Capítulo 4
En Creswell Court, Wenda estaba asombrada de la rapidez con que las cosas mejoraban.
Para el miércoles, toda la casa empezaba a verse muy diferente. Se debía, principalmente a Banks y a la señora Stevenson.
Estaban emocionados con la idea de que Su Señoría recibiera a un grupo de amigos.
Wenda tuvo mucho cuidado de no decir quiénes irían.
Comprendía, sin embargo, que la noticia de una reunión; algo que no había tenido lugar en la casa durante tanto tiempo, emocionaba a la aldea.
De hecho, Banks pudo haber contado con una docena más de lacayos de los que necesitaba.
Tuvo la sensatez de elegir hombres jóvenes entre los más educados y, por lo tanto, con mejores probabilidades de ser eficientes, que los aldeanos comunes.
El hijo del dueño de la tienda de abarrotes, que Wenda sabía había tenido muy buenas calificaciones en la escuela, era uno de ellos. El otro era el hijo del veterinario.
Mientras tanto, la señora Stevenson contrató mujeres a las que conocía personalmente.
Estaban emocionadas de contar con la oportunidad de trabajar en Creswell Court, aunque fuera por un tiempo muy corto.
Le parecía a Wenda que, después de meses de estar sola, con sólo Banks para atenderla, ahora vivía en un mundo nuevo.
De hecho, era un verdadero torbellino.
Cuando bajaba en la mañana, ya estaban lavando los suelos, puliendo las repisas de las chimeneas y limpiando las alfombras.
En cada habitación a la que acudía parecía haber media docena de mujeres haciendo algo.
Sólo podía esperar que el dinero que Robbie le diera fuera suficiente para pagarles a todos.
Realmente desquitaban no sólo lo que les pagaban, sino mucho más. En realidad disfrutaban de la emoción de estar en el interior de la casa, la cual, muchos de ellos nunca habían conocido por dentro.
Competían entre sí por hacer mejor su trabajo.
Wenda se concentró en las pinturas.
Pero pronto descubrió que eran demasiadas para ella.
Por lo tanto, tuvo que solicitar la ayuda de los hombres de St. Albans. Tres días bastaron para que le resultara difícil reconocer su propio hogar.
Todo resplandecía, todo estaba de alguna manera diferente a como era antes.
Se hallaba decidida, por el bien de Robbie, a que los amigos de él no tuvieran algo malo qué decir.
Ni que tuvieran motivos para comentar que algo estaba mal o que se encontraban incómodos.
Los dormitorios que eligió para los huéspedes eran todos, por supuesto, de los principales de la casa.
Y tal como él insistiera, estaban en el mismo piso.
Ella no preguntó por qué deseaban estar todos juntos.
Se limitó a aceptarlo.
Era un grupo que deseaba estar cómodo y, naturalmente, uno cerca del otro.
Sólo algunas veces, mientras estaba acostada, se estremecía al pensar que llegaría el Príncipe de Galés.
Tal vez, le parecería muy diferente a las otras grandes mansiones en las que se había hospedado.
Ahora que Robbie le había explicado con qué frecuencia estaba con Su Alteza Real, ella podía entenderlo.
Por supuesto, deseaba dejar su casa tan bien, si no es que mejor que las otras a donde había sido invitado con el príncipe.
Lo que no comprendía bien, era lo de las mujeres.
¿Por qué deseaban tener sus nombres escritos en las puertas de las habitaciones?
Entonces, pensó que debía ser una costumbre de la que ella no se había enterado.
Pensó que sería molesto si él llevaba la lista hasta el último momento. Eso significaría hacer todo deprisa.
Por lo tanto, se sintió encantada la mañana del jueves al recibir la carta de Robbie.
El le daba la lista de los invitados, por supuesto, sin mencionar el nombre de Su Alteza Real.
Robbie había pasado los primeros dos días de paseo con Josofine. Era algo que no había hecho desde que era un niño.
Fueron primero al zoológico, después a la torre de Londres y después al museo de Madame Tussaud.
