Capítulo 24

Abrí el sobre con las manos temblorosas. Dentro había una hoja de papel doblada por la mitad, y al abrirla cayeron sobre la cama media docena de hojas prensadas y un puñado de pétalos de flores. La hoja contenía un collage formado por dibujos y trocitos de plantas que se entrelazaban para formar un marco alrededor de una cita escrita con una caligrafía grande y hermosa. Decía:

Lo único que hace falta para que el mal triunfe es que los hombres buenos no hagan nada.

Debajo, con la letra de Amanda, ponía:

La cita es de Edmund Burke, pero los dibujos son de Beatrix Potter. Al igual que Beatrix (Beatrice, Bellatrix) los guerreros caemos, pero después nos alzamos de nuevo.

Por primera vez desde que el subdirector Thornhill me había llamado a su despacho, sentí un profundo y verdadero miedo. El corazón me retumbaba en el pecho y mi cerebro solo fue capaz de formular un pensamiento una y otra vez: «¿Cómo lo sabe?».

✿✿✿

La noche del 21 de diciembre, la más larga del año, estaba lloviendo con fuerza. Las ramas del manzano del jardín estaban cubiertas de escarcha y golpeaban las ventanas de mi habitación, como si estuvieran intentando entrar. Antes me encantaban las noches frías y lluviosas de diciembre. Mi padre encendía la chimenea en el salón, preparaba un ponche y nos sentábamos a esperar a que se fuera la luz (cuando vives en el campo, te acostumbras a que haya cortes en el suministro durante las tormentas invernales). Cuando se iba, encendíamos velas y nos poníamos a leer o a ver una película en el portátil de mi madre hasta bien entrada la noche. Después subíamos al piso de arriba con las velas, como si fuéramos personajes salidos de La casa de la pradera. Pero desde hacía dos meses, mi casa ya daba bastante repelús sin necesidad de que se fuera la luz, y sentarme en mi habitación con una vela para intentar leer solo conseguía que pensara en cómo sería mi vida si finalmente despedían a mi padre (por entonces aún tenía trabajo, pero faltaba a menudo y algunas veces, cuando llegaba del Endeavor, le oía discutir a voces por teléfono con su jefe). Así que cuando oí que alguien llamaba a la puerta principal, mi primera impresión fue que había escuchado a un fantasma. Sé que parece una locura, pero si hubierais estado allí para sentir la inquietante atmósfera de aquella noche, seguro que también lo habríais pensado.

La persona que había llamado debió de darse cuenta de que la puerta no estaba cerrada, y de pronto escuché una voz que repetía mi nombre, acompañada de un llanto. Cogí la vela y bajé corriendo las escaleras, pensando que sería mi madre. Pero era Heidi. Estaba calada hasta los huesos y sollozaba, me abrazó en cuanto me vio y siguió repitiendo mi nombre sin parar.

Nunca había visto a Heidi tan histérica. Ni siquiera cuando se hizo un corte enorme en el dedo con un cúter en clase de dibujo. En esa ocasión, se acercó tranquilamente a la señora Rose con el dedo en alto, que no paraba de chorrear sangre, y le preguntó si podía ir a la enfermería. Por eso, la mezcla entre sus sollozos y su aparente desorientación me hicieron pensar que alguien habría muerto, así que la abracé y empecé a consolarla, diciéndole que todo iría bien, aunque en realidad no sabía de qué estábamos hablando.

Finalmente, se apartó de mí y empezó a caminar hacia el oscuro salón. Sin dejar de llorar, dijo:

—Callie, tienes que ayudarme —llevaba un pañuelo de papel en la mano, y empezó a rasgarlo mientras caminaba.

—¿Qué ha pasado? —le pregunté. Tenía los brazos fríos y húmedos por el contacto con la chaqueta de Heidi.

Se sentó en el borde del sofá, pero en lugar de responderme, miró a su alrededor. Seguí su mirada, y aunque ya había visto mil veces mi salón, parecía diferente al verlo a través de la inquisitiva mirada de Heidi.

Todo estaba a oscuras porque se había ido la luz, pero mi padre había dejado unas cuantas velas encendidas sobre la mesa del comedor. La luz que emitían, sumada a la de la vela que llevaba yo, iluminaban la habitación lo suficiente como para ver perfectamente el desastre en que se había convertido mi casa.

Poco después de que se marchara mi madre, mi padre se emborrachó y despidió a la asistenta, que a veces se encargaba de prepararnos la comida cuando mis padres volvían tarde del trabajo. Desde que se había ido, nadie había limpiado, nadie había ventilado la casa, así que olía a cerrado y a humedad. Más recientemente, mi padre había dejado de abrir y de clasificar la mayor parte del correo, que ahora estaba apilado en la mesa del café que había junto al sofá, acompañado de facturas, revistas, folletos, ofertas de tarjetas de crédito gratuitas y catálogos. Había intentado reducir la pila de platos sucios, pero había al menos dos vasos de vino en el suelo y otro en la mesa del comedor, al lado de una botella de vino vacía. Y aunque la casa no estaría llena de palos y ramas hasta mucho después, ya había unas cuantas, con formas extrañas, apoyadas en las paredes, así como un puñado de planchas de madera amontonadas junto a la oscura chimenea.

