VIII

La economía del decrecimiento

 

 

 

 

Quien crea que el crecimiento exponencial puede

continuar indefinidamente en un mundo finito es

un loco o un economista.

KENNETH BOULDING

 

 

La Isla de Pascua tiene un pasado oscuro, que puede traer mucha luz para vislumbrar nuestro posible futuro como humanidad. Está ubicada en medio del océano Pacífico, alejada a más de 2.000 kilómetros de cualquier otro lugar. Los primeros polinesios se encontraron con una frondosa vegetación y una abundante fauna. Prácticamente toda la isla estaba cubierta de bosque, y era una de las mayores colonias de aves marinas de la zona. Sin embargo, también era muy ventosa, bastante fría y poco lluviosa. Sin aquel bosque, la biosfera de la isla quedaba desprotegida.

Pero esto es algo que los pascuenses no sabían. A medida que la población aumentaba, cazaban y pescaban más, cogían más frutos de los árboles y talaban el bosque más rápido, empleando cada vez más cantidad de su principal fuente de energía: la madera. Con el paso de los años, la población terminó por aislarse completamente del resto del mundo. Solo existían ellos y el océano que los rodeaba. Construían estatuas para dar gracias a los dioses por la fertilidad de la tierra y por ser los elegidos para vivir en «el ombligo del mundo», que es lo que significaba el nombre autóctono y original de la isla: Te pito o te henua, hoy conocida como «Rapa Nui».

A lo largo del siglo XVII, la población pascuense creció desmesuradamente, alcanzando «el pico de su civilización». Es decir, el momento en que su modelo de crecimiento no pudo seguir avanzando y comenzó a declinar. A partir de entonces, los recursos naturales empezaron a escasear. La sobreexplotación acabó con la caza. Y cada vez había menos pesca. La tala del bosque hizo la tierra más árida y las cosechas más pobres. Con la escasez de árboles, se terminó la madera. Así es como sus habitantes dejaron de disponer de abono, herramientas, canoas y cuerdas. Incluso empezaron a tener dificultad para hacer un buen fuego.

En su lucha por la supervivencia, las tribus de la isla comenzaron a pelear entre ellas para obtener la energía que necesitaban para alimentarse y guarecerse del frío. Al principio lo hacían pacíficamente, intentando reconquistar el favor de los dioses con el objeto de que la tierra recuperara su antigua fertilidad. Competían por ver qué tribu construía la estatua de piedra más alta. Estos «moais» representaban a sus respectivos dioses por medio de monolitos con grandes cabezas. Y todas ellas dirigían la mirada hacia el interior de la isla. Irónicamente, construir y erigir estas estatuas consumía enormes cantidades de madera, aceleraba la deforestación y producía el efecto contrario al deseado: extender la aridez de la tierra.

El colapso de esta civilización llegó en forma de lucha armada entre sus tribus. Se destruyeron y mataron unas a otras para obtener los escasos recursos existentes. Incluso llegaron a practicar el canibalismo. De los 30.000 habitantes que llegaron a vivir en la Isla de Pascua, a principios del siglo XVIII solo quedaban 3.000. Cuando los navegantes europeos descubrieron Rapa Nui, en 1722, les inquietó ver toda la tierra cubierta de moais derribados y puntas de flecha desparramadas por todas partes. Y más tarde, se sorprendieron al ver con sus propios ojos como los habitantes supervivientes seguían luchando unos contra otros de forma salvaje y encarnizada. Curiosamente, al entrar en contacto con los primeros europeos, los desnutridos pascuenses solo les pedían una cosa: madera.128

 

 

30. Los límites del crecimiento

 

Mediante una industria multimillonaria de grupos de presión, de lobbies, de agencias de publicidad y de medios de comunicación masivos, las corporaciones llevan décadas propagando su doctrina neoliberal, influyendo así sobre el comportamiento de la sociedad. Esta «cosmología corporativa» surgió al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en 1945. Y es la raíz desde la que entre todos hemos ido creando nuestro actual modo de vida, basado en trabajar y consumir. En explotar, destruir y desperdiciar. En usar y tirar. Así como en querer cada vez más. En alemán se emplea la palabra zeitgeist para definir «el espíritu de una determinada época». Es decir, la creencia dominante, desde la cual creamos todo lo demás. Así, el zeitgeist —o espíritu de nuestro tiempo— es que «el crecimiento económico es el motor del progreso y la prosperidad de la humanidad».129

Y entonces, ¿qué es exactamente el «crecimiento económico»? Podría definirse como el proceso que posibilita que el dinero proporcionado por el sistema financiero se transforme en bienes, productos y servicios que mejoren los estándares de vida de la sociedad, provocando, a su vez, el crecimiento de la economía real por medio del consumo. Su principal indicador es el Producto Interior Bruto (PIB), considerado por los economistas más tradicionales —y por el inconsciente colectivo de la sociedad— como la estadística más fiable para medir el desarrollo de un país. Así, el PIB vendría a ser como el gran contable de cada nación.

