con los mismos signos de padecimiento con que abandonaron este mundo. Sus rostros están perfectamente marcados. «La muerte —le escribe Epicuro a Meneceo en una carta—, el más terrorífico de los males.» La muerte, el término inescapable de la condición humana, contra el que nada se puede hacer. Sin embargo, el rostro de este hombre, como el de los otros hombres y mujeres con quienes nos hemos ido topando, es perfectamente identificable; su rostro, al menos, ha pervivido. Yo, incluso desde mi lejanía, estando aquí, delante de él, en medio de estas estancias vacías, con sus muros pintados repletos de vida detenida, vivo su muerte sin haber tenido —afortunadamente— esa experiencia, pues nadie siente o vive su muerte. ¿La muerte no es nada para nosotros? Reconozco el esfuerzo de Epicuro por evitarnos el sufrimiento en vida de nuestra mente, pero la muerte sí que es una presencia permanente para nosotros, lo queramos o no, detenida o en fuga, como en estos cuerpos que no lograron salvarse para que nosotros pudiéramos reconocerlos. Tampoco Epicuro creía en el más allá, ni en que sobreviviera el alma, pues era un elemento más del cuerpo que perecía con él. ¿El verdadero filosofar, como escribe Platón en el Fedón, es una meditación sobre el morir y el estar muertos? ¿El verdadero filosofar, como pensaban Demócrito o Epicuro, es aprender a vivir, ya que aprender a morir no es necesario ni útil? En compañía de este muerto, cuya huella física aún pervive, no sé qué decir. En realidad, ambas posturas me son cercanas e inevitables, ya que es necesario pensar en la muerte y también pensar que la muerte, como le dice Epicuro a Meneceo, «nada es para nosotros. Porque todo bien y todo mal residen en la sensación y la muerte es privación de los sentidos». La muerte no puede, pues, afligirnos con su presencia, «porque mientras nosotros existimos no está presente y, cuando está presente, ya no estamos nosotros». ¿No está presente la muerte en este cuerpo? Mientras llevo a cabo estas meditaciones, me quedo solo y el silencio se asemeja a una nube de azufre. Avanzo en busca de mis compañeros y me angustia verme perdido por semejante decorado. Al final oigo unas voces y, siguiéndolas, paso a la casa del marinero, que gira en torno a un pequeño peristilo cuadrado. En una habitación hay una pintura de Venus. Bajamos las escaleras y recorremos el resto de los pisos de la casa, que siguen bajo el nivel de la ciudad y frente al campo. Y, para regresar a la superficie, volvemos a realizar el mismo camino, subiendo y bajando escaleras. Estas casas, quizás debido a su localización tan especial, me han dado una sensación muy distinta a la habitual. Aquí se nota más la soledad, la detención del tiempo. Las otras, al estar recorridas por las gentes, han adquirido nueva vida. Este paseo hacia abajo, a lo largo de la estructura de la muralla, un tanto alojados los pisos en una gran caverna, es como si hubiera descendido a las profundidades de mi espíritu. Quizás el camino misterioso sea así, entre pinturas, entre luces y sombras, entre el silencio y el murmullo de las voces de los amigos que ya no identificamos, entre jardines interiores. En nosotros, o en lugares desapercibidos como estos, se halla una eternidad con sus mundos: el pasado y el futuro que siempre es el presente.

De nuevo en la superficie, nos despedimos agradecidos y volvemos a salir a la vía de la Terma del Foro y, como les digo que nos acerquemos a la de la Abundancia, rehacemos el camino para llegar allí. Volvemos a la vía del Foro, llegamos hasta él y seguimos esa calle esencial para conocer la vida de Pompeya. Lleva este nombre por la fuente pública colocada en su inicio y sobre la cual está esculpida en relieve la Concordia Augusta, que soporta el cuerno de la abundancia. En los cruces de los caminos eran habituales las fuentes y por esta zona la mayoría son de piedra de lava. Muy pocas, como ésta, de caliza tan blanca. Abro el grifo y me mojo las manos y el rostro, como tantos debieron de hacer habitualmente. En Pompeya se conocen hasta 43 fuentes públicas. El acueducto llevaba el agua a la ciudad y en la época de Augusto ya había agua corriente en las casas. La vía de la Abundancia va desde el Foro hasta la puerta del Sarno. Iba, porque ahora está cortada en su parte final. Al inicio se encuentran las Termas Estabianas y luego la casa del citarista, que debe su nombre a una estatua en bronce de Apolo portando una cítara. Es muy grande y llaman la atención las pintadas electorales (como en las fachadas de casi todas las casas) promovidas por la familia Popidii, probablemente propietaria de la misma. La casa del citarista es ahora un gran depósito de todas las ánforas de la ciudad. Siguiendo el curso de la vía pasamos por la lavanderíatintorería de Stephanus, el thermopolium (un bar), donde se encontraron cientos de monedas en un hueco del mostrador, y la fonda de Asellina, asediada de publicidades electorales. La tabernera y sus alegres camareras Zmyrina, Ismurna y Aegle, recomendaban el voto para unos candidatos. Los muros de las casas en las que se permitía esta promoción política se blanqueaban primero de cal, a cargo de los dealbator, y luego, generalmente por la noche y bajo las linternas de aceite, los scriptores pintaban los nombres y las recomendaciones. Los programmata, es decir, los carteles, no estaban firmados por los candidatos, sino por sus electores. Durante los días de las elecciones, el candidato se paseaba por la ciudad acompañado de un nomenclator, un esclavo que le susurraba al patrón el nombre de las personas con quienes se iba encontrando y que se acercaban a saludarlo. Difícil oficio el de este esclavo, conocer a todas las familias y personas de la ciudad. Durante el año debía de estar liberado para aprenderse los nombres y los oficios de cada uno de estos posibles votantes. Los hombres, y no las mujeres, con derecho a voto, escribían el nombre del favorito en una tablilla encerada que introducían en una urna. Hasta dos mil quinientos carteles electorales hay en Pompeya, varios suscritos por mujeres.

Calle abajo, pasamos por la casa del efebo, cuyo nombre se debe también a una estatua de bronce, y por la panadería de Sotericus, que tenía un horno, un depósito para el grano, un dormitorio para los trabajadores y cuatro muelas accionadas por burros. En Pompeya se han localizado más de treinta panaderías y doscientos restaurantes. En una pintura que no procede de esta casa, y que hoy se conserva en el Museo Nacional de Nápoles, se representa un mostrador repleto de una gran cantidad de panes, en su mayoría circulares y con marcas para ser cortados fácilmente. Al lado, en un cesto, hay otros panes más pequeños. Detrás del mostrador, que parece de madera con incrustaciones de bronce, el panadero, que da la sensación de estar sentado, le entrega el pan a uno de los tres hombres que tiene delante. Dos son mayores, mientras que el tercero, más joven, alza las manos en petición de un trozo. ¿Venta de pan o donación de pan al pueblo por parte de un magistrado? El famoso retrato de un joven matrimonio: ella, de cejas pobladas, sosteniendo el stilum con una mano y, con la otra, una tablilla encerada; él, togado, de rasgos poco delicados, con barba mal cuidada y cabellos rizados, sosteniendo en su mano derecha un rollo de papiro. No son dos aristócratas, como pretendían, sino los rostros del panadero Terentius Neo y su joven esposa. Ya por aquellas fechas, saber leer y escribir era un signo de distinción. ¿Sabrían hacerlo ellos? Sea como fuere, sus rostros me embelesan cada vez que los observo en el Museo Arqueológico de Nápoles. ¿Ricos pero incultos? ¿El retratista fue cruel con ellos? ¿Pudo, sobre todo en el caso de él, mejorarle las facciones? Aquí están, panadero y panadera, en su eternidad, sobreviviendo a sus contemporáneos y a nosotros mismos.

