Capítulo 6
Wenda, junto con la señora Banks, se habían esforzado mucho para la cena.
Tuvo algunas dificultades para hacer los platillos que Robbie le había indicado que más gustaban al Príncipe de Gales.
—Le encantaban el caviar y las aves llamadas ortelanos —había dicho él.
La chica hizo un ademán.
—No me será posible conseguirlos aquí en el campo.
—Lo sé —respondió pero podrían conseguir ostras. Su Alteza Real siempre dice que su platillo ideal para la cena son las ostras asadas a la parrilla.
—Lo intentaré —indicó Wenda, pero no muy optimista.
Había recordado que Robbie mencionó que la preparación del faisán que más le gustaba era relleno de perdiz, que a su vez estaba rellena de trufas y que se servía con una salsa espesa.
No era época de faisanes.
Pero ella pensó que una pavita, rellena con la perdiz y servida sobre una bandeja dorada, sería casi igual.
Ella y la señora Banks le añadieron las trufas y también prepararon la deliciosa salsa que siempre encantó a su padre.
Estaba segura de que Su Alteza Real no se sentiría decepcionado.
También le prepararon un budín especial de fresas frescas y helado sobre una canasta de merengue.
Wenda decoró cada platillo con fruta o con hierbas.
Lucían muy bien cuando los condujeron al comedor.
Sin embargo, se sintió sumamente agotada cuando al fin terminó la cena.
Salió de la cocina.
Con gran cuidado abrió la puerta que conducía a la galería de los músicos, la cual daba al comedor.
De pie, sin hacer ruido, pegada al muro, sabía que nadie podría escucharla ni verla.
La mesa estaba decorada con flores.
Banks había sacado los más finos adornos de plata, que Wenda no había visto desde que era una niña.
Los candeleros estilo Jorge III también estaban en la mesa.
Toda la habitación resplandecía y parecía muy diferente a los últimos tiempos.
Lo que realmente le interesaba eran los invitados.
Como no se le había permitido conocerlos, tenía que adivinar quién era cada quien.
El Príncipe de Gales estaba tal cual aparecía en los retratos que había visto en revistas y periódicos.
Habría sido imposible, pensó, confundirlo con alguien.
Estaba en la cabecera de la mesa.
Todas las damas estaban sumamente glamourosas, en especial porque excepto una, todas lucían diamantes en su cabello.
No las grandes tiaras que Wenda sabía usaría en ocasiones formales, sino pequeñas.
La de una de ellas, que Wenda pensó debía ser la Duquesa de Manchester, estaba formada de pequeñas flores de diamantes con hojas verdes, las cuales supuso serían de esmeraldas.
Mientras escribía sus nombres en las tarjetas, había intentado recordar cómo eran, según sus retratos que viera en las revistas.
En vida, su madre recibía revistas femeninas.
Ahora, era la esposa del doctor quien amablemente se las enviaba después de haberlas leído.
Wenda se preguntaba quién estaba a la izquierda del príncipe. Supuso que debía ser la señora Frazer, a quien Robbie invitara como pareja suya.
Era sumamente bonita, pero no tenía aspecto enteramente inglés. Además, era mucho más joven que las otras damas.
Robbie estaba sentado junto a ella.
Permanecían mirándose en lo que a Wenda le pareció una forma muy íntima.
De pronto, se le ocurrió pensar que tal vez su hermano se enamorara y deseara casarse.
Jamás lo había insinuado en el pasado, pero tal vez eso significaría que ella tendría que abandonar Creswell Court y encontrar otro lugar donde vivir.
Entonces se dijo que él no tenía dinero para mantener una esposa. No había necesidad de preocuparse por eso.
Todos parecían estar disfrutando.
El Príncipe de Gales se reía mucho ante lo que a los otros decían, que ella no alcanzaba a escuchar.
Finalmente, cansada después de trabajar tan arduo, decidió retirarse.
Su dormitorio era el único que no tenía nombre en la puerta.
Entró pensando en lo tranquilo que se sentía, después de estar en el alboroto de la cocina.
Se desvistió, se metió en la cama y apagó la lámpara de aceite que usaba normalmente.
Entonces se dio cuenta de que no estaba tan cansada como había pensado.
De la biblioteca había tomado un libro acerca de los reyes y las reinas de Inglaterra que le resultó fascinante.
«Leeré durante un rato. De todos modos, harán ruido cuando suban y me despertarán», decidió.
Encendió tres velas que había junto a su cama.
Estaban sobre un lindo candelabro formado por tres cupidos. Era un regalo de sus padres cuando cumplió dieciséis años. Siempre se había sentido muy orgullosa de él y pensaba que era más bonito que cualquier otro candelabro, que hubiera visto.
Se sentó, se reclinó sobre las almohadas y abrió el libro para empezar a leerlo.
Se preguntó si Robbie acudiría a darle las buenas noches antes de ir a su habitación.
Sería una decepción si la encontrara dormida y no pudiera contarle lo mucho que habían disfrutado la cena.
En el salón, el Príncipe de Gales jugó una partida de bridge y dijo que se retiraba.
—Me resulta difícil concentrarme en el juego rodeado de tantas emociones —comentó—. Robbie me informó que mañana llevarán sus caballos a saltar en sus nuevos obstáculos, algunos de los cuales son muy altos. Así que creo que no debemos desvelarnos esta noche.
Mientras hablaba, notó que las damas dirigían a los hombres con quienes llegaran, invitadoras miradas bajo sus pestañas.
A él mismo, la duquesa le resultaba siempre sumamente atractiva. Subieron por las escaleras charlando ruidosamente y riéndose, mientras se dirigían a sus dormitorios.
Nadie había notado, excepto el príncipe, que en lugar de seguirlos, Robbie y Josofine habían desaparecido de nuevo.
El le había susurrado a ella que deseaba llevarla a ver el jardín iluminado por la luz de la luna.
Se alejaron sin que nadie lo notara.
Al final del jardín había una pequeña casa de juegos.
De niños, Robbie y Wenda la habían disfrutado mucho.
En su interior había un viejo y gastado sofá, pero todavía era algo cómodo.
Cruzaron ante la fuente, que para sorpresa de Robbie, funcionaba. Entonces se sentaron frente a la casa de juegos.