Desde la perspectiva neoliberal, la salud de una nación se valora en función de su expansión económica y financiera, la cual se mide a través de transacciones monetarias. La lógica de este sistema es que cuanto mayor sea el crecimiento económico —medido a través del PIB—, mayor será también el poder adquisitivo de los ciudadanos. Y cuanto mayor sea este, mayor será la cantidad y la calidad de lo que consumamos. Y puesto que otro mantra económico de nuestra época es que «nuestra felicidad depende de la satisfacción de nuestros deseos», los economistas consideran que el incremento del PIB es la causa última del aumento del bienestar de los seres humanos.

Por más sofisticado que sea este proceso de medición, el PIB no contabiliza la desigualdad financiera de los habitantes de un país. Tampoco mide el impacto que tiene la economía sobre el bienestar emocional de los seres humanos y el medio ambiente del que ya casi no formamos parte. En el caso de que un país sufra una epidemia de gripe o sea víctima de diversos desastres naturales, todo el dinero invertido en vacunas y hospitales para curar a los ciudadanos afectados —así como en equipos de rescate y de reconstrucción para paliar los efectos en las zonas afectadas— incrementará la estadística del PIB. Dado que esta estadística no puede medir aquello que realmente cuenta, si queremos sobrevivir como especie, los economistas tendrán que aprender a restar.130

Dado que desde 1973 se emplea el patrón-deuda como sistema financiero global, tanto la producción como el consumo se han venido pagando a crédito. Es decir, con dinero que ni existía (en las arcas de los bancos) ni se tenía (en los bolsillos de los ciudadanos). Aunque legal y políticamente aceptada, esta práctica contable va en contra de las leyes naturales. Principalmente porque para crear cualquier cosa, se necesita una determinada cantidad de energía. Por ejemplo, para hacer una tortilla de patata, se requieren unos cuantos huevos y patatas. Sin embargo, el sistema capitalista promovido por los países más desarrollados del mundo se ha construido con dinero fabricado de la nada. Esta ha sido la energía suministrada por los bancos.

 

 

ECONOMÍA VERSUS ECOLOGÍA

 

A lo largo de las últimas décadas, la sociedad nos ha incitado a gastar y consumir más de lo que nos podíamos permitir. Y eso hicimos todos. Los Estados. Los gobiernos autonómicos y municipales. Las grandes, medianas y pequeñas empresas. Las familias. Y también los ciudadanos de a pie. Y he aquí el quid de la cuestión: la economía real (administraciones públicas y organizaciones, familias y ciudadanos) está en deuda con la economía financiera, liderada por la Reserva Federal y compuesta por bancos centrales, entidades financieras e inversores de todo tipo, incluidos los especuladores. Y puesto que a la economía real no le queda más remedio que devolver el pago de su deuda —más los intereses—, está encadenada de por vida al crecimiento exponencial. Es decir, a aquel cuyo ritmo aumenta cada vez más rápidamente.

Esta situación fuerza a las empresas a lanzar nuevos productos y servicios cada año, provocando que la sociedad viva en un perpetuo régimen de sobrecrecimiento. Es decir, produciendo y consumiendo fuera de toda necesidad razonable. Y no solo eso. Cuando el crecimiento disminuye o se para, se habla de «crisis», y se produce el pánico. Principalmente porque el aumento constante del PIB es lo que permite la creación y el mantenimiento del Estado del bienestar, el cual requiere una constante inversión en educación, sanidad, empleo, cultura, seguridad, justicia e infraestructuras.

Mientras seguimos asfaltando y urbanizando la naturaleza, conviene recordar que la economía creada por la especie humana es un subsistema que está dentro de un sistema mayor: el planeta Tierra, cuya superficie física y recursos naturales son limitados y finitos. El movimiento ecologista lleva años insistiendo en que «el problema radica en que el subsistema menor —la economía real y financiera— está orientada al crecimiento y la expansión, mientras que el sistema mayor —el planeta— no aumenta ni cambia de tamaño».131 Lo queramos o no ver, un crecimiento económico y material infinito es incompatible e insostenible en un planeta finito.

Toda actividad humana parte de un préstamo que nos hacen los recursos materiales de la naturaleza. Si ese préstamo reduce estos más rápidamente de lo que la biosfera tarda en reciclar los desechos y reabastecer las existencias previas, se produce una deuda ecológica imposible de saldar. Y el precio de no pagarla significaría el fin de nuestra civilización y nuestra extinción como especie. Y estos presagios no tienen nada de nuevo. En 1972 el Club de Roma publicó Los límites del crecimiento, un informe realizado por el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT), donde ya se abordaba la posibilidad de que se agotaran los recursos naturales del planeta.

Ahora mismo, no solo estamos en deuda con la naturaleza que posibilita nuestra existencia, sino que activamente mermamos su salud, impidiendo su necesaria regeneración. De ahí que la pregunta ya no sea si vamos a cambiar o no los fundamentos psicológicos, filosóficos, económicos y ecológicos del sistema, sino cuándo y cómo vamos a hacerlo. Más que nada porque no se pueden imprimir más billetes de los que la energía existente pueda justificar y respaldar. Tarde o temprano vamos a chocar con algo más poderoso que el dinero.

