Capítulo 3
En cuanto terminaron de almorzar, Robbie condujo su carruaje con rapidez rumbo a Londres.
Los caballos estaban un poco cansados y no hizo tan buen tiempo como de ida.
Había contratado un carruaje de alquiler, pero como el propietario sabía que era muy buen conductor, le permitió llevar las riendas él mismo.
No pudo evitar pensar, mientras conducía, que en cuanto pudiera permitírselo, adquiriría algunos caballos decentes y un carruaje nuevo.
El que había en Creswell Court era demasiado viejo y grande para hacer un trayecto rápido.
Cuando Robbie llegó a Londres fue directo a la casa de su amigo, el señor Hudson.
Era quien le diera el nombre del pintor en París cuyo estudio visitara junto con Su Alteza Real.
Robbie había conocido al señor Hudson en la Casa Marlborough cuando aconsejaba a la princesa respecto a la reparación de una pintura que había en su dormitorio.
Cuando se enteró de que Robbie poseía una de las más finas colecciones de Inglaterra, se mostró muy amistoso con él y lo invitó a cenar. Su casa era tal como Robbie esperaba.
Estaba atestada de pinturas como las suyas, que cada año aumentaban de valor.
Como se volvieron amigos, resultó imposible que el señor Hudson no se enterara de la difícil situación de Robbie.
Los problemas que tenía para mantener la casa y la finca funcionando, sin prácticamente ningún ingreso.
Fue entonces que el señor Hudson le comentó del pintor de París. En realidad no había aconsejado a Robbie que usara sus servicios. Sólo insinuó que si las cosas estaban muy desesperadas, Robbie podía hacer copiar una o dos de sus pinturas.
Se haría tan bien que los fideicomisarios no tendrían ni idea de que no eran los originales.
Fue, por tanto, al señor Hudson a quien Robbie había confiado su desesperada situación.
El terrible problema que tendría si no podía pagar sus deudas.
Lo peor era que podría perder su amistad con el Príncipe de Gales. El señor Hudson había revisado, junto con él, el catálogo de pinturas de Creswell y eligió dos.
En el primer intento sería más sensato elegir las que no fueran realmente notables.
Las que no captaran la atención enseguida, de quienes entraban en la Galería de Pinturas.
Cuando Robbie se detuvo frente a su casa, el propio señor Hudson salió para ayudarle a cargar las dos valiosas pinturas.
Las pusieron en el salón, muy cerca de la puerta principal.
Robbie regresó para dar una propina al hombre que lo había acompañado.
Ya había arreglado pagar por los caballos y el carruaje al día siguiente.
En cuanto se cerró la puerta principal, el señor Hudson entro en el salón y empezó a quitar las cubiertas de seda.
—¡Así que lo hizo, muchacho! —expresó a Robbie— y espero que nadie de su casa hable.
—La única persona que tiene idea de lo que hice es mi hermana, Wenda, a la cual puedo confiarle hasta mi vida.
—Por supuesto, y puede estar seguro de que con estas pinturas ganará mucho dinero.
Miró la de Delacroix y agregó:
—¡Mire ésta! ¿Alguna vez ha visto mayor maestría al pintar?
Robbie no habló y destapó la otra.
Era la que le había sorprendido, que el señor Hudson le pidiera que le llevara cuando la vio en el catálogo.
De hecho opinaba, igual que su hermana, que era bastante aburrida. Algo que él mismo no habría sentido muchos deseos de adquirir. Casi como si lo hubiera expresado en voz alta, el señor Hudson comentó:
—Durante la última exhibición de las obras de Baugin en París, los precios subieron hasta el cielo. De hecho, me sorprendería mucho si no le pagan más por esta que por su Delacroix.
—Estoy más que dispuesto a creerle —respondió Robbie. El señor Hudson consultó el reloj.
—Como le dije espero un yate de Francia que debe llegar aquí como a las seis. Le sugiero que tomemos un trago, después llevaremos estos cuadros hacia el río y los despacharemos tan pronto como sea posible.
Bebieron un excelente champaña antes que el carruaje del señor Hudson se detuviera a la puerta.
Era cerrado, y con rapidez metieron en él los cuadros y los colocaron en el asiento opuesto al que ocuparon el señor Hudson y Robbie. Entonces partieron.
Robbie pensó emocionado que, como le dijera a Wenda, las pinturas estarían en Francia a la mañana siguiente.
Avanzaron a lo largo del embarcadero hasta llegar cerca de la Torre de Londres.
El carruaje se detuvo en un punto que parecía desierto y sin interés. El señor Hudson descendió.
Permaneció mirando hacia arriba y abajo del Támesis.