La luz de la luna se reflejaba en el agua que la fuente arrojaba hacia el cielo.
Eso hacía que el jardín pareciera más encantado que nunca. Robbie abrazó a Josofine y sus labios se unieron.
Entonces, sólo pudieron pensar cada uno en el otro.
Wenda sólo había leído un poco de su libro cuando escuchó a los invitados subir por la escalera.
Todos parecían reír y hablar al mismo tiempo.
Pero sobresalía la profunda voz del príncipe y la risa musical de las damas.
Pensó en lo elegantes que parecían en el comedor.
Se preguntó si llegaría el día cuando sería una anfitriona, como lo fuera su madre.
Se sentaría en uno de los extremos de la mesa con los más distinguidos caballeros al lado suyo.
Robbie se sentaría en la cabecera opuesta.
Entonces se dijo que sólo soñaba.
Era muy improbable que algo tan glamouroso como lo que sucediera esa noche, volviera a repetirse.
Estaba segura de que después de eso, su hermano se sentiría tentado a vender más pinturas.
Pero era demasiado peligroso.
De alguna manera, aunque no estaba segura de cómo, debía convencerlo de no hacerlo.
Escuchó afuera en el pasillo cómo se cerraban las puertas, una tras otra.
Se sorprendió de que no se entretuvieran charlando.
«Tal vez ahora venga Robbie a verme», pensó.
Todavía no tenía idea de por qué era una reunión secreta.
O por qué cada caballero había llevado a una dama especial con él. Sólo creía que era otra forma de divertir al Príncipe de Gales.
O de permitirle que disfrutara sin toda la etiqueta real y rodeado de ayudas de campo.
Por supuesto, dondequiera que fuese, si se sabía, lo estaría esperando afuera una multitud.
Esperando verlo.
—Cuando menos esta noche —se dijo Wenda—, sólo la gente de la casa sabe que está aquí.
Robbie había colocado a todos los hombres en el lado opuesto del corredor.
Sin decir algo a Wenda, había puesto a las damas de su elección enfrente y lo más cerca posible de cada caballero.
Por lo tanto, ellos sólo tenían que cruzar el pasillo para reunirse con ellas.
El había estado en ese tipo de reuniones antes.
Por lo tanto, sabía que la mayoría de los hombres esperaban hasta que todo estuviera en silencio antes de aventurarse a salir de su dormitorio.
Eso podía decirse del Marqués de Milverton.
Jamás se apresuraba, si podía evitarlo.
A los veintinueve años, había permanecido soltero a pesar de todos los esfuerzos de su familia por hacerlo que tomara una esposa.
Se le había hecho notar mil veces que poseía una de las mejores mansiones de Inglaterra.
Con una finca donde podía lograrse mejor cacería que incluso en Sandringham.
También que tenía una enorme e impresionante mansión en Londres.
Que era uno de los afortunados poseedores de una casa diseñada por Nash en el Parque Regents.
—¿Qué estás esperando? —le había preguntado su abuela por centésima vez apenas una semana antes.
—Quizá te parezca un poco anticuado —le respondió el marqués—, pero espero enamorarme.
—¡Santo cielo, Víctor, debes haberlo hecho cuando menos una docena de veces ya! —exclamó la marquesa viuda.
El marqués había sonreído antes de decir:
—No totalmente a mi satisfacción.
—Si dejas pasar demasiado tiempo te dirán que eres demasiado viejo para casarte con una jovencita —espetó su abuela—. Entonces sólo te quedarán esas incorrectas damas casadas que yo no apruebo.
Lo dijo, sin embargo, con cierta risilla en la voz y un brillo en los ojos que le indicó a él que comprendía que prefiriera sólo divertirse.
—Todo lo que deseo —añadió— es que tengas un heredero, tal vez dos o tres hijos, para continuar el apellido. Y para que aprecien los caballos Milverton, que en tiempo de tu abuelo ganaban todas las carreras clásicas.
El marqués se había reído.
—Es lo que yo también he intentado hacer, abuela, y debes reconocer que con bastante éxito hasta ahora.
—No lo suficiente —negó su abuela—. Quizá una esposa te volvería más ambicioso y decidido a derrotar a todos los demás.
El marqués se había reído de nuevo.
Sin embargo, esa noche había pensado, al ver a Robbie y a Josofine juntos, que se estaba perdiendo de algo.
¿Por qué yo no puedo sentirme así?, se preguntó.
Miró a la dama sentada junto a él.
No había duda de que era sumamente atractiva.
También era ingeniosa, divertida y tenía un marido complaciente que pasaba la mayor parte de su tiempo pescando.
Por lo tanto, no le molestaba que su esposa formara parte de las reuniones secretas del Príncipe de Gales.
Pero el marqués era sincero consigo mismo.
Comprendía que la atracción que sintiera por ella ya no era tan fuerte como antes.
Era sólo cuestión de tiempo antes que buscara a alguien más.
«Me pregunto por qué, una vez que he probado una fruta prohibida, descubro que ya no estoy interesado en ella», se preguntó.
Supuso que lo mismo podía decirse de todos los hombres sentados a la mesa.
Al Príncipe de Gales le resultaba imposible ser fiel a una mujer durante mucho tiempo.
Constantemente estaba en busca de alguien diferente.
Entonces, una vez más, el marqués vio la felicidad en el adorable rostro de Josofine y lo que casi podía ser adoración en el de Robbie. «¿Por qué yo no puedo sentirme así?», se preguntó de nuevo. Supuso, desalentado, que era algo que jamás le sucedería.
Por supuesto, disfrutaba sus romances con las hermosas damas que caían voluntariamente en sus brazos en cuanto él se los extendía. A la vez, comprendía que no eran victorias difíciles.
Más pronto de lo que realmente desearía, ya estaría buscando a alguien más que tomara ese lugar.
—El problema contigo, Víctor —le había comentado una de sus amantes al romper con ella— es que eres demasiado vanidoso y complaciente contigo mismo para entregar tu corazón a alguna mujer.
Lo expresó indignada, más que como reproche.
Entonces se dijo que ningún hombre podía controlar su propio corazón.
Si no respondía en la forma que él deseaba que lo hiciera, no era culpa suya.
