Capítulo 1
1887
Lady Latasha cabalgó hacia el patio de la caballeriza.
El jefe de palafreneros corrió apresurado a tomar su caballo de la cabeza.
—Es excelente en los saltos, Abbey —afirmó ella—, y creo que cuando tenga un poco más de entrenamiento derrotará al favorito de su señoría, que sin cesar asegura que es invencible.
El jefe de palafreneros se rió.
—Es verdad, milady —respondió—. Tengo grandes esperanzas en este caballo. No hay duda de que tiene mejor estampa que cualquiera de los otros.
—Estoy de acuerdo con usted —declaró Lady Latasha—, pero no haremos enojar a su señoría antes que compitamos con él y le ganemos.
El jefe de palafreneros se rió de nuevo.
Entonces condujo al caballo del que habían estado hablando, hacia la caballeriza.
Latasha se alejó, pensando que sería divertido derrotar al caballo campeón de su hermano. Solomon ya había ganado un gran número de carreras.
El sol brillaba y el jardín estaba lleno de flores.
Pensó que nada podría ser más bello en primavera que Norlington Park.
Entró a la casa por una de las puertas que se abrían al jardín. Desde que era niña había vivido en la gran mansión, que fuera construida más de cuatrocientos años antes.
Como decía con frecuencia, amaba cada centímetro de ella.
Echó mucho de menos su hogar cuando estuvo en un internado para señoritas.
Un año antes había regresado, después de ganar varios premios.
Y con un reporte que su hermano dijo deberían colgarlo en todos los salones de clases como un reto para que las alumnas intentaran igualarlo.
Mientras caminaba por el pasillo que conducía al vestíbulo, Latasha se preguntó si su hermano habría regresado.
El salió temprano esa mañana, para visitar una granja donde había ocurrido un incendio.
Latasha esperaba que no le trajera malas noticias y que los daños no hubieran sido muy graves.
Llegó al vestíbulo.
Entregaba sus guantes y fuete a uno de los lacayos en servicio, cuando el mayordomo declaró:
—Su señoría ya regresó, milady, y desea que se reúna con él en el estudio.
—Esperaba que él lo pidiera, Barnet —respondió Latasha—. Y también espero que nos haya traído buenas noticias de la granja Estowe.
—Espero lo mismo, milady —contestó Barnet—. Nunca antes habíamos tenido problemas ahí.
Barnet había trabajado en la casa cerca de cuarenta años.
Había llegado primero como mozo de cocina, después ascendió a ayudante de la despensa, y luego de servir varios años como lacayo, llegó a ser el mayordomo.
Como todos los sirvientes antiguos, pensaba de la casa como si fuera su hogar.
Hablaba como si fuera miembro de la familia, lo cual virtualmente era.
—Somos tan afortunados —había dicho con frecuencia la madre de Latasha—, al tener servidumbre que nos cuida como si fuéramos niños y que considera esta casa como su hogar.
Latasha avanzó hacia el estudio.
Pensaba que si el incendio de la granja Estowe había sido muy grande, todos estarían preocupados por el granjero y su familia.
Abrió la puerta del estudio.
Como esperaba, su hermano estaba sentado ante su escritorio.
Tenía sólo dos años de ser duque y tomaba su responsabilidad muy en serio.
Pasaba la mayor parte del tiempo en su casa del campo, cuidando la vasta finca.
Sin embargo, por herencia ocupaba un lugar en la Corte.
A la Reina Victoria le gustaba rodearse de hombres jóvenes y apuestos.
Por lo tanto, debía asistir al Castillo de Windsor con más frecuencia de lo que realmente deseaba.
Cuando su hermana entró en la habitación, levantó la mirada y sonrió.
Era un apuesto joven, al igual que Latasha era una belleza.
Así la habían aclamado el año anterior, cuando fuera una debutante.
Los periódicos de sociales siempre escribían en términos elogiosos respecto a ella.
—¡Ya regresaste, Latasha! —exclamó el duque, mientras ella caminaba hacia él—. ¿Cómo se portó el nuevo caballo?
—¡Es espléndido! —afirmó Latasha—. De hecho, creo que va a ser mejor que todos los demás juntos.
El duque rió.
