Capítulo 2

Durante un rato más permanecieron charlando y riendo. Entonces el duque dijo:

—Ahora seamos sensatos. He estado pensando que, aun cuando hemos hecho toda una historia con esto, con toda franqueza la respuesta es ¡no! No irás a Odessa como institutriz. O vas de visita como tú misma conmigo, o como futura esposa del Príncipe Stefan.

La manera en que lo dijo fue muy diferente de como habían estado charlando minutos antes.

Al mirar a su hermano, Latasha se dio cuenta de que hablaba en serio.

—Creo que eres un latoso —dijo— y no muy cooperativo con tu amigo —expresó—. Pero si estás absolutamente decidido a negarte a dejarme ir como institutriz, ya pensaré en otro modo.

El duque gruñó.

—Todo lo que piensas son locuras —aseguró—. Y no voy a hacerles caso.

—Bueno, escucha esto —comentó—. Creo que es un buen plan. El duque sonrió, pero prestó atención a lo que ella decía:

—Creo que tal vez tengas razón en que no debo ir como una institutriz común y corriente, porque podrían tenerme encerrada en el salón de clases y no podría ver mucho al príncipe ni a nadie más.

—Es la primera cosa sensata que dices —indicó el duque.

—Así que, ¿por qué no —continuó Latasha, como si él no hubiera hablado— voy a poder ir como alguien con la importancia suficiente para que ellos se dignen recibirme, pero no con suficiente sangre real como para casarme con el príncipe?

—No comprendo —inquirió el duque.

—Es muy sencillo. Le escribes al Príncipe Kraus y le dices que es muy difícil por el momento encontrar a una institutriz con experiencia y que eso, obviamente, llevará tiempo. Que una gran amiga nuestra, que vive cerca, está deseosa de conocer Odessa después de todo lo que ha oído de ella. Que estaría encantada de ir y quedarse unas cuantas semanas, y darle a la princesa lecciones de inglés mientras está ahí.

El duque miró fijamente a Latasha.

—¿Y quién sugieres que vaya?

—No seas tonto —respondió Latasha—. Seré yo, pero no iré como yo misma. Ahora, déjame pensar.

Hizo una pausa mientras cavilaba.

Entonces expresó:

—Me llamaré Gloria, que suena como el tipo de nombre que impresionaría a los odessanos. Lady Gloria Ford, hija del Conde de Ranford, ¡que es gran amigo tuyo!

—Creo que cada momento te vuelves más loca —afirmó el duque—. ¿Realmente crees que puedes engañarlos con un título falso?

—Por supuesto que puedo —aseveró ella—. ¿Supones que no tienen algo mejor que hacer que sentarse a buscar mis antecedentes en el Libro de Títulos de la Nobleza Inglesa? Si tú recomiendas a la hija del Conde de Ranford, ¿por qué no van a estar más que complacidos de aceptarla?

El duque se llevó una mano a la frente.

—Intento pensar con claridad —declaró—. Y es muy difícil hacerlo mientras haces sugerencias locas, una tras otra.

—Pero ésta no es una locura —insistió Latasha—. Y debí pensarla antes. Por supuesto, tienes razón. Si voy como institutriz, me ignorarán por completo excepto mientras doy clases a la niña.

—Creo que eso es muy cierto —apuntó.

—Muy bien —dijo Latasha—. Tienes razón, en tal caso iré como alguien que es casi tan importante como yo misma. Alguien de buena cuna, pero no de la realeza y, por lo tanto, que no sea útil para su principesco amigo, excepto porque hablo inglés y conversaré con su hermana, mientras espío para ver qué más sucede en el palacio.

El duque sintió que tenía que admitir que eso tenía algo de sentido común.

—Pero no puedes viajar sola —opinó, como decidido a encontrar alguna falla.

—No, por supuesto que no —respondió Latasha—. Lady Gloria viajará con su doncella y un muy respetable guía. Dos, si lo prefieres.

—¿Y quién será tu doncella? —interrogó el duque—. Ya sabes cómo chismorrean los sirvientes. No dudaría en apostar que en menos de media hora después de tu llegada al palacio, sabrían que eras una impostora espiando en sus asuntos, y que en realidad eres mi hermana. ¡Y eso no lo voy a permitir!