Les había sorprendido que eso les llevara prácticamente todo el día y no hubiera tiempo de hacer algo más.
—¡Ha sido maravilloso, maravilloso! —exclamó Josofine—. Disfruté cada minuto.
Hizo una pausa para mirarlo interrogante antes de preguntar:
—¿No… no lo he… aburrido?
—¿Cómo puedo aburrirme estando con usted? —inquirió Robbie.
Le encantó el ligero color que tiñó las mejillas de ella y la forma en que, con timidez, desvió la mirada.
Comprendió que cada momento se sentía más atraído por ella. Le resultaba todavía más fascinante que al principio.
No se podía explicar por qué era tan diferente.
Excepto que, sin duda, era más bella que ninguna otra mujer que conociera antes.
Se comportaba de forma muy distinta a las demás.
Principalmente, era porque no hacía esfuerzos por coquetear con él, como lo hiciera la elite de Mayfair desde que él llegara a Londres.
Era la manera acostumbrada en que se comportaban con todos los hombres apuestos, importantes y de buena familia.
Estaba acostumbrado a las invitaciones enviadas por sus ojos y sus labios.
La forma en que sus manos solían tocar las suyas como por accidente, aunque se daba bien cuenta de que no había nada accidental en ello.
Se divertía de la misma manera en que lo hacía el Príncipe de Gales. Hacía el amor a las mujeres mientras sus maridos estaban ausentes, de pesca, de cacería o en las carreras.
No le interesaban las debutantes y las jovencitas, a las que sólo les importaba conseguir casarse.
Aunque no podía permitirse el tener una esposa, poseía un título. Siempre había madres ambiciosas que deseaban que sus hijas tuvieran derecho a ser llamadas Lady después de recorrer el pasillo de la iglesia del brazo de su esposo.
Como Josofine era tan diferente de las otras mujeres que había conocido, Robbie también se comportaba de manera muy distinta con ella.
No como lo habría hecho con una mujer casada que conocía todos los trucos del juego.
Josofine era como una niña.
Se emocionó en el zoológico, y cuando los tigres le rugieron, deslizó su mano en la de él.
No porque le coqueteara, sino porque sentía que necesitaba su protección.
Los dedos de él se cerraron sobre los de ella.
Sin embargo, comprendió que estaba más fascinada por los tigres. Ella no pensaba en él de ningún otro modo que no fuera que estaba ahí para cuidarla.
Josofine hacía una lista de los lugares que deseaba visitar al día siguiente.
Mientras tanto, él escribió a las anfitrionas cuyas invitaciones había aceptado esa semana.
Les solicitaba lo disculparan por no poder asistir, como lo prometiera, a su cena o baile.
Por desgracia, tenía que ir al campo.
Sabía que era una explicación que aceptarían.
Pero era esencial que no lo vieran en Londres, ellas ni ninguno de sus amigos.
Por fortuna, como a Josofine le gustaba visitar sitios turísticos, no era probable que encontraran en ellos a los miembros de la alta sociedad, como en la Torre de Londres que le encantará.
Ni en la Galería Nacional de Retratos, donde examinara con deleite las pinturas.
Mientras ella lo hacía, Robbie pensaba que él tenía muchos mejores en su casa.
Sin duda, Josofine se sorprendería cuando la llevara a recorrer su Galería de Pinturas.
Fue el miércoles que recordó que no había acudido a la Casa Marlborough.
Deseaba que le dieran los nombres de quienes habían sido invitados al fin de semana secreto de Su Alteza Real.
Pensó que lo adecuado sería acudir a la hora del almuerzo. Estaba casi seguro de que Su Alteza Real habría salido.
O con alguna dama que le atraía de forma particular, o para asistir a algún elegante almuerzo dado en su honor.
Robbie no deseaba encontrarse con el príncipe en ese momento por si lo interrogaba respecto á quién llevaría a su propia reunión.
Francis Knollys estaba, como de costumbre, en su oficina y lo miró sonriente al verlo entrar.
