Capítulo 4
Cuando terminaron de desayunar, el guía acudió al compartimento de Latasha para presentarle las más sentidas disculpas por la noche anterior.
—No tenía idea de que la señora Holten no cenaría con usted, milady —declaró—. De lo contrario yo la habría acompañado.
—Ella estaba muy cansada y se había sentido mareada en el barco —explicó Latasha.
—Fue un gran descuido no asegurarme de que estaban juntas —repuso el guía—. Pero no debe preocuparse más por el conde.
Latasha lo miró sorprendida.
—¿Cómo sabe de él? —preguntó.
—Uno de los camareros me contó que había insistido en sentarse a la mesa de usted y que tiene una muy mala reputación.
—Eso supuse —declaró Latasha.
Se preguntó, al decirlo, si habría tenido problemas con el conde aunque Nanny estuviera con ella.
Entonces el guía dijo:
—Ya me aseguré, milady, de que no la vuelva a molestar.
—¿Cómo puede estar seguro de ello? —preguntó curiosa Latasha.
—Hablé con él.
—¿Y qué le dijo?
—Le dije que su tutor era un hombre de gran importancia en el Jockey Club, y que si la molestaba a usted podría dificultarle el participar con sus caballos en las carreras inglesas.
Latasha rió. Le pareció muy inteligente de parte del guía saber tanto respecto al conde. También cómo ponerlo en su lugar con firmeza.
No lo había dicho, pero la noche anterior, cuando se estaba quedando dormida, había escuchado un leve llamado a su puerta. Ella no respondió ni hizo ruido alguno. Momentos después se repitió el llamado. Cuando de nuevo ella no respondió, escuchó pasos alejándose por el corredor.
Estaba segura de que era el conde.
Aun cuando se dijo que no tenía importancia, se había sentido nerviosa de que él hiciera alguna escena.
Ahora, el guía la había librado con habilidad del conde.
Los siguientes dos días transcurrieron con gran comodidad. La comida era deliciosa.
Nanny hizo todas las comidas en el carro comedor con Latasha.
Se detuvieron un corto tiempo en Estrasburgo y después en Munich.
Poco después, Latasha se dio cuenta de que habían cruzado la frontera austriaca.
Finalmente el tren se detuvo en Budapest.
El guía ya les había avisado que ahí debían abandonar el Expreso de Oriente.
Para entonces, Latasha sentía que le tenía un verdadero afecto al tren.
Su viaje fue algo que no olvidaría.
De antemano, preguntó a su hermano lo que debía dar de propina a los camareros que las atendieran a ella y a Nanny.
Habían sido en extremo amables y atentos.
Así que duplicó lo que él le dijo que les diera.
Cuando bajaron a la plataforma, sintió un deseo de darse vuelta y regresar a casa.
No deseaba enfrentarse a lo que le esperaba.
El guía las condujo a través de la estación, hacia donde otro tren esperaba para conducirlos hacia el sur.
Parecía muy primitivo, después del lujo, la comodidad y belleza del Expreso.
El Jefe de Estación los condujo a un vagón.
Echaron llave a la puerta para evitar que otros pasajeros entraran a él.
Cuando partieron, Latasha pudo recibir sus primeras impresiones de Hungría.
Se sintió absorta con su belleza.
Aún había montañas con nieve en sus picos.
Ríos grandes, así como pequeños.
Más de una vez tuvo vistazos de lo que, estaba segura, eran las famosas estepas.
Era donde siempre anhelaba galopar.
Ya avanzaba la tarde, cuando finalmente llegaron a la que, el guía les informó, era la estación más cercana a Odessa.
También les dijo que alguien acudiría a esperarlos.
Nanny arregló el cabello y el bonito sombrero de Latasha. Lucía uno de sus vestidos más elegantes.
Tenía un ligero abrigo para usar encima de él.
Como hacía calor, se lo quitó en el último momento.
Bajó hacia la plataforma con el susurrar de sus enaguas de seda, con orillas de encaje, bajo su vestido de verano.
Un ayuda de campo los esperaba con un carruaje abierto, tirado por dos finos caballos.
El guía los siguió en otro con el equipaje y con Nanny.
—Su Alteza Real me pidió que le diera la bienvenida, milady —expresó el ayuda de campo—. Y también que lo disculpara por no acudir a recibirla en persona. Pero, como supongo usted sabe, no ha estado muy bien de salud.
—Eso me dijo el duque y lo lamento mucho —declaró Latasha.
—Su Alteza Real está ansioso por conocerla —continuó el hombre—. Y, por supuesto, también la Princesa Amalie.
—Y yo estoy ansiosa por conocer su bello país —confesó Latasha—. Puedo ver a primera vista que es precioso.
No exageraba.