—Heidi, ¿qué ha pasado? —volví a preguntarle, aunque esta vez lo hice más por evitar que siguiera mirando mi casa que porque quisiera saberlo.

Cuando finalmente dejó de llorar, Heidi habló sin mirarme a la cara.

—Ha habido un accidente.

Pensé en los padres de Heidi y en su hermano pequeño. ¿Puede que alguno de ellos hubiera…?

—Dios mío, Heidi, ¿están todos bien?

—No lo sé —dijo, y ahora sí se giró para mirarme—. No me quedé a comprobarlo. —Espera… ¿Qué?

Había supuesto que se trataba de un accidente de coche, pero Heidi no conducía, así que no habría tenido por qué detenerse a comprobar nada. ¿Habría pasado algo en su casa? Pero, en ese caso, habría sido más lógico que Heidi me llamara en lugar de venir corriendo hasta mi casa.

—Mira, Heidi, no entiendo nada. ¿Qué clase de accidente ha ocurrido?

Me miró fijamente y dijo:

—Cogí el coche de mi padre y salí a dar una vuelta.

—¿Que le cogiste el coche? —mi voz salió como un chillido. Me imaginé a Heidi al volante del BMW biplaza de su padre.

—¡No empieces a darme la charla, Callie! Ya he conducido otras veces. Además, el año que viene tendré el permiso. Sé conducir bien, ¿vale? —Heidi me lanzó una mirada furiosa y me encogí contra el sofá.

—Claro —dije rápidamente—. Estoy segura de que sí.

—No fue culpa mía. Estaba muy oscuro y debía de haber algo de hielo en la carretera, por la tormenta, así que el coche… patinó, y yo intenté girar el volante hacia el otro lado. Pero entonces… entonces ocurrió.

Heidi empezó a llorar otra vez, y como ya no me lanzaba esa terrorífica mirada, sentí mucha pena por ella. ¿Cuántas veces se habrían llevado mis padres por delante a un perro, o incluso a un ciervo, porque no les había dado tiempo a hacer un giro brusco? ¿Cuántos animales muertos habría visto en la carretera? Siempre me había preguntado cómo debes sentirte en un momento tan terrible como ese, cuando escuchas el golpe producido por una pobre criatura peluda que termina bajo las ruedas de tu coche. Sentí un picor en los ojos. Pobre Heidi.

—Lo siento muchísimo, Heidi —le dije, sintiéndome culpable por la forma en que había reaccionado al saber que había cogido el coche.

Heidi era mi amiga y necesitaba mi comprensión, no que la juzgara. Me acerqué hasta ella, la rodeé con el brazo y apoyé mi barbilla en su hombro.

—Lo siento de veras. Has debido de pasar un rato horrible.

Heidi seguía llorando, con tanta fuerza que no sabía si habría escuchado lo que le había dicho. Estaba a punto de repetírselo cuando me di cuenta de que estaba intentando decir algo entre los sollozos.

—Yo… yo… yo… —balbuceó.

—¿Qué? —le di un apretón en el hombro y luego una palmada en la espalda.

—Creo que vio el coche —al decirlo, pareció aterrorizada—. Y creo que lo reconoció.

—¿Pero cómo podría…? —no terminé la frase. Me había dado cuenta de que los animales no pueden reconocer los coches que los atropellan.

—Heidi, ¿con qué has chocado? —mi voz era suave y tranquila.

Aparté el brazo y me estremecí ligeramente al sentir que el agua fría empezaba a filtrarse por mi jersey. Heidi se incorporó, puede que al percibir el cambio en mi tono de voz.

—He atropellado a Beatrice Rossiter. Iba montada en bici, supongo que volvería a su casa de uno de esos clubs para frikis a los que pertenece. Le di un golpe y creo que me vio.

Aquello no podía estar pasando. No podía ser que Heidi me estuviera contando de verdad que había atropellado a alguien y había salido huyendo. La gente no hace esas cosas. ¿Verdad?

—Heidi, tenemos que llamar a alguien. Tenemos que llamar a los de emergencias para que les digas dónde encontrarla. Ni siquiera tenemos que dar nuestros nombres —no podía creerme que fuera capaz de pensar de una forma tan práctica y serena. Heidi se levantó.

—¿Estás loca? ¿Has perdido la cabeza? ¿Crees que no rastrearán una llamada como esa? Podría ir a la cárcel, Callie. ¿Es eso lo que quieres? ¿Quieres que me pase la vida en la cárcel solo porque…?