En el taller del garum se confeccionaba esta salsa famosa y fundamental en todas las comidas romanas hecha a base de pescado. En esta calle también se encuentran otras casas, como el complejo de los ritos mágicos, la casa de Octavio Quartio, repleta de anuncios electorales, la casa de Venus y la acomodada casa de Julia Felice, que alquilaba habitaciones y baños y disponía también de una parte para tiendas. En sus anuncios exigía fianza y responsabilidad, pues aquel lugar no era una casa cualquiera.

En esta calle había otras muchas casas. En toda Pompeya se tienen localizadas unas ochocientas, la mayor parte de ellas aún sin excavar. Por ejemplo, en la vía de la Abundancia había una consulta ginecológica. Muchas madres morían al dar a luz a sus hijos y muy pocos niños sobrevivían al parto, por lo que madre e hijo estaban rodeados de pequeños dioses que los ayudaban a salir adelante. O, en este caso, sobre todo diosas, tales como Fluviona, para controlar el flujo menstrual; Alemona, para alimentar al feto; Numeries, para acelerar el parto; Lucina, para sacar al recién nacido a la luz; Vitumnus, que ayudaba a la primera respiración; Fatua, que animaba a hablar; Fabulinus, que enseñaba a pronunciar la primera palabra; Rumia, que servía para la lactancia; Potina, que ayudaba a beber, y Educa, a comer. Los aparatos de bronce con los que se ayudaban los médicos para traer al mundo a los niños dan escalofríos. Por ejemplo, el conocido como «manos panteas».

Otras casas que visitamos en la vía de la Abundancia, cerradas al público, son la casa de Julio Polibio, la de los castos amantes y la del larario de Aquiles. La casa de Julio Polibio está al lado de la de los castos amantes. Polibio era un edil y candidato a duunviro; es decir, un magistrado de la administración pública y juez supremo de la ciudad, que se elegían a razón de dos por año y luego pasaban a formar parte del Senado municipal. Cuando se produjo la erupción, la casa se encontraba en obras, y por eso hay ánforas llenas de cal y objetos de unas estancias acumulados en otras. Tiene una curiosa puerta pintada, un trampantojo, para camuflar una puerta tapiada, pero la sorpresa con la que nos encontramos no es su pequeño vestíbulo, el atrio que conectaba con las diferentes estancias, el peristilo o el triclinium (el comedor donde los comensales se recostaban sobre los sillones-cama dispuestos a tal efecto), con las magníficas pinturas sobre las paredes que cuentan la historia de Dirce, sino una gran pantalla de TV, unos potentes altavoces y copias en madera del mobiliario de la casa, así como de la cocina. Un comisario nombrado por Berlusconi llegó a Pompeya para revolucionar su gestión y, entre las varias ideas peregrinas que tuvo, una fue la de reconstruir la vida de esta casa a través de los medios audiovisuales, con personajes vestidos de época y un mobiliario que tuvo que ser encargado a ebanistas. Y se gastó todo el presupuesto en este asunto, desatendiendo las excavaciones y el mantenimiento de la ciudad. Por otra parte, el resultado fue nulo, pues los visitantes no aumentaron y la casa de Julio Polibio, que está cerrada, sufrió también un gran deterioro. Ahora contemplamos las ruinas antiguas con las modernas. Las pinturas al lado de la cocina representan a un larario (una pequeña capilla donde están las divinidades protectoras de la casa y de la familia) y es muy llamativa la serpiente alargada que aparece en la parte inferior, la agathodaemon, protectora del hogar y de la fertilidad. La cocina estaba junto a las habitaciones de la servidumbre, en un pequeño patio. Se reconstruyeron todos los elementos de cubertería, chimenea, ollas, trípodes, etc., que ahora también están abandonados. Sólo montar la instalación eléctrica para dar luz y sonido a este lugar costó mucho dinero. Y el silencio, esencial en este tipo de paseos entre ruinas, quedaba roto por la música, que ni siquiera era de la época, sino muchas veces obtenida de las bandas sonoras de películas de romanos. Cuando llegamos al final del peristilo, donde crecían árboles frutales, nos encontramos con una amplia habitación, el triclinium, y otras más pequeñas destinadas al reposo. En la habitación central, hay pinturas de tema mitológico en las que intervienen Apolo, Dafne, Hermafrodito y Eros. En el triclinium, las camas y los sillones reproducidos tienen encima de ellos, todavía, los colchones blancos cubiertos ahora de polvo. Además, hay otras dos grandes mesas (también reproducciones) donde se apoyaban los manjares. Todos estos artilugios inútiles y carentes del más mínimo valor ocupan un espacio que le roban a lo verdaderamente importante de esta estancia, las pinturas que hacen referencia a la historia de Dirce. Antíope era hija de Nicteo, rey de Tebas, y de Polixo, amante de Zeus y madre de Aufión y Zeto. Zeus embarazó a Antíope, que, por miedo a su padre, le pidió ayuda al rey Epopeo de Sición, que no sólo se la dio sino que también la hizo su mujer. Padre y esposo se pelearon hasta la muerte y este último le confió su mujer a su hermano Lico. De regreso a Tebas, Antíope dio a luz a los gemelos Aufión y Zeto, que fueron abandonados por orden de su cuñado. Los pastores los cuidaron, mientras que Antíope fue maltratada en la casa de Lico debido a la envidia de su cuñada, Dirce. Finalmente, Antíope pudo escapar de Tebas y se encontró en el camino con sus hijos, ya crecidos. Conocida su historia, decidieron vengarse atacando Tebas y matando a su tío. Y a su tía, como castigo, la ataron a los cuernos de un toro y dejaron que el animal la arrastrara hasta morir. Luego, el cuerpo fue arrojado a una fuente de Tebas que desde entonces lleva su nombre. En la pintura del triclinium de la casa de Julio Polibio hay dos escenas: la de la captura de la malvada y la del proceso de atadura al toro. Esta historia, que parece ser que fue inventada por Eurípides en su obra Antíope, y de la cual se conservan numerosos fragmentos, dio lugar a la famosa escultura del Toro Farnesio, el grupo estatuario antiguo más grande que se conserva, en copia romana del siglo I d. C. Se atribuye, según Plinio, a Apolonio y a su hermano Taurisco de Tralles (150-130 a. C.), y es de visita obligada en el Museo Arqueológico de Nápoles, donde también hay algunas pinturas con este mismo tema procedentes de otras casas pompeyanas, un asunto que a lo largo de la historia del arte fue retomado por muchos pintores, como Tiziano o Ribera. Como es típico en los cuadros mitológicos del tercer estilo (decoración pictórica mural que se utilizó entre los años 20 a. C. y 50 d. C., denominada también «ornamental», y que subdivide rígidamente la superficie en sentido vertical y horizontal por medio de elementos arquitectónicos, vegetales o lineales, los cuales enmarcan motivos decorativos y paneles con figuras), el cuadro es de grandes dimensiones, sobre todo por su altura, con las figuras colocadas en diversos planos, y están representados los dos momentos antes señalados. En el triclinium, que no se había acabado de decorar, se encontraron amontonados, pues la casa estaba en obras, muchos objetos de bronce de gran valor, como vajilla, una crátera y una estatua de Apolo. Me quedo admirando estas pinturas, cuyo estado de conservación es aceptable, y al abandonar la estancia corro la cortina de tela gruesa y ruda que no sé por qué han puesto. Al salir, la casa se cierra con llave y nos asomamos a la vecina casa de los castos amantes, denominada así por la pintura allí descubierta, una pareja besándose castamente. En la pared norte del triclinium, una pintura representa a dos parejas que disfrutan de un banquete al aire libre cubiertos por un toldo. Comen y beben reclinados, a la manera romana y sobre una pequeña mesa hay varios objetos. Un siervo sirve agua, otro parece sostener o recolocar el toldo y otros dos están desdibujados. Esta casa está llena de andamios, pues se están llevando a cabo importantes excavaciones. Cuando se produjo la erupción, en una de las habitaciones se estaba procediendo a su decoración, por lo que aparecieron en ella todos los útiles pictóricos con los que se estaba trabajando. Los arqueólogos nos dicen que era una casa importante y están convencidos de que aún aparecerán cosas interesantes.