Adondequiera que mirara, había flores y árboles.
Los campos estaban llenos de flores silvestres que crecían entre la hierba.
Las casas frente a las que cruzaban eran muy atractivas.
Había varios ríos pequeños, donde había botes y barcazas.
Latasha observó a la gente. Pensaba que podría enterarse, por la manera en que estaban vestidos, si eran prósperos o pobres.
Mientras avanzaban, los niños le parecieron rozagantes y bien alimentados.
Los hombres y mujeres que se movían entre las calles parecían sonrientes y felices.
Todos, sin excepción, estaban bien vestidos.
—Deseo mucho aprender respecto a su país —comentó al ayuda de campo—. Parece ser no sólo hermoso, sino próspero.
—Somos muy afortunados, milady —respondió él—, por contar con ricos depósitos de minerales en las montañas, y Su Alteza Real, desde que ocupa el trono, ha sido muy hábil al extraerlos con mayor rapidez de lo que se había hecho antes.
—¿Cómo lo logró? —preguntó Latasha.
—Con maquinaria nueva, y porque Su Alteza Real invita expertos de toda Europa para que nos visiten y aconsejen.
—Es una lástima que no todos hagan lo mismo —repuso Latasha—. Me parece que algunos de los países balcánicos son muy pobres.
—Se debe a que están mal gobernados. Nosotros tenemos mucha suerte al tener como gobernante al Príncipe Kraus. Sólo nos inquieta que su salud no sea tan fuerte como debiera.
Latasha anhelaba preguntar sobre el Príncipe Stefan. Pero pensó que era mejor guardar silencio al respecto.
Sin embargo, cuando habían avanzado varios kilómetros, vio a la distancia a tres hombres.
Cabalgaban muy rápido en lo que le parecieron estepas.
El ayuda de cámara siguió la dirección de su mirada.
—Ésos, milady —indicó—. Son el Príncipe Stefan y dos de sus amigos. Están probando caballos con los que intentan hacer lo que en Inglaterra llamarían una carrera de obstáculos.
Latasha sonrió y dijo:
—Habla usted muy buen inglés.
—Tuve la suerte de estudiar en una escuela pública, en Inglaterra. Se volvió moda en Odessa que los aristócratas enviaran a sus hijos a Inglaterra después de que Su Alteza Real acudió a la Universidad de Oxford.
—Me pregunto, ya que lo habla tan bien, por qué no lo ha enseñado a la Princesa Amalie —inquirió ella—. Supongo que sabe que Su Alteza Real ha pedido al Duque de Norlington que busque una institutriz inglesa para ella. Pero es bastante difícil, por el momento, encontrar una adecuada.
—Lo entiendo —expresó el ayuda de campo.
—Así que estoy dispuesta a darle algunas lecciones de conversación, mientras permanezco con ustedes —convino Latasha.
—A todos nos parece una excelente idea —respondió el ayuda de campo—. Y encontrará que Su Alteza Real es una alumna muy interesada. Ha dejado de estudiar idiomas porque los únicos maestros disponibles son muy aburridos y pasan de los sesenta años.
Latasha rió.
—Eso, por cierto, no resulta muy alentador.
Entraban ahora a una pequeña población.
Latasha supuso que sería donde se encontraba el palacio. Todos los caminos estaban bordeados de árboles.
Las flores blancas y rosas que caían de ellos, formaban bonitas figuras en el suelo.
Tuvo vistazos de tiendas y restaurantes de aspecto muy elegante. Afuera de ellos había mesas con sombrillas, donde gran número de gente estaba sentada.
Después de que cruzaron un río plateado, Latasha pudo ver el palacio por primera vez.
Estaba elevado sobre la población y rodeado de árboles.
Aun a la distancia, pudo ver la gran profusión de flores.
Construido con piedra blanca, se veía romántico y casi como surgido de un libro de cuentos de hadas.
—¡Qué palacio tan hermoso! —exclamó Latasha.
—Sabía que milady lo admiraría —indicó el ayuda de cámara—. Estamos muy orgullosos de nuestro palacio y de nuestro gobernante, y esperamos jamás perder a alguno de los dos.
Latasha comprendió con exactitud a lo que se refería.
Sintió por un momento como si una sombra cayera frente a sus ojos.
Entonces se preguntó por qué alguien desearía perturbar a tan bonito país.
Estaba lleno de lo que le parecía debían ser felices y pacíficos ciudadanos.
Mientras se hacía la pregunta, pudo ver a la distancia las altas montañas.
Entonces supo la respuesta.
Era ambición.
La ambición que hacía a los rusos intentar apoderarse de tantos países de los Balcanes.
Subieron por una vereda bordeada de flores a ambos lados.
Dos grandes fuentes funcionaban frente al palacio y una escalinata de mármol conducía a la puerta principal.
