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Carácter
Las bondades
Sus amigos lo llaman el Rey: el hombre que es invencible con las mujeres. Cuando quedo con Brian por primera vez para comer, entiendo a qué se refieren cuando dicen: «Este hombre sería capaz de sacar a los perros de un camión cargado de carne». Me saluda con una sonrisa radiante, y se parece más al joven actor Matthew Broderick el día de la primera comunión que a un banquero de veintiséis años con traje de ejecutivo y corbata de Hermès. Pero el carisma, no tardo en enterarme, constituye solo la mitad de su encanto. El resto se debe al carácter: cualidades que ha cultivado de forma consciente.
«Por supuesto que están los aspectos intrínsecos, amar a las mujeres y tener joie de vivre, sí —comenta—. Pero podría mencionar algunas cosas más que funcionan en mi caso. Me refiero a que es imprescindible ser interesante.»
¿En qué sentido?
«Bueno —contesta mientras arquea una ceja—, soy una persona increíblemente activa. Intento hacer mil cosas a la vez. Leo, estoy al día, sigo los asuntos controvertidos: religión, política, arte. También es muy importante —añade mientras da golpecitos con un azucarillo contra la taza de café para darle más énfasis— saber socializar con los demás, tener facilidad para sonreír y encandilar. Me gusta mantener el contacto con la gente: dejar todos los frentes abiertos.»
Y vaya si los deja abiertos. Brian tiene «treinta o cuarenta amigas» en la agenda a quienes contacta con asiduidad, ya sea para ponerse al día con un café rápido en el Starbucks, o para verse en algún punto de Europa. No obstante, cuando menciono la palabra «playboy», se indigna. «¡En absoluto! Entre mis mejores amigos hay varias mujeres. Hay tíos que son malvados, pero de verdad, yo soy una buena persona. No quiero hacer daño a nadie. Intento ser auténtico y fiel a quien soy.»
Sus amigos lo corroboran. Si bien es un auténtico seductor, Brian no se parece en nada al ligón calavera carente de madurez o principios morales. Aunque abundan los mujeriegos desalmados y los cazatrofeos, los verdaderos casanovas son hombres de carácter que poseen rasgos intrínsecos que perduran a lo largo del tiempo y en las distintas culturas. No es que sean coherentes o siempre estén hechos «de buena pasta»; tenemos que ampliar los límites un poco. En realidad, son piezas originales creadas por sí mismas con una mezcla única de cualidades diseñadas para sacar el mayor partido a la vida y el amor, así como para fascinar.
Moralidad/Virtud
La bondad moral posee atractivo sexual y romanticismo.
Geoffrey Miller, The Mating Mind 2
Claude Adrien Helvétius era «el terror de los maridos» en la Francia del siglo XVIII: el hombre más deseado, más sensual y más voluble de la época.3 Era guapísimo, tenía un hoyuelo en la barbilla y ojos de un azul hielo, y se ganó el apelativo de «Apolo» de boca de Voltaire.4 Todas las mañanas, su ayuda de cámara le llevaba la primera amante del día, y todas las tardes y noches cortejaba a la crème de la crème de París (la condesa d’Autre y la duquesa de Chaulnes, entre otras) para terminar la velada con la bella actriz mademoiselle Gaussin. Una vez, cuando un pretendiente rico le ofreció a la actriz seiscientas libras para que pasase con él la noche, ella señaló a Helvétius y contestó: «Parézcase a este hombre, monsieur, y yo le daré mil doscientas libras».5
Acaudalado, ingenioso y un bailarín excelente, podría parecer la encarnación del cliché del ancient régime: un duro libertino. Salvo porque no lo era; también era el espíritu de la benevolencia. Según sus coetáneos, nadie «aunaba tanta delicadeza y tanta amabilidad como él».6 Cuando conoció a la mujer adecuada, se casaron, se fueron a vivir al campo y Helvétius dedicó el resto de su vida a las buenas obras. Luego escribió Del espíritu y se convirtió en uno de los filósofos más destacados de la Ilustración; defendía la igualdad natural y la «mayor felicidad para el mayor número de personas».7
Aunque es cierto que a algunas mujeres les gustan los depravados salvajes y despiadados (sobre todo para echar una cana al aire), en realidad son mucho más atractivos los hombres que mezclan las categorías de bueno y malo, y que tienen un punto dulce pero picante. La virtud perfecta (o su apariencia) tiene un encanto nulo. Los seductores la avivan un poco. De moralidad difusa y con tendencia a adaptar las normas a su antojo, son en esencia decentes y conocen la respuesta al enigma más antiguo que existe: cómo hacer que la bondad sea atractiva.8
Hace siglos que la virtud y el amor romántico se entremezclan en la mente colectiva. En el siglo IV a.C., Platón definía el eros como el amor a la bondad que ascendía por la escalera trascendental de las esferas. Los expertos en amatoria medievales reintrodujeron la excelencia moral en las relaciones románticas gracias al amor cortés, una práctica que ha pervivido en distintos grados desde entonces.9 «La virtud y la honestidad son grandes motivos [de amor] y proporcionan un placer tan hermoso como los demás»;10 «No puede haber amor sin bondad».11 Estas máximas resuenan todavía en la actualidad. El filósofo Robert Solomon cree que la integridad ética es un eje del amor; nuestras parejas deben reflejar y ampliar nuestras propias virtudes.12
Según varios estudios, parece que las mujeres mantienen dos opiniones en cuanto a las parejas virtuosas.13 Por una parte, dicen los investigadores, quieren estar con un buen tipo, que posea «esa cualidad tan pasada de moda: integridad»; por otra parte, quieren un hombre gracioso, atrevido, malo.14 El problema está en esa elección polarizada, escribe Edward Horgan en un artículo publicado por la Universidad de Harvard; tras analizar los textos dedicados al tema, llega a la conclusión de que las mujeres desean una combinación de ambas cosas: un buen corazón mezclado con un espíritu travieso, y servido de forma seductora.15
De hecho, es posible que la seducción fuera una de las funciones iniciales de la moralidad. El psicólogo Geoffrey Miller conjetura que el hombre prehistórico empleaba la moralidad como «ornamento sexual», diseñado para intrigar y encantar a las mujeres con las delicias del juego limpio, la generosidad, la decencia y la entrega a los demás.16 «Disfrutamos ayudando a quienes nos ayudan», escribe el psicólogo Steven Pinker. «Eso explica también por qué hombres y mujeres se enamoran.» Sobre todo si el amante no es demasiado perfecto.17
Los antiguos dioses del amor eran los más sexis de todos los tipos buenos; una especie multicolor con su ración de defectos; deidades glamurosas que daban voluptuosidad a la virtud. El voluble Dioniso era también amable y compasivo, y repartía su benevolencia a través del canto, el baile y la celebración jubilosa. Aunque era un tramposo, el fálico Hermes era el «dador de cosas buenas»: un seductor con pico de oro que traía buena suerte y sabía proteger.18 Y el «más que temerario» Cuchulain de la mitología celta deleitaba a las mujeres irlandesas, jóvenes y maduras por igual, con su «grata» rectitud y su «amabilidad» con todos.19
Las lectoras siempre coinciden en que el señor Darcy de Orgullo y prejuicio es uno de sus héroes románticos favoritos porque es deliciosamente decente.20 Fitzwilliam Darcy es a la vez un esnob odioso y un hombre de honor que salva a los Bennet de la calamidad y embelesa a Elizabeth con su elocuente mea culpa: «Usted me enseñó —reconoce— lo insuficientes que eran mis pretensiones para halagar a una mujer que merece todos los halagos».21
Las novelas románticas para el gran público a menudo no son más que fábulas de moralidad en blanco y negro, pero los protagonistas masculinos «buenos» de esas novelas presentan una moralidad mixta. Harry, el organizado contable de The Nerd Who Loved Me, esconde en su interior a un niño salvaje. Es un aficionado a Las Vegas encubierto que se relaciona con la mafia, da una paliza a un tío y se gana a la protagonista porque anuncia sus buenas obras a través de una serie de ejemplos de seducción.