Paradójicamente, en nuestra búsqueda de prosperidad y riqueza material hemos construido un sistema económico que puede destruirnos. No podemos continuar explotando y usando de forma ilimitada los recursos naturales. Ni tampoco seguir contaminando y generando residuos en la naturaleza constantemente. Estamos destruyendo la biosfera que permite, en primer lugar, nuestra vida en este planeta. Y aunque no hay nadie a quien culpar, todos somos igual de cómplices y corresponsables. Por más absurdo e inverosímil que nos parezca, formamos parte de una sociedad que diseña y fabrica envases de plástico —que tardan 400 años en desaparecer— para almacenar en estanterías durante dos meses un producto que consumimos en dos minutos.132

 

El PIB lo mide todo, salvo lo que hace que la vida

valga la pena de ser vivida.

ROBERT KENNEDY

 

 

31. ¿Un mundo sin petróleo?

 

A lo largo de la historia de la humanidad, la reinvención y la prosperidad de la sociedad han estado vinculadas a diferentes fuentes de energía procedentes de distintos recursos naturales (o combustibles) transformados por medio de nuevos artefactos tecnológicos. Pero ¿qué es exactamente la energía? Esta palabra proviene del vocablo griego energeia, que significa «aquello que permite nuestra capacidad de acción o trabajo». Es decir, la fuerza y el motor que hacen posible que nos desarrollemos y crezcamos social y económicamente.

En el siglo V, por ejemplo, la madera se convirtió en la principal fuente de energía en Europa. Los ciudadanos construían sus casas, sus muebles, sus vehículos e incluso sus zapatos con madera, utilizando herramientas fabricadas con este mismo material. También la empleaban para calentar sus viviendas y para cocinar. Además de ser inmensamente útil, la madera era abundante. La gran mayoría de pueblos y aldeas de la época estaban ubicadas cerca de enormes extensiones de bosque.133

Ya en el siglo XIII, cuando empezó a escasear, la madera empezó a ser sustituida por el carbón. Dado que este producía un humo molesto y asfixiante, al principio tan solo lo utilizaban los hogares más pobres. Sin embargo, la falta de alternativas provocó que comenzara a democratizarse su uso. Durante el siglo XVI incluso los ricos tuvieron que emplear este incómodo combustible. Eso sí, pronto se descubrió que el carbón tenía sus propias ventajas y virtudes. Al calentarlo a elevadas temperaturas, facilitaba la fusión del hierro con otros metales. Así fue como a lo largo del siglo XVII el carbón revolucionó la industria de la metalurgia, posibilitando la fabricación de vidrio, ladrillos y baldosas. También permitió la extracción de sal, el refinamiento de azúcar, la preparación de cerveza y la cocción del pan.134

El carbón también trajo consigo un invento revolucionario: la máquina de vapor. A principios del siglo XIX se construyó el primer ferrocarril y la primera locomotora, dejando atrás a los carros de madera impulsados por caballos. Más adelante, este descubrimiento se empleó en el ámbito de la navegación, permitiendo que los barcos pudieran transportar cargas más pesadas en menos tiempo. De esta manera, el carbón facilitó el comercio entre las naciones y los continentes, desencadenando y acelerando el proceso de industrialización.135

 

 

EL DESCUBRIMIENTO DEL ORO NEGRO

 

En 1859 nació la industria del petróleo. Se atribuye el descubrimiento de esta nueva fuente de energía al coronel norteamericano Edwin Laurentine Drake. Pero ¿en qué consiste este recurso natural no renovable? Etimológicamente procede del término latino petroleum, que quiere decir «aceite de piedra». Conocido como «crudo» u «oro negro», se trata de un líquido natural aceitoso e inflamable, compuesto por una mezcla de químicos resultantes de la combinación entre el carbono y el hidrógeno. Los geólogos sostienen que el petróleo es de origen fósil, fruto de la transformación de materia orgánica (plantas y microorganismos) enterrada durante millones de años bajo el subsuelo.136

Si bien a comienzos del siglo XX el carbón representaba el 90 % de toda la energía utilizada por la humanidad, a lo largo de los últimos 100 años el petróleo no solo ha desbancado a dicho recurso natural, sino que ha posibilitado un crecimiento económico nunca antes visto. No solo es una fuente de energía muy concentrada, sino que es fácil y económica de transportar. Además, puede transformarse en diferentes combustibles como la gasolina, el queroseno y el gasóleo, apropiados para una gran variedad de aplicaciones. Actualmente, el 95 % del transporte depende del petróleo.137 A su vez, el desarrollo de esta industria ha dinamizado el sector del turismo, que ha pasado de 25 millones de turistas en 1950 a 1.000 millones en 2012.138

El crudo también se utiliza para la producción y distribución de alimentos (colorantes, antioxidantes, conservantes, latas o botellas de plástico), así como para accionar la maquinaria agrícola y para fabricar insecticidas, fertilizantes, herbicidas y pesticidas. Lo cierto es que esta materia prima posibilita la elaboración de más de 300.000 artículos, un 10 % de los cuales son de uso cotidiano, como la ropa, el papel, el champú, la pasta de dientes, el pintalabios, el pegamento, el detergente, las alfombras, las bolsas de basura, las raquetas de tenis o los bolígrafos. Y a pesar de ser uno de los recursos naturales más increíbles que jamás hayamos descubierto, un litro de petróleo vale menos que un litro de leche o de Coca-Cola.139