Regresando por la vía de la Abundancia hacia el Foro, nos paramos en la casa del larario de Aquiles, que toma su nombre del friso con figuras, en parte en relieve, y en parte pintadas sobre un fondo azul, que ilustran los últimos episodios de la guerra de Troya. En la primera escena, Príamo, Hécuba, su esposa y reina, y Astianacte, el nieto de ambos e hijo de Héctor y Andrómaca, llaman a Héctor desde lo alto de la puerta de la ciudad sitiada. En la segunda escena, las diosas Hera y Afrodita presencian el duelo entre Aquiles y Héctor y el cadáver de este último es arrastrado por el caballo de Aquiles. En la tercera, un esclavo troyano le lleva un vaso a Aquiles como símbolo del rescate para recuperar el cuerpo del héroe. En la cuarta y última escena, Héctor es transportado por Príamo sobre un carro. La Ilíada era grandiosa porque toda vida es un combate, la Odisea porque toda vida es un viaje y el Libro de Job porque toda vida es un enigma. Ante estas pinturas inesperadas, que me encuentro casualmente al entrar en esta casa, siento mi combate, mi viaje y mi enigma.

Es ya hora de comer, pero no vamos a hacerlo para aprovechar el paseo sin rumbo por la ciudad antes de acercarnos a la Villa de los Misterios, que está a cuatro o cinco kilómetros de la Puerta Marina y algo menos de la Puerta de Herculano, hacia la que nos dirigimos para pasear por su necrópolis. Mientras volvemos a la vía del Foro, vamos charlando. Me comentan que tanto daño o más que la misma erupción, lo hicieron los bombardeos indiscriminados de la Segunda Guerra Mundial. De entre las novelas basadas en la historia final de la ciudad, recuerdo que yo he leído varias. La de Bulwer-Lytton, cuando era muy pequeño, me fascinó e hizo crecer en mí el interés por la arqueología. Como también la de Gauthier, Arria Marcella. La primera, publicada en 1834, mientras que la segunda, tiempo después, en 1852. Sin embargo, la que siempre me fascinó más fue Gradiva (1903), de Wilhelm Jensen, una obra rara que fue utilizada por Freud.

Norbert Hanold es un joven arqueólogo alemán que, al visitar una gran colección de arte romano de la antigüedad, se queda fascinado por la imagen de un bajorrelieve. Al regresar a su país, encuentra una buena copia en yeso y la coloca en su despacho, cuyas paredes están repletas de estanterías con libros. Este resto arqueológico representa a una joven caminando, una virgen romana de unos veinte años de edad que el narrador aclara que no era la imagen de Venus, Diana u otra deidad del Olimpo (tampoco Psiquis ni una ninfa), sino una muchacha cualquiera aunque con una gracia y una belleza especial en sus movimientos. Cuerpo esbelto, cabellos suavemente ondulados y parcialmente cubiertos por un pañuelo, el rostro algo menudo y sin un encanto especial. No pretendía llamar la atención, pero ese posible disimulo era, precisamente, el que provocaba el efecto contrario. Indiferente ante lo que la rodeaba, tenía su mirada posada más allá de su vista, más allá de su pensamiento. Embeleso, retraimiento, frescura, con la cabeza ligeramente inclinada y con la mano izquierda recogiendo un faldón de su vestido, plegado con exquisita gracia, que deja a la vista los pies calzados con sandalias. El pie izquierdo está avanzado, y el derecho, que se dispone a seguirlo, no toca el suelo más que con la punta de los dedos, mientras que la planta y el talón se clavan casi verticalmente. Desenvoltura, seguridad, firmeza, un movimiento casi aéreo que producía ese encanto tan particular. Ni el bajorrelieve ni, menos aún, la copia, tenían mayor valor, ni siquiera por la antigüedad del primero. Ni era una obra de arte mayor, ni aportaba grandes datos a la historia clásica. Sin embargo, a Norbert Hanold le entró la curiosidad obsesiva por saber quién podría ser la retratada, de dónde venía y a dónde iba. Y, aunque no tenía la más mínima documentación, su imaginación comenzó a suplantar aquel vacío. En primer lugar «bautizó» a aquella figura con el nombre de Gradiva; es decir, la que camina, igual que los poetas latinos se referían a Marte Gradivus, el dios bélico que emprendía su caminar hacia el combate. Hanold la imaginaba derrumbando a quienes la miraban a su paso y se fijaban en su caminar parsimonioso. Evidentemente, no era una esclava o una liberta, sino hija patricia o incluso sacerdotisa. El autor especula incluso con que podría ejercer funciones bajo los auspicios de Ceres y que en el instante en que se la había captado caminaba hacia el templo de esa diosa. Aunque el descubrimiento del bajorrelieve lo hizo en Roma, el joven arqueólogo dedujo que aquella lentitud de paso no podía mantenerse en la capital del imperio, sino que venía de una ciudad más pequeña y reposada, donde Gradiva era conocida y admirada; por ejemplo, Pompeya, donde él ya había estado. Y las piedras de basalto que aquella muchacha había pisado, él tenía que volver a pisarlas en su búsqueda.

El inicio del relato de Wilhelm Jensen provoca una gran fascinación y es capaz de crear ese ambiente enigmático esencial en la obra. ¿Acaso el encuentro con el objeto de representación de la muchacha no era un grito en sí mismo para que acudiera en su auxilio? ¿Acaso la arqueología no ayuda a desenterrar a los muertos? Hanold había puesto su oído sobre el mármol, sobre el yeso, y lo había oído. Les había dado la palabra a las piedras y había sabido interpretarlas: saxa loquuntor. Freud, que leyó este texto en apariencia de literatura menor y lo trabajó (a mí siempre me pareció magistral), escribe en La etiología de la histeria que los descubrimientos se explican por sí mismos. El arqueólogo excava en la tierra y en su memoria para que los muertos puedan vivir de nuevo, para que el pasado no se haya perdido para siempre. «El mármol y el bronce no eran para él materiales muertos, sino lo único verdaderamente vivo, lo que expresaba el valor y la razón de ser de la existencia humana», escribe Jensen.