Los seductores son famosos por sus mezclas explosivas. Casanova era capaz de hacer fechorías; exageraba sus hazañas para obtener beneficios y consiguió sacarle una fortuna a la acaudalada duquesa d’Urfé, que se había quedado viuda, porque fingió tener poderes ocultos y protagonizó un «renacer» que incluyó tres escenas de sexo en la bañera. Sin embargo, irradiaba «amabilidad» y participó en numerosos actos caritativos: tuvo la delicadeza de visitar a una enamorada agonizante y regaló de forma impulsiva las hebillas de sus zapatos a una niña.22
El poeta Alfred de Musset también se portaba mal (como cuando fue a un burdel en Venecia mientras George Sand estaba enferma en la cama), pero aun así poseía una «dulzura de carácter que lo hacía absolutamente irresistible».23 Lo mismo ocurría con Warren Beatty: en ocasiones era un granuja vanidoso, y en otras, una «persona buena, extraordinaria».24
Muy pocas veces se oyen las palabras «estrella del rock» y «virtud» en la misma frase. Bueno, salvo que se esté hablando de Sam Cooke. Fue la sensación del rhythm and blues de las décadas de 1950 y 1960, y popularizó clásicos como «You Send Me» y «Wonderful World», pero no parece una persona ejemplar a primera vista. Estuvo en la cárcel: condenas breves por distribuir un libro pornográfico en el instituto y por «fornicación y conducta indecente» cuando tenía veintitantos.25 Era testarudo, irascible, engreído y un tormento con las mujeres. «Mujeriego» como pocos, tuvo infinidad de aventuras, fue padre de cuatro hijos ilegítimos conocidos, y en una ocasión lo pillaron en la cama con cinco mujeres.26
Sin embargo, el rasgo principal de este carácter híbrido era la decencia. Según sus amigos, desprendía «autenticidad», era generoso y poseía una «amabilidad instintiva en cada fibra de su ser». Aunque empezó su carrera musical como cantante de góspel y era hijo de un predicador baptista de Chicago, no era un hombre cortado según el patrón de las Sagradas Escrituras; vivía de acuerdo con sus propias normas morales.27
Parecía que Cooke hubiera nacido para las mujeres. Ya de adolescente tenía potencial erótico: energía, encanto, vitalidad y una forma de hablar con las chicas con «afecto y amabilidad», como si cada una de ellas fuera la única persona del planeta. Directo y sincero, se negaba a jugar con ellas, y enamoró hasta tal punto a Barbara Campbell, una vecina cuatro años menor que él, que a los dieciocho la adolescente tuvo una hija suya, fruto de un desliz, y esperó en vilo a que él volviera a su lado durante siete años.28
Mientras tanto, Sam Cooke se pasó del góspel al rock and roll comercial y se hizo famoso por su voz dulce y potente. Las mujeres literalmente se desmayaban cuando lo oían cantar y lo asediaban en el camerino. Nunca fue «burdo, nunca fue vulgar», pero supo sacar provecho del estrellato: engendró otros dos hijos ilegítimos y se casó con la cantante de salón Delores Mohawk. Cuando el matrimonio se separó, su novia de la adolescencia, Barbara Campbell, reapareció. Se casaron y tuvieron dos hijos más, pero Cooke era incapaz de quedarse en el redil. Las mujeres lo asaltaban, encandiladas por su carisma y su mezcla de descaro y bondad.29
Con defectos y un buen corazón, infiel y zalamero; era un cúmulo de todas esas cosas…, para su desgracia. A los treinta y cinco años, en diciembre de 1964, ligó con una chica en una fiesta después de beber demasiados martinis y se la llevó a un motel barato, donde la chica cambió de opinión y se largó con la ropa y el dinero del cantante. Furioso y vestido únicamente con la americana y los zapatos, se enfrentó con la encargada del motel, Bertha Franklin, y dio parte del robo, a lo que siguió una trifulca entre ambos. Durante la discusión, Franklin apuntó a Cooke con una pistola y lo mató. Mientras la bala lo atravesaba, dijo con una mezcla de shock y perplejidad: «Señorita, me ha disparado».30 Murió como había vivido, como «un auténtico caballero», que a pesar de sus defectos (ira, promiscuidad y otros tantos) era un «joven dulce e inocente».31
La ingenua protagonista de Primrose, un musical antiguo, canta que el hombre de sus sueños «no tiene por qué ser un santo».32 A pesar de las exhortaciones de los platónicos y los filósofos del amor, es imposible convencer a las mujeres de que acepten la pureza moral perfecta en sus corazones. Para ser seductora, la bondad necesita un poco de salsa picante: júbilo, dulzura y elocuencia salpicados con alguna debilidad. Aunque, de todas formas, es mejor decantar la balanza hacia el lado de los ángeles: la amabilidad, tal como recordaba Ovidio a los hombres en su Arte de amar, «doma tigres y númidas leones».33
Coraje
El verdadero deseo siempre es peligroso.
ROBERT BLY, Iron John: una nueva visión de la masculinidad 34
Esta historia es tan vieja como la vida. La princesa yace moribunda en un palacio encantado por culpa de un hechizo maléfico. Los hombres perecen en el intento de rescatarla, hasta que un día llegan dos príncipes junto con su hermano más joven, Simpleton. En el palacio se topan con un enano canoso que les dice que tienen que superar tres pruebas imposibles para romper el hechizo. Cuando sus dos hermanos, muy cobardes, fracasan y se convierten en piedra, Simpleton le echa agallas y se adentra en el bosque. Con la ayuda de las bestias, de las que se hace amigo, recoge un millar de perlas, se zambulle en el fondo del lago, encuentra la llave de la alcoba de la princesa y elige a la princesa «correcta» cuando le piden que escoja entre tres doncellas. Simpleton no es simple, conoce una verdad incuestionable del seductor: solo los buenos y valientes merecen quedarse con la bella.
En un estudio reciente las mujeres contestaron que valoraban la valentía más incluso que la amabilidad en los hombres. Hace tiempo que los moralistas situaron el coraje en el primer puesto de la lista de las virtudes, porque sin valor ninguna de las otras sería posible. Durante siglos, el valor y la osadía de espíritu se han considerado la llave que abre los afectos femeninos. Sin embargo, los seductores aplican ese coraje de una forma tan poco convencional como todas sus demás acciones. Combinan el riesgo, la perseverancia, la agudeza mental, la fuerza y el temple con la decencia y el rechazo a la violencia gratuita. No es imprescindible que sean físicamente fuertes (no es preciso que domen potros salvajes ni formen parte de equipos de rescate), pero sí deben tener ánimo y un alma de acero.35
No obstante, no serían grandes amantes si no tuvieran espinas. Eros es un terreno peligroso; la intimidad está plagada de amenazas. Las mujeres pueden flotar entre las nubes gracias a estos seductores, pero asimismo puede acabar abandonadas, relegadas y consumidas por la pasión. Los hombres también tienen sus terrores particulares: ansiedad por dar la talla y un caldero lleno de miedos.36 En el amor, las mujeres buscan un hombre capaz de aceptar el reto de amarlas. Como decían los romanos: «Azar y Venus al audaz ayudan», y que dios ampare al amante que retrocede en las refriegas amorosas y huye para buscar cobijo.37
Los psicólogos evolutivos defienden que la predilección femenina por la valentía en los hombres se remonta a la necesidad física de provisiones, protección y estatus. Las mujeres prehistóricas buscaban hombres valientes que las defendieran para poder sobrevivir y prosperar. Otra explicación es más erótica: es posible que una mujer se excitara al ver el despliegue de coraje en los combates cuerpo a cuerpo porque le emocionaba pensar que valía la pena luchar por su amor. En lugar de ser una esclava servil, se convirtió en el trofeo por el que los hombres estaban dispuestos a arriesgar la vida.38
También es posible que las mujeres cedan ante un impulso mitológico. Los dioses de la fertilidad eran infatigables. Dumuzi, el Audaz sumerio, descendió a los horrores del inframundo y aceptó la «aventura definitiva del Amante» cuando sedujo a la gran diosa del amor, Inanna.39 Dioniso, poco aficionado a la guerra por naturaleza, era intrépido en las batallas y derrotaba a los gigantes con sus gritos. Fue a rescatar a Ariadna con valentía y mantuvo el tipo cuando el rey Penteo lo encarceló. «¡Qué audaz es el bacante!», se maravilla el propio Penteo al ver la frialdad con la que lo desafía Dioniso.40
Las mujeres reservan un lugar especial para los amantes valientes en sus fantasías eróticas. Las novelas románticas están plagadas de comandos, guerreros, agentes secretos y duques que se baten en duelos de diez pasos, pero sus hazañas físicas van siempre acompañadas de fortaleza psicológica y sensibilidad moral. El doctor Zhivago, un ídolo romántico de las mujeres, es el epítome del coraje: físico, psicológico y erótico. Se adentra en terreno bélico, ama con pasión peligrosa, y desafía políticamente al Estado soviético contra todo pronóstico.
Casanova, a pesar de todos sus defectos, destacaba por su osadía. Cuando la Inquisición lo arrestó en Venecia con acusaciones falsas, se vistió con plumas y ropajes de satén, como si fuera a un baile, y logró fugarse con atrevimiento de la hermética cárcel de Leads al cabo de un año. Era igual de valiente con sus amores. A los veinte años, se enamoró perdidamente de una talentosa belleza del género equivocado, el cantante castrato Bellino. El cantante había podido disuadir a todos los pretendientes, pero Casanova perseveró y descubrió lo que sospechaba: Bellino era una mujer llamada Teresa dotada con un pene de cuero de casi un palmo de largo. Casanova le declaró su amor al instante y le pidió que se casara con él. «No me asusta la desgracia», le aseguró; entre sus mejores cualidades estaban el valor y los «principios del honor y probidad».41
Aunque todos ellos sean valerosos, los seductores varían en el grado de valentía física y psicológica. Las personalidades fascinantes como el aviador y cazador Denys Finch Hatton o el torero Juan Belmonte se encuentran en el extremo más activo del espectro. Belmonte, el modelo en el que Hemingway se inspiró para el personaje del amante-torero de Fiesta, era un hombre bajo, feo, deforme y torturado por el miedo, pero se convirtió en el rey de las plazas de toros y de la alcoba. «La misma energía que utilizaba en conquistar al toro la empleaba cuando quería conquistar a una mujer —dijo una actriz famosa que permanece en el anonimato—. Y fue el mejor amante que he tenido en la vida.»42 Más típico es el caso de los seductores de fibra moral: el intelectual de la Ilustración Denis Diderot, que retó a los censores, y Albert Camus, cuyo credo era «¡valor!» y cuya labor secreta con la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial estuvo a punto de costarle la vida.