 

 

EL PICO DEL PETRÓLEO

 

El petróleo nunca va a terminarse. Es imposible que se agote. Principalmente porque tarde o temprano llegará un día en que no compensará económicamente extraer lo que queda, un fenómeno bautizado por el geofísico estadounidense Marion King Hubbert como «el pico del petróleo». Es decir, el momento en el que un yacimiento de crudo incrementa su producción hasta alcanzar un máximo y luego comienza lentamente a declinar. En general, el pico de la producción se alcanza cuando se ha extraído entre el 30 % y el 50 % del petróleo de un pozo. A partir de ahí, no solo es poco rentable seguir extrayéndolo, sino que en ocasiones es físicamente imposible. Y es en ese punto cuando se abandona el pozo. Al darse cuenta de este hecho, en 1949 Hubbert profetizó que la vida útil de este combustible fósil iba a ser extremadamente corta.140

En Estados Unidos, por ejemplo, el pico del petróleo se alcanzó en 1970. A partir de aquel año, la producción de crudo comenzó a descender. Y este mismo fenómeno ha venido sucediendo en el resto de economías productoras. Cada año hay menos países productores en la categoría de «exportadores» y más en la de «importadores».141 Aunque los expertos no se ponen de acuerdo con las fechas, se estima que a partir de 2020 —si no antes— la producción mundial llegue a su cénit y empiece a declinar.142 En caso de ser cierto, este hecho significará el principio del fin del petróleo. Seguirá habiendo reservas en el planeta, pero ya no seremos capaces de extraerlas, procesarlas ni consumirlas, provocando enormes consecuencias económicas y geopolíticas.

Debido al incremento de la demanda de países emergentes como China, India o Brasil, el consumo de este oro negro mantiene un ritmo de crecimiento exponencial, totalmente insostenible. De los 25 barriles al día extraídos del pozo de Drake en 1859, hemos pasado a los 85.000 millones de barriles diarios en 2012.143 Es decir, más de 156.000 litros por segundo. Y se estima que hacia 2030 el consumo de petróleo superará los 100.000 barriles diarios.144 Así, tarde o temprano la oferta será inferior a la demanda, poniendo fin al crecimiento económico tal y como hoy lo conocemos. Y dado que nos resistimos a hacer frente a lo ineludible e inevitable, cada vez perforamos pozos de mayor profundidad para encontrar y producir menos petróleo. De los 20 metros que excavó el coronel Drake, hemos llegado a los 11.282 metros perforados recientemente por la compañía Exxon Mobil.145

 

 

EN BUSCA DE UNA NUEVA FUENTE DE ENERGÍA

 

Junto con el carbón y el gas natural, el petróleo es el responsable del desarrollo y la expansión de la Era Industrial. Sin embargo, nuestro actual modelo económico está quedándose sin gasolina. Y es que para mantener nuestro estilo de vida materialista necesitamos contar con petróleo barato. Sin este recurso natural no puede haber crecimiento económico. Así de simple. La sociedad moderna se basa en un supuesto erróneo: que la cantidad de recursos naturales en general —y de petróleo en particular— sería siempre abundante e ilimitada, dando por hecho que el precio de las materias primas se mantendría eternamente bajo.

Sin embargo, el crudo y los otros combustibles fósiles que definieron el modo de vida industrial han entrado en un irreversible declive, y las tecnologías construidas y alimentadas con esas fuentes de energía están ya anticuadas. Toda la infraestructura industrial erigida sobre estos recursos naturales no renovables está envejecida y deteriorada. Todo lo que hemos diseñado y creado hasta ahora se ha construido con fuentes de energía que están dejando de existir. Y a no ser que hagamos una transición hacia un nuevo modelo energético sobre el que seguir edificando nuestra civilización, el sistema económico está condenado a desmoronarse y padecer un colapso de proporciones catastróficas.146

¿Qué pasará cuando nos quedemos sin gasolina? ¿Con qué funcionarán los coches, los barcos y los aviones? ¿Cómo transportaremos la comida a las ciudades? La realidad es que todavía no existen alternativas viables. Las fuentes de energía renovables (hidroeléctrica, eólica, solar, geotérmica, biomasa, mareomotriz…) no pueden proporcionarnos la cantidad de energía que necesitamos para preservar el actual orden social energético. De ahí que no haya que ser adivino para saber que a lo largo de las próximas décadas el mundo va a cambiar radical, inevitable e irreversiblemente.

Del mismo modo que necesitamos muchos años para pasar de la madera al carbón y de este, al petróleo, necesitaremos muchos años más para transitar hacia una nueva fuente de energía. Y al igual que ocurrió en otros momentos de la historia, el agotamiento del petróleo generará la necesidad de agudizar nuestro ingenio para encontrar nuevas soluciones y alternativas. Así, uno de los grandes interrogantes contemporáneos se esconde tras la pregunta ¿qué reemplazará al petróleo barato? Nuestra supervivencia como especie depende enteramente de que encontremos la respuesta.

