Capítulo 7

Wenda se puso el hermoso vestido azul que eligió entre los que Josofine dejó para ella. El pequeño sombrero, adornado con flores azules al juego, era muy favorecedor.

Cuando se los puso, pensó que nunca antes había usado algo tan costoso y de gusto tan excelente.

Pensó que su nueva cuñada sería una persona sumamente agradable con quien convivir.

Entonces, al pensarlo, de pronta se sobresaltó.

¿A dónde iría?

¿Qué debía hacer?

No habían dicho ni una palabra respecto a que se quedara en Creswell Court.

Pero sabía con toda claridad que, sin importar lo que dijeran, en realidad no la querrían a su lado.

Por supuesto, de recién casados desearían estar solos.

No podía vivir en la casa sin estar con ellos.

«¿Qué haré, a dónde iré?», se preguntó.

Salió de su dormitorio y bajó por la escalera lateral.

No debían verla los huéspedes, que se reunían en el vestíbulo.

Los carruajes los conducirían a la iglesia, que estaba al final de la vereda.

Josofine iría al último, con el Príncipe de Gales.

El se había dedicado con todo el corazón a la organización de la boda. Le había indicado al vicario con exactitud lo que deseaba.

Robbie, quien escuchaba, se dio cuenta de que estaba encantado de recibir órdenes de alguien tan distinguido.

—Espero que Su Alteza Real comprenda —comentó el vicario— que aun cuando yo intentará mantener esta boda lo más secreta posible, sospecho que en la aldea ya se enteraron de que Su Alteza Real está aquí y, sin duda, encontrarán la forma de ir a la iglesia.

El Príncipe de Gales se rió.

—Qué lo hagan —aceptó—. Todos disfrutan de una boda y es justo que estos jóvenes compartan su felicidad con otros.

Mientras escuchaba Robbie, comprendió como se había dicho a sí mismo, que era el hombre más afortunado del mundo.

No sólo se casaba con una mujer a la que realmente amaba y que lo amaba a él, sino que todas sus dificultades las estaba resolviendo el Príncipe de Gales.

Como se enteraría Wenda por la señora Stevenson, el vestido de novia de su abuela le había quedado a Josofine a la perfección.

Como en esa época la moda era de amplias faldas, tenía una caída natural en la espalda.

Se vería preciosa con la enorme tiara Creswell deteniendo en su lugar, el velo de encaje de Bruselas.

Durante trescientos años lo habían usados las novias de la familia. Robbie acudió a la habitación de Wenda, temprano por la mañana, cuando ella estaba todavía acostada.

De forma deliberada, la chica no había salido a cabalgar, como la mañana anterior.

Pensó que si el marqués también salía, podrían verlos y eso molestaría a su hermano.

El tuvo que llamar a la puerta porque cuando dio la vuelta al picaporte, encontró para su sorpresa, que tenía puesta la llave.

Cuando ella le abrió, Robbie preguntó:

—¿Por qué cerraste con llave la puerta? Nunca antes lo hacías.

—Pensé que alguien podría entrar por error y verme.

De hecho lo hizo, porque temía que, igual que lo hiciera por error la noche anterior y la llamara un ángel, el marqués quisiera ir a hablar de nuevo con ella.

Deseaba verlo, lo deseaba con fervor, pero sabía que sería un error.

El podría adivinar quién era ella o preguntar a Robbie si realmente trabajaba en la cocina.

En ese caso, su hermano se molestaría mucho con ella.

También, en el fondo de su mente, sabía que su madre se escandalizaría ante la idea de que alguien entrara en su habitación cuando ella estaba acostada.

Había sido una decisión difícil de tomar y que casi la hizo sentirse partida en dos.

«Cuando él se vaya después de la boda, no lo volveré a ver», pensó. «Y si viene a verme esta noche, como lo hizo ayer, sería algo para recordar».

