6
DESDE las rocas donde estaba el avión caído podía verse con claridad el valle de Balanzategui y los montes nevados de los alrededores.
—Esto es lo bueno que tiene esta época del año —le dije a La Vache—, que deja los bosques pelados, y se ve más fácil en qué mundo vivimos.
—Y que demuestra qué vaca es tonta y cuál no —dijo ella—. Ahora mismo, las vacas tontas de Balanzategui están metidas en el establo, rumiando lo que comieron ayer, sin energía para salir al aire frío. ¡Con lo bueno que es el frío! Siempre lo he dicho y siempre lo diré: ¡no hay cosa más tonta en este mundo que una vaca tonta!
Estábamos las dos tumbadas sobre el musgo helado, ella a un lado del avión y yo al otro, charlando tranquilamente por encima de los trozos de metal oxidado. No queríamos entrar directamente en el tema que nos había llevado allí. Ya habría tiempo para sopesar el descubrimiento del arroz.
—Un día lo pasé muy mal en esas nieves —le dije, dejándome llevar por el recuerdo—. Estaba comiendo esa hierba pequeñita del monte, y antes de que me diera cuenta, tenía una manada de lobos siguiéndome. Una sorpresa muy desagradable, a decir verdad.
—¿Lobos? ¿Y a cuántos destrozaste con tus cuernos? —se entusiasmó La Vache, cambiando de expresión y levantando su cabezota. Su salvaje voz interior hablaba por su boca.
—No llegué a destrozar a ninguno. Ahora bien, el que debía de ser jefe de la manada se fue sin dientes. Le di una patada tremenda en plena boca.
—¡Soberbio! ¡Muy bien hecho! —se alegró La Vache, enderezándose más.
—Claro que también él se llevó su premio. Me mordió en el rabo.
—¡Y eso qué importa!
La Vache tenía la vista fija en las faldas nevadas de los montes. Estaba comprobando si los lobos aún andaban por allí.
—¡Qué pena no haber estado contigo ese día! —suspiró luego—. ¡Cómo me gustaría habérmelas con los lobos! ¿Dónde has dicho que los viste?
—En esa pendiente larga que hay encima de Balanzategui, donde está aquella roca negra.
Se puso a mirar la roca, y un escalofrío le recorrió el cuerpo. De tanto en tanto, como en sueños, susurraba las palabras que en aquel momento le dictaba su voz interior, palabras que, naturalmente, eran de lucha: «¡Golpea! ¡Golpea otra vez! ¡Clávale el cuerno de abajo arriba!».
—¡Los destrozaría a todos! —suspiró al final, antes de volver en sí y calmarse.
—Te creo, La Vache —concedí.
—Por un lado, ¡qué pena ser vaca! —siguió ella, girando la cabeza hacia mí—. Si fuéramos como los jabalíes o como las águilas, tendríamos que luchar para comer, y a cambio de eso andaríamos a nuestro aire. Todas las montañas para nosotras, todos los caminos para nosotras. ¡Sin establo! ¡Sin pienso! ¡Siempre libres, hoy aquí y mañana allí!
—Atiende, hija mía —escuché entonces en mi interior—. No cabe duda de que tu amiga es una vaca inteligente y de mucho carácter, pero, junto a esas virtudes, tiene también el grave defecto de la inmadurez. ¿Cómo es eso de que son los jabalíes los que disfrutan de libertad? ¿Qué tontería es ésa de decir que las águilas hacen lo que quieren y vosotras las vacas, no? ¿Dónde estáis, pues, ahora? ¿Acaso no estáis donde os ha dado la real gana? ¿Acaso no podéis quedaros aquí cuanto deseéis? Por decirlo en pocas palabras: ¿En verdad crees que las bestias del monte viven más libres que vosotras? Seamos serias, hija mía: yo creo que no. No tengo nada en contra del jabalí o el águila, pues ambos son animales nobles y de buena voluntad, pero, a decir verdad, han quedado un poco atrasados. Yo diría que, en este proceso que de Alfa a Omega llevamos todos los seres vivos, ellos han quedado muy Alfa. Carecen de establo o de cualquier otro lugar donde recogerse. Y carecen también de horario Para las comidas, pues dependen de la caza. Sin embargo, las vacas lo tenéis todo. Por un lado, vuestra libertad, y por otro, vuestros refugios y esa regularidad alimenticia tan necesaria para la salud. Para decirlo en una palabra: la vaca es notablemente Omega, no Alfa. Hija mía, haz el favor de comprender la verdad: las vacas somos algo grande.
—¿Qué te dice la voz de dentro? —me preguntó La Vache.
—Que nosotras las vacas somos Omega, en tanto que los jabalíes o las águilas se han quedado bastante Alfa.
—¡Bah, teorías! —exclamó La Vache. Y con una capacidad de reflexión que hasta entonces no le conocía, siguió así—: Tu voz interior filosofa mucho, pero no tiene experiencia de la vida. ¿Qué le importa al jabalí ser Alfa? El jabalí sabe lo esencial, es decir, que el mundo es inmenso y que él puede marchar a cualquier lugar de ese inmenso mundo: al Norte, al Sur, al Este o al Oeste. Esa capacidad de elegir es lo que le da alegría, una alegría que las esclavas como nosotras jamás conoceremos. Puede que el jabalí sea muy Alfa, pero, en mi opinión, tiene más categoría que la vaca.