 

Mi padre montaba en camello. Yo conduzco un coche

Mi hijo vuela en avión. Mi nieto montará en camello.

PROVERBIO SAUDÍ

 

 

32. El desafío de la sostenibilidad

 

No podemos preservar el sistema. Nuestra prosperidad material tiene un precio mucho mayor del valor que nos ha venido aportando. Estrés. Vacío. Infelicidad. Depresión. Paro. Inflación. Deuda. Esclavitud. Pobreza. Hambre. Guerra. Saqueo. Destrucción. Contaminación. Calentamiento global. Efecto invernadero. Desechos. Desperdicios. Basura…

La Tierra alberga un parásito que está arrasando con todo, poniendo en peligro la vida del resto de ecosistemas. Pero el planeta, como organismo vivo, sabe perfectamente que sobrevivirá. Y que tarde o temprano se regenerará, tal y como ha hecho en épocas anteriores. Sin embargo, la especie humana tal vez no lo consiga. Muchos ya hablan de «ecocidio».147 Al matar la naturaleza, estamos provocando el suicidio en masa de la humanidad.

A lo largo del último siglo hemos utilizado a la Tierra de laboratorio involuntario, vertiendo en ella nuestra contaminación industrial, nuestros residuos tóxicos, así como las emanaciones de nuestras quemas de combustibles fósiles. Y lo hemos hecho a escala global, con una intensidad inimaginable en épocas anteriores. A menos que tomemos las medidas necesarias para remediarlo, seremos la primera civilización que se autodestruye, llegando al colapso y, por ende, al borde de su extinción.148

Los paralelismos entre el ecocidio de la Isla de Pascua y el mundo moderno son indiscutibles. La globalización hace que todos los países del planeta compartan recursos naturales y se afecten mutuamente, del mismo modo que lo hacían las tribus de la isla. En la actualidad somos 7.000 millones de personas. Y seguimos creciendo, consumiendo y devorando los escasos recursos naturales existentes. De hecho, nuestro mayor miedo es que se detenga el crecimiento, y nuestro mayor deseo, seguir creciendo. Bastaron solo 30.000 pascuenses —utilizando únicamente herramientas de piedra y su propia fuerza muscular— para destruir su medio ambiente y hacer desaparecer su sociedad. ¿Cuántos más consumidores harán falta para destruir la biosfera que permite nuestra existencia en la Tierra?149

Aunque nadie sabe exactamente cuándo ni cómo, tarde o temprano nos veremos forzados a evolucionar. En las pancartas de los movimientos ecológicos más vanguardistas ya no pone: «¡Salvemos al planeta de la humanidad!», sino: «¡Salvemos a la humanidad de sí misma!». Está por ver que seamos más inteligentes que los antiguos habitantes de la Isla de Pascua y sepamos poner remedio a lo que se avecina. La Era del Conocimiento tiene su revolución ecológica pendiente.

 

 

LA CIENCIA DE LA BIOMÍMESIS

 

Movimientos como «la economía azul»150 o «la economía del bien común»151 proponen un sistema económico alimentado por energías limpias y renovables. La nueva ciencia económica se llama «biomímesis». Esta palabra está compuesta por bio, que quiere decir «vida» y mimesis, que significa «imitar». Así, la biomímesis estudia la naturaleza como fuente de inspiración, aprendizaje y creatividad para diseñar nuevas tecnologías innovadoras que nos permitan resolver los conflictos económicos y ecológicos contemporáneos. Y lo hace basándose en los modelos, sistemas, estructuras, procedimientos y procesos que emplea la naturaleza a la hora de funcionar y conservarse.152

Cabe señalar que la naturaleza lleva a la especie humana millones de años de ventaja en este viaje evolutivo y adaptativo que es la vida. De ahí que, en vez de tratar de superarla y dominarla, sea más inteligente copiarla e imitarla. Principalmente porque la solución de todos nuestros problemas ecológicos se encuentra en la inteligencia de la naturaleza. Es el único modo de vida cien por cien ecológico y sostenible. Como sistema económico, la naturaleza ha perfeccionado el arte de economizar los recursos. No genera residuos ni desperdicios. Y se rige por medio de ciclos circulares y cerrados, donde todo es biodegradable. Para la naturaleza, la basura no existe. Todo lo que forma parte de ella puede aprovecharse, reciclarse y reutilizarse, transformándose en energía con la que nutrir y alimentar a otros ecosistemas.153

Por el contrario, el sistema económico diseñado por los seres humanos es completamente abierto y lineal. Esta es la razón por la que la inmensa mayoría de desperdicios generados terminan en el vertedero, convirtiendo el mundo en un gran basurero. Y encima, muchos de ellos son altamente tóxicos. El problema de fondo es que el diseño de este modelo industrial es inherentemente defectuoso. De ahí que la solución consista en rediseñar los productos, así como los procesos de extracción, producción, transporte, consumo y desecho que componen «la economía de los materiales».154