El joven arqueólogo estaba ensimismado en esta mujer del pasado y había evitado cualquier tentación del presente: «El sexo femenino sólo había existido para él en las esculturas de bronce o mármol, y nunca había prestado la menor atención a sus representantes contemporáneas». Tras muchas disquisiciones, que lo llevan a pensar que Gradiva podría tener incluso un origen helénico, lo que aumentaría la procedencia pompeyana, emprende un nuevo viaje a Italia. Y la realidad de este desplazamiento no le hace prescindir de sus ensoñaciones, en las cuales se aúnan la muchacha y las penosas circunstancias volcánicas. ¿Acaso Gradiva no fue una más de aquellas víctimas de la erupción de agosto del 79 d. C.? «Un paso tan particular como el suyo debió dejar en la ceniza un rastro distinto de todos los demás, sobre el cual tal vez fuera posible leer la presión de los dedos de sus pies.» Caminando por entre las calles y los edificios arruinados, se encuentra en una esquina con una mujer que, dándole la espalda, caminaba con ágiles zancadas y mantenía aquel mismo paso lento, lente festinans, que la figura del bajorrelieve. Trató de darle alcance, pero había demasiados turistas que se lo impedían. Y Jensen también utiliza su obra para criticar esta invasión de personas iletradas que atacan el espíritu del lugar y pervierten su silencio y lectura.

Hanold vuelve a recorrer Pompeya día tras día. Y no trabaja ni excava más que en su imaginación. Ciencia y ensueño comparten sus días, que pasan tan lentamente como los pasos de su perseguida. Hanold se entrega a cierto tedio, al esplín, a la melancolía e incluso a la vagancia. Camina, entra en las casas, se fija en las huellas del pasado que han resistido al tiempo, huye de los transeúntes y, finalmente, un día, frente a la casa de Castor y Pólux, ve salir a alguien que le llama la atención. Es Gradiva, que avanza. A él no le cabe la menor duda, debido a la forma de caminar que la delata: «El pie que quedaba atrás se erguía un instante sobre su punta, levantando el talón hasta una posición casi vertical. Sin embargo, no era un ser de piedra, monótono e incoloro. Su vestido era de un tejido suave y flexible lejos de la blanca frialdad del mármol...». Además, Norbert ratifica la veracidad de este encuentro a través de un sueño que había tenido, ya que sus ojos y su imaginación le mostraban las mismas imágenes del presente y del pasado. El enamorado platónico la persigue a través de varias calles y casas (Jensen está muy bien documentado sobre la geografía del lugar) y al final la ve desaparecer súbitamente frente a la casa de Meleagro. El perseguidor se queda clavado en su sitio y es incapaz de moverse, pues a pesar de que ella se ha ausentado físicamente, él la conserva en sus ojos como si se tratara de un espejismo. ¿Acababa de pasar ante su vista una criatura real o todo había sido una sombra de su imaginación? ¡Qué más daba! La fuerza de sus sentimientos era tan grande que le daba vida a Pompeya y a su habitante resucitada. Este ir de casa en casa le da pie al novelista para describirnos algunas de ellas y para explicar los motivos de sus denominaciones modernas. De nuevo en la casa de Meleagro, Norbert se la encuentra sentada sobre unas gradas y es entonces cuando entabla una conversación con esta especie de sombra. Le pregunta en griego y en latín, pero ella le dice que si quiere conversar lo haga en alemán. Y es en este instante, al descender de la imaginación y la semiinconsciencia a la realidad, cuando para mí el relato empieza a perder su gracia. Jensen está empeñado en darle un sentido a la historia, y se lo da, cuando quizás lo mejor hubiera sido mantenerlo en su indefinición. Gradiva habla, guarda silencios abismales y sonríe. Su voz es tan límpida como su mirada y no tiene nada de muerta. Y, sin embargo, él cree que una mariposa dorada que ha aparecido sobre su cabeza es un signo del Hades. Y ese pensamiento lo lleva a otro. A esta variedad de mariposas se las conoce bajo el nombre de «Cleopatra», y este nombre era el que tenía la joven esposa de Meleagro de Calidonia, aquella cuyo dolor al conocer la muerte de su esposo la había hecho inmolarse a los espíritus subterráneos. Mientras el arqueólogo-amante medita, Gradiva vuelve a mostrar síntomas de ausencia. Al no poder alcanzarla, Norbert le grita: «¿Volverás mañana a la hora del mediodía?». Pero ella no se vuelve y se aleja sin darle respuesta. Al regresar al hotel, Norbert piensa que quizás la encuentre entre algunas de aquellas turistas que recorren la nueva Pompeya, pero finalmente rechaza esa idea, que mancilla el mito. Ella viene del pasado y se mezcla con lo imaginario que el mito y la tradición literaria garantizan.

Norbert Hanold regresa, una vez más, a la vieja Pompeya. La conoce muy bien, hasta siente que pudo vivir allí mismo en otro tiempo, ¿aquel en el que habitó Gradiva durante los últimos días de la ciudad sumergida en cenizas? De qué esencia era la aparición corporal de un ser como esa muchacha, que estaba a la vez muerta y viva, aunque no revistiese este último estado sino al mediodía, a la hora de los fantasmas. ¿Cada mediodía o un mediodía al mes, al año, al siglo o al milenio? A pesar de su fuerza de voluntad, Norbert duda e incluso, después de tantos días agónicos, se plantea abandonar la búsqueda. Pero en ese mismo instante de debilidad, Gradiva surge frente a él, en la misma casa de Meleagro. El mismo vestido, la misma grada donde estaba sentada el día anterior, entre las mismas dos columnas amarillas. La tiene delante, casi la puede tocar y, sin embargo, duda, ahora cree —después de tanto tiempo— que es víctima de una alucinación, de una ilusión, de su fantasía. Y así se lo expresa a ella: «¡Oh! ¡Qué lástima que no existas, que no estés viva!». Y es ella quien le hace ver todo lo contrario. Charlan como si ambos se hubieran conocido antes en otro mundo, en otra época. Él le explica el porqué de su devoción hacia ella, ni pasión ni amor. Y, finalmente, surge el segundo momento de realidad, el segundo golpe al misterio. Gradiva se llama Zoe, es decir, vida. La muchacha salía de entre los muertos con otro nombre. Una vez más vuelve a desaparecer y, a pesar de lo que ha escuchado, Norbert sigue pensando que ha partido hacia la tumba de la cual regresa cada día, al menos mientras él ha estado allí.