Robert Louis Stevenson es la última persona que uno elegiría de entrada para un concurso de valientes. Sin embargo, es un candidato ideal, tanto de palabra como de obra, y muy querido por las mujeres. Esquelético, excéntrico y enfermizo, se le recuerda por ser el paternal autor de clásicos como La isla del tesoro y Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Pero también fue un paladín de la feroz revuelta contra la respetabilidad victoriana y un «fanático amante de las mujeres».43 A pesar de la pobreza, las prendas de «pordiosero» y su aspecto de espantapájaros, poseía una candidez, una bondad y un encanto tremendos, y atraía «a las mujeres hacia él con hilos de seda». Tuvo infinidad de enamoradas: una belle de Edimburgo, una «dama oscura» llamada Claire, una famosa belleza europea, varias queridas y charmeuses francesas, y por último, su esposa, Fanny Osbourne.44
Mientras cortejaba a Fanny, desplegó el inmenso coraje que caracterizaba todo lo que hacía. Era decidido contra el peligro, ya se tratase de escalar montañas traicioneras o de enfrentarse a la autoridad. «Guárdate tus miedos —aconsejaba—, pero comparte tu valentía con los demás.»45 No era ciego a los peligros del amor apasionado. Nos «derriba», escribió, y nos arroja a una zona de riesgo que exploramos como niños «que se aventuran juntos en un cuarto oscuro». Y Fanny no era la elección más estable. Casada, con dos niños y diez años mayor que él, padecía depresión y tuvo que dejarlo en mitad del idilio amoroso para saldar cuentas con su esposo en Estados Unidos.46
Cuando Stevenson recibió un telegrama de Fanny desde California, levó el ancla y se embarcó en tercera clase. Cuando se encontró con ella en San Francisco, no tenía un penique y estaba enfermo, debatiéndose entre la vida y la muerte. Fanny se divorció de su marido en 1880 para casarse con Stevenson. Después él escribió sus obras favoritas, entre otras, Secuestrado. A pesar de una salud cada vez más precaria, continuó siendo un aventurero y terminó en Samoa, donde escribió, protestó contra las injusticias coloniales y se ganó la veneración de los samoanos. Sus amigos lo consideraban un «astuto Hermes», el mítico seductor de espíritu intrépido que robó el ganado de Apolo y el cinturón de Afrodita.47 «El amor —escribió Stendhal— es una flor deliciosa, pero hay que tener el valor de ir a cortarla en los bordes de un horrible precipicio.»48

«En los westerns te dejaban besar al caballo, pero nunca a la chica.»
Gary Cooper
Alimento espiritual
La determinación del erotismo es primitivamente religiosa.
GEORGES BATAILLE, El erotismo49
Peter K. no fue el único cura episcopal que cometió un delito ese año. Corría 1974. Graduado en teología general, con una esposa de la Junior League y un hijo pequeño, Peter parecía un buen candidato para St. M., una parroquia pequeña en una ciudad universitaria de la Virginia rural. Tenía ideas y presencia. Rubio y desgarbado, con un perfil aquilino, andaba por el pasillo con su casulla al viento y una estola con bordados dorados e irrumpía en el coro cantando con su voz de bajo «Faith of Our Fathers». Permitía que los niños tomaran la comunión, cantaba la letanía y promovió un club de lectura, una cocina de beneficencia, ayudas sociales y retiros espirituales en Mountain Lake.
En los retiros fue donde empezó todo: confesiones con toqueteos por el sendero, una nota que le pasaban a escondidas en el grupo de oración, y una asistente laica que se coló en su habitación una noche, tapada solo con una parka. Consoló a demasiadas mujeres. La esposa de un sacristán lo pilló una tarde en la cima de Bald Knob retozando con una parroquiana encima de una manta, con el cuello clerical abandonado en una piedra junto a una botella de Mateus.
El siervo de Dios es uno de los disfraces favoritos del seductor oscuro. Un estereotipo literario durante cientos de años (pensemos en el lujurioso fraile de Chaucer), es un fenómeno demasiado real en todas las religiones. Los testimonios de mujeres conquistadas (y a veces víctimas de abusos) por el aura del líder espiritual podrían llenar una docena de libros sagrados. La página web «Boundary Violations without Borders» proporciona más de cien enlaces a casos semejantes.
La espiritualidad masculina tiene un poder de atracción increíble para las mujeres, y demasiados hombres babosos con mucha labia la han empleado con fines sórdidos. Los grandes amantes no se encuentran en ese grupo. En conjunto, los seductores son personas que no explotan su estatus, sinceras y poco tradicionales en sus creencias. Kurt, un casanova y fotógrafo alemán al que entrevisté, es un caso típico. Profundamente devoto, profesa una ecléctica fe de inspiración taoísta que da forma y aumenta sus relaciones personales. «Creo que hay que canalizar una fuerza hacia la mujer —comenta—. Llamémosla Dios, o como se quiera. No voy por ahí rompiendo corazones. Concibo este planeta como una escuela divina.»
El vínculo entre religión y deseo no es casual. Le pedimos al amor apasionado que ejecute las mismas funciones que la fe: que llene el vacío de nuestra alma, que nos santifique y nos salve, que venza la muerte y que nos eleve al séptimo cielo. El amado se convierte en nuestra deidad, nuestra «búsqueda de sentido».50 Desde la perspectiva sociobiológica, puede justificarse que los hombres con fundamentos espirituales sólidos sean mejores parejas sentimentales. El Centro de Psicología Positiva de la Universidad de Pensilvania menciona el «fuerte sentido de la trascendencia» como uno de los seis atributos que conforman el «carácter», y los psiquiatras recomiendan cada vez más la fe como elemento que fomenta la personalidad sana.51
La relación entre el sexo y lo sagrado también se remonta a los albores de la humanidad. Dirigidos por los carismáticos chamanes, los pueblos prehistóricos bailaban y se golpeaban el pecho hasta conseguir el éxtasis místico para converger con el principio vital del universo, la energía sexual divina. La adoración dionisíaca se parecía a un encuentro religioso en el que los celebrantes buscaban la redención y la transformación a partir de la fusión extática con el dios fálico. El psicólogo Erich Neumann opina que estos ritos de fertilidad han dejado una huella psíquica en el inconsciente e influyen en nuestras inclinaciones sexuales actuales.52
La fusión de amor y religión está muy asentada en la cultura moderna. La retórica religiosa se filtra en el lenguaje del amor: los anuncios, las tarjetas de felicitación y las canciones populares nos prometen que nos veremos arrastrados a «las puertas del cielo» por ángeles a los que «veneraremos y adoraremos» por siempre. Una retahíla de sex symbols de Hollywood han encarnado a los santos en el cine: Charlton Heston fue Moisés; Anthony Quin fue Mahoma; Cary Grant, John Travolta y Warren Beatty hicieron el papel de ángeles; y Brad Pitt interpretó a un budista en Siete años en el Tíbet.
Hay muchos romances famosos entre mujeres y clérigos. En el relato Dios en una Harley, el héroe amoroso es el mismo Dios que ha bajado a la Tierra con vaqueros y una coleta para llevarse a la protagonista en la moto y redimirla. Y son igual de cariñosos que el apuesto vicario Christy Morrell, de la novela de Patricia Gaffney Lealtades enfrentadas, con su sentido del humor, sus tremendas dudas y «su punto atractivo».53 Un sitio web dedicado a temas sentimentales, «For the Love of God» enumera más de cuarenta clérigos rompecorazones, por no hablar de la colección de seis libros dedicados al «Reverendo Feelgood», Nate Thicke.54
El pianista del siglo XIX Franz Liszt cautivaba a las mujeres por muchos motivos, y uno de ellos, nada desdeñable, era su intensa espiritualidad. Tan volcado en la religión como en la música, Liszt se planteó en dos ocasiones hacerse cura, y a los cincuenta años tomó las órdenes menores, se puso la casulla y escribió música sacra. Sus cortejos se centraban en largas conversaciones sobre Dios y la eternidad. Con la condesa Marie d’Agoult, que abandonó a su marido y a sus hijos por él, solo hablaba del «destino de la humanidad» y de las «promesas de la religión».55 Más tarde cautivó a una princesa rusa (que también abandonó a su esposo por él) gracias a las comuniones espirituales llevadas a cabo en su dormitorio, presidido por un crucifijo. La mujer lo apodaba «la obra maestra de Dios».56
John Humphrey Noyes, del siglo XIX, es un caso menos ortodoxo. Noyes, un solitario «nada agraciado» de Vermont, vio la luz un día en la Escuela de Teología de Yale y tuvo la visión de una religión nueva: una orden de humanos perfeccionados. Según predicaba, ya había ocurrido el Segundo Advenimiento, que nos había sumido en una era gozosa y sin pecado. Para ponerlo en práctica, bastaba con que los hombres creasen una sociedad utópica basada en el comunismo económico, la vida recta, el control de natalidad y el amor libre.57
El resultado fue la Comunidad Oneida en la parte alta del estado de Nueva York, donde hombres y mujeres practicaban sexo con quien se les antojara y lo compartían todo; crearon sus propias escuelas, fabricaban las prendas de vestir, tenían programas culturales y se ganaban el sustento con la venta de artesanía. En su punto álgido Oneida contó con más de trescientos miembros y duró treinta años, más tiempo que ningún otro experimento utópico llevado a cabo en Estados Unidos.