La mujer en cuestión no tenía la facilidad, o tal vez, la mágica atracción que Robbie encontrara en la joven condesa.
«Me están haciendo sentir viejo», pensó el marqués al verlos desaparecer mientras el Príncipe de Gales encabezaba la marcha escaleras arriba.
El dormitorio que le destinaran, pensó, era muy atractivo.
Cruzó hacia la ventana que daba al jardín.
Al abrir las cortinas vio a Robbie y a Josofine. Caminaban tomados de la mano frente a la fuente.
Entonces, desaparecieron bajo los árboles. Durante un momento, el marqués se preguntó a dónde irían. Entonces alcanzó a ver el techo de la casita de juegos asomando entre las ramas.
De pronto, el marqués comprendió que era algo que a él mismo le gustaría hacer.
Lo había hecho en el pasado.
Robbie y Josofine se iban a casar, como el Príncipe de Gales lo anunciara durante la cena para que brindaran por su felicidad.
Robbie sólo tenía que esperar hasta el domingo antes de hacerla suya.
Una vez más, el marqués comprendió que les tenía envidia. Deseaba sentir ese inexplorable placer de estar uno junto al otro y enamorados.
«Es lo que deseo y lo que he estado buscando», pensó.
Como le molestaba comprender que hasta ese momento había fracasado, cerró las cortinas con brusquedad y empezó a desvestirse.
La cama de postes, como las que había en todos los dormitorios principales, parecía muy invitadora.
Casi deseó que Lady Eleanor, a quien llevara consigo, no lo estuviera esperando al otro lado del corredor.
Entonces se dijo que era una ridiculez.
Siempre había disfrutado las reuniones secretas del Príncipe de Gales.
Por supuesto que disfrutaba de ésa.
Sin embargo, casi involuntariamente, se tomó más tiempo para desvestirse.
Después se lavó completamente, aun cuando había tomado un baño antes de la cena y se arregló el cabello frente al espejo.
Con un suspiro, que brotó de sus labios sin poder contenerlo, abrió la puerta.
Sabía que, como de costumbre, el nombre de las damas estaría escrito en las puertas.
Entonces se dio cuenta de que, frente a él, dos de las velas que iluminaban el corredor sobre los candeleros de plata, se habían apagado.
Cuando todos subieron, había pensado que el corredor estaba poco iluminado.
Sin embargo, sabía que el dormitorio de Lady Eleanor estaría frente al de él.
No importaría que no pudiera leer el nombre en la tarjeta que habría, sobre la puerta.
Como había ocupado tanto tiempo mirando por la ventana y desvistiéndose, el pasillo estaba muy tranquilo.
Lo cruzó con rapidez y abrió la puerta.
Al entrar en la habitación pensó que estaba soñando.
O tal vez mirando uno de los cuadros que había visto colgados en todos los muros y que sabía eran todos soberbios.
A través de la alcoba pudo ver, recostado sobre un lecho de postes, a un ángel.
Estaba de más, decir que su belleza quitaba el aliento.
Su largo y rubio cabello caía en ondas a cada lado de su rostro sobre sus hombros.
Había un halo alrededor de su cabeza, incluso cuando el marqués pensó que habría sabido que ella era un ángel, aun sin él.
A los quince años, Wenda había dejado sus habitaciones del ala infantil.
Se le destinó un dormitorio en el mismo corredor donde estaba el de sus padres.
Lady Creswell había decorado la alcoba de una forma que sabía que le agradaría.
La cama de postes, en lugar de ser pesada como la mayoría, era muy ligera.
Había mariposas y aves pequeñas decorando los postes.
Detrás de ella, Lady Creswell había hecho colocar para su hija, cortinas de muselina y encaje.
Como sabía que eso agradaría a Wenda, hizo bordar sobre la cabecera, estrellas doradas.
En el centro había una grande, que quedaba justo detrás de su cabeza cuando se sentaba reclinada sobre las almohadas.
Como recibía la luz de las velas, el marqués, que estaba de pie junto a la puerta, le pareció que era un halo.
Durante un momento sólo permaneció inmóvil, mirando lo que para él era una visión sobrenatural.
Entonces, al darse cuenta de que la puerta estaba abierta, Wenda preguntó en voz muy baja:
—¿Eres tú, Robbie?
El marqués avanzó y llegó hasta la cama. Ella lo miró sorprendida.
—Pensé que era Robbie —señaló.
—Salió al jardín —informó el marqués.
Al mirarlo, Wenda pensó, igual que cuando lo viera durante la cena, que era un hombre muy apuesto.
Alto, de anchos hombros, frente cuadrada y cabello oscuro, era el mejor parecido de todos los presentes. Ahora, al verlo observándola, declaró:
—Su dormitorio está al otro lado del pasillo.
El marqués era de mente muy rápida.
Se percató, aun cuando eso lo sorprendió, que ella no tenía idea de la razón por la que había salido de su habitación.
Desempeñando el papel que se esperaba de él, comentó:
—Dejé algo abajo y fui a recogerlo. Pero las velas que están junto a esta puerta se apagaron.
—¡0h, Dios! —exclamó Wenda—. Lo temía porque son muy pequeñas, pero fue todo lo que pudimos conseguir con la prisa.
—¿Quién es usted? —preguntó el marqués—. ¿Vive aquí?
Con un sobresalto, la chica recordó lo que Robbie había dicho.
Que nadie debía saber que estaba en la casa y que era su hermana.
Después de un momento de titubeo, declaró:
—Ayudo… en la cocina… y espero… que haya… disfrutado de… los platillos franceses… en la cena.
El marqués sonrió.
—Estuvieron deliciosos, pero pensé, al entrar en la habitación que no era usted un habitante de este planeta, sino un ángel.
Wenda soltó una risita.
El pensó que era el sonido más atractivo que jamás había escuchado.
—Desearía serlo —apuntó ella—. Sería maravilloso poder volar al cielo y no tener que preocuparse por todas las cosas que suceden en la tierra.
—Creo que es algo que todos hacemos en ocasiones —comentó el marqués—. Pero si regreso aquí en la mañana, estoy seguro de que encontraré vacía la habitación, sólo con polvo y ratones.
Wenda se rió de nuevo.
A la vez pensó que Robbie se indignaría si supiera que había hablado con uno de sus huéspedes.