—Me preguntaba qué había sucedido con usted, milord. De hecho, anoche Su Alteza Real me preguntó si lo había visto. Se sintió desilusionado de que no asistiera a la fiesta a la que él fue —comentó.
—Debe decir a Su Alteza Real que estaba en el campo poniendo todas las cosas en orden para su visita —respondió Robbie.
Francis Knollys se rió.
—Supuse que ésa sería la razón. Por supuesto, Su Alteza Real no tiene ni idea de lo que provoca cuando de pronto desea visitar a alguien sin avisar con suficiente anticipación.
Robbie pensó que eso era una gran verdad en su caso.
—Vine a pedirle la lista de invitados —expresó— para que mi secretario pueda escribir las tarjetas que deben ir en las puertas.
—Ya las tengo aquí para usted, pero todavía no me ha dicho cuál es su elección —mencionó Francis Knollys.
—Para decir la verdad, todavía no lo he decido —declaró Robbie—. Sólo diga a Su Alteza Real que le tengo una sorpresa. Eso lo mantendrá contento hasta que finalmente decida yo quien me acompañará.
El secretario se rió.
Le entregó una hoja de papel.
—No hay nadie nuevo —aseguró—. Todos son viejos amigos suyos con quienes ha gozado usted muy buenos ratos en el pasado. Estoy seguro de que su reunión será un gran éxito.
—¿Por qué lo dice? —preguntó Robbie con curiosidad.
—Porque Su Alteza Real nunca antes ha estado en la casa de usted. Aun cuando ha escuchado hablar de ella y de la maravillosa colección de pinturas que tiene, eso le proporcionará un tema nuevo e interesante de que hablar.
Robbie se rió.
Sabía demasiado bien que el Príncipe de Gales se aburriría con rapidez de todo cuanto se convertía en algo demasiado familiar para él. Siempre deseaba cambios, emoción y algo diferente.
Es lo que buscaba cuando iba de una mujer a otra.
Robbie dio las gracias a Francis Knollys y salió.
En cuanto regresó a su apartamento, puso la lista en un sobre y lo dirigió a Wenda.
Cuando ella lo recibió el jueves en la mañana y leyó la lista, se dio cuenta de lo importante que eran todos.
Sólo esperaba y rezó por ello, que no se mostraran demasiado críticos respecto a Creswell Court.
Había hecho lo mejor que pudo.
Pero nunca, durante la época de sus padres, habían tenido tanta gente de la nobleza como huéspedes en la casa, al mismo tiempo.
Era muy diferente a recibirlos sólo para cenar y tal vez, después bailar un poco.
Pero como ella ya sabía, llegarían el viernes a la hora del té y no se irían hasta el domingo por la tarde.
Ya había revisado las minutas, no una vez sino varias, con la señora Banks.
Estaba segura de que el príncipe apreciaría los platillos franceses que habían incluido.
Eran algunos de los favoritos de su padre.
Sin embargo, era muy distinto cocinar para un hombre que para doce. Todos los cuales, habían probado esos platillos en París.
La chica y la señora Banks habían tenido que traducirlos al inglés. Wenda sólo temía por Robbie, que no resultaran tan deliciosos como a ella siempre le habían parecido.
El príncipe, si no se divertía ese fin de semana, podría no volver a invitarlo a la Casa Marlborough.
Entonces se dijo que ella y Banks habían hecho su mejor esfuerzo. Si no era lo bastante bueno, no podían hacer más.
Con mucho cuidado escribió los nombres de las damas en el reverso de las tarjetas de visita de su madre.
Con algunas tachuelas que encontró en la oficina de la administración las colocó en las puertas de los dormitorios que ocuparían.
Le pareció una idea extraña.
Una en la que ella misma no habría pensado.
Pero Robbie había incluido en el sobre, con la lista de invitados, un plano burdo.
Mostraba cuáles habitaciones del primer piso ocuparía cada huésped del grupo.
Las únicas que no tendrían tarjeta con el nombre serían los aposentos principales y, por supuesto, la de Wenda.
La joven comprendió que era porque todavía nadie debía enterarse de que el Príncipe de Gales sería uno de los huéspedes de Robbie.
