II

El fin de la Era Industrial

 

 

 

 

Vivimos en un mundo donde los bancos destruyen

la economía. Los gobiernos destruyen la libertad.

Las empresas destruyen el trabajo. Los abogados

destruyen la justicia. Los medios de comunicación

destruyen la información. Las escuelas destruyen l

educación. Y la religión destruye la espiritualidad.

CHRIS HEDGES

 

 

Se cuenta que un grupo de científicos encerró a cinco monos en una jaula. En el centro de la misma colocaron una escalera y, sobre ella, un montón de plátanos. Desde el primer día, cuando uno de los monos subía por la escalera para coger los plátanos, los científicos lanzaban un chorro de agua helada sobre los que se quedaban en el suelo. A base de repetir esta práctica, los monos aprendieron las consecuencias de que uno de ellos subiera por la escalera. Cuando algún mono caía nuevamente en la tentación de ir a coger los plátanos, el resto se lo impedía de forma violenta.

Así fue como los cinco monos cesaron en su intento de subir por la escalera. Entonces, los científicos sustituyeron a uno de los monos originales por otro nuevo. Movido por su instinto, lo primero que hizo el mono novato fue ir a por los plátanos. Pero antes de que pudiera cogerlos, sus compañeros de jaula lo atacaron agresivamente, evitando así ser rociados con un nuevo chorro de agua fría. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo nunca más volvió a subir por la escalera. Un segundo mono fue sustituido, y ocurrió exactamente lo mismo. Los científicos observaron que su predecesor participaba con especial entusiasmo en las palizas que se le daban al nuevo.

Con el tiempo, el resto de monos originales fueron sustituidos por otros nuevos, cada uno de los cuales recibió brutales golpes de parte de los demás al tratar de subir por la escalera. De esta forma, los científicos se quedaron con un grupo de cinco monos que, a pesar de no haber recibido nunca un chorro de agua helada, continuaban golpeando a aquel que intentara llegar hasta la comida. Finalmente, todos ellos se quedaron en el suelo resignados, mirando a los plátanos en silencio. Si hubiera sido posible preguntar a alguno de ellos por qué pegaban con tanto ímpetu al que subía por la escalera, seguramente la respuesta hubiera sido: «No lo sé. Aquí las cosas siempre se han hecho así».33

 

 

5. De la caverna a la oficina

 

La historia de nuestra especie está compuesta por más capítulos de los que podríamos leer. Entre todos, llevamos miles de años escribiendo el viaje evolutivo de la humanidad. Sin embargo, debido a nuestro profundo miedo al cambio, nos negamos a aceptar que nuestra existencia está en constante transformación. Pero no siempre ha sido así. La mayoría de nuestros antepasados veían el mundo de otro modo y llevaban un estilo de vida completamente diferente al nuestro.

La normalidad ha venido mutando al mismo tiempo que lo han ido haciendo las creencias de cada época. Desde nuestros inicios más remotos, todas las sociedades humanas han sido condicionadas para pensar y comportarse conforme los valores, las necesidades, los intereses y las aspiraciones de cada momento histórico. No tiene nada que ver el modo de pensar de un cazador-recolector del Paleolítico con el de un siervo rural del siglo XV. Y ya no digamos si lo comparamos con la mentalidad de un profesional urbano de nuestros días.34

Los historiadores dividen y describen cada uno de estos periodos como «eras». Así, la primera gran etapa de nuestra historia se denomina «la Era de los Cazadores y Recolectores». Esta era abarca los periodos prehistóricos denominados «Paleolítico» y «Mesolítico». Si bien no se sabe cuándo comenzó, se estima que duró hasta el 9000 a. C. Se trata de un periodo en el que los seres humanos vivían integrados en la naturaleza, su única fuente de riqueza. La gente se organizaba en tribus nómadas, moviéndose de un lugar para otro en busca de alimentos y climas más cálidos. No existía el dinero, pero sí la división del trabajo. En general, los hombres se dedicaban a cazar y a pescar, y las mujeres, a recolectar bayas, semillas y frutos del campo. Y todos ellos se refugiaban temporalmente en cavernas.

 

 

LA ERA AGRÍCOLA

 

Más adelante comenzó la segunda gran etapa: «la Era Agrícola», que engloba el periodo prehistórico conocido como «Neolítico», cuyos inicios se remontan al año 8500 a. C. Esta era está protagonizada por dos grandes innovaciones: la agricultura y la ganadería. Estas nuevas actividades profesionales generaron un espectacular excedente de alimentos, posibilitando que cada vez más personas pudieran sobrevivir sin necesidad de recolectar frutos o cazar.