Sin duda alguna, era su salvaje voz interior la que profería aquellas palabras. El Pesado comenzó a impacientarse:
—Atiende, hija mía, no te enfrentes a ella —me dijo—. No merece la pena que discutas. ¿Qué puede saber tu amiga acerca de la vida del jabalí? Absolutamente nada. Y, sin embargo, ultraja a las vacas en nombre de aquél. No sé, no puedo comprenderlo, quizá esté pasando por un mal momento personal. De cualquier forma, lleváis mucho tiempo tumbadas junto a esos pedazos de avión, y aún no habéis entrado en el tema. No os he oído ni una palabra acerca de lo que está sucediendo en Balanzategui.
Tenía razón El Pesado al decir estas últimas palabras. También yo estaba deseando llegar al asunto de Balanzategui, y ello porque, gracias al sol pálido que acababa de salir en aquella tarde de invierno, veía el catalejo del molino; o mejor dicho, veía el reflejo que de vez en cuando daba el cristal del catalejo. Cuando los dentudos hacían girar el instrumento y éste se ponía cara al sol, en el molino surgía una especie de chispa.
—Mira a los gemelos —le dije a La Vache.
—Sí, están de guardia. Andan siempre husmeando, a ver si ven a alguien acercarse a Balanzategui.
—Según tú, ¿qué es lo que está pasando aquí? —le pregunté, entrando directamente en el tema.
—Ya te lo dije antes. Todavía no ha terminado la guerra que empezó en el treinta y seis. Al menos, no en nuestro valle. Los que bajan del monte a escondidas no se quieren rendir, y siguen en pie de guerra contra el General. Una actitud muy peligrosa, sin duda.
—¿Gafas Verdes es el General? —pregunté con ingenuidad.
Aunque me estaba haciendo muy juiciosa, todavía estaba en pañales en asunto de guerras. Esas historias las aprendí después, cuando crucé la frontera y conocí a Pauline Bernardette. Porque la pequeña monja, en aquella otra guerra de Europa que tuvo lugar en Francia, Inglaterra, Alemania y otros sitios trabajó para los maquis; es decir, para los batallones que no querían rendirse. Recuerdo que vino a verla un sacerdote, uno que llamaban Père Larzabal:
—Toma estos papeles, petite Pauline —le dijo entregándole un paquete—. Y ya sabes, hoy por la tarde, coges tu vaca negra y vas hacia Altzürükü por el camino de la montaña. Los del maquis te reconocerán y saldrán a tu encuentro en el momento que les parezca apropiado.
La Madre Superiora del couvent, que estaba delante, arrugó el ceño:
—¡Me da miedo, Père Larzabal! ¡C’est un grand péril pour Soeur Pauline Bernardette! En todos los caminos hay puestos de soldados. Si registran sus ropas, cogerán presa a nuestra petite Pauline.
—Tranquilícese, Mère —le contestó Père Larzabal—. Mire la cara de Pauline. Y mire la cara de la vaca. De registrar a alguien, los soldados registrarán a la vaca.
—¡Pero yo no quiero que se le haga daño a Mo! —intervino la pequeña monja.
—No te preocupes, Pauline —le dijo Père Larzabal—. Hacéis muy bonita pareja, y no va a pasar absolutamente nada.
Las cosas marcharon como dijo el sacerdote. A mí me registraron un poco, pero a la pequeña monja nada de nada, ni la miraron siquiera. Y antes de llegar a Altzürükü, depositó los papeles en manos de quien correspondía.
Pero, como he dicho, tuve esa experiencia después de haber pasado todo lo de Balanzategui. Por eso le hice a La Vache aquella pregunta cándida de si Gafas Verdes era el General.
—¡No! ¡En absoluto! —me respondió La Vache en aquella ocasión—. Gafas Verdes, o sea, Cuchillos, es un sicario que el General ha enviado aquí para coger a los rebeldes que se mueven alrededor de Balanzategui. Pero nada más, sólo un sicario.
—¿Tú crees que Genoveva y El Encorvado están muy metidos?
—Ya lo creo que sí. Ellos también están en guerra —me aseguró La Vache hablando despacio y sopesando cada palabra—. En Balanzategui las vacas somos verdaderas vacas, y la hierba es verdadera hierba. Pero de todo lo demás, nada es lo que aparenta. Para empezar, no es una explotación agrícola ni una casa de labranza. Lo parece, pero no lo es. Ya has visto que no tienen perro delante de la puerta y que las vacas no hacemos nada. Y además, date cuenta, no tienen gallinas, ni ovejas, ni ningún otro animal doméstico. Y tampoco saben segar, eso es lo más gordo. Ni El Encorvado ni Genoveva saben segar.
—Completamente cierto —admití.
—Y luego está lo que supimos ayer —continuó La Vache—. Que la camioneta no viene a traer el pienso de nuestros banquetes, sino a traer arroz para los del monte. Ése es el servicio que hace ahora Balanzategui, es algo así como un almacén para los del monte. Sin Balanzategui se morirían de hambre, y entonces, se acabó la guerra y se acabó todo.