—Ahora te muestras como un tonto sólo para salirte con la tuya —repuso Latasha en tono brusco—. Por supuesto que no tengo intenciones de llevarme a mi doncella, que admito es una chismosa incorregible. Me llevaré a Nanny. Sabemos que a ella podríamos confiarla nuestras vidas. Haría cualquier cosa por nosotros, sólo porque nos quiere mucho.

El duque guardó silencio.

Sabía que Latasha decía la verdad.

Nanny haría cualquier cosa por él o por cualquiera de la familia. Había estado con ellos desde que nació Helen.

Era imposible pensar en la casa sin ella.

—Supongo que a Nanny no le importará ir —expresó con tono dudoso.

—Le encantaría —admitió Latasha—. El otro día comentó que lamentaba no haber viajado más en su vida. Y le prometí que la próxima vez que yo fuera a París o a cualquier otro lado, la llevaría conmigo. Por supuesto, yo pensaba en una corta visita, mientras que ésta será un poco más larga.

Miró a su hermano desafiante antes de añadir:

—Por otro lado, si me resulta demasiado horrible, regresaré a casa en seguida. Siempre puedes enviarme un telegrama diciendo que alguien de mi familia murió y debo asistir a su funeral.

El duque levantó las manos.

—Todo el asunto es demasiado complicado para mí —declaró—. Creo que lo mejor sería decir a Kraus, de manera directa, que no puedo ayudarlo.

—Sabes que no tienes intenciones de hacer algo parecido. El Príncipe Kraus ha sido siempre uno de tus mejores amigos y no puedes fallarle. Además, sabes tan bien como yo que el tipo adecuado de institutriz será difícil de encontrar, y no deseamos enviarle una inútil.

—¿Supones que yo me dedicaré a buscar esa institutriz mientras tú te vas de paseo a Odessa de incógnito? —preguntó él.

Latasha aplaudió.

—¡Al fin lo has entendido! —exclamó—. ¿No ves que es la solución tanto a tu problema como al mío?

Se hizo un silencio.

Entonces el duque comentó:

—Supongo que hay cierta posibilidad de que puedas sacar algo de ello, si no lo echas a perder y armas un lío.

—No me arriesgaría a armar un lío cuando hay tanto en juego —respondió Latasha—. Me refiero a que es mi predicamento. El duque no habló y ella continuó:

—Si el Príncipe Stefan es tan encantador como supones, entonces pensaré en casarme con él. Pero si, como sospecho, va a ser como el marido de Helen, tal vez no tan malo porque no es alemán, entonces sólo regresaré a casa y seguiré rezando porque Su Majestad, la Reina Victoria, se olvide de que existo.

—Creo que eso es probable —refirió el duque—. Pero el Marqués de Salisbury es un hombre muy inteligente y astuto. Estoy seguro de que se va a la cama por las noches pensando quién más está disponible para casarse con algún gobernante de los Balcanes. Es sólo cuestión de tiempo para que piense en ti.

—Lo haces sonar todavía más desagradable de lo que ya es —se quejó Latasha.

Lo dijo con un tono diferente al que había usado antes.

—Perdóname, querida —repuso el duque—. Estoy realmente muy preocupado y sabes, por mucho que bromees sobre ello, que deseo tu felicidad más que nada en el mundo.

—Entonces entiendes que no puedo ser empujada a los brazos de un hombre que jamás he visto —respondió Latasha—. Sería mucho más fácil casarme con el Príncipe Kraus, de quien al menos sé algo, porque tú hablas con frecuencia de él.

—Veo tu razonamiento —declaró el duque—. En mi opinión, Kraus sería una pareja perfecta para ti. Es uno de los hombres más agradables que jamás he conocido.

—Pero como está preparándose a morir, eso no ayuda mucho, ¿no es cierto? —preguntó Latasha.

El duque cruzó la habitación y regresó.

—Supongo que deberé acceder a tu optimista plan de hacerte pasar como una amiga de la familia —aceptó renuente.

—¡Me creerán, por supuesto que me creerán! —exclamó Latasha—. Y te prometo que si voy como Lady Gloria Ford y encuentro que me agrada el Príncipe Stefan, lo aceptaré. Sería mucho mejor que regresar a casa y sentirme aterrada cada vez que toquen a la puerta por si es una carta del Marqués de Salisbury.