Mientras el carruaje se detenía, los lacayos vestidos con librea extendieron una alfombra roja sobre la escalinata.
Latasha subió por ella.
Vio que varios hombres la esperaban en lo alto.
Resultaron ser el Lord Chambelán y dos ayudas de campo más. No había señales del príncipe.
Le hicieron reverencias y le dieron la bienvenida en el florido lenguaje de Odessa.
De pronto, una jovencita llegó corriendo.
—Disculpe, disculpe —repuso en su propio idioma—. No me di cuenta de que era tan tarde y fue una grosería de mi parte no estar aquí para recibirla.
Extendió una mano a Latasha, quien le hizo una reverencia. Nanny hizo lo mismo.
—Es tan amable por haber venido —apuntó la princesa—. Y la esperaba con ansiedad.
—Estoy encantada de estar aquí —declaró Latasha.
En el tren, el guía la había enterado de que el idioma que se hablaba en Odessa era muy semejante al que ella aprendió en Viena.
Había visitado Viena hacía varios años, con sus padres.
Nunca olvidó lo interesante que era.
Tampoco olvidó el idioma que había escuchado cuando la llevaron al teatro.
Sin embargo, pensó que sería un error si no hablaba en inglés con la Princesa Amalie.
Mientras lo hacía, se dio cuenta de que la jovencita podía entender la mayor parte de lo que le decía.
Entraron al palacio.
Era tan bello como Latasha supuso que sería.
Estaba amueblado con exquisito gusto.
Reconoció que gran parte del mobiliario provenía de Francia. Había estatuas que sólo podían venir de Grecia.
Lo que más le fascinó era que había flores en todas partes.
Pensó en lo emocionada que hubiera estado su madre de haber estado ahí.
Habían llegado bastante tarde y no se esperaba que desearan beber té, a la inglesa, a esa hora.
En cambio, ofrecieron a Latasha y a Nanny un delicioso vino para beber.
Había pequeños emparedados de paté y otros deliciosos bocadillos, en lo que resultaba evidente era uno de los salones de recepción. La Princesa Amalie les preguntó respecto a su viaje.
—Anhelo conocer el Expreso de Oriente —declaró—. Mi hermano Kraus ha prometido llevarme.
Dejó caer la cabeza a un lado y agregó:
—Tal vez, después de su visita con nosotros, me invite a visitarla a Inglaterra. Es lo que realmente deseo hacer.
Latasha rió.
—Su inglés necesitará ser muy bueno —comentó—, porque la gente en Inglaterra no es tan inteligente como usted, y por lo general sólo saben hablar un idioma. Y cuando la gente no entiende lo que le dicen, tiende a hablar más fuerte.
El ayuda de campo que estaba con ellas rió.
La Princesa Amalie tardó unos minutos en comprender la gracia del comentario.
Un rato después, el Lord Chambelán acudió a preguntarles si deseaban conocer sus habitaciones.
Las condujo escaleras arriba.
Entonces las dejó en manos de un ama de llaves, de aspecto impresionante.
La habitación de Latasha era preciosa.
Pero se dio cuenta de que no era tan grande ni tan elegante como la que le habrían asignado si conocieran su verdadera identidad. Nanny estaba en la habitación contigua.
De antemano habían subido su equipaje y las doncellas lo acomodaron en los guardarropas.
—Intentaremos proporcionar a milady todo lo que desee —apuntó el ama de llaves—. Sólo debe pedirlo a las doncellas.
Latasha le dio las gracias.
Entonces acudió a buscar a Nanny.
—Me tratan como a una reina —comentó ésta.
—Creo que fue una amabilidad de su parte ponerte junto a mí —admitió Latasha—. De lo contrario, estoy segura de que habría resultado difícil hacerles entender lo que deseabas.
—No sirvo, ésa es la verdad, para estos idiomas que parecen alemán. Pero espero poder conseguir lo que necesite.
—Estoy segura de que lo harás —aseveró Latasha.
Cuando regresó a su propia habitación, encontró que las doncellas le preparaban el baño.
Colocaron la bañera frente a la chimenea.
El ama de llaves las observaba y les daba instrucciones.
—Me temo que mi acompañante —declaró Latasha—, que me ha cuidado durante muchos años, no sabe hablar su idioma.
—No se preocupe por eso —respondió el ama de llaves—. El ayuda de cámara de Su Alteza Real habla inglés, ruso y varios otros idiomas.
—Eso debe ser muy útil —indicó Latasha.
—Intenta enseñarnos —dijo el ama de llaves—, pero yo soy demasiado vieja para cambiar mis costumbres. Pero Su Alteza Real dice que es importante que la Princesa Amalie aprenda inglés.
