Capítulo 5
Regresaron a palacio.
Como estaban acaloradas después de galopar tanto, ambas jóvenes subieron a cambiarse.
Se pusieron frescos vestidos de muselina y se apresuraron a bajar a desayunar.
Latasha terminaba de beber su café, cuando un ayuda de campo acudió a decirle que el jefe de jardineros la esperaba, como le había pedido.
Sólo lo hizo esperar unos pocos minutos.
Encontró que era un hombre de edad, que tenía muchos años trabajando en el palacio.
Para su alivio, era una persona que conocía mucho de flores y hierbas.
—Lo que deseo de usted —le dijo, hablándole en su propio idioma—, es una planta que crece silvestre en Inglaterra y es una hierba perenne común.
Vio que el hombre la escuchaba con atención y continuó:
—Es una variedad silvestre de crisantemo, pero no sé cómo la llaman en este país. Tiene hojas verde amarillo.
El jefe de jardineros murmuró la palabra «crisantemo», varias veces. Entonces dijo:
—Creo que sé a qué se refiere, milady. Venga conmigo.
La hizo cruzar varios prados llenos de flores.
Entonces abrió una puerta de hierro, que Latasha vio que conducía a lo que parecía ser un huerto.
Había árboles frutales en floración.
La hierba bajo ellos estaba brillante, con flores silvestres.
Creciendo en uno de los muros del jardín que acababan de dejar, había ramas de la planta que ella buscaba.
Latasha lanzó un grito de alegría.
Vio el asombro del hombre cuando corrió hacia ella.
—¡Ésta es la que quiero! —exclamó—. Es lo que curará la migraña de Su Alteza Real.
Le pareció que el jefe de jardineros no le creía y añadió:
—Le aseguro que mi madre se la dio a cientos de personas que sufrían de dolores de cabeza y migraña, y todos sanaron.
Entonces empezó a buscar las hojas más pequeñas, que apenas estaban surgiendo.
«El aire era muy cálido en esa parte del mundo, —pensó—, porque lo que en Inglaterra apenas surge hasta otoño, aquí está ahora en plena floración».
No se equivocaba.
Las hojas de la planta brotaban de las ramas.
Encontró seis pequeñas y dijo al jefe de jardineros:
—Le prometo que Su Alteza Real se beneficiará con ellas y es esencial que las consuma todos los días.
—Haremos cualquier cosa, milady, por ayudar a Su Alteza Real a recuperar la salud —respondió el jefe de jardineros—. Lo recuerdo de pequeño, lleno de energía y más fuerte que cualquier niño de su edad. Es muy triste para nosotros verlo ahora.
—Si hace lo que le digo, será un hombre diferente en corto tiempo —afirmó Latasha.
Con las hojas en una mano, regresó por donde habían llegado. Al salir al jardín, miró hacia los árboles.
Muchos de ellos rara vez los había visto en Inglaterra.
Entonces, mientras el jefe de jardineros la conducía de vuelta a palacio, ella lanzó una exclamación:
—¿Qué árbol es ése? —preguntó.
Era un árbol muy grande, con aspecto de viejo.
Sus hojas, de un verde muy brillante, tenían una forma extraña. Eran casi como pequeños abanicos o adornos de un vestido femenino.
El jefe de jardineros sonrió.
—Es un árbol que trajo hace muchos años de China el abuelo de Su Alteza Real.
—¡China! —exclamó Latasha.
—Fue un gran viajero —continuó el jefe de jardineros— y trajo muchas plantas raras. Las orquídeas eran sus favoritas, pero hay uno o más árboles como éste.
—¿Sabe cómo se llama?
—Ginkgo Biloba —dijo el jefe de jardineros—. Y con frecuencia nos reímos de lo gracioso de su nombre.
—He oído hablar de él, y de hecho, es un árbol maravilloso —exclamó Latasha—. En la antigua China se cultivaba en los templos y santuarios y por lo tanto se le consideraba casi sagrado.