—Creo que debería irse a acostar —sugirió—. Encontrará su dormitorio justo enfrente de éste y solo un poco a la izquierda.
—¿Me está despidiendo? —inquirió el marqués—. Siempre pensé que los ángeles eran tiernos, amables y deseosos de ayudar a quienes los necesitan.
—No creo que necesite ayuda —negó Wenda— y aun cuando no lo conozco, estoy segura de que sus caballos son tan excelentes como algunos de los que llegaron aquí esta tarde. Sólo espero que no encuentren que los obstáculos que los esperan para saltarlos, son muy altos o muy bajos.
El marqués sonrió.
—Tengo la sospecha de que serán perfectos, como todo lo demás en esta casa. Nunca había visto pinturas tan espléndidas, ni comido una cena mejor, ni conocido antes a un ángel.
Wenda se volvió a reír.
—Para mañana ya me habré ido —declaró—. Pero, claro, si hay algo que desee, entonces, por supuesto, si rezo lo suficiente por usted, lo obtendrá.
El marqués pensó que lo que deseaba, era sentirse tan feliz como lo eran Robbie y Josofine en ese momento.
Entonces, para sorpresa, Wenda que lo observaba, manifestó:
—Lo encontrará. Sé de forma instintiva lo que desea y lo encontrará. Entonces lo hará muy feliz.
—¿Quiere decir que está leyendo mis pensamientos?
Se hizo una pequeña pausa antes que la chica dijera:
—Algunas… veces sé… lo que la… gente está_ pensando. Pero… por lo general… son personas… que conozco y… amo, y supongo… que eso… lo hace… más fácil.
—Así que supo —expresó con lentitud el marqués— que lo que deseo es amor…
—Supe… lo que había… en su mente… y por supuesto… es algo que… todos… deseamos —comentó Wenda—. Sé… casi como si una… voz me lo dijera… que encontrará… el amor.
Hizo una pausa y como él no habló, continuó:
—Será cuando su… corazón encuentre… el corazón de alguien… que lo está… buscando… igual… que usted la está… buscando… a ella. —Lo expresó con gran suavidad.
El marqués la escuchó casi como hipnotizado.
Entonces se hizo un extraño silencio.
Sólo se miraban uno al otro.
Al fin, él declaró:
—No puedo creer que usted sea real. Me aterra que mañana no pueda encontrarla.
Wenda sonrió.
—Creo que debería irse a acostar por favor, no le diga a nadie, en especial a Robbie, que me vio.
—Le prometo que haré lo que me pide. Además, deseo verla otra vez.
—Es imposible —espetó Wenda— y, por favor, ahora váyase. No debió entrar aquí y, como le dije, su dormitorio está al otro lado del pasillo.
Durante un momento, el marqués pensó en oponerse.
Entonces aseguró:
—Haré lo que me dice. Pero juro que si es un ser humano y no una ilusión celestial, la encontraré de nuevo.
Aun cuando ella no habló, continuó mirándolo.
El halo brillaba detrás de su rubia cabellera.
—Rece por mí —pidió el marqués.
Se dirigió hacia la puerta.
Cuando llegó a ella, miró atrás.
Wenda continuaba sentada como la viera por primera vez, con el halo resplandeciente a la luz de las velas detrás de su cabeza.
Mientras avanzaba por el corredor, el marqués comprendió que, al menos esa noche, no visitaría a Lady Eleanor.
Entró en su habitación.
Hizo algo que jamás antes en esas circunstancias, había hecho. Cerró con llave su puerta.
Cuando salió, Wenda soltó un suspiro de alivio.
Todo el tiempo que él estuvo ahí, había temido que Robbie entrara para contarle lo sucedido.
El marqués había dicho que lo había visto en el jardín.
No tenía idea si había ido sólo a mirar la fuente.
O a la casa de juegos.
Tuvo la sensación de que eso había hecho.
Asimismo sabía que su hermano se habría indignado si la hubiera encontrado hablando con el marqués. Se suponía que ella no existía.
Había sido muy emocionante verlo de cerca.
Su voz le había sonado sincera.
Eso le indicó, aun cuando había dicho cosas extrañas, que no se reía de ella.
«Me agrada y me encantaría hablar con él de nuevo», pensó. Pero sabía que era imposible.
Debía olvidar que había entrado en su dormitorio por error. Todo porque las velas se habían apagado.
Había sido difícil comprar tantas en tan poco tiempo.
Tuvo que depender de la tienda de la aldea.
Como era de esperarse, no tenían suficientes de un solo tipo para llenar todos los candeleros de las paredes.
También temía gastar demasiado dinero.
Por lo tanto, pidió al señor Twillet, el tendero, que le consiguiera de las más baratas.
Resultaron pequeñas, pero agradeció conseguirlas sin tener que pagar demasiado.
Apagó las velas junto a su cama y se hundió en la almohada.
—Es muy apuesto —se dijo— y nunca antes había hablado de esa forma con un hombre.
La verdad era que había hablado con muy pocos.
Se durmió y, para su sorpresa, soñó que el marqués le pedía que rezara por él.
Cuando despertó, miró el reloj y descubrió que era muy temprano, aun cuando ya había luz.
Entonces tuvo una idea.
Había estado muy ocupada en la casa trabajando en las pinturas. Por lo tanto, no había tenido tiempo de ver los obstáculos. El señor Wentworth sólo le había dicho lo que hizo.
—Si me levanto ahora —se dijo— podré cabalgar en la pista. Tal vez haga que Samson salte uno de los obstáculos.
Samson era el único que quedaba de los notables caballos que poseía su padre.
Todavía era muy joven y estaba sin entrenar cuando su padre murió. Pero era de muy buena cuna y ella misma lo entrenó.
Comprendió que Samson debía estarse preguntando qué sucedía. No lo había montado desde que Robbie le encargara tan abrumadora tarea.
Pero la había cumplido.
Había convertido la casa en habitable para el Príncipe de Gales. Apresurada salió de la cama.
Se puso su falda de montar, una blusa de muselina blanca y se ató el cabello con una cinta azul.
Sin preocuparse más por su apariencia, bajó por la escalera. Todavía era demasiado temprano para que los sirvientes empezaran sus labores.