—¡Realmente asombroso! —exclamé. No por lo que La Vache me estaba contando, pues yo también me había hecho aquella reflexión, sino por lo poco que a La Vache le costaba pensar con lógica. No daba muestras de cansancio ni de que fuera a quedarse dormida.
—Y yo me pregunto lo siguiente —saltó de repente más despierta que nunca—: ¿Por qué no los cogen? ¿Por qué Cuchillos o Gafas Verdes o quienquiera que sea no detiene a los de Balanzategui?
—A los rebeldes que bajan a Balanzategui, querrás decir. Porque con llevar a la cárcel a Genoveva o al Encorvado no gana nada. Su problema es la gente del monte —apunté.
—Claro, por supuesto —admitió ella—. De todos modos, la pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué no los cogen? Ahí están los gemelos de los dientes grandes con su catalejo, husmeando todo el día, vigilando hasta el menor movimiento en el valle… y, sin embargo, llega una noche, bajan los del monte con sus caballos, los cargan, cenan en la sala, se van con sus sacos de arroz, y los sicarios ni enterarse.
—Los del monte tienen algún truco —opiné con toda la lógica posible.
—Sí, claro. Pero ¿cuál?
—Cualquiera sabe.
—De todos modos —siguió La Vache, poniéndose seria—, pronto va a suceder algo grave. Ya te lo dije el otro día, todavía oiremos tiros en este valle. Cuchillos está últimamente muy irritado. Cada vez que viene al molino, anda a gritos con los dentudos.
—¿Entiendes lo que les dice?
—Después de las horas que he pasado vigilando el molino, le entiendo bastante bien. La semana pasada, por ejemplo, habló de un sabotaje. Por lo visto, los del monte cortaron la vía del tren.
—¿La vía del tren? —me sorprendí. En aquella época sabía poco de sabotajes.
—Efectivamente. Pusieron una bomba y cortaron la vía. Así es como continúan la guerra los del monte.
Nos quedamos las dos calladas durante un momento, mirando los restos oxidados del avión.
—Por qué no los cogen, eso es lo que yo querría saber —suspiró La Vache pensativa. Asentí con la cabeza, yo sentía la misma curiosidad.
Sin embargo, era imposible que en aquel momento diéramos con la respuesta, ni siquiera con la ayuda de la lógica. Había que esperar a que la Gran Rueda de los Secretos se pusiera a girar y a despedir las salpicaduras de su barro de la verdad. Ese día, el día que tuviéramos suficiente barro en las manos, sabríamos cuál era la realidad.
—Atiende un poco, hija mía —escuché cuando La Vache y yo dimos por terminada nuestra conversación. El Pesado me quería dar su parecer—. El misterio de Balanzategui no puede ser tan indescifrable como parece. Es posible que tu amiga, al ser medio jabalí, no sea capaz de llegar a una conclusión aceptable, pero tú sí. Tú eres una vaca de los pies a la cabeza, una vaca que, alejándose cada vez más de Alfa, está a punto de alcanzar Omega, y no hay duda de que aclararás el misterio. Aguarda sólo un poco, deja que la Gran Rueda de los Secretos dé tres vueltas, y dedícate luego a pensar con toda la lógica posible. Y, sobre todo, ¡arriba ese ánimo! ¡Arriba esa frente de vaca!
Desde luego que El Pesado estaba resentido con La Vache, pero, despechos aparte, su opinión estaba tan bien fundada como de costumbre. En adelante, todo sucedió tal y como él decía. La Gran Rueda de los Secretos giró tres veces, y de ahí, y de la lógica que apliqué, resultó la solución.
La Rueda dio su primera vuelta en primavera, cuando ya todos los árboles estaban llenos de hojas verdes. Oímos el silbido de Genoveva, su llamada para el banquete, y todas las vacas. —La Vache, yo y las otras diez— nos juntamos delante del establo. Contra lo que en toda aquella temporada había sido habitual, el banquete de aquel día iba a ser para las rojizas, y no para nosotras las negras. El Encorvado empezó a hostigarnos con una vara diciendo que nos apartáramos de la casa.
—¡Fuera de ahí! ¡Vosotras, al cercado!
La Vache y yo nos miramos. Íbamos a quedarnos fuera, quizá podríamos ver a la cuadrilla del monte bajar con sus caballos.
Las otras vacas negras, que en su tontera no entendían nada, se empeñaron en entrar al establo, y al Encorvado y a Genoveva les costó meternos dentro del cercado de piedra. Pero, al final, allí estábamos las siete. Y allí estaban, asimismo, escondidos entre la hierba, todos los bichos y bichejos que había traído la primavera: mosquitos, avispas, abejas, lombrices, hormigas, caracoles, gusanos, arañas, babosas, mariquitas, moscas, tábanos, luciérnagas y demás, bichos muy Alfa todos ellos. Y allí estaban, cómo no, esas flores que siempre son las primeras en aparecer, unas flores muy amarillas, muy flojas y muy Alfa. Como tenía todo el día por delante, decidí aplastar un buen montón de bichos y flores, o dicho en otras palabras, tumbarme.