—Gran elogio, por cierto. Sólo espero que tengas razón. Costó una gran cantidad de dinero y me alegra escuchar que consideras que lo vale.
—Vale el doble o el triple de lo que pagaste por él —repuso Latasha—. Ahora cuéntame de la granja Estowe, ¿fue muy grave el incendio?
—Por fortuna no tocó la casa —respondió el duque—. Hay dos graneros que necesitarán muchas reparaciones. Por lo demás fue ligero.
—Me alegro de eso —contestó Latasha—. ¿De eso querías hablarme?
—De eso y de algo más, que sin duda considerarás más importante —declaró su hermano.
Ella levantó las cejas y se sentó en una silla, junto al escritorio.
—Dime qué es —pidió.
—Es una carta de Kraus —respondió el duque.
Le pareció que su hermana no parecía reconocerlo y agregó:
—Ya sabes a quién me refiero: a Su Alteza Real, el Príncipe Kraus de Odessa.
—Oh, por supuesto, ahora sé de quién hablas —asintió Latasha—. De momento no podía ubicarlo.
El duque levantó una carta del escritorio. La miró sin hablar. Después de un momento, Latasha interrogó:
—¿Qué hay en ella? ¿Qué dice y qué es lo que te perturba?
—No me perturba, exactamente —comentó él—. Pero es una sorpresa que no esperaba.
Latasha no habló.
Sabía que su hermano tenía la costumbre de hacer con calma las cosas, para llegar al punto cuando tenía algo importante que decir.
—Creo —indicó él— que será mejor que te lea la carta completa.
—Sí, hazlo —murmuró Latasha.
El duque empezó:
Mi querido Harry:
Con frecuencia pienso en ti y en lo que nos divertimos cuando estuvimos juntos en Oxford.
Siempre he estado esperando que hicieras el esfuerzo, ahora que soy el gobernante de Odessa, para venir a hospedarte conmigo.
Pero, como bien sabes, las cosas han estado bastante perturbadoras desde el año pasado.
Le tenía yo mucho afecto a Alexander y es terrible lo que le sucedió. Como puedes comprender, todos los pequeños principados, como el mío, temen que pueda sucederles lo mismo.
La única manera en que podemos salvarnos es contar con el apoyo y la protección de Inglaterra.
El duque hizo una pausa para tomar aliento.
Latasha sabía bien de lo que hablaba.
Todos en Europa se habían escandalizado el año anterior.
Los rusos, bajo el gobierno del Zar Alexander III, habían logrado, de la manera más reprobable, apoderarse de Bulgaria, que estaba gobernada por el Príncipe Alexander de Battenberg.
Muchos otros príncipes balcánicos habían sido demasiado débiles para resistir la infiltración rusa. Se habían convertido en simples títeres de los rusos.
El Príncipe Alexander, sin embargo, se negó a someterse a las exigencias de los rusos.
El zar estaba decidido a salirse con la suya.
Los agentes rusos provocaron un motín en el ejército búlgaro. Entonces raptaron al Príncipe Alexander y lo obligaron, a punta de pistola, a abdicar.
Después se lo llevaron por mar y lo depositaron en el puerto ruso de Reni.
Latasha podía recordar las protestas de Inglaterra y de todos los demás países de Europa.
La Reina Victoria se indignó y declaró que el comportamiento de los rusos era vergonzoso y «sin paralelo en la historia moderna».
De hecho, estaba tan indignada, que el Zar Alexander se vio obligado muy pronto a regresar al príncipe a Bulgaria.
Sin embargo, como todos sus amigos sabían, él estaba profundamente desilusionado por la traición de su ejército.
Renunció al trono y se retiró a una tranquila vida privada.
Latasha pensaba, en secreto, que habría sido una mayor valentía del Príncipe Alexander continuar reinando.
Especialmente porque el zar había sido obligado a ceder.
Sin embargo, no era un asunto que le interesara de manera particular.
Simplemente desconfiaba de los rusos, más que antes. Su hermano continuó leyendo la carta.
Mi Primer Ministro y mi Secretario de Estado para Asuntos Extranjeros, no dejan de rogarme que me dirija a la Reina Victoria y le pida a Su Majestad, como ya lo han hecho tantos príncipes balcánicos, que me proporcione una esposa inglesa.