—Nunca antes había oído eso —repuso el jardinero—. Pero uno vive y aprende.
—Lo que es más importante —continuó Latasha—, es que sus hojas tienen grandes poderes curativos. Dan fortaleza a quien las come y viven mucho más tiempo de lo habitual los seres humanos.
—¡Vaya, nunca lo habría imaginado! Siempre me pareció un árbol bonito, pero nadie me había dicho eso de él.
—Lo que necesitamos en seguida son las hojas tiernas que deben entregarse al cocinero todos los días —continuó ella—. También las semillas, que tienen una pelusilla como cera, del color del durazno plateado.
El jefe de jardineros la miró asombrado.
—¿Está diciendo, milady, que Su Alteza Real también va a comerse las hojas de este árbol?
—No sólo las hojas, sino también las semillas. El cocinero las mezclará en su comida para que ni siquiera lo note, y aproveche la ventaja de tragarlas.
El jefe de jardineros la miró.
Era evidente que sospechaba que decía tonterías o que le jugaba una broma.
Entonces, debido a que estaba impresionado por el árbol mismo, pensó que tal vez ella decía algo que él nunca antes había sabido. Latasha le mostró el tamaño de las hojas que deseaba en especial. Entonces le dijo que buscara los granos de polen.
El prometió que lo haría personalmente y no confiaría en alguno de sus ayudantes.
—Si realmente va a ser una ayuda para Su Alteza Real —repuso—, sabe que haré cualquier cosa para que mejore.
—Recuerdo haber escuchado que hace ya trescientos cincuenta años se reconocía en China que tenía efectos sorprendentes en el cuerpo humano.
Latasha suspiró antes de continuar:
—Mi madre siempre anheló que tuviéramos un árbol Ginkgo Biloba, pero por desgracia no conocíamos a nadie que viajara a China y pudiera llevarnos uno.
—Éste ha crecido mucho y se ha puesto más fuerte desde su llegada —habló con orgullo el jefe de jardineros.
—Ahora hará los milagros que, he sabido, puede hacer —declaró Latasha—. Y el primero será volver a Su Alteza Real tan fuerte y saludable como solía ser.
Cortó algunas hojas y ordenó al jardinero que cortara otras más. Entonces regresó corriendo al palacio.
No buscó a la Princesa Amalie, sino que se dirigió en seguida a los aposentos de Su Alteza Real.
El ayuda de campo que estaba afuera de la habitación, la miró con sorpresa.
—Deseo ver a Su Alteza Real enseguida —ordenó Latasha.
—Su Alteza Real no ha terminado de desayunar, milady, y nunca recibe a nadie tan temprano.
—Dígale que debo verlo, que es de máxima importancia.
Renuente, el ayuda de campo desapareció tras la puerta.
Ella esperó afuera, impaciente, pero no debió esperar mucho. El ayuda de campo regresó con aspecto sorprendido.
—Su Alteza Real la recibirá, milady —indicó—, pero lamenta que todavía no está vestido.
—Eso no importa —respondió Latasha y entró.
El príncipe estaba sentado en un sillón, y a su lado, en una mesa, estaba su desayuno.
Vestía una bata y una pañoleta de seda en el cuello.
Levantó la mirada mientras ella se acercaba sonriente.
—Tengo entendido que deseaba verme con urgencia —apuntó.
—Así es —afirmó Latasha—. Encontré dos cosas milagrosas en el jardín, que le quitarán los malestares y el dolor y lo sanarán.
—Sólo espero que sea verdad —ansió el príncipe—. Pero debo admitir que dormí toda la noche sin despertar.
—Le daré de nuevo un masaje en la cabeza dentro de unos minutos —declaró Latasha—. Pero primero déjeme contarle lo que encontré.
Hablaba emocionada.
El príncipe tenía un brillo divertido en la mirada.
—Adelante.