Entonces comprendió que era egoísta al pensar en ella y no en Robbie y en sus órdenes.

—Debes ocuparte de que el pastel de bodas y todo lo demás esté listo en el comedor —pidió él—. Después sal por una de las puertas traseras y llega a la iglesia antes que los invitados y, por supuesto, la novia y el Príncipe de Gales.

—¿Tengo que ir a pie?

Wenda pensó que, ataviada con el elegante vestido que Josofine le prestara, podría atraer la atención de quienes partían de la puerta principal.

—No, por supuesto que no —negó Robbie—. No soy tan tonto como para eso. Arreglé que Ben te lleve. Temo que será en el viejo carruaje, ya que no tenemos algo mejor. Pero al menos llegarás de forma apropiada, y después, él te traerá de regreso a la casa cuando la ceremonia termine.

Hizo una pausa antes de añadir:

—Entonces te presentaré con los invitados de la casa, a quienes diremos que estabas de visita con algunos de nuestros familiares.

Wlenda se rió.

—Ya lo tienes todo planeado.

—Igual que tú planeaste el arreglo de la casa para hacerla tan cómoda y elegante para el Príncipe de Gales —comentó él—. Te recompensaremos por tu buen trabajo en cuanto regresemos de nuestra luna de miel.

—¿Podrías decirme a dónde irán?

—Víctor Milverton nos prestó su casa de Newmarket. Mientras permanezcamos ahí decidiremos qué caballos de carreras comprar, en cuanto terminemos de arreglar esta casa.

Wenda emitió un pequeño murmullo de alegría y Robbie prosiguió:

—Entonces, cuando el Príncipe de Gales nos avise que la familia de Josofine nos ha perdonado, iremos a Francia a visitar a los duques y, por supuesto, a comprar su ajuar.

—Yo me siento muy incómoda por haber tenido que pedirle uno de sus bonitos vestidos —declaró Wenda.

—No te preocupes por ello. Ya escribió ella una carta a la tienda a la que la llevé, en la calle Bond y estoy seguro de que nos mandarán baúles llenos de ellos a Newmarket.

Fue solo hasta que él se había ido, que Wenda pensó lo maravilloso que debía ser tener tanto dinero.

No había pedido a Robbie más dinero.

Pero poco antes de salir de su dormitorio, él le había entregado un sobre grande, diciendo:

—Aquí hay dinero para pagar a los sirvientes y trabajadores. Y toma todo el que quieras para ti.

Ella abrió el sobre y lanzó una exclamación de asombro:

—¡Tres mil libras! No creo que los hayas sacado del banco.

—Josofine lo hizo posible —informó Robbie—. Y no me voy a sentir avergonzado por ello. Por supuesto, tendremos que usar su dinero para hacer de la casa lo que queremos, y contratar cuantos sirvientes sean necesarios para vivir con comodidad. Pero es mi casa, mi finca y mis pinturas, y tengo la firme intención de no dejarme avergonzar por permitir que mi esposa contribuya a nuestra comodidad.

Wenda se rió, rodeó con sus brazos el cuello de su hermano y lo besó.

—¡Eres maravilloso! —exclamó—. Sé que siempre serás «el gallo de tu gallinero» y eso es lo que a toda mujer le agrada que sea su marido.

—Sabía que me comprenderías —comentó Robbie.

La besó y se alejó apresurado.

Ella pensó de nuevo que había sido muy afortunado al encontrar a alguien tan bella y tan inteligente y comprensiva, como Josofine. El carruaje la esperaba en la puerta de la cocina.

Mientras subía a él, la señora Banks pidió:

—No se preocupe por nada, queridita. Yo me encargaré de que todo esté perfecto cuando regresen y puede estar segura de que el pastel les encantará.

Wenda sabía que no había duda de ello.

El pastel, ahora que estaba ya totalmente decorado con flores y frutas, lucía hermoso.

Igual la mesa ya puesta.

