XV
Robredo leía por cuarta vez la noticia con la que el ‘Bermuda Morning’ abría su sección internacional. No dejaba de sonreír.
—Hasta aquí es noticia el palurdo ese. ¿Te lo puedes creer?
Laia se secaba al sol, tumbada boca abajo sobre una arena blanquísima, después del primer baño matutino en aquellas aguas de un azul tan vivo que le seguía pareciendo irreal.
—Es la tercera vez que me lo preguntas.
—Es que no acabo de asimilar que nosotros hemos sido los causantes de todo.
—Nosotros, no. El mérito es todo tuyo. Tú deberías ser el nuevo presidente. España está en deuda contigo.
—En realidad, no. —La sonrisa de Robredo se expandió considerablemente al pensar en los casi cuarenta millones que les evitarían preocuparse por el dinero durante el resto de sus vidas.
Sólo eran las diez, pero después de un rato sentado en la tumbona notaba la piel caliente y sentía la llamada del agua cristalina.
—Voy a darme un chapuzón.
La joven, entregada al placer de la relajación absoluta, asintió con un “mmm” apenas audible. Había olvidado lo bien que sienta no hacer nada y estaba decidida a recuperar el tiempo perdido. Tanto tiempo libre, sin embargo, dejaba espacio para pensar en quienes se habían quedado en Barcelona, como su familia, sus amigos y el pobre Aleix, que debían creerla muerta, y en todas aquellas cosas que ya no podría volver a hacer, como retomar su labor como cooperante en Palestina. Por loco que pareciera, echaba de menos la tarea humanitaria.
Robredo le había prometido que pronto podría ponerse en contacto con su familia, pero debía hacerse de forma que fuera imposible rastrear la comunicación. Cuando regresara del agua se lo recordaría.
El exagente permanecía en remojo y también pensaba, en el futuro. Aquel paraíso era inmejorable para pasar unas largas vacaciones, pero era consciente de que la juventud de Laia le exigiría pronto nuevos retos. Él, un hombre de acción, sin embargo creía que no le costaría adaptarse a una vida casi sedentaria. Llevaba demasiados años viviendo para trabajar.
Fijó su mirada en la playa, en un individuo con pinta de guiri y cara de “empanao” que acababa de hacer su aparición. Robredo recuperó la sonrisa. “Ahí está. Por fin nos vemos las caras”.
Luis estaba nervioso como nunca. Iba a tener la oportunidad de entrevistar a la persona que había provocado la caída de medio gobierno, y las encuestas auguraban que en las elecciones cercanas el desplome del PP adquiriría tintes dramáticos. Tenía tanto que agradecer a su “garganta profunda” particular…
Le había advertido que nada de cámaras y le había avanzado que tenía un último bombazo que revelarle, aunque no podría hacerlo público. Desde luego, había elegido un buen lugar para su retiro “espiritual”.
—¿Cómo le va, señor Palacios?
El periodista dio un respingo al sentir la voz susurrante a su espalda y la mano mojada que se apoyó en su hombro. Robredo lo rodeó y se situó frente a él con expresión divertida.
—Disculpe si he sido demasiado discreto. Deformación profesional —sentenció al tiempo que le alargaba una mano poderosa que Luis no dudó en encajar.
—Le confieso que estoy algo impresionado. No acostumbro a viajar a islas paradisíacas para entrevistar a héroes.
—Oh, no creo que sea usted tan ingenuo. —Robredo había empezado a caminar por la arena y el recién llegado lo seguía—. Le aseguro que nada de lo que he hecho ha sido por amor al arte ni por un elevado espíritu de justicia. —Paró un instante y le dedicó una mirada cómplice—. ¿Le llegó la gratificación?
—Sí, sí. Muchísimas gracias. He tenido que hacer algunos trámites, un poco engorrosos, debo decir, pero ya está todo solucionado.
—Estoy seguro de que sabrá darle un buen uso. De momento, ese nuevo periódico digital parece que está causando sensación, ¿verdad?
El exagente no esperó a que respondiera. Reemprendió la marcha y enseguida llegaron a donde Laia parecía que dormitaba.
—Ya estamos. Le recomiendo que se ponga cómodo y disfrute del escenario. Ya habrá tiempo para los “negocios”.
Se reinstaló en la tumbona y agarró el periódico, dispuesto a continuar por donde lo había dejado. Luis no daba crédito. Su cerebro trabajaba a toda máquina, planteando hipótesis y atando cabos.
—No me diga que ella es…
—Hola, me llamo Laia. —La joven se dio la vuelta y se quedó sentada en la arena mirando la cara asombrada del invitado—. Usted debe ser el señor Palacios. Encantada de conocerlo. —Y le dedicó una sonrisa resplandeciente.
—Esto sí que no me lo esperaba. Pero ¿tú no habías muerto en una explosión?
—Amigo Palacios, no crea todo lo que aparece en la prensa.
—La verdad es que si no hubiera sido por él jamás habría salido de aquel piso, no al menos de una pieza.
Robredo y Laia parecían divertirse con la situación. Luis estaba sorprendido, aturdido y maravillado a partes iguales. Tenía entre sus manos una historia increíble, y no sabía por dónde empezar.
—Estoy seguro de que tiene mil preguntas para hacernos, pero vamos a tener que ser muy cuidadosos. Hay gente que pagaría mucho dinero por saber dónde estamos y, sinceramente, no nos apetece en absoluto que lo averigüen.
—Claro, claro…
—Laia, él va a ser quien haga de enlace con tu familia. —Luis lo miró sorprendido—. Estoy seguro de que no le importará llevarle una carta como agradecimiento a nuestro encuentro.
—Por supuesto que no me importa. Será un placer —se apresuró a contestar.
Laia sonrió. Ahora que tenía tiempo para pensar, no dejaba de darle vueltas al sufrimiento y la tristeza que debían sentir sus padres. ¿Acaso había algo peor que perder a una hija? Que supieran que estaba bien, aunque por el momento no pudiera visitarlos, significaría un alivio enorme.
Finalmente Luis siguió el consejo de su anfitrión y se instaló en una tumbona. Intentaría relajarse, aunque por mucho que lo intentara, no podía ordenarle a su cerebro que dejara de pensar.
—Dígame, amigo, ¿qué opina la gente en España sobre todo lo que está pasando?
La pregunta dio paso a una animada crónica que se alargaría durante un par de horas. Cerca de allí, en un pequeño velero fondeado a unos cincuenta metros de la playa, alguien los observaba mientras hablaba por teléfono.
—Está todo controlado, jefe. El español no tiene ni idea de que lo vigilamos.
—Bien, bien. De momento no hagáis nada, pero pronto ese desgraciado pagará por atreverse a chantajearme. Esperad mis órdenes.
—De acuerdo, jefe.
El Conseguidor visualizaba una y otra vez el momento en que liquidaría al agente Robredo con sus propias manos. Eso sería después de recuperar su dinero. Todavía no había decidido qué haría con la chica.
Encendió un habano y se recostó en la butaca a saborearlo mientras continuaba dando forma a sus sueños de venganza.
FIN