La coraza con la que me había protegido hasta entonces se rompió y entonces empecé a gritarle yo a ella:

—Acabarán descubriéndolo de todas formas, Heidi. La poli no necesita llamaditas telefónicas para rastrear casos así. Pueden comprobar… abolladuras en la carrocería, restos de pintura o huellas de neumáticos.

Ahora era Heidi la que parecía la reina de hielo.

—El coche está bien. Lo he comprobado. He vuelto a dejarlo en el garaje y no se nota que haya tenido ningún accidente.

—¿Pero y si Bea está…? —no pude terminar la frase, pero Heidi sí.

—No lo está, ¿vale?

—¿Cómo lo…?

—No lo está. Olvida eso. Seguro que está bien. Se daría un golpe en la cabeza y volvería a su casa para ponerse hielo o algo así. ¡Y no pienso perder la oportunidad de sacarme el carné, o algo peor, por culpa de un estúpido accidente sin importancia!

Heidi terminó la frase con un gruñido, y la expresión de su rostro me dio miedo. Me había puesto de pie a la vez que ella, y ahora retrocedí unos pasos.

—¿Por qué has venido aquí?

—Necesito que me cubras, Callie. Si alguien te pregunta, tienes que decir que estuve aquí contigo toda la tarde y toda la noche.

Pensé que Kelli y Traci vivían mucho más cerca de Heidi que yo, y que le habría resultado mucho más fácil ir a casa de alguna de ellas para pedirles que la encubrieran. En cambio, había venido caminando o en bici durante cinco kilómetros para llegar hasta mi casa. ¿Por qué? No pude evitar preguntárselo.

—¿Por qué me lo pides a mí, Heidi?

Entonces, a pesar de que la oscuridad me impedía ver bien su rostro, lo supe. Heidi se había dado cuenta. Se había dado cuenta de que estaba pasando algo raro en mi familia, de que si mi madre no venía a recogerme a su casa no era porque estuviera siempre «muy ocupada», de que había una razón por la que nunca veníamos a mi casa, una razón por la que el césped tenía ese aspecto las pocas veces que su madre y ella habían venido a recogerme. Nunca me había dicho nada, nunca me había preguntado si me ocurría algo, si estaba bien. Pero había archivado la información hasta que pudiera serle útil, y ahora era el momento apropiado. Porque ¿cómo habría podido irrumpir en casa de Kelli o de Traci gritando como una histérica sin que se enterasen sus padres?

Las dos nos quedamos calladas. Heidi echó un último vistazo a la habitación antes de volver a mirarme.

—Somos amigas, Callie —dijo—. Y las amigas se ayudan entre sí.

Atravesó la habitación y me abrazó.

—Gracias, Callie —dijo—. Eres la mejor.

Y dicho esto, se marchó.

✿✿✿

Cuando me quise dar cuenta, había roto en pedazos el collage y lo había tirado a la basura, como si los dibujos de Beatrix Potter me quemaran los dedos.

¿Cómo pudo Amanda haber descubierto que era Heidi quien había atropellado a Beatrice Rossiter con el coche? Era imposible. Solo lo sabíamos Heidi y yo, y la forma en que Heidi hablaba a veces de Bea me hacía preguntarme si recordaría siquiera lo que había hecho.

Volví a leer la cita: «Lo único que hace falta para que el mal triunfe…». Lo que había hecho Heidi era malo. Sin duda. Pero lo que yo había hecho, también.

Si Amanda quería encontrar a una persona buena, más le valdría buscar por otro lado. Yo estaba a mil kilómetros de ser buena.

¿Y por qué habría hablado Amanda de Bellatrix? La única Bellatrix que conozco no tiene nada que ver ni con Beatrice Rossiter ni con Beatrix Potter. Es la tercera estrella más brillante de la constelación de Orión, y su nombre significa «guerrera».

De repente se me ocurrió algo. Con el corazón acelerado, me levanté y me acerqué corriendo a mi escritorio. Empecé a rebuscar en el caótico cajón de la mesa en busca de mi planisferio. ¿Podría ser? ¿Sería posible? Giré la rueda exterior hasta llegar a la fecha de hoy, pero no ponía nada de Orión ni de Bellatrix.

—¿Qué estás intentando decirme? —grité a la habitación vacía.

Aquello era una frustración constante. Volví a la cama y empecé a revisar el planisferio de punta a punta. Todas las estrellas que no eran Bellatrix aparecían y desaparecían, se alzaban y caían.

La tercera vez que giré el planisferio hacia delante, me pasé y aterricé en la noche del día siguiente. Justo era ese el momento, entre las once y las doce, en que Bellatrix desaparecería por el oeste.

De repente, supe exactamente dónde encontraría a Amanda.