Ya no era sólo por el Príncipe de Gales por quien todos trabajaban, sino por la pareja de novios.

A Wenda no le sorprendió encontrar, al llegar a la iglesia, que ya había una pequeña multitud de aldeanos afuera.

Algunos, incluso, habían entrado y ocupado las filas de más atrás.

Ella estaba segura de que, en cuando el Príncipe de Gales había llegado a Creswell Court, las mujeres que trabajaban ahí, lo comentaron con sus familias y amistades al regresar a sus casas por la noche. Al entrar en la iglesia, el vicario la saludó.

La acompañó hasta la fila de la familia, que se había tallado el mismo año en que se construyera Creswell Court.

El grupo de invitados, cuando llegaron, la miraron con curiosidad. A ella le sorprendió no ver al marqués.

Entonces, cuando apareció, caminaba junto a Robbie, y ella se dio cuenta de que sería su padrino.

La ceremonia fue sencilla, pero muy sincera.

Wenda rezó por la felicidad de su hermano.

Pero comprendía que ya había sido bendecido por Dios al conocer a Josofine.

Cuando los novios salieron, el grupo de invitados los siguió por el pasillo y subió a los carruajes que esperaban afuera.

El viejo carruaje de Wenda era el último.

Apenas había subido a él cuando, para su sorpresa, el marqués, después de ayudar a subir a algunas de las pasajeras de los primeros carruajes, se reunió con ella.

Al entrar cerró la portezuela con firmeza.

No quedaba ya nadie más que pudieran llevar consigo.

—¿Cómo pudo ser tan cruel —preguntó— y tan poco bondadosa como para cerrarme anoche las puertas del paraíso?

Wenda se ruborizó.

El pensó que así se veía más linda que nunca.

—Temía… que Robbie —declaró después de un momento— pudiera verlo… y se habría… enfadado mucho… conmigo.

—Antes de salir de la casa me comentó que su hermana, que estaba de visita con unos familiares, llegaría para la boda.

—Oh, por favor —rogó Wenda—, debe tener cuidado de no decir a nadie que estuve todo el tiempo en la casa.

—¿Realmente ayudaba en la cocina?

—Por supuesto. No supondrá que la señora Banks, por buena cocinera que sea, pudiera preparar esos platillos franceses que supe tanto gustaron a Su Alteza Real.

—Y vaya que le gustaron —comentó el marqués—. Se servía tan grandes porciones que yo temí no alcanzar nada.

Wenda se rió.

—En cuanto los novios se vayan —expresó el marqués— y, por supuesto, Su Alteza Real, deseo hablar con usted respecto a nosotros.

Wenda sintió que su corazón daba un vuelco.

Fue con dificultad que logró preguntar:

—¿Qué… quiere… decir… con eso?

—Quiero decir que le dije a Robbie que yo me encargaría de usted y la llevaré esta tarde, después que todos hayan partido y esté usted lista, a hospedarse con mi abuela.

—¡No puedo… dejar… la casa! —exclamó Wenda con rapidez.

—Por lo que sé —comentó el marqués con voz muy suave— su mayordomo Banks es muy capaz de supervisar todo el trabajo y usted y yo tenemos que pensar en nuestro futuro.

—No… sé… a qué… se refiere —titubeó Wenda.

—Yo creo que sí sabe y como está bastante lejos la casa de mi abuela, le sugiero que ahora que lleguemos diga a su ama de llaves que empaque su ropa.

No hubo tiempo de decir más porque los carruajes habían llegado a la casa.

Ya los novios habían entrado, así como el Príncipe de Gales y la mayoría de los huéspedes.

Mientras descendía, Wenda sintió que la cabeza le daba vueltas.

Le era imposible pensar con claridad en lo que el marqués le había dicho o en lo que sucedía.

En cuanto llegaron al comedor, Robbie acudió a su lado.