Así fue como los seres humanos se volvieron sedentarios, construyendo pequeños poblados en el campo. Al desarrollarse la «propiedad privada», la monarquía y el clero se hicieron con el control y la posesión de la principal fuente de riqueza: la tierra. Y mientras que unas pocas familias de señores feudales y terratenientes fueron escogidas para administrar los terrenos disponibles, al resto de la población —los campesinos— no le quedó más remedio que convertirse en sus siervos. A día de hoy, la agricultura y la ganadería se conocen como el «sector primario», que representa el 39 % de la población activa de todo el mundo. Eso sí, en Estados Unidos y Europa occidental —España incluida— apenas se dedican a este sector el 3 % y el 6 % de los trabajadores, respectivamente.35

A mediados del siglo XVIII —concretamente en Reino Unido—, se inició la tercera gran etapa de la historia de la humanidad: la «Era Industrial». La invención de la máquina de vapor, del ferrocarril y demás avances tecnológicos permitieron mejorar la eficiencia e incrementar la productividad del trabajo que se realizaba en el campo. Así, los seres humanos empezaron a producir de forma más rápida los bienes que necesitaban para vivir y empleando menos mano de obra. Y como consecuencia, cada vez más agricultores y ganaderos comenzaron a dedicarse a tareas de mayor valor añadido, como la artesanía, la construcción o el comercio.

Lenta pero progresivamente, la economía basada en la agricultura y la ganadería fue reemplazada por la industria y la manufactura. Es decir, por un conjunto de procesos y actividades que transformaban las materias primas en productos más elaborados y sofisticados. Y al consolidarse los bancos y el sistema financiero, el capital se convirtió en la nueva fuente de riqueza. Las personas con más dinero e iniciativa empezaron a fundar compañías y a construir fábricas. En paralelo, muchos campesinos abandonaron el campo para emigrar a las ciudades en busca de nuevas y mejores oportunidades laborales, convirtiéndose en obreros.

A principios del siglo XX, el ingeniero estadounidense Frederick Taylor publicó el libro Principios del management científico, que marcaría el modo de hacer las cosas durante esta era. En términos generales, incidía en la manera «más racional» de organizar y dividir el trabajo en las fábricas, orientada a maximizar el beneficio de los empresarios y accionistas. Para lograrlo, el reto consistía en aumentar la cantidad de productos fabricados disminuyendo su tiempo de realización. Esta doctrina laboral —conocida como «taylorismo»— dio lugar al nacimiento de las cadenas de montaje y la producción en serie. Y su principal exponente fue el empresario norteamericano Henry Ford, cuyo nombre quedaría ligado para la posteridad con la producción de automóviles.

 

 

EL TRABAJO EN LAS FÁBRICAS

 

En el interior de sus gigantescas fábricas, los empleados se distribuían en torno a las largas cadenas de montaje, donde iban ensamblando piezas de vehículos que circulaban ante ellos por una cinta transportadora. Inspirado por las teorías de Taylor, Ford estableció una cantidad de tiempo determinada para realizar cada una de las tareas que componían la fabricación de un automóvil. Tanto es así, que se cronometraba la ejecución de los obreros, los cuales se limitaban a realizar una serie de movimientos mecánicos y repetitivos. Y para que este sistema funcionase adecuadamente, se creó la figura del supervisor, que controlaba el trabajo de los empleados.

El conjunto de actividades profesionales relacionadas con la industria, la siderurgia, el textil, la artesanía, la minería, la construcción y la obtención de energía se denomina «sector secundario», y representa el 21 % de la población activa de todo el mundo. Cabe señalar que debido a los nuevos avances tecnológicos, estos procesos productivos están cada vez más automatizados y robotizados. Y no solo eso. Con la finalidad de reducir sus costes de producción, desde 1970 las empresas de los países desarrollados han ido deslocalizando sus fábricas a economías emergentes como China, India o Brasil, donde la mano de obra es muchísimo más barata.36 En Estados Unidos, por ejemplo, el sector secundario englobaba en 2012 al 18 % de su población activa, mientras que en Europa occidental esta cifra era inferior al 27 %.37

En paralelo, esta metamorfosis económica y laboral ha dado lugar al «sector terciario», también conocido como el «sector servicios». Principalmente porque engloba aquellas actividades económicas relacionadas con los servicios que satisfacen las necesidades y los deseos de las sociedades más desarrolladas y prósperas materialmente. Entre estos destacan los transportes, las comunicaciones, las finanzas, el marketing, el turismo, la hostelería, el ocio y el entretenimiento. Por otro lado, también se incluyen servicios como la sanidad, la educación, la seguridad, la cultura o el trabajo social.