—Primero —indicó ella—. Su Alteza Real debe comer esto. Extendió la mano donde llevaba las seis hojas pequeñas.
—¿Qué son? —preguntó él.
—Son de una planta que se usa en Inglaterra para curar casi al instante los dolores de cabeza y la migraña. Si las come todos los días, como le he indicado al jardinero, no tendrá más ese problema.
—Anhelo creerle —confió el príncipe—, pero me resulta difícil pensar que, lo que dice, pueda ser verdad tan rápido.
—Le juro que no exagero —afirmó Latasha—. Así que coma esto antes de decir algo más.
El príncipe tomo las hojas y las comió una por una.
—Saben como hojas de lechuga —dijo.
—Pero tienen el poder de curarlo de la migraña, lo que las lechugas no tienen —indicó Latasha.
—¿Y ahora, qué más? —preguntó el príncipe mientras miraba las otras hojas que ella sostenía.
—Me preguntaba cómo pudo haber estado en su jardín el árbol más antiguo del mundo, que data de hace millones de años, sin que se diera cuenta de ello. El príncipe la miró.
—¿De qué árbol habla?
—Del Ginkgo Biloba —respondió Latasha—. Apenas si podía creer lo que veía cuando observé sus hojas que, como puede ver, son diferentes de cualquier otra. Mi madre me había hablado de él con frecuencia.
El príncipe continuaba mirándola.
—Sé a qué árbol se refiere —comentó—. Mi abuelo lo trajo de China. Ha crecido bien en el jardín, pero nunca pensé que tuviera alguna importancia especial.
—Tampoco su jefe de jardineros. Pero yo le dije, como se lo digo a usted ahora, que en China lo cultivaban en sus templos y santuarios. No sólo aparece en la literatura por primera vez desde el siglo once, sino también en sus pinturas.
—Eso sí que es una sorpresa para mí, pero ¿por qué es tan importante?
—Por sus cualidades curativas —expresó ella—. Los chinos creían que fortalecía el cuerpo y el cerebro a quienes lo tomaban.
El príncipe lanzó una risilla.
—¿Realmente crecía en mi jardín, y yo sin idea de ello?
—Debe estarle eternamente agradecido a su abuelo. Mi madre siempre supo que las hojas del Ginkgo Biloba ayudan a que la sangre circule por todo el cuerpo y llegue hasta las manos, los pies y el corazón.
—Así que después de todos esos miles de años, yo voy a comerme el árbol Ginkgo Biloba —respondió el príncipe.
—Tal vez de momento ría de la idea —repuso Latasha—. Pero muy pronto se sentirá muy agradecido de lo que hará por usted. Por eso deseo que envíe ahora por el cocinero y me permita explicarle que usted requiere que lo incluya todos los días en su comida.
Lo dijo con firmeza, como si diera una orden.
Entonces se dio cuenta del brillo divertido en los ojos del príncipe. Lo miró y se rió.
—Está bien —asintió—. Sé que me comporto como una muy latosa niñera. Pero debe ponerse bien. Es ridículo, a su edad, no poder hacer todas las cosas que hombres como su amigo el duque sí pueden.
—Tiene razón —admitió el príncipe—. Cuando pienso en Harry, haciendo esos grandes saltos que siempre le gustaron, me enfurezco de no poder hacerlo más.
—Si hace lo que le pido le prometo que en pocos días también estará saltando en uno de esos espléndidos caballos, como el que acabo de montar —expresó en voz suave.
—¿Me jura que no es sólo una vana ilusión y que no despertaré sintiéndome peor que antes?
—Creo que si es sincero, admitirá que se siente mejor esta mañana porque logró dormir profundamente.
—Es verdad.
—Bueno, debe confiar en mí. Permitió que anoche le quitara el dolor con el masaje y deseo hacerlo de nuevo esta mañana, antes de que inicie su día. Pero primero debemos hablar con su cocinero.
El príncipe se rió.