Durante esos años, Noyes fue el líder espiritual supremo del grupo. Resultaba «extraordinariamente atractivo para las mujeres», aseguraba su hijo, gracias a su «magnetismo sexual, sumado a sus intensas convicciones religiosas».58 Todas las mujeres se «desvivían por acostarse con él» y tuvo cientos de amantes.59
Es posible que la naturaleza de sus convicciones religiosas aumentase el encanto de Noyes. Según predicaba, Dios quería que las mujeres disfrutaran en la cama. Con ese propósito, instruía a los hombres para que practicasen el placer sexual como una forma artística, les enseñaba a cortejar a sus amantes con ternura y gentileza y a retrasar la eyaculación para que las mujeres pudiesen experimentar orgasmos múltiples.
Los miembros del clan tenían libertad de elección sexual, siempre que las mujeres mantuvieran el derecho de negarse y ninguna de las personas mostrara un «espíritu de exigencia».60 El propio Noyes estuvo a punto de caer en esa trampa. En un momento dado mantuvo una historia pasional con una residente, Mary Cragin, con quien desarrolló un «vínculo de idolatría».61 Tal como apuntaba Noyes, «todos [los que la conocían] la consideraban increíblemente seductora: era una mujer capaz de volver loco a cualquier hombre».62 La providencia quiso que la mujer muriera en un naufragio en el río Hudson, y desde entonces Noyes fue «un amante ejemplar».63
Antes de cumplir sesenta años, Noyes había engendrado al menos a nueve de los cincuenta y ocho hijos nacidos en la Comunidad Oneida, y continuaba siendo activo y viril. Pero empezó a haber luchas internas. Algunos disidentes hicieron campaña por la monogamia y la empresa libre, y los clérigos conservadores de Syracuse arremetieron contra él. Huyó a Canadá, donde acabó sus días en compañía de mujeres que aún lo idolatraban, postulantes de su profeta, cuyo rostro «brillaba como el de un ángel».64
Conocimiento e inteligencia
El deseo de saber es auténtico deseo.
CATHLEEN SCHINE, La sobrina de Rameau65
Esta noche, mientras toman un cóctel de vodka en un bar de Manhattan, el «mayor amante húngaro» de la ciudad le dice de nuevo a una mujer: «Cuando te haga el amor, iré muy despacio y tendrás varios orgasmos». ¿Qué más se puede pedir? Para sentir una gran pasión, es posible que la mujer quiera otra cosa que también puede proporcionarle este hombre: neuronas. Como me dijo una de sus amantes: «¿Sabe cuál es su verdadero secreto? Es muy inteligente. La inteligencia es atractiva». Laszlo habla cinco idiomas, y si uno se lo encuentra sentado en su banco preferido, junto al cobertizo para botes de Central Park, le hablará de Lacan, Maimónides o Primo Levi. El intelecto da todavía más fuerza a sus promesas de alcoba: Tristán e Isolda en la tienda de electrónica y charlas en la cama sobre Modigliani. «El éxtasis —reconoce su conquista más reciente— es insoportable.»
Ya no se ven por ahí pegatinas o camisetas que digan como en la década de 1960: «La inteligencia es el afrodisíaco más potente». Ahora se llevan más los abdominales duros como piedras, las camisas entalladas a medida, las tácticas de conquista y los sueldos con muchos ceros. Pero el cerebro es el órgano sexual más grande, y la segunda (o tal vez la primera) parte de la anatomía masculina que más aprecian las mujeres. Hay estudios que demuestran que las mujeres valoran la inteligencia más que la belleza o la riqueza, incluso para las aventuras de una noche.66
El Kama Sutra, manual de sexualidad del siglo IV, alerta a los hombres de que sin conocimiento nada es posible, y propone un currículum muy ambicioso para los amantes: conocer catorce ciencias, siete tradiciones religiosas, los Vedas y seis libros más sobre sexualidad.67 Para recibir el amor de una mujer, dicen los grandes expertos en amatoria, es preciso cultivar «los talentos del espíritu».68 Es fácil establecer paralelismos, escribe la filósofa Martha Nussbaum, «entre el deseo sexual y el deseo de sabiduría».69
Sí, pero no. Cualquiera que se haya acostado con un experto en economía o que haya salido con un académico especializado en Proust sabe que una inteligencia superior no siempre implica un atractivo superior. Los hombres que miman a las mujeres saben cómo hacer que la inteligencia resulte seductora; relumbran gracias a su energía mental, sorprenden, divierten, instruyen, añaden dramatismo y se pasean por todo el reino del conocimiento: elevado, intermedio y popular. Y entonces, da igual que tengan el mismo aspecto que Woody Allen en un mal día.
Los psicólogos evolutivos cuentan con diversas explicaciones para el atractivo sexual del coeficiente intelectual masculino. Los ultradarwinistas creen que las mujeres ancestrales valoraban la inteligencia en los hombres porque predecía éxito económico y social. Geoffrey Miller añade un ápice de atractivo sexual a esta cuestión. El cerebro más grande evolucionó del mismo modo que el pene, dice su teoría; «para introducirse en el sistema del placer de la mujer». Los hombres listos y más avispados proporcionaban un mayor placer a las mujeres y desbancaban a sus contrincantes más torpes y burdos.70
Ninguno de los dioses del amor mitológicos era corto de entendederas. Ganesha, el Señor de las Letras y el Aprendizaje hindú, adquirió la cabeza de elefante porque embelesó hasta tal punto a la diosa Parvati que su esposo, Shiva, tuvo que decapitarlo y deformarlo. Dioniso extendió la civilización por el mundo durante sus andaduras, y Hermes el Seductor era «el Inteligente» y un símbolo de cultura.71 Cuchulain, el héroe por antonomasia del folclore irlandés y dios de la sexualidad, era un estudioso de las costumbres druidas con dotes para «la comprensión y el cálculo».72
En la actualidad, los intelectuales siguen presentes en la literatura comercial. Se les retrata como bribones pervertidos y lujuriosos cuyas visitas a la biblioteca son eufemismos para los escarceos con las jovencitas guapas. Los sátiros académicos que explotan el atractivo erótico del conocimiento sin duda existen, pero las mujeres prefieren verlos desde otro prisma en sus fantasías eróticas.73 Los intelectuales proliferan en las novelas rosas, y los catedráticos son uno de los ocho arquetipos de amante en la literatura sentimental.74
Cuando aparecen, igual que en la novela de Nora Roberts Álbum de boda, son hombres buenos y sobrios, como Carter, cuyo gancho para conquistar a la protagonista, Mac, es la mente. «Logró que ella pensara que era un hombre encantador», nos dice.75 En Mortals, de Norman Rush, dos pedantes de Botsuana compiten en sabiduría para ganarse el afecto de la protagonista. Ray, su marido, se da cuenta de lo que quieren las mujeres: «ni un buen culo ni una polla grande», sino «intelecto», y consigue recuperarla gracias a su agudeza mental.76
Un nutrido grupo de seductores poco previsibles empleaban la mente para encandilar a las mujeres. Voltaire, el diminuto filósofo del siglo XVIII, erudito de primera categoría, logró mantener el interés de la alta, lista y hermosísima Émilie du Châtelet durante trece años. La retaba a participar en competiciones científicas, le proponía asistir a obras de teatro y lecturas poéticas, debatía con ella temas de política y mantenía viva la conversación en cenas que duraban más de cuatro horas.