—Si eso sucediera será para traer una orden para mí de que vaya al Castillo de Windsor —repuso el duque—. Entonces será muy difícil que les diga que no tengo una hermana hermosa, en edad casadera.

—Tienes suerte de que no haya tronos en los Balcanes ocupados por mujeres gordas y feas, que necesiten un agradable marido inglés —comentó Latasha—. Todo el asunto es muy injusto, pero ahora que hemos pensando en una solución, al menos por el momento, siéntate y escribe tu carta al Príncipe Kraus, mientras voy a hablar con Nanny.

Se levantó al hablar.

Entonces se dirigió hacia su hermano, lo abrazó y lo besó en una mejilla.

—Debes ayudarme en esto —expresó—. Dios sabe cómo terminará el asunto, pero al menos nos tenemos uno al otro.

El duque la ciñó contra él.

—Sabes que haría cualquier cosa por ti.

Latasha lo besó de nuevo.

Entonces ella agregó:

—Ahora escribe tu carta y yo iré a ver Nanny.

Subió a la sección infantil, donde Nanny dormía y vivía desde que ellos eran unos niños pequeños.

Aun cuando tenía más de sesenta años, Nanny todavía se veía comparativamente joven.

Le interesaba todo lo que sus «niños» hacían.

Latasha sabía que, aunque no lo decía, temía el día en que ella se casara y abandonara Norlington Park.

Cuando cruzó la puerta de la sección infantil, Nanny levantó la mirada.

Tejía en crochet una punta de encaje para las orillas de las toallas faciales.

Lo hacía con mucha habilidad.

—Me preguntaba cuándo vendría a verme —expreso antes de que Latasha pudiera hablar.

—Lo lamento, Nanny, te he abandonado mucho estos últimos días —respondió Latasha—, pero ya sabes la razón.

—La sé muy bien —confesó Nanny—. ¡Otro caballo! Lo que debería ser, a su edad, no es un caballo, sino algún joven.

—De eso es justo de lo que vengo a hablarte —apuntó Latasha. Se sentó junto a Nanny y le contó todo, de principio a fin. Nanny escuchó atenta.

No habló hasta que Latasha terminó.

—Lo que sugiero, Nanny querida, es que vayamos a echar una mirada a ese joven. Tú eres mejor que yo para juzgar a la gente. Si no es lo que queremos, sólo regresaremos y nada habrá que lamentar.

Nanny no habló durante un momento y Latasha la miró con ansiedad.

Entonces repuso:

—Me parece muy propio de usted pensar en algo tan fantástico. Es una buena idea y nadie podría decir que no lo es. Además vale la pena intentarlo.

Latasha lanzó un grito de alegría.

—¡Nanny, sabía que entenderías! Creo que cuanto más pronto terminemos con ello, mejor.

—Estoy de acuerdo con usted. En especial si es verdad que podrían llamar a su señoría del Castillo de Windsor.

Hizo un sonido que era más que un suspiro, y dijo:

—Generalmente eso termina en problemas.

—Tienes toda la razón, Nanny —admitió Latasha—. Saldremos dentro de pocos días y si todo en Odessa es horrible, regresaremos tan rápido como nos fuimos.

Nanny miró hacia la puerta.

—Ahora tenga cuidado cuando hable con su señoría o con alguien más —sugirió—. En esta casa todos tienen orejas largas y sería un gran error que alguien más supiera que va a ese lugar, y como otra persona.

—Lo sé —asintió—. De nuevo tienes razón, Nanny. No debemos hablar de ello. Cualquiera podría estar escuchando, y por ningún motivo Harry debe decírselo a su ayuda de cámara.

—Ese hombre tiene una lengua muy larga —declaró Nanny—. Es divertido, lo reconozco, pero generalmente a expensas de alguien más.

Latasha sabía que había una antigua batalla entre el ayuda de cámara de su hermano y Nanny.

Como Harry había estado a su cuidado desde niño, ella pensaba que debía tener la última palabra en todo lo que necesitaba y en cualquier cosa nueva en la que él pensaba.

Por supuesto, el ayuda de cámara de Harry resentía su interferencia.

Era inevitable que estuvieran siempre discutiendo.

Latasha se puso en pie.