Mientras el sector primario mengua año tras año y el sector secundario decrece en los países desarrollados y aumenta en los que están en vías de desarrollo, el sector terciario se extiende y multiplica en todas partes. Tanto es así que desde 2006 se ha convertido en el principal generador de empleo en todo el planeta, representando al 40 % de la población activa mundial. Ahora mismo, está liderado por Estados Unidos, donde los servicios representaban en 2012 al 79 % de la población activa, y en Europa occidental, al 65 %, aproximadamente.38

Todas estas cifras ponen de manifiesto que la Era Industrial ha finalizado en Occidente. Del mismo modo que los cazadores-recolectores se convirtieron en campesinos, desde mediados del siglo XX millones de obreros se han ido formando y cualificando, dejando de trabajar en fábricas para comenzar a ejercer sus funciones profesionales en oficinas.

 

Si le hubiera preguntado a la población
qué es lo que necesitaba, me hubieran respondido:
«Caballos más rápidos».

HENRY FORD

 

 

6. Víctimas del sistema educativo

 

Nos han educado para vivir en un mundo que ya no existe. No en vano, el sistema educativo parece haberse estancado en la Era Industrial en la que fue diseñado. Desde que empezamos a ir a la escuela, nos han venido insistiendo en que «estudiemos mucho», que «saquemos buenas notas» y que «obtengamos un título universitario». Y eso es precisamente lo que muchos de nosotros hemos procurado hacer. Fundamentalmente porque nos creímos que una vez finalizada nuestra etapa de estudiantes, encontraríamos un «empleo fijo» con un «salario estable».

Pero dado que la realidad laboral ha cambiado, estas consignas académicas han dejado de ser válidas. De hecho, se han convertido en un obstáculo que limita nuestras posibilidades y potencialidades profesionales. Y es que las escuelas públicas se crearon en el siglo XIX a imagen y semejanza del industrialismo. Es decir, para formar y moldear a obreros dóciles, adaptándolos a la función mecánica que iban a desempeñar en las fábricas. Lo cierto es que los centros de enseñanza secundaria contemporáneos siguen teniendo muchos paralelismos con las cadenas de montaje, la división del trabajo y la producción en serie impulsadas por Frederick Taylor y Henry Ford.

Las escuelas dividen el plan de estudios en segmentos especializados: algunos profesores instalan matemáticas en los estudiantes, mientras que otros programan historia, física o latín. Por otro lado, los institutos organizan el día entre unidades estándares de tiempo delimitadas por el sonido de los timbres, un protocolo similar al anuncio del principio de la jornada laboral y del final de los descansos de una fábrica. En paralelo, a los alumnos se los educa por grupos —según la edad—, como si lo más importante que tuviesen en común fuese su fecha de fabricación. Y se les obliga a memorizar y retener una determinada cantidad de información, sometiéndolos a exámenes estandarizados y comparándolos entre sí antes de mandarlos al mercado laboral.39

Más allá de que esta fórmula pedagógica permita que los estudiantes aprendan a leer, escribir y hacer cálculos matemáticos, la escuela desalienta el aprendizaje y fomenta el conformismo y la obediencia. Y lo peor de todo: aniquila nuestra creatividad. Todos nosotros nacemos con unas extraordinarias fortalezas, cualidades y habilidades innatas. Paradójicamente, antes de ingresar en el colegio, los niños arriesgan, improvisan, juegan y no tienen miedo a decir lo que piensan ni a equivocarse. Esto no quiere decir que cometer errores sea equivalente a ser creativo, pero a menos que estemos dispuestos a equivocarnos, es imposible que podamos innovar ni hacer cosas diferentes a las establecidas como «normales» por la sociedad.40

Sin embargo, a lo largo del proceso educativo, la gran mayoría perdemos la conexión con estas facultades, marginando por completo nuestro espíritu emprendedor. Y como consecuencia, empezamos a seguir los dictados marcados por la mayoría, un ruido que nos impide escuchar nuestra propia voz interior. Con el objetivo de ser iguales que los demás, adoptamos el comportamiento que los adultos consideran «normal y aceptable». Según la neurociencia cognitiva, el principal motor del aprendizaje de los seres humanos viene movido por las denominadas «neuronas espejo».41 En esencia, se trata un proceso inconsciente por medio del cual los niños imitan la conducta de sus padres, tutores o referentes. Así es como se crean y perpetúan las cosmologías y las culturas, provocando que en una misma sociedad o comunidad la mayoría de individuos piense y actúe de una manera similar.