Entonces regresó al carruaje y señaló:
—Llegamos temprano y, por supuesto, pudieron encontrar mar picado durante la travesía, lo cual siempre retrasa hasta a los yates más costosos.
—¿Es así como viajarán las pinturas? —inquirió Robbie.
—Tengo un amigo que me es en extremo útil. De hecho, me debe un favor y siempre está dispuesto a cruzar el canal cuando se lo pido.
De pronto, al terminar de hablar, el señor Hudson emitió una exclamación:
—¡Aquí viene! Puedo ver el yate dar la vuelta en el último recodo del río. Tendrá que reconocer que es una pequeña preciosidad.
Ambos bajaron.
Se acercaron a la orilla del agua y miraron hacia el Támesis.
Robbie notó que hacia ellos, avanzaba un pequeño pero bien proporcionado yate, que a él mismo le habría encantado poseer.
Había acompañado al Príncipe de Gales cuando hizo su visita anual el año anterior a Cowes.
Le habían fascinado los yates reunidos ahí.
Como iba con Su Alteza Real tuvo la oportunidad de subir a bordo de la mayoría de ellos.
Era otra de las cosas que anhelaba y por las que deseaba ser pudiente.
Le tomó poco tiempo al yate francés llegar hasta ellos.
Avanzó por la orilla hasta donde lo esperaban.
En cuanto bajaron por la plataforma, el señor Hudson y Robbie subieron a bordo.
Un francés bajo de estatura, de edad madura, los esperaba. El señor Hudson lo presentó como Conde de Laufé.
El conde dijo:
—Tuvimos una travesía excelente. De hecho, creo que rompí mi propio récord en cerca de veinte minutos.
El señor Hudson se rió.
—Enfurecerás a los dueños de yates ingleses, que te aseguro hacen más tiempo que el tuyo. Estoy encantado de verte, Jacques.
—Como yo lo estoy de verte a ti —respondió el conde—. Supongo que, como de costumbre, esperas que haga algún trabajo sucio para ti. Le dije a Sula antes de partir que le llevaría algo que daría calor a su corazón.
—Y es verdad —aseguró el señor Hudson.
Mientras charlaban, el conde los condujo hacia el salón.
Había una botella de champaña ya abierta dentro de una cubeta con hielo.
Y emparedados de paté, que Robbie sabía se le antojarían al Príncipe de Gales.
—Siéntense y pónganse cómodos —ordenó el conde—, mientras mis hombres suben a bordo las pinturas y las guardan en un lugar seguro.
El señor Hudson y Robbie lo obedecieron.
—Si son tan buenas como las que sueles darme —continuó el conde—, tendrán un camarote para ellas solas y todas las atenciones, hasta que lleguen a las manos de Sula.
—Sabes lo agradecido que te estoy por todo lo que has hecho por mí —expresó el señor Hudson— y Lord Creswell, lo sé, se sentirá más agradecido de lo que puede expresar, una vez que Sula haya terminado el trabajo con su habilidad usual.
—Puede estar seguro de eso —reconoció el conde—, pero ahora que he hecho algo por ti, deseo que hagas algo por mí.
El señor Hudson le extendió ambas manos.
—Todo lo que tengo es tuyo —declaró, imitando a los árabes.
—Estaba partiendo de Ostendo —comentó el conde—, cuando una encantadora dama casada me rogó que la ayudara. Tenía prisa por llegar a Londres y lo menos que podía hacer yo en tales circunstancias era ofrecerme a traerla en mi yate.
El señor Hudson levantó una ceja.
—Pensé que te desagradaba tener pasajeros —indicó.
—Es verdad —respondió el conde—, pero no podía negarme con esta dama en particular y siento, después de hacer lo más que pude por ayudarla, que ahora puedo dejarla en manos de ustedes.
—Por supuesto, la conduciremos a dondequiera que ella desee ir —aceptó el señor Hudson.
En ese momento, el camarero entró para llenarles sus copas. El conde le indicó, en francés:
—Pida a la señora Frazer que se reúna con nosotros.
El camarero respondió en el mismo idioma y se alejó.
—¿Tienes alguna idea de quién es esta dama? —preguntó el señor Hudson.
—No es comunicativa —contestó el conde— y yo jamás presiono a la gente para que me haga confidencias. Siempre he comprobado que el resultado es costoso o aburrido.
Todos se reían de eso cuando el camarero abrió la puerta del salón. Una mujer entró.
Por la manera en que había hablado el conde, Robbie esperaba ver a alguien de edad madura y aun mayor.
Aunque, sin duda, elegante como lo eran todas las francesas.
A primera vista, la mujer que se acercaba a ellos con aire tímido parecía ser apenas más que una niña.
Y, sin duda, una de las mujeres más bonitas que Robbie había visto jamás.