Aprecio bastante lo que eso significaría para Odessa. Pero como no estoy muy bien de salud, no tengo intenciones de casarme por el momento, y tal vez nunca lo haga en el futuro.
Sin embargo, creo que es deseable que mi hermano Stefan, que es el posible heredero, ya que yo no tengo hijos, cuente con la gran ventaja de estar protegido por los ingleses. Es por eso, Harry, que te pido ayuda.
El duque hizo de nuevo una pausa. Miró con cierto temor hacia su hermana. Como ella no hablara, continuó:
Sé que tu hermana, Lady Latasha, es ahora ya una mujer, y recuerdo lo bonita que me decías, era de niña.
Si ella pudiera considerar el casarse con Stefan y dentro de algunos años gobernar Odessa con él, desde nuestro punto de vista sería una gran ayuda.
Como tutor de tu hermana, comprenderás el placer y felicidad que eso me daría.
Al terminar la frase, el duque levantó la mirada.
Su hermana lo observaba con una expresión de profundo asombro.
—¿Realmente me está pidiendo que vaya y me case con su hermano, a quien jamás he visto y de quien ni siquiera había oído hablar hasta ahora? —preguntó.
—Yo lo conocí hace algunos años —repuso él—. Es un joven muy apuesto y encantador y, por lo que he sabido, tiene un gran éxito con las damas.
—Eso no es una recomendación para elegir marido —contestó cortante Latasha.
—Bueno, no ibas a querer a un hombre que fuera tan poco atractivo, que nadie quisiera mirarlo —respondió el duque—. En serio, Latasha, creo que deberías reflexionarlo.
Vio que su hermana iba a hablar y continuó con rapidez:
—Conozco bastante de Odessa y es un país en extremo atractivo. No muy grande, si lo comparas con sus vecinos Hungría y Bulgaria. Pero crían caballos que pueden derrotar a los de Hungría y tienen estepas para montar.
Latasha pareció más interesada y él prosiguió:
—Es, por todo lo que Kraus me ha contado, muy bello, y la gente misma es amigable, pacífica y sumamente inteligente.
—Lo haces que parezca un país de cuento de hadas —repuso con sorna Latasha—. Pero soy muy feliz aquí en Inglaterra y es donde quiero quedarme.
Su hermano levantó la carta.
—Creo que debo leerte las siguientes líneas.
—Te escucho —respondió Latasha.
—Kraus dice —continuó el duque:
Estamos conscientes de que la Reina Victoria, que es conocida como la «casamentera de Europa», ha estado proporcionando esposas inglesas de sangre real, como una defensa contra la ambición del zar de apoderarse de todos los Balcanes.
Por lo tanto, siento un poco de temor de que ya se lo hayan propuesto a tu hermana, ya que sé que tu madre era familiar, aunque lejana, de Su Majestad. Si es así, me sentiré sumamente indignado conmigo mismo por no haberte escrito antes.
Si por suerte tu hermana está todavía disponible, por favor, convéncela de que haríamos todo lo que estuviera en nuestras manos para hacerla feliz.
Yo la querría, no sólo porque es tu hermana, sino porque salvaría a mi país de las ambiciones y la codicia del zar.
Latasha sabía que era verdad.
La Reina Victoria había proporcionado un asombroso número de familiares para consortes de los gobernantes de Europa.
Podía entender bien que Odessa deseara la protección de Inglaterra.
La mejor manera de asegurarla, era tener en el trono a una reina que fuera inglesa.
El duque había escuchado muchos discursos acerca del tema, en la Cámara de los Lores.
También había discutido con miembros del gabinete lo que podía hacerse respecto a la situación en Europa.
Bismarck había logrado unir todos los pequeños principados alemanes en un gran imperio.
Al lograrlo, su éxito había hecho que el Zar Alexander pensara que si Prusia podía hacerlo bien, Rusia podía hacerlo mejor.
Estaba furioso porque Rusia había fracasado en lo que, él pensaba, era su misión al dominar los Balcanes y lograr el control de los Estrechos.
Eso les habría proporcionado acceso al Mediterráneo. Decididamente estaba dispuesto a ganar lo que deseaba, por medios más sutiles.