—Ahora voy a ver si Harry ha escrito la carta y ha puesto bien en claro que soy Lady Gloria Ford, quien llegará con su doncella, que eres tú.

—No será nada nuevo para mí atenderla —respondió Nanny—. Es lo que he hecho durante los últimos dieciocho años.

Latasha rió.

Nanny siempre tenía la última palabra y, por supuesto, lo que decía era verdad.

—Eres un ángel por haber accedido, Nanny —repuso, mientras se dirigía hacia la puerta—. Hasta Harry debe admitir que no podría yo tener mejor chaperona.

—Por lo que he sabido, si va a algún lugar en el extranjero la necesita —apuntó tajante Nanny.

Latasha continuaba riendo, mientras bajaba por la escalera. Cuando entró en el estudio, encontró que Harry ya había terminado la carta.

Decía justo lo que ella quería.

—Todo lo que debo añadir es la fecha en que partirás —le comentó.

—Tan pronto como sea posible —respondió Latasha—. Detesto sentir que ese pendiente cuelga sobre mi cabeza.

—Muy bien —indicó él—. Sugiero que sea el próximo martes. Eso te da tres días para prepararte, que debe ser suficiente para cualquier mujer.

—Por fortuna no necesitaré ropa nueva —declaró Latasha—. Cuando vayamos a Londres el lunes, el guía, a quien por supuesto debes contratar para Lady Gloria, puede reunirse con nosotros en la estación del tren. Sería un error que acudiera a la Casa Norlington.

—Sí, por supuesto —acordó Harry—. Ya pensé en eso y escribiré enseguida. Como siempre utilizo la misma agencia, me consiguen al mejor de sus guías.

—Debes decir que es para una amistad y no para alguien de la familia —le advirtió Latasha.

—No soy ningún tonto —respondió su hermano.

Ella salió de la habitación y se dirigió hacia la caballeriza.

Si salía de Inglaterra, lo que más echaría de menos sería a los caballos.

Por supuesto, habría buenos caballos en Odessa, los que sin duda provenían de Hungría.

Pero ella amaba a los caballos de su caballeriza.

En especial a los qué consideraba como propios y que montaba con más frecuencia.

Un poco más tarde cabalgaba por el bosque.

Mientras lo hacía, se preguntaba cómo podría soportar alejarse de Inglaterra y vivir en otro país.

Amaba su hogar.

Amaba a su hermano y estaba segura de que nadie más podría ocupar el lugar de él.

No podía imaginar a algún príncipe extranjero comprendiendo lo que ella sentía en ese momento.

Siempre había creído que los bosques tenían magia.

Que había hadas en ellos y que le concederían las cosas que deseaba.

Siempre acudía a los bosques en busca de consuelo cuando se sentía desdichada.

También cuando era feliz, para compartir con ellos su felicidad.

«¿Cómo puedo abandonarte?», preguntó.

Pensó que se escuchaban rumores en los árboles y suaves movimientos bajo tierra.

Cuando regresó a la casa, por primera vez recordó que tendrían visitas para cenar esa noche.

Entre ellos estaba uno de sus vecinos.

Era un joven que perseguía a Latasha desde que ella era una estudiante.

Era rico, con una atractiva casa que había heredado de tres generaciones de antepasados.

En ningún sentido se comparaba con Norlington Park.

Sin embargo, Latasha, que con frecuencia había estado ahí, pensaba que era sumamente cómoda y agradable, en especial para ser de un hombre soltero.

Su madre vivía, pero pasaba la mayor parte del tiempo en el sur de Francia.

Los doctores pensaban que el aire más cálido era mejor para ella, que los aires fríos del invierno que afectaban sus pulmones.

Mientras Latasha se vestía para la cena, pensaba que todos los problemas se resolverían, si en lugar de decir de nuevo «No» a Patrick, esa noche le decía «Sí».

El se había acostumbrado a que ella rechazara sus propuestas de matrimonio.

Incluso, ambos se reían de ello.

La última vez que estuvieron juntos, él le declaró:

—Supongo que, como de costumbre, debo humillarme al pedir a mi adorable y preciosa Latasha que se case conmigo.

—Ya conoce la respuesta —indicó Latasha.

—La conozco —respondió él—. Pero deseo saber el porqué.