—Vamos a ver cuántas flores he aplastado —me pregunté después de un rato, volviéndome a levantar. En total eran sesenta y dos, nueve más de lo que pensaba y de lo que había apostado conmigo misma. Ni bien ni mal. Un resultado corriente.
Mis apuestas de aquel día no tenían, con todo, el sentido de las que me había hecho en anteriores épocas. Esta vez no se trataba de luchar contra el aburrimiento, sino de luchar contra el nerviosismo que sentía en aquellos instantes. ¿Cómo serían los rebeldes que seguían luchando y no se rendían ante el General? Esa cuestión resumía todas mis preocupaciones.
La noche llegó cuando ya llevaba aplastadas unas setecientas flores, y de repente, como si todos los pájaros, todas las hojas, todos los perros y todas las demás cosas hubieran estado esperando aquella señal para callarse, el valle de Balanzategui quedó en silencio. Ni siquiera de la casa llegaba ningún ruido. Quizá la única excepción fuera el riachuelo, que seguía corriendo y haciendo rodar a las piedrecillas de su lecho; pero su murmullo era tan parecido al silencio, que no lo perturbaba.
Por nuestra parte, La Vache y yo reteníamos el aliento con los ojos vueltos hacia el camino que bajaba del monte. Por momentos, el silencio se hacía más profundo; era como si un agujero se estuviera haciendo más grande.
—¡Karral! —escuchamos de pronto.
La Vache y yo volvimos la cabeza a la vez. Justo al otro lado de la cerca, Gafas Verdes levantaba su bastón de cuero, y tres guardias armados con fusiles salían de su lado e iban a tumbarse cerca de la casa.
—¡Karral! ¡Karral!
Siempre de tres en tres, unos treinta guardias se apostaron en torno a la casa. Sus fusiles miraban hacia el camino del monte.
—¡Una emboscada! —me dijo La Vache en voz baja—. ¡Van a coger a los del monte! Ya te dije que íbamos a oír tiros en Balanzategui.
—¡No esta noche! ¡Seguro que esta noche, no! —dije casi sin querer. No era una conclusión debida a la lógica, sino una corazonada. La Vache se me quedó mirando un poco sorprendida, pero sin decir nada.
No sé cuánto tiempo estuvimos a la espera, nosotras por una parte y Gafas Verdes por la otra. Fue bastante tiempo, una buena porción de la noche. Pero, ni del monte bajó nadie, ni los de la casa encendieron ninguna luz.
—Karral. Karral, Karral —dijo al fin Gafas Verdes, dirigiéndose a un guardia gordo que tenía a su lado.
—¿Qué dice? —le pregunté a La Vache.
—Que no comprende. Está extrañado de que no hayan aparecido los del monte. Y lo mismo me pasa a mí. También yo estoy extrañada.
—¡Karral! —gritó Gafas Verdes.
—¡Karral! —repitió el guardia gordo más fuerte.
Al poco tiempo, los treinta guardias que habían estado apostados en torno a la casa bajaban por la ladera en busca del riachuelo. Allí encontrarían el camino que atravesaba el valle y llegaba hasta el pueblo.
—Tenías razón —me dijo La Vache cuando Gafas Verdes y el guardia gordo se marcharon. La noche seguía igual de oscura que antes y casi igual de silenciosa. Al murmullo del riachuelo se añadía ahora el que producían los treinta pares de botas que se alejaban marcando el paso. Pero también este segundo murmullo se parecía mucho al silencio y no lo perturbaba.
Allí acabó lo de aquella noche, y también el primer giro de la Rueda de los Secretos. Tal como me había pedido El Pesado, decidí quedarme a la espera de los otros dos giros, y quedarme no haciendo el tonto, sino entrenándome en la tremenda tarea de pensar con lógica.
Pero la de los Secretos no era la única rueda que sabía girar, también la del Tiempo seguía adelante. El sol primaveral calentaba cada vez más, y el calor lo multiplicaba todo: donde antes sólo podía verse una mosca, una lombriz o un caracol, ahora se podían ver y aplastar cien moscas, cien lombrices o cien caracoles. Hasta el mismo riachuelo había sufrido una transformación: traía muchísima agua, agua que bajaba a borbollones y cubría las piedras que llevaban muchos meses secas. Claro que, en compensación, cada vez había menos nieve en las montañas; al final, con las lluvias de abril, desaparecieron del todo.
Uno de aquellos lluviosos días de abril, La Vache y yo volvimos a oír el silbido de Genoveva. La Rueda de los Secretos comenzaba a dar su segunda vuelta.
—Parece que el banquete de hoy va a ser para nosotras —le dije a La Vache cuando ya todas las vacas estuvimos reunidas delante del establo. Para entonces, El Encorvado ya había comenzado a empujar a las rojizas hacia el cercado de piedra.
—A ver si hoy sabemos algo —me respondió.
La Vache entrando al establo que, efectivamente, se había abierto para nosotras.
La visita de aquella noche duró poco. Los seis o siete hombres que bajaron del monte emplearon menos tiempo que nunca en cargar los caballos, y después, en contra de lo que era su costumbre, no se quedaron a cenar. En el momento de despedirse, El Encorvado les habló muy serio:
—De aquí en adelante vamos a andar mal. Mucho será que encontremos el medio de mandar otro cargamento más. Tenemos encima nuestro a ese tal don Otto.