No podría, bajo ninguna circunstancia, declarar la guerra abiertamente.
Pero conseguiría sus fines por métodos ocultos, que sólo serían reconocidos hasta que fuera demasiado tarde para combatirlos.
Aun cuando el duque estaba bien enterado de lo seria que era la situación, jamás imaginó, ni por un momento, que él o su familia se vieran involucrados personalmente.
Sin embargo, el Marqués de Salisbury acababa de ser nombrado Secretario de Estado para Asuntos Extranjeros.
Como conocía muy bien al duque y a su familia, una oferta, que era más o menos una orden, podría llegar en cualquier momento.
Como si pudiera leer los pensamientos de su hermano, Latasha expresó:
—Si eso me sucediera, ¿podría rehusarme?
—Sería muy difícil para ti hacerlo —respondió el duque—. Ya sabes cómo es la Reina cuando una idea se le mete a la cabeza. Espera ser obedecida «al doble».
Latasha no sonrió siquiera y él continuó:
—Tengo la sensación de que para cuando te dieras cuenta de lo que estaba sucediendo, te encontrarías casada y sentada en el trono de Odessa.
—¿Cómo puedo casarme con un hombre de quien nada sé y tú sabes muy poco? Sólo lo viste cuando era niño.
—Preferiría que te casaras con mi amigo Kraus —reconoció Harry—. Es un hombre encantador y muy valiente. Lo hirieron en un encuentro con algunos rusos, por supuesto, que habían causado problemas. Insistió en combatir a los intrusos él mismo, en lugar de dejar que lo hicieran los oficiales de su ejército.
—Pero si tiene la misma edad que tú, Harry, que no has cumplido todavía los veintiocho, sin duda se recuperará —aseguró ella.
—Supongo que sabe mejor que nosotros lo que está mal —indicó el duque—, pero tiene un hermano que podría sucederle en el trono. Se hizo un silencio.
Entonces el duque continuó:
—No he terminado su carta. Será mejor que la escuches toda.
Latasha no respondió y él leyó en voz alta:
Tengo una petición muy diferente, y estaría muy agradecido si pudieras ayudarme en ella tan pronto como fuera posible.
Mi hermana Amalie, a quien no creo que conozcas, tiene ahora dieciséis años.
Estoy muy deseoso de que aprenda a hablar inglés con fluidez. Como sabes, ha sido de gran ayuda para mí haber sido educado en Inglaterra y asistir contigo a la Universidad de Oxford.
Las únicas institutrices que saben hablar inglés en esta parte del mundo son viejas, aburridas y no siempre confiables.
Si pudieras enviarme una institutriz inglesa que fuera joven y pudiera ser una agradable compañía, al mismo tiempo que maestra para Amalie, creo que además de mejorar su inglés, eso la haría mucho más feliz de lo que está en este momento.
Todo esto es un grito de auxilio.
Por favor, ayúdame, Harry, con la bondad de tu corazón, que jamás me falló en el pasado.
No quiero sonar alarmante, pero a menos que reciba ayuda, la amenazante mano de Rusia puede caer fácilmente sobre mí y mi amado país.
El duque dejó la carta sobre su escritorio.
—He recibido muchas solicitudes de ayuda en mi vida —apuntó—, pero ésta es la más importante y difícil.
—En eso tienes razón —acordó Latasha—. Por lo que a mí concierne, desearía romper la carta, escapar y ocultarme en una cueva donde nadie pudiera encontrarme.
—Puedo comprender que te sientas así —admitió su hermano—. A la vez, no puedes permanecer en una cueva el resto de tu vida. Ahora que pienso en ello, temo ser llamado al Castillo de Windsor en cualquier momento.
Hizo una pausa antes de continuar:
—Alguien decía el otro día que a Su Majestad le resultaba casi imposible ayudar a todos los príncipes de los Balcanes que le están rogando que les envíe una consorte.
Lanzó una risa sin humor al añadir:
—Me dijeron que uno de los príncipes reinantes que pide una esposa inglesa, tiene casi ochenta años y está ciego y sordo.