Otro buen ejemplo es el matemático Bertrand Russell. Demacrado y de baja estatura, con facciones de «Sombrerero loco», mal aliento y la voz aguda y aflautada, desmelenaba a las mujeres y llegó a coleccionar cuatro esposas y muchas amantes.77 (Una fue mi tía abuela Barry Fox, quien lo cazó en Nueva York y le proporcionó «varias veladas fabulosas».)78 Le bastó con una conversación nocturna junto a la chimenea para convertir al ave del paraíso Ottoline Morrell en un gran amor. «A mi pesar —escribió Morrell— me dejé llevar, pero a veces el destino nos arroja una bola de fuego a la cara.»79
La fabulosa vida amorosa de Aldous Huxley también tuvo que ser un ejemplo de la victoria de la mente sobre la materia. Apodado Ogro de niño, medía más de 6,4 pies, llevaba gafas de culo de botella y tenía una cabeza enorme sobre un cuerpecillo espigado. Y aun con todo, las mujeres lo adoraban. Entre los distinguidos hermanos Huxley, Aldous, según decía su hermano Julian, era «el genio de la familia». La amplitud de su mente y el alcance de sus logros eran apabullantes; escribió novelas famosas como Contrapunto, Un mundo feliz y La isla, además de poesía, relatos, cuadernos de viaje, obras teatrales y veintitrés volúmenes de ensayos sobre temas tan variopintos como la ciencia, la política y la parapsicología. El ensayo Las puertas de la percepción, que describía sus experimentos con el LSD, lo convirtió en el padre del movimiento hippy.80
Cuando llegó a Oxford, casi ciego por culpa de una infección ocular incurable, y más listo que nadie, «causó una impresión tremenda», sobre todo en sus compañeras. Con un atractivo sexual impresionante, nada puritano y muy aficionado a las mujeres, era muy codiciado.81 Una joven dramaturga enamorada recordó que «la abrió a un nuevo mundo» (la poesía francesa y las bellas artes) y reconoció que se moría de ganas de besarlo. Huxley solía elegir mujeres dotadas y poco convencionales, como la violinista Jelly d’Arányi y la artista Dora Carrington. Con Carrington pasó varias noches en la azotea hablando de libros e ideas, y cantando tonadillas de ragtime.82
En 1919 se casó con Maria Nye, una culta y bella mujer belga que dedicó su vida al bienestar de Huxley y toleró una unión abierta sin parangón. Con un punto de rencor, le instigaba a que tuviera aventuras extramatrimoniales, elegía a sus amantes, apalabraba citas y enviaba libros a las amadas a la mañana siguiente con la consabida nota atrevida en francés. Huxley disfrutaba del sexo y de las mujeres, se justificaba su esposa, y necesitaba esas escapadas para liberarse de la presión mental.
Entre sus amantes más famosas estuvieron una princesa de Rumanía, la escritora y activista política Nancy Cunard, y una de las amigas bisexuales de Maria Nye, Mary Hutchinson, que vivió con ellos en un ménage à trois durante casi una década. Algunas de sus amantes se hacían ilusiones de boda, pero Aldous y Maria mantuvieron una relación muy unida (aunque única) que duró treinta y cinco años. Poco antes de morir, Maria eligió a dedo a su sucesora, una violinista y psicoanalista veinte años más joven que Huxley que renunció a la música y se entregó a él, a pesar de la consabida falta de exclusividad.
Las fotografías de Huxley no pueden captar el encanto con el que hechizaba al sexo femenino. Tal como comentó Virginia Woolf, parecía un «saltamontes gigantesco».83 Pero bastaban cinco minutos en su compañía para que la nigromancia de sus saberes encendiera la llama en los ojos de las mujeres. Una de ellas dijo que cuando Huxley hablaba «era pícaro, cínico y muy ingenioso».84 Cuando el matrimonio de su hijo empezó a hacer agua, le contó su secreto: «La inteligencia —le escribió— dota de eficiencia al amor».85
Inteligencia social
Amar bien requiere una inteligencia social plena.
DANIEL GOLEMAN, Inteligencia social 86
Los círculos sociales están llenos de hombres que no paran de hablar del trabajo, cantan sus propias virtudes y ahuyentan a las mujeres. El magnate del negocio inmobiliario Mort Zuckerman no es uno de ellos. Es un hombre atento, empático y «uno de los mejores compañeros de mesa en las cenas de gala que he conocido», dice Barbara Walters. Se mueve por las aguas de la sociedad igual que un submarino guiado por sonar, tanto si se trata de barbacoas en la playa, comidas de negocios o reuniones políticas de alto nivel, como si se trata de cenas de etiqueta en áticos de lujo.87
Todas esas virtudes favorecen su vida sentimental. Arrasa con las mujeres y ha salido con excelentes partidos, como Betty Rollin, Nora Ephron, Diane von Furstenberg y Marisa Berenson. «Su compañía es divertida» y sabe adivinar los secretos del corazón femenino.88 Gloria Steinem dijo en una ocasión que la arropó con una «piel de borreguillo» emocional cuando estaba en horas bajas.89 Arianna Huffington, una de sus ex novias, comentó sus «dotes para la intimidad» y lo comparó con el dios Hermes,90 «el maestro de la magia del amor», que también tiene «sabiduría» social y sabe cómo «tratar a los desconocidos».91
En el ámbito de la seducción hay dos formas de ser inteligente: tener un buen coeficiente intelectual o tener un buen coeficiente emocional. La inteligencia cognitiva, la capacidad de aprendizaje rauda y veloz como el rayo posee un encanto muy potente, pero la inteligencia emocional también. Hace poco que los investigadores teóricos han reconocido que la destreza social es una habilidad crucial para la vida, y cada vez se la relaciona más con el éxito en el amor y en el terreno laboral. Todo se reduce al savoir faire: un radar para comprender los sentimientos de las personas, el dominio de la sincronía y la capacidad práctica de obtener una respuesta afirmativa. El coeficiente social puede facilitar o no el curso del amor, como defienden algunos de sus partidarios, pero es evidente que abre las compuertas de la presa. Los seductores tienen mano maestra.92
El científico Daniel Goleman dice que es preciso que sea así: el cerebro racional por sí mismo no puede controlar el sentimiento romántico, que es una actividad subcortical y requiere la compleja coordinación de tres sistemas cerebrales diferentes. Un gran amante necesita inteligencia social tanto como el agua. Goleman admite que la idea no es nueva; lo que ocurre es que ahora se ha visto ratificada por la neurociencia social.93
Hace dos milenios, Ovidio proporcionó pautas concretas sobre habilidades sociales para los aprendices de amante. En su Arte de amar recomendaba cortesía, tacto e intuición.94 Todos los manuales de amatoria escritos desde entonces aconsejan a los hombres que dominen el arte de la socialización.95 Geoffrey Miller cree que debemos el comportamiento civilizado actual a la preferencia de las mujeres a lo largo de la historia por la delicadeza interpersonal (la empatía, la comunicación y los buenos modales) por encima de los alardes de fuerza bruta.96
De todas formas, los mayores seductores practican una forma sofisticada de inteligencia erótica. Ya sea por un talento innato o mediante la práctica, consiguen tener un «octavo sentido» (como se afirma de Warren Beatty) para tratar a las mujeres.97 Esos expertos poseen un sentido casi paranormal para detectar los deseos ocultos femeninos y conocen la manera óptima de lidiar con cada situación. El sexólogo Havelock Ellis se refería a esta cualidad como «afinada arte adivinatoria»,98 y el filósofo Ortega y Gasset decía que era «tacto»,99 un don para captar de forma intuitiva la psique y las necesidades del otro.