«Así que el verdadero nombre de Gafas Verdes, o Cuchillos, es don Otto» —pensé para mis adentros.
—¿Hasta qué punto están enterados de lo que pasa? —preguntó uno de los de la cuadrilla.
—Saben que bajáis aquí, desde luego, pero no saben cómo conseguís eludir su vigilancia ni tampoco en busca de qué bajáis. Creen que se trata de armas o de papeles. El otro día pararon la Chevrolet y la registraron de arriba abajo, pero ni se les ocurrió mirar dentro de los sacos. Lo del pienso para las vacas fue un buen invento. Se lo tienen completamente creído.
—Así que están muy quemados, ¿no? —dijo otro de la cuadrilla.
—Al menos ese don Otto, sí. Lo que le saca de quicio es que siempre burlemos su vigilancia. Pero no puede dar con el sistema que tenemos para comunicar con vosotros. Piensa que os avisamos por radio. Pero, ya digo, esto no puede durar mucho. Hay muchísima vigilancia alrededor nuestro. Ya sabéis, incluso han puesto un catalejo en el tejado del molino.
—¡Esa gentuza del molino! ¡Los dos hermanos de mierda! —exclamó otro de la cuadrilla, un tercero.
—Algún día arreglaremos cuentas con ellos, pero ahora no es el momento. Lo que importa ahora es llevar los alimentos al batallón —le respondió El Encorvado hablando como un padre.
Los hombres se callaron, y su silencio permitió sentir el otro silencio, el Gran Silencio General de la noche. Parecía que todos dormían en el valle: que dormían los bichos de la hierba, que dormían las truchas del río, que dormían los zorros, jabalíes y lobos de la montaña. Claro que el búho estaba despierto, mirando hacia Balanzategui desde alguna rama, pero era un pájaro discreto y a nadie le iría con el cuento de todo lo que veía en sus horas de vela.
Reparé de pronto, en medio de aquel silencio, en el estruendo que hacían las aguas del riachuelo. Pero sus aguas no eran las únicas que en aquel momento corrían con violencia: la Rueda del Tiempo también estaba cogiendo velocidad, y lo mismo la Rueda de los Secretos.
—¿Cuándo recogeremos el último cargamento? —dijo el que parecía ser el jefe de la cuadrilla.
—Cuanto antes, esta misma semana —le respondió El Encorvado—. He estado escuchando en el pueblo, y he sabido que todos los fascistas tienen intención de irse fuera. Por lo visto, tienen alguna celebración en Burgos. De todas maneras, vosotros estad atentos y vigilad la señal. Pero, ya digo, tiene que ser cuanto antes.
—De acuerdo. Estaremos atentos —prometió el jefe de la cuadrilla en tono de despedida. Los caballos resoplaban de cuando en cuando, impacientes. Impacientes pero pateando con elegancia, como siempre.
—Me da pena pensar que se va a acabar lo de los cargamentos. Pero, en fin, ¡qué se le va a hacer! —suspiró El Encorvado.
—No te preocupes, Usandizaga —dijo el jefe de la cuadrilla.
«El Encorvado se llama Usandizaga». —pensé.
—El batallón ha comido muy bien todo este último año, y gracias a ti. Es lo que dicen todos, que la intendencia ha funcionado mejor que cuando andábamos por el frente. Además, no creo que sigamos mucho tiempo en las montañas. Corre el rumor de que vamos a pasar a Francia.
—Hemos hecho todo lo que hemos podido. En fin, hasta la próxima. A ver si esta semana ponemos en camino el último cargamento.
—Haced la señal y nosotros apareceremos, Usandizaga —dijo el jefe de la cuadrilla, que ya iba camino arriba.
Miré a La Vache desde mi puesto: ¿Oía aquello? Todos los líos de Balanzategui estaban a punto de acabarse, la guerra tocaba definitivamente a su fin. ¿Y cuál sería aquella señal que tanto Usandizaga como el jefe de la cuadrilla habían mencionado? Allí estaba la clave del asunto. Por eso no los cogían, porque tenían unas señales, un sistema que les servía para comunicar si había peligro o no. Pero ¿qué sistema sería?
Debíamos esforzarnos en pensar con lógica y en estar atentas: la Gran Rueda de los Secretos se estaba poniendo en movimiento, comenzaba su tercera y última vuelta. Una vuelta que, además, iba a mostrarnos la terrible realidad que había augurado La Vache. Efectivamente, volverían a sonar los disparos en Balanzategui, y aquel hombre que llamábamos El Encorvado —Usandizaga de verdadero nombre— iba a perder la vida. Por su parte, Genoveva iría a prisión. En cuanto a las vacas —a las vacas lo bastante inteligentes, al menos—, comprenderíamos por fin el lugar que habíamos ocupado en el mundo.
Tres días después de aquella conversación entre Usandizaga y el jefe de la cuadrilla —era otra brumosa tarde de abril—, Genoveva volvió a llamarnos con uno de sus característicos silbidos. El plan para enviar el último cargamento se había puesto en marcha con la celeridad exigida por las circunstancias. Había que hacer el trabajo cuanto antes, mientras Gafas Verdes y los demás sicarios estuvieran en la celebración de Burgos.