Sólo al cruzar frente a la cocina escuchó a los Banks hablar.
Sabía que, como ella misma, estaban demasiado excitados para dormir mucho.
Por lo tanto, se habían levantado antes que nadie, para empezar a preparar el desayuno.
Aun cuando ella se retrasara un poco, no importaría.
La señora Banks contaba con la ayuda de dos mujeres de la aldea. Ambas eran buenas cocineras, por eso se les asignó esa tarea. Fue a sugerencia de Banks.
Wenda accedió, ya que sabía que no pensaba en ella, sino en su esposa.
Comprendió que si le daban demasiado qué hacer, podría sufrir un colapso.
Sin ver, ni hablar con alguien, Wenda se dirigió al patio de la caballeriza.
Cuando abrió la puerta, le emocionó ver una docena de magníficos caballos.
Pertenecían a los visitantes y le habían avisado de su llegada el día anterior.
Sin embargo, había estado demasiado ocupada para ir a verlos.
Se ocupaba de los platillos franceses especiales para Su Alteza Real, mientras la señora Banks preparaba los más sencillos. Se dirigió hacia el cubículo que ocupaba siempre Samson.
Aun cuando no era tan fino como los recién llegados, era un caballo notable.
Que cualquier hombre se sentiría orgulloso de poseer.
Se mostró encantado de verla y se frotó contra ella.
Le puso la silla y las riendas.
Supuso que Ben y los mozos recién llegados estarían todavía dormidos.
Se les habían asignado habitaciones arriba de las caballerizas, que estaban más o menos en buen estado.
La casita adjunta, que tenía dos dormitorios con dos camas cada uno, se había destinado a los mozos visitantes.
También se les indicó que habría alimentación para ellos en la sección de la servidumbre.
Había dejado la preparación de esas comidas en las manos capaces de las mujeres que ayudaban a la señora Banks.
Al salir del patio, se sintió por el momento, libre de preocupaciones. Era lo que más había tenido en los últimos días.
—Vamos a disfrutar, Samson —aseguró— y si esos saltos son demasiado altos para ti, también lo serán para los caballos visitantes.
Siempre charlaba con el caballo y él movía las orejas, como si la comprendiera.
Cuando llegaron a la pista, se dio cuenta de que el señor Wentworth había realizado un buen trabajo.
Tal vez no estaban muy bien terminados, pero los obstáculos se hallaban colocados con firmeza y la pista en general lucía impresionante.
Como si Samson, sin decírselo, supiera lo que se esperaba de él, saltó el primer obstáculo sin titubeo.
Continuó con el siguiente y el siguiente.
Wenda pensó que era la cabalgata más emocionante que había hecho nunca.
No tenía idea de que la observaban.
El marqués pasó la noche sin dormir.
Desistió en su intento de no pensar en el ángel que conociera tan inesperadamente.
Por lo tanto, se levantó tan temprano como ella.
Su propia casa era muy grande.
Estaba construida con un diseño muy semejante al de Creswell Court.
Por lo tanto, con facilidad encontró la salida por la puerta de atrás y la vereda que conducía a las caballerizas.
Buscó su caballo.
Lo había enviado, como los demás visitantes, porque el Príncipe de Gales les había dicho que había una pista de carreras en el lugar. Firefly era un fino animal, con sangre árabe.
El marqués estaba decidido, si iban a competir como era la intención de Su Alteza Real, a ser el triunfador.
No ensilló a Firefly.
Despertó a uno de los mozos que dormía sobre una pila de paja.
Se frotó los ojos cuando le indicó que se levantara y ensillara su caballo.
—Tal vez le parezca demasiado temprano —comentó el marqués—, pero deseo montar, ya que es una hermosa mañana.
El chico no respondió.
El marqués tuvo que buscar su silla y sus riendas.
También cuidar que ambas quedaran bien ajustadas.
Sólo esperaba que más avanzado el día hubiera ayudantes mejores.
—Estuviste espléndido —le aseguró—, como siempre. Y eres mejor que todos esos otros caballos juntos.
Entonces sé incorporó y vio al marqués.
El había permanecido frente al árbol, por eso no lo había notado hasta entonces.
Cuando detuvo a Samson a su lado, él preguntó:
—¿Cómo es posible que pueda montar así? Todos los obstáculos son demasiado altos para una mujer.
Wenda se rió.
—Yo no los salto, lo hace Samson. Dice que son de la altura justa para él y que está seguro de que si hubiera una carrera, él la ganaría.
Lo dijo de una forma que hizo reír también al marqués.
—Se muestra muy confiada —comentó—. Pero creo que usa poderes sobrenaturales para asegurarse de que gane y eso, por supuesto, es hacer trampa.
—Por desgracia, yo no participaré —declaró Wenda.
—¿Por qué?
—Porque, como le dije, estaré muy ocupada en la cocina.
—No le creo —negó el marqués—. Nadie podría tener su apariencia y ser sólo una cocinera.
—Admitió anoche que era yo muy buena cocinera —se defendió Wenda—. Si ahora se retracta me sentiré muy dolida y decepcionada.
—No critico la comida —acepto el marqués—, sólo digo que es imposible que alguien como usted monte tan bien. Y a la vez que parezca, como lo hacía anoche, como si fuera a flotar con el primer golpe de viento que entrara por la ventana…
—Es una idea preciosa y quisiera que fuera verdad. Quizá sea lo que deba hacer.
—Le prohíbo hacer algo semejante. Ahora dígame la verdad acerca de usted, porque deseo saberla.
—Piense en lo decepcionante que sería si resolviera usted el problema, si lo hiciera, sin hacer ningún esfuerzo.
Como el marqués no habló, agregó:
—Con frecuencia pienso que la vida sería muy aburrida si no nos enfrentáramos con frecuencia a algún tipo de problemas.
Lanzó un suspiro.
—Algunas veces son demasiado abrumadores, pero también muy emocionantes.
—Fue muy emocionante para mí anoche —declaró el marqués— encontrarla de forma tan inesperada.
—Pero me prometió —expresó con rapidez Wenda— que no le diría a alguien que me había visto.
—Jamás falto a mis promesas.
—Es lo que deseaba escuchar —convino Wenda.
Soltó la rienda y estaba a punto de alejarse, cuando el marqués inquirió:
—¿A dónde va y por qué me abandona?