Primero la presentó con el Príncipe de Gales.

—Ya le he hablado de mi hermana, señor —dijo—, y de la tarea maravillosa que realizó al preparar todo para la visita de usted.

—Entonces debo agradecérselo mucho —declaró el príncipe mientras Wenda le hacía una reverencia—. Nunca había disfrutado tanto una visita, ni había estado más a gusto.

—Eso es justo lo que deseaba escuchar, Su Alteza Real —expresó Wenda.

—También estoy fascinado de que su hermano tenga una esposa tan encantadora y bonita, a la que conozco desde que nació —continuó el Príncipe de Gales—. Estoy ansioso por recibirlos en Sandringham en cuanto regresen de su luna de miel.

Wenda sintió que eso ayudaría mucho a calmar la indignación del duque por el rechazo de ella a casarse con el príncipe que le había elegido.

Todos los invitados se mostraron encantados de conocer a Wenda. La Duquesa de Manchester le pidió:

—Por favor, visíteme cuando vaya a Londres. Deseo tener una larga charla con usted respecto a sus pinturas. Robbie me dice que usted sabe de ellas más que nadie.

—He intentado recordar todo lo que mi padre me enseñó de ellas —comentó Wenda— y muchas gracias por su invitación.

Mientras charlaba y la presentaban con los demás, se mantuvo vívidamente consciente de que el marqués la observaba.

Todavía le resultaba difícil creer que se la llevaría consigo en cuando todos se fueran.

Después que el Príncipe de Gales probó el pastel de bodas y ofreció un brindis a la salud de los novios, se apresuró a regresar a Londres. En cuanto se fue, también lo hizo el resto del grupo.

El marqués, con mucha habilidad, había arreglado que Lady Eleanor viajara de regreso con el Duque de Sutherland y su pareja.

Les complaciera o no, tuvieron que aceptar.

Cuando el último de los invitados se alejó y Wenda estaba en el umbral agitando la mano para despedirlos, el marqués llegó a su lado.

—Acabo de decir a Banks —comenzó— que deseo que traigan enseguida mi carruaje, para que partamos lo más pronto posible.

Wenda lo miró.

—¿Realmente… está sucediendo… esto? Siento… que me… falta… el aire.

Sus miradas se encontraron y se dijeron mucho más que con palabras.

La chica comprendió que no debía hacerlo esperar y apresurada subió a su dormitorio.

Un lacayo ya sacaba su maleta cuando llegó.

—Puse ahí sus mejores cosas, señorita Wenda —informó la señora Stevenson— y si tiene oportunidad, cómprese un nuevo traje de montar, además de varios vestidos.

—Lo sé —aceptó Wenda.

Pensó que con la enorme cantidad de dinero que Robbie le había dado, podría gastar un poco en adquirir ropa nueva.

Se sentía incómoda pareciendo una limosnera hasta que pudiera hacerlo.

Casi como si lo hubiera dicho en voz alta, la señora Stevenson comentó:

—Sus trajes de noche me parecieron ya muy gastados, señorita Wenda, así que puse unos de su madre, que están como nuevos. Los revisé bien y creo que encontrará usted que no están tan pasados de moda, ya que lo que ahora se usa no es diferente a lo que se usaba cuando ella vivía.

Wenda recordó que su madre tenía varios lindos vestidos de noche que usó en los bailes y cenas elegantes.

Los había guardado y la chica jamás había pensado en usarlos. No la habían invitado a muchas fiestas.

Además, siempre sintió como si la ropa de su madre fuera algo sagrado que nadie más debía usar.

Pero ahora, comprendió que podrían ser una bendición que mucho necesitaba.

En voz alta expresó:

—Gracias por pensar en ello. Yo misma no lo había hecho.

—Se merece un poco de diversión, señorita Wenda, por todo lo que ha hecho. Y ahora que las cosas han cambiado para Su Señoría, ésta es una casa feliz.