Así, la biomímesis pretende extrapolar a nuestra sociedad el modo en el que la naturaleza hace lo que hace, diseñando un sistema económico integrado en un ciclo circular, cerrado e inherentemente restaurador. El reto consiste en que una vez concluya la vida útil de un producto, este pueda reciclarse o reutilizarse, aportando algún tipo de valor a otro proceso productivo. A diferencia de los plásticos convencionales —hechos con petróleo y que tardan 400 años de degradarse—, los plásticos biodegradables son capaces de integrarse nuevamente en la naturaleza a través de procesos de compostaje, sin emitir ningún tipo de tóxico o contaminante.155

Por supuesto, este cambio sistémico sucederá cuando sea más beneficioso económicamente actuar de forma ecológica y sostenible que no hacerlo. Debido a que los precios y los costes están divorciados en el mercado, tenemos una economía en la cual los negocios que son mucho más eficientes que sus competidores no pueden competir con empresas que no tienen en cuenta estas externalidades. El día que las personas y organizaciones que contaminan paguen el precio de estos costes externos, se incentivará la creación y el consumo de productos y servicios medioambientalmente respetuosos y sostenibles.156

 

 

LA PARADOJA DEL DECRECIMIENTO

 

A lo largo de la Era del Conocimiento va a seguir creciendo nuestra consciencia ecológica, afectando a la cantidad y calidad de nuestro consumo. Y una de las palabras que más van a ponerse de moda es «sostenibilidad». Su definición clásica la describe como la habilidad de satisfacer las necesidades de la actual generación sin sacrificar la capacidad de futuras generaciones de satisfacer sus propias necesidades. En esencia, la sostenibilidad implica hacer un uso inteligente de los recursos de los que dependemos para sobrevivir. Si talamos más madera de un bosque de la que este es capaz de producir, terminamos matando el bosque, tal y como sucedió en Rapa Nui. En cambio, si se aprende a extraer madera por debajo de un límite, siempre habrá madera disponible.

Sin embargo, en un mundo gobernado por la religión del crecimiento, hablar de decrecer material y económicamente es insensato, e incluso blasfemo. Fundamentalmente porque estamos cegados por lo superfluo, marginando constantemente lo esencial. Pero ¿en qué consiste el «decrecimiento»?157 Se trata de una corriente económica y ecológica que tiene como finalidad abandonar el objetivo del crecimiento por el crecimiento. Es decir, reducir de forma eficiente la extracción de recursos naturales, el uso de energía y la producción y el consumo de bienes y productos materiales, disminuyendo así nuestra huella ecológica sobre el planeta.158

El decrecimiento propone reducir el ritmo y la velocidad a la que vivimos. Disminuir la cantidad para mejorar la calidad. Pasar del bien-tener al bien-estar. Y también adaptar nuestro estilo de vida a los recursos naturales propios de la zona geográfica donde habitamos. Con el final del petróleo barato, producir y consumir energía lo más cercana posible se convertirá en una necesidad. A día de hoy todavía nos permitimos el lujo de comer fruta producida y transportada desde diferentes rincones del mundo, al mismo tiempo que la fruta que se produce al lado nuestro también se transporta y vende en el extranjero. El resultado es que unos y otros terminamos pagando más por una fruta que —en muchas ocasiones— es de menor calidad.159

Desde la perspectiva del decrecimiento, una economía puede desarrollarse sin crecer y crecer sin desarrollarse. Principalmente porque una cosa es el «crecimiento» (un proceso cuantitativo, tangible y físico) y otra, bien distinta, el «desarrollo», relacionado con aspectos más cualitativos, intangibles y emocionales. Mientras que una economía en crecimiento se hace mayor, una economía en desarrollo se hace mejor. Esta es la razón por la que apostar por el decrecimiento no implica acabar con el progreso.160

Todas las actividades humanas que no provocan un consumo irracional de materias irremplazables —o que no degradan de manera irreversible el medioambiente— pueden desarrollarse indefinidamente. Curiosamente, se trata de todo aquello que le da un verdadero sentido a nuestra vida, como la salud, la familia, el amor, la amistad, la educación, la vocación, el arte, la gastronomía, el ocio, el voluntariado, el deporte, la naturaleza o la espiritualidad. Por el contrario, el consumo materialista como camino hacia la plenitud produce un coste ecológico más elevado que el valor psicológico que nos aporta, lo que nos hace más pobres en lugar de más ricos.

El imperativo externo de austeridad, prudencia, moderación, sobriedad, frugalidad y simplicidad vivido como una obligación moral es a la vez ineficaz y, a menudo, contraproducente. No se trata de condenar el consumo material, sino más bien de comprenderlo. Comprender que nos aleja del bien-estar, para dejarnos atrapados en el laberinto del bien-tener. Así, el decrecimiento solo funcionará si lo acogemos de forma natural y voluntaria, comprendiendo que en realidad es la opción que más nos conviene desarrollar.161

Son tiempos para reflexionar acerca de nuestro actual estilo de vida materialista, y cuestionar si verdaderamente nos acerca a la felicidad que tanto anhelamos. La paradoja del decrecimiento es que podemos vivir mejor consumiendo menos. Y debido al devenir de las cosas que han venido sucediendo a lo largo de la historia, esa es precisamente la dirección a la que estamos abocados a dirigirnos. Sin decrecimiento, no puede haber sostenibilidad. Y sin esta, estamos condenados a presenciar el colapso de nuestra civilización.