Fue una gran tentación para ella comentarlo con los Banks, quienes se sentirían muy impresionados.
Pero Robbie le había dicho que era muy importante que eso se mantuviera en secreto.
Era por si acaso la prensa local llegaba a enterarse.
Wenda no había discutido.
Sin embargo, pensó para sí que en el momento que el Príncipe de Gales apareciera, sin duda todos los sirvientes lo reconocerían.
—Era natural que se sintieran sumamente exaltados de tenerlo en sus terrenos.
En la aldea, sin duda, pensarían que era lo más emocionante que jamás había sucedido.
Y sólo se requeriría un poco de tiempo antes que se supiera en St. Albans, donde cada semana sé publicaba el periódico local.
Pero como Robbie regresaría tan apresurado a Londres, no habría alguien a quien hacerle preguntas.
O que le dijera que más podría hacer para evitar que se supiera quién era su más importante huésped.
Sin embargo, no tenía sentido preocuparse por el momento. Todavía tenía mucho por hacer.
El dormitorio principal brillaba como si lo hubieran frotando con la dorada luz del sol.
También era el sol el que convertía el jardín en un hermoso cuadro. Ella había impulsado a Donson a trabajar con tal ahínco que lo hizo lucir casi tan hermoso como cuando había ocho jardineros.
También logró reparar la antigua fuente, la cual se erguía al centro del césped.
Ella había aplaudido de alegría cuando, después de permanecer descompuesta y descuidada desde que ella podía recordarlo, ahora arrojaba de nuevo el agua hacia el cielo.
Pensó, como pensara antes, que era una bendición disfrazada que Donson tuviera problemas con el señor Hatton y que ella lo convenciera de que trabajara en el jardín.
Había logrado más en unos cuantos días de lo que se había hecho durante meses.
Ella le había dicho que necesitaría cuanta flor se pudiera conseguir, cultivada, comprada, prestado o robada, la mañana del viernes.
—Yo le conseguiré las flores, señorita Wenda —aseguró él—, no se preocupe.
—No me preocupo, Donson, porque puedo confiar en que siempre cumples lo que me ofreces —señaló Wenda—. Me dijiste que harías que el jardín se viera como nuevo y es justo lo que has logrado.
Fue evidente que quedó encantado con el elogio.
Ella pensó que aunque en el futuro tuviera que vender más de un broche, lo haría con tal de continuar teniéndolo a su servicio.
Como estaba asustada de lo que Robbie había hecho con Las pinturas que se había llevado, intentó no pensar en ello.
Por fortuna, los dos espacios vacíos en las galerías no eran notorios. Estaba segura de que nadie de los que acudirían durante el fin de semana lo notarían.
A la vez, se estremecía al pensar en la indignación de los fideicomisarios si descubrían lo que su hermano había hecho.
En Londres, Robbie también pensaba en las pinturas.
El señor Hudson había profetizado que recibiría más de lo que esperaba.
Se había ido a la cama con ese pensamiento la noche del miércoles, después de cenar una vez más con Josofine en Shepherd’s Market.
Habían bebido champaña para celebrar lo felices que habían pasado el día y Robbie miró un poco preocupado la cuenta.
Pensó en que era mucho más alta de cuando él solía cenar ahí solo. Pero ¿cómo iba a ofrecer a Josofine algo que no fuera lo mejor? Fue entonces que se dijo que se había enamorado.
Lo había sabido desde la primera noche que cenaran juntos.
Ahora, se percataba de que a cada momento del día, se descubría más y más fascinado por Josofine.
Cuando ella le dirigía una de sus breves y tímidas sonrisas, sentía que su corazón daba un vuelco en el pecho.
Era algo que no le había sucedido desde mucho tiempo antes.
Por supuesto, se había sentido muy atraído y casi enamorado de las hermosas mujeres a las que visitaba en ausencia de sus maridos.
O con quienes hacía pareja en los fines de semana secretos que divertían al Príncipe de Gales.
Pero lo que sentía entonces no era lo que sentía ahora.