Otro día en la casa de Meleagro. El arqueólogo tiene tanto miedo de no encontrar a Gradiva como de encontrarla. Si no fuera real, le pertenecería a él sólo, sería producto de sí mismo, de sus alucinaciones; pero, si es real, podría estar acompañada de algún joven en amigable o cómplice compañía. ¡Los celos! Sin saber nada, ya odiaba a aquel contrincante e incluso estaba dispuesto a retarle a un duelo. Pero Norbert comprueba que su Gradiva de nombre Zoe está sola, como siempre se la ha encontrado. Y durante la charla entre ambos, él pretende casi convencerla de un pasado remoto que ella desconoce cada vez más. Finalmente, el tercer y último hachazo de realidad. La muchacha le dice: «No hay duda de que estás loco, Norbert Hanold». Él nunca le había dicho su nombre. Y nadie lo conocía en Pompeya. Sorprendido, ve como una pareja se acerca a ella y le dicen: «¡Tú también aquí, Zoe! ¡Y también en viaje de bodas! ¡No me habías escrito nada!». Esa vez fue Norbert quien se desplazó fuera de la casa de Meleagro sin saber qué había sido de Gradiva. La encarnación de su fantasma lo había sumido en una completa locura. Finalmente, resulta que su Gradiva es Zoe Bertgang, la hija de un profesor de zoología vecino de su casa. Su apellido también significa «quien anda con gracia o donaire» y Gradiva es la versión inconsciente de ese apellido familiar. Y Zoe, ella también arqueóloga y psicoanalista (no de estudios, sino de vocación), desentierra el pasado de su pretendiente amnésico de la misma manera que los arqueólogos descubren el pasado de Pompeya. El psicoanálisis, como la arqueología, va descubriendo los fragmentos de recuerdos, de las asociaciones y de la conducta del sujeto. Ella lo recrimina. Él reconoce su parecido con el bajorrelieve. «Si, juiciosa camarada. Ciertamente es muy extraño. Que alguien deba morir para volver a la vida... Pero, sin duda, es necesario en la arqueología.»

Jensen podía haber acabado el relato de otra forma, más abierto, más misterioso, pero de alguna manera se ríe de su personaje, que acaba siendo feliz con su pareja como la de aquellos amigos de Zoe que están celebrando su viaje de novios. Jensen se mofa de la moda esotérica de su tiempo y debió de quedarse sorprendido cuando Freud llevó el relato a estudio. Si el vienés creía que los sueños tenían un sentido cuando analizó Edipo rey y Hamlet en su Interpretación de los sueños (1900), Jensen se ríe de que ese sentido pueda ser real. Pero Freud, al estudiar esta «fantasía pompeyana», analiza la clase de sueños que no se han soñado nunca, aquellos inventados por los escritores que se los adscriben a un personaje de la trama. Freud estableció analogías entre el psicoanálisis y la arqueología, pues ambas profesiones se dedican a desescombrar. El psicoanálisis levanta los estratos de la memoria, mientras que la arqueología remite a lo sepultado y a lo remoto.

El inconsciente había que desenterrarlo, como los arqueólogos, desde un estrato profundo y casi inaccesible en el que se encontraban los hallazgos principales. En El malestar en la cultura ponía el ejemplo de Roma, de los diferentes estratos sobre los que se había ido levantando la ciudad hasta su contemporaneidad. Y afirmaba que un visitante de la Ciudad Eterna que tuviera algunos conocimientos históricos podría recomponer en cada lugar los inmuebles o los paisajes anteriores: «Imaginemos que Roma no fuese un lugar de residencia, sino un ente psíquico con un pasado no menos rico y prolongado, en el cual no hubiese desaparecido nada de lo que alguna vez existió y donde junto a la última fase evolutiva permanecieran todas las anteriores», como escribe en El malestar en la cultura. En la psique, la conservación es una norma. A Freud le sorprendía la pervivencia en el tiempo de esta ciudad perdida y la equiparaba a la represión (algo inaccesible y protegido al mismo tiempo). El arqueólogo no desentierra su inconsciente, sino que es su objeto de persecución, Zoe, quien, a través de varias conversaciones, le hace ver la salida de su laberinto mental. Su mente en ruinas como la de la ciudad misma. Pompeya, fuera del tiempo, y el inconsciente de Hanold también. En la Psicopatología de la vida cotidiana, Freud habla del inconsciente no sólo como un almacén donde se conservaban los recuerdos tal como han llegado, sino, también, cómo van evolucionando. Finalmente, Hanold satisface un deseo reprimido. Sus sueños, en primer lugar, son una mezcla de erotismo con referencias culturales pues sitúa su deseo en Pompeya, un lugar casi inaccesible y laberíntico, y esconde esa pulsión erótica por entre sus ruinas. Ese rechazo del deseo se convierte en ansiedad, la misma que debieron de sufrir los habitantes de la urbe durante las horas funestas de su destrucción. Otro sueño gira alrededor de una lagartija y de su captura por parte de Gradiva. Su padre era profesor de zoología y la misma Zoe se esconde como las lagartijas entre los huecos de las piedras. Como comenta Scott Brewster, «las variadas manifestaciones de la búsqueda arqueológica de Hanold demuestran la continuidad entre sueños, ensoñaciones, ilusiones y realidad, y así Freud pone de relieve la permeabilidad de los límites entre los estados “normal” y patológico de la mente». Jensen, sin saberlo, utilizó a través de Zoe los poderes interpretativos y terapéuticos de esta ciencia. Y cuando Freud le requirió que le contestase algunas cuestiones, Jensen no quiso hacerlo, pero probablemente no porque no quisiese, sino porque las desconocía. El psicoanálisis puede adivinar significados de una obra de los cuales su autor no es consciente la mayor parte de las veces.

Acompañado de su hermano Alexander, Freud viajó a Atenas y se quedó fascinado por las columnas color ámbar de la Acrópolis, que le provocaron un sentimiento de duda sobre la realidad de lo que tenía ante sus ojos. ¿Intolerancia ante el goce, ante la belleza? Él considera que el hombre moderno es incapaz de comunicarse con lo eterno, pues ha perdido ese sentimiento, esa necesidad. Tres años antes, en 1901, ya había estado en Roma: fascinación pero también un sentimiento de completo rechazo. No sólo es la ciudad clásica, sino también la capital del cataclismo. Él se siente cartaginés. Los cartagineses eran semitas como él, un ciudadano del Imperio austrohúngaro que palpaba el antisemitismo católico. Freud se queda con la Roma clásica y es con ella con la que establece sus relaciones psicoanalíticas. Pero, a pesar de todo, la visitó muchas veces. Y el Moisés de Miguel Ángel, la reiterada visión de esta escultura en la iglesia de San Pietro in Vincoli, lo llevó a reflexionar sobre ella en varios ensayos.

Freud, arqueólogo de la mente. Hanold se ve sorprendido y perturbado por un objeto del pasado que le cautiva por algo actual, como sucede con el inconsciente cuando éste se pone en movimiento con efectos sorprendentes y perturbadores. Para el joven arqueólogo alemán, los muertos del pasado aún podrían vivir.

Para el psicoanálisis de Freud, los muertos del pasado psíquico están efectivamente vivos. Los actos psíquicos que se sepultan en el inconsciente son indestructibles y no están sujetos a la ley del tiempo. ¿Zoe-Gradiva-Hanold fueron más felices como cuerpos mortales? ¿Hanold no llegó a echar de menos a su amante fantasma? Wilhelm Jensen (1837-1911) es un autor desconocido que, sin embargo, encontró con Gradiva un mundo de seguidores: Freud, los surrealistas, Dalí. Hasta Breton le puso ese nombre a su galería parisina. Y ya nadie que conozca esta novela, cuando visite la casa de Meleagro en Pompeya, estará libre de encontrarse con la muchacha descansando de su paso lento. Así describía Homero a la funesta Até en la Ilíada (XIX, 91): «Son sus pies delicados, / pues no se mueve sobre el suelo, sino que camina sobre las cabezas de los hombres».