 

Los grandes avances en la historia de la humanidad

se han conseguido siguiendo mejores recetas,

no cocinando más.

PAUL ROMER

 

 

33. La sociedad posmaterialista

 

Cada vez más personas hemos tomado consciencia de la necesidad de reinventar la educación, empezando —cómo no— por re-educarnos a nosotros mismos primero. El reto es que los colegios dejen de condicionar a las nuevas generaciones y empiecen a educarlas, favoreciendo que los alumnos encuentren dentro de sí mismos lo que verdaderamente necesitan. Y en paralelo, dotarlas de aquellos conocimientos que les permitan afrontar con sabiduría el mundo que se avecina.

Esta nueva educación emocional y financiera se asienta sobre una visión «posmaterialista»162 de nuestra condición humana. Al igual que nuestro cerebro tiene dos hemisferios —el izquierdo (nuestra parte racional) y el derecho (nuestra parte emocional)—, los seres humanos somos mitad materia, mitad espíritu. Lo cierto es que la realidad —así como todo lo que acontece en ella— está compuesta por una parte tangible, cuantitativa y física —que podemos percibir a través de nuestros cinco sentidos físicos— y otra parte intangible, cualitativa y espiritual, que solo podemos sentir por medio de nuestro sexto sentido: la intuición. O dicho poéticamente, nuestro corazón.

Del mismo modo, los seres humanos gozamos de una dimensión material (nuestra parte tangible) y una dimensión emocional y espiritual (nuestra parte intangible). Si al morir abrieran nuestro cuerpo, no encontrarían el menor rastro de todo aquello que le ha dado sentido a nuestras vidas. Lo esencial es invisible para los ojos. Y sin embargo, es lo que marca la calidad de nuestra existencia. Por ello, de lo que se trata es de integrar ambas dimensiones, construyendo un estilo de vida equilibrado, en el que lo que somos determine lo que hacemos; y en el que lo que hacemos determine lo que tenemos.

Debido al fin del petróleo barato y por medio de la actual crisis sistémica, estamos destinados a convertirnos en una «sociedad posmaterialista», pasando de consumidores pasivos a creadores activos, ganando y gastando dinero de forma posmaterial. Cada vez más personas desempeñan trabajos intensivos en aportación de valor y basados en el conocimiento, el talento y la creatividad. Y más que productos o bienes de consumo materiales fabricados en masa, esta nueva generación de profesionales está llamada a ofrecer servicios intangibles, innovadores y personalizados, orientados a mejorar de algún modo u otro la calidad de vida de otros seres humanos. Solo por medio de la creación masiva de nuevos proyectos y profesiones posmaterialistas, la economía global podrá desarrollarse —que no crecer— de forma ecológica y sostenible. Principalmente por estar más alineada con los límites físicos que sostienen nuestra sostenibilidad como especie.

 

 

EL CONSUMO POSMATERIALISTA

 

En paralelo y como consecuencia del actual escenario socioeconómico, la mayoría de consumidores estamos obligados a consumir lo verdaderamente necesario. Nuestro bolsillo no da para más. Paradójicamente, la pérdida del poder adquisitivo de la población activa es uno de los gérmenes del auge de un «consumo posmaterialista». Este está basado, en primer lugar, en adquirir menos cosas. Y en nunca gastar más dinero del que tenemos, ahorrando en la medida de lo posible para poder llegar a invertirlo. De lo que se trata es de utilizar el dinero con el fin de incrementar la calidad de nuestra vida emocional y espiritual. La tendencia apunta a que vamos a emplear más recursos económicos en salud, educación, arte, entretenimiento, deporte, ciencia, conocimiento y espiritualidad. En esencia, los consumidores posmaterialistas vamos a gastar gran parte de nuestro dinero en servicios innovadores que nos ayuden a encontrar el sentido de nuestra existencia.

El consumo posmaterialista tiene mucho que ver con ponerle consciencia y responsabilidad a nuestra manera de consumir. Cada vez más personas procuramos apoyar con nuestras compras a empresas y organizaciones que favorezcan la igualdad social, que promuevan el comercio justo, que apoyen la producción orgánica, que fomenten el consumo local y que, en definitiva, respeten la regeneración del medio ambiente. Nuestro poder como ciudadanos ya no reside tanto en nuestro voto como en nuestro consumo.

Cada vez que pagamos por algo estamos validando y aprobando la manera en la que se ha producido. Al poner nuestro dinero sobre el mostrador, estamos conformes con la forma en la que dicho producto se ha hecho, con los materiales empleados para su fabricación y con lo que va a ser de él cuando no lo queramos y lo tiremos. Esta nueva forma de votar parte de la premisa de que el dinero es energía. Con cada euro que gastamos, damos fuerza al comercio, la empresa, el producto y el servicio que compramos.163

En este sentido, cabe destacar el auge del crowd founding, cuya traducción sería «financiación en masa». En esencia, se trata de una forma de financiar proyectos con la suma de aportaciones individuales. Por medio de este sistema de cooperación, un grupo de personas conectadas en red consigue dinero y otros recursos para financiar todo tipo de proyectos, iniciativas y negocios, tanto artísticos como políticos, deportivos o empresariales.