Una vez más, las vacas negras volvíamos a estar recogidas en el establo. Pero en esta ocasión, ni siquiera las tontas parecían prestar demasiada atención al pienso que nos habían puesto en el pesebre. Algo especial flotaba en el ambiente. Particularmente, yo tenía los ojos y las orejas completamente alerta: veía la espesa niebla que había al otro lado del ventanuco; oía el disco de piano que Genoveva había puesto en la sala y el sonido que hacía el pequeño chorro de agua que caía desde nuestro tejado.
Según avanzaba la tarde, los sonidos del disco y del chorro se fueron mezclando hasta que al final parecieron convertirse en las dos caras de un mismo rumor. Al otro lado del ventanuco, la niebla cogía tintes oscuros. Un par de horas más, y la noche caería sobre el valle de Balanzategui.
Pero en cuanto la primera de aquellas dos horas que faltaban para la noche comenzó a rodar, unos pasos rápidos que subían por la escalera irrumpieron en el ambiente mortecino de la casa. El disco que giraba en la sala se detuvo en seco. Genoveva y El Encorvado, el tal Usandizaga, hablaron unos instantes sofocadamente y luego bajaron corriendo al establo.
—¡Fuera de aquí, negras! ¡Fuera! —nos gritó Usandizaga mientras Genoveva abría la puerta. Ambos se movían con agilidad, sobre todo Usandizaga. Miré a aquel hombre de arriba abajo: iba de una vaca a otra completamente erguido, y movía la vara con rapidez. Bien mirado, ni siquiera era muy viejo. Estaba claro que hasta entonces había estado fingiendo su encorvamiento y los achaques de viejo.
Mientras Usandizaga nos empujaba a las negras hasta el cercado de piedra, Genoveva traía a las rojizas hacia el establo. Poco después, el cambio estaba hecho: las rojizas dentro del establo y nosotras fuera. Aún era de día, y Usandizaga se felicitó de ello:
—Todavía hay luz. Creo que podemos estar tranquilos —dijo a Genoveva. Los dos jadeaban por el esfuerzo que acababan de hacer.
—Seguro que enseguida aparece Gafas Verdes —le susurré a La Vache.
Apareció cuando ya había oscurecido del todo, bien envuelto en su gabardina y blandiendo su bastón forrado de cuero. Al igual que la anterior vez, ordenó a sus treinta guardias que se apostaran en torno a la casa y vigilaran el camino del monte. Minutos después, todo estaba en su sitio.
—Karral, Karral —dijo Gafas Verdes al guardia gordo que se puso a su lado. Creí percibir un cierto humor en la forma en que pronunció aquellas palabras. Por lo visto, se las prometía muy felices.
El guardia gordo se limitó a asentir con la cabeza, y el valle volvió a quedar en silencio: sólo el pequeño chorro que caía desde el tejado de Balanzategui parecía seguir con vida. Caía y seguía cayendo. Caía y la noche avanzaba. Caía el agua y caía el tiempo. El tiempo caía y seguía cayendo, la noche se hacía más noche. Una noche brumosa de primavera, que empapaba los tejados y llenaba de gotas los canalones. Gotas que iban a parar al canalón principal, gotas que terminaban cayendo en forma de un pequeño chorro, produciendo el único sonido que podía escucharse en todo el valle.
Gafas Verdes no se movía de su puesto, parecía haberse dormido de pie. Pero no, estaba alerta, de vez en cuando levantaba el bastón de cuero y golpeaba suavemente una piedra de la cerca. Pero por el camino del monte no bajaba nadie. Ni la menor señal de pasos. Sólo la señal del pequeño chorro que caía del tejado, que caía y seguía cayendo como el mismo tiempo, sin tomarse un descanso. Al final, Gafas Verdes perdió la paciencia:
—¡Karral! ¡Karral, Karral! —gritó al tiempo que su bastón daba un tremendo golpe en la piedra. Como estaba un poco adormilada, su reacción me sobresaltó.
—¿Qué ha dicho? —le pregunté a La Vache mientras mis ojos seguían la sombra de Gafas Verdes. El sicario se dirigía hacia la casa.
—Que a la fuerza han de tener una radio —me explicó La Vache haciendo un gesto. Ella no encontraba ningún sentido a las palabras de Gafas Verdes.
—Gafas Verdes ha querido tender una trampa a Usandizaga —le expliqué yo a mi vez. Llevaba un buen rato pensando con lógica, y estaba empezando a entender cosas—. Difundió en el pueblo la noticia de que iba a Burgos y demás, y al principio Usandizaga se lo creyó. Pero en el último momento se ha dado cuenta del engaño y ha pasado a los del monte el aviso de que no vengan. Lo que no entiende Gafas Verdes es cómo lo hace, de qué sistema se valen los de Balanzategui para comunicarse. Por eso creen que tienen una radio.
—¿La tendrán? —preguntó La Vache.
—Creo que no.
Acerté. Los guardias encendieron todas las luces de Balanzategui para registrar hasta el último rincón de la casa, y luego se valieron de linternas para hacer lo mismo en el bosque. Fue inútil: en los rincones de la casa sólo encontraron polvo, y en los rincones del bosque, sólo hormigas y arañas. Gafas Verdes estaba cada vez más furioso.