Tenía cabellos oscuros y sorprendentes enormes ojos azules.
También tenía, en lugar de la piel un tanto oscura de la mayoría de las francesas, un cutis blanco y sonrosado.
En cuanto entró en el salón, se provocó una pausa momentánea, mientras los tres hombres se ponían de pie.
—Señora Frazer —habló el conde—, tengo el gusto de presentarle a mi amigo, el señor Hudson y a Lord Creswell.
Los dos hombres estrecharon la mano de la señora Frazer, que les dirigió a cada uno una leve sonrisa.
Robbie sintió que ella era sumamente tímida o, por alguna razón, que no podía explicarse, que estaba muy asustada.
—Ahora que la he traído hasta aquí a salvo —decía el conde—, sólo tiene que indicar al señor Hudson a dónde desea ir y su carruaje está esperando para llevarla.
Era evidente que el conde no deseaba que permanecieran más, tiempo ahí.
El señor Hudson le ofreció la mano.
—Gracias por serme tan útil, como siempre —expresó—. Te estoy muy agradecido y sé que mi amigo, Lord Creswell, lo está también.
—Así es —aceptó Robbie—. Y sé que lo que se ha subido a bordo estará muy seguro con usted.
—Puede confiar en eso —respondió el conde— y por eso me regreso enseguida. De hecho, tengo un compromiso mañana por la noche en París, que no deseo perderme.
—Entonces no debemos retenerte más —apuntó el señor Hudson de nuevo, mil gracias.
Salió del salón mientras hablaba.
Como el conde fue con él, Robbie se volvió a la señora Frazer.
—¿Dónde desea ir? —preguntó.
—No… lo… sé —titubeó ella con voz muy baja y nerviosa. Era la primera vez que hablaba desde que entrara en el salón.
Robbie la miró con sorpresa.
—¿Quiere decir que no viene a hospedarse con amistades?
—Nunca antes he estado en Londres —respondió la mujer—, pero tal vez usted… pueda… encontrarme… un hotel… agradable y tranquilo.
Robbie se quedó atónito.
Al observarla, le pareció que era muy joven y, resultaba evidente que no estaba muy segura de sí misma.
Le pareció extraordinario que se dirigiera a Londres sin saber dónde hospedarse; sin tener amistades que la recibieran.
Por supuesto, había un buen número de hoteles, pero estaba completamente sola.
Los mejores hoteles no aceptan con facilidad como huéspedes a mujeres solas, en especial si eran jóvenes y atractivas.
Por supuesto, había muchos otros hoteles de los que Robbie tenía poco conocimiento.
Pero los demás huéspedes podrían resultarle desagradables o tal vez, por su apariencia, mostrarse demasiado familiares con ella. Para entonces ya había llegado al carruaje.
El señor Hudson agradecía una vez más su ayuda al conde. Entraron, y Robbie se sentó de espaldas a los caballos, en el asiento que antes ocuparan las pinturas.
Mientras el carruaje avanzaba, agitaron la mano para despedirse del conde y el señor Hudson dijo:
—Le indiqué a mi conductor que me pasara a dejar a mi club. Luego, Robbie, sugiero que lleves a la señora Frazer a dondequiera que ella desee ir. Después de eso, el carruaje está a tus órdenes.
—Es usted muy amable —dijo Robbie.
Sabía que el señor Hudson pensaba que se dirigiría, como era habitual que lo hiciera, a alguna fiesta elegante, quizá a la Casa Marlborough.
De hecho, era rara la noche en la que Robbie no tuviera invitación para una cena o un baile.
Pero debido a su prisa por acudir a Creswell Court, antes de salir de Londres no había hecho ningún compromiso.
Ni siquiera estaba seguro, si no regresaba a sus aposentos, si tenía alguna invitación para esa noche.
Una vez que dejaron al señor Hudson, indicó a la señora Frazer:
—Ahora debemos decirle al conductor a dónde ir, y me preocupa mucho no saber donde puedo aconsejarle que se hospede.
—Por favor, búsqueme un lugar tranquilo y, por supuesto, respetable.
Robbie le sonrió.
—Aunque parezca extraño, eso es un problema difícil.
—Debe haber algún lugar —insistió la señora Frazer con inquietud. Era evidente su preocupación.
Robbie pensó que sólo empeoraría las cosas si le explicaba que se veía demasiado joven y bonita para hospedarse sola en la mayoría de los hoteles.
Con toda facilidad tendría problemas si en el lugar había cierto tipo de hombres.
Viajantes de comercio o «buenos para nada» que andaban en busca de mujeres bonitas y solas para entretenerse con ellas.
—¿En verdad es la primera vez que usted viene a Londres?
—Estuve viviendo en Francia —respondió ella— y nunca antes tuve la oportunidad de hacerlo.