La infinidad de películas y documentales sobre Pompeya es ingente y la más adaptada es la novela de Bulwer-Lytton. De entre las pinturas que me mencionan, yo recuerdo la que hay en el Museo Estatal Ruso de San Petersburgo, El último día de Pompeya (1834), realizada por Karl Briulov, con las llamas surgiendo por doquier ante la desesperación de los habitantes. Cuando Pompeya «ardió», tenía ya mil años de existencia y el suceso conmovió a todo el orbe romano. Al llegar al cruce con la vía de la Fortuna, bajamos por esta última para entrar en la casa del fauno, la más grande de Pompeya, con tres mil metros cuadrados. Paseamos entre sus ruinas y yo busco el lugar donde estaba el mosaico con la batalla entre Alejandro y el rey persa Darío, que he visto tantas veces en el Museo Arqueológico de Nápoles. Y así alcanzo el jardín y la exedra. Detrás de los apartamentos privados y de recibir, se abren dos grandes jardines con peristilos, divididos por una serie de estancias entre las que destaca la exedra (un ábside dedicado a la conversación), cuyo pavimento era precisamente este gran mosaico inspirado en un cuadro de Philoxenos de Eretria realizado en los tiempos de la conquista de Asia por Alejandro Magno. ¿Quién era el dueño de semejante mansión?

Volvemos a la vía del Foro, que a partir de este cruce se convierte en la vía de Mercurio, y, callejeando por en medio de un laberinto de casas y solares aún sin excavar, llegamos hasta el cementerio de Puerta Herculano. En las ciudades romanas, los cementerios se encontraban a las entradas o salidas de las mismas. Por lo tanto, éste no es el único. No hay nadie y es agradable pasear por un camino rodeado de tumbas y de abundante vegetación entre la que destacan los cipreses. Los romanos inhumaban o incineraban, pero los restos siempre tenían que ser enterrados, volver a la tierra. Las necrópolis de Pompeya, además de la de Porta de Herculano, son las de Puerta Vesubio, Puerta de Nola, Puerta Nocera y Puerta di Stabia. Sin embargo, en la Puerta Marina y en la Puerta di Sarno no hay tumbas. De todo el ritual que se desprendía tras la muerte de una persona de cierta relevancia, siempre me han llamado la atención dos momentos. Uno, cuando se preparaba la máscara en cera del rostro del difunto para poder colocarla en el larario, el armario donde se custodiaban las máscaras de los antepasados, considerados desde entonces divinidades protectoras de la familia. Y, el otro, cuando el jefe de la familia extraía del armario, donde luego volverían a ser colocadas, las máscaras de los maiores (los antepasados), y se elegía entre los parientes a los más adecuados para ponérselas. En otro viaje anterior, recuerdo que me llamaron extraordinariamente la atención los restos de los moldes de las máscaras de cera de los antepasados familiares de la casa de Menandro. Parecían estatuas de Giacometti. Los sepulcros que aún se conservan, aunque en ruinas, no dejan de testimoniar las virtudes, el éxito y las riquezas alcanzadas por el finado. Al ser tan transitados, en estos lugares se utilizaban los muros de las tumbas para escribir anuncios de espectáculos o de propaganda electoral, lo que se trataba de una violación de un lugar sagrado. Hartos de esta permanente violación por parte de los difusores de la propaganda política, en una tumba no pompeyana se puso esta inscripción: «Tú que tienes el vicio de escribir en los muros, pasa y deja, te ruego, este monumento. El candidato cuyo nombre haya sido escrito en esta tumba sea rechazado en las elecciones y no vuelva a tener ningún cargo». A las prostitutas que frecuentaban estos parajes al amparo de los sepulcros (las más tiradas) se las conocía como bustuariae (de bustum, sepulcro). En estas casas eternas se sepultaba al difunto con sus ropas de gala y sus objetos de uso y muchas de ellas también tenían pinturas.

Dado que la Puerta de Herculano daba frente al mar, desde muchas de estas tumbas se divisaba un bellísimo panorama del golfo de Nápoles y de sus islas. De ahí las tumbas en schola; es decir, formadas por un banco semicircular bajo el cual se depositaban las cenizas del difunto. Nos asomamos a través de las ruinas y ahora vemos el campo abierto, las casas de la ciudad nueva y el mar. Las vistas siempre han sido un buen reclamo para la venta de tumbas. La schola de la sacerdotisa Mamia fue pintada por Lawrence Alma-Tadema en 1871 bajo el título de An Exedra (en una colección privada mexicana). Quizás fue así, o incluso más bella, la tumba de esa mujer. En el cuadro, un grupo de personas charlan y otra dormita, mientras que un hombre y una mujer admiran el paisaje. En primer plano, sentado en el suelo de la acera, un esclavo aguarda con una gran sombrilla cerrada en sus manos. Del banco semicircular, en cuyo respaldo se pueden leer aún las palabras que la recuerdan, se conserva bastante, tanto que nos sentamos sobre sus piedras. En Pompeya también había mujeres poderosas, como la misma sacerdotisa Mamia, procedente de una antigua familia samnita, que había donado a la ciudad un templo conocido como templo del genio del emperador. O Eumaquia, hija de un rico vinicultor que construyó en el Foro un edificio destinado a ser mercado de lanas. Otra era Julia Felix. Del monumento sepulcral en forma de templo circular de la familia de los Istacidos, una de las más importantes durante la época de Augusto, apenas quedan tres columnas alzadas sobre el paño de un muro. Y el resto es un campo de vides. La clase dirigente prefería enterrarse en esta necrópolis de la Puerta de Herculano, porque era un camino muy concurrido que venía de Nápoles. Y no sólo había tumbas, sino también villas lujosas que se habían construido para disfrutar de esas vistas privilegiadas, además de tiendas y albergues para los caminantes. Vida y muerte respetuosamente compartidas. Por su parte, en la necrópolis de la Puerta Nocera hay muy pocas tumbas relacionadas con ciudadanos de alto rango, mientras que el resto de las necrópolis pompeyanas acogen a libertos.

Morir o darse muerte. Para los estoicos, el suicidio era un buen camino cuando había que mendigar la existencia. Y Séneca lo tuvo muy presente. Mecenas y los epicuros, por su parte, preferían la conservación de la vida. Los romanos estaban más cerca de estos últimos. Disfrutar plenamente de la vida, pues más allá no había nada. Pompeya es toda ella una necrópolis, pero esta parte tiene ahora una serenidad que la hace grata para el espíritu. Vía larga, esta que sale de la Puerta de Herculano y que ya no conduce a parte alguna. Ruskin relata cómo una vez vio a un grupo de niños de una escuela apilando sus libros de texto sobre una tumba. Luego se dispusieron a coger piedras y a apostar quién los derribaría más rápidamente. «Así también jugamos nosotros con las palabras de los muertos que podrían instruirnos y las derribamos y arrojamos lejos de nosotros con nuestra voluntad rebelde y caprichosa», finaliza su pensamiento, que comparto.

De la Puerta de Herculano seguimos hasta la Villa de los Misterios. Antes no la había visto, aunque está tan reproducida, fundamentalmente las pinturas, que cada movimiento que hago por dentro del recinto me resulta familiar. Es una gran villa campestre dedicada a las labores de la agricultura y también al descanso. El suelo de esta zona era de una gran fertilidad: había ganado, pesca y abundante producción vinícola. Y en el interior de la ciudad zonas cultivadas bastante extensas, sobre todo en las cercanías del anfiteatro. Había numerosas tabernas que disponían de viña en su propio recinto y en las casas había huertos con árboles frutales para cubrir las necesidades de la propia familia. Muchos pompeyanos se hicieron ricos debido al comercio de vino que exportaban a todo el imperio. El aceite era muy importante y la «industria» local se basaba también en la exportación de máquinas para moler las aceitunas realizadas en piedra del Vesubio. La salsa de pescado, el garum, hizo ricos a otros comerciantes, pues el comercio de alimentos, así como el textil, eran esenciales en la buena economía de la ciudad. Y cerca del Foro había dos mercados.