Desde 2009, plataformas como Kickstarter, Lanzanos o Verkami conectan a través de Internet a creadores independientes que buscan financiación con la que materializar sus ideas, con ciudadanos de todo el mundo con ganas de invertir su dinero en proyectos en los que creen. Si bien los creadores mantienen todos los derechos sobre sus obras, a cambio de sus aportaciones económicas los mecenas reciben ciertas recompensas no monetarias, como productos exclusivos, experiencias únicas, ediciones limitadas, merchandising, acceso a descargas… En un mundo cada vez más interconectado, llegará un día en que todos podremos invertir en todos.

En esta misma línea se sitúan corrientes filosóficas y económicas como «el Downshifting»,164 «el Movimiento Slow»165 o «la Simplicidad Voluntaria».166 Todas ellas proponen construir un estilo de vida que nos permita disponer de más tiempo libre. Y que nos motive a levantarnos cada mañana con agradecimiento, sintiendo que estamos llevando la vida que verdaderamente hemos elegido llevar. Muchos lo consiguen tras reinventarse profesionalmente y reescribir su definición de éxito. Así, el «éxito posmaterialista» consiste en ser felices, sentirnos en paz y disfrutar de una vida con sentido.

 

 

LA LEY DE DIFUSIÓN DE INNOVACIONES

 

Como cualquier otro adelanto evolutivo, el desarrollo de la sociedad posmaterialista está sujeto a la denominada «ley de difusión de innovaciones», popularizada en 1962 por Everett Rogers. Este sociólogo norteamericano dedicó su vida a investigar el proceso por el cual los individuos que forman parte un sistema comparten y asimilan nuevas ideas y tecnologías que permiten el progreso de la humanidad. Según esta teoría, la población de cualquier país se divide en cinco segmentos, en función de su predisposición para adaptarse a los constantes cambios y avances relacionados con nuevos conocimientos y formas de hacer las cosas.

En este sentido, se estima que el 2,5 % de la sociedad está compuesto por los «innovadores». Es decir, por aquellos emprendedores de diferentes ámbitos profesionales que se atreven a cuestionar el statu quo, creando y ofreciendo nuevos y mejores productos y servicios a los consumidores. La nueva oferta creada por estos pioneros enseguida es utilizada por los «primeros seguidores», que representan aproximadamente al 13,5 % de la población. Este grupo se caracteriza por tener una mente abierta y saber adelantarse a los cambios con valentía y flexibilidad, apreciando fácilmente las ventajas inherentes a este tipo de innovaciones.

En la medida que el nuevo producto, servicio o conocimiento genera una sustancial mejora en la calidad de vida de sus usuarios, poco a poco va comunicándose por medio del boca a oreja. Y con el tiempo empieza a ser utilizado por la denominada «mayoría precoz», formada por el 34 % de la población. Es decir, por todos aquellos que al conocer directa o indirectamente a uno de los primeros seguidores, han podido verificar que se trata de algo útil y beneficioso, decidiendo incorporar esta novedad en sus vidas. Es entonces cuando dicha innovación se pone de moda, generando que empiece a ser empleada por la «mayoría tardía», constituida por otro 34 %. En este caso, utilizan dicho avance porque está totalmente aceptado e integrado como algo necesario y normal en nuestra cotidianidad. De hecho, lo hacen cuando ya no se considera una «innovación» ni tampoco se percibe como una «novedad».

Por último, se encuentran los «rezagados», un grupo compuesto por el 16 % restante, quienes empiezan a emplear las nuevas ideas, herramientas o tecnologías cuando no les queda más remedio. Tanto es así, que el no hacerlo sorprende al resto de la sociedad, principalmente por rechazar algo que hace años —o incluso décadas— que está demostrado que trae consigo notables beneficios. Es como si hoy en día alguien se negara frontalmente a utilizar la lavadora, la nevera o a disponer de un sistema de calefacción. Y en un plano más profesional, se opusiera radicalmente al uso de Internet o del teléfono móvil.

Por más que la tendencia general sea ridiculizar o rechazar lo diferente, lo alternativo y lo desconocido, es imposible detener el avance y el progreso de la sociedad. Como individuos y como empresas podemos quedarnos estancados en lo viejo o abrir nuestra mente y explorar las innovaciones que trae consigo lo nuevo. Lo cierto es que cada vez más seres humanos están iniciando un proceso de cambio personal y reinvención profesional. Se estima que el 13,5 % de los trabajadores y de las compañías en España —los primeros seguidores— ya se encuentran inmersos en un proceso de estas características. Y todo apunta a que a lo largo de las próximas décadas se extenderá entre la mayoría precoz, esto es, el 34 % de la población activa, tal y como está pasando en Estados Unidos. Así, cambiar de paradigma se ha convertido en el gran reto de todas aquellas personas y organizaciones que quieran sobrevivir, adaptarse y prosperar en la Era del Conocimiento emergente.

 

Image

 

Quien empieza a vivir más seriamente por dentro

comienza a vivir más sencillamente por fuera.

ERNEST HEMINGWAY