—¿Su esposo no viaja con usted?
Se hizo una pequeña pausa, entonces la mujer desvió la mirada y declaró:
—Mi… mi… ma… marido… ha. _ muerto.
—Lo lamento —expresó Robbie.
Se dio cuenta de que ella había titubeado al decir la palabra marido. De repente pensó que no tenía el menor aspecto de mujer casada. De hecho, ni siquiera de edad suficiente para serlo.
Sin embargo, al bajar la vista hacia sus manos, de las cuales ella se había quitados los guantes, notó que llevaba puesto un anillo de bodas. El carruaje avanzaba.
El comprendió que pronto estarían cerca de Mayfair.
En voz alta declaró:
—Será difícil a esta hora de la noche encontrar algún lugar donde esté tanto cómoda como segura. Resulta que en la casa donde yo me hospedo, un amigo mío salió hoy hacia el campo. Sugiero que pase la noche en mi apartamento, donde estará muy cómoda y yo puedo usar el de mi amigo, sin que haya ningún problema.
Los ojos de la señora Frazer se iluminaron.
—¿Lo dice en serio? —preguntó—. Es usted muy amable. Vine a Londres… con tanta… prisa… que no hice… ninguno… plan. Pero ahora… me parece… mucho más… grande… de lo que… esperaba.
Robbie se rió.
—Puedo entender que tenga esa sensación, en especial a esta hora de la noche. Por supuesto, mañana tal vez recuerde a algunas amistades con quienes pueda hospedarse.
Comprendió al decirlo que ella consideraba eso muy improbable, pero no lo expresó:
Se limitó a responder, con su voz suave:
—Me sentiré muy… agradecida… de estar… en un lugar… cerca… de usted… esta noche.
A Robbie le pareció una respuesta extraña, pero no lo comentó. Se limitó a tocar una pequeña ventanilla de vidrio que se abrió para que pudiera hablar con el conductor del carruaje.
—Condúzcanos al número 10 de la calle Milton —ordenó.
El conductor se tocó el sombrero al responder:
—Muy bien, milord.
No tardaron mucho.
La señora Frazer escuchaba atenta mientras Robbie le indicaba los lugares frente a los que pasaban.
Se detuvieron afuera del número 10.
El palafrenero bajó del pescante para abrir la puerta del carruaje y llevar consigo una pequeña maleta.
Robbie se dio cuenta de que era el equipaje de la señora Frazer.
—¿Eso es todo lo que trajo? —inquirió.
La mayoría de las mujeres viajaban con una enorme cantidad de baúles y cajas de sombreros.
—Salí… muy… deprisa —respondió ella.
El palafrenero dejó la maleta junto a la puerta, que abrió el portero.
—Buenas noches, milord —dijo a Robbie.
—Esta dama ocupará mi apartamento esta noche, Jenkins —indicó Robbie—, y yo utilizaré el del señor Armstrong.
—Muy bien, milord. ¿Subo la maleta a su apartamento?
—Sí, es de la señora —informó Robbie.
El portero subió por la escalera delante de ellos.
Llegaron al segundo piso, donde se ubicaba el apartamento de Robbie.
Consistía de dos pequeñas habitaciones y un baño.
Le había resultado cómodo y barato comparado con otros lugares que no podía pagar.
Lo importante era que estaba en Mayfair.
Estar en el centro de la vida social le ahorraba mucho dinero.
Por lo general, podía caminar hasta donde iba a cenar o a asistir a un baile.
Eso le ahorraba tener que alquilar algún transporte, que por las noches era más costoso que durante el día.
La señora Frazer miró a su alrededor, en el saloncito que estaba decorado principalmente con libros.
Había un escritorio y una mesa, ambos de estilo Regencia, que provenían de Creswell Court.
—Es muy bonito —comentó.
—No es muy grande, pero es mi hogar en Londres —informó Robbie.
Mientras miraba el reloj sobre la repisa de la chimenea, agregó:
—No proporcionan alimentos aquí, con excepción del desayuno, a menos que sean ordenados especialmente. Espero que después de descansar un poco, me permita llevarla a cenar.
Los ojos de la señora Frazer se iluminaron.
—¿Está… seguro… de que… no tiene… ningún otro… compromiso… anterior? —preguntó.
—Estaré encantado si acepta cenar conmigo —aseguró Robbie.
—Sería muy emocionante para mí —susurró ella—. Me sentiría muy triste al pasar aquí sola mi primera noche en Londres y sin comer.
Robbie se rió.
—La llevaré a cenar, pero para no tener que ir muy lejos, disfrutaremos de una cena sencilla en Shepherd’s Market, que está a la vuelta de la esquina.