 

 

RESPUESTAS PREFABRICADAS

 

Muchos chavales se quejan de que el instituto no les enseña a aprender, sino a obedecer. En vez de plantearles preguntas para que piensen por sí mismos, se limitan a darles respuestas pensadas por otros, tratando de que los alumnos amolden su pensamiento y su comportamiento al canon determinado por el orden social establecido. De hecho, se evalúa a los estudiantes por su capacidad de memorizar y repetir en el examen final la definición dictada por el profesor. En muchos casos, poner algo que han pensado por su cuenta baja la nota, como si tener ideas propias estuviera penalizado. Así es como el sistema educativo castra nuestra autoestima y mutila la confianza en nosotros mismos, alejándonos de nuestras capacidades creativas innatas.

Y es que no importa cuál es nuestro verdadero talento natural. Ni siquiera qué es lo que nos gusta, nos motiva y nos apasiona. Desde la óptica de la educación contemporánea, lo importante es que escojamos una carrera con «salidas profesionales» para optar a un «puesto de trabajo bien remunerado, seguro y estable». Y pobres de aquellos que cuestionen este modo de hacer las cosas, atreviéndose a seguir su propio camino en la vida. En muchos casos, las personas más cercanas de su entorno —comenzando por sus padres y amigos— tratan de disuadirles, creyendo que lo hacen por su propio bien.

Debido a que el sistema educativo ha quedado completamente desfasado, cada vez más adolescentes sienten que el colegio no les aporta nada útil ni práctico para afrontar los problemas de la vida cotidiana. La mayoría de centros e institutos oficiales todavía no enseñan a los chavales las cosas verdaderamente esenciales de la vida. Así, los jóvenes van pasando por esta cadena de montaje sin que se les plantee las preguntas realmente importantes: ¿Quiénes somos? ¿Qué necesitamos para ser felices? ¿Cuáles son nuestras cualidades, fortalezas y virtudes innatas? ¿Qué nos apasiona? ¿Cómo podemos escuchar y seguir a nuestra voz interior? ¿Cuál es nuestra auténtica vocación? ¿Cuál es nuestro propósito en la vida?

 

 

DE LA CRISIS DE LA ADOLESCENCIA A LA DE LOS 40

 

No se trata de culpar ni de juzgar a las instituciones académicas. Y mucho menos a los profesores o a los padres. Nadie pone en duda que todos ellos lo hacen lo mejor que pueden. Al igual que el resto de nosotros, también fueron niños en su día. Y por tanto, comparten con las nuevas generaciones el hecho de haber sido víctimas del sistema educativo. Además, lidiar con adolescentes no es una tarea fácil. Especialmente en la última década, en la que los chavales parecen estar adoptando conductas cada vez menos respetuosas y más violentas en clase. En paralelo, la cifra de fracaso escolar crece año tras año. Un tercio de los jóvenes españoles abandona los estudios antes de finalizar la enseñanza secundaria.42 En esa misma franja de edad, el 24 % ni estudia ni trabaja: es la llamada «Generación ni-ni».43

Frente a estos datos, cabe señalar que el problema de fondo es el sistema educativo. Paradójicamente, se ha convertido en un obstáculo para promover una verdadera educación. Etimológicamente, uno de los significados de la palabra latina educare es «conducir de la oscuridad a la luz». Es decir, «extraer algo que está en nuestro interior, desarrollando así nuestro potencial humano». Sin embargo, la mayoría de nosotros no hemos sido educados, sino condicionados y adoctrinados para relacionarnos con el mundo de una determinada manera. De ahí que la mayoría hayamos sufrido la denominada «crisis de la adolescencia».

Se trata de nuestra primera gran crisis existencial. Al empezar a tener uso de razón y ser cada día más autosuficientes, al entrar en la adolescencia solemos rebelarnos contra nuestros padres, contra nuestros tutores y contra la sociedad, tratando de encontrar y de crear nuestra propia identidad. Y debido a nuestra falta de autoestima y de confianza en nosotros mismos, suele provocarnos una etapa de angustia, inseguridad y sufrimiento. Eso sí, la gran mayoría de adolescentes tienen demasiado miedo a mirar en su interior para encontrar las respuestas que están buscando. De ahí que en vez de aprender a tomar las riendas de su vida emocional y profesional, se refugien en el botellón, la droga, las discotecas, los videojuegos o el sexo. Y mientras, en las puertas de los lavabos de muchos institutos se define el colegio de la siguiente manera: «Gente desmotivada que explica información inútil a gente a la que no le interesa».

 

Desde muy pequeño tuve que interrumpir mi educación
para empezar a ir a la escuela.

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

 

 

7. ¿Para quién trabajamos?