—Estoy segura que lo hará rápido —aseguró Latasha—, porque parece una jovencita muy inteligente.
—Y lo es —admitió el ama de llaves—. Pero eso no quiere decir que no le agrade salirse con la suya.
—Creo que eso a todos nos gusta —sonrió Latasha.
Ya se había bañado y arreglado, y se preguntaba cuándo conocería al príncipe, cuando un ayuda de campo acudió para acompañarla al salón de recepción.
Latasha anhelaba preguntarle si había otros invitados.
Pero sintió que parecería demasiado inquisitiva.
El le preguntó acerca de su viaje desde Inglaterra mientras bajaban por las escaleras.
Cuando le abrió la puerta del salón, ella no tenía idea de a quién se iba a encontrar.
El Lord Chambelán se acercó a saludarla.
—Espero, Lady Gloria, que se sienta descansada después de su viaje y que le hayan proporcionado todo lo que necesitaba —dijo.
Hablaba en buen inglés, pero demasiado ceremonioso, y Latasha le dio las gracias.
Entonces él la dirigió hacia la chimenea.
Frente a ella estaba en pie un joven alto y muy apuesto.
Latasha estaba segura de que debía ser el Príncipe Stefan. Tenía razón.
Mientras el Lord Chambelán la presentaba, ella le hizo una reverencia y él dijo:
—Bienvenida a Odessa. Siempre estamos encantados de tener visitantes ingleses, en especial quienes fueron tan amables con mi hermano mientras él vivió en Inglaterra.
—He oído al Duque de Norlington hablar mucho de Su Alteza Real —declaró Latasha—. Creo que fueron muy buenos amigos.
—Así es, en verdad —repuso el Príncipe Stefan—. Pero yo, por alguna razón que nunca he entendido, fui enviado a estudiar a Cambridge, en lugar de a Oxford.
—Así que Su Alteza Real conoce bien Inglaterra.
—No tanto como me gustaría —admitió el príncipe—. Pero debo ser sincero y decir que París me resulta más divertido.
Al decirlo, surgió un brillo en sus ojos.
Eso indicó a Latasha que había aprendido en París no sólo el idioma como parte de su educación.
Lo confirmó momentos después, cuando se abrió la puerta. Una mujer muy atractiva y vestida con suma elegancia, entró.
Le fue presentada como Madame Le Telbé.
No había duda de que el príncipe la consideraba muy atractiva. Charló con ella durante toda la cena.
Latasha, que estaba al otro lado de él, se vio obligaba a conversar, casi sólo con el Lord Chambelán.
Sin embargo, éste era un hombre interesante e inteligente.
Comprendió, sin que él lo dijera, que estaba molesto por el comportamiento del Príncipe Stefan.
A la vez, ella se daba cuenta de por qué Madame Le Telbé le resultaba tan atractiva.
Como todas las sofisticadas francesas, con todos los hombres con quienes charlaba coqueteaba con los ojos, las manos y los labios.
Cuando terminó la excelente comida, Latasha podía entender el entusiasmo del príncipe.
Se enteró por el Lord Chambelán, que Madame Le Telbé era la esposa de un diplomático.
Lo habían llamado a París, para asistir a una importante reunión.
Ella prefirió, en lugar de quedarse sola en la casa que ocupaba con su marido, mudarse al palacio.
La Princesa Amalie también había bajado a cenar.
Charlaba muy feliz con dos de los jóvenes ayudas de campo.
Todavía no terminaba la cena, cuando acudió al lado de Latasha para darle las buenas noches.
—Debo acostarme ahora —apuntó—. Es una tontería y deberían permitirme quedarme más tarde, pero Kraus insiste en que debo retirarme antes de que se sirva el postre.
—¿Qué va a hacer mañana? —interrogó Latasha.
—¿Qué desea hacer? —inquirió la princesa.
—No sé si me atreva a decir realmente lo que deseo —respondió Latasha con una sonrisa.
—Yo siempre voy a montar antes del desayuno —le informó la princesa.
—¿Podría arreglar que fuera con usted? —preguntó Latasha.
—Sí, por supuesto, y le mostraré todos los mejores lugares para cabalgar y, también, si es buena jinete, hay algunos saltos emocionantes.
—Eso me encantaría —afirmó Latasha—. ¿A qué hora vamos?
—¿Será muy temprano las ocho?
—Estaré lista si pasa por mí, recuerde que todavía no conozco el palacio.
—Por supuesto, iré por usted —aseguró la princesa.
—Ésa puede ser su primera lección —respondió Latasha—. Hablaremos de caballos en inglés.
La princesa lanzó una risilla.
—Usted hablará y yo la escucharé —declaró.
Entonces, antes de que Latasha pudiera decir algo más, corrió a dar a su hermano Stefan un beso de buenas noches.