Los dioses del sexo contaban con ese toque mágico. La deidad sumeria Dumuzi intuye la raíz de la ira de la diosa del amor Inanna, y presiente cómo puede aplacarla y hacer que se acerque a él. Le promete el deseo de su corazón: la igualdad, ninguna tarea propia de mujeres, y un marido que será para ella como un padre y una madre. Dioniso tranquiliza a Ariadna después del desengaño amoroso mediante una divina delicadeza; se aproxima a ella con dulzura, la piropea hasta ponerla por las nubes y le promete fidelidad: «Aquí estoy. Vengo para ser un amor tuyo más fiel».100
Igual que Dioniso, los héroes románticos embelesan a las heroínas con sus dotes sociales. La empatía, la sintonía, el gesto adecuado: incluso los vividores más insensibles hacen alarde de esas cualidades en las novelas rosas para mujeres. Para explicar por qué se había colado de un tipo en concreto, la protagonista de una famosa novela romántica dice: «Creo que tiene don de gentes, es fantástico. Empático».101 En una obra de otro registro, el crápula checo Tomas, de La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, posee un gen extra para las aptitudes sociales, con una predisposición para la «telepatía emocional».102
Aunque, según los psicólogos, las artes para desenvolverse en sociedad hayan caído en desuso, los verdaderos donjuanes las practican con destreza. David Niven era un virtuoso. Su caballerosidad, su calidez y su mano izquierda con las personas le abrieron todas las puertas (incluso la de los dormitorios) de Hollywood. A pesar de ser un hombre poco constante, las mujeres pasaban por alto sus imperfecciones a cambio de su «preocupación y afecto» siempre empáticos y sus excelentes dotes para las relaciones interpersonales.103
Algunas veces la destreza social en el amor puede trasladarse al mundo de la política. La sinergia de ambas fue la fortuna y la desgracia de sir Walter Raleigh. Críptico soldado sin rango ni influencias, Raleigh llegó a la corte en 1581 únicamente con sus «modales melosos» y una descarada habilidad para meterse a la gente en el bolsillo.104 En cuanto se las arregló para conseguir una audiencia con la reina Isabel, se convirtió en su amante. Le dio a probar el «engreimiento» que la monarca ansiaba, mezclado con agudeza mental, pasión, dramatismo y piropos desmedidos. Fue ascendiendo de un puesto a otro durante doce años, hasta que la reina descubrió su matrimonio secreto con una de las damas de honor, Bess Throckmorton, y lo encarceló en la Torre de Londres.105
El príncipe Clemens von Metternich, el Caballero de Europa del siglo XIX, fundió el amor y la diplomacia con mejores resultados. Apuesto, elegante y un maestro de las habilidades sociales, Metternich fue uno de los estadistas más destacados de su época. Desde su cargo de ministro de Austria, participó en el Congreso de Viena de 1815, que redefinió el mapa de Europa tras la derrota de Napoleón, y estuvo al mando del Imperio austro-húngaro durante los siguientes treinta años. Gracias a su destreza para manejar las negociaciones complicadas, logró pactos, mantuvo un equilibrio de poder e hizo posible la Alianza Europea precursora de la OTAN.106
Tenía las mismas tablas con las mujeres. Metternich fue educado por una madre sofisticada, que le enseñó buenos modales y el secreto de la elegancia (capacidad de adaptación, empatía, dotes de comunicación y gracia). Con el tiempo se convirtió en un «Adonis del Salón», con una nariz de puente ancho, una boca sensual y unos ojos azules y penetrantes bajo unas cejas de media luna.107 Cuando se marchó de casa, su madre dijo a modo de premonición: «Es cortés con las mujeres. […] Se saldrá con la suya».108
Cuando todavía estaba en la universidad, le echó el ojo una de las mujeres más hermosas de Francia, quien se lo llevó a su casa, lo tiró encima de un sofá, lo acosó y se embarcó con él en una relación que duró tres años.109 A medida que ascendía en la carrera diplomática, «fue enamorando a todas las mujeres a su paso», incluida su mujer, una heredera con quien se había casado por un matrimonio de conveniencia.110 A cambio, él también las amaba, con frecuencia a dos o tres a la vez. Aseguraba que «se preocupaba de cada una de una forma y las apreciaba por diferentes motivos».111
Sus amantes fueron numerosas: con títulos nobiliarios, casadas y siempre selectas. Entre ellas estuvieron la esposa de un general ruso que apareció como un «hermoso ángel desnudo» en la puerta de su casa, en Dresde;112 la hermana de Napoleón, cuya pulsera con un mechón de su pelo no se quitaba nunca Metternich; y dos duquesas, una de las cuales le costó Baviera, porque se quedó dormido cuando estaba con ella y llegó tarde a una reunión del Congreso de Viena. En total, Metternich tuvo nueve grandes amores, incluidas dos esposas más tras la muerte de la primera. La última de sus esposas fue una radiante aristócrata húngara treinta y dos años más joven que él, con la que tuvo cuatro hijos. A los setenta y cinco, viudo y exiliado en Inglaterra, seguía recibiendo visitas de las amantes que todavía vivían, entre ellas una ex amante de setenta y seis años que aún estaba enamorada de él.
Metternich fue «increíblemente guapo» hasta una edad muy avanzada, cuando se le quedó el rostro consumido y el pelo totalmente blanco.113 Sin embargo, lo que hacía de él un «homme à femmes» sin precedentes eran sus antenas sociales afinadas con suma precisión y su naturaleza halagadora.114 Eso logró también convertirlo en una figura dominante del gobierno europeo hasta nada menos que 1848.115 En su opinión, «la política y el amor van de la mano».116
Placer
El placer considerado un arte todavía espera que lo estudien los fisiólogos.
HONORÉ DE
BALZAC,
Fisiología del matrimonio117
El reparto de actores masculinos de la película de Woody Allen Vicky Cristina Barcelona está sacado directamente de una lista elaborada por darwinistas sociales. Todos son especímenes en buena forma física, ricos, estables, respetados, devotos y rodeados de lujos: barcos, criadas y mansiones con pistas de tenis. Sin embargo, dejan indiferentes a las dos protagonistas. Contra todo pronóstico, ambas mujeres se enamoran de un desconocido que una noche les hace una proposición que no pueden rechazar. Un sensual pintor español se acerca a ellas mientras cenan en un restaurante de Barcelona y les dice: «Me gustaría invitaros a las dos a pasar el fin de semana conmigo. Comeremos bien, beberemos bien y haremos el amor». Les propone visitar Oviedo y practicar una especie de ménage à trois. «La ciudad es romántica, la noche es tibia y perfumada. Y estamos vivos, ¿por qué no?» Un maître de plaisir, Juan Antonio las introduce en el camino del placer ese fin de semana en Oviedo y los que siguen en Barcelona, y les ofrece un sinfín de delicias exquisitas para la mente y el cuerpo: arte, viajes, buena cocina, poesía, música, belleza, aventuras y sexo apasionado. Mientras tanto, los hombres que en teoría eran «un buen partido» van perdiendo interés, pues dejan al descubierto su robótico aburrimiento y su falta de atractivo.118
Podemos preguntarnos: ¿qué tiene que ver el placer en todo esto? Para los acérrimos evolutivos, no mucho, salvo como efecto secundario de la adaptación, unas velas en la tarta del apareamiento, o «enjuta», como lo llaman los biólogos.119 Las mujeres desean a los hombres, defienden estos teóricos, por motivos de mayor peso. No obstante, el deseo resulta incómodo porque pasa por alto la razón: enamorarse, escribe el psiquiatra Michael Liebowitz, «implica que el centro del placer se vuelva loco».120 «El amor es placer», como proclama más de una balada. Y los cautivadores saben perfectamente cómo proporcionar placer, ya que son expertos en todo un repertorio de goce y diversión.121
Aunque hoy en día puedan abrumarnos las opciones de entretenimiento, lo cierto es que los hombres que proporcionan un deleite pleno son relativamente escasos. El estado de ánimo por defecto en el reino animal, apunta Geoffrey Miller, es la apatía; los pocos elegidos por «las hembras con criterio del placer» en la Prehistoria eran hombres con talento para el arte del goce, desde las caricias de los sentidos hasta los encantos del intelecto. Es posible que las mujeres hayan heredado un «placerómetro» interno y elijan a los hombres que mueven los hilos.122
Una segunda teoría parte del principio del placer de Freud, la idea de que el inconsciente contiene impulsos de gratificación que deben reprimirse por el bien de la civilización. Según una escuela de neofreudianos, esta represión es a un tiempo excesiva y perjudicial. Lo que deseamos (en lo más profundo de nuestros ganglios) son hombres que se salten las normas represivas y recuperen la sensualidad, la satisfacción y el placer primitivo.123
Los dioses sexuales como Dioniso, «bendición de los hombres», luchaban por la libertad y el placer.124 Hacían «estallar las ataduras» y colmaban la tierra de deleites: vino, baile, alegría y satisfacciones para el cuerpo y el espíritu.125 El «placer» era «la imagen del estado divino» según el antiguo culto a Shiva.126
¿Son más susceptibles las mujeres ante estas lisonjas? Puede que sí, si los científicos tienen razón. Tal como indica la investigadora sexual Marta Meana, las fantasías eróticas femeninas se centran en la obtención de placer.127 Quizá se deba a la atención extra y a las tensiones vitales que las mujeres acarrean cuando entran en el dormitorio, o quizá se deba a su mayor receptividad a los encantos sexuales. Su sentido del oído, la vista, el olfato y el tacto están más agudizados que en el hombre, y engalanan sus escenas imaginarias de sexo con un abanico de complementos: velitas, sábanas de raso, música ambiental.128
El mantra de los mejores amantes es: «relájate, despierta los sentidos, deja que te haga pasar un buen rato». A Josie, la protagonista de la novela Placer por placer de Eloisa James, la desflora un «guapo y adorable» conde de Mayne en un sofá dentro de una cabaña iluminada por la luna, en medio de una perfumada rosaleda.129
La novela Spending de Mary Gordon se dirige a todas las mujeres, porque apela a su sed de placer y alivio de la tensión y el exceso de trabajo. Monica Szabo, una pintora de mediana edad, conoce a su fuente de inspiración ideal, un rico asesor de bolsa que le ofrece todo lo que ella desea: bailes, cenas de lujo y baños perfumados; placer sexual y visitas a galerías de arte para disfrutar de los grandes maestros de la pintura. Embriagada de placer, la pintora crea su mejor obra.130
Los manuales de amatoria para hombres siempre inciden en las artes del placer. El Kama Sutra dedica páginas y páginas a los detalles sobre cómo embriagar a un amante a través de los encantos hedonistas, desde una «sala destinada al placer» suntuosamente decorada con cojines suaves y juegos, hasta veladas festivas con canto, música y guerras de flores.131 Ovidio era menos concreto; se limitaba a exhortar: «agrada con cualquiera de los dones con que puedas gustar».132 Lo que cuenta es la sugestión mental, escribió Balzac en el siglo XIX; un hombre debe interesarse por la «ciencia del placer» para triunfar con las mujeres.133
Casanova, un inteligente y voluptuoso mujeriego, reflexionó sobre el tema con sumo detalle y llegó a la conclusión de que «placer, placer y placer» era el secreto de la felicidad; eso siempre y cuando se manejara el placer de forma inteligente.134 Es preciso un componente espiritual, escribió, combinado con la pericia del connoisseur y la variedad. Sus tres felices meses con Henriette estuvieron de lo más compensados: estudios teóricos, sexo, descanso, y distintas diversiones y óperas a diario.