 

Al concluir nuestra etapa académica y entrar en la edad adulta, solemos sentirnos confundidos, desorientados y perdidos. Dado que en general no sabemos quiénes somos verdaderamente ni para qué servimos, la mayoría no tenemos ni idea de qué hacer con nuestra vida profesional. Como consecuencia, el miedo y la inseguridad se apoderan de nuestra toma de decisiones. Y con la finalidad de calmar nuestra ansiedad, buscamos que Mamá Corporación, Papá Estado y el Tío Gilito de la Banca resuelvan nuestros problemas laborales y financieros. Esta es la razón por la que a día de hoy —en última instancia— todos trabajamos para las empresas, los gobiernos y los bancos.

En pleno siglo XXI todavía sigue siendo vigente el «viejo paradigma profesional» originado durante la Era Industrial. Y por «paradigma profesional» nos referimos al conjunto de creencias, valores, prioridades y aspiraciones que determinan nuestra manera de relacionarnos con el trabajo, la empresa y la economía. Es decir, las necesidades, los intereses y las motivaciones que hay detrás de nuestra forma de ganar dinero. Y puesto que aquella época estuvo marcada por un modelo de contratación masiva de mano de obra sumisa y poco cualificada, en la actualidad seguimos siendo adoctrinados para tener una «mentalidad de empleado».

De hecho, la mayoría optamos por cursar estudios académicos con salidas profesionales, amoldándonos constantemente a la situación del mercado laboral. Y al creer que somos la «demanda», damos por hecho que no nos queda más remedio que enviar nuestro currículum vitae a los departamentos de selección de las empresas. Por medio de esta «búsqueda reactiva», quedamos a merced de las ofertas que pueda haber para cada uno de nosotros, siendo contratados según los parámetros establecidos por los empleadores.

En tiempos de crisis, las personas más vulnerables son las que se dedican solamente a vender su tiempo a cambio de un salario a finales de cada mes. Y es que cuanto menor es el valor añadido que aporta un trabajador, mayor es la posibilidad de ser el primero en ser despedido cada vez que su empresa decida reducir gastos. De esta manera, las compañías se convierten en dueñas de nuestro destino profesional a cambio de una falsa sensación de protección y de seguridad.

También era muy propio de la Era Industrial que las empresas se hicieran cargo de sus empleados una vez concluida su etapa laboral, proporcionándoles un plan de pensiones con el que sufragar los costes de vida durante su jubilación. La consigna de aquella época era: «Trabaja duro en el presente y así no tendrás que preocuparte de tu futuro, pues la compañía se hará cargo de ti cuando te hagas mayor y no puedas seguir trabajando». Pero este planteamiento vital ha quedado desfasado y ya no resulta válido.

 

 

EL DÍA DE LA LIBERTAD PARA EL CONTRIBUYENTE

 

A través de los impuestos, pagamos a la Administración Pública un porcentaje de lo que ganamos, de lo que ahorramos, de lo que poseemos, de lo que invertimos y de lo que gastamos. Existe un impuesto para gravar casi cada movimiento que realiza nuestro dinero. El objetivo del Ministerio de Hacienda es obtener de los ciudadanos la máxima cantidad de capital posible. Los impuestos son el precio que tenemos que pagar para vivir de forma civilizada.

La recaudación anual que realiza el Gobierno sirve para invertir en la «seguridad social», también conocida como «Estado del bienestar». Es decir, todos aquellos servicios públicos ejecutados por funcionarios y creados para mejorar nuestra calidad de vida: las escuelas, los hospitales, los subsidios de desempleo, las pensiones, las residencias para ancianos, la televisión pública, las actividades culturales, las carreteras, los aeropuertos, la recogida de basura, los departamentos de policías y de bomberos, el Ejército, el sistema judicial y penitenciario. Y cómo no, para sufragar mensualmente los intereses de la deuda externa acumulada por la Administración Pública.

Si no fuera por el dinero que ingresamos anualmente en las arcas del Estado, la estructura del Gobierno —así como la clase política que supuestamente nos representa— no podría existir. Sea como fuere, cada vez se aplican más impuestos y cada vez son más elevados. Los tributos recaudados por los gobiernos de los países más desarrollados industrialmente han pasado de representar el 8 % de la renta a principios del siglo XX a casi la mitad a principios del siglo XXI.44

Esta es la razón por la que de forma reivindicativa, a lo largo del mes de mayo se celebre en todo el mundo «el Día de la Libertad para el Contribuyente». Principalmente porque la mayoría de familias trabajan para el Estado desde el 1 de enero hasta mediados de mayo, tan solo para hacer frente al pago de sus impuestos. En 2010, los contribuyentes españoles entregamos al Estado cerca de 110.000 millones de euros por medio del pago de impuestos.45