—Al parecer, el Príncipe Stefan no está tan mal —repuso Latasha—. Pero no puedo aceptar casarme con un hombre a quien jamás he visto y mucho menos conozco.
—Estaba pensando que si vamos ahí de visita, ¿no mejoraría las cosas? —opinó él.
—Las empeoraría —respondió Latasha—. No podríamos hospedarnos con ellos y después, al final de la visita, decir que no me gusta y que no deseo casarme con él.
Levantó las manos mientras agregaba:
—Sabes perfectamente que sería imposible que dijéramos eso, ya que tú y el Príncipe Kraus son tan buenos amigos.
—Comprendo las dificultades de eso —admitió el duque—. ¿Tenemos alguna pariente a quien le gustaría ser la princesa reinante de un pequeño principado?
—Pensaba lo mismo —asevero Latasha—. En lo único que puedo pensar por el momento es en las tías que casi llegan a los sesenta años y que, en su mayoría, andan en silla de ruedas.
El duque rió.
—Es un tipo de broma que ellos no considerarían divertida.
—A mí tampoco me parece divertido tener que ir a ese principado y encontrar que mi prometido es tan desagradable que no toleraría ni mirarlo.
—Vamos, exageras —indicó el duque.
—¿Olvidas que tenemos un ejemplo de tales matrimonios con Helen? —inquirió ella.
No había necesidad de que comentara algo más.
Helen era su hermana mayor, que naciera dos años antes que Harry.
A los dieciocho años era muy hermosa.
Causó gran sensación cuando hizo su aparición como debutante. El gobernante de un pequeño principado, al sur de Alemania, la había conocido.
Se dio cuenta de que no sólo era en extremo atractiva, sino además tenía educación y sangre real.
No había duda de que los antecedentes de Helen eran la envidia de un gran número de alemanas de menor importancia.
Todo parecía muy glamuroso y emocionante.
El propio príncipe era alto, joven y apuesto.
Helen aceptó su propuesta de matrimonio.
Apenas dos años antes, Latasha se había dado cuenta de lo desdichada que era.
En la última visita de Helen a Inglaterra, había dicho:
—No tolero regresar a Alemania. Si sólo pudiera quedarme contigo y con Harry.
—¿Eres desdichada, Helen? —preguntó Latasha.
Como había tantos años de diferencia en la edad de las dos hermanas, no solían comunicarse con frecuencia.
Helen jamás había hecho confidencias a Latasha.
Pero después de titubear un momento, confesó:
—No puedo describirte lo profundamente aburrido que es. No veo otra cosa más que mujeres, alemanas viejas y gordas, que jamás tienen en su cabeza pensamientos que no sean aburridos y domésticos.
—Pero tienes a tu marido —indicó Latasha.
—Otto es cortés conmigo en público y me da cuanto deseo. Pero en los últimos tres o cuatro años ha tenido numerosas amantes.
Latasha miró a su hermana asombrada.
—¡Amantes! —exclamó.
—Por supuesto —respondió Helen—. Para él, una esposa resulta aburrida y como ya le he dado dos hijos y una hija, no necesita interesarse más en mí, como cuando estábamos recién casados:
—Oh, Helen, lo lamento —repuso Latasha—. Jamás se me ocurrió pensar que fueras desdichada.
—Aburrida es la palabra correcta —declaró su hermana—. Estoy aburrida de los alemanes, de su conversación, su comida y su pasión por la música ruidosa. Si sólo pudiera pasar aquí en casa un año o más, empezaría a pensar que vale la pena vivir.
—Oh, Helen, ¿por qué no lo haces? —preguntó Latasha.
—Causaría gran conmoción si lo hiciera. Además, como esposa del príncipe, presido numerosos comités, recibo a las mujeres que acompañan a las delegaciones, visito escuelas y hablo con los niños alemanes, que son mucho más felices que yo. Pero no tengo a qué aspirar. Nada que haga que mi corazón sienta como si saltara de alegría, como sucedía antes de casarme.
A Latasha le afectó mucho lo que Helen comentara. Pero nada podía hacer al respecto. Pronto, Helen debió volver a Alemania.
Una carta de su esposo le indicó que tenían un importante compromiso, porque los visitaría el Emperador.
Se fue sin decir más.