Latasha extendió sus manos en un gesto muy gracioso.

—Me agrada, Patrick, y disfruto estar con usted. Pero para ser sincera, no lo amo y deseo amar al hombre con quien me case.

—Ya lo comentó antes —aseguró él—. Pero ¿y si nunca lo encuentra?

—Entonces seguiré pensando en usted como mi más cercano y querido amigo, y disfrutando el tiempo que pasemos juntos.

—Pero eso no es suficiente —protestó Patrick—. No para mí. La deseo, Latasha, y Dios sabe que he tenido cuidado de no presionarla ni de intentar obligarla a que me acepte. Pero no podemos continuar así.

—¿Por qué no? —preguntó Latasha.

—Porque deseo casarme. Deseo que sea mi esposa y también tener un hijo que herede mi fortuna cuando yo muera.

Latasha rió.

—No va a morir en mucho tiempo. Estoy segura de que cuando pasen los años y yo me ponga vieja y fea, encontrará alguna joven hermosa que se arrojará a sus brazos en cuanto usted los abra.

—Se burla —se quejó él—. La amo, Latasha, con todo mi corazón y, como sabe, desde que es una jovencita no he mirado a nadie más.

—Yo sí lo he hecho —declaró Latasha—. Pero ninguno de ellos es lo que yo deseo.

—¿Qué desea? —interrogó Patrick.

—Sabe la respuesta —contestó—. Alguien que haga latir con más rapidez mi corazón. Deseo a alguien que amaré, no sólo durante un corto tiempo, sino el resto de mi vida.

—Es lo que hará conmigo —aseguró Patrick. Extendió sus brazos.

Sin embargo Latasha, que ya antes había tenido esa conversación con él, logró evadirlo.

—Permítame que la bese —dijo— y la haré sentir como desea sentir el amor.

—Hice un juramento —repuso Latasha—. Y jamás permitiré que un hombre me bese hasta que esté del todo segura de que es la persona adecuada. No deseo sufrir una desilusión.

—¿Por qué piensa que la desilusionaría?

—Porque por el momento no es la persona idónea para mí. No sé por qué, y tal vez es un error hablar de ello, pero mi instinto me dice que lo que siento por usted, aun cuando es un sentimiento de profundo afecto, no es el amor que ansío.

—Pero yo le enseñaré lo que está buscando —insistió Patrick—. Le juro que lo haré y una vez que comprenda el amor, crecerá y crecerá año tras año hasta que llene nuestras vidas y no haya nada más en ellas que felicidad.

Latasha contuvo el aliento.

—Eso es lo que deseo y eso es lo que busco —afirmó—. Pero es algo que no puede obligar a que suceda, y es por eso, querido Patrick, que aunque le tengo mucho afecto, no puedo en este momento ser su esposa.

Como temiera perderla, él no la presionó más.

Aun cuando se veían con frecuencia, no habían estado a solas para poder sostener una larga conversación sin ser interrumpidos.

Ahora, mientras se vestía, por primera vez Latasha pensaba seriamente en que tal vez era una tontería rechazar a Patrick.

Podía asegurar su permanencia en Inglaterra si se convertía en su esposa. Viviría cerca de su hogar. Sería fácil cabalgar a la casa de Harry y montar sus caballos, así como los que Patrick le proporcionara.

Estaba segura de que él cumpliría su palabra y nunca amaría a nadie más que a ella.

«Tal vez soy una tonta por seguir buscando lo que no se puede obtener», pensó.

Tal vez trataba de alcanzar las estrellas, aunque jamás pudiera tocarlas.

Podía imaginar con toda claridad la luz en los ojos de Patrick si le dijera que se casaría con él.

Así como la emoción que habría entre la servidumbre de él y la de ella.

Se casaría en la iglesia de la aldea, donde ella había sido bautizada.

Sus padres estaban enterrados en el patio de la iglesia, junto a un gran número de sus antepasados.

Entonces se convertiría en la mujer más importante del lugar.

Hasta que, por supuesto, Harry se casara y llevara a casa una duquesa.

Sin embargo, mientras pensaba en ello, comprendió que no era suficiente.

Deseaba algo más, algo mayor que todavía no podía decir con palabras.

Sabría lo que era si sólo pudiera encontrarlo.