Se descubrió extasiado ante la emoción natural y no fingida en la voz de ella.
Por la forma en que escuchaba atenta todo lo que él decía.
Por su risa, que era tan espontánea y algo que él no había escuchado antes.
«Estoy enamorado profundamente», se dijo la noche del miércoles.
Sin embargo, si le pedía Que se casara con él, necesitaría mucho más de lo que podría obtener con la venta de dos pinturas.
El jueves, cuando se fue a la cama, comprendió que si tenía que hacer falsificar en Francia todos lo cuadros que había en su casa para poder tener dinero qué gastar en Josofine, lo haría.
«¡No puedo perderla, no puedo!», pensó.
Que cualquier cosa que tuviera que hacer, aun cuando fuera un delito, la haría antes de perderla.
Pensó en ella mientras daba vueltas sin poder dormir en la cama de su amigo.
Deseaba ir a la puerta contigua, tomarla en sus brazos y decirle cuánto la amaba.
Pero comprendía de forma instintiva, como lo había sabido todo el día, que Josofine no lo entendería.
Debía tener mucho cuidado para no asustarla. La mujer había escapado de Francia.
Aun cuando había intentado, sin hacerlo muy evidente, satisfacer su curiosidad respecto a quiénes eran sus padres, ella no le había dicho lo que deseaba saber.
«La amo, la amo», se dijo una y otra vez.
Pero eso no respondía las preguntas que descubría a punto de brotar de sus labios.
Sólo a través de un tremendo esfuerzo, se controló para no expresarlas.
El jueves pasaron el día recorriendo partes de Londres que Robbie nunca antes había visto.
Josofine también había insistido muy temprano, de mañana, en ir a la calle Bond para comprarse un vestido.
Fue después que Robbie le dijera que la llevaría al campo el fin de semana a conocer su casa.
—¿Es grande o pequeña? —preguntó ella.
—La verdad, es muy grande —informó él—. Pero te confesaré con toda honestidad que realmente no tengo dinero suficiente para mantenerla como debe ser.
Josofine no pareció sorprendida.
—Pensé, ya que ocupas un apartamento tan pequeño en Londres —señaló—, que debías ser pobre. Pero tienes suerte de poseer una casa en el campo.
—Muy afortunado en verdad —convino Robbie—. Y sé que admirarás mis pinturas. Pero todas están inventariadas al título, si comprendes lo que eso significa, serán de mi hijo, si alguna vez logro obtener lo suficiente para tener uno.
—He escuchado hablar de ello —comentó Josofine— y también se hace en algunas familias de Francia. Pero, por supuesto, los nobles franceses perdieron tantos de sus tesoros durante la revolución, que sus castillos ya no son tan espléndidos como solían ser.
—Tengo muchos deseos de que conozcas mi casa —murmuró Robbie—. Pero, como te dije, no es tan elegante como debería ser aun cuando están haciendo todos los esfuerzos posibles para que resulte cómoda al grupo de amigos que recibiré este fin de semana.
Durante un momento, Josofine guardó silencio.
Entonces dijo:
—Si vas a recibir un grupo, tal vez será mejor que yo permanezca en Londres, esperando que cuando tus invitados se vayan, regreses y me cuides como lo has estado haciendo.
—¿Es eso lo que deseas? —preguntó él.
—No, por supuesto que no —negó ella—. No deseo perderte y me entusiasmaría mucho conocer tu casa.
Se hizo el silencio mientras Robbie pensaba que sería muy emocionante para él, llevarla ahí.
Podía imaginar lo adorable que luciría contra los cuadros en las galerías.
Estaba seguro de que se vería todavía más hermosa que las madonas y diosas pintadas por los grandes maestros.
Como permaneció en silencio, Josofine dijo con rapidez:
—Iré si deseas que vaya.
—Deseo que conozcas Creswell Court —aseguró Robbie— y sabes que no deseo dejarte sola en Londres. Me sentiría muy preocupado si lo hiciera.