En este país, por ejemplo, uno de los más conocidos es «el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF)», que absorbe una parte de la renta obtenida durante un año por los trabajadores, tanto si disponen de contratos indefinidos, temporales o trabajan por cuenta propia como autónomos. El IRPF oscila entre el 15 % y el 43 %, en función de nuestro nivel de ingresos. Así, cuanto más dinero ganamos, más se va a las arcas del Estado. En el caso de empresas y demás entidades comerciales, prevalece «el Impuesto sobre Sociedades (IS)», que fluctúa entre el 20 % y el 30 % de los beneficios, según el volumen de facturación registrado en cada año.

Otro de los tributos públicos más destacados es «el Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA)», que se aplica a todos los artículos, bienes y servicios que consumimos. El IVA oscila entre el 4 % y el 21 %, dependiendo de si aquello que compramos es considerado por el Estado como un «producto de primera necesidad» o —si por el contrario— se trata de «caprichos» o «lujos» que en realidad no necesitamos para sobrevivir.

 

 

HIPOTECADOS A 40 AÑOS

 

La historia de los impuestos está relacionada con el nacimiento y la expansión de la Corporatocracia. Antes de que comenzara la hegemonía de este imperio, la Constitución de Estados Unidos sostenía que cualquier impuesto que gravara las rentas de los ciudadanos por parte del Gobierno era «inconstitucional». De ahí que prohibiera estos tributos. Sin embargo, en 1862 —durante la Guerra Civil—, el Estado propuso la introducción de este impuesto como «una medida excepcional para financiar la contienda bélica».46 Pero una vez terminada la guerra, el pueblo continuó pagando dicho impuesto. Y no solo eso. En 1943, el Gobierno de Estados Unidos —desesperado por obtener capital para participar en la Segunda Guerra Mundial— aprobó una ley que le permitía coger legalmente dinero de las nóminas de los trabajadores. Esta es la razón por la que en la actualidad los impuestos sobre la renta de los empleados son retenidos por las empresas y remitidos directamente al Gobierno. Así es como el Estado recibe el dinero antes que el propio trabajador sin que este pueda hacer nada para evitarlo.

Más allá de trabajar para las empresas (vendiendo nuestro tiempo) y para los gobiernos (abonando impuestos), también trabajamos para los bancos. Principalmente a través del pago mensual de los intereses de la deuda que debemos a las entidades bancarias que en su día nos concedieron créditos y préstamos para financiar nuestro consumo. En España, por ejemplo, más de la mitad de las familias estaban endeudadas en 2012 debido —especialmente— a la compra de su vivienda.47 El 83 % de los hogares de este país son de propiedad, si bien muchos de ellos todavía están por pagar, con lo que de momento pertenecen al banco que les ha concedido la hipoteca.

Y este fenómeno de endeudamiento está sucediendo a escala global. En Estados Unidos, casi ocho de cada diez familias están endeudadas con los bancos.48 La mayoría de la gente pretende comprar cosas que en realidad no puede permitirse con dinero prestado que difícilmente podrá devolver. Así es como se convierten en siervos de quienes les conceden los préstamos. Hoy en día, una de las formas que ha tomado la esclavitud moderna se llama «hipoteca». Su traducción al inglés es mortgage, que procede de mortir, que significa «acuerdo hasta la muerte».

Desde un punto de vista contable, la hipoteca es un activo para el banco y un pasivo para quienes nos hipotecamos. Más que nada porque este contrato provoca que cada mes salga dinero de nuestros bolsillos para ir directamente a las arcas de la entidad financiera. Sin embargo, demasiadas personas han venido creyendo equivocadamente que la compra de una vivienda era una buena inversión. Por eso decidieron solicitar una hipoteca a 30 o 40 años para poder llegar a poseerla.

Pero mientras que el valor de una casa fluctúa en base a las leyes que rigen el mercado inmobiliario, el pago de la hipoteca es una obligación contraída para con el banco, la cual nunca cambia. Lo cierto es que muchas personas han sido lo bastante desafortunadas como para adquirirla en el momento equivocado. De ahí que algunas se hayan arruinado. Prueba de ello son los 159 desahucios que se efectúan diariamente en España.49 En el momento en que las familias dejan de pagar la cuota mensual definida por el banco, descubren bruscamente quién es su verdadero dueño.