—¡Karral! —gritaba a Genoveva y Usandizaga, sentados ahora en su banco del porche de la casa. Usandizaga había recobrado su aspecto anterior: a la luz de la bombilla que coronaba la puerta de entrada, parecía muy viejo, un auténtico encorvado. Genoveva, por su parte, permanecía ajena, sin hacer un gesto y mirando a la oscuridad del valle. ¿Qué estaría sintiendo en aquel corazón suyo que era como uno de nuestros cencerros? No lo sé a ciencia cierta, pero hubo un momento en que resonó gravemente: cuando los guardias fueron hasta el pequeño cementerio y se pusieron a registrar entre las cruces.
Horas después de que clareara el día, los treinta guardias estaban reunidos delante de la casa. Parecían cansados y hambrientos, a la espera de la orden de retirada. Pero Gafas Verdes, don Otto, no desistía. Más pálido que nunca, subía y bajaba por el camino del monte. Estaba pensando con la mayor lógica posible. Igual que yo, que también estaba pensando con la mayor lógica posible.
De pronto, en aquella gris mañana de abril, la mirada de Gafas Verdes y la mía se cruzaron, y su bastón de cuero dejó de girar y se detuvo en el aire. Yo comprendí, y él también comprendió. Los dos comprendimos a la vez: por qué no cogían a los del monte; cómo pasaban la información los de Balanzategui.
—¡Karral! —exclamó Gafas Verdes torciendo la boca con una sonrisa. Su bastón sesgó el aire, como una espada.
—¿Se ha referido a nosotras? —pregunté a La Vache.
—Así es. Nos ha mirado y ha dicho «¡las vacas!».
—Entonces, se acabó la historia. Los del monte y los de Balanzategui están perdidos.
—Ya te decía yo que pasaría algo grave. Ahora bien, reconozco que no me he enterado de lo que pasa. Seguro que me estoy volviendo tonta. Una gran desgracia, porque, lo digo siempre, ¡no hay cosa más tonta en el mundo que una vaca tonta!
Tranquilicé a mi amiga. Al fin y al cabo, demostraba bastante inteligencia al reconocer que no entendía. Más o menos, como dijo el poeta:
Entre nous soit dit, Bonnes gens,
Pour reconnaitre
Que l’on n’est pas intelligent,
Il faudrait l’être[1].
Además, yo conocía bien cuál era el verdadero problema de La Vache. No su falta de inteligencia, sino su corazón de jabalí. Ella pensaba cada vez menos en las cosas de Balanzategui. Siempre que se quedaba sola, su pensamiento se iba hacia las montañas heladas o los bosques profundos.
—Ahora nos meterán en el establo —le dije al ver que Gafas Verdes había comenzado a dar órdenes.
—¿A nosotras?
—Sí, a las negras.
Así ocurrió. Los guardias se abalanzaron sobre nosotras y comenzaron a separarnos, las negras hacia el establo y las rojizas hacia el cercado. El único problema fue La Vache. No se quería mover de su sitio, y ninguno de los guardias se atrevía a acercarse a sus cuernos. Mi amiga tenía la mirada brillante, y casi creía escuchar lo que en aquel momento le dictaba su voz interior. «No entres en el establo, acaba con ellos y escápate al monte, rómpele la cabeza a un guardia». Con un gesto, le supliqué que no hiciera locuras, que si no obedecía a los guardias le pegarían un tiro. Un consejo muy malo, dicho sea de paso, el típico consejo de quien se cree muy inteligente y se pasa de rosca. Porque, efectivamente, nadie le hubiera pegado un tiro a La Vache. Hacerlo hubiera sido alertar a los del monte, indicarles que en Balanzategui estaba pasando algo raro. De todas formas, no fue la única razón de que La Vache accediera por fin a entrar en el establo; también tuvo que ver el movimiento que Gafas Verdes hizo hacia ella.
—¡Karral! —le dijo, dejando al descubierto el estoque de su bastón de cuero.
Con más o menos incidentes, para mediodía todo estaba según los deseos de Gafas Verdes. Las vacas rojizas dentro del cercado; nosotras las negras, en el establo. Los guardias rodeando la casa y el bosque. Genoveva y Usandizaga, en la sala, con un par de guardias delante.
—¿Qué está pasando? —me preguntó La Vache cuando se cerraron las puertas del establo. Miraba el pesebre que tenía delante. Estaba vacío, aquel día no teníamos pienso.
—Te lo diré en pocas palabras —comencé con aquella arrogancia que me daba el sentirme inteligente—. Nuestra pregunta era por qué no los cogían. Y ésa era también la pregunta de Gafas Verdes, por qué no conseguía cazar a la cuadrilla del monte. Y la respuesta era que entre los de Balanzategui y los del monte tenía que haber un sistema de comunicación. De lo contrario, no tenían explicación las casualidades; el que la cuadrilla bajara justo el día que los dentudos habían abandonado la vigilancia, o el que no bajara cuando el catalejo estaba alerta…
Callé un momento para tomar aliento. Como siempre, pensar con lógica me fatigaba.