Parece ser que la Villa de los Misterios perteneció a la familia de los Istacidios, cuya tumba acabamos de visitar, pues se encontró un anillo-sello con esta procedencia. Probablemente ya estaba funcionando desde el siglo II a. C., y fue ampliada y modificada varias veces. Está levantada sobre un pequeño promontorio que caía hacia el mar, ahora alejado, y a mitad de camino entre Pompeya (la Puerta de Herculano) y Herculano. Se hallaba dividida en dos partes, una hacia el oeste con vistas al mar, que estaba ocupada por la residencia familiar, y la otra, hacia el este, que abarcaba las habitaciones de la servidumbre, así como las bodegas donde se elaboraban el vino y el aceite. Allí hay ahora una reconstrucción de los artilugios que se utilizaban para conseguirlo, como la muela para exprimir las aceitunas, que consistía en una pila circular de piedra lávica en la que giraban dos muelas en forma de casquete hemisférico montadas sobre un eje cilíndrico. Mediante el frotamiento de las muelas, las aceitunas eran reducidas a una pasta que luego se comprimía en una prensa de aceite. En la Villa de los Misterios, la prensa de lava que se utilizaba para exprimir la uva (reconstrucción de la madera) estaba decorada con una cabeza de carnero. La entrada a la residencia lleva directamente a un amplio peristilo que comunicaba con todas las partes de la casa y que no tiene atrio. El atrio está dentro de la parte residencial, junto al tablinium y a la exedra, y el triclinium o comedor, que tiene una gran amplitud, está junto a ellos. La casa disponía también de una gran cocina y una parte termal. Las pinturas, que debieron de ser realizadas por un maestro o un conjunto de maestros anónimos, están muy bien conservadas y son extraordinarias por la naturalidad, las proporciones y la mezcla de los colores. Las figuras del fresco son de tamaño natural, abarcan las tres paredes de la estancia y pertenecen al segundo estilo, entre principios del siglo I y el año 20 a. C. Aunque su interpretación sigue sin estar clara, seguramente representan un rito de iniciación femenino a un culto mistérico, quizás dionisíaco. Me llama la atención el muchacho, quizás el hermano de la joven que se prepara para la boda, ensimismado, y con cara de sorpresa, en la lectura de un papiro. Una mujer sentada, quizás su preceptora, le posa la mano en el hombro afectuosamente. De pie, a la izquierda, aparece una matrona, quizás la madre, que escucha leer al infante. La boda, tal como está representada aquí, de una manera erótica velada pero rotunda, significa casi un sacrificio de la mujer. Así es la mirada triste de la pintura de la muchacha, que se peina los cabellos ayudada por una mujer. Es el aseo de la joven novia la mañana de la boda. Con la mano izquierda, se sujeta la parte superior de la cabellera, partida por una raya en el medio, y con la derecha separa mechones. Delante, una figura como la del niño lector, sólo que con alas, es decir, un amorcillo, sostiene un espejo rectangular donde se refleja el rostro de la joven. Un rostro que me resulta triste, compungido, con ojos convulsos, como después de haber llorado. ¿Inquietud sobre el futuro que le espera? ¿Inquietud por el enigma del placer? ¿Inquietud por el desconocimiento del saber erótico? La figura del Baco ebrio no ayuda mucho a la tranquilidad de la joven. El suelo está hecho con baldosas de mármol y la pintura tiene 17 metros de longitud y tres de altura. Los colores de los frescos de Pompeya eran fundamentales en la vida cotidiana y hoy son un medio para conocer el gusto y el nivel socioeconómico del propietario de la finca. Esos colores eran intensos gracias a la técnica del fresco, que fijaba los pigmentos sobre el enlucido todavía fresco, confiriéndoles una resistencia y una luminosidad particulares. Los romanos convivían mucho tiempo con esas decoraciones, pues no era fácil quitar los mosaicos o las pinturas. Y, dado que techos y paredes estaban pintados, el mobiliario de las casas era reducido al mínimo: cajas o baúles, mesas de mármol, armarios de madera situados en los atrios, dormitorios o comedores, lechos para comer o dormir, sillas de diferentes estilos y poco más.

Al día siguiente, sábado, muy de mañana vamos a la Biblioteca Nacional de Nápoles, que está en el antiguo Palacio Real. Este día de comienzos de marzo, a diferencia de los anteriores, cálidos y luminosos, es oscuro y lluvioso. Salimos desde el Hotel Mediterráneo a la vía Toledo, la recorremos hasta su inicio y vemos el teatro San Carlo a la izquierda y el palacio a la derecha. Entramos y preguntamos por el director, que, a pesar de ser un día no laborable, nos está aguardando en el mismo patio. Es encantador, amistoso, irónico y divertido, con una pizca necesaria de maledicencia. En primer lugar, nos lleva a su despacho, que es amplio, con el techo altísimo y está repleto de muebles de época valiosísimos. Abre una gran puerta de cristal y salimos a la terraza del palacio, que da frente al puerto antiguo. A un lado, el castillo nuevo, el de Alfonso V de Aragón. Disfrutamos de la vista a pesar de la lluvia y del viento. Y luego recorremos largos pasillos, atravesamos estancias, subimos pisos en ascensor y alcanzamos las salas donde se encuentran los papiros ercolanesi, que conforman la única biblioteca de la antigüedad que ha llegado hasta nosotros. Durante la erupción del Vesubio, los papiros quedaron sepultados bajo un manto de materia volcánica a una profundidad de 25 metros y sufrieron un proceso de combustión parcial que permitió su conservación.