Durante la cena, por supuesto, no tuvo oportunidad de hablar con Patrick en privado.

Pero a la mañana siguiente sintió que no podía irse al extranjero sin decirle algo.

Así que envió a un lacayo para preguntarle si podía verlo esa tarde.

Patrick la esperaba, tal como ella suponía, en el jardín.

Como él mismo era un hábil jardinero, su jardín era casi tan grande y hermoso como el de ella.

Cuando vio a Latasha caminando hacia él, fue a su encuentro con los brazos extendidos.

—De antemano sabía que vendría a verme esta tarde —repuso—. Como le he dicho, tengo un instinto especial en lo que a usted respecta.

—Realmente vine a despedirme —declaró Latasha.

—¡A despedirse! —exclamó Patrick—. ¿A dónde va?

—Nos vamos a Londres el lunes por la mañana y de ahí cruzaré el canal, para pasar una semana o algo así en París, donde algunas amistades me han pedido que me reúna con ellas.

—Habrá una gran cantidad de hombres ahí, diciéndole lo hermosa que es —comentó Patrick—. Pero yo la estaré esperando cuando regrese a casa.

Latasha le sonrió.

—Lo sé, Patrick. Sé que si alguna vez estuviera en dificultades o tuviera problemas, siempre me ayudaría.

—Sabe tan bien como yo que espero que eso suceda —confió él—. Entonces tendré la oportunidad de mostrarle lo felices que podemos ser juntos y lo a salvo que estará de todas las cosas que la asusten o perturben.

—No hay muchas de ellas cuando estoy aquí en el campo, con Harry —indicó Latasha.

—Harry deberá casarse algún día —apuntó Patrick—. No puede continuar sin tener un heredero para Norlington y sus otras posesiones. Por supuesto, incluyendo a sus caballos.

Latasha lanzó una risilla.

—Por el momento es completamente feliz casado con ellos y decidido a no conducir a nadie hasta el altar.

—Tan decidido como lo está usted —dijo Patrick en voz baja. Latasha no respondió.

Se limitó a mirar las flores.

Entonces se dirigió hacia el «Jardín de las Hierbas».

La madre de Patrick lo había restaurado porque se avergonzó al ver el que había en Norlington Park.

Se dio cuenta de lo mucho que habían descuidado el suyo a través de los años.

Patrick había hecho adiciones al jardín, que ahora estaba rodeado de muros de ladrillo estilo isabelino.

Había también una pequeña fuente, que era muy antigua, pero sumamente bonita.

Funcionaba mientras Latasha cruzó por la puerta antigua.

La luz del sol, sobre el agua que caía, pareció deslumbrar sus ojos.

—¿Ha añadido muchas plantas nuevas últimamente? —preguntó.

—Muchas —respondió Patrick—. Y deseo hablarle de ellas en alguna ocasión. Encontré algo que dicen es muy bueno para curar la fiebre del heno. Otra que le da a uno larga vida y otra que, me aseguran, es maravillosa para curar dolores de cabeza o migraña.

—Debe haber mucha demanda para ella —opinó Latasha—. La gente en Londres siempre se está quejando de que sufre dolor de cabeza cuando se desvela.

Caminaron para mirar algunas cosas más que Patrick había adquirido.

A Latasha le resultó muy interesante.

Cuando dijo que debía ir a casa, él expresó:

—No deseo ser molesto, pero si no encuentra en París ese mítico amor que está buscando, regrese a mí. Intentemos ser felices, como sé que lo seríamos juntos.

Lo dijo con tal sinceridad y anhelo, que la hizo sentir que se mostraba ingrata con él.

Latasha tocó con ternura una mejilla de Patrick.

—Lo quiero a mi manera, Patrick —afirmó—. Y le juro que si las cosas cambian a favor suyo, vendré a decírselo en seguida.

El sonrió con cierta tristeza.

—Supongo que debo conformarme con eso.

—Me temo que por el momento sí —respondió Latasha—. Pero gracias por ser tan bueno conmigo, como lo ha sido siempre.

—Deseo ser mucho más que eso —declaró Patrick—. Pero sé que es algo de lo que no puedo hablarle. Deberá venir a mí por su propia voluntad.