—Veo, Lady Gloria, que está acostumbrada a salirse con la suya.
—Sólo cuando se trata de gente que no puede cuidarse sola.
—¿Y piensa que yo no puedo hacerlo?
—No por el momento —respondió Latasha—. Y si hay algo que detesto, es ver a un hombre fuerte derrotado por una enfermedad, cuando puede curarse con hierbas y otros productos de la naturaleza.
Lo dijo muy en serio.
Una vez más, los ojos del príncipe brillaron divertidos.
—Es demasiado joven y hermosa para preocuparse por la demás gente —repuso—. ¿Por qué, como las demás mujeres, no sólo piensa en sí misma?
—Supongo que es culpa de mi madre por tener un famoso Jardín de Hierbas, y permitirme ayudarla a sanar a la gente que acudía a ella, cuando todos los doctores habían fallado. Y siempre se iban sanos y felices, porque ella sabía lo que necesitaban.
—Entonces sólo puedo decir que estoy muy agradecido de que haya venido a Odessa —afirmó el príncipe—. Si puede volverme de nuevo un hombre completo, pondré mi reino a sus pies.
—Tal vez lo que le pida sea uno de sus espléndidos caballos, pero sólo si sana lo suficiente para competir en una carrera conmigo, como hace poco lo hice con el Príncipe Stefan.
—Eso es un reto —repuso él.
Mientras lo decía, tiró de la campanilla que estaba a su lado.
Se abrió la puerta y cuando el ayuda de campo apareció, le ordenó:
—Dígale al cocinero principal que deseo hablar con él.
El ayuda de campo hizo una inclinación y se retiró. Al hacerlo, miró a Latasha con sorpresa.
Era evidente que no esperaba que el príncipe aceptara verla tan temprano.
Y todavía le sorprendía más, que después de estar un buen rato con él, todavía continuara ahí.
El cocinero era un hombre como de treinta años.
Latasha se enteró, antes de que llegara, que había sido entrenado en Francia.
—Tiene algo de sangre francesa —le explicó el príncipe—. Y cuando me di cuenta de lo ambicioso que era, en cuanto a la preparación de mi comida, lo envié a un curso durante un año, con uno de los chefs más famosos de París.
—Mi padre decía que la mejor comida del mundo era la francesa —declaró Latasha—. Y siempre insistía en que tuviéramos en casa a un francés a cargo de la cocina.
Al decirlo, temió haber cometido una indiscreción.
El príncipe podría recordar que eso sucedía en la casa de su amigo Harry.
Se había hospedado ahí cuando ambos estudiaban en Oxford. Por fortuna, el cocinero llegó en ese momento.
El príncipe le explicó la alegría de Lady Gloria, al encontrar que había un árbol Ginkgo Biloba en el jardín.
El cocinero escuchó con atención.
Latasha apreció el hecho de que no fuera como tantos cocineros tan «inflados» de su propia importancia, que no querían aprender ni saber nada nuevo.
Ella le dijo, como le comentó al príncipe, la reputación de que gozaba ese árbol en China.
Le mostró las hojas.
El admitió que sería muy fácil incorporarlas, así como las semillas, a la comida, sin que nadie se diera cuenta de ello.
También las mezclaría en la ensalada que servía al príncipe.
—Es difícil, milady —dijo—, porque Su Alteza Real come muy poco ahora. Intento animarlo con platillos que tienen un sabor delicioso.
—Eso supuse que hacía —declaró ella—. Pero creo que pronto Su Alteza Real estará de nuevo disfrutando de su comida.
Entregó al cocinero las hojas que cortó del árbol Ginkgo Biloba. Le dijo que el jefe de jardineros le daría cuantas hojas pidiera.
—No necesito decirle que siempre es importante, cuando se usan hierbas para evitar el dolor o mejorar el valor nutritivo de la comida, que sean tan frescas como sea posible.