—Sabe que se supone que no debo verlo —comentó Wenda—. Si está levantado, otros del grupo también pueden pensar en cabalgar un poco antes del desayuno.
—Todavía es muy temprano y deseo hablar con usted.
Wenda sintió que ella también lo deseaba.
Sería muy emocionante hacerlo.
Pero temía que Robbie se molestara.
—Debo regresar —informó— y, por favor, olvide que me ha visto. Sé que Samson no hablará y nadie más debe saber que acaba de saltar todos los obstáculos sin esfuerzo alguno.
—Puede confiar en mí —prometió el marqués—. Pero debe darse cuenta de que tengo que volverla a ver.
—Creo que eso será imposible —espetó Wenda—. Pero sigo rezando porque encuentre lo que busca.
Al decir lo último se alejó, antes que el marqués pudiera detenerla. El sintió que si la seguía hasta la caballeriza sería embarazoso. Saltó los obstáculos.
Todo el tiempo pensaba en Wenda.
¿Cómo podía, sin faltar a su promesa, averiguar quién era la chica? ¿Y por qué no debía hablar de ella con Robbie?
Comprendía, sin que nadie se lo dijera, que no había ninguna razón siniestra para ello.
Si hubiera sido una mujer común y corriente, habría pensado que tal vez era una amante de Robbie.
Alguien que no consideraba de suficiente importancia para presentarla ante el Príncipe de Gales.
Pero había una pureza y una inocencia en su ángel que le indicaba que ni siquiera la habían besado alguna vez.
El marqués continuaba pensando en Wenda, cuando más tarde acudió a desayunar.
Encontró que la mayoría de los hombres, incluyendo al Príncipe de Gales, ya estaban reunidos.
—Supe que saliste a cabalgar, Víctor —le dijo el príncipe.
—Creswell tiene una excelente pista de obstáculos y estoy decidido a que mi caballo gane —expresó el marqués.
Los demás protestaron ante eso.
Robbie entró entonces, disculpándose por el retraso y el Príncipe de Gales le pidió:
—Háblame de tu pista de carreras, Robbie. Víctor está decidido a ganar en ella. Ya la exploró y saltó mientras los demás todavía dormíamos.
—Podría yo decir que eso es trampa —declaró Robbie—. Pero sus caballos son siempre tan buenos, que sin duda nos ganaría a todos aunque estuviera en desventaja.
—Ahora te muestras agresivo —protestó el marqués— y si montaras un espléndido caballo llamado Samson que vi en la caballeriza esta mañana, creo que tendrías una ventaja injusta.
Todos se rieron.
Pero el marqués se percató de que Robbie no tenía idea de que Samson ya había saltado los obstáculos.
Reconoció que los habían colocado con toda rapidez porque la vieja pista plana estaba en muy malas condiciones.
El marqués recordó cuando Samson casi cayó después de saltar el último obstáculo e informó:
—Esta mañana encontré un lugar que puede ser peligroso y que debe arreglarse antes que iniciemos cualquier carrera.
Robbie le preguntó dónde era.
Cuando se lo explicó, prometió:
—Me encargaré de ello enseguida, aun cuando les aseguro que el hombre que colocó las vallas hizo un buen trabajo.
—Excelente —confirmó el marqués.
Se preguntó al decirlo, si el ángel había tenido que ver con eso, igual que con la comida.
Se dijo que debía enterarse de, la verdad antes de verse obligado a irse.
Cuando Robbie abandonó la mesa del desayuno, logró decir a Banks, en voz muy baja:
—Dígale a la señorita Wenda que se reúna conmigo enseguida en la oficina.
Banks asintió y se apresuró a ir a la cocina.
Cinco minutos más tarde, Robbie recibió a Wenda en la oficina.
—Fui a tu dormitorio —señaló, pero ya no estabas ahí. Supongo que te encontrabas en la cocina.
—Sí, por supuesto —afirmó la chica.
Se había cambiado de ropa en cuanto regresó a la casa.
Ahora llevaba un viejo vestido, deslavado por el uso.
Y un largo delantal que pertenecía a la señora Banks.
—La cena de anoche fue soberbia —comentó Robbie—. Pero, en realidad, de lo que quería hablarte es de mí mismo.
—Vi al Príncipe de Gales ofreciendo un brindis a tu salud anoche —indicó Wenda—, pero no pude escuchar lo que decía.
—Supongo que estabas en la galería de los músicos. Ya sabía que irías ahí.
—Sólo deseaba mirarlos a todos. Era algo realmente fantástico, casi como en una obra de teatro. Sentí que no podía estar sucediendo en la vida real y en nuestra casa.
—Mas así era y ahora tengo mucho que decirte, pero poco tiempo.
Le contó cómo había conocido a Josofine.
Cómo se había enamorado de ella, sin saber quién era hasta que llegaron a Creswell Court.
Cómo el príncipe la había reconocido.
—Así que, como comprenderás, no es la señora Frazer, que en realidad era el apellido de su madre. Sino la Condesa de Mouchy y vamos a casarnos mañana, inmediatamente después del almuerzo, antes que Su Alteza Real regrese a Londres.
—¡Mañana! —exclamó Wenda.
—Es lo que he planeado y el vicario viene a vernos esta mañana —informó Robbie.
Durante un momento, la chica sólo pudo mirarlo.
—Jamás pensé que te casarías —comentó—, porque tenemos tan poco dinero.
—Los matrimonios en Francia son arreglados —indicó Robbie— y en realidad, ella es muy rica. Escapar fue la única manera en que pudo evitar convertirse en la esposa de un hombre que detesta.
—Creo que fue muy valiente —señaló Wenda.
—Por supuesto, y cuando la conozcas la vas a querer tanto como yo. Es una persona maravillosa, y yo soy el hombre más afortunado de todo el mundo.
—Si ella es una heredera —apuntó Wenda— podrá vivir aquí.
—Ya ha dicho que es lo que desea hacer y vamos a convertir el lugar en algo más grandioso de lo que fuera en el pasado.
Robbie sonreía.
Entonces comentó:
—Oh, Wenda, ¿sucede esto en realidad? Temo tanto despertar y encontrar que es sólo parte de mi imaginación.