—La princesa es muy atractiva —comentó Latasha al Lord Chambelán.
—Me alegra que así lo piense —respondió él—. Es adorable, pero se aburría mucho con sus viejas institutrices.
—Sin duda debe haber chicas de su misma edad que puedan hacerle compañía.
—No es tan fácil —explicó el Lord Chambelán—. Las pocas que nos gustaría invitar no tienen la edad adecuada, y las otras no pertenecen a lo que podríamos llamar «el círculo de la realeza».
Latasha sonrió.
—Sé a lo que se refiere.
Entonces, como no podía contener más su curiosidad, preguntó:
—¿Cuándo podría tener el placer de conocer a Su Alteza Real, el Príncipe Kraus?
—Supuse que le parecería extraño que ni siquiera bajara a cenar —respondió el Lord Chambelán—. Desde que lo hirieron los rusos sufre frecuentes dolores de cabeza y migraña. Los doctores parecen incapaces de hacer algo al respecto.
Miró hacia el reloj de la chimenea.
—Creo, sin embargo, que podría usted ver a Su Alteza Real durante unos cuantos minutos, antes de que suba a acostarse. Cena en sus propias habitaciones porque considera que, como come muy poco, sólo arruinaría la cena aquí —agregó.
—Por supuesto que me gustaría conocerlo —respondió Latasha—. Tengo para él muchos recados de su viejo amigo, el Duque de Norlington.
—Que está esperando Su Alteza Real —repuso el Lord Chambelán.
Llamó a un ayuda de campo.
Le dijo algo en voz baja y el hombre salió de la habitación. Ya habían servido el postre y el café. Los hombres bebían licores.
Latasha había sido prevenida por Harry de que en Odessa las damas no dejaban solos a los caballeros, como lo hacían en Inglaterra.
Juntos se dirigían al salón, como lo hacían en Francia y en Alemania.
Durante otros veinte minutos, permanecieron en el comedor. Entonces alguien hizo un movimiento.
A Latasha le pareció que había sido Madame Le Telbé.
Entonces el Lord Chambelán dijo a Latasha:
—Si viene conmigo la llevaré a conocer a Su Alteza Real, el Príncipe Kraus, que tengo entendido se siente un poco mejor.
Para entonces, ya Latasha sentía una gran curiosidad.
Lo que sucedía no era lo que esperaba.
El Príncipe Stefan le había prestado muy poca atención.
Sentía que no estaba interesado en que fuera inglesa. Aun cuando en corto tiempo podrían ponerlo frente a una esposa inglesa.
El Lord Chambelán la condujo por un ancho pasillo. Estaba a corta distancia de la habitación a donde los otros se dirigían. Había dos guardias afuera de una puerta.
Cuando el Lord Chambelán apareció, un ayuda de campo acudió presuroso a él.
—Su Alteza Real los espera —repuso.
—Anuncie a la señorita, pero creo que sería un error que hubiera al mismo tiempo demasiada gente en la habitación.
El ayuda de campo asintió.
Se dirigió a la puerta frente a ellos, la abrió y expresó:
—Lady Gloria Ford, Su Alteza Real.
Latasha cruzó frente a él y escuchó la puerta cerrarse tras ella.
Se encontraba en lo que le pareció un estudio sumamente atractivo, que habría encantado a su padre.
Había pinturas en el muro, la mayoría de ellas de caballos. También muchos libreros.
Los sillones y sofás estaban tapizados con terciopelo, en tono de rosa fuerte.
Las cortinas y las flores también eran color de rosa.
Hacían que toda la habitación pareciera resplandecer, como el sol del atardecer.
Sentado en un sillón, frente a una chimenea de exquisito tallado, estaba un hombre.
Mientras Latasha se acercaba, él se puso en pie con algo de dificultad.
Era alto y de anchos hombros.
Cuando lo miró, ella pensó que era uno de los hombres más apuestos que jamás hubiera conocido.
A la vez tenía aspecto de estar muy enfermo.
Había líneas bajo sus ojos, y su rostro estaba pálido y un tanto tenso.
—Debe disculparme, Lady Gloria, por no recibirla a su llegada —repuso, mientras Latasha le hacía una reverencia—, pero estoy confinado a mi habitación.
—Estoy segura de que Su Alteza Real no debía estar en pie ahora —afirmó ella—. Por favor, tome asiento.
Su Alteza Real sonrió como divertido.
Pero hizo lo que ella le dijo, mientras Latasha se acomodaba en una silla junto a él.
—¿Tuvo buen viaje?
—Fue encantador y, por supuesto, quedé fascinada con el Expreso de Oriente.
—Todos hablan mucho de él —aseguró el príncipe—. Y me resulta en extremo molesto no estar lo bastante bien para viajar en él.