—Lo entiendo, milady —asintió el cocinero—. Y le aseguro que todo lo que se usa en mi cocina es tan fresco como es humanamente posible conseguir.
—Una cosa más —comunicó Latasha—. Su Alteza Real debe tomar dos cucharadas grandes de miel cada mañana y noche.
—¡Me pondré gordo como un cerdo! —protestó el príncipe.
—Bien puede permitirse aumentar unos cuantos kilos —le espetó Latasha.
—Nuestra miel es muy buena —afirmó el cocinero—. Su Alteza Real disfrutará su dulzura.
—¿,Qué más puede pedir? —preguntó Latasha.
Se reía y el príncipe también.
—¡Me doy por vencido! —exclamó él—. Las niñeras siempre saben más.
—Se lo probaré en dos semanas —respondió Latasha.
—¡Es un reto! —declaró el príncipe.
—Tal vez le cueste un caballo —le recordó Latasha.
—O algo tal vez más valioso —repuso el príncipe.
Ella se preguntó a qué se refería.
El cocinero parecía bastante incómodo durante ese intercambio verbal.
—Estoy esperando ansiosa la hora del almuerzo —le dijo Latasha—. Y me gustaría decirle cuánto disfruté sus deliciosos platillos en la cena de anoche.
Encantado por el halago, el cocinero se inclinó y se dirigió hacia la puerta.
Latasha miró al príncipe.
—¿Puedo darle ahora un masaje —preguntó—. O ya está harto de mí?
—Sabe que me sería imposible decir otra cosa que no sea lo agradecido que estoy por las molestias que se toma por mí —le respondió el príncipe—. Aun cuando no me duele la cabeza, me gustaría sentir el cerebro un poco más claro de lo que está en este momento.
Latasha se puso en pie y caminó hacia atrás del sillón del príncipe. El inclinó la cabeza hacia atrás.
Ella puso sus dedos sobre su frente, como la noche anterior. Entonces empezó a moverlos con suavidad, pero con firmeza.
Al hacerlo sintió surgir una extraña sensación en su interior. Era algo que nunca antes había sentido.
No comprendía qué era o por qué estaba ahí.
Sólo sabía que deseaba con todo su corazón hacer que el príncipe volviera a estar fuerte y sano.
Como debió ser cuando él y Harry eran tan felices juntos.
—No me vaya a hacer dormir —comentó el príncipe, unos minutos después.
—Intentaré no hacerlo —repuso ella—. Pero anoche estaba muy cansado y con dolor, y era mejor dejarlo inconsciente.
—Me resultó difícil creer, cuando desperté esta mañana, que no me hubiera movido de donde me dejó. Me gustaría pensar que me cuidó toda la noche.
Latasha rió.
—Eso lo hace su ángel de la guarda. Estoy segura de que por eso estoy aquí y que me enviaron desde el cielo para salvarlo de sí mismo.
Lo dijo en tono ligero, pero el príncipe comentó:
—Tiene razón. Sólo Dios sabe lo que sucederá en el futuro con nuestro país, si no puedo salvarlo.
—Estoy segura de que lo hará —aseveró Latasha—. Es algo en lo que debe creer, igual que cree que lo que hago lo pondrá bien.
—Eso es fácil —indicó el príncipe—. Creo en usted y confío en usted. ¿Me permite decirle que es diferente de cuanta persona he conocido durante toda mi vida?
Latasha no respondió.
Se limitó a continuar dándole un suave masaje durante casi diez minutos.
Entonces ella declaró:
—Estoy segura que le resultará fácil pensar con más claridad, en especial porque las hojas que comió ya están funcionando.
—Siento la cabeza más ligera y clara de lo que la había sentido desde hace mucho tiempo —admitió él—. ¿Cuándo volverá a verme?
—Voy a darle a su hermana una lección de inglés mientras recorremos el palacio —observó Latasha—. Pero sé que ambas disfrutaríamos almorzar con usted, si es posible.
El príncipe sonrió.