Mientras Latasha la despedía, pensó que la belleza de Helen, que era muy inglesa y a la vez clásica, era un desperdicio entre los alemanes.
Ellos no apreciaban su belleza ni su inteligencia.
Cuando contó a Harry lo que Helen le dijo, él también se mostró muy afectado.
—Nada hay que podamos hacer al respecto —admitió—. Siempre creí, aun cuando no me agradan los alemanes, que Helen disfrutaba el sentarse en el trono y ser la mujer más importante de ese país.
No había respuesta a eso.
Latasha sabía que ninguno de los dos podía hacer algo por Helen. Pensó ahora que no era el tipo de vida que ella pudiera soportar. De alguna manera debía evitarlo.
—¿Qué puedo hacer, Harry? —preguntó—. ¿Y qué puedes contestar a tu amigo, el Príncipe Kraus?
El duque hizo un ademán de impotencia.
—No sé qué decir. Comprendo tu punto de vista. Sin embargo, ambos sabemos que si la Reina insiste en elegirte un marido, podría ser alguien mucho menos atractivo que el joven Stefan que, si se parece en algo a su hermano Kraus, es encantador.
—¿Y si no? —preguntó Latasha.
De nuevo, su hermano levantó las manos.
Latasha caminó hacia la ventana.
Comprendía que ambos estaban en una posición donde las palabras sobraban.
Realmente no había algo que pudiera decir, que no se hubiera dicho antes.
—Una cosa a la vez —aceptó Harry—. ¿Puedes pensar en alguien para institutriz de la hermana de Kraus? ¿Cómo dijo que se llama?
Miró la carta.
—Amalie. Un nombre muy bonito.
—Tienes suerte de no casarte con ella —declaró Latasha, con cierto tono de sorna.
—Estoy de acuerdo contigo —asintió el duque—. Pero al menos la jovencita tendrá encantos como su hermano, ¿o debo decir hermanos?
Latasha lanzó una protesta.
—¡Ahora estás intentando convencerme de que acepte esa idiota, estúpida e imposible idea!
Se dio vuelta y avanzó hacia su hermano.
—Deseo estar enamorada cuando me case —espetó—. Sabes que papá siempre decía que se había enamorado de mamá al primer momento de verla. Ella dijo que sintió algo extraño en cuanto él le tocó una mano. Por supuesto, fue amor a primera vista.
—Ese tipo de cosas sucede una vez cada millón de años —objetó el duque—. Si vas por la vida buscando lo imposible, hay muchas probabilidades, mi bella hermana, de que termines convertida en una vieja solterona.
—Creo que sería mejor ser una vieja solterona que casarme sólo porque mi marido teme a los rusos y yo puedo brindarle la protección de Inglaterra.
—Tiene una buena razón para temerles —admitió Harry—. Eso no puedes negarlo. Los rusos se comportan de manera detestable, como todos dicen. De hecho, no me gustaría decirte con qué lenguaje se habla de ellos en el Club White.
—Puedo adivinar lo que dicen —respondió Latasha—. Pero eso no lo hace más fácil.
El duque puso su brazo rodeándole un hombro.
—Lo sé, querida —apuntó—. Y no deseo asustarte. A la vez es un problema muy espinoso y no puedo imaginar cómo voy a salir de él.
—Debemos hacerlo —murmuró Latasha.
—Lo que realmente tienes —continuó el duque—, aun cuando no nos guste admitirlo, es una elección entre casarte con un joven a cuyo hermano conocemos y sabemos que es una persona encantadora y agradable, o en cualquier momento recibir alguna orden del Castillo de Windsor.
La voz del duque se hizo más profunda mientras continuaba:
—Te dirán que te cases con un hombre de quien nada sabemos, que puede ser de cualquier edad, entre dieciocho y ochenta años, y quien sólo te querrá como una defensa para mantener a los rusos a raya.
—Lo sé, por supuesto que lo sé —exclamó indignada, Latasha—. Pero ¿por qué debe sucederme esto a mí? Hay millones de muchachas en el mundo que no se ven obligadas a ir al altar, para casarse con un hombre al que ni siquiera conocen.