—Es el lujo a su máximo, y uno siente que debía estar reservado por completo para la realeza.
El príncipe rió.
—Poca gente estaría de acuerdo con usted. Ahora, hábleme de Inglaterra, ¿cómo está mi amigo Harry Norlington?
—Está bien y sus caballos, como puede imaginar, son soberbios —respondió Latasha.
—Espero que diga lo mismo de los míos.
—Ya me puse de acuerdo para cabalgar mañana, Su Alteza Real, con la Princesa Amalie. Le dije que será su primera lección de inglés.
—No pierde el tiempo —dijo el Príncipe Kraus.
Al hablar, miraba a Latasha de una manera que la hizo sentir esperanzas de que la admirara.
También esperaba no estar pidiendo demasiado para ella, tan pronto.
Como si pudiera leer sus pensamientos, Su Alteza Real dijo:
—Sé que sólo puede dedicarnos un corto tiempo, así que por favor, haga todos los arreglos que desee y sólo diga al Lord Chambelán y a todos los demás, que los cumplan.
—Ésa es una orden muy grande —declaró Latasha—. Sólo espero que lo que haga lo apruebe usted.
—Estoy seguro de que así será —aseveró el príncipe—. Ahora hábleme de Harry.
Latasha le contó las mejoras que su hermano había hecho en la finca.
De los caballos que comprara en fecha reciente y los que estaba enseñando a saltar.
Se daba cuenta de que mientras hablaba, el príncipe estaba atento a cada palabra que escuchaba.
Todo el tiempo sus ojos estaban fijos en ella.
Cuando ella terminó de decir lo que él deseaba saber, agregó:
—Ahora tengo muchas preguntas que hacer a Su Alteza Real, respecto a su propio país. Nunca había visto algo tan hermoso, como cuando viajamos de la estación al palacio, y las flores me emocionaron.
—Como emocionaban a mi madre —declaró el Príncipe Kraus—. Fue ella quien insistió en que el palacio debería estar rodeado de flores, y que si las cultivábamos, la gente de la población también lo haría.
—¿Y las aprecian?
—Eso creo. Nuestros amigos nos conocen como el «Reino de las Flores» y sólo puedo esperar y rezar porque así permanezca.
Latasha comprendió que él pensaba en los rusos.
Aun cuando creyó que era demasiado pronto, no pudo evitar preguntar.
—¿Cuál es la situación? Harry me dijo que estaban inquietos.
—Muy asustados, para ser sincero —respondió el príncipe—. Y la única manera posible de que podamos sobrevivir, será si Harry encuentra lo que le he pedido. O sea, una esposa para mi hermano y que tenga la aprobación de la Reina Victoria.
El se mostraba muy honesto y Latasha expresó:
—Harry lo entiende y está haciendo su mejor esfuerzo, y me pidió que así se lo dijera.
—Estoy completamente seguro de que lo que Harry haga será justo lo que deseo —apuntó el príncipe.
De pronto, cerró los ojos.
Su cabeza cayó sobre el cojín que tenía tras él.
—¡Tiene dolor! —exclamó Latasha, sin pensarlo.
—Es esta terrible migraña —murmuró el príncipe.
Ahora fruncía el entrecejo.
Apretó los ojos, como si el dolor fuera casi intolerable.
Latasha se puso en pie.
Caminó hacia atrás del sillón, y puso sus manos con gran suavidad sobre la frente de él.
—Intente relajarse —sugirió—. Voy a darle un leve masaje en la frente y espero que eso elimine el dolor.
Habló con voz muy suave.
A la vez, empezó a mover sus dedos como su madre le enseñó, sobre la frente del príncipe y sus sienes.
Había visto a su madre hacerlo con frecuencia, a la gente de la aldea que acudía a ella.
De hecho, iban de todo el condado a pedirle hierbas de su jardín. Y a contarle sus malestares y dolores.
Algunas veces era tanta gente, que su padre solía protestar:
—En verdad, mi amor, te estás acabando por esa gente que tanto te molesta. ¿Por qué no acuden a sus doctores?
—Ningún doctor puede darles lo que yo les doy —respondió con suavidad la duquesa—. La medicina de los doctores es artificial, mientras que la mía es natural, proviene de la naturaleza misma.
El príncipe no había dicho nada.
Mientras Latasha continuaba dando el suave masaje, sintió que él se relajaba.
Ya no estaba tenso por el dolor.
Recordaba con exactitud, los movimientos que hacía su madre en la cabeza de algún enfermo.
Mientras usaba sus dedos, rezaba, como lo hacía siempre su madre.