Durante la campaña contra el trabajo de nueve a cinco llevada a cabo en la década de 1950, el romántico Porfirio Rubirosa formuló una pregunta subversiva: «¿Qué tiene de malo el placer?».135 No es preciso tener un doctorado en psicología para darse cuenta de las consecuencias. «Rubi», que «sacaba una cabeza a los reyes del placer de todo el mundo», era un galán sofisticado y un genio de la diversión. Sabía cómo mantener viva la llama del placer y cómo saciar el espíritu, y además era capaz de adaptarse a cada mujer.136
Sorprendió a Doris Duke, su tercera esposa, con un viaje dedicado a los placeres que preparó pensando en los gustos de ella. Llevó a esta libidinosa heredera (hija del magnate del tabaco «Buck» Duke), a quien mimaba con locura, a locales nocturnos de la rive gauche de París y a prostíbulos de Antibes, donde la agasajó con «el pene más magnífico» que Doris Duke había visto en su vida.137
Tras divorciarse de Duke, Rubirosa conquistó a Zsa Zsa Gabor con otra táctica. Para liberar el estrés de la agobiada estrella del cine, preparaba banquetes con comida húngara, escapadas de fin de semana y desinhibidas fiestas hasta el amanecer en las que Rubi tocaba la batería con un grupo de música y acababa por invitarlos a todos a desayunar huevos fritos con jamón en su casa. «Éramos como dos niños —recordaba Gabor—, buscábamos placer, como los hedonistas.»138 «Soy y siempre seré un hombre dedicado al placer», decía Rubirosa.139
Que un rey tenga una amante no tiene nada de especial; las bellezas más ambiciosas se acurrucan ante una cabeza coronada. Pero conseguir que te amen es otro cantar. Carlos II de Inglaterra adoraba a las mujeres, y ellas le correspondían con el mismo fervor. Apodado el «Monarca Feliz», ascendió al trono en 1660 después del duro reinado puritano de Oliver Cromwell, que duró diecinueve años, y reintrodujo el principio del placer.140 La diversión volvió del exilio. Y el rey predicó con el ejemplo, «deleitando a todo el que se acercara a él» con su carácter afable, su trato fácil y talento para el disfrute.141 Convirtió el palacio en un jardín de las delicias: deportes, bailes, comedias, pájaros exóticos, parques exuberantes y las artes y las ciencias. Y lo pobló de Evas. Tuvo por lo menos nueve amantes, a quienes trataba con generosidad, y ninguna de ellas se mostró indiferente hacia Carlos II. Louise de Keroualle, su maîtresse en titre francesa, lo consideraba «el amor de su vida»; la actriz de comedia Nell Gwynne lo amaba con sinceridad; y su esposa, tantas veces traicionada, Catalina de Braganza, adoraba el suelo por donde él pisaba.142
A pesar de su hedonismo descarado y la licencia sexual de la vida moderna, es posible que el placer como virtud esté en declive. Hay estudios que demuestran que los estadounidenses tienden a huir de la diversión y el placer; trabajamos muchas horas y seguimos «trabajando» cuando nos dedicamos al ocio y a las relaciones. Y así no es como funciona eros.143 Tal como aclara el personaje de Johnny Depp en la película Don Juan DeMarco: «Les doy placer a las mujeres si lo desean. Por supuesto, se trata del mayor placer que van a experimentar jamás».144
Realización personal
Soy amplio, contengo multitudes.
WALT WHITMAN, «Canto a mí mismo»145
En el relato de Steven Millhauser «An Adventure of Don Juan», el personaje de Don Juan es un seductor en su mejor momento y tan harto del éxito que decide cambiar de escenario e ir a visitar a un hacendado inglés de cara redonda y muy poco atractivo. En cuanto llega a la inmensa propiedad de Augustus Hood, posa la mirada en su esposa, Mary, y en su cuñada Georgiana; ambas son presas fáciles, musita, y «nunca se equivoca en esos temas».146
Sin embargo, ha subestimado a su anfitrión. A pesar de su aspecto aniñado, Hood es una dínamo, un «hombre con muchos proyectos» que ha convertido la finca de Swan Park en una Disneylandia para intelectuales. Cuando no está en la biblioteca o en el estudio, da tours guiados por su jardín, que imita a los Campos Elíseos, y modera debates eruditos en el comedor. Don Juan empieza a sentirse cada vez más fuera de juego. Cuando ve que sus armas de seducción peligran, una noche se lía la manta a la cabeza y se aventura por la laberíntica mansión de Hood (una imagen de su dueño) hasta la alcoba de Georgiana. Abre la puerta y descubre que se le ha adelantado un gran seductor: Hood está desnudo en la cama con su cuñada.147
Una personalidad completa y polifacética es el mejor aliado del desarrollo de un personaje… y del encanto para seducir. El filósofo Jean-Paul Sartre consideraba que era el pase que abría todas las puertas del amor. En su ensayo El ser y la nada escribió: «El amante, pues, debe seducir al amado» y avivar el misterio con «un infinito de profundidad».148 Es mucho pedir. El desarrollo personal completo requiere decisión, valor y un ego sólido. No todos los seductores dan la talla en este sentido, pero la mayoría poseen una personalidad rica y de muros fuertes. Las personas realizadas, apuntan los psicólogos, dicen tener «experiencias amorosas más ricas y satisfactorias», algo que podría relacionarse con el hecho de que dichas personas despierten más deseo en los demás.149 Nos encantan los espíritus «rebosantes», que evocan «plenitud».150
Un cautivador de naturaleza poliédrica atrae a las mujeres, con independencia de su rango, sus ingresos o su aspecto. Cuando las mujeres encuestadas expresan una preferencia por los «triunfadores», pocas veces mencionan logros tangibles; suelen mencionar la inteligencia, la energía, la ambición, y una excelencia global.151 Ansían, tal como explica la psiquiatra Ethel Person, un ser «verdaderamente poderoso».152 La modelo Carla Bruni dijo que el ex presidente francés Nicolas Sarkozy la conquistó gracias a la fuerza de su prolífica personalidad. «Tiene cinco o seis cerebros —le contó Bruni a un entrevistador—, todos ellos muy bien irrigados.»153
La selección sexual y los mitos clásicos también favorecían a los grandes emprendedores. A nuestros antepasados femeninos, asegura Geoffrey Miller, les impresionaban menos los recursos materiales que los cerebrales, ya que preferían hombres polifacéticos y con potencial en lugar de hombres unidimensionales. Los dioses de la fertilidad tenían cualidades únicas pero a escala heroica.154 Khonsu, la deidad del amor del antiguo Egipto, fertilizó el huevo cósmico y era responsable de la salud, la arquitectura, la medida del tiempo, la caza, los viajes y la sabiduría. Por su parte, Shiva, el dios de los mil nombres, contenía el cosmos entero, mientras que Dioniso era el amo de la «multiplicidad» y la «profundidad inescrutable».155
Los seductores legendarios a menudo poseen una personalidad compleja. Odiseo es un kalokagathos, «hombre completo»; Cuchulain, la maravilla de muchos dones; y el caballero Lanval, del lais medieval de María de Francia, era el epítome de masculinidad total, a quien tanto Ginebra como la reina de las hadas declararon su amor. El duque de Nemours de la novela francesa del siglo XVII La princesa de Clèves, escrita por madame de La Fayette, hace alarde de una realización personal sin parangón. Paradigma del cortesano (con muchas virtudes, bien integrado y entusiasta), enamora a la princesa casada, con unas consecuencias trágicas.