—Lo haré. Las espero a ambas a la una.
Latasha le sonrió.
Le hizo una muy graciosa reverencia y salió de la habitación.
Se percató, sin necesitar mirar atrás, que los ojos de él la siguieron hasta que cruzó la puerta.
Mientras el ayuda de campo la miraba, como en espera de una explicación, se alejó apresurada en busca de Amalie.
La joven se mostró muy dispuesta a mostrar el palacio a Latasha. Admiraron las pinturas, la porcelana y la maravillosa colección de antiguas cajitas de rapé.
Amalie aprendía el nombre en inglés de todo lo que le gustaba. Llegaron a la biblioteca, que era enorme y bastante impresionante. Latasha lanzó una exclamación de placer.
—¡Mire todos, esos maravillosos libros! —exclamó—. Sólo desearía tener tiempo para leerlos todos.
—Algunos le resultarían muy aburridos —respondió la Princesa Amalie.
—Y muchos otros muy interesantes —añadió Latasha.
Tomó un libro sobre Grecia, de uno de los anaqueles.
Le mostró a Amalie ilustraciones de diosas y de templos.
—Ésa se parece a usted —repuso la joven, señalando a Afrodita.
—¡La Diosa del Amor! —exclamó de nuevo Latasha—. Sólo desearía que fuera verdad.
—Es usted tan bella —indicó Amalie—, que debe tener montones de enamorados.
—Lo que yo busco —respondió Latasha—, y también debe buscar, es al hombre que la amará con todo su corazón y usted lo amará de la misma manera. Eso es lo que hace un matrimonio feliz.
—Pero yo soy de la realeza —declaró Amalie—. Y deberán casarme con alguien que sea una ayuda para el país.
—Lo sé —admitió Latasha—. A la vez, algunos matrimonios arreglados son muy felices.
—Cuando Kraus dijo a Stefan que debía casarse con una inglesa, él se enojó mucho —respondió Amalie—. Afirmó que no deseaba casarse con nadie.
—Espero que algún día cambie de opinión —comentó Latasha.
Amalie lo pensó un momento y entonces agregó:
—Creo que a Stefan le gustaría conocer a muchas damas bonitas antes de «sentar cabeza», como lo llama Kraus, con una esposa y una familia.
Latasha sabía que era verdad.
Sin embargo, consideró que sería un error decir demasiado a Amalie.
Resultaba evidente que la jovencita era lo bastante inteligente para darse cuenta de lo que sucedía en Odessa.
Antes de que pudiera decir más, Amalie continuó:
—¿Realmente cree que si Stefan no se casa con una princesa inglesa, los rusos vendrán y nos arrojarán del palacio?
Había un inconfundible temor en los ojos de Amalie.
Latasha habló con rapidez.
—Estoy segura de que nada de eso sucederá.
—Pero si Stefan dice «no» a la Reina de Inglaterra, entonces ella no nos protegerá de los rusos.
Latasha pensó que no era correcto que estuviera tan preocupada por ese asunto en particular.
No tenía caso decir a Amalie que era algo falso, cuando ella había escuchado a sus hermanos discutir el asunto.
Tal vez ellos no se habían percatado de su presencia.
—Vamos a mirar la Galería de Pinturas —sugirió—, pero debo regresar a la biblioteca a buscar algunos libros que leer.
Amalie lanzó una exclamación.
—¡Ahí hay un libro que le agradará, porque es inglés y se refiere a su amigo!
Amalie tomó un libro de unos de los estantes altos.
—Kraus trajo este libro de Inglaterra y me dijo que trataba de la gente con la que se había hospedado. Fue la primera vez que vi un árbol genealógico tan antiguo como el nuestro.
Amalie entregó a Latasha el libro del que hablaba.
De un vistazo, ella se dio cuenta de que era la historia de los Norlington.
Harry debió darlo al Príncipe Kraus en cuanto se volvió a publicar. Eso fue justo después de que su padre murió, y Harry recibió el título de duque.