Antes que Wenda pudiera preguntarlo, añadió:

—Antes de irse, Su Señoría comentó que no podía arreglárselas sin mí y le prometí que me quedaría a ayudar a su esposa hasta que ella pueda manejar la casa tan bien como usted lo ha hecho siempre.

—¡Qué maravillosa noticia! —exclamó Wenda.

Poco antes que bajara, Banks acudió a ver si el lacayo había bajado todo lo que ella necesitaba.

—Ha sido usted maravilloso, Banks —declaró Wenda— y Su Alteza Real dijo que nunca antes había estado tan a gusto.

—Es lo que también me comentó Su Señoría —señaló Banks— y también me dijo que usted se va.

—Voy a hospedarme con una de las familiares del marqués. No estoy segura de cuánto tiempo estaré ausente, pero supongo que Su Señoría le dijo que cuando se termine el dinero que le voy a dar ahora para pagar todos los sueldos y la comida, sólo tiene que ponerse en conmigo.

Le entregó un sobre con mil libras.

—Muchas gracias, señorita —expresó Banks—. Yo les pagaré a los trabajadores cada semana.

Entonces, como deseaba estar con el marqués, ella bajó con rapidez. Afuera, tirado por cuatro caballos, estaba el carruaje abierto más elegante que ella había visto.

Había un asiento atrás, para el palafrenero, pero cuando ella subió, se dio cuenta de que la capota de atrás lo aislaba por completo.

Tampoco podría escuchar lo que ella y el marqués se dijeran. Banks los despidió.

Mientras avanzaba por la vereda, Wenda manifestó un poco nerviosa:

—¿Está seguro de que a su abuela le agradará verme? Después de todo, no pudo haberle avisado que me llevaría.

El marqués esperó a que cruzaran los portones de hierro antes de decir:

—Mi abuela la recibirá con los brazos abiertos. Tiene años de estar rogándome que me case, pero hasta ahora, siempre me había rehusado.

La chica se volvió a mirarlo con profundo asombro.

El le devolvió la mirada antes de decir:

—Sin duda, se da cuenta de que es usted lo que estuve buscando toda mi vida, pero casi había llegado a creer que no existía.

—No… no… comprendo —susurró Wenda.

—Creo que sí comprendió —refutó el marqués—, cuando la vi por primera vez y pensé que era un ángel, que después de encontrarla no la volvería a perder.

—Jamás pensé en tal cosa —intentó decir Wenda.

El marqués expresó:

—Me percaté a la mañana siguiente que disfrutamos las mismas cosas y que usted era, completa y absolutamente, el ángel que desde niño me dijeron que me cuidaba y me amaba.

Wenda contuvo el aliento.

Entonces, mientras tomaban el camino principal, dijo con voz que él apenas si alcanzaba a escuchar:

—Pensé que después de la boda nunca lo volvería a ver.

—Me verás el resto de tu vida —declaró el marqués, tuteándola— y nos casaremos en cuanto hayas conocido a mi familia. No quiero que empieces tu vida de casada con el pie izquierdo, como tu cuñada.

—Estoy segura de que los duques perdonarán a Josofine cuando se den cuenta de los felices que son Robbie y ella.

—La perdonarán porque la entregó el Príncipe de Gales, pero siempre lamentarán que no sea una princesa reinante. Sin embargo, no nos preocupemos por ellos. Deseo que pienses en mí y sólo en mí.

—Me ha resultado difícil pensar en otra cosa desde que te vi por primera vez cuando me ocultaba en la galería de los músicos —señaló Wenda.

El marqués se rió.

—Así que desde ahí nos espiabas. Debí suponer que eso harías. Pero no supe, hasta que entré en tu dormitorio por error, que un ángel había bajado del cielo especialmente por mí. Ahora mi vida nunca volverá a ser la misma.

—¿Cómo puedes estar seguro de que cuando me conozcas mejor no te vas a sentir decepcionado?