—Creo que papá y mamá estarán encantados de que puedas vivir aquí, de la misma forma que ellos, cuando estaban recién casados.
—Todo es demasiado maravilloso. Sé que querrás a Josofine en cuanto la conozcas.
Después de un breve silencio, Wenda declaró:
—Debo asistir a tu boda.
—Por supuesto y como tú misma. Lo único que tienes que hacer, y he pensado en ello cuidadosamente, es llegar a la iglesia y fingir que has estado de visita con unos familiares en un lugar cercano.
Wenda lo miró.
—Si ya estás comprometido, ¿por qué no puedo llegar esta noche? Robbie se preguntó si debería decirle la verdad.
Entonces pensó que sería un error.
—Creo que podría molestar a Su Alteza Real, quien deseaba que sólo sus amigos estuvieran en esta reunión especial. También se alteraría el número de invitados, nos haría falta un caballero.
—Sí, tienes razón —reconoció Wenda—. Así que llegaré a la iglesia a las dos de la tarde y nadie adivinará que estuve cocinando el almuerzo antes de llegar ahí.
Robbie se rió.
—Eres absolutamente maravillosa —declaró—. Es sólo gracias a ti que todo haya salido tan bien y que Su Alteza Real esté del mejor humor que le he visto nunca.
—Bueno, mantenlo así —pidió Wenda— y, por supuesto, deseo conocerlo.
—Lo que quiero que hagas —comenzó Robbie— y tal vez sea con mucha prisa, es que la señora Banks y los demás de la cocina te ayuden a hacernos un pastel de bodas. Sé que Josofine no se sentirá casada sin uno. Así que, por favor, queridita, haz uno. No necesita ser muy grande, ya que sólo asistirá a la boda, el grupo de invitados que ya está en la casa.
—Yo no apostaría sobre ello —expresó Wenda— y supongo que te das cuenta de que una vez que en la aldea se enteren de que te casas, esperarán fuegos artificiales y barriles de cerveza en el jardín y todas esas cosas que se hicieron cuando cumpliste veintiún años.
—Lo recuerdo —comentó Robbie— y, por supuesto, tienes razón. Debes prometerles que eso es lo que les ofreceremos en cuanto regrese de mi luna de miel.
—¿Ya decidieron a dónde van a ir? —preguntó Wenda.
—Lo estuvimos discutiendo, pero el gran problema es si debo ver a sus padres, los duques, antes de irnos de luna de miel o después.
—Yo te daré la respuesta a eso —declaró Wenda—. Diviertanse mientras puedan y denles oportunidad de reponerse de la sorpresa.
—Eres un genio —aseguró Robbie—. No sé por qué no pensé en eso. Pero Josofine no desea que se sientan más indignados de lo que ya deben estar. Después de todo, está rechazando a un príncipe reinante para casarse conmigo.
—Creo que es muy muy sensato de su parte —aceptó blenda—. Eres una persona excepcional y debes estarle muy agradecido a Su Alteza Real porque todo lo está facilitando. Y si él bendice su matrimonio, el duque no se atreverá a desafiarlo.
—Tienes toda la razón, yo mismo había pensado eso —exclamó Robbie.
La besó y comentó:
—Cuando regrese, insistiré en que tengas tu baile en Londres. Serás la Bella de la Temporada y nadie podrá igualarte.
—Lo esperaré con ansia —aseguró Wenda— y también, mantendré los dedos cruzados para que suceda.
Robbie se rió.
Entonces se apresuró a salir porque sabía que pronto estaría listo el príncipe para dirigirse a la pista de carreras.
Wenda se dirigió a la cocina.
Les dijo a la señora Banks y a las otras mujeres lo que tenían que hacer.
Como todas se emocionaron, aseguraron que Su Señoría debía tener un espléndido pastel.
Sólo esperaban que hubiera tiempo suficiente para decorarlo. —Tengo una idea— comenzó la señora Banks —aun cuando usted puede pensar que está mal, es lo mejor que podemos hacer a toda prisa.
—¿De qué se trata? —preguntó Wenda.
—Recuerde que para el aniversario de bodas de plata de sus padres tuvimos un enorme pastel. Invitaron a todos los del condado y hasta a gente de la aldea, como el doctor y, por supuesto al vicario y a su esposa.
Como la señora Banks siempre hacía largos relatos, Wenda intentó no ponerse impaciente.
—En esa ocasión fue un pastel de tres pisos. Estaba muy bien decorado, pero sólo tuvimos que hacer los dos pisos de arriba y el de abajo era sólo bonito, con flores y pequeños emblemas, pero no se comía.
—Quiere decir que era falso —indicó Wenda.
—Sí, ésa es la palabra. Y repartimos rebanadas de otro pastel aparte y nadie se dio cuenta de que no provenía del bonito.
—Para esta boda serán tan pocos que podríamos decorar los dos pisos de abajo y sólo hacer de verdad el de arriba.
—Es lo que estaba pensando, señorita Wenda —dijo la señora Banks.
Tomó aliento y añadió:
—Nos ahorrará mucho trabajo y estoy segura de que usted, con pintura y pincel podría retocar el viejo y hacerlo lucir como nuevo.
—Haremos la prueba y alguien debe avisar a la señora Stevenson lo que deseamos, para que lo busque en el ático.
—Ya debe estar ahí —declaró una de las mujeres—. La joven con quien Su Señoría se va a casar quiere un vestido de novia y hay muchos de ellos. El de la madre de usted, de su abuela y de su bisabuela. Lo están comentando.
Wenda no pudo esperar y buscó a la señora Stevenson para preguntarle si había hablado con Su Serloría de los vestidos de novia.
—Por supuesto —respondió el ama de llaves—. Ya están en la cama de la señorita y ella está encantada con ellos.
—¿Cree que usará el de mamá? —indagó Wenda.
—Como es pequeña, igual que su abuela creo que será el de ella o el de su bisabuela, con el velo que han usado todas las novias de la casa —murmuró la señora Stevenson.
Wenda pensó que era muy emocionante.
Deseó poder ver los vestidos y ayudar a Josofine.
Pero sabía que no debía intervenir.
Robbie se molestaría de que apareciera antes de lo que se suponía que debía hacerlo.