Tomó el libro de manos de Amalie y declaró:
—Qué amable al mostrármelo y disfrutaré leyéndolo. Ahora debemos encontrar un libro para usted y, por supuesto, debe estar escrito en inglés.
—Me gustaría un cuento de hadas —comentó Amalie—. Mi última institutriz dijo que yo era muy grande para ellos, pero me gustan los cuentos de hadas.
—A mí también —admitió Latasha—. Estoy segura de que debe haber alguno por aquí.
Encontraron una muy antigua edición de los cuentos de hadas de Grimm.
Latasha lo llevó al salón de estar, que compartía con Amalie. Se acababan de sentar a leer, cuando entró el Príncipe Stefan.
—Deseo hablar con usted, Lady Gloria —declaró—. Amalie, ve a jugar al jardín hasta que te llame.
Su hermana se puso en pie, renuente.
Dejó el libro que estaba leyendo.
—Estoy tomando mi lección de inglés, Stefan —espetó—. Y no debiste interrumpirnos.
—No voy a quitar mucho tiempo a Lady Gloria —aseguró él—. Además, tu inglés ya ha mejorado.
Amalie le sonrió.
—Será tan bueno como el tuyo —aseguró—. Entonces no podrás reírte de mí.
Salió de la habitación.
Latasha miró interrogante al Príncipe Stefan.
—¿De qué se trata? ¿Qué sucede?
—Acabo de leer un reporte inquietante —confesó él—, de uno de nuestros generales, que no desea preocupar a mi hermano.
—¿Qué tipo de reporte?
—Piensa que los rusos están poniendo especial atención en Odessa, debido a que somos muy prósperos, en comparación con otros principados de esta área. Y que, por tanto, harán todos los esfuerzos por apoderarse del país.
Latasha eligió sus palabras con cuidado.
—El Duque de Norlington me indicó, antes de venir, lo preocupados que estaban ustedes. Me pidió que cuando regresara le contara cómo había visto la situación —informó.
—Bien, puede decirle que todos estamos muy asustados. Pero me atrevo a decir que Norlington le contó que si me caso con alguna familiar de la Reina Victoria, entonces estaríamos a salvo.
—Creo que eso mismo aplica a muchos principados de Europa —respondió evasiva Latasha.
—Lo que deseo preguntarle es qué puedo hacer en esta situación. No deseo casarme con una inglesa a la que nunca he visto y que, sin duda, será muy poco atractiva.
Al decirlo, recordó que Lady Gloria era inglesa.
Por lo tanto, sus palabras habían sido bastante groseras.
—A lo que me refiero —rectificó con rapidez—, es que si fuera tan hermosa como usted, ya la habría elegido, aunque ella no deseara aceptar a un oscuro príncipe como marido.
Latasha rió.
—Hace que suene muy poco atractivo. Estoy segura de que los matrimonios que Su Majestad ha arreglado en otras partes de los Balcanes, han sido, por lo general, sumamente felices.
—Es lo que dicen —respondió el Príncipe Stefan—. Si me lo pregunta, creo que tratan de sacar el mejor partido a un mal asunto. Pero eso no es problema mío. Lo que me preocupa es mi propia vida, y por el momento no deseo casarme con nadie.
—Puedo entenderlo —asintió Latasha—. Pero debe pensar en su país.
—Eso es asunto de Kraus, mientras esté con vida. Sólo le pregunto cómo puedo zafarme de verme atado a una esposa inglesa cuando deseo ser libre.
—Ésa, por supuesto —dijo Latasha— es una decisión que yo no puedo hacer —afirmó ella—. Cuando regrese a Inglaterra le diré al duque lo que usted siente y tal vez él pueda pensar en una mejor manera de salvar a su país.
—No es mi intención ser grosero —repuso el príncipe—, pero ¿puedo preguntarle cuándo regresará?