Llegados a este punto, surge la gran pregunta: ¿para quién trabajamos? ¿Y a quién estamos enriqueciendo? No en vano, nuestros problemas financieros son frecuentemente el resultado de trabajar toda nuestra vida para alguien. Y es que hemos sido educados para ser empleados que enriquecen a las empresas. Para ser consumidores que enriquecen a los dueños de los negocios cuyos productos compramos. Para ser contribuyentes que enriquecen a los gobiernos. Y para ser deudores que enriquecen a los bancos. Pero nadie nos ha enseñado a trabajar para nosotros mismos.

 

La búsqueda de seguridad para evitar el riesgo es la cosa
más peligrosa que podemos hacer.

ROBER T. KIYOSAKI

 

 

8. El culto al dinero

 

Uno de los rasgos distintivos de la Era Industrial consistía en que la oferta de productos y servicios siempre era inferior a la demanda. Al existir tan pocas empresas, apenas había competencia, por lo que se consumía prácticamente todo lo que se producía. Y eso que por aquellos tiempos, los ciudadanos compraban lo estrictamente necesario, fundamentalmente porque estaban limitados por su escaso poder adquisitivo. Pero esta tendencia cambió a mediados del siglo XX, especialmente en los países más industrializados del mundo. En la década de los sesenta, cada vez había más compañías que competían por vender un mismo producto en el mercado, lo que provocó que por primera vez en la historia la oferta fuera superior a la demanda.

Entre otras artimañas para incentivar el consumo, las empresas desarrollaron la «obsolescencia planificada». Desde entonces, muchos de los objetos que compramos están diseñados de forma intencionada para que se rompan, descompongan o dejen de funcionar coincidiendo con la expiración del periodo de garantía. En general, el hecho de que de pronto se nos estropee el móvil, el ordenador, la cámara digital o la televisión no es un accidente. Es el resultado de una estrategia de fabricación bien pensada.

En paralelo, la situación de feroz competencia dio lugar al nacimiento de las agencias de publicidad, comunicación y marketing, las cuales se instalaron en el núcleo de las estrategias corporativas. A partir de entonces, las empresas invirtieron anualmente millones y millones de euros para seducir, persuadir y manipular a los ciudadanos. Fue entonces cuando —desde la óptica corporativa— nos convertimos en «clientes» y «consumidores». Para lograrlo, las compañías empezaron a emplear todo tipo de técnicas y de mensajes subliminales, vinculando el bien-tener con el bien-estar. Es decir, el consumo con la felicidad. El objetivo era convencernos para que compráramos un determinado producto, no tanto por su utilidad, sino por lo que representaba emocional y socialmente.

Así, nuestro estilo de vida empezó a girar en torno al consumo materialista. La posesión de ciertos bienes como una casa con jardín o un coche deportivo empezó a ser considerado como un signo de prestigio y estatus dentro de un determinado grupo social. Como consecuencia de esta propaganda consumista, poco a poco fue consolidándose «una cultura orientada al tener». Influenciados por los valores que promueven los medios de comunicación —como el éxito, el poder o la fama—, seguimos creyendo que nuestra identidad como seres humanos se define en función de la calidad y la cantidad de nuestras posesiones y pertenencias. El eslogan inconsciente que nos vendemos a nosotros mismos es que «cuanto más tengamos, más valdremos y cuanto más valgamos, más nos querrán». Sin embargo, parece que nunca tenemos suficiente, esencialmente porque a menudo nos compararnos con quienes están un peldaño por encima. Por mucha riqueza material que consigamos acumular y poseer, siempre habrá alguien que tenga más.

 

 

EL LABERINTO DEL MATERIALISMO

 

La gran mentira contemporánea es que el bienestar, la riqueza, la plenitud y la abundancia están fuera de nosotros mismos. Y cuanto más nos enmarañamos en la farsa que promueve este sistema, más nos vamos desconectando de nuestro ser, el único lugar donde reside la verdadera felicidad. Eso sí, para que nos la sigamos creyendo, las corporaciones invierten a nivel mundial unos 400.000 millones de euros al año en meticulosas campañas de publicidad.50 De esta manera ha sido posible el florecimiento del sistema capitalista. Más que nada porque para que el crecimiento económico siga expandiéndose de forma infinita, hemos de seguir deseando más de lo que tenemos. De ahí que sea fundamental que como individuos nos sintamos permanentemente insatisfechos.

En este escenario de confusión colectiva, es importante señalar que el consumo material ha mejorado notablemente ciertos aspectos de nuestra vida, proporcionándonos grandes dosis de placer, entretenimiento y comodidad. Y no solo eso. Por más que las empresas intenten manipularnos para vendernos lo que sea, en última instancia nadie nos apunta con una pistola para que terminemos comprando sus productos y servicios. El hecho de que consumamos mucho más de lo que necesitamos pone de manifiesto nuestro vacío existencial. Al habernos perdido en el laberinto del materialismo, muchos vivimos alienados y anestesiados, completamente enajenados de nosotros mismos.