—Eso será maravilloso —expresó ella—. Gracias, muchas gracias.
El le mostró el dormitorio y el baño, que era pequeño pero cómodo. Entonces comentó:
—Regresaré por usted a las ocho y media. Estoy seguro de que después de cruzar el canal, debe recostarse cuando menos una hora.
—Creo que como ha sido tan bondadoso, me sentiré demasiado emocionada para dormirme —respondió la señora Frazer— y tendré temor de hacerlo esperar.
—Si necesita algo, puede decirlo al portero, que es un hombre muy servicial, o llamar en la siguiente puerta del corredor, que es el apartamento de mi amigo, donde yo dormiré.
—Es usted tan amable que no sé cómo agradecérselo.
Robbie sacó de su dormitorio su ropa de etiqueta. Entonces la dejó sola…
Se dirigió al apartamento de su amigo, que era casi idéntico al suyo, excepto que no tan bien amueblado.
Pensó que alrededor de la señora Frazer había un misterio que lo intrigaba.
Le parecía extraordinario que a alguien, que resultaba evidente que era una dama de buena cuna, aun cuando fuera viuda, se le permitiera viajar sola.
Sin un guía, sin doncella y, al parecer, sin ningún amigo.
«No hay duda de que hay algo extraño en esto», se dijo, «y será interesante para mí, averiguar qué hay realmente detrás de este apresurado viaje de ella a Londres».
Mientras se bañaba y se vestía con ropa de etiqueta, pensó que era el tipo de relato que le gustaría al Príncipe de Gales.
Además, pensó, se mostraría más que deseoso de conocer a alguien tan bella y, al parecer, sin amistades.
Pasó por la mente de Robbie que, si Su Alteza Real hubiera estado en su lugar, no habría cambiado su propio apartamento por el de su amigo.
Entonces, Robbie se dijo que la señora Frazer era demasiado joven para comprender el riesgo que corría al viajar sola a un país que nunca antes había visitado.
O tal vez sería una aventurera que esperaba verse involucrada en algún tipo de drama.
Y a juzgar por su apariencia, no tardaría mucho en encontrarlo.
Había un lugar en Shepherd’s Market donde la comida era buena.
Los hombres solteros, como Robbie, solían comer ahí cuando no iban a sus clubes.
Cuando Robbie llamó a la puerta de su propio saloncito a las ocho y media, la suave voz de la señora Frazer le respondió.
El comprendió que no se encontraba en el dormitorio.
Al abrirle ella la puerta, vio que llevaba puesto un vestido muy bonito. Una mirada le bastó para comprender que provenía de París y que debió ser muy costoso.
Ella se veía mucho más adorable que cuando la vio por primera vez.
Su cabello oscuro estaba arreglado con elegancia.
Pensó que con sus extraños ojos azules, era tan excepcionalmente hermosa que sería muy peligroso que fuera a cenar sola.
Incluso en un hotel que se considerara en extremo respetable.
El estaba espléndido con su ropa de etiqueta y ella le dirigió una mirada apreciativa.
Durante un momento, sólo se observaron el uno al otro, sin hablar. Entonces ella dijo, con la voz suave y asustada que usara antes:
—Es usted… tan amable… al llevarme… a cenar. No deseo ser… una molestia, pero… si estuviera… sola no… tendría idea… de dónde… ir.
—Por supuesto que no —negó Robbie— y en caso de que nadie se lo haya dicho, jamás debe caminar sola por Londres, especialmente por las noches.
Ella no respondió y él agregó:
—Usted sabe que eso es válido para París y toda ciudad grande. Así que debe cuidarse mucho.
Ella le sonrió.
—Es tan emocionante para mí estar en Londres —declaró—. Siempre había deseado venir.
—Sólo espero que no se desilusione. Como vamos a caminar a donde la llevaré a cenar, creo que necesitará algo con que cubrirse.
Entonces vio que sobre una silla había un bonito chal bordado.
—Empaqué tan rápido —comentó ella casi como si le hubiera hecho la pregunta—, que olvidé que necesitaría una capa por las noches. Sólo en caso de que sea tan amable como para invitarme otra vez a salir a cenar, será mejor que me compre una mañana.
Por la mente de Robbie cruzó la idea de que era evidente que no estaba corta de dinero.
Mientras se vestía se le había ocurrido pensar que si la hubiera conducido a un hotel, tal vez ella habría esperado que le pagara la cuenta.
Ahora notó que lucía en el cuello, un hilo de perlas que resultaba evidente que era valioso.
Tenía un brazalete en la muñeca.
Si las gemas eran verdaderas, se trataría de una costosa pieza de joyería.
En tal caso, con seguridad debía tener amistades que la invitarían a hospedarse con ellos.