—Sigue —me pidió La Vache. Quería saberlo todo cuanto antes.
—Verás, el sistema de comunicación de Balanzategui constaba, y todavía consta, de dos pasos. El primero lo daba El Encorvado, o mejor dicho, Usandizaga, un hombre que de encorvado no tiene nada… pero se hacía el viejo y el inútil para así poder ir y venir al pueblo con tranquilidad y conseguir información: que Gafas Verdes estaba de viaje, que los dentudos tenían una boda, lo que fuera. Así sabía cuándo la vigilancia era fuerte y cuándo era débil.
—Y luego entrábamos nosotras —adivinó La Vache. Asentí con la cabeza y aproveché aquel momento para tumbarme. De veras, pensar con lógica me agotaba.
—Así es —proseguí desde mi nueva postura—. Genoveva y Usandizaga enviaban el mensaje por medio de nosotras. Cuando nosotras teníamos banquete, es decir, cuando nos metían en el establo para todo el día, los del monte miraban hacia Balanzategui y veían que no había vacas negras a la vista, sólo las rojizas en ese yerbal cercado. ¿Y qué quería decir eso? Pues quería decir: las vacas negras no aparecen, luego Gafas Verdes y los otros sicarios no están, luego podemos bajar en busca de los sacos de arroz. Cuando a nosotras nos dejaban fuera, en cambio, entendían lo contrario: «Cuidado, peligro, no bajar». En cuanto a los días normales, dejaban que las negras y las rojizas nos mezcláramos. Con este sistema tan sencillo, los del monte siempre disponían de información.
La Vache tenía los ojos muy abiertos. Por mi parte, yo estaba rendida. Estaba orgullosa de mi lógica, pero había agotado mis fuerzas y sólo deseaba dormir.
—¡Ahora estamos dentro! —exclamó de pronto La Vache—. Al no vernos, los del monte creerán que no hay peligro y bajarán en busca del cargamento. ¡Y Balanzategui está plagado de guardias!
—Efectivamente. Gafas Verdes ha comprendido por fin el funcionamiento del sistema, y lo está utilizando a su favor. Los del monte están perdidos. Bajarán, y Gafas Verdes los matará a todos.
Mi respiración era cada vez más gruesa. Se me caía la cabeza.
—A todos, no. Necesita que alguno de los hombres de la cuadrilla quede vivo para luego interrogarlo acerca del batallón. Gafas Verdes anda detrás del batallón, no de unos pocos hombres —me corrigió La Vache. Ella también sabía pensar con lógica.
Después de un momento de silencio, quise abrir la boca y explicar a mi compañera que iba a echar una cabezadita. Pero en cuanto abrí la boca, se me cerraron los ojos y me quedé dormida. Y dormida seguí hasta que, bastantes horas más tarde, me despertó el bramido de las vacas.
Abrí los ojos y vi que el ventanuco del establo estaba completamente oscuro, y que las vacas que había a mi alrededor bramaban como enloquecidas.
—Como los pesebres siguen vacíos, están hambrientas. Por eso están armando todo este escándalo —me informó La Vache.
—Un escándalo de verdad —comenté antes de que yo misma me pusiera a bramar. También yo tenía mucha hambre.
Fue el momento decisivo de la noche. Por decirlo así, fue entonces cuando, a causa de nuestros bramidos, la piedra salió de la mano hacia el cristal: un cristal —simple, liso, transparente— que con el impacto acabaría roto en mil pedazos.
Seguíamos bramando cuando oímos gritar a Gafas Verdes en la sala de Balanzategui.
—¡Karral! ¡Karral!
—Le dice a Usandizaga que nos haga callar —me tradujo La Vache.
—Tiene miedo de que nuestro escándalo ahuyente a la cuadrilla —comenté.
Instantes después, sentimos que Gafas Verdes y Usandizaga bajaban por la escalera. Aquél rápido, pisando firme cada escalón; el de Balanzategui, arrastrándose, a duras penas, aparentando ser un anciano de espalda encorvada.
Usandizaga estaba muy pálido cuando entró en el establo. Al principio me pareció que iba a decirnos algo, pero ni siquiera se molestó en simular: olvidando sus supuestos achaques, corrió hasta el rincón donde tenía la bicicleta y cogió un saco que colgaba del manillar. Al instante, tenía una escopeta en las manos.
Salió corriendo del establo y subió las escaleras de dos en dos. No se detuvo en la sala, siguió hacia arriba.
—Va al tejado —me dijo La Vache.
La piedra que había salido de la mano estaba a punto de llegar al cristal. Usandizaga disparó su escopeta en el tejado de la casa, y el silencio de la noche —liso, simple y transparente— se rompió en mil pedazos. El eco del disparo se difundió a través del valle.
—¡Escapad! ¡Es una trampa! ¡Una trampa! —gritó Usandizaga.
Volvió a tirar, y su segundo disparo destrozó los trozos de silencio —de cristal— que quedaban en el valle. Gafas Verdes comprendió que ya nada importaba, y dio la orden:
—¡Karral!
Los treinta guardias se llevaron los fusiles a la cara y dispararon contra aquel otro cristal que gritaba en el tejado. Para cuando el valle volvió al silencio, Usandizaga estaba muerto.