—Tuviste mucha razón al decirme que no debí venir a Londres sola —señaló Josofine—. Pero no puedo depender de ti para siempre. Después de lo que dijo se hizo un súbito silencio.
Robbie sólo la observó.
Se preguntó cómo podría poner en palabras lo imposible que le era perderla.
«¡La deseo, la quiero!», gritaba cada fibra de su ser.
Sin embargo, el sentido común le indicaba que no podía darse el lujo de sostener a una esposa.
¿Qué tipo de vida tendría ella con él, a menos que continuara comerciando ilegalmente con sus cuadros y enviándolos a falsificar a Francia?
—No sé en qué estás pensando, pero te preocupa —comentó ella de forma inesperada.
—Me preocupas tú —declaró Robbie—. Es algo de lo que hablaremos cuando termine el fin de semana.
Ella le sonrió.
—¿Estás seguro de que deseas que vaya?
—Por supuesto que lo deseo y si no vienes conmigo, me quedaré en Londres y mis invitados tendrán que atenderse solos.
Josofine se rió.
—No seas ridículo. Piensa en lo indignados que estarían si su anfitrión no está ahí para colmarlos de halagos y, por supuesto, asegurarse de que se diviertan.
—Muy bien —aceptó Robbie—. Nos divertiremos todos juntos en mi casa y sólo cuando el grupo se haya ido, hablaremos de tu futuro.
Comprendió al decirlo que era algo que ella deseaba eludir.
No le había confiado quién era ella, ni quién era el hombre del que huía.
Sin embargo, se había quitado la argolla de casada del dedo.
Robbie se dio cuenta de que tendría que decirle que lo usara de nuevo.
Le era imposible llevar a una jovencita a la reunión de Su Alteza Real. Siempre acudían sólo mujeres casadas.
El Príncipe estaba convencido de que las jovencitas eran peligrosas porque todo se lo contaban entre ellas.
A todas las reuniones secretas que asistiera con Su Alteza Real, jamás hubo ninguna dama que no estuviera casada.
—Creo que debemos salir al campo el viernes por la mañana —informó—. Debo atender muchas cosas antes de la llegada de mis huéspedes. Así que me gustaría que partiéramos poco después de las diez.
—Estaré lista —aseguró Josofine—. Pero si voy al campo me gustaría regresar a esa agradable tienda que visitamos en la calle Bond para comprarme un vestido más y tal vez otro de noche.
Fue con dificultad que Robbie se contuvo de preguntarle cómo podía pagarlos.
Sin embargo, la llevó allí antes de iniciar otro de sus recorridos por Londres.
La esperó afuera, en el carruaje que había alquilado para todo el día. Mientras ella estaba en la tienda, se descubrió pensando una y otra vez en cuánto la amaba.
En lo encantadora que era Josofine.
En que nunca antes había sentido tal emoción.
Comprendía que si la perdía, jamás volvería a sentirse como en ese momento.
«La amo, la amo», se dijo.
Le resultó casi imposible no entrar corriendo en la tienda para ver si todavía estaba ahí.
Como se encontraba de compras y las mujeres eran iguales a ese respecto en todo el mundo, se tardó más de lo que él esperaba.
Al fin, salió con dos grandes cajas que colocó en el suelo del carruaje.
—Supuse que estarías comprando toda la tienda —comentó él.
—Lamento si tardé mucho —se disculpó ella—. Tuve que probármelos primero y algunos eran demasiado grandes.
—Estoy totalmente convencido de que estarás adorable con cualquier cosa que te pongas. Por lo tanto, fue un derroche comprarte vestidos nuevos.
—Deseo verme bonita para tus amigos y, por supuesto, para ti —declaró Josofine.
—Sería imposible que te vieras de otro modo.
Mientras el carruaje avanzaba, él pensó que era un error en ese momento seguir hablando de sí mismos.
Todavía no podía entender cómo se las arreglaba ella, para comprar cosas de esa tienda que él sabía que era muy cara.
Le resultaba difícil creer, que cuando escapara, se hubiera llevado consigo una gran cantidad de dinero.