Y como era inglesa, ¿por qué no familiares ingleses?
Sin embargo, pensó, había cierto acento en la forma en que ella pronunciaba algunas palabras.
No era la manera exacta en la que una dama inglesa de la alta sociedad habría hablado.
A la vez, como había vivido en el extranjero, quizá tuvo que hablar francés todo el tiempo.
De ese modo habría adquirido ese ligero acento francés que alteraba algunas palabras.
Todo eso era un enigma que estaba decidido a resolver.
Avanzaron por la calle Milton, tomaron la calle Cruzon y minutos después se encontraron en Shepherd’s Market.
Era un pintoresco lugar de Londres, con reminiscencias de Montmarte, puestos de flores abiertos a la calle, altas chimeneas rojas y techos de tejas del mismo color.
El propietario del restaurante recibió a Robbie con evidente placer.
—Se había olvidado de nosotros, milord —comentó—. Pero supongo que se debe a que lo invitan a tantas fiestas que nunca tiene tiempo de gozar de una cena tranquila aquí con nosotros.
—Pero ahora estoy aquí —declaró Robbie— y traje conmigo a una dama muy adorable que está tan hambrienta como yo. Así que díganos que tiene esta noche en la minuta.
El propietario los condujo a un cómodo rincón.
El lugar no era para nada elegante, pero Robbie había disfrutado ahí de muchas comidas, tanto solo como con algún amigo.
Sin embargo, jamás, pensó, había ido con alguien tan adorable como la mujer que estaba con él esa noche.
Después de ordenar lo que comerían y beberían, dijo:
—Ahora hábleme de usted. Puede imaginar mi curiosidad, ya que no tenía yo idea, ni el señor Hudson, que el conde traería a alguien consigo de Francia.
—Fue muy bondadoso al permitirme viajar con él —contestó la señora Frazer— y me sorprendió la rapidez de su yate. Es mucho más veloz que el nuestro.
Al pronunciar las últimas palabras pareció darse cuenta de que había cometido un error y añadió con rapidez:
—Me refiero… al de… mi esposo.
Titubeó de nuevo en la palabra «esposo» y Robbie expresó:
—Sus familiares en Francia deben ser conscientes, como lo estoy yo, de que es usted demasiado hermosa y, de hecho, demasiado joven, para andar por el mundo sin chaperona ni protección.
Como le había hecho un cumplido, la señora Frazer se ruborizó, viéndose más atractiva que nunca.
A la vez, Robbie estaba convencido de que en verdad era muy joven. Se inclinó hacia adelante.
—Si vamos a ser amigos —comentó—, con toda honestidad, necesita usted de uno, entonces debemos ser sinceros el uno con el otro. Se hizo el silencio.
Entonces la señora Frazer declaró:
—Por favor… no deseo… decir a… nadie… quién… soy o… por qué… estoy… aquí.
La sola idea pareció hacerla temblar y Robbie insistió:
—Pero no puede luchar sola contra el mundo. Si ha cometido un delito de cualquier tipo, yo la ayudaré y la protegeré.
—Es usted… tan amable —señaló la señora Frazer—. No… creí… que hubiera… tanta bondad… en el mundo… en especial de gente… que uno nunca… había… visto.
—¿Quieres decir que no conocía al conde?
—Sólo de nombre —respondió la señora Frazer después de una pausa— y cuando ofreció que me traería a Londres, no… insistió en que le explicara… por qué… venía o quién… era yo.
Robbie sonrió.
—Así que le dijo usted que era la señora Frazer. Sé que mencionó que su marido ha muerto, pero dudo mucho de que alguna vez haya habido un señor Frazer que fuera su esposo.
La mujer parpadeó y desvió la mirada.
—¿Por qué… lo… dice? —preguntó con voz quebrada.
—Porque se ve demasiado joven para ser casada y tan hermosa que ningún hombre, a menos que fuera ciego, sordo y mudo, le permitiría escaparse y andar sola.
—¿Le parece… que… me estoy… escapando? —inquirió ella.
—Por supuesto —aseguró Robbie—. Si tuviera un marido real, y no creo que haya existido siquiera, no sólo no la dejaría abandonarlo, sino que con seguridad abordaría el siguiente barco que cruzara el canal para encontrarla.
Se hizo el silencio.
El pensó que con su cabeza vuelta hacia un lado, parecía tan adorable como una diosa griega.
Sería imposible que un hombre que la poseyera una vez la dejara ir. Con tanta suavidad como ella hablaba, él pidió:
—Dígame la verdad. Hábleme usted y le prometo ayudarla y, por supuesto, protegerla. Para ser sincero, lo necesitará.