Cuando más tarde se encontraba en su dormitorio, deseó tener un vestido elegante que ponerse.
Toda su ropa estaba gastada.
Aun cuando los vestidos de novia se conservaban, por desgracia los otros o estaban pasados de moda y se habían regalado o destruido. Mientras los demás se cambiaban para la cena, permaneció en su dormitorio.
Sabía que debía estar en la cocina, pero estaba segura de que Robbie acudiría a verla.
Le había dejado una nota en su mesa de noche diciéndole que deseaba verlo.
Cuando escuchó las voces de los que subían, comprendió que no tardaría.
El abrió la puerta de su dormitorio.
Cuando entró notó que estaba preocupada.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—No tengo ningún vestido decente que ponerme mañana y me han dicho lo hermosa que es la ropa que tiene Josofine. Me preguntaba si podría ser tan amable de prestarme un vestido para presentarme en la iglesia.
Durante un momento, su hermano la miró.
Entonces comentó:
—Debes pensar que te trato sumamente mal al no presentarte al grupo de invitados. Sé que sería un error involucrar al Príncipe de Gales. Pero, por supuesto, no hay razón para que no conozcas a Josofine y le diremos todo lo que has hecho por mí. ¡Espera aquí! Salió con rapidez.
Dos minutos después regresó con Josofine.
Ella llevaba puesta una bata y preguntaba:
—¿Qué sucede? ¿A dónde me llevas?
Robbie la hizo entrar y cerró la puerta.
Entonces señaló:
—Deseo que conozcas a quien es responsable de todo lo que ha sucedido aquí. La comida, la limpieza de la casa, los obstáculos en la pista de carreras y la razón de que seremos muy afortunados al tener mañana una hermosa boda.
Josofine parecía aturdida.
—Si Wenda, mi hermana, no hubiera organizado todo —continuó Robbie—: yo habría tenido que rechazar la sugerencia de Su Alteza Real de venir aquí y nunca te habrías encontrado con él.
—¡Tu hermana! —exclamó Josofine—. Pero ¿cómo es que no la conocí antes?
—Porque se mantuvo tras bambalinas haciendo todo posible. Pero ya te lo contaré en otra ocasión.
Sabía que, como Wenda, Josofine no tenía idea de por qué el Príncipe de Gales organizaba esas reuniones secretas a las que cada hombre llevaba una dama de su elección.
—Bien, estoy encantada de tener una hermana —declaró Josofine cuando Robbie terminó de hablar.
—Es una forma muy bonita de decirlo —comentó Wenda— y me alegra mucho que tú y Robbie sean tan felices.
—Es lo más maravilloso que jamás me había sucedido. Es tan bondadoso —aseguró Josofine— y tenía yo tanto temor de que no se enamorara de mí.
—Eso no fue difícil —sonrió Robbie.
Durante un momento, se miraron y se olvidaron de que Wenda estaba ahí.
Entonces Josofine habló:
—Robbie me dijo que deseas algo que ponerte para nuestra boda y, por supuesto, puedes disponer de todo lo que desees. Más tarde iremos a París donde puedo comprar la ropa que me hará verme realmente hermosa para él. De lo contrario, se sentirá decepcionado de mí.
—Eso es imposible —murmuró Robbie con voz profunda.
Ella le dirigió una tierna sonrisa antes de indicar a Wenda:
—Ven conmigo a mi…
—¡No! —La interrumpió Robbie—. Eso sería un error porque alguien podría darse cuenta de que Wenda está aquí. Y si no ayuda en la cocina a preparar los platillos franceses para la cena, Su Alteza Real puede ponerse de mal humor y negarse a entregarte.
Josofine lanzó una exclamación de horror.
Entonces señaló:
—Te diré lo que haremos. Cuando yo baje, dejaré toda mi ropa a tu disposición. Ahora que te conozco, creo que te verás más bonita de rosa o tal vez de azul muy suave.
—¿Realmente no te importa que tome tu ropa para la boda?
—Cuando regresemos de París —respondió Josofine—, como somos más o menos de la misma talla te traeré de regalo algunos lindos vestidos.
Miró a Robbie al hablar.
Como él no pudo encontrar palabras, le besó la mano.
—Eres tan bondadosa y soy tan feliz por ustedes, que les prometo que su pastel será muy impresionante. Pero no deseo ser una molestia —aseguró Wenda.
—Jamás podrías serlo —afirmó Robbie—. Le contaré a Josofine del baile que daré para ti en cuanto tengamos una casa decente en Londres donde podamos recibir.
—No puedo creer lo que escucho —expresó Wenda—. Es demasiado maravilloso y sé que ambos serán muy felices aquí.
—Por supuesto que lo seremos —apuntó Robbie—. Seríamos felices en cualquier parte, pero Josofine será la más hermosa castellana que jamás haya visto Creswell Court.
—Es un cumplido precioso —comentó Josofine y lo besó en la mejilla.
Entonces besó a Wenda.
—Necesitarás sombrero igual que vestido —indicó—, así que te estarán esperando cuando yo baje.
—Gracias, gracias —dijo Wenda—. Saben, estoy tan emocionada por ustedes que siento deseos de llorar.
—No lo hagas —pidió Robbie—. Si lo haces, descubriré que es un sueño y despertaré. Fue lo que sentí cuando conocí a Josofine y todavía siento que esto no puede ser real.
—¡Lo es, lo es! —exclamó Josofine—. Y ahora, sin importar lo que diga papá, ya no podrá hacerme casar con ese horrible príncipe alemán.
—Mataría a cualquiera que intentara separarte de mí. Pero vamos, ambos caeremos en desgracia si llegamos tarde a la cena —indicó Robbie.
Josofine lanzó una exclamación.
Besó de nuevo a Wenda y salió de la habitación rápidamente.
—Es muy dulce —comentó Wenda mientras su hermano se dirigía hacia la puerta. Eres muy muy afortunado.
—Lo sé y gracias de nuevo.
Besó a su hermana y se fue.
Wenda bajó apresurada por la escalera para dar los últimos toques a los platillos franceses que se servirían en la cena.
Iba pensando en lo maravilloso que era para Robbie.
Entonces, al llegar a la cocina, empezó a pensar en sí misma.
Se preguntó si, una vez que la boda terminara, volvería a ver al marqués.