—Lo que debo hacer, cariño —le decía a Latasha, desde que era muy pequeña—, es primero rezar porque la persona a la que atiendo se ponga bien. Ésa es la mitad de la batalla contra la enfermedad. En segundo lugar, que mi propia vitalidad fluya de mis dedos para ayudar a quienes la necesitan.
Le pareció muy sencillo cuando era una niña pequeña. Siempre había recordado lo que su madre le decía.
Sintió que el príncipe se hundía en el sillón.
No se resistía en absoluto a la fuerza vital que ella pasaba a su cuerpo.
Tenía como un cuarto de hora de estarlo masajeando cuando se dio cuenta de que él se había quedado dormido.
Retiró las manos y permaneció mirándolo. Dormía muy tranquilo.
Estaba segura de que le había quitado el dolor. En puntillas se dirigió hacia la puerta. En cuanto llegó a ella la abrió.
Afuera encontró al mismo ayuda de campo que la había presentado.
—Su Alteza Real duerme —comentó—. Y ya no sufre dolor. No lo despierten, y si permanece aquí toda la noche, no importa. Sería un error conducirlo arriba y hacerlo que se mueva demasiado rápido.
El ayuda de campo asintió.
—Entiendo, milady —afirmó—. Y le estamos muy agradecidos por ayudar a Su Alteza Real.
—Ahora, lo que deseo es ver al jefe de jardineros mañana, en cuanto regrese de montar con la Princesa Amalie —indicó ella.
—¡El jefe de jardineros! —exclamó asombrado el ayuda de campo.
—Sí, su jefe de jardineros —repitió Latasha.
Sabía que el hombre sentía una gran curiosidad.
Pero no dijo nada más mientras se dirigían hacia la otra parte del palacio.
Cuando se acercaron al salón, pudo escuchar el sonido de voces y risas.
No deseaba unirse a ellas.
Deseaba pensar cómo podría ayudar al Príncipe Kraus, sabiendo cuánto complacería eso a su hermano.
Además, sentía mucha pena por él.
Era una crueldad, pensó, que un hombre tan apuesto estuviera inválido porque había luchado con valentía por su país.
«Estoy segura de que si recuerdo lo que mamá habría hecho, puedo hacer que se ponga bien», se dijo al llegar a su dormitorio.
Se había despedido del ayuda de campo abajo.
Entró y encontró, como esperaba, listo su camisón.
Nanny, sin embargo, por órdenes suyas, se había acostado.
—No debes esperarme levantada —le dijo con firmeza—. Sólo deja todo listo y si tengo algún problema, yo te llamo. De lo contrario me preocuparía pensar que estás sentada aquí con sueño, mientras yo me divierto abajo.
Nanny rió, pero no discutió.
Latasha caminó hacia la ventana y abrió un poco las cortinas. Afuera el cielo estaba lleno de estrellas.
Pudo ver el enorme jardín, fundirse con los árboles del fondo.
Se veía hermoso a la luz de la luna y pensó que sería todavía más bello al día siguiente.
«El Reino de las Flores —se dijo— y, sin embargo, su gobernante no está lo bastante bien para disfrutarlo».
Levantó la vista al cielo.
—Ayúdame, mamá —pidió—. Permíteme curarlo para que pueda oponerse a los rusos y mantener a este pequeño Edén, tan bello como es ahora.
Fue un ruego que surgió de su corazón.
Sintió que volaba hacia las estrellas.
En algún lado, entre ellas, su madre le decía que podría lograrlo. Que ésa era la verdadera razón por la que había ido a Odessa. Latasha durmió profundamente.
Se sorprendió mucho cuando Nanny la despertó a las siete y media de la mañana.
—Me dijeron que irá a cabalgar, y si no se apresura llegará tarde. Era la manera en que Nanny hablaba siempre.
Latasha sonrió mientras se levantaba.
—Tengo mucho que contarte, Nanny —declaró—. Pero deberás esperar hasta que regrese.
—Bueno, no esperará que mientras me fugue —indicó Nanny—. Y como es un hermoso día, será mejor que se ponga su mejor traje de montar.
—Espero que disfrutaras tu cena anoche —inquirió Latasha al terminar de lavarse.
—Fue interesante. Son gente muy agradable, pero están muertos de miedo por los rusos, ¿y quién no lo estaría?
—Estarían a salvo si yo me casara con el Príncipe Stefan. Pero por el momento él no está interesado en mí.
—Eso he sabido. Como le he dicho antes, nunca se puede confiar en los extranjeros, y en especial en los franceses.
Eso hizo que Latasha pensara en el conde que insistió en cenar con ella, en el Expreso de Oriente.
Si el guía no se hubiera asegurado de que la dejara en paz, habría continuado persiguiéndola.
Se preguntó si el marido de Madame Le Telbé sabía que ella coqueteaba de manera tan abierta con el Príncipe Stefan.