Irónicamente, la opulencia —tener en exceso y querer más— se ha convertido en una enfermedad contemporánea. Y es que cuanto mayor es la desconexión de nuestro ser, mayor es también la sensación de carencia, escasez, pobreza e incluso miseria. De ahí que crezca, a su vez, la necesidad de seguir comprando. Esta es la razón por la que no importa cuán abundante sea la fortuna material que poseamos. A menos que vivamos en contacto con nuestra riqueza interna, seguiremos echando de menos algo para sentirnos completos.

Y ahora mismo, la gran mayoría de nosotros proyectamos ese algo en el dinero, sin duda alguna, la religión con más fieles y seguidores. Muchos tenemos una fe ciega en que estos papeles con números y sellos oficiales van a proporcionarnos la felicidad, la seguridad y el valor que no encontramos en nuestro interior. Tanto es así, que la mayoría de las decisiones que toman los individuos, las empresas y los estados están orientadas a maximizar sus ingresos y a minimizar sus gastos, poniendo de manifiesto lo arraigadas que están la codicia y la avaricia en nuestra sociedad.

 

 

LA INFLUENCIA OCULTA DEL PATRÓN FINANCIERO

 

Cada uno de nosotros ha recibido —como herencia— un «patrón financiero».51 Es decir, un modo de pensar acerca del dinero, que condiciona inconscientemente todas nuestras decisiones y todos nuestros comportamientos relacionados con el trabajo y el consumo. Este patrón financiero comenzó a programarse en nuestro subconsciente desde nuestra infancia. Y está compuesto por mitos, supersticiones, estereotipos, prejuicios, asunciones, creencias y opiniones de segunda mano acerca del dinero, muchas de las cuales son completamente irracionales y profundamente limitadoras.

En base a cuáles hayan sido nuestros referentes familiares y culturales, muchos de nosotros estamos programados para gastar más dinero del que ganamos. O por el contrario, para ahorrar y almacenar todo lo que podamos. Más allá de que existen tantos patrones financieros como personas hay en este mundo, la mayoría compartimos algunas ideas comunes. Por eso solemos considerar que «el dinero corrompe», pues es «la raíz de todos los males». O que «los ricos son malvados y mezquinos».

Sin embargo, el dinero no es bueno ni malo. Más bien es neutro. Y como tal, suele potenciar los rasgos de nuestro carácter. Y lo hace en las dos direcciones. La mezquindad y la generosidad no la provocan el dinero, sino nuestras creencias acerca del dinero. De ahí que en la medida en que se multiplique el número de ceros en nuestra cuenta corriente, crezcan de manera proporcional nuestras cualidades o defectos. Curiosamente, cuanto más aumentan nuestros ingresos, más lo hacen nuestros gastos.

Además, está comprobado que cuando nuestro poder adquisitivo y nuestro nivel de riqueza material se incrementan significativamente, enseguida nos acostumbramos a nuestra nueva posición social y económica.52 Y al cabo de poco tiempo, comenzamos a desear más de lo que tenemos. Cuando ganamos 1.500 euros al mes, nos gustaría cobrar 500 euros más. Y al conseguir los 2.000 euros mensuales, empezamos a desear 2.500 euros. Luego, 3.000 euros. Más adelante, 5.000 euros…

Tarde o temprano, llega un momento en que el dinero se convierte en una serie de números proyectados en la pantalla de un ordenador. Y superada una cierta cantidad, nuestro deseo se vuelve exponencial.53 Cuando acumulamos 10.000 euros en la cuenta corriente, nuestro siguiente objetivo se centra en alcanzar 50.000 euros. Posteriormente, 100.000 euros. Y una vez que logramos esta cifra, aspiramos a llegar al millón de euros.

Dado que nuestra sed económica jamás queda saciada, de pronto se produce un nuevo salto exponencial, empezando a desear 10 millones de euros. Luego, 100 millones de euros. Más tarde, 1.000 millones de euros. Y así ad infinitum… Y es que no hay cantidad de dinero en este mundo capaz de llenar el vacío de una persona enajenada de su riqueza interior. Para salir de este círculo vicioso, el primer paso consiste en ver el dinero como lo que es, dejando de proyectar en él lo que nos gustaría que fuese.

 

Si con todo lo que tienes no eres feliz, con todo lo que
te falta tampoco lo serás.

ERICH FROMM