—Tal vez algún día lo haré —comentó Latasha—. Pero por el momento sé que no sería correcto para alguno de los dos.

—Lo sería para mí —indicó con rapidez Patrick.

La subió a la silla de su caballo.

Entonces le besó una mano.

—La amo —confesó—. Suceda lo que suceda en París y sin importar lo que los demás le digan, recuerde que la amo con todo mi corazón y que es lo más importante que puedo ofrecerle.

Mientras se alejaba, Latasha comprendió que había sido poco bondadosa.

Al mismo tiempo se preguntó qué otra cosa podía hacer. Le tenía cariño a Patrick.

El era parte de su vida, como lo era también Harry.

Pero sabía que el amor que buscaba era más grande y fuerte, en un sentido que no podía explicar, de lo que alguna vez sintiera por alguien.

En Londres hubo hombres que le propusieron matrimonio. También otros que, sabía, sólo debía estimularlos un poco y le pondrían el corazón a sus pies.

Pero no eran el «Hombre de sus Sueños».

En el fondo de su mente sabía que «él» la estaba esperando si solo podía encontrarlo.

Mientras cabalgaba por los campos hacia su hogar, pensó que ir a Odessa sería una emocionante aventura.

Por supuesto que lo sería.

Si el peligro acechaba ahí, en cierto modo eso lo hacía más deseable.

A la vez, estaba segura de que no deseaba alejarse del mundo que conocía.

Ni por algún lugar desconocido, por bello o atractivo que fuera.

«Soy inglesa de pies a cabeza» se dijo. «Si fuera sensata, sentaría cabeza con Patrick y viviría, si no feliz, al menos satisfecha para siempre».

Pero mientras lo pensaba, comprendía que no era suficiente. Deseaba más, ¡mucho mucho más!

Dónde encontraría eso. Era un problema que sólo el tiempo podría contestar.

* * *

La mañana del lunes hubo el habitual ajetreo y emociones de la partida a Londres.

En los viejos días, su padre siempre conducía desde la Casa Norlington de la Avenida del Parque, a Norlington Park en el campo, y viceversa.

Ahora había un tren que los llevaba más rápido y con menos agotamiento que a caballo.

El vagón privado del duque se enganchó al tren que salió de la estación a las once y media.

Como era nuevo, estaba bien tapizado y era una elegante adición al tren.

El jefe de estación y sus asistentes despidieron a Latasha y a su hermano con muchas ceremonias.

Mientras el tren avanzaba, el jefe de la estación permaneció muy erguido, hasta que se perdieron de vista por completo.

—Supongo que no podría llevarme este cómodo vagón conmigo hasta Odessa —apuntó ella.

—Viajarás con mucho mayor comodidad en el Expreso de Oriente —indicó Harry—. Yo mismo he anhelado viajar en él. Todos los que lo han hecho dicen que es fantástico.

—Estoy deseosa de conocerlo —afirmó Latasha—. Aunque no tanto de llegar a mi destino.

—Estoy seguro de que estará esperándote una banda, banderas agitándose, y una escolta de la mejor caballería del país, para conducirte a palacio —bromeó Harry.

—Quisiera que fueras conmigo —repuso Latasha.

—Me agradaría —respondió Harry—. Excepto que me olvidaría de que vas de incógnito y sin duda echaría a perder tu juego desde la primera vez que hablara contigo.

—Eso, sería un desastre —contestó Latasha—. Y sería muy vergonzoso decir al Príncipe Stefan que sólo voy para vigilarlo y ver si es lo bastante bueno para mí.

El duque levantó las manos.

—¡Oh, por amor de Dios, Latasha! —exclamó—. Recuerda que Kraus y yo somos amigos íntimos. Si insultas a los odessanos, sin duda deberé batirme en duelo para salvar tu honor.

—Por supuesto que no lo harás, pues te juro que seré muy cuidadosa.

Hizo una pausa antes de preguntar:

—¿Ordenaste el guía, verdad?

—Envié a mi secretario a Londres, el sábado, para asegurarme de que consiguiera al mejor y más confiable que estuviera disponible. Estoy seguro de que no te sentirás defraudada ni carecerás de las comodidades disponibles en el Expreso de Oriente.

—Eso es justo lo que deseo —respondió Latasha—. Me sentiré asustada y preocupada hasta que llegue. Entonces tal vez sea peor de lo que suponemos.