—Creo que después de lo que me ha dicho, será tal vez el fin de esta semana o a principios de la siguiente. Sólo vine a hacer una breve visita.
El príncipe le sonrió.
—Es muy bondadoso de su parte tomarse esa molestia por mí, pero para decir la verdad, deseo disfrutar mi vida mientras soy joven. Una esposa celosa sería sin duda una molestia.
Latasha se rió.
—Eso es verdad, sin duda —aseguró.
El príncipe miró hacia la puerta.
—Por favor, ayúdeme —murmuró—. Todos me presionan. El Lord Chambelán, mis familiares, incluyendo a Kraus, para que envíe una petición a la Reina Victoria.
Latasha lo pensó un momento y entonces declaró:
—No lo haga durante unos cuantos días. Vamos a darnos tiempo para pensar. Si continúan molestándolo, dígales que hablen conmigo.
Hizo una pausa durante un momento antes de agregar:
—Al menos sé lo que sucede en Inglaterra y puedo decirle una cosa: a la Reina Victoria le está resultando muy difícil encontrar suficientes novias para las grandes demandas de los Balcanes.
El Príncipe Stefan pareció sorprendido, pero no habló.
—Lo que resultaría un error, sería que los rusos supieran que la petición de usted ha sido rechazada —continuó Latasha—. Entonces no habría nada que impidiera que atacaran este país y se apoderaran de él.
El Príncipe Stefan la miró.
—Comprendo lo que quiere decir y, por supuesto, tiene toda la razón. Haré lo que dice y ganaré tiempo. Pero, por supuesto, estoy tan preocupado por Odessa como lo está Kraus. Es nuestro país. ¿Cómo vamos a permitir que los rusos tomen el control de él?
—Claro, ¿por qué? —indicó Latasha—. Es lo que ya han hecho en varios otros países, y no hay algo que les impida hacerlo de nuevo, excepto la Reina de Inglaterra.
El príncipe hizo un gesto de impotencia con las manos.
—Me hace sentir como si estuviera atado —repuso.
—Sólo haga lo que le diga, espere y vea —respondió Latasha—. Los milagros pueden suceder cuando menos los esperamos y todo lo que podemos hacer por el momento es rezar por un milagro.
El príncipe suspiró.
—Es usted admirable —comentó—. Y le estoy muy agradecido.
—Todo lo que hago por el momento es tratar de devolver a su hermano la fuerza y la salud —afirmó Latasha.
—Me temo que eso es imposible —respondió el príncipe—. Los doctores me han dicho que nada hay más que puedan hacer.
Latasha sonrió.
—Espere y vea. Disfruto probando que los doctores están equivocados.
—Espero que pueda hacerlo. Siempre es igual. Cuando las cosas salen bien se apoderan de todo el crédito, pero cuando van mal dicen que es la voluntad de Dios y que no pueden hacer nada al respecto.
—Bueno, yo intentaré probar que están equivocados —aseveró Latasha—. Pero debe darme un poco de tiempo para hacerlo.
El príncipe caminó hacia la puerta.
—Demos otro paseo a caballo después del almuerzo —sugirió—. Lo único que aleja mi mente de todos estos problemas y desdichas, es un caballo muy veloz.
—Estoy de acuerdo con usted y segura de que a Amalie le encantará cabalgar de nuevo.
El príncipe le sonrió y agitó una mano.
Entonces desapareció.
Latasha caminó hacia la ventana.
Podía ver a Amalie sentada en el jardín, junto a la fuente. Pensó en lo tranquilo que se veía todo.
Lo hermosas que eran las flores, las aves y la luz del sol.
¿Cómo era posible que los rusos llegaran en cualquier momento y lo destruyeran todo?
La idea le había parecido irreal en Inglaterra, y aun ahí le parecía improbable.
«No lo creo y no deseo creerlo», se dijo Latasha.
A la vez, había una nube oscura en algún lugar del horizonte que podría con facilidad ocultar el sol.