Tal vez tenía su propio amor oculto en París.
«Ahora sé una cosa», se dijo, «no deseo casarme con un francés. Uno jamás podría esperar que fuera fiel, mientras que, al menos, los ingleses lo intentan».
Una vez más, pensó en el Príncipe Stefan.
Se preguntó si le sería posible alguna vez amarlo. No había duda de que era muy apuesto. Pero le parecía demasiado joven. No sólo en su apariencia, sino en su manera de comportarse.
Un hombre de más edad, pensó, habría sido más correcto con ella durante la cena.
El príncipe era como un niño pequeño, decidido a apoderarse y disfrutar «toda la fruta del árbol».
No pensaba nada más que en sus deseos.
«Es joven y, por supuesto, aprenderá», pensó ella.
Sin embargo, no podía imaginarlo gobernando el país, ni manteniéndolo tan bello como era ahora.
Eran justo las ocho cuando la Princesa Amalie llegó por ella. Lanzó un grito de alegría al entrar.
—¡Va a venir! ¡En verdad va a venir! —declaró—. Temía que hubiera cambiado de opinión.
—Por supuesto que iré —respondió Latasha—. ¿Iremos solas?
—No, Stefan está afuera con los caballos y no debemos hacerlo esperar.
—Por supuesto que no.
Bajaron a la carrera.
Latasha vio, con sorpresa y deleite, que dos palafreneros sostenían a dos espléndidos caballos.
El Príncipe Stefan montaba otro, y era evidente que estaba ansioso por partir.
Levantó su sombrero al ver a Latasha.
Ella lo saludó, agitando una mano, antes de que la ayudaran a subir a la silla.
En cuanto ella y la Princesa Amalie montaron, el Príncipe Stefan partió.
Debieron apresurarse para alcanzarlo.
Las condujo lejos del palacio, donde había una larga franja de tierra sin cultivar.
Corría a un lado del río que Latasha vio a su llegada. En cuanto llegó a ella, el Príncipe Stefan partió a galope. Las dos jóvenes lo siguieron.
Para Latasha era un intenso deleite sentir al caballo moverse bajo ella.
También ver una nube de amarillas mariposas, surgir de entre las flores del suelo.
Había leído acerca de ello en uno de sus libros. Era una emoción verlo suceder en la realidad.
Muy adelante de ellas, el Príncipe Stefan galopó cerca de veinte minutos.
Entonces, cuando redujo el paso de su caballo, ellas lo alcanzaron.
—¡Eso fue maravilloso! —exclamó entusiasmada, Latasha.
—Pensé que lo disfrutaría —respondió el príncipe—. Me dijeron que era buena jinete y me quito el sombrero ante usted.
Latasha le sonrió.
—Gracias, es el más agradable halago que podría recibir —declaró.
—¿Desea halagos? —preguntó el príncipe—. Pensé que las inglesas no los apreciaban.
—Le aseguro que los apreciamos tanto como cualquier mujer de otros países —respondió Latasha.
—Entonces debo decirle que cabalga de manera brillante, y sin duda debemos organizar una carrera antes de que se vaya.
—¿Una carrera? ¿Qué tipo de carrera?
—Antes de que hirieran a mi hermano, solía hacer carreras con nuestros amigos, en una pista que está al otro lado del palacio. Ahora nadie se ocupa de ello y casi lo han olvidado.
—¡Oh, hagamos una carrera! —exclamó Latasha—. Será muy emocionante. Pero debo tener antes la oportunidad de conocer bien a sus caballos, ya que me gustaría ganar y decir que fue una victoria para la Gran Bretaña.
—Eso haremos —prometió el Príncipe Stefan—. Aunque, en realidad, Kraus la organizaría mucho mejor que yo.
—¿Cuánto tiempo lleva enfermo?
—Creo que cerca de un año —respondió él—. Por supuesto, fueron los rusos. ¿Quién más habría de ser? Lo único que puedo decir es, divirtámonos mientras podamos, porque es muy probable que ninguno de nosotros esté aquí mañana.
—No debe pensar así —repuso Latasha—. Debe hacerse a la idea de luchar contra ellos y ganar.
—Eso depende de lo que tenga uno que hacer —comentó el príncipe.
Se lanzó de nuevo al galope.
Latasha comprendió que no deseaba hablar de cómo podría mantener a raya a los rusos.
No lo culpaba.
Era, de manera evidente, algo sumamente desagradable para un joven de veintitrés años, saber que debía casarse con alguien que para él eligiera la Reina Victoria.
Alguien que podría no compartir sus intereses, ni siquiera cabalgar. «Lo lamento por él», se dijo Latasha, mientras galopaban de regreso por el mismo camino.
A la vez, comprendió que no deseaba casarse con él.