—¡Tonterías! —repuso Harry—. Estoy seguro de que cualquier palacio manejado por Kraus será perfecto y cómodo. Siempre me decía lo bella que es Odessa y los magníficos caballos que tiene.

—Eso me atrae mucho más que los hombres de ese lugar —declaró Latasha.

El duque rió.

—Bueno, difícilmente podrías casarte con un caballo. Por lo tanto, decide qué será preferible: si el Príncipe Stefan o la impredecible y desconocida elección de novio que puede hacer para ti Su Majestad.

Entonces Latasha expresó:

—Pensé seriamente que, en lugar de irme lejos, después de todo debía casarme con Patrick.

—Con frecuencia me pregunto por qué insistes en rechazarlo —comentó él—. Me agrada Patrick, pero admito que no puedo evitar sentir que te resultaría bastante aburrido.

Cuando lo dijo, Latasha comprendió que era verdad.

Aunque la vida con Patrick sin duda sería cómoda, ya que era muy rico.

Pero uno podría saber con exactitud lo que sucedería día a día. Igual que ella siempre sabía lo que él iba a decir.

—Tienes toda la razón, Harry —habló en voz alta—. Deseo aventuras y emociones en mi vida, y aun cuando estaría segura y cómoda con Patrick, no podría esperar que él tuviera alguna nueva idea, como las que se nos ocurren a ti y a mí.

—Creo que el problema contigo —indicó Harry—, es que esperas demasiado. Con frecuencia he pensado, desde que eres mayor, que fue un error que siempre estuvieras conmigo y mis amistades, que son mucho mayores que tú.

—¿Un error? —preguntó Latasha.

—Te sembraron ideas que no debías tener a tu edad. Pensé, mientras discutías el otro día con ese hombre que acaba de regresar de la India, que sabes tanto acerca de las dificultades con Rusia como él.

Latasha rió.

—Ahora me estás halagando, pero pensé que, tomando en cuenta que había estado ahí durante un año, debía saber más acerca de las religiones de la India.

—En otras palabras, estás demasiado bien informada para tu edad —afirmó Harry—. Y creo que eso es algo que te vas a encontrar dondequiera que vayas, ya sea en el campo, en Londres o en Odessa.

—Entonces deberé casarme con un viejo —expresó—. ¿Qué tal el rey que está ciego y sordo, y que tiene más de ochenta años? Harry rió, porque no había respuesta para eso.

Mientras desayunaban juntos, Latasha pensó que era muy triste partir hacia una gran aventura, sin con quien hablar de manera inteligente.

—Desearía que fueras conmigo, Harry —repitió.

—Estarás bien —respondió él—. Y si las cosas salen mal, sólo envíame un telegrama preguntando cómo está Tía Ethel. Yo sabré que es una señal para que responda que agoniza y que debes regresar en seguida, o tal vez que ya ha muerto y debes asistir a su funeral.

Latasha rió.

—Eres maravilloso, Harry. Siempre entiendes lo que digo. La mayoría de la gente, cuando hablo de algo así, no logra comprender ni una pizca de lo que quiero decir.

—Te echaré de menos, Latasha —afirmó Harry—. Supongo que si te casas me sentiré solo y eso me conducirá a hacerlo también. Aun cuando, como sabes, no deseo atarme a nadie por el momento.

—Entonces, tan pronto como me vaya, ve a ver a alguna de esas bellas damas que siempre te están escribiendo y quienes supongo tienen maridos complacientes que desaparecen en el campo cuando no se les quiere presentes.

Harry rió.

—Sabes demasiado y hablas de más —apuntó—. Las jovencitas deben ser vistas, no escuchadas, y no deberían saber nada acerca de maridos complacientes y amoríos.

—Sería muy tonta si no lo supiera —admitió Latasha—. Pero son lo que deseo que mi marido evada cuando me case.

—Serás lo bastante lista para retenerlo en casa —aseveró Harry. Latasha tuvo la esperanza de que tuviera razón.

Pero no pudo evitar recordar lo que Helen había dicho, y lo mortalmente aburrida que estaba por estar rodeada sólo de mujeres.

«Preferiría casarme con Patrick, que permitir que eso me sucediera», se dijo.