Sin embargo, debió hacerlo.
Sólo le preocupaba si le duraría mucho tiempo más.
Pasaron el resto del día visitando museos y admirando por fuera, el Palacio de Buckingham.
También se dirigieron a los muelles porque Josofine había leído acerca de ellos y deseaba saber si eran tal como los describían.
En realidad, la desilusionaron un tanto.
Pero sólo porque estaban juntos, todo lo que veían les parecía más interesante.
Todo lo que él deseaba era hacerla feliz.
Por la noche la llevó a Drury Lane.
Ahí, ella disfrutó de las bailarinas que fascinaban a Londres y a muchos hombres, como él.
Después, cenaron en otro tranquilo, pero atractivo restaurante, donde Robbie había ido antes con frecuencia.
Los condujeron a un cómodo lugar reservado en el cual podían ver sin ser vistos.
A pesar del costo, él ordenó los mejores platillos y vinos.
Pensó, mientras miraba a Josofine, que aun cuando había cenado ahí con las más aclamadas bellezas de Londres, ella era más encantadora en todos sentidos que las otras.
Sin embargo, lo que le parecía extraordinario era que aun cuando hablaron de muchas cosas diferentes, todavía no sabía mucho de ella.
Cada vez que hacía alguna pregunta, Josofine lograba de alguna manera eludirla.
Se dijo que después del fin de semana, ella tendría que abrirse. Debía hablarle más de sí misma.
No podían continuar como hasta ese momento.
Sin embargo, se daba cuenta de que, de una manera extraordinaria, era más feliz de lo que nunca antes había sido en su vida.
«Te amo, te amo», deseaba decirle.
Pero todavía temía asustarla.
No sólo quería protegerla de todos, sino también de sí mismo.
«Si la asusto, podría desaparecer tan rápido como apareció. Entonces, ¿qué haría yo?», pensó.
Podía imaginarse con claridad recorriendo Francia para encontrarla. Probablemente sin éxito, así que la perdería para siempre.
—¿Por qué estás preocupado? —preguntó Josofine.
—No sabía que lo estaba —respondió Robbie—. Pero igual, me preocupo por ti y por lo que te sucederá en el futuro.
—Me siento tan satisfecha con el presente, que sólo pienso en lo que hacemos en este momento en particular y no en lo que sucederá mañana —declaró Josofine.
—Desearía sentir igual. Pero no puedo evitar preguntarme lo que haremos cuando el fin de semana termine. ¿Desearás volver a Londres o preferirás permanecer en el campo?
El supuso que le daría una respuesta directa, pero ella sólo expresó:
—¿Por qué preocuparnos por el mañana cuando todavía nos queda un poco del día de hoy? Fuiste muy muy bondadoso al llevarme a Drury Lane y disfruto mucho encontrarme en este encantador restaurante donde hemos saboreado tan deliciosa comida.
—Yo también lo disfruté —aseguró Robbie—. Y estoy ansioso porque llegué mañana, cuando te mostraré mi casa. Pero tengo que pensar, en dónde puedo llevarte el lunes.
Se hizo una pequeña pausa.
Entonces Josofine declaró:
—Esperemos a que llegue el lunes.
Miró a Robbie casi implorante.
Como a él cada palabra de ella le parecía música y cada movimiento suyo la elegancia misma, se descubrió diciendo con mansedumbre:
—Está bien, disfrutemos el hoy, o más bien, esta noche y olvidemos todas nuestras dificultades hasta el lunes.
—Por supuesto, esa respuesta es la correcta a tu pregunta —aprobó Josofine—. Y arruinarás el mañana y los siguientes días si continuamos pensando en lo que sucederá en el futuro. Deseo disfrutar del momento en que vea tu casa y todas las hermosas cosas que me has dicho que tienes en ella.
Era mucho más fácil, pensó Robbie, hacerle caso y dejar de preocuparse.
Asimismo, deseaba de forma frenética y persistente, conocer la verdad acerca de ella.
Entonces podría mirar hacia el futuro y, si era honesto consigo mismo, decidir si podía pedirle a Josofine que se casara con él.