Los papiros fueron descubiertos a mediados del siglo XVIII durante la excavación de la Villa de los Papiros o de Pisón, Lucio Calpurnio Pisón, suegro de Julio César y cónsul en el 58 a. C. Y Filodemo de Gádara (110-25 a. C.), poeta y filósofo epicúreo, cuidó y amplió esta biblioteca. Después de varias tentativas fracasadas para desenrollarlos, el cura Antonio Piaggio, que ya había trabajado antes como restaurador de material antiguo en la Biblioteca Vaticana, ideó una técnica para desplegar los papiros carbonizados. E inventó una máquina que se conserva en una de estas salas y con la que se pudieron abrir algunos. Desde entonces se ha avanzado en la técnica, pero el estado de estos objetos requiere certeza para aplicar nuevas técnicas que no los perjudique. Muchos intentos fracasaron y ahora se estudian fórmulas avanzadas a través de las nuevas tecnologías. La biblioteca almacenaba papiros escritos desde el siglo III a. C. hasta el I d. C. Los papiros de Herculano (la villa estaba sobre el mar, muy cerca de la ciudad), fueron ajenos a la labor manuscrita medieval. Y la parte griega, muy abundante, conserva textos de naturaleza filosófica en esta lengua. En primer lugar, grandes fragmentos de la obra cumbre de Epicuro acerca de la naturaleza, así como el corpus esencial de la obra de Filodemo. Además, también hay textos de Demetrio Lacone, Polistrato, Carneisco, Colotes, Metrodoro de Lámpsaco y Crisipo. Los papiros latinos, cerca de dos mil, contienen fundamentalmente comedias y trabajos historiográficos, políticos y jurídicos. Algunos están entre algodones, como si fueran los carbones que nos traían los Reyes Magos, y otros desplegados en un archivo al uso. Los primeros escritos, las primeras lecturas, las enseñanzas de Epicuro (341-270 a. C.) ensalzando la amistad, animándonos a la felicidad, recomendándonos filosofar (una actividad que proporciona una vida feliz con palabras y razonamientos, una curación a través de la palabra), pidiéndonos la renuncia a cualquier actividad política, a enriquecernos y a triunfar socialmente. Epicuro, creyendo en los dioses, pero defendiendo a los impíos, y animándonos a no tener miedo a la muerte, pues la muerte nada es para nosotros, «porque lo que se ha disuelto es insensible, y lo insensible nada es para nosotros». La muerte, «el más terrorífico de los males», le escribe a Meneceo, y añade: «Mientras nosotros somos, la muerte no está presente, y, cuando la muerte se presenta, entonces no existimos». Epicuro, amado y vilipendiado como pocos filósofos, quizás por defender el compromiso sólo consigo mismo, quizás por decir que no hay un más allá, que el alma desaparece cuando lo hace el cuerpo. Cristianismo y epicureísmo caminaron juntos un trecho, y compartieron la renuncia al poder y a las glorias mundanas, pero el primero fue imponiendo la fe mientras que el segundo seguía proponiendo una razón materialista, científica, que dudaba de los dioses y negaba la muerte y su resurrección. Aislado de la cultura pagana y de la cristiana, se fue alejando de las masas, deseosas no de adquirir conocimiento propio y reflexionar sobre sí mismas, sino queriendo delegar sus temores en quienes les otorgaban otras esperanzas de mayor trascendencia. «Cerbero y las Furias y la privación de luz y el Tártaro vomitando horrendas llamas por sus fauces, ni existen en sitio alguno ni existir pueden en verdad», escribe Lucrecio. El temor a los dioses paganos fue sustituido por el temor a un solo Dios, y el epicureísmo desterraba las supersticiones, erradicaba ese temor a los dioses que ensombrecía el ánimo. Y la negación de la providencia divina fue, ya para los contemporáneos, uno de los elementos más escandalosos de su filosofía. Por esa negación fue acusado de impiedad y ateísmo. Y Cicerón y Plutarco comentaron esas calumnias, que esparcían estoicos y cristianos, y Clemente de Alejandría calificó a Epicuro de «iniciador del ateísmo». Placer, hedonismo, la búsqueda de la esencia del dolor físico y espiritual. Una búsqueda individual, evitando cualquier dolor a los demás, pues «no es posible vivir con placer sin vivir sensata, honesta y justamente; ni vivir sensata, honesta y justamente sin vivir placenteramente», como afirma en las Máximas capitales. Epicuro en su jardín de Atenas, que Cicerón aún pudo visitar casi dos siglos después. Epicuro en estos papiros que, quizás, en el futuro, cuando puedan ser todos descifrados, nos reserve algunas sorpresas.

La Gradiva vista por Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso:

1. El héroe de Gradiva es un enamorado excesivo: alucina lo que otros no harían más que evocar. La antigua Gradiva, figura de la que ama sin saberlo, es percibida como una persona real: ahí está su delirio. Ella, para escapar suavemente, se conforma al principio a ese delirio; entra en él un poco, consiente en representar el papel de la Gradiva, en no destruir enseguida la ilusión y en no despertar bruscamente al soñador, en aproximar insensiblemente el mito y la realidad mediante lo cual la experiencia amorosa asume, hasta cierto punto, la misma función que una cura analítica. 2. La Gradiva es una figura de salvación, de final feliz, una Euménide, una Benefactora. Pero, del mismo modo que las Euménides no son sino exErinias, diosas del hostigamiento, existe igualmente, en el campo amoroso, una mala Gradiva. El ser amado, aunque no fuese más que inconscientemente y por motivos que pueden provenir de sus propias necesidades neuróticas, parece entonces empeñarse en hundirme en mi delirio, en mantener e irritar la herida amorosa: como esos padres de esquizofrénicos que, según se dice, no cesan de provocar o de agravar la locura de su hijo por medio de pequeñas intervenciones conflictuales, el otro intenta volverme loco. Por ejemplo: el otro se esfuerza en ponerme en contradicción conmigo mismo (lo que tiene por efecto paralizar en mí todo lenguaje); o incluso, alterna actos de seducción y de frustración (es lo habitual en la relación amorosa); pasa sin aviso de un régimen a otro, de la ternura íntima, cómplice, a la frialdad, al silencio, al adiós; o bien, de una manera aún más sutil, pero no menos hiriente, se las ingenia para «quebrar» la conversación, ya sea imponiendo pasar bruscamente de un tema serio (que me importa) a un tema trivial, o bien interesándose visiblemente, mientras hablo, en otra cosa distinta de lo que yo digo. En suma, el otro no cesa de reintegrarme a mi atolladero: no puedo ni salir de ese atolladero ni detenerme en él, como el famoso cardenal Balue, encerrado en una celda donde no podía ni estar de pie ni estirarse. 3. ¿Cómo el ser que me ha capturado, preso en la red, puede descapturarme, soltar las mallas? Mediante la delicadeza. Al pequeño Martin Freud, humillado durante una sesión de patinaje, lo escucha su padre, que le habla y lo suelta, como si liberara a un animal prisionero de las redes de un cazador: «Muy tiernamente, levantaba una tras otra las mallas que retenían al pequeño animal, sin manifestar ninguna prisa y resistiendo sin impaciencia los saltos del animal por liberarse, hasta que las hubo desenredado todas y pudo fugarse olvidando toda esa aventura». 4. Se le dirá al enamorado (o a Freud): le era fácil a la falsa Gradiva entrar un poco en el delirio de su amante, puesto que ella también lo amaba. O más bien, explíquenos esta contradicción: por una parte Zoe quiere a Norbert (ella quiere unirse a él), está enamorada; y, por otra parte, cosa exorbitante para un sujeto amoroso, conserva el dominio de su sentimiento, no delira, puesto que es capaz de fingir. ¿Cómo, pues, Zoe puede a la vez «amar» y «estar enamorada»? ¿Estos dos proyectos no son considerados diferentes, uno noble y el otro mórbido? 5. Amar y estar enamorado tienen relaciones difíciles: puesto que, si es verdad que estar enamorado no se parece a ninguna otra cosa (una gota de estar-enamorado, diluida en una vaga relación amistosa la colorea vivamente, la hace incomparable: sé de inmediato que en mi relación con X..., o con Y..., por más prudentemente que me contenga, existe el estar-enamorado), es verdad también que en el estar-enamorado existe el amar: quiero asir ferozmente, pero también sé dar activamente. ¿Quién puede, pues, lograr esta dialéctica? ¿Quién, si no la mujer, aquella que no se dirige hacia ningún objeto (solamente hacia... la ofrenda)? Si por consiguiente el enamorado llega a «amar» es en la medida misma en que se feminiza, en que se une a la clase de las grandes Enamoradas, de las Suficientemente Buenas. He aquí por qué —tal vez— es Norbert quien delira —y Zoe quien ama.