De nuevo se hizo el silencio hasta que ella susurró con una voz que él apenas alcanzaba a escuchar:
—Deseo… confiar… en usted, pero si… lo hago… temo que insista… en que… regrese… yo a… Francia.
—No tengo autoridad alguna para darle órdenes —indicó Robbie—. Sólo le pido que confíe en mí para que pueda intentar ayudarla y protegerla de que se meta en más problemas de los que ya tiene.
La señora Frazer contuvo el aliento.
Permanecía sin hablar.
Después de un momento, él insistió:
—Dígame cuál es su verdadero nombre. No puedo continuar llamándola «señora Frazer», pues estoy seguro de que no es el que le corresponde.
Ella emitió una risita antes de decir:
—Me bautizaron… Josofine.
—Muy bien, Josofine, el nombre le va muy bien —comentó—, dígame por qué escapó.
—¿Está… seguro… de que… lo hice?
—Muy seguro. No podría tener su apariencia, vestir como lo hace y actuar como actúa, a menos que estuviera escapando de alguien. Ella se rió y fue un sonido muy bonito.
—Lo hace… sonar… tan divertido —murmuró—. Sí, tuve… que escapar… de lo contrario… me habrían… obligado… a casarme con… un hombre… que me… parece… horrible.
Robbie se sintió de pronto aliviado.
Aun cuando no lo había admitido ni ante sí mismo, había temido que en verdad hubiera un señor Frazer.
—Así que huyó de París.
Josofine asintió.
—Era lo único que podía hacer. Mis padres estaban decididos a que me casara con ese hombre. Como usted sabe, en Francia los matrimonios son arreglados.
Robbie pensó que eso sólo sucedía entre los aristócratas. Sin embargo, era algo que no podía mencionar en voz alta.
—Si el hombre con quien deseaban que se casara realmente le desagrada —declaró—, entonces hizo lo único que podía hacer. Josofine emitió una exclamación:
—¡Qué inteligente es usted, me comprende! Si me hubiera quedado, me habría encontrado caminando por el pasillo hacia el altar, por mucho que protestara en contra de eso.
Lanzó un profundo suspiro y continuó:
—Me enteré de que el conde zarpaba hacia Inglaterra, charlaban de eso anoche durante la cena. Así que sólo empaqué lo que necesitaría en una maleta ligera que pudiera cargar yo misma y me dirigí hacia Ostendo mientras todavía estaba oscuro.
—¿Cómo lo hizo?
—Caminé hacia una posada donde se detienen las diligencias, y que no está lejos de mi casa. Llegué a Ostendo justo a tiempo para ver al conde y rogarle que me dejara subir a bordo antes de partir hacia Inglaterra.
Se rió antes de agregar:
—En realidad, estaba todavía dormido cuando llegué, así que lo esperé en el salón hasta que acudió a desayunar.
—Debió de ser una gran sorpresa para él encontrarla, siendo tan hermosa y solicitándole pasaje, cuando menos lo esperaba. Josofine se rió de nuevo.
—Había escuchado yo decir que no le agradaba llevar pasajeros y que prefiere estar solo, con excepción de la tripulación de su yate. Cuando se lo supliqué, accedió.
Robbie pensó, al ver lo linda que era, que sería difícil para cualquier hombre negarse a cualquier cosa que ella le pidiera.
Entonces preguntó:
—Ahora que ya se encuentra en Inglaterra y, al parecer, sin amigos, ¿qué piensa hacer?
Josofine se encogió de hombros.
—Supongo —comenzó—, que con el tiempo tendré que volver a casa. Pero para entonces, ese horrible hombre con el que desean casarme se habrá ido y espero que se den cuenta, de una vez por todas, que no me casaré con alguien que no ame.
—Eso va a ser difícil para usted, viviendo en Francia.
—Lo sé —aceptó Josofine—. En tal caso, tendré que permanecer con usted, lo quiera o no.
Por supuesto, bromeaba.
Pero de repente, Robbie pensó que podría ser un inesperado y bien recibido regalo de los dioses.
—Hay una cosa que debemos hacer: planes —declaró en voz alta—. Como quiere divertirse en esta loca huida, le mostraré Londres, para que cuando regrese a casa, tenga algo que recordar.
Josofine lanzó una exclamación de alegría:
—¡Oh, eso es lo que deseo! Quiero ir al zoológico. Conocer los grandes museos, la Torre de Londres y, por supuesto, el Palacio de Buckingham.
—Esto es suficiente —comentó Robbie— para mantenernos ocupados durante una semana cuando menos.
Con un sobresalto, de pronto recordó Robbie que la tarde del viernes, el Príncipe de Gales y sus amigos llegarían a Creswell Court.
Recordó también, que todavía no había indicado a Francis Knollys a quien llevaría consigo como pareja al fin de semana secreto que tendría lugar en su propia casa.