El marqués se rió.

—Cuando te vi por primera vez, mi corazón dio un vuelco, y desde entonces no ha vuelto a su lugar normal. Cada vez que te he visto me siento más y más profundamente enamorado, como no lo había estado jamás en toda mi vida. Nunca conocí un amor así, del cual había leído y en el cual soñaba, pero nunca antes me había sucedido.

—¿Cómo puede ser eso verdad, si eres tan apuesto e importante? —preguntó Wenda.

—¿Es por eso que me amas? —inquirió el marqués.

—No, por supuesto que no —negó Wenda sin pensar.

Entonces se ruborizó y desvió la mirada.

—Así que me amas —susurró él con voz suave—. Eso suponía y cuando cerraste con llave tu puerta anoche, me sentí seguro de ello.

Wenda lo miró sorprendida.

—¿Por… qué lo… dices?

—Porque si sólo hubieras estado coqueteando conmigo, habrías dejado la puerta abierta y permitido que entrara a hablar contigo. Pero creo, amor mío, que tenías miedo de ti misma.

La chica comprendió que era verdad.

Deseaba verlo, pero sabía que era incorrecto que lo hiciera. Había tenido miedo de sus propios sentimientos.

No había necesidad de que respondiera al marqués.

Se volvió hacia él, y él leyó la expresión de sus ojos y aseguró:

—Me amas, sé que me amas y te prometo, mi amor, que vamos a ser muy muy felices.

Wenda se acercó un poco más a él.

—Pensé —susurró— que cuando Robbie regresara de su luna de miel con Josofine, no querrían que viviera con ellos, y me preguntaba a dónde podría ir.

El marqués no habló y ella continuó:

—Deseaba estar contigo pero nunca pensé que tú me quisieras.

—Te quiero como jamás he querido a ninguna mujer antes y vamos a casarnos en cuanto mi familia te haya conocido. Entonces te enseñaré, amor mío, lo que es el amor. El amor que yo mismo no conocía hasta ahora.

—¡Es tan maravilloso! —exclamó Wenda—. Que estoy segura de que es sólo un sueño perfecto y encantador.

—Eso será el resto de nuestras vidas —indicó el marqués—. Mi amor, hay tantas cosas que vamos a hacer juntos y que yo había sentido pereza por hacer antes, pero que haré ahora, sencillamente porque sé que te van a complacer. Disfrutaremos al hacer de nuestra parte del mundo, aunque sea pequeña, la más perfecta y un ejemplo para los demás.

Lo comentó con voz muy suave.

Wenda no pudo evitar acercarse un poco más a él.

—Te amo —susurró—, pero sé tan poco del amor que tendrás que enseñarme a amarte de la forma en que deseas ser amado.

—Sólo tienes que ser tú misma —apuntó el marqués—. No olvides que eres un ángel enviado por el cielo especialmente para mí, y que así es como te vi por primera vez, sentada en tu cama. Desde ese momento me ha sido imposible pensar en algo más.

—Intentaré ser el ángel que quieres que sea. Pero tendrás que ayudarme y por supuesto seguir amándome.

Pronunció las últimas palabras con cierta tristeza y él comprendió que sentía miedo.

—Te amaré mientras viva —aseguró— y creo que cuando muramos, continuaremos juntos, igual que lo hemos estado antes y por eso desde entonces nos estábamos buscando.

—Estoy… segura… de que es… verdad —murmuró Wenda.

Mientras continuaban su camino, la luz del sol parecía envolverlos, no sólo a ellos, sino a sus corazones.

Ella comprendió que había encontrado algo tan perfecto y tan maravilloso que nunca más se sentiría temerosa ni sola.

«Gracias Dios mío, gracias», dijo en silencio.

Entonces, cuando el marqués volteó el rostro para verla; comprendió que él estaba elevando la misma plegaria que ella.

FIN