Tiempo antes se había hecho a la idea de que le sería imposible casarse.
A, menos que por algún milagro encontrará la manera de ganar dinero suficiente para vivir en Creswell Court como lo hicieran sus padres.
Deseaba mejorar la finca hasta que produjera ganancias, como en el pasado.
Pero parecía un problema imposible de resolverse.
Así que lo había hecho a un lado y se dedicó a divertirse, al igual que el Príncipe de Gales, con cuanta mujer hermosa le atraía.
Sin embargo, ahora estaba enamorado, como nunca antes lo había estado.
Deseaba casarse y tener una familia.
Para ser sincero, deseaba una vida sencilla al lado de la mujer que amaba.
Era algo que jamás antes le había sucedido.
Había pensado que siempre le divertirían los bailes, las cenas y los fines de semana.
Además, por supuesto, las carreras y otras diversiones a las que acompañaba al Príncipe de Gales.
Sin embargo, ahora le parecía increíble que una jovencita, de la cual hada sabía, cambiara toda su vida.
Apareció del otro lado del canal y todo lo que él consideraba deseable; junto a ella ya no tenía importancia alguna, ahora.
«Deseo estar con ella. Deseo amarla y que sea mía».
Las palabras se repetían en su mente mientras observaba a Josofine a través de la mesa.
Comprendía que detrás de todo, estaba asustado de la posibilidad de perderla.
Tal vez si no le resultaba lo bastante atractivo, de pronto ella decidiría regresar a Francia.
Permanecieron charlando hasta que eran los últimos parroquianos. Entonces, tomaron un carruaje de alquiler hacia la calle Milton. Robbie no intentó tocarla mientras avanzaban por Piccadilly.
Podía percibir el dulce aroma que despedía el cuerpo de ella cada vez que se movía.
«La amo y debo tener mucho mucho cuidado de no asustarla en ningún sentido», se dijo.
Entraron en el edificio, dieron las buenas noches al portero y subieron por la escalera.
Josofine le entregó la llave de su propia puerta para que le abriera.
Las cortinas no estaban cerradas y la luz de la luna entraba por las ventanas y plateaba la alfombra.
A través de la puerta abierta, Robbie pudo ver la lámpara junto a la cama.
Josofine debió encenderla antes de salir.
Aun cuando la luz era suave, la habitación parecía cálida y dorada. Josofine se dirigió hacia la ventana para mirar la calle iluminaba por la luna.
—Ha sido una velada maravillosa —comentó—. Nunca antes creo haber sido tan feliz.
—Tampoco yo —aseguró Robbie.
—¿Es verdad?
—Por supuesto que lo es. Sin duda, comprendes que cuando estoy contigo soy más feliz de lo que había sido.
Ella lo miró.
El comprendió que sus ojos azules recorrían su rostro.
Deseaba asegurarse de que le decía la verdad.
Con mucha lentitud, como si tuviera temor de hacerlo, él la rodeó con sus brazos.
—Te amo, Josofine —declaró—. Te amo con mi corazón y mi alma. No hay alguien más en el mundo para mí, excepto tú.
Sintió cómo la recorría un pequeño estremecimiento.
Entonces la acercó más a él y sus labios descendieron sobre los de ella.
Fue un beso muy tierno. Casi reverente.
Al sentir la suavidad e inocencia de sus labios, comprendió de forma instintiva que era la primera vez que la besaban.
La apretó con más fuerza.
Nunca antes un beso había sido tan maravilloso ni le provocó esas extrañas y desconocidas sensaciones.
Entonces, todavía con temor de asustarla, levantó la cabeza. Ella se alejó un poco de él.
—Te amo —repitió—. Te amo y no hay palabras para decirte lo mucho que significas para mí:
Entonces, con un esfuerzo sobrehumano, caminó hacia la puerta. Al llegar a ella se volvió y dijo con voz que no parecía la suya:
—Duerme tranquila, amor mío, y recuerda que te amo.
Cerró la puerta y avanzó hacia el otro apartamento.