En la literatura, las mujeres siguen perdiendo la cabeza por esos protagonistas tan realizados. Grace, una chica pobre del relato de Alice Munro «Pasión», vive encantada su relación con Maury, acaudalado y «valiosísimo», hasta que conoce a su complicado hermano, de una «profundidad insondable», y se fuga con él una noche.156 El poliédrico doctor David Morel causa una impresión similar en la esposa del agente de la CIA Ray Finch en Mortals, de Norman Rush. En las novelas de ficción fantástica para mujeres abundan los hombres con personalidades complejas, desde el mega versátil Christian Grey de Cincuenta sombras de Grey hasta el profesor de historia Lincoln Blaise en The Cinderella Deal. «Linc tenía tantas capas…», reflexiona la protagonista cuando se da cuenta de que él era el hombre de su vida.157
Aunque un hombre puede ser irresistible sin tener una personalidad tan enrevesada, lo cierto es que muchos seductores presentan identidades complicadas con varios elementos en tensión. Florentine Filippo Strozzi fue un político, banquero y nuncio del Papa del siglo XVI, que en 1537 lideró la rebelión contra el bastión de los Médicis en Roma. Conocido como «la sirena», también escribía sonetos de amor, diseñó un palacio del placer y cantaba de manera profesional todos los años en Semana Santa. Cuando terminó su idilio con Camilla Pisana, una mujer famosa por su hermosura, lo recordó con aflicción hasta el día de su muerte.158
Carl Jung, psiquiatra que popularizó conceptos como el arquetipo y el inconsciente colectivo, pensaba que las buenas relaciones personales dependían del desarrollo personal y de una complejidad mental «comparable con una gema de múltiples caras, opuesta a un sencillo cubo». Debía de saber de qué hablaba. Jung, que despertaba una atracción impresionante en las mujeres, exploró las profundidades de la psique, escribió sus reflexiones (con ilustraciones) y estudió filosofía oriental y occidental, alquimia, sociología, astrología, literatura y las bellas artes hasta la vejez.159
Si lo hubiera buscado, Jung habría encontrado a su álter ego en Estados Unidos. Benjamin Franklin era otro campeón de la realización personal capaz de cambiar tanto de máscara que se ha convertido en una leyenda nacional y sirve de inspiración a millones de personas. Una de esas máscaras (desempolvada no hace mucho por los estudiosos) es la de seductor. Ilustra, por excelencia, el atractivo sexual de una personalidad polifacética y explotada al máximo. Famoso impresor de periódicos, dirigente municipal y escritor, se retiró de los negocios a los cuarenta y dos años para dedicarse en cuerpo y alma a los estudios. Experimentó con la electricidad; inventó una estufa, las lentes bifocales y el pararrayos (y la lista no acaba ahí); y se embarcó en una carrera política y diplomática que se prolongó cuarenta años más. Dinámico e inteligente, «no paraba de reinventarse».160
Pero ¿seguro que era un seductor… con esa calvicie, las gafas y la barriga? El caso es que Franklin era un hombre sano y encantador, que «se rodeaba de mujeres adorables». De joven, en Boston e Inglaterra, tuvo su ración de escarceos y engendró un hijo ilegítimo, William, que su esposa Deborah accedió criar. Durante los cuarenta y cuatro años que duró su matrimonio, solo vivieron juntos dieciocho. El resto del tiempo, ya fuera en Estados Unidos o en Inglaterra, Franklin entretenía a jovencitas como Catherine Ray y Polly Stevenson con su ímpetu y su conversación. Se cree que también fue amante de la madre de Polly, que vivía en Londres, durante quince años.161
A los setenta años y viudo, Franklin continuaba siendo atractivo a ojos de las mujeres. Cuando llegó a París en 1776 para apoyar a la nueva nación, causó furor y enamoró a muchas francesas. Algunas se ponían camafeos con su imagen, lo rondaban por las noches y lo paraban por la calle para que las besara en el cuello. Es su «alegría» y «gentileza», dijo una admiradora, lo que «provoca que todas las mujeres lo amen». Aunque cueste de creer, protagonizó un escándalo sexual que estuvo a punto de costarle el puesto. La dama en cuestión no era ninguna jovencita ingenua, sino una vistosa salonnière de sesenta y un años.162
Minette Helvétius, viuda del aclamado filósofo, vivía en una casa junto al Bois de Boulogne que atraía al círculo más selecto de intelectuales y políticos de su tiempo. Se debatían temas serios en un ambiente de relajada festividad, donde Franklin tocaba la armónica, componía canciones para beber y debatía el ateísmo. Al cabo de siete semanas, el político estaba tan enamorado que le dijo a sus amigos que se había propuesto «capturarla y tenerla a su lado de por vida». Ella rechazó su propuesta de matrimonio pero siguieron siendo amantes, intercambiaban notas, se veían con frecuencia y se besaban en público.163
La aventura se convirtió en un escándalo. Abigail Adams conoció a Helvétius y se quedó horrorizada; era una fresca «arpía» que toqueteaba a Franklin en público y «dejaba al descubierto algo más que el pie» en el sofá.164 El futuro presidente John Adams sintió tanta «repulsión» como su esposa y regresó a toda prisa a Estados Unidos, donde intentó (sin lograrlo) arruinar la carrera política de Franklin.165
Igual que todos los iconos nacionales, la fama de Benjamin Franklin fue maquillada para la posteridad, y acabó convertido en un mito de héroe del pueblo y estadista asexual. Pero Franklin era más que eso: era un apasionado de las mujeres y un hombre complejo cuyos miles de intereses, talentos y encantos sirvieron tanto para construir una nación como para cautivar el corazón femenino.
Carácter desde otro prisma
El carácter es poder.
BOOKER T. WASHINGTON166
En ninguno de los manuales convencionales sobre el carácter se dedica una sola palabra a cómo ser adorable y sexualmente fascinante. (Franklin guardaba sus tácticas secretas con siete llaves, ocultas bajo una fachada de Pobre Richard.) No obstante, las cualidades de los seductores merecen que se les dedique su tiempo. Es indudable que los grandes amantes están plagados de defectos (infidelidad, vanidad, temperamento voluble, irresponsabilidad y otros muchos). Aun así, su personalidad se adapta a voluntad para ganarse el deseo femenino y mantenerlo. Basta con un cambio de perspectiva y con dar una definición más amplia del carácter.
Casanova, siempre en cabeza de cartel, era un ferviente defensor de cultivar el deseo. «Cultivar los placeres de los sentidos fue toda mi vida mi principal tarea —asegura en sus memorias—. Sintiéndome nacido para el otro sexo, siempre lo he amado y me he hecho amar por él cuanto he podido.»167 Y no era algo de lo que se avergonzase. Casanova admite sin complejos sus limitaciones, y se pasa los siguientes doce volúmenes que componen su Historia de mi vida documentando las cualidades que adquirió para ser adorado: inteligencia, valentía, comportamiento «honrado», espiritualidad («adoro a Dios», reconoce), artes hedonistas, trucos para estar en sociedad, y una personalidad óptima.168 Gracias a su agudo poder para adentrarse en los «miedos, esperanzas y deseos» de las mujeres,169 se congraciaba con todas las clases sociales, desde las sirvientas hasta Catalina la Grande, quien se comportaba de forma «dulce y afable» en su presencia y le concedió cuatro audiencias.170
«Tendrás que merecer, para que te amen, el amor», advertía Ovidio.171 Brian, el banquero, insiste en que es posible aprender a ser así. Ha perfeccionado su personalidad para resultar encantador a través de un refinamiento personal deliberado. «Y no es porque fuera un caballero ni nada por el estilo —asegura—. Fue por diversión, nada más.» A pesar de ser un humanista que sabe desenvolverse en sociedad, admite que no lo tiene todo. No es tan arrojado como le gustaría, ni tan espiritual ni tan ducho en las artes del placer. Pero, añade, «no hace falta que la despensa esté llena a rebosar. Si cuentas con ocho de las diez características, ya estás siete pasos por delante del resto». Me dedica una sonrisa pícara: «Es un campo abierto e inmenso».
Echar el lazo al amor
No debe considerarse sencilla la tarea de cazar a ese animal noble que es el amante.
SÓCRATES172
Por norma general, no basta con que un hombre irradie carisma y carácter para lograr que las mujeres acudan a él en manada. Solo la mitad de la conquista erótica depende de quién es alguien; la otra mitad depende de lo que hace. «El hombre —exhorta Havelock Ellis— tiene que tomar la iniciativa por obligación.» En la segunda parte del libro, contemplaremos a los grandes seductores en acción, veremos cómo practican unas artes amatorias que no salen en ningún manual de seducción. Tratan la pasión como un arte, «una creación de la imaginación humana», y se basan en principios de una tradición erótica larga y sofisticada.173
En primer lugar está el «lazo»: la forma de atrapar al ser amado. Despertar el deseo implica algo más que una lista de habilidades: frases hechas, el aspecto adecuado y la forma correcta de acercarse a una dama. El amor apasionado es una «violencia del alma», una hipérbole, una función teatral.174 Los artistas de la amatoria proporcionan excitación y enganchan a las mujeres gracias a su pormenorizado despliegue de atractivos eróticos: encantos sensuales, grandes insinuaciones, alabanzas, intimidad y, el hechizo más fuerte de todos, conversación.
La conversación es un afrodisíaco interminable. La verdadera prueba en el terreno amoroso es ser capaz de mantener viva la pasión. Si se le deja campar a sus anchas, el deseo evoluciona a través de la cotidianidad y la costumbre y se convierte en un aburrido «estar juntos». Los amantes de primera no dejan que eso ocurra. Logran que sigan saltando chispas y prolongan el éxtasis con técnicas de una variedad creativa poco común. Después de desmenuzar el proceso, nos centraremos en la figura del seductor aquí y ahora. ¿Tiene futuro? ¿Puede enseñarse la seducción y le interesa a alguien aprenderla? Presentaremos a distintos críticos, hablaremos con algunos casanovas del siglo XXI y también con varias «hembras con criterio del placer»175 para ver qué prefieren, y por último, nos preguntaremos si el filósofo Jean Baudrillard tiene razón: «La seducción es el destino».176