De hecho, había estado abrumado por la preocupación de lo que necesitaba hacer antes que el grupo llegara.
Por lo tanto, no había dedicado ni un pensamiento al hecho de que tendría que conseguirse una pareja, al igual que todos los demás hombres del grupo.
Mirando a Josofine pensó en lo interesante que sería mostrarle su propia casa y sus propias pinturas.
Si Wenda hacía bien sus tareas, merecería la pena mirarlas. «Más tarde hablaremos de ello», pensó.
Pero, el pensamiento persistió en su mente durante toda la cena. Pero charlaron de a dónde irían al día siguiente y decidieron visitar el zoológico y la Torre de Londres.
—Deseo ver todo, todo —expresaba Josofine con voz extasiada casi al final de la cena—. Pero, por favor, no quiero ser una molestia y que se sienta obligado a atenderme, cuando puede tener miles de cosas qué hacer.
—No se me ocurre ninguna más importante por el momento que cuidarla —respondió Robbie—. De hecho, es una aventura tan emocionante y tan inesperada que casi temo que al despertar mañana descubra que sólo estuve soñando y que ha desaparecido usted en el aire o que ha regresado a Francia.
—No voy a hacer eso —aseguró Josofine—. Lo más maravilloso que pudo sucederme fue encontrarlo a usted y que fuera tan bondadoso conmigo.
—Creo que encontraría a un considerable número de hombres dispuestos a hacerlo también —confirmó con cinismo.
—Si fueran franceses me habrían asustado —comentó Josofine—. Pero como usted es inglés y me comprende, es diferente a todos los demás.
Le sonrió.
El pudo comprender cómo funcionaba la mente de esa mujer. Además tenía la esperanza de lograr estar a la altura de lo que ella esperaba de él y no asustarla.
Josofine deslizó su brazo en el de él mientras caminaban de regreso, mucho más tarde, esa noche.
Era una corta caminata.
Pero había hombres en las esquinas que tenían aspecto siniestro. Cuando cruzaron frente a ellos, Robbie sintió cómo Josofine se acercaba un poco más a él.
Comprendió que pensaba que si hubiera estado sola, habría sentido mucho miedo.
«Es casi una niña y debo tener mucho cuidado de que no me tenga miedo, como lo tiene de los demás hombres», se dijo.
De forma deliberada no la había interrogado más acerca de sus padres o del hombre del que huía.
Estaba seguro de que, tarde o temprano, ella se lo diría por su libre voluntad.
Asimismo, no podía evitar sentir una profunda curiosidad.
Josofine era muy adorable y él tenía suficiente experiencia para saber que su ropa era muy costosa.
Sólo podía haber sido confeccionada en París por un diseñador del más alto rango.
Sus joyas eran genuinas.
Resultaba evidente que no sufría de pobreza.
Pero no podía comprender por qué la obligaban a casarse con un hombre que la hacía temblar al sólo pensar en él.
La razón debía ser que era lo bastante pudiente como para que el matrimonio arreglado resultara muy aceptable para sus padres. Llegaron al edificio de apartamentos.
Después que el adormilado portero les abriera, subieron al apartamento de Robbie.
—Ha sido una noche adorable —aseguró Josofine— y gracias por ser tan bueno.
Levantó la mirada hacia él.
El deseó, como nunca antes había deseado algo en toda su vida, besarla.
Pero comprendió que era demasiado pronto.
Era algo que podría hacer más tarde, sin asustarla.
Así que tomó su mano y se la llevó a los labios, al estilo francés.
—Buenas noches, Josofine. Duerma bien y mañana iniciaremos nuestro paseo de turistas, que espero le resulte muy interesante.
—Por favor, ¿podríamos desayunar juntos? —preguntó Josofine.
—Sí, por supuesto —respondió Robbie—. Le avisaré al portero y creo que debemos hacerlo a las nueve, para que tenga tiempo suficiente de gozar su sueño de belleza.
Josofine lanzó una risita.
—Como no deseo que se avergüence de mí —comentó—, dormiré hasta las ocho y media.
Robbie se dirigió hacia la puerta.
—Buenas noches —repitió— y prométame que no desaparecerá a mitad de la noche y que mañana encontraré que todo fue solo un sueño.
—Le prometo que aquí estaré —aseguró Josofine—. Pero tendré mucho miedo, si no llega a las nueve, de que haya cambiado de opinión.
—No lo haré —prometió Robbie.
Cerró la puerta y escuchó cómo ella, con mucha sensatez, daba vuelta a la llave en la cerradura.
Mientras caminaba hacia el apartamento de su amigo, Robbie pensó que nunca en su vida había conocido a alguien tan intrigante ni tan excitante como esa mujer.