—Tenemos el privilegio de que sangre real corre por nuestras venas —respondió el duque—. Aun cuando mamá nunca se mostró particularmente interesada en sus familiares de la realeza, la sangre real se usa ahora para luchar contra la política de expansión del zar.
Hizo una pausa durante un momento, antes de añadir:
—Lo extraordinario realmente, es que nos tienen miedo. El zar quedó como un tonto por lo del Príncipe Alexander de Battenberg. Lo único que no puede permitirse es una guerra contra Inglaterra.
—Por supuesto, tienes toda la razón en eso —asintió ella—. Así como tarde o temprano alguien deberá oponérsele.
—Estoy de acuerdo contigo —repuso su hermano—, pero sólo espero no ser yo.
—Por el momento, parece que deberé ser yo —expresó con repudio Latasha.
Cierto tono en su voz indicó a su hermano que estaba realmente perturbada.
—Anímate, mujer —le dijo—. Te prometo que haré lo más que pueda para encontrar una manera de salir de este lío. Admito que por el momento no veo alguna solución, pero te juro que lo intentaré.
Latasha recargó su cabeza en el hombro de él.
—Sé que lo harás, Harry —expresó—. Pero estoy asustada, muy asustada.
—Trata de no pensar en ello —sugirió él—. Olvidemos por el momento ese horror y concentrémonos en encontrar una agradable institutriz para la jovencita. Ella, al menos, puede esperar otro año antes de que la obliguen a casarse con algún desconocido.
—Me pregunto si hay alguien en la aldea a quien le gustaría ir a Odessa —declaró Latasha en tono de reflexión.
—Escucha, no cometamos un error en este asunto —respondió su hermano—. El príncipe querrá a alguien inteligente y de buena educación. Después de todo, él obtuvo un primer lugar en Oxford, y supongo que su familia debe ser tan inteligente como él.
—La única persona en la que puedo pensar es en la hija del vicario —opinó Latasha—. Pero si se va, ¿quién va a tocar el órgano los domingos?
Su hermano rió.
—Deja la aldea en paz. Piensa en alguien que hayas conocido en Londres y que sea lo bastante pobre o esté lo suficiente aburrida para querer ir a Odessa.
Latasha no respondió y él continuó:
—Te aseguro que es un país precioso. Quién sabe, ella podría conquistar a un joven encantador y podría resultar la mejor oportunidad de su vida.
Latasha rió.
—Ahora lo estás convirtiendo en un cuento de hadas. Ella se casará con el príncipe y vivirán siempre felices.
—¿Y por qué no? Cosas más extrañas han sucedido en la vida —respondió el duque.
Entonces se dio cuenta de que su hermana lo miraba fijamente.
—Tengo una idea —interrumpió ella—. Es una torpeza que no lo haya pensado antes.
—¿De qué se trata?
Con gran lentitud, Latasha expuso:
—Yo iré a Odessa como institutriz para la Princesa Amalie. No con mi verdadera identidad, por supuesto, sino con otro nombre. Eso me dará la oportunidad de ver cómo está la situación allá y si el Príncipe Stefan me agrada lo suficiente como para casarme con él. Mientras estoy ausente, la Reina Victoria no podrá comprometerme con nadie.
El duque quedó asombrado.
No podía creer lo que su hermana estaba diciendo.
—No puedes hablar en serio —habló al fin.
—Por supuesto que lo hago —insistió Latasha—. Hete aquí, asustado, aun cuando no lo admitas, porque tal vez debas decir no a tu amigo Kraus. O de que la Reina Victoria dé una orden a la cual no puedes negarte. Pero yo tengo la solución.
Se sentó.
—¿Cuál es? —preguntó el duque.
—Vamos a planearlo, —respondió Latasha—. Le escribirás al príncipe para decirle que estás buscando a alguien que pudiera ser la esposa adecuada para el Príncipe Stefan. Y que también buscas a una institutriz con experiencia para su hermana.
Latasha guardó silencio un momento, como si estuviera pensando. Entonces continuó:
—Pero como eso podría llevarte un poco de tiempo, por lo pronto les envías a una jovencita a quien, en lo personal recomiendas. Ésta, por supuesto, aunque no lo sepan ellos, seré yo.
—¿Realmente crees que podrías salirte con la tuya en eso? —preguntó el duque.
—Por supuesto que sí —respondió Latasha—. He tenido suficientes institutrices para saber cómo se comportan y no puedes decir que mi inglés no es perfecto.
—Bueno, eso no lo garantizo —declaró su hermano.
—Gracias —comentó ella—. Recibí tres premios en literatura inglesa.
—Sólo bromeaba —repuso.
—Bueno, deja de hacerte el gracioso y ayúdame. Debo verme discreta, pero no demasiado aburrida.
Hizo una pausa y entonces continuó:
—Creo que mi padre podría ser un coronel retirado, que ha pasado por tiempos difíciles. Por lo tanto, estoy dispuesta a ir temporalmente a Odessa porque deseo conocer el mundo, ya que no tengo dinero para viajar.
—Podrías meterte en grandes problemas —dijo el duque.
—¿A qué te refieres? —preguntó su hermana.
—Siempre he oído decir que las institutrices bonitas son «presa fácil». Como eres muy bonita, tal vez te resulte difícil mantener a raya a los elegantes jóvenes de Odessa.
—Creo que debo recordarte que soy muy buena tiradora —aseguró Latasha—. Papá me enseñó, como a ti, y sabes lo bueno que era.
—Eso me lo han dicho todas y cada una de las personas de la finca y sus amigos —aseveró el duque—. Y yo siempre he estado esperando alguna felicitación para mí.
Latasha se rió.
—Recibes suficientes de las hermosas damas que te dicen lo maravilloso que eres.
Latasha sabía bien que él podría haberse casado con alguna del gran número de muy bonitas jovencitas de la edad de ella o un poco mayores.
Sus madres se mostraban particularmente deseosas de capturarlo. No sólo por su título, sino por sus excelentes modales y enormes posesiones.
Sin embargo, el duque había dicho con firmeza que no tenía prisa. Se casaría cuando conociera a la persona adecuada, lo que hasta entonces no había sucedido.
Eso le venía muy bien a Latasha, a quien le gustaba tener a su hermano para ella sola.
En cuanto su madre murió, ella había desempeñado el papel de anfitriona cada vez que recibían a alguien en la casa.
—Creo —apuntó—, que puedo cuidarme sola. Si fracaso en hacerlo me sentiré muy decepcionada.
—No creo que puedas ir a Odessa sin chaperona.
Latasha lanzó una risilla burlona.
—¡No seas ridículo! ¿Cuándo se ha visto a una institutriz con chaperona? Por supuesto, necesitaré a alguien que me conduzca hasta ahí. Pero supongo que si le dices al príncipe que le has encontrado una institutriz adecuada a su hermana, él enviará un guía confiable, que traiga, espero, suficiente dinero para que podamos viajar en el Expreso de Oriente.
—Veo que intentas hacerlo con estilo —sonrió él—. Aunque si realmente estás dispuesta a emprender tan extraña aventura, sin duda eso facilitaría mucho mi respuesta a Kraus.
—Todo lo que necesitas decirle es que estás intentando encontrar a alguien que se case con su latoso hermano. Y que pronto esperas encontrar una institutriz con más experiencia.
—No me gusta la idea. No me gusta nada —declaró el duque—. Estoy seguro de que es algo que no debería permitirte hacer.
—Si me meto en problemas regresaré a casa —afirmó—. Si alguien me ataca o se pone muy molesto, le disparo. No a matar, pero tal vez lo deje inválido durante u año o algo así.
El duque rió, sin poder evitarlo.
—¡Creo que estás loca! —exclamó—. Y creo que yo también por hacerte caso. Si lo que quieres es aventura, la que deseas emprender sin duda lo es.
—Creo que es algo que disfrutaré —repuso Latasha—. Y lo que es más, si no se están enfrentando como deben a los rusos, les diré lo cobardes que son y lo importante que es para ellos poner el ejemplo al resto de los Balcanes, en lugar de sólo acudir a gemir ante la Reina Victoria.
El duque rió.
—Ahora realmente lo lamento por mi amigo Kraus —opinó—. No tiene idea de lo que va a golpearlo. Estoy seguro, mi hermosa hermanita, que serás más peligrosa que cualquier bala de cañón disparada al palacio.